CS #95 – No ha pasado nada

Cartas

La teoría de catástrofes es una creación relativamente reciente de la ciencia. (René Thom, Stabilité structurelle et morphogénèse, 1972). No hace mucho tiempo, por otra parte, desde que Per Bak y su grupo de colaboradores del Centro de Investigaciones Thomas Watson de IBM registraran lo que pasaba en un modelo a escala de avalanchas orográficas. Con un aparato tan sensible que era capaz de hacer caer arena grano por grano sobre una superficie circular, observaban la formación de colinas con una determinada «pendiente crítica», a partir de la cual la caída de un solo grano de arena podía provocar avalanchas. Largos períodos de observación documentaron la regularidad de una distribución con sentido intuitivamente previsible: que una secuencia larga de granos de arena cayendo sobre la colina genera un buen número de pequeños aludes; que en menor medida ocurren aludes de mediano tamaño; que son posibles avalanchas de gran talla, aunque muy poco frecuentes. Y, dicho sea de paso, que no se observó jamás ninguna avalancha que desmorone la colina íntegra.

Los grupos humanos, como los ríos y las montañas, como la población de huracanes y la de terremotos, también son asiento de episodios caóticos de pequeña, mediana y gran magnitud. Y también pueden ser expuestos a tensiones que agraven la intensidad de esos episodios. Si a un estadio en Ghana se le cierran las puertas mientras se suscita en él un arranque de desorden, y si al enjambre de espectadores se le acomete con gases lacrimógenos y ruido de explosiones, hay que contar conque el resultado no será una trifulca entre una media docena de fanáticos, sino una estampida con saldo de centenares de muertos y heridos. Por cierto, el último incidente de este tipo en Ghana era el sexto que se registraba en la zona en tiempos recientes. Algo pareciera causar la ocurrencia de los desórdenes en patrones endémicos: pareciera siempre haber conflictos en el Oriente Cercano, en los Balcanes, en Colombia. Como los forúnculos.

Cuando los precios del petróleo subieron hacia el tercer trimestre del año 2000, una protesta de camioneros franceses prendió la mecha de una eclosión que se extendió por España, los Países Bajos, Italia, Nueva Zelanda y pare de contar. (Por cierto, no era una protesta contra la OPEP, sino como esta misma organización advirtiera, contra el nivel impositivo que los gobiernos de países consumidores aplican al gasto de energía). Los enjambres humanos, que a diferencia de las piedras y las arenas cuentan con un creciente grado de intercomunicación, están gradualmente adquiriendo la capacidad de catastrofizar a escala transnacional. No es solamente el comercio lo que se globaliza: también el alcance de la conflictividad social. No está lejos el día de un 27F a escala subcontinental o intercontinental.

Estas cosas parecen ignorarlas analistas de éxito e ingresos profesionales considerables. Moisés Naím, por ejemplo, publicó un estudio en inglés con el título The Venezuelan Story: revisiting the conventional wisdom. (El cuento venezolano: una nueva mirada a la sabiduría convencional, 2001), que se distribuyó por selectos lotes de direcciones electrónicas. Naím volvía a exhibir en ese trabajo una notable capacidad de confusión entre la dimensión de la síntesis y aquella de la simpleza, para rechazar la interpretación de Chávez como «evidencia de la fermentación de una reacción contra la globalización, el capitalismo al estilo estadounidense, la corrupción y la pobreza».

El propio Naím indicaba que su explicación de las cosas era contraria a esa lectura, a pesar de que «por la mayor parte, la situación de Venezuela es citada como una señal temprana de alerta sobre una reacción planetaria contra las ideas políticas, las políticas económicas y las relaciones internacionales que dominaron los años 90, esto es, la democracia liberal, las reformas de mercado y la globalización». Naím sostenía que tal cosa no era cierta.

En ninguna parte de su documento de 41 páginas Naím se refería a los múltiples otros signos de molestia planetaria contra, precisamente, ese «Consenso de Washington» cuyo descrédito prefirió ignorar. No mencionó para nada, por poner un caso, que desde hace ya un tiempo a esta parte, cada reunión internacional relacionada con esa manera de entender la globalización, es objeto de significativas manifestaciones de protesta. (Las que se conoce, por cierto, que no son organizadas por el MVR).

La superficialidad de la tesis de fondo naimista se pone en evidencia en simplistas afirmaciones como ésta: «…la desaparición del sistema de partidos que dominó la política venezolana por más de cuatro décadas no fue un súbito colapso al estilo soviético que resultara de una excesiva concentración de poder en manos de una pequeña clique de políticos. Más bien ocurrió como consecuencia de la descentralización del poder político y económico que comenzó a fines de los 80». Es decir, que según Naím habría sido la descentralización lo que trajo a Chávez.

Y no es que Naím carezca de razón en todo lo que dice, o que no sea fácil establecer conexión entre dos hechos simples cualesquiera de la reciente historia venezolana. Por lo contrario, como Naím citaba con profusión un número de hechos incontestables, adquiría por ese procedimiento la falaz apariencia de científico social cuando fabrica sus tendenciosos enlaces fácticos.

Todo esta bien, nos dice Moisés Naím. Chávez no es sino un incidente anómalo aislado. No viene ningún terremoto, no vendrá ninguna avalancha, sino tal vez solamente en Venezuela, donde ahora impera la barbarie. No hay relación entre los desajustes de Chiapas y las pobladas en Bolivia o los desórdenes argentinos que tumbaron a De La Rúa. No hay descontento contra las prescripciones del Fondo Monetario Internacional. Política homeopática: para curar a los pobres es preciso hundirlos más en la pobreza, siempre pedirles más sufrimiento, más «ajustes». Y política de avestruz: no está pasando nada.

La única manera de explicar cómo un gobernante tan obviamente dañino e incompetente como Chávez ha prevalecido últimamente, es precisamente reconocer que su irracionalidad y su iracundia se asientan sobre muy reales substratos.

La globalización es un proceso que, gracias a Dios y a su ingeniería de la complejidad del mundo, es bastante más rico que la casi estrictamente económica globalización de Naím y gente que piensa como él. El mundo construye, ciertamente, una economía que incluye—no es el único—un nivel planetario. Pero también construye un cerebro y una cultura del mundo, una polis del mundo. Mientras esa polis no adquiera las inéditas instituciones que pudieran satisfacerla mejor, la potencia de la protesta planetaria jugará un papel cada vez mayor. No, profesor Naím, no vienen todavía los tiempos tranquilos.

LEA

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FS #3 – El legado napoleónico

Fichero

LEA, por favor

No puede caber duda de que Napoleón Bonaparte fue una importante fuerza civilizatoria. Muchas de sus instituciones—la codificación del derecho, por ejemplo—perduran hasta nuestros días. Pero como político fue implacable cultor de una aproximación de Realpolitik. George Bernard Shaw retrató su cinismo fundamental en una escueta pieza teatral: «El hombre de destino». En un momento de su diálogo con una fascinante dama Napoleón le instruye:

«Hay tres clases de gente en el mundo: los de abajo, los del medio, y la gente elevada. La gente baja y la gente elevada se parecen en una cosa: no poseen escrúpulos, no poseen moralidad. Los de abajo están debajo de la moral; los elevados por encima. No temo a ninguno de los dos; pues los de abajo son inescrupulosos sin conocimiento, y así hacen de mí un ídolo, mientras que los elevados son inescrupulosos sin propósito, y así caen bajo mi voluntad. Mira bien: caeré sobre las masas y las cortes de Europa como el arado cae sobre un campo. Es la gente del medio la que es peligrosa: ella tiene tanto conocimiento como propósito. Pero esta gente también tiene su punto débil. Está llena de escrúpulos, encadenada de manos y pies por su moralidad y su respetabilidad».

El texto escogido para esta Ficha Semanal de doctorpolítico está tomado de la extraordinaria historia general de Europa por el trío de Jerome Blum, Rondo Cameron y Thomas G. Barnes: The European World: A History, y corresponde al fragmento final (El Legado Napoleónico) del capítulo La Era Napoleónica.

El juicio sumario de los autores registra cómo incluso los más ilustrados y capaces déspotas concluyen en fracaso y anulación. Charles-Maurice de Talleyrand-Perigord, quien en sí mismo fuese tal vez el más extraordinario caso de supervivencia política de toda la historia—sirvió a la república de la Revolución Francesa, a Napoleón, a la restauración borbónica que le sucedió a su caída y a Louis-Philippe—adelantó en sus Mémoires una causa principal de su ocaso: «Napoleón es el primero y el único entre los hombres que hubiera podido dar a Europa el equilibrio que en vano había buscado por muchos siglos, y que hoy en día está más lejano que nunca… Con este equilibrio real Napoleón hubiera podido dar a los pueblos de Europa una organización conforme a la verdadera ley moral… Napoleón pudo haber hecho estas cosas, pero no las hizo. Si las hubiese hecho la gratitud le hubiera erigido estatuas en todas partes… En lugar de esto la posteridad dirá de él: ese hombre fue dotado con una muy grande fuerza intelectual, pero no llegó a entender la verdadera gloria. Su fuerza moral era demasiado pequeña o enteramente inexistente. No pudo soportar la prosperidad con moderación ni el infortunio con dignidad; y es porque careció de fuerza moral que trajo consigo la ruina de Europa y de sí mismo».

LEA

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El legado napoleónico

El 5 de mayo de 1821 era el trigésimo segundo aniversario de la convención de los Estados Generales en Versalles. El hombre que murió ese día en Santa Helena había sido un subalterno en servicio de guardia en la vieja fortaleza del pueblo de Auxonne, en Francia oriental, treinta y dos años antes, cuando comenzara la Revolución Francesa. Él había acabado con la Revolución, pero en dos puntos importantes ella también le había dado alcance para acabar con él.

Los ingleses, que habían tenido su revolución un siglo y medio antes, veían en la Revolución Francesa la reencarnación del demonio. Su implacable enemistad con Napoleón Bonaparte tuvo una amargura particular porque parecía representar esa Revolución en marcha. Más que cualquiera otra causa, fue la incesante persecución de los ingleses contra Napoleón lo que lo venció.

El otro factor con el que la Revolución Francesa acabó con Napoleón fue el nacionalismo que desató por toda Europa continental. El fervor patriótico fue el artículo más exportable del credo revolucionario. El jacobinismo, el republicanismo, aun la libertad y la igualdad, tuvieron importancia variable para las condiciones y aspiraciones de alemanes, italianos, rusos, polacos, holandeses, belgas, españoles y portugueses. Pero el nacionalismo patriótico tenía un atractivo universal. Los alemanes de estados que habían sido archirivales durante siglos combatieron codo a codo en la Batalla de las Naciones como alemanes. Los enemigos de Napoleón, los déspotas tanto como los demócratas, reunieron a sus compatriotas para oponérsele y vencerlo apelando al espíritu nacional.

Aun cuando resulta imposible separar el impacto de la Revolución Francesa de Napoleón—a fin de cuentas él había empleado los eslóganes de la Revolución y a veces sus doctrinas como armas de guerra y herramientas para la construcción de su imperio—su propia contribución fue evidente en cuatro campos. En primer término, el Gran Imperio había erigido en Alemania e Italia, aunque fuese sólo por unos pocos años, entidades unificadas a partir de los trescientos y pico de principados de Alemania y la docena de estados en Italia. A estos pueblos históricamente divididos se les ofreció una visión de unidad que en el futuro se convertiría en realidad para ambos.

En segundo lugar, los ejércitos de Napoleón, antes que los revolucionarios locales, depusieron el privilegio dentro de los confines del Gran Imperio. A pesar de su poca profundidad en la práctica, el espectáculo de un conquistador que estableciera el gobierno representativo, la igualdad ante la ley, la libertad individual y la libertad religiosa, le dio a pueblos que no estaban acostumbrados a tales cosas una experiencia fugaz de un orden nuevo y mejor. Napoleón plantó las semillas de las aspiraciones de gobierno representativo y constituciones liberales, y dio a las clases medias de Europa un momento de invalorable liberación de la arrogante represión del privilegio.

En tercer término, la era napoleónica imprimió sobre Francia una leyenda de gloria y grandeza que desde entonces ha afectado a la vida política francesa. Aunque mucho de la leyenda se estableció con el exilio de Napoleón, sus rasgos esenciales eran otro asunto; por más que fuera efímero, el Gran Imperio no era una quimera. A pocos años de su caída los franceses habían olvidado el pesado drenaje de hombres y riquezas que fueron el precio de sus victorias y sólo recordaban la grandeza de sus conquistas.

Finalmente, Napoleón Bonaparte enseñó a todo líder autoritario la esencia de la dictadura: la propaganda, una eficaz e inexorable policía secreta que formaba un Estado dentro del Estado, el empleo de dispositivos democráticos tales como el plebiscito para reunir apoyo popular del régimen, la burocratización estatal de instituciones críticas como la educación y la religión a fin de convertirlas en instrumentos de adoctrinamiento, y el valor de las aventuras foráneas para hacer tolerable la represión doméstica. Napoleón no originó ninguna de estas herramientas del autoritarismo; su contribución fue la de entretejerlas en instrumento del moderno Estado autoritario y demostrar cuán eficaz podía ser ese instrumento en su interior.

La última palabra la tiene Napoleón Bonaparte. En 1813 resumía para Metternich sus comienzos y el final que quería para sí en tanto soberano. Perfectamente consciente de cuán incierto era su futuro, y de cuán delgado era su asimiento en la lealtad de su pueblo, le dijo a Metternich: «Sabré cómo morir, pero nunca ceder una pulgada de territorio. Vuestros soberanos, que nacieron en el trono, pueden ser veinte veces vencidos y todavía regresar a sus capitales. Yo no puedo. Porque yo llegué al poder a través del campamento».

Jerome Blum, Rondo Cameron y Thomas G. Barnes

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CS #94 – Pasen el interruptor

Cartas

La encuesta de junio de 2004 de la firma Greenberg, Quinlan, Rosner Research indica que no es improbable que el gobierno gane el referendo revocatorio y permanezca en el poder al menos hasta el año de 2006, cuando habrá nuevas elecciones. Señala también que la mayoría percibe una mejora en la economía y considera muy o algo convincentes ciertos mensajes gubernamentales. Por último, es claro que el soberano prefiere de aquí en adelante políticas inclusivas o reconciliadoras, promotoras de la paz.

Uno puede tomarse en serio los resultados de esta consulta al soberano o puede desconocerla. Enrique Mendoza ha optado por lo segundo y ha dicho: «Estamos acostumbrados a que cada vez que se acercan los procesos electorales aparecen empresas con esos nombres rimbombantes». En verdad, Mendoza sabe perfectamente de los nombres de la firma y de lo hallado por ella en no menos de dos años de actividad, pues siempre recibió noticia de cada informe, y por tanto sabe que no se trata de una aparición cuando tan poco nos separa del referendo revocatorio. Entonces, o ha optado por la política del avestruz o manipula al elector mintiéndole a sabiendas del riesgo «para no desmoralizarlo». En modo paternalista oculta la verdad al más interesado.

Es preciso tomar en serio la consulta, y también tomar en serio al soberano. El cuerpo social es más inteligente políticamente que lo que cualquier político puede serlo, así como el cuerpo humano es más sabio que el mejor médico.

Aun con la elección de Chávez lo fue. Durante dos años previos a la campaña electoral de 1998 la intención de voto dominante estaba con altísimas y nunca vistas cotas—hasta 70% en cierto momento—a favor de Irene Sáez. A un año de la primera elección de Chávez todavía punteaba con gran comodidad por sobre 40%, cuando aquél y Salas Roemer oscilaban entre 6 y 8 o 9%. Esto es, el agregado popular claramente expresaba una preferencia por quien no fuera de la bipartidocracia y fuese suave, positiva y optimista personalidad, y no áspero como Chávez ni candidato oligárquico como Salas. En cuanto nuestra primera Miss Universo abrió la boca, y se maquilló y arregló para emular la figura física de Evita Perón, y se retrató con Luis Herrera—quien había dicho que no nos preocupásemos por la idoneidad de la candidata porque «modernamente el poder es compartido» y había admitido que quería que COPEI ganara las elecciones para «resolver» a un buen número de copartidarios con empleos o contratos—en cuanto la estatua ecuestre de Bolívar se desplomó en Chacao, entonces se hundió Miss Titanic —apadrinada y platónicamente cortejada justamente por Enrique Mendoza—y el elector que quería alguien que no estuviera con AD o COPEI se encontró con sólo dos cauces receptores de su voto: Salas y Chávez.

Si este último hizo una campaña populista, amenazante y de manipulación psicohistórica—Bolívar, Maisanta, Zamora, Rodríguez, etcétera—y se erigió como el campeón de la más aceptada causa constituyente, Salas representó el polo opuesto: elitista, sonriente y anticonstituyente: «La constituyente es un engaño y una cobardía». Y también practicó con insistencia y pretendida astucia la manipulación con símbolos históricos, registrando sus cabalgatas por Carabobo para mostrarlas en cuñas prime time. Él mismo se clavó la puntilla de su alianza con AD en hora nona de la campaña.

El soberano, que no ha determinado nunca las opciones entre las que elegirá, no podía optar por quien siguiera un guión más exclusivista, más conservador, más conforme. Por eso votó por quien un año antes era desestimado por el 92% del electorado. Acostumbrado a cuarenta años de presidencias que dejaron mucho que cumplir en cuanto a sus promesas, ese soberano no creyó nunca que Chávez se comportaría igual o peor que lo que anticipó en su campaña, y prefirió descontarle los atisbos de violencia y autoritarismo, o perdonárselos en vista de los descarados desaguisados de la hegemonía bipartidista que prometía corregir.

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Hay que tomar en serio a las encuestadoras de nombre rimbombante.

Las cifras antedichas son evidencia de que las intenciones de voto pueden cambiar marcadamente en tiempos más bien breves. Un mes y una semana nos separan del referendo revocatorio. ¿Hay suficiente tiempo para asegurar que la balanza, que Greenberg y asociados estiman nivelada en 48% por lado, se incline a la revocación del mandato de Chávez?

Sí. Primero porque los espacios comunicacionales pueden alojar mensajes que induzcan fuertes desplazamientos de opinión en breve lapso. Sí porque precisamente se trata de modificar una situación de equilibrio más bien precario, que puede desaguarse por cualquiera de los dos cauces. Lo que puede afirmarse es que el factor crucial no será el final reservado en el guión de «Cosita Rica» para Olegario Luján. Ya ese desenlace es previsible para las seguidoras y seguidores de la telenovela de Venevisión, y por tanto no hará diferencia en la psiquis electoral. ¿Y qué va a decir la Coordinadora Democrática que no haya dicho ya?

Puesto ante el problema, un médico político recomendaría iniciar la emisión de mensajes que fuesen a lo verdaderamente fundamental, y lo realmente esencial es la Weltanschauung de Chávez, la visión del mundo que sostiene y le inspira, la que vende con algún poder de persuasión. Esta situación no puede enfrentarse con la mostración de puntos parciales o periféricos. Es necesario refutar esa cosmovisión, Es necesario, más exactamente, rebasarla, arroparla, comprenderla. El asunto está en poder explicar una visión convincente, que ofrezca explicaciones distintas y con sentido a los fenómenos que Chávez señala. (Y esa visión no es la de Francis Fukuyama o Luis Giusti).

Por otra parte, esta tarea comunicacional debe ser hecha desde fuera de la Coordinadora Democrática aunque no, obviamente, en contra de ella. Esta condición es necesaria para no gravar la iniciativa con las cargas que pesan sobre la central opositora y sus deficiencias de credibilidad.

Hecho esto la percepción salta de un estado a otro, se dispara el gestalt switch y el mismo paisaje se ve de otra manera. Todavía hay, por tanto, tiempo, pero ese tiempo se está acabando vertiginosamente.

El peligro no sólo lo señalan los faros de una encuestadora extranjera de nombre rimbombante (Greenberg, Quinlan, Rosner Research): la muy venezolana encuestadora Datos lo mide peor: 35% por el «Sí», 51% por el «No». Claro que también Consultores 21 mide al revés—54,5% en contra del gobierno, 41,3% a favor—pero entonces se constata una suerte de empate colectivo. Si no se va a ganar por knock out, esta distribución de la opinión de los jueces—en lo que hasta ahora llevan anotado en sus tarjetas—debiera bastar para prender todas las alarmas.

LEA

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FS #2 – El rojo y el negro

Fichero

LEA, por favor

Blas Pascal (1623-1662), a quien puede considerarse el padre de la teoría de probabilidades, imaginó una apuesta que no puede ser más trascendente: a favor de la existencia de Dios. Así nos propuso: «Sopesemos la ganancia y la pérdida de apostar que Dios existe, y estimemos sus probabilidades. Si ganamos lo ganamos todo, y si perdemos no perdemos nada. Apostemos, pues, sin vacilación, a que Él existe».

Charles Sanders Peirce (1839-1914), una de las mentes más asombrosas, prolíficas y rigurosas que produjera el siglo XIX norteamericano, dedicó alguna vez su atención, igualmente, al tema de las probabilidades matemáticas. Nacido en Cambridge, Massachusetts, murió prácticamente desconocido por sus contemporáneos en Milford, Pennsylvania, habiendo publicado en vida un solo libro en fotometría. Sin embargo, seis gruesos volúmenes se requirieron para acopiar póstumamente su extensa obra en lógica, matemática y varios campos de la ciencia, así como en filosofía. Investigó y produjo obra original en álgebra de la lógica, semiótica—campo de estudio que contribuyó a fundar—filología y fonética inglesa, y hasta produjo el primer esbozo conocido de un computador eléctrico. Como físico al servicio del gobierno norteamericano, hizo aportes en astronomía, gravimetría, espectroscopía, metrología, geodesia y la teoría matemática de la proyección cartográfica.

Peirce fue el fundador del Pragmatismo, corriente filosófica a la que se sumaron luego William James y John Dewey. En un uso vulgar del término, usualmente se confiere una connotación negativa al adjetivo pragmático, que tendemos a asociar con insensibilidad y hasta cinismo. Pero Peirce se entendía a sí mismo—las dos últimas décadas de su vida vivió en una granja—como un «lógico bucólico», y su alma era capaz de los más intensos compromisos éticos. Así afirmó: «Hay una cosa aun más vital para la ciencia que métodos inteligentes, y ésa es el sincero deseo de encontrar la verdad, cualquiera que ella pueda ser».

En esta Ficha Semanal de doctorpolítico reproducimos los párrafos finales de su breve ensayo The Red and the Black que, a diferencia de Stendhal, alude a los colores de una ruleta. Comenzando por elementales definiciones de la noción de probabilidad y su relación con el proceso de inferencia lógica,y una consideración de la teoría estadística de la «ruina de los jugadores», arriba a una conclusión verdaderamente inesperada y sorprendente.

Invitamos cordialmente a nuestros suscritores a rebasar la aparente aridez del inicio para recibir la hermosa y profunda sorpresa de su verdad, la que ciertamente carga pertinencia política.

LEA

……

El rojo y el negro

Es un resultado indudable de la teoría de probabilidades que cualquier jugador, si continúa jugando suficiente tiempo, terminará por arruinarse. Supongamos que pruebe la martingala, que algunos creen infalible y que, me aseguran, no es permitida por las casas de juego. En este modo de jugar apuesta primero, digamos, $1; si pierde apuesta $2; si pierde apuesta $4; si pierde eso apuesta $8; si en ese momento gana entonces ha perdido 1+2+4=7, y ha ganado $1 más; y no importa cuántas apuestas pierda, la primera que gane lo hará $1 más rico que lo que era al comienzo. De esta manera probablemente gane al principio, pero al final llegará un momento cuando la racha de suerte en su contra sea tanta que ya no tendrá dinero suficiente para doblar, y tendrá que dejar de apostar. Esto ocurrirá probablemente antes de que haya ganado tanto como al principio, por lo que esta racha en su contra le dejará más pobre que cuando comenzó; es seguro que ocurrirá esto en algún momento. Es verdad que siempre hay una posibilidad de que pueda ganar cualquier suma que la banca pueda pagar, y así nos encontramos con la famosa paradoja de que, aunque su ruina es segura, el valor de sus expectativas, calculado según las reglas usuales (que omiten esta consideración) es grande. Pero, sea que un jugador juegue de esta forma o de cualquier otra, la misma cosa es cierta, esto es, que si el jugador juega por suficiente tiempo puede estar seguro de que en algún momento confrontará una racha contraria que agotará toda su fortuna. Puede afirmarse lo mismo de una compañía de seguros. Puede que sus directores tomen las mayores precauciones para independizarse de grandes conflagraciones o pestes, pero sus actuarios podrán decirles que, según la doctrina de las probabilidades, llegará un momento cuando sus pérdidas los frenen. Podrán capear una crisis tal por medios extraordinarios, pero entonces comenzarán en condiciones debilitadas, y entonces lo mismo ocurrirá aun más pronto. Un actuario podría estar inclinado a negar tal cosa, puesto que las expectativas de su compañía son grandes, y aun quizás (si no se toma en cuenta el interés del dinero), infinitas. Pero el cálculo de expectativas deja fuera de consideración la circunstancia que ahora consideramos y que revierte todo el asunto. No debe entenderse, sin embargo, que sostengo que los seguros no son negocio razonable en comparación con otros.

La misma cosa es verdad en todas partes: todos los asuntos humanos descansan sobre probabilidades. Si el hombre fuese inmortal podría estar perfectamente seguro de ver el día cuando todo aquello en lo que había confiado traicione su confianza, cuando, en síntesis, termine en algún momento en desesperada miseria. Ese hombre se rompería, al final, como toda gran fortuna, como toda dinastía, como toda civilización lo hace. En lugar de esto tenemos la muerte.

Pero lo que sin la muerte ocurriría a todos los hombres, con la muerte debe suceder a alguno. Al mismo tiempo, la muerte hace que la cantidad de nuestros riesgos, de nuestras inferencias, sea un número finito, lo que hace que su resultado promedio sea incierto. La propia idea de probabilidad y del razonamiento descansa en el supuesto de que esta cantidad es indefinidamente grande. Nos encontramos pues en la misma dificultad que antes, y no alcanzo a ver sino una solución. Me parece que estamos impulsados a ella: esa lógica requiere inexorablemente que nuestros intereses no sean limitados. No deben detenerse en nuestro propio destino, sino que deben abrazar a la comunidad entera. Esta comunidad, una vez más, no debe estar limitada, sino que debe extenderse a todas las razas de seres con los que podamos entrar en relación intelectual inmediata o mediata. Esta comunidad llega, no importa cuán vagamente, más allá de esta época, más allá de todo límite. Aquel que no sacrifique su propia alma para salvar a todo el mundo es, me parece, ilógico en todas sus inferencias, colectivamente. La lógica hinca sus raíces en el principio social.

Para ser lógicos los hombres no debieran ser egoístas; de hecho, no son tan egoístas como se cree. La búsqueda deliberada del propio deseo es algo distinto del egoísmo. El avaro no es egoísta; su dinero no le hace ningún bien, y se preocupa de lo que le pasará después que haya fallecido. Constantemente hablamos de nuestras posesiones en el Pacífico, y de nuestro destino como república, y allí no hay intereses personales involucrados, de forma que esto muestra que tenemos intereses más amplios. Discutimos con ansiedad el agotamiento del carbón en unos cuantos cientos de años y el enfriamiento del sol en algunos cuantos millones, y mostramos en el más popular entre los dogmas religiosos que podemos concebir la posibilidad de que un hombre descienda a los infiernos por la salvación de sus semejantes.

Ahora bien, no es necesario para una postura lógica que un hombre tenga que considerarse a sí mismo capaz del heroísmo del propio sacrificio. Es suficiente que pueda reconocer la posibilidad de tal cosa, de que sólo son lógicas las inferencias del hombre que sí sea capaz de ese heroísmo, y en consecuencia deberá entender que las suyas son válidas hasta el punto que el héroe las acepte. En la medida que refiera sus propias inferencias a ese estándar, podrá identificarse con una mente tal.

Esto hace a la lógica bastante alcanzable. Algunas veces podemos lograr el heroísmo personal. El soldado que corre a trepar un muro sabe que probablemente será herido, pero eso no es todo lo que le importa. Sabe también que si todo el regimiento, con el que se identifica en sentimiento, avanza a la vez, el fuerte caerá.

……..

Pero todo esto requiere concebir la identificación de los intereses de uno con los de una comunidad ilimitada. Ahora bien, no existen razones, y una discusión ulterior mostraría que no puede haberlas, para creer que la raza humana existirá por siempre. Por otra parte, tampoco puede haberlas en contrario y, afortunadamente, como el único requisito es que tengamos ciertos sentimientos, no hay nada en los hechos que nos prohíba sostener una esperanza, o un sereno y alegre deseo de que la comunidad pueda durar más allá de cualquier fecha predeterminada.

Puede parecer extraño que yo proponga estos tres sentimientos, es decir, el interés por una comunidad indefinida, el reconocimiento de la posibilidad de que tal interés sea hecho supremo, y la esperanza en la continuación ilimitada de la actividad intelectual, como requisitos indispensables de la lógica. Sin embargo, cuando tomamos en cuenta que la lógica depende de una mera lucha por escapar a la duda, la que, dado que termina en acción debe comenzar en emoción, y que, aun más, el único motivo para plantarnos sobre la razón es que los otros métodos para escapar de la duda fracasan en lo tocante al impulso social ¿por qué debiéramos maravillarnos de encontrar el sentimiento social prefigurado en el raciocinio? Por lo que toca a los otros dos sentimientos que estimo necesarios, sólo lo son como apoyos y accesorios de lo anterior. Llama mi atención percatarme de que estos tres sentimientos parecen ser lo mismo que ese famoso trío de la caridad, la fe y la esperanza que, en la estimación de San Pablo, son los más finos y grandes entre los dones espirituales. Ni el Viejo ni el Nuevo Testamento son textos de lógica de la ciencia, pero el segundo es ciertamente la autoridad más alta que existe sobre las disposiciones de corazón que un hombre debiera tener.

Charles Sanders Peirce

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CS #93 – Dinámica Ensartmatic

Cartas

Rondón, ron, rondón ron,

Manuitt va a prisión

El Fiscal la pone presa

Con pesquisa de Rincón

(Cantado en Sebucán a la música de Jingle Bells)

………

El primer general en jefe vivo (retirado) de Venezuela ha logrado poner al descubierto, tras laboriosas y dilatadas pesquisas técnicas, ordenadas últimamente por su ministerio, que aquí hay una actividad de invasión de la propiedad privada, aunque «no detenemos por detener». La cual aceptó. Y el fiscal sexagésimo segundo hizo imputación a la gerente de «Maisanta Invasions Outsourcing», Jazmín o Yasmín Manuitt, por cinco delitos, uno de los cuales está relacionado con armas de guerra. La cual aceptó. Es natural que el ministerio actúe de esa manera. Para garantizar los derechos constitucionales de quienes pisotean derechos constitucionales el ministerio hizo preceder sus recientes y firmes actuaciones por más de cinco años de seguimiento al problema de las invasiones de Venezuela, donde el ministro cree recordar que hace como un año un general desestimó del Mínimo Tribunal Supremo una orden para que no siguiera protegiendo invasores tan cerca de Sabaneta. Cinco años tomó ubicar a la ciudadana Manuitt. La cual aceptó.

Ahora la carlosortega de los invasores, la Presidenta de la Federación de Sindicatos de Invasores de Bienes Raíces No Gubernamentales, está a la orden de un tribunal submínimo. Pero ¿no estuvo Lina Ron presa por imputación de un fiscal? ¿La misma Lina Ron que, en imitación de Luis Piñerúa Ordaz—Q. E. P. D.—insinúa ahora una lista de gente indigna del proceso? ¿Y no está ahora afuera y caricaturizada benévolamente en «Cosita Rica» de Venevisión? ¿Cuánto tardará Yasmín en salir en libertad y ser emulada por actriz madura de RCTV?

Rondón no ha peleado. Es feo lo que ha destapado y últimamente busca desacreditar, como aparente segunda prioridad, el tema paramilitar. Pero no sé por qué—Dios me perdone—suena comprado. Rondón no ha peleado. Rondón, ron, como Rincón, ha tardado años en tropezarse con una indiscreción ministerial, una ratería, y en hacernos saber que él pudiera ahorrarnos la angustia y la espera, y un gran gasto electoral, máquinas de votación y máquinas de digitalización de digitales huellas y máquinas de aplanación y máquinas de reparación de referendos planos que el clamor del Pueblo reclama, todas incluidas, porque si él hablara caería el gobierno. ¿Por qué no sale la Coordinadora Democrática a ofrecerle ya la recompensa que se ha ofrecido por la cabeza de Osama bin Laden, para que nos alivie de una vez por todas el desasosiego?

Ron. Se ha burocratizado. Y ya tiene demasiada competencia, y años viendo crecer su lista de indignos y traidores, que suponemos crece, tal vez lenta pero inexorablemente. Se nos asegura que ahora procura comprender con cierta prisa el folleto de «Un sueño para Venezuela», sobre todo después de que la Manuitt hubiera expresado interés por alinearse con el «consenso-país» logrado por Urbaneja.

Y el Jefe del Estado, que jamás acusa a nadie en público, porque él es muy respetuoso de los procedimientos penales y escrupuloso acerca de honras ajenas, recibe sin explicaciones ostensibles a Cisneros, ese señor de quien le consta que financia golpes y magnicidios en su contra. ¿Cómo habrá explicado esta visita a Diosdado o a Baduel, el pretendido émulo de Karl Doenitz, efímero heredero de Hitler, que se ha expuesto heroicamente por la causa y ha insinuado—sin tomar en cuenta lo que le pudiera pasar el 5 de julio que está enfrente, fecha de castrense movida de mata—que el imperio contraataca, que ahora que el U. S. General Sánchez está sin ocupación fija Rumsfeld le considera para dirigir desembarcos norteamericanos en Machurucuto—para enseñarle a Fidel cómo se hacen las cosas—y controlar nuestro excremento del Diablo?

¿Recula el gobierno? ¿Son todas esas cosas signos de gran debilidad, de desconcierto, de preparación de salida?

Claro, explicará Rangel, ese aguacerito de noticias inconvenientes no es sino táctica para atraer al enemigo hasta donde lo quiere el Oberkommando Maisanten en la creencia de que el gobierno está débil. Así lo garantizará la ortodoxia estratégica de Guillermo García Ponce, y lo declarará Jazmín, o Yasmín, o Jasmín Manuitt, quien seguirá dirigiendo tras los muros de su prisión el crucial aporte táctico de sus 55 escuadrones de invasores, que tendrán puesto de honor en la retención física de los 58 mil miembros de mesa que ahora le parecen ses-ga-dos a Carrasquero.

¿Por qué es que éste es el gobierno que ha tenido que dar más explicaciones en la historia política de Venezuela? ¿Por qué es que todo es tan retorcido en sus manos? ¿Todo tan complicado? ¿Por qué dejaría de atender la invitación de Súmate a visitar sus instalaciones?

Por otro lado ¿por qué no aprovecha la Coordinadora Democrática esta situación para exigir, del Consejo Nacional Electoral, una autorización a Smartmatic para que, en representación del Consorcio SBC, intente satisfacer las angustias técnicas que pudiesen formular los más feroces peritos de la oposición? (Antonio Mugica—Smartmatic—dijo a César Miguel Rondón que él no creía que el Pueblo tenía que entender tantos términos y detalles técnicos de sus máquinas, de las que se siente, con no poca razón, orgulloso. Eso es una equivocación. Eso no es ni endógeno ni democrático ni protagónico ni ninguna otra esdrújula cara al régimen. La empresa estaría en el deber de proveer satisfacción completa al último componente del Pueblo Soberano).

Rondón, Ron, Rincón. Y más de uno quiere ser Ricky Ricón. Rincón sigue en su lentitud morrocoyuna el patrón del jefe, pues el mismo Chávez se tardó más de cuatro años para descubrir que había que llevar salud a los cerros y alfabetización a los analfabetas. Todavía no ha redescubierto los niños y jóvenes que hacen de juglares o limpiavidrios o simplemente mendigan en las calles, pues alguna vez juró renunciar si no les sacaba de allí, de esa situación. ¿Cuán dura puede ser una cara que tantas veces lo ha sido?

Hace años, dicho sea con perdón de Valera, el aeropuerto de esta ciudad, descuidado por la democracia, era un desastre. Era incontable el número de agujeros en la pista. Alguien sugirió que sería más barato que rellenarlos hacer siete huecos más, después de lo cual la superficie sería uniforme. Son tantas las mentiras del régimen, que con sólo decir una media docena más parecerá veraz; claro, si escoge los puntos correctos para la fabulación. Quizás quisiera el gobierno, aprovechando la gentil invitación de Súmate, proponerle un contrato que sufrague un matching fund de FONCREI y el National Endowment for Democracy, para que, a partir de un exhaustivo inventario de falsedades, enumere cuáles son los embustes que faltan.

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FS #1 – Hitler en la derrota

Fichero

Fragmentos del capítulo «Hitler en la derrota», del libro «Los últimos Días de Hitler», por H. R. Trevor-Roper, oficial de inteligencia británico a quien se confiara la misión de establecer lo acontecido durante las semanas finales del Tercer Reich. Al finalizar su tarea Trevor-Roper ejerció como Regius Professor de Historia en la Universidad de Oxford.

Ésa era la puesta en escena, ése el reparto de actores, cuando la ruptura aliada en Avranches en agosto de 1944 abrió el último acto en la tragedia de Alemania. El resto del drama—el ritmo de la catástrofe, la interrelación y concatenación de eventos—estuvo determinado por una fuerza externa, incontrolable: el avance de los ejércitos aliados. Con cada nueva crisis, con la caída de cada gran fortaleza, el paso de cada gran río, una fiebre fresca parecía surgir en Rastenburg, Berlín o Bad Nauheim; pero éstas eran meramente etapas en el desarrollo del drama, no cambios o factores de su curso. Aunque persistían extraños errores en la políticamente inculta corte, aunque Himmler se veía como un nuevo coloso, y Ribbentrop creyó hasta lo último en una inevitable división entre los Aliados, de hecho sólo quedaban dos cuestiones en duda: cuándo llegaría el fin y cómo lo enfrentaría el Partido Nazi en general y Hitler en particular. Porque desde el fracaso del Complot de los Generales el era el único que podía decidir el asunto. Por esa victoria había obtenido, no en verdad la salvación o aun el perdón de Alemania, sino al menos el poder de arruinarla a su modo.

No se podía dar una respuesta racional en Alemania a la primera de esas preguntas, porque la respuesta ya no dependía solamente de Alemania. El Partido, por supuesto, tenía una respuesta oficial: el fin no llegará en absoluto, o al menos no en forma de una derrota para Alemania. El grito que ya había puntuado las manifestaciones de Hitler en 1933—«¡Nunca capitularemos!»—esa protesta nunca había sido elevada tan a menudo, tan estridentemente, tan poco convincentemente, como en el último invierno de la guerra. Tal respuesta, si hubiera sido realmente admitida, hubiera hecho irrelevante la otra pregunta. Sin embargo, en verdad no todo el mundo, ni siquiera los propios líderes del Partido podían creerla en realidad; muchos de ellos ya preparaban sus planes de escape o, al menos, de supervivencia. Sin embargo, ésa era la respuesta oficial; ninguna otra se permitía, y sobrevino una curiosa pero inevitable consecuencia. Con eslóganes de victoria en los labios, todo el mundo se preparaba para la derrota, y como no podía contemplarse ninguna preparación oficial, se hizo aparente el colapso total de la disciplina y la organización. La planeación de una resistencia colectiva, o incluso de una supervivencia colectiva, se hizo imposible, puesto que todos o casi todos estaban individualmente involucrados en secretas negociaciones de rendición o planes secretos de deserción. Había ruidosa jactancia de un bastión inexpugnable en el sur, un Reducto Alpino en las colinas sagradas de la mitología nazi, colinas cargadas con leyendas de Barbarroja y santificadas por la residencia de Hitler; pero cuando nadie, salvo Hitler mismo y unos cuantos escolares recalentados creyeron en esa resistencia, y todos los demás estaban ocupados con proyectos personales de rendición o desaparición, tales imágenes quedaron en el ya superpoblado reino de la metafísica alemana. La misma falla fatal condenó al llamado movimiento de resistencia alemana desde el comienzo. De hecho, nunca hubo tal movimiento. Un «movimiento de resistencia», definido por las circunstancias de la guerra, es un movimiento de gente no conquistada en un país conquistado. Pero la doctrina oficial del gobierno nazi era que Alemania no sólo no sería, sino que no podía ser conquistada. De hecho, dado que tenía esta implicación, cualquier mención de un movimiento alemán de resistencia estaba absolutamente prohibida.

………

Cuando él se veía contra el telón de fondo de la historia, cuando su imaginación había sido calentada y su vanidad intoxicada con la adulación y el éxito, y se levantaba de su modesta cena de pastel de vegetales y agua destilada para saltar sobre la mesa e identificarse con los grandes conquistadores del pasado, no era como Alejandro, o César o Napoleón que deseaba ser celebrado, sino como la reencarnación de esos ángeles de la destrucción: Alarico, el saqueador de Roma, Atila, «el azote de Dios», de Gengis Khan, el líder de la Horda Dorada. En uno de esos estados de ánimo mesiánicos declaró: «No he venido al mundo para hacer mejores a los hombres, sino a hacer uso de sus debilidades». Y conforme a este ideal nihilista, este amor absoluto por la destrucción, él destruiría, si no a sus enemigos, entonces a Alemania y a sí mismo, y a todo lo que pudiera involucrarse en las ruinas. «Aun si no pudiéramos conquistar»—había dicho en 1934—«deberemos arrastrar medio mundo a la destrucción con nosotros, y no dejar que nadie triunfe sobre Alemania. No habrá otro 1918. No nos rendiremos». Y de nuevo: «¡Nunca capitularemos! ¡No! ¡Nunca! Podremos ser destruidos, pero si lo somos, arrastraremos un mundo con nosotros, un mundo en llamas». Ahora, en su odio positivo del pueblo alemán, que le había fallado en sus planes de megalómano, regresaba al mismo tema. El pueblo alemán no era digno de sus grandes ideas: por tanto, que perezca por completo. «Si el pueblo alemán va a ser conquistado en la lucha»—dijo a una reunión de Gauleiters en agosto de 1944—entonces ha sido demasiado débil para enfrentar la prueba de la historia, y sólo era apto para la destrucción».

Ésa era, por consiguiente, la respuesta de Hitler al desafío de la derrota. En parte era una respuesta personal; el gesto vengativo de un orgullo herido. Pero en parte se derivaba de otro aspecto más deliberado de su terrible filosofía. Porque Hitler creía en el Mito, como lo recomendaban los filósofos irracionalistas Sorel y Pareto, cuyos preceptos seguía tan fielmente y tan elocuentemente ratificaba. Más aun, él desdeñaba con abrumador menosprecio al Káiser y sus ministros, los «tontos de 1914-18» que figuraban tan nutridamente en su limitado vocabulario de abuso. Les despreciaba por muchas razones; les despreciaba por muchos de los errores en los que también incurrió, como subestimar a sus enemigos, como hacer la guerra en dos frentes, y por muchos que eludió, como ser demasiado blandos en sus políticas y demasiado escrupulosos en su métodos de guerra; y les despreciaba en particular por su falta de éxito en comprender la importancia del mito y las condiciones de su crecimiento y su utilidad. En 1918 el Káiser se había rendido; en débil desesperación, había abandonado la mano (tal era la versión oficial nazi), sin esperar a la derrota. De esa debilidad y esa desesperación no podía crecer ningún mito floreciente, independientemente de las útiles mentiras que se pudiese inventar. Los mitos requieren un fin dramático, heroico. Aunque sus campeones sean aplastados la idea debe continuar viviendo, para que cuando haya terminado el invierno de la derrota y retornen los aires acariciantes, puedan brotar nuevas flores en aparente continuación. Por tanto, en el papel, hacía tiempo que los expertos estaban contestes (aunque tales especulaciones parecieran remotas y ridículas) en cómo Hitler y sus apóstoles enfrentarían el desastre. En el invierno de 1944-45 el tiempo para la corroboración de esta teoría era obviamente cercano; y como en otras horas oscuras, el profeta Goebbels se adelantó una vez más a corroborarla.

Ya todos sus trucos habían sido gastados y habían fallado, o su éxito temporal había contribuido demasiado poco a lograr esa última necesaria diferencia. Había probado la gloria del militarismo y había fracasado. Había probado con el «socialismo verdadero» y fracasado. Había probado el Nuevo Orden y fracasado. Había probado con la cruzada de avance contra el bolchevismo y fracasado. Había probado la defensa de Europa contra las hordas invasoras de Asia y eso también había fracasado. Con el oscurecimiento de los días había probado (como Speer recomendó que probara) el atractivo de sangre, sudor y lágrimas. Pero la propaganda está sujeta a la ley de rendimientos decrecientes; lo que había funcionado en Inglaterra en 1940 no funcionaría en Alemania en 1944, luego del fracaso de tantas promesas incompatibles; eso también había fracasado. Luego había probado con la guerra de Federico. Recordó al pueblo alemán cómo, en el siglo dieciocho, incluso el gran Federico había parecido condenado, cuando sus aliados cayeron y sus enemigos estrechaban el cerco, cuando los rusos tomaron Berlín y se encontraba solo y superado por todas partes. No obstante sobrevivió y al final triunfó, gracias a su resistencia oriental, su brillante estrategia y el favor cierto de la Providencia, que había sembrado la disensión entre sus enemigos. Ya que los alemanes de 1944 estaban gobernados por un líder de no menos recursos, por el más grande genio estratégico de todos los tiempos, no menos favorecido por la Providencia (como habían mostrado los eventos recientes) ¿no podrían también esperar, en caso de que exhibiesen la misma resistencia, un desenlace similar? Pero aun este llamado parecía inadecuado en el invierno de 1944-45. ¿Qué le quedaba profetizar al profeta?

Goebbels se creció con la ocasión. Si todos los llamados adicionales habían fracasado, al menos restaba el eslogan original del nazismo revolucionario, el eslogan que había inspirado a los déclassés y los desposeídos, los marginados y las víctimas de la sociedad que habían hecho al nazismo antes que los Junkers y generales, los industriales y los funcionarios públicos se hubieran sumado, y que pudiera inspirarles de nuevo, ahora que no podía contarse con estos aliados de buen tiempo. Por Radio Berlín, y luego por Radio Werewolf, se escuchó el eslogan de nuevo: el eslogan de la destrucción; la voz auténtica del nazismo desinhibido, inalterado por todos los desarrollos del ínterin; la misma voz que Rauschning había escuchado, con tímida consternación aristocrática, repicando repentinamente entre las tazas de té, los bollos de crema, los relojes cucú y el bric-à-brac del Berchtesgaden original. Era la doctrina de la guerra de clases, de la revolución permanente, de la sin propósito pero jubilosa destrucción de la vida y la propiedad y de todos aquellos valores de la civilización que el nazi alemán, aunque a veces trate dolorosamente de imitar, fundamentalmente envidia y detesta. Las pruebas de la guerra, los horrores del bombardeo, adquirían ahora un nuevo significado para el exultante Dr. Goebbels: eran instrumentos de destrucción benéfica en lugar de temible. «El terror de las bombas», se deleitaba, «no conserva las viviendas ni de ricos ni de pobres; ante los laboriosos oficios de la guerra total las últimas barreras de clase han tenido que caer». «Bajo los escombros de nuestras ciudades destrozadas», hacía eco la prensa alemana, «los últimos presuntos logros de la clase media del siglo diecinueve han sido finalmente sepultados». «No hay un fin de la revolución», gritaba Radio Werewolf; «una revolución está condenada al fracaso sólo si aquellos que la hacen dejan de ser revolucionarios»; y también daba la bienvenida a los bombardeos que entonces caían con más devastador efecto cada noche sobre las ciudades industriales de Alemania: «junto con los monumentos culturales se desmoronan también los últimos obstáculos al logro de nuestra tarea revolucionaria. Ahora que todo está en ruinas, estamos obligados a reconstruir Europa. En el pasado las posesiones privadas nos ataban a una moderación burguesa. Ahora las bombas, en vez de matar a todos los europeos, sólo han roto los muros de la prisión que les mantenían cautivos… Al tratar de destruir el futuro de Europa, el enemigo sólo ha tenido éxito en destruir su pasado; y con eso todo lo que es viejo y gastado se ha ido».

Hugh Redwald Trevor-Roper, Barón Dacre de Glanton

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