Emplazamiento de La Habana

La franqueza valiente de Alberto Ravell

Alberto Ravell Cariño (1905-1960) fue el Senador del Pueblo. Así lo llamaron sus electores yaracuyanos, que llevaron su candidatura independiente hasta la Asamblea Constituyente en 1946, apoyada por el partido que contribuyó a fundar: Acción Democrática.

No tuvo nunca educación superior formal, pero es obvio en cualquiera de sus textos que era persona culta y cuidado escritor. Periodista y político, su compromiso tenaz con la verdad y la justicia le significó prisión, tortura y exilio, en más de una de las frecuentes temporadas de dictadura y mengua que han aquejado a Venezuela.

Cuando su antiguo compañero de reclusión, Germán Suárez Flamerich, asumió la Presidencia de la Junta de Gobierno a raíz del asesinato de Carlos Delgado Chalbaud (13 de noviembre de 1950), Ravell meditó varias semanas una carta pública que le dirigiría y escribió en La Habana—entonces podía hacerse—el 31 de diciembre de ese año y dio a la luz al día siguiente, como parto de Año Nuevo. Su texto, que pude conocer gracias al Dr. José Rafael Revenga, es el contenido de esta nueva ficha.

La carta no hace concesiones al encumbrado mandatario, no da cuartel. Al propio tiempo, es conmovedora, al registrar sin vergüenza alguna las privaciones y dolores que habían caído sobre su familia «por el delito de amar la Democracia y la Justicia». Cuando la escribe cree acercarse a la mitad de su vida, sin saber que ya había consumido las cuatro quintas partes de ella.

De su oficio en el destierro destaca una sola cosa: que estaba «enseñando a [su] hijo pequeño el camino del deber». Es hijo que aprendió muy bien la lección y heredó su inteligencia y su temple: Alberto Federico Ravell, el ecuánime Director General de Globovisión. LEA

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Carta Pública que dirigiera Alberto Ravell el 1º de enero de 1951 a su antiguo compañero de cárcel gomecista, Dr. Germán Suárez Flamerich, Presidente de la Junta de Gobierno, luego del asesinato de Carlos Delgado Chalbaud.

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Mi estimado Germán: en realidad no sé cómo empezarte esta carta. Yo, que tengo la brusca y desaliñada espontaneidad de los sinceros, me siento un poco molesto, al tratar de darle encabezamiento y forma. Te escribo desde el destierro.

A lo mejor ni siquiera sabes—todo puede suceder—que me encuentro en exilio no voluntario sino forzado desde hace un año; que conmigo están mi mujer y mi hijo pequeño, que mi madre anciana llora mi ausencia, después de haber padecido más de dieciocho años de angustia bajo el régimen de Gómez, y que viva decorosamente de mi trabajo como ayer. Ignoras tal vez, que mi único crimen fue serle leal a un mandato que el pueblo de Venezuela puso entre mis manos de hombre y permanecer fiel a principios democráticos irrenunciables que han informado toda mi vida. Ignoras quizás, que no se me levantó expediente, ni se me hizo interrogatorio, ni se me acusó de nada en concreto, como en los buenos tiempos en que el terror campeaba por sus respetos en la ancha y noble tierra venezolana. Ignoras probablemente—asómbrate como jurista, Germán—que me pusieron a bordo de un avión junto con treinta y dos compañeros—abogados, maestros, escritores, poetas, obreros, comerciantes—con uno de entre ellos gravemente enfermo—el ex constituyentista J. R. Silva Yaraure, quien fuera operado de urgencia al llegar a Guayaquil—, y que en el avión nos trataron como si fuésemos hampones, gracias a las oficiosas recomendaciones del funcionario del Ministerio de Relaciones Interiores.

Ignoras también, que a mi esposa trataron de ultrajarla en el aeródromo de Maiquetía porque se acercaba a despedirme al autobús donde permanecía recluido y que se salvó de la infamia del vejamen gracias a la intervención de un militar, cuyo nombre silencio no por  faltar el respeto a la verdad sino para evitarle represalias. Ignoras quizás, que millares de venezolanos, hombres, mujeres y niños viven la misma suerte. Ignoras que en las cárceles hay detenidos ancianos y mujeres. Ignoras que los hogares son allanados a diario y que el terror se ha enseñoreado del país. Ignoras que en torno tuyo—candidato civil de última hora—se mueven en la sombra sordas ambiciones y abismos de odio. Ignoras que no es ya un grupo político, derrocado el 24 de noviembre por un golpe de fuerza, el que solicita en todos los tonos un cambio radical  en los métodos empleados hasta hoy, sino la totalidad de la Nación, la masa del pueblo, el que piensa y el que crea, el que construye y el que siembra, el que sufre y el que aguarda, en fin, todos los que aspiran a que el orden social se instaure y les sean devueltos sus derechos.

Ignoras, quizás, que el problema básico del pueblo venezolano no puede resolverse con persecuciones brutales y con procedimientos salvajes erigidos en normas de Gobierno. Ignoras tal vez, que en el fondo de ese pueblo, que llevó en sus mochilas la libertad por todo un continente, está latente la virtud de ayer, el sacrificio de ayer, la voluntad heroica de construirse a sí mismo. ¿Hacia dónde van ustedes, los hombres civiles que apoyan a los que derrocan gobiernos legítimos y desgarran constituciones discutidas en amplio debate político? ¿Hacia dónde va Venezuela cuando sus hijos, defensores de principios ayer, los que tenían tradición civilista y revolucionaria, se hacen sordos a su llamado de madre y, halagados por el poder o la fortuna, claudican o se entregan?

¿Hacia dónde vamos, Germán? Yo quiero que me respondas de hombre a hombre, de corazón a corazón, categóricamente y sin esguinces, sin que intervenga para nada la pasión política que a ratos enturbia la mente de los hombres.

¿Sientes que tu autoridad está basada en algo de contenido jurídico, o político, o social? ¿Eres el producto de una elección—tan siquiera amañada para satisfacer la escurridiza y arbitraria opinión internacional—o el hombre signo que aparece de pronto ante los militares como una solución? ¿Qué eres en el fondo, Germán? Yo no he usado nunca el insulto para combatir a mis enemigos políticos. Tú lo sabes muy bien. Me jacto de contarme entre los escasos venezolanos que, con derecho de sobra, no reclamaron contra los bienes de Gómez, y tú no ignoras que cuando se instauraron los juicios por peculado yo intervine generosamente en favor de algunos reos, concitándome malevolencias y hasta provocando malentendidos. Como todo hombre he cometido errores de visión o de conjunto, pero a mi mano no la ha movido nunca ni el odio ni el rencor. Lo sabe Medina, de quien fui amigo, de quien soy amigo, de quien seguiré siendo siempre amigo personal, a pesar de que combatí ásperamente su política con armas que siempre fueron leales.

Lo sabe López Contreras, hijo mimado y putativo del viejo dictador, lo sabe Gómez, ya muerto, lo saben inclusive los militares del triunvirato a quienes di batalla franca desde una trinchera de principios. Pero no puedo silenciar mis pensamientos, Germán. Nací a la vida pública hace más de treinta años. Era el obscuro dependiente de una tienda en Puerto Cabello, frisaba apenas en los quince años y no venía ni del Colegio ni de la Universidad.

Siguiendo el camino que mi padre me trazara, abracé con noble pasión la causa del pueblo y hoy, al cabo de muchos años, sufro nuevamente otro destierro por defender los mismos principios y las mismas ideas que un día encendieron mi adolescencia. Sólo tengo conmigo en esta hora, como capital invalorable, a mi mujer y a mis hijos y a mi pluma modesta, pero insobornable.

Nosotros, Germán, sin ser de la misma generación, estuvimos juntos en los patios y calabozos del Castillo “Libertador” de Puerto Cabello, Bajo el mismo toldo comimos el mismo pan y amasamos los mismos sueños. La misma boina azul del estudiante cubría nuestras cabezas y leíamos bajo aquel sol de fuego los mismos libros. Me recuerdo a Felipe Massiani, común amigo nuestro, gran escritor y gran ciudadano, hojeando los textos de Derecho, junto al anafe de la “peña Beatriz” en la cual cocinábamos los frijoles. Arrastramos los mismos grillos y oímos el clamor de los flagelados—por las noches—al son de la “Juana Bautista” y sentimos llegar hasta nosotros, envuelta en pañuelos de lágrimas, la ternura de nuestras madres, de nuestras mujeres, de nuestras hermanas y de nuestras novias. Luego, Germán, estuvimos juntos en aquel Frente Electoral Independiente que se reunía por las noches, casi clandestino, en la vieja casa de Martín Pérez Guevara y fuimos a elecciones para concejales en plancha conjunta.

Yo aplaudí, hasta hacerme sangre las manos, tu exaltación a la Presidencia del Concejo Municipal de Caracas. Tú Diputado y yo Senador, votamos en la misma urna por la candidatura simbólica de Rómulo Gallegos el año 41 y juntos, Germán, seguimos hasta el año 47 cuando, llamado por la Junta Revolucionaria de Gobierno que presidía Rómulo Betancourt, pusiste al servicio de la República tu innegable capacidad intelectual para colaborar en la redacción de la Constitución libérrima que un día nos dio, por abrumadora mayoría de votos, en limpia elección, que fue reconocida públicamente por las mismas Fuerzas Armadas, un noble Presidente civil a todos los venezolanos.

Luego te perdí de vista, Germán. Vino el golpe del 24 de noviembre y yo regresé de los Estados Unidos a asumir, frente a mi pueblo, posición leal y responsable. Mis Caminos de Venezuela fueron silenciados por la censura, mi Espejo de La Ciudad fue roto de un manotazo brutal y un día ya mi Noticiero Silka no pudo ser nunca más vocero de las angustias del pueblo de Venezuela. No quiero aparecer como víctima, porque es triste papel que no se acomoda con mi temperamento combativo. Di pelea doctrinaria frente a los triunviros, defendiendo los principios en los cuales creo y creeré toda la vida y me derribó la fuerza, la misma que parece haberse entronizado dentro de nuestra propia Historia desde su mismo comienzo. Ganó la batalla Pernalete, el personaje sombrío, y aquí me tienes en el destierro, enseñando a mi hijo pequeño el camino del deber y comiendo pan limpio y honesto con mi mujer que me acompaña.

Aquí me tienes, Germán, contemplando conmovido cómo Venezuela se convierte de pronto en un vasto escenario dramático, viendo cómo los ciudadanos carecen de garantías y derechos, viendo cómo las cárceles se llenan de hombres de todos los partidos y de todas las tendencias y cómo los niños sin pan y sin amparo lloran la ausencia de sus padres. Por los escasos países libres que aún quedan en la Tierra, andamos muchos hombres aquí sin patria, por el delito de amar la Democracia y la Justicia. Cuando conocí tu designación para reemplazar al coronel Delgado Chalbaud, hice una pausa y una tregua en mi propio pensamiento. Esperaba de ti cuando menos una demostración de calidad moral, un acento puro, una actitud responsable.

Ha llegado el final del año, Germán, y el pobre Estatuto Electoral, confeccionado en mesa redonda, con la sola participación de dos partidos semilegalizados, duerme sueño de justo en la gaveta de un escritorio cualquiera de Palacio, mientras continúan las persecuciones y los allanamientos, y siguen los secuestros y las expulsiones y ha corrido sangre y se vive en zozobra y en temor y las gentes hablan en voz baja y se anudan lazos innobles y se esconde la verdad tras bambalinas que todos conocemos.

Sin pedantería, pero con autoridad moral suficiente para hacerla, quiero emplazarte públicamente a que me respondas esta carta. Yo, que monologué muchos años en el fondo de un calabozo, quiero abrir cauce para entablar un diálogo con tu propia conciencia y con la conciencia de mi pueblo que es también el tuyo. Y en nombre de nuestro compañerismo de ayer, en ese Frente Electoral Independiente de que te hablaba anteriormente, de ese voto depositado en las urnas por Rómulo Gallegos, de la ponderación de juicio que tú me aconsejabas frente a mis desbordamientos, te pido categórica respuesta para algo que no es exclusivamente mío sino que pertenece a todos y está en los labios de todos los venezolanos.

Esta carta no me la dicta ningún sentimiento mezquino ni se mueven manos de trastienda tras mis palabras limpias. Es la primera actitud pública que asumo después de haberse cumplido un año de mi destierro. La he meditado largamente y es producto de una madura serenidad. Fija de una vez por todas mi posición frente al problema venezolano. He pensado en mí mismo y he pensado en los míos. Mi madre anciana y enferma puede esperar aún. Afortunadamente para mí y para los nuestros es de recia y noble ascendencia gallega y su apellido Cariño es símbolo de ternura, de pan, de bendición y de amor. Es miel y es leche bíblica. Afortunadamente para mí, mi noble mujer y mi hijo pequeño también pueden esperar.

Quienes no pueden esperar por más tiempo son las madres y los niños que lloran, quienes no pueden esperar por más tiempo son los derechos y las libertades conculcadas.

Como soy leal a mi pensamiento nada exijo de ti—teniendo el derecho de pedirlo todo como ciudadano y como hombre—pero estoy lleno hasta los bordes de angustia humana, de pavor humano por las cosas tremendas que suceden en Venezuela. Te pido en nombre de lo que fuimos, de la piedra infante que un día nos cobijó, de los hombres que en nosotros creyeron y en nuestras manos depositaron su confianza, que leas y medites esta carta que te escribe un hombre ya casi en la mitad del camino de su vida, sin ambiciones políticas de ninguna naturaleza y sin odios que le recoman el espíritu; te lo pido en nombre de mi propia vida atravesada de actitudes desaforadas y hasta a veces incomprendida, pero siempre leal a lo revolucionario, a lo integral, que los hombres más que los libros sembraron en mi ánimo, que pongas tu pensamiento en la Venezuela transida de dolor y devuelvas a sus hijos las libertades que les fueron arrebatadas en fecha infausta para la historia civilista y democrática de América.

Acerca de estos temas, el de la restitución plena de las garantías individuales y el derecho inalienable de nuestro pueblo a disponer de su propio destino, es que te pido, Germán, entables, si es hora todavía para ello, el diálogo que yo inicio con la presente carta desde mi modesto hogar en La Habana, frente a los muros mismos de la Universidad. O eres, Germán Suárez Flamerich, universitario, abogado, compañero nuestro de ayer, o han tomado en préstamo tu nombre o lo has prestado tú mismo para dar apariencia civil a algo que no puede ser justo ni decente ni honorable.

Hubiera querido no escribir esta carta públicamente. Lo he hecho con la sangre de mis propias venas y con clamor y con la angustia de mi pueblo. La he escrito en la vigilia del 31 de diciembre, junto al amor de mi mujer y a la cabeza de mi hijo, frente al retrato de mi madre anciana y estoica; pensando en mi Yaracuy poblado de negros sudorosos y palúdicos, en los altos repechos de la Cordillera con sus frailejones y sus nieblas, en Barlovento silencioso en su pascua como un tambor en duelo, en las sabanas alucinadas de los llanos por donde caminan las palabras en busca de horizontes; pensando en las costas luminosas de Margarita, de Güiria y de Coro donde los hombres aguardan el rescate de su propia historia, en el Lago poblado de taladros y en los músculos recios de sus obreros, en los seres sencillos que deletrean su destino a la luz de los candiles o bajo clamor de las estrellas; pensando en las madres que lloran ausencias, en las esposas, las hermanas y las novias que tejen recuerdos y en los hijos que mojaron su cena de Año Nuevo—si es que la tuvieron—con lágrimas de espera; pensando, Germán, en el dolor que punza con herida tremenda el cuerpo y el alma de ese pueblo nuestro que tanto ha dado en sangre y en hazaña para la libertad americana.

Cordialmente,

Alberto Ravell

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Beria, Himmler, Valdés: una misma calaña

Ramiro Valdés, en foto de la edición impresa de L'Express del día de hoy, 4 de febrero de 2010

En mágica coincidencia, la revista francesa L’Express escogió su edición del 4 de febrero de 2010 para publicar una semblanza de Ramiro Valdés, «el Beria cubano». Aquí se la presenta traducida con prisa.

La gravedad de la presencia de Valdés en Venezuela ya no puede ocultarse. Que el totalitario régimen de los hermanos Castro haya creído oportuno enviar a su policía supremo a nuestro país, habla tomos enteros acerca de su preocupación por el destino del chavismo. Tal como plantea Axel Gyldén, autor de la nota en L’Express, Valdés ha acrecentado recientemente su poder en Cuba, donde espera por el deceso del alcoholizado Raúl Castro para asumir la primera magistratura de la isla hermana. No se trata, su venida, de una inocua cooperación técnica, la que por lo demás es incapaz de ofrecer. También explica Gyldén este nuevo encumbramiento de «Ramirito» como un regreso a la línea más represiva del castrismo.

Hugo Chávez no ha podido creer que los venezolanos aceptaríamos desprevenidos e ignorantes esta repugnante asistencia de Valdés sin medir su significación, sin repudiarla del modo más enfático. En consecuencia, o percibe su situación como casi perdida o ha decidido desafiar descaradamente a los venezolanos para que pensemos que ha muerto nuestra democracia. O para que anticipemos aterrorizados la cristalización del Estado dual y totalitario Cuba-Venezuela, en el que Chávez no puede ser, por razones de senioridad, el número uno.

Si pudieran oírme los estudiantes venezolanos que por estos días protestan sin cesar, les habría indicado la poca sabiduría de marcar con nuevas marchas la infausta fecha del 4 de febrero, con nuevas manifestaciones. En cambio, ahora les pediría un foco único, reconcentrado: que pospongan sus demás reclamos, por más importantes que sean, y apunten todos contra la figura de Ramiro Valdés y su nueva estada en Venezuela. Como buen perro de presa, mordería esa pata asquerosa sin aflojar. Valdés está aquí para lo mismo que se le ha convocado una vez más en Cuba: para recrudecer la represión. Es preciso que lo expulsemos. LEA

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Un duro bajo la sombra de Castro

En La Habana, el poder cerradura. Hombre clave de la represión, después de medio siglo, Ramiro Valdés regresa al plan original y pudiera un día suceder a Raúl.

Raúl, el presidente cubano de 78 años, no necesita presentación; tampoco su hermano convaleciente, Fidel, de 83 años. Pero ¿quién, más allá de las fronteras de Cuba, conoce a Ramiro? Figura histórica de la revolución castrista, es todavía su “tercer hombre”. Ministro de Informática y Telecomunicaciones desde 2006—un puesto estratégico desde el que controla Internet—Ramiro Valdés, de 77 años, ha sido ascendido en diciembre pasado a Vicepresidente del Consejo de Estado. Allí queda en posición de suceder a Raúl Castro si la salud de este último, sin duda debilitada por un sostenido consumo de alcohol, le traiciona.

Discreto, más bien secreto, este hombre de la sombra, enjuto y robusto, muy distante de la sensibilidad tropical, está lejos de ser un desconocido para los cubanos. Símbolo de la represión, Ramiro ha dirigido en efecto el Ministerio del Interior en las peores horas de la dictadura: una primera vez entre 1961 y 1969, luego de nuevo entre 1978 y 1985. Despiadado, el primer policía de Cuba se encargaba entonces de aplastar a la oposición, antes de prender a los homosexuales y a todos aquellos que el régimen consideraba como “desviados”. Sobre todo, “Ramirito”—como se le conoce—ha dirigido la policía política del sistema que, todavía hoy, espía las acciones y los gestos de los cuadros devotos del régimen.

“Ramiro Valdés es el Beria cubano”—sintetiza Jaime Suchlicki, Director del Instituto de Estudios Cubanos y Cubano-Americanos de la Universidad de Miami, en Florida—“Como jefe de la NKVD (precursora de la KGB) bajo Stalin, ese personaje siniestro y sin escrúpulos era el responsable de las acciones viles del régimen. La sola evocación de su nombre hacía que el pueblo temblara”.

Último sobreviviente, aún en el poder, del ataque frustrado al cuartel Moncada en 1953 que marca la sublevación contra Batista, Valdés ha participado en todos los episodios de la epopeya castrista: el exilio en México, el desembarco del Gramma en las costas cubanas en 1956, la guerrilla en Sierra Maestra como segundo del Che Guevara (1956-1958) antes de convertirse en comandante y, en fin, el “triunfo de la revolución” del 1º de enero de 1959. Ostenta una impecable hoja de servicios que le ha valido los muy honrosos títulos de “Comandante de la Revolución” y “Héroe de la República”.

En el poder, Ramiro pronto se convirtió en el Director de la prisión de La Cabaña, en La Habana, donde los opositores eran fusilados implacablemente. Luego funda y dirige el Departamento de Investigaciones del Ejército Rebelde (DIER), prefiguración de la actual “Seguridad del Estado”, la policía política. De 1960 a 1996, su rol en la DIER es determinante en el aplastamiento de la contraguerrilla campesina que desafía a Castro durante seis años desde las montañas del Escambray.

Amargo, distante, arrogante, cínico, sádico

También en la ciudad, “Ramiro” crea la atmósfera de terror necesaria al establecimiento de un poder totalitario. Su policía recoge a todos aquellos que el régimen define como “asociales”: jóvenes de cabellos largos tentados por la moda hippie, admiradores de los Beatles, cubanos de todas las edades en quienes se note una falta de ardor revolucionario, candidatos al exilio… sin olvidar sacerdotes, seminaristas y homosexuales. En esa época, Ramiro preside asimismo la creación de las famosas Unidades Militares de Apoyo a la Producción (UMAP), esos campos de trabajo donde, entre 1965 y 1968, 30.000 detenidos seguirán cursos de reeducación ideológica.

“Yo creo que disfruta viendo sufrir a los demás”, considera en Miami su antiguo compañero de armas, Huber Matos, de 91 años, condenado en 1961 a veinte años de gulag tropical por haber osado criticar la deriva autoritaria del régimen al que entonces pertenecía. Manuel de Beunza, antiguo oficial superior de inteligencia bajo las órdenes de “Ramiro”, quien desertara en 1987 y vive desde entonces en los Estados Unidos, describe, él también, un ser amargo, distante, arrogante, cínico, sádico: “Durante su segundo paso por el Ministerio del Interior, convocó a una reunión de oficiales para incitarlos a expresarse libremente, incluyendo, insistió, la crítica al ministro mismo. Pero una vez que la reunión hubo terminado, quienes hubiesen mencionado el nombre Ramiro fueron degradados o castigados”. (Citado por Pedro Corzo en Cuba: perfiles del poder. Ediciones Memorias, 2007).

Finalmente, en 1985, Raúl convence a Fidel de la destitución de su homólogo encargado del Interior y su eterno rival. Las tensiones entre Raúl y Ramiro se remontan a los tiempos de la guerrilla. Han perdurado, atizadas por la concurrencia histórica entre los servicios de inteligencia de ambos ministerios.

Brazo de articulación del gobierno, Ramiro Valdés es sin embargo nombrado, en los años 80, a la cabeza de COPEXTEL, la empresa estatal encargada de desarrollar la electrónica, las telecomunicaciones y, luego, la Internet. De esta misión emerge exitosamente, en estrecha colaboración con empresas chinas y se impone como el artífice de la aproximación sino-cubana.

“En esta última década, Ramiro y Raúl remendaron la relación”—observa Brian Latell, ex Analista en Jefe de la CIA y autor de L’Après Fidel (Ediciones City). “En esos años emprendieron juntos un largo viaje de trabajo a China. Una cosa inimaginable en otros tiempos. Hoy en día, han decidido que deben cerrar filas y ayudarse mutuamente”.

El regreso a la gracia de “Ramirito” corresponde, en todo caso, a un endurecimiento del régimen. En julio de 2006, el advenimiento de Raúl Castro como Presidente interino suscitó la esperanza de una relajación. Pero el año 2009 ha marcado un nuevo giro: una recuperación de Fidel Castro, que ha reencontrado su tono y significa que él solo, como antes, fija la línea a seguir, a punta de editoriales publicados en la prensa oficial, de los que ha firmado al menos 111 el año pasado. El aumento de la represión contra los disidentes se inscribe en este contexto, así como el fin de una esperanza de aproximación con Washington. Ahora Fidel Castro tacha a Barack Obama de “George Bush afro-americano” y de “cínico”, aunque le reconoce de todas formas una “sonrisa amable”.

La completa rehabilitación del radical Ramiro Valdés se inscribe dentro de esta secuencia. “El mensaje de Fidel Castro a los cubanos es muy claro”, concluye Brian Latell. “Con Ramiro de nuevo en la cúspide del Estado, la línea dura está de regreso”.

Axel Gyldén

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Caja destacada:

“Ramirito” el policamburista

Omnipresente, Ramiro Valdés es el único personaje que se sienta en todos los órganos ejecutivos del poder. Éstos son sus cargos:

Ministro de Informática y Comunicaciones

Vicepresidente del Consejo de Estado

Vicepresidente del Consejo de Ministros

Miembro del “Politburó” del Partido Comunista

Sus títulos honoríficos son:

Comandante de la Revolución

Héroe de la República

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L’Express 4 de febrero de 2010 (Págs. 52 y 53).

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Un represor que no sabe de represas

Asesor y represor

El Grupo La Colina ante la llegada del experto en represión Ramiro Valdés para resolver la crisis eléctrica.

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Cuba no tiene nada que enseñar a Venezuela en materia de electricidad. El sistema eléctrico cubano es aproximadamente la décima parte del venezolano en términos de capacidad instalada y generación de energía, y su nivel de complejidad tecnológica es muchísimo menor al venezolano. Cuba tiene un sistema eléctrico basado en plantas térmicas, en su mayoría muy antiguas e ineficientes. Venezuela, por lo contrario, tiene un sistema de generación mixto y una extensa red de transmisión de alta tensión, con centros de consumo distribuidos en una amplia superficie.

Miente el presidente Chávez cuando dice que, debido a que Cuba tuvo problemas eléctricos muy graves en otras épocas, ese país está en capacidad de asesorar, apoyar o dirigir la solución de la actual crisis venezolana. La crisis cubana de electricidad no tiene nada que ver con la actual crisis eléctrica de Venezuela. El pueblo de Cuba ha sido sometido durante todos estos 50 años de dictadura comunista a un sistema de racionamiento PERMANENTE de todos los bienes y servicios necesarios para la vida de la sociedad cubana, incluyendo la electricidad. Los cubanos no tienen acceso, excepto los más cercanos a la burocracia en el poder, a equipos eléctricos y electrónicos domésticos como los que son comunes en Venezuela, ni tiene Cuba una industria manufacturera, petrolera, de aluminio o de servicios como la que existe en nuestro país. Cuba, bajo el régimen castrista, lamentablemente, es un país especialista en apagar luces, no en encenderlas.

La actual crisis eléctrica de Venezuela es el resultado acumulado de la incapacidad del Gobierno Nacional, que no ejecutó oportunamente los proyectos de generación y transmisión necesarios a pesar de contar con los recursos financieros; de la irresponsable desprofesionalización de las empresas eléctricas encargadas de generar, transmitir y distribuir electricidad, sustituyendo profesionales y técnicos de carrera por militantes del “proceso” sin suficientes credenciales; de la falta de mantenimiento, de la corrupción, y, en último lugar, de la sequía que afecta a nuestros principales ríos. Si hubiéramos contado con las plantas de generación térmica instaladas en condiciones adecuadas de disponibilidad y con las plantas en proceso de instalación listas en las fechas previstas, la sequía no nos hubiera afectado como lo está haciendo actualmente. En Bogotá no hay racionamiento, tampoco en Trinidad, ni en Curazao, ni en República Dominicana, ni en México. ¿O es que El Niño sólo afecta a Venezuela? Es un exabrupto comparar la situación de Cuba con la venezolana y pretender aplicar las soluciones cubanas a nuestro país.

La llegada de un personaje como Ramiro Valdés al frente de una delegación técnica cubana es un insulto a los venezolanos por dos razones.  Primero porque la especialidad de Ramiro Valdés no es la electricidad ni la energía sino la represión del pueblo cubano, materia en la cual ha sido particularmente eficiente y exitoso. ¿O es que vino a asesorar al régimen en cómo reprimir las protestas que se producirán por falta de luz?

En segundo lugar, porque apelar a Cuba para resolver la crisis energética venezolana es desconocer o subestimar la capacidad de nuestros ingenieros, de nuestros profesionales, de nuestros técnicos y trabajadores, de nuestras empresas eléctricas, de nuestras empresas de ingeniería, para resolver los problemas y recuperar la condición del país mejor equipado de Latinoamérica desde el punto de vista eléctrico. Cuba es un país sumido en la oscuridad, y de ese país es muy poco lo que podemos aplicar para salir de la crisis de electricidad de Venezuela.

Esta misión cubana de última hora revela, también, el grado de desesperación del régimen que encabeza el  presidente Chávez frente a una crisis que no puede resolverse a realazos, sino con un cambio completo de la lógica que guía al presidente y sus ministros: el sectarismo, el centralismo, la exclusión del sector privado, la desprofesionalización de las empresas, la lealtad en lugar de la capacidad y experiencia y el mito del socialismo. La llegada de Ramiro Valdés al frente de esta misión cubana es una demostración de la postración y obsecuencia del presidente Chávez ante Fidel Castro.

Lo que sí es seguro es que cualesquiera sean los resultados del veterano represor Ramiro Valdés y de su séquito, la crisis eléctrica causada por la negligencia e incapacidad del gobierno de Chávez va a traer una baja en la producción industrial y de los servicios, aumento del desempleo, caída de la disponibilidad de bienes y servicios y una significativa baja en la calidad de vida de todos los venezolanos.

Es un insulto al pueblo de Venezuela, a sus ingenieros, a sus técnicos y trabajadores, a sus empresas eléctricas  y a sus empresas de ingeniería traer al país a un especialista en represión y a un equipo de técnicos de un país que está muy por debajo de Venezuela en materia de energía eléctrica y en muchos otros campos.

La llegada de Ramiro Valdés a Venezuela es un atentado inaceptable contra nuestra soberanía y dignidad.

Grupo La Colina

Caracas,  3 de febrero de 2010

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Nota 1: El suscrito ha consultado al Shamán del Guaraira Repano—muy molesto con la competencia de los brujos babalaos que asesoran al gobierno—sobre el significado de la visita de Valdés. Acababa de bajar del cerro y sabe ya que la causa de esta penetración es clara: el castrismo piensa que el gobierno venezolano se está cayendo, y manda al decano de sus verdugos para intentar su apuntalamiento. Y también me dijo: «Es esta visita, con el pretexto, la excusa, la coartada—sus ojos relampagueaban indignados—de la crisis eléctrica, que no puede creerse nadie, una visita preparada hace semanas, el verdadero motivo de la renuncia de Ramón Carrizales. Hasta allí le llegó lo de patria, socialismo o muerte». Éste fue el punto final: «Fidel sabe que Chávez se cae, ¡y Chávez también!» LEA

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Nota 2:

LA ASTUCIA DE RAÚL CASTRO Y LA EXTINCIÓN DEL COMANDANTE

En el enlace precedente (del blog Cuba Independiente) se encuentra la explicación del verdadero papel de Ramiro Valdés en Venezuela: el entorpecimiento de las nuevas comunicaciones electrónicas. Allí pone el Dr. Eugenio Yáñez:

«En este momento, sin embargo, lo que era entonces el ministerio de comunicaciones ha dejado de serlo hace tiempo: en la actualidad agrupa la informática y las comunicaciones, incluidas las telecomunicaciones, los servicios satelitales, el cable submarino, sistemas de interferencias electrónicas en ambas direcciones, y tiene en su ámbito lo relacionado con la base de espionaje electrónico de Lourdes, desactivada en la actualidad, pero para nada inutilizable en caso de decidirse su reactivación.

Además de que Granma señaló que los nuevos promovidos “continuarán desempeñando sus actuales responsabilidades al frente de los ministerios que dirigen”, sucede que el actual ministro del ramo es el Comandante Ramiro Valdés, lo que indica con certeza que no será reconstituido un sector de transporte y comunicaciones como el existente anteriormente, para ser atendido por Sierra Cruz, ni tampoco que Valdés asumiría otras responsabilidades en otro ministerio. La opción inversa, que Sierra Cruz fuera asignado a otro sector, no parece realista, además de por la nota de Granma, después de más de dos años en el ministerio de transportes, donde se ha ganado las simpatías de Raúl Castro.

Entonces la clave de los movimientos dependerá del nuevo papel del Comandante de la Revolución Ramiro Valdés, que no abandonaría en estos momentos el ministerio de informática y comunicaciones, donde ha desarrollado precisamente lo que necesitaba el régimen para afianzarse en el poder».

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La presencia de Valdés cobra sentido para apuntalar un régimen cuya estabilidad preocupa grandemente a los hermanos Castro. Su «asesoría eléctrica» es el antifaz que disfraza su verdadero aporte: entorpecer la comunicación electrónica del enjambre ciudadano de Venezuela. Ya Chávez dijo que lo que circulaba por esas vías eran mensajes «terroristas», y procura escarmentar en la cabeza ajena de su pana Ahmadinejad, que bastante trabajo ha pasado con Twitter. LEA

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Entrevista con William Echeverría – 29/01/10

William Echeverría

Ya esta aquí completa—en tres segmentos sucesivos de video (6′ 11″, 6′ 39″ y 8′ 18″ respectivamente)—la entrevista que hiciera al suscrito William Echeverría, Presidente del Colegio Nacional de Periodistas, desde Globovisión. Fue grabada el miércoles 27 de enero de 2010 y transmitida dos días más tarde, el viernes 29, a partir de las 8:30 a. m.

Resultó ser una sorpresa que el Licdo. Echeverría no preguntara por la lucha estudiantil, la crisis de suministro eléctrico, las elecciones de Asamblea Nacional o la aguda situación de inseguridad, y que condujera la conversación sobre el tema de una Política Clínica.

Debo agradecerle esa perspicaz intuición; el programa atrajo audiencia inusitada hacia este blog y mucho interés sobre su asunto. Debo agradecer a Globovisión, por permitirme la reproducción en este sitio. Y a mi hermana, María Elena Alcalá, la grabación de la entrevista, su conversión en archivo digital y su segmentación en fragmentos admisibles en YouTube, el prodigioso servicio del que he tomado el código que hace posible verla desde aquí.

Pero también debo advertir que no tengo nada que ver con la presencia, en el escritorio de la escenografía, de una gorra del equipo Magallanes—honor al vencido—, al que el Licdo. Echeverría suscribe. Por lo contrario: león… león, león, león. LEA

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Primer segmento

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Segundo segmento

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Tercer segmento

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Temas de Política Clínica (1)

La solución de los problemas públicos

La solución de los problemas públicos

Ésta es la primera entrada de una serie de breves lecciones sobre los principios de la Política Clínica. Es el punto de vista asumido explícitamente por el suscrito desde 1984, y la aproximación que ha guiado las publicaciones de doctorpolítico. Entre los servicios que se anunciará prontamente en este blog, se encuentra un curso formal de Introducción a la Política Clínica, a ofrecer en varias ciudades del país.

(Aquí en archivo de audio):

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político, ca. 7. f. Arte, doctrina u opinión referente al gobierno de los Estados.

clínico, ca. 1. adj. Perteneciente o relativo al ejercicio práctico de la medicina basado en la observación directa de los pacientes y en su tratamiento.

Diccionario de la Real Academia Española

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Política Clínica (1)

Esencialmente, la Política Clínica es la práctica de la Política como un arte de carácter médico. De tan simple postulación, se desprende una buena cantidad de consecuencias.

Primero que nada, que la Política no es una ciencia; es un arte, un oficio, una ocupación, un métier, como la Medicina o la Ingeniería, que tampoco son ciencias, y mucho menos es la Política una ciencia deductiva, como la Geometría. (En un viejo y erróneo concepto, la Política se derivaría, como un teorema, a partir de primeros principios: las ideologías). Hay ciencias médicas, por supuesto—la Anatomía y la Histología, la Fisiología y la Fisiopatología, la Bioquímica y la Biofísica—, como se habla de “las ciencias de la Ingeniería” (Matemática, Física, Ciencia de los Materiales). Pero el médico y el ingeniero no son investigadores que contestan preguntas y expanden el campo del conocimiento teórico; son profesionales que resuelven problemas, son practicantes de un arte. Porque quieren ejercerlo responsablemente, buscan el auxilio de la ciencia, el modo más riguroso y serio de obtener conocimiento.

El arte de la Política es el de resolver problemas de carácter público. Muchos problemas humanos, la gran mayoría, encuentran solución en el intercambio privado: las interacciones de personas individuales que componen el reino del Derecho Civil o Mercantil. Otros adquieren una dimensión que escapa a esa capacidad de la interacción privada y afectan a grandes contingentes de personas, a pueblos enteros, incluso al mundo todo. Entonces se hacen necesarias las instancias que puedan tramitarlos, entenderlos y resolverlos: las instituciones públicas.

El diseño, la invención de las instituciones y su operación—mediante “las políticas”, ahora en plural—para resolver los problemas públicos, es la médula del arte de la Política. Ninguna otra cosa que la solución a esta clase de problemas justifica a los actores públicos: partidos y líderes, instituciones y ministros, estados y gobernantes. Es para eso, y solamente para eso, que las sociedades constituyen estados; ninguno se justifica sino por eso.

Por consiguiente, los dirigentes de los estados no son los jefes de los pueblos o sociedades; son quienes comandan un aparato institucional que resuelve problemas públicos, los que aquejan a las sociedades, a los pueblos. Un médico no es el jefe de sus pacientes; es su servidor, su consejero. LEA

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Le Peuple c’est Moi

Antes de creerse el Pueblo

No se le habría ocurrido a Luis XIV, por supuesto, que se limitó a identificarse con el Estado. El prototipo del absolutismo se consideraba por encima del Pueblo y no habría podido ser marxista. Tampoco a Salvador Allende, quien sí lo era. A Chile llegó, para aconsejarle sobre la instalación de un gobierno computarizado, Stafford Beer, el prestigioso cibernetista inglés. En una sesión en la que Beer, armado de diagramas de flujo, explicaba al mandatario el sistema de información que supuestamente controlaría desde un centro la economía chilena toda, Allende preguntó—cuenta Beer en Platform for Change (1975)— qué era una cajita sin nombre que aparecía sobre una red de flujo, entre otras muchas cajas que se extendían por todo el diagrama. Beer explicó: “Esa cajita representa el pináculo de todo el sistema, esa cajita es usted, Señor Presidente”. Entonces Allende dijo: “Ah, pero si esa caja es la cima de todo el sistema esa caja no soy yo. Esa caja es el Pueblo”.

Chávez ha dicho: “Yo soy el Pueblo”. Es muy posible que en su crónico estado de alucinación así lo crea.

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De 1954 es Destination Unknown, una entre las decenas de novelas policíacas de la reina del género, Agatha Christie. Es ése el año cuando llega Hugo Chávez al mundo, y uno de los personajes del relato dice, premonitoriamente: “He llegado a la conclusión de que este lugar es manejado por un loco. Un loco, déjame decirte, puede ser muy lógico. Si eres rico y lógico, y también loco, por muy largo tiempo puedes tener éxito en vivir tu ilusión. Pero al final—se encogió de hombros—, al final esto se desintegrará. Porque, ve, lo que ocurre aquí no es razonable. Al final, lo que no es razonable debe siempre pagar sus cuentas”.

Un profeta más próximo—Yehezkel Dror, Crazy States (1971)—también certificó la posible coexistencia de lógica y locura. Los rasgos de un «Estado loco» serían los siguientes: 1. tiene objetivos muy agresivos en contra de otros; 2. mantiene un profundo e intenso compromiso con esos objetivos (dispuesto a pagar un alto precio por su logro y a correr grandes riesgos); 3. está imbuido de un sentido de superioridad frente a la moralidad convencional y las reglas habitualmente aceptadas de la conducta internacional (dispuesto a la inmoralidad e ilegalidad en términos convencionales en nombre de «valores superiores»); 4. exhibe un comportamiento lógicamente consistente dentro de tales paradigmas; 5. lleva a cabo acciones externas que impactan la realidad (incluyendo el uso de símbolos y amenazas). O sea, Dror pintó el retrato del Estado chavista cuando su ductor no era todavía mayor de edad.

Y está llegando la hora de pagar la cuenta. El espectáculo que ofrece el gobierno es de desintegración. Por más advertencias que Ramón Carrizales haga acerca de las razones «estrictamente personales» que le llevan, y también a su esposa, a separarse de su cargo—Vicepresidente Ejecutivo él, Ministra del Ambiente su consorte—en momentos tan delicados para el régimen, es un signo inequívoco de profundo malestar intestino. Cuando el gobierno enfrenta, incompetente, además de problemas tan persistentes como la criminalidad—que pretende conjurar atribuyendo su causa a una «burguesía» que la habría contratado—, una inflación explosiva provocada por la devaluación tardía con fines de fiscalismo electorero (sin que ceje el mercado paralelo), y una crisis de suministro eléctrico sólo atribuible a su desidia, que nadie menos que el Vicepresidente Ejecutivo de la República abandone el barco en estos precisos momentos es una señal de ingobernabilidad, de inestabilidad creciente.

De nuevo, la protesta juvenil se extiende como pólvora encendida con el paso de las horas. De nada vale la estúpida represión de jóvenes que expresan su opinión en un estadio con pancarta humorosa y beisbolística, antes de que la saña de Chávez y Cabello la emprendiera una vez más contra RCTV y reavivara el fuego del disgusto ciudadano. De nada vale que Rodolfo Sanz, Ministro de Industrias Básicas, afirme que todo está normal en Guayana, cuando una alianza de obreros, profesionales, pequeños empresarios y estudiantes mantiene a Puerto Ordaz varios días en pie de guerra contra «la destrucción de Guayana». De nada vale la táctica de amedrentamiento a base de expropiaciones.

Chávez no es el Pueblo, y éste se está levantando. LEA

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