por Luis Enrique Alcalá | Sep 11, 2007 | Fichas, Política |

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Con esta Ficha Semanal #161 de doctorpolítico se completa la serie de tres entregas construidas con textos del financista y filántropo George Soros. Ella consiste de la traducción de la sección final de su trabajo “La amenaza capitalista”, publicado en The Atlantic Monthly en febrero de 1997. (Vol. 279, #2, págs. 45-58). Soros nos lleva paso a paso, en trayectoria silogística elemental, por el discurso con el que establece las bondades y ventajas de una sociedad abierta. Se trata de una verdadera cartilla o catecismo, sencillo e inevitable.
Lo planteado por Soros está en el mero centro de la preocupación venezolana de estos días, cuando quiere imponerse a nuestra sociedad una verdad última determinada por el actual Presidente de la República. Su lema definitorio—”Patria, Socialismo o Muerte”—es anticipado por Soros, cuando escribe: “En verdad, uno pudiera argüir que la sociedad abierta es la mejor forma de organización social para obtener lo mejor de la vida, mientras que la sociedad cerrada es la forma más adecuada a la aceptación de la muerte”.
La tesis de la sociedad abierta es el antídoto que puede salvarnos del maligno destino al que quiere sometérsenos, pues no sólo se opone a antiguas confianzas ideológicas, sino que revienta la pretensión de encerrarnos. A pesar de que, por propia definición, no trae consigo una solución prêt-à-porter para cada problema social, ahora es, para nosotros, una bandera en sí misma, un concepto aun más rico que el mismo de democracia. Soros lo dice con claridad: “La sociedad abierta sólo provee un marco dentro del cual puntos de vista diferentes acerca de los problemas sociales y políticos pueden ser reconciliados; no ofrece una posición firme respecto de metas sociales. Si lo hiciera no sería una sociedad abierta. Sólo dentro de una sociedad cerrada provee el concepto de sociedad abierta base suficiente para la acción política…”
Ahora que se nos amenaza con meternos en un corral de cerrada dominación por un solo hombre pretencioso y violentamente equivocadísimo, es bueno entender que abstenernos de participar en el próximo referendo constitucional es el más estúpido de los suicidios. Andrés Oppenheimer recomienda el 30 de agosto (Recetas para frenar a Chávez): “La oposición Venezolana no debería repetir el error que cometió cuando boicoteó las elecciones legislativas del 2005 cuando, citando la falta de libertades para hacer campaña, se retiró del proceso, pensando que su ausencia deslegitimaría la elección. Chávez simplemente ignoró el boicot, realizó la elección de todos modos, e instaló una Asamblea Nacional totalmente progubernamental”.
El razonamiento de Soros, expuesto en su trabajo de 1997, se centra en la admisión de nuestra propia falibilidad. En febrero de 1985 anticipaba el suscrito: “[El] nuevo actor político, pues, requiere una valentía diferente a la que el actor político tradicional ha estimado necesaria. El actor político tradicional parte del principio de que debe exhibirse como un ser inerrante, como alguien que nunca se ha equivocado, pues sostiene que eso es exigencia de un pueblo que sólo valoraría la prepotencia. El nuevo actor político, en cambio, tiene la valentía y la honestidad intelectual de fundar sus cimientos sobre la realidad de la falibilidad humana. Por eso no teme a la crítica sino que la busca y la consagra”.
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Cartilla de apertura
Es más fácil identificar los enemigos de la sociedad abierta que dotar al concepto de significado positivo. Sin embargo, sin tal significado positivo la sociedad abierta estará propensa a ser presa de sus enemigos. Tiene que haber un interés común que sostenga reunida a una comunidad, pero la sociedad abierta no es una comunidad en el sentido tradicional del término. Es una idea abstracta, un concepto universal. Admitamos que hay algo como una comunidad global; hay intereses comunes al nivel global, tales como la preservación del ambiente y la prevención de la guerra. Pero estos intereses son relativamente débiles, comparados con los intereses especiales. No tienen muchos partidarios en un mundo compuesto por estados soberanos. Más aún, la sociedad abierta como concepto universal trasciende toda frontera. Las sociedades derivan su cohesión de valores compartidos. Estos valores están arraigados en la cultura, la religión, y la tradición. Cuando una sociedad no tiene fronteras, ¿dónde encontrar los valores compartidos? Creo que hay sólo una fuente: el concepto mismo de sociedad abierta.
Para cumplir esta función, se necesita redefinir el concepto de sociedad abierta. En lugar de que haya una dicotomía cerrada-abierta, entiendo la sociedad abierta en un terreno intermedio, donde se salvaguarde los derechos del individuo al tiempo que existan algunos valores compartidos que mantengan unida a la sociedad. Este terreno intermedio es amenazado por todos los flancos. En un extremo, las doctrinas comunistas y nacionalistas conducirían a la dominación estatal. Al otro extremo, el capitalismo del laissez-faire llevaría a una gran inestabilidad y tarde o temprano al colapso. Hay otras variantes. Lee Kuan Yew, de Singapur, propone un llamado modelo asiático que combina una economía de mercado con un estado represivo. En muchas partes del mundo, el control del estado está tan estrechamente asociado con la creación de riqueza privada que uno pudiera hablar de un capitalismo ladrón o del “estado gángster” como nueva amenaza a la sociedad abierta.
Entiendo la sociedad abierta como una sociedad abierta a su mejora. Debemos comenzar por el reconocimiento de nuestra propia falibilidad, la que se extiende no sólo a nuestras construcciones mentales sino también a nuestras instituciones. Lo que es imperfecto puede mejorarse mediante un proceso de ensayo y error. La sociedad abierta no sólo permite este proceso sino que lo estimula, al insistir sobre la libertad de expresión y el amparo de la disensión. La sociedad abierta ofrece un panorama de progreso ilimitado. A este respecto es afín al método científico. Pero la ciencia tiene a su disposición criterios objetivos: los hechos por los que el proceso puede ser juzgado. Desafortunadamente, en asuntos humanos los hechos no proveen criterios confiables de verdad, a pesar de lo cual necesitamos algunos estándares de acuerdo general por los que el proceso pueda ser juzgado. Todas las culturas y religiones ofrecen esos estándares; la sociedad abierta no puede pasarse sin ellos. La innovación de una sociedad abierta es que, mientras la mayoría de las culturas y religiones entienden sus propios valores como absolutos, una sociedad abierta, consciente de muchas culturas y religiones, entiende sus propios valores compartidos como asunto de debate y elección. Para hacer el debate posible, al menos debe haber consenso general sobre un punto: que la sociedad abierta es una forma deseable de organización social. La gente debe ser libre de pensar y de actuar, sujeta sólo a límites que impongan los intereses comunes. La ubicación de esos límites debe determinarse, también, por ensayo y error.
La Declaración de Independencia puede ser tomada como una aproximación bastante buena a los principios de una sociedad abierta, pero en lugar de pretender que esos principios son evidentes por sí mismos debiéramos decir que son consistentes con nuestra falibilidad. ¿Puede servir el reconocimiento de nuestro conocimiento imperfecto como base para establecer la sociedad abierta como forma deseable de organización social? Creo que sí puede, aunque hay dificultades formidables en el camino. Debemos promover la fe en nuestra propia falibilidad al status que normalmente conferimos a la fe en una verdad última. Pero, si la verdad última no es alcanzable, ¿cómo podemos aceptar nuestra falibilidad como última verdad?
Ésta es una paradoja aparente que puede ser resuelta. La primera proposición, que nuestro entendimiento es imperfecto, es consistente con una segunda proposición: que debemos aceptar la primera proposición como artículo de fe. La necesidad de un artículo de fe surge precisamente porque nuestro entendimiento es imperfecto. Si disfrutáramos de entendimiento perfecto, no habría necesidad de creencias. Pero aceptar esta línea de razonamiento requiere un profundo cambio en el papel que asignamos a nuestras creencias.
Históricamente, las creencias han servido para justificar reglas específicas de conducta. La falibilidad debiera promover una actitud diferente. Las creencias debieran servir para dar forma a nuestras vidas, no para hacernos atener a un conjunto dado de reglas. Si reconocemos que nuestras creencias son expresión de nuestra escogencia, no de la verdad última, será más probable que toleremos otras creencias y revisemos las propias a la luz de nuestra experiencia. Pero no es así como la mayoría de la gente trata sus creencias. Ella tiende a identificar sus creencias con la verdad última. De hecho, esa identificación sirve a menudo para definir su propia identidad. Si la experiencia de vivir en una sociedad abierta le fuerza a ceder su pretensión de una verdad última, sufre una sensación de pérdida.
La idea de que de algún modo encarnamos una verdad última está profundamente incrustada en nuestro pensamiento. Puede que estemos dotados con facultades críticas, pero estamos inseparablemente atados a nosotros mismos. Puede que hayamos descubierto la verdad y la moralidad, pero por encima de todo debemos representarnos a nosotros mismos y a nuestros intereses. Por consiguiente, si existen cosas tales como la verdad y la justicia—y hemos llegado a creer en ello—entonces queremos poseerlas. Exigimos la verdad de la religión y, recientemente, de la ciencia. Una creencia en nuestra falibilidad es un pobre sustituto. Es un concepto altamente sofisticado, con el que es mucho más difícil de trabajar que con creencias más primitivas, como las de mi país (o mi compañía o mi familia) por sobre todo, tenga o no tenga razón.
Si la idea de nuestra falibilidad es tan difícil de digerir, ¿qué la hace tan atractiva? Debe encontrarse el más fuerte argumento a su favor en los resultados que produce. Las sociedades abiertas tienden a ser más prósperas, más innovadoras, más estimulantes que las cerradas. Pero hay un peligro en proponer el éxito como la única base para sostener una creencia porque, si mi teoría de la reflexividad es válida, tener éxito no es lo mismo que tener razón. En las ciencias naturales las teorías deben ser correctas (en el sentido de que las predicciones y explicaciones que producen corresponden a los hechos) para que funcionen (en el sentido de producir predicciones y explicaciones útiles). Pero en la esfera social lo que es eficaz no necesariamente es idéntico a lo que es correcto, a causa de la conexión reflexiva entre pensamiento y realidad. Como insinué antes, el culto del éxito puede convertirse en una fuente de inestabilidad en una sociedad abierta, ya que puede minar nuestro sentido del bien y del mal. Es esto lo que está ocurriendo hoy en nuestra sociedad. Nuestro sentido del bien y del mal es puesto en peligro por nuestra preocupación con el éxito, medido en dinero. Todo vale, mientras uno pueda salirse con la suya.
Si el éxito fuese el único criterio, la sociedad abierta sería derrotada por las ideologías totalitarias—como de hecho lo fue en muchas ocasiones. Es mucho más fácil argumentar a favor de mi propio interés que recorrer todo el enrevesado razonamiento abstracto que lleva de la falibilidad al concepto de la sociedad abierta.
Debemos asentar con mayor firmeza el concepto de la sociedad abierta. Debe haber un compromiso con la sociedad abierta porque es la forma correcta de organización social. Es un compromiso al que es difícil arribar.
Creo en la sociedad abierta porque nos permite desarrollar nuestro potencial mejor que un sistema que pretenda estar en posesión de la verdad última. La aceptación del carácter inalcanzable de la verdad ofrece un mejor prospecto de libertad y prosperidad que su negación. Reconozco, empero, que hay aquí un problema: estoy suficientemente comprometido con la búsqueda de la verdad como para creer que el caso de la sociedad abierta es convincente, pero no estoy seguro de que otros compartan mi punto de vista. Dada la conexión reflexiva entre pensamiento y realidad, la verdad no es indispensable para el éxito. Puede ser posible lograr objetivos específicos torciendo o negando la verdad, y la gente puede estar más interesada en lograr sus objetivos específicos más que en lograr la verdad. Sólo al más alto nivel de abstracción, cuando consideramos el significado de la vida, asume la verdad una importancia suprema. Aun entonces, el engaño pudiera ser preferible a la verdad, pues la vida implica la muerte y la muerte es difícil de aceptar. En verdad, uno pudiera argüir que la sociedad abierta es la mejor forma de organización social para obtener lo mejor de la vida, mientras que la sociedad cerrada es la forma más adecuada a la aceptación de la muerte. En último análisis, la creencia en la sociedad abierta es asunto de elección, no de necesidad lógica.
No es eso todo. Aun si el concepto de la sociedad abierta fuere aceptado universalmente, tal cosa no sería suficiente para asegurar que prevalecerían la libertad y la prosperidad. La sociedad abierta sólo provee un marco dentro del cual puntos de vista diferentes acerca de los problemas sociales y políticos pueden ser reconciliados; no ofrece una posición firme respecto de metas sociales. Si lo hiciera no sería una sociedad abierta. Sólo dentro de una sociedad cerrada provee el concepto de sociedad abierta base suficiente para la acción política: en una sociedad abierta no es suficiente ser un demócrata; uno debe ser un demócrata liberal, o un social demócrata o un demócrata cristiano o algún otro tipo de demócrata. Una creencia compartida en la sociedad abierta es una condición necesaria pero no suficiente para la libertad y la prosperidad y todas las cosas buenas que la sociedad abierta está supuesta a traer.
Es fácil ver que el concepto de la sociedad abierta es una fuente de dificultades aparentemente inagotable. Tal cosa es de esperar. Después de todo, la sociedad abierta está basada en el reconocimiento de nuestra falibilidad. De hecho, es razonable que nuestro ideal de sociedad abierta sea inalcanzable. Tener los planos de ella sería autocontradictorio. Eso no significa que no debamos luchar por lograrla. También en ciencia la verdad última es inalcanzable. No obstante, basta ver el progreso que hemos logrado al emprenderla. Del mismo modo, es posible aproximarnos a la sociedad abierta en mayor o menor grado.
La derivación de una agenda política y social a partir de un argumento filosófico, epistemológico, parece ser una empresa sin esperanzas. Sin embargo, es posible. Tenemos precedente histórico. La Ilustración fue una celebración del poder de la razón, y suministró la inspiración para la Declaración de Independencia y el Estatuto de Derechos. La creencia en la razón fue llevada a excesos con la Revolución Francesa, de efectos colaterales desagradables; no obstante, fue el comienzo de la modernidad. Hemos tenido ahora 200 años de experiencia con la Edad de la Razón, y como gente razonable debiéramos reconocer que la razón tiene sus limitaciones. El tiempo está maduro para desarrollar un marco conceptual basado en nuestra falibilidad. Donde la razón ha fallado, la falibilidad todavía pudiera triunfar.
George Soros
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por Luis Enrique Alcalá | Sep 4, 2007 | Fichas, Política |

LEA, por favor
Tal como se anunciara en la ficha anterior, esta Ficha Semanal #160 de doctorpolítico recoge otro texto de George Soros, líder del Instituto para la Sociedad Abierta. En esta ocasión, se reproduce un fragmento traducido del extenso trabajo que The Atlantic Monthly publicara en el número 2 de su volumen 279, en febrero de 1997, bajo el título The Capitalist Threat. (La amenaza capitalista).
Para Soros el concepto de sociedad abierta, que aprendió de Karl Popper cuando estudiaba en la London School of Economics, es una noción crucial en materia de fundamentar sólidamente la libertad. En la introducción del trabajo mencionado, Soros explica su sentido: “El término ‘sociedad abierta’ fue acuñado por Henri Bergson, en su libro Las Dos Fuentes de la Moralidad y la Religión (1932), y recibió mayor difusión a manos del filósofo austriaco Karl Popper, en su libro La Sociedad Abierta y sus Enemigos (1945). Popper mostró que las ideologías totalitarias como el comunismo y el nazismo tienen un elemento común: pretenden estar en posesión de la verdad última. Puesto que la verdad última está más allá del alcance de la humanidad, estas ideologías deben recurrir a la opresión con el fin de imponer su visión a la sociedad. Popper enfrentó a estas ideologías totalitarias otra visión de la sociedad, que reconoce que nadie tiene un monopolio de la verdad; personas diferentes tienen diferentes puntos de vista e intereses diferentes, y hay una necesidad de instituciones que les permitan vivir juntas en paz. Estas instituciones protegen los derechos de los ciudadanos y aseguran la libertad de elegir y la libertad de opinar. Popper llamó a esta forma de organización social la ‘sociedad abierta’. Las ideologías totalitarias eran sus enemigas”.
En el trabajo del que se reproduce aquí apenas un fragmento—otro conformará la próxima entrega de esta ficha—Soros considera que la amenaza totalitaria, desacreditada a partir del fracaso soviético, ha sido sucedida por una proveniente del propio sistema capitalista, con la ideologización militante de la doctrina del laissez-faire. Así advierte en la introducción: “En su filosofía de la historia Hegel pudo discernir un perturbador patrón histórico—el colapso y la caída de las civilizaciones a causa de una mórbida intensificación de sus propios primeros principios. Aun cuando he construido una fortuna en los mercados financieros, ahora temo que una intensificación sin trabas del capitalismo del laissez-faire y la diseminación de los valores del mercado a todas las áreas de la vida, están poniendo en peligro nuestra sociedad abierta y democrática. El principal enemigo de la sociedad abierta, creo, ya no es la amenaza comunista sino la capitalista”.
Es verdaderamente interesante que un capitalista consumado como George Soros sostenga lúcida y vehementemente esta inusual postura, que incluye una apelación a la preeminencia del bien común y la solidaridad.
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Amenaza capitalista
Popper mostró que el fascismo y el comunismo tenían mucho en común, aun cuando uno fuese la extrema derecha y el otro la extrema izquierda, porque ambos descansaban en el poder del Estado para reprimir la libertad del individuo. Quiero extender este argumento. Sostengo que una sociedad abierta puede también ser amenazada desde la dirección opuesta—desde un individualismo excesivo. Una excesiva competencia y una escasa cooperación pueden causar desigualdades e inestabilidad intolerables.
Hoy hay una creencia dominante en nuestra sociedad: la magia del mercado. La doctrina del capitalismo del laissez-faire sostiene que el bien común es mejor servido por la búsqueda sin inhibiciones del propio interés. A menos que esto sea atemperado por el reconocimiento de un interés común que debe asumir precedencia sobre los intereses individuales, nuestro sistema actual—que a pesar de sus imperfecciones califica como sociedad abierta—probablemente colapsará.
Quiero enfatizar, sin embargo, que no estoy colocando el capitalismo del laissez-faire en la misma categoría del nazismo o el comunismo. Las ideologías totalitarias buscan deliberadamente la destrucción de la sociedad abierta; las políticas del laissez-faire pueden ponerla en peligro, pero sólo sin proponérselo. Friedrich Hayek, uno de los apóstoles del laissez-faire, fue también un apasionado proponente de la sociedad abierta. Sin embargo, dado que el comunismo e incluso el socialismo han sido ampliamente desacreditados, considero que la amenaza del lado del laissez-faire es hoy más potente que la amenaza de las ideologías totalitarias. Estamos disfrutando una economía de mercado verdaderamente global en la que los bienes, los servicios, el capital y también la gente se desplazan bastante libremente, pero dejamos de reconocer la necesidad de soportar los valores e instituciones de una sociedad abierta.
La situación actual es comparable a la del cambio del siglo pasado. Era una era dorada del capitalismo, caracterizado por el principio del laissez-faire; lo mismo que ahora. De alguna forma el período anterior era más estable. Había una potencia imperial, Inglaterra, que estaba preparada para despachar buques de guerra a lugares lejanos, porque como principal beneficiaria del sistema tenía interés en mantenerlo. Hoy en día los Estados Unidos no quieren ser el policía del mundo. El período anterior tenía el estándar oro; hoy en día las monedas principales flotan y chocan las unas contra las otras como placas continentales. Sin embargo, el régimen de libre mercado que prevalecía hace cien años fue destruido por la Primera Guerra Mundial. Ideologías totalitarias salieron a la palestra, y para fines de la Segunda Guerra Mundial prácticamente no había movimiento de capital entre los países. Es tanto más probable que el régimen actual colapse, a menos que aprendamos de la experiencia.
Aun cuando las doctrinas del laissez-faire no contradicen los principios de la sociedad abierta como lo hacían el marxismo-leninismo o las ideas nazi de la pureza racial, todas estas doctrinas tienen un aspecto en común: todas tratan de justificar su pretensión de verdad última en una apelación a la ciencia. En el caso de las doctrinas totalitarias esa pretensión puede ser desechada fácilmente. Uno de los logros de Popper fue mostrar que una teoría como el marxismo no califica como ciencia. En el caso del laissez-faire la reivindicación es más difícil de disputar, porque está basada en la teoría económica, y la economía es la más reputada de las ciencias sociales. Uno no puede simplemente equiparar la economía de mercado con la economía marxista. Sin embargo, la ideología del laissez-faire, sostengo, es una perversión de supuestas verdades científicas tanto como lo es el marxismo-leninismo.
El fundamento científico principal de la ideología del laissez-faire es la teoría de que los mercados libres y competitivos llevan al equilibrio de la oferta y la demanda y de tal modo aseguran la mejor asignación de los recursos. Tal cosa se acepta como verdad eterna, y en un sentido lo es. La teoría económica es un sistema axiomático: mientras se mantengan sus supuestos básicos sus conclusiones se producen. Pero cuando examinamos las premisas detenidamente, encontramos que no describen el mundo real. En su formulación original, la teoría de la competencia perfecta—del equilibrio natural de oferta y demanda—suponía un conocimiento perfecto, productos homogéneos y fácilmente divisibles y un número lo suficientemente grande de participantes en el mercado, de modo que no fuese posible a un participante único influir el precio del mercado. La suposición de conocimiento perfecto demostró ser insostenible, y entonces fue sustituida por un ardid ingenioso. Se tuvo a la oferta y la demanda como independientemente dadas. Esta condición fue presentada como requerimiento metodológico, antes que como axioma. Se adujo que la teoría económica estudia la relación entre la oferta y la demanda, y que por tanto debía considerarse a ambas como dadas.
Como he expuesto en otro lado, la condición de que la oferta y la demanda están independientemente dadas no pude ser reconciliada con la realidad, al menos en lo que concierne a los mercados financieros—y los mercados financieros juegan un papel crucial en la asignación de recursos. Los compradores y vendedores de los mercados financieros procuran descontar un futuro que depende de sus propias decisiones. La forma de las curvas de oferta y demanda no puede tomarse como dadas porque ambas incluyen expectativas sobre los eventos que son moldeadas por esas mismas expectativas. Hay una retroalimentación de doble vía entre el pensamiento de los participantes en el mercado y la situación en la que piensan—hay “reflexividad”. Esto explica tanto la comprensión imperfecta de los participantes (cuyo reconocimiento es la base del concepto de sociedad abierta) como la indeterminación del proceso en el que participan.
Si las curvas de oferta y demanda no están independientemente dadas, ¿cómo se determina los precios del mercado? Si miramos el comportamiento de los mercados financieros, conseguimos que en lugar de tender a un equilibrio los precios siguen fluctuando en relación con las expectativas de compradores y vendedores. Hay períodos prolongados en los que los precios se alejan de cualquier equilibrio teórico. Aun cuando tarde o temprano muestren una tendencia a regresar, el equilibrio no es el mismo que hubiera sido de no haber mediado ese interregno. Sin embargo, el concepto de equilibrio perdura. Es fácil ver por qué: sin él, la teoría económica no podría decir cómo se determina los precios.
En ausencia de equilibrio, la hipótesis de que los mercados libres conduce a la óptima asignación de recursos pierde su justificación. La teoría, supuestamente científica, que se usa para validarla resulta ser una estructura axiomática cuyas conclusiones están contenidas en sus premisas y no están necesariamente soportadas por la evidencia empírica. El parecido con el marxismo, que también pretendía el status científico para sus proposiciones, es demasiado cercano para ser cómodo.
No es mi intención implicar que la teoría económica ha distorsionado deliberadamente la realidad por propósitos políticos. Pero al tratar de imitar los logros (y ganar para sí misma el prestigio) de las ciencias naturales, la teoría económica intentó lo imposible. Las teorías de la ciencia social se relacionan con su objeto de un modo reflexivo. Es decir, pueden influir eventos de una manera que no pueden las ciencias naturales. El famoso principio de incertidumbre de Heisenberg implica que el acto de observación puede interferir con el comportamiento de partículas cuánticas; pero es la observación lo que crea el efecto, no el principio de incertidumbre mismo. En la esfera social, las teorías tienen la capacidad de alterar su objeto de estudio. La teoría económica ha excluido deliberadamente la reflexividad de sus consideraciones. Al hacerlo, ha distorsionado su objeto de estudio y se ha abierto a la explotación a manos de la ideología del laissez-faire.
Lo que permite convertir la teoría económica en una ideología hostil a la sociedad abierta es su premisa del conocimiento perfecto—al comienzo postulado abiertamente y luego de modo disfrazado como ardid metodológico. Puede presentarse un caso poderoso a favor del mecanismo del mercado, pero no es que los mercados sean perfectos; es que en un mundo dominado por una comprensión imperfecta, los mercados proveen un mecanismo eficiente de retroalimentación para evaluar los resultados de las propias decisiones y corregir errores.
Cualquiera sea su forma, la pretensión de conocimiento perfecto contradice el concepto de sociedad abierta, que reconoce que la comprensión de nuestra situación es inherentemente imperfecta.
George Soros
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por Luis Enrique Alcalá | Ago 28, 2007 | Fichas, Política |

LEA, por favor
George Soros es un personaje excepcional. Financista exitoso y filántropo comprometido, ha emprendido una cruzada a favor del establecimiento o fortalecimiento de “sociedades abiertas” en todo el mundo. Esto es, se trata de filantropía con apoyo teórico, centrado éste en la noción popperiana expuesta en The Open Society and its Enemies. (Karl Popper, Londres, 1945). Soros emigró de su nativa Hungría hacia Inglaterra cuando la Unión Soviética iniciaba el dominio de su patria. Allí se graduó en la London School of Economics, luego de haberse sostenido trabajando como mesonero y portero de ferrocarriles. Fue en esa venerable institución donde tomó contacto con el pensamiento de Popper.
Al inicio del capítulo 10 de su importante obra, Popper explica: “En lo que sigue, la sociedad mágica o tribal o colectivista será también llamada la sociedad cerrada, y la sociedad en la que los individuos confrontan decisiones personales la sociedad abierta”. El párrafo final reza: “Si deseamos seguir siendo humanos, entonces hay sólo un camino, el camino hacia la sociedad abierta. Debemos ir hacia lo desconocido, lo incierto y lo inseguro, usando la razón que podamos tener para planificar tanto como podamos a favor de la seguridad así como de la libertad”.
Esta aproximación de Popper es un discurso contra los colectivismos y totalitarismos de cualquier clase. Años más tarde (1961) escribiría “La miseria del historicismo”, en la que una disección lógica y metodológica del materialismo histórico marxista pone de manifiesto la falsedad del enfoque de Marx en cuanto a una inevitabilidad histórica del socialismo y el comunismo.
Las ideas liberales de Popper resonaron con las intuiciones propias de Soros, quien estableció una red de fundaciones entre las que destaca The Open Society Institute, “una fundación privada operativa y donadora, que busca moldear la política pública para promover el gobierno democrático, los derechos humanos, y la reforma económica, legal y social”.
Pero la acción de Soros va más allá de las instituciones que ha establecido, interviniendo como opinador y operador político de importancia. Recientemente, ha protagonizado una campaña de oposición a la política de George W. Bush, llegando al extremo de financiar organizaciones del campo demócrata que buscaban impedir la reelección del actual Presidente de los Estados Unidos. The Open Society Institute ha generado un comunicado por el que distingue la actividad filantrópica de Soros de sus posturas políticas particulares.
Esta Ficha Semanal #158 de doctorpolítico inicia una serie de tres entregas con discursos o fragmentos de textos de George Soros. En este caso, se reproduce acá su artículo La misión global de Europa, publicado por La Vanguardia el 26 de noviembre del año pasado. Es un texto característico de Soros: claro, inusual, casi irreverente.
LEA
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Misión Europa
Europa está en busca de su identidad. Creo que es fácil de encontrar: la Unión Europea encarna el principio de una sociedad abierta, que podría servir como fuerza para una sociedad abierta global. Permítanme explicar a qué me refiero.
El primero en utilizar el concepto de una sociedad abierta fue el filósofo francés Henri Bergson en su libro Las dos fuentes de la moral y la religión. Una fuente, según Bergson, es tribal y conduce a una sociedad cerrada cuyos miembros sienten afinidad entre sí, pero temor u hostilidad hacia los demás. La otra fuente es universal, y lleva a una sociedad abierta guiada por los derechos humanos universales que protege y promueve la libertad del individuo.
Karl Popper modificó este esquema en su libro seminal La sociedad abierta y sus enemigos, publicado en 1944. Popper señalaba que las ideologías abstractas y universales como el comunismo y el fascismo pueden poner en peligro a una sociedad abierta. Como la pretensión de estas ideologías de poseer la verdad absoluta está destinada a ser falsa, sólo se las puede imponer a una sociedad mediante la represión y la compulsión. En cambio, una sociedad abierta acepta la incertidumbre y establece leyes e instituciones que le permiten a la gente con opiniones e intereses divergentes convivir en paz.
La UE encarna los principios de una sociedad abierta hasta un punto notable. Si bien sus principios guía no quedaron plasmados en una constitución, hasta esto puede ser apropiado en el caso de una sociedad abierta porque, como sostenía Popper, nuestra comprensión imperfecta no permite definiciones permanentes y eternamente válidas de los acuerdos sociales.
La UE nació mediante un proceso de ingeniería social gradual—el método que Popper consideraba apropiado para una sociedad abierta—, dirigido por una elite perspicaz y con fines determinados que reconocía que la perfección es inalcanzable. Procedió paso a paso, estableciendo objetivos limitados con cronogramas limitados y sabiendo que cada paso resultaría inadecuado y exigiría un paso más.
El enfoque del paso a paso se frenó con la derrota de la Constitución europea. La UE ha quedado en una posición insostenible, con una membresía ampliada de 27 estados y una estructura reguladora diseñada para seis. Se erosionó la voluntad política de lograr que el proceso siguiera avanzando. Se desvaneció el recuerdo de guerras pasadas. Los sentimientos nacionalistas, xenófobos están en aumento, agravados por la imposibilidad de integrar a las comunidades de inmigrantes.
Desafortunadamente, el desorden dentro de la UE es parte de una agitación global más amplia. EE.UU. solía ser la potencia dominante y marcaba la agenda para el mundo. Pero la guerra contra el terrorismo de Bush socavó los principios básicos de la democracia norteamericana. Socavó el proceso crítico que está en el corazón de una sociedad abierta al considerar antipatriota cualquier crítica. Peor aún, la guerra contra el terrorismo fue contraproducente. Aumentó la amenaza terrorista al crear víctimas inocentes y, a la vez, derivó en una caída precipitada del poder y la influencia norteamericanos.
La UE no puede ocupar el lugar de EE.UU. como líder del mundo. Pero sí puede marcar el ejemplo, tanto dentro de sus fronteras como más allá. La perspectiva de ser miembro de la UE ha sido la herramienta más poderosa para convertir a los países candidatos en sociedades abiertas. Si bien la mayoría de sus ciudadanos no lo perciben así, la UE funciona como un ejemplo inspirador. Pero es necesario que el pueblo de Europa se sienta inspirado por la idea de la UE como el prototipo de una sociedad abierta global. Y esto significa que la UE precisa una política exterior común. Ésta es la única parte de la constitución europea que debe rescatarse con premura. Mientras tanto, no debería permitirse que la falta de una reforma institucional sirva como excusa para la inacción.
La UE ya cuenta con amplios recursos como para tener impacto en la escena mundial: la mitad de la asistencia mundial para el desarrollo en el exterior; el mayor mercado único en el mundo; 45.000 diplomáticos; la perspectiva de utilizar el comercio, la ayuda y la membresía como catalizadores para alentar a los estados vecinos a convertirse en sociedades abiertas.
Cuando Europa haya adoptado una política común habrá logrado persuadir a otros, entre ellos EE. UU., de cambiar sus posturas. Pero con demasiada frecuencia la UE no está a la altura de su potencial. Por ejemplo, Europa hizo pocos progresos a la hora de formular una política energética común. Como resultado, cada vez depende más de Rusia. Más, el trato que la UE da a Turquía está empujando a un aliado importante en la dirección equivocada. También se están gestando problemas en algunos de los países miembro recientemente admitidos, como Hungría y Polonia, donde la UE podría ejercer un papel más activo en cuanto a promocionar la estabilidad política.
De más está decir que una política exterior común no debería ser antinorteamericana. Una postura de este tipo sería contraproducente, porque reforzaría la división de la comunidad internacional que inició la Administración Bush. Pero la UE puede marcar un ejemplo de cooperación internacional que EE. UU., bajo un liderazgo diferente—cosa que probablemente suceda—terminaría emulando.
George Soros
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por Luis Enrique Alcalá | Ago 23, 2007 | Fichas, Política |

La inyección de fondos que el Banco de la Reserva Federal, el banco central estadounidense, proporcionó en auxilio de un mercado de valores extraordinariamente volátil y en marcada y preocupante tendencia a la baja, no parece haber sido suficiente para calmar el nerviosismo de los inversionistas, como tampoco su decisión de reducir la tasa de descuento. Esta impresión se deduce de la llamativa baja de los papeles de deuda comercial, que para el día de ayer habían experimentado su mayor descenso semanal (4,23%) en los últimos siete años. La contracción del mercado de estos papeles comerciales soportados por activos—una buena parte de los cuales están ligados a compras de hipotecas subprime—a favor de un mayor interés en bonos del Tesoro norteamericano, impelirá a las empresas a buscar financiamiento para el corto plazo de otras fuentes, y las que no lo obtengan se verán forzadas, a su vez, a contraerse o, tal vez, a cerrar operaciones. El cuadro económico mundial, al menos a nivel de los mercados financieros, dista mucho de haberse afirmado. (A pesar de una cierta estabilización en mercados asiáticos, los europeos y el norteamericano continúan descendiendo).
Una buena noticia puntual, aunque de valor estratégico, proviene de la compra, por parte del Bank of America, de 2.000 millones de dólares en acciones preferidas de Countrywide. (La principal financista hipotecaria de los Estados Unidos). Hasta ayer se tenía a Countrywide en terapia intensiva, casi terminal, mientras se temía su quiebra al verse reducido a la mitad—desde un valor pico en febrero—su valor de capitalización. La reacción positiva a esta inyección del Bank of America fue instantánea. Countrywide experimentó un repunte de 12% en el valor de sus acciones, y ha salido de la lista crítica. El oportuno rescate funcionó admirablemente, y un efecto adicional ha sido el marcado descenso en el riesgo de la tenencia de bonos corporativos, suscitado por la misma operación del Bank of America.
Otros no han sido tan afortunados. El negativo proceso de los papeles comerciales soportados por activos afectó fuertemente a Coventree Inc., una empresa financiera canadiense que debió admitir su fracaso en la renovación de más de 4 mil quinientos millones de dólares (US) en esa clase de efectos. La firma está a punto de cerrar, pues prácticamente no tiene otras fuentes significativas de ingresos. La epidemia, en ruta de pandemia, ha tomado pie firme en Canadá.
¿Y por estos lados? El gobierno venezolano no ha tenido suerte con sus más recientes emisiones de valores, incluyendo el III Bono del Sur (Chávez-Kirchner), cuya emisión, “aplaudida” por Fedecámaras como esfuerzo por recoger liquidez y bajar presión inflacionaria, se vio obligado a suspender. Rodrigo Cabezas ha declarado que se esperará mejores condiciones que las actualmente prevalecientes en los mercados bursátiles del mundo, pero seguramente no ayuda a la cosa, por lo menos en lo atinente a este último papel, que sea noticia el escándalo del maletín de Antonini Wilson.
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por Luis Enrique Alcalá | Ago 21, 2007 | Fichas, Política |
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Esta Ficha Semanal #158 de doctorpolítico es totalmente atípica. (Y no sólo por su desusada longitud, verdaderamente abusiva). Las fichas semanales—que nacieron con la intención de enriquecer el servicio de la Carta Semanal, cuando ya se habían producido 92 entregas de ésta—se construyen usualmente con textos de terceros en materia política, y ocasionalmente con textos políticos viejos de quien escribe.
Pero es que el #250 de la Carta Semanal de doctorpolítico, del jueves de la semana pasada, ha suscitado, para satisfacción del suscrito, considerable interés. Más propiamente, han suscitado gran interés el pensamiento y la persona de Pierre Teilhard de Chardin, y algunas preguntas específicas reivindican, igualmente, que se les satisfaga. El objeto de esta ficha anómala es el de suministrar noticia ampliada de la visión teilhardiana del mundo y su evolución que, como se dijo, no tiene nada que ver con la interpretación equívoca que propaga ignorante o interesadamente el Presidente de la República. Para esta tarea se ha escogido el prólogo—Ver—que el propio Teilhard antepone al monumental discurso de su obra cimera: El Fenómeno Humano. Es un texto cuidadosamente construido y, entre otras cosas, un curarse en salud que buscaba protegerse de una ortodoxia católica que le exigiría—como en efecto lo hizo—no socavar las interpretaciones convencionales del significado de Cristo.
Se reproduce acá, pues, Ver, las páginas preludiales de El Fenómeno Humano. En sí mismas constituyen un texto que clarifica y eleva, aunque es recomendación muy cordial de esta publicación que cada suscritora o suscritor adquiera una copia del gran libro, en la estupenda traducción que hiciera M. Crusafont Pairó para la editorial Taurus, si es que ya no lo han leído. Pero como el prólogo no expone sino atisbos de la tesis central de Teilhard, se anexa igualmente a esta ficha el texto completo —de la sinopsis que él mismo escribiese—citada en la carta #250—bajo el título La esencia de El Fenómeno Humano, a manera de epílogo de actualización. No es un texto fácil, hay que apresurarse a advertir, mas no hay apuro en leerlo; un ir y venir sobre él irá revelando poco a poco lo que Teilhard tenía que decir.
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Tratándose del marcado #250 de la Carta Semanal de doctorpolítico, se puso especial cuidado en su redacción, habiéndose invertido una media docena de sesiones en su corrección, tanto en pantalla como en dos versiones impresas. A pesar del celo, al menos dos gazapos, hasta donde se sabe, lograron escapar al cerco corrector. Uno acontece en el artículo breve, en la siguiente oración: “…y el reglamento de interior y debates de la Asamblea Nacional”. Ha debido decir: “… y el reglamento interior y de debates de la Asamblea Nacional”. Citábase una fuente, pero ha debido ponerse más atención y corregirse el error.
La otra equivocación es más frustrante, pero al mismo tiempo divertida y eslabón de un caso de “sincronicidad” jungiana. (“La coincidencia de dos o más acontecimientos, no relacionados entre sí causalmente, cuyo contenido significativo es idéntico o semejante”). El encabezado mismo del correo enviado a los suscritores—no así, por fortuna, el título del artículo principal (Allons enfants de la Patrie)—decía: Carta Semanal #250 – Allons enfants de la Petrie. He aquí el cuento de las mágicas coincidencias.
Hace aproximadamente dos meses leía en la Enciclopedia Británica—en la décimo quinta edición de 1974—el artículo consagrado a Petrarca, cuando descubrí una íntima afinidad con tan grande maestro, Poeta Laureado de Roma. Reporta así la enciclopedia: “se acusa a sí mismo de todos los siete pecados capitales excepto la envidia”. Y quien escribe ha dicho de sí mismo, en ocasiones cuando la irreverencia es tolerada, exactamente la misma cosa. (En realidad, ahora que lo pienso tampoco creo ser aficionado a la avaricia).
Ahora bien, en la redacción de esta ficha quise incorporar detalles personales de Teilhard, para que la lectura de una síntesis de su tesis evolutiva resultara más amena. Sabía que el lema del blasón de los Teilhard llevaba una frase en latín, de la que recordaba sólo las palabras finales: et celestis origo. En la edición de Taurus de El medio divino, una de las obras de Teilhard de Chardin, venían, incluso, una fotografía del escudo hecho en piedra y la explicación del lema, realmente apropiado para el visionario de El fenómeno humano.
Pero hace tiempo que he extraviado mi ejemplar con la foto, y una búsqueda en Internet me proporcionó la divisa completa: Igneus est ollis vigor et celestis origo. (“De fuego es su energía y celeste su origen”). Y resulta que esta frase—me informó también la Internet, base fisiológica para la mente colectiva de Teilhard—, se encuentra precisamente en una obra de Petrarca—De secreto conflictu, que es donde confiesa en diálogo imaginario con San Agustín seis de los pecados capitales—que cita un pasaje de la Eneida de Virgilio, y en ésta reposa el verso en su forma original: Igneus est illis vigor et celestis origo.
Ya había perdido la razón por la que Petrarca me caía simpático, y regresé entonces a la edición mencionada de la Enciclopedia Británica (Macropædia, XIV) para releer acerca de la olvidada coincidencia concupiscente. No pude dejar de sonreír, al percatarme de que el artículo que sigue al dedicado al Padre del Renacimiento informa de Sir Flinders Petrie, renombrado arqueólogo—por tanto de profesión afín a la de Teilhard—y egiptólogo inglés. (1853-1942). Jung absorbía—¿absolvía?—mi error.
Una vez alcanzado el alivio psicológico de la fea mancha, por la vía de tan extraña sincronicidad, dos amigos me describieron telefónicamente la página de El medio divino que trae la foto del blasón en piedra de los Teilhard, tomándose el amable trabajo de buscar el libro en sus bibliotecas personales.
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La figura de Pierre Teilhard de Chardin es tanto objeto de culto como de patrañas tejidas en torno a su nutrida trayectoria. Por ejemplo, llegó a involucrársele—sin fundamento alguno—en el famoso fraude del “Hombre de Piltdown”, perpetrado por el inglés Charles Dawson, quien fabricara un “fósil” que combinaba fragmentos de huesos humanos y simiescos. Pero el más desapasionado examen de la vida de “San Pedro» Teilhard—yo le hubiera canonizado hace rato—muestra a las claras las huellas dejadas por una persona excepcional.
Nacido en Orcines, una comuna de la región de Auvergnes, Francia, el 1o. de mayo de 1881, ya era en 1925 objeto de la primera represión de su pensamiento. Había sido ordenado sacerdote jesuita en 1911, cuando tenía 30 años de edad, y contaba en su haber una licenciatura en Literatura (además de bachilleratos en Filosofía y en Matemáticas y grados, en la Sorbona, en Geología, Botánica y Zoología) y, por supuesto, los estudios teológicos y filosóficos de su carrera sacerdotal. Vladimir Ledochowski, el Superior General de la Compañía de Jesús, le ordenó en 1925 que dejara de enseñar en Francia—enseñaba, luego de su Doctorado en Ciencias, geología en el Instituto Católico de París—al trascender dos opúsculos suyos sobre la noción de pecado original que parecían alejarse de la doctrina ortodoxa en la materia. De hecho, Ledochowski le exigió que firmara un documento que renegara de sus ideas. Teilhard prefirió permanecer en obediencia y firmó la recantación.
Poco después viajaría a China, donde ya había estado en 1923 (entonces compuso allí La Misa sobre el Mundo, primera parte de Himno al Universo). Esta vez (1926-27) escribió las primeras páginas de lo que llegaría a ser El Fenómeno Humano (completado entre 1938 y 1940). Su presencia en China le permitió ser co-descubridor del “Hombre de Pekín» (Sinanthropus pekinensis), al que determinó, junto con Henri Breuil, como un verdadero Homo faber, constructor de herramientas y conocedor del fuego. Subsiguientes viajes lo llevarían a India, Java y África.
Pero desde aquella primera halada de orejas Teilhard fue un autor censurado. En 1937 debía recibir un doctorado honoris causa de la Universidad Católica de Boston, cuando se le ocurrió a The New York Times presentarlo como el sacerdote que decía que el hombre descendía del mono. Al llegar a Boston supo que ya no recibiría la distinción académica. Después de su muerte, un monitum de la Congregación del Santo Oficio (la Inquisición) ordenaba a los obispos e institutos católicos de enseñanza en todo el mundo que impidieran la lectura de sus obras. La enseñanza de Teilhard que causaba mayores problemas era que hasta una piedra tendría una actividad psíquica; esto es, que cada ente real tenía algo de espíritu en su interior, ya no sólo el hombre, como la Iglesia Católica enseña.
Así, en una suerte de exilio, residía en la iglesia de San Ignacio de Loyola de la ciudad de Nueva York cuando le llegó la muerte, el 10 de abril de 1955. Era domingo, día de la Pascua de Resurrección. Días antes, había expresado su deseo de que Dios se lo llevara justamente en esa fecha. (Hay una versión que le hace decir exactamente lo mismo un año antes, en un acto en el Consulado de Francia en Nueva York).
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(Quien quiera conocer detalles del Global Conscience Project, referido igualmente en el #250 de la Carta Semanal, puede encontrarlos en el sitio http://noosphere.princeton.edu/ Es digno de notar el empleo del término “noosfera”, que es justamente noción de Teilhard de Chardin y de Vladimir Vernadsky, geoquímico y minerálogo ruso. Asimismo, puede resultar interesante la visita al sitio del Co-Intelligence Institute: http://www.co-intelligence.org/)
LEA
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Ver
Estas páginas representan un esfuerzo por ver y hacer ver lo que es y exige el Hombre si se le coloca, enteramente y hasta el fin, dentro del cuadro de las apariencias.
¿Por qué tratar de ver? ¿Y por qué dirigir de una manera especial nuestra mirada hacia el objeto humano?
Ver. Se podría decir que toda la Vida consiste en esto si no como finalidad, por lo menos sí esencialmente. Ser más es unirse más y más: éstos serán el resumen y la conclusión misma de esta obra. Sin embargo, lo comprobaremos más aún: la unidad no se engrandece más que sustentada por un acrecentamiento de conciencia; es decir, de visión. He aquí por qué, sin lugar a dudas, la historia del Mundo viviente consiste en la elaboración de unos ojos cada vez más perfectos en el seno de un Cosmos, en el cual es posible discernir cada vez con más claridad. La perfección de un animal, la supremacía del ser pensante, ¿no se miden por la penetración y por el poder sintético de su mirada? Tratar de ver más y mejor no es, pues, una fantasía, una curiosidad, un lujo. Ver o perecer. Tal es la situación impuesta por el don misterioso de la existencia a todo cuanto constituye un elemento del Universo. Y tal es consecuentemente, y a una escala superior, la condición humana.
Pero si de verdad resulta tan vital y beatificante el conocer, ¿por qué, una vez más, dirigir con preferencia nuestra atención hacia el Hombre? ¿No está ya suficientemente estudiado el Hombre, y no es suficientemente enojoso hacerlo? ¿Y no es precisamente uno de los atractivos de la Ciencia el de desviar y hacer descansar nuestra mirada sobre un objeto que, por fin, no sea nosotros mismos?
Bajo un doble aspecto, que le convierte doblemente en el centro del Mundo, el Hombre se impone a nuestro esfuerzo por ver como clave del Universo.
En primer lugar, y de una manera subjetiva, resultamos ser inevitablemente centro de perspectiva en relación con nosotros mismos. Fue seguramente una candidez, quizá necesaria, de la Ciencia naciente el de imaginarse que podría observar los fenómenos en sí mismos, tal como se desarrollarían fuera de nosotros mismos. Instintivamente, los físicos y los naturalistas operaron al principio como si su mirada cayera desde lo alto sobre un Mundo en el que su conciencia pudiera penetrar sin experimentarlo en sí mismos, sin modificarlo con su propia observación. Hoy empiezan a darse cuenta de que sus observaciones, aun las más objetivas, están todas ellas impregnadas de convenciones apriorísticas, así como de formas o de costumbres de pensar desarrolladas a lo largo del proceso histórico de la Investigación. Llegados al extremo de sus análisis, ya no están muy seguros de si la estructura conseguida es la esencia misma de la Materia que estudian o el reflejo de su propio pensamiento. Y de una manera simultánea se dan cuenta de que, por un choque retroactivo de sus descubrimientos, ellos mismos se hallan cogidos en cuerpo y alma en la red de las relaciones que habían creído lanzar desde el exterior sobre las cosas; en una palabra: se hallan presos en su propia trampa. Metamorfismo y endomorfismo, diría un geólogo. El objeto y el sujeto se mezclan y se transforman mutuamente en el acto del conocimiento. Quiéralo o no, desde ese momento el Hombre vuelve a encontrarse a sí mismo y se contempla en todo lo que observa.
He aquí una verdadera servidumbre, la cual, no obstante, está inmediatamente compensada por una grandeza cierta y única.
Resulta simplemente banal, e incluso enojoso, para un observador el transportar consigo mismo, vaya donde vaya, el centro del paisaje que atraviesa. Pero ¿qué es lo que le sucede al paseante si las circunstancias le llevan hacia un punto naturalmente privilegiado (encrucijada de caminos o de valles), desde el cual no ya sólo la mirada, sino las mismas cosas irradian? Es entonces cuando, al coincidir el punto de vista subjetivo con una distribución objetiva de las cosas, se establece la percepción en toda su plenitud. El paisaje se descifra y se ilumina. Se ve.
Este parece ser precisamente el privilegio del conocimiento humano.
No hay necesidad de ser hombre para percibir los objetos y las fuerzas dispuestos circularmente alrededor de uno mismo. Todos los animales lo hacen tanto como lo hagamos nosotros. Pero es peculiar al Hombre ocupar en la Naturaleza una posición tal, que esta convergencia de líneas resulta ser no sólo visual, sino estructural. Las páginas que siguen no harán más que comprobar y analizar este fenómeno. Por virtud de la cualidad y de las propiedades biológicas del Pensamiento nos encontramos situados en un punto singular, sobre un nudo, que domina la fracción entera del Cosmos actualmente abierto a nuestra experiencia. El Hombre, centro de perspectiva, es al propio tiempo centro de construcción del Universo. Por conveniencia tanto como por necesidad es, pues, hacia él hacia donde hay que orientar finalmente toda Ciencia. Si realmente ver es ser más, miremos al Hombre y viviremos más intensamente.
Pero para ello es necesario que acomodemos de una manera correcta nuestra visión.
Desde que existe el Hombre se ofrece como espectáculo a sí mismo. De hecho, desde hace algunas decenas de siglos, no hace otra cosa que autocontemplarse. Y ello no obstante, apenas si empieza a adquirir con ello una visión científica de su propia significación en la Física del Mundo. No debemos extrañarnos demasiado de este lento despertar. Nada resulta tan difícil a menudo de percibir como aquello que debiera “saltarnos a la vista”. ¿No le es necesaria al niño una educación especial para aislar las imágenes que asaltan su retina recién abierta al mundo que le rodea? Para descubrirse a sí mismo hasta el fin, el Hombre tenía necesidad de toda una serie de “sentidos” cuya gradual adquisición, según diremos, llena y marca los hitos de la historia misma de las luchas del Espíritu.
Sentido de la inmensidad espacial, tanto en lo grande como en lo pequeño, que desarticule y espacie, en el interior de una esfera de radio indefinido, los círculos de objetos que se comprimen a nuestro alrededor.
Sentido de la profundidad, que relegue de una manera laboriosa, a lo largo de series limitadas, sobre unas distancias temporalmente desmesuradas, los acontecimientos que una especie de gravedad tiende de manera continua a comprimir para nosotros en una fina hoja de Pasado.
Sentido del número, que descubra y aprecie sin pestañear la multitud enloquecedora de elementos materiales o vivientes que se hallan comprometidos en la más mínima de las transformaciones del Universo.
Sentido de la proporción, que establezca en lo posible la diferencia de escala física que separa, tanto en dimensiones como en ritmos, el átomo de la nebulosa, lo ínfimo de lo inmenso.
Sentido de la cualidad o de la novedad, que pueda llegar, sin romper la unidad física del Mundo, a distinguir en la Naturaleza unos estadios absolutos de perfección y de crecimiento.
Sentido del movimiento, capaz de percibir los irresistibles desarrollos ocultos en las mayores lentitudes —la agitación extrema disimulada bajo un velo de reposo, lo completamente novedoso deslizándose hacia el centro mismo de la repetición monótona de las mismas cosas.
Sentido de lo orgánico, finalmente, que descubra las interrelaciones físicas y la unidad estructural bajo la superficial yuxtaposición de las sucesiones y de las colectividades.
A falta de estas cualidades en su escrutar, el Hombre continuará siendo indefinidamente para nosotros, hágase lo que se haga para que podamos ver, lo que aún resulta ser para tantas inteligencias: un objeto errático dentro de un Mundo dislocado. Que se desvanezca, por el contrario, en nuestra óptica la triple ilusión de la pequeñez, de la pluralidad y de la inmovilidad, y el Hombre vendrá a adquirir la situación central que habíamos anunciado: cima momentánea de una Antropogénesis que corona a su vez una Cosmogénesis.
El Hombre no sería capaz de verse a sí mismo de manera completa fuera de la Humanidad, ni la Humanidad fuera de la Vida ni la Vida fuera del Universo.
De ahí el plan esencial de este trabajo: la Previda, la Vida, el Pensamiento, estos tres acontecimientos que dibujan en el Pasado y dirigen para el futuro (¡la Sobrevida!)
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Sí, el Fenómeno humano, bien digo.
Esta palabra no se ha tomado en modo alguno al azar. Por el contrario, la escogí por tres razones.
En primer lugar, para afirmar que el Hombre, dentro de la Naturaleza, es de verdad un hecho que reclama (por lo menos de una manera parcial) unas determinadas exigencias y métodos de la Ciencia.
Seguidamente, para hacer comprender que entre los hechos que se presentan a nuestro conocimiento ningún otro puede ser ni más extraordinario ni más luminoso.
Finalmente, para insistir mucho sobre el carácter particular del Ensayo que aquí presento.
Mi único fin y mi verdadera fuerza a través de estas páginas es sólo y simplemente, lo repito, el de intentar ver; es decir, el de desarrollar una perspectiva homogénea y coherente de nuestra experiencia general, pero extendida al Hombre. Todo un conjunto que se va sucediendo.
Que no se busque, pues, aquí una explicación última de las cosas, una metafísica. Y que nadie se extrañe tampoco acerca del grado de realidad que voy a dar a las diversas partes del film que presento. Cuando intente figurarme el Mundo antes de los orígenes de la Vida, o la Vida en el Paleozoico, no deberé olvidar de ninguna manera el hecho de que existiría una contradicción cósmica en imaginar a un Hombre como espectador de estas fases anteriores a la aparición de cualquier Pensamiento en la Tierra. Yo no voy, pues, a pretender describirlas como fueron realmente, sino como deberemos representárnoslas para que el Mundo nos resulte verdadero en aquel momento; el Pasado no es en sí mismo sino tal como aparece ante un espectador colocado sobre la cima avanzada en la que nos ha colocado la Evolución. Método seguro y modesto, pero suficiente, según veremos, para que se haga surgir por simetría, en dirección al sentido del tiempo, unas sorprendentes visiones del futuro.
No hay que decir que, incluso reducidos a estas humildes proporciones, los puntos de vista que intento expresar aquí son ampliamente tentativos y personales. Considérese, sin embargo, que al estar apoyados sobre un esfuerzo de investigación considerable y sobre una prolongada reflexión, dan una idea, como ejemplo, de cómo se plantea hoy científicamente el problema humano.
Estudiado de una manera estricta en sí mismo por los antropólogos y los juristas, el Hombre es una cosa mínima e incluso reiterativa. Su individualidad demasiado intensa, al enmascarar a nuestros ojos la Totalidad, hace que nuestro espíritu se sienta inclinado, al analizarlo, a trocear la Naturaleza y a olvidar sus relaciones profundas existentes y sus horizontes inmensos; es decir, todo aquello que corresponde al antropocentrismo en su aspecto malo. De ahí la repugnancia, todavía muy visible entre los sabios, a aceptar al Hombre de otra manera que no sea por su cuerpo, como objeto científico.
Ha llegado el momento de darse cuenta de que toda interpretación, incluso positivista, del Universo debe, para ser satisfactoria, abarcar tanto el interior como el exterior de las cosas lo mismo el Espíritu que la Materia. La verdadera Física será aquella que llegue algún día a integrar al Hombre total dentro de una representación coherente del mundo.
Séame dado aquí hacer sentir que esta tentativa es posible y que ella depende, para aquel que quiere y sabe llegar hasta el fondo de las cosas, de tener valentía y alegría de actuar.
Dudo en verdad que exista para el ser pensante otro minuto más decisivo para él que aquel en que, al caer las vendas de sus ojos, descubre que no es de ninguna manera un elemento perdido en las soledades cósmicas, sino que existe una voluntad de vivir universal que converge y se hominiza en él.
El Hombre, pues, no como centro estático del Mundo—como se ha creído durante mucho tiempo—sino como eje y flecha de la Evolución, lo que es mucho más bello.
Pierre Teilhard de Chardin
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por Luis Enrique Alcalá | Ago 14, 2007 | Fichas, Política |

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Naturalmente, ha sido la comidilla política en Venezuela, Argentina y el resto del mundo, el pintoresco episodio de un maletín lleno de dólares—1.720 millones de bolívares a la tasa de Cadivi, 3.440 millones a la del mercado paralelo—incautado en el aeropuerto de Aeroparque, en Buenos Aires, por autoridades aduaneras argentinas. Ya habría bastado para suscitar interés el reparto de actores de la película: ejecutivos públicos argentinos y venezolanos, un empresario privado venezolano—la mula portadora—y el hijo de un vicepresidente de PDVSA. Pero el incidente ocurrió, para mayor realce, en momentos cuando Hugo Chávez se encontraba en Buenos Aires, durante una visita de Estado a Néstor Kirchner.
Hugo Chávez ha descubierto, como antaño Isaac Newton, una fuerza universal, esta vez no gravitacional sino política: el imperialismo norteamericano. Este importante vector de la polis planetaria explicaría absolutamente todo; no se necesita identificar otras causas. En el caso de los dólares transportados de contrabando al país sureño, Chávez vio de inmediato la mano del imperio. Así lo declaró tempranamente, en cuanto fuera asediado por periodistas argentinos interesados en su opinión sobre lo acontecido. No dijo que el suceso fuese preocupante, ni que hubiera de ser investigado hasta clarificarlo por completo, ni tampoco pareció preocuparse porque una mancha afeara al gobierno argentino y la campaña presidencial de la Sra. Kirchner. Él ya tenía claro que en esto debía verse la trama de una nueva maniobra del gobierno de George W. Bush en su contra.
Entonces, alguna agencia estadounidense, en operación encubierta, habría colocado casi ochocientos mil dólares en un maletín del ciudadano venezolano Guido Alejandro Antonini Wilson y convencido a Diego Uzcátegui—padre de Daniel Uzcátegui, el acompañante y avalista de Antonini—de solicitar cupo al sur en avión fletado por funcionarios argentinos, para que se embarcasen con ellos tres ejecutivos de PDVSA, su propio hijo y, con él, el Sr. Antonini. La misma agencia gringa, en perfecto remate de su golpe maestro, habría alertado a los aduaneros en Buenos Aires para que interceptaran a Antonini y registraran su equipaje de mano. Éste es el cuento chino que Chávez pretende que creamos.
La Ficha Semanal #157 de doctorpolítico se atiene a reproducir tres reportajes publicados en el diario argentino La Nación. Los dos primeros, uno de Mariano Obarrio y otro de Hugo Alconada Mon, son del sábado 11 de los corrientes; el tercero, también de Obarrio, apareció en La Nación al día siguiente, domingo 12 de agosto.
La lectura de este material ofrece interés porque en esos trabajos hay matices y detalles muy reveladores, como los que describen, por ejemplo, el abusivo tratamiento de agentes de la guardia personal de Hugo Chávez en tierra extraña, o el grado de malestar causado por la raya que el asunto representa para el gobierno de Kirchner.
En el texto de la tercera nota se ha corregido el apellido de los Uzcátegui, que el periodista Obarrio escribía «Uzcateguy».
LEA
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La piel de mula
El caso de la valija causa tensión entre Kirchner y Chávez
Mariano Obarrio
Hugo Chávez rechazó el pedido argentino de dar explicaciones por el escándalo de la sospechosa valija. El presidente Néstor Kirchner llegó a esta ciudad para celebrar una cumbre sobre energía junto con sus colegas de Venezuela y de Bolivia, Evo Morales. Pero quería una aclaración de Chávez, que lo ayudara a capear la tormenta. El socio bolivariano se negó tajantemente.
“Allá ustedes con sus percepciones”, cortó en seco el mandatario venezolano a los medios argentinos, entre ellos LA NACION, que lo abordaron para transmitirle la inquietud que allí mismo mostraban funcionarios argentinos.
Desde el lado venezolano, entonces, persiste el hermetismo. ¿Quién es y qué hacía Guido Alejandro Antonini Wilson, el empresario que intentó ingresar en la Argentina el sábado, a las 3 de la madrugada, con una valija que contenía 800.000 dólares sin declarar? Iba, junto con funcionarios de la petrolera estatal venezolana Pdvsa, en un avión rentado por el gobierno argentino. Por el caso, Kirchner echó anteayer a Claudio Uberti, hombre de máxima confianza del ministro Julio De Vido.
“Yo no sé por qué hay tanto empeño en darle a esto una dimensión que no tiene”, respondió Chávez a la prensa. Y cuando LA NACION le puntualizó el pedido público de funcionarios argentinos, Chávez alzó la voz: “No te voy a hacer declaraciones, si ya te lo dije”. Uno de sus custodios de camisa roja tomó del brazo a este cronista y lo retiró con violencia. No fue mucho más útil hablar con el canciller bolivariano, Nicolás Maduro: “No hay nada que aclarar. Dedíquense a temas más importantes, como el energético”, despachó a LA NACION.
El reclamo público a Venezuela fue formulado desde anteayer por el Gobierno. Y ayer, bien temprano, fue reiterado por el jefe de Gabinete, Alberto Fernández, el ministro de Planificación, De Vido, y en forma reservada por otros funcionarios. Sólo se sabe que Antonini es amigo de los directivos chavistas de Pdvsa y que viajaba en el mismo avión privado que los funcionarios de confianza de Kirchner.
El clima de tensión era fácil de percibir en Tarija. Terminado el acto del enésimo lanzamiento de la integración energética entre la Argentina, Bolivia y Venezuela, cuyos avances reales son escasos, Kirchner se retiró, literalmente, por la puerta de atrás del anfiteatro del hotel Los Parrales. No quería hablar con los periodistas. Quedó, pues, en el más puro hermetismo, la charla de 15 minutos que había mantenido con Chávez antes de la ceremonia que se realizó en el lujoso hotel de la capital de este estado petrolero.
El Presidente llegó puntualmente a las 10, de no muy buen humor. Se lo veía circunspecto; fue al día siguiente de haber tenido que expulsar a Uberti, un operador de su confianza en la diplomacia con Venezuela.
Kirchner llegó aquí acompañado por De Vido, el canciller Jorge Taiana y el ministro del Interior, Aníbal Fernández, además del titular de Enarsa, Exequiel Espinosa, el hombre que alquiló el avión privado en el que entró al país Antonini. Fue llamativo que no hubiera integrado la comitiva la primera dama y candidata presidencial, Cristina Kirchner.
El mismo De Vido dijo a LA NACION a paso rápido, al llegar al hotel: “Hemos pedido y hablado con ellos [el gobierno de Venezuela] para que hagan una aclaración como corresponde”.
—¿Quién era el empresario Antonini? —se le preguntó.
—Son ellos los que lo tienen que decir. Nosotros sabemos lo que dice el comunicado de Enarsa: que subió al avión y que ignorábamos quién era.
—Pero venía acompañando al hijo del vicepresidente de Pdvsa.
—Sí, exactamente. Esperemos a ver qué tienen ellos para decir.
Y se dirigió a su habitación. En medio de ese nervioso arribo, Kirchner también fue interceptado en el lobby por la prensa argentina. “¿Cómo se siente con lo que pasó con la valija?”, le preguntó una cronista.
“Bárbaro. Nosotros no tenemos nada que ver”, replicó Kirchner. ¿Está enojado con De Vido? “Yo no me enojo con nadie”. ¿Se le van a pedir explicaciones a Venezuela? “Todos sabrán quiénes dicen la verdad y quiénes mienten. Ésa es la realidad”. Y se escabulló.
Consultado un alto funcionario sobre si el tema se abordaría en una cumbre bilateral con Chávez, respondió: “¿Y a vos qué te parece?” Y se fue.
Luego de unos minutos, Kirchner y Chávez descendieron a un subsuelo del hotel para conversar. Tras 25 minutos, regresaron a la planta baja. Chávez pasaba el brazo derecho por encima del hombro de De Vido, en forma paternal. No había rostros festivos. Todos se dirigieron al acto de integración energética, tema que sí produce un sentido de hermandad entre ellos, y todos hicieron profesión de fe bolivariana, incluido Kirchner.
Mientras tanto, los allegados de Kirchner comentaban en el lobby que el Presidente no estaba enojado con Uberti porque creyera que estaba “involucrado en un hecho ilícito”, sino porque “dejó subir en el avión a cualquiera sin saber quién era y qué cargaba en la valija”. Luego del acto, vendrían los desplantes de Chávez y Maduro. Nada de aclaraciones, pese a que lo pedía el “compañero Kirchner”.
Los hombres de la seguridad del presidente de Venezuela, Hugo Chávez, imponen respeto por su despliegue. Pero también por sus valijas. Son de gran tamaño, capaces de contener armamento, siempre listo para ser usado ante un posible atentado contra Chávez. Por donde transita el líder bolivariano se ponen en línea, con rostro circunspecto, observan los alrededores, los jardines, los montes. Y ayer cortaban el paso de los pasajeros hacia sus habitaciones en el hotel donde se realizó la reunión entre Néstor Kirchner, Chávez y Evo Morales.
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En Miami nadie quiere decir dónde está el señor de la valija
Hugo Alconada Mon
El misterio sobre dónde está el valijero continúa. Cuatro días después de que, según el Gobierno, viajó a Uruguay, sus abogados insistieron en que está en esta ciudad, pero su familia dijo a LA NACION que sigue “en el exterior”. Y el interrogante no es anecdótico, como quizá parezca.
Si Guido Alejandro Antonini Wilson, de 46 años, se encontrara aún en la Argentina, como él dijo a LA NACION por teléfono anteanoche, la Justicia podría citarlo a declarar. Si tras una escala por Aruba recaló en Venezuela, como sostienen algunas versiones, podría obtener refugio o estar en serios problemas, y si volvió a Estados Unidos, podría ser detenido.
“No creo que sea tan estúpido como para volver a Florida”, dijo a LA NACION un ex alto funcionario de la administración Bush. Añadió que las autoridades norteamericanas podrían tener interés en detenerlo y “exprimirlo” de información.
“Si en la valija llevaba dólares y es ciudadano norteamericano, como trascendió, tiene que explicarlo porque puede ser lavado de dinero”, comentó el ex funcionario. Y tomó en cuenta el cariz político del asunto: “Hay que ver si el gobierno argentino le pide colaboración al norteamericano y si éste tiene interés en meterse en un caso en el que Hugo Chávez ya lo acusó de estar involucrado”.
Apenas nacido el escándalo, Chávez dijo que “el imperialismo” estaba detrás de los dólares y que era “falso de toda falsedad” que el asunto tuviera que ver con su comitiva.
Periodistas cercanos a su gobierno, como Mario Silva, buscaron ligarlo al antichavista Isaac Pérez Recao, que vive aquí, y a una empresa de armas, Armor Holdings, al circular la versión de que había ido a Buenos Aires en busca de contactos para esa firma. Eso es incorrecto. “Hasta donde sé, no tenemos un empleado bajo ninguno de esos nombres”, refutó Shannon.
Smith, vocero de BAE Systems, la dueña de Armor, cuando LA NACION consultó si alguien llamado Guido y/o Alejandro y Antonini (y/o Wilson) trabajó o trabaja como empleado o contratista.
Sí es seguro que la esposa de Antonini, Jacqueline Regnault, vive con él en el complejo de condominios de lujo de Key Biscaine. Ella o algún otro familiar mandó decir ayer a LA NACION que Antonini “no está aquí” y que “continúa fuera del país”.
A dos kilómetros de allí, en una bellísima residencia con marina propia en uno de los canales de la isla, un joven afirmó 15 minutos después que “el señor salió, pero vuelve en un par de horas”, cuando se le preguntó por Antonini. Dos horas más tarde, una empleada doméstica comentó que en la casa -valuada en US$ 3,9 millones- no vivía ningún Antonini desde hacía al menos un año: “Aquí vive la familia Durán”. Durán sería Franklin Durán, con quien Antonini comparte el amor por los autos: participaron juntos en un rally por Europa a bordo de un Porsche auspiciado por Venoco, compañía en la que Durán y otro venezolano, Carlos Kauffman, son accionistas.
Lazos chavistas
Kauffman es recordado en Caracas por su notable enriquecimiento durante el gobierno chavista. Adquirió al menos un avión, un helicóptero ·y hasta compró una Ferrari”, de color rojo, “y le puso un sello en su ventana trasera que decía ¡¡¡No!!!, la consigna de Chávez cuando fue el referéndum revocatorio”, contó a LA NACION un conocido periodista desde Caracas.
La relación entre Antonini y Durán no se acaba en la pasión por los autos. La casa donde vive Durán figura en registros de Miami como propiedad de Antonini. Allí constituyó domicilio legal su firma Foxdelta Investments, junto con otro socio, Wladimir Abad. Los mismos registros muestran que “el valijero” y Kauffman compartieron al menos un domicilio comercial en el 9° piso de una torre en el 1155 de la calle Brickell Bay. Pero ya la desactivaron, confirmó LA NACION.
Abad o un homónimo cobró notoriedad un mes atrás, cuando la agencia de lucha contra las drogas norteamericana, la DEA, confiscó un avión que estaba a nombre de American Food Grain, propiedad de Abad, Arturo Minarro y el empresario Ricardo Fernández Barruecos, por supuestas irregularidades en los papeles.
Fernández Barruecos es también dueño de Proarepa, una firma favorecida por el gobierno chavista, con contratos multimillonarios para programas de distribución de alimentos.
Los abogados de Antonini quieren extremar el bajo perfil de su cliente, tras el despegue meteórico de su patrimonio desde que 10 años atrás vendía repuestos al por menor—y al contado—para tractores agrícolas, detalló ayer El Nuevo Herald.
La venta de maquinaria agrícola a Venezuela fue uno de los grandes anuncios que hizo el gobierno argentino, allá por junio de 2003.
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Kirchner reclama una disculpa de Chávez
Espera la renuncia del vicepresidente de la petrolera Pdvsa
Mariano Obarrio
El presidente Néstor Kirchner le pidió anteayer a su par de Venezuela, Hugo Chávez, y espera de él, que haga un “gesto tajante” que, además de traducirse en una disculpa pública, derive en la renuncia del vicepresidente de la empresa petrolera venezolana, Pdvsa, Diego Uzcátegui Matheus, un hombre clave del chavismo.
Por ese motivo, la tensión bilateral podría crecer. Fuentes oficiales muy cercanas a Kirchner revelaron ayer a LA NACION que ese pedido se debe a que el Gobierno sabe que Uzcátegui Matheus fue quien pidió que Guido Alejandro Antonini Wilson viajara en polémico vuelo privado alquilado por Enarsa, el 4 de agosto último.
Ese ciudadano venezolano fue quien entonces intentó ingresar en el país 800.000 dólares sin declarar. En el mismo avión privado viajaba el director del Occovi, Claudio Uberti, el presidente de Enarsa, Ezequiel Espinosa, tres directivos de Pdvsa y Daniel Uzcátegui Matheus, hijo del vicepresidente de la petrolera bolivariana.
“Fue Uzcátegui Matheus quien le pidió a Uberti si podía llevar a Buenos Aires a cinco directivos de Pdvsa”, confió una fuente a LA NACION. “Y entre esos cinco directivos había dos que no lo eran y él no lo dijo”, se indignan en la Casa Rosada. Uno era Daniel Uzcátegui Matheus y el otro era Antonini Wilson, que portaba la valija.
El escándalo le costó la cabeza a Uberti, de relación muy estrecha con Diego Uzcátegui, con quien anudaba todos los convenios energéticos bilaterales. Ahora, en Balcarce 50, piden ese “gesto de reciprocidad”: la cabeza de Uzcátegui.
En los despachos muy cercanos a Kirchner no descartan que el ingreso de dinero sin declarar «pudiera ser parte de un negocio de Uberti». Y admiten que “se debería establecer hasta qué punto estaba desinformado Julio De Vido”, el ministro de Planificación, de quien Uberti dependía hasta su renuncia. Más allá de ello, Uberti siempre gozó de la confianza de Kirchner para centralizar las negociaciones con Venezuela. Y el Presidente sólo lo desplazó una vez desatado el escándalo, el jueves último.
En la Casa Rosada relatan que el 3 del actual Uberti y Diego Uzcátegui participaron de un almuerzo en el que terminaron de anudar todos los convenios energéticos que Chávez y Kirchner anunciarían en Buenos Aires el lunes último. A los postres, el vicepresidente de Pdvsa le preguntó al ex responsable del Occovi:
—Claudio, tengo cinco directivos de Pdvsa que tienen que ir al Cono Sur. ¿Tú no los puedes llevar en tu avión a Buenos Aires?
—Sí, cómo no. Salimos a las 6 de la tarde.
Uberti—siempre según la versión de la Casa Rosada—sólo se enteró en el aeropuerto de Maiquetía de que dos de esos pasajeros no pertenecían a Pdvsa: Daniel Uzcátegui y Antonini Wilson.
Indignación
“Pedimos que renuncie, porque Uzcátegui sabía que dos no eran directivos. Y Uberti afirma que él dijo ‘cinco directivos’. Chávez sabe el daño que le hizo a Kirchner”, señaló a LA NACION una fuente oficial de la Presidencia.
Diego Uzcátegui no es un funcionario cualquiera, ni es sólo el vicepresidente de Pdvsa. Es también el presidente de la filial argentina de Pdvsa y de la empresa Petrolera del Conosur SA. No era un desconocido para la Casa Rosada. Todavía hay incertidumbre acerca de si Chávez aceptará desprenderse de Uzcátegui. “El Presidente lo pidió y así lo espera”, señaló otra fuente.
Pero el líder bolivariano no le garantizó nada durante la reunión a solas que mantuvieron durante 20 minutos, anteayer, en Tarija, Bolivia. Según fuentes cercanas al jefe del Gabinete, Alberto Fernández, Chávez ensayó un pedido de disculpas, pero en forma privada, ante las recriminaciones de Kirchner por el silencio del bolivariano.
“Se pretende que las disculpas sean públicas y tajantes, además del gesto de renuncia del vicepresidente de Pdvsa”, confirmó esa fuente.
Por ahora no hubo gestos concretos de Chávez. Sólo existió una tibia declaración del presidente de Pdvsa, Rafael Ramírez, que anteayer, tras la tensa cumbre Kirchner-Chávez, prometió una investigación para esclarecer el escándalo.
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