FS #132- Consejos de estadista

Fichero

LEA, por favor

Tal como fuera anunciado en la anterior edición de la Ficha Semanal de doctorpolítico, este número 132 reproduce el discurso pronunciado por el Dr. Rafael Caldera el 1o. de marzo de 1989, en el extinto Senado de la República. Sus palabras se escucharon en sesión ordinaria convocada cuarenta y ocho horas después de la explosión del “caracazo”.

La enorme escala de la violencia liberada sobrecogió al país entero, e impactó al mundo, acostumbrado a una plácida democracia venezolana que había dejado atrás, a fines de la década de los años sesenta, la violencia política y social. Y he aquí que un hombre, cuando todavía no había cesado de un todo el gigantesco disturbio, llamaba a sus compatriotas a la serenidad, a la reflexión y al optimismo. Les llamaba también, insistentemente, a la rectificación y el esfuerzo. Este hombre era Rafael Caldera.

Al cabo del segundo período de Carlos Andrés Pérez, el mandatario que causó la conflagración con sus desalmadas medidas, poco después de haber celebrado con boato digno de rey su asunción al poder, Rafael Caldera asumió de nuevo la Presidencia de la República, a continuación del breve y laborioso interregno presidido por Ramón J. Velásquez. Con característica mala suerte, le tocó maniobrar la nave republicana desde una extensa crisis bancaria, que de algún modo había sido anticipada por banqueros como Oscar García Mendoza y analistas como Francisco Faraco. Durante todo su período, además, debió apañarse con precios bajos del petróleo, lo que hizo más difícil la gestión económica.

Caldera fue rápido en el diagnóstico, y no dejó de apuntar que “decirle al pueblo que se apriete el cinturón mientras está viendo espectáculos de derroche, es casi una bofetada; la reacción es sumamente dura”.

La longitud del discurso, bastante mayor que la del publicado en el #131, nos llevó a pensar que podría ser fraccionado en dos entregas; al final optamos por reproducirlo aquí entero, creyendo que es más útil a los suscritores disponer de él en un solo archivo.

De este discurso observó el añorado Luis Castro Leiva: “…sorprende por su claridad y prudencia en medio de la conmoción causada por las acciones y pasiones desatadas… Veamos los efectos de no haber escuchado al Presidente Caldera a tiempo… El Gobierno olvidó la Razón, dejó de percibir la realidad, dos cosas simples indicadas por el Presidente Caldera. Tres años después Venezuela dio, como temiera el Orador en ese momento, un traspié”.

Así pasa con la potencia profética de personas imprudentemente desatendidas. El padre de un muy dilecto amigo solía decir: “Yo nunca tengo razón; yo siempre tenía razón”.

LEA

Consejos de estadista

Ciudadano Presidente del Senado

Ciudadanos Vicepresidentes

Honorables Senadores

La gravedad de la actual situación nacional, reconocida sin ambages por el Jefe del Estado en su alocución de ayer, me ha movido a solicitar en la Mesa Directiva del Senado autorización para usar esta alta tribuna que la Constitución ha puesto a disposición de los ex Presidentes de la República, para desde aquí expresar sus puntos de vista y enviar su mensaje al país en los asuntos de extraordinaria importancia que así lo requieran.

Hemos vivido, estamos viviendo todavía, aun cuando afortunadamente en algunos aspectos parece amainar la intensidad de los hechos, una situación indudablemente grave y de una trascendencia enorme para el país. No vamos a negar que hechos como éste sirven de ocasión para que algunos sectores se aprovechen de la situación, ya sea por intereses ideológico-políticos, o ya sea por finalidades que rozan con lo delictual. Pero es indudable, y lo reconoció el propio Presidente de la República, que un sentimiento que se ha venido apoderando del ánimo de nuestras clases populares hizo explosión con motivo de la primera de las medidas del “paquete” anunciado, la referente al aumento del precio del combustible y de los precios del transporte.

Nos tiene que doler intensamente lo que ha ocurrido. Aunque he tenido que vivir a lo largo de mi existencia muchos azarosos momentos que han marcado la difícil vía de Venezuela hacia la democracia, tengo en mi espíritu como la mayor satisfacción el haber podido contribuir a llevar a la realidad el anhelo de pacificación que está siempre presente en el corazón de los venezolanos. Pareciera que esa paz lograda, que ha sido uno de los atributos fundamentales de nuestra democracia actual, está amenazada por una situación realmente difícil, dura e inquieta, en que no basta el ejercicio indispensable de la autoridad gubernamental y de los recursos que el poder público pone a su disposición, sino que tiene que haber un enfoque profundo y sincero de la realidad social que estamos viviendo.

Por de pronto, nos duele que los hechos hayan producido pérdida de vidas venezolanas. Nos duele que se hayan cometido injusticias con modestos comerciantes, con pequeños industriales, con trabajadores que han padecido, como víctimas inocentes, los efectos de la situación. Nos tiene que doler que las dificultades del transporte colectivo sean mayores, con la desaparición por incendio de numerosas unidades.

Tenemos que llevar nuestro mensaje a todo el país y especialmente a los jóvenes, a las nuevas generaciones, a los sectores populares, para que abandonen una posición de violencia, pero indudablemente que nuestro mensaje caería en el vacío, si no hiciéramos el esfuerzo de de hacernos intérpretes de sus inquietudes y de sus motivaciones. No las motivaciones de los que quieren aprovechar pescando en río revuelto, sino las motivaciones de la gente que irreflexivamente, pero desbordando lo que tiene dentro de sí, ha llegado a realizar actos de violencia y saqueos que posiblemente no habían pasado por su imaginación.

Tenemos que darnos cuenta de que esta situación es grave. Por de pronto, el Gobierno Nacional tiene la obligación de recuperar la normalidad de la vida ciudadana, lo cual no solamente implica la protección de los almacenes, de los depósitos, de las farmacias, de los medios de comunicación, sino que supone de inmediato un esfuerzo muy grande, en el cual tenemos que ayudarlo todos, para restablecer el abastecimiento, que está en serio y grave peligro, en los artículos más esenciales para la vida de toda la población; y con ello remediar la necesidad que todos los habitantes de esta gran metrópoli, de las principales ciudades del país, tienen de vivir como seres humanos en una vida normal.

Creo que a los partidos políticos corresponden en estos momentos una responsabilidad y una obligación muy alta y también un papel sumamente importante: el de llegarle al pueblo para encauzar sus sentimientos hacia la actitud cívica, hacia la protesta ordenada, hacia la presencia dentro de los moldes de una Constitución y de unas leyes. Para esto es necesario que sientan la angustia de una hora difícil que está experimentando Venezuela. Es necesario para esto que el pueblo invitado a militar en sus organizaciones políticas, para expresar sus inquietudes, sus dolores, sus anhelos, sus sufrimientos, sus necesidades, tenga también la idea de que las autoridades no son indiferentes ante sus reclamos; de que sus planteamientos se atienden y se oyen. Y temo mucho que actitudes dogmáticas, fáciles de adoptar en la teoría, pero difíciles de llevar a cabo en la realidad, mellen en el ánimo del pueblo para que deje la violencia y se encauce hacia la resistencia, hacia la protesta, hacia la presencia cívica, lo que no podría obtenerse si no se le transmitiera la sensación cabal de que su actitud, sus posiciones encuentran oídos, tienen acogida, logran eco en la conducta de las autoridades.

En estos días se ha hablado mucho de lo económico y de lo social. Y hay una tesis de algunos técnicos de que primero es la economía y después lo social. Yo creo que la economía y lo social son inseparables. Y que es un error grave pretender dejar para más tarde que la gente coma, que la gente viva mejor, que la gente tenga mejores condiciones de existencia, para hacer una especie de ensayo, sobre el que algunos dicen: si no resulta, nos vamos todos. Cosa incierta. Porque no nos vamos a ir. Se irán los que puedan encontrar mayores facilidades de vida en otra parte. Se irán buenos inmigrantes que encontrarán que en Venezuela se acaba esa acogedora hospitalidad que los hizo hacer de este país su nueva patria. Se irán algunos cerebros que necesitamos para el desarrollo y a los que se les ofrecen en los medios científicos y financieros de países desarrollados, cláusulas, condiciones sumamente atractivas. Pero nosotros no. Los venezolanos de verdad, los que amamos a fondo esta patria, no nos vamos a ir.

Vamos a enfrentar la situación. Pero enfrentar esta situación requiere el esfuerzo de todos. En los últimos días se ha estado presentando como ejemplo que nuestro Gobierno debe seguir, el de la política adoptada por el Partido Socialista Obrero Español en el gobierno actual del Estado español. Han ignorado que España tiene unos indicadores económicos muy impresionantes, pero está en condiciones distintas, porque ha ingresado a la Comunidad Europea y esto plantea una situación completamente distinta. A pesar de ello, hace unas semanas una huelga general fue tan determinante que el propio Presidente del Gobierno, señor Felipe González, reconoció que había sido un gran éxito de la oposición. Esa huelga general la promovieron no sólo las Comisiones Obreras movidas por el Partido Comunista, sino la Unión General de Trabajadores que siempre ha sido la base fundamental del electorado del partido que está en el Gobierno. Y eso que en España hay una seguridad social bastante buena, excelente en comparación con la seguridad social en nuestro país, aunque los promotores de la huelga y la masa trabajadora consideran que necesita modificaciones y reajustes de acuerdo con las circunstancias que ha creado el aumento del costo de vida en aquel país.

Pienso que los técnicos, realmente, tienen buena intención y tienen conocimientos. Pero si olvidan el análisis de la realidad social, están equivocados. No soy yo quien vaya a negar la buena intención y el coraje del Presidente Carlos Andrés Pérez para lanzarse por este camino que los técnicos le han aconsejado. Pero quisiera decir que el partido Acción Democrática, que tiene el componente político del actual gobierno, está obligado a analizar los hechos, sus repercusiones, la situación de un país que tiene un margen elevado de gente que no gana ni siquiera hasta el nivel de pobreza crítica que en cualquier país civilizado daría lugar a la seguridad social. Esta realidad está planteada. Considero que tenemos la obligación de hacerle frente.

Al Fondo Monetario Internacional no lo he calificado nunca como una banda de facinerosos ni he usado frente a sus componentes calificativos que involucren ofensa. Pero es un organismo monetarista, que tiene una visión parcial de la situación, y que impone recetas que en definitiva no contemplan la amplitud del problema; que han demostrado lo impropio de su resultado en más de un país y precisamente en este Continente latinoamericano.

El problema del precio del combustible es un problema hasta cierto punto artificial, y sorprende que se haya empezado la aplicación del “paquete de medidas” anunciadas precisamente por el punto más crítico, por la situación más explosiva en todos los países del mundo, porque el transporte colectivo para el trabajador significa un gravamen considerable sobre su presupuesto y hasta un obstáculo para llegar a su trabajo de donde deriva su sustento. Esta aplicación de las medidas, multiplicada seguramente en parte por la usura y en parte por la realidad de que el costo de los vehículos y de los repuestos aumenta considerablemente con el anuncio de las medidas cambiarias, está agravada aun por el anuncio de que dentro de un año se va a duplicar. Es decir, que si se logra que en este año las cosas más o menos se normalicen y la gente más o menos acepte el costo social de las medidas, ya se está preparando para el próximo año una nueva provocación, una nueva situación en la cual sería muy difícil que no se produjeran hechos de tanta entidad como los que han ocurrido.

Los promotores o, por lo menos, los defensores del “Paquete de medidas del Ejecutivo”, el argumento principal que nos dan es que de no hacerse esto la situación sería después más grave. No le dicen que esto es bueno ni que es conveniente, le dicen a uno simplemente que esto no hay más remedio que hacerlo. Y yo me pregunto si esta argumentación es realmente exacta. Porque en el fondo, según lo dijo el propio Presidente ayer, esto que él no quiere reconocer como una capitulación ante el Fondo Monetario Internacional, es la condición para recibir un “dinero fresco” que el Fondo y otros organismos y la propia banca acreedora nos pueden enviar, no en forma de regalo sino en forma de préstamo oneroso que vamos a tener que satisfacer más tarde.

Pero este dinero que se necesita quizás más que todo para mantener artificialmente un cierto tipo de cambio en cuanto al sistema monetario, no creo yo que sea exactamente lo que se necesita si se ven las cosas desde otro punto de vista.

Yo no acepto la tesis de que la industria petrolera está en decadencia ni ha declinado. Venezuela vivió con un petróleo vendido a dos dólares. No puede dejar de vivir con un petróleo vendido a catorce, a dieciséis, a dieciocho dólares. El problema ¿dónde está? En dos aspectos:

Uno, en que el ingreso de divisas que el petróleo nos asegura —y que creo que el año pasado llegó a once mil millones de dólares— se utilice como debe ser: en las necesidades efectivas del país. Sin complacencia hacia los dilapidadores o hacia los aprovechadores. Sin corrupción, sino con mucha seriedad, con mucha responsabilidad, con mucho espíritu de justicia, abierto al juicio de los que pueden con toda rectitud verificar que se está manejando bien esa riqueza.

El otro, el problema de la deuda. Si no tuviéramos la obligación del servicio de la deuda en este momento, no digo yo que Venezuela estaría nadando en felicidad, pero su cambio internacional podría funcionar de una manera sana. Hay que insistir —y no se trata de un discurso aquí o allá—, se trata de plantear formalmente, ante los países acreedores, con la solidaridad comprometida de los gobiernos de América Latina, el que se abra un camino razonable y urgente para aliviar a estos países de esa terrible carga.

Pienso que desgraciadamente, los acontecimientos del lunes y de ayer pueden servir para que los Estados Unidos se den cuenta de lo absurdo de una política que no reconoce la urgencia, la gravedad de este problema, que puede echar por tierra —digámoslo con angustia, con dolor, la democracia en América Latina.

Venezuela ha sido una especie de país piloto. En este momento es lo que los norteamericanos llaman “show window”, “el escaparate de la democracia en América Latina”. Ese escaparate lo rompieron a puñetazos, a pedradas y a palos, los hambrientos de los barrios de Caracas a quienes se quiere someter a los moldes férreos que impone el Fondo Monetario Internacional, directa o indirectamente.

Yo quisiera que hubiera estado aquí antier el señor Baker, el Secretario de Estado del nuevo gobierno de Estados Unidos, que dicen que es un hombre duro y que nos quiere obligar a adoptar un sistema económico basado en principios liberales, que marchan bien donde hay otras realidades y otros sistemas. Estados Unidos es un país liberal, pero un país que le da de comer a los que ganan menos de doce mil dólares anuales, a expensas de la sociedad. Aquí se nos vende la tesis de un liberalismo a medias, que quiere aplicar la libertad en los sectores que resultan favorecidos y deja que vean cómo hacen, a los sectores depauperados a los cuales se les ofrecen meras posibilidades compensatorias.

Se ha logrado un acuerdo entre Fedecámaras y la CTV. Me duele que este acuerdo no lo hubieran hecho antes de los disturbios del día lunes, porque hubiera tenido más valor. Pero que no se diga que se está aumentando el salario de los trabajadores, que se están estableciendo compensaciones satisfactorias para ellos. Es apenas parte del daño sufrido el que se repone, porque la otra parte la sufren sus hogares, los hogares de los trabajadores. Si la merma del salario real llega a los índices que los propios técnicos reconocen, tenemos que admitir que lo que se les va a reponer es una parte de esa pérdida, pero que la otra la van a soportar ellos mismos; y lo que se les repone, en definitiva lo van a cubrir ellos mismos, porque se traduce en aumentos de precios y los precios recaen sobre el consumidor y el consumidor es, principalmente, el trabajador.

Esta situación es, repito, indudablemente grave. Es indiscutiblemente difícil. Tenemos que abrir caminos para la solución. Por de pronto, se pide reflexión. Yo estoy convencido de que tenemos que pedirle reflexión al pueblo, reflexión a todos los sectores; tenemos que pedirle reflexión también al Gobierno.

El Gobierno debe estudiar estos hechos a fondo. Me recordaba la Senadora Pulido que en Francia, cuando aquellos grandes acontecimientos, que se llamó “el mes de mayo del General”, se resolvió nombrar una gran Comisión por la Asamblea Nacional, para estudiar las causas y características de la violencia. Esto hay que hacerlo, pero hay algo más urgente, más inmediato. Yo creo que no sería conveniente que el Gobierno Nacional se encasillara en una posición y dijera que esto tenía que suceder pero que las medidas van adelante, sin ningún análisis de las modificaciones que se puedan hacer.

En materia de gasolina, los argumentos confieso que no me han convencido. Desde hace años, algunos venimos preguntando por qué no se hace en serio un experimento con el gas natural, que se está derrochando y perdiendo en los yacimientos venezolanos, para que los autobuses y los taxis anden con sus bombonas de gas y la gasolina que se ahorre se pueda vender al precio internacional para mejorar las finanzas.

La idea del alza de los intereses la justifican algunos técnicos diciendo que tiene por objeto contraer la liquidez para que la gente tenga menos dinero para comprar dólares y se pueda equilibrar el mercado cambiario.Yo me pregunto si ese objetivo vale el sacrificio que significa para tanta gente, al ponerle el dinero inaccesible, porque el dinero con esos intereses tan altos no lo pueden pedir prestado sino los que tengan negocios de usura, en los cuales pueden ganar por sus actividades porcentajes superiores al que le tienen que pagar a los bancos.

Esta situación reclama, en verdad, análisis, estudio y consideración. Sostengo que esta reflexión es indispensable y que tenemos que dar el ejemplo. El ejemplo debe empezar a todos los niveles. Yo, por ejemplo, debo confesar aquí con toda sinceridad que me preocupa, me mortifica, me inquieta que el Congreso se vaya a encajonar en una guerra a cuchillo entre Gobierno y Oposición. Creo que es necesario dar otro ejemplo: que es necesario que unos y otros estén dispuestos a buscar caminos para el entendimiento; pero esos caminos no se logran con posiciones unilaterales e irreductibles. Aquí hay gente con experiencia de la vida política y de la negociación bien inspirada, y que debe tener conciencia del momento tan difícil que está viviendo este país y del entorno que estamos viviendo en los países hermanos.

En un discurso que pronuncié el 23 de enero en Petare, con motivo de un nuevo aniversario de nuestra democracia, no oculté mis preocupaciones. Si hacemos un recorrido imaginario por todos los países de América Latina, nos angustiamos más y no podemos tener la ingenua idea de que Venezuela no será, en modo alguno, afectada por lo que pueda ocurrir. Tenemos el deber de abrir camino, tenemos el deber de hacer realidad eso que han dado ahora en llamar “concertación”, que en realidad, fundamentalmente, reside en el diálogo. Pero no el diálogo después de que las posiciones están tomadas, sino el diálogo para tomar las posiciones.

En el primer período de gobierno, cuando era Presidente Rómulo Betancourt, muchas veces desde Miraflores teníamos que hablar ante la televisión los representantes políticos, los representantes empresariales, los representantes laborales, para llamar al pueblo a tener confianza y a desistir de la violencia; pero previamente nos habíamos puesto de acuerdo sobre las medidas que se iban a establecer; las discutíamos, las analizábamos, se modificaban a veces y cuando estábamos de acuerdo, nos era fácil defenderlas. Pero no es tan fácil que llamen a alguien a defender una posición sobre la cual ha manifestado dudas y en relación a la cual no se le ha dado la oportunidad de discutir.

Yo creo indispensable —como he dicho antes— la reflexión. Me parece que sería un error patriótico de la Oposición poner contra la pared a Acción Democrática. Obligaría a defender a todo trance y como sea, medidas que pueden producir un daño irreversible. Yo creo que hay que darle la oportunidad a ese componente político, para que analice, estudie y haga sentir su juicio, porque son muy respetables y muy dignos de aplauso los técnicos que están en el Gabinete, pero alguien me decía (y esto lo expreso sin ninguna desconsideración para ellos) que si el asunto fracasa, ellos vuelven a sus cátedras en sus institutos, mientras que el daño lo va a sufrir la democracia venezolana, en la cual los partidos que tienen mayor representación popular son los que cargan mayor responsabilidad y tienen más que perder.

Pienso, pues, que es necesario hacer que se prenda la luz de la razón, que se abra un camino para la discusión constructiva. No se le puede pedir sacrificio al pueblo si no se da ejemplo de austeridad, La austeridad en el Gobierno, la austeridad en los sectores bien dotados es indispensable, porque decirle al pueblo que se apriete el cinturón mientras está viendo espectáculos de derroche, es casi una bofetada; la reacción es sumamente dura.

Todos los dirigentes políticos democráticos en Venezuela hemos ratificado nuestra fe en el pueblo. El pueblo es el sujeto de la democracia, el sujeto de la vida política; pero pareciera que a medida que se institucionaliza el sistema, como que nos fuéramos alejando más de ese pueblo, del pueblo que siente, que vive, que se expresa de una manera impropia y a veces busca estas formas de expresión que llegan a lindar con la barbarie, pero al que hay que comprender. Tenemos que restablecer esta comunicación.

En el primer período de la democracia, el pueblo trabajador, el pueblo sano, estaba por defender el sistema; sufría, pero sentía que ese sistema era su garantía, que ese sistema era su apoyo fundamental. No debemos dejar que esto se pierda. Estamos en peligro de perderlo y, ¡ay! cuando se pierde esa relación entre el pueblo y sus dirigentes ¡qué difícil es restablecerlo! Se abre el campo para los demagogos, para los ambiciosos, para los especuladores, que no llevan en el fondo una sana intención de beneficio nacional.

Yo creo que lo que está pasando ahora, que nos obliga a todos a ayudar al Gobierno Nacional, a restablecer el abastecimiento, a restablecer los servicios, a hacer sentir de nuevo a la comunidad que puede vivir una vida normal, no puede verse como un episodio aislado. Es un alerta, un grave alerta y tenemos que aprovechar ese alerta para orientar la vida del país. Para rescatar la fe de los jóvenes, para restablecer en ellos, que no sufrieron lo que otras generaciones sufrieron para conquistar la libertad, el amor a esa libertad, el respeto a los derechos humanos y a todo lo que esto representa en la vida de cada venezolano.

Si estamos conturbados y dolidos por lo que está ocurriendo, la conclusión que debemos sacar es que ello nos obliga más. Vamos a hacer un esfuerzo todos, Gobierno y Oposición, adecos, copeyanos, masistas, militantes de los otros partidos, empresarios, trabajadores; vamos a buscar y a hacer verdad algo que decimos con mucha frecuencia, pero que cada uno está tratando de eludir; que cada uno asuma su cuota de sacrificio y que estemos listos para superar este momento tan delicado y sepamos, además, que no somos nosotros solos los que nos estamos jugando el porvenir.

Aquí están los amigos paraguayos, con quienes he tenido la oportunidad de departir, compartiendo su presencia valerosa contra la Dictadura allá ven su propio país. Muchos países de América Latina tienen sus ojos puestos en Venezuela. Si Venezuela da un traspié, será muy grave para todo el Continente.

¡Vamos pues, a luchar, vamos a recuperar el optimismo! Pero vamos a restablecerlo con el reconocimiento de la realidad. No vayamos a crear falsas mentiras. No creo que tenemos la obligación de aceptar como irrefutables e indiscutibles dogmas de organismos internacionales, que pueden estar bienintencionados dentro de su dirección, pero cuyos consejos, que muchas veces no son consejos sino condiciones para firmar Cartas de Intención y para darnos un poquito de dinero con el cual les paguemos sus intereses y podamos sobrevivir, sean el único camino que debemos seguir para superar los obstáculos e ir hacia adelante para alcanzar el porvenir.

Creo que en este momento Venezuela espera mucho de su dirigencia política, de su dirigencia empresarial, de su dirigencia laboral. Vamos a hacer un esfuerzo, un noble esfuerzo y a establecer bases realmente sanas y sólidas, para que acontecimientos como los que estamos viviendo no se vuelvan a repetir.

Honorables Senadores, muchas gracias.

Rafael Caldera

Share This:

FS #131 – Palabra del Pueblo

Fichero

LEA, por favor

Debo admitir con satisfacción que el #224 de la Carta Semanal de doctorpolítico suscitó considerable interés, y que la razón principal por la que eso ocurriera fue la rectificación de ciertas ideas respecto de posturas y actuaciones del Dr. Rafael Caldera en relación con los hechos del 4 de febrero de 1992 y sus secuelas. Más de una persona expresó el deseo de conocer el discurso completo, del que se citó apenas unos pocos trozos. Es ésa la razón por la que esta Ficha Semanal #131 se dedica a reproducir las palabras íntegras del ilustre político en Sesión Extraordinaria del Congreso de la República, sostenida en horas de la tarde de aquella infausta fecha.

La tarea se simplifica porque, en abril de 1992, las prensas venezolanas de Editorial Arte imprimieron un folleto contentivo del texto del discurso de Caldera en esa ocasión, acompañado del que pronunciara el 1o. de marzo de 1989 a raíz de los sucesos del 27 y 28 de febrero, circunstancia igualmente preocupante y traumática, y del artículo de Manuel Alfredo Rodríguez citado también en la carta #224 y un magnífico preámbulo del recordado Luis Castro Leiva. De hecho, anticipo que la próxima ficha semanal reproducirá ese discurso de 1989, porque al igual que el recogido aquí es una pieza llena de sabiduría republicana. Leídos en su integridad, se entenderán mejor sus puntos descollantes, envueltos en su majestuoso contexto.

Castro Leiva apuntó al término de su introducción: “En Democracia se es tanto más libre cuanto mejor se enrumben los deberes de Libertad. Las dificultades de la República en Democracia ponen a prueba al Político y a su vocación. Dos veces hemos visto a la Sociedad y a la República a riesgo de perecer. Dos veces hemos oído a los políticos hablar y a la Política callar. El Presidente Caldera, Senador Vitalicio de Venezuela, el ciudadano Rafael Caldera, restituyó la idea de la Política a su vocación, su voz a la República. La Nación ha oído bien. Volverá a escuchar”.

Es así. En manos de Pérez estuvimos a punto, dos veces, de perecer. Cuando Caldera hizo ciertas advertencias concretas a quien en ese entonces era Presidente de la República, su estimación de la peculiar personalidad de Pérez ha debido pesar a la hora de formularlas. No eran Betancourt, Leoni, Medina Angarita, Gallegos, Velásquez, Herrera, Vargas, Soublette, Sucre o el mismo Caldera quienes actuarían con garantías suspendidas.

Una vez más: la especie del cálculo político frío en Caldera, la idea de que habría calculado sus palabras para posicionarse con ventaja ante unas cercanas elecciones presidenciales, no resiste al análisis. Leído con atención el discurso, se comprobará que Caldera arriesgó el favor de la clase política entera, de las Fuerzas Armadas, de los empresarios y del pueblo mismo, al criticarlos a todos. Se metió con todo el mundo, incluyendo poderosas instituciones internacionales y poderosos gobiernos extranjeros. Sería, verdaderamente, una muy extraña manera de granjearse el apoyo de actores tan fundamentales.

No, lo que ocurrió fue otra cosa, y Manuel Alfredo Rodríguez lo tuvo claro: Caldera metió en su garganta la voz del común y miró más allá del horizonte.

LEA

Palabra del Pueblo

Señor Presidente del Congreso

Señor Vicepresidente, Presidente de la Cámara de Diputados

Ciudadanos Senadores

Ciudadanos Diputados

He pedido la palabra, no con el objeto de referirme al Decreto de Suspensión de Garantías, aun cuando quiero hacer en torno a él tres breves consideraciones.

La primera, la de que el propio Decreto revela la gravedad de la situación que estamos viviendo, y aun cuando encuentro un defecto de redacción porque los Considerandos se refieren a hechos ocurridos y no a la situación actual y a los peligros que con la Suspensión de Garantías se trata de enfrentar, se supone que es precisamente porque la situación del país es delicada; porque el sistema democrático, la normalidad y el orden público están corriendo peligro después de haber terminado el deplorable y doloroso incidente de la sublevación militar, es necesaria la medida tan extraordinaria de suspender a la población general el uso y ejercicio de las Garantías Constitucionales.

La segunda observación que quiero hacer, es la de que no estoy convencido de que el golpe felizmente frustrado hubiera tenido como propósito asesinar al Presidente de la República. Yo creo que una afirmación de esa naturaleza no podría hacerse sino con plena prueba del propósito de los sublevados. Bien porque hayan confesado y exista una confesión concordante de algunos de los comprometidos o algunos de los actores del tremendo y condenable incidente, o bien porque exista otra especie de plenas pruebas que difícilmente creo se puedan haber acumulado ya en el sumario que supuestamente debe haberse abierto por la Justicia Militar. Afirmar que el propósito de la sublevación fue asesinar al Presidente de la República es muy grave; por lo demás, se me hace difícil entender que para realizar un asesinato, bien sea de un Jefe de Estado rodeado de todas las protecciones que su alta condición le da, haya necesidad de ocupar aeropuertos, de tomar bases militares, de sublevar divisiones; desde luego que hoy está demostrado que por más protección que tenga cualquier ciudadano, con el armamento existente en la actualidad y con los sistemas de comunicación, un asesinato es relativa y desgraciadamente fácil de cometer. El caso del Dictador Anastasio Somoza en el Paraguay, férreamente gobernado por el General Stroessner, con todas las protecciones que la condición de este depuesto gobernante suponía, indica que ninguna persona, por más protegida que esté, puede salvarse de un asesinato cuando se cuenta con los medios y con la decisión de perpetrarlo.

Por eso, pues, yo me siento obligado en conciencia a expresar mi duda acerca de esta afirmación, y considero grave que el Ejecutivo en su Decreto de Suspensión de Garantías y el Congreso en el Acuerdo aprobatorio, hayan hecho tal afirmación, que además de ser conocida en el país está dispuesta a difundirse en todos los países del exterior.

La tercera observación respecto a la Suspensión de Garantías se refiere al deseo que quiero expresar, en nombre del país, de que esas facultades se ejerzan con ponderación, con gran sentido de responsabilidad. Admitimos que el Gobierno necesita en momentos de dificultad de poderes extraordinarios, que no pueden someterse a las restricciones y términos que la Constitución establece; pero sabemos también por experiencia secular en Venezuela que estas facultades pueden convertirse en fuente de abusos, de excesos, de violaciones absolutamente injustificadas, no sólo en lo relativo a la garantía de seguridad personal, al derecho de no ser detenido sin fórmula de juicio, al allanamiento de los hogares, sino también a la muy delicada garantía de libertad de expresión del pensamiento, respecto a la cual abrigo la esperanza, y la quiero formular aquí y creo en eso representar el sentimiento público, de que se ejerza con toda la ponderación, con todo el sentido de respeto que una garantía tan fundamental tiene para el funcionamiento de la democracia.

Yo pedí la palabra para hablar hoy aquí antes de que se conociera el Decreto de Suspensión de Garantías, cuando esta Sesión Extraordinaria se convocó para conocer los graves hechos ocurridos en el día de hoy en Venezuela, y realmente considero que esa gravedad nos obliga a todos, no sólo a una profunda reflexión sino a una inmediata y urgente rectificación.

Cuando aquí en el país y fuera de él he sido muchas veces preguntado, como seguramente lo habrán sido los Senadores y Diputados aquí presentes, acerca de las causas de la estabilidad democrática en Venezuela, en momentos en que el sistema naufragaba en naciones de mejor tradición institucional que la nuestra, generalmente me referí a cuatro factores que para mí representaban una gran importancia.

Por una parte, a la inteligencia que existió en la dirigencia política de sepultar antagonismos y diferencias en aras al interés común de fortalecer el sistema democrático.

En segundo lugar, a la disposición lograda, a través de un proceso que no fue fácil, de las Fuerzas Armadas para incorporarse plenamente al sistema y para ejercer una función netamente profesional.

Tercero, a la apertura que el movimiento empresarial demostró, cuando se inauguró el sistema democrático, para el progreso social, comprensión que tuvo para el reconocimiento de los legítimos derechos de la clase trabajadora.

Pero, en último término, el factor más importante fue la decisión del pueblo venezolano de jugárselo todo por la defensa de la libertad, por el sostenimiento de un sistema de garantías de derechos humanos, el ejercicio de las libertades públicas que tanto costó lograr a través de nuestra accidentada historia política.

Debo decir con honda preocupación que la situación que vivimos hace más de treinta años no es la misma de hoy. Por una parte, la inteligencia de la dirigencia política ha olvidado en muchas ocasiones esta preocupación fundamental de servir antes que todo al fortalecimiento de las instituciones. Por otra parte, el empresariado no ha dado las mismas manifestaciones de amplitud, de apertura, que caracterizaron su conducta en los años formativos de la democracia venezolana. En tercer lugar, porque las Fuerzas Armadas, que han sido ejemplares en su conducta profesional en las garantías de las instituciones, están comenzando a dar muestras de que se deteriora en muchos de sus integrantes la convicción de que, por encima de todo, tienen que mantener una posición no deliberante, una posición obediente a las instituciones y a las autoridades legítimamente elegidas. Y cuarto, y esto es lo que más me preocupa y me duele, que no encuentro en el sentimiento popular la misma reacción entusiasta, decidida y fervorosa por la defensa de la democracia que caracterizó la conducta del pueblo en todos los dolorosos incidentes que hubo que atravesar después del 23 de enero de 1958.

Debemos reconocerlo, nos duele profundamente pero es la verdad: no hemos sentido en la clase popular, en el conjunto de venezolanos no políticos y hasta en los militantes de partidos políticos ese fervor, esa reacción entusiasta, inmediata, decidida, abnegada, dispuesta a todo frente a la amenaza contra el orden constitucional. Y esto nos obliga a profundizar en la situación y en sus causas.

En estos momentos debemos darle una respuesta al pueblo y tengo la convicción de que no es la repetición de los mismos discursos que hace treinta años se pronunciaban cada vez que ocurría algún levantamiento y que vemos desfilar por las cámaras de la televisión, lo que responde a la inquietud, el sentimiento, a la preocupación popular. El país está esperando este mensaje. Yo quisiera decirle en esta tribuna con toda responsabilidad al Señor Presidente de la República que de él principalmente, aunque de todos también, depende la responsabilidad de afrontar de inmediato las rectificaciones profundas que el país está reclamando. Es difícil pedirle al pueblo que se inmole por la libertad y por la democracia, cuando piensa que la libertad y la democracia no son capaces de darle de comer y de impedir el alza exorbitante en los costos de la subsistencia; cuando no ha sido capaz de poner un coto definitivo al morbo terrible de la corrupción, que a los ojos de todo el mundo está consumiendo todos los días la institucionalidad. Esta situación no se puede ocultar. El golpe militar es censurable y condenable en toda forma, pero sería ingenuo pensar que se trata solamente de una aventura de unos cuantos ambiciosos que por su cuenta se lanzaron precipitadamente y sin darse cuenta de aquello en que se estaban metiendo. Hay un entorno, hay un mar de fondo, hay una situación grave en el país y si esa situación no se enfrenta, el destino nos reserva muchas y muy graves preocupaciones.

Por eso he pedido la palabra para ejercerla en este elevado recinto. Transmitirle desde aquí al Señor Presidente de la República y los dirigentes de la vida pública nacional, mi reclamo, mi petición, mi exigencia, mi ruego, en nombre del pueblo venezolano, de que se enfrente de inmediato el proceso de rectificaciones que todos los días se está reclamando y que está tomando carne todos los días en el corazón y el sentimiento del pueblo.

Ése es el motivo de la presente intervención y creo que era imposible que por un simple acuerdo de la Comisión de Mesa de que no se hablare para discutir el Decreto de Suspensión de Garantías, el Congreso se reuniera y le dijera al país que no ha hecho otra cosa sino darle paso al Decreto: un Acuerdo que se votó creo que tres o cuatro veces, y se indicó votado por unanimidad. Yo aclaro que no lo voté, no porque no estuviera de acuerdo en el fondo que se suspendieran las garantías, sino por las reservas que expresé y, sobre todo, porque no considero justo el que se afirme, de una manera tan absoluta, que el propósito de los culpables de la sublevación haya sido el asesinar al Presidente de la República.

Por otra parte, quiero decir que esto que estamos enfrentando responde a una grave situación que está atravesando Venezuela. Yo quisiera que los señores Jefes de Estado de los países ricos que llamaron al Presidente Carlos Andrés Pérez para expresarle su solidaridad en defensa de la democracia entendieran que la democracia no puede existir si los pueblos no comen, si como lo dijo el Papa Juan Pablo II, “no se puede obligar a pagar las deudas a costa del hambre de los pueblos”. De que esos señores entiendan que estas democracias de América Latina están requiriendo una revisión de la conducta que tienen frente al peso de la Deuda Externa, alocadamente contraída y en muchos casos no administrada propiamente, que nos está colocando en situaciones cuyo costo ha llegado a asustar a los propios dirigentes del Fondo Monetario Internacional y de los otros organismos financieros internacionales.

Yo quisiera, pues, desde aquí también, que pudiera llegar mi pedimento al Presidente Bush, al Presidente Mitterrand, al Presidente Felipe González, a los Jefes de los países del mundo desarrollado y ricos, para que se den cuenta de que lo que pasó en Venezuela puede pasar en cualquiera de nuestros países porque tiene un fondo grave, un ambiente sin el cual los peores aventureros no se atreverían siquiera a intentar la ruptura del orden constitucional.

Esa situación tenemos nosotros que plantearla con toda decisión. Cuando ocurrieron los hechos del 27 y 28 de febrero del año de 1989, desde esta Tribuna yo observé que lo que iba a ocurrir podría ser muy grave. No pretendí hacer afirmaciones proféticas, pero estaba visto que las consecuencias de aquel paquete de medidas, que produjo el primer estallido de aquellos terribles acontecimientos, no se iban a quedar allí, sino que iban a seguir horadando profundamente en la conciencia y en el porvenir de nuestro pueblo. Dije entonces en algún artículo que Venezuela era algo como la vitrina de exhibición de la democracia latinoamericana. Esa vitrina la rompieron en febrero de 1989 los habitantes de los cerros de Caracas que bajaron enardecidos. Ahora la han roto la culata de los fusiles y los instrumentos de agresión que manejaron los militares sublevados. Esto es necesario que se diga, que se afirme y que se haga un verdadero examen de conciencia. Estamos hablando mucho de reflexión, estamos haciendo muchos análisis, pero la verdad verdadera es que hemos progresado muy poco en enfrentar la situación y que no podemos nosotros afirmar en conciencia que la corrupción se ha detenido, sino que más bien íntimamente tenemos el sentir de que se está extendiendo progresivamente, que vemos con alarma que el costo de la vida se hace cada vez más difícil de satisfacer para grandes sectores de nuestra población, que los servicios públicos no funcionan y que se busca como una solución que muchos hemos señalado para criticarla, el de privatizarlos entregándolos sobre todo a manos extranjeras, porque nos consideramos incapaces de atenderlos. Que el orden público y la seguridad personal, a pesar de los esfuerzos que se anuncian, tampoco encuentran un remedio efectivo. Aquí, en este mismo recinto, se sientan honorables representantes del pueblo que han sido objeto no solamente de despojo, sino de vejámenes, por atracadores en sus propios hogares sin que se haya logrado la sanción de los atropellos de que han sido objeto.

Esto lo está viviendo el país. Y no es que yo diga que los militares que se alzaron hoy o que intentaron la sublevación que ya felizmente ha sido aplastada (por lo menos en sus aspectos fundamentales) se hayan levantado por eso, pero eso les ha servido de base, de motivo, de fundamento, o por lo menos de pretexto para realizar sus acciones.

Por eso termino mis palabras, rogándole al Presidente de la República que enfrente de lleno, en verdad y decididamente esta situación que, como dije antes, sirve de motivo, o por lo menos de pretexto, para todos aquellos que quieren destrozar, romper, desarticular el sistema democrático constitucional del que nos sentimos ufanos.

Muchas gracias, ciudadanos Senadores, ciudadanos Diputados.

Rafael Caldera

Share This:

FS #130 – Sabía de petróleo

Fichero

LEA, por favor

El notable economista mexicano Víctor Urquidi, fallecido en 2004, viene con sus palabras a esta breve Ficha Semanal #130 de doctorpolítico. Se trata de su prólogo a Venezuela’s Oil, una colección, publicada en inglés, de artículos y discursos de Rómulo Betancourt—junto con otros documentos—sobre lo que fuera el tema de su vida: el petróleo venezolano. El libro fue publicado en Londres en 1978 por George Allen & Unwin, con traducción al inglés de Donald Peck.

El prólogo de Urquidi ofrece un esquema sucinto del problema: el asunto se contrae a la lucha por el control nacional de la riqueza petrolera venezolana, la que culminó con la nacionalización decretada por Carlos Andrés Pérez, miembro del partido fundado por Betancourt, en 1975. No hay en este tema, por consiguiente, mucho de nuevo bajo el sol. Hugo Chávez alberga un odio particular por las figuras de Betancourt y de Pérez, pero en realidad éstos se le adelantaron en las conquistas verdaderamente básicas.

El propio Betancourt trazó la historia de esa lucha en el discurso cuya lectura Urquidi recomienda: el que pronunciara como Senador Vitalicio el 6 de agosto de 1975, unas tres semanas antes de la firma de la ley que nacionalizaba la industria petrolera en Venezuela. Allí sumó su voto a la aprobación del Artículo 5o. de la ley, que permite la asociación del Estado con compañías extranjeras, trayendo a colación que hasta la Unión Soviética, que había “alcanzado la etapa correcta para el pragmatismo, ha suscrito acuerdos de asociación con una de las más agresivas compañías petroleras del mundo moderno, la Occidental Petroleum, controlada por el audaz Dr. Armand Hammer. Así que, si una gran potencia como la Unión Soviética esta haciendo esto, ¿por qué debiéramos preocuparnos o temer la discusión con algunas compañías, con pleno conocimiento de lo que poseemos, acerca de cuándo acumular inventarios, de cuándo renovar nuestras bastante obsoletas instalaciones refinadoras, y también de cómo empezar a explorar, no explotar, la famosa faja bituminosa del río Orinoco?”

Venezuela’s Oil fue publicado primero en español, pero ya en ese momento había llamado la atención de los ingleses. El profesor Hugh Thomas escribió una reseña del libro para The Times Literary Supplement, en la que dice: “Cinco cosas destacan en él, como en la mayoría de la prosa de Betancourt: un fuerte sentido de las palabras (libre de jerga); dedicación a la democracia; un genuino orgullo de ser venezolano y un consecuente y disciplinado resentimiento de las compañías petroleras multinacionales que, por muchos años en Venezuela como en otras partes, escamotearon al país una justa participación en las ganancias; un profesionalismo bien informado por lo que respecta a la política del petróleo; y, finalmente, una mente genuinamente cultivada, lo que es raro entre políticos y que, en el caso de Betancourt, es el fruto de años de lectura y estudio en el exilio”.

Esta ficha se ha compuesto con toda intención comparativa. Ojalá se cumpla lo previsto por Betancourt en el Senado: “…tengo fe en Venezuela, y sé que no habrá más dictaduras en Venezuela…”

LEA

Sabía de petróleo

Venezuela es ahora dueña de su petróleo, lo que no había sido el caso por sesenta años. El 29 de agosto de 1975 el presidente Carlos Andrés Pérez puso su firma a la ley orgánica que reserva al Estado la producción y comercialización de los hidrocarburos (el instrumento legal por el que fueron nacionalizados) y, el 1o. de enero de 1976, el gobierno venezolano tomó formalmente posesión de la riqueza petrolera del país.

Uno de los patriotas venezolanos que ha figurado grandemente en la historia de la nacionalización del petróleo es Rómulo Betancourt. Dos veces Jefe de Estado, ha luchado sin cesar por preservar la autonomía del país. Comenzó la lucha en los años treinta, y no cejó o retuvo sus esfuerzos cuando estuvo en el exilio a causa de dictaduras represivas. Durante los períodos de gobierno democrático, y cuando él mismo estuvo en el poder, la campaña iniciada por Betancourt se convirtió en elemento clave de la plataforma nacionalista de su partido Acción Democrática; desde 1958, cuando fuera depuesto el régimen de Pérez Jiménez, se ha convertido en la ambición nacional sostenida por todos los grupos políticos.

Este libro consiste de una serie de artículos de Betancourt sobre el petróleo venezolano, precedido por su discurso, como senador vitalicio, en el Senado venezolano el 6 de agosto de 1975. En él el lector encontrará, no sólo la historia de una gran campaña política y económica, sino también los apasionados argumentos de un defensor del pueblo venezolano y sus justos reclamos, y los argumentos razonados de un capaz administrador del petróleo del país. Desde que las primeras compañías se establecieran a comienzos de este siglo, dos tendencias conflictivas han venido influyendo en conexión con la industria petrolera: el nacionalismo y la sumisión a las influencias externas. Betancourt narra la historia de los primeros intentos por limitar las concesiones cedidas a las compañías extranjeras, los que pronto quedaron en nada con nuevas leyes favorables a los intereses foráneos. Al regreso de su exilio en marzo de 1936, Betancourt ayudó a enfocar la atención de su país sobre el problema petrolero. El gobierno fluctuó de un lado para otro, pero este oro negro permaneció enteramente en manos del capital extranjero que disfrutaba enormes privilegios, hasta que la Junta Revolucionaria de 1945 estableció los primeros impuestos importantes a la industria por decreto. Para 1948 este gobierno había logrado el primer contrato colectivo de la industria y una nueva distribución de las ganancias del petróleo a partes iguales entre el gobierno y las compañías petroleras. Después de otro paso atrás en un período en el que fueron puestas a la venta muchas concesiones, ha habido progreso, bajo los gobiernos democráticos a partir de 1958, hacia la venezolanización del petróleo. Para 1975 se había forjado un equilibrio entre un fuerte nacionalismo y un nuevo sentido de cooperación internacional en defensa de los recursos petroleros. No debe olvidarse que la OPEP data de 1960, y que fue fundada a instancias de Venezuela.

La actual decisión de nacionalizar el petróleo es consistente con la creciente conciencia del pueblo venezolano, a pesar de la hostilidad externa en aumento, de lo que implica el hecho de que su riqueza básica está en los hidrocarburos, y cómo puede ser usada como la base principal de su desarrollo económico y social. Tan recientemente como en 1964 el Congreso de los EEUU se impuso a objeciones de la Casa Blanca y excluyó a los países de OPEP, incluidos Venezuela y Ecuador, de las concesiones tarifarias otorgadas a 120 naciones. Pero la voluntad de la nación ha prevalecido en Venezuela, y ha sido puesta en práctica de manera eficaz, de forma que ahora Venezuela es dueña de su propia riqueza y puede manejarla con el interés de sus futuras generaciones en el corazón.

Quiero llamar la atención del lector a los argumentos empleados por Rómulo Betancourt en conexión con el controversial Artículo 5 de la ley orgánica, que permite al gobierno venezolano, luego de un voto especial del Congreso, suscribir contratos de asociación con firmas privadas, por períodos limitados de tiempo y bajo el supremo control del Estado.

Dadas la escala y complejidad de la industria petrolera, Venezuela no podía darse el lujo de verse impedida y arriesgar un fracaso técnico. Los intereses básicos de la nación están en juego, y así se alcanzó una solución que asegurará la administración eficiente sin sacrificio de los derechos soberanos del país.

Los ensayos que componen este libro son una muy útil y necesaria adición al previo gran libro de Betancourt, Venezuela, Política y Petróleo, publicado por primera vez en México. (Fondo de Cultura Económica, 1956).

Estos libros dan completa cuenta de la política petrolera venezolana en años recientes, la que culmina en la nacionalización. Corresponderá a una nueva generación continuar cosechando las ganancias del petróleo, como fuera brillantemente propuesto por Betancourt y sus seguidores hace treinta años, para la sociedad toda; en la próxima década los resultados de esta política serán aun más sorprendentes de lo que son ahora. Que esta política, comenzada en México en 1938, establezca un ejemplo para el resto de América Latina.

Víctor Urquidi

Share This:

FS #129 – Populismo togado

Fichero

LEA, por favor

El sociólogo venezolano Orlando Albornoz, profesor de larga y fructífera trayectoria en la Universidad Central de Venezuela, escribió una obra dedicada al examen de lo que él denomina «populismo académico», que es la postura del régimen chavista ante la educación superior. Para buscar mayor resonancia, Albornoz escribió la obra, en dos tomos, en idioma inglés. Academic Populism: Higher education policies under State control fue publicada en 2005 por la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales de la UCV, en asociación con Bibliotechnology C. A. En ella hace Albornoz la disección del problema de una universidad asediada por primitivos y equivocados planteamientos revolucionarios. El primer tomo desentierra «Las raíces del populismo académico»; el segundo describe al «Populismo académico en progreso: El caso venezolano».

La Ficha Semanal #129 de doctorpolítico traduce la sección final del capítulo 12—Educación superior en 2004: educación superior para todos—del primer volumen. En estos trozos el sociólogo confronta la ingenua idea igualitarista, cargada de emocionalidad pero desprovista de todo soporte científico, y recuerda el experimento peronista que sirve de fuente al chavista.

Al término del capítulo mencionado, una nota al pie remite a la conferencia dictada por Juan Domingo Perón en 1949, ante el I Congreso Nacional de Filosofía de Argentina, obviamente escrita para él por algún amanuense anónimo, para exhibir una cultura que Perón no tenía y con la cual quería lucirse ante los profesores nacionales y extranjeros asistentes. Si bien ciertas formas exteriores del peronismo y el chavismo son similares, las analogías llegan a su término en cuanto a la apreciación sobre el marxismo. Así leyó Perón en la ocasión mencionada:

Todavía Fichte crea un amplio espacio donde el individuo, subordinado al todo social, puede realizarse. Hegel convertirá en Dios al Estado. La vida ideal y el mundo espiritual que halló abandonados los recogió para sacrificarlos a la Providencia estatal, convertida en serie de absolutos. De esta concepción filosófica derivará la traslación posterior: el materialismo conducirá al marxismo, y el idealismo, que ya no acentúa sobre el hombre, será en los sucesores y en los intérpretes de Hegel, la deificación del Estado ideal con su consecuencia necesaria, la insectificación del individuo. El individuo está sometido en éstos a un destino histórico a través del Estado, al que pertenece. Los marxistas lo convertirán a su vez en una pieza, sin paisajes ni techo celeste, de una comunidad tiranizada donde todo ha desaparecido bajo la mampostería. Lo que en ambas formas se hace patente es la anulación del hombre como tal, su desaparición progresiva frente al aparato externo del progreso, el Estado fáustico o la comunidad mecanizada.

Frente a Chávez, hasta el mismísimo Perón se hubiera rasgado las vestiduras. LEA

………

Populismo togado

Las sociedades están organizadas como un cuerpo asincrónico, y lo mejor que podemos hacer es compensar algunas de las variables que afectan la desigualdad con el fin de lograr cierta igualdad democrática y justa. Pero alguna gente se aprovechará de las oportunidades y otra no, y esto, tarde o temprano, enfatizará diferencias sociales que no pueden ser evitadas. Es inútil tratar de hacer a las sociedades homogéneas, puesto que las sociedades están compuestas de individuos y éstos nunca obedecen reglas que se les imponen externamente sobre lo que sería interesante llamar “natural”, sin importar cuál sea la red de su ambiente social. La búsqueda de igualdad puede conducir a grandes injusticias cuando quiera que sus políticas estén concebidas incorrectamente y sean emprendidas para acomodar metas políticas e ideológicas de corto plazo. Éste es otro ejemplo de cómo el populismo académico puede trabajar en contra de los mejores deseos y los más nobles ideales. La desigualdad, como la pobreza, no es cualquier enfermedad endémica que pueda eliminarse de una vez y para siempre, con la administración de la medicina adecuada. La una y la otra son variables de muy compleja naturaleza, y su manejo requiere cuidado y compasión. Del mismo modo, estos argumentos, empleados en nombre de alguna revolución disponible, sólo servirán propósitos perversos y serán la causa de tristeza y frustraciones.Ningún venezolano que conozca los déficit sociales de esta sociedad negará que hay desigualdades salvajes—el término está tomado del libro de Jonathan Kozol (1991) Savage inequalities, children in America’s schools, New York: Crown Publishers—que son no sólo no equitativas sino injustas. También son obstáculos para el desarrollo, cualquiera sea el modelo que se escoja para ese objetivo. En desesperación, las sociedades toman a veces el camino equivocado al efecto de un deterioro incrementado de tales problemas y la creación de otros nuevos. Esto pudiera ser el efecto de la revolución venezolana, que tratando de hacer bien sólo ha logrado empeorar las cosas y aumentar el costo de la recuperación. La indignación moral no es suficiente para mejorar la calidad de vida en una sociedad dada. Para hacer ese bien se requiere políticas públicas probadas que son el resultado de cuidadoso análisis; de otra forma las improvisaciones y la toma de decisiones arbitraria producirán sólo efectos negativos. Muchas de las decisiones de la revolución parecen ser hechas al calor de una aproximación emocional y sentimental a la solución de problemas. Por otro lado, aun cuando algunas de esas decisiones parecen haber sido tomadas sin racionalización aparente, la revolución ha sido muy persistente en la búsqueda de sus fines. Se trata de un objetivo muy simple: tomar por completo el poder de la sociedad para cambiar el modelo de la “sociedad capitalista neoliberal” al modelo de la “nueva sociedad revolucionaria”. Debe emplear la estrategia de dos pistas para el desarrollo político: establecer “lo nuevo” junto a “lo viejo” hasta que “lo nuevo” ocupe todo el espacio y “lo viejo” se desvanezca y desaparezca. Según la lógica de la revolución, el poder debe ser retenido a toda costa. Ésta puede ser la tragedia que se cultiva en Venezuela, una sociedad secuestrada por alguna gente con la peregrina idea de que el poder puede ser retenido indefinidamente por algunos en nombre del conjunto. Esto se llama dictadura y/o totalitarismo, y como tal es una perspectiva muy desagradable para una sociedad al comienzo del siglo XXI. Muchos venezolanos sienten que la democracia debiera prevalecer.

Los fundamentos ideológicos de la revolución son engañosos en cuanto a la condición humana. Es razonable creer que todos los hombres son iguales ante la ley. Pero afirmar que todos tienen las mismas capacidades cognitivas para aprender, y los mismos niveles de interés, motivación y expectativas de logro es totalmente equivocado, científicamente hablando. Hay diferencias individuales que no pueden ser fácilmente cambiadas por la intervención del gobierno. Los hallazgos científicos acumulados en los últimos cincuenta años han demostrado que las diferencias en inteligencia, por ejemplo, son intratables, y que la capacidad intelectual promedio de varios grupos socioeconómicos y étnicos es diferente; y en caso de tratar de modificar tal cosa el procedimiento está lleno de complejidades. No es suficiente proponer la justicia y la equitatividad como instrumento de cambio. Gente sin información puede ser fácilmente llevada a creer que la inteligencia puede ser mejorada. Esto fue una política de Estado en Venezuela, cuando un gobierno trató infructuosamente de mejorar los niveles de inteligencia social de la población. Se aseguró a la gente que un cierto número de años este país estaría entre los pueblos más inteligentes del mundo, y que los Premios Nóbel lloverían sobre Venezuela por docenas. Todos estos propósitos se demostraron equivocados. Pero en vez de aprender de la experiencia, el actual régimen está prometiendo a todos los venezolanos una escolaridad hasta el nivel de postgrados. Ésta es una proposición cruel, inmoral e injusta. Una sociedad que ha sido incapaz de ofrecer escolaridad a todos los niños en un sistema formal, difícilmente pueda adiestrarlos a todos al nivel de postgrado. Los regímenes están acostumbrados a desarrollar una capacidad inagotable para ofrecer lo imposible y manipular esperanzas. La revolución venezolana ha aplicado el mecanismo de la propaganda política para vender su imaginario ideológico, y la impresión es que ha tenido éxito. Los venezolanos más pobres y menos educados pueden estar más dispuestos a creer que la felicidad está a su alcance, y que muy pronto todos tendrán los beneficios de la educación, el empleo y la vivienda, y que todos serán libres de la pobreza y la inseguridad social. Los incansables líderes de la revolución son visibles en los medios masivos con ideas articuladas que promueven la ilusión. Obviamente, tal como ocurre, los fondos estatales para este esfuerzo propagandístico se consiguen fácilmente, y se emplea estrategias comunicacionales hábiles y profesionales a este efecto.

Como se sabe, el populismo es ilimitado en sus proposiciones. El catálogo de promesas hechas por el prototipo de todo populismo, el régimen de Juan Domingo Perón en Argentina, es legendario. Su programa político, que llamaba una tercera posición entre el capitalismo y el comunismo, era fuertemente nacionalista, anti-imperialista y anti-Estados Unidos. Estaba basado en una rápida industrialización y la autosuficiencia económica. En el poder, Perón se hizo cada vez más autoritario: los oponentes eran encarcelados, la prensa acallada o cerrada, y la educación estrictamente controlada. Con ayuda de su popular esposa, Eva Duarte, convirtió a los sindicatos en una organización militante conocida como los descamisados según líneas fascistas. A esto se llama la lógica de algunos regímenes populistas; están destinados a suprimir la libertad como parte del paquete. No hay necesidad de establecer falsas comparaciones entre las situaciones argentina y venezolana, sin embargo, es importante observar que ambos regímenes han tenido el apoyo del Ejército, y en estos casos, y quizás a causa de la naturaleza anti-intelectual del Ejército, han chocado contra la vida y la fuerza académicas, que siempre prevalecen. Una de las tempranas influencias ideológicas sobre los líderes de la revolución venezolana viene de Perón, aunque hasta ahora no ha sido tomada ninguna de las acciones violentas de los líderes argentinos. De hecho, “la revolución bonita” navega a puerto a pesar de los muchos obstáculos puestos por la oposición, de los que el régimen se ha aprovechado. Todavía está por verse si la revolución venezolana tomará alguna vez el camino emprendido por Perón.

Orlando Albornoz

_______________________________________________________

 

Share This:

FS #128 – Tercer aire

Fichero

LEA, por favor

William James (1842-1910) viene a la Ficha Semanal #128 de doctorpolítico para hacernos reflexionar sobre un asunto que incidiría nuestra actual realidad: la de una desmoralización extendida en algún estrato de la población venezolana; el de los ciudadanos más modernos, menos cargados ideológicamente. Entre ellos cunde la desesperanza, el desánimo, la pretensión de fuga, de rendición.

Los fragmentos iniciales de su ensayo Las energías de los hombres nos confrontan con nuestra holgazanería. («Ya yo marché, ya yo firmé, ya yo recogí firmas, y no valió de nada»). Nos revelan que disponemos de energías ocultas, rara vez exigidas, que despiertan si decidimos continuar el esfuerzo. En un ensayo diferente—Sobre una cierta ceguera en los seres humanos—sentencia: «Doquiera que un proceso vital comunica un ansia a quien lo vive, allí se vuelve la vida genuinamente significativa. A veces el ansia está más atada a las actividades motoras, a veces con las percepciones, a veces con la imaginación, a veces con el pensamiento reflexivo. Pero, doquiera se encuentre, allí está el entusiasmo, el cosquilleo, la excitación de la realidad; y hay allí ‘importancia’ en el único sentido real y positivo en el que la importancia pueda estar en cualquier caso».

Vistos en retrospectiva, los últimos ocho años, si bien han exigido del ciudadano común una actividad cívica a la que no estaba acostumbrado, no son tampoco un tesoro de heroicos esfuerzos. Una media docena de marchas no pueden compararse con el paso de Los Andes por nuestros llaneros de a pie. Durante el boom económico que caracterizó el primer período de Carlos Andrés Pérez, la venta de motor homes se disparó a niveles insólitos, y el parque aeronáutico civil de La Carlota se triplicó en año y medio. Hubo un empresario de la construcción que pronto hacía más dinero vendiendo puestos en la lista de espera de un Cessna Citation—él mismo nunca compró uno; simplemente obtenía un puesto y lo vendía meses o semanas más tarde como revendedor de estadio—que en su actividad habitual. En aquella época comenté, desagradado, a un amigo extanjero: «Los romanos, los ingleses, después de siglos de influencia civilizadora, tienen derecho a la decadencia. Venezuela no ha trabajado lo suficiente como para tener ese derecho».

La figura de William James, junto con Charles Sanders Peirce y John Dewey, descuella en la intelectualidad norteamericana como fundador de la escuela filosófica del Pragmatismo, que privilegia la importancia de los efectos prácticos en relación con las ideas teóricas. Habiendo sido el primero en emplear el término por escrito, en uso de su honestidad intelectual le atribuyó la paternidad a Peirce. Fue, primordialmente, un filósofo, y también un psicólogo: fundó el primer laboratorio de psicología experimental en tierras americanas. Sostenía la posición de que cada individuo tiene un valor único, y por tanto estaba opuesto a cualquier intento de colectivización. Dentro de tres años se cumplirá un siglo de su muerte.

LEA

Tercer aire

A Leo Alcalá

Todo el mundo sabe lo que es comenzar un cierto trabajo, sea intelectual o muscular, sintiéndose rancio o viejo. Y todo el mundo sabe lo que es el “calentamiento” antes de un esfuerzo. El proceso de calentamiento se hace particularmente sorprendente en el fenómeno conocido como “segundo aire”. Con bastante frecuencia incurrimos en la práctica de detenernos en una ocupación tan pronto como encontramos la primera capa eficaz –por llamarla de algún modo– de fatiga. Entonces hemos caminado, jugado o trabajado “suficiente” y entonces desistimos. Esa cantidad de fatiga es una obstrucción eficaz en nuestra vida cotidiana. Pero si una necesidad inusual nos fuerza a seguir adelante, entonces ocurre una cosa asombrosa. La fatiga empeora hasta un cierto punto crítico, para desaparecer gradual o súbitamente, y entonces nos sentimos más frescos que antes. Evidentemente, en ese momento hemos descubierto un nuevo nivel de energía, el que hasta entonces estuvo enmascarado por el obstáculo de fatiga al que usualmente obedecemos. Podemos toparnos con capa tras capa de esta experiencia. Puede sobrevenirnos un tercer o cuarto “aire”. La actividad mental exhibe el fenómeno, así como la actividad física y, en casos excepcionales podemos encontrar, más allá del propio extremo de la molestia de la fatiga, cantidades de facilidad y de potencia que nunca soñamos poseer, fuentes de fortaleza que no hemos aprovechado jamás, porque habitualmente no pasamos más allá del obstáculo, nunca pasamos más allá de esos puntos críticos iniciales.

Por muchos años he meditado sobre el fenómeno del segundo aire, tratando de encontrar una teoría fisiológica. Es evidente que nuestro organismo tiene almacenadas reservas de energía que no son ordinariamente exigidas, pero que podemos convocar: estratos cada vez más profundos de material combustible o explotable, dispuestos de modo discontinuo, pero listos para el uso de cualquiera que explore profundamente, y reparables por el reposo de la misma forma que lo hacen los estratos superficiales. La mayoría de nosotros continúa viviendo innecesariamente cerca de la superficie. Nuestro presupuesto energético es como nuestro presupuesto nutritivo. Los fisiólogos dicen que un hombre está en “equilibrio nutritivo” cuando día tras día ni gana ni pierde peso. Pero la cosa extraña es que esta condición puede obtenerse con cantidades de alimento sorprendentemente diferentes. Tomemos un hombre en equilibrio nutritivo e incrementemos o disminuyamos sistemáticamente sus raciones. En el primer caso comenzará a ganar peso, en el segundo a perderlo. El cambio será más grande en el primer día, menor en el segundo, menor aún en el tercero y así sucesivamente, hasta que haya ganado todo lo que aumentará, o perdido todo lo que perderá, con esa dieta alterada. Ahora está de nuevo en equilibrio nutritivo, pero con un nuevo peso; y éste ni disminuye ni aumenta porque sus distintos procesos de combustión se han ajustado ya a la dieta cambiada. Se desprende, de una manera u otra, de tanto N, C, H, etc., como ingiere diariamente.

Del mismo modo uno puede estar en lo que llamo “equilibrio de eficiencia” (ni se gana ni se pierde potencia una vez que el equilibrio es alcanzado) en cantidades de trabajo sorprendentemente diferentes, sin importar en que dirección pueda medirse el trabajo. Puede tratarse de trabajo físico, intelectual, moral o espiritual.

Por supuesto que hay límites: los árboles no crecen hasta el cielo. Pero sigue siendo un hecho simple que los hombres poseen cantidades de recursos que sólo individuos muy excepcionales empujan a un uso extremo. Pero estos mismos individuos, que empujan sus energías hasta el extremo, pueden en un vasto número de casos mantener el ritmo día tras día, sin encontrar “reacción” negativa, mientras se mantengan condiciones higiénicas decentes. Su mayor tasa de energizar no les destruye, puesto que el organismo se adapta y, a medida que aumenta la tasa de desperdicio, aumenta consecuentemente la tasa de reparación.

Digo la tasa y no el tiempo de reparación. El más ocupado de los hombres no necesita más horas de descanso que el holgazán. Hace unos años, el profesor Patrick, de la Universidad del Estado de Iowa, mantuvo a tres jóvenes despiertos durante cuatro días y sus noches. Cuando sus observaciones de los sujetos hubieron concluido, les permitió dormir. Todos despertaron del sueño completamente refrescados, y el único que tardó algo más para reponerse de la prolongada vigilia sólo durmió una tercera parte más del tiempo que acostumbraba.

Si el lector reúne estos dos conceptos, primero, que pocos hombres viven a su máximo de energía y, segundo, que cualquiera puede estar en equilibrio vital a muy distintas tasas de energización, encontrará, creo, que un problema muy práctico de la economía nacional, así como de ética individual, se abre sobre esta perspectiva. En términos gruesos, podemos decir que un hombre que energiza bajo su máximo normal fracasa por esa misma proporción en beneficiarse de su oportunidad en la vida, y que una nación llena de hombres tales es inferior a una nación que corre a presiones superiores.

William James

Share This:

FS #127 – Política arcaica

Fichero

LEA, por favor

Ángel Bernardo Viso, une autre fois. Esta vez la Ficha Semanal #127 de doctorpolítico copia enteramente la carta #20 (Madrid, 24 de mayo de 1990) de sus Memorias marginales.

Como Viso ha escogido la forma epistolar para disparar una ráfaga de veintitrés magníficos ensayos, constantemente alude a las cartas anteriores. (Dice, no poco borgianamente, en la Advertencia: «…la forma elegida para este libro no es un ardid literario, ni un disfraz, sino el cauce espontáneo de vivencias e ideas sólo empezadas a recuperar por la conciencia al final de una madrileña tarde de abril, en el curso de una larga confesión interior dirigida a un amigo, perdido de vista desde la juventud, y cuya respuesta no me alcanzará»).

En la carta vigésima, refiere a menciones previas de Mircea Eliade (Tratado de historia de las religiones y El mito del eterno retorno), Juan Nuño (Los mitos filosóficos) y, sin nombrarlos, a Manuel García Pelayo (Los mitos políticos) y Germán Carrera Damas (El culto a Bolívar Validación del pasado): «…Carrera Damas también ha demostrado que el culto a los héroes no sólo ha sido aceptado por el establishment, incluida la jerarquía católica —que por la pluma de Monseñor Navarro se esforzó en probar la ejemplaridad del cristianismo bolivariano—, sino por los grupos de izquierda, y en especial por el Partido Comunista…» (Carta décimo novena, 20 de mayo de 1990 desde Madrid).

Conviene notar, pues, que la escritura de Viso precede por dos años a la emergencia pública de Hugo Chávez el 4 de febrero de 1992. Como pasa con los analistas profundos, lo que escribe tiene valor profético; basta leerlo para comprobar su luminosa vigencia. Por ejemplo, apunta en la carta décimo novena: «…jóvenes y revolucionarios se han llamado algunos movimientos políticos por ser ésos los caracteres distintivos del grupo promotor de la Independencia, cuyas hazañas siguen vigentes gracias a su reactualización periódica. …toda la educación venezolana está basada explícita o implícitamente en esa idea; es más, la nacionalidad misma, en su sentido concreto y excluyente, depende de una idea parecida; por eso Arturo Uslar Pietri ha podido decir que en Hispanoamérica el estado (a mi juicio, un puro fruto revolucionario) ha precedido a la nación…»

Nihil sub sole novum. (Eclesiastés, I, 10). No hay nada de novedad en el plan chavista, que no hace sino repetir extravíos arcaicos, primitivos, bárbaros. Se trata —el programa de Chávez— de recaídas atávicas que ya nuestro pueblo ha sufrido. Esta vez es tan absurda la cosa que a su término probablemente nos hayamos curado de eso para siempre.

También usa Viso al final de la carta reproducida acá, la noción mitológica germana designada como ragnarök, la titánica lucha entre los dioses del Valhalla al final de los tiempos. Jorge Luis Borges escribió una de sus piezas más cortas justamente bajo ese título, que comienza diciendo: «En los sueños (escribe Coleridge) las imágenes figuran las impresiones que pensamos que causan; no sentimos horror porque nos oprime una esfinge, soñamos una esfinge para explicar el horror que sentimos. Si esto es así ¿cómo podría una mera crónica de sus formas transmitir el estupor, la exaltación, las alarmas, la amenaza y el júbilo que tejieron el sueño de esa noche?» Borges describe un sueño en el que los dioses regresan, incongruente como los sueños son, y concluye con esta última cláusula: «Sacamos los pesados revólveres (de pronto hubo revólveres en el sueño) y alegremente dimos muerte a los Dioses». Puede estar llegando la hora de dar muerte a Bolívar.

LEA

………

Política arcaica

Resulta una experiencia temible sumergirse en los mitos antes expuestos, con el fin de explicar nuestra manera de entender el tiempo histórico: «Time the destroyer is time the preserver», escribió también T. S. Eliot… En Disgregación e integración, Laureano Vallenilla Lanz se había adelantado de manera brillante a las ideas apuntadas en las páginas anteriores, al decir: «Para los hombres que durante un siglo se sucedieron en la dirección intelectual y política de Venezuela, jamás el pasado tuvo significación alguna… Del caos de la Colonia nació la efímera y candorosa República de 1811; del caos de la guerra magna surgió la Gran Colombia; del largo y tenebroso caos de la dominación oligarca surgió el partido liberal; y cuando la dinastía de los Monagas volvió la República a la nada, la obra creadora se dividió entre los convencionales de 1858 y los guerrilleros federales, hasta que del seno de otro caos formado por la dictadura y por la guerra de cinco años apareció la República democrático-federativa del 64… Obsérvese además que cada generación, cada partido, cada revolución, no abrigó nunca otro propósito sino el de destruir para crear».

La repetición en el tiempo del mito juvenil y revolucionario, y su carácter cíclico, adquirido después de su nacimiento, me hace pensar que el modo de aprehender la realidad histórica por parte de la sociedad venezolana, inducida por el grupo gobernante, en gran medida se ha vuelto arcaico; ese carácter cíclico es propio de las sociedades primitivas, como demuestra la etnografía, y de las sociedades tradicionales analizadas por Eliade en sus obras antes citadas. En una de ellas, El mito del eterno retorno, ese autor nos señala que el hombre primitivo no tiene capacidad para comprender a cabalidad los sucesos aislados, ni los conflictos personales, sino en la medida de su correspondencia con un arquetipo. Por eso el héroe es dotado por la imaginación popular, después de su muerte, con todos los rasgos correspondientes a su categoría, mientras caen en el olvido los elementos distintivos propios de un ser humano: la memoria colectiva no los retiene.

Hay algo más grave; Eliade explica en sus dos obras referidas, y en su extensa Historia de las ideas y de las creencias religiosas, que en las sociedades primitivas y tradicionales los mitos de origen tienen como misión fundar la realidad; sólo pasa a ser real lo que corresponde al arquetipo, dios o héroe fundador: «Debemos hacer lo que los dioses hicieron al comienzo» (Çatapatha Brâhmana, VII, 2, 1, 4). «Así lo han hecho los dioses; así hacen los hombres». (Taîttirîya Brâhmana, I, 5, 9, 4). «Ese adagio indio resume toda la teoría subyacente a los rituales de todos los países». De modo que la mitificación de los héroes de la Independencia no es inocente: ella fija un modelo de conducta alejado en el tiempo y que requiere ser actualizado tal como tuvo lugar inicialmente… Dedicarse a la mitopoeia es mucho más riesgoso que convertirse en aprendiz de brujo.

El hecho antes señalado es de gran importancia para mi análisis; demuestra que el culto venezolano a los héroes —el más marcado de toda Hispanoamérica—, tiene igualmente un claro carácter arcaico y no es en absoluto positivo para enfrentar los retos de nuestra época. Adicionalmente, como te expresé en otra parte de este escrito, ese culto induce a creer que cada país latinoamericano es una nación distinta y completa, creencia justamente criticada por Julián Marías en Hispanoamérica, y por Octavio Paz en De la Independencia a la Revolución. Ese arcaísmo no sólo ha inducido sino que implica un retroceso en la relación con la sociedad colonial, cuya clase dirigente tenía una concepción de la historia semejante a la de los pueblos cristianos de su tiempo… Finalmente, dicho arcaísmo se compagina a cabalidad con nuestro pretendido carácter de pueblo joven; dos siglos de existencia es un lapso muy breve en la vida de un pueblo, y según algunos ésa es la duración de nuestra historia; ella justifica todos los errores políticos, los pasados desmanes populares y las frecuentes rectificaciones de rumbo; ella refuerza igualmente todos los caracteres arcaicos, pues parece natural mantener todavía los rasgos de niños balbuceantes.

Juan Nuño también nos dice, en su antes citado libro, refiriéndose al judaísmo, al cristianismo y al hegelianismo, que «Una visión simplificadora de la historia se ha complacido en oponer la concepción lineal y abierta a otra circular y cerrada», siendo así que «ninguna de las grandes visiones de la historia escapa, de una forma u otra, a algún tipo de circularidad…» «por lo que… preferible sería elegir entre concepciones cíclicas de tiempo indeterminado y concepciones cíclicas de tiempo limitado. Y en ambas se presenta el mito de la recuperación de algo pasado, o en tanto tal pasado o en tanto proyectada utopía o incumplida promesa».

Sin estar capacitado para entrar al fondo de este arduo tema de filosofía de la historia, creo deber observar que, al menos para los cristianos, la escatología deja un gran margen de libertad antes del fin de los tiempos —acontecimiento imprevisible e independiente de la voluntad humana—; en uso de esa libertad, el hombre construye dramáticamente su vida y contribuye al desarrollo del mundo; es más, de acuerdo con Teilhard, en El medio divino, la acción humana tiene un valor absoluto en sí mismo y su objeto es lograr, mientras llega la parusía, una progresiva espiritualización de la materia, completando la obra divina; de esa manera, al acabarse el tiempo del hombre, no habría una abolición de la obra humana, ni una recuperación de algo exclusivamente elaborado por Dios; la historia sería lineal y progresiva: nos presentaríamos al gran juicio con nuestros modestísimos trabajos, pero acompañados con la Gioconda, la Pasión según San Mateo y hasta la mismísima Puerta del Infierno

Me podrás decir que esas ideas del poco común jesuita —asombroso descendiente directo de Voltaire—, esconden simplemente sus creencias, a pesar de los silogismos que plagan su citado libro. Sin embargo, si es cierto que aun el pensar filosófico está orientado por soterrados mitos, si nuestra poderosa irracionalidad aflora a cada paso, aunque tratemos de evitarlo, si incluso las ideas concebidas por la mente no pueden evadir los arquetipos descubiertos por Jung, más vale tomar en cuenta esos hechos, en lugar de eludirlos y, aunque sea a tientas, tratar de desechar las creencias empobrecedoras y aferrarse sólo a aquéllas susceptibles de servir de base a una vida y a una cultura dignas de ser asumidas en su plenitud.

En todo caso, aun dentro de las limitaciones señaladas por Nuño, es indudable que una concepción —más bien ilusión—, histórica de un ciclo tan arbitrario y limitado como el prevaleciente entre nosotros, y la devolución por el período heroico de los «tiempos aurorales» (de esa crepuscular aurora de 1810), no se limitan a ser arcaizantes: están en el fundamento mismo de nuestros fracasos. No obstante, el triunfo de aquella concepción no puede ser nunca definitivo ni completo en una sociedad como la nuestra, cuya credulidad es sólo parcial en relación con lo que se le enseña, más todavía si se pretende hacerlo con académica pedantería o utilizando las pompas del poder.

La coexistencia inevitable entre esas dos contradictorias maneras de pensar el tiempo histórico, crea un desajuste adicional en nuestro medio, mayor al atribuido en estas páginas a las diferencias étnicas y sociales; no se trata de algo situado en la superficie, sino en el fondo del alma, y que ayuda a explicar los tropiezos de nuestra sociedad mejor que el estudio de todos los errores económicos juntos; es más, cuando se adopta una correcta política liberal para reformar la economía —caso actual de Venezuela—, su vacilante y deformada aplicación no se debe a razones económicas, sino a un recurrente populismo y a deficiencias humanas y conceptuales que continuarán presentándose mientras no logremos exorcizar nuestros demonios.

Un íntimo amigo de ambos nos solía repetir desde la universidad ¿recuerdas? que los venezolanos tenemos mentalidad apocalíptica, pues a cada inconveniente grave juzgamos que ha llegado el fin del mundo; no podía responderle entonces, porque no lo sabía, que en una sociedad donde se crea la expectativa de renacimientos periódicos es lógica la creencia en destrucciones inminentes, auspiciadas en tiempo electoral por los candidatos de todos los partidos, pretendiendo que ellos son la última oportunidad de recuperar el país antes de su inevitable naufragio; no se trata, lógicamente, del germánico ragnarök —catastrófico combate final entre los dioses— sino de un fin de mundo a nuestra medida; más que nada, de una nueva e importante mengua en relación con nuestra posición anterior… Esa mentalidad, donde el arcaísmo desemboca en predicción de atenuadas catástrofes, no puede permitir el desarrollo buscado por la política liberal antes citada, ni con el apoyo de todos los Fondos Monetarios del mundo; tampoco permite una plena realización personal: somos miembros de la tribu, de acuerdo con la vieja definición aristotélica, so pena de ser animales o dioses.

Ángel Bernardo Viso

___________________________________________________________

 

Share This: