FS #162 – Tiempo de incongruencia

Fichero

LEA, por favor

Como sección final de un trabajo construido en febrero de 1985, contentivo de una proposición para una organización política diferente a la de un partido convencional, se escribió el texto Tiempo de incongruencia, que constituye esta Ficha Semanal #162 de doctorpolítico. (Un breve párrafo de este texto fue citado en la ficha anterior, del 11 de los corrientes).

El trabajo completo postulaba que la insuficiencia política en Venezuela, ya claramente observable por aquellas fechas, tenía una raíz paradigmática. Esto es, que esa insuficiencia no se debía a una maldad atribuible a los actores políticos que entonces prevalecían, ni a una maldad intrínseca o propia de la actividad política misma, sino a una ineficacia de su paradigma político, ya rebasado.

El núcleo principal de ese paradigma consiste en el concepto de Realpolitik. (Política realista). Por él se concibe a la actividad política como proceso de adquisición, intercambio y aumento del poder detentado por un sujeto de cualquier escala. (Individuo, corporación, país). No fue Hugo Chávez quien inventara la política del poder puro; simplemente se limita a llevarla hasta sus últimas consecuencias, la muerte incluida si no se le complace en su ambición “socialista”. Pero precisamente por eso, Chávez continúa significando insuficiencia política, y sobre el cuadro ya preocupante de la que lo precediera ha superpuesto su oncológica dominación.

La práctica “realista” en política es bastante más vieja que su etiqueta, concebida en tiempos de Bismarck. (De allí su nombre alemán). Bárbara Tuchman, por ejemplo, la encontraba en los papas del Renacimiento: “Los defensores de Julio II le acreditan el haber seguido una política consciente que se basaba en la convicción de que ‘la virtud sin el poder’, como había dicho un orador en el Concilio de Basilea medio siglo antes que él, ‘sólo sería objeto de burla, y el Papa romano, sin el patrimonio de la iglesia, sería un mero esclavo de reyes y de príncipes’, que, en breve, con el fin de ejercer su autoridad, el papado debía lograr primero la solidez temporal antes de emprender la reforma. Éste es el persuasivo argumento de la Realpolitik que, como la historia ha demostrado a menudo, tiene este corolario: que el proceso de ganar poder emplea medios que degradan o brutalizan al que lo busca, quien despierta para darse cuenta de que el poder ha sido poseído al precio de la pérdida de la virtud y el propósito moral”. Ayer salió a la venta en los Estados Unidos The Age of Turbulence, libro de Alan Greenspan que ha dado mucho que hablar. Entre sus candentes señalamientos incluye una condena de los republicanos en el Congreso de su país, quienes habrían trocado principios por poder para terminar sin poder y sin principios.

Otros rasgos del paradigma ya esclerosado fueron examinados en el trabajo mencionado, y discutidos en 1985 con muchas personas en Venezuela. Una de ellas fue Arturo Úslar Pietri, quien todavía tardó más de seis años para aceptar la realidad. Así escribió el 20 de octubre de 1991 en El Nacional: “Esto significa, entre otras muchas cosas importantes, que de pronto el discurso político tradicional se ha hecho obsoleto e ineficaz, aunque todavía muchos políticos no se den cuenta… Toda una retórica sacramentalizada, todo un vocabulario ha perdido de pronto significación y validez sin que se vea todavía cómo y con qué substituirlo… Hasta ahora no hemos encontrado las nuevas ideas para la nueva situación”.

Prefería ignorar entonces que las nuevas ideas habían sido formuladas aquí, en Caracas, en febrero de 1985, y que ellas asumían valientemente la falibilidad humana como su asiento. Pero, claro, Úslar no era muy dado a la lectura de Karl Popper, y en 1991 faltaban dos años para que George Soros estableciera The Open Society Institute.

LEA

Tiempo de incongruencia

Esa nueva manera de hacer política requiere un nuevo actor político. El actor político tradicional pretende hacer, dentro de su típica organización partidista, una carrera que legitime su aspiración de conducir y gobernar una democracia. Sin embargo, el adiestramiento y formación que imponen los partidos a sus miembros es el de la capacidad para maniobrar dentro de pequeños conciliábulos, de cerrados cogollos y cenáculos. Se pretende ir así de la aristocracia a la democracia. El camino debe ser justamente el inverso. Debe partirse de la democracia para llegar a la aristocracia, pues no se trata de negar el hecho evidente de que los conductores políticos, los gobernantes, no pueden ser muchos. Pero lo que asegura la ruta verdaderamente democrática, no la ruta pequeña y palaciega de los cogollos partidistas, es que ese pequeño grupo de personas que se dediquen a la profesión pública sean una verdadera aristocracia en el sentido original de la palabra: el que sean los mejores. Pues no serán los mejores en términos de democracia si su alcanzar los puestos de representación y comando les viene de la voluntad de un caudillo o la negociación con un grupo. No serán los mejores si las tesis con las que pretenden originar soluciones a los problemas no pueden ser discutidas o cuestionadas so pena de extrañamiento de quien se atreva a refutarlas.

Ese nuevo actor político, pues, requiere una valentía diferente a la que el actor político tradicional ha estimado necesaria. El actor político tradicional parte del principio de que debe exhibirse como un ser inerrante, como alguien que nunca se ha equivocado, pues sostiene que eso es exigencia de un pueblo que sólo valoraría la prepotencia. El nuevo actor político, en cambio, tiene la valentía y la honestidad intelectual de fundar sus cimientos sobre la realidad de la falibilidad humana. Por eso no teme a la crítica sino que la busca y la consagra.

De allí también su transparencia. El ocultamiento y el secreto son el modo cotidiano en la operación del actor político tradicional, y revelan en él una inseguridad, una presunta carencia de autoridad moral que lo hacen en el fondo incompetente. La política pública es precisamente eso: pública. Como tal debe ser una política abierta, una política transparente, como corresponde a una obra que es de los hombres, no de inexistentes ángeles infalibles.

Más de una voz se alzará para decir que esta conceptualización de la política es irrealizable. Más de uno asegurará que “no estamos maduros para ella”. Que tal forma de hacer la política sólo está dada a pueblos de ojos uniformemente azules o constantemente rasgados. Son las mismas voces que limitan la modernización de nuestra sociedad o que la pretenden sólo para ellos.

Pero también brotará la duda entre quienes sinceramente desearían que la política fuese de ese modo y que continúan sin embargo pensando en los viejos actores como sus únicos protagonistas. Habrá que explicarles que la nueva política será posible porque surgirá de la acción de los nuevos actores.

Serán, precisamente, actores nuevos. Exhibirán otras conductas y serán incongruentes con las imágenes que nos hemos acostumbrado a entender como pertenecientes de modo natural a los políticos. Por esto tomará un tiempo aceptar que son los actores políticos adecuados, los que tienen la competencia necesaria, pues, como ha sido dicho, nuestro problema es que “los hombres aceptables ya no son competentes mientras los hombres competentes no son aceptables todavía”.

Porque es que son nuevos actores políticos los que son necesarios para la osadía de consentir un espacio a la grandeza. Para que más allá de la resolución de los problemas y la superación de las dificultades se pueda acometer el logro de la significación de nuestra sociedad. Para que más allá de la lectura negativa y castrante de nuestra sociología se profiera y se conquiste la realidad de un brillante futuro que es posible. Para que más allá de esa democracia mínima, de esa política mínima que es la oferta política actual, surja la política nueva que no tema la lejanía de los horizontes necesarios.

Luis Enrique Alcalá

____________________________________________________

 

Share This:

LEA #254

LEA

La conquista de España a manos de Roma comenzó con el desembarco de Escipión en 218 antes de Cristo. La cosa no fue fácil para quienes poco después establecerían un imperio. Los lusitanos y los celtíberos dieron la pelea. Su líder, Viriato, tuvo que ser asesinado en 139, y en 133 los romanos tuvieron que emplear un ejército de 60.000 hombres para sitiar a Numancia, una ciudad que sólo tenía 4.000 habitantes. Es decir, debieron atacar a cada numantino—hombre, mujer o niño—con quince legionarios. La superioridad numérica, un comando también superior y los vastos recursos de Roma, por supuesto, terminaron por imponer su dominio en toda la Península Ibérica. En la última fase de la prolongada campaña contra nuestros antecesores, el asalto a los Montes Cantábricos, el propio emperador Augusto condujo un total de 70.000 hombres, y debió dejar por un buen tiempo tropas de ocupación que controlasen a los díscolos iberos. Todavía para la primera mitad del primer siglo de la Era Cristiana una legión ocupaba territorio español, la que luego fue sustituida por otra que se asentó, permanentemente, en León.

En comparación con este desempeño de las antiguas tropas imperiales, el ejército estadounidense de ocupación en Irak no lo está haciendo tan mal. El general David Petraeus, comandante supremo de las fuerzas norteamericanas estacionadas en territorio iraquí, acaba de presentar un informe al Senado de los EEUU, del que pudiera deducirse que todavía quedan al menos cinco años de ocupación. No está mal: los romanos tuvieron que emplear casi tres siglos para sojuzgar a los hispanos y, si bien Petraeus comanda 90.000 soldados más que los empleados por Roma en su punto máximo, hay que tomar en cuenta que la Hispania precristiana tenía muchos menos habitantes que el Irak de nuestros días.

Petraeus, sin embargo, lanzó un caramelito a los senadores. Citando algún progreso desde el “empujón” (surge) de 30.000 tropas adicionales que fueron enviadas este año, indicó que un contingente del mismo tamaño pudiera comenzar a ser retirado a partir de diciembre, para culminar su regreso a casa en el verano de 2008. A partir de allí, dijo, no le es fácil hacer predicciones, pues la posibilidad del retiro de las tropas de ocupación dependería “de las circunstancias”.

La senadora Clinton, junto con otros senadores demócratas, expresó su inconformidad. Refiriéndose a los objetivos de todo el asunto, la precandidata presidencial observó: “Obtenemos muy poco consuelo del hecho de que la mente maestra del asesinato masivo [los ataques del 11 de septiembre de 2001] ande suelta, sin que haya sido atrapada o muerta. O de que los Talibán y al Quaeda estén resurgiendo en Afganistán. O de que su red ciertamente sea—si no una organización compacta—una confederación libre que tiene graves consecuencias para nosotros”.

El general Petraeus, obviamente, es un operador capaz, que no merece el injusto ataque de un aviso de prensa que lo presenta como el general Betray us. (El general Traiciónanos). Pero no parece ser muy esperanzador que el retiro del que habla deje las cosas exactamente en el mismo sitio que antes del refuerzo bélico de 2007: una ocupación de 130.000 hombres, la que, para empezar, nunca debió ocurrir.

LEA

Share This:

CS #254 – Somos diferentes

Cartas

El general Rafael Alfonzo Ravard fue, sin que quepa la menor duda, uno de los constructores de la modernidad venezolana. Antes de coronar su obra con su insigne gestión al frente de Petróleos de Venezuela, la empresa que estableció y presidió desde su fundación en 1976 hasta 1983, ya Alfonzo había dejado huella suficiente de hombre bueno, visionario y extraordinariamente capaz. Así, por ejemplo, había presidido la Comisión de Estudios para la Electrificación del Caroní, el Instituto del Hierro y del Acero, la Corporación Venezolana de Fomento y la Corporación Venezolana de Guayana—fue su primer presidente—y nada menos que el Consejo Mundial de Energía. (1954). Preocupado por el desarrollo social, fue Presidente de Fe y Alegría y, como motor de desarrollos especialísimos para nuestro país, fue quien decidiera sembrar 750 hectáreas al sur del estado Monagas (Uverito) con el pino caribe que transformó la ecología de la zona y sus posibilidades económicas. La industria eléctrica nacional le debe haber sido fundador de CADAFE e impulsor del Sistema Interconectado Nacional, así como promotor principalísimo del esfuerzo de unificación de las frecuencias eléctricas a través de Cafreca. La planificación urbana de Santo Tomé de Guayana (Puerto Ordaz), ejemplo mundial en su clase, se realizó bajo su dirección. El nacimiento de CVG Edelca y la Primera Etapa de la represa del Guri se deben a Alfonzo Ravard. En suma, un venezolano como muy pocos, honesto a carta cabal, poseedor de una inteligencia privilegiada, serio, trabajador, hombre del futuro. World class.

Cuando se decretara—Carlos Andrés Pérez, 1975—la nacionalización de la industria petrolera en el país, el Estado venezolano se enfrentaba a un reto monumental: gerenciar una complejísima actividad de la que muchos decían, en típica infravaloración del talento nacional, que era mucho camisón p’a Petra. No pocos ejecutivos venezolanos empleados en las antiguas dueñas transnacionales—Exxon, Shell, Gulf, etc.—comenzaron a buscar trabajo fuera de la industria, en la creencia de que en muy poco tiempo la incapacidad nacional la hundiría. En ese escéptico contexto asumió Rafael Alfonzo Ravard la conducción del gigantesco esfuerzo, cuando todavía estaban en proceso las negociaciones y litigios generados por el acto nacionalizador, y cuando la industria venía de una parálisis de la inversión de las transnacionales, a raíz de la ley de reversión de las concesiones petroleras del primer gobierno de Rafael Caldera.

Bajo la mano serena de Alfonzo Ravard el país se ahorró cualquier sobresalto en las operaciones de su industria máxima y, al cabo de su gestión de algo más de siete años, el general entregó una verdadera joya al Estado venezolano, en la que se incluía la recuperación de la industria petroquímica nacional, que hasta que fuera manejada por PDVSA no había dado pie con bola. Midiérasela como se la midiera, PDVSA era la mejor petrolera del mundo, y Alfonzo había sabido resistir más de un amago de penetrarla políticamente. A fines de 1983, sin embargo, el presidente Herrera Campíns decidió sustituirlo por su Ministro de Energía y Minas, Humberto Calderón Berti, quien admitía estar interesado en el cargo subalterno del que era superior porque “en PDVSA es donde está el poder”. Poco después intentaría hacerse con la candidatura presidencial de COPEI. (Años más tarde, Luis Giusti haría un intento similar, justamente desde su posición como Presidente de PDVSA).

Pero, en gran medida, fue el propio general Alfonzo quien labró su cesantía. Cuando en 1982 se acercaba un nuevo aniversario de la empresa—27 de agosto—se encargó a la recién creada Unidad de Estudios Especiales de PDVSA la elaboración de un discurso para que Alfonzo lo pronunciara en la ocasión, tradicionalmente celebrada con un almuerzo al que asistía el Presidente de la República. La Unidad no perdió la oportunidad de construir un discurso en el que se evidenciara la clase mundial de PDVSA a través de los más exigentes indicadores de desempeño. Al propio tiempo, el borrador que fue presentado a Alfonzo contenía una declaración de responsabilidad social de PDVSA y el anuncio de la creación de la Fundación PDVSA, como órgano que consolidara y expandiera su contribución al desarrollo social.

Esto último no agradó al general Alfonzo. Partidario de manejar a PDVSA como lo que era, una compañía anónima, rechazaba por principio su involucración en asuntos diferentes de su negocio específico: la extracción, transformación y venta de petróleo y sus productos derivados. Ya pagaba PDVSA suficientes impuestos y dividendos como para que tuviera que encargarse de asuntos que, a su juicio, eran de la exclusiva incumbencia del Estado.

Así, tijera en mano, procedió a cercenar esa parte del discurso y ordenó se redactara, para sustituirla, una escueta sección en la que se mencionara la magnitud de la deuda pública venezolana y se estimara su costo de amortización en términos de barriles de petróleo.

Llegado el día, pues, el general dio su discurso ante una audiencia en la que destacaban Luis Herrera Campíns, Presidente de la República, y su Ministro de Energía y Minas, Humberto Calderón Berti. Todos los canales de televisión cubrieron el evento, y también los periodistas internacionales. Lo que se entendió del discurso fue lo siguiente: “Nosotros, Sr. Presidente, los hombres de la industria petrolera venezolana, somos la tapa del frasco. Según el indicador X somos la última Coca Cola del desierto. Si se nos mide por el indicador Y, la última arepa de la madrugada. Con arreglo al indicador Z, además, somos la mamá de Tarzán. Ahora bien, Sr. Presidente, usted tiene un mono montado de 150.000 millones de bolívares, que para pagarlo tendremos que destinar el producto de 100 mil barriles diarios de petróleo durante diez años”. (Justamente al comienzo de su período, Herrera había hablado preocupadamente al país, para mostrar que Carlos Andrés Pérez había dejado una deuda pública de 110.000 millones—desde 20.000 millones del primer gobierno de Caldera—y que por tal razón recibía “un país hipotecado”).

No gustó para nada esta humillación pública a Herrera Campíns, mucho menos cuando el discurso del general se convirtiera en la comidilla de la semana y más allá. Carlos y Sofía Rangel (en Venevisión) entrevistaron al general Alfonzo de inmediato, así como Marcel Granier en su programa Primer Plano. La revista Resumen, dirigida por Jorge Olavarría, puso la efigie del general en su próxima portada y el discurso fue traducido al inglés y circulado en el exterior. El texto sirvió asimismo para que el Contralor General de la República, Manuel Rafael Rivero, quien hasta los momentos no había dicho esta boca es mía, ofreciera a la prensa solemnes y preocupadas declaraciones sobre la deuda de la Nación. El presidente Herrera declaró que estas manifestaciones de altos funcionarios públicos no eran convenientes. Pocos días después se produjo su decisión, en contra de la mayoría del gabinete económico, de centralizar todas las divisas del sector público en el Banco Central de Venezuela, incluyendo, muy especialmente, las de la industria petrolera. Y se juró a sí mismo que el período que Alfonzo acaba de iniciar, como Presidente de PDVSA reconfirmado, sería el último.

(Un cierto rasgo de la personalidad del general Alfonzo Ravard, su aristocrática altivez, le hacían persona poco simpática a Herrera Campíns, de quien se decía despectivamente que era “el más adeco de los copeyanos”. Esto es, el más populista. Alfonzo Ravard insistió en publicar, dentro de una colección de sus discursos, conferencias y artículos más recientes—Siete Años de una Gestión—, un discurso pronunciado ante una graduación del IESA a la que llevó la tesis de que los hombres del petróleo eran una clase distinta en el país, incontaminada por los vicios del facilismo, la corrupción y la ineficacia. Es decir, poco menos que extraterrestres. El título escogido para la publicación fue justamente el de “Somos diferentes”. Varios años transcurrirían antes de que tan chocante pretensión fuese cobrada con creces).

………

Una vez más, PDVSA escoge el comienzo de una semana—ésta—para presentar sus resultados financieros del ejercicio fiscal de 2006. Ya a fines de marzo de este mismo año la empresa había ofrecido oficialmente cifras del mismo ejercicio; esta vez vienen después de la auditoría externa de Alcaraz Cabrera Vásquez (afiliada a KPMG International) y las eliminaciones y reclasificaciones relacionadas con saldos y transacciones entre las filiales de la compañía.

Una vez más, cierto tratamiento de la noticia quiere destacar un aparente mal desempeño de PDVSA. Por ejemplo, el diario El Nacional destacó: “Ganancia de Pdvsa cayó 15,9% en 2006 pese al repunte de los ingresos totales”. El Universal, por su parte, lo puso así: “Ganancia nacional de Pdvsa cayó 65%”, y explicó su titular al comienzo de una nota, diciendo: “Un total de 6.483 millones de dólares quedaron en las arcas de Petróleos de Venezuela al final del ejercicio 2006, un número que se ubicó 1.031 millones de dólares (15,9%) por debajo de lo obtenido en 2005 y que refleja el resultado consolidado de las operaciones internas y externas del holding estatal, según los estados financieros auditados aprobados en asamblea de accionistas el viernes pasado”. También resaltó: “Buena parte de esta caída en la ganancia neta nacional es atribuible al aumento sostenido de los costos internos: los gastos de operación, que están asociados a la actividades medulares de la empresa, se ubicaron en 8.093 millones de dólares y la segunda mayor partida de costos fue la de compras de petróleo crudo y derivados, que sumó 5.002 millones de dólares. En total, los costos y gastos subieron de 14.536 a 18.285 millones de dólares, un alza de 25,8%”. Por último, enfatizó: “Lo primero que salta a la vista al observar el balance financiero de las filiales externas de Pdvsa es el incremento que registraron los costos, al pasar de $51.779 millones en 2005 a $61.895 millones en 2006, empujados por un monto total de compras de petróleo crudo y derivados de 53.670 millones de dólares que consumió más de 83% de sus ingresos totales del año pasado”. Desde estas perspectivas, por consiguiente, el país debe mostrarse muy preocupado, pues estos números indicarían una grave situación. El mismo periódico da cuenta de declaraciones de Humberto Calderón Berti quien, en un foro organizado por Gente del Petróleo, dijo “que el estado en el cual se encuentra la estatal petrolera no puede ser ocultado a través de la campaña publicitaria que está llevando a cabo el gobierno en los diferentes medios de comunicación del país”.

Hay algo tendencioso en la nota que Marianna Párraga firma en El Universal (11 de septiembre). Por ejemplo, cuando se refiere a la compra de petróleo y derivados—porque PDVSA vende más de lo que produce—escoge las cifras de la columna correspondiente al “Sector Internacional”, en lugar de reportar la columna correspondiente al Total Consolidado. Es por esto que concluye que hubo “compras de petróleo crudo y derivados de 53.670 millones de dólares que consumi[eron] más de 83% de [los] ingresos totales” (64.330) en 2006. Una vez producidas las correspondientes eliminaciones y reclasificaciones, no obstante, las cifras son muy diferentes. La consolidación indica que los ingresos brutos reales fueron de 99.267 millones de dólares, y las compras de petróleo y derivados consumieron 38.778 millones, para una relación de 39%. Sin que sea satisfactorio este índice, su medición dista bastante del alarmista tono de la periodista.

Pero el quid de la alarma se centra en el hecho de que la ganancia neta de PDVSA descendió, de 6.483 millones de dólares en 2005, a 5.452 millones en 2006. (Una caída de 15,9%).

Veamos el asunto con un poco más de detalle. Es mucho más indicativo del desempeño funcional de PDVSA en tanto compañía petrolera mirar primero a su ganancia operacional, es decir, antes de incurrir en gastos “de desarrollo social” y pagar el impuesto sobre su renta. Esa ganancia operacional (consolidada) fue de 23.267 millones de dólares en 2006, 4.236 millones más que los 19.031 de 2005, o un incremento de más de 22,3%. Comoquiera que los ingresos brutos sólo aumentaron en 19,7% (de 82.915 millones de dólares a 99.267 millones), el crecimiento porcentual de la ganancia operacional indica, en realidad, una mejora sustancial de la eficiencia operativa. De hecho, se llega a este resultado luego de que PDVSA pagara por concepto de regalías y otros impuestos (el nuevo impuesto de extracción) la suma de 18.435 millones de dólares, lo que es 5.117 millones más sobre el nivel de 13.318 millones en 2005, para un aumento del 38,4% en este rubro. (A este resultado operacional debiera castigársele con el equivalente de la ganancia en la venta de inversión en LYONDELL – CITGO  Refining L. P., puesto que se trata de un ingreso no recurrente: 1.432 millones de dólares. Aun así, resultaría una ganancia en operaciones de 21.835 millones, superior en 2.804 millones a la del año anterior). No en balde el balance de PDVSA registra un aumento de su patrimonio: de 47.095 millones de dólares en 2005 a 53.103 millones en 2006. (Contra un pasivo total de 23.270 millones). Esto es un incremento de 6.008 millones de dólares en su capital o, proporcionalmente, un 12,8%.

De manera que “el problema” se produce al cargar a la compañía el costo de su inversión social. Aquí hay un salto verdaderamente impresionante: PDVSA había destinado en 2005 a “gastos para el desarrollo social” la cantidad ya enorme de 6.909 millones de dólares (14,8 billones de bolívares a tasa de CADIVI); en 2006 este acápite alcanzó a la galáctica suma de 13.784 millones de dólares (29,6 billones de bolívares). El incremento fue de 6.875 millones de dólares, para casi una duplicación de 99,5%. ¡Qué diferencia con el paradigma socialmente aséptico de la PDVSA de Alfonzo Ravard!

En ocasión de la primera presentación de los resultados de 2006 (26 de marzo de 2007, sobre cifras diferentes, ajustadas ahora luego de la auditoría), ya esta carta había señalado: “Es verdad, parece, que la ganancia neta de PDVSA experimentó una disminución de 26% entre 2005 y 2006. Pero ¿cuál es el significado político de esto? ¿Cómo puede interpretarse en un barrio este desempeño? No faltará en la propaganda del régimen la siguiente explicación: la ganancia neta de PDVSA corresponde al enriquecimiento del accionista; esto es, del Estado. La inversión social de PDVSA corresponde a un enriquecimiento del Pueblo. Y resulta que en el mismo lapso el accionista consintió en disminuir su enriquecimiento en 26%, con tal de aumentar el enriquecimiento del Pueblo en 92%. ¿Habrá descontento en los ‘sectores populares’ de Venezuela por este resultado?”

En efecto, la empresa que “sólo” ha tenido una ganancia neta de 5.452 millones de dólares en 2006, ha aportado en el mismo lapso a la Nación un total de 36.250 millones de dólares. (La suma del impuesto sobre la renta, las regalías y otros impuestos y el gasto de desarrollo social). En bolívares, como diría el chiste, todos los bolívares: prácticamente 78 billones.

La única preocupación residual, entonces, es la relativa a la capacidad de PDVSA para la inversión que la llevaría a la meta de 5,8 millones de barriles diarios de producción en el año 2012. La propia empresa ha estimado invertir ella misma 57.000 millones de dólares (junto con 20.000 de origen privado) para alcanzar ese objetivo. Para esto tendría que destinar anualmente una suma equivalente a su ganancia neta de 2006 durante un poco más de diez años, y concitar inversionistas privados que no deben estar muy estimulados por el reciente tratamiento a las transnacionales de la Faja Petrolífera del Orinoco. También pudiera PDVSA bajar significativamente su gasto social, y esto es muy posible una vez que Hugo Chávez hubiera logrado su propósito de reformar la Constitución a su gusto.

Pero en términos políticos, las cifras que ha mostrado PDVSA al comenzar la semana no son conchas de ajo. Para recordar la advertencia con la que cerraba la Carta Semanal #231 de doctorpolítico (29 de marzo de 2007): “Cuidado, pues, con la algazara automática que cree ver blanco para la puntería opositora en cosas como la disminución de la ganancia neta de PDVSA. En una cosa tan complicada como nuestro proceso político de hoy, el éxito no puede conseguirse con argumentos superficiales, sólo pretendidamente contundentes. Lo primero que tendría que hacer una oposición que quiera ser eficaz, es usar mejor el cerebro”.

LEA

Share This:

FS #161 – Cartilla de apertura

Fichero

LEA, por favor

Con esta Ficha Semanal #161 de doctorpolítico se completa la serie de tres entregas construidas con textos del financista y filántropo George Soros. Ella consiste de la traducción de la sección final de su trabajo “La amenaza capitalista”, publicado en The Atlantic Monthly en febrero de 1997. (Vol. 279, #2, págs. 45-58). Soros nos lleva paso a paso, en trayectoria silogística elemental, por el discurso con el que establece las bondades y ventajas de una sociedad abierta. Se trata de una verdadera cartilla o catecismo, sencillo e inevitable.

Lo planteado por Soros está en el mero centro de la preocupación venezolana de estos días, cuando quiere imponerse a nuestra sociedad una verdad última determinada por el actual Presidente de la República. Su lema definitorio—”Patria, Socialismo o Muerte”—es anticipado por Soros, cuando escribe: “En verdad, uno pudiera argüir que la sociedad abierta es la mejor forma de organización social para obtener lo mejor de la vida, mientras que la sociedad cerrada es la forma más adecuada a la aceptación de la muerte”.

La tesis de la sociedad abierta es el antídoto que puede salvarnos del maligno destino al que quiere sometérsenos, pues no sólo se opone a antiguas confianzas ideológicas, sino que revienta la pretensión de encerrarnos. A pesar de que, por propia definición, no trae consigo una solución prêt-à-porter para cada problema social, ahora es, para nosotros, una bandera en sí misma, un concepto aun más rico que el mismo de democracia. Soros lo dice con claridad: “La sociedad abierta sólo provee un marco dentro del cual puntos de vista diferentes acerca de los problemas sociales y políticos pueden ser reconciliados; no ofrece una posición firme respecto de metas sociales. Si lo hiciera no sería una sociedad abierta. Sólo dentro de una sociedad cerrada provee el concepto de sociedad abierta base suficiente para la acción política…”

Ahora que se nos amenaza con meternos en un corral de cerrada dominación por un solo hombre pretencioso y violentamente equivocadísimo, es bueno entender que abstenernos de participar en el próximo referendo constitucional es el más estúpido de los suicidios. Andrés Oppenheimer recomienda el 30 de agosto (Recetas para frenar a Chávez): “La oposición Venezolana no debería repetir el error que cometió cuando boicoteó las elecciones legislativas del 2005 cuando, citando la falta de libertades para hacer campaña, se retiró del proceso, pensando que su ausencia deslegitimaría la elección. Chávez simplemente ignoró el boicot, realizó la elección de todos modos, e instaló una Asamblea Nacional totalmente progubernamental”.

El razonamiento de Soros, expuesto en su trabajo de 1997, se centra en la admisión de nuestra propia falibilidad. En febrero de 1985 anticipaba el suscrito: “[El] nuevo actor político, pues, requiere una valentía diferente a la que el actor político tradicional ha estimado necesaria. El actor político tradicional parte del principio de que debe exhibirse como un ser inerrante, como alguien que nunca se ha equivocado, pues sostiene que eso es exigencia de un pueblo que sólo valoraría la prepotencia. El nuevo actor político, en cambio, tiene la valentía y la honestidad intelectual de fundar sus cimientos sobre la realidad de la falibilidad humana. Por eso no teme a la crítica sino que la busca y la consagra”.

LEA

Cartilla de apertura

Es más fácil identificar los enemigos de la sociedad abierta que dotar al concepto de significado positivo. Sin embargo, sin tal significado positivo la sociedad abierta estará propensa a ser presa de sus enemigos. Tiene que haber un interés común que sostenga reunida a una comunidad, pero la sociedad abierta no es una comunidad en el sentido tradicional del término. Es una idea abstracta, un concepto universal. Admitamos que hay algo como una comunidad global; hay intereses comunes al nivel global, tales como la preservación del ambiente y la prevención de la guerra. Pero estos intereses son relativamente débiles, comparados con los intereses especiales. No tienen muchos partidarios en un mundo compuesto por estados soberanos. Más aún, la sociedad abierta como concepto universal trasciende toda frontera. Las sociedades derivan su cohesión de valores compartidos. Estos valores están arraigados en la cultura, la religión, y la tradición. Cuando una sociedad no tiene fronteras, ¿dónde encontrar los valores compartidos? Creo que hay sólo una fuente: el concepto mismo de sociedad abierta.

Para cumplir esta función, se necesita redefinir el concepto de sociedad abierta. En lugar de que haya una dicotomía cerrada-abierta, entiendo la sociedad abierta en un terreno intermedio, donde se salvaguarde los derechos del individuo al tiempo que existan algunos valores compartidos que mantengan unida a la sociedad. Este terreno intermedio es amenazado por todos los flancos. En un extremo, las doctrinas comunistas y nacionalistas conducirían a la dominación estatal. Al otro extremo, el capitalismo del laissez-faire llevaría a una gran inestabilidad y tarde o temprano al colapso. Hay otras variantes. Lee Kuan Yew, de Singapur, propone un llamado modelo asiático que combina una economía de mercado con un estado represivo. En muchas partes del mundo, el control del estado está tan estrechamente asociado con la creación de riqueza privada que uno pudiera hablar de un capitalismo ladrón o del “estado gángster” como nueva amenaza a la sociedad abierta.

Entiendo la sociedad abierta como una sociedad abierta a su mejora. Debemos comenzar por el reconocimiento de nuestra propia falibilidad, la que se extiende no sólo a nuestras construcciones mentales sino también a nuestras instituciones. Lo que es imperfecto puede mejorarse mediante un proceso de ensayo y error. La sociedad abierta no sólo permite este proceso sino que lo estimula, al insistir sobre la libertad de expresión y el amparo de la disensión. La sociedad abierta ofrece un panorama de progreso ilimitado. A este respecto es afín al método científico. Pero la ciencia tiene a su disposición criterios objetivos: los hechos por los que el proceso puede ser juzgado. Desafortunadamente, en asuntos humanos los hechos no proveen criterios confiables de verdad, a pesar de lo cual necesitamos algunos estándares de acuerdo general por los que el proceso pueda ser juzgado. Todas las culturas y religiones ofrecen esos estándares; la sociedad abierta no puede pasarse sin ellos. La innovación de una sociedad abierta es que, mientras la mayoría de las culturas y religiones entienden sus propios valores como absolutos, una sociedad abierta, consciente de muchas culturas y religiones, entiende sus propios valores compartidos como asunto de debate y elección. Para hacer el debate posible, al menos debe haber consenso general sobre un punto: que la sociedad abierta es una forma deseable de organización social. La gente debe ser libre de pensar y de actuar, sujeta sólo a límites que impongan los intereses comunes. La ubicación de esos límites debe determinarse, también, por ensayo y error.

La Declaración de Independencia puede ser tomada como una aproximación bastante buena a los principios de una sociedad abierta, pero en lugar de pretender que esos principios son evidentes por sí mismos debiéramos decir que son consistentes con nuestra falibilidad. ¿Puede servir el reconocimiento de nuestro conocimiento imperfecto como base para establecer la sociedad abierta como forma deseable de organización social? Creo que sí puede, aunque hay dificultades formidables en el camino. Debemos promover la fe en nuestra propia falibilidad al status que normalmente conferimos a la fe en una verdad última. Pero, si la verdad última no es alcanzable, ¿cómo podemos aceptar nuestra falibilidad como última verdad?

Ésta es una paradoja aparente que puede ser resuelta. La primera proposición, que nuestro entendimiento es imperfecto, es consistente con una segunda proposición: que debemos aceptar la primera proposición como artículo de fe. La necesidad de un artículo de fe surge precisamente porque nuestro entendimiento es imperfecto. Si disfrutáramos de entendimiento perfecto, no habría necesidad de creencias. Pero aceptar esta línea de razonamiento requiere un profundo cambio en el papel que asignamos a nuestras creencias.

Históricamente, las creencias han servido para justificar reglas específicas de conducta. La falibilidad debiera promover una actitud diferente. Las creencias debieran servir para dar forma a nuestras vidas, no para hacernos atener a un conjunto dado de reglas. Si reconocemos que nuestras creencias son expresión de nuestra escogencia, no de la verdad última, será más probable que toleremos otras creencias y revisemos las propias a la luz de nuestra experiencia. Pero no es así como la mayoría de la gente trata sus creencias. Ella tiende a identificar sus creencias con la verdad última. De hecho, esa identificación sirve a menudo para definir su propia identidad. Si la experiencia de vivir en una sociedad abierta le fuerza a ceder su pretensión de una verdad última, sufre una sensación de pérdida.

La idea de que de algún modo encarnamos una verdad última está profundamente incrustada en nuestro pensamiento. Puede que estemos dotados con facultades críticas, pero estamos inseparablemente atados a nosotros mismos. Puede que hayamos descubierto la verdad y la moralidad, pero por encima de todo debemos representarnos a nosotros mismos y a nuestros intereses. Por consiguiente, si existen cosas tales como la verdad y la justicia—y hemos llegado a creer en ello—entonces queremos poseerlas. Exigimos la verdad de la religión y, recientemente, de la ciencia. Una creencia en nuestra falibilidad es un pobre sustituto. Es un concepto altamente sofisticado, con el que es mucho más difícil de trabajar que con creencias más primitivas, como las de mi país (o mi compañía o mi familia) por sobre todo, tenga o no tenga razón.

Si la idea de nuestra falibilidad es tan difícil de digerir, ¿qué la hace tan atractiva? Debe encontrarse el más fuerte argumento a su favor en los resultados que produce. Las sociedades abiertas tienden a ser más prósperas, más innovadoras, más estimulantes que las cerradas. Pero hay un peligro en proponer el éxito como la única base para sostener una creencia porque, si mi teoría de la reflexividad es válida, tener éxito no es lo mismo que tener razón. En las ciencias naturales las teorías deben ser correctas (en el sentido de que las predicciones y explicaciones que producen corresponden a los hechos) para que funcionen (en el sentido de producir predicciones y explicaciones útiles). Pero en la esfera social lo que es eficaz no necesariamente es idéntico a lo que es correcto, a causa de la conexión reflexiva entre pensamiento y realidad. Como insinué antes, el culto del éxito puede convertirse en una fuente de inestabilidad en una sociedad abierta, ya que puede minar nuestro sentido del bien y del mal. Es esto lo que está ocurriendo hoy en nuestra sociedad. Nuestro sentido del bien y del mal es puesto en peligro por nuestra preocupación con el éxito, medido en dinero. Todo vale, mientras uno pueda salirse con la suya.

Si el éxito fuese el único criterio, la sociedad abierta sería derrotada por las ideologías totalitarias—como de hecho lo fue en muchas ocasiones. Es mucho más fácil argumentar a favor de mi propio interés que recorrer todo el enrevesado razonamiento abstracto que lleva de la falibilidad al concepto de la sociedad abierta.

Debemos asentar con mayor firmeza el concepto de la sociedad abierta. Debe haber un compromiso con la sociedad abierta porque es la forma correcta de organización social. Es un compromiso al que es difícil arribar.

Creo en la sociedad abierta porque nos permite desarrollar nuestro potencial mejor que un sistema que pretenda estar en posesión de la verdad última. La aceptación del carácter inalcanzable de la verdad ofrece un mejor prospecto de libertad y prosperidad que su negación. Reconozco, empero, que hay aquí un problema: estoy suficientemente comprometido con la búsqueda de la verdad como para creer que el caso de la sociedad abierta es convincente, pero no estoy seguro de que otros compartan mi punto de vista. Dada la conexión reflexiva entre pensamiento y realidad, la verdad no es indispensable para el éxito. Puede ser posible lograr objetivos específicos torciendo o negando la verdad, y la gente puede estar más interesada en lograr sus objetivos específicos más que en lograr la verdad. Sólo al más alto nivel de abstracción, cuando consideramos el significado de la vida, asume la verdad una importancia suprema. Aun entonces, el engaño pudiera ser preferible a la verdad, pues la vida implica la muerte y la muerte es difícil de aceptar. En verdad, uno pudiera argüir que la sociedad abierta es la mejor forma de organización social para obtener lo mejor de la vida, mientras que la sociedad cerrada es la forma más adecuada a la aceptación de la muerte. En último análisis, la creencia en la sociedad abierta es asunto de elección, no de necesidad lógica.

No es eso todo. Aun si el concepto de la sociedad abierta fuere aceptado universalmente, tal cosa no sería suficiente para asegurar que prevalecerían la libertad y la prosperidad. La sociedad abierta sólo provee un marco dentro del cual puntos de vista diferentes acerca de los problemas sociales y políticos pueden ser reconciliados; no ofrece una posición firme respecto de metas sociales. Si lo hiciera no sería una sociedad abierta. Sólo dentro de una sociedad cerrada provee el concepto de sociedad abierta base suficiente para la acción política: en una sociedad abierta no es suficiente ser un demócrata; uno debe ser un demócrata liberal, o un social demócrata o un demócrata cristiano o algún otro tipo de demócrata. Una creencia compartida en la sociedad abierta es una condición necesaria pero no suficiente para la libertad y la prosperidad y todas las cosas buenas que la sociedad abierta está supuesta a traer.

Es fácil ver que el concepto de la sociedad abierta es una fuente de dificultades aparentemente inagotable. Tal cosa es de esperar. Después de todo, la sociedad abierta está basada en el reconocimiento de nuestra falibilidad. De hecho, es razonable que nuestro ideal de sociedad abierta sea inalcanzable. Tener los planos de ella sería autocontradictorio. Eso no significa que no debamos luchar por lograrla. También en ciencia la verdad última es inalcanzable. No obstante, basta ver el progreso que hemos logrado al emprenderla. Del mismo modo, es posible aproximarnos a la sociedad abierta en mayor o menor grado.

La derivación de una agenda política y social a partir de un argumento filosófico, epistemológico, parece ser una empresa sin esperanzas. Sin embargo, es posible. Tenemos precedente histórico. La Ilustración fue una celebración del poder de la razón, y suministró la inspiración para la Declaración de Independencia y el Estatuto de Derechos. La creencia en la razón fue llevada a excesos con la Revolución Francesa, de efectos colaterales desagradables; no obstante, fue el comienzo de la modernidad. Hemos tenido ahora 200 años de experiencia con la Edad de la Razón, y como gente razonable debiéramos reconocer que la razón tiene sus limitaciones. El tiempo está maduro para desarrollar un marco conceptual basado en nuestra falibilidad. Donde la razón ha fallado, la falibilidad todavía pudiera triunfar.

George Soros

_____________________________________________________________

 

Share This:

CS #253 – Cepa resistente

Cartas

Era el año ya lejano de 1999, cuando todavía faltaban, en sus comienzos, dos años enteros para alcanzar el mítico año 2001, el mismo de la Odisea del Espacio de Kubrick y Clarke, el que daría comienzo a todo un milenio enteramente nuevo de la era cristiana. Ya Hugo Chávez Frías había asumido la Presidencia de la República, y una longeva peña caraqueña, íntegramente compuesta por personas contrarias a ese ciudadano, consideraba las posibilidades de la sociedad venezolana de oponerse a su gobierno. Durante la discusión le fue posible a quien escribe adelantar algunas conjeturas, que expresaron, según recuerda, las siguientes advertencias.

Oponerse a Chávez por mera negación, dije, no es posible. Uno no niega un fenómeno telúrico que tiene ante sus ojos. Un terremoto, por caso, o la fuerza del río Caroní que se manifiesta en sus raudales. La contundencia del triunfo de Chávez en la elección del 6 de diciembre de 1998 no podía ser discutida. Una abrumadora ventaja sobre su contendiente final—Henrique Salas Römer—le daba una indudable legitimidad democrática. (Y nadie puede decir que aquel momento estaban bajo control de Chávez las autoridades electorales del país).

La pura negación, que es en el fondo lo único que la oposición formal ha atinado a hacer—engrosar todos los días, ritualmente ya, con unas hojas adicionales el prontuario delictivo atribuido al actual presidente—, equivale a la estrategia de esos perros que persiguen automóviles ladrando. Los perros jamás alcanzaran al vehículo motorizado, que muy fácilmente excedería la máxima velocidad canina y, si su conductor así lo decide, puede aplastar sin misericordia alguna a cualquiera de los patéticos animales.

En cambio, afirmó el suscrito, son dos las oposiciones en principio posibles al fenómeno de Chávez, pues ya entonces era muy fácil pronosticar que su dominación sería, en balance, muy negativa para Venezuela. La primera de éstas era la de oposición por contención. Una represa que contenga al río y evite que sus aguas se ciernan sobre nosotros.

¿Era este tipo de oposición viable? Pues sí, y en la sesión mencionada puse sobre el tapete el muy reciente caso del primer decreto del gabinete inicial de Chávez, que convocaba a referendo para considerar la deseabilidad de una asamblea constituyente. La primera versión de ese decreto era groseramente autoritaria. Chávez quería preguntar si estábamos dispuestos a dejar en sus exclusivas manos todo lo concerniente a las normas que regirían la integración y elección de la constituyente. Un recurso interpuesto por el hasta entonces desconocido Gerardo Blyde, ante la Corte Suprema de Justicia, logró paralizar la avasalladora dinámica que quería imponer el Presidente. La Corte ordenó la reformulación del decreto dentro de normas más democráticas y Chávez no tuvo más recurso que acatar.

Bastante más tarde, el 19 de agosto de 2004, justo después de conocerse los resultados del referendo revocatorio que fueron adversos a la oposición, y habiendo expuesto esencialmente lo mismo respecto de la necesidad de contener al gobierno, se dijo en esta carta (#100): “Sería ingenuo suponer que ahora Chávez no apretará una tuerca más. La ley de policía nacional, la amenaza de renacionalizar la CANTV (tiene los reales), la ley de contenidos, una nueva ley de cultos, la toma de las universidades y nuevas represiones penales contra sus más detestados oponentes, están a la vuelta de la esquina. Urge encontrar el modo de tomarle la zurda muñeca que empuñará la llave inglesa y dificultarle el opresivo giro con el que querrá expandir su totalitaria y quirúrgica manera de gobernar”.

Pero advertí en febrero de 1999 que la mera contención no sería suficiente. Era tanto necesaria como posible una estrategia que más que oposición fuera una superposición.

………

Los médicos que diagnostican un tumor o un apéndice inflamado no establecen una relación neurótica y odiosa con el órgano afectado. Se limitan a constatar el estado patológico, serena y clínicamente, y recomendar un tratamiento, posiblemente una remoción. No se involucran emocionalmente odiando o detestando al carcinoma o al plasmodio que causa la malaria.

Para que sea posible superponer un discurso con sentido político al farragoso, invasivo e incorrecto discurso de Chávez, es preciso asumir una postura clínica de esa clase. Así podrá, entonces, examinársele bajo el microscopio con la mayor frialdad para describirlo como si se tratase de un artrópodo: “Tiene el cuerpo de color oscuro, tiene seis paticas, presenta una pequeña excrecencia frontal…”

Sólo así puede reconocerse, sin apasionamiento, cómo es que tiene logros indudables, de los que no es el menor la gigantesca transferencia de recursos que ha allegado a los más pobres pobladores del país. En la medida en la que esto pueda ocurrir, la más certera censura a sus defectos y a los peligros que acarrea, verdaderamente fundamentales, cobrará más autoridad y credibilidad.

Es este punto de vista, además, el único que puede permitir una operación ineludible: la de excusar a quienes han votado por él o sus partidarios en cada una de las elecciones ocurridas desde noviembre de 1998. El elector venezolano promedio, a las alturas de diciembre de 1997, quería votar por Irene Sáez, puesto que ya no quería hacerlo por candidatos verdes o blancos, que tanto lo habían defraudado en el pasado. En esos momentos, Chávez no llegaba a diez puntos en los sondeos de la intención de voto. Pero luego, la entonces señorita Sáez pactó con COPEI, perdiendo instantáneamente su condición de independencia, Acción Democrática no acertó a sacar un candidato distinto de Luís Alfaro Ucero—el más destilado exponente de la política de cogollos y componendas—y el país se vio súbitamente enfrentado a dos candidaturas que no eran del bipartidismo. Ambos candidatos, Chávez y Salas Römer, usaron desfachatadamente la manipulación psicohistórica—el uno entroncándose con Zamora, Rodríguez y Bolívar; el otro protagonizando cabalgatas patriotas por Carabobo.

Uno, sin embargo, era partidario de lo que el pueblo, mayoritariamente, intuía como necesario: una asamblea constituyente que pudiera traer remedio sistémico a la evidente insuficiencia política nacional. El asunto estuvo ya bastante claro al menos para la época de la campaña Lusinchi-Caldera de 1983, poco después de la cual se escribió: “…ya los ciudadanos teníamos la firme sospecha de que lo que andaba mal no era cada pieza por separado sino la armazón del conjunto, el Estado como un todo y, por ende, lo que se quería escuchar de los candidatos no eran promesas específicas al transporte o al deporte, sino remedios generales. El venezolano que asistió a cualquiera de las innumerables reuniones que poblaron, como a cualquier otra, la batalla electoral de 1983, estaba más preocupado por el país en su conjunto, clara y evidentemente enfermo, que por el interés sectorial de su inmediata incumbencia”.

El otro candidato, Salas Römer, intentó remar contra la corriente y, para colmo, aceptó al final el apoyo tardío de las autoridades de AD—los militantes de base votaron mayoritariamente por Chávez—, las que optaron por defenestrar a Alfaro en espectáculo tragicómico. No ayudaron tampoco las maniobras para la separación apresurada de las elecciones regionales y presidenciales—a poco de haberlas reunido en reforma legal de diciembre de 1997—ni la campaña “inteligente, profunda y con mucho real”, de fúnebres cuñas de televisión contrarias a la idea de la constituyente.

En estas circunstancias, el electorado votó mayoritariamente por Chávez, y no tiene sentido hacerle sentir culpable de lo acontecido después. La culpa de la autocracia que padecemos debe atribuirse a la dirigencia política predominante para el momento, y la maldad de Chávez no le da a ésa la razón, del mismo modo que la malignidad de Hitler no absuelve a la República de Weimar.

………

Una vez más confronta el país una encrucijada electoral. Esta vez se trata de aprobar o rechazar, en referendo popular, el proyecto de reforma constitucional presentado por el presidente Chávez a la Asamblea Nacional. Increíblemente, subsiste aferrada a más de una inteligencia, cual tenaz garrapata, la convicción de que no debe asistirse al acto referendario. Es persistente, porque así fue sembrada sistemáticamente, la idea de que no vale la pena votar, dado que el sistema electoral está controlado por el propio Chávez, quien no permitiría el reconocimiento a un triunfo de sus adversarios.

Así, todavía aparecen estudios estadísticos tan impecables como un teorema de Euclides, y se les blande como espada definitiva, pues han sido publicados en prestigiosas revistas especializadas, o algún conocido político habría quedado impresionadísimo con sus hallazgos. A fines de 2004, recién celebrado el referendo revocatorio del 15 de agosto, Súmate presentó con bombos y platillos los resultados de un estudio llevado a cabo por los profesores Hausmann y Rigobón—¡antes de que treinta días siquiera hubieran transcurrido desde el acto electoral!—como base para afirmar que se había cometido un fraude electrónico. (En su momento—# 103 de la Carta Semanal de doctorpolítico, del 12 de septiembre de 2004—esta publicación produjo la disección del referido informe, mostrando su invalidez). El año pasado, en cambio, estuvo de moda un nuevo estudio, el de los profesores Salas y Delfino, de la Universidad Simón Bolívar. El suscrito pudo presenciar la presentación que estos profesores hicieron de su análisis, y antes de desbaratarlo ante el mismo auditorio que los escuchara, invitó a almorzar a sus autores y a su promotor. En esa ocasión desmontó cordialmente su argumentación, en guerra avisada que no impidió que soldados murieran.

Pero ya esos estudios pasaron de moda, y ahora se distribuye en circuitos exclusivos uno distinto, hecho en Miami por María M. Febres Cordero y Bernardo Márquez, y se pretende que su trabajo—A statistical approach to assess referendum results: The Venezuelan recall referendum 2004—es la prueba verdaderamente definitiva de que hubo fraude el 15 de agosto de ese año, y que por tanto Chávez es un mandatario ilegítimo.

Esta nueva pieza adolece de la misma falla básica de los anteriores: es una manipulación estadística sin conexión con la realidad, y no demuestra en absoluto cómo habría sido perpetrado el delito electoral, que Hermann Escarrá asegura existió y Alejandro Plaz—Súmate—debió admitir que no podía ser probado. Comoquiera que esta publicación ya ha hecho examen crítico detenido de estudios de esa clase, se limitará a sugerir, por vía anecdótica ya empleada acá hace tres años, cuál es el problema de fondo con las “pruebas” de su especie.

Mi entrañable amigo Eduardo Quintana Benshimol, muy prematuramente fallecido, me contó la anécdota en 1974, hace ya treinta y tres años. Tiene que ver con cómo fue que Bertrand Russell y Ludwig Wittgenstein se conocieron. Russell estaba en Cambridge ante su clase, escribiendo teorema tras teorema en un pizarrón. Volteado hacia el salón notó la presencia de un joven con chaqueta, de pie, hacia el fondo—era Wittgenstein—y se percató de que éste movía negativamente la cabeza. Regresó por un momento a escribir sobre la pizarra y volteó de nuevo. Wittgenstein continuaba negando con la cabeza. Ya molesto, Russell le increpó, preguntándole cuál era el problema. A lo que el genio (Russell no lo era) dijo simplemente: “Profesor Russell, ¿podría usted por favor demostrarme que en este salón no hay un elefante?” Russell acogió confiadamente el reto y se lanzó a borrar el pizarrón y a escribir nuevos y larguísimos teoremas. Pero Wittgenstein permaneció impertérrito: “Perdone, Profesor Russell, pero eso no es una comprobación de que aquí no hay un elefante”. Al borde del desespero Russell devolvió el desafío: “Bien, joven, ¿quiere usted demostrarnos a todos que en este salón no hay un elefante?” Dijo Wittgenstein entonces: “Con su permiso, Profesor Russell”, y se movió en el salón hacia adelante, examinando calmadamente bajo los pupitres, tras unas cortinas y unos cuadros, hasta llegar al escritorio profesoral cuyas gavetas abrió y cerró para sentenciar: “Profesor Russell, en este salón no se encuentra un elefante”.

Pues bien, el elefante de Hausmann y Rigobón, Salas y Delfino, Febres Cordero y Márquez, es el presunto fraude del referendo revocatorio, y sus estudios un “pizarrón de Russell”, inconexo con existencias concretas. Pero los adalides de la “resistencia” y la abstención—que ahora convocan para una “gran marcha, ahora sí definitiva” para fines de octubre o comienzos de noviembre de este año—se valen de ellos para predicar que no se vaya a votar en el inevitable referendo por la reforma constitucional. No falta quien apunte: “¿Viste que Chávez anda preocupado con la abstención? Eso es lo que más duele, así que vamos a abstenernos”. No se dan cuenta de que Chávez admite esa angustia precisamente para alimentar, con la creencia de que tal cosa es su talón de Aquiles, la abstención de sus opositores que le entregue en bandeja de plata el texto constitucional que le hace falta para perfeccionar su dominación.

LEA

Share This:

FS #160 – Amenaza capitalista

Fichero

LEA, por favor

Tal como se anunciara en la ficha anterior, esta Ficha Semanal #160 de doctorpolítico recoge otro texto de George Soros, líder del Instituto para la Sociedad Abierta. En esta ocasión, se reproduce un fragmento traducido del extenso trabajo que The Atlantic Monthly publicara en el número 2 de su volumen 279, en febrero de 1997, bajo el título The Capitalist Threat. (La amenaza capitalista).

Para Soros el concepto de sociedad abierta, que aprendió de Karl Popper cuando estudiaba en la London School of Economics, es una noción crucial en materia de fundamentar sólidamente la libertad. En la introducción del trabajo mencionado, Soros explica su sentido: “El término ‘sociedad abierta’ fue acuñado por Henri Bergson, en su libro Las Dos Fuentes de la Moralidad y la Religión (1932), y recibió mayor difusión a manos del filósofo austriaco Karl Popper, en su libro La Sociedad Abierta y sus Enemigos (1945). Popper mostró que las ideologías totalitarias como el comunismo y el nazismo tienen un elemento común: pretenden estar en posesión de la verdad última. Puesto que la verdad última está más allá del alcance de la humanidad, estas ideologías deben recurrir a la opresión con el fin de imponer su visión a la sociedad. Popper enfrentó a estas ideologías totalitarias otra visión de la sociedad, que reconoce que nadie tiene un monopolio de la verdad; personas diferentes tienen diferentes puntos de vista e intereses diferentes, y hay una necesidad de instituciones que les permitan vivir juntas en paz. Estas instituciones protegen los derechos de los ciudadanos y aseguran la libertad de elegir y la libertad de opinar. Popper llamó a esta forma de organización social la ‘sociedad abierta’. Las ideologías totalitarias eran sus enemigas”.

En el trabajo del que se reproduce aquí apenas un fragmento—otro conformará la próxima entrega de esta ficha—Soros considera que la amenaza totalitaria, desacreditada a partir del fracaso soviético, ha sido sucedida por una proveniente del propio sistema capitalista, con la ideologización militante de la doctrina del laissez-faire. Así advierte en la introducción: “En su filosofía de la historia Hegel pudo discernir un perturbador patrón histórico—el colapso y la caída de las civilizaciones a causa de una mórbida intensificación de sus propios primeros principios. Aun cuando he construido una fortuna en los mercados financieros, ahora temo que una intensificación sin trabas del capitalismo del laissez-faire y la diseminación de los valores del mercado a todas las áreas de la vida, están poniendo en peligro nuestra sociedad abierta y democrática. El principal enemigo de la sociedad abierta, creo, ya no es la amenaza comunista sino la capitalista”.

Es verdaderamente interesante que un capitalista consumado como George Soros sostenga lúcida y vehementemente esta inusual postura, que incluye una apelación a la preeminencia del bien común y la solidaridad.

LEA

Amenaza capitalista

Popper mostró que el fascismo y el comunismo tenían mucho en común, aun cuando uno fuese la extrema derecha y el otro la extrema izquierda, porque ambos descansaban en el poder del Estado para reprimir la libertad del individuo. Quiero extender este argumento. Sostengo que una sociedad abierta puede también ser amenazada desde la dirección opuesta—desde un individualismo excesivo. Una excesiva competencia y una escasa cooperación pueden causar desigualdades e inestabilidad intolerables.

Hoy hay una creencia dominante en nuestra sociedad: la magia del mercado. La doctrina del capitalismo del laissez-faire sostiene que el bien común es mejor servido por la búsqueda sin inhibiciones del propio interés. A menos que esto sea atemperado por el reconocimiento de un interés común que debe asumir precedencia sobre los intereses individuales, nuestro sistema actual—que a pesar de sus imperfecciones califica como sociedad abierta—probablemente colapsará.

Quiero enfatizar, sin embargo, que no estoy colocando el capitalismo del laissez-faire en la misma categoría del nazismo o el comunismo. Las ideologías totalitarias buscan deliberadamente la destrucción de la sociedad abierta; las políticas del laissez-faire pueden ponerla en peligro, pero sólo sin proponérselo. Friedrich Hayek, uno de los apóstoles del laissez-faire, fue también un apasionado proponente de la sociedad abierta. Sin embargo, dado que el comunismo e incluso el socialismo han sido ampliamente desacreditados, considero que la amenaza del lado del laissez-faire es hoy más potente que la amenaza de las ideologías totalitarias. Estamos disfrutando una economía de mercado verdaderamente global en la que los bienes, los servicios, el capital y también la gente se desplazan bastante libremente, pero dejamos de reconocer la necesidad de soportar los valores e instituciones de una sociedad abierta.

La situación actual es comparable a la del cambio del siglo pasado. Era una era dorada del capitalismo, caracterizado por el principio del laissez-faire; lo mismo que ahora. De alguna forma el período anterior era más estable. Había una potencia imperial, Inglaterra, que estaba preparada para despachar buques de guerra a lugares lejanos, porque como principal beneficiaria del sistema tenía interés en mantenerlo. Hoy en día los Estados Unidos no quieren ser el policía del mundo. El período anterior tenía el estándar oro; hoy en día las monedas principales flotan y chocan las unas contra las otras como placas continentales. Sin embargo, el régimen de libre mercado que prevalecía hace cien años fue destruido por la Primera Guerra Mundial. Ideologías totalitarias salieron a la palestra, y para fines de la Segunda Guerra Mundial prácticamente no había movimiento de capital entre los países. Es tanto más probable que el régimen actual colapse, a menos que aprendamos de la experiencia.

Aun cuando las doctrinas del laissez-faire no contradicen los principios de la sociedad abierta como lo hacían el marxismo-leninismo o las ideas nazi de la pureza racial, todas estas doctrinas tienen un aspecto en común: todas tratan de justificar su pretensión de verdad última en una apelación a la ciencia. En el caso de las doctrinas totalitarias esa pretensión puede ser desechada fácilmente. Uno de los logros de Popper fue mostrar que una teoría como el marxismo no califica como ciencia. En el caso del laissez-faire la reivindicación es más difícil de disputar, porque está basada en la teoría económica, y la economía es la más reputada de las ciencias sociales. Uno no puede simplemente equiparar la economía de mercado con la economía marxista. Sin embargo, la ideología del laissez-faire, sostengo, es una perversión de supuestas verdades científicas tanto como lo es el marxismo-leninismo.

El fundamento científico principal de la ideología del laissez-faire es la teoría de que los mercados libres y competitivos llevan al equilibrio de la oferta y la demanda y de tal modo aseguran la mejor asignación de los recursos. Tal cosa se acepta como verdad eterna, y en un sentido lo es. La teoría económica es un sistema axiomático: mientras se mantengan sus supuestos básicos sus conclusiones se producen. Pero cuando examinamos las premisas detenidamente, encontramos que no describen el mundo real. En su formulación original, la teoría de la competencia perfecta—del equilibrio natural de oferta y demanda—suponía un conocimiento perfecto, productos homogéneos y fácilmente divisibles y un número lo suficientemente grande de participantes en el mercado, de modo que no fuese posible a un participante único influir el precio del mercado. La suposición de conocimiento perfecto demostró ser insostenible, y entonces fue sustituida por un ardid ingenioso. Se tuvo a la oferta y la demanda como independientemente dadas. Esta condición fue presentada como requerimiento metodológico, antes que como axioma. Se adujo que la teoría económica estudia la relación entre la oferta y la demanda, y que por tanto debía considerarse a ambas como dadas.

Como he expuesto en otro lado, la condición de que la oferta y la demanda están independientemente dadas no pude ser reconciliada con la realidad, al menos en lo que concierne a los mercados financieros—y los mercados financieros juegan un papel crucial en la asignación de recursos. Los compradores y vendedores de los mercados financieros procuran descontar un futuro que depende de sus propias decisiones. La forma de las curvas de oferta y demanda no puede tomarse como dadas porque ambas incluyen expectativas sobre los eventos que son moldeadas por esas mismas expectativas. Hay una retroalimentación de doble vía entre el pensamiento de los participantes en el mercado y la situación en la que piensan—hay “reflexividad”. Esto explica tanto la comprensión imperfecta de los participantes (cuyo reconocimiento es la base del concepto de sociedad abierta) como la indeterminación del proceso en el que participan.

Si las curvas de oferta y demanda no están independientemente dadas, ¿cómo se determina los precios del mercado? Si miramos el comportamiento de los mercados financieros, conseguimos que en lugar de tender a un equilibrio los precios siguen fluctuando en relación con las expectativas de compradores y vendedores. Hay períodos prolongados en los que los precios se alejan de cualquier equilibrio teórico. Aun cuando tarde o temprano muestren una tendencia a regresar, el equilibrio no es el mismo que hubiera sido de no haber mediado ese interregno. Sin embargo, el concepto de equilibrio perdura. Es fácil ver por qué: sin él, la teoría económica no podría decir cómo se determina los precios.

En ausencia de equilibrio, la hipótesis de que los mercados libres conduce a la óptima asignación de recursos pierde su justificación. La teoría, supuestamente científica, que se usa para validarla resulta ser una estructura axiomática cuyas conclusiones están contenidas en sus premisas y no están necesariamente soportadas por la evidencia empírica. El parecido con el marxismo, que también pretendía el status científico para sus proposiciones, es demasiado cercano para ser cómodo.

No es mi intención implicar que la teoría económica ha distorsionado deliberadamente la realidad por propósitos políticos. Pero al tratar de imitar los logros (y ganar para sí misma el prestigio) de las ciencias naturales, la teoría económica intentó lo imposible. Las teorías de la ciencia social se relacionan con su objeto de un modo reflexivo. Es decir, pueden influir eventos de una manera que no pueden las ciencias naturales. El famoso principio de incertidumbre de Heisenberg implica que el acto de observación puede interferir con el comportamiento de partículas cuánticas; pero es la observación lo que crea el efecto, no el principio de incertidumbre mismo. En la esfera social, las teorías tienen la capacidad de alterar su objeto de estudio. La teoría económica ha excluido deliberadamente la reflexividad de sus consideraciones. Al hacerlo, ha distorsionado su objeto de estudio y se ha abierto a la explotación a manos de la ideología del laissez-faire.

Lo que permite convertir la teoría económica en una ideología hostil a la sociedad abierta es su premisa del conocimiento perfecto—al comienzo postulado abiertamente y luego de modo disfrazado como ardid metodológico. Puede presentarse un caso poderoso a favor del mecanismo del mercado, pero no es que los mercados sean perfectos; es que en un mundo dominado por una comprensión imperfecta, los mercados proveen un mecanismo eficiente de retroalimentación para evaluar los resultados de las propias decisiones y corregir errores.

Cualquiera sea su forma, la pretensión de conocimiento perfecto contradice el concepto de sociedad abierta, que reconoce que la comprensión de nuestra situación es inherentemente imperfecta.

George Soros

____________________________________________________________

 

Share This: