por Luis Enrique Alcalá | Ago 22, 2006 | Fichas, Política |

LEA, por favor
La Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad del Zulia cumplía treinta y cinco años de fundada en el año de 1994. Para esa ocasión, su Escuela de Comunicación Social organizó un coloquio sobre el tema «El comunicador necesario», con el objeto de discutir el enfoque primario en la formación de comunicadores. El punto central del debate era si debía formarse a un comunicador generalista o a un especialista.
El coloquio se celebró los días 19 y 20 de mayo de 1994, y tuve la suerte de participar en él como expositor inaugural. La Ficha Semanal #107 de doctorpolítico contiene el texto de mi intervención. Aunque su argumentación estaba concretamente dirigida a discutir sobre la formación del comunicador social en los albores del siglo XXI, exactamente la misma argumentación del texto puede hacerse para la formación superior inicial de cualquier universitario, y específicamente puede argumentarse—una opción a favor del generalista—en el caso de la formación del político. En 1990 el suscrito había compuesto un estudio sobre la calidad de la educación superior en Venezuela, donde observaba cosas como la siguiente:
«El sistema educativo tiene… una estrategia para protegerse de la obsolescencia de los conocimientos especializados. Luego de la carrera universitaria habitual, ofrece niveles cada vez más especializados y profundos: master o magister, doctorados, postdoctorados. Pero también se hace obsoleta la concepción general del mundo, de eso que los alemanes llaman Weltanschauung. Y para esto no existe remedio institucionalizado… Los norteamericanos tienen una estrategia de educación superior diferente a la de nuestras universidades, copiadas del estilo francés. Luego de lo que sería equivalente a nuestra escuela secundaria, su high school, el alumno norteamericano que ingresa a la universidad todavía debe pasar cuatro años de una educación de corte general. En sus colleges, pertenecientes a una universidad que también ofrece «estudios de graduados» (master en adelante), o en colleges independientes, los alumnos continúan en la exploración general del universo. Si bien ya se les facilita la expresión de intereses particulares, a través de un campo que enfatizan como un major, la salida es la de un grado de Bachellor in Science o de Bachellor in Arts, que refleja una gruesa división análoga a la de nuestros bachilleres en ciencias y en humanidades. Pero con una enorme diferencia. El tiempo dedicado al aprendizaje general es marcadamente superior en el bachellor estadounidense que en el bachiller venezolano. La edad en la que el bachellor debe escoger finalmente un campo de profesionalización es más madura que la que exhibe nuestro típico bachiller de 17 años. Luego, en dos años tan solo que toma el master de profesionalización, se obtiene un profesional capaz y más consciente de su papel general en la sociedad. La solución general al problema descrito debe pasar por la institucionalización en Venezuela de un sistema similar al del college norteamericano».
El coloquio de la Escuela de Comunicación Social de la Universidad del Zulia fue un evento refrescante y muy satisfactorio. Entre sus actividades se incluyó un concierto de la Orquesta Sinfónica de Maracaibo en memoria de Sergio Antillano, periodista y maestro de periodistas que había fallecido recientemente. La orquesta ofreció una brillantísima exposición de su pièce de résistance de esa noche: Las difíciles «Metamorfosis Sinfónicas sobre un tema de Carl Maria von Weber» de Paul Hindemith. Comunicación y arte son hermanas de gran vigor en la culta Maracaibo, y esa noche volvieron a estar juntas en el hermoso Museo de Arte Contemporáneo de Maracaibo que creó Lya Bermúdez, reconocida con justicia, este mismo año de 2006, con el Premio Nacional de Artes Plásticas.
LEA
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Comunicador, político, médico general
Desde que escuché en la voz noble de Ana Irene Méndez la idea de este coloquio que celebra los 35 años de la Facultad de Humanidades y Educación, pensé que el tema y el concepto del mismo eran la expresión de una decisión producto de cerebros inteligentes. Aquellos indican que esta Facultad, que sin la comunicación no sería una institución universitaria, quiere repensar qué comunicación necesitamos y cuál es, en consecuencia, el comunicador necesario. Que me hayan invitado, además, a disertar de primero sobre un tema que me es tan placentero, la dialéctica de lo general y lo especial, sugiere una mágica conexión: con esta tierra, con esta gente. Es un grandísimo honor para mí, un motivo de íntimo orgullo, abrir este interesantísimo coloquio de la Facultad de Humanidades y Educación. Y como eran Ana Irene y Nerio quienes me invitaban, la excitación del ego se moderaba con la suave sensación de la amistad. Fue un gesto valeroso y conmovedor de Ana Irene, que jamás olvidaré, el que fuese a buscarme a mi casa, pocos días después de que yo cesase en mis responsabilidades de Editor Ejecutivo en el Diario Metropolitano La Columna (por discrepancias con algunos eclesiásticos y un banquero), para invitarme a que hablase a sus alumnos de la Escuela de Comunicación Social, cosa que hice semanas después durante un rato cuya longitud sorprendió a los alumnos, a Ana Irene y a mí.
Es pues el caso de una relación amorosa entre esta Universidad y yo, a la que he venido a conversar, con ésta, seis veces al menos en los últimos cinco años. Yo debiera programar ya mi peregrinación anual a esta Meca lacustre, aunque pensándolo bien, sería estupendo para mí que la frecuencia fuese mucho mayor. La vez anterior ha sido una precursora directa de este coloquio, pues se dio en ocasión de que el Vicerrectorado Académico de la Universidad del Zulia quisiera discutir sobre la reforma de pénsum en esta casa de luz.
Yo he estado, entonces, involucrado en esta tierra en cosas de la comunicación, y he participado en ella en cosas de la educación. Es una fortuna poder estar metido en ambas, en este coloquio, al mismo tiempo.
Las dicotomías son generalmente sospechosas, pues generalmente nada que exista es ejemplo de uno solo de los polos de una dicotomía. Centralización y descentralización, como explicaba Stafford Beer, coexisten en todo organismo biológico viable.
El bien y el mal usualmente cohabitan el alma de la gente, y es difícil encontrar los tipos puros o ideales. A pesar de eso, las dicotomías son útiles modos de discutir sobre la realidad y, en el caso de una orientación generalista o especializante en los procesos formativos y profesionales, esta distinción corresponde a una verdadera disyuntiva.
Desde que García Márquez comenzó una historia por su desenlace en «Crónica de una muerte anunciada», nos hemos acostumbrado a este orden inverso de las presentaciones argumentales. Comenzaré, pues, por declarar muy temprano mi preferencia personal por uno de los dos términos de la dialéctica generalista-especialista. Permítanme hacerlo a través de la relación de un cierto hallazgo pedagógico.
Era el año de 1975 cuando un pequeño grupo de investigadores operaba un experimento educativo, auspiciado por la Fundación Neumann, cuyo propósito ostensible era el de encontrar modos de convertir un mal aprendedor en un buen aprendedor, siguiendo la distinción de Postman y Weintgartner en «La enseñanza como una actividad subversiva».
Una de las varias hipótesis del proyecto de investigación, portador del nombre código de «Proyecto Lambda», era el de que el orden y método general de aproximación a la enseñanza de las distintas disciplinas, tenía mucho que ver con el deplorable rendimiento promedio de los alumnos en casi cualquier universidad venezolana. Es así como uno de los miembros del equipo, profesor de Química en dos universidades caraqueñas, acometió la conducción de un curso en Termodinámica guiado por un esquema secuencial distinto del habitual que, como sabemos, consiste en empezar el primer día por el primer tema de un programa para tratarlo durante varias semanas, para pasar luego al segundo tema por varias semanas más, y así sucesivamente.
En cambio, el Dr. Juan Forster optó por exponer a sus alumnos, en menos de una semana, una visión general del campo de la Termodinámica. Esta disciplina, como toda ciencia, consiste en verdad en una media docena de conceptos clave: energía, calor, entropía, etc. Cada uno de estos conceptos genera un amplio capítulo que se despliega luego con el detalle de los especialistas. Lo que hizo el Dr. Forster, como lo había hecho yo un año antes con alumnos de la Escuela de Educación de la Universidad Central de Venezuela, fue mostrar a sus alumnos una temprana visión desde la cima, lo que permitió a éstos percibir la arquitectura del campo y entender las relaciones generales entre los conceptos fundamentales del territorio termodinámico. A continuación, readoptó el método convencional de la explicación detallada secuencial.
El hallazgo fue el siguiente: los alumnos sujetos a esta experiencia no sólo mostraron un rendimiento superior en sus calificaciones académicas en comparación con los alumnos de un curso tradicional de Termodinámica, sino que aventajaron considerablemente a estos últimos en materia de tiempo. Cuando el curso llegaba al mes de abril de 1976, sus alumnos del curso piloto llevaban una ventaja de casi dos meses sobre los alumnos del curso regular, y al mes siguiente habían concluido el programa, lo que les dio tiempo suficiente para repasar con holgura lo ya visto.
Es decir, la percepción global del campo estudiado desde el mismo inicio de la experiencia, aumentó considerablemente la eficiencia pedagógica.
Esta experiencia, junto con sesgos personales que admito, me hacen un decidido partidario de los generalistas, sin que por eso desconozca que los especialistas son necesarios y tienen un grande e indudable valor. Si yo hubiera completado la carrera de Medicina que llevé hasta la mitad, habría escogido ser un médico internista general, y seguramente opté al final por la Sociología en razón de la generalidad de este campo. Así que admito un marcado sesgo personal a favor de una formación de orientación general. Que este enfoque no es sostenible para muchos casos de carreras y profesiones, es definitivamente obvio. Pero que para el caso de la enseñanza de la Comunicación Social la estrategia adecuada es la que enfatiza la formación general, es la tesis que intentaré sustentar en lo que sigue.
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Preguntarse hoy por el comunicador necesario, en este Coloquio de la Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad del Zulia, no debe ser un ejercicio insensible a la historia, intemporal, sin referencia o intención respecto de la época actual y de la que ya se avizora en el futuro con bastante claridad. Pienso en cambio que queremos inquirir por el comunicador necesario en esta bisagra de edades que viene siendo el fin de milenio que nos aloja. Por eso tiene pertinencia que establezcamos los rasgos sobresalientes de esta transición histórica, a fin de pensar acertadamente sobre la formación del comunicador necesario.
En el espacio del que dispongo destacaré solamente dos de los múltiples rasgos de la época actual, de este cierre y esta apertura de siglo y de milenio, que en particular me parecen pertinentes al dilema que se me ha encomendado comentar.
El primero de estos rasgos tiene una relación muy directa y esencial con los objetivos de una escuela de Comunicación Social, y es que estamos asistiendo a una brusca expansión del tejido nervioso societal, que no es otro que el tejido comunicacional: satélites, computadoras, módems y telefacsímiles, sensores remotos, fibras ópticas, telefonía celular, medios de almacenamiento compactos y compresión de la información.
Así como la embriología comparada muestra cómo es que el desarrollo de un sistema nervioso progresivamente cefalizado es el signo del crecimiento y humanización de la conciencia, así el desarrollo de la esfera comunicacional, a escalas inéditas de planetización, introduce toda una mutación histórica cualitativa y cuantitativamente insólita, por lo que no sé qué mosca ha llevado a Fukuyama a declarar el fin de la historia. Ahora es cuando la historia verdaderamente comienza.
Por un lado, pues, este desarrollo de las redes de comunicación a escalas imprevistas—salvo para algunos observadores privilegiados como Pierre Teilhard de Chardin—determina una situación radicalmente nueva y exige la presencia de un comunicador que se entienda a sí mismo como miembro de una función planetaria.
Permítanme confiar a Uds. lo que creo fue la variable crucial en el éxito del Diario Metropolitano La Columna entre septiembre de 1989 y abril de 1990, lapso que especifico y acoto porque entiendo que muchas cosas cambiaron en ese periódico a partir de esa última fecha.
De todos los posibles aciertos que el equipo de proyecto tuvo, seguramente fueron las hipótesis acerca del lector de Maracaibo lo que determinó el logro alcanzado. Eran dos las hipótesis: la primera establecía que el lector de Maracaibo es un lector inteligente, que prefiere que se le eleve y no que se le chabacanice. Pero la segunda era aún más importante: y esta fue la hipótesis que nos guió a dirigirnos a ese lector en tanto ciudadano del mundo. Ya no pensar en el lector maracaibero como el eterno sojuzgado del centralismo caraqueño, sino como ciudadano del mundo, parte integral de la conciencia del mundo, responsable por el planeta entero.
En cuanto el lector de Maracaibo entrevió esa verdad, en cuanto supo que su casa era el planeta, desbordó su lealtad en favor de un periódico que lo entendía de ese modo. Eso ya es historia: entre septiembre de 1989 y febrero de 1990, La Columna pasó de una circulación de cero a una de 49.700 ejemplares diarios de circulación pagada y dos meses más tarde se hacía acreedor al Premio Nacional de Periodismo.
El ámbito planetario, pues, hoy en día una realidad tan pronta e inmediata como el localismo más extremo, exige un comunicador de visión y vocación universales.
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Pero junto con este rasgo crucial de la época, observamos otro igualmente marcador. La época que nos toca habitar es singularmente difícil porque en ella se produce la crisis de tantos paradigmas que es propio hablar de toda una metamorfosis de la episteme general.
Obviamente, empleamos el término paradigma en el sentido que le dio Thomas Kuhn en «La estructura de las revoluciones científicas», y el concepto de episteme según la noción desarrollada por Michel Foucault en «Las palabras y las cosas».
El siglo XX se inicia, en términos epistémicos, con una ruptura paradigmática en el propio año de 1900, cuando Max Planck introduce el concepto de discontinuidad de la energía calórica. A partir de allí, Einstein generaliza en 1905 la noción de quanta a todas las manifestaciones de la energía e introduce el modelo de la relatividad, que en 1916 incluye ya una teoría de lo gravitatorio que sustituye sin destruirlo al esquema newtoniano; en 1921 Ludwig Wittgenstein busca establecer los límites del pensamiento mismo; en 1927 Werner Heisenberg postula su principio de indeterminación; en 1931 Kurt Gödel anuncia a los matemáticos que más allá de cierto punto de riqueza semántica un sistema matemático será forzosamente inconsistente.
Esta revolución en la física continúa vigente, como siguen en despliegue asombroso los nuevos ríos epistémicos de la biología: la genética como ingeniería, la ecología.
Y lo mismo ocurre en las ciencias de la acción humana, como la política, y más allá de cada una de estas disciplinas la ciencia de lo complejo, de lo caótico, produce verdaderas rupturas y reacomodos de la episteme: el contenido total de lo pensable por esta época.
Es así como estamos asistiendo, Sr. Fukuyama, a una nueva época, a una nueva edad de la historia. Cuando aprendíamos Historia Universal en la escuela primaria nos enseñaban a dividirla en dos eras, la Prehistórica y la Histórica, y a dividir a la vez a ésta en cuatro edades: Antigua, Media, Moderna, Contemporánea. Pues bien, es tiempo de que tomemos conciencia de que estamos, no ya cerrando un siglo, no ya cerrando un milenio y abriendo otro, sino en el mismo comienzo de una nueva edad de la historia, la que me atreveré, en este auditorio de la Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad del Zulia, a bautizar con un nombre: la Edad Compleja.
Ante esta vastísima e intrincada metamorfosis no hay mejor o más inteligente estrategia que la búsqueda de una formación general más rica y avanzada, más modernamente orientada, que la que obtiene el venezolano que cursa los estudios de bachillerato. Intentar dominar esa transformación desde una profesionalización excesivamente temprana, a partir de la base clásica que determinan los actuales programas de educación secundaria en Venezuela, es una tarea imposible.
Nuestro bachiller, nuestro mejor bachiller, es una cabeza clásica, formada en la física de Newton, detenida en el tiempo histórico del siglo XIX. El énfasis es puesto en lo canónico, en lo clásico, en el pensamiento antiguo. Se privilegia a Platón, a Hobbes, a Dalton, a Darwin, mientras se regatea la noticia sobre Einstein, Gell-Mann, Mandelbrot o Prigogine.
Es preciso impartir instrucción sobre el trabajo de los más recientes pensadores, y si en algún caso esto es más necesario es en el caso de la formación del comunicador social. Naturalmente, el adiestramiento en las más modernas herramientas de la comunicación es tarea imprescindible. No es correcto graduar comunicadores de la prehistoria informática. Pero tal vez sea más esencial, junto con la enseñanza del análisis textual y la redacción y la edición, junto con la información sobre los medios—que ahora se confunden y solapan en el concepto de multimedia—programar una educación intensa y general del estudiante en el borde mismo de la episteme actual.
Esta es una misión que debiera cumplir el sistema de educación superior, no una escuela de Comunicación Social. Pero nuestras universidades están estructuradas de forma tal que lo que enseñan—en la mayoría de los casos—es una profesión que ha dejado atrás, a la responsabilidad de la educación media, esa formación general.
Tal vez entonces, una escuela como la Escuela de Comunicación Social de la Universidad del Zulia pueda acometer un reacomodo de su pénsum de estudios que sirva de modelo al resto de la Universidad, tomando sobre sí una responsabilidad que, en principio, no corresponde a una escuela de profesionalización. En ese caso, las estrategias de compresión y aceleración de la formación general serían muy útiles. Un diseño mínimo comprendería una cátedra de estudios generales a lo largo de la carrera, junto con un programa de formación de profesores de la Escuela con una óptica generalista, que en todo caso siempre sería necesario. Mi recomendación precisa se restringiría, entonces, a la incepción de este programa de actualización o formación de profesores. Con unos profesores actualizados en la episteme de este fin de siglo sería más productivo un debate interno acerca de la reforma del pénsum de Comunicación Social, así como fluiría más naturalmente, insertado en cada instancia particular, en cada materia y actividad de la carrera, el «bachillerato superior» que nos está haciendo falta.
Que esto es posible dentro de la Escuela de Comunicación Social, dentro de esta Facultad de Humanidades y Educación que ha arribado a su trigésimo quinto aniversario, es acto de fe que ofrezco junto con mi entera disposición a contribuir a su conversión en realidad.
LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Ago 17, 2006 | LEA, Política |

No parece auspicioso para un partido político relativamente recién nacido exhibir fuertes divisiones en su seno. Que un grupo de importantes dirigentes de Primero Justicia desconozca a las autoridades del partido—o a sus decisiones—no augura nada bueno para una organización que, al decir de Carlos Ocariz y sus muy precisos cálculos, aportará exactamente 3.963.008 votos, ni uno más ni uno menos, a la candidatura de Manuel Rosales.
En la sala Ana Julia Rojas del Ateneo de Caracas, Ramón López, Gerardo Blyde, Liliana Hernández, Leopoldo López, Ramón José Medina y Delsa Solórzano, declararon, por boca del primero (Coordinador General de Primero Justicia en Caracas), que desconocerán «a aquellos que arbitraria e ilegítimamente pretenden conducir al partido de espaldas a la militancia y a las bases. No reconocemos sus decisiones e instrucciones». Se referían, primariamente, a Julio Borges, y a la decisión de separar a Blyde de la Secretaría General del partido.
No se trata de militantes cualesquiera. Además de que Ramón López es autoridad partidista, Liliana Hernández y Ramón José Medina, venida una de Acción Democrática y el otro de COPEI, han sido dirigentes emblemáticos—otrora diputados de la Asamblea Nacional—así como lo han sido el más vistoso de la pareja de alcaldes justicieros, Leopoldo López, Delsa Solórzano—ex consultora jurídica de la Coordinadora Democrática—y nadie menos que Gerardo Blyde, hasta hace nada Secretario General de Primero Justicia. (Blyde, que es persona en extremo inteligente, saltó a la notoriedad en 1999, cuando un recurso suyo ante la extinta Corte Suprema de Justicia forzara una nueva redacción del decreto de Chávez para un referendo consultivo sobre la elección de una asamblea constituyente. Luego jugaría por un tiempo como segundo de Alberto Franceschi—ex diputado constituyente, ex militante de Proyecto Venezuela y de Acción Democrática, ex trotskista—en la idea de constituir una nueva fuerza política, antes de sumarse a las filas de Primero Justicia).
Esta división viene preparándose desde hace un buen tiempo. Ya el año pasado Julio Borges conjuró un alzamiento de la misma fracción con ayuda de los secretarios regionales de Primero Justicia. Se exigía al partido elecciones de base para relegitimar sus autoridades y Borges logró posponerlas para 2007. Ahora irrumpe el cisma sobre líneas políticas, y Blyde ha sido acusado de abstencionista. Para desmentir tal especie, el grupo reunido en el Ateneo anunció su apoyo a la candidatura de Rosales.
También antes de estos más recientes incidentes, una competencia entre Borges y Leopoldo López por la candidatura presidencial de Primero Justicia se había hecho notar. Entre el 10 y el 23 de septiembre de 2005 Alfredo Keller había levantado los datos de encuesta cuyos resultados fueron conocidos poco después. Al preguntar por nombres de personas que fuesen reconocidas como líderes, Julio Borges fue mencionado por el 40% y Leopoldo López, demasiado cerca, por 39%.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Ago 17, 2006 | Cartas, Política |

Los extremos se tocan, es dicho que se aprende temprano. Esto es, los dos lados de una polarización se parecen, usan procedimientos parecidos, actúan de forma similar. En su época, Georg Wilhelm Friedrich Hegel destacaba cómo los más encarnizados enemigos, a través de la lucha, terminaban pareciéndose entre sí. Este fenómeno permitió que, a comienzos de 2004, la psicóloga jungiana Magaly Villalobos presentara una ponencia ante un congreso de su disciplina, en la que describía la generación de discursos mitológicos por parte del polo gobiernero y el opositor. (Desde el animismo marialióncico y santero del gobierno hasta la involucración de la Virgen María—que incluyó estampitas blandidas por Gente del Petróleo—por parte de la oposición radicalizada). La Dra. Villalobos tituló su ponencia Caimanes de un mismo caño.
Esta semana puede compararse las emisiones de dos de estos caimanes: Ricardo Estévez, directivo de Súmate, y Tibisay Lucena, Presidenta del Consejo Nacional Electoral. Pudiera hacerse, incluso, el análisis gestual, el cotejo de sus lenguajes corporales, pero atengámonos al contenido de sus discursos. Veamos primero las pontificales declaraciones de Estévez.
El representante de Súmate (según registra El Universal) declaró que «no se han (sic) asegurado ninguna de las condiciones indispensables» para una elección presidencial transparente y confiable el próximo 3 de diciembre. Al aclarar que Súmate sólo exigía el cumplimiento de la ley, acusó al organismo electoral de no haber «comunicado al país que realmente está pensando en cumplir la ley de cara a este proceso electoral». Una revisión de la legislación electoral, sin embargo, no consigue ningún artículo en el que se prescriba que el Consejo Nacional Electoral deba «comunicar al país» que realmente piensa cumplir la ley. (Más allá de los juramentos de ley que cada funcionario hace al asumir su cargo). Si a ver vamos, la Alcaldía de Chacao tampoco ha comunicado tal cosa a los habitantes de ese municipio.
La implicación oculta, por supuesto, es que si el organismo electoral no comunica al país que «realmente está pensando en cumplir la ley» es porque realmente no está pensando en cumplir la ley. Estévez pudiera pasearse por el siguiente hecho: Súmate tampoco ha comunicado al país que realmente esté pensando en cumplir la ley «de cara a este proceso electoral».
Luego Estévez propuso—en nombre de Súmate, naturalmente, aunque Estévez no certificó que la ONG esté pensando realmente en eso—la creación de un «comité de seguimiento técnico» conformado «realmente—éste debe ser el adverbio favorito de Estévez—de manera plural, es decir, tanto por organizaciones asociadas al oficialismo como a la oposición». Y entonces dice: «Hasta ahora lo que hemos visto por parte del CNE es que no tiene la más mínima intención siquiera de conformar ese comité», no sin agregar que Súmate «sólo participaría si se garantiza una conformación balanceada con los distintos actores».
Un nuevo examen de las leyes y disposiciones electorales del país no consigue, de nuevo, la estipulación de un tal «comité de seguimiento técnico», por lo que la acusación se reduce a criticar al CNE por no tener «la más mínima intención» de constituir algo que no está contemplado en la ley. (Que es lo que supuestamente Súmate «exige»). Es, por otra parte, difícil de entender cómo alguien puede ser responsable de no tener la más mínima intención, «hasta ahora», de hacer algo antes de que sea propuesto. (De paso, Estévez da por sentado que si el tal «comité de seguimiento técnico», no contemplado en la ley, es finalmente creado, entonces Súmate debe ser invitada a conformarlo y de una vez regaña y advierte que no participará sino en tales o cuales condiciones).
Más adelante, para abonar a su tesis de que «ninguna» de las condiciones esenciales a un proceso electoral confiable están dadas, Estévez cuestionó la auditoría practicada al Registro Electoral en los siguientes términos: «Ocurrió lo que habíamos alertado desde un principio, que ese estudio es tan superficial que simplemente no responde lo que todos los venezolanos nos estamos preguntando, que es si los electores que están en el RE realmente existen». (Esto a pesar de que El Universal reporta: «Aclaró que conocieron los resultados de la investigación a través de la presentación del informe hecho público la semana pasada, si bien aún no han podido revisarlo en detalle»).
Apartando el hecho de que nadie puede afirmar seria y responsablemente qué es «lo que todos los venezolanos nos estamos preguntando», Estévez deja de mencionar los resultados de la opinión conjunta de la Universidad Central de Venezuela, la Universidad Simón Bolívar y la Universidad Católica Andrés Bello, reportada acá el 20 de julio en el #195 de la Carta Semanal de doctorpolítico: «La discrepancia entre valores observados y esperados permite inferir que una importante proporción de los datos de los electores contenidos en el RE tiene errores al menos desde 1998… Las estructuras por edad del RE y Proyecciones de Población, tanto a nivel nacional como por entidad federal, son consistentes… Se hicieron pruebas de consistencia de las estructuras de esas dos poblaciones aun corrigiendo los problemas con los grupos extremos y los resultados mejoran, no obstante que la significación de las pruebas con los datos sin corregir ya era bastante aceptable… No se observaron evidencias de que exista correlación entre errores y preferencias políticas en eventos comiciales nacionales… Los resultados sugieren que los errores no parecen estar relacionados con la intención del voto en un evento comicial presidencial», etcétera. (Destacado nuestro).
Pero Estévez, aunque «no ha podido revisarlo en detalle», sugiere que pudieran no existir los electores que están en el registro electoral. (Por mi parte, puedo certificar que me encuentro debidamente anotado en ese registro, y que he practicado reiteradamente el cartesiano cogito ergo sum, estableciendo que sí existo. Es de suponer que Estévez está en la misma condición, pues en caso contrario ya lo habría dicho: él, Alejandro Plaz, María Corina Machado, aparecen en el registro y también existen y votan, a juzgar por hechos públicos, notorios y comunicacionales). Mantenida la ubicación correcta de la carga de la prueba, no es que el CNE debe demostrar que 17 millones de electores inscritos en el RE existen en realidad, sino que Estévez o Súmate tendrían que demostrar que ciertos electores registrados realmente no existen. (Y según la peculiar construcción de Estévez debieran demostrar la inexistencia de 17 millones de personas).
Pero todavía añade Estévez, según reporta El Universal: «Asimismo, dijo que aunque el conteo total de las boletas de votación está garantizado en la Ley Orgánica del Sufragio y Participación Política, el CNE no se ha pronunciado sobre esa materia». Acá Estévez parece sugerir que el CNE planea no realizar el conteo total de las boletas, pero en realidad lo que insinúa es que este conteo debe hacerse manualmente, o que la ley exige que se abra la totalidad de las cajas con tales boletas para cotejarlas con las actas de votación.
En ninguna parte dice la ley tal cosa. El Artículo 154 de la Ley Orgánica del Sufragio y Participación Política dice: «El proceso de votación, escrutinio, totalización y adjudicación será totalmente automatizado». (Establece un proceso manual para aquellos casos en los que tal automatización no sea posible «por razones de transporte, seguridad, infraestructura de servicios». Es por tal cosa que Acción Democrática prometió, a comienzos de año, que introduciría, «por iniciativa popular», un proyecto de reforma de la Ley Orgánica del Sufragio y Participación Política, el que por cierto tendría que ser discutido por una Asamblea Nacional que AD—que no ha introducido el tal proyecto—considera deslegitimada).
También, por supuesto, hizo Estévez una referencia a la auditoría de la elección. Dice El Universal: «Sobre las auditorías, el directivo de Súmate dijo que aunque se ha hablado del porcentaje de votos que será auditado no se ha precisado cómo se realizará. ‘Lo más importante de la auditoría en caliente es saber qué se va a hacer con los resultados de esa auditoría. Si los resultados de la auditoría son distintos a los resultados emitidos por la máquina de votación, ¿qué va a pasar con los resultados reales?’, explicó».
Ya que Súmate-Estévez (no confundir con Sumito Estévez) exige al CNE el cumplimiento de la ley, he aquí lo que dice la ley sobre el punto (Artículo 168): «El proceso de escrutinio será mecanizado… Cualquiera sea el sistema de escrutinio mecanizado que se adopte, el mismo deberá ser auditable». No se encuentra en la ley especificación alguna acerca de la temperatura de auditorías, y por lo que respecta a lo que va a pasar «con los resultados reales», la ley tiene amplias y expresas disposiciones relativas al procesamiento de impugnaciones de los actos electorales. Estévez pudiera contestarse a sí mismo su pregunta leyéndola, sin necesidad de convocar a rueda de prensa para decir tantas pistoladas juntas. Que cumplen el propósito, naturalmente, de remachar la matriz de opinión que procura establecer: que las elecciones de diciembre serían inválidas, con la esperanza de extraer de tal cosa una «crisis de gobernabilidad».
El punto final de su intervención, según registran los medios, fue una cuña publicitaria de su organización: «Además, Estevez informó que están dispuestos a asesorar técnicamente a Manuel Rosales, como a cualquier otro candidato que lo requiera, sin perder su independencia». (El Universal). «Súmate declaró que mantiene su independencia e interactuará (con) los candidatos, brindará asesoría y dará recomendaciones al candidato Manuel Rosales sobre las condiciones, así como cualquier otro aspirante, incluso al chavismo». (Globovisión).
Claro, Súmate se encuentra técnica y formalmente desempleada. Reducida a la condición de buhonera una vez que fracasara estrepitosamente en su proyecto de elecciones primarias, paga ahora avisos para asegurar que «construye democracia» y se ofrece como consultora. Técnica, of course.
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Del otro lado del mismo caño también hay caimanes, y uno en particular es hembra. La Gran Caimana Tibisay Lucena ha terciado en el debate sobre el empleo de las benditas máquinas captahuellas. («Cazahuellas», de acuerdo con otra terminología). Saliendo al paso de observaciones muy pertinentes del rector Vicente Díaz, Lucena ha declarado: «Es imposible que los electores declinen emplear las captahuellas. Está establecido en la ley. Incluso en la norma constitucional que señala que uno de los principios fundamentales del Poder Electoral es la celeridad del voto y de una vez abre el desarrollo que luego se hace en la Ley Orgánica del Poder Electoral e incluso en la Ley Orgánica del Sufragio y de Participación Política, donde todos los procesos electorales son automatizados en cada una de sus fases». (El Universal).
La rectora-caimana-presidenta está peladísima. Es verdad que, como se ha apuntado, «El proceso de votación, escrutinio, totalización y adjudicación será totalmente automatizado». Pero exactamente la misma ley que prescribe tal cosa establece explícita y específicamente un procedimiento para la debida identificación de los electores a la hora de votar. Dice así el Artículo 159 de la Ley Orgánica del Sufragio y Participación Política: «El Consejo Nacional Electoral definirá el procedimiento del acto de votación, el cual tomará parte del Reglamento General Electoral, y estará enmarcado en los siguientes principios: 1. Se dejará constancia de la identidad de los electores que se presenten a votar en el Cuaderno de Votación, mediante la impresión de su huella dactilar y su firma, la cual se comparará con la firma impresa en la Cédula de Identidad, a menos que exista alguna imposibilidad física o intelectual, de su parte, para dar cumplimiento a esta norma, con antelación a su votación».
Esto es, lo que la ley exige—la misma que establece la automatización—es que los ciudadanos impriman su huella dactilar en el cuaderno de votación; en ningún caso establece que tal huella deba ser examinada por ninguna máquina. Así que perfectamente los ciudadanos podemos negarnos a registrar nuestra huella por cualquier medio distinto del mero cuaderno de votación.
Por lo que respecta a la Ley Orgánica del Poder Electoral, en ella no se encontrará por ninguna parte la palabra «huella». Existe sí, una mención a la cédula de identidad de los electores cuando describe las funciones de la Oficina Nacional de Supervisión del Registro Civil—que estará dirigida, en redacción perogrullesca, por un Director o Directora. (De libre nombramiento y remoción)—y que deberá (Artículo 63): «4. Supervisar y fiscalizar el proceso de tramitación y expedición de las cédulas de identidad y pasaportes, vigilando que se cumpla correcta y oportunamente». Más nada.
En el país de Tascón, con un sistema que—según comprobó Leopoldo González, del mismo Grupo La Colina al que pertenece Vicente Díaz, en Fila De Mariches—es capaz de guardar en sus bancos de memoria la secuencia de la votación, en procesos electorales en los que la diputada Iris Varela se da el lujo de amenazar a los empleados públicos que no vayan a votar sin que sea objeto de sanción alguna, la Presidenta del Consejo Nacional Electoral no puede ignorar el terrible efecto de distorsión que las máquinas captahuellas introducen. Mucho menos puede alegar deshonestamente que las mismas están prescritas por la ley.
En resumen, lo aducido por Estévez y Lucena sólo se explica a partir de dos hipótesis alternas: que son intelectualmente deshonestos y manipulan a conciencia, o que, simplemente, son muy brutos.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Ago 15, 2006 | Fichas, Política |

LEA, por favor
En diciembre de 1984 la Constructora Nacional de Válvulas, cuyo presidente era Andrés Sosa Pietri, editó el primer número de su revista Válvula, que estuvo dedicado al tema de la integración de las naciones de origen ibérico. El número fue construido con el texto inédito de una conferencia de don Arturo Úslar Pietri en Santa Cruz de Tenerife y, para mi inmenso honor, un artículo que completé a tiempo para entrar a imprenta.
La Ficha Semanal #106 de doctorpolítico se compone con un fragmento de la conferencia de Úslar (La comunidad hispánica en el mundo de hoy) y un trozo del artículo del suscrito. (La verdad que ya no podemos eludir). Ambos se refieren al hecho del idioma como gran determinante de la macropolítica. (En general, los dos textos coincidían en sus líneas principales, al prescribir la unión política de los pueblos ibéricos).
Es una resentida línea de la revolución chavista—con eco en el discurso de Evo Morales—el rechazo al hecho fundamental del Descubrimiento de 1492. Acá se tumba la estatua de Colón y se desmantela la réplica de la carabela Santa María en el Parque del Este de Caracas. En Bolivia Evo Morales habló de unas cuentas por cobrar que resarcirían cinco siglos de genocidio español. Pero Ni Chávez ni Morales son capaces de pensar el mundo de hoy si no lo hacen en español.
La Carta Semanal #60 (30 de octubre de 2003) de doctorpolítico hacía las siguientes observaciones:
«…incluso para decir barrabasadas Evo Morales y Hugo Chávez emplean el español, piensan en español, piensan español. Si fuesen lógicamente consistentes Morales debiera amenazar en quechua y Chávez despotricar en pemón. Debieran negar sus nombres, pues Morales no es apellido inca ni Chávez es caribe. Debieran resistir los micrófonos y las cámaras, puesto que son de marca Sennheiser o Ikegami, en lugar de modelos Paramaconi XC o Atahualpa Special Edition…
Si al encuentro de la civilización occidental con una miríada de tribus por su mayor parte dispersas y enemistadas entre sí, éstas ‘aportaron’ un continente físico que de todos modos les quedaba grande, los españoles en Hispanoamérica contribuyeron precisamente con eso, con civilización. No hay manera de que Chávez siquiera formule una sola idea si no es a partir de los hechos de Losada o Garci González de Silva…
Naturalmente, en la cosmogonía Morales-Chávez los aborígenes del continente eran seres angélicos, intocados por la maldad que, como viruela, trajeron los españoles. ¿Cuántas muertes, cuántos genocidios conoció nuestro condominio continental antes de que a la Reina Isabel se le ocurriera financiar con sus joyas la atrevida aventura de Colón? La palabra makiritare significa sencillamente ‘hombre’, por lo que estaba implicado que ninguna otra tribu era humana. Por eso los maquiritare decían waika o ‘infrahumano’ a los yanomami, a quienes procuraron exterminar. Sostener que España vino a fregar la existencia a un idílico universo de hombres buenos y felices es una colosal tontería, pues antes del Descubrimiento estas tierras vieron la sangre que los humanos sabemos verter en toda latitud y toda época».
LEA
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Se piensa español
DE «LA COMUNIDAD HISPÁNICA EN EL MUNDO DE HOY»
Hoy los hombres que hablamos el español como lengua materna pasamos de doscientos millones de personas y vamos a ser seguramente trescientos y tantos millones de personas para el año 2000. Si a eso añadimos los lusoparlantes, de los que nos separa prácticamente un matiz de lenguaje, seríamos hoy trescientos millones y el año 2000 quinientos o seiscientos millones de seres humanos, que es bastante más que los millones de angloparlantes que no van a crecer al mismo ritmo y que, desde luego, ya en ese terreno no se pueden comparar con ninguna otra colectividad de pueblos.
¿Por qué no se pueden comparar, me dirán ustedes? Y se los voy a decir: porque la lengua española—o la lengua portuguesa en este mundo ibérico—no es una lengua superpuesta sino que es una lengua compartida. Cuando uno toma las estadísticas encuentra que en ellas, que generalmente están hechas de un modo objetable y a veces no del todo inocente, aparecen como las mayores lenguas del mundo: el chino, con 800 millones; el inglés con 369; el ruso con 246 y el español con 200.
Estas cifras no son exactas, o lo que significan no es lo que parecen significar. En primer lugar, no es cierto que 800 millones de seres humanos hablen chino, no se habla chino en toda la China; la lengua de Pekín, el mandarín, se habla en una pequeña parte de la China, de tal modo que un habitante de Pekín no puede ir a Cantón y hacerse entender hablando y eso ocurre en toda la extensión de China. Lo que los unifica es algo providencial, es que tienen una escritura ideográfica y no una escritura fonética. Si fuera fonética los dividiría, en cambio el ideograma lo leen los chinos de todas las lenguas sin dificultad ninguna, porque el signo que significa casa lo entienden todos, aun cuando al leerlo emitan una voz totalmente distinta.
O el caso del inglés: si uno suma la población de la Gran Bretaña, la de los Estados Unidos, la del Canadá, la de África del Sur, la de Australia y Nueva Zelanda, llegaríamos a esa suma como lengua materna. El caso del ruso es semejante; la Unión Soviética tiene 246 millones de habitantes, pero la mayoría de ellos no lo tienen como lengua materna. El ruso es lengua materna de sólo una parte de la Unión Soviética. En la Unión Soviética se hablan más de 100 lenguas y se publican libros en más de 70 de ellas. El ruso es una lengua de comunicación para la mayoría, una lengua de cultura superpuesta a las lenguas locales y nacionales que tienen.
Si eliminamos el chino porque no es una lengua común de 800 millones de seres, y eliminamos el ruso, después del inglés con 369 millones, el español es la segunda lengua del mundo. Lo hablamos hoy cerca de trescientos millones de habitantes y lo van a hablar dentro de 15 años muchos más, y si sumamos a esto el mundo lusoparlante constituimos una familia de pueblos casi lingüísticamente unida, que representará dentro de quince o veinte años 500 o 600 millones de hombres.
Éste es un hecho muy importante; estoy hablando con ustedes una lengua que no me es extraña, que es mi lengua materna, que es tan materna para mí como para el hombre de Valladolid o para el de Buenos Aires o para el de Méjico. No tengo otra, las otras que tengo las he aprendido como lenguas auxiliares, de comunicación. El español no es una lengua de comunicación para mí, es mi lengua, por más que la pronuncie de un modo distinto, por más que emplee algunas palabras que en otras regiones hispanoparlantes no me las entienden como yo no entiendo muchas de las que dicen en otras partes.
Pero fundamentalmente yo creo que esta tarde, aquí no tenga ningún problema de comunicación lingüística. Ése es un haber extraordinario, esa unidad lingüística de lengua materna y no superpuesta es única. El francés no es lengua materna en África, es lengua de comunicación. El inglés y el francés se han extendido como lenguas de comunicación.
Esa situación de la lengua es un hecho capital, porque quien dice lengua dice cultura. Es imposible pensar que la divergencia de lenguas que hay en el mundo, y en el mundo existen cerca de diez mil lenguajes diferentes, hayan sido otra cosa que el producto del aislamiento cultural, de la evolución distinta, de pueblos distintos, de circunstancias distintas y por lo tanto expresan un hecho cultural diferente. El hecho de hablar, como lengua materna, una sola lengua doscientos millones de hombres revela que participan de una cultura común, es decir, de una visión común del mundo, de unos valores comunes.
AUP
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DE «LA VERDAD QUE YA NO PODEMOS ELUDIR»
En su edición del 15 de noviembre de 1982, la revista Newsweek publicó un extenso informe especial sobre el tema del idioma inglés como lengua de comunicación internacional. Luego de señalar que después del chino—hablado sólo por los chinos y fragmentado en varios grupos lingüísticos—el inglés es hablado por unos setecientos millones de personas en el mundo entero, pasa a considerar otros idiomas. Dijo Newsweek: «Sólo otro idioma, sin embargo, ofrece un serio reto como lengua para la comunicación mundial: el francés. De acuerdo con las más generosas estimaciones de París, hay 150 millones de francoparlantes en el mundo…» En el resto del artículo el idioma castellano es ignorado por completo.
Curiosamente, la revista eligió olvidar, voluntaria o involuntariamente, a un conjunto de trescientos millones de almas que hablan una sola lengua y que ocupan una extensa zona del planeta que se extiende desde la frontera sur de los Estados Unidos de Norteamérica, se aloja en el continente europeo y alcanza el continente asiático en las Islas Filipinas. Se trata de trescientos millones de personas que hablan español, trescientos millones de personas no tomadas en cuenta por Newsweek.
Han sido los trabajos de Sapir y Whorf los que han destacado con mayor fuerza los diferentes marcos mentales, las diversas metafísicas que los distintos lenguajes imponen a los parlantes. Hay cosas formulables en un idioma que resultan impensables en otro. Se piensa distinto en español que en inglés o en chino. El efecto es profundo y a veces indetectable. Esto significa que hay trescientos millones de personas que piensan parecido porque hablan el mismo idioma: el español.
Los pueblos que hablan español están ligados, por supuesto, por razones históricas. Pero si cada una de las naciones del mundo hispánico no hubiese tenido relación con ninguna otra y hubiese inventado el idioma castellano independientemente, esto bastaría para hacerlas muy similares en enfoques y percepciones de las cosas. Efectivamente, es el lenguaje un fenómeno profundo y radical. Es por esto que, aunque no tuviésemos razones históricas para considerarnos un solo pueblo, la comunidad metafísica del lenguaje nos presenta la unión como la más sensata opción de futuro.
Pues el hecho lingüístico tiene importantes consecuencias para la época que atraviesa ahora la civilización humana. La característica más notable de la próxima fase en la evolución humana estará, como lo confirma una miríada de acontecimientos, asentada sobre el uso intenso y extenso de las tecnologías de comunicación e información. Las formas cotidianas de dominación, por ejemplo, serán las de dominación por posesión de información. La información se superpone a lo económico como lo económico se superpuso a lo militar.
En estas circunstancias, la uniformidad que representa un idioma común es un activo de considerable poder. Para la crisis actual, en la que una excesiva preocupación por el know how, por las señales y por los medios ha desplazado la preocupación clásica por las finalidades, los contenidos y los significados, la emergencia de una nueva realidad geopolítica con un lenguaje común y una inclinación acusada hacia el mundo de los valores representa una esperanza.
Una vieja leyenda alemana afirma que en el origen del mundo había dos clases de hombres: los héroes y los sabios. Cada mañana, los héroes partían a correr las aventuras que les son propias: doncellas que rescatar, castillos que conquistar y dragones que matar. Al final de la jornada encaminaban sus pasos hacia las cuevas que habitaban los sabios—quizás las cuevas de Altamira—para que éstos les explicaran el significado de lo que habían hecho durante el día. Es un esquema parecido al de Hegel, y en todo caso, distante del temperamento español, el que exigiría conocer los significados antes de acometer sus aventuras. Tal vez la historia española se escribe antes de que ocurra.
En 1968, Jorge Luis Borges pasó un tiempo en Cambridge on Charles para enseñar en las aulas de Harvard. Por ese tiempo se le hizo un conjunto de entrevistas muy iluminadoras de su pensamiento. En una de ellas dice diferenciarse de Unamuno en que a éste le angustia la trascendencia y la inmortalidad, mientras que a él, Borges, no le importa si ya no sigue siendo Borges, si no hubiera sido nunca Borges, si no hubiera nunca sido. Es claro que Borges es un redomado mentiroso. Si a alguien le preocupan esas cosas es a Borges, que no cesa de escribir del infinito, de los espejos y de sus dobles. En el fondo, no puede haber hispano a quien no interese la trascendencia. Es de la trascendencia del hombre, esgrimida contra la posibilidad apocalíptica y maniquea de su eliminación, de lo que precisamente se trata.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Ago 10, 2006 | LEA, Política |

Se cae de maduro que la defenestración y sustitución de Alí Rodríguez Araque como Ministro de Relaciones Exteriores tiene que ver con sus malas caras ante los recientes bretes en los que la procaz e irresponsable locuacidad de Hugo Chávez le ha metido. De éstos, el más visible fue el diferendo insultante contra Alan García, pero luego se ha añadido a ése otros incidentes y ocurrencias. Por ejemplo, la reciente alineación de Chávez con Irán y su tratamiento del conflicto del Líbano.
Precisamente al partir a su último y dispendioso viaje, Chávez anunciaba despidiéndose que Rodríguez había sufrido un «preinfarto», a pesar de que la Cancillería aseguraba que todo el caso médico era un malestar pasajero, en comunicado oficial sobre la salud del ahora ex ministro. No es el primer ministro que sufre un patatús mientras gobierna bajo Chávez. (Ignacio Arcaya sufrió lo suyo siendo Ministro de Relaciones Interiores a raíz de los deslaves de Vargas en 1999, como su antecesor «el policía» Izaguirre fue presa de un vahído ante las cámaras de televisión por los días del «caracazo»).
Alfredo Toro Hardy tendrá que seguir esperando por su ansiado nombramiento como canciller. La investidura ha recaído sobre el tirapiedras de Nicolás Maduro, hasta hace nada Presidente de la Asamblea Nacional, y uno de los más descarados aquiescentes de todo lo que diga el máximo líder de la revolución «bolivariana» y «socialista». Maduro es de línea dura, y que se le convoque al Ministerio de Relaciones Exteriores en momentos de campaña electoral—interna y externa, si se cuenta la búsqueda de un puesto en el Consejo de Seguridad de la ONU—emite la clara señal de endurecimiento gubernamental en el campo. Será Maduro—a quien sustituirá Desireé Santos Amaral en la dirección de la Asamblea Nacional—y no Rodríguez quien deba comunicar al embajador israelí la ruptura de relaciones diplomáticas entre Venezuela e Israel de manera oficial.
No hay hasta ahora posición fijada por la comunidad judía nacional ante el desafío de Chávez a Israel. La que sí se ha pronunciado es la comunidad judía argentina, que es sólo segunda tras la norteamericana en el continente. El Presidente de la Delegación de Asociaciones Israelitas Argentinas, Jorge Kirszenbaum, declaró: «Estamos sumamente preocupados por las declaraciones del presidente Chávez, quien hace una comparación, inaceptable para la comunidad judía latinoamericana, de Israel con el nazismo».
¿Habrá calculado Chávez el efecto que esa poderosa agrupación pudiera tener sobre su pana burda Néstor Kirchner?
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Ago 10, 2006 | Cartas, Política |

En su famoso curso de apreciación musical, el inolvidable maestro José Antonio Calcaño hacía referencia a los instrumentos de una orquesta sinfónica. Al tocarle el turno al corno inglés—como un oboe que termina en una boca esferoide, de sonido aun más nasal que éste—comentó que ese instrumento del grupo de las «maderas»—ya no se fabrica de este material—ni era inglés ni era corno.
La organización Alianza Popular, que tiene muy poco de alianza y nada de popular, acaba de terciar en el tema electoral para apoyar lo aprobado por el reciente Comité Directivo Nacional del agonizante partido Acción Democrática: ninguna participación en las elecciones de diciembre de este año. Esto, a pesar de que—observación debida a Luis Alberto Machado—hay al menos dos precandidatos adecos en el actual elenco de actores: Manuel Rosales, que fue dirigente acciondemocratista y ahora quiere refundar—le ha costado mucho trabajo—la socialdemocracia en Venezuela con su movimiento Un Nuevo Tiempo, por un lado, y Benjamín Rausseo, por el otro, quien encarnando al Conde del Guácharo ha admitido que en Monagas, cuando el nació, cada muchachito recibía, junto con su partida de nacimiento, un carnet de Acción Democrática.
El diario El Universal, refiriéndose a declaraciones de Oswaldo Álvarez Paz alineadas con AD, resumió su récipe así: «los venezolanos que difieren del Gobierno Nacional deben armar un frente que defienda la democracia e imponga el respeto de los derechos humanos». En cita directa: «Debemos en vez de buscar candidatos que no lograrán nada formar un frente nacional ciudadano que se mantenga alerta ante los constantes abusos que cometen las autoridades del país a todos los ciudadanos. Desde cuidar nuestras vidas, la patria, la familia y los bienes materiales». El abstencionismo frentista, entonces, integrado por ahora con AD y AP. Sus militantes se conocerán como ADAPtados.
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En vena muy distinta terminó de definirse la esperada candidatura «única» de oposición, tal como esta publicación había previsto, con el lanzamiento de Manuel Rosales en acto que contó con la asistencia y apoyo de Teodoro Petkoff, Julio Borges, Sergio Omar Calderón, Enrique Tejera París, Cecilia Sosa, William Ojeda, Froilán Barrios y Vicente Brito. (El precandidato Pablo Medina ya había «retirado» su candidatura y expresado motivos parecidos a los expuestos por Ramos Allup y Álvarez Paz: las uvas están verdes. Hay que decir que añadió un tema sustitutivo de su candidatura: como no puede confiarse en el CNE, entonces hay que elegir una nueva asamblea constituyente. No ha explicado todavía cómo podría elegirse confiablemente un cuerpo tal en comicios organizados exactamente por el mismo órgano sospechoso).
Ahora, pues, «la oposición» dispone de un candidato «único»—la candidatura de Rosales no suprime todavía las de Roberto Smith, Benjamín Rausseo, Bernabé Castillo y el ex presidente de Fogade Jesús Caldera Infante, todas por inscribirse—que evitaría la división aborrecida por la tesis de la polarización electoral. Se trata, naturalmente, de la oposición participacionista, de aquella que no opina como Acción Democrática y Alianza Popular. El «candidato unitario» fue presentado por el latifundista político de Julio Borges, quien dijo a Rosales: «Le pongo a la orden mi partido—al mejor estilo de Jóvito Villalba: «Yo y mi partido; mi partido y yo»—y mi generación». (Como dueño que es de ésta).
La más destacada de las bajas en este proceso es, obviamente, la elección primaria que Súmate pretendió forzar. En sofista argumento, la organización aduce que la unidad candidatural fue producto de su proposición de elecciones primarias, y ya ha abandonado el tono paternal y regañón que exhibiera hasta hace poco. Ningún malabarismo retórico, sin embargo, podrá disimular que Súmate ha quedado en posición muy desairada. Quienes hayan aportado fondos importantes para la celebración de las abortadas primarias tendrán que conformarse con la poco informativa declaración de Óscar Vallés, quien asegura que la inversión realizada «no es una pérdida; ha sido una gran ganancia para la sociedad venezolana». Nada más que por intrigar, esta publicación decía la semana pasada: «Así que lo más probable es que no haya primarias (Primero Justicia y COPEI han insinuado que Súmate no puede organizar las primarias exitosamente ni en Altamira), que Súmate eche la culpa del fracaso a los candidatos (como ya lo ha venido preparando) y a la campaña del gobierno en su contra, que Carlos Blanco ya ha reclamado. Lo más probable es que sea Rosales el candidato de la terna, y Súmate tendrá que decidir si continúa cerca de él, que a fin de cuentas era su candidato preferible, o si se radicaliza consistentemente hacia las posturas abstencionistas de Acción Democrática, Pablo Medina o Álvarez Paz».
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Manuel Rosales es una especie de Enrique Mendoza adeco. Esto es, un gobernador que fue reelegido, de oposición, que ha dejado atrás su partido matriz para construir su propio movimiento regional. (En cuanto Mendoza entrevió que era una raya ser copeyano, fabricó su propia tarjeta electoral, con un color turquesa o aguamarina que sugería verde pero se diferenciaba bastante del profundo tono esmeralda que siguen usando los socialcristianos originales).
¿Cuán formidable es la candidatura de Rosales para oponerla a la de Chávez? Podemos refrescar la memoria recordando qué decía en la madrugada del 1º de noviembre de 2004, mes y medio después del referendo revocatorio de ese año y al saberse que había resultado vencedor en las elecciones de gobernadores y alcaldes de la víspera. La Carta Semanal #111 (4 de noviembre de 2004) de doctorpolítico reportaba así:
«Muy sintomática fue la alocución de Manuel Rosales, gobernador reelecto del Zulia, poco después de la medianoche que separó el mes de octubre del mes de noviembre. Rodeado de felices partidarios, aliviado él mismo, en clásico tono mitinesco arengó a la multitud para prometer paz y amor, pan y circo. Porque lo primero que ofreció fueron abrazos y reconocimientos tendidos al general Gutiérrez y al comandante Arias Cárdenas, sus contrincantes, justificando tal gesto sobre la base de lo que, según su conocimiento, querrían los zulianos: que cesaran los partidos y se consolidara la unión.
Ante el muy visible sonrojo del mapa político nacional, Rosales no optó por correr sino por encaramarse. Esbozó la tesis de que los zulianos—¿los venezolanos?—quieren ahora olvidarse, por un tiempo al menos, de ‘estas divisiones que hemos tenido en los últimos meses’ y ponerse a trabajar. (Pan). Y como los zulianos lo que quieren hacer es trabajar, animó a la turba a que se zambullera de una vez en ¡la Feria de la Chinita! Posteriormente reiteraría su disposición circense con una anticipada invitación a prepararse para la subsiguiente temporada navideña, a disfrutar en fraterna y amnésica paz. Impecable cierre circular de un discurso improvisado pero perfecto, encaramado.
Si éste es el héroe político que Rafael Poleo encarama en la portada de su revista Zeta, si Rosales va a ser tenido como la contrafigura que ‘la oposición’ ha esperado tanto—el ‘ñero’ Morel Rodríguez no sería creíble—entonces Chávez morirá, como el general Gómez, como el general Franco, como parece que lo hará el osteoporótico comandante Castro, con el poder total en sus manos.
No poco de la motivación tras la peculiar arenga de Rosales deriva del puñal que presiona su carótida: la investigación de Danilo Anderson sobre su participación en el happening de Carmona Estanga. (En su caso no se trató de una firma descuidada sobre hojas sueltas que pudiera aducirse eran una lista de asistentes. Los videos le registran subiendo al estrado del absurdo, convocado por la voz enfebrecida de Daniel Romero y ‘en representación’ de los gobernadores de estado, a cohonestar con su pública rúbrica el golpe del 12 de abril de 2002)».
Con «estas divisiones que hemos tenido en los últimos meses» se refería Rosales a los siguientes «detalles»: los acontecimientos de abril de 2002, los forcejeos de la Mesa de Negociación y Acuerdos, el pulso del paro petrolero de 2002 y 2003, y la fracasada odisea revocatoria que culminó en 2004. Consciente de su vulnerabilidad, de la aplanadora roja de 21 gobernadores gobierneros electos, y de la reafirmación de Chávez en el poder a partir del 15 de agosto de 2004, Rosales se apresuraba, azoradamente, a ofrecer olvido, borrón y cuenta nueva, vuelta a la página, colaboración con la Presidencia de la República. Antes de que terminara ese año el gobierno nacional daba una nueva vuelta de tuerca a «la guerra contra el latifundio» y Rosales declaraba que él era también un soldado de esa lucha. Ése es el hombre.
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Manuel Rosales es el candidato que Chávez prefería. Menos cómodos para él eran Teodoro Petkoff, también izquierdista, y Julio Borges, al que no podía acusar de cuartorrepublicano. Por eso hizo todo lo posible porque esa candidatura cuajara, no sólo con la sentencia del Tribunal Supremo de Justicia y las aclaratorias recentísimas del Consejo Nacional Electoral, que no requieren su renuncia al cargo de Gobernador del Zulia (tan sólo su separación), sino antes, con la oferta que le hiciera Isaías Rodríguez. El Fiscal General prometió, de materializarse la candidatura de Rosales, que pondría en el congelador el procedimiento que buscaba la declaración de méritos para el enjuiciamiento del zuliano, mientras dure la campaña, para que no se dijese que la Fiscalía se emplea como instrumento de presión política. Rosales ha respondido a la espuela o ha mordido el anzuelo. Si llegare hasta el final y Chávez resultare reelecto, Manuel Rosales puede contar con que Rodríguez comenzará a descongelar el asunto el mismo lunes 4 de diciembre de este año. Durante la campaña no será tocado sino por la propaganda chavista y por «La Hojilla», que se complacerá en transmitir, sin cesar, el video que le muestra firmando el decreto más efímero de nuestra historia política. Ayer mismo dijo el partidastro de Lina Ron, Unión Popular Venezolana, que Rosales es «el candidato de la oligarquía y el imperialismo».
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Y, a todas éstas ¿qué es de la vida de Benjamín Rausseo? En su «lanzamiento» en Margarita ya dejó en la obsolescencia a esta publicación, en su observación del #197 de la semana pasada: «Rausseo, aunque no lo ha dicho, es el más genuino ofertante hacia los ‘ni-ni’, hacia el centro que es la inmensa mayoría nacional». En su discurso neoespartano—en el «parque temático» Musipán—decía 72 horas después de esa evaluación: «Aquí se perdieron las opciones. Soy el candidato del centro, los niní… Soy la alternativa para los que quieran emigrar del oficialismo. No somos de centroizquierda, no somos de centroderecha, somos centro de lomito». Y conste que él no es suscritor de esta carta.
¿Podrá Rausseo mantenerse y traer un discurso más significativo que unos chistes más o menos hábiles? Por de pronto dice la portada de la revista Zeta: «Este hombre puede echar un vainón». A Rosales, por supuesto, pero también a Chávez.
LEA
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