FS #138 – Crimen de guerra

Fichero

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Debo y agradezco esta brevísima ficha (Ficha Semanal #138 de doctorpolítico) a la gentileza de Juan Pablo Pérez Castillo, quien me permitió conocer el material. Esta ficha es la traducción de un conciso y, para un científico, desusado artículo publicado por el periódico inglés Guardian, el pasado 28 de marzo, hace exactamente una semana.

El autor del ardiente artículo es el Dr. Richard Horton, médico editor de Lancet, la más venerable y prestigiosa de las revistas de medicina en el mundo. Junto con The New England Journal of Medicine es la referencia más autorizada en materia médica.

Resulta que Lancet publicó, en octubre de 2006, un estudio emprendido por la Universidad Johns Hopkins, que fuera dirigido por Gilbert H. Burnham y Leslie F. Roberts, investigadores de la Escuela Bloomberg de Salud Pública de la mencionada universidad. Burnham y Roberts son epidemiólogos, y decidieron emplear técnicas de medición de la epidemiología para estimar la “mortalidad excesiva” en Irak desde que comenzara la invasión norteamericana e inglesa en 2003. Es decir, se proponían estimar el número de muertos en Irak que no lo estarían si no hubiera habido la invasión.

La cifra más probable reportada por el estudio es de 654.965 muertes en exceso de la mortalidad normal en Irak. (En realidad el estudio arrojó un intervalo, con 95% de confianza, que va desde un mínimo de 392.979 hasta un máximo de 942.636. La cifra más publicitada corresponde al valor más probable del intervalo definido por una curva de distribución normal).

La actitud indiferente y engañosa por parte de los más altos niveles del gobierno inglés, incluido el propio Tony Blair, desató la indignación del habitualmente plácido Dr. Horton. Su artículo en Guardian no puede ocultar la pasión que siente desde su propio título—Un monstruoso crimen de guerra—y el sumario de inicio: “Con más de 650.000 civiles muertos en Irak, nuestro gobierno debe asumir responsabilidad por sus mentiras”. Es sin duda, una poderosa denuncia.

Quien desee conocer con más detalle el estudio, y las vicisitudes por las que debió pasar como consecuencia de la irresponsable ceguera y la negación de los gobiernos de EE. UU. e Inglaterra, pueden leer un amplio artículo de Dale Keiger—The Number—en la revista de la Universidad Johns Hopkins. El URL del artículo es: http://www.jhu.edu/~jhumag/0207web/number.html

Keiger señala, entre otras cosas: “Si, para fines de argumentación, consideráramos equivocado el estudio y que el número de muertes iraquíes fuese menos de la mitad de la infame cifra, ¿es aceptable que ‘sólo’ 300.000 murieron? En noviembre pasado, sin explicación ninguna, el Ministerio de Salud iraquí comenzó a hablar de 150.000 muertos, cinco veces su estimación previa. ¿Es esa cantidad de muertes aceptable? En enero, las Naciones Unidas reportaron que sólo el año pasado más de 34.000 iraquíes murieron violentamente. ¿Es eso aceptable?”

Por mucho menos que eso se llevó a Slobodan Milosevic ante el Tribunal Internacional de Justicia. Por bastante menos que eso se juzgó y ahorcó a Saddam Hussein. No hay nada que justifique ni un solo día más de tropas norteamericanas e inglesas en Irak, pero ahora el gobierno dirigido por George W. Bush se apresta para “ataques quirúrgicos” sobre Irán, que la inteligencia rusa estima pudieran ocurrir tan pronto como este mismo Viernes Santo. Parafraseando a Horton, es inexplicable que no se haya iniciado ya un proceso de impeachment contra el nefasto presidente de los Estados Unidos.

LEA

Crimen de guerra

Nuestro fracaso colectivo ha sido el de creer las palabras de nuestros líderes políticos. Esta semana reportó la BBC que los propios científicos del gobierno habían informado a los ministros que el estudio de Johns Hopkins sobre la mortalidad civil en Irak era preciso y confiable, luego de una petición de libertad de información por el reportero Owen Bennett-Jones. Este estudio fue publicado en Lancet en octubre pasado. Estimó que 650.000 civiles iraquíes habían muerto desde la invasión liderada por los norteamericanos y los británicos en marzo de 2003.

Inmediatamente después de la publicación, el vocero oficial del primer ministro dijo que el estudio de Lancet “no era uno en el que creyéramos que fuese en ningún punto preciso”. La secretaria del exterior, Margaret Beckett, dijo que las cifras de Lancet eran “extrapolaciones” y un “salto”. El presidente Bush dijo: “No lo considero un reporte creíble”.

Científicos del Departamento para el Desarrollo Internacional del Reino Unido piensan distinto. Sus conclusiones son que los métodos del estudio son “probados y comprobados”. De hecho, la aproximación de Johns Hopkins probablemente conduce a una “subestimación de la mortalidad”.

El principal asesor científico del Ministerio de Defensa dijo que la investigación era “robusta”, próxima a la “mejor práctica”. Recomendó “cuidado con la crítica pública del estudio”.

Cuando estas recomendaciones alcanzaron a los consejeros del primer ministro, éstos se horrorizaron. Una persona que informaba a Tony Blair escribió: “¿Estamos realmente seguros de que es probable que el informe sea correcto? ¿Esto es ciertamente lo que el reporte implica?” Un funcionario de la Oficina de Exteriores y la Mancomunidad se vio forzado a concluir que el gobierno “no debiera estar echando Lancet a la basura”.

El consejero del primer ministro cedió finalmente. Escribió: “La metodología de estudio usada acá no puede ser echada a la basura. Es una forma probada y comprobada de medir la mortalidad en zonas de conflicto”.

¿Cómo respondería el gobierno? ¿Daría la bienvenida al estudio de Johns Hopkins como una contribución importante a la comprensión de la amenaza militar a los civiles iraquíes? ¿Exigiría una urgente verificación independiente? ¿Invitaría al gobierno iraquí a reforzar la seguridad civil?

Por supuesto, nuestro gobierno no hizo ninguna de estas cosas. Tony Blair fue aconsejado para que dijera: “El mensaje principal es que no hay cifras precisas o confiables de las muertes en Irak”.

Su vocero oficial fue más allá y rechazó por completo el reporte de Johns Hopkins. Fue un ocultamiento vergonzoso y cobarde por parte de un primer ministro laborista; sí, laborista.

De hecho, esto fue incluso contradictorio del informe del propio Grupo de Estudio de Irak de los Estados Unidos, que el año pasado concluyó que “hay una subestimación significativa de la violencia en Irak”.

Este gobierno laborista, que incluye a Gordon Brown tanto como a Tony Blair, es cómplice de un crimen de guerra de proporciones monstruosas. Sin embargo, nuestro consenso político impide cualquier respuesta judicial o de la sociedad civil. Gran Bretaña está paralizada por su propia indiferencia.

En momentos cuando estamos celebrando nuestra ilustrada abolición de la esclavitud hace 200 años, continuamos cometiendo uno de los peores abusos internacionales de los derechos humanos del pasado medio siglo. Es inexplicable cómo dejamos que esto ocurriera. Es inexplicable por qué no estamos exigiendo que este gobierno renuncie en bloque.

Dentro de doscientos años, la guerra de Irak será lamentada como el momento cuando Gran Bretaña violó su delicada constitución democrática y se unió a las filas de las naciones que usan la matanza preventiva extrema como una táctica de política exterior. Gran aniversario va a ser ése.

Richard Horton

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FS #137 – No mandarás

Fichero

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En los comienzos del diario marabino La Verdad, liderado entonces por el recordado Jorge Abudei, fui generosamente invitado a escribir semanalmente en sus páginas. Así estuve allí durante veintisiete veces consecutivas, hasta que ocupaciones editoriales en otro periódico de Caracas dificultaron la continuación de la escritura para Maracaibo.

El décimo cuarto de los artículos fue escrito el 16 de julio de 1998, bajo el título “No mandarás”, obviamente en forma de mandamiento bíblico. El texto en cuestión trata de un tema que se ha hecho recurrente en mis escritos sobre política: los impedimentos que se colocan activamente para impedir la contribución política de los “hombres de pensamiento”.

Como puede fácilmente colegirse, la publicación del artículo ocurrió casi justamente en la mitad del año electoral de 1998, caracterizado por una gran pobreza temática. Era el año de la campaña cosmética de Irene Sáez, a quien sus asesores recomendaron frecuentes cambios de tocado y atuendo. (Como, por ejemplo, peinarse de forma similar a Evita Perón). Hugo Chávez ya hablaba de Bolívar, Maisanta, Ezequiel Zamora y Simón Rodríguez. (Contradiciendo la recomendación de este último—”O inventamos o erramos”—pues difícilmente es inventar la fijación sobre el pasado). Henrique Salas Römer hacía lo suyo, encabezando cabalgatas en y desde el Campo de Carabobo. A estas y otras conductas de mercadeo político hace alusión el artículo.

En un texto más amplio—De héroes y de sabios—escrito un mes antes del artículo reproducido en esta Ficha Semanal #137 de doctorpolítico, se hacía el siguiente apunte:

“Vilfredo Pareto, sociólogo y economista italiano de principios de siglo, se ha hecho muy conocido en el ámbito empresarial, gracias a que sus ‘curvas’ han devenido en concepto medular de la escuela gerencial de la ‘calidad total’. También es el autor de ‘La circulación de las élites’. En este libro Pareto describe la configuración de poder más frecuente como aquélla en la que los hombres de acción, los ‘leones’, son los que gobiernan. Pero también expone que cíclicamente los ‘leones’ arriban ante atolladeros que no pueden superar, y deben venir entonces los ‘zorros’ al gobierno, los hombres de pensamiento, los que dominan el ‘arte de la combinatoria’, a resolver la situación. Según su esquema, los ‘leones’ y los ‘zorros’ se alternan cíclicamente; según Pareto las élites circulan.

Tal vez, entonces, estemos en Venezuela necesitando un desplazamiento, aunque sólo sea temporal, de ‘leones’ por ‘zorros’, de caudillos por filósofos. Tal vez estemos ante la necesidad de un nuevo ciclo de Pareto, y entonces recupere la vigencia la idea de un ‘retorno de los brujos’, que fuera el título de uno de los libros de mayor influencia en la fértil década de los años sesenta”.

Traducido a folklore venezolano, el asunto es denotable por la oposición ancestral entre Tío Tigre y Tío Conejo. Fue por esto que el suscrito contribuyera al libro editado por Fausto Masó, varias veces mencionado en estas páginas (Chávez es derrotable), con un artículo titulado Tío Conejo como outsider. La fórmula continúa vigente: la contrafigura que puede superar a Chávez deberá tener rasgos muy distintos a los convencionales. En febrero de 1985 escribí ya que los nuevos actores: “Exhibirán otras conductas y serán incongruentes con las imágenes que nos hemos acostumbrado a entender como pertenecientes de modo natural a los políticos. Por esto tomará un tiempo aceptar que son los actores políticos adecuados, los que tienen la competencia necesaria, pues, como ha sido dicho, nuestro problema es que los hombres aceptables ya no son competentes mientras los hombres competentes no son aceptables todavía”.

LEA

No mandarás

Existe una antigua leyenda de las tribus germánicas según la cual al comienzo del mundo sólo había dos clases de hombres: héroes y sabios. Según el mito, los héroes se levantaban todas las mañanas dispuestos para la faena:  conquistar castillos, rescatar doncellas y matar dragones. Al caer el día cesaba la jornada; y entonces los héroes se dirigían a las cuevas de los sabios, para que éstos les explicaran el significado de sus hazañas, pues no sabían ni por qué ni para qué las emprendían.

El recuerdo de este relato vino a mi mente al leer, a mediados del año pasado, un análisis de Argenis Martínez, el que encabezaba así: “La característica general de la política venezolana hasta ahora es que si usted está mejor preparado en el campo de las ideas, es más inteligente a la hora de buscar soluciones y tiene las ideas claras sobre lo que hay que hacer para sacar adelante el país, entonces usted ya perdió las elecciones”. No se concibe que quien ostensiblemente lea mucho, piense mucho, invente mucho, pueda ser un buen gobernante.

Y no sólo es que en Venezuela se prohíbe a los sabios y brujos mandar, sino que ni siquiera se les estima. Una vez un profesor extranjero, experto internacional en sistemas de decisión de alto nivel, fue invitado por un ministro venezolano muy importante. El profesor, a petición del ministro, recomendó la institución de un centro nacional de investigación y desarrollo de políticas, de una unidad de análisis de políticas para la Presidencia de la República, y de un programa de formación para los que trabajarían en ambos tipos de centro. Dijo que esa trilogía era indispensable para aumentar la racionalidad en la toma de decisiones públicas. Después de escucharlo con mucha atención, y después de declarar que esto último era lo que él procuraba hacer desde su ministerio, el ministro dijo: “El problema, profesor, es que por mucho tiempo más la clave de la política venezolana estará en el número de compadres que tenga el Presidente en el territorio nacional”.

Y no se crea que algo así ocurre sólo en el corazón del Gobierno Central: hace unos años ya, en una de las operadoras de PDVSA, un conferencista buscaba una página en blanco en el rotafolio de la junta directiva a la que hablaría en unos instantes. En ese proceso se topó con una página en cuyo centro estaba escrito lo siguiente: “A la industria petrolera no le conviene tener demasiada gente inteligente”.

¿Qué es este prejuicio contra las personas que tienen la tara de intelectualidad? Que se sepa, la Constitución de 1961 sólo inhabilita para el ejercicio de los altos cargos públicos a quienes no son venezolanos por nacimiento, a quienes son demasiado jóvenes, a quienes son religiosos. (Si se comprende las enmiendas, a quienes han sido hallados culpables de delitos contra la cosa pública). No existe indicación alguna, ni en su texto original ni en las dos enmiendas subsiguientes, de la inhabilidad política de los “hombres de pensamiento”. ¿De dónde se saca entonces que éstos no deben mandar?

Debe ser de la versión criolla de la leyenda alemana en la que los héroes se han desentendido de los fines, de los significados políticos, y sólo atienden a la emisión de señales, que pueden ser cabalgatas en Carabobo, patadas de fútbol en atuendo deportivo, moños recogidos o sueltos, asociaciones felinas o bolivarianas, boinas militaroides, eslóganes, jingles, apariciones en estadios o corridas de toros. El problema de los contenidos políticos, de los tratamientos a problemas públicos, de los programas, no es asunto que les desvela. Para eso siempre puede contratarse a alguien que los imagine y los escriba.

Éste es, pues, el asunto. En el “viejo modelo político” los caciques mandan, los héroes matan dragones, pero no tienen que pensar en la solución a los problemas públicos. De eso deben ocuparse, subordinados siempre a quienes mandan, los sabios que encuentran los significados y los brujos que producen menjurjes y encantamientos. Profesionales que encuentren soluciones. El modelo, el arquetipo, el paradigma en el viejo sentido de ejemplo, prescribe a quien detente o quiera detentar el mando el papel y el carácter de un combatiente. No el de un resolvedor de problemas. Pero ¿no es justamente la solución de los problemas públicos la verdadera y única justificación de la política? ¿Hasta cuándo elegiremos como gobernantes a quienes se forman como combatientes? ¿Cuándo entenderemos que en la compleja sociedad de hoy son otros los talentos necesarios?

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FS #136 – El auge de la mentira

Fichero

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Cuando quien firma abajo estaba a punto de cumplir cinco meses de existencia, Octavio Paz publicaba en la revista mexicana Novedades (2 de junio de 1943) un artículo titulado El auge de la mentira. Es un discurso apasionado y juvenil, y por esto exagerado, acerca de la credulidad de nuestra época. Su texto completo forma esta Ficha Semanal #136 de doctorpolítico. Paz fustiga en el mismo ensayo diminuto la mentira del cine y la de la política. La exageración está en la primera denuncia; la segunda es exacta. Paz opone al cine la poesía, inexactamente, pues el cine puede ser un verdadero arte no exento de poesía. Pero se entiende lo que quiere decir: que el cine vende, mayormente, ilusiones que sirven al escape de la realidad.

La tesis general es, pues, muy verdadera. En nuestra época se cree, con lamentable facilidad, los pases de los encantadores de serpientes, las presentaciones de los charlatanes—una pretendida medicina “sistémica”, que nuestros publicistas no vacilan en ensalzar en la televisión porque paga buen dinero—los discursos de los demagogos. Octavio Paz habló en su cortísimo ensayo con autoridad: el mexicano premiado con el Nóbel de Literatura en 1990, ya de joven estaba comprometido con la verdad. Muerto en 1998, no pudo comentar, como lo habría hecho certeramente, sobre la mentira que nos gobierna en Venezuela. El artículo reproducido acá coincidía temporalmente con la locura nazi, cuando aún faltaban dos años de la Segunda Guerra Mundial.

El hermoso y estimulante trozo del castellano joven de Paz—tenía 29 años—es una anticipación. Cuarenta y cinco años más tarde Jean-François Revel comenzaba un libro diciendo: “La primera de todas las fuerzas que dirigen el mundo es la mentira». (La connaissance inutile). La concisión del poeta que era Paz creció magistralmente en el ensayista que era Revel. En 1988 se publicaba “El conocimiento inútil”, que valió a éste el Premio Chateaubriand y el Premio Jean-Jacques Rousseau.

La pluma de Revel no tenía nada de complaciente. Así escribió cáusticamente: “El club con más socios del mundo es el de los enemigos de los genocidios pasados. Sólo tiene el mismo número de miembros el club de los amigos de los genocidios en curso”. (La gran mascarada, 2000). “La certeza de ser de izquierdas descansa en un criterio muy simple, al alcance de cualquier retrasado mental: ser, en todas las circunstancias, de oficio, pase lo que pase y se trate de lo que se trate, antiamericano”, “La globalización es el chivo expiatorio de los inútiles”. (La obsesión antiamericana, 2002). “La tentación totalitaria, bajo la máscara del demonio del Bien, es una constante del espíritu humano”. (La tentación totalitaria, 1976).

Y también escribió en La connaissance inutile: “La democracia se suicida si se deja invadir por la mentira; el totalitarismo si se deja invadir por la verdad”.

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El auge de la mentira

En los tiempos antiguos el hombre no era más crédulo que en los presentes—aunque sí más creyente. La falta de fe, el escepticismo, la desconfianza no ciegan las fuentes de la credulidad, solamente la hacen cambiar de color y de objeto. Ya nadie cree en las sirenas, ni en la alquimia, pero muchos millones creen al doctor Goebbels y casi todos los habitantes del planeta prestan crédito al mundo que les pinta Hollywood—crédito que jamás han concedido a un filósofo o a un científico. La credulidad de los antiguos, al contrario de lo que ocurre ahora, no nacía del cansancio de buscar y de las sucesivas desilusiones de la historia y la vida interior; su fuente era más pura y por eso sus imágenes también poseían frescura y pureza: nacían del candor, del asombro. El hombre moderno cree por desesperación, porque todas las explicaciones le han fallado o han resultado insuficientes: cree por debilidad de la razón, no por exceso de imaginación. Generalmente se intoxica con cualquier teoría o con cualquier pobre sucedáneo cinematográfico; si asiste a un mitin, lo que pretende es buscar, ciegamente, un nuevo contacto con una noción que la vida moderna le ha hecho perder: el sentido de la fraternidad; si va un cine, lo que intenta es emborracharse de optimismo, vivir la vida que no puede vivir, satisfacer unos instintos reprimidos durante el día o encontrar el olvido de sí mismo.

Los griegos, ese pueblo de políticos, sentían una profunda e instintiva desconfianza frente a los razonamientos y promesas de los políticos y, hasta muy avanzada su historia, dudaban de los filósofos y escarnecían a los utopistas. (No tuvieron profetas, en el sentido hebraico de la palabra). Y, sin embargo, aceptaban y creían todas las fábulas de los poetas. La religión griega no fue una creación de los sacerdotes ni de un alto clero; tampoco el producto de la filosofía o del pensamiento moral: la religión griega fue una creación, una libre creación, de los poetas griegos. Ni Homero, ni Hesíodo, ni ninguno de los creadores de los mitos de Prometeo, Afrodita, Zeus o Hera fueron intelectuales, santos, profetas o clérigos. Para todos los modernos, la poesía es, evidentemente, una mentira manifiesta, cuando no un extravío reprochable; y si la seca poesía moderna es considerada como superchería y locura, ¿qué decir de la poesía griega? Cuando un poeta dice que las olas son una manada de cabras que trepan por la playa rocosa, ¿quién le puede creer? ¿Y habrá algún loco que tome en serio las hazañas de Aquiles, el tormento de Prometeo, la caja de Pandora, el nacimiento de Venus o el castigo de Galatea? Sí, hubo unos locos que creyeron esas fábulas de los poetas: los griegos, los mismos que desconfiaban de la razón y condenaron a Sócrates…, no obstante que fueron los primeros que descubrieron la razón especulativa, fundando así la ciencia y la filosofía.

Los mitos, esas invenciones y fábulas de los poetas, no impidieron a los griegos concebir la geometría, fundar los sistemas del razonamiento y, en fin, producir una filosofía que no hemos hecho sino desarrollar. La cultura griega no fue sino una racionalización de los mitos griegos. Su educación, una pedagogía tendiente a aplicar y realizar entre la juventud los ideales y las virtudes de los héroes míticos. Filósofos, políticos y pensadores no hicieron otra cosa que racionalizar, explicar y aplicar las intuiciones de los poetas. (A la inversa de lo que ocurre entre nosotros: se quiere un arte al servicio de la religión, de la industria o de las necesidades del Estado. Se crea así un arte oficial, aristocrático, precisamente lo contrario de lo que se pretende). La teoría de Platón sobre las reminiscencias y los arquetipos, singular anticipación de la doctrina del inconsciente colectivo de Jung, ¿no es acaso la primera y ya afortunada tentativa para explicar los mitos de los poetas, no como simples mentiras sino como verdades ocultas, como figuradas exprsiones de la memoria inconsciente y sobrepersonal?

Salvo Platón, poeta en su juventud, los griegos no desconfiaron de la poesía ni la juzgaron irreal y mentirosa. Sabían que la imaginación no es lo contrario de la realidad sino su metáfora. Una creación poética, si lo es de verdad, contiene a la realidad, aunque no la exprese en términos exactos, científicos o racionales. No mintieron Homero ni Cervantes cuando crearon a Aquiles y a Don Quijote, como no mintió Flaubert cuando dio vida a Emma Bovary. Los sabios, especialmente los psicólogos y los antropólogos, se sirven de los mitos de los poetas para bautizar sus descubrimientos, porque fueron ellos los primeros que expresaron los enigmas de la naturaleza. ¿Qué ha hecho Freud sino glosar y explicar la tragedia griega, el mito de Edipo y el de Electra? ¿Qué han hecho Frazer o Lévy-Bruhl sino servirse de los mitos primitivos, no para negarlos como simples mentiras sino para explicar el alma y la sociedad arcaicas? La imaginación le sirve al hombre para expresar a la realidad, no para corromperla o mutilarla.

Pero ahora el hombre se rehúsa a la imaginación. Ha dejado de creer en los poetas, aunque sigue prestando crédito a sus baratos sucesores: los empresarios de Hollywood—para no hablar de los nuestros—y los empresarios de la locura, como Hitler… La decadencia de la imaginación no nos ha hecho amantes de la exactitud sino que nos ha entregado a la mentira. Es ella la que triunfa, disfrazada de realidad.

Octavio Paz

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FS #135 – Las dos culturas

Fichero

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C. P. (Charles Percy) Snow (1905-1980) escribió unas cuantas novelas, como las de la serie Strangers and Brothers, que describe la política propia del mundo académico. También era el esposo de Pamela Hansford Johnson, una poetisa, dramaturga y novelista británica. Fue asimismo un agudo crítico social, muy interesado en política, preocupado especialmente de la división entre países ricos y pobres. Uno de sus mordaces aforismos—apropiada reflexión para quienes acatan obsequiosamente los caprichos de jefes autoritarios—dice: “Cuando uno piensa en la larga y lóbrega historia del hombre, uno encuentra que más crímenes horribles han sido cometidos en nombre de la obediencia que en nombre de la rebelión”.

Pero la carrera profesional de Snow fue en realidad la de científico y administrador de ciencia. Físico graduado, la Segunda Guerra Mundial le llevó a involucrarse en la política científica inglesa. Para la época del gobierno laborista de Harold Wilson llegó a ser el segundo en el Ministerio de Tecnología.

En 1959 Snow dictó en la Universidad de Cambridge una conferencia cuyo texto llegó a convertirse rápidamente en un clásico. Fue publicada en forma de libro bajo el título The Two Cultures and the Scientific Revolution. El debate posterior le llevó a moderar algunas de sus observaciones—sin abandonar la tesis inicial—las que llevó en 1963 a un nuevo libro: Las dos culturas: una segunda mirada.

Seguramente su doble personalidad de escritor de ficción y científico le permitió la intuición del tema. C. P. Snow postulaba en la conferencia la incomunicabilidad de dos grupos distintos de intelectuales: los humanistas y los científicos. Para un científico el nombre de Knut Hamsum puede ser tan arcano como el de Subramanyan Chandrasekhar para un literato. Snow creía que este fenómeno era un grave problema, al que habría que poner remedio mediante una reforma de la educación. La Ficha Semanal #135 de doctorpolítico reproduce los párrafos más famosos de su disertación.

Probablemente los científicos sociales, adiestrados en métodos de la ciencia y cercanos por objeto al “mundo de la cultura”, estén en mejor posición de establecer la comunicación entre esos compartimientos estancos. Snow creía que el asunto es lamentable porque son los miembros de la “cultura tradicional” quienes manejan el mundo.

En nuestro patio es algo así muy notorio. Es muy raro que un científico llegue a puestos de importancia en la estructura política del país. Quienes nos han gobernado provienen, en su mayoría, de la carrera jurídica o la casta militar. José María Vargas, médico, y Rómulo Gallegos, novelista, son excepciones. Y esto significa que lo que nos ha gobernado, en verdad, es un paradigma jurídico-militar. Es un compuesto sintético basado en la creencia en que el acto político supremo es o una ley o un acto de fuerza.

En México, durante el “Porfiriato” de fines del siglo XIX, un hálito positivista llevó al presidente Díaz a probar en el gabinete a “los científicos”, imbuidos de las doctrinas de Augusto Comte. El experimento no fue muy exitoso, pero quizás más porque Porfirio Díaz era en verdad un dictador que porque la aproximación científica a la política estuviese errada. En todo caso, si es frecuente que un político haya leído, al menos, a Doña Bárbara, es muy raro que tenga idea alguna acerca del Principio de Incertidumbre. Podemos esperar que la creciente informatización del planeta producirá electores más exigentes, que no tolerarán el analfabetismo de los políticos en cosas de la ciencia.

LEA

Las dos culturas

En un polo, la cultura científica es en realidad una cultura, no sólo en un sentido intelectual, sino en un sentido antropológico. Esto es, sus miembros no necesitan siempre entenderse—y por supuesto a menudo no lo hacen—completamente los unos a los otros; los biólogos frecuentemente tienen una idea borrosa de la física contemporánea; pero hay actitudes comunes, aproximaciones y supuestos comunes. Esto es así, sorprendentemente, de modo amplio y profundo. Pasa a través de otros patrones mentales, como los de religión, de política o de clase.

Estadísticamente, supongo que una ligera mayoría de científicos son incrédulos en términos religiosos, comparados con el resto del mundo intelectual, aunque hay bastantes que son religiosos, y éstos parecen estar aumentando entre los jóvenes. También estadísticamente, ligeramente más científicos son políticamente de izquierda aunque, de nuevo, muchos se tienen por conservadores, y también esto parece ser más común entre los jóvenes. Comparados con el resto del mundo intelectual, considerablemente más científicos en este país, y probablemente en los Estados Unidos, vienen de familias pobres. Sin embargo, en un amplio rango de pensamientos y conductas, nada de eso importa. En su trabajo, y en mucha de su vida emocional, sus actitudes están más cercanas a las de otros científicos que a las de no científicos que en religión, política o clase tengan sus mismas etiquetas. Si se me permite arriesgar alguna abreviación, diría que ellos tienen, de modo natural, el futuro en los huesos.

Puede que les guste o no, pero lo tienen. Esto era verdad de conservadores como J. J. Thomson y Lindemann como de los radicales Einstein o Blackett; tan verdadero en el cristiano A. H. Compton como en el materialista Bernal; en los aristócratas Broglie o Russell como en el proletario Faraday; en aquellos que nacieron ricos, como Merton o Víctor Rothschild, como en Rutherford, que era el hijo de un todero. Sin pensar en ello, todos respondían similarmente. Éso es lo que una cultura significa.

En el otro polo la distribución de actitudes es más amplia. Es obvio que entre ambos, a medida que nos movemos en la sociedad intelectual de los físicos a los intelectuales literarios, se encuentra toda clase de tonos de sentimiento. Pero creo que el polo de la incomprensión total acerca de la ciencia irradia su influencia a todo el resto. Esa incomprensión total ofrece, más extendidamente de lo que uno cree, viviendo en ella, un cierto aroma acientífico a toda la cultura “tradicional”, y a menudo ese aroma acientífico, mucho más que lo que queremos admitir, está a punto de hacerse anticientífico. Los sentimientos de un polo son los antisentimientos del otro. Si los científicos tienen el futuro en los huesos, entonces la cultura tradicional responde deseando que el futuro no existiera. Y es la cultura tradicional, hasta cierto punto muy poco disminuida por la emergencia de la científica, la que maneja el mundo.

Esta polarización es pura pérdida para todos nosotros. Para nosotros como pueblo, y para nuestra sociedad. Es al mismo tiempo una pérdida práctica, intelectual y creativa, y repito que es incorrecto imaginar que estas tres consideraciones son claramente distinguibles…

El grado de incomprensión a cada lado es del tipo de chiste que se ha agriado. En este país hay alrededor de cincuenta mil científicos trabajando, y alrededor de ochenta mil ingenieros profesionales o tecnólogos. Durante la guerra, y en los años posteriores, mis colegas y yo tuvimos que entrevistar a unos treinta o cuarenta mil de ellos, es decir, alrededor del 25 por ciento. El número es lo suficientemente grande como para darnos una buena muestra, aunque la mayoría de los hombres con los que hablamos tiene todavía menos de cuarenta años. Pudimos descubrir unas cuantas cosas acerca de lo que leían y pensaban. Confieso que incluso estimándoles y respetándoles, quedé algo conmovido. No esperábamos que sus vínculos con la cultura tradicional fueran tan tenues, no mucho más que un formal saludo a la bandera.

Como era de esperar, algunos de los mejores entre los científicos tenían y tienen de sobra energía e interés, y así nos encontramos con algunos que habían leído todo aquello de lo que habla la gente literaria. Pero eso es muy raro. La mayoría del resto, cuando uno intentaba sondear qué libros había leído, confesaría modestamente: “Bueno, he probado algo de Dickens”, como si Dickens fuera un escritor extraordinariamente esotérico, enredado y dudosamente remunerador. De hecho, así era exactamente como le veían: pensamos que ese hallazgo, el que Dickens hubiera sido transformado en el arquetipo de lo literariamente incomprensible, fue uno de los resultados más extraños de todo el ejercicio.

Pero, por supuesto, al leerlo, al leer casi cualquier escritor que debiéramos valorar, estaban sólo saludando a la bandera de la cultura tradicional. Ellos tienen su propia cultura, intensa, rigurosa, constantemente activa. Esta cultura contiene una gran cantidad de debate, usualmente mucho más riguroso, y casi siempre en un nivel conceptual superior al de los argumentos de las personas letradas, aun cuando los científicos emplean alegremente palabras en sentidos que las personas letradas no reconocen. Los sentidos son exactos, y cuando hablan acerca de “subjetivo”, “objetivo”, “filosofía” o “progresista”, todos saben lo que quieren decir, aunque no sea lo que uno estaría acostumbrado a esperar.

Recuerden, éstos son hombres muy inteligentes. Su cultura es de muchas maneras exigente y admirable. No contiene mucho de arte, con la excepción, una importante excepción, de la música. Intercambio verbal, argumentación insistente. Discos de larga duración. Fotografía a color. El oído, hasta cierto punto el ojo. Libros, muy pocos, aunque no muchos irían tan lejos como un héroe, quien quizás debo admitir estaba bastante más abajo en la escalera de la ciencia que aquellos de los que hablo, y quien preguntado sobre los libros que leía, respondió firme y confiadamente: “¿Libros? Yo prefiero usar mis libros como herramientas”. Era muy difícil no dar rienda suelta a la imaginación: ¿qué clase de herramienta sería un libro? ¿Quizás un martillo? ¿Un primitivo instrumento de excavar?

De libros, pues, muy poco. Y de los libros que para la mayoría de las personas letradas son pan de cada día, como novelas, historia, poesía, dramas, casi nada en absoluto. No es que no se interesen en la vida psicológica, moral o social. En la vida social ciertamente lo están, más que la mayoría de nosotros. En la moral, ellos son en gran medida el más sólido grupo de intelectuales que tenemos; hay un componente moral justo en la médula de la ciencia misma, y casi todo científico forma sus propios juicios de la vida moral. En la psicológica tienen casi tanto interés como la mayoría de nosotros, aunque ocasionalmente tengo la impresión de que le llegan más bien tarde. No es que carezcan de intereses. Es mucho más que la literatura entera de la cultura tradicional no les parece pertinente a esos intereses. Están, por supuesto, absolutamente equivocados. Como resultado, su comprensión imaginativa es menos de lo que debía ser. Se han autoempobrecido.

Pero ¿qué hay con el otro lado? También están empobrecidos, quizás más seriamente porque son más vanidosos sobre el punto. Todavía les gusta pretender que la cultura tradicional es “toda” la cultura, como si el orden natural no existiese. Como si la exploración del orden natural no fuera de interés por su valor intrínseco o sus consecuencias. Como si el edificio científico del mundo físico no fuera, en su profundidad intelectual, su complejidad y su articulación, la más hermosa y maravillosa obra colectiva de la mente del hombre. No obstante, la mayoría de quienes no son científicos no tiene idea de ese edificio en absoluto. Aun si quieren, no pueden. Es más bien como si, sobre un inmenso espectro de la experiencia intelectual, todo un grupo careciera de oído. Excepto que, en este caso, esa sordera musical no proviene de la naturaleza sino del adiestramiento o, más bien, de la falta de adiestramiento.

Como pasa a los que no tienen oído, no saben lo que se pierden. Se ríen condescendientemente de los científicos que jamás han leído una obra importante de la literatura inglesa. Los desprecian como especialistas ignorantes. Sin embargo, su propia ignorancia y su propia especialización son igualmente sorprendentes. Más de una vez he asistido a reuniones de gente que, según estándares de la cultura tradicional, es tenida por superiormente educada y que con gusto considerable expresaban su incredulidad ante la incultura de los científicos. Una o dos veces he sido provocado y preguntado a los asistentes cuántos de ellos pudieran describir la Segunda Ley de la Termodinámica. La respuesta ha sido fría; también ha sido negativa. No obstante, estaba preguntando algo que es el equivalente científico de preguntar: ¿ha leído usted una obra de Shakespeare?

Ahora creo que si hubiese hecho una pregunta aun más simple—como ¿qué entiende usted por masa, o aceleración?, que es el equivalente científico de decir ¿puede usted leer?—no más de uno de cada diez de los muy educados hubiera creído que hablábamos el mismo lenguaje. Así, el gran edificio de la física moderna crece, y la mayoría de las personas más inteligentes en el mundo occidental tienen tanta comprensión de él como sus ancestros neolíticos hubieran tenido.

C. P. Snow

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FS #134 – ¿Qué viene ahora?

Fichero

LEA, por favor

John Brockman es un neoyorquino describible como empresario de la modernidad, a quien conocí en 1974 gracias al contacto establecido por el poeta y experto en multimedia Gerd Stern, un estupendo amigo entonces basado en Cambridge, Massachusetts. No me refiero a un empresario moderno, sino a alguien que ha hecho de la modernidad su territorio. Autor él mismo—The late John Brockman, Conversations with John Brockman, The Third Culture—estuvo asociado con The Whole Earth Catalogue, una publicación que representó, al decir de Steve Jobs, el fundador de Apple Computers (hoy Apple Inc.), una especie de Google en papel en la década de los setenta.

Brockman fundó también The Reality Club, una asociación dedicada a la búsqueda intelectual que se reunía a escuchar a poetas como Stern, actrices como Ellen Burstyn o científicos como Stuart Kauffman, Murray Gell-Mann o Benoit Mandelbrot y discutir con ellos las ideas más radicales y avanzadas. (El suscrito fue hecho miembro honorario del club, y posee una chaqueta negra de lanzador de béisbol, con el nombre del club a la espalda y el propio sobre el pecho. Su hija mayor había secuestrado la prenda, pero ya hace un tiempo que la ha devuelto).

Por último, Brockman es el editor de Edge, un sitio web (www.edge.org) que ha extendido las funciones del club—de hecho lo contiene ahora—y es en sí mismo un hervidero de debates de avanzada. Una de sus secciones, el World Question Center, estimula el debate sobre preguntas extraordinariamente sugestivas. La revista inglesa Prospect acaba de publicar la respuesta de cien de sus colaboradores—filósofos, historiadores, periodistas, políticos, educadores—a una pregunta sugerida por el curioso “centro” de Edge, es decir, por John Brockman. La pregunta es ésta: “Izquierda y derecha definieron el siglo XX, ¿qué viene ahora?” Puesta así, la cuestión suscita una reflexión predictiva acerca del siglo XXI.

La Ficha Semanal #134 de doctorpolítico traduce algunas de las respuestas obtenidas por Prospect, cada una muy interesante. La revista reporta: “El pesimismo de las respuestas es sorprendente: casi nadie espera que el mundo mejore en las próximas décadas, y muchos esperan que se pondrá mucho peor”. Tal vez se deba este resultado a que la mayoría de quienes contestaron son del Viejo Mundo, ingleses por su mayor parte, pues la pregunta para el debate de 2007 propuesto por Brockman orienta contrariamente: “¿Sobre qué es usted optimista? ¿Por qué?” Y explica: “Como actividad, como estado mental, la ciencia es fundamentalmente optimista. La ciencia resuelve cómo funcionan las cosas y así puede hacerlas funcionar mejor. Muchas de las noticias son o buenas noticias, o noticias que pueden hacerse buenas, gracias a un conocimiento cada vez más profundo y eficiente y a herramientas y técnicas poderosas… ¿Sobre qué es usted optimista? ¿Por qué? Sorpréndanos”.

LEA

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¿Qué viene ahora?

Necesitamos una alternativa a la democracia que salve el planeta. La humanidad se ha propuesto agotar los recursos del planeta. Los votantes de las naciones ricas no querrán ceder nada; los votantes (o dictadores) de las naciones en desarrollo procurarán lo que tienen los ricos. Dado que las democracias deben reflejar lo que quieren las mayorías, no podrán detener este proceso. (A las dictaduras no les importa). La ciencia no afrontará el reto. Puede que renazcan viejas ideas sobre filósofos-reyes y dictaduras benignas. Puede que emerjan ideas completamente nuevas. De cualquier manera, la democracia como hoy la conocemos no sobrevivirá al siglo.

Don Berry, periodista.

 

Cosmos vs patriotas. Los cosmopolitanos vienen en dos sabores: para los cosmos de izquierda, la necesidad apremiante será la de tratar los problemas mundiales, como el calentamiento global, la proliferación nuclear y la injusta distribución de la riqueza y el ingreso. Para los cosmos de derecha, será la de romper las barreras al comercio mundial. Cosmos de todos los colores exigirán un fuerte crecimiento en el poder de las instituciones mundiales, y una disminución de las soberanías estatales. Para los patriotas locales, los cosmos representan un nuevo imperialismo del hombre de Davos y sus asistentes. Los pats de izquierda insistirán en la protección de los trabajadores locales de la competencia externa y de las culturas locales de la McDonaldización. Los pats de derecha querrán proteger a los nativos de étnicas extrañas y se involucrarán en ataques preventivos contra potencias extranjeras amenazantes. Pats de todos los sabores insisten en que el Estado-nación seguirá siendo la mejor y última esperanza de la democracia contra las pretensiones meritocráticas de los cosmo-elitistas.

Bruce Ackerman, académico.

 

El fin de la guerra fría eliminó el filo de la división derecha/izquierda, y dejó el problema de la dirección del liderazgo político. El sesgo político llenó ese espacio, pero los doctores del sesgo se volvieron confiados en exceso, lo que dio pie a escándalos y ocultamientos. La verdad se afirmó a sí misma, y la gente se desilusionó. Ella ve un país que tiene problemas reales: terrorismo, cambio climático, una administración pública tumefacta que ni gobierna ni analiza críticamente la operación del gobierno. Por sobre todo, un país lobotomizado por el fracaso de la educación secundaria, y las fracasadas teorías de la educación comprehensiva y la llamada enseñanza centrada en el niño.

La división en el futuro no será entre la izquierda y la derecha, sino entre los intereses creados de la incompetencia gubernamental, por un lado, y la urgencia democrática por reformas, por el otro. Tarde o temprano los políticos descubrirán la oportunidad de reafirmar la honestidad y la integridad, acometer los problemas y alcanzar la popularidad.

Michael Axworthy, escritor.

 

En el siglo 21 habrá un énfasis nuevo sobre los derechos del grupo, en oposición a la preocupación del siglo 20 acerca del individuo. Entretanto, la relación entre lo humano y lo no humano (principalmente los animales, aunque también las plantas y quizás incluso el paisaje) se hará importante a medida que se manifiesten las consecuencias del cambio climático. El Islam político, que luce ahora tan amenazante, será contenido y derrotado, puesto que es un movimiento negativo, nostálgico y reactivo. Grandes progresos ocurrirán en las ciencias biológicas, en especial en neurociencias. El primer desafío será el de comprender los nexos entre la mente y el cerebro, y una vez que éstos hayan sido explicados, los científicos de la medicina y la biología avanzarán hacia una nueva comprensión de la fisiología de una mente y un cuerpo unificados. Esto tendrá profundas consecuencias, no sólo para el cuidado de la salud, sino para el derecho e incluso para la filosofía y la religión.

Robin Banerji, periodista.

Estado-Nación vs. Estado-mercado. El orden constitucional del Estado-nación veía su papel como el de regular y revertir los resultados de los mercados. Los Estados-mercado, en contraste, tratan de usar el mercado para obtener sus metas gubernamentales. En relación con esto, los Estados usaban la ley como un modo de imponer los códigos morales del grupo nacional dominante—usualmente, pero no siempre, un grupo dominante étnico, cultural, lingüístico y racial. Los partidos políticos de los Estados-nación veían la ley como el medio de lograr sus objetivos morales. Los partidos de los Estados-mercado, sea desregulando industrias o la reproducción en las mujeres, tratan de maximizar las opciones de los ciudadanos sin dar por sentado demasiado respecto del modo de acordarse sobre objetivos comunes. Entre otras consecuencias, este nuevo orden constitucional generará una nueva forma de terrorismo.

Philip Bobbitt, escritor político.

 

La izquierda y la derecha fueron y son una distinción nominal entre dos cepas de la misma postura totalitaria. El problema real del siglo 20 fue que las presiones demográficas y económicas que fracturaron los imperios dieron lugar a los estados nacionales con liderazgos mal equipados para confrontar el reto nihilista. El vacío fue llenado por regímenes totalitarios, cuyas ideologías incendiaron Europa y el mundo. Recuérdese que Hitler fue un arquitecto fracasado, que Stalin había estudiado para el sacerdocio y Mussolini era un maestro de escuela. Los herederos de los nihilistas del siglo 19 y el 20 son los terroristas de hoy basados en la fe. Si las democracias actuales no son capaces de ganar contra los nuevos nihilistas en los niveles intelectuales y de comunicación, no tendrán oportunidad de ganar en el espacio de la seguridad y crearán otro peligroso vacío, listo para ser llenado. Las naciones-estado comprobaron ser un experimento político desastroso en los siglos 19 y 20; puede que se revelen como desastrosos en el siglo 21, a causa de la proliferación nuclear. No obstante, espero que el siglo 21 vea una reducción sustancial de las infraestructuras políticas. Si un conglomerado es por su mayor parte malo o indiferente, sus accionistas lo forzarán de regreso a sus competencias básicas. Todo lo demás debe irse. ¿Por qué debiera ser diferente con los gobiernos? No hay ni izquierda ni derecha; lo que hay es sentido común. Los políticos de los países grandes aman despreciar las democracias directas de los países pequeños. ¿Por qué? Porque temen su ejemplo y su agilidad. Los sistemas políticos heredados del siglo 20, sean democráticos o totalitarios, son neo-feudales, incompatibles con un siglo 21 en el que los electores voten una vez cada cierto número de años, pero los consumidores votan y los bloggers “bloguean”.

Rudi Bogni, banquero y director corporativo.

 

La gran división de las próximas décadas será entre la “comunidad basada en la realidad” y la “comunidad basada ideológicamente”. Se observó a menudo en el siglo 20 que la extrema derecha y la extrema izquierda daban la vuelta tras el espectro y se encontraban—algo así como Hitler y Stalin compartiendo una cerveza en el infierno. El terreno común que comparten los grupos extremos es una firme resistencia a los hechos, sea la resistencia de Bush a los datos del cambio climático o que Brezhnev rehusara aceptar que invertir el flujo de los ríos siberianos no era una buena idea. Hay ahora una clara división entre quienes están preparados para enfrentar verdades incómodas y aquellos que persisten en insistir que sus puntos de vista acerca de lo que debe ser triunfarán sobre lo que es.

Joe Boyd, productor musical.

Seremos gobernados por una suerte de creencias populistas, ideas y políticas que surgen consensualmente en los blogs, sitios web, focus groups y similares. (Tanto Barack Obama como Hillary Clinton anunciaron sus candidaturas por Internet). Esto tiene su atractivo. También es aterrador, como hallase Tocqueville acerca de la democracia norteamericana, pues conduce a la tiranía de la mayoría. Funciona con vastas cantidades de información no totalmente exacta—Wikipedia es espléndida y enloquecedora.

AS Byatt, novelista y crítico.

 

Liberalismo vs. autoritarismo se está convirtiendo rápidamente en la división filosófica en las sociedades desarrolladas. El 11 de septiembre y otras atrocidades terroristas han destacado una sensación de ansiedad acerca de la seguridad en un mundo crecientemente globalizado. La respuesta de los gobiernos ha sido la de tratar de obtener cada vez más conocimiento y control de las vidas y actividades de sus ciudadanos. El gobierno británico es uno de los peores al respecto. Cédulas de identidad, los excesos de la base de datos de DNA, y un incesante impulso hacia la extensión del período de detención sin juicio son todos síntomas de sus tendencias autoritarias.

El terrorismo es visto hoy como un mayor peligro que requiere una respuesta más fuerte que la de los setenta o los ochenta, porque lo entendemos menos que lo que entendimos nuestras amenazas domésticas. Pero no hay “guerra” contra el terrorismo. El terrorista es un criminal y debe ser tratado como tal. El poder invasor del Estado es el orden del día, pero el terrorismo prospera donde las libertades civiles son negadas. Los liberales deben enfatizar ese punto con fuerza, y revertir la tendencia al autoritarismo.

Menzies Campbell, político.

 

El argumento de la izquierda era que el pobre puede serlo menos si el rico se hace menos rico. Ya no más. Sin embargo, queda una pregunta. ¿Puede el pobre serlo menos sólo si el rico se hace más rico, o es que el pobre se empobrece cuando el rico se enriquece? El más débil argumento de la izquierda de hoy dice que el rico no puede hacerse más rico si el pobre debe hacerse menos pobre. Este debate continuará conformando el mundo del siglo 21.

La más dramática expansión de la economía del pobre, sin embargo, vendrá ahora de la religión. Habrá aquellos para los que el propósito humano será explicable sólo en términos de religión, y aquellos para los que será entendido puramente en términos de procesos científicos.

Todas las religiones principales se verán envueltas, enfrentando la resistencia secular. Esta profunda división se hará evidente en debates acerca de cómo dar alivio a aquellos que se sientan desempoderados y desesperanzados.

Un modo de este debate se dará sobre las tecnologías que cambian la vida, desde terapias genéticas hasta el entretenimiento. El agónico desafío liberal-secular al alcance de estas tecnologías será exprimido, a medida que los puntos de vista no religiosos de la naturaleza humana se lancen a la ilimitada exploración de los horizontes tecnológicos, y choquen con una oposición religiosa asertiva basada en parte en la sospecha de los retos a la fe, pero también sobre la convicción de que los avances tecnológicos están sesgados a favor del beneficio de los ricos.

Ram-Prasad Chakravarthi, filósofo.

 

La historia, decía Hegel, es la creciente idea de la libertad. En el siglo 19, la libertad vino del imperio de la ley y el Estado. En este siglo, la libertad provendrá del derecho internacional, pero no tenemos un Estado internacional. Cuando Hegel escribía, los asuntos vitales del día—la salud pública, los derechos de los trabajadores, la educación, el voto—eran problemas que provenían de la industrialización. Éstos fueron resueltos a través del estado nacional, que dio una identidad a gente dislocada del país, un marco legal para la industria y soluciones a los problemas que creaba. En el siglo 21, las nuevas formas de comunicación nos han traído un mundo nuevo y necesitamos también una nueva forma constitucional. La gran pregunta es cómo organizar este mundo en el que la política y la identidad son nacionales, pero en el que sólo podemos sobrevivir y prosperar si actuamos internacionalmente. Está muy bien hablar sobre “la comunidad internacional”, pero ¿qué es ella y cómo puede funcionar?

Robert Cooper, funcionario de la Unión Europea.

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FS #133 – Barrio afuera

Fichero

LEA, por favor

Esta Ficha Semanal #133 de doctorpolítico consiste en la traducción de un conciso editorial del Houston Chronicle, fechado el 23 de los corrientes. En él se expresa una crítica del periódico norteamericano acerca de un nuevo programa del gobierno federal de su país, destinado especialmente a examinar solicitudes de visas provenientes de personal cubano de la salud.

La pieza es interesante porque es a un tiempo clara y penetrante, poniendo el énfasis en las consecuencias prácticas de una política federal. Es evidente que una de las áreas en las que la administración Bush ha embarrado las cosas es la política de inmigración. La idea, por ejemplo, de construir un descomunal “Muro de Berlín” a lo largo de su frontera con México, ha levantado muy explicables ronchas en su vecino del sur y críticas en su propio interior. Es sintomático también que el Houston Chronicle se edita en Texas, el terruño de la familia Bush y territorio de paso para mucha de la inmigración ilegal de origen mexicano.

El tema de la inmigración ilegal es ciertamente delicado, especialmente en los Estados Unidos pero, como se sabe, de gran poder irritante también en Europa. Vistos como la tierra prometida de todos los habitantes del planeta, los EEUU son el destino favorito de muchos emigrantes, que huyen de espantosas condiciones de miseria y sumisión en sus propios países de origen. La década de los 80 representó para los Estados Unidos un marcado incremento de esta clase de inmigración, proveniente de México y Cuba principalmente. Tan sólo en 1980 aquel país permitió la entrada de 800.000 personas, lo que es no únicamente el mayor número de inmigrantes aceptado por cualquier país en ese año, sino que representó el doble de los inmigrantes acogidos por el resto del mundo. No se puede decir que los EEUU no son hospitalarios.

Pero esas cifras produjeron un cambio importante en el estado de la opinión pública sobre el tema. A mediados de la década mencionada algunos estudios indicaban que 91% de los estadounidenses deseaban “un enérgico esfuerzo” para detener la inmigración ilegal. En 1984 se publicó un volumen que contenía las conferencias de un simposio sobre la política de inmigración de los Estados Unidos. (Duke University Press). La introducción estuvo a cargo de William French Smith, ex Procurador General de los Estados Unidos. En ella propone tres criterios a tomar en cuenta para un remozamiento de las leyes de inmigración norteamericanas: “Primero, deben existir límites a la inmigración. Ninguna nación, por próspera y humanitaria que sea, puede dar acomodo, por sí sola, a todos los habitantes del mundo que buscan una vida mejor. Segundo, esos límites deben ser establecidos con justicia e imparcialidad, sin tomar en consideración países o razas. Tercero, dichos límites deben ser aplicados firmemente mientras se presta atención a la equidad de los procedimientos y a los valores de la privacidad y la libertad individuales”. Todavía no ha concluido en el debate político estadounidense el asentamiento de un terreno tan movedizo.

El editorial del Houston Chronicle es importante para nosotros, por último, porque hace alusión expresa al caso de los médicos cubanos que trabajan en Venezuela.

LEA

Barrio afuera

Es un síntoma de la claustrofobia en Cuba—tanto política como económica—que miles de sus trabajadores de la salud saltaran frente a la oportunidad de trabajar en los barrios más atemorizadores de Venezuela.

Estos profesionales tenían pocas opciones. Durante décadas, el presidente Fidel Castro ha despachado médicos a los países más pobres como una forma de diplomacia. Si no fuera suficiente la presión para ir, la necesidad de ganar más de $15 mensuales en Cuba lo sería.

En Venezuela, sin embargo, la “diplomacia del doctor” parece más comercio que otra cosa. En trueque por unos 93.000 barriles diarios de petróleo, Castro envió más de 15.000 doctores, terapeutas y entrenadores físicos a los barrios venezolanos.

Para Castro, eso es una manera de mantener las luces encendidas. Para Chávez, es una forma tremendamente popular de proveer cuidados de salud a toda hora para una población que hasta hace poco no recibía ningunos. Sin duda, el comercio de doctores sirve muy bien las necesidades políticas de ambos líderes.

Pero también ha sido un beneficio histórico para los pobres de Venezuela. Como con muchos de los programas sociales de Chávez, tiene dos profundos efectos. Hace la vida más vivible para los ciudadanos más descuidados de Venezuela, que son justamente la mayoría. Y les confiere un sentido de dignidad y valor que pocos líderes anteriores a Chávez creyeron adecuado conceder.

Es por esto que la forma perversa de los Estados Unidos en la “diplomacia del doctor” es tan destructiva de los intereses de los EEUU. En agosto, en un intento de impedir a Chávez, el Departamento de Seguridad Interior lanzó el programa de Acogida del Profesional Médico Cubano, que se supone acelerará el procesamiento de las peticiones de asilo de los doctores.

Según una reseña de John Otis en el Chronicle, alrededor de 360 doctores, dentistas y terapeutas físicos han hecho solicitudes. Aproximadamente 160 de los doctores han sido aceptados, mientras que otros solicitantes—que debieron abandonar Venezuela ilegalmente para inscribirse—todavía aguardan por sus visas.

Si son rechazados, tendrán 30 días para abandonar Colombia, donde la mayoría se refugió para solicitar las visas. Como no pueden regresar a Cuba, en esencia los solicitantes rechazados serán apátridas.

Es fácil ver por qué tantos corren el riesgo. Los doctores que formaron parte de la brigada cubana para Venezuela manifiestan orgullo de representar una diferencia en las vidas de los pobres venezolanos. Pero detestan ser usados como peones, trabajar hasta el cansancio siete días a la semana y vivir en vecindarios tan peligrosos que los doctores venezolanos rehúsan poner un pie en ellos. Los doctores cubanos han sido atacados, incluso muertos, en esas zonas.

Por sobre todo, una vez que están lejos de Cuba comienzan a imaginar las posibilidades de ser libres de un todo. Casi pueden saborear lo que es vivir en un país donde no son seguidos por operativos del gobierno y pueden hacer sus propias decisiones profesionales y personales.

Este deseo no es exclusivo de los profesionales médicos de Cuba. Todos los cubanos merecen cumplirlo. Lo que es particular respecto de los solicitantes de asilo es el muy visible bien que están haciendo a los necesitados y el aprecio que su servicio inspira por toda la región.

Tanto para Chávez como para Castro, la diplomacia del doctor es una propaganda inmensamente elogiosa. A la inversa, nuestros intentos de atraer esos doctores refuerza el estereotipo desalmado y materialista del norteamericano del que Chávez y Castro tanto se precian. La estrategia de los EEUU parece todavía más egoísta porque no todos los esperanzados doctores realizarán alguna vez su sueño. Los otros, habiendo abandonado Venezuela, quedarán varados en Colombia como inmigrantes ilegales.

Los doctores cubanos, como todos los cubanos, debieran tener el derecho de ir donde quieran. No debieran tener que trabajar en granjas como jornaleros para pagar las deudas de Castro. Sin embargo, los Estados Unidos no debieran urgirlos activamente a la defección.

Es mala diplomacia. No puede garantizar el asilo del doctor, pero garantiza que los observadores a lo largo de las Américas concluyan que nuestra idea de diplomacia implica la privación de los pobres.

The Houston Chronicle

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