FS #245 – Gobernantes malucos

Fichero

LEA, por favor

Si corremos con suerte, para cuando se cumpla el quinto centenario de la publicación original (1513) de El príncipe, en Florencia, tendremos en Venezuela un nuevo gobernante. La obra más conocida de Nicolás Maquiavelo (1469-1527), entre las más de veinte que escribiera como buen renacentista, fue dedicada Al Magnifico Lorenzo Di Piero Di Medici, con el objeto confeso de “alcanzar la gracia y favor” de este príncipe. La dedicatoria, al estilo de la época, concluye sus dos párrafos de este modo: “Si os dignáis leer esta producción y meditarla con cuidado reconoceréis en ella el propósito de veros llegar a aquella elevación que vuestro destino y vuestras eminentes dotes os permiten. Y si después os dignáis, desde la altura majestuosa en que os halláis colocado, bajar vuestros ojos a la humillación en que me encuentro, comprenderéis toda la injusticia de los rigores extremados que la malignidad de la fortuna me hace experimentar sin interrupción”. La esperanza de obtener un cargo de Lorenzo de Médicis nunca fue correspondida por el gobernante de Florencia.

A Maquiavelo no se le aguaba el ojo con los más duros procedimientos de los gobernantes; él mismo fue objeto de torturas que le dislocaron los hombros, para que confesara su participación en una conjura que jamás admitió. Es tal vez su más famosa máxima esta recomendación: “Y aquí se presenta la cuestión de saber si vale más ser temido que amado. Respondo que convendría ser una y otra cosa juntamente, pero que, dada la dificultad de este juego simultáneo, y la necesidad de carecer de uno o de otro de ambos beneficios, el partido más seguro es ser temido antes que amado”. Chavismo puro.

De hecho, el capítulo octavo de El príncipe—reproducido en esta Ficha Semanal #245 de doctorpolítico—lleva por título “De los que llegaron a príncipes por medio de maldades”, y en él se pregunta por qué fracasaron gobernantes que usaron la maldad mientras otros fueron exitosos. Su respuesta a esta cuestión es: “Creo que esto dimana del uso bueno o malo que se hace de la traición y de la crueldad”. Es decir que podría, según Maquiavelo, emplearse bien la traición y buenamente ser cruel.

Tampoco podría tenérsele como precursor del feminismo; en una discusión (capítulo veinticinco) acerca del papel de la suerte (fortuna) en el destino de los gobiernos, explica pedagógicamente: “…pensándolo bien todo, me parece que juzgaré serenamente si declaro que vale más ser violento que ponderado, porque la fortuna es mujer y por ello conviene, para conservarla sumisa, zaherirla y zurrarla. En calidad de tal se deja vencer más de los que la tratan con aspereza que de los que la tratan con blandura. Por otra parte, como hembra, es siempre amiga de los jóvenes porque son menos circunspectos, más irascibles y se le imponen con más audacia”.

Pero, a pesar de estas cosas, Maquiavelo jamás deja de aconsejar prudencia, y en el capítulo acá reproducido sugiere que es preferible hacer pronto y juntas todas las maldades: “Los actos de severidad mal usados son aquellos que, pocos al principio, van aumentándose y se multiplican de día en día, en vez de disminuirse y de atenerse a su primitiva finalidad”. Entre tantos consejos que el actual gobierno venezolano se complacería en obtener de El príncipe, este último es uno en el que ciertamente pudiera encontrar el modo de no bajar tanto en las encuestas.

LEA

Gobernantes malucos

Supuesto que aquel que de simple particular asciende a príncipe, lo puede hacer todavía de otros dos modos, sin deberlo todo al valor o a la fortuna, no conviene omita yo tratar de uno y de otro de esos dos modos, aun reservándome discurrir con más extensión sobre el segundo, al ocuparme de las repúblicas. El primero es cuando un hombre se eleva al principado por una vía malvada y detestable, el segundo cuando se eleva con el favor de sus conciudadanos. En cuanto al primer modo, la historia presenta dos ejemplos notables: uno antiguo y otro moderno. Me ceñiré a citarlos, sin profundizar demasiado la cuestión, porque soy de parecer que enseñan bastante por sí solos si cualquiera estuviese en el caso de imitarlos.

El primer ejemplo es el del siciliano Agátocles, quien, habiendo nacido en una condición, no sólo común y ordinaria, mas también baja y vil, llegó a empuñar, sin embargo, el cetro de Siracusa. Hijo de un alfarero, había llevado en todas las circunstancias una conducta reprensible. Pero sus perversas acciones iban acompañadas de tanto vigor de cuerpo y de tanta fortaleza de ánimo, que habiéndose dedicado a la profesión de las armas, ascendió, por los diversos grados de la milicia, hasta el de pretor de Siracusa. Luego que se vio elevado a este puesto resolvió hacerse príncipe, y retener con violencia, sin debérselo a nadie, la dignidad que le había concedido el libre consentimiento de sus conciudadanos. Después de haberse entendido sobre el asunto con el general cartaginés Amílcar, que estaba en Sicilia con su ejército, juntó una mañana al Senado y al pueblo en Siracusa, como si tuviera que deliberar con ellos sobre cosas importantes para la república y, dando en aquella asamblea a los soldados la señal convenida, les mandó matar a todos los senadores y a los ciudadanos más ricos que allí se hallaban. Librado de ambos estorbos de su ambición, ocupó y conservó el principado de Siracusa, sin que se encendiera contra él ninguna guerra civil. Aunque después fue dos veces derrotado, y aun sitiado, por los cartagineses, no solamente pudo defender su ciudad, sino que, además, dejó una parte de sus tropas custodiándola, y marchó a actuar a África con otra. De esta suerte, en poco tiempo libró a la cercada Siracusa, y puso en tal aprieto a los cartagineses, que se vieron forzados a tratarle de potencia a potencia, se contentaron con la posesión de África, y le abandonaron enteramente a Sicilia. Donde se advierte, reflexionando sobre la decisión y las hazañas de Agátocles, que nada o casi nada puede atribuirse a la fortuna. No por el favor ajeno, como indiqué más arriba, sino por medio de los grados militares, adquiridos a costa de muchas fatigas y de muchos riesgos, consiguió la soberanía, y, si se mantuvo en ella merced a multitud de acciones temerarias, pero llenas de resolución, no cabe, ciertamente, aprobar lo que hizo para lograrla. La traición de sus amigos, la matanza de sus conciudadanos, su absoluta falta de religión, son, en verdad, recursos con los que se llega a adquirir el dominio, mas nunca gloria. No obstante, si consideramos el valor de Agátocles en la manera como arrostró los peligros y salió triunfante de ellos, y la sublimidad de su alma en soportar y en vencer los acontecimientos que le eran más adversos, no vemos por qué conceptuarle como inferior al mayor campeón de diferente especie moral a la suya. Por desdicha, su inhumanidad despiadada y su crueldad feroz son maldades evidentes que no permiten alabarle, como si mereciera ocupar un lugar eminente entre los hombres insignes. Pero repito que no puede atribuirse a su valor o a su fortuna lo que adquirió sin el uno y sin la otra.

El segundo ejemplo, más inmediato a nuestros tiempos, es el de Oliverot de Fermo. Educado en su niñez por su tío materno, Juan Fogliani, fue colocado por éste más tarde en la tropa del capitán Pablo Viteli, a fin de que allí llegase, bajo semejante maestro, a alguna alta graduación en las armas. Habiendo muerto después Pablo, y sucediéndole en el mando su hermano Viteloro, a sus órdenes peleó Oliverot, y como, amén de robusto y valiente, era inteligentísimo, llegó a ser en breve plazo el primer hombre de su ejército. Juzgando entonces cosa servil su permanencia en él, confundido entre el vulgo de los capitanes, concibió el proyecto de apoderarse de Fermo, con ayuda de Viteloro y de algunos ciudadanos de aquella ciudad que amaban más la esclavitud que la libertad de su país. Para mejor llevar a cabo su plan escribió, ante todo, a su tío Juan Fogliani. En la carta le decía ser muy natural, al cabo de tan prolongada ausencia, que quisiera abrazarle, ver de nuevo su patria, volver a Fermo y reconocer en algún modo su patrimonio. Le añadía que, en efecto, regresaba, pero que, no habiéndose fatigado, durante tan larga separación, más que para adquirir algún honor y deseando mostrar a sus compatriotas que no había perdido el tiempo en tal respecto, creía deber presentarse con cierto atuendo, acompañado de amigos suyos, de varios servidores y de cien soldados de a caballo. Por ende, le rogaba hiciera de modo que los ciudadanos de Fermo le acogiesen con distinción «atendiendo a que semejante recibimiento no sólo le honraría a él mismo, sino que redundaría también en gloria del tío, su segundo padre y su primer preceptor». Juan no dejó de hacer los favores que solicitaba, y a los que le parecía ser acreedor su sobrino. Procuró que los ciudadanos de Fermo le recibiesen con gran honra, y le alojó en su palacio. Oliverot, luego de haberlo dispuesto todo para la maldad que había premeditado, dio en el palacio un espléndido banquete, al que invitó a Juan Fogliani y a las personas de más viso de la población. Al final del convite, y cuando conforme al uso de entonces, se departía sobre cosas de que se habla comúnmente en la mesa, Oliverot hizo recaer diestramente la conversación sobre la grandeza de Alejandro VI y de su hijo César Borgia, como asimismo sobre sus empresas. Mientras él respondía a los discursos de los otros, y los otros contestaban a los suyos, se levantó de repente, manifestando ser aquella una materia de que no debía hablarse más que en apartado sitio, y se retiró a un cuarto particular, al que Fogliani y las demás personas de viso le siguieron. Apenas se hubieron sentado allí cuando, por salidas ignoradas de ellos, entraron diversos soldados, que los degollaron a todos, sin perdonar a Fogliani. Terminada la matanza, Oliverot montó a caballo, recorrió la ciudad, fue a sitiar al primer magistrado en su propio alcázar, y los habitantes de Fermo, poseídos de súbito e inaudito temor, se vieron obligados a obedecerle, y a formar un nuevo Gobierno, del que se constituyó soberano. Desembarazado por tal arte de todos aquellos hombres cuyo descontento podía serle fatal, fortificó su autoridad con nuevos estatutos civiles y militares, de suerte que, por espacio del año que conservó su soberanía, no sólo se mantuvo seguro en la ciudad de Fermo, sino que además, se hizo respetar y temer de sus vecinos, y hubiera sido tan perdurable como Agátocles, si no se hubiese dejado engañar por César Borgia, cuando, en Sinigaglia, sorprendió éste, como indiqué ya, a los Ursinos y a los Vitelios. Aprehendido con éstos el propio Oliverot en aquella ocasión, un año después de su parricidio, le ahorcaron en compañía de Viterolo, que había sido su mentor de audacia y de maldad.

Podría preguntarse por qué Agátocles, Oliverot y algún otro de la misma especie lograron, a pesar de tantas traiciones y de tamañas crueldades, vivir largo tiempo seguros en su patria, y defenderse de los enemigos exteriores, sin seguir siendo traidores y crueles. También podría preguntarse por qué sus conciudadanos no se conjuraron nunca contra ellos, al paso que otros, empleando iguales recursos no consiguieron conservarse jamás en sus Estados, ni en tiempo de paz, ni en tiempo de guerra. Creo que esto dimana del uso bueno o malo que se hace de la traición y de la crueldad. Permítame llamar buen uso de los actos de rigor el que se ejerce con brusquedad, de una vez y únicamente por la necesidad de proveer a la seguridad propia, sin continuarlos luego, y tratando a la vez de encaminarlos cuanto sea posible a la mayor utilidad de los gobernados. Los actos de severidad mal usados son aquellos que, pocos al principio, van aumentándose y se multiplican de día en día, en vez de disminuirse y de atenerse a su primitiva finalidad. Los que se atienen al primer método, pueden, con los auxilios divinos y humanos, remediar, como Agátocles, su situación, en tanto que los demás no es posible que se mantengan. Es menester, pues, que el que adquiera un Estado ponga atención en los actos de rigor que le es preciso ejecutar, a ejercerlos todos de una sola vez e inmediatamente, a fin de no verse obligado a volver a ellos todos los días, y poder, no renovándolos, tranquilizar a sus gobernados, a los que ganará después fácilmente, haciéndoles bien. El que obra de otro modo, por timidez o guiado por malos consejos, se ve forzado de continuo a tener la cuchilla en la mano, y no puede contar nunca con sus súbditos, porque estos mismos, que le saben obligado a proseguir y a reanudar los actos de severidad, tampoco pueden estar jamás seguros con él. Precisamente porque semejantes actos han de ejecutarse todos juntos porque ofenden menos, si es menor el tiempo que se tarda en pensarlos; los beneficios, en cambio, han de hacerse poco a poco, a fin de que haya lugar para saborearlos mejor. Así, un príncipe debe, ante todas las cosas, conducirse con sus súbditos de modo que ninguna contingencia, buena o mala, le haga variar, dado que, si sobrevinieran tiempos difíciles y penosos, no le quedaría ya ocasión para remediar el mal, y el bien que hace entonces no se convierte en provecho suyo, pues lo miran como forzoso, y no se lo agradecen.

Nicolás Maquiavelo

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FS #244 – Médula democrática

Fichero

LEA, por favor

Gracias a oportuno y amable aviso del ingeniero David Morán, doctorpolítico tuvo conocimiento de un artículo claro, a la vez sintético y completo, poderoso y necesario de Vicente Díaz, Rector del Consejo Nacional Electoral. Su título es: Estado de la Democracia – La voluntad popular y sus desafíos. La Ficha Semanal #244 lo reproduce in toto por considerarlo de inestimable valor. La versión reproducida acá (con minúsculos ajustes de puntuación) puede ser igualmente leída en Noticiero Digital: (http://www.noticierodigital.com/forum/viewtopic.php?t=534922)

Díaz hace una exposición sencilla y directa de los ataques gubernamentales a lo que considera la médula de un sistema democrático: la equidad electoral. No deja de mencionar y valorar cada elemento importante del problema, cuya gravedad crece por horas con el abuso de poder de la Asamblea Nacional, coral obsecuente dirigida desde Miraflores, la que legisla para facilitar el paso de la aplanadora electoral oficialista.

No hay ni una pizca de falsedad en la relación del rector Díaz; por supuesto, varios coristas del obsceno régimen de la dominación chavista intentarán desmentirlo y atacarlo, y el director del coro dirá, como otras veces, que debe renunciar a su cargo. El pueblo venezolano sabe, sin embargo, aun los propios partidarios del gobierno, que el valiente rector dice solamente la verdad. En la Carta Semanal #313 de doctorpolítico (27 de noviembre del año pasado) se decía: “No hay duda de que durante el período de campaña la mayoría de sus rectores actúa en plan de alcahuete del Presidente de la República. A pesar de los dignos y valientes esfuerzos de Vicente Díaz—un miembro del Grupo La Colina cuya autoridad moral se deriva de su recta sensatez y su rechazo al obstruccionismo—el Consejo Nacional Electoral cohonestó los descarados abusos de Hugo Chávez, con la excusa de que este ciudadano no sólo es el jefe del Ejecutivo Nacional, sino mandamás de un cierto partido político”.

Pero la voz de Díaz será escuchada. El pasado domingo decía Luis Vicente León, Director General de Datanálisis: “… la gente rechazaba (y sigue rechazando) todos los actos radicales que Chávez comete: expropiaciones (más de 75% en contra), bloqueo al trabajo de gobernadores y alcaldes (más de 70% en contra), violaciones a la propiedad privada (más de 78% en contra), intentos de control propietario de algunas empresas de alimentos (sólo 10% de la población a favor), tomar ejemplos del modelo cubano (83% en contra)…” Otras encuestas (Datos, IVAD, Keller) registran mediciones muy similares. León advirtió: “Si [Chávez] continúa actuando como si la mayoría aceptara su modelo radical, la probabilidad de que se le voltee la tortilla se eleva y podría ser peligroso para él…”

Una vez más, gracias a Vicente Díaz.

LEA

Médula democrática

Un inicio cualquiera

En las elecciones parlamentarias de 2005 la mayor parte de la dirigencia opositora tomó la decisión de retirarse de la contienda electoral. Tal vez terminó atrapada en una corriente de opinión que se inició con la no fundamentada declaración de fraude de agosto de 2004, en ocasión del Referendo Revocatorio; y potenciada por diferentes sectores que consideraban que la participación electoral terminaba legitimando al gobierno.

Resultado de esa decisión la participación electoral cayó al máximo histórico de 25% y surgió una Asamblea Nacional enteramente representante de las políticas e intereses del gobierno nacional. Legal pero poco representativa dado que fue electa por menos de tres de cada diez venezolanos.

Esa realidad parlamentaria marcó y continúa marcando el cuadro institucional del país, el comportamiento de buena parte de los poderes públicos y la naturaleza del entramado legislativo.

En ese contexto, en el 2006, se tomaron dos importantes decisiones, una por el lado del oficialismo y otra del lado de la oposición.

Los primeros decidieron que era pertinente una renovación a fondo del Consejo Nacional Electoral. Nuevas figuras, nuevos estilos, nuevas decisiones. Era urgente fortalecer la institución que posibilita la máxima expresión de la soberanía popular.

En la oposición varios partidos, principalmente yendo en contra de la opinión predominante en sus predios, decidieron lanzar una candidatura presidencial.

Estas decisiones, divergentes en sus orígenes y motivaciones, convergieron en la búsqueda de dirimir los conflictos de poder por la vía pacífica y electoral.

El avance

Ese año, una estrategia por parte de la autoridad electoral de ofrecer significativas mejoras en las garantías electorales en el marco de una política de diálogo y comunicación con el país, conjuntamente con un significativo esfuerzo de los dirigentes y militantes de las toldas políticas, permitió revertir completamente la tendencia de abstención. Casi ocho de cada diez venezolanos con derecho al voto salieron de su casa el 3 de diciembre y manifestaron su compromiso con la democracia.

Se había desmontado ladrillo a ladrillo la pared de angustias y temores que contenía el caudal democrático del país. Se había dejado atrás los mitos de que las máquinas alteran los votos, que el voto no era secreto, que los hackers alteraban los resultados, que los muertos votaban…

El último paso para despejar los nubarrones abstencionistas le tocó darlo a Manuel Rosales, candidato opositor. Pese a la presión de muchos, rápida y oportunamente reconoció unos resultados que le eran desfavorables. Esa decisión contribuyó al sosiego de la nación y a la recomposición de las filas de los sectores no oficialistas. Potenciando un eventual y futuro reequilibrio de poder inherente al devenir democrático.

La carga

Pese a los avances, desde entonces estuvo presente una carga que lejos de aliviarse se incrementa. El Gobierno con su peso, con su enorme músculo logístico y comunicacional se hace parte de una contienda político-electoral que le está prohibida por mandato de la Constitución y de las Leyes.

En esas condiciones el camino para quien le adverse es absolutamente cuesta arriba.

El gobierno durante las campañas electorales refuerza la publicidad institucional y la promoción de la obra de gobierno, cosa que en otros países está prohibida de plano. El presidente utiliza los medios de comunicación oficial para promoverse, promover sus candidatos y descalificar a quienes disientan, inclusive utiliza programas y recursos del Estado como Aló Presidente y las cadenas de radio y televisión para promover su partido político. De hecho todas las instituciones públicas se avocan a auspiciar las candidaturas del partido de gobierno.

Pero, derivado de la composición política de la Asamblea Nacional, otros poderes públicos, llamados en un Estado republicano a ser contrapeso democrático, han dificultado el normal y sano desenvolvimiento de quienes piensan distinto.

Hoy por hoy, dirigentes de primera línea de partidos adversos a la línea del gobierno están imposibilitados de ejercer el derecho político y humano de ser candidatos. Sin juicio previo y sin sentencia penal alguna, como manda la constitución y el ordenamiento jurídico internacional, Enrique Mendoza, Leopoldo López, Eduardo Lapi, Barreto Sira, William Méndez, entre otros, están impedidos de ejercer su derecho al sufragio pasivo.

A esto se le suma, por ejemplo, la realidad de una actividad política mediatizada por el constante espionaje telefónico prohibido expresamente por las garantías y derechos de nuestra magna carta. No lejos está el recuerdo de las grabaciones de dirigentes políticos hablando de sus estrategias electorales y luego difundidas por el Estado venezolano, que por mandato de la Constitución debe garantizar la inviolabilidad de las comunicaciones, a través de una de sus instituciones, Venezolana de Televisión. Por mucho menos que eso tuvo que dejar Richard Nixon la presidencia de Estados Unidos, y hay un escándalo en la vecina Colombia. Eso no es normal. A eso no nos podemos acostumbrar.

Estas realidades se entreveran con un creciente temor en los medios de comunicación y en los comunicadores sobre las consecuencias de ejercer de viva voz una línea de información y opinión que resalte los eventuales abusos e ineficiencias de quienes tienen autoridad. En todo el mundo la prensa debe resaltar las manchas del poder. Esa es la caja de resonancia de las perversiones de la autoridad. No es posible la democracia sin libertad de expresar el pensamiento o la opinión. No hay democracia sin medios libres de la presión de los gobiernos; la libertad también comprende su ejercicio libre de temores.

La salida del aire de RCTV, responsabilidad directa del gobierno nacional, comenzó a crear un clima adverso al pluralismo comunicacional. Ahora, como punto culminante, el potencial cierre de Globovisión. Esto, entre otras cosas, nos dejaría para la campaña electoral de las parlamentarias con todos los canales del Estado promocionando los candidatos del gobierno y los pocos medios nacionales de señal abierta poniendo sus bardas en remojo en medio de la aprehensión y autocensura.

Si algunos medios de comunicación contribuyeron por acción u omisión con el golpe de estado de abril de 2002, hay maneras de determinar las responsabilidades. Pero eso no puede justificar una estrategia sistemática de sembrar temor a los medios y sus anunciantes. Y menos donde los medios de comunicación de Estado son órganos de difusión del partido de gobierno. Eso es una espada de Damocles sobre la equidad electoral, quintaesencia de la democracia.

A esta carga que impacta profundamente el acontecer democrático se le incorpora un evento nuevo y perturbador. Pareciera que no basta ganar las elecciones para que lo que decidió la mayoría se respete y materialice. Diversos ropajes parecen vestir una estrategia de escamotear resultados adversos.

De ahí que vale la pena preguntarse:

¿Para que sirve el pueblo?

En el 2007, el Presidente y la Asamblea Nacional, le presentaron al país un proyecto de reforma de la constitución para legalizar la transformación de la República en un Estado socialista. Quien suscribe alertó oportunamente al país que asumir constitucionalmente que un país es socialista es un exabrupto similar a querer asumirlo como capitalista, socialcristiano o socialdemócrata. Significa de hecho acabar con el pluralismo político, con el derecho a pensar políticamente como a cada quien le venga en gana.

Ese proyecto fue derrotado electoralmente. El pueblo se pronunció en contra de sus 69 artículos. Algunos de ellos probablemente, por separado, hubiesen tenido suficiente acogida. Pero el hecho es que la reforma no prosperó. Sin embargo buena parte de esos artículos se han venido formalizando a través de un abanico de leyes aprobadas o por aprobarse en la AN. Muchas de ellas aludiendo a un socialismo no materializado en la Ley madre y más bien en abierto desdén para con el pluralismo que ella consagra.

El pueblo decidió una cosa. El gobierno, Asamblea mediante, realiza otra.

Un capítulo aparte reclama la Alcaldía Metropolitana. El pueblo de Caracas votó para que una persona de su confianza asumiera una responsabilidad y de pronto se encuentra que aquello por lo cual votó no se puede realizar porque el gobierno le cambió las reglas.

Si era verdad que había que modificar la naturaleza y alcance de la Alcaldía Metropolitana, ese cambio tenía que hacerse antes, para que la gente supiera a qué atenerse para que el acto democrático de elegir a sus propias autoridades no fuera desvirtuado. Eso equivale, salvando las distancias, a comprar una casa y luego de pagarla que a uno le digan que el precio no incluía techo, piso, ni tuberías, puras paredes. En el terreno inmobiliario eso es una estafa. En el terreno constitucional tiene otro nombre…

El pueblo de Maracaibo también ha visto frustradas sus ilusiones. En el medio de la campaña electoral de las elecciones regionales de noviembre de 2008, en un acto de campaña, el presidente de la República, quien por cierto no tiene esa competencia, prometió que iba a meter preso a Manuel Rosales, quien fuera su contrincante en la campaña presidencial del 2006; y que ahora enfrentaba al candidato del partido de gobierno. A los pocos días la Asamblea Nacional, controlada absolutamente por el partido del presidente, le abría una investigación administrativa. Hoy Manuel Rosales es un asilado político en Perú.

Las dos principales ciudades de Venezuela, que votaron en contra del Gobierno central, hoy se ven con sus autoridades acorraladas y anuladas.

El pueblo es, en democracia, la fuente única de todo poder. Como sujeto, ese poder se expresa, entre otras formas, eligiendo a los gobernantes e incidiendo en sus políticas; como objeto, disfrutando o padeciendo de esas políticas.

Al pueblo no se le pueden cambiar las reglas en el medio del juego.

Desafíos

Se han dejado atrás varios de los principales mitos electorales. El pueblo sabe que a veces ganan unos y a veces, a pesar de lo empinado de la cuesta, otros.

Sin embargo, lo medular de la democracia está en juego.

El Consejo Nacional Electoral aprobó por mayoría un proyecto de Ley que debería apuntar a corregir vicios y enderezar entuertos del sistema electoral. Quien suscribe no acompañó esa decisión por considerar que ese proyecto no recoge importantes avances institucionales como la fiscalización electoral, las mesas de diálogo, la observación electoral.

Tampoco resolvería ninguno de los principales problemas. Que todos los votos valgan lo mismo, la permanencia de las “morochas” supone que hay votos que eligen más. Que las campañas sean entre iguales. Que se respete la Constitución para que los funcionarios e instituciones no operen a favor de sus preferidos. Que las elecciones sean un acto absolutamente civil. Que quienes aspiren a reelegirse tengan que separarse de sus cargos antes de postularse. Que haya equilibrio en los medios de comunicación. Que la cedulación se considere acto electoral y por ende sea objeto de observación.

La pelota pasó a la cancha de la Asamblea Nacional. Ojalá que trascendiendo la coyuntura estuviesen legislando pensando en cómo les hubiesen gustado las reglas cuando eran parte de las minorías. Sin embargo, la naturaleza y alcance del proyecto aprobado en primera discusión de la Ley Orgánica de Procesos Electorales parece apuntar en una dirección contraria. No sólo no corrige ninguno de los entuertos arriba señalados sino que más bien los profundiza y agrega otros de su propia cosecha.

La Constitución Nacional expresamente consagra y enfatiza en sus artículos 63, 186 y 293 el principio de la Representación Proporcional en la elección de los cuerpos deliberantes. Buscando con esto que las minorías tengan voz y voto. El calibre y talante de una democracia se mide por la forma como trata a sus ciudadanos más débiles en lo social y a sus minorías en lo político. El proyecto aprobado, divorciándose de este axioma, empeora la realidad vigente y minimiza la posibilidad de expresión institucional de las minorías políticas al proponer un sistema paralelo donde los cargos nominales no se restan de las listas legalizando así la viveza de las “morochas”. En el pasado republicano, sólo apelando al recurso de la representación proporcional se pudo abrir una válvula de escape institucional a la presión política de minorías con aspiraciones de poder que habían asumido la lucha armada como camino de expresión política. El PCV y el MIR cambiaron pistolas y fusiles por votos y curules para desde esa nueva trinchera mantener su combate político e ideológico. El cierre de esa válvula de escape electoral no bajará la presión, sólo la podría conducir por nuevas sendas.

El Proyecto también posibilita un peligroso manejo discrecional de las circunscripciones electorales que podrían acomodarse y reacomodarse en función de coyunturas políticas. Lo mismo vale para la adjudicación de cargos. Al no definirse el método se deja abierta la posibilidad de eventuales manejos interesados por vía normativa para cada elección. Colocando, entre otros males, al Poder Electoral en el centro de la diatriba política.

Establece también que los centros de votación podrán funcionar en cualquier dependencia pública abriéndose paso a un catastro electoral indeseable con centros de votación en alcaldías, gobernaciones, sedes de organismos gubernamentales. Funcionarios inescrupulosos tendrían el mandado hecho a la hora de amedrentar al elector.

Y así podríamos seguir desmadejándolo. Un proyecto que de no modificarse sustancialmente en segunda discusión podría colocar el juego electoral en un terreno pantanoso y, ojalá que no, intransitable.

Hay partidos con votos, con política que no están en la AN. Representan a un importante sector del pueblo. Ojalá sean escuchados. Especialmente ahora.

Tareas

Hay factores ontológicamente interesados en dividir cierto electorado entre abstencionistas y participacionistas. Es deber cívico y estratégico enfrentar esos factores. Quienes promueven la desestima del voto como camino terminan poniéndole alfombra roja a la violencia. En Venezuela toda violencia política ha fracasado. Eso lo aprendió el actual presidente en el 92 y algunos opositores en el 2002.

Un eventual cierre de Globovisión profundiza de tal manera el desequilibrio comunicacional y profundiza de tal manera la inequidad electoral que sería muy difícil hablar de elecciones justas. Un cierre de ese canal pondría al pluralismo comunicacional, y por ende la libertad de pensamiento base misma de la democracia, contra la pared.

Es indispensable aprovechar la coyuntura de discusión de la Ley Orgánica de Procesos Electorales para tratar de incidir en que esa Ley permita establecer clima y reglas electorales adecuados para el ejercicio libre y consciente del voto en condiciones de equidad y justicia electoral.

El Poder Electoral debe hacerse eco de estas realidades y alertar al gobierno sobre las implicaciones de lo que se discute en la Asamblea Nacional y lo que podría decidir CONATEL.

Todo gobierno democrático necesita medirse en las urnas y para medirse necesita contrincantes y electores que quieran ir a votar.

Vicente Díaz

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FS #243 – Preaviso adeco

Fichero

LEA, por favor

En la Ficha Semanal #225 de doctorpolítico (del 20 de enero de este año), se reprodujo un fragmento de El pasajero de Truman, best seller local de Francisco Suniaga que versa sobre el trágico desquiciamiento de Diógenes Escalante en el año crucial de 1945. Decía la nota introductoria de la ficha: “Fue su insania súbita lo que precipitara el golpe de Estado del 18 de octubre contra el gobierno del general Medina Angarita, hecho que generó grandes y graves consecuencias”.

Mañana se cumplirán sesenta y cuatro años de que el partido Acción Democrática, fundado en 1941 y protagonista de ese golpe, publicara una misiva conminatoria a su contraparte oficialista, el Partido Democrático Venezolano (PDV), que fuera establecido desde el gobierno de Isaías Medina Angarita. La carta en cuestión emplazaba al PDV para que definiera su posición ante la candidatura presidencial de Eleazar López Contreras, promovida por aquellos días, dado que AD consideraba harto inconveniente un regreso al pasado con un nuevo período de mando para el sucesor de Juan Vicente Gómez. El PDV manifestó que se oponía a la candidatura del viejo general, y esta postura abrió la puerta a un acuerdo de ambos partidos, por el que la candidatura de Escalante gozaría de su apoyo.

Pero la candidatura de Escalante no pudo prosperar a causa de su repentino desvarío, y en su lugar emergió la de Ángel Biaggini, y éste no contó ya con el beneplácito del liderazgo adeco. El día antes del derrocamiento de Medina, acto que llevó a la formación de una junta de gobierno presidida por Betancourt, éste pronunció un discurso en acto de su partido, el que fue publicado por el diario El País el 11 de enero de 1946. (Exactamente cuando el suscrito cumplía tres tiernos años de edad).

La mayor parte de ese discurso se reproduce aquí en esta Ficha Semanal #243. Allí explica Betancourt los términos exactos del entendimiento entre AD y el PDV, al tiempo que explica puntos programáticos y principistas de su partido. Betancourt expone claramente el desiderátum de un gobierno civil en Venezuela que surgiese de la votación popular, y refuta sin nombrarla la tesis caudilista que en su momento adelantara Laureano Vallenilla Lanz para justificar la dominación gomecista (Cesarismo democrático). También consta en sus palabras la opinión crítica que merecía a AD el gobierno de Medina Angarita, al que señala como tolerante del enriquecimiento ilícito de sus funcionarios.

Más de una de las admoniciones de Betancourt, en ese preaviso del inminente golpe de Estado del 18 de octubre de 1945, tiene hoy plena vigencia. El texto mismo de su alocución, por otra parte, es ejemplo de la eficacia de la oratoria de Betancourt, característicamente pedagógica.

Rómulo Betancourt fue el mejor maestro político del pueblo venezolano.

LEA

Preaviso adeco

En mayo de 1945 se realizó nuestra Tercera Convención Nacional. Sin pasajes en Aeropostal, sin puestos en los hoteles pagados por el Capítulo VII, sin cocteles en el Pabellón del Hipódromo, con sus propios y pobres recursos de venezolanos que viven todos de su propio trabajo decoroso, vinieron a Caracas trescientos delegados del partido de los cuatro costados de Venezuela, y allí apreciamos cómo estaba tomando cuerpo la candidatura del general Eleazar López Contreras. En torno suyo se había formado ya para entonces una agrupación de fuerzas de confesa u oculta vocación antidemocrática, integrada por individuos erradicados de la administración pública o enquistados en ella y por personas reclutadas en las clases más conservadoras del país, enemigos francos o encubiertos de las conquistas políticas y sociales alcanzadas por Venezuela en la última década.

Tres circunstancias contribuían a que un hombre que se retiró del poder en el 41, siendo un cadáver político, estuviera aglutinando en torno suyo corrientes de opinión. Esas tres circunstancias eran que el general López Contreras aparecía como el único candidato ya lanzado a la arena de la lucha política. La segunda, el descontento nacional existente por la ineptitud administrativa de la autocracia gubernamental, por el florecimiento del peculado, que han caracterizado a la administración de Medina Angarita. Y la tercera circunstancia: la actitud ambigua que venía adoptando frente a la candidatura de López Contreras el partido elector, el Partido con determinante mayoría de diputados y senadores en el Congreso Nacional: el Partido Democrático Venezolano.

Nuestra Convención apreció con clara perspicacia política la situación existente, y por eso no se limitó exclusivamente a rechazar la candidatura en marcha del general López, con lo cual se definió consecuente con su programa, con su razón de ser histórica, con su compromiso contraído con la democracia y con el pueblo, sino que fue más lejos: le planteó al PDV la necesidad de que definiera y precisara su actitud ante la candidatura de López Contreras.

El 27 de mayo fue publicada nuestra carta a ese partido. El directorio del PDV contestó, en lenguaje equilibrista pero bastante revelador, que el general López Contreras no sería su candidato. En esta forma contribuyó decisivamente nuestro partido a que quedara revelado siquiera parcialmente que no se cernía sobre el país el peligro de que el candidato de Miraflores fuera López Contreras y con él la posibilidad de que retornara legalmente al Poder quien está actualmente encarnando, sean cuales fuesen sus intenciones subjetivas, un movimiento político signado definitivamente con características de retroceso político y social.

Despejada esta incógnita, quedaba otra, ésta: ¿cuál era el hombre del régimen siquiera medianamente tolerable que pudiera ser concebido como una transición entre los Presidentes impuestos y el Presidente que construya el pueblo con la arcilla de su propio voto?

Analizando los candidatos viables, la Dirección del partido consideró que el que ofrecía un mínimo de garantías era el Dr. Diógenes Escalante. Voy a precisar las razones por las cuales lo hicimos, insistiendo en la explicación tan clara de nuestro presidente Rómulo Gallegos. Su alejamiento del país en cargos diplomáticos lo mantenía desvinculado de la zarabanda de desaciertos y peculados que caracterizan al actual gobierno de nuestro país; la circunstancia de ser Embajador en Washington, que es una especie de superministerio, le permitía conocer los problemas económicos fundamentales de Venezuela, que desembocan todos en la Casa Blanca. Su ausencia del país lo mantenía apartado de los altos sínodos camarillescos del pedevismo y su propia personalidad permitía que en torno de él se realizara una agrupación de fuerzas políticas y económicas desvinculadas del absorbente oficialismo, condición que hiciera posible sostenerlo en el Poder si se resolvía mañana a realizar y cumplir un programa propio de gobierno, desvinculado de la tutoría de Medina y del PDV; un programa de gobierno que le permitiera a nuestro país superar esta situación de pueblo gobernado primitivamente, tribalmente, que viene sufriendo desde hace tantas décadas. Analizada la situación así, la Dirección del partido acordó que viajáramos a Washington mi querido compañero el doctor Raúl Leoni y yo. Fuimos con los propios, con los pobres recursos de un partido que no tiene fuentes de ingresos inconfesables.

Viajamos con el pasaporte con que viaja cualquier hijo de vecino y la única autoridad venezolana que supo que nosotros salíamos para Estados Unidos fue la oficina encargada de expedir los pasaportes. Llegamos a Washington y allí conferenciamos con el doctor Diógenes Escalante. Le dijimos que en caso de que su candidatura fuera lanzada y él la aceptara nosotros sostendríamos en la Tercera Convención Nacional de Acción Democrática que se adoptara frente a esa candidatura una actitud de simpatía; que nosotros no haríamos pacto de ninguna clase con el PDV; que no saldríamos del brazo de los pedevistas a pregonar las excelencias de un régimen que hemos venido combatiendo desde 1936, que combatiremos hasta el último momento y que combatiremos hasta la hora de verlo desaparecer, barrido definitivamente del escenario político de Venezuela.

Le dijimos y precisamos al doctor Escalante que una de las causas fundamentales para que el pueblo venezolano no creyera en la pregonada democracia de este régimen, era la confusión tan totalitaria entre el partido del gobierno y el Estado, la confusión entre el PDV y el Ejecutivo; el apoyo de presidentes de Estado y de jefes civiles a las candidaturas pedevistas; la utilización de los dineros públicos, de los dineros de todos los venezolanos para financiar las campañas proselitistas del PDV. Y cuando el doctor Escalante insinuó la posibilidad de un gobierno de concentración nacional, le adelantamos que la Dirección del Partido no se mostraba inclinada a ocupar posiciones ministeriales en un gobierno no revolucionario si no se hubieran alcanzado previamente dos condiciones. La primera, que mediante sufragio libre, mediante constatación abierta ante el electorado, nosotros hubiésemos alcanzado en el Congreso Nacional, en las Asambleas Legislativas y en los Concejos Municipales una representación parlamentaria adecuada al volumen de militancia y de opinión no organizada que sigue nuestras consignas y que votaría por nuestros hombres. Y la segunda, que Acción Democrática no iría jamás a un gobierno como el pariente pobre que entra por la puerta del servicio a ocupar dos o tres de esos llamados “ministerios técnicos”. Nosotros somos un partido que no está constituido por literatos diletantes ni por mosqueteros románticos. Somos un partido político que se ha organizado para que este pueblo que está aquí congregado, para que el pueblo venezolano, vaya al Poder y nosotros con este pueblo a gobernar; pero vamos a gobernar cuando tengamos en nuestras manos las llaves claves del Estado; cuando tengamos en nuestras manos los ministerios a través de los cuales se decide la vida política, económica y social del país; porque a nosotros no nos interesa el gobierno para que dos o tres miembros del partido tengan carteras ministeriales: nos interesa para implantar y realizar un programa de salvación nacional.

Llegó Escalante a Venezuela. En el “Noticiero ARS”, ese noticiero que a la legua revela que está financiado por quién sabe cuál partida perdida en cuál capítulo de cualquiera de los presupuestos ministeriales; en ese Noticiero ARS no se vio a los hombres de Acción Democrática en el aeropuerto de Maiquetía; los retratos nuestros no salieron en los cocteles y fiestas para el doctor Escalante; los hombres de Acción Democrática no calentaron sillas en el Hotel Ávila; y cuando los hombres del partido oficial creyeron que nosotros teníamos arriada nuestra bandera oposicionista, encontraron de parte nuestra una respuesta tan cortés como enérgica: “¡No! Acción Democrática sigue siendo partido de oposición”.

En los muelles de Guaraguao, en el Estado Anzoátegui, nos esperaba a nuestro regreso el presidente de esa entidad federal, el doctor Pedro Cruz Bajares, y cuando nos propuso que aprovecháramos el paso por Barcelona para hacer un mitin conjunto de pedevistas y de acción-democratistas de respaldo a Escalante, le contestamos: “Acción Democrática, doctor Bajares, es un partido de oposición, y sigue siendo un partido de oposición”.

Dice ahora el Directorio Nacional del PDV que nosotros demostramos un “cálido entusiasmo” por la candidatura del doctor Escalante, y yo puedo decir aquí ante veinte mil personas, en un discurso que están tomando los taquígrafos, que será publicado en la prensa y en folletos, que si algo sabían de ese entusiasmo los miembros del directorio del partido oficial, es porque lo apreciaron por subjetiva adivinación, porque en ninguno de ellos, ni antes de nuestro viaje a los Estados Unidos, ni después de nuestro regreso de los Estados Unidos, mantuvo la Dirección del partido ninguna clase de conversación en torno a la candidatura del doctor Escalante.

Esto está bien aclarado ya, según creo. Nosotros, por las condiciones ya dichas, hubiéramos estado dispuestos a no combatir la candidatura de Escalante, a extenderle un cheque en blanco de confianza por unos cuantos meses al doctor Escalante, pero en ningún momento y en ninguna forma se nos hubiera visto salir a la plaza pública a decir que Venezuela estaba salvada porque el doctor Escalante iba a ser Presidente de la República.

Fracasó la candidatura de Escalante y fuimos llamados a Miraflores. Oímos de labios del señor Presidente de la República que a las diez de la mañana de ese día había resuelto excluir la candidatura del ex Embajador en Washington y que momentos antes que con nosotros había tenido una entrevista con el directorio pedevista para transmitirle ese punto de vista. Al día siguiente de esa primera entrevista tuvo una segunda entrevista nuestro partido con el jefe del Estado. Atendiendo a su requerimiento de oír la opinión del partido, se le llevó en una forma clara: nos pronunciamos por la escogencia de un candidato extrapartido, de un hombre en torno del cual pudiera hacerse una agrupación solvente de fuerzas políticas y económicamente responsables. Le dijimos que el problema de la sucesión presidencial no era un problema doméstico para resolverlo privativamente un partido político prevalido de las circunstancias de que mediante la imposición y el fraude tuviera una mayoría ilegítima en las Cámaras; que era un problema nacional que debía ser resuelto con criterio nacional. Creímos que ésta no sería la primera entrevista entre Rómulo Gallegos e Isaías Medina. Si se había iniciado una especie de consulta entre los partidos ya definidos categóricamente en su posición antilopecista, era de esperarse que se atendiera, que se escuchara, que se discutiera, que se debatiera el punto de vista de un partido que tiene cien mil militantes y en torno del cual gravita una masa inmensa de opinión.

Procedimos con ingenuidad. Una mañana circuló por los pasillos del Congreso la consigna que parecía inapelable: “tenia comisario el pueblo”; había sido escogido el doctor Ángel Biaggini para suceder a Medina. Sin muchos esfuerzos, sin mayor dificultad, el candidato de Medina se transformó en candidato del directorio pedevista, en candidato de la Asamblea Nacional pedevista y en candidato de la mayoría electora del Congreso pedevista. ¿Qué había sucedido? En concepto nuestro, descartada la candidatura de Escalante, aceptada casi a regañadientes, se echó mano de uno de los hombres más anodinos de la administración actual, del actual elenco burocrático del país, de un hombre que al frente del Ministerio de Agricultura y Cría, en una época de crisis profunda del abastecimiento nacional, apenas ha sido capaz de lanzar un decreto prohibiendo la matanza de vacas; del llamado “Ministro de Reforma Agraria”, ley que es algo semejante a esas casas invernales que construyen los termites, recogiendo una chamiza aquí y una hojita verde más allá; ley que no es otra cosa sino el resumen de todas las disposiciones sobre tierras existentes en la legislación venezolana con unos cuantos artículos demagógicos incorporados de la legislación de México. “¡Ministro de la Reforma Agraria!”. ¡Un hombre que en la dirección del Banco Agrícola y Pecuario no ha sido capaz de impulsar siquiera la parcelación de las enormes haciendas confiscadas al general Juan Vicente Gómez en 1936 y que continúan explotadas en la actualidad por administradores imbuidos en el mismo criterio estrecho de los coroneles de ayer!

Este candidato ha sido escogido, en concepto nuestro, porque su propia incapacidad política le impide aglutinar en torno suyo a corrientes de opinión independiente, ni siquiera a las corrientes de su propio raído PDV, y por lo tanto indefectiblemente tiene que ser tutorizado desde arriba por los altos sínodos pedevistas y por quien dentro de ese sínodo dice siempre la primera y última palabra: el general Medina Angarita.

Electo el doctor Biaggini nos encontraríamos en una situación muy semejante a la que vivió Venezuela en los días de Ignacio Andrade, quien tenía como único asidero, como único punto de apoyo y sustentación la espada caudillesca del general Joaquín Crespo. Y esa dualidad de gobierno, esa dualidad del poder existiría precisamente en una época difícil, porque el próximo quinquenio no serán cinco años de vacas gordas, porque aflorarán a la superficie, atropelladamente, todos los problemas económicos y fiscales creados por la guerra, porque será el quinquenio en que se construirá el oleoducto para conducir petróleo de Arabia Saudita al Mediterráneo, lo que puede significar la caída vertical de la producción del petróleo venezolano, y el petróleo venezolano es la alacena de que vive el gobierno; porque será el quinquenio durante el cual las disputas políticas que ya despuntan entre las grandes potencias se harán cada vez más agudas, y en ese período estará en Miraflores quien no podrá mandar: estará en la jefatura del Estado quien no podrá aglutinar en torno suyo a las fuerzas dinámicas de la economía y de la política venezolana; estará rigiendo los destinos del país un hombre que desde ahora se ha revelado perfectamente inapto para aglutinar corrientes de opinión. Eso explica el por qué apenas dos periódicos: El Tiempo por la tarde y la edición matutina de Últimas Noticias, están apoyándolo con fervor; por qué apenas lo siguen, con el PDV, las dos fracciones en que se ha dividido el Partido Comunista, las cuales están adheridas al partido oficial fatalmente, casi con fatalidad de ley física, como la sombra sigue al cuerpo, y como el rabo sigue al perro. Además, son “biagginistas” de pega unos pocos de los llamados políticos “independientes”, de esa especie de hombres-banda que quieren dirigir la partitura y al mismo tiempo tocar el violín y el trombón; de esos de quien dijo una vez irónicamente el estadista español don Manuel Azaña que eran hombres que se consideraban ellos solos un partido político.

Hay más, compatriotas: el fracaso como gobernante del doctor Biaggini significaría algo más que el descrédito político de un hombre y de un partido: significaría que se iría a pique una idea entrañablemente querida, apasionadamente sentida, acendrada a través de muchas generaciones por el pueblo de Venezuela: la idea del gobierno civil.

Es indudable que ya este país no quiere ver más, respetando y estimando profundamente al Ejército, a generales en jefe o generales de brigada en la Presidencia de la República. La Venezuela que estudia lo sabe, y la otra Venezuela lo intuye, porque, “aunque no sabe leer le escriben”, que el arte de gobernar es flexibilidad, espíritu de compromiso, diálogo esclarecido entre el Magistrado y el pueblo; condiciones estas de político militante, que no se concilian con la función del Ejército de mantenerse al margen de la ardorosa contienda partidista, cumpliendo su misión fundamental de defensa armada de los fueros de la soberanía. Por eso el pueblo de Venezuela ansía que la tradición civilista que se inició con José María Vargas, que tuvo sus manifestaciones transitorias con Pedro Gual y con Rojas Paúl, continúe. Pero si ese hombre civil fuera el doctor Biaggini, fracasaría no solamente él sino también la idea del gobierno civil y ganaría entonces prosélitos la tesis, la tesis de los teóricos y de los doctrinarios del despotismo, según la cual éste es un país de salvajes que no puede ser regido y gobernado sino con los métodos más drásticos.

Por todas estas razones nuestro partido se pronuncia por rechazar también la candidatura de Ángel Biaggini y por una fórmula que han esbozado los compañeros que me han precedido y que yo voy a profundizar y analizar más a fondo.

Hemos estudiado el panorama político del país, y en forma muy responsable quiero decir esta noche que nosotros conceptuamos muy grave la situación política de Venezuela. El régimen se ha escindido en dos frentes; cada uno de esos frentes tiene un general a su cabeza; y en Venezuela la experiencia histórica nos comprueba que nuestros generales no han dirimido sus contiendas en las plazas públicas con las armas civilizadoras de la palabra escrita y hablada: que han deslindado su contiendas en otros sitios y con otras armas, y que siempre ha sido el pueblo venezolano el cordero pascual, el “chivo expiatorio” en esa forma drástica y violenta como han resuelto sus conflictos y sus pugnas los generales de nuestro país. Y cuando digo pueblo no me refiero exclusivamente al hombre de blusa y alpargatas, sino a todos los sectores sociales desvinculados de las camarillas de la politiquería, cuyas vidas y haciendas han sido siempre afectadas por las guerras civiles. Nosotros vimos perfilarse esa amenaza cuando lanzó el general Medina la consigna de que con todas sus fuerzas se opondría a la candidatura del general López Contreras, y cuando éste le replicó diciéndole que acepta su candidatura con firmeza, que está dispuesto a ir a la defensa de lo que considera instituciones amenazadas y cuando reitera al día siguiente que en su casa, y no con fines de joya histórica, tiene guardado el uniforme de General en Jefe.

Ha sido precisamente nuestra tesis orientar en el sentido de buscarle una salida pacifica a la situación existente, a esa situación de pugna que puede devenir en violenta guerra civil. Y al discutir esta cuestión en la Cuarta Convención, todos los compañeros nos preguntamos: ¿es que ya no es la hora sonada de que se plantee el problema político venezolano en sus verdaderas dimensiones? ¿Es que un pueblo libre, un pueblo de libertadores, puede continuar admitiendo que cada cinco años sea un hombre o una camarilla quien le imponga gobernante? ¿Es que no puede nadie más gobernar a Venezuela que algunos de los escasos hombres que quedan del grupo político que viene monopolizando la Presidencia de la República? ¿Es que somos colectivamente una nación de dementes o de serviles crónicos, obligados a estar siempre conducidos por el cayado de unos cuantos tutores, cuando vemos a todos los pueblos de la tierra dándose sus propios gobiernos mediante libre consulta electoral en elecciones con sufragio directo, universal y secreto? Y entonces llegamos a la conclusión de que era sonado el momento de que volviéramos a aquella consigna que se abandonó en 1936, a aquella consigna cuyo triunfo hubiera impedido la continuidad del hilo constitucional gomecista; aquella consigna cuyo triunfo hubiera impedido lo que en definitiva sucedió: que el Estado de facto gomecista, el Congreso gomecista; el Ejecutivo gomecista, los jueces gomecistas, recibieran una lechada de juridicidad mentirosa.

………

En 1936, cuando acudió el Congreso a aquella fórmula socarrona de mitad y mitad para no autodisolverse, el mismo Congreso fijó en dos años el mandato de la mitad de los congresantes, el mandato de la mitad de los integrantes de ambas cámaras. La verdad es que esto es perfectamente realizable dentro del mecanismo constitucional de Venezuela, si no hubiera dentro de las dos fracciones del régimen lopecista y medinista el deseo de continuar perpetuándose en el gobierno contra la voluntad del pueblo y a espaldas del pueblo.

Podría argumentarse también que el pueblo de Venezuela no está capacitado para elegir un Presidente de la República mediante el sistema de sufragio universal y directo. Esto es lo que en el fondo piensan los mismos que andan prometiendo por allí en discursos y mensajes al Congreso que van a establecer el voto directo. Son tan socarrones y tan hipócritas como esos dueños de pulperías de lance, que colocan en las paredes de sus ventorrillos el consabido cartelito: “Hoy no fío, mañana sí».

Si se admitiera la tesis de que el pueblo venezolano no está capacitado para elegir su propio gobierno, tendríamos que admitir que sólo dos países de América son tan imbéciles colectivamente, son tan degenerados en su moralidad pública que no tienen capacidad para elegir Presidente, que son Haití y Venezuela, porque en el resto se hace la elección por sufragio universal directo y secreto, o bien mediante el sistema de delegados compromisarios, que también son auténtica expresión de la voluntad colectiva. Y si recorremos la historia constitucional de nuestro país, encontramos que desde la primera Constitución, la que hicieron los Padres de la Patria en 1811 hasta 1874, estaba establecido el principio de elección directa de Presidente de la República, que desapareció para ser sustituido por la fórmula de elección por el Consejo Federal hasta 1893, en que fue restablecido el primer sistema, el único realmente democrático. Y no fue sino en 1909, el año siguiente al golpe de Estado del 19 de diciembre, doce meses después de aquel día nefasto en que Venezuela comenzó a trajinar la etapa más bochornosa de su historia republicana, cuando se estableció el sistema de elección del Presidente de la República por el Congreso.

Rómulo Betancourt

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FS #242 – Last in/first out

Fichero

LEA, por favor

Quien firma abajo completó, en diciembre de 1990 o hace diecinueve años, un estudio de unas cincuenta páginas bajo el título siguiente: Un tratamiento al problema de la calidad de la educación superior en Venezuela. En el breve ensayo, abogaba por la instalación de los estudios generales en las universidades venezolanas como ciclo previo a una especialización profesional.

Así, observaba:

“Nuestro sistema educativo ofrece una sola oportunidad a los educandos para formarse una concepción general del mundo. Esa oportunidad se da a la altura de la educación secundaria, cuando todavía el joven puede examinar al mismo tiempo cuestiones de los más diversos campos: de la historia tanto como de la física, del lenguaje como de la biología, de la matemática y de la psicología, del arte y de la geografía. Si no existe, dentro del bachillerato venezolano, la previsión programática de intentar la integración de algunas de sus partes o disciplinas, al menos permite que ‘se vea’ un panorama diverso. Luego, nuestro sistema encajona al alumno por el estrecho ducto de especialización que le exige nuestra universidad. Ya no puede pensar fuera de la disciplina o profesión que se le ha obligado a escoger, cuando, en la adolescencia, todavía no ha consolidado su entendimiento ni su visión de las cosas y mal puede tener convicción sólida acerca de lo que quiere hacer en el mundo”.

Pero además criticaba que, en general, nuestro sistema educativo y, sorprendentemente el estadounidense (liberal arts), enfatizara más lo canónico, lo clásico, el pensamiento antiguo que el más moderno. El egresado de estos sistemas estará más o menos versado en Platón e ignorará a Popper, tendrá idea de lo dicho por Juan Jacobo Rousseau sin conocer el aporte de John Rawls, y pensará mas en términos de mecánica newtoniana que relativista. Por esto prescribía: “…debe dedicarse un espacio educativo marcadamente menor a la consideración de los clásicos que al pensamiento más reciente, al que se acuerda en nuestro sistema educativo un examen definitivamente escaso”. Llegaba a esa conclusión después de postular: “Si es conveniente, y potencialmente muy útil, el estudio de los clásicos, es necesaria una dosificación diferente que permita el acceso a otros estados mentales, tanto de la contemporaneidad, como hemos venido argumentando, como de otras culturas y modos de pensamiento distintos a los de Occidente. La planetización que experimenta la humanidad, el concepto en formación de un mundo ‘global’, son fenómenos que exigen conocer modelos intelectuales y procesos culturales hasta ahora ignorados por nosotros”.

En esta Ficha Semanal #242 de doctorpolítico se reproduce algún pasaje del trabajo donde se discute este último punto y se recomienda el estudio de unos pocos grandes pensadores temporalmente más inmediatos—Wittgenstein, Gödel, Kuhn, Foucault, Prigogine, Mandelbrot, etcétera—como ruta preferible. La persona que sea capaz de navegar el siglo XXI requiere contenidos mentales más actuales, pues habitamos un mundo en gran medida inédito. Y ya había dicho el gran John Stuart Mill: “Es lo que los hombres piensan lo que determina cómo actúan”.

No puede esperarse una política nueva del pensamiento viejo.

LEA

Last in/first out

El siglo XX, a punto de concluir, ha representado para la humanidad una fase de insólito aumento de la complejidad. Usualmente nos referimos a ella en sus manifestaciones tecnológicas o económicas. Con frecuencia aproximadamente igual tratamos de interpretar los cambios políticos del siglo y los destacamos como expresión del profundo grado de transformación de esta época. Menos frecuente es el examen de los cambios al nivel gnoseológico e ideológico, que desde un punto de vista no marxista del cambio social, en gran medida son responsables de este último, el cambio observable en sistemas más tangibles. Las revoluciones en el pensamiento, en la comprensión del universo, de la sociedad, de las relaciones del hombre y de su entorno, ocurridas en el siglo XX, han sido profundas.

Más aún, es característico del siglo XX la sensación de crucialidad de la época. Nunca antes alguna época histórica se pensó a sí misma como anfitriona de posibles resultados tan cataclísmicos como los que ocupan la atención de la humanidad contemporánea, obsesionada con la existencia misma de su hábitat, amenazado como aún lo está por el impacto directo de actividades destructivas, militares o civiles. La sensación es la de que aumenta la frecuencia o intensidad de decisiones cruciales.

A nuestra escala nacional, estamos al borde de radicales modificaciones de nuestra institucionalidad, de nuestra definición de país, de las relaciones del Estado y del individuo, y hasta del ámbito y asiento del Estado mismo, si se piensa en una cierta inevitabilidad de la integración de Venezuela en algún conjunto político-económico de orden superior. Estamos ante el reto de la Tercera Ola, de la reducción y replanteo del ámbito del Estado, de la normalización de nuestra patológica distribución de la riqueza, de la eventual invigencia de nuestro sustento petrolero, sea por agotamiento de nuestras fuentes o por obsolescencia de la tecnología de los hidrocarburos ante opciones energéticas diferentes. Estamos ante una agenda abrumadora y ante ella un recetario clásico es decididamente insuficiente. Es importante saber que las soluciones o adecuaciones que habrá que poner en práctica para un exitoso tránsito de esa turbulencia societal estarán condicionadas de manera sustancial por los conceptos, percepciones e interpretaciones que se tenga acerca del mundo, acerca de la sociedad, acerca de la persona. No poco de la observable ineficacia política de nuestros días debe atribuirse a la persistencia, en la mente de los actores políticos que deciden la vida de nuestra nación, de esquemas mentales antiguos y sin pertinencia; esquemas que fueron fabricados como producto de una deducción de principios o de la observación de sistemas sociales mucho más simples.

El método de enseñar a través de grandes textos no es, en ningún caso, desdeñable. Se trata de un modo de enseñanza menos rígido que el de tratar de cubrir un programa temático completamente concatenado o con aspiraciones de cobertura completa de una determinada disciplina. En el fondo, el modo de enseñanza sobre grandes textos no es poco semejante al famoso método de casos de la Escuela de Negocios de Harvard, sólo que aquí se trata de unos “supercasos” del pensamiento humano. Lo que hemos advertido es lo desperdiciador y hasta peligroso que viene a ser una educación superior que prescinda del pensamiento reciente por cualquier género de excusa. Pero si se quiere una educación eficaz y compacta—tampoco es el caso de obtener especialistas o expertos en el pensamiento moderno—y, por tanto, de duración relativamente corta sobre enfoques modernos de los temas principales de la humanidad—esos enfoques que constituyen su Weltanschauung, su “episteme”—muy probablemente el método de casos, el método de los grandes textos, resulte ser la estrategia preferible.

En primer lugar, porque pareciera ser que hoy en día habitamos una fase de la historia de la conciencia humana que, precisamente, se halla en fase de sustitución de paradigmas y teorías. Por esa razón mal podría presentarse una “suma gnoseológica” a fines del siglo XX. La física fundamental parece haberse acercado al límite de la integración de las fuerzas, de los campos, de las interacciones. Pero todavía no ha podido formular esa fuerza única, ese campo unificado, esa interacción de las que todas las demás interacciones fuesen casos especiales o manifestaciones. Mucho menos puede esperarse que esté listo, si es que eso va a ser posible alguna vez, un sistema orgánico del pensamiento de la humanidad al borde del tercer milenio cristiano. Lo que puede exhibirse, sin duda, es un conjunto intelectual variado, riquísimo y profundo, del que será difícil excluir instancias cuando haya que hacerlo por cuestiones de espacio y de tiempo disponibles a la educación formal o explícita. Lo que escasea es el espacio y el tiempo para pensar, no la importancia de lo pensado en este siglo.

Luego, es más económico enseñar por el método de casos de pensamiento, el método de los grandes textos. Los acontecimientos, muchísimos y variados, globales y locales, su crucialidad, nos imponen la urgencia de la respuesta. No nos es lícito asumir la postura del griego, que contemplaba al mundo, sino la del romano que lo transformó, según la comparación de Hegel, que en algunas clasificaciones ocurre como pensador “de derechas”. No nos será suficiente comprender la realidad, si no logramos transformarla, como destacó Marx, alumno de Hegel, y a quien algunas clasificaciones ubican a la izquierda. En el fondo ambos se habían topado con lo mismo, con una dualidad tan resistente como la historia. El hombre de pensamiento no puede eximirse de cooperar en la acción, pero tampoco el hombre de acción puede abstenerse de pensar. Sobre todo en una época como la actual, en la que el propio recambio paradigmático y epistémico induce a la incertidumbre conceptual, es criminal que aquél que vea lo que se puede hacer no procure que se haga, como es altamente peligroso que el que puede hacer rechace contemplar y entender lo que hace. Como auxilio a esta dualidad conocimiento-poder que debe encontrar solución a los problemas de la actualidad, los grandes textos de fines del siglo XX son indespreciables. (Una de las dimensiones del pensamiento importante, en algunas de sus expresiones, es su grado de penetración temporal. Muchas de las nociones importantes de cualquier siglo tienen carácter de predicción acertada, así sea por alguna manifestación de autocumplimiento. Tan solo esto justificaría la utilidad de su estudio.) Pero también puede seguramente encontrarse, en las huellas documentales de los pensadores importantes, muchas soluciones pospuestas que fueron “muy avanzadas para su tiempo”, que todavía son útiles y las que corren el riesgo de que se venza su eficacia. Habrían sido, entonces, desperdiciadas, porque habrían sido soluciones sin aplicación mientras estaban dispuestas a la mano.

De allí la importancia de acceder a nociones que corresponden mejor a la realidad, tanto física como social, lo que justifica el inventario y el estudio del pensamiento de nuestro tiempo. De allí que sea importante que un sistema educativo se readecúe, se reconstituya, en cuanto a contenidos y métodos, tomando en cuenta la necesidad de nuevos paradigmas e interpretaciones.

luis enrique ALCALÁ

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FS #241 – Aimara, quechua, guaraní

Fichero

LEA, por favor

Exactamente dentro de quince días, el 27 de mayo, pasará a formar parte del grupo de los sexagenarios o sesentones la periodista y escritora mexicana Alma Guillermoprieto. Es pluma prestigiosa, especializada en reportar revoluciones en América Latina. Ella misma se describe así: “Soy una cronista que se ocupa de juntar palabras de manera que mis lectores tengan la sensación de haber estado en un lugar, de haber entendido algo importante y se hayan emocionado”. (En entrevista que le hace Juan Cruz y publica El País de Madrid el 1º de febrero de este año). Su libro más famoso es La Habana en un espejo (Mondadori, 2005), en el que descubre las limitaciones de la dictadura castrista.

Guillermoprieto, nacida en Ciudad de México, fue antes bailarina profesional de danza moderna, que estudió en Nueva York. En la década de los setenta, escribió primero para The Guardian y luego para el Washington Post. En los ochenta ya era jefa para América del Sur en Newsweek. En la década siguiente escribió en The New Yorker y The New York Review of Books, a los que se unió National Geographic ya en el siglo XXI.

Es de esta revista justamente un trabajo suyo publicado en julio de 2008: El nuevo orden de Bolivia. Su primera mitad forma esta Ficha Semanal #241 de doctorpolítico.

Son típicas de Guillermoprieto ciertas inexactitudes. Por ejemplo, afirma que los cinco períodos presidenciales que siguieron al cese de la dictadura militar en 1982 no provinieron de elecciones “sino de la designación de un candidato de la clase blanca gobernante”. Esto no es así; todos los presidentes de Bolivia en ese tramo resultaron triunfantes en las elecciones o fueron designados constitucionalmente por el Congreso, tras elecciones en las que ningún contendiente obtuvo ventaja legalmente definitiva, o asumieron desde la vicepresidencia u otro cargo en la línea de sucesión ante la falta absoluta del presidente. (En otro artículo para National Geographic—Venezuela según Chávez, del 18 de abril de 2006—escribe: “La mejor manera de comprender el hechizo que el Presidente de Venezuela ejerce en sus conciudadanos es hacer lo que ellos hacen todos los domingos a las once de la mañana: arrellanarse frente al televisor en su sillón favorito, con una buena dotación de bebidas y bocadillos, para ver la transmisión de Aló Presidente, la comunión semanal de Hugo Chávez con su país”. La construcción hace pensar que al menos una gran mayoría de los venezolanos ve Aló Presidente, cuando su rating promedio no pasa de 12%).

Pero, en general, los trabajos de Alma Guillermoprieto retratan con muy suficiente fidelidad la realidad que encuentra en América Latina, que siente su patria. Lo que aquí pinta de Bolivia es fenómeno que no se puede desconocer o interpretar de manera distinta a la suya.

LEA

Aimara, quechua, guaraní

Villa Tunari es un pequeño poblado tropical del centro de Chapare, una provincia boliviana. Hace tres años, se expresaron aquí las profundas raíces y el poderío de la revolución étnica de esta nación andina. En aquel entonces, la región había sido afectada por numerosas inundaciones que dejaron ríos revueltos, puentes destruidos, derrumbes y muerte. Varios vehículos, entre ellos un autobús lleno de reporteros, quedaron atrapados a 16 kilómetros de la localidad, cerca del crecido Río Espíritu Santo, entre un túnel sellado por un derrumbe y el puente más cercano que había colapsado. ¿Qué clase de persona se presentaría en medio de esta catástrofe para escuchar un discurso de campaña y lanzar consignas? La respuesta fue una multitud compuesta por miles de descendientes de los pueblos indígenas, u originarios, de Bolivia. Muchos cruzaron ríos desbordados y caminaron por kilómetros para llegar a las afueras de Villa Tunari, sin preocuparse por la insistente lluvia y el lodo que les llegaba a los tobillos y les arrancaba los huaraches. Algunos miembros de la prensa logramos cruzar el río en un todoterreno a lo largo de las ruinas del puente. Cuando llegamos, la gente llevaba horas bajo el diluvio, hombro con hombro y apretados alrededor de un endeble podio, tiritando bajo capas de plástico o empapados hasta la médula. Sin embargo, ahí permanecieron hasta el final del mitin, cuando se puso el sol. Estos hombres y mujeres se habían reunido aquí con una misión histórica: tras siglos de humillación y desafiando a la ley de probabilidades, el siguiente presidente de Bolivia, Evo Morales, estaba a punto de surgir de entre sus filas. Este hombre, elegido en diciembre de 2005 en una de las naciones más inestables de América Latina, sigue en el poder dos años y medio después. Su gobierno se ha visto atestado de dificultades: Bolivia está partida geográficamente entre las tierras bajas tropicales y el altiplano empobrecido. Hoy estas dos regiones se encuentran más divididas que nunca políticamente. Un movimiento autonomista en la parte oriental, donde habita más población blanca, amenaza la estabilidad del gobierno. Merece la pena recordarlo improbable que parecía en ese entonces el ascenso al poder de Morales, incluso aquel día en Villa Tunari, cuando faltaban solamente semanas para la elección. En la capital administrativa, La Paz, varios hombres influyentes de tez clara y vestidos de traje, con los que hablé días antes de la reunión, contemplaban con una mezcla de desprecio y asombro la posibilidad de que ganara. ¿Un presidente indígena? No triunfaría jamás. O bien, será elegido, pero su gobierno estaría condenado al fracaso en el corto plazo.

En el podio, los hombres lucían guirnaldas hechas de flores y hojas de coca y hablaban en lenguas que yo no entendía, el quechua y el aimara, del antiguo Imperio inca, y que hoy siguen siendo más usadas por ese publico que el español. El candidato, cuyo rostro amplio y nariz aguileña sobresalían en medio de las guirnaldas de coca, fruta y verdura, avanzó y empezó a hablar en español con acento. “¡Somos aimaras, quechuas, guaraníes, los propietarios legítimos de esta noble tierra boliviana!”, gritó entre exclamaciones y aplausos. La algarabía no se hizo esperar. En algún lugar, sonaba un bombo. ¿Un presidente cuya lengua materna no fuera el español? Imposible.

Los hombres y mujeres a mi lado me ignoraban cuando intentaba entablar una conversación. Olían a lana mojada y humo. La mayoría de las mujeres usaban sombreros de paja sobre sus trenzas negras, al estilo quechua, y traían polleras de terciopelo de colores intensos sobre enaguas cortas. Las mujeres aimaras, que en general son de complexión más robusta y caras más anchas, vestían faldas largas, chales bordados y bombín en la cabeza. Los hombres usaban pantalones viejos y camisas de poliéster remendados. En la mejilla de cada uno se podía ver un bulto: los hojas de coca que mastican todo el tiempo los nativos de los Andes.

La multitud respondió a una exhortación del candidato con un canto, moviendo sus puños en el aire, zapateando y agitando sus banderas. “Sus esfuerzos no serán en vano”, dijo Morales. Y aclamaron al futuro presidente de Bolivia y a sí mismos. Habían luchado juntos desde que él era un campesino como ellos, el cocalero y líder de una batalla larga y difícil contra las fuerzas antidrogas de Estados Unidos, concentradas en esta región. Lucharon con tesón y prácticamente sin armas en interminables confrontaciones con los militares y la policía antidrogas. La estrategia consistía en no ceder ante nada, de la misma manera en que demostraban apoyo a su candidato bajo la lluvia.

………

El ascenso al poder de una nueva elite de pueblos indígenas militantes era inevitable. Hace casi quinientos años, los conquistadores españoles llegaron y transformaron el territorio boliviano básicamente en un campo de trabajos forzados. Las comunidades quechuas y aimaras del altiplano fueron separadas y su gente fue obligada a trabajar en minas sofocantes o en haciendas. Se les permitía la libertad suficiente  para obtener apenas lo indispensable para vivir de la tierra. Los habitantes originales del Amazonas de Bolivia corrieron con la misma suerte. Después de la independencia del país, en 1825, se les envió a las tierras bajas para trabajar en la recolección de látex de los árboles de caucho. Apenas en los años ochenta del siglo XX, las comunidades indígena migrantes del altiplano—como las que se establecieron en Chapare—los expulsaron de sus tierras fértiles. La historia andina está marcada por estas rebeliones indígenas, pero prácticamente todas han terminado en tragedia y el cambio no ha llegado. A lo largo de Bolivia, ya muy avanzado el siglo XX, el uso de siervos seguía siendo legal. Actualmente, fuera de los núcleos urbanos, los patrones aún tienen la aterradora costumbre de violar a las mujeres a su servicio, y los hijos de estas uniones deben soportar el estigma de por vida.

En 1952, una revolución nacionalista resultó en la reforma agraria y les dio el voto a las mujeres y los indígenas (antes excluidos por “analfabetas”). Sin embargo, el país pasó la mayor parte del siglo bajo el mando de una elite militar corrupta. Cuando el ejército finalmente se retiró del poder y convocó a elecciones en 1982, Bolivia era el país más pobre de América del Sur y su deuda externa estaba entre las más grandes. Carecía de experiencia sobre la vida cívica moderna y el abismo entre la mayoría indígena y la minoría blanca era infranqueable. Los siguientes cinco períodos presidenciales no fueron fruto de elecciones sino de la designación de un candidato de la clase blanca gobernante.

Esto no significa que en el lugar imperara la apatía. El país estaba en un estado de revuelta constante, gracias a los sacerdotes radicalizados, sindicatos y organizaciones locales, así como a miles de mineros desempleados y altamente politizados del altiplano que migraron a la región de Chapare para establecerse como cocaleros. Estos agricultores, que cultivaban algo que en Bolivia es tan tradicional como el tabaco, y que con frecuencia desviaban al mercado ilegal de la cocaína, lucharon contra tropas bolivianas entrenadas por las fuerzas especiales estadounidenses. Los sacerdotes y los líderes sindicales organizaron comunidades enteras para que marcharan por sus derechos. Una guerrilla indigenista de corta duración bombardeó algunas torres de alta tensión y planteó la idea del retorno al Imperio inca, A partir de 2000, cada día parecía traer una nueva avalancha de marchas, bloqueos de caminos y huelgas.

En diciembre de 2005, como si repentinamente los indígenas bolivianos se percataran del poder de sus números, el grupo se lanzó a votar con una meta común. En el censo de 2001, 62% de la población se identificaba como indígena. Seis semanas después del mitin en Villa Tunari, Evo Morales ganó la elección presidencial con 54% (la primera victoria mayoritaria de esta magnitud en décadas) y con el índice de abstencionismo más bajo de la historia de este país. Las comunidades originarias del territorio nacional eligieron a docenas de miembros como representantes para ambas cámaras del congreso. Tras la toma de posesión, en una ceremonia que incluyó ritos andinos tradicionales oficiados por amautas, o sabios, quechuas y aimaras, el presidente Morales nombró cuatro ministros de su gabinete que tenían apellidos indígenas con sus tradicionales vestimentas coloridas. Además del español, las 36 lenguas indígenas que se hablan en Bolivia fueron declaradas oficiales en el proyecto de la carta magna. Cinco siglos tras la conquista, se vislumbraba la posibilidad de un Nuevo Mundo en Bolivia.

Alma Guillermoprieto

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FS #240 – Après moi, le déluge

Fichero

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El segundo gobierno de Rafael Caldera, sobrevenido al término del período que inició Carlos Andrés Pérez y completó Ramón J. Velásquez, en virtud de una grave situación económica (heredada del período anterior y agravada por la crisis bancaria de 1994), la debilidad del apoyo político-electoral al gobierno (por Caldera votó sólo el 18% del electorado) y la edad del Presidente, transcurrió en una perpetua discusión en torno a si éste culminaría su segundo mandato de cinco años. (Hasta una reunión del Grupo Santa Lucía en 1996 llegó, de la mano de Elías Santana, el astrólogo José Bernardo Gómez a predecir la inminente muerte de Rafael Caldera).

El tema de la sucesión de Rafael Caldera había sido puesto en el tapete por nadie menos que el propio Canciller de la República, el Dr. Miguel Angel Burelli Rivas, el 9 de abril de 1995. Ese día el Canciller fue entrevistado por Marcel Granier en el programa Primer Plano, de Radio Caracas Televisión. Hacia el final de su comparecencia en el programa, Burelli Rivas planteó una eficaz y contundente defensa del gobierno de Rafael Caldera, destacando, entre otras cosas, que ese gobierno había tenido que consumir el tránsito de 1994 en el manejo de una crisis tras otra. Pero también dijo el Canciller que Venezuela se encontraba en la peligrosa situación, harto indeseable, de la siguiente disyuntiva: “Caldera o el caos”. Por último, Burelli Rivas declaró que a su juicio pocas tareas nacionales revestían tanta importancia como la de construir una “alternativa a Rafael Caldera”.

Era sorprendente la franqueza con la que Miguel Angel Burelli Rivas, desde su posición de ministro de Rafael Caldera, esbozara tan tempranamente el agudo problema. Parece más adecuado evaluar tan grave declaración no como un desliz de la lengua del Canciller, sino como un tema que probablemente habría comentado con el propio presidente Caldera. Hay que suponer, por tanto, que el mismo Rafael Caldera había dedicado algún tiempo a la misma preocupación. (También, por supuesto, era bastante probable que el propio Burelli Rivas pretendiera hacerse con la sucesión. Luego de la asonada del 4 de febrero de 1992, y junto con Arturo Úslar Pietri, Caldera y Burelli Rivas habían asomado la conveniencia de la renuncia de Carlos Andrés Pérez; el suscrito la propuso el 21 de julio de 1991: “El Presidente debiera considerar la renuncia. Con ella podría evitar, como gran estadista, el dolor histórico de un golpe de Estado, que gravaría pesadamente, al interrumpir el curso constitucional, la hostigada autoestima nacional. El Presidente tiene en sus manos la posibilidad de dar al país, y a sí mismo, una salida de estadista, una salida legal”).

El tema de la sucesión de Caldera fue acometido poco después de la entrevista a Burelli Rivas por referéndum, una publicación del suscrito (1994-98). Esta Ficha Semanal #240 de doctorpolítico reproduce la sección final del artículo en referéndum (Rafael Caldera & Sucs.)

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Après moi, le déluge

¿Cuáles son, en general, los rasgos deseables en un Presidente de la República a las alturas del cierre del siglo XX?

Normalmente se piensa que las características de un candidato presidencial, de un gobernante, deben corresponder a la idea de que la política es, esencialmente, una actividad de combate, una actividad polémica. En noviembre de 1989 un cierto Diputado marabino al Congreso de la República justificaba su apoyo a Oswaldo Alvarez Paz a la Gobernación del estado Zulia en los siguientes términos: “Oswaldo va a ser el mejor gobernador porque él  es el mejor orador del Congreso”.

Es así como se ha creído que los rasgos deseables en un gobernante son los de un peleador que mantiene constantemente un ceño adusto y levanta enérgicamente sus puños o los dedos índice de cada mano; que debe estar adiestrado, contradictoriamente, en el arte de negociar y conciliar; que debe ser, por encima de todo, el triunfador en una larga carrera de obstáculos dentro de una organización partidista para hacerse con la candidatura.

Sobre este tema escribíamos en febrero de 1985:

“Esa nueva manera de hacer política requiere un nuevo actor político. El actor político tradicional pretende hacer, dentro de su típica organización partidista, una carrera que legitime su aspiración de conducir y gobernar una democracia. Sin embargo, el adiestramiento y formación que imponen los partidos a sus miembros es el de la capacidad para maniobrar dentro de pequeños conciliábulos, de cerrados cogollos y cenáculos. Se pretende ir así de la aristocracia a la democracia. El camino debe ser justamente el inverso. Debe partirse de la democracia para llegar a la aristocracia, pues no se trata de negar el hecho evidente de que los conductores políticos, los gobernantes, no pueden ser muchos. Pero lo que asegura la ruta verdaderamente democrática, no la ruta pequeña y palaciega de los cogollos partidistas, es que ese pequeño grupo de personas que se dediquen a la profesión pública sean una verdadera aristocracia en el sentido original de la palabra: el que sean los mejores. Pues no serán los mejores en términos de democracia si su alcanzar los puestos de representación y comando les viene de la voluntad de un caudillo o la negociación con un grupo. No serán los mejores si las tesis con las que pretenden originar soluciones a los problemas no pueden ser discutidas o cuestionadas so pena de extrañamiento de quien se atreva a refutarlas.

Ese nuevo actor político, pues, requiere una valentía diferente a la que el actor político tradicional ha estimado necesaria. El actor político tradicional parte del principio de que debe exhibirse como un ser inerrante, como alguien que nunca se ha equivocado, pues sostiene que eso es exigencia de un pueblo que sólo valoraría la prepotencia. El nuevo actor político, en cambio, tiene la valentía y la honestidad intelectual de fundar sus cimientos sobre la realidad de la falibilidad humana. Por eso no teme a la crítica sino que la busca y la consagra.

De allí también su transparencia. El ocultamiento y el secreto son el modo cotidiano en la operación del actor político tradicional, y revelan en él una inseguridad, una presunta carencia de autoridad moral que lo hacen en el fondo incompetente. La política pública es precisamente eso: pública. Como tal debe ser una política abierta, una política transparente, como corresponde a una obra que es de los hombres, no de inexistentes ángeles infalibles.

Más de una voz se alzará para decir que esta conceptualización de la política es irrealizable. Más de uno asegurará que «no estamos maduros para ella». Que tal forma de hacer la político sólo está dada a pueblos de ojos uniformemente azules o constantemente rasgados. Son las mismas voces que limitan la modernización de nuestra sociedad o que la pretenden sólo para ellos.

Pero también brotará la duda entre quienes sinceramente desearían que la política fuese de ese modo y que continúan sin embargo pensando en los viejos actores como sus únicos protagonistas. Habrá que explicarles que la nueva política será posible porque surgirá de la acción de los nuevos actores.

Serán, precisamente, actores nuevos. Exhibirán otras conductas y serán incongruentes con las imágenes que nos hemos acostumbrado a entender como pertenecientes de modo natural a los políticos. Por esto tomará un tiempo aceptar que son los actores políticos adecuados, los que tienen la competencia necesaria, pues, como ha sido dicho, nuestro problema es que «los hombres aceptables ya no son competentes mientras los hombres competentes no son todavía aceptables».

Porque es que son nuevos actores políticos los que son necesarios para la osadía de consentir un espacio a la grandeza. Para que más allá de la resolución de los problemas y la superación de las dificultades se pueda acometer el logro de la significación de nuestra sociedad. Para que más allá de la lectura negativa y castrante de nuestra sociología se profiera y se conquiste la realidad de un brillante futuro que es posible. Para que más allá de esa democracia mínima, de esa política mínima que es la oferta política actual, surja la política nueva que no tema la lejanía de los horizontes necesarios”.

Por ahora postulamos que uno de los rasgos necesarios para conducir con tino y propiedad ese tránsito que el IX Plan de la Nación vislumbra como la inserción de Venezuela en la sociedad global del siglo XXI, es la condición que Alexis de Tocqueville definía como el “verdadero arte del Estado”: “…una clara percepción de la forma como la sociedad evoluciona, una conciencia de las tendencias de la opinión de las masas y una capacidad para predecir el futuro…” (Alexis de Tocqueville. El Antiguo Régimen y la Revolución).

Para que sean altas las probabilidades de éxito en un conductor político a fines de este Milenio Segundo, es preciso que la persona en cuestión entienda verdaderamente el sentido de la actual transición de la humanidad. Es difícil que esto se dé en alguien cuyas raíces y cuya formación sean tradicionales. La formación de corte humanístico, preferiblemente en el campo del Derecho, resultará menos útil que una formación de raíz científica, de comprensión de sistemas complejos. La preocupación y el estudio consistente del futuro será más importante que la erudición historicista, típica en aquellos que han pululado en la escena política nacional. Lo que se requiere, antes que un historiador, es un estratega inmerso en las corrientes más actuales de la reflexión sobre el mundo actual y el venidero.

Igualmente será importante que el nuevo conductor político haya demostrado ser exitoso en el manejo de organizaciones de cierta complejidad, a través, fundamentalmente, de su capacidad de generar esquemas estratégicos convincentes que produzcan la entusiasta motivación de las organizaciones que hayan dirigido.

Finalmente, el candidato en cuestión deberá ser alguien que entienda el valor profundo de la democracia, de la contribución de los Electores en el importante y difícil arte de gobernar. Si un pretendiente al trono de Miraflores, si un aspirante a reposar en el lecho matrimonial de La Casona, no tiene escrúpulos en manipular, con las más poderosas técnicas de la psicología social, del mercadeo político en el que se han convertido las campañas electorales, la psiquis desprevenida de los Electores, estará evidenciando que no es el hombre necesario.

Por encima de todo, el hombre indicado deberá ser el poseedor de una visión de país. No podemos continuar siendo gobernados por hombres, más o menos dignos, más o menos honestos, más o menos hábiles en el arte de maniobrar y combatir a los contrincantes, si carecen de un concepto estratégico que sirva de marco a la tarea cotidiana de la conducción del Estado.

La pregunta a hacerse, entonces, es la siguiente: ¿existen en Venezuela personas que correspondan, en grado apreciable, a los rasgos necesarios a un gobermnante adecuado? Creemos que la respuesta es positiva. La conciencia nacional ha experimentado muchos cambios, los profesionales del país han aprendido mucho, e incluyen ahora una amplia gama de buenas cabezas que han seguido trayectorias diferentes a las de los políticos tradicionales y que, en consecuencia, entienden a la sociedad desde percepciones y perspectivas más modernas y pertinentes. Nuestra predicción consiste en afirmar que veremos la emergencia de estos personajes en la escena política nacional a corto plazo.

Pero exigiríamos también en los nuevos líderes la capacidad de “librar por todos”. Es preciso reconciliar a la Nación, y no será sano que ésta sea gobernada por los portadores de reconcomios y vindictas. Desde una postura clínica debe comprenderse que en gran medida son responsables los modelos de la actuación política, antes muchas veces que las personas concretas, de los deficientes resultados de nuestro sistema político. Así, será exigible a los nuevos gobernantes una actitud amplia, lejana de la tentación de justificarse con el recurso a la cacería de brujas y a la identificación y escarnio de chivos expiatorios. El país no necesita tanto la competencia como la cooperación, y a pesar de que ningún nuevo paradigma podrá eliminar los elementos competitivos de la práctica política, Venezuela avanzará más rápida y certeramente si logra desplazarse el énfasis de la combatividad a la solidaridad y la cooperación, como muchas veces ha argumentado el actual Ciudadano Presidente de la República, obviamente preocupado por el tema de su sucesión.

luis enrique ALCALÁ

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