por Luis Enrique Alcalá | Ago 30, 2007 | LEA, Política |

El partido Primero Justicia, al estilo de su modelo (COPEI), no carece de abogados, aun después de la defección de Gerardo Blyde. De hecho, su líder máximo es el abogado Julio Borges, quien adquiriera fama precisamente como juez de una ficción televisiva en la que administraba justicia, sobre casos ventilados que acostumbraba transmitir la herida RCTV. A pesar de tal cosa, en más de una ocasión equivoca sus apreciaciones jurídicas, como ocurre ahora con su más reciente pretensión: que el Artículo 344 de la Constitución permite la votación separada de una tercera parte del proyecto de reforma constitucional propuesto por el Presidente de la República, si así lo solicita un número suficiente de electores. En esta apreciación le acompaña el MAS, según declaración de José Antonio España, quien en paralelo a la de Armando Briquet de Primero Justicia, anunció que su partido apelaría a las instancias necesarias para “exigir la activación de la votación desagregada de la reforma constitucional”.
Basta una lectura del texto constitucional para percatarse de que Primero Justicia está, al menos en este punto, totalmente equivocado. Esto dice el Artículo 344: “El proyecto de Reforma Constitucional aprobado por la Asamblea Nacional se someterá a referendo dentro de los treinta días siguientes a su sanción. El referendo se pronunciará en conjunto sobre la Reforma, pero podrá votarse separadamente hasta una tercera parte de ella, si así lo aprobara un número no menor de una tercera parte de la Asamblea Nacional o si en la iniciativa de reforma así lo hubiere solicitado el Presidente o Presidenta de la República o un número no menor del cinco por ciento de los electores inscritos y electoras inscritas en el Registro Civil y Electoral”.
El artículo es meridianamente claro: es quien introduce la iniciativa de reforma quien estipula la posible votación separada, y en el caso actual esa iniciativa proviene de la Presidencia de la República, no del cinco por ciento de los electores. No existe ningún proyecto de reforma constitucional introducido por un grupo de electores de ese tamaño. Claro, también la Asamblea Nacional pudiera decidir la separación, a tenor del 344, pero ya sabemos cuál es la línea establecida por Cilia Flores, en acostumbrado acatamiento a la voluntad de Hugo Chávez.
No se explica, entonces, cómo dos agrupaciones políticas de la oposición, con acceso más que suficiente a experto juicio jurídico, se han propuesto perseguir el espejismo que guía sus pasos.
En el #248 de esta publicación se apuntaba: “Cuando se discutió el proyecto [de la Constitución vigente] en el seno de la Asamblea Constituyente, por supuesto, hubo oportunidad de considerar la compleja pieza artículo por artículo, ordinal por ordinal. Esos grados de libertad no están a la disposición de los ciudadanos, por más que se cacaree una democracia participativa. Los Electores somos puestos ante una simple disyuntiva: tómelo o déjelo. En su conjunto”. Es obvio que habría mayor democracia si se reconociera al poder fundamental del Estado, el Poder Constituyente Originario que somos los Electores, mayores grados de libertad, hasta el punto de poder pronunciarnos a favor o en contra de cada artículo y párrafo del proyecto de reforma por separado. Pero la actual normativa no lo permite, y no ayuda a la oposición a esta reforma que voceros importantes de la misma se equivoquen de modo tan garrafal.
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por Luis Enrique Alcalá | Ago 30, 2007 | Cartas, Política |

Una campana distinta de la que se emplea para marcar la apertura y el cierre de la Bolsa de Valores de Nueva York resonó ayer, lúgubre, en territorio norteamericano. El miércoles de esta semana se conmemoró en Nueva Orleáns el segundo aniversario del asolador paso del huracán Katrina, y a la hora precisa en que uno de los diques principales cedió, hace dos años, a la descomunal presión del mar, el alcalde Nagin sonó la campana en ceremonia celebrada en el cementerio del hospital Charity, mientras admitía que los niños lloran en Nueva Orleáns cada vez que sienten una tormenta, temerosos de que otra vez el agua se ensañe contra ellos. George W. Bush se apersonó en la urbe de Luisiana para visitar brevemente una escuela reconstruida y comer comida Creole en un famoso restaurante. Por toda la ciudad hubo misas, conmemoraciones, discursos y marchas, en recuerdo de la inmensa tragedia. Y en el ánimo de los habitantes campeaba una rencorosa insatisfacción con la ayuda gubernamental. Ni el alcalde de Nueva Orleáns ni el gobernador de Luisiana, ambos afiliados al Partido Demócrata, como tampoco el presidente Bush, son figuras simpáticas en La Nouvelle-Orléans.
Se estima que la región afectada por el huracán sufrió daños materiales equivalentes a 150 mil millones de dólares, y aunque el gobierno federal—dueño de los diques que fallaron—insiste en que ha aportado un total de 114 mil millones en ayuda para la reconstrucción, la realidad parece ser otra. Un estudio conjunto del Centro para los Derechos Humanos Robert F. Keneddy y el Instituto para Estudios del Sur revela que, en verdad, no hay más de 35 mil millones disponibles para labores de reconstrucción, necesaria a una zona que sufrió un impacto superior al experimentado por la suma del huracán Andrew, el terremoto de Northridge y los ataques del 11 de septiembre. El paso de Katrina provocó el mayor desplazamiento humano—400 mil personas—en toda la historia de los Estados Unidos. La gran parte de los gastos federales contabilizados por Washingon se fue en ayudas de emergencia, y muy poco ha sido destinado a la reconstrucción. La administración federal norteamericana desinforma deliberadamente acerca de esta situación, y tampoco reconoce que, de los fondos que verdaderamente están disponibles, sólo se ha gastado 42% en la recuperación. Un solo capítulo ilustra dramáticamente el problema: luego de que la falla de los diques federales diera paso a una inundación que cubrió las cuatro quintas partes de la ciudad, el Cuerpo de Ingenieros del Ejército recibió 8 mil cuatrocientos millones de dólares para restaurar las defensas, pero hasta julio de este año sólo se había empleado menos del 20% de esos recursos en la tarea, que el propio cuerpo indica le tomará hasta el año 2011.
Nueva Orleáns, parece, es un estado Vargas cualquiera, castigada por los elementos y la desidia de un gobierno belicoso que gasta mucho más que el auxilio requerido en una guerra injustificable en suelo lejano.
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Pero los abusos de esta guerra en Irak son minimizados. El teniente coronel Steven Jordan, responsable de soldados que torturaron y abusaron sexualmente de prisioneros en la prisión iraquí de Abu Ghraib, fue absuelto por un tribunal militar. Recibió únicamente una amonestación, y eso porque ofreció declaraciones sobre el caso, en contravención de una orden que le obligaba a cerrar la boca. Como es usual en la política en todas partes del mundo, los soldados rasos, lo más delgado de la cuerda, son los chivos expiatorios de una práctica horripilante.
Abu Ghraib, por otra parte, no es sino un incidente entre varios que conforman un patrón, una vez que el presidente Bush estableciera la doctrina de que los “combatientes enemigos ilegales” no tenían derecho a trato humanitario, no tenían por qué ser protegidos por las Convenciones de Ginebra. Esta autorización de la tortura encontró aplicación, primeramente, en la prisión de Guantánamo, y luego siguieron la directriz los militares estadounidenses en Afganistán y en Irak. Alberto Gonzales, el Fiscal General que acaba de presentar su renuncia, inventó en su momento retorcidos argumentos legales para garantizar la inmunidad de los superiores de los carceleros. Ahora, por supuesto, Gonzales ya no está, la última baja de una serie de pérdidas políticas para Bush, precedida de las ausencias de Donald Rumsfeld, John Bolton, Harriet Miers, Paul Wolfowitz, Dan Bartlett, Rob Portman y Karl Rove. Alguien apaga la luz en la Casa Blanca. Algo serio ocurre en los Estados Unidos.
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Dos editoriales dedicó ayer The New York Times a comentar con preocupación revelaciones recientes de la Oficina del Censo de los Estados Unidos. Uno daba cuenta de un marcado aumento en el número de ciudadanos estadounidenses sin acceso a seguros de salud. Tan sólo el año pasado, la cantidad de personas no aseguradas se incrementó en dos millones doscientas mil, para pasar de un total de 44 millones ochocientos mil personas en 2005 al de 47 millones en 2006. El dato corona un proceso de crecimiento ininterrumpido durante los últimos seis años, en el que las empresas y los particulares encuentran cada vez más onerosos los seguros y se abstienen de contratarlos. Pero entonces las personas enfermas acuden al tratamiento en fases tardías, cuando éste se hace más costoso, elevando así el costo general de la salud para toda la población.
El segundo editorial registraba un crecimiento insatisfactorio en el ingreso promedio de los estadounidenses, de 0,7% en el último año. El periódico comenta que esa tasa no corresponde a la expansión económica de los últimos seis años, desde la recesión del año 2000. El martes reportaba la Oficina del Censo una mediana del ingreso por hogar que todavía es inferior en mil dólares a la del año 2000, y para 2006 hasta 36,5 millones de norteamericanos vivían en la pobreza, 5 millones más que quienes estaban en esa condición seis años antes. Es más ominoso, políticamente hablando, el siguiente hecho destacado por el diario neoyorquino: “En general, los nuevos datos sobre ingreso y pobreza se adaptan consistentemente al patrón de los últimos cinco años, según el cual el botín del crecimiento económico de la nación ha fluido casi exclusivamente hacia los ricos y los extremadamente ricos, dejando poco para todos los demás. Las medidas estándar de desigualdad no aumentaron el año pasado, según los últimos datos del censo. Pero, sobre un período mayor la tendencia es transparente: el único grupo para el que sus ganancias en 2006 excedieron las del 2000 fueron los hogares del cinco por ciento superior de la distribución de ingreso. Para todo el resto fueron inferiores”.
Sobre este cuadro estructural emerge ahora la crisis hipotecaria, que contrae el crédito fácil característico de la “burbuja de las hipotecas”, que de endemia se ha convertido en pandemia que alcanza a Europa y Asia. Ese crédito blando impulsó un consumo que ha representado hasta el 70% de la actividad económica norteamericana. Ahora se espera una contracción, y los pronósticos corrigen la cifra de crecimiento esperado para 2008 hasta un modesto índice de 1,5%. (En una economía de más de 1.300 millones de personas, se espera que, en contraste, China crezca a una tasa cercana al 10%).
Los ciudadanos estadounidenses toman conciencia creciente de estas dificultades. Así se explican las cifras publicadas hace dos días por el Conference Board—una especie de Fedecámaras—que registran el mayor descenso en dos años en el índice de confianza de los consumidores. En julio había medido un valor de 111,9, y ahora reporta un nivel de 105; desde la devastación de Katrina no se había visto una erosión tan grande en la confianza económica norteamericana. No debe extrañar esto en una economía en la que el valor de las propiedades cayó 3,2% en el segundo trimestre, comparado con el mismo período del año anterior.
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Pero también anteayer el College Board aportó su propio registro en tono menor. De acuerdo con los resultados del test SAT (su prueba de aptitud académica), administrado por ese consejo a 3 millones cien mil graduandos de educación secundaria, la capacidad medida en los estudiantes fue la más baja de los últimos trece años. Los índices de lectura bajaron todavía un punto más, tras una caída de cinco puntos en 2006, para el descenso más fuerte en los últimos treinta años. Los índices en matemáticas y escritura descendieron igualmente.
No es que todo esté mal; algunas universidades han notado una generación de aspirantes sobrecalificados pero, al propio tiempo, el panorama general se empobrece. Entretanto, puede uno considerar el siguiente dato sorprendente: el 25% de la población china con los mayores índices de inteligencia es más grande que la población total de Norteamérica. (Para India este índice es de 28%. Se comenta, en la presentación Shift-happens (“el desplazamiento ocurre”): estos países tienen más jóvenes sobresalientes que la cantidad total de jóvenes norteamericanos. (Puede descargarse de Internet la presentación).
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¿Son estas cosas signos inequívocos de una decadencia norteamericana, tantas veces anticipada? Lo cierto es que ya no es el optimismo acerca de los Estados Unidos el sentimiento dominante. A la caída de la Unión Soviética muchos se apresuraron a pronosticar una ineludible supremacía norteamericana, y Francis Fukuyama fue tan lejos como para anunciar “el fin de la historia”, pues ya nada podría evitar la generalización planetaria de la democracia y los mercados. Los hechos más recientes han hecho que el académico más famoso de los noventa, antaño neo-conservador partidario del gobierno de George W. Bush, se haya distanciado de éste y sugerido algunos ajustes a su simplista visión de la época.
El tocayo del presidente norteamericano, el financista y activista de la democracia George Soros, ha escrito un ensayo que titula The Bubble of American Supremacy (La burbuja de la supremacía americana), en obvia analogía con las “burbujas” de expansión financiera efímera. (Puede descargarse de Internet un archivo de audio con la lectura que hace Norman Peale del texto de Soros). Soros argumenta que el gobierno de Bush hijo ha dejado a los Estados Unidos en situación muy comprometida, que niega la posibilidad de continuación de la supremacía estadounidense.
Si evaluaciones como ésta son atinadas, lo esperable a la salida de la actual administración en Washington—que tiene cada vez menor apoyo electoral y se ha visto forzada a quedarse sin las estrellas de su estado mayor—es una contracción de la actividad y presencia norteamericana en el mundo. Ya a estas alturas, Vladimir Putin aprovecha la evidente debilidad para reafirmar su poder y restaurar la fortaleza de Rusia como potencia, Mahmoud Ahmadinejad para proseguir impertérrito en su carrera armamentista y Hugo Chávez para retar todos los días a la superpotencia norteña y culparla de todo lo malo que pueda suceder en Venezuela. Es una suerte para el mundo que pueda distinguirse en China la postura de un socio de buena fe, que no está apostando a la desestabilización, ni financiera ni política, de los Estados Unidos. (Estimación que debo al Brujo de Los Palos Grandes).
Pudiera ser que, en un sentido, el sueño americano estuviese tocando a su fin. En todo caso, las nuevas realidades que ahora confrontan los Estados Unidos pudieran acelerar la conformación de una polis planetaria verdaderamente multipolar, en la que la patria de Washington pudiera aspirar, si acaso, al sitial de primus inter pares, a la usanza de una baronía medieval que elegía al monarca de su seno.
LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Ago 28, 2007 | Fichas, Política |

LEA, por favor
George Soros es un personaje excepcional. Financista exitoso y filántropo comprometido, ha emprendido una cruzada a favor del establecimiento o fortalecimiento de “sociedades abiertas” en todo el mundo. Esto es, se trata de filantropía con apoyo teórico, centrado éste en la noción popperiana expuesta en The Open Society and its Enemies. (Karl Popper, Londres, 1945). Soros emigró de su nativa Hungría hacia Inglaterra cuando la Unión Soviética iniciaba el dominio de su patria. Allí se graduó en la London School of Economics, luego de haberse sostenido trabajando como mesonero y portero de ferrocarriles. Fue en esa venerable institución donde tomó contacto con el pensamiento de Popper.
Al inicio del capítulo 10 de su importante obra, Popper explica: “En lo que sigue, la sociedad mágica o tribal o colectivista será también llamada la sociedad cerrada, y la sociedad en la que los individuos confrontan decisiones personales la sociedad abierta”. El párrafo final reza: “Si deseamos seguir siendo humanos, entonces hay sólo un camino, el camino hacia la sociedad abierta. Debemos ir hacia lo desconocido, lo incierto y lo inseguro, usando la razón que podamos tener para planificar tanto como podamos a favor de la seguridad así como de la libertad”.
Esta aproximación de Popper es un discurso contra los colectivismos y totalitarismos de cualquier clase. Años más tarde (1961) escribiría “La miseria del historicismo”, en la que una disección lógica y metodológica del materialismo histórico marxista pone de manifiesto la falsedad del enfoque de Marx en cuanto a una inevitabilidad histórica del socialismo y el comunismo.
Las ideas liberales de Popper resonaron con las intuiciones propias de Soros, quien estableció una red de fundaciones entre las que destaca The Open Society Institute, “una fundación privada operativa y donadora, que busca moldear la política pública para promover el gobierno democrático, los derechos humanos, y la reforma económica, legal y social”.
Pero la acción de Soros va más allá de las instituciones que ha establecido, interviniendo como opinador y operador político de importancia. Recientemente, ha protagonizado una campaña de oposición a la política de George W. Bush, llegando al extremo de financiar organizaciones del campo demócrata que buscaban impedir la reelección del actual Presidente de los Estados Unidos. The Open Society Institute ha generado un comunicado por el que distingue la actividad filantrópica de Soros de sus posturas políticas particulares.
Esta Ficha Semanal #158 de doctorpolítico inicia una serie de tres entregas con discursos o fragmentos de textos de George Soros. En este caso, se reproduce acá su artículo La misión global de Europa, publicado por La Vanguardia el 26 de noviembre del año pasado. Es un texto característico de Soros: claro, inusual, casi irreverente.
LEA
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Misión Europa
Europa está en busca de su identidad. Creo que es fácil de encontrar: la Unión Europea encarna el principio de una sociedad abierta, que podría servir como fuerza para una sociedad abierta global. Permítanme explicar a qué me refiero.
El primero en utilizar el concepto de una sociedad abierta fue el filósofo francés Henri Bergson en su libro Las dos fuentes de la moral y la religión. Una fuente, según Bergson, es tribal y conduce a una sociedad cerrada cuyos miembros sienten afinidad entre sí, pero temor u hostilidad hacia los demás. La otra fuente es universal, y lleva a una sociedad abierta guiada por los derechos humanos universales que protege y promueve la libertad del individuo.
Karl Popper modificó este esquema en su libro seminal La sociedad abierta y sus enemigos, publicado en 1944. Popper señalaba que las ideologías abstractas y universales como el comunismo y el fascismo pueden poner en peligro a una sociedad abierta. Como la pretensión de estas ideologías de poseer la verdad absoluta está destinada a ser falsa, sólo se las puede imponer a una sociedad mediante la represión y la compulsión. En cambio, una sociedad abierta acepta la incertidumbre y establece leyes e instituciones que le permiten a la gente con opiniones e intereses divergentes convivir en paz.
La UE encarna los principios de una sociedad abierta hasta un punto notable. Si bien sus principios guía no quedaron plasmados en una constitución, hasta esto puede ser apropiado en el caso de una sociedad abierta porque, como sostenía Popper, nuestra comprensión imperfecta no permite definiciones permanentes y eternamente válidas de los acuerdos sociales.
La UE nació mediante un proceso de ingeniería social gradual—el método que Popper consideraba apropiado para una sociedad abierta—, dirigido por una elite perspicaz y con fines determinados que reconocía que la perfección es inalcanzable. Procedió paso a paso, estableciendo objetivos limitados con cronogramas limitados y sabiendo que cada paso resultaría inadecuado y exigiría un paso más.
El enfoque del paso a paso se frenó con la derrota de la Constitución europea. La UE ha quedado en una posición insostenible, con una membresía ampliada de 27 estados y una estructura reguladora diseñada para seis. Se erosionó la voluntad política de lograr que el proceso siguiera avanzando. Se desvaneció el recuerdo de guerras pasadas. Los sentimientos nacionalistas, xenófobos están en aumento, agravados por la imposibilidad de integrar a las comunidades de inmigrantes.
Desafortunadamente, el desorden dentro de la UE es parte de una agitación global más amplia. EE.UU. solía ser la potencia dominante y marcaba la agenda para el mundo. Pero la guerra contra el terrorismo de Bush socavó los principios básicos de la democracia norteamericana. Socavó el proceso crítico que está en el corazón de una sociedad abierta al considerar antipatriota cualquier crítica. Peor aún, la guerra contra el terrorismo fue contraproducente. Aumentó la amenaza terrorista al crear víctimas inocentes y, a la vez, derivó en una caída precipitada del poder y la influencia norteamericanos.
La UE no puede ocupar el lugar de EE.UU. como líder del mundo. Pero sí puede marcar el ejemplo, tanto dentro de sus fronteras como más allá. La perspectiva de ser miembro de la UE ha sido la herramienta más poderosa para convertir a los países candidatos en sociedades abiertas. Si bien la mayoría de sus ciudadanos no lo perciben así, la UE funciona como un ejemplo inspirador. Pero es necesario que el pueblo de Europa se sienta inspirado por la idea de la UE como el prototipo de una sociedad abierta global. Y esto significa que la UE precisa una política exterior común. Ésta es la única parte de la constitución europea que debe rescatarse con premura. Mientras tanto, no debería permitirse que la falta de una reforma institucional sirva como excusa para la inacción.
La UE ya cuenta con amplios recursos como para tener impacto en la escena mundial: la mitad de la asistencia mundial para el desarrollo en el exterior; el mayor mercado único en el mundo; 45.000 diplomáticos; la perspectiva de utilizar el comercio, la ayuda y la membresía como catalizadores para alentar a los estados vecinos a convertirse en sociedades abiertas.
Cuando Europa haya adoptado una política común habrá logrado persuadir a otros, entre ellos EE. UU., de cambiar sus posturas. Pero con demasiada frecuencia la UE no está a la altura de su potencial. Por ejemplo, Europa hizo pocos progresos a la hora de formular una política energética común. Como resultado, cada vez depende más de Rusia. Más, el trato que la UE da a Turquía está empujando a un aliado importante en la dirección equivocada. También se están gestando problemas en algunos de los países miembro recientemente admitidos, como Hungría y Polonia, donde la UE podría ejercer un papel más activo en cuanto a promocionar la estabilidad política.
De más está decir que una política exterior común no debería ser antinorteamericana. Una postura de este tipo sería contraproducente, porque reforzaría la división de la comunidad internacional que inició la Administración Bush. Pero la UE puede marcar un ejemplo de cooperación internacional que EE. UU., bajo un liderazgo diferente—cosa que probablemente suceda—terminaría emulando.
George Soros
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por Luis Enrique Alcalá | Ago 23, 2007 | Fichas, Política |

La inyección de fondos que el Banco de la Reserva Federal, el banco central estadounidense, proporcionó en auxilio de un mercado de valores extraordinariamente volátil y en marcada y preocupante tendencia a la baja, no parece haber sido suficiente para calmar el nerviosismo de los inversionistas, como tampoco su decisión de reducir la tasa de descuento. Esta impresión se deduce de la llamativa baja de los papeles de deuda comercial, que para el día de ayer habían experimentado su mayor descenso semanal (4,23%) en los últimos siete años. La contracción del mercado de estos papeles comerciales soportados por activos—una buena parte de los cuales están ligados a compras de hipotecas subprime—a favor de un mayor interés en bonos del Tesoro norteamericano, impelirá a las empresas a buscar financiamiento para el corto plazo de otras fuentes, y las que no lo obtengan se verán forzadas, a su vez, a contraerse o, tal vez, a cerrar operaciones. El cuadro económico mundial, al menos a nivel de los mercados financieros, dista mucho de haberse afirmado. (A pesar de una cierta estabilización en mercados asiáticos, los europeos y el norteamericano continúan descendiendo).
Una buena noticia puntual, aunque de valor estratégico, proviene de la compra, por parte del Bank of America, de 2.000 millones de dólares en acciones preferidas de Countrywide. (La principal financista hipotecaria de los Estados Unidos). Hasta ayer se tenía a Countrywide en terapia intensiva, casi terminal, mientras se temía su quiebra al verse reducido a la mitad—desde un valor pico en febrero—su valor de capitalización. La reacción positiva a esta inyección del Bank of America fue instantánea. Countrywide experimentó un repunte de 12% en el valor de sus acciones, y ha salido de la lista crítica. El oportuno rescate funcionó admirablemente, y un efecto adicional ha sido el marcado descenso en el riesgo de la tenencia de bonos corporativos, suscitado por la misma operación del Bank of America.
Otros no han sido tan afortunados. El negativo proceso de los papeles comerciales soportados por activos afectó fuertemente a Coventree Inc., una empresa financiera canadiense que debió admitir su fracaso en la renovación de más de 4 mil quinientos millones de dólares (US) en esa clase de efectos. La firma está a punto de cerrar, pues prácticamente no tiene otras fuentes significativas de ingresos. La epidemia, en ruta de pandemia, ha tomado pie firme en Canadá.
¿Y por estos lados? El gobierno venezolano no ha tenido suerte con sus más recientes emisiones de valores, incluyendo el III Bono del Sur (Chávez-Kirchner), cuya emisión, “aplaudida” por Fedecámaras como esfuerzo por recoger liquidez y bajar presión inflacionaria, se vio obligado a suspender. Rodrigo Cabezas ha declarado que se esperará mejores condiciones que las actualmente prevalecientes en los mercados bursátiles del mundo, pero seguramente no ayuda a la cosa, por lo menos en lo atinente a este último papel, que sea noticia el escándalo del maletín de Antonini Wilson.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Ago 23, 2007 | Cartas, Política |

El sábado de la semana pasada, 18 de agosto, varias cuadras de la avenida Libertador en Caracas, en las proximidades de la sede de Petróleos de Venezuela, veían entorpecido el flujo de vehículos por una profusión de modernos y lujosos autobuses, que habían traído del interior a la ciudad, hasta el cuartel general de la empresa, un considerable número de ciudadanos ataviados con la consabida franela roja. Desde San Cristóbal hasta Santo Tomé de Guayana, la recluta de defensores de PDVSA representó un esfuerzo logístico de primera magnitud, en transporte, manutención, alojamiento. El viaje de un solo autobús, recién sacado de una agencia y proveniente del más remoto de nuestros estados andinos, había costado varios millones de bolívares para traer un poco más de un centenar de peones del gobierno, hasta una zona profusamente adornada con pancartas que daban cuenta de un nuevo ataque del imperio y la oligarquía contra la empresa máxima del “poder popular”. Entre las consignas, la inevitable de “patria, socialismo o muerte”, con la particularidad de que este lema se desdoblaba en tres pancartas costosas, una para decir “patria”, otra, unos metros más allá, para decir “socialismo”, y otra, finalmente, para advertir “o muerte”. Una de estas últimas fue plantada, para su inconveniencia, justamente ante las puertas de la Policlínica Santiago de León, haciéndole propaganda contradictoria y contraproducente, al asociar muerte y medicina. (A lo mejor, por tratarse de una clínica privada que es, por ese mismo hecho, pecaminosa ante ojos revolucionarios, la colocación de la pancarta en cuestión fue adrede).
¿De qué artero ataque se defendía a PDVSA? Pues, obviamente, del montaje mediático, del “pote de humo” que sería, según el vicepresidente Rodríguez, el caso del maletín de Antonini Wilson. Ya el sábado anterior (11 de agosto), a tempranas horas de la noche, el propio Hugo Chávez se había apersonado en la sede petrolera de La Campiña—para reclamar, regañar, despedir un chivo expiatorio y, también, para apoyar a Rafael Ramírez—y las barras de famosos restaurantes chinos de la zona se repletaban de militantes socialistas, mientras esperaban la salida del líder que había ido a PDVSA a enderezar las cosas y ordenar él mismo la operación de defensa que se montaría, con dispendio grande, una semana después. Probablemente anunció ese día a quienes le recibieron en el edificio de la compañía estatal que él haría lo suyo, al adelantar la presentación del proyecto de reforma constitucional a la Asamblea Nacional para el miércoles 15 de agosto.
¿Quién sufragó la compleja operación del sábado 18 de agosto? ¿Qué ente o persona pagó las franelas y demás aperos del kit revolucionario? ¿Quién pagó el servicio de los incontables autobuses, las comidas y los alojamientos? A falta de pruebas sólo queda especular que el financista de la operación de desagravio fue la propia PDVSA. Uno no puede esperar que Clodosbaldo Russián investigue e informe, mucho menos que sancione.
¿Sirvió para algo tan dispendiosa movilización? Pues sí: sabida la potencialidad agresiva de esta clase de revolucionarios manifestantes, apostados en las inmediaciones de PDVSA, una marcha de protesta hasta la misma sede, convocada por el autodenominado Comando Nacional de la Resistencia—los contras—fue cancelada de inmediato. No pareció prudente encaminar lo que habría sido, seguramente, una escuálida asistencia a la convocatoria de Oscar Pérez, a una confrontación en el bien guardado y defendido edificio. Un enorme costo para un triunfo absolutamente insignificante, pero esa es la reacción de un gobierno que alguna vez se predicó contra la corrupción ante el turbio caso del maletín relleno de dólares descubierto en Buenos Aires. En la noche del 3 de diciembre de 2006, Chávez, triunfador de la elección de ese día y asomado en un balcón de Miraflores, aseguraba que su prioridad sería ahora la lucha contra la corrupción y la burocratización. En oportunidad de presentar oficialmente su candidatura ante el Consejo Nacional Electoral, había anunciado que quería ser reelecto para “continuar la lucha contra la corrupción”. Ya sabemos que nada de esto era cierto, que su verdadera prioridad es la de aumentar su poder y ser reelecto indefinidamente, como se contempla en el proyecto de reforma constitucional presentado el miércoles 15 de agosto, en actuación que constituyó un verdadero pote de humo nauseabundo, mero intento de desviar la atención del caso Antonini, que más de un problema le ha traído. Eso, y la obscenidad del gasto multimillonario del sábado 18 de agosto, tres días después de la comparecencia de Hugo Chávez ante la Asamblea Nacional.
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Si bien es cierto que conviene a la República verle el hueso al affaire Antonini, si bien ésa es una pata que no debe dejarse de morder, impidiendo que el grave asunto constitucional pendiente enmascare el significado demoledor que tiene para un gobierno hipócrita, el inicio del cronograma del proyecto de reforma marca la proximidad de una nueva encrucijada política que es preciso atender. Sobre todo cuando, a escasos seis días de haber sido presentado el complejo proyecto, ya la obsecuente Asamblea Nacional lo ha aprobado en primera “discusión”. (Martes 21 de agosto).
Esta prisa contradice lo prescrito por el Artículo 343 de la Constitución, que reza: “La iniciativa de Reforma Constitucional será tramitada por la Asamblea Nacional en la forma siguiente: 1. El Proyecto de Reforma Constitucional tendrá una primera discusión en el período de sesiones correspondiente a la presentación del mismo. 2. Una segunda discusión por Título o Capítulo, según fuera el caso. 3. Una tercera y última discusión artículo por artículo. 4. La Asamblea Nacional aprobará el proyecto de reforma constitucional en un plazo no mayor de dos años, contados a partir de la fecha en la cual conoció y aprobó la solicitud de reforma. 5. El proyecto de reforma se considerará aprobado con el voto de las dos terceras partes de los o las integrantes de la Asamblea Nacional”. Hasta ahora, a menos de una semana de presentado, en escasos cuatro días hábiles, el proyecto ya ha sido aprobado in toto. Chávez no quiere esperar por el plazo máximo de dos años prescrito en la Constitución; quiere el asunto ya y Cilia Flores lo complace. La Presidenta de la Asamblea Nacional argumentó a favor de la prisa del siguiente modo: “Esta es una propuesta orgánica, una propuesta en bloque y cada una de las modificaciones de los 33 artículos están relacionados unos con otros, están relacionados con un proyecto de país en el cual avanzamos y el pueblo se pronunció cuando reeligió al presidente Chávez en diciembre pasado y por ello nuestra propuesta es que se discuta en bloque y que se aprueben en bloque los treinta y tres artículos que está proponiendo el presidente Chávez”.
Sólo se escuchó la voz disidente de tres diputados del partido Podemos—Ismael García, Arcadio Montiel y Ricardo Gutiérrez—que solicitaban una consideración más sosegada del proyecto. Su postura fue contradicha de inmediato, entre otros por Oscar Figuera, del Partido Comunista de Venezuela, quien afirmó: “Los tiempos son expeditos y los lapsos breves. En tiempos de revolución se demanda la renovación de las normas jurídicas. La reforma es un nuevo empujón revolucionario para el avance del proceso”.
Estamos, por tanto, ante un nuevo atropellamiento, un nuevo apuro, esta vez en el seno de una Asamblea Nacional en la que no existe una sola cabeza opositora.
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El proyecto es de burda construcción, y en la sesión del 21 de agosto Carlos Escarrá se encargó de asumir la defensa de su verdadero propósito. Echando mano de declaraciones de Simón Bolívar en ocasión de formularse la primera constitución de Bolivia, Escarrá defendió que el ejercicio de la Primera Magistratura fuera perpetuo. Ya no le parecía necesario el eufemismo esgrimido semanas antes por Cilia Flores, que hablaba de la permanencia de una posible alternabilidad democrática e indicaba que “la oposición” podría presentar candidatos cada cierto tiempo. El diputado Escarrá seguramente querría una redacción más clara que la propuesta por el mismo Chávez para el Artículo 230, y abandonar todo disimulo para establecer, de una vez, que la presidencia de la República sea vitalicia.
(La redacción actual del Artículo 230 es la siguiente: “El período presidencial es de seis años. El Presidente o Presidenta de la República puede ser reelegido o reelegida, de inmediato y por una sola vez, para un nuevo período”. Y ésta es la redacción que Chávez propone: “El período presidencial es de siete años. El Presidente o Presidenta de la República puede ser reelegido o reelegida de inmediato para un nuevo período”).
Todo lo demás es, principalmente, un pote de humo para ocultar el fin supremo de la jefatura perpetua, como Escarrá ha defendido y expuesto con tanta candidez. Una modificación merece comentario aparte, en virtud de ser una grosera manipulación. Esta es la consagración constitucional de una jornada laboral máxima de seis horas. Ya ha aparecido publicidad oficial a favor de la reforma basada en esa oferta; es decir, se invita a la aprobación ciudadana de todo un proyecto de aumento de poder en cuanto a ámbito de facultades y en cuanto a duración sobre la base de la fácil jornada de seis horas. (Que en sí misma representaría muy marcado aumento en los costos operativos de las empresas, reduciendo su rentabilidad y su competitividad en un mundo globalizado que ya no puede dejar de tomar en cuenta la barata mano de obra china).
No se necesitaba una reforma constitucional para establecer una jornada laboral de seis horas, si es que se concluyera que tal cosa es deseable. Existe una Ley Orgánica del Trabajo, y bastaba una modificación puntual de la misma para consagrar esa rebaja de la productividad. Es clarísimo que se trata de un incentivo engañoso que permite vender la reforma a los ciudadanos más incautos.
Es más, Hugo Chávez está facultado, por ley habilitante que le confiere facultades legislativas casi omnímodas, para introducir esa modificación en la legislación laboral. Ha optado, en cambio, por presentar ese caramelo dentro de su proyecto de reforma constitucional, con el único objeto de hacerla atractiva por motivos subalternos.
Y la campaña por la aprobación ya ha comenzado, reciamente. El diario El Nacional, en su edición de hoy, recoge la estimación de Máximo Sánchez (Primero Justicia), quien calcula que el gobierno ha gastado a razón de 416 millones de bolívares diarios en propaganda a favor del proyecto.
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Todo este cuadro plantea al país entero un enorme peligro, que es menester conjurar. No debe perderse el foco exacto de lo que tiene que lograrse: que una suficiente mayoría de electores, colocada ante las máquinas que registrarán el voto a favor o en contra del proyecto en el inevitable referéndum, emita una serena y decidida negativa. Como ha sido recomendado por otros analistas, y se ha reportado acá en más de una ocasión, no debemos involucrarnos en discusiones acerca de aspectos fragmentarios del monstruoso intento. Lo que se requiere es un simple y rotundo no.
No se necesita, por tanto, gastar tiempo en la construcción de alianzas o federaciones opositoras, lo que más bien daría la impresión de que se reedita una perdedora Coordinadora Democrática. Es preferible que el enjambre se manifieste como va. Ya hay una buena cantidad de voces nuevas que adelantan, en artículos y declaraciones, o en apariciones en programas de radio y televisión, estupendos argumentos que se oponen a la reforma planteada por Chávez. Que siga el aguacero.
Naturalmente, debe prepararse un contundente movimiento para la defensa, a la ucraniana, de ese voto, si es que esta vez le da al Consejo Nacional Electoral, como no lo ha hecho en ocasiones anteriores, por traicionar la voluntad popular. Pero primero hay que establecer la mayoría. Es ésta la verdadera tarea política de fondo. Como se escribiera acá alguna vez (Carta Semanal #161 de doctorpolítico, 27 de octubre de 2005): “Cuando seamos mayoría podremos mandar”.
Los estudios de opinión indican que esa mayoría existe, al menos en lo concerniente a un rechazo de presidencias vitalicias o perpetuas, para usar la terminología de Carlos Escarrá. No debe dilapidarse, una vez más, ese decisivo capital político.
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por Luis Enrique Alcalá | Ago 21, 2007 | Fichas, Política |
LEA, por favor
Esta Ficha Semanal #158 de doctorpolítico es totalmente atípica. (Y no sólo por su desusada longitud, verdaderamente abusiva). Las fichas semanales—que nacieron con la intención de enriquecer el servicio de la Carta Semanal, cuando ya se habían producido 92 entregas de ésta—se construyen usualmente con textos de terceros en materia política, y ocasionalmente con textos políticos viejos de quien escribe.
Pero es que el #250 de la Carta Semanal de doctorpolítico, del jueves de la semana pasada, ha suscitado, para satisfacción del suscrito, considerable interés. Más propiamente, han suscitado gran interés el pensamiento y la persona de Pierre Teilhard de Chardin, y algunas preguntas específicas reivindican, igualmente, que se les satisfaga. El objeto de esta ficha anómala es el de suministrar noticia ampliada de la visión teilhardiana del mundo y su evolución que, como se dijo, no tiene nada que ver con la interpretación equívoca que propaga ignorante o interesadamente el Presidente de la República. Para esta tarea se ha escogido el prólogo—Ver—que el propio Teilhard antepone al monumental discurso de su obra cimera: El Fenómeno Humano. Es un texto cuidadosamente construido y, entre otras cosas, un curarse en salud que buscaba protegerse de una ortodoxia católica que le exigiría—como en efecto lo hizo—no socavar las interpretaciones convencionales del significado de Cristo.
Se reproduce acá, pues, Ver, las páginas preludiales de El Fenómeno Humano. En sí mismas constituyen un texto que clarifica y eleva, aunque es recomendación muy cordial de esta publicación que cada suscritora o suscritor adquiera una copia del gran libro, en la estupenda traducción que hiciera M. Crusafont Pairó para la editorial Taurus, si es que ya no lo han leído. Pero como el prólogo no expone sino atisbos de la tesis central de Teilhard, se anexa igualmente a esta ficha el texto completo —de la sinopsis que él mismo escribiese—citada en la carta #250—bajo el título La esencia de El Fenómeno Humano, a manera de epílogo de actualización. No es un texto fácil, hay que apresurarse a advertir, mas no hay apuro en leerlo; un ir y venir sobre él irá revelando poco a poco lo que Teilhard tenía que decir.
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Tratándose del marcado #250 de la Carta Semanal de doctorpolítico, se puso especial cuidado en su redacción, habiéndose invertido una media docena de sesiones en su corrección, tanto en pantalla como en dos versiones impresas. A pesar del celo, al menos dos gazapos, hasta donde se sabe, lograron escapar al cerco corrector. Uno acontece en el artículo breve, en la siguiente oración: “…y el reglamento de interior y debates de la Asamblea Nacional”. Ha debido decir: “… y el reglamento interior y de debates de la Asamblea Nacional”. Citábase una fuente, pero ha debido ponerse más atención y corregirse el error.
La otra equivocación es más frustrante, pero al mismo tiempo divertida y eslabón de un caso de “sincronicidad” jungiana. (“La coincidencia de dos o más acontecimientos, no relacionados entre sí causalmente, cuyo contenido significativo es idéntico o semejante”). El encabezado mismo del correo enviado a los suscritores—no así, por fortuna, el título del artículo principal (Allons enfants de la Patrie)—decía: Carta Semanal #250 – Allons enfants de la Petrie. He aquí el cuento de las mágicas coincidencias.
Hace aproximadamente dos meses leía en la Enciclopedia Británica—en la décimo quinta edición de 1974—el artículo consagrado a Petrarca, cuando descubrí una íntima afinidad con tan grande maestro, Poeta Laureado de Roma. Reporta así la enciclopedia: “se acusa a sí mismo de todos los siete pecados capitales excepto la envidia”. Y quien escribe ha dicho de sí mismo, en ocasiones cuando la irreverencia es tolerada, exactamente la misma cosa. (En realidad, ahora que lo pienso tampoco creo ser aficionado a la avaricia).
Ahora bien, en la redacción de esta ficha quise incorporar detalles personales de Teilhard, para que la lectura de una síntesis de su tesis evolutiva resultara más amena. Sabía que el lema del blasón de los Teilhard llevaba una frase en latín, de la que recordaba sólo las palabras finales: et celestis origo. En la edición de Taurus de El medio divino, una de las obras de Teilhard de Chardin, venían, incluso, una fotografía del escudo hecho en piedra y la explicación del lema, realmente apropiado para el visionario de El fenómeno humano.
Pero hace tiempo que he extraviado mi ejemplar con la foto, y una búsqueda en Internet me proporcionó la divisa completa: Igneus est ollis vigor et celestis origo. (“De fuego es su energía y celeste su origen”). Y resulta que esta frase—me informó también la Internet, base fisiológica para la mente colectiva de Teilhard—, se encuentra precisamente en una obra de Petrarca—De secreto conflictu, que es donde confiesa en diálogo imaginario con San Agustín seis de los pecados capitales—que cita un pasaje de la Eneida de Virgilio, y en ésta reposa el verso en su forma original: Igneus est illis vigor et celestis origo.
Ya había perdido la razón por la que Petrarca me caía simpático, y regresé entonces a la edición mencionada de la Enciclopedia Británica (Macropædia, XIV) para releer acerca de la olvidada coincidencia concupiscente. No pude dejar de sonreír, al percatarme de que el artículo que sigue al dedicado al Padre del Renacimiento informa de Sir Flinders Petrie, renombrado arqueólogo—por tanto de profesión afín a la de Teilhard—y egiptólogo inglés. (1853-1942). Jung absorbía—¿absolvía?—mi error.
Una vez alcanzado el alivio psicológico de la fea mancha, por la vía de tan extraña sincronicidad, dos amigos me describieron telefónicamente la página de El medio divino que trae la foto del blasón en piedra de los Teilhard, tomándose el amable trabajo de buscar el libro en sus bibliotecas personales.
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La figura de Pierre Teilhard de Chardin es tanto objeto de culto como de patrañas tejidas en torno a su nutrida trayectoria. Por ejemplo, llegó a involucrársele—sin fundamento alguno—en el famoso fraude del “Hombre de Piltdown”, perpetrado por el inglés Charles Dawson, quien fabricara un “fósil” que combinaba fragmentos de huesos humanos y simiescos. Pero el más desapasionado examen de la vida de “San Pedro» Teilhard—yo le hubiera canonizado hace rato—muestra a las claras las huellas dejadas por una persona excepcional.
Nacido en Orcines, una comuna de la región de Auvergnes, Francia, el 1o. de mayo de 1881, ya era en 1925 objeto de la primera represión de su pensamiento. Había sido ordenado sacerdote jesuita en 1911, cuando tenía 30 años de edad, y contaba en su haber una licenciatura en Literatura (además de bachilleratos en Filosofía y en Matemáticas y grados, en la Sorbona, en Geología, Botánica y Zoología) y, por supuesto, los estudios teológicos y filosóficos de su carrera sacerdotal. Vladimir Ledochowski, el Superior General de la Compañía de Jesús, le ordenó en 1925 que dejara de enseñar en Francia—enseñaba, luego de su Doctorado en Ciencias, geología en el Instituto Católico de París—al trascender dos opúsculos suyos sobre la noción de pecado original que parecían alejarse de la doctrina ortodoxa en la materia. De hecho, Ledochowski le exigió que firmara un documento que renegara de sus ideas. Teilhard prefirió permanecer en obediencia y firmó la recantación.
Poco después viajaría a China, donde ya había estado en 1923 (entonces compuso allí La Misa sobre el Mundo, primera parte de Himno al Universo). Esta vez (1926-27) escribió las primeras páginas de lo que llegaría a ser El Fenómeno Humano (completado entre 1938 y 1940). Su presencia en China le permitió ser co-descubridor del “Hombre de Pekín» (Sinanthropus pekinensis), al que determinó, junto con Henri Breuil, como un verdadero Homo faber, constructor de herramientas y conocedor del fuego. Subsiguientes viajes lo llevarían a India, Java y África.
Pero desde aquella primera halada de orejas Teilhard fue un autor censurado. En 1937 debía recibir un doctorado honoris causa de la Universidad Católica de Boston, cuando se le ocurrió a The New York Times presentarlo como el sacerdote que decía que el hombre descendía del mono. Al llegar a Boston supo que ya no recibiría la distinción académica. Después de su muerte, un monitum de la Congregación del Santo Oficio (la Inquisición) ordenaba a los obispos e institutos católicos de enseñanza en todo el mundo que impidieran la lectura de sus obras. La enseñanza de Teilhard que causaba mayores problemas era que hasta una piedra tendría una actividad psíquica; esto es, que cada ente real tenía algo de espíritu en su interior, ya no sólo el hombre, como la Iglesia Católica enseña.
Así, en una suerte de exilio, residía en la iglesia de San Ignacio de Loyola de la ciudad de Nueva York cuando le llegó la muerte, el 10 de abril de 1955. Era domingo, día de la Pascua de Resurrección. Días antes, había expresado su deseo de que Dios se lo llevara justamente en esa fecha. (Hay una versión que le hace decir exactamente lo mismo un año antes, en un acto en el Consulado de Francia en Nueva York).
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(Quien quiera conocer detalles del Global Conscience Project, referido igualmente en el #250 de la Carta Semanal, puede encontrarlos en el sitio http://noosphere.princeton.edu/ Es digno de notar el empleo del término “noosfera”, que es justamente noción de Teilhard de Chardin y de Vladimir Vernadsky, geoquímico y minerálogo ruso. Asimismo, puede resultar interesante la visita al sitio del Co-Intelligence Institute: http://www.co-intelligence.org/)
LEA
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Ver
Estas páginas representan un esfuerzo por ver y hacer ver lo que es y exige el Hombre si se le coloca, enteramente y hasta el fin, dentro del cuadro de las apariencias.
¿Por qué tratar de ver? ¿Y por qué dirigir de una manera especial nuestra mirada hacia el objeto humano?
Ver. Se podría decir que toda la Vida consiste en esto si no como finalidad, por lo menos sí esencialmente. Ser más es unirse más y más: éstos serán el resumen y la conclusión misma de esta obra. Sin embargo, lo comprobaremos más aún: la unidad no se engrandece más que sustentada por un acrecentamiento de conciencia; es decir, de visión. He aquí por qué, sin lugar a dudas, la historia del Mundo viviente consiste en la elaboración de unos ojos cada vez más perfectos en el seno de un Cosmos, en el cual es posible discernir cada vez con más claridad. La perfección de un animal, la supremacía del ser pensante, ¿no se miden por la penetración y por el poder sintético de su mirada? Tratar de ver más y mejor no es, pues, una fantasía, una curiosidad, un lujo. Ver o perecer. Tal es la situación impuesta por el don misterioso de la existencia a todo cuanto constituye un elemento del Universo. Y tal es consecuentemente, y a una escala superior, la condición humana.
Pero si de verdad resulta tan vital y beatificante el conocer, ¿por qué, una vez más, dirigir con preferencia nuestra atención hacia el Hombre? ¿No está ya suficientemente estudiado el Hombre, y no es suficientemente enojoso hacerlo? ¿Y no es precisamente uno de los atractivos de la Ciencia el de desviar y hacer descansar nuestra mirada sobre un objeto que, por fin, no sea nosotros mismos?
Bajo un doble aspecto, que le convierte doblemente en el centro del Mundo, el Hombre se impone a nuestro esfuerzo por ver como clave del Universo.
En primer lugar, y de una manera subjetiva, resultamos ser inevitablemente centro de perspectiva en relación con nosotros mismos. Fue seguramente una candidez, quizá necesaria, de la Ciencia naciente el de imaginarse que podría observar los fenómenos en sí mismos, tal como se desarrollarían fuera de nosotros mismos. Instintivamente, los físicos y los naturalistas operaron al principio como si su mirada cayera desde lo alto sobre un Mundo en el que su conciencia pudiera penetrar sin experimentarlo en sí mismos, sin modificarlo con su propia observación. Hoy empiezan a darse cuenta de que sus observaciones, aun las más objetivas, están todas ellas impregnadas de convenciones apriorísticas, así como de formas o de costumbres de pensar desarrolladas a lo largo del proceso histórico de la Investigación. Llegados al extremo de sus análisis, ya no están muy seguros de si la estructura conseguida es la esencia misma de la Materia que estudian o el reflejo de su propio pensamiento. Y de una manera simultánea se dan cuenta de que, por un choque retroactivo de sus descubrimientos, ellos mismos se hallan cogidos en cuerpo y alma en la red de las relaciones que habían creído lanzar desde el exterior sobre las cosas; en una palabra: se hallan presos en su propia trampa. Metamorfismo y endomorfismo, diría un geólogo. El objeto y el sujeto se mezclan y se transforman mutuamente en el acto del conocimiento. Quiéralo o no, desde ese momento el Hombre vuelve a encontrarse a sí mismo y se contempla en todo lo que observa.
He aquí una verdadera servidumbre, la cual, no obstante, está inmediatamente compensada por una grandeza cierta y única.
Resulta simplemente banal, e incluso enojoso, para un observador el transportar consigo mismo, vaya donde vaya, el centro del paisaje que atraviesa. Pero ¿qué es lo que le sucede al paseante si las circunstancias le llevan hacia un punto naturalmente privilegiado (encrucijada de caminos o de valles), desde el cual no ya sólo la mirada, sino las mismas cosas irradian? Es entonces cuando, al coincidir el punto de vista subjetivo con una distribución objetiva de las cosas, se establece la percepción en toda su plenitud. El paisaje se descifra y se ilumina. Se ve.
Este parece ser precisamente el privilegio del conocimiento humano.
No hay necesidad de ser hombre para percibir los objetos y las fuerzas dispuestos circularmente alrededor de uno mismo. Todos los animales lo hacen tanto como lo hagamos nosotros. Pero es peculiar al Hombre ocupar en la Naturaleza una posición tal, que esta convergencia de líneas resulta ser no sólo visual, sino estructural. Las páginas que siguen no harán más que comprobar y analizar este fenómeno. Por virtud de la cualidad y de las propiedades biológicas del Pensamiento nos encontramos situados en un punto singular, sobre un nudo, que domina la fracción entera del Cosmos actualmente abierto a nuestra experiencia. El Hombre, centro de perspectiva, es al propio tiempo centro de construcción del Universo. Por conveniencia tanto como por necesidad es, pues, hacia él hacia donde hay que orientar finalmente toda Ciencia. Si realmente ver es ser más, miremos al Hombre y viviremos más intensamente.
Pero para ello es necesario que acomodemos de una manera correcta nuestra visión.
Desde que existe el Hombre se ofrece como espectáculo a sí mismo. De hecho, desde hace algunas decenas de siglos, no hace otra cosa que autocontemplarse. Y ello no obstante, apenas si empieza a adquirir con ello una visión científica de su propia significación en la Física del Mundo. No debemos extrañarnos demasiado de este lento despertar. Nada resulta tan difícil a menudo de percibir como aquello que debiera “saltarnos a la vista”. ¿No le es necesaria al niño una educación especial para aislar las imágenes que asaltan su retina recién abierta al mundo que le rodea? Para descubrirse a sí mismo hasta el fin, el Hombre tenía necesidad de toda una serie de “sentidos” cuya gradual adquisición, según diremos, llena y marca los hitos de la historia misma de las luchas del Espíritu.
Sentido de la inmensidad espacial, tanto en lo grande como en lo pequeño, que desarticule y espacie, en el interior de una esfera de radio indefinido, los círculos de objetos que se comprimen a nuestro alrededor.
Sentido de la profundidad, que relegue de una manera laboriosa, a lo largo de series limitadas, sobre unas distancias temporalmente desmesuradas, los acontecimientos que una especie de gravedad tiende de manera continua a comprimir para nosotros en una fina hoja de Pasado.
Sentido del número, que descubra y aprecie sin pestañear la multitud enloquecedora de elementos materiales o vivientes que se hallan comprometidos en la más mínima de las transformaciones del Universo.
Sentido de la proporción, que establezca en lo posible la diferencia de escala física que separa, tanto en dimensiones como en ritmos, el átomo de la nebulosa, lo ínfimo de lo inmenso.
Sentido de la cualidad o de la novedad, que pueda llegar, sin romper la unidad física del Mundo, a distinguir en la Naturaleza unos estadios absolutos de perfección y de crecimiento.
Sentido del movimiento, capaz de percibir los irresistibles desarrollos ocultos en las mayores lentitudes —la agitación extrema disimulada bajo un velo de reposo, lo completamente novedoso deslizándose hacia el centro mismo de la repetición monótona de las mismas cosas.
Sentido de lo orgánico, finalmente, que descubra las interrelaciones físicas y la unidad estructural bajo la superficial yuxtaposición de las sucesiones y de las colectividades.
A falta de estas cualidades en su escrutar, el Hombre continuará siendo indefinidamente para nosotros, hágase lo que se haga para que podamos ver, lo que aún resulta ser para tantas inteligencias: un objeto errático dentro de un Mundo dislocado. Que se desvanezca, por el contrario, en nuestra óptica la triple ilusión de la pequeñez, de la pluralidad y de la inmovilidad, y el Hombre vendrá a adquirir la situación central que habíamos anunciado: cima momentánea de una Antropogénesis que corona a su vez una Cosmogénesis.
El Hombre no sería capaz de verse a sí mismo de manera completa fuera de la Humanidad, ni la Humanidad fuera de la Vida ni la Vida fuera del Universo.
De ahí el plan esencial de este trabajo: la Previda, la Vida, el Pensamiento, estos tres acontecimientos que dibujan en el Pasado y dirigen para el futuro (¡la Sobrevida!)
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Sí, el Fenómeno humano, bien digo.
Esta palabra no se ha tomado en modo alguno al azar. Por el contrario, la escogí por tres razones.
En primer lugar, para afirmar que el Hombre, dentro de la Naturaleza, es de verdad un hecho que reclama (por lo menos de una manera parcial) unas determinadas exigencias y métodos de la Ciencia.
Seguidamente, para hacer comprender que entre los hechos que se presentan a nuestro conocimiento ningún otro puede ser ni más extraordinario ni más luminoso.
Finalmente, para insistir mucho sobre el carácter particular del Ensayo que aquí presento.
Mi único fin y mi verdadera fuerza a través de estas páginas es sólo y simplemente, lo repito, el de intentar ver; es decir, el de desarrollar una perspectiva homogénea y coherente de nuestra experiencia general, pero extendida al Hombre. Todo un conjunto que se va sucediendo.
Que no se busque, pues, aquí una explicación última de las cosas, una metafísica. Y que nadie se extrañe tampoco acerca del grado de realidad que voy a dar a las diversas partes del film que presento. Cuando intente figurarme el Mundo antes de los orígenes de la Vida, o la Vida en el Paleozoico, no deberé olvidar de ninguna manera el hecho de que existiría una contradicción cósmica en imaginar a un Hombre como espectador de estas fases anteriores a la aparición de cualquier Pensamiento en la Tierra. Yo no voy, pues, a pretender describirlas como fueron realmente, sino como deberemos representárnoslas para que el Mundo nos resulte verdadero en aquel momento; el Pasado no es en sí mismo sino tal como aparece ante un espectador colocado sobre la cima avanzada en la que nos ha colocado la Evolución. Método seguro y modesto, pero suficiente, según veremos, para que se haga surgir por simetría, en dirección al sentido del tiempo, unas sorprendentes visiones del futuro.
No hay que decir que, incluso reducidos a estas humildes proporciones, los puntos de vista que intento expresar aquí son ampliamente tentativos y personales. Considérese, sin embargo, que al estar apoyados sobre un esfuerzo de investigación considerable y sobre una prolongada reflexión, dan una idea, como ejemplo, de cómo se plantea hoy científicamente el problema humano.
Estudiado de una manera estricta en sí mismo por los antropólogos y los juristas, el Hombre es una cosa mínima e incluso reiterativa. Su individualidad demasiado intensa, al enmascarar a nuestros ojos la Totalidad, hace que nuestro espíritu se sienta inclinado, al analizarlo, a trocear la Naturaleza y a olvidar sus relaciones profundas existentes y sus horizontes inmensos; es decir, todo aquello que corresponde al antropocentrismo en su aspecto malo. De ahí la repugnancia, todavía muy visible entre los sabios, a aceptar al Hombre de otra manera que no sea por su cuerpo, como objeto científico.
Ha llegado el momento de darse cuenta de que toda interpretación, incluso positivista, del Universo debe, para ser satisfactoria, abarcar tanto el interior como el exterior de las cosas lo mismo el Espíritu que la Materia. La verdadera Física será aquella que llegue algún día a integrar al Hombre total dentro de una representación coherente del mundo.
Séame dado aquí hacer sentir que esta tentativa es posible y que ella depende, para aquel que quiere y sabe llegar hasta el fondo de las cosas, de tener valentía y alegría de actuar.
Dudo en verdad que exista para el ser pensante otro minuto más decisivo para él que aquel en que, al caer las vendas de sus ojos, descubre que no es de ninguna manera un elemento perdido en las soledades cósmicas, sino que existe una voluntad de vivir universal que converge y se hominiza en él.
El Hombre, pues, no como centro estático del Mundo—como se ha creído durante mucho tiempo—sino como eje y flecha de la Evolución, lo que es mucho más bello.
Pierre Teilhard de Chardin
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