La bomba Aponte

Cuando estaba enchufado, violaba derechos y era feliz

Un íntimo y competente amigo, profesional del Derecho, llamó para comentar la bomba política que representan las declaraciones de Eladio Aponte Aponte, ex Presidente de la Sala Penal del Tribunal Supremo de Justicia, concedidas al canal SoiTV y reproducidas por Globovisión y CNN en Español. El poco análisis que aquí se encuentra es el que logro recordar de mi conversación con el amigo, y se debe a su autorizado pensamiento.

Esencialmente, me dijo que estas declaraciones tienen una enorme gravedad, que influirá sobre el destino del caso que Diego Arria, por poner un caso, ha introducido contra el Presidente de la República ante la Corte Penal Internacional con sede en La Haya. No constituyen, precisó, una prueba directa, pero sí un indicio aportado por un testigo de calificación muy considerable. Es un ex magistrado del TSJ quien declara y, por si fuera poco, quien presidiera su Sala Penal. Corresponderá a los jueces de La Haya determinar si estos indicios pueden ser tenidos por prueba.

Aponte involucra directamente al presidente Chávez en la orientación de causas judiciales según sus conveniencias políticas, en franca violación de la autonomía del Poder Judicial. Incluso menciona una reunión periódica—semanal—en la oficina de la Vicepresidencia Ejecutiva para tales fines. Menciona también casos diversos, como el de los comisarios de la Policía Metropolitana para los que habría orden ejecutiva de mantenerlos en reclusión, el de la juez Afiuni (a quien señala como magistrada valiente), o algunos casos por los que recibía llamadas de Hugo Chávez, Raúl Isaías Baduel o Henri Rangel Silva, en procura de protecciones especiales para ciertos testigos o involucrados. En el proceso, Aponte se inculpa a sí mismo.

Mi amigo piensa que esta apertura ha suscitado interés del Departamento de Estado de los EEUU, sobre todo al considerar que el descrédito de la cúpula militar que se desprende de lo declarado por Aponte puede hacerle imposible a los altos oficiales chavistas su participación en un golpe de Estado. (Las declaraciones de Aponte se han producido dentro de un acuerdo con la Drug Enforcement Agency de los Estados Unidos).

Finalmente, estima que este candente caso beneficia electoralmente a Henrique Capriles Radonski, no por propio mérito, sino por grave demérito de su contrincante. Debiera verse un cambio en los registros de las encuestas a partir de ahora, aunque en el fondo no se trata de algo que no se supiera. En buena medida, el efecto dependerá de la credibilidad que suscite el ex magistrado—ver nota en El Universal—, y ya se ocupará el régimen de desacreditarlo más de lo que ha hecho. Entretanto, abajo está la entrevista completa a Eladio Aponte Aponte y un enlace para descargar la transcripción de la misma, tomada de El Universal, en formato .pdf. LEA


Entrevista completa a ex magistrado Aponte Aponte… por Globovision

Transcripción a .pdf APONTE-SoiTv

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Falacia de origen

 

Aitor Muñoz: contraportada, lomo y portada de Las élites culposas (clic amplía)

(Extracto del tercer capítulo de Las Élites Culposas, próximo a aparecer en librerías)

Y es que los arrolladores triunfos del chavismo—elecciones regionales del 8 de noviembre de 1998, elecciones presidenciales del 6 de diciembre, referendo consultivo del 25 de abril de 1999—habían sumido a lo que hasta hace nada gobernaba al país y ahora era muy minoritaria oposición, en una catatonia determinada por la conciencia de culpa y la vergüenza. Hasta fines de 2001 no se levantarían con alguna eficacia las antiguamente poderosas voces de los partidos tradicionales, que en la elección presidencial de 1998 habían obtenido, Acción Democrática, 591.362 votos y, COPEI, 140.792 contra 3.673.685 sufragios a favor de Chávez. Tanto fue el encogimiento catatónico que la mayoría de los candidatos de oposición a la [Constituyente por la] circunscripción nacional, veintinueve en total, se presentó en postulaciones de la “sociedad civil” o por iniciativa propia. Así, por ejemplo, como candidato por iniciativa propia, se postuló ¡Henry Ramos Allup en el estado Apure! Los neo-opositores procuraban evitar, patéticamente, que se les identificara con Acción Democrática o COPEI, pero su disfraz de independientes no engañó a nadie. Luis Herrera Campíns creyó oportuno recomendar: “Compren alpargatas, que lo que viene es joropo”.

Por supuesto, la pregunta fundamental del referendo del 25 de abril había sido la primera: “¿Convoca usted una Asamblea Nacional Constituyente con el propósito de transformar el Estado y crear un nuevo ordenamiento jurídico que permita el funcionamiento de una Democracia Social y Participativa?”

La interpretación interesada del gobierno era que la asamblea tenía prerrogativas de poder constituyente originario y que, por consiguiente, gozaba de poderes absolutos. De nuevo, la vergüenza de los partidos tradicionales hizo que esencialmente callaran ante esta monstruosidad. La Asamblea Constituyente tenía por única misión redactar el proyecto de una constitución nueva, que no entraría en vigencia hasta que el verdadero Poder Constituyente Originario la aprobara en referendo. Cualquier otra cosa era un retroceso en el reconocimiento de los derechos del pueblo, como había advertido en Contratesis: “Y no renunciaremos a derechos políticos establecidos en 1961. Uno de los más fundamentales es, precisamente, que cuando una modificación profunda del régimen constitucional sea propuesta, no entrará en vigencia hasta que nosotros la aprobemos en referéndum”.

Así, lo que era originario no era la asamblea sino el Pueblo, pero a ninguna voz de oposición se le ocurrió hablar así; cogidos por primera vez en el cepo terminológico de la retórica chavista, los opositores burocráticos pensaron que sólo podrían oponer la tesis de que la constituyente no era originaria sino derivada, lo que sonaría mal en un mitin de campaña en cualquier barrio y creyeron, con fundamento, que si lo hacían recibirían pedradas.

Esta abdicación permitió que la Asamblea Constituyente gobernara por decretos que alteraron la “especificación arquitectónica del Estado” contenida en una constitución que aún regía, incluyendo la decapitación del Congreso de la República, al cercenarse la cabeza del Senado en lo que llegaría a llamarse la “Pre-eliminación del Senado”—cuerpo que había sido elegido directamente por los ciudadanos de Venezuela apenas finalizando el año anterior—, antes de que la nueva Constitución entrara en vigencia. Los partidos de oposición continuaron sumidos en el silencio—Henrique Capriles Radonski siguió despachando como Presidente de la Cámara de Diputados como si la cosa no fuera con él—y una escarmentada Corte Suprema de Justicia tampoco opuso resistencia. Sabía que sus días estaban contados.

luis enrique ALCALÁ

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La democracia sangraba

 

Aitor Muñoz: contraportada, lomo y portada de Las élites culposas (clic amplía)

(Comienzo del primer capítulo de Las Élites Culposas, próximo a aparecer en librerías).

Por la ventana de mi cuarto escuchaba las detonaciones del asalto a la residencia presidencial de La Casona, a la una de la madrugada del 4 de febrero de 1992. Una desazón irresoluble me había atrapado, aumentada porque había buscado evitar, sin éxito, lo que ahora se desarrollaba sin clemencia. Varios venezolanos morirían abaleados o bombardeados y no se tenía seguridad acerca del desenlace. En esos momentos era todavía posible que el sistema democrático fallara y fuera interrumpido, que los golpistas desconocidos triunfaran y asumieran el poder en Venezuela.

Siete meses y catorce días atrás, el 21 de julio de 1991, El Diario de Caracas había publicado un artículo mío—Salida de estadista—, en el que recomendaba la renuncia del presidente Pérez como modo de eludir, justamente, lo que estaba ocurriendo a pocas centenas de metros de mi casa. Allí puse: “El Presidente debiera considerar la renuncia. Con ella podría evitar, como gran estadista, el dolor histórico de un golpe de Estado, que gravaría pesadamente, al interrumpir el curso constitucional, la hostigada autoestima nacional. El Presidente tiene en sus manos la posibilidad de dar al país, y a sí mismo, una salida de estadista, una salida legal”.

Saludado como exageración—el Director del periódico, Diego Bautista Urbaneja, escribió tres días después sobre mi planteamiento: “No creo que exista un peligro serio de golpe de Estado…”—, el expediente de la renuncia sería luego propuesto por nada menos que Rafael Caldera, Arturo Úslar Pietri y Miguel Ángel Burelli Rivas, después de la intentona del 4 de febrero. Yo la había recomendado antes del abuso. Herminio Fuenmayor, el Director de la Inteligencia Militar, declaró que había en marcha una campaña—¡el íngrimo artículo!—para lograr la renuncia de Pérez. El general Alberto Müller Rojas, luego jefe de campaña de Hugo Chávez Frías, escribió en El Diario de Caracas sobre la ingenuidad de mi proposición. Al año siguiente, y luego de la intentona, volvió a escribir en adulación a Úslar Pietri, señalándolo como “el primero” que había solicitado la renuncia de Pérez. La verdad era que un mes escaso antes del golpe Úslar proponía que Pérez se pusiera al frente de ¡un gobierno de emergencia nacional! El interés oportunista de Müller Rojas era obvio: habiendo gravitado antes por los predios de aquel “Frente Patriótico” que lideraba Juan Liscano, quería ahora ser contado entre “Los Notables” que rodeaban a Úslar Pietri.

Pero antes, todavía, alerté sobre el peligro de un golpe de Estado. En Sobre la posibilidad de una sorpresa política en Venezuela (septiembre de 1987), había escrito: “…el próximo gobierno sería, por un lado, débil; por el otro, ineficaz, en razón de su tradicionalidad. Así, la probabilidad de un deterioro acusadísimo sería muy elevada y, en consecuencia, la probabilidad de un golpe militar hacia 1991*, o aun antes, sería considerable”.

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* La asonada de Chávez, Arias Cárdenas et al., se supo luego, estuvo prevista para fines del año de 1991. Debía darse para el 16 de diciembre de ese año, con la pretensión de amanecer en el poder en el aniversario de la muerte de Simón Bolívar.

luis enrique ALCALÁ

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La segunda elección

Célula maligna metastásica

Bueno, yo veo la enfermedad del Presidente. Su cáncer.

Ramón J. Velásquez

RJV: «El siglo que he vivido», 3 de abril

El cáncer es una enfermedad muy triste y de proceso lento. No quiere decir que el presidente va a estar convaleciente en los próximos 15 días. Vamos a empezar a ver complicaciones serias a partir de noviembre. Una vez que presente complicaciones graves su expectativa de vida va a ser aproximadamente de 30 días.

José Rafael Marquina

El Observador de Uruguay, 7 de abril

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La memorable actuación del Presidente de la República en Jueves Santo, inmerso en la conmemoración de la Semana Santa, con lágrimas y plegarias por su salud, ha desatado una actividad presagiosa en las filas de la oposición, así como curiosidad de los medios internacionales. Hace una semana, en una misa celebrada en su presencia en Barinas, adonde llegó directamente desde su segunda sesión de radioterapia cubana, Chávez rogó al cielo con estas palabras: «Dame tu corona, Cristo, dámela, que yo sangro, dame tu cruz, cien cruces, que yo las llevo. Pero dame vida porque todavía me quedan cosas por hacer por este pueblo y esta patria. No me lleves todavía». En una nota sin firma, el diario El Universal reseña un trabajo de la agencia AFP y reporta: «Para Carlos Raúl Hernández, doctor en Sociología y máster en Ciencias Políticas de la UCV, lo que ocurrió en la misa fue ‘una especie de delirio místico’ que revela ‘un estado de desesperación emocional. En ese acto, extremadamente conmovedor, parece que hay la posibilidad de una salida (de Chávez) del escenario político’, dijo Hernández al diario El Universal».

Pero el presidente Chávez conoce que las vicisitudes de su enfermedad parecen haber reforzado su aceptación y la intención de voto a su favor. Ha leído las cosas que Oscar Schemel (Hinterlaces) anda midiendo desde hace tiempo: “El presidente Chávez (…) es un líder religioso, es un líder carismático, los juicios emocionales pesan más que los juicios racionales, el juicio moral pesa más que el juicio objetivo (…) de hecho, buena parte de los soportes que explican esta valoración positiva tiene que ver con la percepción de que Chávez es bueno, tiene buenas intenciones, quiere a los pobres, realmente quiere hacer cosas buenas por los pobres y tiene buenas ideas y proyectos”. El 5 de marzo, en una de las láminas del Reporte Ejecutivo de su encuesta más reciente, dice Hinterlaces: «6 de cada 10 venezolanos está «de acuerdo» con la gestión del Presidente Chávez y un tercio del país está en «desacuerdo». La enfermedad vuelve a concentrar la atención en el liderazgo personal de Chávez y desplaza el cuestionamiento de las fallas de gestión». (En julio del año pasado, por lo contrario, Datanálisis reportaba que la enfermedad presidencial no impactaba cuantitativamente la valoración de su gestión; más recientemente, el 19 de marzo, la ministra Mari Pili Hernández ha opinado que la enfermedad de Chávez no da dividendos políticos a los opositores). Lo cierto es que la rogativa de Chávez en Jueves Santo puede ser vista como una táctica histriónica que lo refuerza como líder religioso, al pedir la cruz y la corona del Nazareno, mientras insiste en el asunto que lo favorece en la intención de voto: su dolencia cancerosa.

De hecho, parece estrategia decidida del oficialismo esto de promover la figura de Chávez como santo redentor. El lunes 2 de abril recibí llamada de Madelein García, periodista de Telesur, para solicitarme una entrevista que ostensiblemente era para hablar de las últimas encuestas. Habiendo tratado en este blog tal asunto (Schemel, el aguafiestas, HCF vs. HCR, La carga del autobús ligero y Capriles el pensativo) estaba preparado para cualquier pregunta y no tenía razones para negarme. La conversación con la entrevistadora duró una hora; he aquí el resultado:

¿Debía sorprenderme? El 11 de enero de 2007 escribí en la Carta Semanal #220 de doctorpolítico: «…a juzgar por sus constantes identificaciones con Jesús de Nazaret y la repetición de sus críticas a muy conspicuos personajes de la iglesia católica venezolana, pudiera estar pensando—su megalomanía da para eso—en hacer, al estilo de Enrique VIII, una iglesia ‘bolivariana’ de la que él sea papa».

Sólo la incapacitación o muerte de Chávez antes del 7 de octubre impediría que ganase las elecciones presidenciales de este año. La ventaja que lleva a Capriles Radonski en las encuestas es prácticamente insuperable y, como hemos visto, aprovechará toda la intención de voto lastimosa y religiosa que pueda suscitar. También repartirá bolívares a granel; acaba de poner la guinda del aumento del salario mínimo, el que favorecerá a dos millones de jubilados. ¿Qué puede hacer Capriles? Ante el aumento reaccionó en Twitter: «Este Gobierno acabó con el empleo de calidad, nos toca muy pronto activar nuestra economía, generar confianza y crear millones de empleos». Hace unos días recomendó que el Presidente dejara de insultar y se acercara a Dios en Semana Santa. Al menos en lo segundo, Chávez le hizo caso.

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José Rafael Marquina se ha posicionado como el arúspice médico del absceso pélvico; es una estrella mediática que opacó, enviándolo al olvido, a aquel Dr. Salvador Navarrete que causara tanta furia con sus declaraciones en los círculos chavistas. Ha decidido competir con Nelson Bocaranda—el Chacal de la Información—en esto de diagnosticar y pronosticar el padecimiento de Chávez sin verlo en su consultorio. Parece tener interés en demostrar que su deceso está a la vuelta de la esquina.

Ahora es su pronóstico más preciso que Chávez no sufrirá complicaciones serias hasta el mes de noviembre—esto es: después de las elecciones—y entonces morirá entre diciembre y enero. Si Marquina termina teniendo razón, entonces el futuro más probable es que pueda vencer en las elecciones de octubre y, como Presidente electo y en ejercicio, se produciría su falta absoluta antes de que tomara posesión o poco después. Veamos qué ha previsto la Constitución Nacional para tal circunstancia:

Artículo 233. Serán faltas absolutas del Presidente o Presidenta de la República: la muerte, su renuncia, la destitución decretada por sentencia del Tribunal Supremo de Justicia, la incapacidad física o mental permanente certificada por una junta médica designada por el Tribunal Supremo de Justicia y con aprobación de la Asamblea Nacional, el abandono del cargo, declarado éste por la Asamblea Nacional, así como la revocatoria popular de su mandato.

Cuando se produzca la falta absoluta del Presidente electo o Presidenta electa antes de tomar posesión, se procederá a una nueva elección universal, directa y secreta dentro de los treinta días consecutivos siguientes. Mientras se elige y toma posesión el nuevo Presidente o Presidenta, se encargará de la Presidencia de la República el Presidente o Presidenta de la Asamblea Nacional.

Cuando se produzca la falta absoluta del Presidente o Presidenta de la República durante los primeros cuatro años del período constitucional, se procederá a una nueva elección universal y directa dentro de los treinta días consecutivos siguientes. Mientras se elige y toma posesión el nuevo Presidente o Presidenta, se encargará de la Presidencia de la República el Vicepresidente Ejecutivo o Vicepresidenta Ejecutiva.

En los casos anteriores, el nuevo Presidente o Presidenta completará el período constitucional correspondiente.

Si la falta absoluta se produce durante los últimos dos años del período constitucional, el Vicepresidente Ejecutivo o Vicepresidenta Ejecutiva asumirá la Presidencia de la República hasta completar el mismo.

En consecuencia, vendría una segunda elección presidencial después de que Capriles haya sido derrotado. Él querrá presentarse a esa elección y la Mesa de la Unidad Democrática tendrá, como se dice, que morir con él. No va a organizar otras primarias, y Datanálisis vendría en su auxilio con mediciones—del 29 de febrero al 7 de marzo—que lo visualizan ganador ante los previsibles sustitutos de Chávez: Capriles 33,4%-Jaua 29,5%; Capriles 33,7%-Maduro 23,3%; Capriles 34,4%-Cabello 20,4%. A pesar de esto, las ganas de otros candidatos diferidos renacerán con fuerza y argumentarán que Capriles ya tuvo su oportunidad y fue vencido. Él dirá que su vencedor ya no existe.

Tal escenario no es una certeza; en verdad, la envergadura de la incertidumbre es bastante mayor. Hay una probabilidad no nula de que Chávez sea reelecto y pueda gobernar unos pocos años (no creo probable, sin embargo, que rebase los cuatro años del próximo período, lo que le permitiría a su Vicepresidente completarlo sin necesidad de nueva elección). Tampoco es nula la probabilidad de que se produzca la falta absoluta del Presidente antes del 7 de octubre de este año. La fábrica de rumores estuvo operando el lunes de esta semana (9 de marzo), en correos de fuente no identificada con los peores datos acerca de la salud de Chávez; también ese día, Nelson Bocaranda aseguró por Twitter que se celebraba en Cuba una reunión de militares venezolanos y cubanos para discutir «planes a seguir en caso de que Chávez no pueda seguir en campaña. Acciones de calle no están descartadas ¿Desespero?»

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Lo cierto es que desde las elecciones del año 2000 los electores venezolanos hemos debido optar por sólo dos opciones, en campañas y comicios fuertemente polarizados. En uno de los dos polos se ha ubicado insistentemente Hugo Chávez: el candidato de un trasnochado y pernicioso socialismo militarista; en el otro, un candidato de oposición que se justifica esencialmente por la maldad del primero, pero que representa también una vieja manera de entender la política: la lucha por el poder con la coartada de una ideología. Manuel Rosales se decía partidario de la «democracia social», un intento mercadotécnico de no decir socialdemocracia. Capriles Radonski es militante de Primero Justicia, cuya definición ideológica—hizo todo un congreso para eso—es demócrata cristiana.

Vieja política: todas las ideologías son obsoletas como fundamentación de una política responsable, llámense «socialismo del siglo XXI» o «capitalismo popular». La época exige una política post-ideológica, transideológica. La probabilidad de una candidatura que exprese tal necesidad aumenta significativamente en el escenario delineado por el Dr. Marquina, y la ventana de oportunidad parece que estará abierta entre el próximo 8 de octubre y enero de 2017. LEA

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RJV: «El siglo que he vivido»

Dos días después de la visita que reseño en esta entrada, llevé impreso su texto al Dr. Velásquez, a quien le gusta que le lea lo que escribo. Al concluir mi lectura le pregunté si había reproducido sus palabras con exactitud. «Sí; ¡fenomenal! Eso fue exactamente lo que dije». «¿Tengo, entonces, su imprimatur?», insistí para asegurarme. «¿Cómo no? ¡Por supuesto!», contestó.

La lucidez intacta en la suave palabra de Velásquez

 

Con un curioso criterio dogmático en Venezuela se alaba o condena sin términos medios. No se quiere ver la realidad en sus auténticos contornos. Pocos aceptan el hecho de que en cada hombre y en cada situación, la mezcla de lo bueno y lo malo, de lo grandioso y lo ridículo forman el clima natural de la historia. No quiere admitirse todavía por muchas personas el hecho simple de que la vida de los caudillos y los políticos, por la misma razón de serlo, deja de pertenecer a la familia, a la tribu, a la aldea para entregar el examen de sus actos e intenciones al público innumerable.

Ramón J. Velásquez

La caída del liberalismo amarillo

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Nos recibió y nos dio buen café y mejor historia. Fui con José Rafael Revenga y Gonzalo Pérez Petersen a visitarle el 3 de abril, a las dos de la tarde. Antes de legarnos la lección que se había propuesto, se excusó por hacernos ir adonde nos esperaba sentado. «Tengo 96 años», dijo, «y esto trae a los hombres limitaciones; a esto sólo puede oponerse la resignación, pero he vivido un siglo». El énfasis que puso a estas últimas palabras signaba el título de la lección. «De niño fui testigo de dos invasiones del general Peñaloza al Táchira. Lo vi subido a un convertible en compañía del Presidente del estado y su Secretario de Gobierno».

Allí se produjo mi primera intervención infructuosa: «¿Era ese general Peñaloza antepasado del más reciente?» Pero Velásquez, sin hacerme caso, no detuvo su curso; no estaba en plan conversador sino en modo catedrático. Sin solución de continuidad, pasó de las invasiones inconsecuentes de Peñaloza a la muy significativa de la Revolución Liberal Restauradora, lanzada también desde Colombia—dijo la fecha—por Cipriano Castro el 23 de mayo de 1899. El resultado trascendente de este hecho fue la llegada al poder de su compadre, el general Juan Vicente Gómez.

«Gómez partió en dos a Venezuela», dijo, refiriéndose al tajo en la historia del país. «Castro y Gómez vinieron con soldados sin zapatos, pata en el suelo, de barriga al aire. Y la idea de Gómez fue darles botines y camisas. Tras eso vendrían los quepis y las normas, la educación de los militares y el petróleo. También un país unificado. Antes de Gómez, era natural que los andinos desconfiaran de los llaneros y éstos de los primeros; estaban aislados. Gómez se encargó de unir a San Cristóbal y Caracas con la Carretera Trasandina—cinco días se tardaba antes en llegar a Caracas—, y hubo carretera al Oriente y la conexión del Norte de Venezuela con los llanos».

Con la gesticulación de sus manos nos hacía saber que lo que había dicho ya contenía claves para el presente y que seguiría hablando. «Nacieron los partidos del siglo XX, porque los generales López Contreras y Medina Angarita no eran de vocación dictatorial. El Partido Comunista de Gustavo Machado y Salvador de la Plaza, que más tarde se dividiría para dar algo como La Causa R de Andrés Velásquez, o el MAS. Acción Democrática, cuyo origen en Barranquilla y Costa Rica fue la Agrupación Revolucionaria de Izquierda, se dividió en cuatro partes: AD, cuyo nombre se lo dio Rómulo Gallegos, el MIR, el ARS y el partido socialista de Luis Beltrán Prieto: el MEP. COPEI, que vino después de una temprana afirmación de la Iglesia, antes de Rafael Caldera, con la Juventud Católica, también se dividió, cuando su fundador creó un partido nuevo».

Ramón José Velásquez toleró dos o tres comentarios aparentemente informados de nosotros y retomó la narración para, también aparentemente, sólo marcar con algunos hitos el tránsito más reciente. La crisis de Diógenes Escalante, que vivió en primera fila como secretario del enloquecido candidato medinista. El segundo gobierno de Rómulo Betancourt, del que fue pivote principal como Secretario de la Presidencia: «Tuvimos que afrontar conspiraciones mensualmente». Entonces pareció proponernos una adivinanza, al añadir repentinamente: «Pero hay otro partido, muy importante».

J. V. Gómez: «Creo en la Mano Poderosa»

De nuevo, la pausa sugería que podíamos intercalar la respuesta, y pensé que se refería al partido de Medina Angarita y su eco de los años sesenta: el uslarismo. Así que pregunté: «¿El partido medinista?» Eludió contradecirme directamente y dijo, como si yo no hubiera hablado: «Es el partido de los militares», e hizo otra pausa, lapidaria. «Siempre ha estado allí, desde que Gómez calzó, vistió y educó a los soldados. Fíjese que ellos manejaron la crisis de Escalante, entonces con civiles. En una casa no muy lejana de ésta, el Dr. Edmundo Fernández los reunió en 1945—Vargas, López Conde, Pérez Jiménez—con Betancourt y Raúl Leoni. [Revenga, quien entonces era un niño, sabe del asunto porque Fernández era su suegro]. Pero después volvió ese partido a emerger, de nuevo con civiles, para derrocar a Marcos Pérez Jiménez y además uno de los suyos, el contralmirante Wolfgang Larrazábal, fue candidato presidencial». Terco y desatendido, acoté: «Y cuando usted fue Presidente, conspiraron en su contra».

No se dio por aludido. Venía el remate de una clarísima línea de historia: «Después permitieron los militares un largo período de civiles: Betancourt, Leoni, Caldera, Pérez y los otros. Y ahora tienen de nuevo directamente el poder, sólo que con un lenguaje del siglo XXI». La tesis no necesitaba ser nombrada: los militares conforman el partido más importante de la historia de Venezuela. El silencio del historiador formó el nuestro durante el minuto que empleó en escrutar nuestros rostros.

Decidí intentar una vez más la introducción de un tema; interpelé al anfitrión: «Y ¿cómo ve la campaña electoral de este año? ¿Qué le parece la candidatura de Capriles?» Creí ver en su boca un frugal esbozo de sonrisa y dijo: «Bueno, yo veo la enfermedad del Presidente. Su cáncer. Él ha dicho que tiene una hija que ha manifestado su interés en el destino del país, y también que piensa adquirir una finca en Barinas, distinta de la de su familia; que desde allí observará algún día los acontecimientos venezolanos. Vamos a ver qué sucede». O sea, ni media palabra sobre los manejos de la Mesa de la Unidad Democrática o la campaña de su candidato. Era como si no fueran términos de la actual ecuación de poder.

Hicimos referencias de aficionado a la única dinastía eficaz de nuestra historia, la de los Monagas, y señalamos que Henrique Salas Römer había establecido una regional en Carabobo—en 2003 lanzaba su precandidatura presidencial, la del «gallo» que era él mismo y, si no, la del «pollo», aludiendo a su hijo—y también mencionamos que Caldera no había sido exitoso en la promoción de su hijo Andrés.

Una hora había volado sin que nos hubiéramos percatado y comenzamos a despedirnos agradecidos. No nos dejó ir sin averiguar antes acerca de un libro mío, para el que ha escrito una generosa nota prologal. Cuando le dije que estaba muy próximo a salir a las librerías, José Rafael prometió: «Vendremos de nuevo, con un ejemplar para usted». Velásquez le tomó la palabra y aseguró haber disfrutado nuestra visita. Gracias, gracias, gracias, repetimos como súbditos de Su Suavidad mientras salíamos.

De sus manos heredamos la historia desnuda y desenredada que quiere legar a Venezuela. Tal vez sus silencios nos dijeron tanto como sus palabras. LEA

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La política que vendrá

Hoy la política se pía

La política no es una ciencia: es una profesión. Es un arte, un oficio. Como tal, puede aprenderse. Del mismo modo que la medicina es una pro­fesión y no una ciencia, aunque de he­cho se apoya en las llamadas ciencias médicas, que no son otra cosa que las ciencias naturales enfocadas al tema de la salud y la enfermedad de la especie humana. Es así como la política debe ser entendida como profesión, aunque existan ciencias políticas, como la sociología, exactamente en el mismo sentido en que el derecho es una ciencia y la abogacía es lo que resulta ser la profesión, el ejercicio práctico.

La informatización acelerada de la sociedad, con su consiguiente au­mento de conciencia política de las poblaciones, está forzando cambios im­portantes en los estilos de operación po­lítica. El Glasnost (transparencia) de Mikhail Gorbachov, más que una inten­ción, era una necesidad. El previo modelo de la Realpolitik requería, para su operación cabal, de la posibilidad de mantener, discretamente ocultas, la ma­yoría de las decisiones políticas. Pero hasta las operaciones que son intencionalmente diseñadas para ser administradas en secreto son objeto de descubri­miento, casi instantáneo, por los medios de comunicación social.

Son condiciones muy diferentes aquellas que definen el contexto actual del actor polí­tico. El tiempo que separa la acción política de la evaluación política que de ella hacen los go­bernados se ha acortado considerablemente, por señalar sólo uno de los cambios más determi­nantes. Es así como esta ac­tividad humana atraviesa por un intenso período de reacomodo con­ceptual.

Si el paradigma médico puede servir para una reformulación de la ac­tividad política, el concepto de qué es lo que puede ser descrito como una sociedad normal resulta ser noción central de todo el tema. Se trata de limpiar de carga ideológica y de pasión el acto evaluativo sobre el estado general de una sociedad determinada.

Por ejemplo, una definición de sociedad normal se verá expuesta a cambios de signifi­cado con el correr del tiempo, así como la definición de hombre sano ha variado en el curso de la historia. No puede ser la misma concepción de salud la prevaleciente en una sociedad en la que la esperanza de vida alcanzaba apenas a los treinta años, que la que es exigible en una que ex­tiende la longevidad con las nuevas tecnologías médicas.

La distribución normal

Del mismo modo, una cosa era la sociedad normal alcanzable a fines del siglo XVIII y otra muy distinta la asequible a las tecnologías políticas de hoy en día. Por ejemplo, es inne­gable el hecho de que la mayoría de las naciones del planeta exhibe una distribución del in­greso que dista bastante de lo que una curva de distribución normal describiría. Igualmente, la in­tensidad democrática promedio, aún en naciones desarrolladas, está bastante por debajo del grado de participación que las tecnologías de comunicación actuales permitirían. Convendrá discutir, por tanto, el tema de los límites psicológi­cos, tecnológicos y económicos de la democracia.

Psicológicos, porque no es dable pensar en una reedición literal de la asamblea griega clásica, en la que la agenda total de las decisiones públicas atenienses era manejada por la totalidad de los ciudadanos. Hay límites a la idoneidad del procedimiento democrático y hay decisiones, la mayoría de ellas técnicas, que son indudablemente mejor manejadas por los especia­listas. De todas formas, se habla hoy de una democracia deliberativa, que va incluso más allá de la democracia participativa.

Tecnológicos, porque es la tecnología la que dibuja el borde de lo que es posible en prin­cipio. El avance de las redes de comunicación permite pre­ver una creciente frecuencia de proce­dimientos de referéndum para una mayor gama de decisiones públicas. Y al entreverse la posi­bilidad, la presión pública por acceder a ese grado de participación no se hará esperar. Venezuela, por caso, que no hizo referendo alguno bajo la constitución de 1961—durante 38 años—ya ha tenido cinco entre 1999 y el presente.

Económicos, porque obviamente las instituciones políticas tienen un costo de inserción y un costo de operación. No es posible hacer todo.

Pero en cualquier caso, el cambio de paradigma político está en pro­ceso. William Schneider ha escrito (Para entender el neoliberalismo, 1989): «Los que solucionan problemas viven en una cul­tura política altamente intelectualizada que respeta la pericia y la competencia. Esto no significa que practiquen una política libre de valores. Varios miembros de la generación del 74 a los que entrevisté se sentían ofendidos cuando se les califi­caba de tecnócratas, y prácticamente cada uno de ellos hacía demasiado hincapié en su compromiso con los valores liberales. Sin embargo, no los distinguen sus valo­res sino su manera de enfocar la polí­tica. Los que solucionan problemas practican una política de ideas. Los demócratas más tradicionales se consideran defensores; la suya es una política de intereses».

Sería inconveniente aprender una política que sólo se concibe como conciliación de intereses cuando justamente esa política está, poco a poco, dando paso a una política de ideas y soluciones. LEA

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