por Luis Enrique Alcalá | Dic 4, 2007 | Fichas, Política |

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La editorial Libros Marcados, presidida por el penetrante periodista Fausto Masó, ha publicado un libro que hacía mucha falta. Se trata de La 4ta. República (Lo bueno, lo malo y lo feo de los civiles en el poder), cuyo autor es Ramón Guillermo Aveledo. Su título emplea deliberadamente la etiqueta de procedencia chavista, que inexactamente se refiere con ella a los gobiernos democráticos venezolanos entre la caída de Pérez Jiménez y la asunción de Chávez al poder.
Fernando Luis Egaña ha explicado lo que nos tragamos como marco lingüístico cada vez que admitimos la denominación “cuarta república”. Como las primeras tres ocurren entre 1811 y 1830, y la quinta habría empezado propiamente el 15 de diciembre de 1999, entonces la “cuarta” comprende “los 168 años que incluyen el paecismo, la Federación, el dominio andino y el surgimiento de la democracia”. Para la nueva enciclopedia del régimen “son un mismo magma tenebroso que separa la gesta libertadora de la ‘revolución bolivariana’. Semejante mamarracho historiológico no resiste el menor soplido y, sin embargo, es la ‘versión oficial’ que el actual régimen difunde a diestra y siniestra, con el conformismo escandaloso de buena parte de la opinión pública y publicada”. En sentido amplio, pues, “cuarta república” es un cognomento despectivo que denota, para Chávez, “lo malo” de nuestra historia republicana. Es decir, desde la muerte de Bolívar hasta su propia encaramada. En sentido estricto, que es el que usa más comúnmente, la expresión designa sólo a los gobiernos democráticos que le precedieron.
Y son estos gobiernos, precisamente, los que Aveledo presenta al balance, sobriamente, sin que una cifra en su recuento sea inexacta o una referencia manipulada. Su serena exposición está organizada, muy útilmente, al modo temático. De ella emerge una convincente y justa imagen: los gobiernos civiles en Venezuela, con todas sus criticables equivocaciones, trajeron más progreso al país que todos los gobiernos militares juntos, que fueron muchos más. De hecho, es su construcción de la democracia en la conciencia nacional lo que todavía resiste al intento militarista de más reciente cuño: el proyecto desmesurado de Hugo Chávez. Éste será superado precisamente porque antes de él se sembró la democracia con raíces muy profundas, aunque habrá que asegurarse que su término no dé paso a la mera restauración de un ancien régime que se había hecho insuficiente.
Hacía tiempo que un balance como el escrito por Aveledo se requería con urgencia, para refutar las distorsiones interesadas del discurso chavista. Se trata, pues, de un libro inteligente, como lo es su autor. Doctor en Ciencias Políticas, Ramón Guillermo Aveledo ha tenido una destacada carrera pública, cuyo punto más elevado se alcanzara—por ahora—con su doble Presidencia de la Cámara de Diputados. Este señor tan importante presidió también, entre 2001 y 2007, la Liga Venezolana de Béisbol Profesional, y aunque siempre ejerció la imparcialidad, uno sospecha que su corazón estaba con los Cardenales de Lara, su tierra natal, a la que representó con brillantez como Diputado en tres períodos constitucionales.
La Ficha Semanal #173 de doctorpolítico reproduce la apostilla final del libro de Aveledo: Conclusión – Créditos, débitos y el privilegio exigente de vivir en libertad.
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Privilegio exigente
El único presidente de Venezuela que se ha equivocado es José Antonio Páez, al menos fue el único en admitirlo. El dos veces Jefe de Estado concluye así su Autobiografía: “Termino, pues, la historia de mi vida donde debió haber acabado mi carrera pública…”, esto es, en 1850. Reconoce así que se equivocó al seguir en el protagonismo político y volver al poder, y todavía más:
“Es seguro que en tantos años de carrera pública habré cometido yerros de más o menos consecuencia; pero bien merece perdón quien sólo pecó por ignorancia, o por concepto equivocado. Mi propio naufragio habrá señalado a mis conciudadanos los escollos que deben evitar”.
Los demás presidentes no se equivocaron jamás. Tal es su convicción, o su declaración. En cambio, los venezolanos pensamos mayoritariamente que los únicos en equivocarse fueron, precisamente, los presidentes, y que nosotros nunca hemos errado, ni siquiera al elegirlos. Que este país sería una maravilla si no hubiéramos tenido presidentes, gobiernos y políticos así.
En la investigación realizada para escribir estas páginas no encontré evidencias que sustentaran la infalibilidad popular o la sabia pureza popular. Los venezolanos, y nuestros gobernantes, juntos o por separado, nos hemos equivocado. Pero también, como hemos podido darnos cuenta, hemos sabido acertar.
Siempre se nos dijo que el poder en Venezuela es para los hombres de armas. “El mundo es de los valientes” en la frase carujana. Que esta tierra brava, rebelde, parejera, este “cuero seco” no podía ser gobernado “por las buenas”. Los civiles podían redactar proclamas”, escribir constituciones y leyes para no cumplirlas, pero no mandar. Los cuarenta años más estables y de más progresos en la vida de este país demuestra exactamente lo contrario.
Se ha diagnosticado que esas cuatro décadas cerraron su ciclo a causa de la corrupción, un fenómeno que antecedió a la democracia y que la ha sobrevivido con una salud y una fortaleza que impactan al menos impresionable de los observadores. Creo que la verdad es que su ocaso está más relacionado con el colapso del modelo rentista que no supo superar y con el alejamiento entre los partidos políticos y la sociedad toda, desde los sectores organizados con intereses grandes, medianos y pequeños, hasta el pueblo llano y sus mismas bases.
En el tiempo de los civiles en el poder, el único estable como tal en la Historia de Venezuela, la contabilidad política tiene sus créditos y sus débitos.
En cuanto a convivencia, el haber fue lograrla y mantenerla. Y el debe no valorarla.
En cuanto a instituciones, el haber fue organizar poderes equilibrados y ensayar la primera, y hasta ahora única, experiencia sostenida de poder distribuido, limitado, despersonalizado de nuestra existencia republicana. Y el debe, no desarrollar conciencia institucional.
En lo social, el haber fue la transformación radical de Venezuela y la educación de la abrumadora mayoría de los venezolanos. Y el debe, no haber logrado en la medida deseable la integración de esa sociedad nueva y compleja.
En lo económico, el haber es la modernización y diversificación de un aparato productivo que no es ni la sombra de lo que había. Y el debe, no haber superado el rentismo para poder generar prosperidad sustentable para todos.
En lo petrolero, el haber es la madurez para buscar y lograr el progresivo dominio de nuestro principal negocio. Y el debe, no haber sacado todo el provecho posible en desarrollos aguas abajo y con la inversión de los ciudadanos.
En la infraestructura y el medio ambiente, el haber es una descomunal transformación dl escenario nacional, y el debe nuestro inveterado descuido con el mantenimiento.
En lo internacional, el haber es una diplomacia vinculada a valores e intereses nacionales que nos ganó prestigio y respetabilidad en el mundo. El debes es una inmodesta sobrestimación de nuestras posibilidades que nos llevó, y nos sigue llevando, a empresas que nos exceden y no necesariamente nos convienen.
¿Es mayor la columna azul del crédito que la roja del débito?
Me parece que sí. Pero, en todo caso, he procurado poner honradamente en manos del lector los elementos de juicio que le permitan tomar su posición.
El logro más grande de los cuarenta años es haber demostrado que podíamos vivir en libertad y en paz, y el fracaso más triste no haber aprendido a defenderla y a mejorarla.
Si miramos la historia de este país, de Latinoamérica y del mundo, veremos que vivir en libertad es un privilegio, pero también una labor muy exigente. En la opresión sólo hay que obedecer. En la democracia hay que decidir. Porque la libertad se trata de atreverse cada uno a asumir su responsabilidad.
Ramón Guillermo Aveledo
por Luis Enrique Alcalá | Nov 27, 2007 | Fichas, Política |
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La presente Ficha Semanal extra (#172A de doctorpolítico), contiene el archivo del texto leído en una segunda presentación alojada en YouTube, sobre el tema del inminente referéndum del 2 de diciembre.
El ambiente que se respira en Venezuela hoy es el de la creciente convicción de que será posible derrotar electoralmente el proyecto de «reforma» constitucional introducido por Hugo Chávez y aderezado por la Asamblea Nacional. Los registros de opinión permiten colegir que una abstención disminuida llevará al oficialismo a su primera derrota comicial.
Aunque se trate de esfera distinta, el súbito deterioro de la posición internacional del presidente Chávez gravita sobre su apoyo interno, que decrece por horas. Luego de desbaratar con su indiscreción y su pantallerismo la posible mediación entre el gobierno de Colombia y la cuarentona guerrilla de ese país, Chávez no ha podido contener su agresiva lengua, y ha procedido a cubrir de epítetos irrespetuosos e insultantes al presidente Uribe y a otros miembros de su gobierno. Después de un comunicado inicial relativamente moderado—aconsejado, suponemos, por funcionarios venezolanos de mayor prudencia—ahora anuncia que las relaciones de Venezuela con Colombia (y con España) están congeladas.
Continúa, pues, el calvario mundial de Chávez, quien hasta hace nada fuera tratado con benevolencia y hasta con alguna admiración por sus pares en el planeta. Luego de su altercado con el Rey de España, la refutación que le ofreciera el Rey de Arabia Saudita, y su más reciente pataleta contra Uribe, ha salido a la luz la irritación de la presidenta de Chile, Michelle Bachelet, que se ventilara en entrevista que le hiciera en Canal 13 la periodista Vivi Kreutzberger. (Gigantes con Vivi).
Antes de su fallida entrevista con Nicolás Sarkozy—Chávez no llevó ninguna prueba de supervivencia de ningún secuestrado por las FARC—el presidente venezolano declaró que se hallaba en plena exploración de la escena del crimen que habría acabado con la vida de Simón Bolívar, en nueva y absurda alucinación. Cuando en una conversación reciente, alguien apuntó que Chávez reincidía en su comparación personal con Jesús de Nazaret, el humor negro de un circunstante encontró la siguiente respuesta: «Crucifiquémosle, entonces». Otro aportó el siguiente dato, alusivo al regaño de Juan Carlos de Borbón: que ahora a la mujer de Chávez le dirían Woman del Callao.
Estamos, claramente, ante un presidente al borde del descontrol absoluto, y su círculo íntimo se encuentra profundamente preocupado. Por esto, y porque la previsible derrota de su proyecto de absolutismo vitalicio puede terminar de sacarlo, irreversiblemente, de sus cabales. (Si es que alguna vez tuvo).
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Segundo libreto
En la recta final hacia el referéndum del 2 de diciembre en Venezuela, que decidirá la aceptación o, más probablemente, el rechazo de la prótesis constitucional que pretende implantar el Presidente de la República, vale la pena registrar los más recientes desarrollos y lanzar la mirada hacia los días posteriores a esa fecha.
En primer término, es notorio el desasosiego que cunde en las filas gubernamentales. El ministro Willian Lara, y el mismo Presidente, han procurado negar las malas noticias de todas las encuestas, que miden un rechazo mayoritario al proyecto de alteración constitucional y una disminución de la inclinación a abstenerse de votar. Así, han tenido que echar mano de un viejo argumento de perdedores, sugiriendo que la presencia en las calles de sus partidarios es la mejor de las encuestas. Pero ellos mismos saben que esa presencia se hace posible con los lujosos autobuses que fletan para traer adeptos, a quienes pagan viáticos a manera de soborno, y que en su caso no son detenidos por guardias nacionales en el peaje de Tazón, como si hacen con los que trasladan a sus opositores.
Luego, el gobernador del estado Miranda, Diosdado Cabello, se vio forzado a aconsejar a sus huestes que no cayeran en triunfalismos, y una vez más la voz presidencial se hizo eco de tal advertencia. Así declaró que “no se puede cantar victoria antes de la victoria”, y expresó su temor al decir que “Si no se aprueba la reforma la revolución entrará en una fase de peligrosa desaceleración que pudiera llevarla a velocidad cero”. Antes, en un intento por hacer entender el referéndum como una confirmación de su mandato, postuló que si su proyecto no resultaba aprobado tendría que ir pensando en un sucesor.
En segundo término, no sólo ha decrecido dramáticamente la propensión a abstenerse, sino que se ha hecho notable la mejora de la confiabilidad del acto mismo de la votación. El diario El Nacional ha reportado que de “la apertura de 1% de las cajas al cierre de la votación en el referéndum revocatorio presidencial de 2004 se pasó a 54% de las cajas”, y de “tener testigos en muy pocas auditorías, ahora los partidos participan activamente en las 10 revisiones del sistema electoral que se hacen rutinariamente antes de una contienda”. Cuando Luis Inazio Lula Da Silva dice confiar en que nuestro Presidente respetará los resultados del escrutinio, en realidad le está exigiendo que lo haga, a sabiendas de que los boletines del Consejo Nacional Electoral reflejarán la voluntad popular.
En principio, un referéndum que sea adverso a su proyecto no impide que el Presidente continúe gobernando hasta comienzos de 2013. Técnica y jurídicamente no está en juego su cargo, pero el rechazo de su pretensión tendrá efectos equivalentes al de negarle un voto de confianza. Por esto tiene razón al pensar que la cacareada revolución puede llegar a disminuir su velocidad a cero. Los famosos “motores” de la revolución se detendrían.
Se hace, pues, muy aconsejable ir pensando en mecanismos constitucionales para la expresión de la voluntad del Soberano, el Pueblo de Venezuela.
El 19 de enero de 1999, la Corte Suprema de Justicia, en decisión histórica, sentenció que podía preguntarse al pueblo si quería elegir una asamblea constituyente, a pesar de que esta figura no estuviese contemplada en la constitución vigente en ese momento, que era la promulgada el 23 de enero de 1961. Más adelante, la Corte especificó que “la asamblea constituyente tiene por único objeto dictar una nueva Constitución”.
Una constitución es, por supuesto, entidad superiorísima y mucho más fundamental que un presidente cualquiera. Si un mero referéndum consultivo sirvió para dilucidar si queríamos, mediante asamblea constituyente no contemplada en la constitución, sustituir la que nos regía por otra enteramente nueva, ¿qué pudiera oponerse a la noción de que otro referéndum consultivo nos preguntara si queremos elegir un nuevo presidente, aunque formalmente no se haya cumplido el período especificado para quien esté en ejercicio?
Las condiciones constitucionales son muy sencillas: “Artículo 71 de la Constitución. Las materias de especial trascendencia nacional podrán ser sometidas a referendo… a solicitud de un número no menor del diez por ciento de los electores y electoras inscritos en el registro civil y electoral”.
No podría discutirse que una pregunta tal sea o no “de especial trascendencia nacional”, y el corte definitivo del registro electoral al 31 de agosto de 2007 indica que en estos momentos son reconocidos 16.112.857 ciudadanos como electores. Esto es, tan sólo 1.611.286 firmas, treinta y tres por ciento menos que las requeridas para la revocación, harían inevitable ese preciso referéndum.
Hay, por tanto, en nuestra armazón constitucional, suficientes canales para la expresión democrática, y para la solución de una posible y repentina crisis de gobernabilidad que ya teme y anuncia el propio Presidente.
Más allá de esta eventualidad, el horizonte político venezolano exige la presencia de nuevos actores políticos y nuevas organizaciones políticas. Una vez más, como lo vienen haciendo desde hace años, las encuestas más recientes registran que una amplia mayoría nacional no se satisface ni con el gobierno actual ni con su oposición formal. Y, seguramente, una buena parte de quienes hoy apoyan a estos extremos insuficientes lo hace porque no contempla una opción satisfactoria. Se requerirá, en consecuencia, la emergencia de organizaciones de código genético más evolucionado que el que poseen los partidos convencionales, y actores políticos que puedan trascender el discurso esclerosado de la política del poder puro y la obsoleta distinción de izquierda y derecha, desde una política clínica. El socialismo del siglo XXI es una contradicción en términos, puesto que el socialismo es una invención ideológica del siglo antepasado y, como toda ideología, sea ésta liberal, socialcristiana, socialdemócrata, socialista, comunista o anarquista, no es otra cosa que una panacea simplista, imposible, ineficaz e inconveniente.
Entretanto, vayamos a votar el 2 de diciembre para decir rotundamente NO al proyecto presidencial. Esta vez vamos convocados por voces sensatas, entre las que descuellan las refrescantes voces estudiantiles. Ahora nos tranquilizan, además, al ofrecerse como vigilantes de nuestros votos y garantes de su respeto. El enjambre ciudadano ya ha decidido, y sólo falta que se manifieste el próximo domingo.
No hay excusa, pues, para la abstención. Vayamos todos a votar. Vayamos a rechazar la pretensión absolutista y vitalicia del Presidente. Y sepamos que sí hay futuro: el que juntos construiremos.
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por Luis Enrique Alcalá | Nov 27, 2007 | Fichas, Política |

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El contenido de esta Ficha Semanal #172 de doctorpolítico no es otra cosa que el texto narrado en la presentación colocada el 19 de los corrientes en YouTube.
En una lámina de la presentación misma aparece una cita del diputado Carlos Escarrá, que vale la pena repetir porque algún día, tal vez en un juicio como los de Nuremberg, haya que recordarla para demostrar que su adhesión a la maligna dominación de Chávez no tiene excusa. Dijo Escarrá en la Asamblea Nacional: “El presidente viene a ser en nuestra constitución como el sol que, firme en su centro, da vida al universo. Esta suprema autoridad debe ser perpetua y permanente”.
Por supuesto que Escarrá, además de desviado políticamente, porta en su cabeza una cosmología muy desinformada. Nuestro sol no está en el centro del cosmos, y mucho menos le da vida; tan sólo provee la energía para que la vida sea posible en el tercer planeta de su sistema solar. Lo más probable es que el pintoresco y arrastrado diputado estuviera más bien pensando en Luis XIV de Francia, le Roi Soleil, el monarca absolutista por antonomasia.
Amistosos corresponsales han atendido la invitación a ver la presentación en YouTube, y luego han preguntado por el basamento de ciertas afirmaciones en ella contenidas. Por ejemplo, han querido conocer dónde y cuándo admitió Alejandro Plaz que el presunto fraude del 15 de agosto de 2004 no era demostrable. La admisión se produjo en tenaz entrevista que le hiciera Pedro Pablo Peñaloza en El Universal (1o. de agosto de 2005).
Otras preguntas tuvieron que ver con las encuestas que daban ganador al gobierno en el referéndum revocatorio. Una advertencia de Edmond Saade, Presidente de Datos y de Venamcham, ocurrió en desayuno ofrecido por Mauricio García Araujo a los dirigentes de la Coordinadora Democrática, a escasos quince días del referéndum. El día 13 de agosto de 2004, cuarenta y ocho horas antes del evento, Consultores 21 dio a conocer las cifras de su más reciente tracking poll, que diferirían sólo en décimas de las que anunciara el Consejo Nacional Electoral en la madrugada temprana del día 16. Salvo una encuesta chimba cuya publicación requirió un desmentido posterior de El Universal, todas las encuestadoras venezolanas, y más de una extranjera, predijeron el triunfo del gobierno.
El 30 de septiembre de este año era entrevistado Luis Vicente León en aquel mismo periódico, y dijo: “Miren la paradoja: durante años la oposición, siendo minoritaria, dio esperanzas falsas a su gente para motivarlos a votar y los frustró. Cuando los resultados le fueron adversos jugó a la abstención y acostumbró a una parte de los votantes a que no valía la pena participar, llenando el mercado de mitos y realidades sobre el sistema electoral. Pues ahora, cuando finalmente tiene una opción, su trabajo previo la desarma, el abstencionismo natural la entrampa y probablemente ocasionará que los resultados finales le sean tan adversos como siempre”.
Por fortuna, ya la posición abstencionista anda de capa caída.
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Libreto sencillo
La nación venezolana llega a una encrucijada de suma gravedad. El próximo 2 de diciembre se celebrará el referéndum que decidirá sobre una nueva constitución para Venezuela.
El Presidente de la República ha introducido un proyecto de amplia y profunda alteración de nuestro marco constitucional, que tiene por objeto extender el ámbito de su ya recrecido poder y su duración, haciéndolo, en la práctica, absoluto y vitalicio. Por si esto fuera poco, la Asamblea Nacional ha añadido otros cambios a la Constitución que hacen todavía más nocivo el proyecto presidencial.
El Presidente ha impedido la consideración serena de tal despropósito, al imponer innecesaria prisa al referéndum.
El Presidente ha procurado disimular su verdadero objetivo—la prolongación y ampliación de su poder—mediante un proyecto de gran complejidad que hace difícil distinguirlo.
El Presidente ha demostrado poco respeto por la inteligencia de los Electores, al incluir en su proyecto carnadas que lo hagan apetecible, como una reducción de la jornada laboral que pudiera legislarse en otro sitio y es absurdo elevar a rango constitucional.
El Presidente ha frustrado el debate democrático, al no hacer caso de los argumentos de quienes consideran inconveniente su proyecto, despreciándolos e insultándolos, llamándolos vendepatrias si no son de su bando y traidores si hasta ahora lo han sido.
Es imperativo que Venezuela impida este proyecto de dominación absoluta. El Presidente ya dispone de poder excesivo, con el que pudiera resolver más de un problema público importante si, en vez de mantener un permanente clima de conflicto interno y externo y de procurar a toda costa su propio engrandecimiento, se dedicara a trabajar para el bien de todos los venezolanos.
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Puede aceptarse que el Presidente ha logrado cosas valiosas, como una mejora importante del nivel de vida de venezolanos de escasos recursos; puede decirse que ha despertado en ellos un sentido de dignidad que muchos les negaban; puede reconocérsele que tiene razón al preferir un mundo multipolar antes que uno dominado por una sola potencia; puede admitirse con él que una democracia representativa no es suficiente en una época con los medios de hacerla participativa; puede hasta decirse que la reconversión monetaria es aconsejable o que tiene sentido ahorrar energía con iluminación fluorescente en lugar de incandescente. No se trata de negarle hasta el agua al Presidente; de lo que se trata es de rechazar que se erija como voluntad política única y absoluta, de rechazar que pretenda sustituirnos como Soberano.
Absolutamente nadie tiene derecho, por más méritos que haya podido acumular, a considerarse tan superior a sus compatriotas que pretenda todo el poder. No puede admitirse, como dice uno de los partidarios del Presidente, que él sea “como el sol que, firme en su centro, da vida al universo”.
Es peligrosísimo para la República que se confiera poderes totales a una persona que impide el diálogo respetuoso, muy peligroso dar esos poderes a quien todo lo resuelve agresivamente con el insulto o la amenaza.
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Es cierto que era evidente un gran deterioro de la política en Venezuela antes de que el Presidente asumiera su cargo por primera vez; el país sufría entonces—como la sufre ahora de forma agravada—una seria insuficiencia política. También es cierto que desde que se convirtiera en Primer Mandatario la oposición formal ha sido muy incompetente, pues lo acusa todos los días pero jamás ha sabido refutarlo.
A mediados de 2002, una mayoría de venezolanos prefería que el actual Presidente abandonara su cargo. La burocracia opositora dilapidó esa mayoría y la tiñó de sospecha, con el aborrecible golpe de Estado de Carmona Estanga, el suicida paro petrolero y la ineficaz conducción del esfuerzo revocatorio.
Las mismas encuestadoras serias que en 2002 y parte de 2003 registraban un mayoritario rechazo del Presidente, anticiparon con suficiente tiempo, y así lo manifestaron a la Coordinadora Democrática, que el gobierno saldría airoso del referéndum revocatorio, a causa de aquellos errores y el arranque explosivo de las “misiones” a fines de 2003. Esas cosas lograron convertir un repudio general en un apoyo suficiente, y el 15 de agosto de 2004 hubo realmente más Noes que Síes.
La central opositora adelantó entonces, como excusa por su fracaso, la explicación falsa del fraude electoral; un fraude que nunca ha sido probado, a pesar de muchos intentos; un fraude del que Alejandro Plaz, altísimo directivo de Súmate, dijo hace ya más de dos años que no se podía demostrar.
El daño causado a la fe civil por esa falsedad es enorme, y ahora pesa en la angustiada conciencia de muchos ciudadanos que desde entonces creen, razonablemente, que no vale la pena ir a votar. Esa herida fue reabierta en diciembre de 2005, cuando casi todos los candidatos de oposición a la Asamblea Nacional se retiraron de las elecciones, e increíblemente se quiso presentar la elevada abstención de esos comicios como un triunfo contra el gobierno, que a pesar de ella ocupó absolutamente todos los puestos de la legislatura nacional. La abstención ha trabajado siempre a favor del gobierno.
Esa herida fue de nuevo removida en diciembre de 2006, cuando otra vez se voceó falsa e irresponsablemente que el candidato opositor había ganado las elecciones.
El Grupo La Colina, un afamado núcleo de profesionales que asesora a la oposición, ha certificado que las máquinas de votación hacen exactamente lo prometido, y que la secuencia de votos que en aquel momento guardaban no podía ser conocida si la oposición no prestaba su concurso. Más aún, el Grupo La Colina ha opinado inequívocamente que las máquinas de votación defienden mejor el voto opositor que un procedimiento manual, que nos regresaría al pasado del acta mata-votos cuando la oposición ya no es capaz de movilizar suficientes testigos a las mesas.
Algunos han argumentado que la abstención equivale a un rechazo. Esto no es verdad; pueden perfectamente abstenerse quienes estén de acuerdo con el proyecto del Presidente, por una cualquiera de varias razones. No puede atribuirse toda la abstención a quienes adversan al gobierno.
Otros, en fin, pretenden que se sume los votos negativos y las abstenciones para construir un teórico rechazo total, y también calculan que si esa suma llega a 60 o 70% de los Electores eso sería una derrota para el gobierno y una deslegitimación de la nueva constitución que se nos quiere imponer. Esto es un grave error: el 15 de diciembre de 1999 la Constitución que nos rige fue aprobada con el voto afirmativo de sólo 30,2% de los Electores; la suma de votos negativos y abstenciones alcanzó a 67,8%, y sin embargo la Constitución de 1999 está en plena vigencia. La suma que sería mortal para nuestra democracia es la de los votos afirmativos y la abstención, que más de una vez nos ha derrotado.
En noviembre de 2004 los ciudadanos de Ucrania forzaron al gobierno—corrupto, tramposo y con excesivo poder—a repetir unas elecciones que sabían fraudulentas. Pero eso fue posible porque hubo, primero que nada, una mayoría real y, luego, porque los ucranianos fueron a votar. En Ucrania no cogió cuerpo la prédica abstencionista, ni se razonó que abstenerse era lo mismo que votar. El que calla otorga.
Ahora llega otro de nuestros políticos diciembres, y otra vez es una mayoría nacional la que no quiere el proyecto del Presidente. Esta mayoría debe hacerse presente, como se hicieron presentes para ganar los estudiantes de la Universidad Central de Venezuela en su reciente elección. Esta mayoría debe ir a votar el próximo 2 de diciembre con un rotundo y sencillo no al proyecto presidencial.
Hay que decir al Presidente el 2 de diciembre que basta de cirugía; que debemos pasar ya a una serena fase médica, en la que el paciente pueda recuperarse con calma, sin más anestesia, sin más prótesis constitucionales, más bisturí o más tenazas que corten y agredan el cuerpo social.
Hay que decirle que ha llegado la hora de la paz.
No debemos abstenernos; no debemos callar. Por lo contrario, somos nosotros, el verdadero Soberano, no ya el Rey de España, quienes debemos hablar para decir al Presidente que es tiempo de que calle. Ya ha hablado demasiado.
Ahora el derecho de palabra es nuestro.
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por Luis Enrique Alcalá | Nov 20, 2007 | Fichas, Política |

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Algún interés suscitó una afirmación contenida en el número anterior de la Ficha Semanal de doctorpolítico—“Venezuela no es un pueblo. Es tan sólo la población que de la parte septentrional de América del Sur ha hecho el pueblo español. Esta es la verdad que ya no debemos eludir”—que, como se dijo, fue dirigida a Arturo Sosa hijo en carta mía del 7 de septiembre de 1984. Esta ficha #171 reproduce la sección de la extensa carta que se refiere al «tema hispánico».
Para aquel entonces Jaime Lusinchi acababa de suceder a Luis Herrera Campíns en la Presidencia de la República, había acontecido el Viernes Negro y Felipe González había sido recientemente entrevistado por Marcel Granier en «Primer Plano». El petróleo había sufrido una marcada erosión de su precio internacional, y no se soñaba conque México querría hacerse, con su afiliación a un NAFTA todavía inexistente, más norteamericano que latino. Todavía España no había sido aceptada en la Unión Europea, y tampoco era miembro de la OTAN. Por supuesto, aún vivíamos la bipolaridad de la Guerra Fría y pocos pensábamos en el desplome de la Unión Soviética. El suscrito ruega, en consecuencia, tolerancia a los errores de percepción en un documento escrito hace veintitrés años, y el reconocimiento de las cifras de la época.
La carta al Dr. Sosa, combinada con el texto de una conferencia que dictara el suscrito en Filadelfia—ante una convención (II Simposio Internacional de la Predicción, junio de 1983) del International Institute of Forecasting—permitió componer un artículo que fue publicado en la revista de la Constructora Nacional de Válvulas, junto con una conferencia inédita, que abogaba por la misma tesis integracionista, del Dr. Arturo Úslar Pietri.
Esa primera edición—entiendo que también única y última—de la revista Válvula contuvo opiniones de Ángel Bernardo Viso, Ángel Padilla, Hermann Roo y Diego Bautista Urbaneja, y también mi respuesta a la crítica personalizada de este último. En esa respuesta advertí, sobre la noción de una reunión política de los pueblos hispánicos: «No creo que necesitamos… una justificación histórica. No se trata de ‘reconstituir’ un imperio ni de justificarnos como museo en una eterna reiteración adoratriz de los panteones. El futuro no es historia todavía, por lo que una justificación por el futuro difícilmente puede justificar históricamente nada… Pero hay un sentido profundo en el que la tesis, o más que la tesis la causa, puede ser declarada como correcta. En política la corrección final la confiere el entusiasmo del pueblo. ¿Por qué no consultar el asunto con él? ¿Por qué no preguntarle a los habitantes del área? Ése sería un experimento corroborador o falsificador… No es éste el espacio para delinear lo que serían unos artículos de la Confederación Iberoamericana, pero se trataría en todo caso de cosas tales como la mencionada de la guerra y en general la diplomacia, el establecimiento de una moneda general del ámbito, la fusión de las deudas externas, el libre tránsito y comercio de los nuevos ciudadanos. Cosas, por ejemplo, como una policía federal, más potente, concederemos, que nuestras policías locales ante la vigente realidad de un crimen transnacionalizado… Que esto sea improbable es una perogrullada. El trabajo del hombre es precisamente la negación de probabilidades, la consecución de cosas improbables».
Y la redacción del artículo para Válvula añadió material nuevo. Un fragmento en particular puede explicar otra afirmación de la ficha de la semana pasada. («…como nosotros, que formamos nuestro cerebro y nuestra alma en el espacio de la lengua castellana. Como pueblo somos, por encima de cualquier otra cosa, españoles, por más que políticamente no seamos súbditos de la Corona de España»). Éste es el fragmento:
«Han sido los trabajos de Sapir y Whorf los que han destacado con mayor fuerza los diferentes marcos mentales, las diversas metafísicas que los distintos lenguajes imponen a los parlantes. Hay cosas formulables en un idioma que resultan impensables en otro. Se piensa distinto en español que en inglés o en chino. El efecto es profundo y a veces indetectable. Esto significa que hay trescientos millones de personas que piensan parecido porque hablan el mismo idioma: el español. Los pueblos que hablan español están ligados, por supuesto, por razones históricas. Pero si cada una de las naciones del mundo hispánico no hubiese tenido relación con ninguna otra y hubiese inventado el idioma castellano independientemente, esto bastaría para hacerlas muy similares en enfoques y percepciones de las cosas. Efectivamente, es el lenguaje un fenómeno profundo y radical. Es por esto que, aunque no tuviésemos razones históricas para considerarnos un solo pueblo, la comunidad metafísica del lenguaje nos presenta la unión como la más sensata opción de futuro».
Somos, pese a quien pese, españoles.
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Carta para Arturo
He escrito que a raíz de la exitosísima y reciente aparición de Felipe González en la televisión venezolana se generó un entusiasmo con lo que de sus decires fue menos importante, habiéndose descuidado o pasado por alto la más penetrante de sus admoniciones. Felipe, al comienzo mismo del “Primer Plano” ubicó el reto verdadero, el reto realmente decisivo, en el reto de la modernización. Por eso he hablado de medianos y de largos plazos. De lo que Octavio Paz, aceptando la fórmula francesa, llama procesos de “cuenta corta” y de “cuenta larga”. ¿Cuánto tiempo querremos ignorar a Toffler, a Naisbitt, a Servan-Schreiber, a Úslar Pietri, a Escovar Salom y ahora a González? A largo plazo, ni la siderúrgica actual, ni mucho menos el petróleo, como industrias de “segunda ola”, podrán darnos vida en el arranque definitivo de la gran “tercera ola”. Lo que pasa, claro, es que viendo el tamaño de nuestro Estado y la altura de la vara se concluye que no nos será posible superarla. Eso debe quedar para otros que puedan. No para nosotros, que ni siquiera hemos dominado las tecnologías de la segunda ola. Entonces estaríamos condenados a la insignificancia. Y de lo que se trata, exactamente, es de cuál va a ser nuestra significación.
No se trata solamente de salvar el apremio de la deuda de nuestro país. Eso se va a lograr ahora. (En gran medida, lo que se va a lograr ahora es mejor que lo que se hubiera logrado si se hubiese insistido en cerrar una negociación a fines de 1983, precisamente porque se tuvo el pulso para no aceptar las únicas condiciones que se ofrecían en 1983. Pero eso no tengo que contártelo a ti.) Los problemas reales son los de la capacidad de pago futura, la que dependerá de la posibilidad, no sólo de “reactivar” la economía, sino de hacerla progresar y expandirse. Pero ¿cómo puede progresar y expandirse una actividad económica que continuaría estando sujeta a las principales limitantes estructurales de hoy? Está claro que por un tiempo podrá contarse con una cierta disposición, en el sector público, de proteger la actividad privada. (Aunque ya estamos viendo, en el caso de la Electricidad de Caracas, como esa intención puede rápidamente alcanzar sus límites). Pero no es la actividad empresarial privada la que, en el lapso que tomará volver a llegar al momento de pagar la deuda, va a generar el flujo de fondos necesario. pues esa actividad privada, aún con una exportación mayor—lastrada por la viscosidad permisológica de un sector público muy alejado de la mentalidad aliancista del MITI japonés—seguiría arrojando productos de “segunda ola” para un mercado superindustrial cuyo crecimiento más significativo se daría en consumo de “tercera ola” y un mercado del “Tercer Mundo” con las características que ya vimos: en crecimiento, con poca capacidad de pago y altamente competido por ofertas de decenas de países en la misma necesidad que la nuestra. A mediano plazo, cuando vuelva a madurar el pago de la deuda, deberán salir los “churupos” de las actuales fuentes de divisas, del petróleo. Y ya vimos cómo puede llegar a estar la cosa petrolera.
Y ahora para la “cuenta larga”. Felipe tiene razón. Las sociedades que no encuentren la voluntad y la forma de modernizarse, de informatizarse, de cabalgar la “tercera ola”, van a quedar descolgados. Ahora bien, la “tercera ola” no es sólo la informatización, el espacio exterior o la bioingeniería. En el nivel político, más que nunca la “tercera ola” será una discusión de grandes interlocutores. Y hasta ahora sólo parece que conversarán los sajones, los eslavos, los europeos dependientes de los sajones y los dependientes de los eslavos, los chinos y los japoneses, los hindúes. Es decir, unidades políticas de centenares de millones de personas. Los demás no “conversamos”. Los demás hacemos ruido, proceso de por sí inorgánico y sin dirección. Los demás hacemos un telón de fondo abigarrado y cacofónico. Que, por supuesto, puede llegar a forzar, en ocasiones, la mano de los grandes interlocutores, con el lacerante aguijón del terrorismo, con la posibilidad de la huelga o el boicot. Y que, no menos obviamente, puede convertirse en cataclismo social global, si aceptáramos para nosotros el papel de proletarios globales ante esa nueva configuración de señores.
Son señores ante los que Venezuela, una población y no un pueblo, con sus quince millones de habitantes, ni siquiera tiene sentido. Quince millones de habitantes no son más que la cifra oficial de hispanoparlantes que hay en los Estados Unidos de Norteamérica. La población mexicana de Los Ángeles sólo es superada por la de Ciudad de México y Miami es dos tercios cubana.
¿Qué son, entonces, quince millones de habitantes? No son un mercado económico, no son el soldado de gran cerebro que es Israel, no son el gerente especializado que es Suiza. No son, es claro, interlocutores válidos para los grandes actores de la “tercera ola”. Así, no debe sorprendernos que la primera parte del discurso de Felipe sea recibido como que si no fuera con nosotros, porque forzar la definición de Venezuela como si fuera un pueblo lleva de inmediato a la conciencia de que somos enano ante gigantes.
Venezuela no es un pueblo. Es tan sólo la población que de la parte septentrional de América del Sur ha hecho el pueblo español. Esta es la verdad que ya no debemos eludir. Un pueblo es un conjunto que sí puede ser, como lo exigía Toynbee, un “campo inteligible” para el estudio histórico.
En 1968 Jorge Luís Borges pasó un tiempo en Cambridge “on the Charles” para enseñar en las aulas de Harvard. Por ese tiempo se le hizo un conjunto de entrevistas muy iluminadoras de su pensamiento. En una de ellas dice diferenciarse de Unamuno en que a éste le angustia la trascendencia y la inmortalidad, mientras que a él, Borges, no le importa si ya no sigue siendo Borges, si no hubiera sido nunca Borges, si no hubiera nunca sido. Es claro que Borges es un redomado mentiroso. Si a alguien le preocupan esas cosas es a Borges, que no cesa de escribir del infinito, de los espejos y de sus dobles. En el fondo, no puede haber español a quien no interese la trascendencia.
Y tú, y yo, y tus hijos y mis hijos, no menos que Grases y Alfonsín y Juan Carlos y Felipe y Bolívar y Sucre y Castro y Ortega y Duarte y Cortázar y García Márquez y Borges y Mendoza y Vollmer y Tinoco y Lansberg y Neumann y Cisneros y Aparicio y Armas y Maradona y Berrocal y Soto y Botero y Saura y Gades y Segovia y Díaz y trescientos millones más, somos exactamente eso: somos españoles.
Hemos incurrido en dos errores de óptica cuando hemos pensado en la integración. El primero, error de operación, ha consistido en suponer que la integración económica es menos difícil que la política, cuando comenzar por lo económico es comenzar por la competencia. El segundo error, error de construcción, error más grave, ha sido pensar en integración sin pensar en España, en integrar solamente a la “América Latina”. Y, como he dicho en Filadelfia, no estaremos completos sin España.
He escrito América Latina entre comillas porque América Latina no existe. América Latina no es un pueblo. Es la población que del continente americano, hecho físico, hizo el español. Por eso, tampoco la población española de la península ibérica es algo más que parte de un pueblo que un día tuvo que separarse pero ya no necesita permanecer desunido.
¿Qué coño hace Felipe González en la Comunidad Económica Europea? ¿Allí donde tantas trabas le ponen, donde quieren someter a prueba de varios años la “calidad humana” del español antes de franquear su libre tránsito? ¿Qué coño hace Felipe en la OTAN que lo convertirá en blanco de cohetes rusos, violentando hasta el dolor personal sus sentimientos más ancestrales?
Somos peces en peceras de tabiques móviles. España peninsular se dirige hacia los francos y sajones porque se sabe también pequeña. Es también una población en busca de un pueblo. Quisiera acercarse más y lo hace tímidamente. Pasa vacaciones en América y protege a Contadora y defiende las Malvinas. Pero no es capaz de imaginar que nosotros pudiéramos reconocernos sus hermanos, como ya estaba declarado para 1810: “…cuando ya han sido declarados, no colonos, sino partes integrantes de la Corona de España, y como tales han sido llamados al ejercicio de la soberanía interina y a la reforma de la constitución nacional…” (Acta del Ayuntamiento de Caracas del 19 de abril de 1810). España peninsular, que todavía se siente madre, no se ha percatado de que no es otra cosa que hermana. Hermano mayor, sí, el más adelantado, el que más nos puede enseñar de industria. Hermano.
Nosotros también lo intuimos, pero parcialmente. Lo ha procurado Ángel Bernardo Viso sin llegar a proponerlo. Lo viene sugiriendo Úslar con temerosa insistencia. Pero todavía no terminamos de entender que reunirnos con Iberia no significa representar al hijo pródigo, lo que no queremos. Ya no volveríamos a la Madre Patria. Ahora iríamos al encuentro de un hermano.
Casi lo postula Cambio 16: “Si Argentina y España consolidan sus regímenes democráticos, resuelven sus apuros económicos actuales y empiezan a andar por la historia con normalidad, en muy poco tiempo tocarán a su fin dos siglos de impotencia en el área de lo que fue el viejo imperio español”. (Juan-Tomás de Salas. Editorial de junio de 1984. Destacado nuestro).
Equivoca el ámbito, por cierto, y elige sugerir la unión de las democracias más incipientes, sin tomar en cuenta la doble dificultad que significaría la asociación de dos mochos para rascarse, la casi imposibilidad de lograr el equilibrio por la fusión de dos inestabilidades. Y dice Juan-Tomás: “Pensando en grande, pensando así, la suerte del Presidente Alfonsín en Argentina es, de algún modo, nuestra propia suerte. Si allí se consolida la libertad, la nuestra se fortalece de inmediato; y si Argentina fracasa, nosotros fracasamos también. Bien conviene no olvidar esta verdad cuando escuchemos las palabras del presidente Alfonsín en este su primer viaje de Estado a Europa. Quijotismo no, pero ayudar lo que se pueda”.
Habrá que recordar a Salas que quijotismo es una doble aberración, que no consiste en afrontar gigantes. Consiste sí, en afrontarlos solos. Y dos contra los gigantes también es poco. Consiste, también, en ver gigantes donde sólo hay molinos, que son máquinas.
Es la máquina de las civilizaciones glorificadoras de la máquina lo que nos abruma. La sociedad sajona que uno de sus psicólogos, Skinner, explica como reflejo condicionado, como mecanismo. Es el poder del ruso, que también Pavlov explica como lo explica Skinner—no por coincidencia, si recordamos a Tocqueville, quien entre otros percibió en el ruso y el norteamericano las similitudes. Es la sociedad que no sólo se aliena como dijeron Hegel y Marx y Feuerbach, pues ya no sólo es que habrían creado su Dios y luego le adoran, sino que son creadores de máquinas y se conciben luego a sí mismos como tales. Es el molino de Mac Luhan, para quien “el medio es el mensaje”. Es la pura herramienta, que ciertamente invita al uso. Es la herramienta sin destino. Para el protestante, fabricante sin cesar de la herramienta, no hay otro camino que el ensanchamiento de los medios, pues su religión le dice que no puede haber fines porque el fin ya está predestinado.
Y son esos gigantes con atavismo de esclavo los que ahora apilan cohetes y coleccionan probabilidad de muerte. La pura herramienta que, ciertamente, invita al uso. Al uso por parte de un vaquero que hace chistes con cataclismos inminentes o por parte del colosal tirano ruso, a quien ya empieza a vislumbrársele el derrumbe. Y no hay holocausto más peligroso que el de un tirano cuando se desploma.
Por esto es que más allá de las necesidades nuestras, más allá del gran mercado que sí habría que proteger, y de los precios y las inflaciones, nos toca el deber de ser la gran cuña de paz, neutral y sin cohetes de España reconstituida. Venezuela resultaría aplastada si pretendiese interponerse entre el Kremlin y la Casa Blanca, como quedaría reducida España dentro de la OTAN y de la Comunidad Económica Europea. Pero fuera del pueblo español no hay otro candidato a ese papel amortiguador, porque no lo es China y no lo es la India ni el Japón y porque Europa es sólo un posible campo de batalla y de los demás ningún otro tiene el tamaño.
Y entonces sí seríamos un mercado enorme, en el que alcanzaríamos la dimensión necesaria a una verdadera industrialización. Entonces sí podríamos salir de la inflación. Entonces lo que debemos entre todos se tornaría un arma poderosa. Entonces sí podríamos decir a soviéticos y norteamericanos que el conflicto de Centroamérica va a ser digerido en nuestro seno. Entonces la Guyana ya no sería el contendor indespreciable que es para Venezuela, sino lo que Hong Kong es a la China para una federación española. Entonces sí podríamos emprender la senda de la informatización y la modernidad. Entonces seríamos protagonistas de la “tercera ola”. Lo suficientemente significativos como para proponer incluso la reconstitución de una hermandad más temprana, la del español y el portugués.
Habrá que despejar suspicacias. Habrá que explicar que nuestros Estados conservarían su autonomía ante un gobierno federal democráticamente electo—“constituido por el voto de estos fieles habitantes”. (Acta del 19 de abril). Habría que asegurar que permanecerían las peculiaridades vascas, catalanas, peruanas, mexicanas, canarias, uruguayas, panameñas, colombianas, venezolanas, castellanas. Habría que darse cuenta de que contaríamos con un tribunal propio y eficaz para dirimir los diferendos territoriales entre nuestros Estados—como los Estados norteamericanos acordaron un procedimiento para dirimir los suyos—y de que entonces sí nos arreglaríamos para explotaciones conjuntas de yacimientos comunes y que ya no tendríamos, por esto, que alienar nuestra voluntad a jueces alemanes o ingleses reunidos en La Haya.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Nov 13, 2007 | Fichas, Política |

LEA, por favor
Ahora ha abierto el Presidente de la República un nuevo frente de batalla. Ya no es que enfrenta al jefe del capitalismo imperialista mundial, Sr. George W. Bush. Ahora está en guerra personal y directa con la Corona de España. No puede sentirse más feliz que con eso. Ahora sí puede decir que es, en verdad, el segundo Libertador, el segundo Bolívar, en una Segunda Guerra de Independencia que nos separará definitivamente de España.
Claro que el primer Bolívar, el único, procuraba hablar y actuar con la mayor urbanidad, especialmente si se dirigía a algún enemigo. Luego de su entrevista con Morillo en Santa Ana (27 de noviembre de 1820), el general español pudo escribir: “Acabo de llegar del pueblo de Sta. Ana, en donde pasé ayer uno de los días más alegres de mi vida en compañía de Bolívar y de varios oficiales de su estado mayor, a quienes abrazamos con el mayor cariño… Bolívar estaba exaltado de alegría; nos abrazamos un millón de veces, y determinamos erigir un monumento para eterna memoria del principio de nuestra reconciliación en el sitio en que nos dimos el primer abrazo”. A Hugo Chávez, en cambio, le manda a callar el Rey de España.
Los acólitos de siempre han salido a defender la patanería del Jefe del Estado. El propio Chávez equivoca la causa del regaño, y adelanta la hipótesis de que el Rey se molesta porque él diga que Aznar tenía conocimiento del golpe de abril de 2002, que a lo mejor el mismo Juan Carlos lo sabía, y explica que no tuvo intención de ofender a nadie. Según él, llamar fascista a una persona, y compararla con una serpiente, no constituyen ofensa; interrumpir a un orador, colega suyo, fuera de su propio derecho de palabra, es algo a lo que tiene derecho, pues puede decir lo que le dé la gana.
Chávez no ha entendido qué pasó, puesto que es constitucionalmente incapaz de cortesía. Sus secuaces sí, pero creen entender también que en la adulación incondicional y rastrera les va la continuidad en sus lucrativos cargos.
Hubo un precursor del Rey. No hace mucho vino a Venezuela el juez Baltasar Garzón, español como Juan Carlos de Borbón, como José Luis Rodríguez Zapatero y José María Aznar; español, en fin, como nosotros, que formamos nuestro cerebro y nuestra alma en el espacio de la lengua castellana. Como pueblo somos, por encima de cualquier otra cosa, españoles, por más que políticamente no seamos súbditos de la Corona de España. “Venezuela no es un pueblo. Es tan sólo la población que de la parte septentrional de América del Sur ha hecho el pueblo español. Esta es la verdad que ya no debemos eludir”. (En carta del suscrito al Dr. Arturo Sosa h., 7 de septiembre de 1984).
Garzón vino al 37o. Congreso Internacional de CONINDUSTRIA, para hablar el 19 de junio de este mismo año. Al conocerse públicamente sus palabras, se desató la acostumbrada jauría oficialista para insultarlo, tratando de descalificarle sin adelantar ni un solo argumento.
La Ficha Semanal #170 de doctorpolítico reproduce la sección final del discurso de Baltazar Garzón. Es una lectura apropiada para el momento.
LEA
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Garzón soldado
El espíritu democrático se ha ido tejiendo de forma lenta pero incontenible desde todos los frentes de la inteligencia humana y, siguiendo la estela de John Locke en su carta sobre la tolerancia en el ya lejano 1689, debemos defender el derecho de libertades y derechos humanos, empresariales y laborales, y de resistencia y de rebelión ante situaciones extremas de abuso de poder, huyendo de la sumisión que impone la obediencia oficializada y proclamando la necesidad de enarbolar la bandera de la libertad por encima del jergón de la sumisión, como decía Étienne de La Boétie en su discurso sobre la servidumbre voluntaria allá por el siglo XVI.
Los adictos a la intolerancia no tienen más argumentos que la cobardía y la violencia. Borges nos recuerda la historia del caballero a quien, en medio de una discusión teológica o literaria, su contrincante arrojó a la cara un vaso de vino. Sin inmutarse, el agredido replicó: “Esto señor, es una digresión; ahora espero su argumento”.
Los defensores de la intolerancia actúan como ese agresor y carecen de argumentos. No dejan lugar a la razón común, y con su acción quieren borrar al contrincante si es un adversario o aniquilarlo si es un enemigo.
Los intolerantes no dudan. Descienden por línea directa del autoritarismo—que siempre se reviste de una especie de verdad inmutable—están cargados de consignas, son disciplinados y sumisos, tergiversan la realidad y la historia, a las que nacionalizan, y finalmente se inmolan o matan por sus posiciones trascendentes, que únicamente existen en el hueco de su cabeza. El oficial en la Colonia Penitenciaria de Kafka es un adicto a la intolerancia, preocupado únicamente por la eficacia de su máquina de matar, confundiendo la justicia con la necesidad de las víctimas. Por eso, ni en sueños reciben los intolerantes la visita de la duda.
La ideología de la intolerancia localista, tribal, fascinada melancólicamente por lo irracional y lo mítico, se asienta preferentemente en viejos bastidores doctrinales, dogmas y ortodoxias a granel, donde la crítica es imposible y a veces se adereza con un supuesto izquierdismo, como mero adhesivo oportunista que busca presentar lo viejo como moderno y camuflar la persecución política y la depuración ideológica desde un fanatismo totalitario.
Para los intolerantes la culpa siempre es del otro; a través de esta gimnasia sombría se liberan de sus propios fantasmas, lo que les permite seguir viviendo en los parajes de la ficción y del delirio. Los intolerantes crean su propio entorno social, cultural y afectivo; se movilizan y se encuadran para facilitar aliento popular a sus activistas y simpatizantes, se esfuerzan en captar militantes tristemente esmaltados con siniestras y horrendas agresiones como único botín de guerra. Así se cierra una especie de círculo infernal de este juego escalofriante, diseñado para un obsceno destino por los santones de cualquier fundamentalismo, que es la expresión patológica del desequilibrio y de la quiebra del universo.
Los fundamentalistas rechazan la hermenéutica, el pluralismo y el relativismo, y sólo afirman desde una turbia complicidad el miserable reinado de la exclusión. Cuando el disenso está amordazado, la tortura, el asesinato, la censura, la extorsión, la amenaza, la corrupción, han sido herramientas favoritas a través de la historia de los intolerantes, que pretenden evitar cualquier opinión divergente y, si ésta surge, silenciarla o denostarla inmediatamente.
Ante esta pequeña corte de testigos que hoy nos reunimos aquí, me parece oportuno traer también a colación las palabras de Elías Canetti, que en su masa y poder ha contribuido decisivamente a poner de relieve el carácter atávico y transindividual de las actitudes intolerantes, ligadas siempre a los reflejos de la supervivencia que rigen las psicologías del poder.
El filósofo británico Jonathan Glover denuncia el carácter criminal de la intolerancia política y cultural. La conclusión de Glover, tras el repaso a tanta ignominia de tal exceso de barbarie, es un tanto desalentadora para la especie humana. Los hombres no han aprendido; no hemos aprendido a respetarnos los unos a los otros. Persiste una especie de orgullo guerrero que fomenta la eliminación de aquellos que han sido calificados de enemigos. Confiesa Glover que la antipatía hacia las diferencias, combinada con un aberrante tribalismo, son constantes y casi inextirpables de la psicología del intolerante. Sin embargo, hija legítima de la tolerancia es la libertad que se abrocha irrefutablemente con la paz, una paz democrática incardinada en el derecho y en la justicia. La libertad, como afirma Don Manuel Azaña, Presidente de la Segunda República Española, no hace felices a los hombres, los hace sencillamente hombres.
Ahora que el concepto de seguridad pugna por sofocar y neutralizar al concepto de libertad, es preciso volver a cantar la gloria constitutiva de la libertad humana como la única empresa y aventura irrenunciables. Frente a la injusticia y a la infamia, sólo cabe una pedagogía de la indignación activa cimentada en la libertad.
Frente al curso fatal y siniestro de los acontecimientos, sólo cabe una oposición firme que ponga a prueba, desde la libertad, nuestra capacidad para cambiar el ritmo de la historia. Frente a la trinchera que destila odio y segrega venganza, sólo cabe el ejercicio de una libertad que, desde el coraje y la convicción ética, interpele y desafíe la mezquina gloria de los intolerantes y que cubra de garantías a quienes ninguna respetan.
Karl Popper lo afirmó sin rodeos: sólo la libertad parece hacer segura a la seguridad, y entre ambas cubren todo el espectro garantista que pueda exigirse, pero a la vez contiene su excusa. La única paz posible y verdadera es una paz justa, libre y democrática. Demos por ello validez actual a las palabras del padre Juan de Mariana, que también en el ya lejano siglo XVI decía: “Bueno es el nombre de la paz, sus frutos gustosos y saludables, pero advertid que bajo el color de la paz no nos hagamos esclavos, A la paz la acompañan el respeto y la libertad. La servidumbre es el mayor de los males y se debe rechazar con todo cuidado, con las armas y la vida si fuere necesario”.
Hoy es un buen día para cimentar la lucha por la libertad y la justicia, y es que sólo en libertad la justicia da vida y muestra cómo debe lucharse para que éstas adquieran sentido. El destino no está trazado en las estrellas; lo formamos nosotros día a día. Ni tristezas ni olvido, ni impunidad ni justificación. Es preciso vencer el miedo, y hacerle frente en cualquier esquina con la mano abierta y el corazón entero.
Queridos amigos y amigas: el mundo que hoy vivimos es una inmensa cartografía de diferencias. Sólo, insisto de nuevo, la tolerancia puede cambiar el mundo. Cuanto más amplio es el marco de intercambio cultural, más aprenderemos los unos de los otros. Habitamos un mundo más plural y variado que nunca, y la globalización no puede acabar con las culturas del mundo, sólo puede añadir una más. La base de esta cultura global tendrá que ser el pluralismo, porque es el único valor capaz de abarcar a todos los demás para conducirnos a una unidad diversa. De cómo construyamos esto dependerá nuestro futuro como género humano y nuestras posibilidades como parte del universo.
La cultura nos provee de referentes éticos y, como decía Borges, yo preferiría pensar que a pesar de tanto horror hay un fin ético en el universo, que el universo responde al bien. Y en ese argumento pongo mis esperanzas, y es por ello que, frente a los intolerantes que siembran semillas de odio, frente a los que ejercen el poder y permiten o auspician que se mate, o que el miedo se apodere de una humanidad secuestrada, y frente a los que confunden religión frente a fundamentalismos fanáticos, la única vía, insisto, es, ahora más que nunca, recuperar las exigencias de una ética de la convicción junto con una ética de la responsabilidad. Es ejercer la valentía civil, que antepone el valor de la verdad a cualquier conveniencia pragmática y utilitarista. Es exigir la compatibilidad entre el pluralismo de opciones que diseñe el horizonte de nuestro futuro democrático, lejos de la neutralidad valorativa de la que nos hablaba Max Weber.
Una democracia sin valores, inmersa en la incertidumbre o en la contingencia política oportunista, tiende a convertirse en un totalitarismo visible o latente, y olvida lo que Tocqueville advertía acerca de que el fundamento de la sociedad democrática estriba en el estado moral de un pueblo. Aprendamos del Libertador Simón Bolívar cuando, en la carta al Teniente Coronel español Francisco Doña el 27 de agosto de 1820, le decía: “El hombre de honor no tiene más patria que aquella en la que se protegen los derechos de los ciudadanos y se respeta el carácter sagrado de la humanidad”; o, cuando en su carta al General Santander el 30 de octubre de 1823, le dijo: “En moral, como en política, hay reglas que no se pueden traspasar pues su violación suele costar caro”.
Baltazar Garzón
por Luis Enrique Alcalá | Nov 6, 2007 | Fichas, Política |

LEA, por favor
Es una distinguida honra para el país que el periódico The New York Times haya publicado, en la edición de su Magazine del domingo 28 de octubre próximo pasado, un extensísimo trabajo—cinco páginas en la versión de su sitio web—sobre el Sistema Nacional de Orquestas Juveniles e Infantiles de Venezuela y las figuras de José Antonio Abreu y Gustavo Dudamel, su discípulo más destacado. La enjundiosa y elogiosa pieza escrita por Arthur Lubow—Conductor of the People—es, quizá, el trabajo más redondo e informativo que se haya publicado sobre la impar obra de Abreu y sus colaboradores. En ella, que incluye datos hasta ahora desconocidos sobre el polémico episodio del comienzo de las transmisiones de TVes, Lubow no vacila en proclamar que los Estados Unidos tienen mucho que aprender del sistema venezolano. Esta entrega #169 de la Ficha Semanal de doctorpolítico contiene la traducción íntegra del extenso artículo de Lubow, por considerarlo de gran importancia y seguramente de interés para los suscritores.
Ha debido ser a fines de 1975 o comienzos de 1976 cuando la primigenia Orquesta Sinfónica Juvenil ofreciera su primer concierto en el Poliedro de Caracas, ocasión en la que interpretó, junto con las voces solistas y corales requeridas, la Novena Sinfonía de Beethoven. A continuación, Abreu entregó a cada músico y miembro del coro una medalla de reconocimiento. Comoquiera que soy amante de la música sinfónica y bastante quisquilloso respecto de ella, desaprobé los frecuentes y feos errores de ejecución, y consideré poco sabio premiar a quienes entonces comenzaban apenas y tenían todavía un largo camino por recorrer hasta el logro de una calidad aceptable. No lo creí pedagógico, pues me parecía premio prematuro. Este comentario lo hice a una sola persona—primo hermano de quien más tarde sería mi esposa, y a quien dedico esta ficha por el mérito de haberme dado la oportunidad de conocerla y por el que sigue—que entonces era asistente de Abreu en sus proyectos. (Andrés Ignacio Sucre Guruceaga fue apoyo importantísimo de Abreu en los inicios del “Sistema”; estuvo presente en el primer triunfo internacional de la orquesta en Aberdeen, Escocia, en 1977). A pesar del ámbito restringido de mi opinión, consideré mi deber reconocer abiertamente mi precoz evaluación crítica y excusarme por ella, en publicación que producía en 1984, y expresé mi reconocimiento y mi gratitud al maestro y a su obra.
En el artículo de Lubow se hace mención del carácter ascético de José Antonio Abreu, y se dice que muchos de quienes lo tratan lo asemejan a un monje o sacerdote. En 1974 almorzaba con él en un restaurante de San Bernardino. Abreu estuvo en el sitio antes que yo, y cuando llegué lo encontré esperándome mientras leía, y seguramente rezaba, su ejemplar del Breviario Romano. No muchos saben que José Antonio es brillante economista, puesto que es su liderazgo del movimiento de orquestas juveniles e infantiles lo que lo ha hecho famoso. A fines de 1962 le escuché una conferencia—sobre tema que no logro recordar—y quedé maravillado de una de las más asombrosas capacidades de Abreu: si se hubiera grabado y luego transcrito lo que dijo, el texto resultante habría venido con todos los signos de puntuación correspondientes, tan perfecta y articulada había sido su elocución.
El mundo bueno celebró este año el Premio Nobel de la Paz concedido a Al Gore y la organización que estableciera, por su ejemplar trabajo de concientización ecológica. En 2006 este premio recayó sobre Muhammad Yunus y su Banco Grameen en Bangladesh. No debe faltar mucho para que José Antonio Abreu—quien ya fuera declarado Embajador por la Paz en 1998 (por la UNESCO) y recibiera en 2001 el Premio Nobel Alternativo—se convierta en el primer venezolano en recibir la máxima distinción de la Academia Sueca. Bastaría el artículo de Arthur Lubow para fundamentar el galardón.
(Agradezco a mi hermana María Elena haberme alertado sobre el artículo en The New York Times).
LEA
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DIRECTOR DEL PUEBLO
En 2004, Gustavo Dudamel, que para ese entonces era virtualmente desconocido fuera de su nativa Venezuela, participó en la primera Competencia Internacional de Dirección Orquestal Gustav Mahler, para directores menores de 35 años. Uno de los jurados en Bamberg, Alemania, era Esa-Pekka Salonen, Director Musical de la Filarmónica de Los Ángeles. “Llegué un poco más tarde que el resto del jurado, y para las semifinales ya había mucha excitación con él”, dijo Salonen. A sus 23 años, Dudamel era no sólo un competidor inusualmente joven, sino que esa sesión con la Sinfónica de Bamberg marcaba la primera vez que dirigía una orquesta profesional. Lucía impertérrito. “Uno es joven e inexperto, pero de algún modo debe crear un aura de confianza y autoridad”, me explicó Salonen recientemente. “Gustavo no se preocupa por la autoridad. Se preocupa de la música, que es exactamente la aproximación correcta. La orquesta es seducida a tocar bien para él, en lugar de ser forzada”. Después de que el premio fuera concedido a Dudamel, Salonen telefoneó a Deborah Borda, Presidenta de la Filarmónica de Los Ángeles. “Me dijo: ‘Deborah, no vas a creer este muchacho de Venezuela que ganó la competencia’,” me refirió Borda. “Yo pregunté: ‘¿Cómo es él?’ Y me dijo: ‘Es un animal de la dirección. Consigámoslo de una vez para un concierto en la concha acústica’.”
Dudamel ni siquiera tenía un agente. Primero encontró uno, luego Borda lo contrató para un concierto de verano al aire libre en la Concha Acústica de Hollywood. “Cuando llegó nos acercábamos al final de la temporada en la concha, hacía 43 grados, la orquesta se aprestaba a sus vacaciones… y fue eléctrico”, recuerda Borda. De inmediato lo contrató para una fecha de suscripción regular en Disney Hall y, entretanto, se embarcó en lo que llama “una odisea de dos años” para verlo trabajar con orquestas por toda Europa. Para Borda, que buscaba candidatos que un día sucedieran a Salonen, el punto crucial llegó mientras observaba un ensayo de Dudamel con la orquesta de La Scala de Milán en la Quinta Sinfonía de Mahler (que era la pieza que había dirigido en la competencia de Bamberg). “Ésa es una gran orquesta de óperas, pero uno no piensa de ella que sea una gran agrupación para Mahler”, dice Borda de La Scala. “Cuando comenzaron a tocar sonaban a Verdi. Al final sonaban a Viena, con el verdadero sonido mahleriano klezmer (1), judío, grave. Eso fue peso pesado, un verdadero crisol para un director joven”. La única pregunta que quedaba en su mente era la de saber como le iría en Disney Hall cuando debutara, lo que ocurrió en enero de este año. Después de una entusiasta respuesta de los ejecutantes y la audiencia, le ofreció a Dudamel un contrato por cinco años como Director Musical, para comenzar en la temporada 2009-10.
Había la sensación de que ella se había alzado con el Man o’ War o el Secretariat (2) de la pista de carreras de la música clásica. Dudamel, ahora con 26 años, es el joven músico más comentado en el mundo. Sir Simon Rattle, el Director Principal de la Filarmónica de Berlín, lo ha llamado “el director impresionantemente más dotado que yo haya conocido nunca”. En tiempos cuando las compañías disqueras recortan sus ediciones orquestales, Dudamel ha recibido un apetecible contrato con la Deutsche Grammophon y sacado dos CDs de sinfonías de Beethoven y Mahler. Siendo ya una presencia frecuente en las salas europeas, comenzará el próximo mes su más extensa aparición en los Estados Unidos, para presentarse en Los Ángeles, San Francisco, Boston y, por primera vez, en Nueva York, con la Filarmónica de Nueva York y, en Carnegie Hall, con su propia Orquesta Juvenil Simón Bolívar de Venezuela.
¿Hay un riesgo en comprometer una orquesta con un líder que todavía está relativamente poco probado? En esta etapa de su carrera, Dudamel posee un repertorio limitado, enfocado en los familiares centroeuropeos (Beethoven, Mahler) y los poco interpretados latinoamericanos (Arturo Márquez, José Pablo Moncayo, Oscar Lorenzo Fernández). Tampoco está probada su capacidad para las tareas administrativas y de relaciones públicas que las orquestas norteamericanas requieren de sus directores musicales. Pero la Filarmónica de Los Ángeles tiene una historia de contratos con dinámicos directores jóvenes (Salonen tenía 34 cuando comenzaba allí, y Zubin Mehta sólo 26), de forma que uno pudiera decir que tomar riesgos es parte de su tradición. También tiene sentido un director latinoamericano en el condado de Los Ángeles, donde en términos gruesos la mitad de la población es hispana. “Es excitante para la gente de aquí”, dice Borda.
Al escoger a Dudamel, la Filarmónica de Los Ángeles se está aliando también con una impar y exitosa experiencia educativa, de la que su nuevo Director Musical es el producto más ilustre; esta semana la filarmónica anunciará planes de inaugurar un programa, la “Orquesta Juvenil de Los Ángeles”, que toma directamente su modelo de un prototipo venezolano. La Orquesta Juvenil de Los Ángeles comenzará con muchachos entre las edades de 8 a 12 años en un distrito desaventajado del centro de la ciudad, pero su meta última es mucho mayor: proveer un instrumento musical y un lugar en una orquesta juvenil a todo joven del condado de Los Ángeles que lo quiera. Borda dice haber sido inspirada por su visita a Caracas a fines del año pasado. En vívido contraste con la situación en los Estados Unidos, donde se ha suprimido de los currículos escolares los programas de educación artística, al tenerlos por ornamento innecesario, el sistema venezolano provee a los niños de todo el país una plaza en una orquesta, sin importar cuán pobres o problemáticos sean sus antecedentes. Y los resultados han sido asombrosos. Le pregunté a Borda si había sido sorprendida por alguna cosa durante su visita a Venezuela. Me dijo: “No había imaginado que derramaría tantas lágrimas como lo hice”.
Hace una década, en un gimnasio de Barquisimeto, al occidente de Venezuela, Dudamel, entonces de 17 años, se paró sobre un podio con una batuta en la mano, frente a una orquesta y un coro de unos 800 muchachos. Dirigir un conjunto musical de ese tamaño es como comandar un regimiento. Para el adolescente novicio, el reto se amplificaba con la conspicua y audible presencia de su mentor, José Antonio Abreu, quien estaba sentado al centro de la primera fila haciendo sugerencias en voz alta. “¡Las maderas arriba!”, urgía Abreu a su protégé. “¡Pide más arco a las cuerdas!” El director navegó adelante confiadamente. “Creo que ésa fue la prueba”, me dijo Dudamel. Si su serenidad era la cualidad que se evaluaba, el joven triunfó. Sus instintos musicales eran igualmente impresionantes. En un viaje de cinco horas en regreso a Caracas, Abreu telefoneó a casa para decir a su hermana: “Creo que hemos encontrado al nuevo director de la Orquesta Infantil”.
El ascenso de Dudamel, a velocidad de cohete, no puede ser entendido sin una comprensión del sistema educativo que lo lanzó. Con una matrícula de 250.000 estudiantes, la mayoría de ellos de procedencia humilde, el Sistema Nacional de Orquestas Juveniles e Infantiles de Venezuela—conocido popularmente como “el Sistema”—es la obra de vida del visionario e incansable Abreu, que en 32 años ha conducido el programa a través de diez diferentes administraciones de este país políticamente turbulento, floreciendo bajo los presidentes conservadores de los 80 y el desafiantemente izquierdista Hugo Chávez de hoy. Combinando astucia política con religiosa devoción, el encorvado asceta que es Abreu, de 68 años, parece salido de una novela de Stendhal o de Greene (si se descarta el siempre presente teléfono celular). Sus amigos lo comparan invariablemente con un sacerdote. Desembarazado de obligaciones familiares o posesiones materiales, se ha dedicado a un sueño utópico en el que una orquesta representa la sociedad ideal, y mientras más temprano se críe a un niño en ese ambiente será mejor para todos. Algunas veces Abreu enfatiza el enriquecimiento espiritual que la música trae al individuo; en otras señala la evidencia de que los estudiantes que pasan por el sistema se hacen miembros más productivos y responsables de la sociedad.
El rasgo más notable del sistema venezolano de educación musical es su inmersión instantánea: los niños comienzan a tocar en conjunto desde el momento en que toman sus instrumentos. Los instructores dicen que los alumnos aprenden a comportarse al tiempo que descubren cómo hacer música. “En una orquesta, todo el mundo respeta la meritocracia, todo el mundo respeta el tempo, todo el mundo sabe que tiene que apoyar a todos los demás, sea o no un solista”, explica Igor Lanz, el Director Ejecutivo de la fundación privada que administra el sistema financiado por el gobierno. “Aprenden que la cosa más importante es trabajar juntos en una meta común”. A lo ancho de Venezuela, el sistema ha establecido 246 centros, conocidos como núcleos, que admiten niños entre 2 y 18 años de edad, asignándoles instrumentos y organizándolos en grupos con instructores. Al practicar típicamente dos o tres horas cada día, los niños ejecutan música reconocible virtualmente desde el arranque.
Hace no mucho visité unos cuantos núcleos, incluyendo uno en un edificio de bloques de concreto de la urbanización Los Chorros de Caracas, que fue construido a mediados de los 60 como centro de detención de delincuentes juveniles. Ahora aloja a jóvenes que han sido arrancados a las calles o de hogares violentos o dominados por el crimen hacia la custodia protectora del Estado. Sólo 57 niños eran residentes del albergue, pero 300 más que vivían en la vecindad llegaron allí por instrucción musical diaria. Vi tocar a varios grupos orquestales, incluyendo un conjunto de cuerdas de niños de 7 y 8 años que tocaban la “Oda a la alegría” de Beethoven, los primeros violines pasando sus arcos y los segundos violines pulsando notas en pizzicato. La duras lámparas fluorescentes del techo, las rasgaduras blanco y ocre de las paredes de concreto y los barrotes en algunas ventanas (que datan de los orígenes del edificio) hubieran podido proyectar un aire lúgubre sobre el evento. En vez de esto, el placer y el orgullo que los niños encontraban en su esfuerzo colectivo era contagioso. “Fue como una inyección en el brazo”, me dijo Matías Tarnopolsky, director artístico de la Filarmónica de Nueva York, de su propia gira por el sistema en Caracas. “Me hizo recordar los motivos por los que entré al mundo de la música como profesional”. Rattle ha dicho del sistema que “es la cosa más importante de las que pasan en la música clásica en cualquier parte del mundo”.
Como una red de pesca de largo alcance que comprende 1.800 maestros y unas 600 orquestas, el sistema atrae jóvenes que, dependiendo de su talento y su ambición, avanzan hasta las orquestas estatales, con los más pequeños en las orquestas infantiles y los adolescentes y jóvenes mayores en orquestas juveniles. Los mejores son canalizados a la Orquesta Nacional Juvenil Simón Bolívar. (Uno de ellos, Edicson Ruiz, contrabajista, se convirtió a sus 19 años en el músico más joven admitido a la Filarmónica de Berlín en tiempos modernos). Dirigida por Dudamel desde 1999, la Orquesta Juvenil Bolívar disfruta de una reputación mundial por un sonido que no sólo es apasionado—de esperar en orquestas juveniles—sino también sorprendentemente pulido y equilibrado.
Dudamel, que comenzó tocando como violinista de orquesta en Caracas a la edad de 12 años, ha conocido a algunos de los ejecutantes durante la mitad de su vida, y los dirige con la íntima seguridad de alguien que creció con ellos. “La relación entre la orquesta y yo es tan fácil que a veces no tengo que decirle nada—está a la espera de mis manos y mis movimientos”, dice. Durante un ensayo puede reprenderla de buen humor, “No, muchachos”, agitando el índice y moviendo la cabeza, de una forma que probablemente no funcionaría con la Filarmónica de Los Ángeles. “Estábamos acostumbrados a creer que un director es un tipo viejo, introvertido”, dice Rafael Payares, que toca el corno francés en la orquesta y es uno de los más íntimos amigos de Dudamel. “Pero éste es el mismo Gustavo que veíamos tocar el violín o hacer fiestas. Todavía es el mismo… loco”. Dudamel es pequeño de estatura, y cálido pero no pretencioso en la conversación; cuando la música comienza, sin embargo, con su espeso pelo rizado que rebota mientras salta apasionadamente en el podio, se materializa un electrizante avatar.
Abreu y Dudamel son las dos figuras más identificables del sistema, y la tutoría de Dudamel por Abreu ha tomado la apariencia de la paternidad. “Cuando conocí a Gustavo, creí que era el hijo de José Antonio—la forma como camina, la forma como habla, incluso la forma como escribe”, me dijo la esposa de Dudamel, Eloísa Maturén de Dudamel, una periodista antaño bailarina. Durante las fiestas de toda una noche que seguían a los conciertos en Caracas de la Orquesta Juvenil Bolívar, típicamente escenificadas en la casa donde Abreu vive con su hermana y su cuñado, Dudamel siempre se separa para hablar con el maestro. “Sé que cuando se sientan y comienzan a conversar, eso puede durar para siempre”, dice Eloísa. “Puede comenzar por un compás de la Sinfonía Heroica y puede ir de allí al universo. José Antonio llega muy tarde a estas fiestas. Cuando llega, siempre secuestra a Gustavo. Y cuando eso ocurre, sabemos que Gustavo ha terminado con nosotros por el resto de la noche”. Algunas personas se preguntan si un día Dudamel recortará sus compromisos internacionales para asumir el papel de sucesor de Abreu. “Gustavo es mucho más que un sucesor”, me dijo Abreu riendo, cuando le hice la pregunta. “Él es una gloria universal de América Latina. Él es una bandera, un estandarte”.
El sistema es una suerte de religión, y me acostumbré a escuchar, entre sus iniciados, a Abreu descrito en términos casi divinos (lo ve todo, lo sabe todo, nunca descansa) y a Dudamel como su profeta carismático y filial. En estos días, todavía puede conseguirse a Abreu sentado al centro y al frente para escuchar en Caracas conciertos de la Orquesta Juvenil Bolívar, pero ya él no siente la necesidad de emitir instrucciones. El pasado verano, en una ejecución de la Tercera “Heroica” Sinfonía de Beethoven y el espinoso Primer Concierto de Piano de Bartok, Dudamel irradiaba impaciencia juvenil y deleite al indicar los sucesivos primeros tiempos de la “Heroica”. Sonreía cada vez que los músicos tocaban una frase a su gusto, y sus ojos brillaban y sus dedos pellizcaban el aire, sonsacando con zalamería el sonido que quería de las secciones individuales de la orquesta. Su rostro y su cuerpo expresaban tormento, elevación o desespero, para provocar el ánimo que buscaba, mientras la varita en su mano derecha y las ondulaciones de su izquierda indicaban las entradas y los ritmos a los ejecutantes. En su cercano asiento, el viejo maestro, en absorto rapto, se iluminaba y asentía en aprobación. “Todo el tiempo veo en la cara de Abreu la alegría de observar cómo Gustavo puede hacer música que no ha sido escrita”, me dijo Frank Di Polo, un violista casado con la hermana de Abreu. “Creo que Abreu no está solamente orgulloso. Ahora es su hijo”.
Dudamel fue criado en Barquisimeto, una ciudad que se enorgullece de una rica tradición de música popular. Su padre, Oscar, tocaba profesionalmente el trombón, principalmente con grupos de salsa, así que Gustavo asistió a conciertos antes de ser lo suficientemente crecido para hablar. La familia vivió con los padres de Oscar hasta que Gustavo cumplió los 12, cuando Oscar obtuvo un trabajo de oficina en una ciudad cercana y la reubicó. Gustavo optó por quedarse con los abuelos. (Sus padres, ambos, trabajan ahora para el sistema). El abuelo de Gustavo, que era camionero, murió hace cinco años, pero visité a su abuela, Engracia de Dudamel, en el moderno apartamento que Gustavo le compró en 2005.
A temprana edad, me dijo Engracia de Dudamel, Gustavo se concentraba en la música. A los 5, estudiaba música en el sistema por las tardes. Cuando llegaba a casa de la escuela a la hora de almuerzo, arreglaba sus figuras Fisher-Price de juguete como si fuesen una orquesta, poniendo una pequeña caja para el director y un disco en el fonógrafo; luego le pediría no desordenar la orquesta mientras estaba en clases de música, para que pudiera reanudar la dirección de los músicos a su regreso. Una vez su abuela lo llevó a ver a su padre tocar en un concierto clásico en Barquisimeto. “Era muy pequeño; creía que se iba a quedar dormido”, me dijo. “Y estuvo completamente atento a los detalles de los instrumentos”. Le dijo: “Abuela, me gusta esta música”. Cuando le repetí esta historia a Dudamel, me refirió cuál había sido el programa.
Aunque el niño quería aprender a tocar el trombón como su padre, sus brazos eran todavía demasiado cortos. En su lugar cogió el violín. “Desde el mismo inicio mostró signos de gran talento y aprendía todo muy fácilmente”, dice Luis Giménez, el administrador principal del programa en el estado Lara, del que Barquisimeto es la capital. Cuando Gustavo fue aceptado por un renombrado instructor de violín en Caracas, sus abuelos lo pastoreaban orgullosamente a las clases semanales, partiendo a las 3 de la madrugada de los viernes para llevarlo a ellas.
Por excepcionales que fueran su talento y el apoyo familiar, Dudamel se benefició también inconmensurablemente del marco institucional existente para su ascenso. “Es un brillante resultado del sistema”, dice Abreu. En la orquesta infantil de Lara, Dudamel fue pronto nombrado concertino; y cuando Giménez formó la Orquesta Juvenil Amadeus para explorar la música barroca para cuerdas, Dudamel también sirvió allí como concertino. Una tarde, Giménez llegó retrasado a un ensayo de la Orquesta Juvenil Amadeus programado en la cafetería de la escuela, y descubrió que los músicos habían comenzado a tocar sin él, bajo la batuta de Dudamel, que entonces tenía 12 o 13 años. “Estuvo grande. Era como un director profesional”, dice Giménez. Nombró a Dudamel como director asistente, lo que en la práctica significó que el muchacho hiciera mucha de la dirección tanto del conjunto de cuerdas Amadeus como de la orquesta infantil de Lara.
Abreu, que vigila el talento de planta tan estrechamente como un magnate de la era dorada de los estudios de Hollywood, estimuló a Dudamel para que tomara clases de dirección en Caracas junto con sus clases regulares de violín. Así que cuando vio a Dudamel dirigir la recrecida orquesta en Barquisimeto durante el concierto anual de mayo de 1998, no estuvo totalmente sorprendido por la destreza del muchacho. Después del concierto, fue a hablar con los abuelos de Dudamel y les dijo: “Tengo que llevarlo conmigo a Caracas”. Entraron en shock, pero no pudieron rehusarse. “Lloramos mucho”, recuerda Engracia. “Y mi esposo le dijo al Dr. Abreu, ‘Usted se lleva la luz de esta casa’.” Pero el talento de Dudamel brilló con más luz en la gran ciudad. Aguzó sus destrezas de dirección rápidamente; de hecho, su última década se ha movido hacia adelante como una película acelerada. En 1998, cuando Dudamel tenía 17 años, Abreu le avisó con menos de dos meses de anticipación que dirigiría a la orquesta nacional infantil en la Primera Sinfonía de Mahler durante una gira por Italia. Abreu lo asesoró personalmente. En una sesión, sobre la marcha, en típica manera de Abreu, le entregó a Dudamel la partitura completa para directores y le indicó que anotara el primer movimiento. Luego el maestro se fue a misa. “La vi y escribí una y otra vez: ‘Esto es importante, esto es importante’”, recuerda Dudamel. “No se podía leer la partitura de todo lo que había escrito. Regresó y me dijo: ‘Bueno, dirige’. Fui a tomar lo que había escrito y dijo: ‘No necesitas la partitura’. Cuando comencé, dijo: ‘¿Dónde está la entrada? Canta la segunda melodía. Cántala de atrás hacia adelante’.” Se trataba de hundirse o nadar. Durante la gira de la orquesta Dudamel conoció al director Giuseppe Sinopoli en Sicilia. Éste se convirtió en el primero de los mentores de Dudamel en el extranjero, seguido por Claudio Abbado, Daniel Barenboim y Simon Rattle; todos ellos le han brindado estímulo y consejo.
Durante los últimos tres años, Esa-Pekka Salonen ha visto desarrollarse a Dudamel a medida que sus oportunidades han crecido exponencialmente. Lo más notable fue que firmara, hace un año, para ocho semanas al año como director invitado principal de la Sinfónica de Gotemburgo en Suecia. “Él ha tenido unos pocos años de muy profesional dirección alrededor del mundo, y obviamente es ahora una clase de persona muy diferente”, me dijo Salonen. “Lo que no ha desaparecido es su sentido de maravilla, reverencia y descubrimiento. Éstas son cualidades estupendas en cualquier ser humano, pero especialmente en un director”.
Los músicos procuran asir palabras para expresar lo que hace tan excitante tocar para él. “Cuando está dirigiendo la pieza, uno siente como si estuviera siendo compuesta en ese momento; es como si la estuviese creando él mismo”, dice la primera clarinetista de la Filarmónica de Los Ángeles, Michele Zukofsky. “Lanza hacia atrás el pasado. Uno no se queda atascado en lo que está supuesto a ser. Es como jazz, en cierta forma”. En un ensayo para el debut de Dudamel en Disney Hall, Zukofsky ejecutó un extenso solo que aparece en las Danzas de Galanta, de Zoltan Kodaly. “Toqué un pasaje ascendente muy suavemente, pianissimo”, recuerda ella. “Él dijo, ‘Oh, eso me encanta’.” Es un pasaje que normalmente toca mezzoforte, o moderadamente fuerte. “Aun cuando era un error, disfrutó la diferencia”, dice. E hizo que lo tocara así en cada uno de los conciertos.
Tan pegado a la tierra como es el talento de Dudamel es la transformación social que fue necesaria para nutrirlo. En 1975, cuando Abreu comenzó lo que entonces se llamaba la Orquesta Juvenil de Venezuela, la nación sólo tenía dos orquestas, la Sinfónica de Venezuela y la recientemente fundada Sinfónica de Maracaibo. Ambas estaban compuestas principalmente por emigrados europeos. Inicialmente, el principal atractivo de la Orquesta Juvenil era la oportunidad profesional que ofrecía a los jóvenes músicos clásicos venezolanos. Abreu tenía un objetivo más grande, sin embargo: crear muchas orquestas que abarcarían un segmento de la población del que se creía que sería incapaz de apreciar esa forma de arte. “Para mí, la prioridad más importante era ofrecer a la gente pobre acceso a la música”, dice. “Como músico, tenía la ambición de ver a un niño pobre interpretar a Mozart. ¿Por qué no? ¿Por qué concentrar en una clase el privilegio de tocar a Mozart y Beethoven? La alta cultura musical del mundo tiene que ser una cultura común, parte de la educación de todos”.
Abreu combina un profundo conocimiento de la música—estudió composición y dirección y ha tocado instrumentos de teclado en iglesias y salas de concierto—y de la economía (enseñó la materia en la Universidad Católica Andrés Bello en Caracas y fue diputado por un período en el Congreso de la República). Así, estaba inusualmente bien equipado para fundar un sistema orquestal. Trabaja sin descanso, a pesar de una constitución frágil que fue ulteriormente debilitada por una seria cirugía abdominal de úlceras en 1973. Desde entonces, tiene prohibido el alcohol y está restringido a una dieta en pequeñas raciones, baja en grasas y sin productos lácteos. Un episodio de diabetes le quitó más tarde el chocolate, que era su única extravagancia. Hoy en día es una figura enjuta y huesuda, envuelta en ropas de lana a pesar del calor venezolano, con ojos brillantes y una sonrisa resplandeciente bajo una gran frente abombada.
El gobierno venezolano comenzó a financiar completamente a la orquesta de Abreu a raíz de su brillante triunfo en una competencia internacional en Aberdeen, Escocia, en 1977. Desde el comienzo, el sistema cayó bajo el dominio de los ministerios de servicio social, no bajo el ministerio de cultura. Estratégicamente, esta posición le ha ayudado a sobrevivir, ya que los presidentes venezolanos han tenido un grado variable de compromiso con las artes y, en lo posible, prefieren rechazar cualquier cosa asociada con el régimen anterior. La actual administración de Chávez, mejor conocida en este país por su tono populista vehementemente antinorteamericano, ha sido hasta ahora el patrón más generoso del sistema, al proveer casi todo su presupuesto operativo anual de 29 millones de dólares y contribuir a proyectos de capital adicional. Cuando hablé con líderes del sistema, creí detectar un énfasis especial sobre los aspectos socialmente progresistas del programa que gratificarían a un Médici de las masas. Pero ese elemento de bienestar social es central en la filosofía de Abreu, y si ahora se subraya el tema… bueno, esa opción es la prerrogativa de un músico.
En la políticamente polarizada Venezuela, una institución soportada por el gobierno camina en la cuerda floja. Para el sistema, lo delicado del trabajo de los pies se hizo desagradablemente público a comienzos de este año. El Ministro de Comunicaciones pidió a la Orquesta Juvenil Bolívar, con la dirección de Dudamel, que tocara el Himno Nacional a fines de mayo, en momentos cuando Radio Caracas Televisión, una red de teledifusión francamente anti-Chávez, salió al aire por última vez. La interpretación sería la primera transmisión de la nueva estación, obediente de Chávez, que reemplazó a RCTV, la que había perdido su licencia. Según una ley de vieja data, se escucha el Himno Nacional cuando quiera que una estación de TV comienza o concluye su día regular de transmisiones en Venezuela. Oficialmente, el gobierno pedía una versión completa de nueva ejecución con introducción orquestal. En el contexto, no obstante, parecía que el nacionalmente aclamado joven director y la orquesta avalaban la renuencia de la administración de Chávez a renovar la licencia de RCTV, una decisión que dividió amargamente a la nación.
Aduciendo impedimentos técnicos, los líderes de la orquesta se excusaron de una aparición en vivo y en su lugar suministraron una cinta de video. Pero dado que el himno típicamente se acompaña en televisión de fotomontajes con pintorescos escenarios venezolanos, muchos televidentes que vieron la cinta en TV creyeron que Dudamel y la orquesta estaban en verdad tocando en vivo. Por la prensa y en blogs, algunos de los críticos de Chávez—que tienden a ser la gente que compra los boletos de los conciertos—expresaron indignación y consternación. En retrospectiva, los líderes de la orquesta dijeron que no tenían otra opción que entregar la cinta. “¿Como podía uno negarse?”, explica Lanz, el Director Ejecutivo de la fundación. “¿Cuál hubiera sido nuestra siguiente respuesta? La organización depende del Estado, y estaban solicitando algo que es absolutamente normal”. Él admite, sin embargo, que “para alguna gente fue chocante”. Al día siguiente, se acercó al gerente de la nueva estación a decirle que “mucha gente está usando esto como una causa política, lo que está causando daño, no a nosotros sino a los niños”, y para pedir que en el futuro se usara la banda de sonido sin las imágenes de la orquesta y Dudamel. “Lo hicieron de inmediato, cosa que agradezco”, dice. “Ver que tu himno es usado políticamente es terrible”. Alguna gente me dice que Dudamel se molestó con la controversia, pero a mí sólo me habló de generalidades acerca de la actual situación mundial. “Nos encontramos en un punto de intolerancia”, dijo. “El Himno Nacional es la gloria del país. Es para todos los venezolanos”. Abreu, algo insinceramente, me dijo: “Hemos grabado el Himno Nacional docenas de veces. Nunca se nos dijo del uso particular de una grabación particular. Cuando entregamos un video, es para todos. Es el Himno Nacional. No es nuestra culpa”. Cuando le dije que era un asunto de contexto, repitió con expresión adolorida: “No es culpa nuestra”.
Esto sin decir que no es únicamente el gobierno quien exige la adopción de posturas políticas. La grabación del himno se llevó a cabo en el nuevo Centro para la Acción Social a Través de la Música, un edificio del sistema de once pisos a un costo de 25 millones de dólares, al borde del centro de Caracas, que fue oficialmente inaugurado a fines de julio. Había creído que su engorroso nombre constituía otra adulación a los chavistas, pero estaba equivocado. Era un premio de consolación para el Banco Interamericano de Desarrollo, que ayudó a financiarlo con un préstamo de 5 millones de dólares y ahora está adelantando 150 millones para la construcción de otros siete centros regionales del sistema a lo largo de Venezuela. Las bancos de desarrollo prefieren prestar dinero para infraestructura: acueductos, carreteras, plantas de tratamiento de aguas. Dentro del BID, muchos banqueros objetaron el préstamo para un proyecto aparentemente tan frívolo. “Uno de mis colegas bromeó: ‘¿Van ustedes a financiar a los niños pobres para que lleven los instrumentos de los niños ricos?’ ”, dice Luis Carlos Antola, un representante del banco en Venezuela. “Es que existe el sentimiento de que la música clásica es para la élite”. De hecho, el banco ha realizado estudios sobre los más de dos millones de jóvenes que han sido educados en el sistema, que muestran que dos tercios de éstos provienen de ambientes pobres. Otros estudios establecen una conexión con mejoras en la asistencia a las escuelas y disminución de la delincuencia juvenil. Sopesando esos beneficios, el banco calculó que cada dólar invertido en el sistema cosecha alrededor de 1,68 dólares en dividendos sociales.
Es verdad, por otra parte, que Abreu sostiene que los pobres tienen derecho no sólo a Mozart y Beethoven, sino también a lo mejor del arte y la arquitectura. Ha contratado a dos de los más distinguidos artistas abstractos de Venezuela para ayudar a decorar el centro, que contiene un hermoso auditorio en paneles de madera de 1.200 asientos, un salón de música de cámara con 400 butacas (una idea de última hora de Abreu) y varios espacios de grabación acústicamente agradables. Después de asistir a conciertos de Dudamel con la Orquesta Juvenil en el Festival de Lucerna en Suiza, que es uno de los más elegantes ambientes para la música en el mundo, Abreu admiró el piso de granito de la entrada a la sala de conciertos. “Fue hasta el Ministerio de Finanzas”, dice Antola. “Los convenció. Ni siquiera había suficiente granito en el país. Tuvieron que traerlo de Panamá, donde ya lo habían vendido. Es como un encantador de serpientes. Uno no puede resistírsele”.
Y su ambición es ilimitada. Dentro de Venezuela, Abreu está determinado a llegar aún más lejos dentro de la sociedad. Apoyado por el gobierno, el sistema ha comenzado a introducir su programa musical en el currículo de las escuelas públicas, con la meta de estar en toda escuela y doblar su alistamiento hasta 500.000 niños. La organización también presiona más abajo en la estructura de clases, habiendo introducido un programa piloto de educación musical en tres ciudades para los niños sin hogar que subsisten como depredadores de basureros. Fuera del país, el sistema está cooperando con programas en casi todas las naciones latinoamericanas, y en Europa, Simon Rattle, un adelantado proponente de la educación musical, ha trabajado con expertos venezolanos para el ya impresionante programa que su orquesta maneja en Berlín.
En un golpe de auspiciosa oportunidad, el precoz éxito de Dudamel ha coincidido con el avance internacional del sistema. “Gustavo es el rostro visible de lo que viene detrás”, dice Antola. “Uno necesitaba algún tipo de emblema. La gente está descubriendo a Gustavo y al sistema simultáneamente”. En sus palabras y en sus logros, Dudamel es un vocero inigualable de las virtudes del sistema. “Uno siente un sonido joven y una energía joven en el sistema”, dice. “No buscamos una meta individual, es siempre colectiva. Soy un producto del sistema, y en el futuro estaré aquí, trabajando para las próximas generaciones”.
Como celebridad internacional cuya carrera fue incubada por el sistema, Dudamel está particularmente capacitado para ser el campeón de su expansión en su propio país y de su adopción afuera. Si tiene éxito, la “Orquesta Juvenil de Los Ángeles”, iniciativa de su nueva casa, la Filarmónica de Los Ángeles, puede comprobar que es un proyecto piloto para la reinvención de la educación musical en este país. Es comprensible que los devotos vean a Venezuela con el fervor que tenía Ponce de León, cuando buscaba mágicas aguas de rejuvenecimiento en la Florida. Esta visión dual—la de cientos de miles de jóvenes transformados por el sistema y la de un juvenil director que pone de pie a las audiencias en aclamación—es un poderoso signo de vitalidad que refuta a esos graves tomadores del pulso que eternamente proclaman la senescencia de la música clásica.
Arthur Lubow
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Notas del traductor:
(1) Klezmer es un género musical derivado de tradiciones de música profana judía. (Hassídica y Ashkenazim).
(2) Man o’ War y Secretariat fueron dos famosos caballos de carrera, campeones en los Estados Unidos.
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