por Luis Enrique Alcalá | May 15, 2007 | Fichas, Política |

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El 20 de septiembre de 1998 se publicaba el número 28 de la publicación referéndum, que el suscrito elaboraba mensualmente—más o menos—desde 1994. Era, naturalmente, año de elecciones en Venezuela, el año en el que sería electo Hugo Chávez Frías a la Presidencia de la República en las votaciones del 6 de diciembre. Antes, el 8 de noviembre, tendrían lugar las elecciones parlamentarias. Estas últimas debieron haberse realizado conjuntamente con las presidenciales, según reforma de la Ley Orgánica del Sufragio y Participación Política efectuada por el Congreso de la República en diciembre de 1997.
Los actores políticos determinantes de la hora—todavía lo eran Acción Democrática y COPEI—optaron por desdecirse en ese aspecto de la reforma, y decidieron apresuradamente separar las elecciones presidenciales de las parlamentarias y regionales. Albergaban la esperanza de predominar en ellas, dado que el candidato Chávez no disponía de una organización política tan desarrollada y omnipresente como las maquinarias de los partidos tradicionales. Esto fue uno más de los graves errores que terminaron por desacreditar a AD y COPEI, y que llevaron al triunfo electoral de Hugo Chávez. La cínica y cosmética candidatura de Irene Sáez—Luis Herrera Campíns, Presidente de COPEI, la justificó públicamente en Caraballeda como el modo de que los copeyanitos que no tenían acceso al gobierno se «resolvieran» económicamente—, la candidatura del opaco hombre de aparato adeco, Luis Alfaro Ucero, que finalmente fue defenestrado por sus compañeros para ofrecer un tardío beso de la muerte a Henrique Salas Römer… cosas como ésas reforzaron la dinámica favorable a Chávez, que emergió como una alternativa popular antiestablishment una vez que se desplomara, como la estatua ecuestre de Bolívar en Chacao, la candidatura de la ex Miss Universo, convertida entonces en Miss Titanic.
Ya para mediados del año electoral de 1998 comenzaba a parecer inevitable el triunfo de Chávez. El 24 de junio un conocido e importante empresario convocó a una reunión de análisis en su casa, con la intención de determinar un curso de acción que pudiera impedir la ganancia del llanero. Un famoso encuestólogo se encontraba presente en la reunión e indicó que, según sus registros, ninguna de las otras candidaturas, incluida la de Salas Römer, tendría oportunidad de ganar el 6 de diciembre. Allí formuló una recomendación a la que no se hizo caso: «Yo estimularía la emergencia de una contrafigura de Chávez, aunque no vaya a ser candidato».
En el número señalado de referéndum se publicó dos artículos. El primero, reproducido en este #144 de la Ficha Semanal de doctorpolítico, trató del problema meramente electoral, mostrando cómo es que todavía a esas alturas existía un cauce para oponer una candidatura verdaderamente eficaz a la figura de Chávez. Su título fue Manual del mandarín, en alusión al «mandarinato nacional», expresión con la que alguien designaba, más bien incorrectamente, lo que luego un editor de periódicos y su periodista hija denominaría «los factores reales de poder». El segundo de los artículos, bastante más largo, será reproducido en la ficha de la semana que viene.
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Manual del mandarín
Es sólo muy recientemente que la “teoría de la complejidad”—que incluye la llamada “teoría del caos”—ha podido proporcionar un paradigma adecuado al tratamiento del futuro de un sistema complejo. Los primeros ejercicios analíticos de predicción eran fundamentalmente proyecciones en línea recta. (La estadística había proporcionado la herramienta de la “regresión lineal”, mientras el “determinismo histórico” de las doctrinas marxistas contribuía a esa opinión de que el futuro era único e inevitable). Obviamente, sólo pocos fenómenos pueden ser adecuadamente descritos como una línea recta.
El reconocimiento de la multiplicidad del futuro llevó, más tarde, al desarrollo de la técnica de “escenarios” (principalmente por la Corporación RAND, en la década de los sesenta), en los que se exponía intencionalmente un conjunto de descripciones diferentes del futuro en cuestión. Sin embargo, aun la técnica de escenarios tiende a estar asociada con una percepción del problema en forma de “abanico” de futuros, según la cual se presume una continuidad de la transición entre los distintos futuros, al desplazarse por el área continua del abanico. Este modo de ver las cosas supone, por tanto, una enorme cantidad de incertidumbre, pues los futuros serían, en el fondo, infinitos.
El formalismo matemático sobre el que se asienta la teoría de la complejidad, en cambio, permite describir el futuro como una estructura arborificada o ramificada, como una arquitectura discontinua en la que unos pocos futuros posibles actúan como cauces o “atractrices” por los que puede discurrir la evolución del presente.
Los sistemas complejos, como el clima, la ecología o la sociedad, se mueven a lo largo de unos pocos cauces. El futuro, entonces, no está compuesto de una variedad infinita de escenarios. Son tan sólo unos pocos cursos, carriles o cauces—sus atractrices–—los que conducen el cambio de un sistema complejo. Son, por ejemplo, unos pocos conductos los que están desaguando el caudal político venezolano, y si esto es así la incertidumbre viene siendo algo menor de lo que habitualmente se supone. Hay incertidumbre, naturalmente, pero al menos podemos estructurarla, al menos conocemos la forma general del delta de los cauces políticos en Venezuela a fines de 1998.
Las atractrices estúpidas
Entre los venezolanos de posición social dominante, política o económica, hay una cierta división de percepciones respecto de los resultados en las próximas elecciones presidenciales. Hay quienes piensan que el triunfo electoral de Chávez Frías es inevitable. Hay quienes aún esperan algún tipo de sorpresa, algún reacomodo, alguna emergencia que niegue la posibilidad de Chávez Frías en la Presidencia de la República.
Y entre los primeros hay asimismo una subsiguiente ramificación. Está la rama de quienes se resignan al hecho y preparan como pueden su red de seguridad: dólares afuera, principalmente. Está la rama de quienes creen que es posible controlar o influir a Chávez Frías, o por lo menos que es posible evitar ser decapitados. Le adulan recomendándole un cambio de imagen y le compran decenas de trajes de precio millonario de un conocido sastre caraqueño; le ofrecen cenas íntimas; le entregan millones de bolívares; le ponen a su disposición aviones que lo trasladen en sus giras.
Luego está una tercera rama, la más estúpida de todas, de los que han cruzado la raya de la inmoralidad política y se creen autorizados a emplear medios criminales para impedir el triunfo de Chávez Frías. Esta rama tiene a su vez tres ramitas: el asesinato, el fraude electoral, el golpe “preventivo” antes de las elecciones nacionales, contando con el tumulto justificador que las regionales establecerían a partir del 8 de noviembre. (Una semanita después). De todas las atractrices estúpidas ésta es la más fuerte y recrecida.
Tiene que haber en estos momentos la conformación de un plan de esta naturaleza: antidemocrático, abominable, estúpido. Hay demasiados signos de que esto es así.
Más a futuro, otra pequeña rama aspira surgir: un golpe de Estado “curativo” una vez que Chávez Frías esté en el poder y haya producido, previsiblemente, efectos allendistas.
Pero hay todavía otra esperanza para quienes han colocado sus apuestas sobre la mesa de las elecciones regionales: que un triunfo de Acción Democrática, similar al que obtuvo en las elecciones de 1995, opondría un muro de contención regional al poder central de Chávez Frías, y hay quien no descarta que esta línea divisoria sería la que separaría a los eventuales contendientes de una guerra civil: los poderes “locales” (de todos modos son controlados centralmente por el cogollo y el caudillismo adeco) frente a Chávez Frías, quien claramente prefiere un Estado fuertemente centralizado, con policía única nacional.
Los modos de pensar de quienes transitan por estos cauces son realmente defectuosos. La democracia está amenazada, dicen, por Chávez Frías, y para evitar este daño es preciso interrumpirla antes de que él lo haga. Bárbara Tuchman empleaba como ejemplo de insensatez política la declaración más citada de la guerra de Vietnam. Un mayor norteamericano justificaba que se hubiera arrasado un pueblo vietnamita del siguiente modo: “Se hizo necesario destruir el pueblo con el objeto de salvarlo”.
Las atractrices electorales
Para propósitos de la elección presidencial—no para otras instancias políticas—puede considerarse hoy que tres de los cinco candidatos presidenciales están ya técnicamente fuera de juego: Alfaro, Fermín, Sáez. Aclaro más. Alfaro Ucero y Acción Democrática continuarán siendo muy importantes factores políticos. Sáez Conde y COPEI en menor medida, y sólo si la candidata señorita declina antes de ser contada, como modo de preservar algo de su muy disminuido capital político. Fermín, pienso, tendría que reinsertarse en otro sitio. Buscar más adelante, tal vez, una gobernación para comenzar de nuevo. Pero lo que es para las elecciones presidenciales ninguno de ellos cuenta como candidato viable.
La atractriz electoral de mayor cauce, por ahora, es sin lugar a dudas la de Chávez Frías. Le sigue, con caudal en apariencia creciente, la atractriz de Salas Römer, pues es el único con potencial de aglutinar, más que un entusiasmo con su discurso, el fuerte rechazo y el temor que Chávez Frías genera. Y queda todavía un pequeñísimo cauce, un tubo capilar casi, que proporciona el Artículo 151 de la Ley del Sufragio y Participación Política: “…en caso de candidatos ya postulados que por muerte, renuncia, incapacidad física o mental o por cualquier otra causa derivada de la aplicación de normas constitucionales o legales deben ser retirados, se admitirán las correspondientes sustituciones”.
O sea, todavía puede darse un candidato sorpresivo de última hora. Esto es lo que había anunciado en público primero que nadie Pompeyo Márquez y luego quiso capitalizar Eduardo Fernández.
Para que una sorpresa de este tipo fuese realmente viable varias condiciones tendrían que llenarse. Entre ésas una es absolutamente indispensable: el candidato emergente no puede ser percibido por los Electores como alguien que de un modo u otro ha formado parte de la configuración del poder prevaleciente. Es decir, habría que olvidarse de Giusti, Ramírez León, Ledezma, del mismo Fernández. No podría ser viable sino un verdadero “outsider”.
Hace unos cuantos años ya se quería estimular a un cierto organismo público para que se atreviese a formular aunque fuese un proyecto audaz entre un nutrido conjunto de proyectos convencionales. Para esto se le planteó la siguiente parábola de la ruleta. Un jugador racional que dispone de mil bolívares—hace 18 años era una cantidad no despreciable—haría bien, primero que nada, en reservar la mitad y arriesgar al principio sólo quinientos bolívares. Y estos quinientos debiera colocarlos así: la gran mayoría, digamos cuatrocientos cincuenta, en apuestas de mayor probabilidad—rojo, negro, par, impar. Pero debiera poner un poquito, unos cincuenta bolívares, en un pleno: el diecisiete negro, por ejemplo, puesto que si pierde será poco, pero si gana el factor multiplicador del pleno es muy considerable.
Así que ante estas atractrices electorales los colocadores de recursos que, muy correctamente, consideran que Chávez Frías es un retroceso y un peligro totalmente inadmisibles, debieran considerar el mismo protocolo: reservar quinientos por si acaso; invertir cuatrocientos cincuenta en Salas Römer; guardar cincuenta para la eventualidad de un pleno sobre el Artículo 151.
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por Luis Enrique Alcalá | May 8, 2007 | Fichas, Política |

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De Salvador de León a Dr. Paúl
El Partido Democrático Venezolano fue el partido de gobierno del general Isaías Medina Angarita. En él militaron los más destacados funcionarios de su régimen, que por muchos fue contrapuesto al modelo de Acción Democrática, partido que usufructuó, entre 1945 y 1948, el gobierno constituido al derrocamiento del presidente Medina. Éste había terminado de eliminar los restos de gomecismo que habían perdurado durante el mandato del general Eleazar López Contreras, y propició la constitución de un Partido de los Partidarios del Gobierno que significó el alejamiento político de su antecesor, en torno a quien se reunieron los representantes de la derecha más reaccionaria. (López Contreras había formado las Agrupaciones Cívicas Bolivarianas, muy distintas de los círculos izquierdistas de hoy; Bolívar da para todo).
Tampoco era el medinismo una tendencia que se horrorizara por la presencia actuante de partidos de izquierda, incluso extrema. Por un lado, Medina permitió la fundación de Acción Democrática en 1941. Luego, en las elecciones municipales de 1944 el PDV estableció alianzas con candidatos de la Unión Popular Venezolana, organización fachada del Partido Comunista de Venezuela. Finalmente, en 1945 el gobierno de Medina, alineado con la coalición contra las potencias del Eje—Alemania, Japón e Italia—estableció relaciones diplomáticas con la Unión Soviética.
Durante la campaña electoral de 1963, lo que probablemente haya sido el debate televisado de mayor altura en la política venezolana contrapuso a las figuras de los candidatos Rafael Caldera Rodríguez y Arturo Úslar Pietri. Éste exponía como grave pecado de COPEI que hubiera participado en el gobierno surgido del Pacto de Punto Fijo y las elecciones de 1958, pues había gobernado con el diablo marxista de Acción Democrática. (El propio Úslar, con característica inconsistencia, en pocos meses llevó luego a su partido al gobierno de Raúl Leoni, otro presidente adeco). Caldera ripostó con un peine, al recordarle a Úslar las alianzas del PDV con los comunistas y las relaciones con los rusos. Úslar pisó la concha de mango y, para defenderse, produjo esta terrible declaración: “Las relaciones con la URSS se establecieron por presión abierta y expresa de los Estados Unidos de Norteamérica”.
Del 5 al 22 de septiembre de 1944 el PDV organizó un ciclo de conferencias, dedicado al tema de las libertades económicas y la intervención del Estado en la economía. Contrariamente a lo que habitualmente se predicó acerca del PDV—sobre todo por algunos de sus viejos líderes, que mantuvieron la crítica del “socialismo” de Acción Democrática—el PDV postulaba una vigorosa intervención estatal. Naturalmente, el PDV creía en la prosperidad que sobrevendría como resultado de un racional fomento de la actividad económica privada.
Entre los conferencistas de ese ciclo escenificado en el Club Venezuela, se encontraba Arturo Úslar. Luego, al año siguiente, se editó un libro contentivo de las conferencias. El prólogo del mismo fue confiado al gran intelectual medinista Mario Briceño-Iragorry. Es este texto el que reproducimos acá en la Ficha Semanal #143 de doctorpolítico, por considerarlo de valor histórico y pertinente a los actuales debates acerca del papel del Estado en la economía.
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Sorpresas te da la vida
El Partido Democrático Venezolano ha querido recoger en volumen las conferencias dictadas durante el año pasado por destacados miembros suyos, en orden a explicar los alcances del intervencionismo de Estado en la política de la producción y del consumo y en el cambio de la moneda. En las bases programáticas del Partido se propuso estimular la intervención del Estado como medio eficaz para el abaratamiento de las subsistencias y de los costos de producción. Nuestro Movimiento, en esa forma, declaró el firme propósito de separarse de los viejos conceptos del liberalismo económico que, partiendo de una abultada valorización de los derechos del individuo, dejó a éste la plena libertad de dirigir los procesos de la producción y del consumo y el goce irrestricto de los instrumentos que a ellos conducen. Pensamos los redactores de las Bases que para mantener el movimiento progresivo de la civilización, precisa una distribución equitativa de los bienes de la vida, que logre poner cese u ofrecer larga tregua a las luchas históricas entre quienes poseen de sobra y los que de todo carecen.
La intervención del Estado en el movimiento de la economía pública ya era conocida de Venezuela desde la época prerrepublicana. Ella apareció cuando crisis pasajeras provocaron alzas en los precios de consumo, mas, fue ofrecida como acción simple del Estado en su misión paternalista de velar por las necesidades sociales. Con las crisis sufridas por el mundo capitalista a partir de la primera guerra mundial, la búsqueda de medios que promuevan un equilibrio en el ritmo económico, ha sido afanosa preocupación de los hombres de Estado y de nuestros cultores de la ciencia económica.
La propia concepción del Estado clásico ha sido modificada totalmente, y nadie piensa hoy según enseñaba Say, que el Gobierno ideal “sea el más barato y el que actúe poco”. Esta situación de reacomodo social ha provocado en el mundo profundas conmociones, con un cortejo de luchas tan profundas como las que Europa presenció cuando hubieron de enfrentarse los derechos de la burguesía contra los supersticiosos derechos de la aristocracia de extracción feudal. La propia filosofía jurídica que entonces cristalizó en leyes encaminadas a dar contornos defensivos a los representantes de las nuevas fuerzas económicas, ha tenido que ceder ante la actual concepción humanista del Estado. La controversia se ha planteado en forma clara entre quienes suponen que el Estado sea un instrumento al servicio de las clases que detentan el poder político y el dominio económico, y aquéllos que, guiados por una visión más amplia y humana, valdría decir cristiana, de la justicia, consideran que el Estado tiene por fin primordial e indeclinable mirar al desarrollo integral de todos los miembros de la sociedad.
Al través de las disputas de los hombres, aflora el trabajo subterráneo de la historia, en un afán permanente de realizar la libertad y la justicia que son esenciales al espíritu humano. Ayer se tomó esa libertad como slogan que pretendió legitimar las acometidas del hombre contra el hombre. La bandera pesudoidealista de los manchesterianos sirvió de defensa para un orden de explotación afincado en una exégesis acomodaticia de la propia esencia de la libertad. El laisser faire, laisser passer de la vieja técnica individualista, aún se invoca por quienes desconocen en el Estado la suprema misión conjugante que le está confiada y se afanan por mantener el rigor de antiguas líneas conceptuales que redujeron su acción a sólo servir de instrumento al servicio de los intereses de las clases que tradicionalmente tenían controladas las fuentes de producción.
Nuestra historia nacional nos ofrece el cuadro insistente de un Estado sometido a la influencia interesada de ciertos sectores cuyo empeño capital ha sido usufructuar de las regalías inherentes al Poder. El curso de la historia venezolana exhibe la sucesión de áreas económicas que han visto en el Estado y en sus órganos naturales, una manera de polizonte encargado de la guarda de sus bienes y de la garantía de las explotaciones financieras. Desde la época colonial del capitalismo rural que pugnó por asegurar el privilegio de las explotaciones contra las tendencias monopolistas de la Metrópoli, nuestra oligarquía no ha hecho sino aprovecharse del Estado para la conservación de sus intereses de grupo. Y los hombres influyentes que en la Constituyente de Cúcuta empezaron a interferir las realizaciones de la Revolución, se sucedieron en el comando de los cuadros económicos que han sostenido los varios gobiernos republicanos y han lucrado con las influencias del Poder. El Gobierno fue sólo un arma al servicio de las fuerzas que pretendieron el aprovechamiento absoluto de la industria y la explotación primitivista de la tierra. Partiendo de las pequeñas oligarquías rurales de provincia hasta llegar a los grandes cuadros familiares, que asumieron la dirección exclusiva de los negocios de la capital y de las plazas más importantes del comercio de la nación, se formó una trama de intereses económicos, ante cuyas exigencias hubieron de plegarse los propios fines creadores del Estado. Esa economía sustentada por leyes que, durante la llamada oligarquía conservadora de los primeros tiempos de la Tercera República, llegaron a culminar en el ordenamiento feudal de la célebre ley del 10 de abril de 1834, contó siempre con manos y con mentes que estuvieron dispuestas a apoyar sistemas legislativos y medidas gubernamentales en “que la usura, la mohatra, el anatocismo, todos los medios inventados por la más insaciable avaricia para absorber la fortuna ajena, han sido defendidos bajo el nombre de la libertad y de la religión de los contratos, mantenidos y ejecutados por los jueces en nombre de la República”, según de los efectos de aquella ley se expresaba el ilustre Fermín Toro.
Con apariencia liberaloide y al influjo de la misma oligarquía, que ha sabido camuflarse oportunistamente, nuestra economía general se ha mantenido en un estado de atraso por lo que dice a la función social de las fuentes de producción y a la ley racional del consumo humano. Nuestro capitalismo, con su peculiaridad de ineficiencia industrial, no ha procurado sino su solo beneficio y, paralelamente a su carácter de timidez ante los riesgos de grandes inversiones que no estuviesen respaldadas por el poder político, el Estado se mantuvo con las manos caídas ante las urgentes problemas del pueblo. Carente de resortes legales que le permitieran intervenir en el curso de la oferta y la demanda, se dieron casos cuyo recuerdo pone espanto. A nosotros nos tocó presenciar uno de los hechos más alarmantes de indiferencia gubernamental ante una crisis de producción. En 1912 fue azotado el Estado Trujillo de una plaga de langosta que destruyó por completo las sementeras. Pocos meses después en el Estado se carecía de frutos menores y la población rural y las clases menesterosas empezaron a sufrir hambre y desnudez. El poco maíz fue acaparado por algunos comerciantes, que elevaron su precio a límites prohibitivos. A las ciudades empezaron a llegar hordas famélicas en busca de las sobras domésticas, para medio satisfacer su urgencia de alimentos. Muchos murieron, apenas saciada una hambre ya inmortal. Niños depauperados pululaban en demanda de un mendrugo. Para éstos se abrió un hospicio, que luego se encargó de liquidar la tuberculosis, ya dueña de la débil naturaleza infantil. Mas, en cambio, hubo quienes, complacidos, vieron crecer sus haberes y tuvieron por correcta la hábil operación de interferir los granos que, de haberse mantenido a precios accesibles, hubieran servido a la mediana alimentación del pueblo. Ellos tenían de respaldo, para sus extorsionantes operaciones de compraventa, la moral individualista del régimen; ellos no pensaron, como no piensan los comerciantes que a la hora actual evaden las regulaciones creadas por nuestra economía de guerra, que, sobre los intereses de las personas, privan los intereses de la comunidad.
A vallar esas formas teratológicas del individualismo, se encamina la sistemática del intervencionismo. El Estado ha de procurar que las franquicias que derivan del grado de la civilización, no se acumulen en las viejas clases que detentan los instrumentos de producción; sino de lo contrario, ha de afanarse, en un recto sentido humano, porque la mayoría social, es decir, las clases llamadas desheredadas, gocen de las posibilidades máximas para desarrollar su personalidad entitiva. Esta lucha de intereses patentiza el diferéndum existente entre los supuestos económicos y los supuestos políticos de las organizaciones que se afanan por mantener el acoplamiento del capitalismo con la idea de una democracia racional. De una parte, el concepto fundamental de la igualdad como definición del ámbito personal, presupone en el Estado la necesaria capacidad constructiva que le permita atender a la satisfacción de los justos deseos de los miembros de la comunidad; de la otra, la teoría del goce de una libertad casi supersticiosa por parte del individuo, garantizaría a éste todo género de posibilidad para desarrollar, sin intervención de ninguna fuerza extraña, lo que considera ser sus legítimos derechos (propiedad y disfrute de los medios de producción). Frente a esta oposición de intereses, que a la postre detiene el propio desarrollo de la personalidad humana, el progreso de la justicia, que trabaja calladamente en el subsuelo de la historia, reclama formas ágiles que aceleren para el hombre el mayor disfrute de los goces de la vida y aleje la posibilidad de curvas catastróficas en la marcha evolutiva de las instituciones.
Para intentar el equilibrio de los intereses comunes sin recurrir a las formas del Socialismo de Estado, los Gobiernos han acudido a los sistemas intervencionistas, como expresión de la propia función que les compete en el orden de la justicia, fin último del Estado.
Nuestro Partido quiso expresar, por boca de autorizados dirigentes, cuáles ideas sustenta a este respecto. Arturo Úslar Pietri, Rodolfo Rojas, Xavier Lope Bello, Alfredo Machado Hernández, José Joaquín González Gorrondona, fueron escogidos, por sus luces y experiencias, para exponer la posición de nuestro Movimiento frente a tan debatido problema económico. Las tesis por ellos sustentadas en los debates del Club Venezuela, constituyen un valioso aporte, no sólo en lo que dice a la línea de nuestro Partido, sino en lo que respecta a la propia ilustración venezolana de un problema surgido en forma peculiar por el choque entre nuestra vieja y deficiente estructura y la inesperada y absorbente economía del petróleo (coincidente en nuestro país con los efectos de la crisis que en 1928 produjo perturbaciones sísmicas en la economía mundial) y con la compleja economía de guerra, que desde 1939 reclamó la acción previsora y diligente del Estado. Los principios expuestos por los distinguidos copartidarios y que hoy recoge el Partido en el presente volumen, sirven a decir cuanto se aparta nuestra idea del Estado, de la vieja concepción que miró la autoridad como mero organismo a quien estaba encomendada la guarda de los intereses privados de una clase privilegiada.
Consecuente con su propósito programático de “mantenerse libre de todo compromiso oligárquico”, nuestro Movimiento mira libremente las grandes necesidades de la comunidad. Y con sentido responsable de su misión histórica, quiere ayudar al pueblo en su lucha contra los viejos privilegios que pretendieron hacer del Estado un instrumento al servicio de obscuros intereses privados.
Sea la lectura de estas páginas buena ocasión para que el pueblo venezolano medite sobre los propósitos de superación política que animan a nuestro Partido. Porque, aunque ello, en el fragor de la lucha partidista, haya sido negado por nuestros contrarios, somos un Partido cuyo empeño principal es realizar las aspiraciones del pueblo por elevar su nivel político, su nivel social y su nivel económico, según lo proclamó nuestra Asamblea constitutiva.
Y para los compañeros que tan gallardamente expusieron las ideas del Partido, ya ha tenido éste el mismo caluroso aplauso que nos complace consignar en estas líneas prelusivas.
Mario Briceño-Iragorry
por Luis Enrique Alcalá | May 1, 2007 | Fichas, Política |

LEA, por favor
La más reciente de las cartas semanales de doctorpolítico (#234, del 26 de abril), suscitó atinados comentarios de una estimadísima suscritora, cuyo nombre no identifico por carecer de su autorización. La amiga expresó dudas acerca de la bondad social de la telenovela Por estas calles, producida y transmitida por RCTV a fines del segundo período de Carlos Andrés Pérez. También hizo muy justas y precisas observaciones puntuales, que ponen las cosas un poco más en su sitio, al demostrar que nuestras grandes televisoras comerciales no son exactamente las proverbiales Hermanitas de la Caridad. Haciendo uso de su considerable poder, son muy capaces de vetar la aparición de figuras que no comulguen con sus propias líneas políticas. Quien esto escribe, antaño entrevistado habitual de varios canales de televisión y emisoras de radio, ingresó en una lista negra a raíz de que el mismo 12 de abril de 2002 expresara mi claro repudio a las arbitrariedades cometidas por Pedro Carmona Estanga. En la actualidad, y apartando algunas radios regionales, sólo soy invitado con alguna frecuencia a programas de entrevistas en Radio Caracas Radio.
Ahora bien, en lo que creo es una exagerada evaluación, muchos actores políticos de influencia ya pretérita han atribuida a la crítica que se hacía a nuestros grandes partidos—Acción Democrática, COPEI—el desmoronamiento de nuestra democracia. Así afirman que esa “antipolítica” es culpable de la llegada de Chávez al poder. Me temo que lo que era en verdad una antipolítica era precisamente la política practicada por aquellos partidos, sordos e impenetrables a una crítica que primero fue amable y, más tarde, arreció de modo natural.
El año de 1992 fue especialmente doloroso y traumático para el país y su democracia. Como he explicado varias veces en este espacio, la decadencia alcanzó una cota terrible con la segunda presidencia de Pérez, cuyo primer período ya había expandido notablemente las prácticas de corrupción. Desde mediados de 1991 y hasta comienzos de 1992 el suscrito escribió varios artículos de prensa en los que proponía la renuncia de Pérez como salida conveniente a la penosa y grave situación. Con posterioridad al golpe del 4 de febrero, continué procurando por los mismos medios la salida de Pérez, la que finalmente se logró por acciones de la Fiscalía General de la República y la Corte Suprema de Justicia.
Esa fase de nuestra política fue, sin duda, un lapso de acusada confusión, en la que yo mismo incurrí. Prueba de ello es el artículo escrito el 26 de marzo de 1992, publicado en el diario El Globo, al que debí llamar Fe de erratas. Su texto se reproduce íntegro en esta Ficha Semanal #142 de doctorpolítico, y deja constancia, una vez más, acerca de mi posición respecto del gobierno segundo de Carlos Andrés Pérez, a la vez que evidencia lo enredado de nuestra política nacional por aquellos días.
LEA
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Fe de erratas
“El hombre que calculaba”, de Malba Tahan, es protagonizado por un hábil calculista, Beremís Samir, que con su veloz capacidad de cálculo mental y su facilidad para resolver problemas aparentemente sin solución, maravilla a los cortesanos del califa de su época. Hacia el final de ese libro Beremís es sometido a difíciles pruebas ante un jurado de sabios de la corte del Emir de los Creyentes. En la última de ellas tiene que vérselas con cinco esclavas cuyos rostros están completamente tapados por unos velos. Beremís no puede distinguir con su vista el color de los ojos de las esclavas. Allí radicaba el problema, pues eso era lo que tenía que averiguar el calculista después de hacer sólo tres preguntas a tres de las cinco esclavas, armado únicamente del conocimiento de que las de ojos negros siempre decían la verdad y las de ojos azules mentían siempre.
Cuenta el libro que Beremís preguntó a la primera esclava y recibió de ésta una respuesta en chino. Aparentemente, y para consternación de sus admiradores, había desperdiciado por completo su primera oportunidad. La verdad fue que ese tropiezo le facilitó las cosas, y que concluyó felizmente en la solución del difícil problema de las esclavas de ojos azules y ojos negros.
Pienso aprovecharme, como Beremís, no de uno, sino de dos tropiezos que tienen que ver con mis apariciones en este diario.
Primer pelón
El 5 de marzo me fue publicado acá un artículo con el que quise mostrar una salida al problema, aparentemente trancado, de la crisis de la Presidencia de la República. Recuerdo que lo redacté con celeridad. Quería que la idea circulara lo antes que fuese posible. Pero esa prisa fue la causa de sus imperfecciones. Un amigo que me comentó el texto dijo que lo había encontrado algo confuso. La primera imperfección, pues, tuvo que ver con una redacción algo farragosa. La segunda, como veremos, consistió en postular un paso innecesario. El ejemplo de Beremís Samir, que arrancó desde un percance, me impulsa a aprovecharme de mis equivocaciones para expresar la proposición en forma más clara y sencilla, desprovista de una suposición que incluí antes y que no es verdaderamente fundamental.
En esencia la proposición es la siguiente: consúltese al pueblo, lo antes que sea posible, acerca de quién, a su juicio, es la persona indicada para cubrir, como Presidente de la República, lo que resta de período constitucional. Si resultara de esta consulta que Carlos Andrés Pérez obtiene la mayoría de los votos, el período constitucional podría ser completado por él mismo, relegitimado en el poder. Pero si ocurriese que otro venezolano le superara en votación, entonces el señor Pérez, que últimamente ha estado insistiendo mucho sobre el tema de la democracia, debiera renunciar, para acatar la voz del pueblo. En ese caso, el Congreso debiera cubrir la falta absoluta del Presidente de la República a través del mecanismo ya conocido de la elección, en sesión conjunta de las Cámaras a realizar en un lapso menor de treinta días. Y supongo que los congresantes no se atreverían a nombrar un Presidente distinto del señalado por el voto de los electores.
Eso era el hueso de la proposición, y la primera imperfección de mi primer modo de presentarla, una redacción poco cuidadosa de mi parte.
La segunda imperfección tenía que ver con mi noción del 5 de marzo, de que esto requeriría una enmienda constitucional. He entendido que no se necesita nada de eso. Se necesita, únicamente, de un compromiso de Carlos Andrés Pérez, a quien emplazo. Si es cierto que cree en la democracia, si es cierto que se encuentra muy ocupado defendiéndola, ¿qué argumento serio puede esgrimir para oponerse a esto que le propongo?
Falsas madres, falsos demócratas
Una de las más recientes componendas de nuestros desacreditados “dirigentes” políticos ha consistido en inventar el híbrido de una uninominalidad mixta para las próximas elecciones municipales. Ante esto uno recuerda a la madre falsa del juicio salomónico. La madre falsa no tenía inconveniente en que el hijo que reclamaba sin derecho fuese partido por la mitad. A los inventores del adefesio mixto les parece “sagrada” la representación proporcional de las minorías, pero no tienen inconveniente en que la partan por la mitad y en decir al pueblo: «Está bien, pueblo, elige tú la mitad de tus representantes que yo, el cogollo, elegiré la otra mitad detus representantes.» Lo que nos proponen es una transacción, como corresponde a quienes suponen que la política no es otra cosa que transar.
Hemos estado viendo demasiados ejemplos de este tipo. Ríos de tinta han corrido para que los periódicos pudieran reproducir los saludos a la bandera democrática con la que han saturado a la Nación los falsos demócratas. Hasta la saciedad nos han recordado que “la soberanía reside en el pueblo”, según fórmula de la Constitución Nacional. Pero ninguno quiere de verdad acatar esa soberanía, que se expresó con cacerolas y pronto encontrará otro cauce, si llega a darse cuenta de que no le toman en serio.
Por esto emplazo a Carlos Andrés Pérez: ¿es Ud. demócrata? Sométase entonces a la democracia. Atrévase a preguntar al pueblo si éste quiere que Ud. le gobierne. Supere el miedo, déjese de subterfugios, e intente, democráticamente, relegitimarse en el poder. Si no lo consigue, renuncie. Y hágalo ya. Ningún consejo consultivo, ningún robespierre contratado por usted, ningún asesor extranjero le va a legitimar. Sólo la democracia podría hacerlo y Ud. se dice demócrata.
Y no necesitamos largos estudios de comisiones jurídicas. El mecanismo de la Constitución vigente es más que suficiente. Creo que hemos estado complicando las cosas. Me incluyo acá. Es mejor que vayamos al meollo simple de las cosas. Que es tan simple como me enseñó con gran sencillez el ingeniero Juan Fornino. No puede hablarse de vacío de poder tras una salida de Pérez, a menos que todos los venezolanos estuviéramos muertos. Si todos parecemos jurar que el poder está en el pueblo, ¿cómo podemos hablar de vacío de poder si ese pueblo está allí?
Segundo pelón
Habiendo hablado seguramente demasiado para el amigo Eduardo Delpretti, quien me hizo una entrevista publicada en este diario el 26 de marzo, no le expliqué adecuadamente por qué no quería ahora que Pérez renunciara. No es porque piense que es preferible que Pérez concluya su período. Es porque, como he explicado arriba, ahora pienso que el pueblo debe hablar antes que él.
No creo que Pérez debe culminar su período. Así lo he dicho repetidas veces. Lo que he entendido después de haberlo exigido, gracias a las certeras voces de otros compatriotas, es que una cosa así ya no debe ser manejada ni siquiera por el Congreso de la República, desasistido de un mandato popular expreso. Ya no se puede resolver la crisis sin la apelación al soberano, ese soberano que tan estupendamente me pintó Nino Menardo el 5 de marzo para mi artículo, y que no es otro que el pueblo.
Remito a Eduardo Delpretti mis excusas, por haberle querido atropellar con demasiadas ideas el día de nuestra entrevista. Pero debo reiterar que no deseo que Pérez continúe gobernando. Ya hace tiempo que creo esto y nunca he variado de opinión en torno a ese punto.
Y, por si acaso, tampoco he variado de opinión respecto a otra cosa: ni necesitamos ni queremos otro intento militar para resolver esta crisis. La soberanía no reside en los generales, no reside en Fedecámaras, en la CTV, en las universidades, en la Causa R, en la iglesia católica, en las otras iglesias todas reunidas, en las asociaciones de vecinos. La soberanía reside en el pueblo. En el pueblo todo. Ningún segmento, por más lúcido, capacitado o bien intencionado que pueda ser, tiene derecho a suplantar al cuerpo social en su conjunto.
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por Luis Enrique Alcalá | Abr 24, 2007 | Fichas, Política |

LEA, por favor
Debo agradecer al amigo Jorge Correa Romero la gentileza de obsequiarme la colección de cuatro volúmenes que, bajo el nombre Misión Riqueza: Para rehacer a Venezuela con ética y libertad, publican las asociaciones CEDICE, Conciencia Activa y la Universidad Monteávila en memoria de la vida y obra de Nicomedes Zuloaga Mosquera. El conjunto es complementado por un disco de video documental.
Escriben en los volúmenes de la obra colectiva Pynchas Brenner, Rafael Alfonzo Hernández, Fernando Vizcaya Carrillo, Carolina Jaimes Branger, Vladimir Chelminski, Ignacio De León, Jean Baptiste Itriago, Juancho Eckhout Smith, Julio Franco Corzo, José Manuel Andrade, Carlos Machado-Allison, Leonor Filardo, Hugo Faría, Jorge González, Luis Alberto Penzini, Ricardo Pérez, Stephanie Zalzman, Jesús Zerpa, Esteban Torbar y el mismo Jorge Correa Romero. Esta Ficha Semanal #141 de doctorpolítico, sin embargo, se limita a reproducir íntegramente el artículo solicitado a Roberto Ball Zuloaga en recordación de su tío, el Dr. Zuloaga Mosquera. (Con la libertad de incluir mínimas correcciones al texto). Ball hace en él un justo y fiel retrato del gran personaje desaparecido.
De este modo esta publicación se suma al merecido homenaje a Nicomedes Zuloaga. Era un hombre vigoroso y jovial, de clara y rápida inteligencia, de honestidad cabal y lleno de consistente amistad. Inscrito en el pensamiento liberal, fue junto con Pedro R. Tinoco hijo el más eficaz ideólogo del liberalismo moderno en nuestro país.
Hombre intenso y vehemente, en algunas ocasiones cargaba fuertemente sus apreciaciones. Así, por ejemplo, destaca Ball en su elogio cómo Zuloaga se oponía a “quienes están empeñados en llevar a Venezuela por el camino del socialismo, ya sea éste evolutivo, a la usanza adeca…” Esta postura no obstó para que CORPA, la agencia publicitaria presidida por Nicomedes Zuloaga, se ocupara de la campaña del muy adeco Carlos Andrés Pérez en 1973.
Ball alude a una presentación de Zuloaga ante el Grupo Santa Lucía. Se trató de su estudio Crítica constitucional. En trabajo compuesto en diciembre de 1997, el suscrito admitió estar totalmente de acuerdo con el criterio expuesto en aquél por Nicomedes Zuloaga: “Si regresamos a la comparación crítica de las disposiciones de la Constitución venezolana con la norteamericana nos encontramos que la americana protege derechos de sentido negativo al establecer lo que el Estado no puede hacer porque constituiría una violación de los derechos de los ciudadanos. Esa es una Constitución coherente donde el Poder Judicial puede ejercer lógicamente su facultad contralora de revisión examinando si una disposición emanada del Poder Legislativo o una medida tomada por el Poder Ejecutivo violan las garantías constitucionales. La Constitución venezolana, en cambio, otorga tanto derechos individuales en sentido negativo como derechos individuales en sentido positivo, y una constitución así resulta incoherente y sus disposiciones son de muy difícil interpretación por el Poder Judicial… La eliminación que propongo de todo el Capítulo IV de la Constitución Nacional, que establece los llamados derechos sociales no producirá una disminución de la actividad social del Estado ni de la beneficencia pública, como no produjo su inclusión un aumento de esa actividad del poder público. Esas actividades se seguirán cumpliendo al través del Ejecutivo y del Legislativo, con el destino político de los ingresos fiscales decididos por el Congreso y por el Presidente de la República siguiendo el resultado de las discusiones políticas, y el poder electoral relativo de las diversas ideologías de las organizaciones políticas en el poder”.
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Viva Zuloaga
Gran honor me hacen los autores de esta obra al pedirme escribir unas reflexiones sobre Nicomedes Zuloaga Mosquera, mi tío. Hombre querido y admirado que dejó una profunda huella intelectual en el país, de la cual este libro es quizás un gran ejemplo. Para muchos fue símbolo de la aristocracia criolla, pero con su vida ejemplar demostró la razón de Jacinto Benavente cuando escribió: “La única aristocracia posible es la de las personas decentes”.
“Nico”, como sus amigos le decían, nació en Caracas en 1926 en el seno de una familia que ha producido hombres y mujeres que se han destacado por sus aportes a Venezuela por más de trescientos años. La lucha por la libertad, el orden, la prosperidad, el derecho y la justicia ha sido siempre una característica de esta familia, y por ello no es casual que desde el momento de la Independencia, cada generación ha sufrido los trastornos de la ruina, la cárcel y el exilio. Nicomedes se formó en ese contexto, donde el honor y la responsabilidad eran el eje de la vida. De su padre, Nicomedes Zuloaga Ramírez, eminente abogado y empresario, Enrique Tejera París escribe: “Era un jurista y patriota que rechazaba toda acción incorrecta o cualquier posible cliente que pretendiera hacer negocios inconvenientes a Venezuela”. Su abuelo, Nicomedes Zuloaga Tovar, sufrió los estragos de La Rotunda a la avanzada edad de setenta años, por su oposición a la dictadura gomecista. De este eminente jurista, redactor de códigos y maestro de generaciones de abogados, escribió Alejandro Urbaneja: “Ni la amistad halagadora, ni las amenazas y atropellos de los poderosos, ni las apremiantes necesidades de la existencia, ni los reclamos crecientes de la posición, fueron jamás motivos bastantes para hacerlo torcer, ni un ápice, el camino que se tiene trazado desde los albores de su vida intelectual […] Ha puesto Zuloaga al servicio de su país todas las aptitudes que posee para coadyuvar y contribuir al mejoramiento, a la prosperidad y a la honra de la República”.
Al igual que su padre y su abuelo, Nico se hizo abogado, graduándose summa cum laude en la Universidad Central de Venezuela. Si bien ejerció el derecho activamente por más de cincuenta años, al igual que sus antepasados su vida profesional trascendió en mucho la carrera de abogado. Hombre intensamente emprendedor y creativo, fue fundador y promotor de empresas, muchas de ellas tremendamente exitosas y emblemáticas. No exageramos al decir que cientos de venezolanos tuvieron el privilegio de una vida digna y mejor para ellos y sus familias por trabajar, participar y colaborar en las muchas empresas creadas por el ingenio y emprendimiento de Nico. Fe él un vivo ejemplo del círculo virtuoso que produce la acción empresarial en beneficio de la sociedad. Pionero de la industria de la publicidad moderna en Venezuela, donde se mantuvo activo hasta los últimos días de su vida, participó además en los negocios de la banca, la generación y transmisión eléctrica, los seguros, la construcción, la aviación de turismo, de la cual también fue pionero, la agroindustria y la ganadería.
El ganado y el campo fueron unas de las verdaderas pasiones de su vida, donde como en todo lo demás fue un triunfador. En ningún sitio se sentía más a gusto que en su finca en el llano; y con su energía innata, se dedicó a modernizar la industria agropecuaria, y fue uno de los primeros en utilizar herramientas computarizadas para el análisis de la productividad de los rebaños a principios de la década de los ochenta del siglo pasado.
Su actividad empresarial fue extensa y con ella consiguió la legítima recompensa del éxito económico. Como siempre sucede con los hombres que sobresalen, este éxito le aseguró no pocos enemigos, que le endilgaban peyorativamente el haber nacido en una cuna privilegiada. A uno de tantos, Nico le respondió: “Me acusa de haber ‘heredado’ millones. Fácil explicación encuentran algunos políticos del éxito ajeno, sobre todo cuando ellos no han sabido nunca cómo se gana dinero trabajando”. Pero el dinero nunca fue el propósito fundamental para Nico. A pesar de haber sido uno de los principales líderes empresariales de su generación, toda su actividad tenía como propósito fundamental hacer de Venezuela una nación más próspera, más moderna y más desarrollada; y ésa es la clave para entender la persona que fue Nicomedes Zuloaga.
Como parte de esa lucha por hacer de su país un lugar mejor, fue diputado al Congreso de la República a principios de la década de 1960, postulado por la tarjeta independiente que apoyaba la candidatura presidencial de su amigo Arturo Úslar Pietri. Su más conocido logro durante su breve paso por el Congreso fue el cambio de la hora legal de Venezuela, que hasta entonces cabalgaba sobre dos husos horarios. Pero quizás de mayor significación fue el hecho de que desde su curul en la Cámara de Diputados, Zuloaga defendió con su acostumbrada vehemencia los principios y valores de la libertad, frente a “quienes están empeñados en llevar a Venezuela por el camino del socialismo, ya sea éste evolutivo, a la usanza adeca, disfrazado con olor a incienso y a buenas intenciones, a la usanza de COPEI, o violento y asesino como lo pretenden los partidarios de Fidel”.
La defensa de los principios y valores de la libertad fue sin duda la mayor obra de vida de Nicomedes Zuloaga.
A temprana edad, Nico se interesó por el análisis de la economía. Con su insaciable curiosidad, comenzó el estudio de las ciencias económicas en la década de 1940, asistiendo a las charlas dictadas por Ludwig von Mises en la Universidad de Nueva York. Desde entonces se convenció de que la única ruta a la prosperidad de Venezuela se encontraba en la libertad económica: en el capitalismo, basado en un contrato social donde los ciudadanos se reservan el derecho a la vida, a la libertad y al fruto de su trabajo. Y dedicó el resto de su vida y cuantiosos recursos económicos a intentar convencer a sus compatriotas de las bondades de la libertad, frente a la ruina y la esclavitud implícita en el socialismo.
En 1960, junto con varios colaboradores, entre los que destacaba su amigo Joaquín Sánchez Covisa, funda el Instituto Venezolano de Análisis Económico y Social, precursor de CEDICE y uno de los primeros think-tanks liberales en América Latina, y publica la revista Orientación Económica, que llegó a ser de las más prestigiosas e influyentes publicaciones en el continente. El propósito, en sus propias palabras, era: “Construir un organismo que se dedicara al estudio y promulgación de los principios en que se basa el sistema capitalista, bajo el signo de la división del trabajo, con respeto a la verdadera libertad y al cual corresponde, al menos en teoría, la organización constitucional y jurídica de la República […] formamos parte de una comunidad capitalista y, salvo muy honrosas excepciones, nosotros los empresarios que deberíamos ser centro y motor de ese sistema, no somos capaces de defender los principios del capitalismo ante los ataques diarios de los diversos grupos marxistas e intervencionistas”.
Con el mismo propósito fundó y mantuvo el diario La Verdad entre 1965 y 1973, desde donde se defendió los principios del capitalismo, la libertad, el estado de derecho y la justicia. De allí en adelante Nico libró una batalla de más de cuatro décadas que él definió así: “He pasado años defendiendo en Venezuela a la economía de mercado. He tratado de demostrar en las más diversas formas el beneficio de un régimen económico donde funcione el mercado. He destacado las virtudes (y reconocido los defectos) de los mecanismos interpersonales y automáticos, de un sistema que aprovecha la condición humana para hacer posible la riqueza sólo a aquéllos que han sido más capaces en el servicio a sus semejantes. He criticado el intervencionismo económico por ser un sistema irracional, cuyo verdadero producto es una frondosa y bien pagada burocracia. He combatido al socialismo como sistema económico irrealizable y como sistema político esclavista”.
Pero de nada servirían políticas económicas adecuadas sin un contrato social apropiado que asegure la libertad y los derechos de los ciudadanos. Ésa es la función fundamental de la constitución, y Nicomedes Zuloaga fue uno de los más acérrimos críticos de la estructura constitucional de nuestro país, que él consideraba el origen de todos los males. Mientras que “juristas”, “expertos constitucionalistas” y más recientemente “constituyentes originarios” redactaban adefesios literarios con infinitas listas de derechos y deberes, Zuloaga alertaba que la función fundamental de la constitución es limitar el poder de las mayorías mediante garantías otorgadas a las minorías. Es ésa la única forma de asegurar la convivencia pacífica y es además la base de sustentación de la democracia. Y sin la existencia y aplicación práctica de esos límites y garantías, el Estado carecía de bases institucionales y por ende se transformaba en un poder ilegítimo. En una charla ante el Grupo Santa Lucía en octubre de 1990, Zuloaga dijo: “El poder en Venezuela, ejercido sin freno constitucional, va a cumplir treinta años de ilegitimidad a pesar de los procesos de votación que han tenido lugar en ese período. Y aunque nos damos poca cuenta, es precisamente esa ilegitimidad la que sufrimos todos los venezolanos […] que nos agobia y que otorga de paso, al funcionario de turno, nombrado por la mayoría, el poder discrecional que está detrás de todas las venalidades y corrupciones”. Las bases de la democracia venezolana estaban contaminadas, y ello representaba el mayor peligro para su supervivencia. En 1992, Zuloaga escribió: “Las reglas del juego democrático se escriben en las constituciones de los pueblos. Y nuestras actuales reglas requieren de una urgente reforma para salvar la democracia”.
Y así, durante décadas, a través de artículos de prensa, discursos, panfletos y programas de televisión, Nicomedes Zuloaga alertó que el rumbo que había tomado Venezuela era equivocado, y que éste sólo traería pobreza, atraso y eventualmente el autoritarismo. La destrucción paulatina y sostenida de la que una vez fue la nación más próspera de América Latina es la prueba lamentable de que Nico siempre tuvo la razón. Su obra, recopilada en dos libros, El poder ilegítimo y Política en pretérito: 40 años de oposición ideológica, conforma un verdadero monumento a la honestidad intelectual, al sentido común y a la tradición liberal de Occidente.
Al igual que sus antepasados, Nico tuvo que pagar un alto costo por destacarse en una sociedad donde el éxito y la integridad generan temor. En 1989 un corrupto con cargo de juez le obliga a soportar largos meses de prisión sin razón alguna. La causa real era un intento por desviar la atención del país del saqueo sistemático de las arcas públicas, cometido por una clase política profundamente corrompida y aislada de las realidades del país. El intento fracasó cuando Nicomedes Zuloaga rehusó cualquier arreglo extra-judicial y deshonesto y decidió ir a prisión, desde donde se convirtió en un símbolo de la Venezuela decente e irreductible. Este caso representó ante la opinión pública el más craso ejemplo de terrorismo judicial cometido hasta entonces en Venezuela.
En lo personal, Nico era un hombre de gran simpatía. “Muy amiguero” como alguien lo describiría recientemente. En extremo sencillo, con mucho sentido del humor, que decía siempre lo que pensaba, claramente y sin tapujos. Era un caballero en el estricto sentido de la palabra. Hablaba rápido y en su mirada reflejaba su gran inteligencia. Conoció y viajó el mundo entero. Mantuvo estrecha relación con algunos de los hombres y mujeres más importantes e influyentes en el mundo; pero su preferencia fue siempre Venezuela y los venezolanos.
Se mantuvo en actividad hasta el último día de su vida. A los setenta y siete años fue coautor de los anteriores volúmenes de la serie “Para rehacer a Venezuela”, que trata el tema del marco constitucional. Alertó al país en artículos de prensa y entrevistas de televisión sobre el nuevo adefesio salido de la Asamblea Constituyente de 1999, así como de los peligros del nuevo marxismo bolivariano. En las tertulias casi diarias que se celebraban en su casa, a las que asistían muchos de los autores de esta obra, se analizaba el pasado y se discutía sobre el presente; pero Nico siempre quería hablar sobre el futuro.
En sus últimos años sufrió los inconvenientes de serias limitaciones físicas, pero su mente mantuvo la inteligencia y lucidez de siempre, y su espíritu jamás perdió el ímpetu de la juventud. Llevó su enfermedad con la hidalguía y estoicismo característico de los hombres recios. Y al final, Dios le concedió la gracia de que la última visión que tuvo de este mundo fue aquello que él más quiso: su esposa Cachy.
Un antiguo refrán español dice: “Siempre vive con grandeza quien hecho a grandeza está”. Nicomedes Zuloaga fue un gran hombre. Venezuela pierde a uno de sus más ilustres hijos; pero nos queda su ejemplo de integridad y de lucha por la patria, y el reto de proseguir su causa por una nación más próspera y justa.
“Indispensable es que los venezolanos a quienes corresponda la conducción de la vida pública actúen guiados únicamente por esos probados principios generadores de bienestar, de libertad y de progreso. Difícil pero indispensable es que tengan suficiente entereza para resistir las presiones inmensas de las ideologías y grupos de intereses contrapuestos con el interés general. Que Dios los ilumine y les otorgue la fuerza suficiente para que […] podamos ofrecer a nuestros libertadores una Venezuela cada vez más próspera, cada vez más fuerte y cada vez más independiente”.
Roberto Ball Zuloaga
por Luis Enrique Alcalá | Abr 17, 2007 | Fichas, Política |

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En Angostura, ciudad que luego de su muerte llevaría su nombre, el Libertador Simón Bolívar inauguró el segundo congreso constituyente con su más famoso discurso. El Discurso de Angostura fue pronunciado el 15 de febrero de 1819, seis meses antes de que el general y estadista de 36 años de edad liberara a Colombia con su triunfo en la Batalla de Boyacá. (6 de agosto de 1819).
Aunque ni Venezuela, ni Colombia ni Ecuador estaban aún libres de la dominación española, ya se formó en Angostura la República de Colombia, constituida por las tres naciones nombradas y con un nombre que honraba al Descubridor, de cuya efigie el régimen imperante hoy en Venezuela toleró su asalto y demolición.
Esta Ficha Semanal #140 de doctorpolítico reproduce la primera sección del discurso de Bolívar (sin incluir el preámbulo). Es ella la sección que dedica a consideraciones sobre el tema de la libertad.
No era nueva en Bolívar la preocupación por la libertad de los pueblos. Ya en la Carta de Jamaica (6 de septiembre de 1815) cita a Montesquieu para decir: “Es más difícil sacar un pueblo de la servidumbre, que subyugar uno libre”. De hecho, emplea pedagógicamente exactamente los mismos ejemplos en la Carta de Jamaica y el Discurso de Angostura. En la primera dice: “En las administraciones absolutas no se reconocen límites en el ejercicio de las facultades gubernativas: la voluntad del gran sultán, Kan, Bey y demás soberanos despóticos, es la ley suprema, y ésta, es casi arbitrariamente ejecutada por los bajáes, kanes y sátrapas subalternos de Turquía y Persia, que tienen organizada una opresión de que participan los súbditos en razón de la autoridad que se les confía”. Como se verá, propone la consideración de los mismos hechos al Congreso reunido en Angostura.
Es muy sintomático que el Libertador haya escogido precisamente ese tema para iniciar su oratoria en Guayana. Es de ese discurso de donde se cita la siguiente admonición, clara y grave: “… nada es tan peligroso como dejar permanecer largo tiempo en un mismo ciudadano el poder. El pueblo se acostumbra a obedecerle y él se acostumbra a mandarlo; de donde se origina la usurpación y la tiranía”. Simón Bolívar, pues, votaría en contra de la reforma constitucional por la que se pretende permitir en Venezuela la reelección indefinida del mismo ciudadano en la Presidencia de la República.
No es, por supuesto, el único punto en que la idea política de Bolívar antagoniza la de cierto gobernante que se llena la boca con su nombre. El Libertador no era gente que persiguiese a la gente de industria. Dice en el discurso—publicado en varias entregas de El Correo del Orinoco—lo siguiente: “Al proponeros la división de los ciudadanos en activos y pasivos, he pretendido excitar la prosperidad nacional por las dos más grandes palancas de la industria, el trabajo y el saber. Estimulando estos dos poderosos resortes de la sociedad, se alcanza lo más difícil entre los hombres, hacerlos honrados y felices”.
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Amargo de Angostura
¡Legisladores!
Yo deposito en vuestras manos el mando supremo de Venezuela. Vuestro es ahora el augusto deber de consagraros a la felicidad de la República; en vuestras manos está la balanza de nuestros destinos, la medida de nuestra gloria, ellas sellarán los decretos que fijen nuestra libertad. En este momento el Jefe Supremo de la República no es más que un simple ciudadano; y tal quiere quedar hasta la muerte. Serviré, sin embargo, en la carrera de las armas mientras haya enemigos en Venezuela. Multitud de beneméritos hijos tiene la patria capaces de dirigirla, talentos, virtudes, experiencia y cuanto se requiere para mandar a hombres libres, son el patrimonio de muchos de los que aquí representan el pueblo; y fuera de este Soberano Cuerpo se encuentran ciudadanos que en todas épocas han mostrado valor para arrostrar los peligros, prudencia para evitarlos, y el arte, en fin, de gobernarse y de gobernar a otros. Estos ilustres varones merecerán, sin duda, los sufragios del Congreso y a ellos se encargará del gobierno, que tan cordial y sinceramente acabo de renunciar para siempre.
La continuación de la autoridad en un mismo individuo frecuentemente ha sido el término de los gobiernos democráticos. Las repetidas elecciones son esenciales en los sistemas populares, porque nada es tan peligroso como dejar permanecer largo tiempo en un mismo ciudadano el poder. El pueblo se acostumbra a obedecerle y él se acostumbra a mandarlo; de donde se origina la usurpación y la tiranía. Un justo celo es la garantía de la libertad republicana, y nuestros ciudadanos deben temer con sobrada justicia que el mismo magistrado, que los ha mandado mucho tiempo, los mande perpetuamente.
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Al desprenderse América de la Monarquía Española, se ha encontrado, semejante al Imperio Romano, cuando aquella enorme masa, cayó dispersa en medio del antiguo mundo. Cada desmembración formó entonces una nación independiente con forme a su situación o a sus intereses; pero con la diferencia de que aquellos miembros volvían a restablecer sus primeras asociaciones. Nosotros ni aun conservamos los vestigios de lo que fue en otro tiempo; no somos europeos, no somos indios, sino una especie media entre los aborígenes y los españoles. Americanos por nacimiento y europeos por derechos, nos hallamos en el conflicto de disputar a los naturales los títulos de posesión y de mantenernos en el país que nos vio nacer, contra la oposición de los invasores; así nuestro caso es el más extraordinario y complicado. Todavía hay más; nuestra suerte ha sido siempre puramente pasiva, nuestra existencia política ha sido siempre nula y nos hallamos en tanta más dificultad para alcanzar la libertad, cuanto que estábamos colocados en un grado inferior al de la servidumbre; porque no solamente se nos había robado la libertad, sino también la tiranía activa y doméstica. Permítaseme explicar esta paradoja. En el régimen absoluto, el poder autorizado no admite límites. La voluntad del déspota, es la ley suprema ejecutada arbitrariamente por los subalternos que participan de la opresión organizada en razón de la autoridad de que gozan. Ellos están encargados de las funciones civiles, políticas, militares y religiosas, pero al fin son persas los sátrapas de Persia, son turcos los bajáes del gran señor, son tártaros los sultanes de la Tartaria. China no envía a buscar mandarines a la cuna de Gengis Kan que la conquistó. Por el contrario, América, todo lo recibía de España que realmente la había privado del goce y ejercicio de la tiranía activa; no permitiéndonos sus funciones en nuestros asuntos domésticos y administración interior. Esta abnegación nos había puesto en la imposibilidad de conocer el curso de los negocios públicos; tampoco gozábamos de la consideración personal que inspira el brillo del poder a los ojos de la multitud, y que es de tanta importancia en las grandes revoluciones. Lo diré de una vez, estábamos abstraídos, ausentes del universo, en cuanto era relativo a la ciencia del gobierno.
Uncido el pueblo americano al triple yugo de la ignorancia, de la tiranía y del vicio, no hemos podido adquirir, ni saber, ni poder, ni virtud. Discípulos de tan perniciosos maestros las lecciones que hemos recibido, y los ejemplos que hemos estudiado, son los más destructores. Por el engaño se nos ha dominado más que por la fuerza; y por el vicio se nos ha degradado más bien que por la superstición. La esclavitud es la hija de las tinieblas; un pueblo ignorante es un instrumento ciego de su propia destrucción; la ambición, la intriga, abusan de la credulidad y de la inexperiencia, de hombres ajenos de todo conocimiento político, económico o civil; adoptan como realidades las que son puras ilusiones; toman la licencia por la libertad; la traición por el patriotismo; la venganza por la justicia. Semejante a un robusto ciego que, instigado por el sentimiento de sus fuerzas, marcha con la seguridad del hombre más perspicaz, y dando en todos los escollos no puede rectificar sus pasos. Un pueblo pervertido si alcanza su libertad, muy pronto vuelve a perderla; porque en vano se esforzarán en mostrarle que la felicidad consiste en la práctica de la virtud; que el imperio de las leyes es más poderoso que el de los tiranos, porque son más inflexibles, y todo debe someterse a su benéfico rigor; que las buenas costumbres, y no la fuerza, son las columnas de las leyes; que el ejercicio de la justicia es el ejercicio de la libertad. Así, legisladores, vuestra empresa es tanto más ímproba cuanto que tenéis que constituir a hombres pervertidos por las ilusiones del error, y por incentivos nocivos. «La libertad—dice Rousseau—es un alimento suculento, pero de difícil digestión». Nuestros débiles conciudadanos tendrán que enrobustecer su espíritu mucho antes que logren digerir el saludable nutritivo de la libertad. Entumidos sus miembros por las cadenas, debilitada su vista en las sombras de las mazmorras, y aniquilados por las pestilencias serviles, ¿eran capaces de marchar con pasos firmes hacia el augusto templo de la libertad? ¿Serán capaces de admirar de cerca sus espléndidos rayos y respirar sin opresión el éter puro que allí reina?
Meditad bien vuestra elección, legisladores. No olvidéis que vais a echar los fundamentos a un pueblo naciente que podrá elevarse a la grandeza que la naturaleza le ha señalado, si vosotros proporcionáis su base al eminente rango que le espera. Si vuestra elección no está presidida por el genio tutelar de Venezuela que debe inspiraros el acierto de escoger la naturaleza y la forma de gobierno que vais a adoptar para la felicidad del pueblo; si no acertáis, repito, la esclavitud será el término de nuestra transformación.
Los anales de los tiempos pasados os presentarán millares de gobiernos. Traed a la imaginación las naciones que han brillado sobre la tierra, y contemplaréis afligidos que casi toda la tierra ha sido, y aún es, víctima de sus gobiernos. Observaréis muchos sistemas de manejar hombres, mas todos para oprimirlos; y si la costumbre de mirar al género humano conducido por pastores de pueblos, no disminuyese el horror de tan chocante espectáculo, nos pasmaríamos al ver nuestra dócil especie pacer sobre la superficie del globo como viles rebaños destinados a alimentar a sus crueles conductores. La naturaleza, a la verdad, nos dota al nacer del incentivo de la libertad; mas sea pereza, sea propensión inherente a la humanidad, lo cierto es que ella reposa tranquila aunque ligada con las trabas que le imponen. Al contemplarla en este estado de prostitución, parece que tenemos razón para persuadirnos que, los más de los hombres tienen por verdadera aquella humillante máxima, que más cuesta mantener el equilibrio de la libertad que soportar el peso de la tiranía.
Simón Bolívar
por Luis Enrique Alcalá | Abr 10, 2007 | Fichas, Política |

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Henry David Thoreau, nacido en 1817 en Concord, Massachusetts, es un modelo de individualismo y pasión por la libertad, al punto que llegó a vivir como ermitaño, o antecesor de los hippies, en la laguna Walden por dos años, con tal de no ser molestado por regulaciones o gobierno alguno y para desprenderse de las cosas que los hombres “realmente no necesitan”. De esta experiencia dejó un relato, Walden, que se ha convertido en uno de los clásicos de la literatura norteamericana.
Graduado en Harvard, fue grandemente influido por Ralph Waldo Emerson, el ensayista estadounidense que defendía “la infinitud del hombre privado”. Al comienzo, Thoreau hizo oficio de maestro, pero pronto lo abandonó para embarcarse con su hermano John por los ríos Concord y Merrimack. Como con su aislamiento posterior, acerca de esta aventura escribió una de sus obras principales. Luego vivió, trabajando como todero, en la casa de la familia Emerson entre 1841 y 1843. Poco después construyó la cabaña que habitaría en Walden. Después de esta etapa, trabajó como profesor y como cartógrafo, y escribió ensayos para publicaciones periódicas. Thoreau tuvo también una activa participación contra la esclavitud y la segregación racial en su país. Murió de tuberculosis en 1862, poco antes de cumplir cuarenta y cinco años.
En criterio de Thoreau, la lealtad a la propia conciencia es superior a la lealtad hacia el Estado, y este principio fue la guía de su ensayo más conocido: Desobediencia civil. El propio Gandhi, lector de esta pieza, reconoce la influencia que sobre él tuvieron las nociones de resistencia pacífica expuestas por Thoreau.
La Ficha Semanal #139 de doctorpolítico reproduce los párrafos iniciales de Desobediencia civil, escrita en el estilo ampuloso, retóricamente recargado, propio de la época. Como podrá verse, la opinión que Thoreau tenía de los gobiernos en general era bastante cínica e incrédula. Así trasluce en la descripción que hace de su conveniencia, la que no puede ser, en el mejor de los casos, otra cosa que un mal necesario.
Thoreau argumentó con pasión a favor de la tesis de la desobediencia a la ley cuando la conciencia indica que es injusta. Pero no sería suficiente desaprobar la ley en el fuero íntimo. Una ley injusta debe ser opuesta vigorosamente, incluso a riesgo de prisión. Thoreau creía que una minoría con dedicación, así fuese de una persona sola, era capaz de ejercer gran influencia política. Décadas más tarde esta idea resonaría en la obra del gran dramaturgo noruego Henrik Ibsen, quien la expuso eficazmente en Un enemigo del pueblo. En una introducción a este drama ibseniano—de los editores de la Enciclopedia Británica—se lee: “El hombre solo de pie, con la justicia de su lado, es una figura dramática familiar y poderosa, aunque también ocurre en la vida real. A menudo sufre la derrota personal, aun la muerte. Pero su acción heroica no muere con él. Ella perdura, y hace la vida más justa y vivible para el resto de nosotros. El idealismo, en lugar de ser tonto e impráctico, puede ser en último término el único camino práctico”.
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Desobediencia civil
Acepto gustosamente el lema “El mejor gobierno es el que tiene que menos gobierna”, y me gustaría verlo hacerse efectivo más rápida y sistemáticamente. Si se lo aplica, resulta al fin en algo en lo que también creo: “El mejor gobierno es el que no gobierna en absoluto”; y cuando los hombres estén preparados para ello, ése será el tipo de gobierno que tendrán. En el mejor de los casos, el gobierno no es sino algo conveniente, pero en su mayoría los gobiernos son inconvenientes y todos lo son algunas veces. Las objeciones que han surgido contra la existencia de un ejército permanente, que son muchas y de peso, y merecen prevalecer, también pueden en última instancia esgrimirse en contra del gobierno permanente. El ejército permanente es sólo el brazo del gobierno establecido. El gobierno en sí, que es únicamente el modo escogido por el pueblo para ejecutar su voluntad, está igualmente sujeto al abuso y la corrupción antes de que el pueblo pueda actuar a través suyo. Somos testigos de la actual guerra con Méjico, obra de unos pocos individuos comparativamente, que utilizan como herramienta al gobierno actual; en principio, el pueblo no habría aprobado esta medida.
¿Qué es el gobierno de los Estados Unidos sino una tradición, reciente por cierto, que procura transmitirse intacta hacia la posteridad, aunque a cada instante pierde algo de su integridad? No tiene ni la vitalidad ni la fuerza de un solo hombre: porque un hombre solo puede doblegarlo a su antojo. Es una especie de fusil de madera para el mismo pueblo, pero no es por ello menos necesario para ese pueblo, que igualmente requiere de algún aparato complicado que satisfaga su propia idea de gobierno. Los gobiernos demuestran, entonces, cuán exitoso es imponérsele a los hombres y aún, hacerse ellos mismos sus propias imposiciones para su beneficio. Es excelente, tenemos que aceptarlo. Sin embargo, este gobierno nunca por sí mismo promovió una empresa, o sólo cuando se apartó diligentemente de su camino. No mantiene al país libre. No coloniza al Oeste. No educa. El carácter inherente al pueblo americano es el responsable de todo lo que se ha logrado, y hubiera hecho mucho más si el gobierno no se hubiera a veces entrometido. Porque el gobierno es una conveniencia por la cual los hombres intentan dejarse en paz los unos a los otros; y como ha sido dicho, es más conveniente cuando los gobernados son dejados en paz. Si el intercambio y el comercio no estuvieran hechos de caucho, jamás lograrían salvar los obstáculos que los legisladores les atraviesan en forma sistemática; y si uno fuera a juzgar a esos señores sólo por el efecto de sus acciones, y no en parte por sus intenciones, merecerían ser castigados y ser tenidos así como los malhechores que obstruyen los rieles del ferrocarril.
Pero, para hablar en forma práctica y como ciudadano, a diferencia de aquellos que se llaman hombres que no son del gobierno, yo pido, no como eso sino como ciudadano, y de inmediato, un mejor gobierno. Permítasele a cada individuo dar a conocer el tipo de gobierno que ganaría su respeto y tal cosa ya sería un paso ganado para obtener ese respeto.
Después de todo, la razón práctica por la que, cuando el poder está en manos del pueblo, se permite a una mayoría regir, y por un período largo de tiempo, no es porque esa mayoría esté tal vez en lo correcto, ni porque le parezca justo a la minoría, sino porque físicamente son los más fuertes. Pero un gobierno en el que la mayoría rige en todos los casos no se puede basar en la justicia, aún en cuanto ésta es entendida por los hombres. ¿No puede haber un gobierno en el que las mayorías no decidan de manera virtual lo correcto y lo incorrecto – sino a conciencia? ¿En el que las mayorías decidan sólo los problemas para los cuales la regla de la conveniencia sea aplicable? ¿Debe el ciudadano en algún momento, o en el menor grado, que entregarle su conciencia al legislador? ¿Para qué tiene entonces todo hombre la conciencia? Pienso que primero debemos ser hombres, y después súbditos. No es deseable cultivar respeto por la ley más que por lo que sea correcta. La única obligación que tengo derecho de asumir es la de hacer siempre lo que crea correcto. Se dice muchas veces, y es cierto, que una corporación no tiene conciencia; pero una corporación de personas conscientes es una corporación con conciencia. La ley nunca hizo a los hombres un ápice más justos, y por medio del respeto por ella, incluso los bien dispuestos se convierten a diario en agentes de injusticia. Un resultado común y natural de un indebido respeto por la ley es que uno puede ver una fila de soldados, coronel, capitán, cabo, soldados rasos, polvoreros, y los demás, marchando en formación admirable sobre colinas y cañadas hacia la guerra, en contra de su voluntad, ¡ay!, contra su sentido común y sus conciencias, lo que hace la marcha en verdad más empinada y produce un pálpito en el corazón. No les cabe duda de que es indigno eso en lo que están involucrados; todos tienen inclinación hacia la paz. Ahora bien, ¿qué son ellos? ¿Son en absoluto hombres? ¿O pequeños fuertes y polvorines móviles al servicio de algún hombre inescrupuloso en el poder? Visiten un patio de la Armada y observen un marino, un hombre como el gobierno americano puede hacer, o uno en el que puede convertirlo con sus malas artes—una mera sombra y reminiscencia de humanidad, un hombre puesto de lado y en pie, y, podría uno decir, enterrado ya bajo las armas con acompañamiento fúnebre… aunque puede ser que “Ni un tambor se escuchó, ni una nota fúnebre, cuando apresuramos el cuerpo a la muralla; ni un soldado disparó en despedida, sobre la tumba en que nuestro héroe enterramos”.
La masa de hombres sirve, pues, al Estado, no principalmente como hombres sino como máquinas, con sus cuerpos. Son el ejército en pie, y la milicia, los carceleros, los alguaciles, posse comitatus, etc. En la mayoría de los casos no hay ejercicio libre bien sea del juicio o el sentido moral; ellos mismos se ponen en el plano de la madera, la tierra y las piedras; y quizás puede fabricarse hombres de maderapara que sirvan bien el propósito. Éstos no merecen más respeto que los hombres de paja o un montón de tierra. Valen lo mismo que los caballos y los perros. Y, sin embargo, aun en esta condición, son comúnmente estimados como buenos ciudadanos. Otros—como la mayoría de los legisladores, los políticos, abogados, ministros y funcionarios—sirven al Estado principalmente con la cabeza, y como rara vez hacen alguna distinción moral, pudieran con la misma facilidad servir al Diablo, sin intención, como a Dios. Muy pocos, como héroes, patriotas, mártires, reformadores en el gran sentido, y hombres, sirven al Estado también con sus conciencias, y por la mayor parte, necesariamente, le oponen resistencia; por esto son comúnmente tratados como enemigos. Un hombre sabio será sólo útil como hombre, y no aceptará ser “arcilla” o “tapar un hueco para mantener lejos al viento”, sino que dejará ese oficio a sus cenizas, puesto que: “Soy nacido demasiado alto para ser poseído, para ser segundo al control, o útil sirviendo hombres e instrumento de cualquier Estado soberano por el mundo”.
Henry David Thoreau
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