Testigo excepcional

 

Ramón J. Velásquez con mi madre, María Josefina Corothie-Chenel de Alcalá

 

Cuando el gran Pedro Grases fue entrevistado por Rafael Arráiz Lucca tres meses y tres días antes de su deceso, habló a éste de quiénes habían sido sus amistades. Lo que Grases dijo desde la punta de la lengua fue: “Entre mis amigos, Ramón J. Velásquez ha sido de los más entrañables”. Cuando el Dr. Velásquez recibía de la Universidad de Los Andes el Doctorado Honoris Causa en Historia, dijo Grases de él: “Su integridad humana, formada en la tradición tachirense, fue modelando su carácter de hombre probo, recio, honesto, intransigente con el error y la picardía…”

Grases es el dueño de un aforismo con el que cerró otra entrevista, que el diario El Universal le hizo con motivo de sus setenta y cinco años: «La bondad nunca se equivoca». La certificación que hiciera un hombre así del Dr. Velásquez es, por consiguiente, sólida como la cordillera de su cuna.

En un acto en su honor en el IESA, recordó hoy el Dr. Velásquez a Grases—y la colaboración que emprendieron, junto con Manuel Pérez Vila, para publicar el copioso registro del Archivo Histórico de Miraflores y producir la prodigiosa colección del pensamiento político venezolano en el siglo XIX—y lo llamó venezolano. Antes, el Dr. Asdrúbal Batista había dicho que Venezuela no podía ser un mal país, si había concebido y gestado al eximio prócer de San Juan de Colón. También dijo una verdad incontestable: que la historia que el Dr. Velásquez nos había aportado era la del futuro. En efecto, como ningún otro político más joven, es Ramón J. Velásquez el predicador más insistente de una política radicalmente nueva; este hombre de casi 95 años es quien más nos ha hablado de la política de las redes informáticas y la telefonía móvil; este andino nacido en 1916, es hombre de la más reciente modernidad.

La ocasión era el tributo de una revista de historia—El desafío de la historia—a un historiador. Antes de Batista, María Helena Jaén, Cristóbal Bello Vetencourt y Elías Pino Iturrieta le rindieron homenaje. Todos hicieron alusión, además, a su paso sereno y útil por la Presidencia de la República en hora menguada de ésta, y a la deuda que los venezolanos tenemos con él por esa labor y ese sacrificio. Luego, habló el periodista, el historiador, el presidente.

En un asombroso recuento, lleno de detalles que una memoria común habría olvidado hace tiempo, nos trasladó a los días de una crisis política que no tenía precedente en Venezuela. Y fue como si un periodista estuviera reportando en vivo el tránsito de las horas y las frases cuando la candidatura de Diógenes Escalante emergió para perderse, en pocos días, en la locura: la propia y la del país. El Dr. Velásquez nos regaló el vívido recuento de cómo fue que por primera vez viviese la política de la nación venezolana. Tenía entonces veintinueve años; hoy se excusó por la edad que llamó, con su invariable buen humor, insultante: sus noventa y cinco.

Volvió, pues, a ser maestro, y con la magia de la sugestión de su palabra, al hablar con la calidez de un testigo de excepción acerca del cierre de un ciclo político en la Venezuela de 1945, nos hizo entender inequívocamente la inminencia de otra clausura: la del régimen presente, sin mencionarlo siquiera. Habló desde la infalibilidad, Grases dixit, del hombre bondadoso. Dulce, como el de leche de cabra coriana que le llevo cuando puedo para agradecerle que me haya hablado. LEA

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La historia como prueba

Manos de Girard

A sus 85, Girard escribe todavía

René Girard, intelectual de muchas dimensiones, vive y enseña en la Universidad de Stanford. Cynthia Haven ha hecho para Stanford Magazine una presentación-entrevista de quien es uno de los cuarenta Immortels, los miembros de la muy exclusiva Academia Francesa.

Desde su Teoría de la Mimesis, Girard ha enseñado que la imitación está en la raíz de los conflictos por un objeto de deseo común (imitado), y que la «solución» de muchos de ellos es el señalamiento de un chivo expiatorio—el capitalismo, por ejemplo—que las turbas puedan acosar y destruir. En su obra más reciente—Achever Clausewitz, de pronta publicación en inglés (Battling to the End: Politics, War, and Apocalypse)—, explica Haven, el filósofo opina que hemos llegado a un punto en el que el expediente del chivo expiatorio no funciona más: «El mecanismo del chivo expiatorio es demasiado conocido, así que el asesinato ritual ya no produce la expiación de la sociedad. Ya la guerra no funciona para resolver conflictos; de hecho, las guerras ya no tienen claros sus comienzos, sus conclusiones o sus metas. Más aún, con el escalamiento de las armas, la guerra pudiera destruirnos a todos nosotros». Girard dice a Haven una cosa terrible: «La historia, pudiera decirse, es una prueba para la humanidad. Pero todos sabemos muy bien que la humanidad está siendo reprobada en ella».

Al final de su nota para la revista de la Universidad de Stanford, Cynthia Haven reproduce, con autorización de la Universidad del Estado de Michigan, un extracto de la versión inglesa del último libro de Girard. También incluye la pieza un video del propio Girard en explicación (en inglés) de sus tesis. Este video se reproduce a continuación. LEA

René Girard from Michael Sugrue on Vimeo.

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Historia del siglo XX (1)

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Introducción a vuelo de pájaro a la historia del siglo XX. La mise en scène: la Guerra Franco-Prusiana y la Belle Époque. La era de Bismarck. Irrupción del existencialismo: de Søren Kierkegaard a Friedrich Nietzsche.

La cosmología más reciente ha requerido postular, en explicación del universo observable, que hubo una época “inflacionaria” de la expansión original: una fase en la que la dispersión de la materia alejándose de sí misma procedió mucho más rápidamente que lo previsto por la ley de Hubble.[1] El siglo XX inició, en el mismo sentido, una época inflacionaria de la humanidad. Todo se hizo mucho más veloz: el crecimiento de la población, el del desarrollo tecnológico, el del traslado por tierra, mar y aire, el de los artículos de consumo y el de sus costos y sus precios, el del conocimiento científico, el del gasto energético, el de la contaminación ambiental y el de la posibilidad de autodestruirnos. Todo fue, a ritmo febril sin precedentes, más grande y numeroso, más rápido y potente: las guerras, las artes médicas, la capacidad terrorista, la internacionalización del comercio, la democratización al tiempo que la autocracia. El siglo XX fue, no cabe duda, un especialísimo punto de inflexión en la curva de la historia.

Los actores en el escenario del planeta, sea que se trate de protagonistas o de extras, somos muchísimos más que los que había en 1900. En los momentos somos unos 6.600 millones de pasajeros de la nave Tierra, cuando a comienzos de siglo éramos unos 1.600 millones. Le tomó a la humanidad un millón y medio de años para llegar a este tamaño, y sólo cien para añadir 5.000 millones y cuadruplicarse. Este explosivo crecimiento, que aún no se ha detenido, se produjo sobre todo en las áreas más pobres.

Población

El crecimiento de la población mundial

La explosión demográfica, por otra parte, coincidió con una equivalente del consumo energético. Primero el carbón, y luego muy principalmente el petróleo, alimentaron la expansión poblacional.

Energía

Crecimiento del consumo energético

Energía 2

Crecimiento por fuentes de energía

El incremento de una población, expresado por la tasa de crecimiento, es producto de la diferencia entre la tasa de natalidad y la de mortalidad. La tasa de natalidad, tomada para el conjunto del planeta, no varió demasiado durante el siglo XX—aunque sí en las últimas décadas de éste, decreciendo—pero lo que determinó la eclosión de los habitantes fue un marcado descenso de la tasa de mortalidad, a consecuencia de los adelantos sanitarios que permitieron grandes éxitos en el combate de las enfermedades de origen infeccioso. Los continuados avances de la tecnología médica, por otro lado, continúan aumentando la esperanza de vida al nacer.

Explosión demográfica

Mecanismo de la explosión demográfica

Parece ser, sin embargo, que el crecimiento de la población de las especies, la humana incluida, describe una curva logística (en forma de S): de crecimiento muy lento al principio, es sucedida por una fase de crecimiento exponencial que culmina en un techo que nuevamente la nivela. Es así como se espera que esto ocurra también con la raza humana, y que con el descenso de la tasa de natalidad en dirección de niveles de mero reemplazo poblacional[2] se alcance una nivelación, que algunos estiman en 11.000 millones de personas. En todo caso, si algo puede caracterizar al siglo XX es el muy acelerado crecimiento de la población, la que como un supertanquero de gran masa, es preciso frenar con mucha anticipación para detenerla. Todavía quedan unos cuantos años de crecimiento, aun cuando la natalidad ya ha descendido.

Logística

La curva logística crece al comienzo a ritmo muy similar al de una curva exponencial

Pero hemos dicho que muchas otras cosas también crecieron a ritmo desenfrenado durante el siglo XX. En la Primera Guerra Mundial, por caso, tripulantes de los aeroplanos militares debían dejar caer de sus manos las escasas bombas que lanzaron, y hasta disparar a su inicio con revólveres, casi a boca de jarro, a los aviadores enemigos. En cambio, se estima hoy que el arsenal nuclear existente es aproximadamente igual al de la década de 1980, y los modelos meteorológicos muestran que la mitad de ese polvorín es capaz de causar un invierno artificial de proporciones cataclísmicas, al incluir la traslación, por inversión de los ciclos eólicos normales, de nubes de hollín y polvo que harían barrera a más del 90% de la radiación solar incidente (con lo que muy pronto la superficie terrestre descendería a temperaturas de subcongelación), y de nubes intensamente radiactivas.[3] El cálculo de bajas en una guerra de este tipo ha llegado a rendir cifras tan altas que sus gráficos requirieron la aséptica y desalmada nomenclatura de “megamuertes” (megadeaths, un millón de muertos) introducida por Hermann Kahn en su libro—con título que hacía eco de la clásica obra de Clausewitz—On Thermonuclear War. Esto ha traído el siglo XX.

Pero también creció en el vigésimo siglo cristiano la propia capacidad de cálculo, con el vertiginoso incremento del poder para computar. No hace mucho que los ingenieros sacaban sus cuentas sin más auxilio que el de una regla de cálculo, pues los primeros computadores electrónicos datan de la década de los 40, y hoy se calcula su capacidad en miles de millones de operaciones aritméticas por segundo.

En 1965 la revista Electronics Magazine publicaba un artículo de Gordon E. Moore,[4] en el que este ingeniero electrónico hacia la observación (y predicción) de que la densidad de transistores en los circuitos integrados—chips—respecto de su costo mínimo unitario se duplicaba cada dieciocho meses.

Ley de Moore

La ley de Moore

Por supuesto que los computadores pueden emplearse en menesteres militares, pero su uso civil es cada vez más extenso, y la aparición del computador “personal” (1976) ha significado una nueva explosión, esta vez en la demografía digital. Del crecimiento sosegado de la electrónica a comienzos de siglo,[5] se pasó en breve tiempo a una carrera tecnológica acelerada, y en general lo inventado en el siglo XX empequeñece en magnitud a la inventiva humana de un millón y medio de años de existencia. Cálculos similares al de Moore se predica para las más dinámicas entre las ciencias. Para la década de 1980 se estimaba que el conocimiento total en Biología se duplicaba en el espacio de dos años, y más rápidamente aún en campos novísimos como la ingeniería genética.

A este siglo XX tan denso en sufrimiento y avance, se llegó desde una puesta en escena en el XIX que es preciso refrescar. Comoquiera que la civilización occidental ha sido el asiento del mayor progreso y dominio, este recuento es casi exclusivamente de la historia europea. A ésta se le pronostica ya una declinación, como postula Arnold Toynbee en su Estudio de la historia[6] para toda civilización existente o por existir. (Las fases por las que atraviesa toda civilización serían, para Toynbee, las de génesis, crecimiento, tiempo problemático, estado universal y desintegración). Algunos autores, incluso, sostienen que ya esa erosión ha comenzado, y tienen al siglo XX por el crisol primigenio de un nuevo y más englobante proceso: la emergencia de una civilización planetaria o mundial, a partir de la fusión cultural entre Oriente y Occidente[7].

………

La mecha larga del conflictivo comienzo del siglo XX fue encendida en Alemania en la segunda mitad del siglo XIX. Este país, cuyo Primer Reich se convirtiera en Sacro Imperio Romano el día de Navidad del año 800, con la coronación de Carlomagno a manos del papa León III, era en 1850 un archipiélago de más de trescientos principados, cuya unificación pretendía ser liderada por los Habsburgo, la casa reinante de Austria, en un proyecto de la Gran Alemania. En lo que hoy conocemos como Alemania sólo había un estado con el músculo suficiente como para frustrar los deseos austriacos: el reino de Prusia. Napoleón había acabado formalmente la existencia de mil años del Sacro Imperio Romano, incorporando la ribera izquierda del Rin a Francia y organizando la Confederación del Rin bajo su dominación y empujando a Austria fuera del extenso territorio de la liga, que se extendía del Báltico a los Alpes. En esa reorganización Prusia había permanecido incólume, como estado buffer ante Rusia.

Varios factores impulsaban la aspiración de la unidad alemana. El Romanticismo, para empezar, que tuvo por pioneros a grandes escritores alemanes—Goethe el cimero—fue un acicate para el espíritu nacionalista. Las ideas del liberalismo también hicieron lo suyo: la burguesía alemano-occidental aspiraba a un gobierno constitucional y políticas económicas que le fueran favorables, y como el estado de cosas no las proveía, deseaba un estado nacional unificado que las concediera. Luego, a la caída de Napoleón fue posible establecer, gradualmente, el Zollverein o unión aduanera, primero en Prusia, luego con la adhesión de principados menores y, finalmente, con la de principados mayores de Alemania del sur. Para coronar este proceso de integración económica, a partir de 1830 se instaló en el país una red ferrocarrilera que a su vez impulsó el surgimiento de industrias y, sobre todo, bancos que operaban más allá de las ciudades donde se fundaban.

Así las cosas, hubo tempranos intentos de unificación. Prusia logró un éxito parcial en 1850, cuando en Erfurt se aprobó una constitución para una Kleindeutsch o pequeña Alemania, que excluía a Austria, bajo presidencia prusiana. Pero esta iniciativa contó de inmediato con la oposición de Austria, que procedió a restaurar la Dieta de la vieja Confederación Germánica. La guerra entre Prusia y Austria pudo ser impedida por la constelación de fuerzas favorables a Austria: los estados alemanes del sur preferían la confederación laxa propuesta por los austriacos y Rusia se mostró inclinada a terciar a favor de estos últimos. En noviembre de 1850 los prusianos encajaron la “humillación de Olmütz”, donde debieron aceptar la disolución la Unión de Erfurt y la presidencia de Austria en la reestablecida Confederación Germánica.

En 1861 subió al trono[8] Guillermo I de Prusia, bajo quien se intentó la modernización del ejército, comandado por los generales von Roon y von Moltke. Esta pretensión fue opuesta por los diputados liberales al Landtag (cámara baja) con temores de que el ejército se convirtiese en fuerza represiva, y éstos bloquearon por más de dos años la aprobación de los créditos necesarios. A punto de abdicación en 1862, Guillermo I siguió el consejo de von Roon y llamó al gobierno a Otto von Bismarck.

Bismarck pertenecía a la clase terrateniente aristocrática, los Junker, que proveían la mayor parte de los oficiales del ejército y también los principales funcionarios de la administración. Había sido representante de Prusia ante la Dieta de la Confederación Germánica por nueve años (1851-1859), y en ella pudo calibrar a los diplomáticos austriacos y confirmar la baja opinión que tenía de la práctica parlamentaria, adquirida en la asamblea de Frankfurt en 1848, el año de revoluciones en Europa. Luego fue embajador en Rusia (1859) y en Francia (1862), de donde fue llamado para encargarse del gobierno prusiano en calidad de Ministro Presidente.

Fue Bismarck, de tendencia claramente conservadora, el exponente epónimo de la Realpolitik, o política de poder. A un comité de la Dieta de Prusia dijo en una ocasión: “Las grandes cuestiones del día no se decidirán con discursos y votos de mayoría—eso fue el error de 1848 y 1849—sino con sangre y con hierro”. Así se bautizaba él mismo, pues mucho antes de que Margaret Thatcher fuese tenida como “la Dama de Hierro”, ya Bismarck había pasado a la historia como “el Canciller de Hierro”. Cuando esa misma Dieta se rehusó de nuevo a la aprobación de los créditos para el ejército, un recién estrenado Bismarck simplemente la ignoró: sin el menor miramiento cobró los impuestos y los gastó en la modernización de sus fuerzas armadas.

Los objetivos de Bismarck no eran, al menos al comienzo, los de un pangermanista, sino los de un prusiano que quería maximizar el poder y la reputación de Prusia. Era para esto que buscaba ganar el apoyo de los restantes estados alemanes mientras disminuía la influencia de Austria, aunque para esto tuviera que alentar a quienes querían una Alemania unida. En cuidadosa preparación, buscó la pelea con Austria y la ganó, aprovechándose de “la cuestión danesa”.

Los ducados de Schleswig y Holstein eran propiedad personal hereditaria del rey de Dinamarca, pero su población era mayoritariamente alemana y, de hecho, Holstein era miembro de la Confederación Germánica. La corona danesa quiso incorporar definitivamente a Schleswig e imponer una constitución en Holstein, intenciones que reavivaron el sentimiento nacionalista alemán. Bismarck no tardó en aprovechar esta reacción, y persuadió a los austriacos a que le acompañaran en una guerra contra Dinamarca. La derrota total de esta última dio aliento a tres objetivos de Bismarck: aumentó su prestigio con los nacionalistas alemanes, demostró la eficiencia de sus tropas con un bautismo de fuego y estableció las bases para una próxima y más estratégica guerra contra Austria. En efecto, Dinamarca tuvo que ceder tanto Schleswig como Holstein a la pareja vencedora, adjudicando el primero de los ducados a Prusia y el segundo a Austria. Aunque, en teoría, la soberanía sería ejercida conjuntamente, en la práctica Prusia ocupaba y administraba Schleswig y Austria debía hacer lo propio con Holstein. Pero este último ducado estaba enclavado en territorio prusiano, y Viena estaba demasiado lejos. Después de prepararse de nuevo cuidadosamente en el terreno diplomático—se amistó con Rusia apoyándola en la supresión de la rebelión polaca de 1863, insinuó a Francia ganancia territorial en la Renania tras una guerra alemano-prusiana que ganara Prusia y concluyó una alianza con Italia, a la que prometió Venecia—penetró en Holstein con su ejército.

Como es natural, Austria mordió el anzuelo, y persuadió a la Dieta de la Confederación Germánica para que declarara a Prusia un agresor. Bismarck denunció entonces que se había violado la constitución federal y declaró muerta a la Confederación. Aunque la mayoría de los estados alemanes se alineó con Austria, y esta alianza hacía esperar la derrota de Prusia, la preparación de esta última se impuso en una guerra de siete semanas, para sorpresa de toda Europa. El ejército prusiano fue desplegado con rapidez y penetración con un uso inteligente de las líneas ferroviarias, y su empleo de fusiles de cerrojo, de carga mucho más rápida que los mosquetes austriacos que debían ser alimentados por la boca, determinó una ventaja tecnológica y táctica que fue decisiva. Después de arrollar a Hanover y volverse sobre los estados alemanes del sur, la acción definitiva, un enfrentamiento directo de Austria y Prusia, tuvo lugar en Bohemia, donde la batalla de Königgrätz (3 de julio de 1866) resultó en una victoria aplastante de Prusia.

Bismarck coronó el esfuerzo con un golpe diplomático maestro: se opuso a los deseos de Guillermo I y su propio estado mayor, que querían llevar el avance hasta la capital imperial de Viena, y compuso un rápido armisticio de trato condescendiente hacia Austria, para no añadir vinagre a la herida y prevenir una intervención de Francia, que sorprendida por la celeridad de una guerra que estimó prolongada había procurado entrometerse en plan de mediador. Austria tuvo que ceder Venecia a Italia que, como sería su costumbre en las guerras del siglo XX, había sido derrotada en el terreno y sin embargó se alzó con su premio. Ningún otro sacrificio territorial se impuso a los austriacos, aunque sí debió pagar una indemnización. Prusia, por su parte, y además de Schleswig y Holstein, incorporó a sus dominios a Hanover, Hesse-Cassel, Nassau y Frankfurt. En adición contó con mano libre para reorganizar a su antojo el resto de los estados alemanes del norte. En premio a la hazaña, la Dieta de Prusia votó entusiastamente a favor de los créditos que antes había negado, en medio de un furor de nacionalismo resurrecto.

La triunfante campaña de Prusia contra Austria, sin embargo, dejó un asunto pendiente. Luego de completar la reunificación al norte de Alemania, los estados alemanes del sur se vieron forzados a una alianza con Prusia, la que aceptaron a regañadientes sólo porque Austria ya no podría defenderles. El catolicismo sureño[9] resentía el protestantismo prusiano, y la única protección a la que podría aspirar era la de Francia. Bismarck entendió que tendría que ganarle una guerra a Napoleón III.

Como siempre metódico, Bismarck dispuso primeramente el terreno diplomático. Luis Napoleón también veía una guerra contra Prusia como inevitable, pero su intento de establecer alianzas que lo fortalecieran no tuvo éxito. Austria, derrotada, no podía pelear de nuevo tan pronto, y los húngaros, que ahora tenían status equivalente en la “Monarquía Dual” (Austria-Hungría), no querían saber nada del asunto. Los designios de Francia, que buscaba compensarse mediante la anexión de Bélgica y Luxemburgo, aseguraron la antipatía de Inglaterra contra ella cuando Bismarck se apresuró a advertir a los ingleses de las intenciones francesas. Italia estaba agradecida a Prusia, y ésta aseguró el beneplácito de Rusia en la eventualidad de una guerra con Francia.

Sólo faltaba un pretexto. El trono español estaba vacante, y había sido ofrecido al príncipe Leopoldo de Hohenzollern-Sigmaringen, pariente de Guillermo I de Prusia. El monarca alemán aconsejó a su familiar que rehusara la oferta, precisamente para no herir la susceptibilidad de Napoleón III. Pero en la primavera de 1870 Bismarck maniobró para que el ofrecimiento fuese renovado. Un nuevo e inexperto gabinete francés interpretó el asunto como insulto, y exigió que Guillermo I se excusara formalmente en representación del embajador francés, que fue hasta Ems, donde el monarca alemán descansaba, para entregar la solicitud. Guillermo se rehusó cortés pero firmemente y telegrafió a Bismarck para explicar los pormenores. El maestro de la Realpolitik editó el telegrama para que sonara como nueva injuria a los franceses y lo filtró a la prensa.

La reacción no se hizo esperar. Reaccionando a la afrenta del “despacho de Ems”, el emperador francés declaró la guerra a Prusia el 19 de julio de 1870. De inmediato Francia fue invadida por tres ejércitos alemanes que llegaron rápidamente tras las líneas francesas. Sitiaron un gran ejército francés en la fortaleza de Metz y rodearon otro en Sedán, conducido por el mismo Napoleón cerca de la frontera belga. Después de aguantar dos días de bombardeo inmisericorde, el segundo emperador de los franceses capituló con cien mil hombres el 2 de septiembre de 1870. La derrota significó la abdicación de Napoleón III y la proclamación de la Tercera República en Francia, que prolongó una lucha inútil por unas semanas más.

En mayo de 1871 el Tratado de Frankfurt arrancaba Alsacia y una parte de Lorena a Francia, e imponía a este país el pago de indemnizaciones de guerra y la humillación de una ocupación, sufragada por los vencidos, hasta tanto la obligación fuera saldada. En injuria adicional, Bismarck arregló la proclamación de Guillermo I como emperador alemán en el Salón de los Espejos del Palacio de Versalles, a escasos kilómetros de París. Había nacido el Segundo Reich, y de allí en adelante Bismarck, que había provocado tres guerras para conseguirlo, se consagró durante casi veinte años más a preservar la paz en Europa. Le bastaba aplicar su regla de oro: en una Europa de cinco potencias—Austria, Rusia, Francia, Inglaterra y Alemania; para fines prácticos Italia no contaba—había que estar à trois, es decir, acompañado de dos aliados.

Bismarck

Otto von Bismarck en su despacho en 1866, el año de la guerra entre Austria y Prusia

 

A raíz de la Guerra Franco-Prusiana las potencias que gobernaban Europa—si a ver vamos, el mundo—no se enfrentaron directamente en las cuatro décadas siguientes, limitándose a ensayar escaramuzas en otras tierras. La paz armada se llamó al período, pero también se lo conoció, sobre todo en Francia, que continuó siendo la primera referencia en lo cultural, como la Belle Époque. Un término más general para referirse a la época es la expresión igualmente francesa de fin de siècle, que conlleva una cierta connotación decadente. Lo cierto es que Francia, después de una depresión económica que duró desde 1882 a 1897, conoció una gran bonanza económica y suficiente estabilidad política como para alojar un sentimiento de bienestar, el que se expresaba en el desenfadado estilo de vida de las clases alta y media, y fue retratado por artistas de la época, como en los afiches de Henri Toulouse-Lautrec. La gran Exposición Internacional de París de 1879, convocada para conmemorar el centenario de la Revolución Francesa, vio la inauguración del símbolo urbano más reconocible del mundo: la Torre Eiffel. Fue visitada por una enorme peregrinación de treinta millones de personas, y en ella se exhibió el novísimo cine inventado por Lumière y el teléfono recién inventado por Bell.

Pero también logró Francia recuperarse diplomática y militarmente. No sólo logró rearmar y modernizar su ejército, sino que logró sacar a Inglaterra de su splendid isolation al proponerle, con éxito, una entente cordiale. Finalmente, para los primeros años había logrado forjar una fuerte alianza con Rusia, la que se había beneficiado de importantes inversiones francesas. La corte del Zar procuró imitar en todo a Francia, al punto de que hablaba en francés, y esta lengua continuó siendo la de los diplomáticos de todo el mundo. Era Francia ahora la potencia à trois.

………

El fin de siglo, sin embargo, fue más bien melancólico. Por una parte, el progreso económico del momento no se transmitía a un mayor bienestar de las clases populares. Por la otra, los artistas sentían y expresaban, como perros antes de terremoto, una angustia por el cataclismo que presentían.[10] Basta escuchar una sinfonía de Gustav Mahler, músico bohemio que tenía seis años de edad cuando Prusia derrotaba a Austria, diez al momento de la Guerra Franco-Prusiana y murió tres años antes del inicio de la Primera Guerra Mundial, para sentir el peso de la tragedia y de la muerte que se avecinaban, a pesar de que el compositor viviera en época de paz en Europa. En 1899 Sigmund Freud había expuesto en Viena, ciudad de intensísima vida intelectual al cambio de siglo, la realidad del subconsciente y el inconsciente, con lo que una ciega confianza victoriana en la racionalidad ya no era posible.

Los grandes sistemas filosóficos, que culminaron en el de Hegel, nunca dijeron nada al ciudadano ordinario, sumido en sus problemas existenciales. El filósofo y teólogo danés Søren Kierkegaard (1813-1855), tenido como padre del existencialismo filosófico, ya había puesto el dedo en la llaga al preguntar de qué servía un mapamundi (el sistema hegeliano) a quién como él sólo quería ir de Copenhague a uno de sus suburbios.

Una personalidad aun más atormentada que la de Kierkegaard gritaría más fuertemente en dirección parecida, hasta que muriera en el último año del siglo XIX. Friedrich Nietzsche (1844-1900) veía la vida como una intensa tragedia, y la entendía como una lucha constante por el poder. Considerando a la tradicional moralidad cristiana como una “ética de esclavos”, propugnaba como meta para la humanidad la producción de una nueva raza de superhombres. Lo que era bueno era lo que estimulara la búsqueda de poder, y lo que era malo lo que proviene de la debilidad. No podía imaginar siquiera que a la vuelta de cuatro décadas su programa fuera tomado literalmente por Adolf Hitler, pero su pensamiento ejerció una gran influencia en Europa. Georges Sorel (1847-1922) combinó esta influencia con el marxismo, y abogó por un sindicalismo violento que justificaba la acción violenta en la consecución de sus fines: huelgas, sabotaje, saqueo, todo estaba permitido. Sorel, más aún que Nietzsche, consagró lo irracional como legítimo motivo de la conducta, y la psicología de Freud, con su énfasis en el inconsciente y el instinto tanático, le proveyó de una base supuestamente científica.

El fin de siècle daría paso a una violencia de escala inusitada, y cabría al siglo XX el dudoso honor de las mayores y más terribles guerras de la historia humana. Por fortuna, en las riberas del río de esa historia,[11] otros hombres trabajaban pacientemente en una nueva ciencia y la reconstrucción de la racionalidad, y los artistas continuarían su pertinaz advertencia. Al lado del conflicto y de la guerra, el siglo XX sería también centuria de grande progreso intelectual. LEA


[1] Edwin Hubble, astrónomo estadounidense, postuló en 1929 la ley empírica que relacionó una mayor distancia de las galaxias con una mayor velocidad de recesión o alejamiento.

[2] Zero growth, “crecimiento cero”, que se conseguiría si cada pareja tuviera sólo dos hijos que la sustituyan.

[3] Para un caso base de un intercambio de 5.000 megatones, equivalente a la mitad del arsenal disponible. Ackerman, Pollack y Sagan, Scientific American, agosto de 1984.

[4] Uno de los fundadores de Intel, la gigante fábrica de circuitos electrónicos integrados de ubicua presencia: Intel inside.

[5] Entre la primera transmisión inalámbrica de Marconi (1895) y el primer radio de transistores (1954) transcurrieron cinco décadas.

[6] En el primer tomo de esa obra monumental de doce volúmenes—que terminó en 1961—el historiador de historiadores pregunta qué comporta un “campo inteligible para el estudio histórico”, y concluye que la civilización es la unidad de medida ineludible. No se entiende realmente la historia, sostiene, si se la escribe sólo sobre Estados, clases o grupos étnicos. Inglaterra, por caso, no puede ser comprendida, a pesar de su relativo aislamiento del continente, sino inserta en la historia de la civilización cristiana europea, y es precisamente el ejemplo de su patria el que emplea para exponer esta noción.

[7] Ver Sri Radhakrishnan: Kalki, o el futuro de la civilización.

[8] Al declararse loco su hermano, el rey Federico Guillermo IV.

[9] Poco después de la proclamación del dogma de la infalibilidad papal (Concilio Vaticano I, 1870) la propia Austria anuló su concordato con la Iglesia. Por su parte Bismarck emprendió una lucha más activa contra ella entre 1871 y 1875, para asegurar la supremacía estatal en asuntos donde los intereses del Estado requerían que la lealtad ciudadana no estuviera dividida entre ambas instituciones. A esta campaña anticatólica se le dio el nombre de Kulturkampf (lucha por la civilización), y sólo cesó al advenimiento de León XIII, pontífice más diplomático que su antecesor, Pío IX, cuando Bismarck se percató de la futilidad de su política.

[10] El psiquiatra Rollo May, en su obra Love and Will, escribió acerca de esta capacidad profética en los artistas, que comparten con los neuróticos. Éstos la expresan destructivamente, mientras que los artistas serían capaces de hacerlo constructivamente.

[11] “Quizás la causa de nuestro pesimismo contemporáneo es nuestra tendencia a ver la historia como una turbulenta corriente de conflictos—entre individuos en la vida económica, entre grupos en política, entre credos en la religión, entre estados en la guerra. Éste es el lado más dramático de la historia, que captura el ojo del historiador y el interés del lector. Pero si nos alejamos de ese Mississippi de lucha, caliente de odio y oscurecido con sangre, para ver hacia las riberas de la corriente, encontramos escenas más tranquilas pero más inspiradoras: mujeres que crían niños, hombres que construyen hogares, campesinos que extraen alimento del suelo, artesanos que hacen las comodidades de la vida, estadistas que a veces organizan la paz en lugar de la guerra, maestros que forman ciudadanos de salvajes, músicos que doman nuestros corazones con armonía y ritmo, científicos que acumulan conocimiento pacientemente, filósofos que buscan asir la verdad, santos que sugieren la sabiduría del amor. La historia ha sido demasiado frecuentemente una imagen de la sangrienta corriente. La historia de la civilización es un registro de lo que ha ocurrido en las riberas”. De Will Durant, autor, junto con su esposa Ariel, de la obra en varios volúmenes The Story of Civilization.

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Historia del siglo XX (2)

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Los primeros veinte años del siglo XX. Las sorpresas asiáticas. Sesiones de práctica en los Balcanes. La Gran Guerra. La Revolución Rusa. El Tratado de Versalles.

El año de 1901 fue bastante acontecido. La reina Victoria de Inglaterra, que presidió la expansión del Imperio Británico a su máxima extensión, murió comenzando el año después de haber reinado por más de 64 años, para superar la longevidad regia de Isabel I Tudor, la hija de Enrique VIII. Guillermo Marconi recibía en Terranova la primera transmisión de la radiotelegrafía “sin hilos”. Theodore Roosevelt ascendía a la Presidencia de los Estados Unidos, a raíz del asesinato de su predecesor, William McKinley, cuyo matador fue ejecutado en la silla eléctrica. La rebelión de los Boxers en China tocaba a su fin con la firma del Protocolo de Pekín. Por primera vez se concedía los premios establecidos en el testamento de Alfredo Nóbel. El pozo de Spindletop, en Beaumont, Texas, anunciaba la riqueza petrolera de este estado norteamericano. Los descendientes de los mayas deponían sus armas para terminar la Guerra de Castas en Yucatán. El Reino Unido prohibía, civilizadamente, el trabajo de menores de 12 años. Nacían Clark Gable, la archiduquesa rusa Anastasia, el jazzista Louis Armstrong, Walt Disney, el futuro emperador Hirohito, el futuro dictador Fulgencio Batista, quien sería el primer presidente indonesio, Sukarno, Enrico Fermi, Marlene Dietrich, la antropóloga Margaret Mead, el escultor italiano Alberto Giacometti y Ngo Dinh Diem, el primer presidente de Vietnam del Sur, Werner Heisenberg y Joaquín Rodrigo, el compositor español del “Concierto de Aranjuez” que quedaría ciego a los tres años de edad a consecuencia de la explosión de un tractor. Todos serían, con diferentes destinos, personajes famosos. Morían ese año, además de la Emperatriz de la India, otra Victoria, la Emperatriz de Alemania, y el rey Milan I de Serbia; también Giuseppe Verdi, Henri Toulouse Lautrec y George FitzGerald (de la hipótesis física de la “contracción Lorentz-FitzGerald”, que buscaba salvar a Newton del asedio montado por experimentalistas norteamericanos).

Con todo, un año casi como cualquier otro. A fin de cuentas Victoria tenía ya 84 años y McKinley moría a manos de un anarquista, lo que era bastante común por aquellos tiempos. El mismo Guillermo II de Alemania había escapado ileso de un atentado en su contra ese mismo año. La ciencia avanzaba tenazmente y la hazaña de Marconi era perfectamente esperable, la paz en China y Yucatán presagiaba un siglo tranquilo, y el petróleo tejano convenía al que sería del automóvil: en 1901 se fundaba en Detroit la compañía Cadillac. Para el acero fundaba J. P. Morgan la U.S. Steel, y hasta se había practicado en Alemania la primera operación de cirugía estética para hacer face lifting.

Veinte años después Europa estaba postrada por la guerra, una guerra tan inevitable como inimaginable, y la inocencia del mundo rodaba por los suelos. Los primeros tres cuartos de esas primeras dos décadas del siglo XX, fueron una preparación para el conflicto más extendido y cruel que los hombres hubieran conocido. Como siempre, mientras los políticos hacían lo suyo, otros hombres y mujeres construían nuevos peldaños de la escalera de la civilización.

Antes de que la conflagración, en esencia una generalizada guerra civil en Europa, se manifestara, Asia se había hecho sentir ante Occidente. La Guerra de los Boxers había comenzado en 1899, y en dos años había acabado con la vida de decenas de chinos cristianos, rebeldes y gente extranjera. Era contra esta gente que los Boxers, la Sociedad de la Armonía Correcta, había predicado y ejecutado la violencia, en repudio a la sujeción de una China débil ante los extranjeros, que en la primera mitad del siglo XIX habían llegado (los ingleses) al extremo de las Guerras del Opio para proteger su lucrativo comercio del estupefaciente. Unos años más tarde (1912) China proclamaba su primera república siguiendo el liderazgo de Sun Yat Sen, quien enarbolaba sus Tres Principios del Pueblo: el nacionalismo, la democracia y la “ecualización”, que comportaba una extensa reforma agraria y una mejor distribución de la riqueza. Sorprendentemente moderno, Sun sabía que el ciudadano común de China, luego de milenios de gobierno despótico, requeriría un plazo de aprendizaje para vivir en democracia. Más adelante en el siglo, Chiang Kai Shek se apropiaría de este “principio del tutelaje” para justificar su gobierno dictatorial.

Pero antes, otra nación oriental aparecería sorpresivamente en la palestra con arrestos de nueva potencia, para consternación de Occidente. Japón, el Imperio del Sol Naciente, propinó una humillante e inesperada derrota al Imperio de los Zares. Rusia buscaba expandir, a comienzos del siglo XX, sus territorios en el Oriente Lejano. Dos circunstancias agitaron esta voluntad: la degeneración política de China y la terminación del Ferrocarril Transiberiano, que unía a la Rusia europea con el Pacífico. Es así como Rusia extendió su influencia por Manchuria y comenzó la penetración militar de Corea, bajo el pretexto de la explotación maderera en la zona. Obtuvo, concretamente, un arrendamiento por veinticinco años de la ciudad de Port Arthur en la península de Liaotung.

Las maniobras rusas competían con las ambiciones japonesas en la región: Japón también quería aprovecharse de la debilidad china para su propia expansión. Sin advertencia previa—como lo harían en Pearl Harbor treinta y siete años más tarde—los japoneses comenzaron el bombardeo de Port Arthur en febrero de 1904. Más cercano al teatro de operaciones, Japón tenía la ventaja logística, y un incompetente liderazgo militar ruso llevó a un desenlace imprevisto: la destrucción de la Flota Báltica de Rusia en los estrechos coreanos de Tsushima, después de que hubiera viajado medio mundo antes de encontrar su trágico destino. La subestimación de la fuerza japonesa contribuyó a la derrota de los rusos, y en 1905 el Zar debió ceder todas sus adquisiciones recientes y aceptar un protectorado japonés en Corea. Occidente quedaba advertido.

Como había ocurrido en 1870 con Luis Napoleón en Francia, una oleada de insatisfacción y protestas cundió por Rusia con el descalabro en el Pacífico. En un “Domingo Sangriento” de 1905 el ejército ruso, que reprimía una manifestación ante el Palacio de Invierno en San Petersburgo, mató más de un centenar de trabajadores. El incidente reavivó las protestas y las huelgas, y los primeros soviets, o asambleas de representantes de los trabajadores, controladas por elementos radicales, fueron establecidos en varias ciudades, comenzando por San Petersburgo. Los marineros del acorazado Potemkin, en acción inmortalizada en un filme de Sergei Eisenstein, se amotinaron, y el proceso culminó con una huelga general que paralizó al imperio en octubre de 1905.

La crítica situación forzó al Zar a ofrecer concesiones. En apresurado manifiesto concedió las libertades de expresión, prensa y reunión, al tiempo que decretaba la formación de un parlamento o Duma a ser elegida por sufragio prácticamente universal. Así dejó de ser Rusia una autocracia incontrolada para convertirse, a regañadientes, en monarquía constitucional. Los liberales se sintieron satisfechos, no así los radicales. La agitación continuó hasta que el empleo del ejército y una cadena de arrestos puso fin a la revuelta al término del año. Quedaba sembrada la semilla revolucionaria para que en situación similar, doce años más tarde, cayera el zarismo y se iniciara la era comunista.

Potemkin

El motín del Potemkin, en ilustración de Alton Tobey para Life Magazine

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Poco después otro imperio en problemas entraría en una larga serie de crisis, la que permitiría el juego de las escaramuzas europeas en uno de sus teatros favoritos: los Balcanes. El “Hombre Enfermo” de Europa, el Imperio Otomano de Turquía, experimentó su propia revolución, la de los Jóvenes Turcos. En 1908 esta revuelta civil suscitó una confusión de la que se aprovecharon los pueblos balcánicos sujetos al dominio turco y algunas de las potencias europeas. Bulgaria procedió a proclamar su independencia, pero Bosnia y Herzegovina cayeron bajo el yugo de Austria-Hungría. La independencia búlgara no gustó a Turquía, pero nadie más se metió en el asunto. En cambio, la anexión de Bosnia y Herzegovina provocó las airadas protestas de Rusia y de Serbia, y esta última nación estuvo a punto de ir a la guerra contra Austria. La cosa, por los momentos, no pasó de allí.

El segundo acto se escenificó en 1911. Los italianos habían emprendido en 1911 la ansiada conquista de Trípoli, e incapaces de lograr la victoria, ocuparon las islas del Dodecaneso cercanas a la costa turca, lo que no cambió el estancamiento. Entonces se forjó una alianza de Grecia, Bulgaria, Serbia y Montenegro contra Turquía, que entró en Guerra y estuvo cerca de tomar Constantinopla, lo que detuvieron las grandes potencias para salvar lo que quedaba de Turquía, poniendo fin a la Primera Guerra de los Balcanes.

Por el Tratado de Londres de 1913, Turquía se vio forzada a ceder Creta y prácticamente todos sus territorios europeos. Y como Austria e Italia objetaban la expansión serbia hacia el Adriático, el mismo acuerdo atinó a crear el nuevo estado de Albania.

No se había secado la tinta londinense, cuando estalló la Segunda Guerra de los Balcanes. Serbia no estaba conforme con las previsiones del tratado, y exigió a Bulgaria una mayor porción de Macedonia. En respuesta, los búlgaros lanzaron un ataque sorpresivo contra Serbia, pero no pudieron sostener el combate más de un mes, cuando se vieron cercados por una coalición de Turquía, Grecia y Rumania a favor de Serbia. En agosto de 1913 el Tratado de Bucarest daba a Serbia y Grecia la mayor parte de Macedonia, con lo que Serbia obtenía su objetivo original, y Rumania adquiría la parte sur de Dobrudja, sobre el Mar Negro. Hasta la enferma Turquía recobró el control de Adrianópolis.

Así juzgan los resultados Barnes, Blum y Cameron en The European World: “Las nuevas naciones de los Balcanes habían aprendido las lecciones de la Realpolitik demasiado bien. Ninguna noción de ilustrado interés propio, fuese económico o de otro tipo, reprimía sus tendencias expansionistas. Sus finanzas públicas eran deficitarias, sus estándares de vida estaban escasamente sobre el nivel de subsistencia, y sin embargo sus líderes jugaban el juego de la política de poder con un irresponsable abandono que incluso los diplomáticos alemanes de la era post Bismarck se estremecieran. Tal era el intoxicante legado de la independencia después de más de cuatro siglo de dominio turco, junto con el tutelaje y el ejemplo de las grandes potencias”.

Bajas búlgaras en la II Guerra de los Balcanes

Entonces, el 28 de junio de 1914, el archiduque Francisco Fernando de Austria tuvo a bien visitar, en compañía de su esposa, la duquesa de Hohenberg, el pueblo bosnio de Sarajevo, luego de observar maniobras de las tropas austriacas acantonadas en las inmediaciones. Había llevado a su consorte para que le rindieran honores, como compensación por el desagrado de su tío, el emperador Francisco José, con su matrimonio. Cuando se dirigían al edificio del ayuntamiento, donde esperaba el alcalde para entregarles las llaves de la ciudad y pronunciar los discursos de rigor, pudo Francisco Fernando eludir un primer atentado, desviando con su mano la bomba que habían lanzado a su automóvil descapotado. Luego de regañar agriamente al alcalde, el heredero del trono austro-húngaro insistió en ir al hospital a visitar a los heridos por la explosión a la que había escapado. El conductor del automóvil imperial equivocó el acceso, pasando por delante de otro asesino, el estudiante y anarquista serbio Gavrilo Princip, que no acertó a disparar sobre la pareja. Al percatarse de que había entrado en la calle a contramano, el conductor retrocedió, y esta vez Princip no erró su objetivo. Francisco Fernando y Sofía Chotek cayeron abatidos por los disparos del terrorista, quien accionó su pistola a pocos metros de la infortunada pareja.

Princip

Gavrilo Princip es conducido bajo arresto en Sarajevo minutos después de asesinar a Francisco Fernando de Austria y Sofía Chotek el 28 de junio de 1914. Moriría de tuberculosis en prisión.

Irónicamente, Francisco Fernando procuraba, para los eslavos del sur que vivían en los Balcanes, un status de equiparación con los pueblos de la Monarquía Dual—austriacos y húngaros—en el llamado “trialismo”. Los bosnios y los herzegovinos, sin embargo, irritados por su forzada anexión a Austria-Hungría en 1908, buscaban más bien su separación del imperio para unirse a una Gran Serbia. Pero el doble magnicidio, alentado y armado por la policía secreta serbia, fue una muy mala idea. En lugar de facilitar la secesión de Bosnia y Herzegovina, provocó con ella la guerra de Austria contra Serbia y, con ésta, la Primera Guerra Mundial.

Bismarck ya no gobernaba en Alemania. A la muerte del emperador Guillermo I, su hijo ascendió al trono con el nombre de Guillermo II. (Willy, para los íntimos). En 1890 el nuevo monarca despidió al gran Junker y procedió alocadamente a desmantelar la alianza tripartita que Bismarck había forjado cuidadosamente y por veinte años había garantizado la paz en Europa: la Dreikaiserbund o Liga de los Tres Emperadores entre Alemania, Austria-Hungría y la Rusia zarista, la fórmula à trois del Canciller de Hierro. Rusia, ante los desvaríos de Guillermo II, se había negado a renovar la alianza y en cambio estableció un pacto de mutua defensa con Francia; además, tenía un compromiso de defender a Serbia en caso de guerra, precisamente, con Austria-Hungría. Por su parte, un sólido pacto defensivo mantenía aliados a alemanes y austro-húngaros, e Inglaterra, en entente cordiale con los franceses, estaba comprometida en la defensa de la neutralidad de Bélgica, al igual que Francia.

El gobierno de Viena no podía tolerar la grave afrenta, por más que los monarcas europeos estuvieran acostumbrados a los atentados contra sus reales personas: el mismo emperador Franz Josef I de Austria había perdido a su esposa, Sissí Emperatriz (Isabel de Baviera), en uno de esos atentados anarquistas, sin que por tal cosa se hubiera desatado una guerra. En juego, empero, estaba en esta ocasión el prestigio austriaco y la estabilidad de su imperio. A pesar de que Viena ignoraba que la conspiración había sido orquestada por Serbia (lo que se supo después de 1918), sí sabía que los conjurados eran serbios, que la prensa serbia había exaltado el magnicidio y que las armas asesinas habían sido entregadas en Belgrado. Así, una vez asegurada del apoyo alemán a principios de julio, Austria-Hungría envió a Serbia un ultimátum “formulado de tal forma que no pudiese aceptarlo sin capitular ni pudiese rechazarlo sin provocar la intervención armada austro-húngara”.[1]

Serbia, que había salido victoriosa y engrandecida de las Guerras de los Balcanes, y se sentía protegida por Rusia, calculó que podría defenderse de Austria-Hungría y rechazó el ultimátum recibido el 23 de julio con cuarenta y ocho horas de plazo para responderlo. El 27 de julio, luego de infructuosos esfuerzos diplomáticos de última hora, Austria-Hungría declaraba la guerra a Serbia. Esta nación había calculado mal, pero también las demás potencias, que estimaron todas que el conflicto podía todavía circunscribirse al escenario balcánico. Se creyó que sería una guerra limitada y relativamente rápida, al estilo de la Guerra de Crimea a mediados del siglo XIX, la que de todos modos había dejado una herencia de doscientos mil muertos. Nadie estaba preparado para los nueve millones de muertes que se causarían entre 1914 y 1918.

Los Balcanes, por supuesto, eran punto neurálgico de la geografía. Turquía todavía los consideraba suyos; Austria-Hungría quería más de su territorio luego de sus anexiones de 1908; Rusia los consideraba estratégicos porque su política secular había sido el establecimiento de puertos que no se congelaran en invierno, y procuraba la salida al Mediterráneo desde el Mar Negro, para lo que necesitaba que los estrechos del Bósforo y los Dardanelos le fueran practicables; Inglaterra, por su parte, sentía la misma necesidad para proteger sus intereses en Egipto, y para tal fin ocupaba Chipre. Lo que todos esperaban era una Tercera Guerra de los Balcanes, aunque sabían que esta vez el conflicto requeriría la intervención directa de las potencias, por más que las batallas se libraran en suelo de terceros.

Premio Pulitzer en 1963

Pero pronto caerían una por una las piezas del dominó, adosadas en dos grupos de intereses contrapuestos y arrastradas por los acontecimientos. Al día siguiente de la declaración inicial de guerra contra Serbia, Belgrado sufría los primeros bombardeos. Rusia había ordenado la movilización general de sus ejércitos en cuanto supo de la declaración, y Alemania procuraba que Austria reanudara negociaciones directas con Rusia, mientras aseguraba a Inglaterra que “no anexaría” territorios de Bélgica y Luxemburgo a cambio de la neutralidad inglesa y procuraba la separación de Rusia y Francia. Ni Francia ni Inglaterra entraron en el juego, y los ingleses exigieron un compromiso alemán más claro de respetar la neutralidad de Bélgica, a lo que Alemania se negó. Rusia cambió por unas horas, informada de los intentos diplomáticos de Alemania, su orden de movilización general por una de movilización limitada sólo contra Austria, pero regresó a su primera postura al fracasar sus negociaciones con los austriacos. Finalmente, el punto de no retorno se alcanzó el 1º de agosto, cuando simultáneamente Francia y Alemania ordenaron la movilización general. En horas de la noche de ese día Alemania declaró la guerra a Rusia, después de esperar la respuesta a un ultimátum que nunca llegó. Al día siguiente, tropas alemanas entraron en Luxemburgo y solicitaron permiso de Bélgica para atravesar su territorio en dirección a Francia. Los belgas rechazaron la petición y fueron invadidos de todos modos por los alemanes, que así violaron la neutralidad de Bélgica, que todas las potencias habían garantizado en 1839. El 3 de agosto, Alemania declaraba la guerra a Francia y al día siguiente los ingleses, ante tales hechos cumplidos y obligados por el compromiso de defender la neutralidad de los belgas, declararon la guerra a Alemania. Esa misma semana completó la involucración de todas las grandes potencias, con excepción de la sinuosa Italia, y también se metieron al fuego Bélgica, Luxemburgo, Serbia y Montenegro, del lado franco-anglo-ruso. Antes de finalizar agosto Japón declaró la guerra a Alemania y Austria-Hungría, a las que se sumó Turquía a fines de 1918. La Primera Guerra Mundial había comenzado.[2]

La pesadilla que espantaba a Bismarck se materializaba: la necesidad de Alemania de conducir la guerra en dos frentes a la vez, contra Francia y contra Rusia. A corto plazo, esta desventaja estaba compensada con creces por el mayor apresto militar alemán y su superioridad industrial, sobre todo respecto de Francia y Rusia. Además, sus líneas de suministro eran más cortas, y contaba con una eficiente red ferroviaria.

Pero a pesar de estos factores favorables, y de que Austria-Hungría afrontaría los primeros ataques de los rusos, aliviando la presión del frente oriental sobre Alemania, la campaña contra Francia, prevista para una terminación rápida, dio paso a una guerra de desgaste, al ser detenido el avance alemán a ochenta kilómetros de París. A partir de allí, los ejércitos enfrentados en el frente occidental comenzarían una carrera hacia el Canal de la Mancha, con el objeto de envolver cada uno al enemigo. Ninguno de los dos lo consiguió, y la guerra se transformó en un pulso de trincheras que no se movieron durante años, sin que ninguno de los contendientes ganase terreno.

Trinchera

Diagrama esquemático de una trinchera

Francia tenía menor población que Alemania, estaba menos industrializada y menos preparada en el aspecto militar. Rusia sí tenía una población enorme, pero estaba atrasada militar e industrialmente. Sus grandes distancias, y su mal desarrollada red ferroviaria dificultaban el movimiento de sus tropas, y su ubicación la hacía inaccesible para el apoyo de sus aliados. Inglaterra, en cambio, aportó su poderío y sus recursos de ultramar, incluidos acá el apoyo de sus dominios. La flota británica fue decisiva en tareas de suministro, a pesar de una feroz guerra submarina en su contra. Finalmente, la entrada en guerra de los Estados Unidos en 1917, justamente en el momento cuando Rusia colapsaba a la abdicación de Nicolás II, trajo a la lucha una definitiva ventaja material. A pesar de que Rusia, ya en manos de los bolcheviques, aceptó una desventajosa paz con Alemania (Tratado de Brest-Litovsk), Austria-Hungría colapsó también y ya Alemania no pudo sostener su esfuerzo bélico. Guillermo II abdicaba el 9 de noviembre de 1918 y dos días más tarde un armisticio ponía fin a la guerra que acabaría con todas las guerras.

El imperio de los Zares no aguantó una segunda revolución. A la abdicación de Nicolás II sucedió un gobierno provisional, en manos del moderado Alexander Kerensky. Éste no duró mucho tiempo. El 17 de noviembre de 1917 (25 de octubre del Calendario Juliano seguido por los rusos) un golpe de Estado comunista, liderado por Vladimir Ilich Lenin, se hizo con el control en menos de veinte horas. Días antes, San Petersburgo era invadido por hordas desempleadas y hambrientas que paralizaron la ciudad en medio de la escasez. León Trotsky, artífice de la táctica de ocupar puntos neurálgicos como estaciones de trenes, centrales del acueducto y oficinas telegráficas, logró aislar a Kerensky en el palacio de gobierno, dejando al país descerebrado. Pocos días antes, evaluando el probable éxito de la acción, y tomando en cuenta el efecto de la crisis económica, había confiado a Lenin: “Esto va a ser tan fácil como darle una patada a un paralítico”.[3]

Lo primero que hicieron los bolcheviques fue hacer la paz con Alemania. Luego lidiarían con la contrarrevolución de los “rusos blancos”, que vencieron. Así estabilizaron un gobierno que por 70 años determinaría buena parte de la política mundial, después de participar victoriosamente en la Segunda Guerra Mundial y constituir una de las dos caras de la Guerra Fría.

Lenin

Vladimir Ilich Lenin

La Gran Guerra significó la desaparición de Austria-Hungría, que se fragmentó en distintas repúblicas. Esta circunstancia dejaba un solo chivo expiatorio para cargarle la culpa del desastre: Alemania, y sobre ella se afincaron las potencias reunidas en Versalles para dictar los términos de su rendición definitiva.

A pesar de intentos pacificadores por parte de Woodrow Wilson, el Presidente de los Estados Unidos, el rencor francés determinó que las condiciones impuestas a Alemania fueran excesivamente drásticas: Alsacia y Lorena regresaban a Francia, la Renania debía ser desmilitarizada, se limitaba a 500 mil hombres el ejército alemán, se le prohibía aviación y flota de guerra, y se le exigía onerosas indemnizaciones que en poco tiempo terminaron por hundir la ya devastada economía alemana. Sólo las voces agoreras de John Maynard Keynes y Winston Churchill se alzaron en Inglaterra para advertir que el Tratado de Versalles era un error monumental: el primero pronosticó el desarrollo de una crisis económica mundial, que se materializó en una década; el segundo profetizó una nueva y peor guerra a la vuelta de veinte años, en la que fue destacado protagonista y cuya historia escribió.

Wilson había propuesto “catorce puntos” que guiaran el reacomodo político y la elusión de nuevas guerras. Éstos incluían el ejercicio de una diplomacia abierta—open covenants openly arrived at—el rediseño de las fronteras “a lo largo de líneas de nacionalidad claramente reconocibles”, la limitación de armamentos y la creación de una organización internacional que previniera los conflictos: la Liga de las Naciones. A pesar de que ésta llegara a fundarse, el propio país del presidente Wilson jamás consintió en ser miembro. Poco después el ex profesor de Princeton, con el espíritu desilusionado y la razón ida, dejaba este mundo. LEA


[1] Historia Universal, Editorial Planeta: Tomo 11, Siglo XX (I), De 1914 a 1942.

[2] Un extraordinario relato de estos primeros días de la guerra, y de la actividad diplomática que los precedió, se encuentra en The Guns of August, de Bárbara Tuchman, la historiadora norteamericana doblemente premiada con el Premio Pulitzer.

[3] Narrado por Curzio Malaparte en su libro La técnica del golpe de Estado.

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Historia del siglo XX (3)

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La consolidación del comunismo en Rusia y la constitución de la Unión Soviética. Imposiciones de posguerra y la siembra de una crisis económica. La Gran Depresión. Formación de la Liga de las Naciones. Una psicología melancólica.

A juzgar por la letra del tango Volver, ahora repopularizada por la más nueva película de Almodóvar, quince años deben ser menos que nada. Sin embargo, el período comprendido entre el término de la Primera Guerra Mundial (1918) y el ascenso de Adolfo Hitler al poder (1933) estuvo lleno de acontecimientos, los que definen un proceso de declinación de la civilización europea. De una Alemania postrada por las consecuencias de Versalles, y luego asolada por la inflación, se llegaría a un nuevo país, en despegue hacia la bonanza económica y una horrible metamorfosis.

Rusia, en medio de la revolución bolchevique iniciada en 1917, había tenido importantes pérdidas territoriales. Primero el gobierno de Kerensky había reconocido la independencia de Polonia, y luego de él los comunistas concedieron la petición de independencia de Finlandia. En los meses sucesivos Latvia, Lituania y Estonia obtuvieron asimismo la independencia. Por el Tratado de Brest-Litovsk (3 de marzo de 1918) debió entregar a Alemania grandes partes de Ucrania, Rusia Blanca y Transcaucasia, perdiendo de este modo más de sesenta millones de súbditos y mucha de su industria y también importantes recursos naturales.

En materia de resistencia al régimen bolchevique, que iba desde la de reaccionarios partidarios de la restauración de los zares hasta la presentada por los radicales del socialismo revolucionario, procedieron con una política de terror que arrasó con la oposición interna, sobre todo a raíz de un atentado en agosto del 18 que dejó a Lenin malamente herido. Pero sobre aquel régimen se cernía una amenaza mucho más peligrosa, que estuvo a punto de derrocarlo. Cerca de las fronteras rusas apareció primero un Ejército Blanco formado en los territorios cosacos del sur. A esta fuerza se unió otro ejército reclutado en Rusia oriental y Siberia, el que recibió un contingente de cuarenta mil checos, y a comienzos de 1919 dos ejércitos adicionales entraron en acción en el norte y el noroeste del país. Los comunistas, pues, se veían acosados por todos los flancos.

A esta amenaza se sumó la intervención aliada. Al retiro ruso de la guerra se quiso impedir que los alemanes pusieran mano al material de guerra que los aliados habían suministrado, por lo que éstos enviaron tropas a Siberia y el norte y sur de Rusia. Japón puso en guerra 60.000 hombres; los demás países no remitieron tropas en número suficiente, pero aun así los ejércitos blancos recibieron material y hubo bloqueo de las costas rusas. Los aliados retiraron sus soldados en 1920, pero la presencia japonesa se prolongó hasta 1922 y, específicamente en la zona rusa de la isla de Sakhalin, hasta 1925.

Los blancos parecían al borde la victoria hasta fines de 1919. Un año más tarde las fuerzas bolcheviques, comandadas por Trotsky como Comisario de Guerra, derrotaban definitivamente a aquéllos y ponían fin a la guerra civil.

Todavía la guerra, sin embargo, no terminaba para los rusos, pues los polacos invadieron el occidente de Ucrania y Rusia Blanca a comienzos de 1920. Francia apoyó a Polonia y los rusos debieron aceptar la partición de territorio adicional por el Tratado de Riga de marzo de 1921, con lo que perdieron otros cuatro millones de habitantes.

Curzon

La línea Curzon, propuesta en Versalles en 1919, marcaba la separación étnica entre rusos y polacos y guió las disposiciones del Tratado de Riga.

Por otra parte, en la misma Ucrania, en Transcaucasia y otras regiones fronterizas se manifestaron movimientos independentistas. A pesar de que los comunistas habían declarado estar a favor de la autodeterminación de los pueblos, procedieron a reprimir estos movimientos. El 30 de diciembre de 1922 nació formalmente la federación dominada desde Moscú: la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

Mientras estas cosas ocurrían, los diplomáticos aliados se reunían en París para decidir el destino de Alemania y sus vencidos socios. Veintisiete naciones participaron en la conferencia, aunque el verdadero poder de decisión residía en “los Cuatro Grandes”: Woodrow Wilson, David Lloyd George, Georges Clemenceau y Vittorio Orlando, en representación de los Estados Unidos, Inglaterra, Francia e Italia, respectivamente. Este último país emprendió un boicot en protesta porque no obtenía el reconocimiento de algunas de sus aspiraciones, por lo que en la práctica los Tres Grandes decidieron la mayor parte de las cosas.

No había unanimidad de criterio: Clemenceau asistió animado por el deseo de vengar las humillaciones de la Guerra Franco-Prusiana mediante compensación territorial, cuantiosas reparaciones y seguridades contra futuras agresiones alemanas; los italianos pretendían adquirir grandes territorios a expensas de los ya inexistentes imperios austro-húngaro y turco; Lloyd George, aunque dispuesto a una mayor moderación, estaba atado por su propia propaganda de guerra. (En diciembre de 1918 su partido había ganado las elecciones tras una campaña que prometía castigo para Alemania). Los aliados menores también querían su parte: Bélgica exigía reparación por daños de guerra; ya Japón había tomado posesión de territorios alemanes en China y el Pacífico, y los fragmentos del desaparecido imperio Austro-Húngaro, que habían sido reconocidos de facto por los aliados aun antes del fin de la guerra, disputaban entre ellos por territorio. Sólo los Estados Unidos fueron a París sin exigencias territoriales o financieras, y tal cosa, sumada a la popularidad de Wilson, permitió algo de moderación inicial.

Apartando las imposiciones materiales, territoriales y militares, Alemania se vio forzada a aceptar la culpa por la guerra y este hecho, de profundas implicaciones psicológicas, gravitaría sobre el posterior ascenso de Hitler, quien se presentaría justamente como agente de expiación de esa culpa y se referiría al tratado como el Diktat de Versalles. El Artículo 231 del Tratado de Versalles estipulaba: “Los Aliados y los Gobiernos Asociados afirman y Alemania acepta la responsabilidad de Alemania y sus aliados por haber causado toda la pérdida y el daño a los que los Aliados y los Gobiernos Asociados estuvieron sujetos como consecuencia de la guerra impuesta por la agresión de Alemania y sus aliados”.

Pero el efecto más inmediato y brutal sería el ejercido por las reparaciones impuestas. La factura total que Alemania recibió finalmente el 27 de abril de 1921 alcanzaba a la suma de 33 mil millones de dólares, cantidad muchas veces superior a todo su ingreso nacional anual. Esta carga terminaría por causar el colapso de la economía alemana. Para complicar el asunto todavía más, los gobiernos aliados, movidos por sus intereses económicos, establecieron onerosos aranceles que impedían la exportación alemana, y a fines de 1922 Alemania entró en cesación de pagos. La inflación que se desató fue monstruosa. Para 1923 el marco valía menos que el papel en el que estaba impreso, un dólar llegó a cambiarse por más de cuatrocientos millones de marcos y la gente llevaba billetes en carretillas para hacer sus compras de abasto.[1]

Los efectos de este proceso afectaron a otros países, como Francia, cuyo franco experimentó una devaluación de 25%. La alarma cundió y se convocó de emergencia una conferencia que propuso aliviar las exigencias a Alemania, y un nuevo empréstito norteamericano permitió una recuperación económica bajo la guía de Hjalmar Schacht, quien tuvo éxito en restituir la confianza sobre el marco. Tal como había previsto Keynes, las imposiciones financieras del Tratado de Versalles generaron una crisis internacional, la que paliada momentáneamente, reemergería con fuerza inusitada en 1929 para prolongarse hasta 1933. En Alemania, la inflación desatada dejó cicatrices particulares. Unos pocos especuladores hicieron fortunas gigantescas, mientras los trabajadores veían desaparecer los ahorros de toda una vida en pocas semanas.

Las consecuencias económicas de las disposiciones de París no fueron previstas adecuadamente, y una disputa absurda y contradictoria las agravó. Mientras que los Estados Unidos propusieron la condonación de las reparaciones de guerra al tiempo que insistían en cobrar sus acreencias, derivadas de los préstamos que hicieran a los aliados, Francia proponía que los Estados Unidos se olvidaran de esta deuda y se hiciera, en cambio, honor a las reparaciones. Los británicos sugirieron la cancelación de ambas cosas, pero los Estados Unidos se negaron a ver la conexión entre las dos. Calvin Coolidge diría: “Ellos pidieron el dinero prestado. ¿No es así?”

Los norteamericanos disfrutaban de una bonanza sin precedentes, a pesar de un breve lapso de depresión en 1920 y 1921. Los Estados Unidos habían pasado de ser un deudor neto a ser un acreedor neto, y lograron establecer una balanza comercial muy favorable mediante la exportación de sus productos mientras desplazaban a los productores europeos. Su propio mercado interno era de por sí masivo, y su crecimiento poblacional, aunado a un rápido progreso tecnológico, parecía garantizar una prosperidad inagotable.

Los banqueros e inversionistas estadounidenses optaron, en 1928, por sustituir su acostumbrada compra de bonos alemanes por inversiones en la Bolsa de Valores de Nueva York, la que inició un espectacular crecimiento. El gran bull market incitó a pequeños inversionistas a comprar acciones a crédito, mientras las economías europeas comenzaban a sentir la presión derivada del cese de la inversión norteamericana en sus papeles y una competencia que les dejaba sin mercados. La rigidez que significaba el empleo de los recursos destinados al crédito en la especulativa compra de acciones, esperaba sólo una chispa para desatar un incendio.

El 24 de octubre de 1929 una onda de pánico cruzó por la Bolsa de Nueva York, haciendo que se desplomaran los precios de las acciones y se evaporaran en escasas horas millones de dólares represados en papeles de valor ficticio. A mediados de noviembre el índice bursátil había caído a la mitad del valor que ostentaba. En “efecto dominó”, los bancos exigieron la devolución de los préstamos, lo que realimentó la oferta de títulos a precios irrisorios para afrontar las obligaciones. Los norteamericanos que habían invertido en Europa vendieron sus activos para repatriar sus capitales, transmitiendo así la repentina enfermedad al Viejo Continente. Para 1930 la retirada de los capitales norteamericanos no había cesado, y en mayo de 1931 uno de los más importantes bancos de Europa, el Creditanstalt de Austria, interrumpió sus pagos. La ola de pánico continuó, como un tsunami, transmitiéndose de banco a banco, industria a industria y país a país. En estocada mortal, una ola de cesantía dejó a millones de trabajadores sin empleo, con lo que recreció el ciclo de deflación.

En el verano de 1931 el presidente de los Estados Unidos, Herbert Hoover, forzado por las circunstancias a reconocer la realidad de la interdependencia financiera internacional, propuso una moratoria por un año de los pagos intergubernamentales, en lo que constituyó un remedio demasiado tardío. En septiembre de ese año Inglaterra, que con gran dificultad había retornado al patrón oro en 1925, debió abandonarlo otra vez, en compañía de muchos otros países. Lo mismo debió hacer Roosevelt en 1933, después de la quiebra de miles de bancos y la implantación de un feriado bancario de cuatro días.

………

Una esperanza política se había puesto en la Sociedad de Naciones. Ideada por Edgard Grey, ministro inglés de asuntos exteriores, fue entusiastamente acogida y promovida por Wilson, y se asentó en Ginebra luego de sostener su primera sesión en Londres, el 10 de enero de 1920, en la que se estableció su Secretaría. Sir James Eric Drummond fue el primer Secretario, y duró en el cargo hasta 1933. Tenía por objeto impedir los conflictos armados, luego de que quisiera entenderse al conflicto que concluyera en 1918 como “la guerra para acabar todas las guerras”.

Wilson

Hitos iniciales de la Sociedad de Naciones registrados en tarjeta postal de la época con la efigie del presidente Woodrow Wilson

La Liga de las Naciones—Société des Nations, Volkërbund—no disponía de fuerzas armadas propias, y para mediar entre países combatientes dependía de que las grandes potencias quisieran emplear las suyas. Los Estados Unidos nunca ratificaron la carta del organismo, y tampoco fueron nunca miembros. El 19 de noviembre de 1919 el Senado estadounidense rechazaba adherir a la Liga, y el 19 de marzo del año siguiente votaba en contra de ratificar el Tratado de Versalles. Esta decisión dejaba a los Estados Unidos técnicamente en guerra con Alemania, lo que no fue remediado hasta 1921.

Es posible que de haber existido un tratado distinto de éste para la sola creación de la Liga, el gigante norteamericano se hubiera asociado, pero se había insistido justamente en que el establecimiento de esta sociedad de Estados fuera parte integral del acuerdo versallesco. Haber aprobado su adhesión a la Liga habría representado para los Estados Unidos su aquiescencia a las restantes exigencias en contra de Alemania.

La propia Alemania fue admitida a la Liga en 1926, una vez superada su crisis económica, y el año anterior el Pacto de Locarno garantizaba las fronteras franco-alemana y alemano-belga contra agresión de cualquiera de los lados, así como las fronteras de Alemania con Polonia y Checoslovaquia, un país antiguamente inexistente, creado con fragmentos del antiguo Imperio Austro-Húngaro. Un hálito pacifista presidía las conversaciones, y a esta atmósfera se le llamó el “espíritu de Locarno”. Prolongado unos años, este espíritu animó comunicaciones entre Aristide Briand, por Francia, y Frank B. Kellogg, por los Estados Unidos, que condujeron al Pacto de París o Pacto Kellogg-Briand, firmado en 1928 por sesenta y cinco naciones. Por él se comprometían a la “renuncia de la guerra como instrumento de política nacional”. El Pacto de París era significativo porque no sólo lo firmaban Francia y Alemania, sino que se adherían a él Rusia y los Estados Unidos, pero no contaba con ningún mecanismo para hacerlo valer. La euforia, en cambio, quedó coronada al conferirse a Aristide Briand el Premio Nóbel de la Paz.

La carencia de una fuerza militar independiente, y la ausencia de los Estados Unidos, fueron debilidades que se demostrarían mortales. Después de haber tenido algunos logros, primero Alemania y después Japón se retiraron de la alianza en 1933. Rusia fue admitida luego de esas deserciones, pero la Liga fue incapaz de evitar la Segunda Guerra Mundial. Dos de sus instituciones, sin embargo, la sobrevivieron: la Oficina Internacional del Trabajo y la Corte Permanente de Justicia Internacional, que complementaba sin sustituirlo al Tribunal de Arbitraje creado en 1900.

Estas iniciativas, pues, permitieron el renacimiento de la esperanza que existiera a comienzos de siglo. La Alemania militarista del Segundo Reich daba paso a la civilizada República de Weimar, llamada así porque su constitución fue ratificada en esa ciudad alemana, que fue considerada la más avanzada de su época. No tardaría mucho, no obstante, en aparecer la oposición a la joven república desde los extremos radicales. Poco después de que se proclamase el fin de la ley marcial y se anunciara elecciones, una revuelta en Berlín fue aplastada con elementos del viejo ejército imperial y la ejecución sin juicio de los líderes del alzamiento. Las elecciones, por otra parte, aunque concedieron una mayor minoría a los social demócratas (163 de 423 diputados totales) implicaban la necesidad de una coalición para gobernar. Los demócratas y los católicos se sumaron al gobierno, que comenzó liderado por Friedrich Ebert.[2]

A las vicisitudes políticas del período 1918-1933 subyacía una modificación en el espíritu de la época. La experiencia de la guerra había trocado el optimismo de 1900 en una melancolía y un cinismo que emergieron claramente en la literatura, las artes y el ensayo. Precisamente en 1918 se publicaba “El ocaso de Occidente”, del alemán Oswald Spengler, obra en la que se declaraba moribunda a la civilización occidental. Un poema de T. S. Eliot, Los Hombres Vacíos (1925), hacía eco a la profecía spengleriana, concluyendo con dos versos que serían interminablemente citados:

This is the way the world ends/ Not with a bang but a whimper.[3]

Fueron los tiempos de la descarnada sátira Un mundo feliz, del inglés Aldous Huxley (que prefiguraba los excesos de un gobierno totalitario) y las obras más importantes de Franz Kafka (El Proceso,[4] de 1925 y El Castillo, de 1926). Pero tal vez haya sido la obra más característica del período la novela más larga jamás escrita, por Marcel Proust, que retrataba la disolución social a causa de la corrupción moral de la burguesía. Su título resume todo: En busca del tiempo perdido.

Entretanto, el cubismo y el modernismo, las corrientes principales de la pintura a comienzos de siglo, habían sido sustituidas por el surrealismo, que exploraba el mundo onírico con indudable influencia freudiana, y el dadaísmo, un movimiento de ruptura y denuncia del mundo moderno de efímera duración. Tan sólo la arquitectura logró asirse a la racionalidad, asentada sobre la necesaria realidad de los esfuerzos de reconstrucción. En 1919 fundaba Walter Gropius la muy influyente Bauhaus, una escuela que combinaba la arquitectura y el diseño con pintura, escultura y artesanía. En 1929, en la exposición internacional de Barcelona, los artistas de esa escuela mostraron que dominaban el campo. Desde Francia, la racionalidad funcional de Le Corbusier[5]—que definía una casa como “una máquina para vivir”—hacía sentir su influencia en la arquitectura y posteriormente en el urbanismo.

En general, el arte quería romper con el pasado desde comienzos de siglo, a partir de un escepticismo harto explicable. Muchos críticos hablaron de un arte de la decadencia, pero la verdad es que se trataba de un fermento revolucionario, y lo que había sido tenido por mero quehacer estilístico—simbolismo, Art Nouveau—dio paso a un profundo reexamen en el período entre las dos guerras mundiales. De nuevo, fue desde fuera del arte de donde vino la mayor influencia de todas: de la obra de Sigmund Freud, el fundador del psicoanálisis. No sólo los poetas surrealistas exploraban el subconsciente con sus poemas automáticos—influidos por la técnica psicoanalítica de la libre asociación de ideas—sino que las referencias y los símbolos sexuales comenzaron a emerger explícitamente en la literatura y el cine. En este sentido la época preparó el terreno para posteriores y más atrevidas liberaciones.

Dice el tango:“…veinte años no es nada, y feliz la mirada…” Quince años son, en consecuencia, menos que nada, pero en general la mirada no era feliz en el lapso comprendido entre 1918 y 1933. En este último y fatídico año ascendería a la Presidencia de los Estados Unidos, sobre la angustia de la Gran Depresión,[6] Franklin Delano Roosevelt, quien sustituyó la política hooveriana del Fair Deal por su propia proposición de un New Deal, grandemente influida por la prédica de John Maynard Keynes, que abogaba por una fuerte intervención económica del Estado para lograr la condición del pleno empleo de la oferta de trabajo, aun a costa del endeudamiento estatal a gran escala. (Deficit spending).

Pero también lograba el poder, en ese mismo año en Alemania, el otrora cabo austriaco Adolf Hitler. Nadie anticipaba por entonces un nuevo y más grande cataclismo de sangre y violencia, nadie anticipaba entonces el holocausto que sobrevendría. LEA

Roosevelt-Hitler

El presidente Roosevelt firma el New Deal en 1933 – Adolfo Hitler, todavía sin poder en 1928

 


[1] Una buena descripción del proceso se encuentra en el libro de William Shirer, Auge y caída del Tercer Reich.

[2] En la práctica alemana reciente, los partidos políticos pueden establecer fundaciones que reciben fondos del gobierno para sus operaciones políticas, incluyendo en éstas las ayudas exteriores. Los social-demócratas establecieron la Fundación Friedrich Ebert, mientras que los socialcristianos crearon la Fundación Konrad Adenauer. Ambas tienen representación en Venezuela.

[3] «Es así como el mundo termina, no en un estallido sino con un sollozo».

[4] Llevada al cine por Orson Welles, con actuación destacada de Anthony Perkins, el protagonista del clásico de Alfred Hitchcock, Psicosis.

[5] Seudónimo de Charles-Edouard Jenneret, arquitecto franco-suizo, de gran influencia sobre nuestro Carlos Raúl Villanueva.

[6] Documentada con descarnado realismo en las fotografías de Margaret Bourke White y Dorothea Lange.

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Historia del siglo XX (4)

digimulti

La Revolución Mexicana. Dictaduras en América Latina. La progresiva liberación de China y la emergencia de Japón como potencia.

En las primeras décadas del siglo XX no era Europa, por supuesto, lo único que se movía. Antes incluso de la Revolución Rusa, ya la Revolución Mexicana era tenida como la segunda gran revolución de la historia, detrás de la Francesa. En el Extremo Oriente, por otra parte, un gigante geopolítico comenzaba su despertar, China, en perpetuo forcejeo con Japón, que habiendo llegado tarde a la era colonial procuraba extender su control hacia áreas como Manchuria y Shan-tung.

Apartando a los Estados Unidos, que se incorporó tarde (1917) a la Primera Guerra Mundial, y Canadá, que como dominio británico participó al igual que Australia, Nueva Zelanda e India en la contienda en apoyo de su metrópolis, el resto del continente americano no tuvo mucho que ver en el conflicto. Cada uno de los países del área latinoamericana[1] estaba ensimismado en sus propios problemas de atraso.

Específicamente en México era evidente ese atraso, recrecido durante el largo período de la dominación de Porfirio Díaz, el dictador cuyo nombre bautizó el cambio de siglo mexicano: el Porfiriato. (1876-1911).

Porfirio Díaz, nacido en Oaxaca en 1830, había sido un héroe mexicano que resistiera las ofertas del Emperador Maximiliano para atraerlo a sus filas. A los dieciséis años, después de un fallido intento maternal por hacerlo sacerdote, se enroló en el ejército, motivado por una posible guerra contra los Estados Unidos. De allí en adelanto su ascenso fue muy rápido: derrotado Maximiliano, compitió con Benito Juárez—a quien había apoyado contra el austriaco—en las elecciones de 1871, y aseguró que había perdido por razones fraudulentas. En el Plan de La Noria llamó a la rebelión contra Juárez, pero su alzamiento fracasó. En 1872 la muerte de Juárez permitió el acceso al poder de Sebastián Lerdo de Tejada, quien decretó una amnistía que favoreció a los rebeldes, y Díaz se retiró a las labores de hacendado en el estado de Veracruz. De aquí llegó al Congreso electo como diputado, y cuando el gobierno de Lerdo de Tejada comenzó a enfrentar resistencia, rehusó una oferta para quitarlo de en medio con la embajada de su país en Alemania. En cambio, en 1875 viajó hasta Nueva Orleáns para planear una nueva insurrección. (Plan de Tuxtepec). Esta vez, saliendo de Oaxaca (10 de enero de 1876), Díaz logró sus propósitos, y pudo proclamarse Presidente de México el 10 de noviembre de 1876. Habiéndose declarado contrario a la reelección, en 1880 hizo elegir a uno de sus subalternos, Manuel González, para un cuatrienio de notoria corrupción.

Al término del período de González, una nueva presidencia de Díaz fue vista como alivio, y desde entonces Díaz ya no soltó el poder hasta que debió abandonarlo en 1911, asediado por alzamientos en su contra desde cada costado de México.

El Porfiriato se caracterizó por cierto progreso del país en materia de comunicaciones ferrocarrileras e industrialización, pero acentuó gravemente las desigualdades sociales. Díaz favoreció los objetivos de los grandes hacendados mexicanos, procediendo a la expropiación de tierras antaño en manos de campesinos, y este factor, junto con su larga detentación del poder, determinó el descontento que daría al traste con su régimen. En 1908 concedió una famosa entrevista a una revista estadounidense en la que declaró estar dispuesto a dejar el poder, anunciando elecciones para 1910.

Un antiguo asociado, Francisco Madero, educado en los Estados Unidos, quiso ser candidato luego de que Díaz desconociera su ofrecimiento de no volver a reelegirse, desde la plataforma del Partido Antirreeleccionista. El mismo día de las elecciones, sin embargo, Madero fue detenido y apresado en San Luis de Potosí, desde donde lanzaría el Plan de San Luis (20 de noviembre de 1910), que marca convencionalmente el inicio de la Revolución Mexicana. El manifiesto declaraba ilegal el nuevo gobierno de Porfirio Díaz, proclamaba a Madero como presidente provisional y llamaba a la insurrección. En 1911, después de que sus tropas federales fueran derrotadas, Díaz salía a refugiarse en Francia y Madero era elegido Presidente de México por abrumadora mayoría.

Díaz-Madero

Porfirio Díaz (1876-1911): “Pobre México. Tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos”. – Francisco Madero (1911-1913)

Un mes después de que Madero hubiera sido proclamado candidato presidencial antirreeleccionista (mayo de 1910), Emiliano Zapata se había sublevado en Morelos al frente de campesinos que exigían tierras. Por su parte, Francisco Villa hizo lo propio junto con Pascual Orozco desde Chihuahua el 20 de noviembre, y en enero del año siguiente los hermanos Flores Magón se alzaron en Baja California y los hermanos Figueroa en Guerrero.

Fue la ocupación de Ciudad Juárez el 10 de mayo de 1911 por estos revolucionarios lo que finalmente determinó el 26 de ese mismo mes la salida de Porfirio Díaz, quien dejó el gobierno en manos de Francisco León de la Barra. Éste entregó el poder a Madero a la elección de éste.

Ciudad Juárez

En esta fotografía tomada en Ciudad Juárez aparecen varios de los líderes de la Revolución Mexicana, como Francisco Madero padre e hijo, Venustiano Carranza, José Pino Suárez, Francisco (Pancho) Villa y Pascual Orozco. Madero es el quinto desde la izquierda en primera fila; Villa el primero a la izquierda entre los de pie.

A pesar de que Madero había conseguido el apoyo de Emiliano Zapata y Francisco Villa con promesas de reforma agraria, al llegar a la presidencia se olvidó de ellas. El incumplimiento impulsó a Zapata a lanzar, a los diecinueve días de la toma de posesión de Madero, el Plan de Ayala, por el que reclamaba el reparto de tierras y decretaba la continuación de la guerra revolucionaria. Pascual Orozco, nombrado jefe supremo de las fuerzas agraristas, se levantó en armas en Chihuahua en marzo de 1912, para ser imitado por Bernardo Reyes en Nuevo León y Félix Díaz en Veracruz.

El ejército federal, comandado por Victoriano Huerta—que ya había luchado exitosamente contra los zapatistas en el interregno de León de la Barra—y Prudencio Flores, emprendió una cruenta campaña contra los insurrectos. Las tropas oficiales quemaron villas enteras, establecieron campos de concentración y ajusticiaron a numerosos campesinos.

En febrero de 1913 la revolución había llegado a Ciudad de México, y en la “Decena Trágica” (diez días de lucha) murieron allí unos dos mil combatientes. Poco después el embajador de los Estados Unidos, Henry Lane Wilson, arregló un acuerdo entre Huerta y Díaz para deponer a Madero. El 18 de febrero el golpe de Estado derrocó a Madero y proclamó Presidente a Victoriano Huerta. Cuatro días después, Madero y su Vicepresidente, José Pino Suárez, eran asesinados por orden de Huerta.

Venustiano Carranza, gobernador de Coahuila, se negó a reconocer el gobierno de Huerta, y el 26 de marzo de 1913 proclamó el Plan de Guadalupe, en el que se declaraba continuador de la obra de Madero y procedía a la formación del “Ejército Constitucionalista”. Pronto se adhirieron a esta causa Álvaro Obregón en Sonora y Pancho Villa en el norte de México, al tiempo que Zapata operaba en el sur y el este del país. En la capital, la Casa del Obrero Mundial, de tendencias anarquista y obrerista, y defensora de las reivindicaciones agrarias del movimiento zapatista, también hacía oposición a Huerta. Las tropas constitucionalistas, formadas por campesinos y gentes del pueblo, derrotaron a los federales: Villa tomó Chihuahua y Durango y Obregón venció en Sonora, Sinaloa y Jalisco. Los Estados Unidos intervinieron contra el gobierno, enviando marines a Veracruz el 21 de abril de 1914, con el pretexto de liberar militares norteamericanos apresados por Huerta. Luego de un triunfo constitucionalista en Zacatecas el 24 de junio y de la ocupación de Querétaro, Guanajuato y Guadalajara, Huerta dimitió el 15 de julio siguiente y se marchó al exilio. Por el Tratado de Teoloyucán se decretaba la disolución del ejército federal y la entrada de los constitucionalistas en la capital, que se produjo el 15 de agosto de 1914, justo cuando comenzaba la Primera Guerra Mundial en Europa.

En noviembre de 1914 el Convenio de Aguascalientes regulaba el cese de hostilidades y nombraba a Eulalio Gutiérrez presidente provisional. Éste trasladó la sede del gobierno a San Luis Potosí, dejando Ciudad de México en manos de Zapata y Villa, mientras Carranza se retiraba a Veracruz. Villa y Zapata no lograron entenderse y al mes del acuerdo abandonaban la capital, prestos a reanudar hostilidades.

Electo presidente, Venustiano Carranza promulgó la Ley Agraria de enero de 1915, con lo que logró el respaldo de buena parte del país. Entretanto, su ejército combatía a Villa bajo el mando de Álvaro Obregón y lo derrotaba en Celaya, Guanajuato, León y Aguascalientes. En octubre los Estados Unidos, que habían ordenado la persecución de Villa—éste se había dedicado a la guerra de guerrillas y a provocar la intervención norteamericana—reconocieron el gobierno de Carranza. Por su parte, Zapata repartía tierras en Morelos, pero sus fuerzas fueron obligadas a replegarse a las montañas tras una expedición exitosa de las tropas federales bajo Pablo González.

En medio de esta relativa estabilidad, Carranza procedió a convocar un Congreso Constituyente en Querétaro. El 31 de enero de 1917 se aprobaba la Constitución de los Estados Unidos de México, con lo que formalmente se ponía fin a la Revolución Mexicana. Poco después Carranza era elegido Presidente (11 de marzo) bajo las nuevas disposiciones constitucionales.

La constitución mexicana de 1917 fue tenida por extremadamente radical para la época. En realidad consagraba un régimen democrático, aunque mantenía las conquistas sociales y la reforma agraria. También se declaraba defensora de la propiedad privada, y en lo tocante a educación prohibía a las religiones el establecimiento de centros de enseñanza, la que fue definida como laica, aun en medio de libertad de cultos.

La lucha armada, no obstante, no había cesado, y faltaría que murieran asesinados otros líderes revolucionarios. Zapata, por ejemplo, fue engañado con la posible defección de un oficial afecto al gobierno y emboscado y muerto en Chinameco el 10 de abril de 1919. El mismo Carranza fue asesinado el 20 de mayo de 1920. El 7 de mayo había huido de Ciudad de México rumbo a Veracruz, después de un infructuoso intento de detener a Álvaro Obregón, quien había anunciado su candidatura presidencial en abril de 1919. Por lo que respecta a Pancho Villa (nombre real: Doroteo Arango Arámbula), logró hacer las paces con el nuevo presidente, Adolfo de la Huerta, en 1920, y se retiró de la actividad guerrera. Tres años más tarde fue asesinado en Chihuahua.

Pancho Villa

Pancho Villa sentado en el sillón presidencial en el Palacio Nacional en Ciudad de México en agosto de 1914. A su izquierda, sosteniendo un sombrero de charro, Emiliano Zapata, quien había declinado sentarse en el trono.

La estabilidad de México no terminaría de llegar hasta 1934, cuando asumió la presidencia Lázaro Cárdenas, quien echaría las bases para el largo dominio del Partido Revolucionario Institucional (PRI) en la política mexicana.

………

En el resto del continente la pobreza y el atraso eran la regla. El escaso desarrollo económico iba acompañado de muy altas tasas de analfabetismo, junto con desempleo o subempleo muy marcados. Por otra parte, al igual que México, los restantes países latinoamericanos se caracterizaban por una extrema desigualdad entre las clases sociales pudientes, usualmente latifundistas, y las clases obrera y campesina. Sus economías eran, por otra parte, monoproductoras y dependientes por lo mismo de un único renglón de exportación. El café de Brasil, el azúcar de Cuba, la ganadería y el trigo de Argentina, el cobre y los nitratos en Chile, el estaño en Bolivia y el petróleo en Venezuela, permitían una economía sujeta a los vaivenes del comercio internacional, y ocasionalmente ésta experimentaba vientos de fortuna. En todos los países, por lo demás, las élites militares influían desproporcionadamente en la política, lo que dio pie al establecimiento de numerosos regímenes dictatoriales. En Venezuela, por ejemplo, la dominación de hombres de guerra de Los Andes se extendió por cuarenta y cinco años, y luego de un breve lapso de tres años de gobierno civil, obtuvo de nuevo el control por una década adicional. Hacia fines del período considerado, en otro caso, Rafael Leonidas Trujillo alcanzó el poder en la República Dominicana en 1930, el que ejerció como dictador absoluto y cruel durante 32 años. En ese mismo año Getulio Vargas tomaba la presidencia en el Brasil para manifestarse como otro autoritario más.

Es de este período que data también el inicio de un sentimiento antinorteamericano bastante extendido en América Latina. Las frecuentes intervenciones de los Estados Unidos en los asuntos internos de México, Centroamérica y el Caribe, les crearon una imagen imperialista.

………

Al otro extremo del mundo la inquietud revolucionaria también hacía de las suyas. La Primera Guerra Mundial había dejado al Japón en muy ventajosa situación. Habiendo entrado en la guerra contra Alemania el 23 de agosto de 1914, ocupó prontamente las islas alemanas en el Pacífico y sus posesiones en la provincia china de Shan-tung. Al término del conflicto logró que los tratados de paz les reconocieran esas conquistas.

China había tenido su revolución en 1911, de la mano de Sun Yat-sen, y había terminado con la dinastía manchú. Pero este líder fue pronto apartado de la jefatura del proceso, y en su lugar se hizo hombre fuerte el general Yüan Shih-k’ai, quien hizo desde la presidencia un intento de restauración de la monarquía. No lo logró, pues numerosas revueltas expresaron un descontento que forzó su dimisión a comienzos de 1916. Antes, sin embargo, la debilidad de China forzó a Yüan a aceptar casi todas las demandas que Japón hizo explícitas en 1915: la transferencia de los derechos alemanes en Shan-tung y la bahía de Chiao-chou, privilegios especiales para súbditos japoneses en Manchuria y Mongolia interior y la explotación de minas en China central.

Japón, sin embargo, no pudo impedir que a la postre China entrara en conflicto contra las Potencias Centrales de la Gran Guerra. Habiendo obtenido seguridades de los Aliados acerca de sus pretensiones en territorio chino, dejó de oponerse a la participación de los chinos que aquellos buscaron insistentemente, la que fue decretada el 14 de agosto de 1917. En el interior de China, en cambio, este issue de la participación en las hostilidades—que se limitó al envío de 200.000 coolies[2] a la retaguardia francesa—tuvo efectos políticos de gran importancia. Sun se había opuesto a la entrada de China en el conflicto, y sin dejar de aceptar el estado de guerra como fait accompli, estableció en Cantón un gobierno revolucionario que desconocía al asentado en Pekín.

A pesar de esta división, al término de la guerra los gobiernos de Pekín y Cantón presentaron un frente común con el fin de moderar, si no impedir, las pretensiones japonesas en China. Fueron decepcionados, sin embargo. En 1917 Francia, Gran Bretaña e Italia se habían comprometido con Japón, y los Estados Unidos no pudieron hacer nada contra esa determinación. Japón, por tanto, intentó expandir su área de control y, bajo el pretexto de luchar contra el régimen bolchevique de Rusia, ordenó un desembarco en Vladivostok. Los bolcheviques, no obstante, ganaron la guerra civil, y en Siberia recrudecía la resistencia contra los japoneses. En China, similarmente, el resentimiento que se originaba en el trato recibido en los tratados de París, fortalecía el espíritu nacionalista, enfocado primariamente contra Japón. En este contexto los Estados Unidos presionaron a Inglaterra—ahora su acreedora de posguerra—para que no renovase sus acuerdos con Japón, los que caducaban en 1920, y convocaron a una conferencia en Washington para poner orden en Asia oriental.

Reunida de noviembre de 1921 a febrero de 1922, la conferencia atrajo los representantes de las potencias colonialistas grandes o pequeñas: Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Italia, Portugal, Holanda y Bélgica, junto con China y Japón. La conferencia fue un triunfo en términos norteamericanos: no sólo puso freno a Japón en China, sino que logró limitar indirectamente la expansión de la flota de guerra japonesa, al aprobarse un acuerdo de tamaños relativos de las marinas de guerra de los países involucrados.[3]

Entretanto, en China continuaba actuando la levadura revolucionaria. En 1919 los estudiantes de Pekín tomaron las calles para protestar los acuerdos de Versalles, que habían confirmado los privilegios japoneses en China. Este “Movimiento del 4 de mayo”, en principio nacionalista, la emprendió también contra el predominio del confucianismo en la vida cotidiana y la cultura, iniciando una renovación cultural e ideológica. Sus representantes adquirieron, además, importantes responsabilidades políticas. Ch’en Tu-hsiu, director de una revista del movimiento, fue elegido en 1921 secretario del recién fundado Partido Comunista Chino. Éste celebró en Shanghai su primer congreso en julio de ese año con una escasa docena de delegados, entre quienes se encontraba el futuro hombre fuerte de China: Mao Tse-tung.

El propio líder de la revolución de 1911, Sun Yat-sen, fundador del partido republicano Kuo-min-tang, comenzó a derivar hacia posiciones izquierdistas. Habiendo sido encerrado en Cantón por su antiguo aliado, el general Ch’en Chiung-ming, consolidó su desconfianza contra los elementos militares y llegó a la conclusión de que debía proporcionar a su partido una mayor carga ideológica. En consecuencia, volteó sus ojos hacia la Unión Soviética, al considerar que sólo este país podría ayudarle contra los japoneses y los militaristas de su propia nación. En enero de 1923 se firmó la declaración Sun-Joffe, en la que los soviéticos se avenían a fortalecer al Kuo-min-tang en su intento de unificar a China, considerando que era demasiado prematuro para instaurar allí el comunismo. Al año siguiente, una reorganización del partido de Sun seguía el modelo del Partido Comunista Ruso, y añadía a sus principios originales—nacionalismo, democracia y bienestar del pueblo—las “tres políticas” de apoyo a los movimientos obreros y campesinos, colaboración con la Unión Soviética y alianza con el Partido Comunista Chino.

Las potencias occidentales presentes veían estos desarrollos con malos ojos, y en 1925 un incidente exacerbó el sentimiento antioccidental. El 30 de mayo de 1925 tropas inglesas dispararon contra manifestantes en Shanghai. La protesta tomó forma de huelga general y bloqueo de las comunidades internacionales residenciadas en la ciudad, y hasta octubre no fue posible aplacarla, y esto requirió la intervención de soldados británicos con apoyo de unidades japonesas. En junio otro episodio avivó el fuego desde Cantón, donde de nuevo cayeron disparos extranjeros sobre una manifestación local. Al boicot de los obreros portuarios de Hong Kong contra mercancías inglesas, Inglaterra respondió con el aislamiento de Cantón, lo que animó aun más a los nacionalistas más radicales.

Todo el proceso causaba alarma en el ala derecha del nacionalismo, que representaba a la burguesía china, nacida de la industrialización junto con la combativa clase obrera. Esta clase de comerciantes e intermediarios veía con simpatía la tendencia nacionalista, pues le liberaba de la competencia de los occidentales. Pero el progreso del izquierdismo en el Kuo-min-tang puso en peligro la conjunción de nacionalismo político con nacionalismo económico, y a la muerte de Sun en 1925 la derecha impuso la figura de Chiang Kai-shek para llenar el vacío.

Chiang no tardó mucho en embestir a los comunistas. En febrero de 1926 ordenó la encarcelación de comunistas y sindicalistas, y luego decidió emplear el ejército para unificar el país. En julio de 1926 comandó una expedición que llegó a Shanghai en marzo del año siguiente y fue ampliamente aclamada. Allí atacó a los comunistas en una acción que causó 5.000 víctimas, y en abril formó en Nankín un gabinete opuesto al de Hankow, que mantenía colaboración con los comunistas. Luego de extender su influencia a esta ciudad, Chiang Kai-shek logró finalmente el control total del Kuo-min-tang. Luego, eliminó a más de 2.000 comunistas en Cantón, con lo que terminó de sofocar la competencia de la izquierda. Una vez logrado esto, tomó Pekín el 8 de junio de 1928. En noviembre de este año el gobernador de Manchuria, provincia que los japoneses todavía controlaban, reconocía la autoridad de Chiang. China había sido reunificada bajo su mando. Pronto, sin embargo, sufriría una guerra civil más concluyente. LEA


[1] La noción de América Latina es de invención francesa, y data de la época de Napoleón III. Usualmente se designaba al territorio que quedaba al sur del Río Grande como Hispanoamérica. La entronización de un emperador apoyado por Francia en México (Maximiliano de Austria) y la minúscula posesión francesa de Martinica, justificaron la más amplia designación de Latinoamérica.

[2] Término despectivo para referirse en Asia, principalmente en China, a la mano de obra no calificada. En castellano decimos culíes.

[3] Sobre una relación proporcional de 5 para los Estados Unidos e Inglaterra, 3 para Japón y 1,67 para Francia e Italia. Alemania continuaba estando fuera de estos acuerdos de posguerra.

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