FS #71 – El efecto Munich

Fichero

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El 19 de agosto de 1998, hacia la recta final de la campaña electoral de ese año, escribí un artículo para su publicación en el diario La Verdad de Maracaibo, fundado y liderado por Don Jorge Abudei, empresario de gran gentileza y grata remembranza. Para el título escogí El efecto Munich. Seguramente se conjugaron en algún recoveco de mi cerebro la expresión «síndrome de Estocolmo», que alude al enamoramiento de las víctimas de un secuestro hacia sus captores, con la tragedia de las Olimpíadas de Munich, el terrible acto terrorista televisado planetariamente.

Pero el artículo no trataba de ninguna de estas cosas, sino de establecer una analogía con la blandenguería de los líderes de las democracias europeas ante Hitler en 1938 que, reunidos con el tirano alemán y el italiano, consintieron en las demandas del primero contra Checoslovaquia. Creo que se trató de la primera vez que se estableciera en público una afinidad entre Adolfo Hitler y Hugo Chávez, unos meses antes de que este último comenzara a mandar en Venezuela.

En realidad escribía estupefacto por la ceguera de algunos importantes hombres de negocios venezolanos que, creyendo congraciarse con quien poco después resultaría electo a la Presidencia de la República, contribuyeron financieramente con su campaña al suponer que así compraban un salvoconducto. Entre ellos hubo quienes probarían muy temprano el mortal agradecimiento de Chávez. Luego reincidirían en la estupidez, auspiciando dos años más tarde la candidatura de otro golpista, Francisco Arias Cárdenas, porque en su superficial ocurrencia estratégica, nada mejor para hacer el trabajo de desalojar a Chávez del poder que «una cuña del mismo palo».

La Ficha Semanal #71 de doctorpolítico reproduce íntegramente el texto del breve artículo, a la memoria de Don Jorge Abudei, quien me honró con su amistad y me invitó a escribir en las páginas de su periódico.

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El efecto Munich

Muy cerca nos encontramos del sexagésimo aniversario de uno de los más vergonzosos pactos políticos de la historia mundial. El 30 de septiembre de 1938 se firmó en la ciudad alemana de Munich un acuerdo entre los gobiernos de Inglaterra, Francia, Italia y Alemania para consagrar, a espaldas del pueblo y el gobierno de Checoslovaquia, una amputación de población y territorio exigida por Adolfo Hitler, concedida por Chamberlain y Daladier, con el beneplácito de Mussolini, el líder de la Italia fascista. Por el acuerdo se concedía a la Alemania nazi el territorio de los sudeten, pobladores de Checoslovaquia de habla alemana.

La ceguera de los líderes occidentales ostentaba proporciones rayanas en la estupidez. Hitler acababa de «anexarse» a Austria, luego de una muy bien preparada campaña de terrorismo y amedrentamiento y había violado expresas prohibiciones del Tratado de Versalles con la remilitarización de la Renania y la reconstrucción de una fuerza aérea ofensiva que, ante los ojos del mundo, fue exhibida cruel y desvergonzadamente durante la Guerra Civil Española en 1937 y cuyas atrocidades proveyeron las atribuladas imágenes que el genio malagueño plasmó en el lienzo de Guernika.

A pesar de estas inconfundibles señales, Hitler se salió con la suya. Ya el solo hecho de que la apresurada conferencia se celebrase en suelo alemán era un signo clarísimo de la debilidad o la falta de carácter de los gobernantes inglés y francés. Un angustiado Edvard Benes, el presidente de Checoslovaquia, sufrió la humillación de hacer larguísima antesala sin que nunca se le permitiera entrar al quirófano de Munich, en el que los cirujanos de cuatro países más poderosos cercenaban una extensa porción de su república. Al culminar la quirúrgica cumbre Neville Chamberlain, el primer ministro inglés, abordó su bimotor Lockheed y regresó a Inglaterra. Descendió del aeroplano agitando su copia del acuerdo y ante una multitud aliviada indicó orgulloso que la reunión aseguraba largos años de paz para Europa, pues tenía la palabra de Hitler: «Never to go to war with one another again». El acuerdo no llegó a cumplir siquiera un año: luego de otras astucias y duplicidades, Hitler invadió Polonia el 1º de septiembre de 1939. Fue sólo después de este injustificado acto de agresión que Francia e Inglaterra despertaron a la realidad: el 3 de septiembre se daba inicio a la II Guerra Mundial, con la declaración de hostilidades inglesa y francesa. La pusilánime transacción de Munich dejó como saldo seis años de guerra y más de cincuenta millones de cadáveres.

A escalas menores, pero no por eso menos preocupantes para nosotros, el efecto Munich empieza a hacer estragos en algunos empresarios y banqueros venezolanos y en algunos de sus consejeros, que atemorizados por lo que las encuestas de opinión registran respecto de la intención de voto—por ahora—han comenzado una cobarde capitulación ante la candidatura de Hugo Chávez Frías. Así, le adulan recomendándole un cambio de imagen y le compran decenas de trajes de precio millonario de un conocido sastre caraqueño; le ofrecen cenas íntimas quienes se dicen «hombres de números» que deben hacer caso de las encuestas; le entregan millones de bolívares; le ponen a su disposición aviones que lo trasladen en sus giras. He escuchado de labios de algún abogado que se mueve en «los mejores círculos» la peregrina idea de que hay que acercarse a Chávez con una «bolsa de real» y ofrecérsela a cambio de que consienta en nombrar tales y cuales ministros que asegurarían que el inefable sector privado venezolano permaneciese intocado. He oído que no hay que preocuparse mucho por Chávez porque él no querría tanto gobernar desde Miraflores como vivir en La Casona, y que por eso sería susceptible a la adulación que le domesticaría.

Y esa actitud no es menos ingenua que la de Chamberlain y Daladier. Como Hitler con el tristemente célebre putsch de la cervecería, Chávez marcó su origen político con un fracasado intento de tomar el poder por la fuerza. Como Hitler con sus camisas pardas, Chávez ha organizado fuerzas de choque a las que ha juramentado para combatir en caso de que su «inevitable» triunfo electoral le sea desconocido. Como Hitler ante el envejecido Hindenburg, ha querido adelantar las elecciones presidenciales para recortar el período de nuestro anciano presidente.

Los timoratos ricachones que pretenden salvarse de una previsible degollina chavista están ellos mismos anudándose la soga al cuello. Que sepan que entre los más íntimos colaboradores de Chávez se cuentan quienes opinan que «este país se arregla con tres mil entierros de primera clase».

Luis Enrique Alcalá

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CS #162 – Maremoto plateado

Cartas

Mi padre coleccionaba laboriosa y avaramente sus libros, a los que consideraba su verdadera fortuna. También tenía especial aprecio por su colección de Selecciones del Reader’s Digest, en la que podía encontrarse la propaganda de los fabricantes de armamentos, pues la había iniciado durante la Segunda Guerra Mundial. El Lightning P-38 de Northrop, el Corsair F4-U de Chance-Vought y el P-39 Airacobra de Bell estuvieron entre los aviones vendidos en las páginas de Selecciones, y no podía faltar en cada número algún reportaje épico de la guerra, en el que las fuerzas norteamericanas—en menor medida las inglesas—triunfaban heroicamente.

Siempre la continuó aumentando, así que pude leer números de la inmediata posguerra, con sus consabidas viñetas, anécdotas y chistes. Uno de ellos siempre me pareció ingenioso: cunde el pánico en la Casa Blanca, el Departamento de Estado y la Junta de Jefes cuando los Estados Unidos reciben un pedido de la Unión Soviética, por cien mil gruesas de profilácticos de doce pulgadas. Tras dos o tres días de desconcierto se decide cumplir el pedido fielmente. En cada envoltorio individual irá impresa, en destacadas letras, la palabra Medium. Eran cosas de la Guerra Fría.

Recordé el cuento al saber que el primer funcionario Chávez había amenazado a los Estados Unidos una vez más: después de denunciar que éstos entorpecían el suministro de repuestos a los Gavilán Combatiente (Fighting Falcon F-16 de Lockheed-Martin) venezolanos, sugirió que pudiera enviar (vender, prestar, donar) algunos aviones de ésos a Cuba o a China.

No es de esperar que haya cundido el pánico en ningún estamento gubernamental norteño con esa declaración de intención. Tan sólo un comentario del embajador Brownfield acerca de una obligación contractual de consultar con su gobierno el envío de F-16 a terceros países. Nuestro gobierno aduciría, probablemente, que también es una obligación contractual la de suplir los repuestos requeridos, así que lo que es igual, un incumplimiento de contrato, no es trampa. (Si China quisiera averiguar todo sobre los F-16 ¿no serían suficientes 900 mil millones de dólares en reservas internacionales para obtener la información sin ayuda de Venezuela?)

Tampoco es de esperar que ambos presidentes terminen de reunirse en Mar del Plata, para la Cumbre de las Américas. No sería muy cómodo exponer al Presidente de los Estados Unidos a reclamos en esa dirección, o tal vez a recriminaciones más duras. Chávez ya debe saber, como reporta anteayer William M. Arkin, lo siguiente:

«El Pentágono ha iniciado planes contingentes para un potencial conflicto militar con Venezuela, como parte de una amplia evaluación post Irak de las amenazas estratégicas contra los Estados Unidos. Esta planificación ha sido precipitada por instrucciones generales y específicas giradas por el secretario de defensa Donald Rumsfeld y sus asistentes civiles de política. Documentos internos asociados con la Revisión Cuadrienal de Defensa en 2005 (QDR) y la preparación del plan de defensa futura para los años fiscales 2008-2013, identifican cinco ‘países-amenaza’ específicos en tres grupos que requieren planificación de ‘pleno espectro’. El primer grupo incluye a Corea del Norte e Irán, ambos justificados porque estarían involucrados en el desarrollo de armas de destrucción masiva. A China se la clasifica como ‘creciente par competidor’ y amenaza de mañana. Siria y Venezuela aparecen como ‘naciones forajidas’.»

Chávez pudiera enrostrarle a Bush esa «comprobación» de que los Estados Unidos planifican una invasión a Venezuela, cuando a juzgar por la información pudiera tratarse de una clásica profecía autocumplida, dado que la planificación en ese sentido ha recién comenzado. Chávez habría inducido la materialización de lo que ha venido denunciando.

Probablemente tal cosa dependa de si Chávez asiste no sólo a las sesiones de la cumbre oficial de mañana y pasado mañana sino a las de la paralela «cumbre de los pueblos», a la que ha sido anunciado junto con Evo Morales y Diego Maradona. Quizás dependa de si sólo tiene un encuentro fugaz con Bush en algún pasillo o el patio de fotografías. Si Chávez se atiene al protocolo de un presidente convencional, puede que se conforme con su objetivo estratégico fundamental: el «entierro» del ALCA. Pero si Chávez no aguanta la tentación teatral de hablar en el acto de protesta, y la cancillería de Kirchner no es capaz de «amarrar al loco», podemos tener la seguridad de que aprovechará para meter el dedo en las llagas de Bush, que no son pocas.

Para empezar, Bush va a territorio emocionado en su contra. El diario bonaerense Página 12 dio cuenta de una encuesta con 60% de argentinos que desaprueban la visita de Bush y la diseminación del American way of life, sobre todo «después de las imágenes de pobreza y discriminación racial vistas durante la destrucción que el huracán Katrina causó en Nueva Orleáns».

Por otra parte, Bush llegará seriamente averiado a Mar del Plata—y con no mucha plata que ofrecer—después de la pesadilla de su más reciente semana. Casi no hay medio de comunicación en el planeta, especialmente en los Estados Unidos, en el que no se enumere la baja número 2.000 en Irak, la renuncia de Harriet Miers y la acusación a Lewis «Motoneta» Libby, el conspicuo asistente del vicepresidente Cheney por asuntos que en último término tienen que ver con las razones aducidas por el gobierno estadounidense para justificar su invasión de Irak. Desde el Christian Science Monitor hasta el Wall Street Journal, los grandes periódicos norteamericanos analizan la viabilidad de la presidencia de George W. Bush. Horas antes de su partida hacia el sur, habrá leído en el Washington Post el descubrimiento de centros secretos de detención de gente calificada como terrorista operados por la CIA, en países democráticos de Europa oriental, Afganistán y Tailandia. (Unos treinta prisioneros en estos «sitios negros» en un total de ocho países, son mantenidos en aislamiento, no tienen representación ni gozan de derechos legales reconocidos ni pueden comunicarse con personas que no formen parte del personal de la agencia de inteligencia norteamericana).

Si tales cosas no fueran suficientes, los senadores demócratas llamaron la atención del mundo sobre el creciente cuestionamiento a Bush en torno a la guerra en Irak, al convocar a una sesión a puertas cerradas del Senado para molestia de los senadores republicanos, que no pudieron impedir la táctica. Los mismos senadores demócratas le han organizado una despedida calurosa, al señalar que su negligencia hacia América Latina y sus necesidades habría dejado un vacío que Chávez no ha tardado en llenar con sus ofertas petroleras a la región, que hace no mucho fueran elogiadas por Dominique De Villepin. (Quien ahora no sabe que hacer para controlar serios y crecientes desórdenes—seis días llevan ya—en las zonas parisinas de mayor densidad de musulmanes).

El mismo Bush ha debido admitir en una entrevista concedida la víspera de su partida que las negociaciones a favor del tratado continental de libre comercio se han «estancado». Por su lado, el Secretario General de la OEA, José Miguel Insulza, ve difícil algún progreso en esa dirección durante la cumbre en tierras argentinas, lo que significará la ausencia de una postura americana unificada para la inminente cita en Doha de la Organización Mundial del Comercio. La agencia cubana Prensa Libre se atreve a más, al aludir a fuentes cercanas a la reunión sureña que ven peligrar incluso su objetivo ostensible: la creación de «empleos decentes» para enfrentar la pobreza y fortalecer la «gobernabilidad democrática».

No parece, pues, escampar para el atribulado presidente Bush, a quien ya se le ofrecen tres consejos para salvar su asediada administración: reconocer errores, cambiar su gabinete—¿Rice por Greenspan?—y rectificar políticas. Está por verse que esto sea política o psicológicamente transitable para el mandatario más poderoso del planeta.

Entretanto, su ambiente no cesa de enrarecerse, tanto en el flanco doméstico como en el internacional. Esta debilidad creciente es lo que habrá percibido el Chávez iraní, el presidente Mahmoud Ahmadinejad, que en retórica tan agresiva como la que atizó la Guerra de los Seis Días en 1967, declaró que Israel debía ser borrado del mapa, atreviéndose a tal gravedad justamente en momentos cuando Irán arriesga sanciones por su terca independencia en materia nuclear. (No es que el atronado presidente iraní represente la opinión unánime de sus compatriotas. Una pieza satírica producida en Irán encontró espacio en Internet: «En un golpe estratégico maestro nuestro presidente ha roto el nuevo orden mundial unipolar y creado un mundo bipolar. Ahora está Irán de un lado, y Europa, América, Asia, África y Oceanía del otro en nuestra contra».)

Para nuestra propia circunstancia nacional un importante descalabro del gobierno estadounidense en la Cuarta Cumbre de las Américas nos reportará un Chávez más locuaz y presuntuoso que nunca. Regresará con cenizas del ALCA en un puño, desenlace nada improbable que marcaría la tercera derrota norteamericana en el dominio de la diplomacia continental, luego de que fracasara sucesivamente al tratar de imponer un candidato distinto a Insulza en la OEA y luego un mecanismo de «monitoreo de la democracia», visiblemente pensado para lidiar con el «problema Chávez».

El semanario canadiense Embassy percibe como inevitable la confrontación Bush-Chávez: «Los dos más divisivos, y en consecuencia los dos más acaparadores de atención entre los asistentes serán el Presidente de los Estados Unidos, George W. Bush, y el de Venezuela, Hugo Chávez. Ambos estuvieron presentes en la Cumbre de Québec en abril de 2001, pero mucho ha cambiado desde entonces. El Sr. Bush, ahora en su segundo período, ha conducido una política exterior estadounidense que ha exacerbado extendidos sentimientos antinorteamericanos en todas partes, y en gran medida olvidado o descuidado a América Latina. El Sr. Chávez, con su inflamatoria retórica, ha capitalizado estos sentimientos y se ha posicionado como el líder de los desposeídos, mientras militariza su país y erosiona las instituciones democráticas». Es decir, la clásica pelea de perros de la que Canadá preferirá mantenerse distante.

Después de Mar del Plata el presidente Bush recalará en Brasilia y Panamá, pero es difícil que cualquiera de estas dos visitas pudiera disimular un sonado fracaso en Argentina. Regresará entonces a su país, donde toda cábala opositora estará exacerbada. Esta carta decía en su edición número 117 del 16 de diciembre de 2004: «Por ahora George W. Bush parece tan firmemente atornillado en el poder como Hugo Chávez, pero ¿quién sabe? Tal vez un país tan especial como los Estados Unidos encuentre a la vuelta de unos meses alguna razón para enjuiciarle (impeachment), quizás con ayuda de la FOIA». (Freedom of Information Act).

Pero si Bush es capaz de aguantar el chaparrón que le espera en el sur del continente, y logra evitar su descalabro interno, habrá que quitarse el sombrero. Ha anunciado que hará proposiciones concretas para la creación de un número significativo de empleos en América Latina—con un ingreso per cápita promedio de 3.000 dólares por año, contra 40.000 en Estados Unidos—pero no le bastará proponer maquilas para la producción local de millones de preservativos de talla regular. El único ALCA viable sería el de un acuerdo bilateral entre dos bloques más proporcionados: el norteño agrupado en NAFTA (EEUU, Canadá. México) ante el sureño que Chávez llama ALBA. Si los Estados Unidos quisieran retomar su extraordinario aporte civilizatorio, no tendrían mejor opción que propiciar, no impedir, la integración de América del Sur.

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LEA #162

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El Arzobispo de Caracas no es la cabeza de la iglesia católica venezolana, aunque sí el más prestigioso, una suerte de primus inter pares, dado que cada obispo manda sobre su propio rebaño. Ni siquiera la Conferencia Episcopal de Venezuela manda efectivamente en el ámbito episcopal de las distintas diócesis y arquidiócesis del país.

El nuevo arzobispo caraqueño, Monseñor Jorge Urosa Savino, ha ido a hacer una visita de cortesía al presidente Chávez, poco antes de asumir su nueva función y su nueva grey. (El próximo sábado en acto solemne a realizarse en la Catedral de Caracas). Su preocupación fundamental: procurar la tranquilidad de los venezolanos.

La conversación entre ambos líderes consideró una mejor participación eclesiástica en los programas sociales del país. A este respecto Monseñor Urosa resaltó la experiencia de los sacerdotes y las monjas católicas, sobre todo en las barriadas caraqueñas. La iglesia católica de Venezuela tiene una larga trayectoria, nada despreciable, en estos menesteres. Igualmente, expresó su opinión acerca de los «muchos» puntos de encuentro entre el gobierno y la iglesia, así como aseguró que la actitud gubernamental y la de la institución a la que pertenece es la misma: buscar el entendimiento y la armonía, a pesar de «ciertas dificultades» que haya habido.

Pero no podía escapar a la curiosidad de los reporteros, a quienes declaró a la salida de la entrevista, la reciente notoriedad política del cardenal Rosalio Castillo Lara, quien se ha cuadrado con los proponentes de una desobediencia civil predicada sobre el mandato del artículo 350 de la Constitución. Urosa eludió la referencia específica, limitándose a expresar su afecto por el militante prelado. No dejó de añadir, sin embargo, una admonición de corte general: «Los sacerdotes, sea cual sea nuestro rango, no debemos participar en ninguna parcialidad política, aunque tengamos nuestras simpatías».

Más claro no canta un gallo; ni siquiera un cardenal, que es ave de agradable trino.

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FS #70 – Chiflados ilustres

Fichero

LEA, por favor

Sería de interés para un psiquiatra averiguar por qué un psiquiatra—Juan Antonio Vallejo-Nágera—hijo de psiquiatra—Antonio Vallejo-Nágera—escribió un libro que lleva exactamente el mismo título—Locos egregios—que el de uno escrito por su progenitor. Es decir, si quiere prescindirse de la explicación que ofrece el mismo autor, quien indica que su libro es el subproducto de un tratado técnico sobre psicopatología de la creatividad.

Locos egregios, el segundo, es una colección de varios ensayos sobre personajes históricos destacados con rasgos de interés para la psiquiatría; esto es, psicológicamente enfermos. El mismo Vallejo-Nágera (hijo) explica el significado de egregio: fuera del rebaño, de la grey. Se trata de gente fuera de lo común. Así comenta e interpreta figuras como Caravaggio, o Hitler, o Abderramán III, o Doña Juana la Loca. (No podía faltar). Pero al cierre del libro escribe un capítulo de Consideraciones sobre el poder político y psicopatología, cuyas dos secciones finales integran esta Ficha Semanal #70 de doctorpolítico. En la primera sección, no reproducida, expone: «En el núcleo de la personalidad de estos seres excepcionales, que los convierte en imanes de multitudes, hay a veces rasgos anormales de la personalidad, que se desarrollan patológicamente, como un cáncer latente que se expande, precisamente cuando han alcanzado el poder, y por la dinámica misma de la pasión de mandar que les ha encumbrado».

El libro comentado fue editado por primera vez en 1977 por Editorial Dossat, pero la decimoquinta edición fue impresa especialmente para Mediciencia Editora, la casa creada por el fundador de la Librería Médica París de Caracas, el egregio pero muy cuerdo Pierre Paneyko, cuya amistad, y la de su esposa María, siempre han sido un honor para mí. De hecho, Vallejo-Nágera vino a Caracas en marzo de 1985, para la presentación de Mediciencia y la más reciente edición del libro, que fue debidamente bautizada.

En una suerte de panteón psiquiátrico, pues, Vallejo-Nágera exhibe un buen número de distinguidos orates, y en él aprendemos que ciertas patologías son recurrentes. De este modo, por ejemplo, inicia el capítulo que dedica a Adolfo Hitler: «Tenía Hitler hondamente arraigada la convicción de su propia singularidad histórica; tanto que, al hacer comparaciones con ‘otro’, nunca recurría a un contemporáneo: se remontaba a Napoleón y, es irónico, a Jesucristo».

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Chiflados ilustres

Se escucha repetidamente la queja de que el mundo occidental carece de líderes capaces de agrupar en torno suyo a los pueblos enfervorecidos, capacitándolos con ese entusiasmo para hacer los sacrificios necesarios para la consecución de un ideal colectivo. A ello se atribuye en parte la decadencia política de Occidente.

Por supuesto, esta ausencia de liderazgo no es fruto de la casualidad, ni de un simultáneo agotamiento de las canteras de hombres aptos para la movilización de multitudes. De hecho, se les impide surgir como tales líderes al obligarles a renunciar a ciertas características indispensables para lograr el apasionamiento de los pueblos. Sólo en el mundo marxista (Fidel Castro, Mao, Ho Chi-minh, etc.) se ha seguido con las tradicionales reglas de juego, en parte atemperadas por las restricciones ideológicas contra el «culto de la personalidad», que aparecen más evidentes cuando la tarea de manejo multitudinario, bajo su ideología, ha de hacerse en un país occidental. El deliberado maquillaje de los rasgos de aptitud para la fascinación de masas, en un personaje tan adecuado para ello como Berlinguer, marca una pauta que veremos repetirse mientras dé resultado. ¿Por qué? Porque el mundo se encuentra ante un amargo dilema: conciencia de la necesidad del líder, junto al pánico a la aparición del dictador; y la intuición de lo peligrosamente imbricados que en la persona humana están los rasgos que hacen posible la iluminación de las multitudes con los que provocan la histeria de las masas. Las dotes personales para el ascenso al mando supremo (sobre el fervor colectivo) están psicológicamente enmarañadas con las que inducen a la usurpación del poder. El «caso Hitler», con su inmensa potencia histórica, sigue flotando como un fantasma sobre la conciencia, y muy especialmente sobre el inconsciente de los políticos.

Los estadistas occidentales con actitud de liderazgo (De Gaulle, Franco, Adenauer, Perón, etc.), estaban vinculados histórica y psicológicamente a la etapa anterior. El único y tímido intento de producción carismática en U.S.A. por los Kennedy, con su trágico final, ha remachado el despego por la imagen del «conductor». Esta renuncia, por muy halagadora que resulte democráticamente, no es inofensiva; provoca la mutilación psicológica del líder o la colocación en su puesto de personas no ideales para tal función.

Es instructivo y decepcionante contemplar a quienes participaron en la última campaña electoral americana, y cómo lo hicieron. El presidente Ford estaba consciente de su incapacidad de irradiación afectiva, de transmitir su mensaje enfervorizado. Se enfrentó con esta ineptitud confesándola públicamente en actitud de aparente candor (sobra su confesión, pues el fallo es obvio), pero racionalizaba el defecto pretendiendo convencer que se trataba de una virtud: «I’m better President than a campaigner» (Soy mejor Presidente, que captador de electores), y afirmaba que «un Gobierno suficientemente fuerte como para hacer funcionar eficazmente es también lo suficientemente fuerte como para resultar amenazador». Por otro lado, tanto R. Reagan, como Jimmy Carter dieron la sensación de estar representando un papel. Reagan es actor profesional; Carter, improvisador pero eficaz, y ambos, con una teatralidad huera por falta de convicción en «su mensaje», tan emasculado por convencionalismos en su afán de «asepsia» que resulta insípido. Hombres de este tipo no tratan de guiar a las masas, las cortejan. Por ello el acento se pone en temas accesorios (el Canal de Panamá en la campaña de Reagan) o en demagogias pueriles («El Gobierno, tan bueno como lo es el Pueblo Americano», el eslogan de J. Carter que en alguna de sus enunciaciones recuerda el «to er mundo e güeno»). Por ello también, el énfasis de las campañas electorales de los tres ha tenido el denominador común de repetir mecánicamente un solo discurso, en el que parecen no creer y que además (y esto es un drama) no importa electoralmente, porque lo que han estado vendiendo al público no han sido ideas, sino imágenes personales; y éstas minimizadas por las premisas que hemos comentado.

Es pintoresco que luego se lamenten de que la silenciosa mayoría no se movilice políticamente. Gerald Ford dijo en su campaña: «La tragedia es que la gran mayoría… los del medio, son políticamente apáticos. Sobre cómo regenerarlos, aún no hemos encontrado el sistema». La realidad es que políticamente los hombres no se guían por ideas, sino por sentimientos, y sólo la exaltación pasional de éstos pone en marcha a la gran masa inerte. La movilización fanática de minorías y a través de ella el avasallamiento de la totalidad es otro tema; su técnica distinta, y hoy profesionalizada, es la que por desgracia se sigue padeciendo, con diferente disfraz en muchos países.

La propia mecánica de la campaña electoral U.S.A. condiciona la repetición amanerada. Jimmy Carter en la suya 1975-76, que según los comentaristas americanos «…está siendo considerada como modelo y será estudiada en los años venideros…», ha pronunciado 2.050 discursos en 16 meses. Por lo tanto, tres o cuatro diarios. Por supuesto no son «discursos» sino la repetición 2.050 veces «del discurso». Por muchas dotes histriónicas que se tengan, y todos los políticos las poseen, este cliché estereotipado, esta actuación mecanizada, no puede proyectar resonancia sentimental; funciona por saturación del «espacio mental» como cualquier «spot» publicitario; lo que es a fin de cuentas.

Desde luego, las actuaciones de los grandes dictadores estaban deliberadamente embebidas en teatralidad y técnica publicitaria. Las analizaremos en la tercera parte de este capítulo, pero con un nivel de eficacia infinitamente superior, y éste es su peligro, pues tienen por ello capacidad de engaño a la multitud, que llega hasta el absurdo. La necesidad de dotes histriónicas en el líder, no sólo político, sino religioso, ideológico, etc., explica el que se utilice tan frecuente y eficazmente a los actores y cantantes-actores en la propaganda política. Su utilidad no radica sólo en que sean conocidos y populares sino en la capacidad de transmitir el mensaje a través de un contagio emocional que enmascara su posible vacuidad ideológica.

La pregunta clave del tema de hoy es: en las fuerzas que vinculan apasionadamente a las gentes en torno a un líder, ¿no dominan siempre factores irracionales, con base psíquicamente enfermiza tanto en el líder como en los seguidores? ¿No están casi inexorablemente predispuestas a llevar hacia el fanatismo y con él a explosiones de violencia, con una etapa final de agresividad hacia los grupos resistentes a su influencia? Los leales servidores de la idea democrática parecen haber adoptado este criterio en los últimos 30 años; por ello el empeño en desinfectarse del virus carismático, del que he mencionado algunas muestras actuales. Pero, ¿están en lo cierto?

Se rememora constantemente la «paranoia» de Hitler, y su contagio a través del mecanismo de las psicosis inducidas a 60 millones de personas; se tiende a olvidar en cambio, que precisamente rasgos patológicos, aunque menos acentuados, resultaron positivos en otros. La impetuosidad anómala del general Patton, en su irracionalidad, permitió el logro de ciertas victorias. La tozudez y convicción deliroide del general De Gaulle en una grandeza patria que no existía, y que hizo comentar a Churchill que «la cruz más pesada con que había tenido que cargar era la de Lorena», logró la restauración parcial de esta grandeza añorada. ¿Dónde está la línea divisoria entre empuje constructivo y fuerza devastadora? La Historia muestra reiteradamente cómo un mismo hombre arrastra a sus seguidores, sucesivamente, a las dos etapas.

El líder nato lo es porque tiene impregnado todo su ser en la pasión de mandar, y con ella una condición casi fanática de empeño en el contagio de su ideal y la disposición a sacrificarlo todo por conseguirlo… y automáticamente, por imponerlo. No basta el talento, ni las condiciones personales; hace falta una motivación tan cargada emocionalmente, que rebasa las premisas racionales (aunque ni el líder, ni sus seguidores se percaten, pues el propósito puede plantearse inteligente y serenamente), y está siempre en peligro, por tanto, de salirse del cauce de lo razonable.

¿Qué es lo que impulsa a las masas a unirse en torno a un hombre y someterse a sus dictados? Básicamente, la proyección de sus anhelos en la persona del líder y la esperanza de que éste los satisfaga. Estos deseos, en parte conscientes, pero también inconscientes, se polarizan en: a) La búsqueda de seguridad. Se obedece para sentirse protegido; b) Resentimiento y deseos de revancha. Se unen y obedecen para ser más potentes en la agresión.

Diversas coyunturas históricas hacen que estos sentimientos no sean apremiantes o que surjan con gran ímpetu. En la colectividad española sube, como el nivel de las aguas en una inundación, la tensión de esas cargas emocionales, dominando preferentemente a un gran sector de la población las del primer grupo; las segundas al resto. No se perfila en el horizonte la silueta clara de un líder, pero sí la predisposición de los españoles a seguirlo. Si no lo encuentran, lo inventarán. El grupo que primero lo encuentre se hallará en gran ventaja. Es una situación peligrosa.

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Adlai Stevenson, en su fallida campaña contra Eisenhower, en 1956, comentó irritado contra los «asesores publicitarios» que guiaban la campaña electoral de su partido, y a los que V. Packard calificó con frase afortunada como «persuasores ocultos», que le daban la sensación de «estar participando en un concurso de belleza, en lugar de un serio debate». Su enfado estuvo doblemente justificado, pues no le manejaron adecuadamente, y es lógico además, que a una mente tan ágil y superior a la de sus manipuladores publicitarios (que quizá por eso no le entendieron nunca a él ni a la clave de su atractivo), le repugnase éticamente la sistemática aplicación a la política de las tácticas publicitarias comerciales; por eso afirmó: «La idea de que pueden mercantilizar candidatos al mando supremo como si fueran cereales para el desayuno… es la máxima indignidad contra el poder democrático». Este era, sin embargo, y ha sido después el concepto básico de los estrategas políticos americanos y de otros países, bajo la total convicción de que el «elector vota como un espectador-consumidor de la política».

Cuatro años después le toca quejarse a Nixon, quien en su libro «Six crises» (1962) coincide con muchos comentaristas en atribuir su derrota del 60 frente a Kennedy al más hábil manejo de la televisión por éste, incluido el famoso y ridículo tema de la influencia sobre el decisorio voto femenino del mal maquillaje de Nixon en el debate entre ambos. Sin embargo, la reacción de Nixon es distinta de la de Stevenson; se lamenta de lo que considera fue un error: «Dediqué demasiado esfuerzo (en sus apariciones en televisión) a la substancia del mensaje, y demasiado poco al aspecto». «Me fijé mucho en lo que tenía que decir, y demasiado poco en cómo». Hoy, después de tantos años y de Watergate, resulta demasiado fácil hacer deducciones.

Los trucos psicológicos se siguen empleando allí y en todos los países, y así ha sido siempre. Maquiavelo hizo un agudo análisis de «cómo se adquiere el poder, cómo se conserva y por qué se pierde». Napoleón, con su mente obsesivamente organizadora, creó un departamento de prensa «Buró de la opinión pública», orientado publicitariamente. Se recurre crecientemente al uso de la proyección sentimental inconsciente de los símbolos para aprovechar estímulos que sería incómodo manejar al descubierto. Por ejemplo, desde la televisión en color es frecuente que los políticos americanos, dirigiéndose a auditorios conservadores, cuando citan frases de sus oponentes, lean esas anotaciones en un papel rojo o rosa, para por asociación de ideas, proyectar una imagen «roja» en el rival citado. Desde el campo contrario, se vio en la campaña presidencial portuguesa de junio de 1976, cómo Otelo Saraiva de Carvalho usó constantemente un símbolo del mismo color, el clavel rojo, en todas sus apariciones, para fijar en la mente del espectador la vinculación a él, y sólo a él, de la «Revolución de los claveles» en su optimista imagen inicial. La profesionalización del uso de tales imágenes, que a caballo sobre su vigorosa resonancia afectiva distorsionan la supuestamente libre y razonada decisión del elector, ha hecho exclamar a Kenneth Boulding que: «Hacen viable una situación de dictadura invisible, incluso funcionando bajo las fórmulas de un gobierno democrático».

Por supuesto, la manipulación de las ideas colectivas es mucho más fácil desde una dictadura, o al menos desde el control masivo de los medios de difusión (como hoy intentan, y van logrando, ciertos sectores extremistas de las sociedades «libres»). Un «clásico» del tema será para siempre la incrementación artificial del carisma en el fenómeno político-publicitario más fascinante y aterrador de nuestro siglo: Adolfo Hitler.

¿Está condicionada la humanidad a sentirse arrastrada sólo por líderes de gran potencia carismática, enraizada en tendencias neuróticas de agresividad tan fuertes e insatisfechas que despiertan y agrupan a las del mismo sentido que tienen latentes las masas? ¿Puede engañársenos con el señuelo artificial de un carisma inventado por los creadores profesionales de una imagen política, que al montarse sobre una personalidad endeble se derrumbará en los momentos de crisis, cuando su fuerza carismática, en realidad inexistente, sería necesaria para la defensa colectiva? ¿No es posible la agrupación en torno a un líder, sereno, equilibrado, que a la vez con fuerza y mesura sepa conducir sin avasallamiento? Sí, es posible, pero hemos querido mostrar con estos comentarios lo fácil que resulta el engaño.

Juan Antonio Vallejo-Nágera

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CS #161 – El Castillo de Cardenales de Lara

Cartas

En el argot automotriz el término «tres cincuenta» (350) denota un cierto tipo de camión liviano originalmente producido por la compañía Ford. Como ocurre con términos específicos que luego se hacen genéricos (Osterizer, Gillette, Frigidaire), un tres cincuenta se refiere ahora a camiones livianos de tamaño equivalente al Ford, así hayan sido hechos por General Motors, Chrysler o Toyota.

Pero en la Venezuela política actual (post 1999) «el tres cincuenta» no designa otra cosa que el artículo de la Constitución que llama a desconocer a los gobiernos malucos. Así dice el texto del Artículo 350: «El pueblo de Venezuela, fiel a su tradición republicana, a su lucha por la independencia, la paz y la libertad, desconocerá cualquier régimen, legislación o autoridad que contraríe los valores, principios y garantías democráticos o menoscabe los derechos humanos».

No es un secreto para nadie que el más reciente campeón del empleo de nuestro tres cincuenta es el cardenal Rosalio Castillo Lara. (Antes lo han propuesto muchos, incluidos los militares que acamparon en la plaza Francia de Altamira. Poco antes de la emergencia de Castillo Lara como «ancla» del 350, la gente de la poco popular «Alianza Popular»—Oswaldo Álvarez Paz—ha manejado la noción, y más recientemente aún, el infaltable Alejandro Peña Esclusa ha publicado incluso un pequeño libro contentivo de instrucciones para establecer núcleos de resistencia en «cinco mil puntos» de la geografía nacional. Serían miríadas de «guarimbas» organizadas a la manera de células, con comisionados logísticos y de comunicación y todo).

El cardenal Rosalio ha reeditado, pues, la prescripción, y su indudable prestigio ha servido para causar un impacto considerable en la opinión. El ilustre prelado se suma así al criterio de Samaniego—»las uvas están verdes», Carta Semanal #145 de doctorpolítico del 7 de julio de este año—y aconseja el desconocimiento del gobierno porque está seguro de la imposibilidad de elecciones transparentes. Después de un polémico cruce de declaraciones con el presidente Chávez, ha hablado ante 600 personas—Patricia dixit—en el hotel Meliá a puertas cerradas, lo que propició la declaración pública de sus voceros, entre quienes el exégeta principal es el papá de Patricia, el editor Rafael Poleo.

Ya había comentado el número 146 de esta publicación lo siguiente: «Pero también confirman las encuestas otro rasgo que hace que las uvas electorales sean vistas como muy verdes por los ojos de la oposición. Mientras la suma de preferencias por Primero Justicia (9%), Acción Democrática (6,7%) y COPEI (1,5%) llega a 17,2%, la aceptación del Movimiento Quinta República se sitúa en 41,7%, para una ventaja de 24,5 puntos porcentuales. (Consultores 21). He allí el verdadero fondo del problema». A pesar de esto los líderes de la alianza opositora para las elecciones de diputados se reunieron ayer y, sin mencionar al cardenal, confirmaron que transitarán la ruta electoral.

Ya antes de este claro deslinde—»Ya el país ha experimentado que los intentos por conseguir una salida rápida al modelo autoritario que encarna el presente gobierno han resultado ineficaces y han contribuido a producir un desgaste en la capacidad y espíritu de lucha de la sociedad venezolana», dice el comunicado de los partidos de oposición— había comentado el Presidente de Acción Democrática (según registra El Nuevo País) que el cardenal «se deja rodear mal y ‘no es un diseñador de políticas’», para disgusto de su nuevo secretario de prensa, el director de ese diario.

Poleo, que es hombre hábil y mordaz con la palabra y la pluma, intentó refutar esa apreciación de Jesús Méndez Quijada con la siguiente exageración: «Castillo Lara pudo diseñar políticas con Juan Pablo II para disolver la Unión Soviética…» No obstante, ninguno de los muchos honores y cargos que recayeron sobre uno de nuestros más admirados cardenales—Secretario de la Pontificia Comisión para la Revisión del Código de Derecho Canónico y luego, ya cardenal, Presidente de la Pontificia Comisión para la Interpretación Auténtica del mismo código; Presidente de Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica y Presidente de la Pontificia Comisión para el Estado de la Ciudad del Vaticano (estos últimos cargos estrictamente administrativos)—le relaciona con la disolución del poder de los comunistas rusos, por lo que Poleo está muy mal informado a este respecto o distorsiona los hechos a conciencia por razones de eficacia retórica.

Pero también quiso refutar que Castillo Lara anduviese en mala compañía. Se lo tomó para sí, sin embargo: «¿Quiénes acompañamos al Cardenal en el evento del sábado? En primer lugar yo, que presenté y moderé el acto y a quien el prelado puso en un apuro cuando decidió que fuera yo quien diera a la prensa una versión de lo que él había dicho». Luego esgrime una hiperbólica y conmovedora defensa paternal: «Después está Patricia, vaso de cristal a quien Venezuela conoce como incapaz de esconder intenciones ni cosa alguna». Prosigue con elogio algo más extenso del novísimo héroe de Oscar Pérez («…un luchador de los barrios que por ese origen y ese estilo popular no gusta a los sifrinos»). Completa su argumentación exhibiendo a Antonio Ledezma: («En AD, a Antonio Ledezma le tienen mucho miedo, pero ahí le tienen miedo a todo el que calce un punto más del nivel medio».) Tal vez Méndez Quijada leyó, y Poleo no lo hizo, la reseña sobre el más reciente estudio de Félix Seijas que publicó El Universal el pasado domingo: «La imagen del ex gobernador de Miranda, Enrique Mendoza, y el parlamentario Willian Lara son evaluadas como ‘negativas’ por los venezolanos; mientras Antonio Ledezma y Teodoro Petkoff entran en la calificación de figuras ‘muy negativas’.» (Eugenio Martínez).

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Es muy significativo que, ya no actores políticos locales, sino la mismísima Conferencia Episcopal Venezolana se haya inclinado por aclarar que el cardenal Castillo Lara no habla por la iglesia venezolana, y que nadie menos que el representante directo de Benedicto XVI, el nuncio apostólico Giacinto Berlocco, también haya dicho que el purpurado natural de San Casimiro, estado Aragua, interviene a título exclusivamente personal, como cualquier hijo de vecino, sin comprometer para nada con sus opiniones a la Santa Sede.

Ahora Venezuela tiene como Embajador ante esa sede, en ese enclave vaticano de Roma, a Iván Rincón Urdaneta—a quien se la ha añadido concurrentemente hace ocho días la embajada ante el Gobierno de los Caballeros de Malta—el antiguo Presidente del Tribunal Supremo de Justicia y el autonombrado ponente por su Sala Constitucional para dilucidar un recurso de interpretación, precisamente, sobre el significado y los alcances del Artículo 350 de la Constitución. Se trató de una decisión del 22 de enero de 2003, sobre recurso de interpretación elevado por Elba Paredes Yéspica y Agustín Hernández el 27 de junio de 2002. Y este asunto tiene doble relevancia: primero, naturalmente, porque la decisión trata exactamente de la aplicación del récipe asumido por Castillo Lara; segundo, porque éste ha insistido en que debe desconocerse al gobierno venezolano de modo absolutamente pacífico y muy apegado al ordenamiento legal, especialmente el ordenamiento constitucional, que especifica sin lugar a dudas la atribución de interpretar la Constitución a la sala que Rincón presidiera. Cabe acá, entonces, reproducir algunas de las provisiones de esa decisión del máximo tribunal.

Los accionantes habían sugerido, por ejemplo, que en la redacción del artículo por interpretar la noción de «pueblo» era difusa o ambigua. Pero así escribió el colega recíproco de Berlocco (¿tendremos este Nuncio en razón de la fonética castellana de su apellido?):

Por lo expuesto, debe concluirse que el sentido que debe asignarse al pueblo de Venezuela es el conjunto de las personas del país y no una parcialidad de la población, una clase social o un pequeño poblado, y menos individualidades.

Por otra parte, en la medida en que la soberanía reside de manera fraccionada en todos los individuos que componen la comunidad política general que sirve de condición existencial del Estado Nacional, siendo cada uno de ellos titular de una porción o alícuota de esta soberanía, tienen el derecho y el deber de oponerse al régimen, legislación o autoridad que resulte del ejercicio del poder constituyente originario que contraríe principios y garantías democráticos o menoscabe los derechos humanos; y así se decide.

b) El desconocimiento al cual alude el artículo 350, implica la no aceptación de cualquier régimen, legislación o autoridad que se derive del ejercicio del poder constituyente originario cuando el resultado de la labor de la Asamblea Constituyente contraríe los valores, principios y garantías democráticos o menoscabe los derechos humanos. Este «desconocer» al cual refiere dicha disposición, puede manifestarse constitucionalmente mediante los diversos mecanismos para la participación ciudadana contenidos en la Carta Fundamental, en particular los de naturaleza política, preceptuados en el artículo 70, a saber: ‘la elección de cargos públicos, el referendo, la consulta popular, la revocación del mandato, las iniciativas legislativa, constitucional y constituyente, el cabildo abierto y la asamblea de ciudadanos y ciudadanas’.

Lo que sí considera imprescindible esta Sala, en función de los argumentos expuestos supra, es precisar el sentido de esta modalidad de resistencia democrática, en congruencia con el texto Constitucional considerado en su integridad, a fin de que su interpretación aislada no conduzca a conclusiones peligrosas para la estabilidad política e institucional del país, ni para propiciar la anarquía. A tal respecto, esta Sala aclara que el argumento del artículo 350 para justificar el ‘desconocimiento’ a los órganos del poder público democráticamente electos, de conformidad con el ordenamiento constitucional vigente, es igualmente impertinente. Se ha pretendido utilizar esta disposición como justificación del ‘derecho de resistencia’ o ‘derecho de rebelión’ contra un gobierno violatorio de los derechos humanos o del régimen democrático, cuando su sola ubicación en el texto Constitucional indica que ese no es el sentido que el constituyente asigna a esta disposición.

Y también aprobaron los magistrados constitucionales:

Aparte de la hipótesis antes descrita sólo debe admitirse en el contexto de una interpretación constitucionalizada de la norma objeto de la presente decisión, la posibilidad de desconocimiento o desobediencia, cuando agotados todos los recursos y medios judiciales, previstos en el ordenamiento jurídico para justiciar un agravio determinado, producido por ‘cualquier régimen, legislación o autoridad’, no sea materialmente posible ejecutar el contenido de una decisión favorable. En estos casos quienes se opongan deliberada y conscientemente a una orden emitida en su contra e impidan en el ámbito de lo fáctico la materialización de la misma, por encima incluso de la propia autoridad judicial que produjo el pronunciamiento favorable, se arriesga a que en su contra se activen los mecanismos de desobediencia, la cual deberá ser tenida como legítima sí y solo sí –como se ha indicado precedentemente- se han agotado previamente los mecanismos e instancias que la propia Constitución contiene como garantes del estado de derecho en el orden interno, y a pesar de la declaración de inconstitucionalidad el agravio se mantiene.

No puede y no debe interpretarse de otra forma la desobediencia o desconocimiento al cual alude el artículo 350 de la Constitución, ya que ello implicaría sustituir a conveniencia los medios para la obtención de la justicia reconocidos constitucionalmente, generando situaciones de anarquía que eventualmente pudieran resquebrajar el estado de derecho y el marco jurídico para la solución de conflictos fijados por el pueblo al aprobar la Constitución de 1999.

En otros términos, sería un contrasentido pretender como legítima la activación de cualquier medio de resistencia a la autoridad, legislación o régimen, por encima de los instrumentos que el orden jurídico pone a disposición de los ciudadanos para tales fines, por cuanto ello comportaría una transgresión mucho más grave que aquella que pretendiese evitarse a través de la desobediencia, por cuanto se atentaría abierta y deliberadamente contra todo un sistema de valores y principios instituidos democráticamente, dirigidos a la solución de cualquier conflicto social, como los previstos en la Constitución y leyes de la República, destruyendo por tanto el espíritu y la esencia misma del Texto Fundamental.

Esta publicación ignora si el cardenal Castillo Lara ha leído esa decisión del TSJ, pero puede adelantar que sus prohibiciones no vulneran el derecho a colgar esqueletos de papel en ambientes urbanos, actividad que seguramente promete mucho en el intento más airado por terminar de una vez por todas con la dominación de Hugo Chávez.

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Por supuesto que la ponencia de Rincón Urdaneta buscaba limitar las manifestaciones de un descontento popular, y prescribía que éste sólo podría expresarse por los canales que estipula. Aquí peca de inconsistencia e incomprensión al considerar que el Pueblo puede estar limitado por la Constitución. No lo está. En su carácter de Poder Constituyente Originario el Pueblo sólo está constreñido por los derechos humanos y los compromisos internacionales válidamente contraídos por la república. De resto puede hacer cualquier cosa. Como ha sido explicado acá más de una vez, el Pueblo podría incluso abolir el gobierno, aun cuando la figura de la abolición no esté contemplada en el texto constitucional que rige ahora al poder constituido. (De la misma manera que la Corte Suprema de Justicia interpretó—19 de enero de 1999—que sí podía preguntarse al Soberano si era su voluntad convocar una asamblea constituyente, aunque que tal figura no estuviera contemplada en la Constitución de 1961).

Por lo demás, ya el antecesor de Monseñor Giacinto Berlocco, Monseñor André Dupuy, había adelantado: «Con el mayor respeto, podríamos decir de la Constitución de un Estado lo que el Señor decía del sábado: así como el sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado, así una Constitución está hecha para el pueblo y no el pueblo para una Constitución». (Citado en la Ficha Semanal #50 de doctorpolítico, del 14 de junio de 2005).

Pero el Pueblo, que en la práctica es imposiblemente unánime, no puede ser tenido por menos que la mayoría absoluta de una opinión. Es sólo una mayoría de la Nación políticamente hábil la que puede decretar el rechazo radical de un gobierno o régimen, y de nuevo es éste el verdadero problema. Castillo Lara y quienes le rodean o hablan por él están en minoría, como todas las encuestadoras serias del país lo saben. Todavía Hugo Chávez es apoyado por la mayoría de los electores.

Que primero el cardenal solitario y quienes piensan como él restituyan la mayoría que una vez fuimos quienes repudiamos a Chávez y lo consideramos mayormente pernicioso; una vez logrado esto, ya no sería necesario actuar dentro de la caja definida por el Artículo 350 y el encierro provisto por Rincón Urdaneta. Cuando seamos mayoría podremos mandar. LEA

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LEA #161

LEA

¿Quién, entre los venezolanos, pudiera no celebrar el triunfo maravilloso de los Medias Blancas de Chicago dirigidos por Oswaldo José Guillén Barrios? ¿Quién entre nosotros pudiera no sentir orgullo por el magistral lanzador venezolano Freddy García, sobre cuya labor bastó una íngrima carrera para que el equipo de Alfonso Carrasquel se proclamara campeón mundial del béisbol de este año 2005?

La noche de anoche fue verdaderamente memorable: un manager venezolano condujo a su equipo a lo largo de toda la campaña, hasta coronar el esfuerzo con el máximo campeonato. Nunca habíamos visto nada así, ni siquiera porque desde Carrasquelito el país no ha cesado de llenar el firmamento de «la gran carpa» con innumerables estrellas.

Pero no fue sólo el triunfo patiblanco lo que hizo esa noche algo especialísimo, pues también la más rara nobleza le impuso su sello a la extraordinaria velada deportiva. Guillén, por ejemplo, en la primera entrevista que concediera tras el éxito definitivo, declaró con magnanimidad: «Si quieren echar a alguien la culpa de cuando perdimos búsquenme a mí; el triunfo lo lograron los jugadores».

Y ¿qué decir de los peloteros del equipo derrotado? En una lección insólita también celebraron en el campo, junto a los campeones, mientras los aficionados de Tejas les agradecían, sin moverse del estadio, el esfuerzo y la estimulante experiencia. («Thanks for the ride», rezaba un cartel improvisado por algún tejano). No creo que haya memoria de un comportamiento tan inusual. En lugar de sumirse en la depresión, los Astros manifestaron la alegría de haber dado lo mejor de sí y de saberse tan buenos como sus victimarios.

Lo que resuena perfectamente con una cuña que desde hace pocos días se repite en la televisión venezolana: una pieza de las Empresas Polar en honor de nuestra divisa vino tinto, al término de su esperanza de participar en el próximo mundial de fútbol. Y dice: «No perdimos. Ganamos. Gracias, Vino Tinto, porque ganamos una pasión».

Nada más justo. Antes de la labor de la Vino Tinto, de los muchachos de Richard Páez, nunca estuvimos en el mapa del fútbol mundial. ¿Quién hubiera creído antes que algún día daríamos tres goles contra cero a la venerable agrupación uruguaya en su propio terreno? Gracias a las Empresas Polar, al creativo publicitario que haya creado el concepto, a quien sea que haya tenido la idea, por hacernos rebotar hacia arriba.

¿No hay en esto una moraleja buena para la política?

LEA

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