por Luis Enrique Alcalá | Ago 7, 2007 | Fichas, Política |

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La doctrina del justo medio, concepción medular de Aristóteles (384-322 a. de C.), le sirve como criterio para decidir cuál es la mejor forma de gobierno, que expone en el capítulo 11 del Libro IV de su obra Política. (Reproducido en esta Ficha Semanal #156 de doctorpolítico). In media virtus es la fórmula latina que recoge el precepto aristotélico. Se trata de un principio sereno, propio de un hijo de médico—Nicómaco—que probablemente recibió de su padre, y practicó tempranamente llegado a Atenas, el arte de la Medicina.
No se trata, sin embargo, de una aurea mediocritas, ni de un tibio promedio entre extremos evitados. Eugenio Trías nos explica: “Siempre recordaré a un viejo profesor del entonces vigente curso de preuniversitario que, con una regla en la mano, explicaba la doctrina aristotélica de la virtud colocando el puntero en posición horizontal. Señalaba entonces el centro y decía: ‘El medio justo no está aquí, no es este punto medio indiferente’. Luego colocaba el mismo puntero en posición vertical. Y señalaba el extremo más alto del mismo: ‘Aquí se halla el justo medio’, nos decía. El justo medio es lo más excelso, añadía, ya que es el lugar de la virtud, que en griego significa excelencia”.
La conclusión de Aristóteles es sencilla: los mejores estados son aquéllos en los que la clase media es la más grande. En la Carta Semanal #57 de doctorpolítico (9 de octubre de 2003), puede leerse un eco de esta preferencia médica por la clase media: “Desde el punto de vista de la Medicina Política resulta muy importante tener una noción clara de qué es una sociedad normal. Los estudiantes de Medicina, antes de estudiar la enfermedad, deben aprender primero cómo está organizado y cómo funciona un organismo sano. A eso dedican dos años de estudio. ¿Qué es una sociedad normal para la Medicina Política? En materia de renta, de riqueza o de pobreza, una sociedad normal ostentará una distribución estadística normal: unos cuantos serán muy ricos, un poco más serán ricos, muchos más serán una clase media muy amplia, bastante menos serán pobres y muy pocos serán muy pobres. En los extremos, la mucha riqueza y la mucha pobreza son tan resistentes como escasos componentes de la realidad de una sociedad normal”.
En el texto de Aristóteles reproducido acá hay una referencia al Libro I de su Ética a Nicómaco, donde enuncia el siguiente principio: “…el bien del hombre resulta ser la actividad del alma de acuerdo con la virtud…” También alude a Focílides, que compartía su opción por la clase media. Éste era un hombre considerado, que aconsejaba: “No comprimas con mucha fuerza y vigor la mano de un niño tierno”. Pero asimismo conocía la fuerza del enjambre ciudadano, y así apuntaba: “El pueblo, el fuego y el agua no pueden ser domados nunca”.
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El mejor gobierno
Debemos ahora preguntar cuál es la mejor constitución para la mayoría de los estados, y la mejor vida para la mayoría de los hombres, sin suponer un estándar de virtud que esté por encima de las personas ordinarias, ni una educación que esté excepcionalmente favorecida por la naturaleza y las circunstancias, ni un estado ideal que es sólo una aspiración, sino tomando en consideración la vida que la mayoría es capaz de compartir, y la forma de gobierno que pueden lograr los estados en general. por lo que atañe a aquellas aristocracias, como se les llama, o bien quedan más allá de las posibilidades de la gran mayoría de los estados, o se aproximan al llamado gobierno constitucional, y por consiguiente no requieren una discusión aparte. Y, de hecho, la conclusión a la que llegamos respecto de todas estas formas reposa sobre las mismas bases. Puesto que, si lo que se dijo en la Ética es verdad, que la vida feliz es la vida según la virtud vivida sin impedimento, y que la virtud es un medio, entonces la vida que está en un medio, y en un medio asequible a cada uno, debe ser la mejor. Y los mismos principios de la virtud y el vicio son característicos de las ciudades y las constituciones; porque la constitución es en imagen la vida de la ciudad.
Ahora, en todos los estados hay tres elementos: una clase es muy rica, otra es muy pobre, y una tercera en un medio. Se admite que la moderación y el medio son lo mejor, y por tanto claramente será mejor poseer los bienes de fortuna en moderación; porque en esa condición de vida los hombres están más dispuestos a regirse por racional principio. Pero aquél que sobresalga en belleza, fuerza, nacimiento o riqueza o, por el otro lado, aquél que sea muy pobre, o muy débil, o muy sin gracia, encuentra difícil guiarse por racional principio. De estos dos, un tipo se convierte en violentos y grandes criminales, el otro en forajidos y pequeños malhechores. Y dos clases de ofensa corresponden a ellos, la una cometida por violencia, la otra por delincuencia. De nuevo, es menos probable que la clase media se aleje de la norma, o que ambicione por ella en exceso, cosas que son ambas injurias al estado. De nuevo, aquellos que tienen demasiados bienes de fortuna, fortaleza, riqueza, amistades y otras cosas similares, no están dispuestos a someterse a la autoridad ni son capaces de hacerlo. El mal comienza por casa; puesto que cuando son jóvenes, por razón del lujo en el que son criados, nunca aprenden, ni siquiera en la escuela, el hábito de la obediencia. Por otra parte, los muy pobres, que están en el extremo opuesto, son también degradados. De forma que una clase no puede obedecer, y puede gobernar sólo despóticamente; la otra no sabe mandar y debe ser gobernada como esclava. Así surge una ciudad, no de hombres libres, sino de amos y esclavos, los unos desdeñando, los otros envidiando; y nada puede ser más fatal a la amistad y el buen compañerismo en los estados que esto: puesto que el buen compañerismo nace de la amistad; cuando los hombres están en enemistad los unos con los otros, preferirían no compartir siquiera el mismo sendero. Pero una ciudad debiera estar compuesta, en lo posible, de iguales y similares; y éstos son generalmente las clases medias. De donde, la ciudad que esté compuesta de ciudadanos de clase media está necesariamente constituida según los elementos que decimos son la materia de la que el estado naturalmente consiste. Y ésta es la clase de ciudadanos que está más segura en un estado, pues no ansían, como los pobres, los bienes de sus prójimos; ni tampoco otros ansían los suyos, como el pobre ansía los bienes del rico; y como ni conspiran contra otros, ni son tampoco objeto de conspiración, pasan por la vida con seguridad. Sabiamente predicó entonces Focílides: “Muchas cosas son mejores en el medio; yo deseo ser de condición media en mi ciudad”.
Es así manifiesto que la mejor comunidad política está formada por ciudadanos de la clase media, y que un estado de esta clase tenderá a ser bien administrado mientras la clase media sea grande, y en lo posible más fuerte que las otras dos clases juntas o, al menos, mayor que cada una por separado; puesto que la adición de la clase media inclina la balanza, e impide que alguno de los extremos se haga dominante. Es entonces grande la buena fortuna de un estado en el que los ciudadanos tienen una propiedad moderada y suficiente; porque donde algunos poseen mucho, y los otros nada, puede surgir una democracia extrema, o una oligarquía pura; o puede surgir una tiranía de cualquiera de los extremos,—sea de la más incontrolada de las democracias o de una oligarquía; pero no es muy probable que provenga de las constituciones intermedias o de aquéllas que se les parezcan. Más adelante explicaré la razón de esto, cuando hable de las revoluciones en los estados. La condición media de los estados es claramente la mejor, puesto que ninguna otra está libre de conflicto; y donde la clase media es grande es menos probable que haya facciones y disensiones. Por una razón similar los estados grandes están menos propensos a las facciones que los pequeños, porque en ellos la clase media es grande; mientras que en los estados pequeños es fácil dividir todos los ciudadanos en dos clases de ricos y pobres, y dejar nada en el medio. Y las democracias son más seguras y más permanentes que las oligarquías, puesto que tienen una clase media que es más numerosa y tiene una mayor participación en el gobierno; porque cuando no hay clase media, y los pobres exceden grandemente en número, surgen problemas, y el estado pronto llega a su fin. Una prueba de la superioridad de la clase media es que los mejores legisladores han sido de condición media; por ejemplo, Solón, como atestiguan sus propios versos; y Licurgo, porque no era un rey; y Carondas, y casi todos los legisladores.
Estas consideraciones nos ayudarán a entender por qué la mayoría de los gobiernos son o democráticos u oligárquicos. La razón es que la clase media es rara vez numerosa en ellos, y cualquiera sea el partido, sea el de los ricos o el de la gente común, que rebasa la media y predomina, hará la constitución a su modo, y así surge bien sea la oligarquía o la democracia. Hay otra razón—el pobre y el rico pelean el uno con el otro, y cualquiera sea el lado que gane, en vez de establecer un gobierno justo o popular, considerará la supremacía política como el premio de la victoria, y un partido establecerá una democracia y el otro una oligarquía. Más aún, los dos partidos que tuvieron la supremacía en la Hélade miraron sólo al interés de su propia forma de gobierno, y establecieron en los estados, los unos, la democracia, los otros la oligarquía; pensaron en su propia ventaja, y en absoluto en el público. Por estas razones, la forma intermedia de gobierno raramente, si acaso, ha existido, y entre sólo unos pocos. Sólo un hombre entre todos aquéllos que alguna vez gobernaron en la Hélade fue inducido a conceder esta constitución intermedia a los estados. Pero ahora se ha convertido en un hábito, entre los ciudadanos de los estados, ni siquiera preocuparse de la igualdad; todos los hombres buscan la dominación o, si son conquistados, están dispuestos a someterse.
Lo que, entonces, es la mejor forma de gobierno, y lo que la hace la mejor, es evidente; y de todas las demás constituciones, dado que decimos que hay muchas clases de democracia y muchas de oligarquía, no es difícil ver cuál es la primera y cuál tiene el segundo u otro lugar en el orden de la excelencia, ahora que hemos determinado cuál es la mejor. Porque aquello que esté más cerca de lo óptimo debe por necesidad ser mejor, y lo que esté más lejos será peor, si juzgamos absolutamente y no relativamente a condiciones dadas; digo “relativamente a condiciones dadas”, puesto que un gobierno particular debe ser preferible, pero otra forma pudiera serlo para alguna gente.
Aristóteles
por Luis Enrique Alcalá | Jul 31, 2007 | Fichas, Política |
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La lectura de la entrevista a Octavio Paz, que Guy Sorman incluyera junto con las de otras veintisiete personalidades en Los verdaderos pensadores de nuestro tiempo, revelará que pudiera haber estado hablando a los venezolanos de hoy, aun cuando fue publicada—en la edición original francesa—en 1989, hace casi dos décadas. La entrevista completa es transcrita en esta Ficha Semanal #155 de doctorpolítico. En el libro es presentada con el título: La solución al subdesarrollo es la democracia.
Al año siguiente del libro de Sorman su entrevistado ganaba el Premio Nóbel de Literatura. Paz pronunció, en ocasión de recibirlo, un nítido discurso que llamó La búsqueda del presente. Para quienes ven el mundo en blanco y negro, sea del lado del negro o del blanco, se hace difícil comprender cómo es posible que quien denunciara firmemente a los socialismos históricos dijese en Estocolmo cosas como éstas:
»La declinación de las ideologías que he llamado metahistóricas, es decir, que asignan un fin y una dirección a la historia, implica el tácito abandono de soluciones globales. Nos inclinamos más y más, con buen sentido, por remedios limitados para resolver problemas concretos. Es cuerdo abstenerse de legislar sobre el porvenir. Pero el presente requiere no solamente atender a sus necesidades inmediatas: también nos pide una reflexión global y más rigurosa. Desde hace mucho creo, y lo creo firmemente, que el ocaso del futuro anuncia el advenimiento del hoy. Pensar el hoy significa, ante todo, recobrar la mirada critica. Por ejemplo, el triunfo de la economía de mercado—un triunfo por default del adversario—no puede ser únicamente motivo de regocijo. El mercado es un mecanismo eficaz pero, como todos los mecanismos, no tiene conciencia y tampoco misericordia. Hay que encontrar la manera de insertarlo en la sociedad para que sea la expresión del pacto social y un instrumento de justicia y equidad. Las sociedades democráticas desarrolladas han alcanzado una prosperidad envidiable; asimismo, son islas de abundancia en el océano de la miseria universal. El tema del mercado tiene una relación muy estrecha con el deterioro del medio ambiente. La contaminación no sólo infesta al aire, a los ríos y a los bosques sino a las almas. Una sociedad poseída por el frenesí de producir más para consumir más tiende a convertir las ideas, los sentimientos, el arte, el amor, la amistad y las personas mismas en objetos de consumo. Todo se vuelve cosa que se compra, se usa y se tira al basurero. Ninguna sociedad había producido tantos desechos como la nuestra. Desechos materiales y morales».
A continuación dijo:
«La reflexión sobre el ahora no implica renuncia al futuro ni olvido del pasado: el presente es el sitio de encuentro de los tres tiempos. Tampoco puede confundirse con un fácil hedonismo. El árbol del placer no crece en el pasado o en el futuro sino en el ahora mismo. También la muerte es un fruto del presente. No podemos rechazarla: es parte de la vida. Vivir bien exige morir bien».
En 1998, cuando llegaba a nosotros el anacronismo que nos gobierna, y aunque de cáncer, Octavio Paz murió bastante bien a los ocho años de su definitiva consagración mundial. Paz a los restos de Paz.
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Paz para la paz
Octavio Paz vive en medio de innumerables libros, de una profusión de objetos de arte africanos e indios, de cuadros abstractos, de plantas tropicales y de algunos gatitos. Nos encontramos en el corazón de Ciudad de México, allí donde el paseo de la Reforma se cruza con la avenida de los Insurgentes.
Paz fue durante mucho tiempo un poeta sin ataduras, luego embajador de México en la India, finalmente un exiliado, por haber roto con el gobierno después de que éste—en 1968—hubiera ordenado disparar contra una manifestación de estudiantes. Para Paz, este acontecimiento marcó un punto de ruptura definitivo con el Estado, con todas las formas de despotismo y con la idea misma de revolución.
El pensador más célebre de América Latina, Octavio Paz, setenta y cuatro años, es en México una especie de monumento nacional, un intelectual disidente, en resistencia contra un régimen autoritario; sólo su notoriedad le sitúa por encima de todo ataque. Es la guía de todos aquellos que, desde Río Grande a la Patagonia, apelan a la democracia y a la libertad. Estos términos, prostituidos entre nosotros, designan allí aspiraciones políticas y económicas muy concretas.
La revolución y el socialismo han fracasado en el Tercer Mundo como en otros lugares
Antes de conocerle, creía que iba a encontrar en Octavio Paz a una especie de intelectual revolucionario. En la imaginación de los europeos, me dice, todos los intelectuales latinoamericanos se alinean, por definición, a la izquierda, del lado de Castro contra los yanquis, y con los sandinistas de Nicaragua y los campesinos sin tierra contra los grandes propietarios. “Eso se debe, sin duda, a la influencia de Gabriel García Márquez”. Premio Nóbel y amigo de Fidel Castro, el novelista colombiano, observa Paz, alimenta esta fantasía de una alianza total de los intelectuales sudamericanos con la revolución.
Pero, desde hace mucho tiempo, todo ello ya no se corresponde con la realidad. Pero ¿no fue acaso el propio Paz revolucionario? “Sí, ¡hasta los años sesenta!” Pero hoy está contra todas las revoluciones; es hostil a las guerrillas y apela al liberalismo. “Mi cambio ideológico—dice—no es un acto aislado. Vea en ello, por el contrario, el signo de un cambio profundo en la intelligentsia del continente”.
Paz ha sido seguido en esta conversión por numerosos escritores latinoamericanos, en particular el peruano Mario Vargas Llosa. “El liberalismo es la solución a las dificultades económicas y políticas de México, de América Latina y del Tercer Mundo en general”. Pero ¿qué significa el liberalismo para unos pueblos dominados y miserables? “Es, como en todas partes—me dice Paz—, la asociación de la democracia política con la libertad económica. No existen dos sistemas, uno que sea bueno para los ricos y otro para los pobres. El socialismo ha fracasado en el Tercer Mundo como en otros lugares. El drama de América Latina es que la mayor parte de los intelectuales no se ha dado cuenta todavía”.
Las grandes debilidades del continente no deben ser imputadas ni a los dictadores (los “caudillos”), ni al imperialismo norteamericano, ni a los efectos lejanos de los orígenes coloniales. Guardémonos, precisa Paz, de reescribir la historia de la conquista y la colonización de manera anacrónica, proyectando sobre el pasado nuestros criterios de análisis contemporáneos. Hay que abstenerse de idealizar al México anterior a la conquista española: “En esta historia antigua, ¿quién era la víctima y quién el verdugo? Los aztecas eran también invasores procedentes del norte; con sus guerras y sus sacrificios, vertieron en abundancia la sangre de los pueblos sometidos. Cortés y sus jinetes no eran ángeles, pero el soberano azteca Moctezuma, al que derribaron, tampoco lo era. En resumen, ser mexicano—me dice Paz—es asumir todos los pasados de esta tierra, ¡sentirse heredero a la vez de las víctimas y de los verdugos!” La verdadera enfermedad de América Latina no es, por tanto, la herencia colonial, sino el retraso en la reflexión política, económica y social.
“Nuestros intelectuales son el gran fracaso de América Latina”. Contrariamente a los curas, que supieron mexicanizar el cristianismo, los intelectuales, me dice Paz, han sido incapaces de mexicanizar la democracia. Jamás han reflexionado sobre los verdaderos problemas de su pueblo, han sido “inferiores a su misión histórica”.
El izquierdismo, enfermedad infantil de los intelectuales latinoamericanos
Pero ¿por qué el propio Octavio Paz, antes de unirse al liberalismo, tuvo que ser favorable a la revolución? ¿Había, en su paso por la extrema izquierda, una especie de necesidad histórica?
“En los años treinta, cuando yo tenía veinte años—responde Octavio Paz—, nadie era demócrata, ni en Europa ni en México. Los maestros del pensamiento de mi juventud fueron Marx, Nietzsche, Ortega y Gasset. A imagen de los intelectuales rusos del siglo XIX, los de América Latina no soñaban con otra cosa que ir hacia el pueblo, unirse a los campesinos y los obreros”. Algunos, como el propio Octavio Paz, se comprometieron en la guerra de España. otros se hicieron miembros de las juventudes comunistas; y otros se unieron a los fascistas. “El aprendizaje de la tolerancia y la democracia fue tanto más difícil para mí—añade Paz—cuanto que los poetas que yo admiraba eran Ezra Pound, un simpatizante de Mussolini, y T. S. Eliot, que era católico y maurrasiano”. Cierto que Paz leía a Paul Valéry, pero éste no exhortaba al compromiso político, al contrario. Después de la Segunda Guerra Mundial, el magisterio y la influencia pasaron a Jean-Paul Sartre, lo cual, me confía Paz, no contribuyó a aclarar las ideas de los latinoamericanos.
Pero el izquierdismo de los intelectuales latinoamericanos no se explica sólo por influencias literarias. Según Paz, se debe más a los orígenes burgueses de esas minorías y a su educación por los jesuitas. Pues no son precisamente los campesinos y los obreros, precisa, los revolucionarios en este continente. Son los intelectuales, quienes han hallado en la revolución un sucedáneo al catolicismo. De la revolución esperan que les traiga la fraternidad, la finalidad histórica y la trascendencia. Como los sacerdotes, los intelectuales quieren convertirse en los portavoces de un pensamiento total, porque opinan que Cristo ha sido confiscado por obispos reaccionarios. Una parte de la Iglesia, observa Octavio Paz, ha intentado recuperar terreno: “Mientras que era aliada de Franco durante la guerra de España, hela aquí hoy con los sandinistas en Nicaragua y los marxistas en Brasil”. ¡Siempre del lado malo, en suma!
Una última causa, propia de la región, explica este izquierdismo: la vecindad con los Estados Unidos. “Los Estados Unidos fascinan y repelen a los latinoamericanos. En su discurso, rechazan a los yanquis, pero, en su vida cotidiana, los imitan”. Como, por añadidura, “los Estados Unidos son masoquistas”, los intelectuales latinoamericanos son permanentemente invitados por las universidades norteamericanas para denunciar en ellas el imperialismo yanqui. Es, constata Paz, una “profesión bien remunerada”.
“Pero si bien puedo explicar el izquierdismo de los intelectuales—añade Paz—, no por ello los disculpo”. A lo largo de la historia del siglo XX, y no solamente en América Latina, escritores, filósofos, poetas y pintores se han convertido en cómplices de las peores iniquidades históricas. Algunos se han equivocado con “inocencia”—como Julio Cortázar—, otros con cinismo, como Gabriel García Márquez. Pero “en ningún caso el genio debe excusar el error ni autorizar la alianza con los verdugos”.
La indignación de los europeos es selectiva
Desgraciadamente, lamenta Octavio Paz, como están mal informados, los europeos caen con frecuencia en los mismos errores que los intelectuales revolucionarios de América Latina. Siempre dispuestos, desde París o Londres, a denunciar las dictaduras militares, los supuestos defensores de los derechos del hombre no comprenden que el verdadero peligro viene en realidad de Castro. Los caudillos tradicionales, observa Paz, bien sean de civil o de uniforme, al menos aparentan respetar los principios de la democracia. Admiten el principio de la soberanía popular. Incluso Pinochet se creyó finalmente obligado a organizar elecciones. Los dictadores no tienen la ambición de controlar los pensamientos del pueblo. “Son autoritarios, pero no son totalitarios. Por otra parte, estos dictadores acaban por marcharse; ¡vea Brasil, Argentina y Chile!” Pero el castrismo es de naturaleza diferente, más diabólico. Castro pretende rehacer al hombre, cambiar la naturaleza humana. “El castrismo es totalitario; los caudillos no”.
A las buenas personas defensoras de los derechos del hombre que se inquietan por los pueblos de América Latina, Paz les pide que jerarquicen su indignación. ¡Que se manifiesten primero contra Castro! Y que se interesen también por la suerte de los mexicanos.
Desde hace sesenta años, éstos se hallan dominados por una gigantesca burocracia, una de las más represivas del continente: el Partido Revolucionario Institucional. El PRI, dice Paz, es una especie de “partido bolchevique hereditario”. Gana desde hace sesenta años todas las elecciones en una mascarada de democracia, en tanto que los cargos son, en realidad, transmitidos de padres a hijos. “Desde hace veinte años espero—añade Paz—que los intelectuales europeos firmen peticiones para la democracia en México”. Paz reconoce que el PRI mantiene la paz civil, pero el pueblo llano mexicano no deja de empobrecerse, y las desigualdades sociales de agravarse. “La pobreza del Tercer Mundo sólo tiene una causa: las iniciativas individuales son reprimidas por el Estado”.
La democracia educará al pueblo
¿Tiene sentido el sufragio universal para vastos pueblos sin tradición electoral, sin educación, sin clase media? “La democracia—responde Paz—es una invención permanente; es ella la que educará al pueblo”. Pero ¿la libre empresa no será, como en Brasil, o como a menudo en México, la justificación de algunos monopolios poderosos vinculados a políticos corrompidos? Respuesta de Paz: “El papel de un gobierno democrático será luchar contra la corrupción, contra los monopolios, y favorecer la aparición de una clase media independiente del poder político”.
Conviene mencionar que proposiciones de este tipo, en aquella región del mundo, hubieran sido inimaginables, o más bien inexpresables, no hace ni diez años. Pero Octavio Paz ya no está aislado. “¿Sabe usted—me dice—que Mario Vargas Llosa organizó el año pasado, en Lima, una manifestación de cien mil personas contra la nacionalización de los bancos? El gobierno socialista pretendió que era una reunión de burgueses, ¡pero no hay cien mil burgueses en todo Perú!” Vargas Llosa demostró en el terreno de los hechos que el pueblo llano era favorable a la libertad de empresa, y que los burócratas y los intelectuales eran los únicos estatistas.
Pero ¿puede hablarse de “liberal” en este continente donde el término ha sido tan prostituido, y a menudo reivindicado por los déspotas? ¿No invocaba el propio Pinochet el liberalismo?
“¡El destino de toda idea grande—me responde Paz—es el de ser traicionada!” Marx fue traicionado por los comunistas, Cristo lo es a menudo por la Iglesia, y los liberales son a menudo traicionados por la burguesía”. Pero “la cruz y la grandeza” del intelectual liberal es, según Paz, asumir estas contradicciones y “edificar la sociedad liberal en tanto que la critica”.
“Todo mi esfuerzo hoy—me dice Octavio Paz—consiste en convencer a los pueblos latinoamericanos de que no hay ‘una solución latinoamericana’ a sus dificultades particulares, sino que las soluciones a la pobreza son universales; son las mismas en todas las civilizaciones”.
He aquí nuevamente una reflexión que no hubiera sido escuchada, hace diez años, en el Tercer Mundo: la ideología dominante entonces exigía políticas “nacionales” basadas en el papel exclusivo del Estado.
“Ya ve usted claramente—me dice Paz—que México está hoy en Occidente. Pero, en contrapartida, sepa que Occidente no está sólo en Europa”.
El mestizaje, ¿futuro de Occidente?
México fue indio, cuenta Paz; luego los indios desaparecieron de él casi totalmente bajo el efecto de enfermedades importadas de Europa. Llegó entonces la hora de los mestizos. Rechazados al mismo tiempo por la sociedad india tradicional y por las élites españolas, los mestizos no tuvieron más recurso que hacerse soldados. Hasta el día en que el ejército se apoderó del poder. Los mestizos llegaron entonces a dominar la política. Pero, a finales del siglo XX, la situación da nuevamente la vuelta. Por el juego de la demografía—la población de México se ha doblado en treinta años; Ciudad de México es la mayor ciudad del mundo—, el pueblo mexicano está en curso de reindianización. Los descendientes de los españoles, los criollos como Octavio Paz, están a punto de desaparecer, y la piel de los mestizos se oscurece. “Mi raza—dice el poeta—está en vías de extinción”.
Última paradoja de la historia: este pueblo mexicano que “recobra su sangre de los orígenes” ha sido totalmente conquistado por la cultura occidental. México está en Occidente, me dice Paz: ya no hay civilización india. “Los blancos han sido absorbidos por los indios, pero éstos, a su vez, han sido absorbidos por la cultura de los blancos”. ¿Quién ha ganado? ¿Qué clase de victoria ha sido? ¿Y hay que inquietarse por ello?
“Toda cultura nace de la mezcla, del encuentro, de los choques. E, inversamente, las civilizaciones mueren a causa del aislamiento, de la obsesión por su pureza. El drama de los aztecas, como el de los incas, nació de su aislamiento total. No preparados para enfrentarse con otras normas que las suyas, las civilizaciones precolombinas se volatilizaron en su primer encuentro con el extranjero”.
Me pregunto si México no prefigura el destino de todo Occidente. Octavio Paz se lo pregunta también.
Guy Sorman
por Luis Enrique Alcalá | Jul 24, 2007 | Fichas, Política |

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Hace seis días, el general en jefe Raúl Isaías Baduel hizo entrega de su cargo de Ministro del Poder Popular para la Defensa —MINPOPOPDEFENSA, según costumbre del diario Tal Cual para las abreviaturas burocráticas—al general en jefe Gustavo Rangel Briceño, oficial verdaderamente rojo, de la entera confianza del Presidente de la República. En la ocasión mencionada, el general Baduel leyó un sorpresivo discurso con el que, puede decirse con propiedad, leyó la cartilla a Hugo Chávez.
En efecto, Baduel decidió acometer de frente los problemas que plantea la pretensión de instaurar en Venezuela un régimen socialista, desgranando un conjunto de claras advertencias ante su antiguo jefe. Echando mano de invocaciones religiosas y códigos guerreros japoneses, en el fondo dijo a Chávez que todo lo estaba haciendo mal. Así, se refirió al punto del partido único que sustituye a toda una sociedad, a la necesidad democrática de contrapesos y poderes autónomos, a los peligros de un capitalismo de Estado, e incluso a problemas conductuales y estilísticos, al recordar una recomendación del código samurai: «Un Samurai es cortés incluso con sus adversarios». Se lo está diciendo a alguien que se caracteriza, precisamente, por la descortesía. A pesar del aguacero, el Presidente calificó el discurso de manantial de ideas que valdría la pena considerar.
De hecho, parece haberse tomado en serio la llamada de atención. Ahora anuncia que ha pedido a Fidel Castro, Daniel Ortega y Alyaksandr Lukashenko que enumeren los vacíos conceptuales o fallas de sus propias concepciones socialistas en Cuba, Nicaragua y Belarús, para que en Venezuela pueda evitarse errores similares. Al mismo tiempo expuso que el socialismo era una «ciencia» destinada a cambiar continuamente, y por tal razón debía ser objeto de continuo estudio. Baduel le había dado la pauta al decir (¿irónicamente?) en su discurso: «…si la base para la construcción del Socialismo del Siglo XXI es una teoría científica de la talla de la de Marx y Engels, lo que construyamos sobre ella no puede serlo menos…»
Ambos personajes, pues, parecen creer sincera y conmovedoramente que el marxismo es una ciencia. Si Chávez anda a la caza de equivocaciones pasadas en el pensamiento socialista, puede decírsele, con Popper, que el error de bulto es justamente creer que una ideología—que es lo que el marxismo es—pueda ser una ciencia. En una entrevista hecha por Guy Sorman se comenta: «El éxito de una ideología, explica [Isaiah] Berlin, guarda relación con su simplicidad, y no con su verdad. El marxismo es totalmente inútil para comprender la historia, jamás ha desempeñado ningún papel en el desarrollo económico, pero ello no impide que haya marxistas. El éxito viene de que cuanto más elemental es una ideología, atribuyendo por ejemplo una causa única a la historia, más atrae a las multitudes. La ideología hace las veces de reflexión para las masas sin cultura. Por añadidura, las ideologías del siglo XIX tienen pretensiones científicas: quienes se adhieren a ellas logran de repente el prestigio del conocimiento. La repetición de eslóganes, consignas y catecismos diversos sirve de análisis: es muy cómodo y nada fatigoso». (Los comentarios citados de Chávez se produjeron en la inauguración de una enorme imprenta de 9.000 metros cuadrados, que imprimirá catecismos socialistas a razón de 20 millones de ejemplares por año).
Las palabras de Baduel, lo marcado de la lectura y su momento, son indudablemente algo sintomático. Que en momentos cuando Hugo Chávez ejerce el poder público constituido en su totalidad, haya considerado Baduel oportuno y necesario pararle el trote al mandatario, revela que también considera posible hacerlo porque encontrará eco favorable, tanto en el seno de la Fuerza Armada como en plena sociedad general. El incidente revela, pues, que a pesar de las apariencias Hugo Chávez no las tiene todas consigo.
La Ficha Semanal #154 de doctorpolítico reproduce íntegramente el discurso del ex Ministro, pronunciado el pasado 18 de julio en el Patio de la Escuela Militar.
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Lectura de cartilla
Quiero iniciar estas palabras agradeciendo desde mi alma en primer lugar a Dios Todopoderoso y Eterno, por haberme concedido el privilegio de servirle en grande desde esta posición, estando protegido por su mano poderosísima, y a todas las personas que con su apoyo, trabajo, dedicación e intercambio coadyuvaron a llevar a feliz conclusión mi gestión al frente de este Ministerio.
Agradezco al Señor Presidente por la confianza que depositó en mí al asignarme esta responsabilidad, a usted, mi amistad y sentimientos de afecto.
Especial mención merecen mis dilectos compañeros de armas, que conformaron en mi entorno un equipo, sin cuyo aporte invalorable el resultado exitoso de nuestra labor diaria hubiese sido imposible, a ellos mi eterna gratitud y mi amistad por siempre, cualquiera sea la trinchera que ocupe.
Hoy me sucede por designios del Altísimo, a cuya voluntad me acojo mansamente, y decisión de la superioridad, el Señor General en Jefe Gustavo Rangel Briceño, compañero y amigo de quien conozco entre otras virtudes sus arraigados principios religiosos, que le servirán de férreo soporte durante su tránsito por este cargo. A usted mis mejores deseos y que Dios le guíe e ilumine en todas sus decisiones.
Me ha correspondido el honor de ejercer el cargo de Ministro del Poder Popular para la Defensa, posición que obliga a quien la ocupe, por principio y por ley, a mostrar su pensamiento frente al ejercicio direccional de los hombres y la estrategia política del Estado, de cara al futuro para que el ciudadano de nuestra Nación, hoy en tránsito político social inédito, conozca del profesionalismo de su accionar y, en consecuencia, sienta el descanso y reposo que le merezca al comprobar la decisión de apego del jefe militar a la institucionalidad del Estado venezolano, conservando la disciplina, la obediencia y la subordinación, pilares fundamentales de nuestra institución, con el ejemplo y la preservación de los valores de nuestros integrantes.
Cuando digo que nos encontramos en un tránsito inédito, que en los órdenes político y social está atravesando nuestra Nación, entre otras cosas, me refiero al proceso de construcción de un nuevo modelo político, económico y social al cual hemos denominado Socialismo del Siglo XXI.
El término Socialismo lamentablemente no tiene un significado uniforme y homogéneo para todo el que de él habla y de allí quizás la incertidumbre e inquietud que se generan en algunos sectores de la vida nacional cuando siquiera se le menciona. El llamado del Señor Presidente Hugo Chávez a construir el Socialismo del Siglo XXI, implica la necesidad imperiosa y urgente de formalizar un modelo teórico propio y autóctono de Socialismo que esté acorde a nuestro contexto histórico, social, cultural y político. Hay que admitir que este modelo teórico hasta los momentos, ni existe ni ha sido formulado y estimo que mientras esto sea así, persistirá la incertidumbre en algunos de nuestros grupos sociales.
Como he dicho en otro lado, debemos “inventar” el Socialismo del Siglo XXI sí, pero no de manera desordenada y caótica, sino valiéndonos de las herramientas y el marco de referencia que nos da la ciencia. Debemos inventar nuestro modelo propio con lógica, con método, con orden, en fin con ciencia.
En el Aló Presidente del 27 de marzo de 2005, el Señor Presidente Chávez indicó, cito: “el Socialismo de Venezuela se construiría en concordancia con las ideas originales de Carlos Marx y Federico Engels” fin de la cita. Reiterando lo que al respecto he mencionado en una oportunidad anterior, si la base para la construcción del Socialismo del Siglo XXI es una teoría científica de la talla de la de Marx y Engels, lo que construyamos sobre ella no puede serlo menos, so pena de que la estructura construida no pase a ser más que una humilde choza levantada sobre los cimientos de un rascacielos.
Mucho se ha escuchado en tiempos recientes, a algunos teóricos que quieren dar su aporte a la construcción de un modelo socialista propiamente venezolano, sobre lo inconveniente que sería repetir los errores cometidos en los países del llamado “socialismo realmente existente”, entre ellos, la extinta Unión Soviética. Sin embargo, estimo que los errores que estos teóricos señalan, se quedan única y exclusivamente en lo concerniente a las fallas de orden político del modelo soviético, por ejemplo, en cuanto a la relación entre el partido revolucionario y el Estado y entre el partido y el pueblo, o en el peligro de cometer los errores del Partido Comunista de la Unión Soviética, el cual se convirtió en una organización que sustituyó y desplazó a la sociedad y que al final terminó siendo manejada por el Comité Central del partido.
En el orden político, nuestro modelo de socialismo debe ser profundamente democrático. Debe dilucidar de una vez por todas que un régimen de producción socialista no es incompatible con un sistema político profundamente democrático, con contrapesos y división de poderes. En este aspecto considero que sí deberíamos apartarnos de la ortodoxia marxista que considera que la democracia con división de poderes es solamente un instrumento de dominación burguesa. Como bien lo señaló nuestro Presidente Hugo Chávez en una entrevista concedida a Manuel Cabieses, Director de la revista Punto Final: Cito: “En la línea política uno de los factores determinantes del Socialismo del Siglo XXI debe ser la democracia participativa y protagónica. El poder popular. Hay que centrar todo en el pueblo, el partido debe estar subordinado al pueblo. No al revés”, fin de la cita.
Sin embargo, no son solo los de orden político los únicos errores que deberían considerarse. No debemos olvidar algo fundamental: El socialismo es, en sentido estricto, un sistema de producción económica, tal como el capitalismo al que debe sustituir es también un sistema de producción económica. También se cometieron errores de índole económica en los países del socialismo real. Contra estos también hay que estar en guardia, para no repetirlos. Los errores económicos de estos países del socialismo real como la URSS, incluyen la insuficiente generación de riqueza, ya que a pesar de haber logrado una industrialización acelerada, de tener una economía centralmente planificada y de los planes quinquenales, la economía soviética no pudo ser rentable, no pudo generar la riqueza necesaria para mantener confortablemente a su pueblo. Una de las grandes paradojas y contradicciones de la economía soviética se refleja en el hecho de que esta nación llegó a depender de las importaciones de trigo, precisamente provenientes de su archienemigo durante la Guerra Fría, los Estados Unidos de Norte América, para poder alimentar a su población; como ejemplo de ello tenemos que en 1979 el gobierno norteamericano envió a la Unión Soviética 25 millones de toneladas de maíz y trigo. La URSS no pudo dar el salto definitivo hacia adelante para alcanzar los niveles de eficacia en la generación de riqueza de sus competidores capitalistas, a pesar de que logró notables avances en materia social, educación, deporte, salud, arte, etc. Ciertamente no queremos repetir estos errores tampoco.
No podemos permitir que nuestro sistema se transforme en un Capitalismo de Estado, donde sea el Estado el único dueño de los grandes medios de producción. Un país puede cometer el error de nominalmente llamarse socialista y en realidad practicar un capitalismo de Estado. Durante un tiempo y después de la etapa conocida como comunismo de guerra, la Unión Soviética aún llamándose una República Socialista, practicó el Capitalismo de Estado a instancias del propio Lenin. En ese tiempo, entre los años 1921 y 1927 etapa que se conoce como “Nueva Política Económica”, se justificó tal acción alegando los errores económicos del llamado comunismo de guerra y que llevaron a la rebelión de Kronstadt y a otros acontecimientos que casi liquidan a la Revolución Bolchevique. Este período de “comunismo de guerra” que se extiende de 1917 a 1921, se caracterizó sobre todo por el fracaso: fracaso en la agricultura y fracaso en la actividad industrial. La política de nacionalización total de todas las empresas agrícolas, industriales y comerciales crea entre el gobierno y la población graves malentendidos y un descontento que desembocan en la anarquía, el hambre y la rebelión anticomunista. Los precios suben verticalmente, mientras que la producción se hunde y la moneda se desvaloriza y deja de ser un medio normal de cambio. La producción agrícola es una tercera parte de su volumen en 1913; la producción industrial corresponde al 13% de su nivel en 1913 y el tráfico ferroviario al 12%. Se estima que en 1921 mueren de hambre 5 millones de personas en la Unión Soviética.
El comunismo de guerra dejó la enseñanza de que no se puede implantar cambios bruscos en el sistema económico, es decir abolición a rajatabla de la propiedad privada y la socialización brutal de los medios de producción sin que esto repercuta negativamente en la producción de bienes y servicios y sin que concomitantemente se genere un descontento generalizado en la población. Lenin acuñó el término “Capitalismo de Estado” para referirse a lo que él consideraba era la fase de transición ideal entre el capitalismo y el socialismo. Esto significó una coexistencia por un período de 7 años del capitalismo con el socialismo. Se permitió la propiedad privada de medios de producción pequeños y medianos; sin embargo, el Estado se reservó para sí los grandes medios de producción. Se mantuvo nacionalizada la banca, pero se dejó el comercio en manos privadas y se permitió la venta de los productos a los precios que fijara el mercado.
Uno de los atractivos que siempre ha ejercido el socialismo clásico, es la idea subyacente de que un sistema socialista debe poder realizar un reparto más equitativo y justo de la riqueza que uno capitalista, en donde las inmensas desigualdades son la orden del día. Pero no debemos olvidar algo que quizás por evidente muchas veces obviamos. Antes de repartir la riqueza hay que generarla. No se puede repartir algo que no existe. Esa fórmula no se ha inventado. El modelo de socialismo que desarrollemos debe ser tal, que nos muestre el camino socialista hacia la producción y generación de riqueza primero y luego permita un reparto equitativo de la misma entre quienes la generaron, o como diría Marx, cito: “de cada quien según su capacidad y a cada quien según su necesidad” fin de la cita.
Para que el modelo socialista que nos planteemos tenga éxito, este debe encontrar las maneras de hacernos a los venezolanos más productivos.
En el pasado, durante la IV República, los gobiernos emplearon la riqueza excesiva generada por el “boom” petrolero para financiar todo tipo de ayudas económicas y subsidios. Numerosos venezolanos llegaron a depender enteramente de la ayuda oficial. En vez de enseñarle a los venezolanos cómo generar riqueza a través del trabajo y el esfuerzo, se les enseñó a pedirle ayuda al gobierno de turno. Cuando el boom petrolero terminó, el Estado se encontró súbitamente sin los fondos para continuar subsidiando la economía nacional. Fue entonces cuando el país se sumergió en la crisis, la peor en toda la historia venezolana. Nuestro modelo de socialismo debe y tiene que evitar la repetición de estos errores. Necesitamos aprender de los errores cometidos durante las últimas cuatro décadas y evitar repetirlos
Como el llamado de nuestro Presidente a construir e inventar el Socialismo del Siglo XXI ha estado acompañado también de algunas líneas y directrices, tales como aquella de que nuestro modelo debe y tiene que ser profundamente cristiano, basado en las ideas de justicia social de Cristo El Redentor, considero pertinente citar un pasaje del Evangelio que ilustra bien lo que Nuestro Señor Jesús pensaba respecto de la generación y reparto de la riqueza. Es la conocida parábola de los talentos que se encuentra en el evangelio según San Mateo capítulo 25 versículos 14 al 30. Dice allí Jesús: Cito “El Reino de los Cielos es también como un hombre que, al salir de viaje, llamó a sus servidores y les confió sus bienes. A uno le dio cinco talentos, a otro dos, y uno solo a un tercero, a cada uno según su capacidad; y después partió. En seguida, el que había recibido cinco talentos, fue a negociar con ellos y ganó otros cinco. De la misma manera, el que recibió dos, ganó otros dos pero el que recibió uno solo, hizo un pozo y enterró el dinero de su señor. Después de un largo tiempo, llegó el señor y arregló las cuentas con sus servidores. Fin de la cita. En esto, Jesucristo, va abiertamente en contra del concepto absolutista de la propiedad que privaba por aquel entonces y que al parecer algunos todavía sostienen: El que uno puede hacer con la propiedad lo que se le antoje; esto es contradicho abiertamente según Nuestro Señor Jesús por la obligación de rendir cuentas, según el uso de los bienes morales, intelectuales y materiales. Y la rendición de cuentas implica un castigo muy duro. El evangelio continúa diciendo: El que había recibido los cinco talentos se adelantó y le presentó otros cinco. «Señor, le dijo, me has confiado cinco talentos: aquí están los otros cinco que he ganado». Está bien, servidor bueno y fiel, le dijo su señor, ya que respondiste fielmente en lo poco, te encargaré de mucho más: entra a participar del gozo de tu señor». Llegó luego el que había recibido dos talentos y le dijo: «Señor, me has confiado dos talentos: aquí están los otros dos que he ganado». «Está bien, servidor bueno y fiel, ya que respondiste fielmente en lo poco, te encargaré de mucho más: entra a participar del gozo de tu señor». A cada quien se le exigió según sus capacidades. A cada quien según sus talentos. A cada quien según los bienes que había recibido. No podía exigírsele igual a quien recibió 5 que a quien recibió 2. Las obligaciones de los seres humanos no son equiparables, nuestra responsabilidad, aunque de la misma naturaleza, no es igual para unos que para otros. A quien mucho se le ha dado, mucho se le exigirá. Por último, Jesucristo condena en este Evangelio, en forma clara y llana, el atesoramiento. Cuando dice San Mateo: Llegó luego el que había recibido un solo talento. «Señor, le dijo, sé que eres un hombre exigente: cosechas donde no has sembrado y recoges donde no has esparcido. Por eso tuve miedo y fui a enterrar tu talento: ¡aquí tienes lo tuyo!». Pero el señor le respondió: «Servidor malo y perezoso, si sabías que cosecho donde no he sembrado y recojo donde no he esparcido, tendrías que haber colocado el dinero en el banco, y así, a mi regreso, lo hubiera recuperado con intereses. Quítenle el talento para dárselo al que tiene diez, porque a quien tiene, se le dará y tendrá de más, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene. Echen afuera, a las tinieblas, a este servidor inútil; allí habrá llanto y rechinar de dientes. A quien poco se le dio, poco se le exigió. Pero si aún si ese poco no lo cumple, son para él «las tinieblas». El infierno es en el Evangelio, el castigo inexorable para quien teniendo la posibilidad no produce; para quien teniendo la aptitud, no la usa; para quien, siendo pobre porque poco se le ha dado, no utiliza lo poco que tiene en bien de los demás.
Para poder conseguir la meta de generar riqueza de manera diferente al modelo capitalista, nuestro socialismo debe “hacer pueblo”, ya que como lo dijo el maestro Simón Rodríguez: “No puede haber República sin pueblo”. Para hacer pueblo, Simón Rodríguez sugería la implementación de lo que él llamaba de manera visionaria la “Educación Social”. Afirmaba el Maestro Simón Rodríguez en 1828: Cito: “Las costumbres que forma una Educación Social producen una autoridad pública, no una autoridad personal; una autoridad sostenida por la voluntad de todos, no la voluntad de uno solo, convertida en Autoridad o de otro modo, la autoridad se forma en la educación, porque educar es crear voluntades. Se desarrolla en las costumbres que son efectos necesarios de la educación y vuelve a la educación por la tendencia de los efectos a reproducir la autoridad. Es una circulación del espíritu de Unión entre socios, como lo es la de la sangre en el cuerpo de cada individuo asociado pero la circulación empieza por la vida”. Fin de la cita.
Nuestro modelo Socialista debe romper con la mala costumbre del pasado de enseñarle derechos al pueblo, pero no deberes. Nuestro modelo Socialista debe enseñarle al pueblo lo que tiene que hacer para poder obtener lo que no tiene. Nuestro modelo socialista debe enseñarle al pueblo que las cosas no aparecen por arte de magia, sino que hay que obtenerlas a base de esfuerzo y trabajo. Esa debe ser la tarea de la verdadera educación social, que permita formar al republicano que necesitamos para conseguir todo el potencial del cual es capaz esta tierra venezolana de gracia, tan amada, tan bendecida y protegida por Dios.
En ese sentido, la Fuerza Armada puede aportar mucho a la construcción del modelo, ya que en la institución armada la ecuación siempre ha sido inversa, puesto que hemos aprendido y practicado que nuestros deberes están en primera línea de importancia. Es el cumplimiento de los deberes uno de los componentes de mayor ponderación en la vida del soldado. Incluso, podemos afirmar que en los últimos años y sobre todo con la aprobación popular de la Constitución de 1999, nuestros deberes y responsabilidades se han incrementado, ya que además de los tradicionales, inherentes a la seguridad y defensa de la nación y a la cooperación en el mantenimiento del orden interno, se ha añadido el de la participación activa de la Fuerza Armada en el desarrollo nacional. Esta última misión la hemos venido cumpliendo fielmente y a cabalidad y es una honra para la institución el ser tomada en cuenta para llevarla a cabo; sin embargo, apreciamos que es necesario que se afinen los instrumentos legales que la regulan, y que le permitan a la FAN atender con mayor eficiencia administrativa, operativa y financiera esta labor.
El pueblo venezolano les dio a los militares venezolanos un mandato claro en el artículo 328 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela. Ahí el pueblo venezolano nos dio, hablando en términos militares, “una finalidad”, “un para qué”; que se traduce en garantizar la independencia y la soberanía de la nación, y asegurar la integridad del espacio geográfico. El pueblo venezolano también nos dio “un cómo” a los integrantes de la Fuerza Armada Nacional, a través del ejercicio de tres misiones fundamentales: la defensa militar, la cooperación en el mantenimiento del orden interno y la participación activa en el desarrollo nacional.
Son tres misiones que deben estar en un perfecto equilibrio dinámico, y de ellas se desprende que el pueblo venezolano nos asignó el patrimonio de custodiar las armas de la República para defender sus intereses y ser administradores de la violencia legal y legítima del Estado. Pero más que administradores de la violencia, debemos ser propulsores y mantenedores de la paz, y generadores de sosiego y sendero cierto hacia el desarrollo de nuestro pueblo.
Invoco las palabras pronunciadas por el Papa Juan Pablo II El Grande, El Peregrino de la Paz, de feliz e imborrable memoria. Cito: “En un dilatado clima de concordia y respeto de la justicia puede madurar una auténtica cultura de paz, capaz de extenderse también a la comunidad internacional” (Discurso pronunciado al Cuerpo Diplomático, Enero 1997)
Y navegando en las páginas del Concilio Vaticano II, encontrándonos en la Gaudium et spes (alegría y esperanza), cito: “La paz no es la mera ausencia de la guerra ni se reduce al solo equilibrio de la fuerza adversaria, sino que es el fruto del orden plantado en la sociedad humana por su divino fundador y que los hombres sedientos de una perfecta justicia deberán llevar a cabo”.
La Fuerza Armada Nacional debe ser un instrumento de poder para la democracia política, la paz y el desarrollo, cuya actuación se enmarca en el reto que demandan la voluntad nacional y el liderazgo, con miras a la reivindicación de instituciones y procedimientos en beneficio del colectivo nacional.
Desde ahora se impone un tiempo de reflexión, a este humilde soldado de infantería paracaidista.
Estos son los siete principios que rigen el Código de Bushido, la guía moral de la mayoría de Samurais. Sed fieles a él y vuestro honor crecerá. Rompedlo y vuestro nombre será denostado por las generaciones venideras.
1.Gi- Honradez y justicia. Sé honrado en tus tratos con todo el mundo. Cree en la justicia.
2.Yu- Valor heroico. Álzate sobre las masas de gente que temen actuar. Ocultarse como una tortuga en su caparazón no es vivir. El coraje heroico no es ciego. Es inteligente y fuerte. Reemplaza el miedo por el respeto y la precaución.
3.Jin- Compasión. Desarrolla un poder que debe ser usado en bien de todos. Ayuda a tus semejantes en cualquier oportunidad. Si la oportunidad no surge, sal de su camino para encontrarla.
4. Rei- Cortesía. Un Samurai es cortés incluso con sus adversarios. Recibe respeto no solo por la fiereza en la acción, sino también por su manera de tratar a los demás. La auténtica fuerza interior del Samurai se vuelve evidente en tiempos de apuros.
5. Meyo- Honor. Las decisiones que tomas y cómo las llevas a cabo son un reflejo de quien eres en realidad. No puedes ocultarte de ti mismo.
6. Makoto- Sinceridad Absoluta. Cuando un Samurai dice que hará algo, es como si ya estuviera hecho. El simple hecho de hablar ha puesto en movimiento el acto de hacer. Hablar y hacer son la misma acción. Y
7. Chugo- Deber y lealtad. Las palabras de un hombre son como sus huellas; puede seguirlas donde quiera que él vaya.
Que Yahvé, Elohim de los Ejércitos, Supremo Hacedor de todas las cosas, bendiga y guarde por siempre a la República Bolivariana de Venezuela.
Raúl Isaías Baduel
por Luis Enrique Alcalá | Jul 17, 2007 | Fichas, Política |

LEA, por favor
Esta Ficha Semanal #153 de doctorpolítico completa el artículo de Edgar Morin sobre la definitiva obsolescencia del socialismo marxista, cuya primera parte fuese publicada en la ficha anterior.
Morin nació en París—con el apellido Nahoum—el 8 de julio de 1921—anteayer fue su octagésimo sexto cumpleaños—como único hijo de una pareja de judíos sefardíes. Su madre padecía una afección cardiaca que nunca reveló a su esposo, y que aconsejaba que no intentara un embarazo. Morin nació medio muerto, estrangulado por el cordón umbilical, y se quedó con nosotros después de que los médicos invirtiesen media hora de esfuerzos en su resucitación.
De una avidez intelectual que no reconoce límites—detonada por el dolor de la pérdida de su madre cuando tenía diez años—descubrió la política por la época de la Guerra Civil Española. Poco antes de la Segunda Guerra Mundial se afilia a los Estudiantes Frentistas liderados por Gastón Bergery, quien promovía el rechazo a la guerra y un «socialismo nacional». Más tarde (1941) se inscribe en el Partido Comunista francés. Involucrado en actividades de resistencia contra la ocupación alemana, cambia el apellido Nahoum por el de Morin, por el que el mundo lo conoce. Su riesgo era doble, como judío y como comunista.
Terminada la guerra, el partido lo trata con desconfianza, pues su honestidad intelectual le lleva a mantener una postura crítica. En 1945 se casa con Violette Chapellaubeau, su compañera desde 1941, mientras pertenecía al ejército francés en Alemania. Conoce la pareja la penuria económica, hasta que en 1951, con la recomendación de Merleau-Ponty, Pierre Georges y Vladimir Jankélévitch, ingresa como becario de investigaciones a la Comisión de Sociología del CNRS (Consejo Nacional de la Investigación Científica). Ese mismo año es expulsado del Partido Comunista a raíz de un artículo que le publicara France Observateur. (Hoy Le Nouvel Observateur). Separado de Violette, se casará en 1964 con la artista plástica Johanne.
Es imposible resumir acá lo que sigue. Morin incursiona en el cine, una de sus primeras pasiones, y hace un largo viaje por América Latina. donde conoce a Chile, Bolivia, Perú, México y, sobre todo, al Brasil, país con el que establece una larga y fructífera relación de afecto y trabajo. Lee de todo, incluyendo biología de la más moderna. Acepta una invitación del Instituto Salk y se familiariza con la genética de punta. Estudia a Prigogine y Thom, después a Bachelard, Popper, Tarsky, Wittgenstein, Lakatos y otros, y concibe el esfuerzo que culminará en su obra de cinco volúmenes, La Méthode. Es una obra que describe, no como enciclopédica, sino como «enciclopedante», y en ella reúne una miríada de conocimientos dispersos a los que logra conectar, en busca de una «epistemología de la complejidad».
Esta nota es una enorme injusticia, y un intento vano de sugerir que Edgar Morin es el primer cientíico del siglo XXI, de la nueva episteme.
LEA
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Lo que podemos esperar
De lo internacional a la tierra-patria
Así pues, el progreso no está seguro sino que es una posibilidad incierta, que depende mucho de las tomas de conciencia, de las voluntades, del coraje, de la suerte… Y las tomas de conciencia se han tornado urgentes y primordiales. La posibilidad antropológica y sociológica del progreso restaura el principio de la esperanza, pero sin certeza “científica” ni promesa “histórica”.
El pensamiento socialista quería situar al hombre en el mundo. Ahora bien, la situación del hombre en el mundo se ha modificado más en los treinta últimos años que entre el siglo XVI y el comienzo del siglo XX. La tierra de los hombres ha “perdido” su antiguo universo; el Sol se ha convertido en un astro liliputiense entre millares de otros en un universo en expansión; la Tierra está perdida en el cosmos; es un pequeño planeta de vida tibia en un espacio helado donde los astros se consumen con una violencia inusitada y donde los agujeros negros se autodevoran. Solamente en este pequeño planeta existen, hasta donde sabemos, la vida y el pensamiento consciente. Es el jardín común a la vida y a la humanidad. Es la Casa común de todos los humanos. Se trata de reconocer nuestro vínculo consustancial con la biosfera y de habilitar la naturaleza. Se trata de abandonar el sueño prometeico del dominio del universo por la aspiración a la convivialidad sobre la tierra.
Esto parece posible porque estamos en la era planetaria donde todas las partes se han vuelto interdependientes las unas de las otras. Pero han sido la dominación, la guerra y la destrucción los artesanos principales de la era planetaria. Estamos todavía en la edad de hierro planetaria. Sin embargo, desde el siglo XIX el socialismo ha vinculado la lucha contra las barbaries de dominación y de explotación a la ambición de hacer de la tierra la gran patria humana.
Pero el nuevo pensamiento planetario, que prolonga el internacionalismo, debe romper con dos aspectos capitales de éste: el universalismo abstracto: “los proletarios no tienen patria”; y el revolucionarismo abstracto: “hagamos tabla rasa del pasado”.
Es necesario comprender a qué necesidades formidables e irreductibles corresponde la idea de nación. Necesitamos, no oponer más lo universal a las patrias, sino vincular concéntricamente nuestras patrias familiares, regionales, nacionales y europeas, e integrarlas en el universo concreto de la patria terrenal. No hay que oponer más un futuro radiante a un pasado de servidumbre y de supersticiones. Todas las culturas tienen sus virtudes, sus experiencias, su sabiduría, al mismo tiempo que sus carencias y sus ignorancias. Sólo hallando recursos en su pasado, un grupo humano encuentra energía para afrontar su presente y prepararse para el futuro. La búsqueda de un porvenir mejor debe ser complementaria y no más antagónica de los recursos que se encuentran en el pasado. Apelar a los recursos del pasado cultural es para cada uno una necesidad identitaria profunda, pero esta identidad ya no es incompatible con la identidad propiamente humana en la cual debemos igualmente buscar recursos. La patria terrestre no es abstracta, porque de ella ha surgido la humanidad.
Lo propio de lo humano es la unitas multiplex: es la unidad genética, cerebral, intelectual, afectiva, del Homo sapiens demens que expresa sus virtualidades innumerables a través de la diversidad de culturas. La diversidad humana es el tesoro de la unidad humana, la cual es el tesoro de la diversidad humana.
De la misma manera que es necesario establecer una comunicación viva y permanente entre pasado, presente y futuro, es necesario establecer una comunicación viva y permanente entre las singularidades culturales, étnicas y nacionales, con el universo concreto de la tierra patria de todos. Entonces se nos impone un imperativo: civilizar la tierra, solidarizar, confederar la humanidad, respetando las culturas y las patrias.
Pero aquí se yerguen formidables desafíos y amenazas inconcebibles al siglo XIX. Entonces el mundo estaba librado a barbaries antiguas desencadenadas por la historia humana: guerras, odios, crueldades, desprecios, fanatismos religiosos y nacionales. La ciencia, la técnica, la industria, parecían llevar en su propio desarrollo la eliminación de las viejas barbaries y el triunfo de la civilización.
De ahí la fe asegurada en el progreso de la humanidad, a pesar de algunos accidentes en el camino.
Hoy día, se ve cada vez con más claridad que los desarrollos de la ciencia, de la técnica, y de la industria son ambivalentes, sin que se pueda anticipar si triunfará lo peor o lo mejor de ellas. Las explicaciones prodigiosas que ha traído consigo el conocimiento científico han estado acompañadas por las regresiones cognitivas de la especialización que impiden percibir lo contextual y lo global. Los poderes surgidos de la ciencia no solamente son benefactores, sino también destructores y manipuladores. El desarrollo tecno-económico, deseado por y para el conjunto del mundo, ha revelado casi en todas partes sus insuficiencias y sus carencias.
Y he aquí los formidables desafíos que se plantean en cada sociedad y a la humanidad toda:
La insuficiencia del desarrollo tecno-económico
La marcha acelerada e incontrolada de la tecno-ciencia
Los desarrollos hipertrofiados de la tecno-burocracia
Los desarrollos hipertrofiados de la mercantilización y de la monetarización de todas las cosas.
Los problemas cada vez más graves planteados por la urbanización del mundo.
A lo que hay que añadir:
Los desarreglos económicos y demográficos
Las regresiones y los estancamientos democráticos
Los peligros conjuntos de una homogeneización civilizatoria que destruye las diversidades culturales y una balcanización de las etnias que hace imposible una civilización humana común. Aquí se plantea el problema de la civilización.
La política de civilización
Reasumiendo y desarrollando el proyecto de la Revolución Francesa, concentrado en la divisa ternaria Libertad, Igualdad y Fraternidad, el socialismo proponía una política de civilización dedicada a suprimir la barbarie de las relaciones humanas: la explotación del hombre por el hombre, el poder arbitrario, el egocentrismo, el etnocentrismo, la crueldad, la incomprensión. Se volcaba hacia una empresa de solidarización de la sociedad, empresa que tuvo ciertos éxitos por la vía del Estado (el Welfare State), pero que no pudo evitar la des-solidarización generalizada de las relaciones entre individuos y grupos en la civilización urbana moderna.
El socialismo estaba destinado a democratizar todo el tejido de la vida social; su versión “soviética” suprimió toda democracia y su versión social-demócrata no pudo impedir las regresiones democráticas que por diversas razones la carcomen desde el interior de nuestras civilizaciones.
Pero sobre todo se plantea un problema de fondo por y para lo que debiera aportar un progreso generalizado y continuo de la civilización. Más allá del malestar en el cual, según Freud, toda civilización desarrolla en sí los fermentos de su propia destrucción, un nuevo malestar de la civilización la ha socavado. Viene de la conjunción de los desarrollos urbanos, técnicos, burocráticos, industriales, capitalistas e individualistas de nuestra civilización.
El desarrollo urbano no solamente ha dado como resultado florecimientos individuales, libertades y ocio, sino también la atomización que sigue a la pérdida de las antiguas solidaridades y la servidumbre de las restricciones organizacionales propiamente modernas.
El desarrollo capitalista ha traído consigo la mercantilización generalizada, incluso en los sitios donde imperaba el don, el servicio gratuito y los bienes comunes no monetarios, destruyendo así numerosos tejidos de convivialidad.
La técnica ha impuesto, en los sectores cada vez más extendidos de la vida humana, la lógica de la máquina artificial que es mecánica, determinista, especializada y cronometrada. El desarrollo industrial aporta no solamente la elevación de los niveles de vida, sino también el descenso en las calidades de vida, y la contaminación que produce ha comenzado a amenazar la biosfera.
Este desarrollo que parecía providencial a finales del siglo pasado, comporta desde entonces dos amenazas para las sociedades y los seres humanos: una exterior viene de la degradación ecológica del medio de la vida; la otra, interior, viene de la degradación de la calidad de vida. El desarrollo de la lógica de la máquina industrial en las empresas, las oficinas, y el ocio, tiende a expandir lo estándar y lo anónimo, y a partir de ahí a destruir las convivialidades.
El florecimiento de las nuevas técnicas, especialmente las informáticas produce perturbaciones económicas y desempleo, cuando podría tornarse liberador si se acompañara la mutación técnica de una mutación social.
En este contexto, la crisis del progreso y las incertidumbres del mañana o bien se reducen a vivir “al día” o bien transforman los recursos a los cuales se podría echar mano en fundamentalismos o nacionalismos cerrados.
De ahí los gigantescos problemas de la civilización que necesitarían la movilización para humanizar la burocracia, humanizar la técnica, defender y desarrollar las convivialidades, y desarrollar las solidaridades.
Todos estos desafíos, el desafío antropológico, el desafío planetario, el desafío civilizatorio, se vinculan en el gran desafío que enfrentó a finales de siglo, en todo el mundo, la alianza de las dos barbaries: la barbarie antigua venida desde el fondo de los tiempos, más virulenta que nunca, y la nueva barbarie gélida, anónima, mecanizada, cuantificante.
Hoy día, la toma de conciencia de la comunidad sobre el destino terrestre y nuestra identidad terrestre se une a la toma de conciencia sobre los problemas globales y fundamentales que se plantean a toda la humanidad.
Hoy día, estamos en la era damocleciana de las amenazas mortales, con posibilidades de destrucción y autodestrucción, incluida la psíquica, que, después del corto respìro de los años 89-90, se han agravado de una nueva manera.
El planeta está sumido en el desamparo: la crisis del progreso afecta a la humanidad entera, trae consigo rupturas por todas partes, hace crujir las articulaciones, determina los repliegues particularistas; las guerras se vuelven a encender; el mundo pierde la visión global y el sentido del interés general.
Civilizar la tierra, transformar a la especie humana en humanidad, se convierte en un objetivo fundamental y global de toda política que aspira no sólo al progreso, sino a la supervivencia de la humanidad.
Es irrisorio que los socialistas, atacados de miopía, busquen “aggiornarse”, modernizarse, social-democratizarse, cuando el mundo, Europa, Francia confrontan los problemas gigantescos del final de los Tiempos modernos.
La recuperación de la esperanza
Se trata de repensar, reformular en términos adecuados el desarrollo humano (y aquí de nuevo, respetando e integrando el aporte de las culturas distintas a la occidental).
Tenemos que tomar conciencia de la aventura loca que nos arrastra hacia la desintegración, y debemos buscar controlar el proceso a fin de provocar una mutación vitalmente necesaria.
Estamos en un combate formidable entre la solidaridad y la barbarie. Estamos en una historia inestable e incierta donde nada se ha jugado todavía.
Salvar al planeta amenazado por nuestro desarrollo económico. Regular y controlar el desarrollo técnico. Asegurar un desarrollo humano. Civilizar la Tierra. He aquí la prolongación y transformación de la ambición socialista original. He aquí las perspectivas grandiosas apropiadas para movilizar las energías.
De nuevo y en términos dramáticos se plantea la pregunta: ¿qué podemos esperar? Los grandes procesos conducen a la regresión o a la destrucción. Pero éstas no son sino probables. La esperanza está en lo improbable, como siempre en los momentos dramáticos de la historia donde todos los grandes eventos positivos han sido improbables antes de su advenimiento: la victoria de Atenas sobre los Persas entre el 490 y 480 antes de nuestra era de donde nace la democracia, la supervivencia de Francia bajo Carlos VII, la caída del imperio hitleriano en 1941, la caída del imperio estaliniano en 1989.
La esperanza se funda sobre posibilidades humanas aún no explotadas y se instala en lo improbable. Ya no se trata de la esperanza apocalíptica de la lucha final. Es la esperanza valiente de la lucha inicial: ella necesita restaurar una concepción, una visión del mundo, un saber articulado, una ética. Ella debe animar no solamente un proyecto, sino una resistencia preliminar contra las fuerzas gigantescas de la barbarie que se desencadenan. Aquellos que tomarán el relevo en el desafío vendrán de diversos horizontes, poco importa bajo cuál etiqueta se reunirán. Pero serán los portadores contemporáneos de las grandes aspiraciones históricas que durante un tiempo nutrió el socialismo. Ellos serán quienes recuperen la esperanza.
Edgar Morin
por Luis Enrique Alcalá | Jul 10, 2007 | Fichas, Política |

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Edgar Morin encarna un nuevo Renacimiento, en el sentido doble de que esta época está introduciendo al pensamiento humano un nuevo conocimiento, una nueva episteme, y de que Morin es un pensador de múltiples intereses que rehúsa ser limitado a una sola disciplina. De hecho, su obra se caracteriza, en gran medida, por la transdisciplinaridad. La categoría clave en el pensamiento y la obra de Morin es, justamente, la complejidad.
La Ficha Semanal #152 de doctorpolítico, y la que la seguirá la semana que viene, reproducen, fragmentado en dos partes, un largo artículo de Morin publicado en Le Monde en 1993, bajo el título El pensamiento socialista en ruinas: ¿Qué podemos esperar? En él el científico francés—clasificado incómoda e inexactamente como sociólogo—entierra las posibilidades actuales y futuras del marxismo, al mostrar cómo cada una de las premisas de este sistema ideológico ha sido desmentida por la historia y el conocimiento nuevo.
Este aporte es particularmente valioso porque Morin fue socialista primero y comunista luego, y su crítica no es producto de un «aburguesamiento», sino de una ética de apego al rigor intelectual. Escrito hace catorce años, debiera ser lectura obligada para nuestro gobierno actual, empeñado en un obsoleto “socialismo” al que espera alargar la vigencia rotulándolo como “del siglo XXI”, propuesto como sustituto de un pasado al que niega todo mérito y todo logro. En la parte que será publicada la próxima semana, Morin denuncia esta tontería: “…el nuevo pensamiento planetario… debe romper con… el revolucionarismo abstracto: ‘hagamos tabla rasa del pasado’… No hay que oponer más un futuro radiante a un pasado de servidumbre y de supersticiones. Todas las culturas tienen sus virtudes, sus experiencias, su sabiduría, al mismo tiempo que sus carencias y sus ignorancias. Sólo hallando recursos en su pasado, un grupo humano encuentra energía para afrontar su presente y prepararse para el futuro. La búsqueda de un porvenir mejor debe ser complementaria y no más antagónica de los recursos que se encuentran en el pasado. Apelar a los recursos del pasado cultural es para cada uno una necesidad identitaria profunda, pero esta identidad ya no es incompatible con la identidad propiamente humana en la cual debemos igualmente buscar recursos. La patria terrestre no es abstracta, porque de ella ha surgido la humanidad”.
Una advertencia sobre una frase que, escrita con rapidez escueta, pudiera generar una inexacta comprensión de lo que verdaderamente quiere decir. Pone Morin en el texto que sigue abajo: “Hoy día sabemos que las ciencias aportan las certezas locales pero que las teorías son científicas en la medida en que son refutables, es decir, no ciertas”. Acá alude Morin al “criterio de demarcación” adelantado por Karl Popper—La lógica de la investigación científica, 1934—útil para distinguir un discurso científico de los que no lo son. Lo que Popper propone es que no puede considerarse científica una teoría si no viene formulada de manera tal que algún o algunos experimentos pudieran echarla por tierra en el caso de que sus resultados fueran contrarios a lo predicho por la teoría. Por ejemplo, la Teoría General de la Relatividad predice que la luz proveniente de las estrellas será desviada por la masa de nuestro Sol en una cantidad específica. Las mediciones hechas a partir de 1919 confirmaron el fenómeno y midieron la magnitud predicha; si no hubiera sido así la teoría de Einstein habría sido refutada, y el que esto fuese posible es lo que la hace científica. No debe entenderse la oración de Morin como que si quisiera decir que las teorías son científicas cuando son falsas. Lo son cuando, en principio, pueden ser “falseadas” o refutadas por un experimento.
LEA
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Las ruinas del socialismo
El sentido de la palabra socialismo se degradó completamente con el triunfo del socialismo totalitario, y se desacreditó por completo después de su caída. El sentido de la palabra socialismo se marchitó completamente en la social-democracia, la cual llegó sin aliento dondequiera que ha gobernado. Puede uno preguntarse si el uso de la palabra es todavía recomendable. No obstante, lo que permanece y permanecerá son las aspiraciones expresadas con ese término: aspiraciones a la vez libertarias y “fraternitarias”, aspiraciones a la plenitud humana y a una sociedad mejor.
Hinchado por la savia de estas aspiraciones, en el curso de los siglos diecinueve y veinte el socialismo trajo consigo una inmensa esperanza. Es esta esperanza, muerta hoy, lo que no puede resucitar idénticamente igual. ¿Es posible generar una nueva esperanza? Hay que volver sobre tres preguntas que planteaba Kant hace ya dos siglos: “¿Qué puedo saber? ¿Qué debo hacer? ¿Qué me está permitido esperar?” Los socialistas del siglo diecinueve comprendieron bien la solidaridad entre estas tres preguntas. No respondieron a la tercera sino después de haber interrogado a los saberes de su tiempo, no solamente sobre la economía y la sociedad, sino también sobre el hombre y el mundo, y la empresa de investigación más completa y sintética fue la operada por Karl Marx con la ayuda de Friedrich Engels. Sobre estas bases cognitivas, Marx elaboró un pensamiento que dio sentido, certeza, y esperanza a los mensajes socialistas y comunistas.
El problema hoy en día ya no consiste en saber si la “doctrina” marxista está muerta o no, sino en reconocer que los fundamentos cognitivos del pensamiento socialista son inadecuados para comprender el mundo, el hombre y la sociedad. Para Marx, la ciencia aportaba la certeza. Hoy día sabemos que las ciencias aportan las certezas locales pero que las teorías son científicas en la medida en que son refutables, es decir, no ciertas. Y, en cuanto a las preguntas fundamentales, el conocimiento científico desemboca en incertidumbres insondables. Para Marx la certeza científica eliminaba la interrogación filosófica. Hoy día, vemos que todos los avances de la ciencia reviven las preguntas filosóficas fundamentales. Marx creía que la materia era la realidad primera del universo. Hoy día la materia aparece como uno de los aspectos de una realidad física polimorfa, que se manifiesta como energía, materia, organización.
Para Marx, el mundo era determinista y él creyó haber desentrañado leyes del devenir. Hoy día sabemos que los mundos físico, biológico, humano, evolucionan, cada uno a su manera, según dialécticas de orden, desorden, organización, comportando aleas y bifurcaciones, todas amenazadas de destrucción en algún momento. Las ideas de autonomía y de libertad eran inconcebibles en ésta concepción determinista. Hoy día, podemos concebir de manera científica la auto-organización y la auto-producción, y podemos comprender que el individuo, al igual que la sociedad humana, son máquinas no triviales, capaces de actos inesperados y creativos.
Letanías y pragmatismo
La concepción marxiana del hombre era unidimensional y pobre: ni el imaginario ni el mito formaban parte de la realidad humana profunda: el ser humano era un Homo faber, sin interioridad, sin complejidades, un productor prometeico destinado a derrocar a los dioses y dominar el universo. Mientras que, como lo habían visto Montaigne, Pascal, Shakespeare, el homo es sapiens demens, ser complejo, múltiple, portador de un cosmos de sueños y de fantasmas.
La concepción marxiana de la sociedad privilegiaba las fuerzas de producción materiales; la clave del saber acerca de la sociedad era la apropiación de las fuerzas productivas; las ideas y las ideologías, entre ellas la idea de Nación, no eran sino superestructuras simples e ilusorias; el Estado no era más que un instrumento en manos de la clase dominante; la realidad social residía en el poder de las clases y la lucha de clases; la palabra capitalismo bastaba para rendir cuenta de nuestras sociedades de hecho multidimensionales. Ahora bien, hoy día, ¿cómo no ver que hay un problema específico en el poder del Estado, una realidad socio-mitológica formidable en la nación, una realidad propia en las ideas? ¿Cómo no ver los caracteres complejos y multidimensionales de la realidad antropo-social?
Marx creía en la racionalidad profunda de la historia; creía en el progreso científicamente asegurado, estaba seguro de la misión histórica del proletariado para crear una sociedad sin clases y un mundo fraternal. Hoy día, sabemos que la historia no progresa de manera frontal sino por desviaciones que se fortalecen hasta convertirse en tendencias. Sabemos que el progreso no está asegurado y que todo progreso alcanzado es frágil. Sabemos que la creencia en la misión histórica del proletariado no es científica sino mesiánica: es la transposición a nuestras vidas terrestres de la salvación judeo-cristiana prometida en el cielo después de la muerte. Esta ilusión sin duda ha sido la más trágica y la más devastadora de todas.
Muchas ideas de Marx son y seguirán siendo fecundas. Pero los fundamentos de sus ideas se han desintegrado. Los fundamentos, por lo tanto, de la esperanza socialista están desintegrados. En su lugar, no quedan más que algunas letanías y un pragmatismo del día a día. A una teoría articulada y coherente le ha seguido una ensalada rusa de ideas recibidas sobre la modernidad, la economía, la sociedad, la gestión. Los dirigentes se rodean de expertos, egresados de instituciones de élite, tecnócratas, econócratas. Se confían al saber parcelado de expertos que les luce garantizado (científicamente, universitariamente). Se han vuelto ciegos ante los formidables desafíos de la civilización, a todos los grandes problemas. La consulta permanente de los sondeos tomó el lugar de la brújula.
El gran proyecto desapareció
La conversión del socialismo en gestión eficiente no pudo ser más que una reducción al gestionarismo: éste, dedicándose al día a día, socavó también los fundamentos de la esperanza, tanto más por cuanto la gestión no puede resolver los problemas más apremiantes.
La modernización insuficiente
El debate arcaísmo/modernismo está falseado por el doble sentido de cada uno de éstos términos. Si arcaísmo significa repetición titánica de fórmulas vacías acerca de la superioridad del socialismo, las virtudes de la unión de la izquierda y el llamado a las “fuerzas progresistas”, entonces hay que acabar con este arcaísmo. Si significa buscar los recursos en las aspiraciones a un mundo mejor, entonces es necesario examinar si y cómo puede responderse a éstas aspiraciones. Si modernismo significa adaptarse al presente, entonces es radicalmente insuficiente porque se trata de adaptarse al presente para tratar de adaptarlo a nuestras necesidades. Si significa afrontar los desafíos del tiempo presente, entonces es necesario ser absolutamente moderno. De todas maneras, no se trata solamente de adaptarse al presente. Se trata, al mismo tiempo, de prepararse para el porvenir. En fin, señalemos que lo moderno, en el sentido que significa creencia en el progreso garantizado y en la infalibilidad de la técnica ya está superado.
Es cierto sin embargo que es necesario abandonar toda Ley de la historia, toda creencia providencial en el Progreso, y extirpar la funesta fe en la salvación terrestre. Es necesario saber que si bien obedece a diversos determinismos (que por otra parte entrechocan con frecuencia y provocan el caos), la historia es aleatoria y conoce bifurcaciones inesperadas. Es necesario saber que la acción de gobernar es una acción de timonear, en la cual el arte de dirigir es un arte de dirigirse en condiciones inciertas que pueden volverse dramáticas. El principio primero de la ecología de la acción nos dice que todo acto escapa a las intenciones del actor por entrar en el juego de las interretroacciones del medio, y puede desencadenar lo opuesto al efecto deseado.
Necesitamos un pensamiento apto para aprehender la multidimensionalidad de las realidades, para reconocer el juego de las interacciones y las retroacciones, para enfrentar las complejidades más que para ceder ante los maniqueísmos ideológicos y ante las mutilaciones tecnocráticas (que no reconocen que las realidades arbitrariamente compartimentalizadas son ciegas a todo lo que no es cuantificable, e ignoran las complejidades humanas).
Es necesario abandonar la falsa racionalidad. Las necesidades humanas no son solamente económicas y técnicas, sino también afectivas y mitológicas.
Del hombre prometeico al hombre promisorio
La perspectiva original del socialismo era antropológica (se refería al hombre y su destino), mundial (internacionalista), y civilizatoria (fraternizar al cuerpo social, suprimir la barbarie y la explotación del hombre por el hombre). Podemos y debemos apoyarnos en este proyecto, modificando sus términos.
El hombre de Marx debía encontrar su salvación “desalienándose”, es decir liberándose de todo aquello que era extranjero a él mismo, y dominando la naturaleza. La idea de un hombre “desalienado” es irracional: autonomía y dependencia son inseparables porque dependemos de todo cuanto nos nutre y desarrolla; somos poseídos por lo que poseemos: la vida, el sexo, la cultura. Las ideas de liberación absoluta, de conquista de la naturaleza, de salvación en la tierra, son reveladoras de un delirio abstracto.
Además, la experiencia histórica de nuestro siglo mostró que no basta con derrocar a una clase dominante ni operar la apropiación colectiva de los medios de producción para arrancar al ser humano de la dominación y la explotación. Las estructuras de la dominación y de la explotación tienen raíces a la vez profundas y complejas, y es sólo atacando las diversas facetas del problema como podríamos esperar que hubiera algún progreso.
¿Es posible vislumbrar, en esta perspectiva, una política que tenga como propósito proseguir y desarrollar el proceso de la hominización en el sentido del mejoramiento de las relaciones entre los humanos y del mejoramiento de las sociedades humanas?
Sabemos hoy día que las posibilidades cerebrales del ser humano están todavía en buena medida sin explotar. Estamos aún en la prehistoria del espíritu humano. Como las posibilidades sociales guardan relación con las posibilidades cerebrales, nadie puede asegurar que nuestras sociedades hayan agotado sus posibilidades de mejoramiento y de transformación y que hayamos llegados al fin de la Historia… Hay que añadir que los desarrollos técnicos han encogido la Tierra, permitiendo que todos los puntos del globo estén en comunicación inmediata, proporcionen los medios de alimentar a todo el planeta y aseguren a todos sus habitantes un mínimo de bienestar.
Pero las posibilidades cerebrales del ser humano son fantásticas, no solamente para lo mejor, sino también para lo peor; si el Homo sapiens demens tenía desde sus orígenes el cerebro de Mozart, de Beethoven, Pascal, Pushkin, también tenía el de Stalin y el de Hitler… Si tenemos la posibilidad de desarrollar el planeta, también tenemos la posibilidad de destruirlo.
Edgar Morin
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por Luis Enrique Alcalá | Jul 3, 2007 | Fichas, Política |

LEA, por favor
El fragmento del discurso de Nicolás Sarkozy—Discurso de Bercy—publicado en la Carta Semanal de la semana pasada (#243, 28 de junio), suscitó marcado interés, y curiosidad por conocer el texto completo. En esta ocasión se reproduce, en esta Ficha Semanal #151 de doctorpolítico, su sección central, de la que el fragmento anterior fuese tomado. Por otra parte, se anexa al final de este envío el texto íntegro en francés, en un archivo .pdf en el que lo correspondiente a lo traducido ha sido resaltado en cursivas.
Como se verá de esta ficha, el actual Presidente de Francia tuvo por mucho tiempo un importante resentimiento con el proceso que el mundo conoció como “el Mayo Francés”, una explosión de direcciones revolucionarias—algo de marxismo, bastante de anarquismo y mucho de sexualidad—que en 1968 sacudió al gobierno del general de Gaulle, a Francia entera y a buena parte de Occidente. Poco tiempo después el fuego se había extendido hasta varias universidades norteamericanas, donde el asunto de la rebeldía añadió un muy concreto repudio a la Guerra de Vietnam. En Francia, la onda expansiva incluyó un paro general de las dos terceras partes de la fuerza de trabajo, y de Gaulle se vio forzado a disolver la Asamblea Nacional y convocar a elecciones parlamentarias anticipadas. El movimiento, sin embargo, se disolvió tan repentinamente como había comenzado, y en las elecciones subsiguientes el gobierno quedó más fortalecido que nunca.
Sarkozy tenía trece años de edad en mayo de 1968 (nació el 28 de enero de 1955), y por tanto no pudo tener mucha participación en los acontecimientos. No obstante, una niñez dura—su padre se separó de su madre, y a pesar de su prosperidad se negó a proveer a la prole de tres hermanos—le hizo madurar rápidamente, y su abuelo, que fue la influencia principal en sus primeros años, era un decidido partidario del general de Gaulle. Al término de su baccalauréat en 1973, Sarkozy se inscribió en la Universidad París X – Nanterre, justamente donde se había encendido la mecha revolucionaria hacía sólo cinco años antes. De una vez adhirió al movimiento estudiantil de derecha en la universidad.
En el texto reproducido acá, Sarkozy evoca uno de los lemas gritados y pintados en París en 1968: “CRS = SS”. Todos sabemos que fueron las SS; las siglas CRS designan a las Compagnies Républicaines de Sécurité, las brigadas especiales francesas para el control de tumultos. También emplea el término okupa, que denota lo que en Venezuela llamamos invasores; esto es, grupos de personas que ocupan a la fuerza propiedades ajenas.
Es evidente que Sarkozy es partidario del orden, de la vida social normada. Pero si se lee con atención su discurso del 29 de abril, uno descubre que no es, ni con mucho y a pesar de su derechismo, un troglodita, sino un político de orientación moderna y sensitiva, tal vez el mandatario de hoy al que pueda más fácilmente adjudicarse, sin duda alguna y en propiedad, por fin al siglo XXI.
LEA
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Discurso de Bercy
El pensamiento único, que es el pensamiento de quienes lo saben todo, de quienes se creen no sólo intelectualmente sino también moralmente por encima de los demás, ese pensamiento único había denegado a la política la capacidad para expresar una voluntad. Había condenado la política. Había profetizado su caída imparable frente a los mercados, las multinacionales, los sindicatos, Internet. Se sostenía que en el mundo tal cual es hoy, con sus informaciones que se difunde instantáneamente, sus capitales que se desplazan cada vez más rápido y sus fronteras ampliamente abiertas, la política ya no jugaría más que un papel anecdótico y que ya no podría expresar una voluntad, porque el poder pronto estaría compartido, diluido, disperso en red; porque las fronteras estarían totalmente abiertas y los hombres, los capitales y las mercancías circularían sin obedecer a nadie.
Pero la política retorna. Retorna por todas partes en el mundo. La caída del Muro de Berlín pareció anunciar el fin de la Historia y la disolución de la política en el mercado. Dieciocho años después, todo el mundo sabe que la Historia no ha terminado, que siempre es trágica y que la política no puede desaparecer porque los hombres de hoy sienten una necesidad de política, un deseo de política como rara vez se había visto desde el fin de la segunda guerra mundial.
La necesidad de política tiene por corolario la necesidad de nación. La nación también había sido condenada. Pero aquí está de nuevo, para responder a la necesidad de identidad frente a la mundialización, vivida como una empresa de uniformización y mercantilización del mundo en la que ya no quedaría lugar para la cultura y para los valores del espíritu. Quizá la inquietud es excesiva, pero es bien real y expresa una necesidad de identidad muy fuerte. Por todas partes la he encontrado en esta campaña; en todas partes me han hablado de ella gentes de toda condición. Pero la nación no es sólo la identidad. Es también la capacidad de estar juntos para protegerse y para actuar. Es el sentimiento de que no se está solo para afrontar un futuro angustioso y un mundo amenazante. Es el sentimiento de que, juntos, se es más fuerte, y podremos hacer frente a lo que, solos, no podríamos afrontar.
Yo he querido volver a poner la voluntad política y Francia en el corazón del debate político. La voluntad política y la nación están siempre para lo mejor y para lo peor. El pueblo que se moviliza, que se convierte en una fuerza colectiva, es una potencia temible que puede actuar tanto para lo mejor como para lo peor. Hagamos las cosas de manera que sea para lo mejor. Conjuraremos lo peor respetando a los franceses, manteniendo nuestros compromisos, respetando la palabra dada. Conjuraremos lo peor haciendo que la moral retorne a la política.
No me da miedo la palabra «moral». Desde mayo de 1968 no se podía hablar de moral. Era una palabra que había desaparecido del vocabulario político. Hoy, por primera vez en decenios, la moral ha estado en el corazón de la campaña presidencial. Mayo del 68 nos había impuesto el relativismo intelectual y moral. Los herederos del 68 habían impuesto la idea de que todo vale, de que no hay ninguna diferencia entre el bien y el mal, entre lo verdadero y lo falso, entre lo bello y lo feo. Habían querido hacernos creer que el alumno vale tanto como el maestro, que no hay que poner notas para no traumatizar a los malos alumnos, que no había diferencias de valor y de mérito. Habían querido hacernos creer que la víctima cuenta menos que el delincuente, y que no puede existir ninguna jerarquía de valores. Habían proclamado que todo está permitido, que la autoridad había terminado, que las buenas maneras habían terminado, que el respeto había terminado, que ya no había nada que fuera grande, nada que fuera sagrado, nada admirable, y tampoco ya ninguna regla, ninguna norma, nada que estuviera prohibido.
Recordad el eslogan de mayo del 68 en las paredes de la Sorbona: «Vivir sin obligaciones y gozar sin trabas». Así, la herencia de mayo del 68 ha liquidado a la escuela de Jules Ferry en la izquierda francesa, que era una escuela de la excelencia, del mérito, del respeto, del civismo; una escuela que quería ayudar a los niños a convertirse en adultos y no a seguir siendo niños grandes, una escuela que quería instruir y no infantilizar, porque había sido construida por grandes republicanos que tenían la convicción de que el ignorante no es libre. Pero la herencia de mayo del 68 ha liquidado esa escuela que transmitía una cultura común y una moral compartida, cultura y moral gracias a las que todos los franceses podían hablarse, comprenderse, vivir juntos. La herencia de mayo del 68 ha introducido el cinismo en la sociedad y en la política. Han sido precisamente los valores de mayo del 68 los que han promovido la deriva del capitalismo financiero, el culto del dinero-rey, del beneficio a corto plazo, de la especulación. El cuestionamiento de todas las referencias éticas y de todos los valores morales ha contribuido a debilitar la moral del capitalismo, ha preparado el terreno para el capitalismo sin escrúpulos y sin ética, para esas indemnizaciones millonarias de los grandes directivos, esos retiros blindados, esos abusos de ciertos empresarios, el triunfo del depredador sobre el emprendedor, del especulador sobre el trabajador.
Los herederos de mayo del 68 han degradado el nivel moral de la política. Todos esos políticos que reivindican la herencia de mayo del 68, dan al prójimo lecciones que jamás se aplican a sí mismos, quieren imponer a los demás comportamientos, reglas, sacrificios que jamás se imponen a sí mismos. Proclaman: «Haced lo que yo digo, no hagáis lo que yo hago». Ésa es la izquierda heredera de mayo del 68, la que está en la política, en los medios de comunicación, en la administración, en la economía. La izquierda que le ha tomado gusto al poder, a los privilegios. La izquierda que no ama a la nación porque no quiere compartir nada. Que no ama a la República porque no ama la igualdad. Que pretende defender los servicios públicos, pero que jamás veréis en un transporte colectivo. Que ama tanto la escuela pública, que a sus hijos los lleva a colegios privados. Que dice adorar la periferia, pero que se cuida muy mucho de vivir en ella. Que siempre encuentra excusas para los violentos, a condición de que se queden en esos barrios a los que ella, la izquierda, no va jamás. Esa izquierda que hace grandes discursos sobre el interés general, pero que se encierra en el clientelismo y el corporativismo. Que firma peticiones y manifiestos cuando se expulsa a algún «okupa», pero que no aceptaría que se instalara en su casa. Que dedica su tiempo a hacer moral para los demás, sin ser capaz de aplicársela a sí misma. Esa izquierda, en fin, que entre Jules Ferry y mayo del 68 ha elegido mayo del 68, es la que condena a Francia a un inmovilismo cuyas principales víctimas serán los trabajadores, los más modestos, los más pobres.
Ésa es la izquierda que desde mayo del 68 ha renunciado al mérito y al esfuerzo, que ha dejado de hablar a los trabajadores, de sentirse concernida por la suerte de los trabajadores, de amar a los trabajadores; porque el valor trabajo ya no forma parte de sus valores, porque su ideología ya no es la de Jaurès o la de Blum, que respetaban a los trabajadores, sino que ahora la ideología de la izquierda es la del reparto obligatorio del trabajo, la de las 35 horas, la del asistencialismo. La crisis del trabajo es ante todo una crisis moral, y en ella la herencia de mayo del 68 tiene una enorme responsabilidad. Yo quiero rehabilitar el trabajo, quiero devolver al trabajador el primer lugar en la sociedad.
La herencia de mayo del 68 ha debilitado la autoridad del Estado. Esos herederos de los que en mayo del 68 gritaban «CRS = SS», toman sistemáticamente partido por los violentos, los alborotadores y los estafadores contra la policía. Lo hemos visto tras los incidentes de la Estación del Norte. En lugar de condenar a los violentos y de apoyar a las fuerzas del orden y su difícil trabajo, no se les ha ocurrido nada mejor que esta frase, que merecería ser inscrita en los anales de la República: «Es inquietante constatar que se ha abierto una fosa entre la policía y la juventud». Como si los vándalos de la Estación del Norte representaran a toda la juventud francesa. Como si fuera la policía la que estaba actuando mal, y no los violentos. Como si los violentos hubieran destrozado todo y saqueado los comercios para expresar una revuelta contra una injusticia.
Como si el hecho de ser jóvenes lo excusara todo. Como si la sociedad fuera siempre culpable y el delincuente siempre inocente. Ésos son los herederos de mayo del 68, que denigran la identidad nacional, que atizan el odio a la familia, a la sociedad, al Estado, a la nación, a la República.
En estas elecciones se trata de saber si la herencia de mayo del 68 debe ser perpetuada o si puede ser liquidada de una vez por todas. Yo quiero pasar la página de mayo del 68. Pero tiene que ser más que un gesto. No hay que contentarse con poner banderas en los balcones el 14 de julio y cantar la Marsellesa en vez de la Internacional en los mítines del Partido Socialista. No se puede decir que se desea el orden y tomar sistemáticamente partido contra la policía. No es posible seguir denunciando la «provocación» y el «Estado policial» cada vez que la policía intenta hacer respetar la ley. No se puede decir que uno apuesta por el valor del trabajo y, al mismo tiempo, generalizar las 35 horas, seguir cargándolo con impuestos y estimular la mentalidad del asistido, del que cobra del Estado para no trabajar. No se puede decir que se desea obstaculizar las deslocalizaciones y al mismo tiempo rechazar cualquier experimentación del IVA social, que permite financiar la protección social con las importaciones. No es posible proclamar grandes principios y negarse a inscribirlos en la realidad. Yo propongo a los franceses romper realmente con el espíritu, con los comportamientos, con las ideas de mayo del 68, con el cinismo de mayo del 68. Propongo a los franceses devolver a la política la moral, la autoridad, el trabajo, la Nación. Les propongo reconstruir un Estado que haga realmente su trabajo y que, en consecuencia, domine las feudalidades, los corporativismos y los intereses particulares. Les propongo rehacer una República una e indivisible contra todos los comunitarismos y todos los separatismos. Les propongo reedificar una nación que de nuevo esté orgullosa de sí misma.
Al poner sistemáticamente los derechos por encima de los deberes, los herederos de mayo del 68 han debilitado la idea de ciudadanía. Al denigrar la ley, el Estado y la nación, los herederos de mayo del 68 han favorecido el crecimiento del individualismo. Han incitado a cada cual a no pensar más que en sí mismo y a no sentirse concernido por los problemas del prójimo.
Yo creo en la libertad individual, pero quiero compensar el individualismo con el civismo, con una ciudadanía hecha de derechos pero también de deberes. Quiero derechos nuevos, derechos reales y no virtuales. Quiero un derecho real a un techo, al alojamiento. Un derecho real al cuidado de los hijos, a la escolarización de niños con minusvalías, a la dependencia para los mayores. Quiero el derecho a un contrato de formación para los jóvenes de más de 18 años, y a la formación a lo largo de toda la vida. Quiero el derecho a la caución pública para aquellos que no tienen padres, para los que no tienen relaciones, para los enfermos a los que no se les quiere prestar porque se considera que representan un riesgo demasiado elevado. Quiero el derecho a un contrato de transición profesional para los que están en paro.
Pero quiero que estos derechos estén equilibrados con los deberes. La ideología de mayo del 68 habrá muerto cuando la sociedad se atreva a recordar a cada cual sus deberes, cuando en la política francesa se ose proclamar que, en la República, los deberes son la contrapartida de los derechos. Ese día al fin se habrá realizado la gran reforma moral e intelectual que Francia necesita una vez más. Entonces podremos reconstruir sobre cimientos renovados esa República fraternal que es el sueño siempre inacabado, nunca realizado de Francia desde el primer día en que tuvo conciencia de su existencia como nación. Porque Francia no es una raza, no es una etnia, ni sólo un territorio; Francia es un ideal incansablemente perseguido por un gran pueblo que, desde su primer día, cree en la fuerza de las ideas, en su capacidad para transformar el mundo y hacer la felicidad de la humanidad.
Quiero decírselo a los franceses: el pleno empleo, el crecimiento, el aumento del poder adquisitivo, la revalorización del trabajo, la moralización del capitalismo, todo eso es necesario y es posible. Pero eso no son más que medios que deben ser puestos al servicio de una cierta idea del hombre, de un ideal de sociedad donde cada cual pueda encontrar su lugar, donde la dignidad de todos y cada uno sea reconocida y respetada.
Nicolás Sarkozy
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