A Nacha, Eugenia, María Ignacia y Maya, las mujeres de mi vida.
En anteriores oportunidades he mencionado la fábula de Jacquetta Hawkes (Jessie Jacquetta Hopkins), arqueóloga británica de profusa vena poética: A Woman as Great as the World. Con admirable concisión, la aparición y desarrollo de la vida en el planeta—dinosaurios y glaciaciones incluidas—son presentados en una parábola con moraleja: la serísima advertencia al género humano, ocupado en molestar a la Tierra con su actividad destructiva y contaminante, acerca de la posibilidad de cataclismos que acaben con la vida. El conmovedor texto de Hawkes es ¡de 1953!, bastante antes de que la conciencia ecológica hiciera presencia significativa entre nosotros. (La obra que en su momento fuera tenida por biblia de la futurología—The Year 2000, de Herman Kahn, 1966—no hizo mención alguna, en sus centenares de páginas, del problema ambiental).
Nunca, sin embargo, había publicado su breve admonición, que encontré en 1973—mediante préstamo de Diego Arria Salicetti—en Subversive Science: Essays Towards an Ecology of Man (1969). Recuperada por mí hace poco, gracias a Internet, he hecho de ella una traducción apresurada, que aquí publico. Mi entusiasmo por la poderosa fábula me ha llevado a leerla en alta voz y grabarla. También he colocado a continuación el archivo de audio correspondiente. LEA
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Una mujer tan grande como el mundo
Había una vez una mujertan grande como el mundo. Ella era de disposición plácida y, sabiéndolo todo, no tenía preocupaciones. De hecho, difícilmente hubiera estado consciente de su hermosa y completa existencia si no hubiera sido por el Viento visitante que venía a perturbar su paz. Él soplaba alrededor de donde ella yacía, inflando las nubes que lamían sus miembros ociosos; a veces la acariciaba tiernamente, su tacto como el de una mano firme que palpa el hueso y aviva la carne; a veces soplaría tormentoso hasta que su cabello ondeara entre las nubes. Cuando venía, siempre llenaba su mente con imágenes de sí misma suspendidas ante ella, que parecían, por su mera presencia, exigir una explicación. Ella deseaba que él no viniera a perturbarla, y cuando él no venía sentía hambre de él.
Algunas veces, aunque raramente, él llegaría como un remolino, reunido en un solo cetro, como espiral de vidrio derretido. Entonces le ordenaba que se abriera a él, y ella obedecía hasta sentir el desmayo de su conciencia, sorbida por las cuevas y lechos marinos de su ser. Después de estas visitaciones se sentía pesada, llena de bostezos y letargo, hasta que al fin abría sus muslos de nuevo, permitiendo la salida a una nueva creación.
Quizás su progenie serían peces: muchos suaves y simples con sus escamas plateadas, otros intrincados con aletas, barbas y espinas; algunos delicados y bellos, sus aletas y colas como velos de sedas irisadas; algunos feroces y feos, con rostros que eran máscaras de furia. O pudiera ser una fantástica creación de reptiles: monstruos acorazados gigantescos, armados como para resistir la colisión de planetas; o pájaros: cada especie alojando sus propios cantos y gritos, sus propias destrezas para formar nidos, y un plumaje específico hasta la más débil línea de la pluma más pequeña. Todas estas criaturas exhibían en cada una de sus partes la interminable inventiva, la inconmensurablemente poderosa imaginación del Viento generador; ellas se hacían una con la Mujer, acrecentando su belleza como un fino vestido.
El Viento estuvo lejos por muy largo tiempo; a la Mujer le pareció que habían transcurrido eones desde que él hubiera, meramente, soplado los canales del dorso de su mano o agitado una sola hebra de su frente. Toda su vieja resistencia a recibirlo había sido olvidada; sin él estaba inquieta y sin vida; su hermoso cuerpo empezó a tener frío, a congelarse y destruir su propia vida. Entonces, por fin el Viento estuvo sobre ella; ella escuchó sus rápidos suspiros y vio como las nubes se separaban ante él como un rebaño de ovejas primaverales. Él embistió entre ellas y, sin caricia ni ternura, la penetró; todas las partículas de su vaga conciencia de sí misma explotaron juntas, reforzadas, y barrieron su interior como si hubiese sido inundada por una ola cargada de guijarros.
Michael Thompson – Woman at rest (2009)
La Mujer quedó sumida en su pesadez usual; de hecho, era aun más profunda que nunca, mientras las imágenes que se le presentaban eran más que nunca claras y perturbadoras; se sintió más cerca de entender el secreto de su vida. Cuando llegó el tiempo de abrir sus muslos esperaba dar a luz una creación de maravilla insuperable, a criaturas más fuertes que los reptiles o más exquisitas que los pájaros. Cuando de su vientre surgieron feos espantapájaros, que caminaban torpemente en dos patas y de una vez empezaron a cubrirse con hojas y pieles, estuvo primero alicaída. Esta progenie, seguramente, no podría hacer nada para glorificarla y enriquecerla. Pero entonces la Mujer se extrañó al sentir en ella una nueva cosa desconcertante, una persistente conciencia de sí misma, como si el Viento estuviera siempre con ella, como si él estuviera presente entre los tejidos de su cuerpo. Y ella empezó a sentirse agradada por lo que había ocurrido, pensando, con una claridad que antes hubiera estado fuera de su alcance: “Ahora soy tan lista e imaginativa como el Viento; puedo ser su igual y ya no meramente su obediente querida, el instrumento que él toca”.
Pronto, sin embargo, descubrió que la nueva relación no le acomodaba; ella y el Viento se la pasaban peleando, golpeando con terribles tormentas, inundaciones, terremotos y volcanes en su furia. Algunas de sus peleas eran provocadas por los intentos de la Mujer de argüir lógicamente, algunas por sus celos al comprobar que el Viento gustaba de vagar entre las nuevas criaturas, susurrándoles y, sospechaba ella, acariciándoles. Pronto, además, las nuevas criaturas se hicieron molestas. Atormentaban su piel y su carne de cien modos con su incansable actividad; dañaban su física belleza mientras destruían la milenaria quietud de su mente.
Sus querellas con el Viento y sus celos, su incomodidad corporal y mental, fueron a la larga demasiado para la natural negligencia y el buen carácter de la Mujer. Su cuerpo era ella misma y suya la plenitud de ser. Se dio vueltas una y otra vez, se rascaba y se abofeteaba, y mientras se rascaba, se abofeteaba y se volteaba comenzó a reír. Rió mas fuerte, abandonándose totalmente a la risa.
Cuando se calmó, y las nubes pudieron de nuevo doblarse suavemente en su derredor, estuvo una vez más en paz, sabiéndolo todo y no importándole nada. Ni siquiera se preocupaba porque el Viento nunca regresara, incapaz de perdonarle su disoluta destrucción. Así como toda mujer puede disfrutar la visión de su carne limpia y tibia, estirada en el baño mientras rizos de vapor ascienden livianos del pálido paisaje de su cuerpo, ahora se examinó a sí misma apreciándose, sin hacer caso, mientras descansaba entre las nubes.
René Girard, intelectual de muchas dimensiones, vive y enseña en la Universidad de Stanford. Cynthia Haven ha hecho para Stanford Magazine una presentación-entrevista de quien es uno de los cuarenta Immortels, los miembros de la muy exclusiva Academia Francesa.
Desde su Teoría de la Mimesis, Girard ha enseñado que la imitación está en la raíz de los conflictos por un objeto de deseo común (imitado), y que la «solución» de muchos de ellos es el señalamiento de un chivo expiatorio—el capitalismo, por ejemplo—que las turbas puedan acosar y destruir. En su obra más reciente—Achever Clausewitz, de pronta publicación en inglés (Battling to the End: Politics, War, and Apocalypse)—, explica Haven, el filósofo opina que hemos llegado a un punto en el que el expediente del chivo expiatorio no funciona más: «El mecanismo del chivo expiatorio es demasiado conocido, así que el asesinato ritual ya no produce la expiación de la sociedad. Ya la guerra no funciona para resolver conflictos; de hecho, las guerras ya no tienen claros sus comienzos, sus conclusiones o sus metas. Más aún, con el escalamiento de las armas, la guerra pudiera destruirnos a todos nosotros». Girard dice a Haven una cosa terrible: «La historia, pudiera decirse, es una prueba para la humanidad. Pero todos sabemos muy bien que la humanidad está siendo reprobada en ella».
Al final de su nota para la revista de la Universidad de Stanford, Cynthia Haven reproduce, con autorización de la Universidad del Estado de Michigan, un extracto de la versión inglesa del último libro de Girard. También incluye la pieza un video del propio Girard en explicación (en inglés) de sus tesis. Este video se reproduce a continuación. LEA
Una introducción general a los novísimos conceptos de la Teoría del Caos. Poincaré, Julia y Fatou; Lorenz y Mandelbrot. Los fractales: la herramienta matemática del caos y la complejidad.
En el año de 1972 se publicaba Stabilité structurelle et morphogénèse, la obra cimera del matemático francés René Thom (1923-2002). Anunciada como una revolución, trataba de ciertas transformaciones repentinas en formas básicas, especialmente las formas biológicas. Comoquiera que estas transformaciones implicaban una ruptura entre formas sucesivas, se las llamó “catástrofes”,[1] y de hecho se dio en decir que Thom había inventado una “Teoría de Catástrofes”. No pasaría mucho tiempo, sin embargo, hasta que las esperanzas puestas en esta teoría—que resolvería el misterio de las formas y sus cambios, de sus metamorfosis—se mudaran al campo de otra teoría nueva, que por casualidad también tenía un nombre ominoso: la Teoría del Caos.
Pero antes de que la noción de caos dominara la imaginación de los científicos, el esfuerzo de Thom fue saludado como el portador de un nuevo paradigma. El mismo Thom exponía el asunto en la introducción de su libro:
El uso del término «cualitativo» en ciencia y, sobre todo, en física tiene resonancia peyorativa. Fue un físico quien me recordara, no sin vehemencia, la sentencia de Rutherford: «Lo cualitativo no es otra cosa que pobre cuantificación»… La historia ofrece otra razón a la actitud del físico hacia lo cualitativo. La controversia entre los seguidores de la física de Descartes y los de la de Newton llegó a su cúspide a fines del siglo XVII. Descartes, con sus vórtices, sus átomos ganchudos y nociones similares, explicaba todo pero no calculaba nada; Newton, con su ley de proporcionalidad inversa, calculaba todo pero no explicaba nada. La historia ha avalado a Newton y relegado las construcciones cartesianas al dominio de la especulación curiosa. Ciertamente, el punto de vista newtoniano se ha justificado plenamente a sí mismo desde el punto de vista de su eficiencia y su capacidad de predecir, y por tanto de actuar sobre los fenómenos. En el mismo espíritu, es interesante releer la introducción a los «Principios de Mecánica Cuántica» de Dirac, en la que el autor desestima como sin importancia la imposibilidad de ofrecer un contexto intuitivo para los conceptos básicos de los métodos cuánticos. Pero estoy seguro de que la mente humana no estaría plenamente satisfecha con un universo en el que todos los fenómenos estuvieran gobernados por un proceso matemático que fuera coherente pero totalmente abstracto. ¿No estaríamos entonces en el País de las Maravillas? En una situación en la que el hombre se vea privado de toda posibilidad de intelectualización, esto es, de interpretar geométricamente un proceso dado, o bien buscará crear, a pesar de todo, a través de interpretaciones adecuadas, una justificación intuitiva del proceso, o bien se hundirá en resignada incomprensión que el hábito trocará en indiferencia… El dilema que toda explicación científica confronta es éste: magia o geometría. Desde este punto de vista, los hombres que luchan por comprender nunca tendrán hacia las teorías cualitativas y descriptivas de los filósofos, desde los Presocráticos hasta Descartes, el punto de vista intolerante de una ciencia cuantitativa dogmática.
Así que el libro de Thom era también un manifiesto. Era una rebelión ante una ciencia analítica, casada con una matemática de cálculo, que despreciaba todo lo que cálculo no fuera. Pero a pesar de que Thom rozó nociones que luego serían de gran importancia para el tratamiento matemático de sistemas que exhiben comportamiento caótico—la de “atractrices”, por ejemplo—su “Teoría de Modelos”[2] no era la matemática que se necesitaba. Sólo hubiera tenido que buscar en su propio país, pues los franceses Henri Poincaré (1854-1912), Gaston Julia (1893-1978) y Pierre Fatou (1878-1929) fueron los verdaderos precursores de lo que hoy llamamos Teoría del Caos y de la noción matemática de fractales.
Un típico diagrama de René Thom, que compara la morfogénesis de dos especies de levadura. Es de notar en el eje de ordenadas la mención de un “parámetro interno cualitativo”: la forma.
La preocupación de Thom es la forma, y la conversión de una forma en otra a través de bruscas transiciones a las que denominó catástrofes. Es esto lo que modela su topología. Reconoce, ciertamente, algunos precursores, entre los que destaca D’Arcy Thompson (1860-1948), el autor de On Growth and Form (1917), una obra descriptiva que ponía de manifiesto la comunidad de formas entre entidades de distintísimo substrato.[3]En cambio, no hace mención de Laws of Form (1969) del inglés G. Spencer Brown (1923-), obra que trata el problema como parte de la lógica.[4] Su autor describía así su contenido: “El tema de este libro es que un universo salta a la existencia cuando un espacio es amputado o descompuesto”.
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Dos figuras relativamente recientes son, en cualquier caso, los reales “descubridores” o pioneros del campo dual de caos y fractales: Edward Lorenz, del lado fenomenológico, y Benoît Mandelbrot del lado simbólico o matemático.
Por lo que respecta a Lorenz (1917-), matemático norteamericano dedicado a la meteorología, su tropiezo “serendípico” con el caos es ya bastante conocido. En 1959 manipulaba el clima artificial y meramente simbólico de sus modelos matemáticos en su primitivo computador Royal MacBee. Había formulado ecuaciones que relacionaban variables como temperatura y presión atmosférica y confiado al computador el tedioso cálculo de las interacciones, el que imprimía tablas de resultados y hasta un escueto gráfico que mostraba las oscilaciones del clima a lo largo del tiempo. El computador de Lorenz no tenía mucha capacidad: sólo podía calcular hasta seis posiciones decimales. Pero el impresor era aun más lento, y por tal razón se le pedía que imprimiese los sucesivos valores sólo hasta los tres primeros decimales.
Un buen día Lorenz notó un segmento de gráfico que llamó su atención, por lo que se dispuso a correr el modelo de nuevo en el computador, a fin de examinar con mayor atención el episodio de su interés. Pero en lugar de arrancar los cálculos desde el inicio, dada la lentitud del cómputo, decidió tomar como condiciones iniciales valores previos de las variables cercanas a la zona interesante de las curvas. Así, tomó las hojas impresas, seleccionó un punto en el tiempo, previo pero no muy lejano, leyó los valores correspondientes, los ingresó manualmente a la máquina y arrancó el cómputo. Luego, para evitar el tedio, se fue a tomar café.
Cuando Lorenz regresó a su laboratorio se llevó una sorpresa mayúscula. El impresor trazaba ahora trayectorias enteramente distintas para las variables, y el gráfico no se parecía en nada a lo que originalmente había despertado su curiosidad. Al principio creyó que la causa sería un desperfecto repentino en el computador, o tal vez un error en su sistema de ecuaciones. Poco después encontró la verdad: en realidad no había especificado exactamente las mismas condiciones iniciales, pues leyó valores impresos con tres decimales redondeados, cuando entretelones el computador calculaba seis posiciones decimales. El error de una diezmilésima en la condición especificada para el nuevo cómputo había generado, con el paso del tiempo, discrepancias de gran magnitud. Había nacido la ciencia del caos.
Rápidamente Lorenz sacó la consecuencia: los sistemas complejos revelan una gran sensibilidad a las condiciones iniciales, y una pequeñísima diferencia en éstas puede acarrear a la larga diferencias descomunales.[5] La metáfora con la que este carácter de los sistemas complejos se popularizó adoptó ropaje, naturalmente, climatológico. Se la bautizó como el principio del ala de mariposa: en un sistema tan complejo como el clima, el aleteo de una mariposa en China puede causar un temporal en California.[6]
¿Por qué era esto el preludio de una revolución? Una de las consecuencias de la sensibilidad a las condiciones iniciales que exhibe la dinámica de los sistemas complejos—compuestos por gran número de elementos—es que son fundamentalmente impredecibles. Pero esta impredecibilidad no se deriva, en este caso, de una esencia azarosa, como sí es el caso de los sistemas probabilísticos de la física cuántica. Acá un sistema regido por leyes estrictamente deterministas y que pudiera, habitualmente, “portarse bien”, puede atravesar fases caóticas que son absolutamente impredecibles, porque no se puede conocer con precisión arbitraria su condición inicial.
Era con esto, justamente, con lo que se había topado Poincaré. Al formular su teoría de la gravitación universal, Isaac Newton, reconociendo naturalmente que sobre la trayectoria de la Tierra no solamente influye la masa del Sol, sino las de los restantes planetas del sistema solar—y en estricto sentido la de cualquier otro objeto en el espacio—optó por calcular las atracciones mutuas para una abstracción de sólo dos cuerpos interactuantes, puesto que la introducción de uno solo adicional excedía la capacidad de cálculo de las matemáticas de su época. (The two-body problem). Poincaré trabajó, para un premio que Oscar II de Suecia estableciera, sobre el n-body problem, en su caso referido a la interacción de sólo tres cuerpos. Aun en un sistema en apariencia tan sencillo como el de tres astros, Poincaré encontró incertidumbres irresolubles. Es decir, se encontró con el caos determinista. Un sistema con reglas o leyes físicas perfectamente determinadas puede conducir a la impredecibilidad, a una situación en la que la dinámica ni es lineal, ni es periódica, ni es probabilística, y sin embargo es impredecible.
Pero el trabajo de Lorenz condujo a un hallazgo tal vez más sorprendente todavía. Al analizar el curso de sus ecuaciones para los distintos valores con los que las alimentara, encontró que no cualquier resultado era posible, sino sólo unos específicos que, trazados en un sistema de coordenadas, describían una curva con un alto grado de orden, con un dibujo muy preciso. Debajo del trazado caótico subyacía un orden estricto.
La atractriz de Lorenz es una curva de dos lóbulos que describe una trayectoria que nunca se repite, y que representa los sucesivos estados del clima modelado en sus ecuaciones.
Antes de Lorenz ya se tenía la noción de atractriz: un punto, una curva o una región del espacio hacia el que tiende un sistema determinado. (Una hoya de atracción—en sentido hidrográfico, como la hoya de los afluentes de un río principal—es una forma de atractriz). Un modelo sencillo de un sistema de atractrices lo constituye un péndulo que oscila a poca distancia de una base hexagonal, en cuyos vértices se han colocado imanes de aproximadamente igual intensidad magnética. Tomando el péndulo entre los dedos se le dota de un impulso inicial que, al soltarlo, lo hace describir una trayectoria que bajo la acción de los imanes es típicamente errática. Al agotarse el impulso inicial el péndulo se detiene sobre uno de los vértices (una de las atractrices). Incluso en un sistema tan sencillo como éste, no es posible predecir cuál será la atractriz que predominará al final, aun cuando la trayectoria del péndulo, transportada a un sistema de coordenadas, describe una curva particular y definida. Para el tipo de atractriz con el que Lorenz se encontró, el meteorólogo matemático acuñó el concepto de atractriz extraña.[7]
Después de estas cosas climáticas sobrevendría una nueva sorpresa: muchos otros sistemas, de naturaleza o substrato enteramente diferente al del clima terrestre, exhibían igualmente comportamiento caótico, determinado pero impredecible. Por ejemplo, la evolución de poblaciones dentro de un sistema ecológico, o el flujo turbulento, o el ritmo cardiaco—que de su periodicidad regular, registrada en los electrocardiogramas que nos son ya familiares, puede degenerar en la señal caótica de la fibrilación—o el movimiento de precios de una bolsa de valores, o el pink noise que los ingenieros de sonido emplean para calibrar equipos, o ciertas reacciones químicas “disipativas” (de energía), o la distribución espacio-temporal de los sismos, o la de las revoluciones sociales[8]y las guerras, son todos sistemas que exhiben fases caóticas, impredecibles. Por si esto no fuera suficiente, poco después se encontró que el comportamiento de estos sistemas, todos de naturaleza distinta, sigue un mismo patrón matemático.
Por ejemplo, prontamente se notó que, si bien las variaciones en estos sistemas parecen totalmente erráticas, había secuencias de variación que se repetían, que eran muy parecidas a otras anteriores o posteriores al paso del tiempo. Había en estos fenómenos una autosimilaridad: se parecen a sí mismos en momentos distintos del tiempo.
Lorenz, por supuesto, era matemático, y fue capaz de reconocer que su atractriz no era común, de allí el apelativo de extraña, que le endilgó. Pero tendría que venir otro matemático para hacer la formulación definitiva sobre la matemática que era capaz de describir adecuadamente fenómenos tan disímiles y tan parecidos a la vez.
Benoît Mandelbrot (1924-), matemático de origen polaco y nacionalidad francesa—aunque vive desde hace mucho en los Estados Unidos—publicó en 1982 la summa de una nueva y revolucionaria geometría: la geometríafractal.
Mandelbrot había venido estudiando dos conjuntos aparentemente disímiles de fenómenos. Por una parte, el comportamiento histórico de los precios del algodón, en los que esperaba desentrañar algún concierto; es decir, un proceso temporal. Por la otra, la irregularidad de las costas; esto es, un problema espacial o geométrico. Acometió ambos problemas mientras era investigador del Thomas J. Watson Research Center de la compañía IBM.[9]
En el primer caso encontró la propiedad de autosimilaridad ya mencionada. Específicamente, encontró que los precios del algodón no seguían una distribución gaussiana o “normal”, sino una “distribución estable de Levy”. (Una distribución “estable” se caracteriza porque la suma de muchas instancias de una variable aleatoria exhibe exactamente la misma distribución pero a otra escala, o sea, exhibe “invariancia a la escala”; en otros términos, exhibe autosimilaridad espacial, se parece a sí misma a distintas escalas).[10]
Pero es que exactamente lo mismo halló al acometer el estudio de la irregularidad de una costa—How Long Is the Coast of Britain? Statistical Self-Similarity and Fractional Dimension, 1967—tomando base en trabajos de Lewis Fry Richardson, quien ya había señalado que la longitud de una costa dependía del tamaño de la unidad de medida.
Una menor unidad de medida computa una longitud mayor
Al discutir lo postulado por Fry Richardson, Mandelbrot asoció la observación con un concepto de “dimensión fraccionaria”, o dimensión de Haussdorf. Ciertas figuras son caracterizadas por tener una “dimensión” intermedia entre las que conocemos habitualmente, y que son estipuladas con números naturales: un punto tiene dimensión 0, una línea dimensión 1, un plano dimensión 2, un cubo dimensión 3, etcétera. Ciertas estructuras, calculada su dimensión con ciertos métodos, tienen una dimensión que es, digamos, más de uno pero menos de dos. Por caso, la dimensión “fractal” de las costas de África del Sur es de 1,02, mientras que la de la costa occidental de Inglaterra es medida en 1,25. Del mismo modo, el árbol arterial humano tiene una dimensión fractal de aproximadamente 2,7, a pesar de ocupar él mismo un espacio tridimensional.[11]
Es justamente esta dimensión fractal, o fractalidad, lo que define la irregularidad característica de ciertas formas. La de las costas es una, la de las cadenas montañosas otra, la de las hoyas hidrográficas otra distinta. Y es esta dimensión fractal, por último, la que determina la autosimilaridad. Vista a distintas escalas, la línea de una costa se parece a sí misma.
Seis años después del artículo sobre la dimensión de la costa de Inglaterra, proponía Mandelbrot el término fractal—derivado del latín fractus (fracturado) que nos da fracción—en Les objets fractals, forme, hasard et dimension. Y en 1982 la obra más general y completa The Fractal Geometry of Nature.
Fue su estudio de estructuras matemáticas entrevistas a comienzos del siglo XX por Gaston Julia y Pierre Fatou, lo que llevó a Mandelbrot a describir la estructura matemática que le dio más fama: el conjunto o curva de Mandelbrot. Los precursores franceses habían descubierto las bases fundamentales de esa estructura, pero carecían de una herramienta lo suficientemente poderosa como para visualizarla: el computador. Esta curva, como muchas otras estructuras fractales, es producida por recursión, esto es, por iteración o repetición de un mismo cálculo, el que se realimenta con cada nuevo resultado. La fórmula esencial ya había sido propuesta por Fatou:
X = X2 + c
Un número X es elevado al cuadrado y se le suma un cierto parámetro fijo c. Este resultado es a su vez elevado al cuadrado y sumado a c, y así sucesivamente. Cada resultado es marcado en un sistema de coordenadas y esto define una curva muy extraña en el plano. (Una curva de Mandelbrot, a escala general, se muestra más abajo).
La gran síntesis no tardaría en darse: las matemáticas fractales, que definen una autosimilaridad espacial, son las adecuadas para modelar e interpretar la autosimilaridad temporal de los sistemas caóticos. La geometría fractal es el lenguaje del caos. LEA
La curva que define el conjunto de Mandelbrot, el icono del caos. El “borde” que limita el espacio en color negro, amplificado incesantemente, revela una complejidad inagotable, al tiempo que exhibe la propiedad general de los fractales y los sistemas complejos: su autosimilaridad.
[1]El término “catástrofe” tiene un sentido técnico-matemático en el campo de la rama matemática conocida como Topología. En términos muy gruesos y analógicos, la topología es la rama de la geometría que se ocupa de las propiedades morfológicas que permanecen invariables bajo deformaciones continuas. Si se imagina a un cuerpo como una taza construida con una buena plastilina, es posible deformarlo sin rasgarlo para convertirlo en un aro, y la taza y el aro son entonces topológicamente equivalentes: ambos tienen un agujero por el que se pasa de un lado al otro. El aro es en sí mismo un agujero; el asa de la taza es otro. En cambio no sería topológicamente equivalente la montura de unos lentes, puesto que tiene dos agujeros en lugar de uno.
[2]El subtítulo del libro de Thom es, precisamente, “Esquema de una Teoría General de Modelos”.
[3]Por ejemplo, un corte transversal de la cabeza de un fémur revela laminillas óseas (trabéculas) dispuestas en arcos ojivales de gran semejanza con un arco de arquitectura gótica; o la anatomía de una medusa corresponde a la forma que genera una gota que cae en el seno de un líquido viscoso. Thompson, sin embargo, se limitó a registrar estas analogías taxonómicamente, sin proporcionar una teoría que explicase las similitudes. Tal vez por esto él mismo escribió: “Este libro mío tiene poca necesidad de prefacio, puesto que en verdad no es más que un prefacio de principio a fin”.
[4] El libro de Thom aparece (1972) tres años después del de G. Spencer Brown, pero Jorge Luis Borges ha opinado que “Uno crea sus propios precursores”. Laws of Form se convirtió en objeto de culto en la década de los setenta, y fue incluido en un curioso libro con el título de Whole Earth Catalogue, uno de cuyos editores fue un antipático pero interesante promotor cultural de nombre John Brockman. El autor de esta lección fue miembro, junto con Brockman, de una indisciplinada asociación de intelectuales basada en Nueva York: The Reality Club, del que éste fue fundador.
[5]Esta característica de los sistemas complejos salva, justamente, la trascendencia de lo individual, de lo más pequeño, aun en medio de la mayor enormidad. El más pequeño acto individual determina la forma del futuro, y por tanto la complejidad no es excusa para prescindir de la ética personal, así como el conjunto no puede ser pretexto para dañar a la parte.
[6]Una conferencia de Lorenz en 1972 llevó por título Does the flap of a butterfly’s wings in Brazil set off a tornado in Texas? En un cuento de Ray Bradbury (A Sound of Thunder), recogido en “The Science Fiction’s Hall of Fame”, unos excursionistas que viajan con una máquina del tiempo a un “parque jurásico” se salen del área permitida y pisan inadvertidamente algo de hierba y una mariposa en el pasado remoto. Al regresar al presente comprueban que las cosas son distintas a las que dejaron, y la sociedad democrática en la que vivían acaba de elegir a un candidato que suena muy parecido a Hitler. El artículo técnico de Lorenz sobre la sensibilidad a las condiciones iniciales de un sistema dinámico se publicó en 1963, con el título Deterministic nonperiodic flow.
[8]Los acontecimientos del 27 y el 28 de febrero de 1989, por ejemplo, son más fácilmente comprensibles si se les interpreta como un caso de proceso caótico, antes que como resultado de una acción subversiva intencional. El 27 de febrero de 1989 pudo observarse la propagación de la avalancha desde Guarenas, exacerbándose por la transmisión del evento a través de los medios de comunicación social, pero también a través de una cadena informal de transmisión de información: los mensajeros motorizados, que exhiben desde hace mucho una rápida solidaridad de conducta y que fueron propagando el descontento desde Guarenas a Petare, de allí a Chacaíto, a la estación del Metro en Bellas Artes, y así sucesivamente.
[9]Mandelbrot ingresó a IBM en 1958, y trabajó por 32 años en el Watson Center. Hoy en día es Fellow Emeritus de ese instituto.
[10]Una lata de Toddy, la popular bebida achocolatada, muestra la figura de un bebé que sostiene en sus manos una lata de Toddy, la que naturalmente tendrá también otro bebé más pequeño que sostiene otra lata, und so weiter.
[11]En lecciones posteriores describiremos con detalle la noción de dimensión fractal y nos familiarizaremos con un método particular de calcularla. _______________________________________________________
Introducción a vuelo de pájaro a la historia del siglo XX. La mise en scène: la Guerra Franco-Prusiana y la Belle Époque. La era de Bismarck. Irrupción del existencialismo: de Søren Kierkegaard a Friedrich Nietzsche.
La cosmología más reciente ha requerido postular, en explicación del universo observable, que hubo una época “inflacionaria” de la expansión original: una fase en la que la dispersión de la materia alejándose de sí misma procedió mucho más rápidamente que lo previsto por la ley de Hubble.[1]El siglo XX inició, en el mismo sentido, una época inflacionaria de la humanidad. Todo se hizo mucho más veloz: el crecimiento de la población, el del desarrollo tecnológico, el del traslado por tierra, mar y aire, el de los artículos de consumo y el de sus costos y sus precios, el del conocimiento científico, el del gasto energético, el de la contaminación ambiental y el de la posibilidad de autodestruirnos. Todo fue, a ritmo febril sin precedentes, más grande y numeroso, más rápido y potente: las guerras, las artes médicas, la capacidad terrorista, la internacionalización del comercio, la democratización al tiempo que la autocracia. El siglo XX fue, no cabe duda, un especialísimo punto de inflexión en la curva de la historia.
Los actores en el escenario del planeta, sea que se trate de protagonistas o de extras, somos muchísimos más que los que había en 1900. En los momentos somos unos 6.600 millones de pasajeros de la nave Tierra, cuando a comienzos de siglo éramos unos 1.600 millones. Le tomó a la humanidad un millón y medio de años para llegar a este tamaño, y sólo cien para añadir 5.000 millones y cuadruplicarse. Este explosivo crecimiento, que aún no se ha detenido, se produjo sobre todo en las áreas más pobres.
El crecimiento de la población mundial
La explosión demográfica, por otra parte, coincidió con una equivalente del consumo energético. Primero el carbón, y luego muy principalmente el petróleo, alimentaron la expansión poblacional.
Crecimiento del consumo energético
Crecimiento por fuentes de energía
El incremento de una población, expresado por la tasa de crecimiento, es producto de la diferencia entre la tasa de natalidad y la de mortalidad. La tasa de natalidad, tomada para el conjunto del planeta, no varió demasiado durante el siglo XX—aunque sí en las últimas décadas de éste, decreciendo—pero lo que determinó la eclosión de los habitantes fue un marcado descenso de la tasa de mortalidad, a consecuencia de los adelantos sanitarios que permitieron grandes éxitos en el combate de las enfermedades de origen infeccioso. Los continuados avances de la tecnología médica, por otro lado, continúan aumentando la esperanza de vida al nacer.
Mecanismo de la explosión demográfica
Parece ser, sin embargo, que el crecimiento de la población de las especies, la humana incluida, describe una curva logística (en forma de S): de crecimiento muy lento al principio, es sucedida por una fase de crecimiento exponencial que culmina en un techo que nuevamente la nivela. Es así como se espera que esto ocurra también con la raza humana, y que con el descenso de la tasa de natalidad en dirección de niveles de mero reemplazo poblacional[2] se alcance una nivelación, que algunos estiman en 11.000 millones de personas. En todo caso, si algo puede caracterizar al siglo XX es el muy acelerado crecimiento de la población, la que como un supertanquero de gran masa, es preciso frenar con mucha anticipación para detenerla. Todavía quedan unos cuantos años de crecimiento, aun cuando la natalidad ya ha descendido.
La curva logística crece al comienzo a ritmo muy similar al de una curva exponencial
Pero hemos dicho que muchas otras cosas también crecieron a ritmo desenfrenado durante el siglo XX. En la Primera Guerra Mundial, por caso, tripulantes de los aeroplanos militares debían dejar caer de sus manos las escasas bombas que lanzaron, y hasta disparar a su inicio con revólveres, casi a boca de jarro, a los aviadores enemigos. En cambio, se estima hoy que el arsenal nuclear existente es aproximadamente igual al de la década de 1980, y los modelos meteorológicos muestran que la mitad de ese polvorín es capaz de causar un invierno artificial de proporciones cataclísmicas, al incluir la traslación, por inversión de los ciclos eólicos normales, de nubes de hollín y polvo que harían barrera a más del 90% de la radiación solar incidente (con lo que muy pronto la superficie terrestre descendería a temperaturas de subcongelación), y de nubes intensamente radiactivas.[3]El cálculo de bajas en una guerra de este tipo ha llegado a rendir cifras tan altas que sus gráficos requirieron la aséptica y desalmada nomenclatura de “megamuertes” (megadeaths, un millón de muertos) introducida por Hermann Kahn en su libro—con título que hacía eco de la clásica obra de Clausewitz—On Thermonuclear War. Esto ha traído el siglo XX.
Pero también creció en el vigésimo siglo cristiano la propia capacidad de cálculo, con el vertiginoso incremento del poder para computar. No hace mucho que los ingenieros sacaban sus cuentas sin más auxilio que el de una regla de cálculo, pues los primeros computadores electrónicos datan de la década de los 40, y hoy se calcula su capacidad en miles de millones de operaciones aritméticas por segundo.
En 1965 la revista Electronics Magazine publicaba un artículo de Gordon E. Moore,[4] en el que este ingeniero electrónico hacia la observación (y predicción) de que la densidad de transistores en los circuitos integrados—chips—respecto de su costo mínimo unitario se duplicaba cada dieciocho meses.
La ley de Moore
Por supuesto que los computadores pueden emplearse en menesteres militares, pero su uso civil es cada vez más extenso, y la aparición del computador “personal” (1976) ha significado una nueva explosión, esta vez en la demografía digital. Del crecimiento sosegado de la electrónica a comienzos de siglo,[5]se pasó en breve tiempo a una carrera tecnológica acelerada, y en general lo inventado en el siglo XX empequeñece en magnitud a la inventiva humana de un millón y medio de años de existencia. Cálculos similares al de Moore se predica para las más dinámicas entre las ciencias. Para la década de 1980 se estimaba que el conocimiento total en Biología se duplicaba en el espacio de dos años, y más rápidamente aún en campos novísimos como la ingeniería genética.
A este siglo XX tan denso en sufrimiento y avance, se llegó desde una puesta en escena en el XIX que es preciso refrescar. Comoquiera que la civilización occidental ha sido el asiento del mayor progreso y dominio, este recuento es casi exclusivamente de la historia europea. A ésta se le pronostica ya una declinación, como postula Arnold Toynbee en su Estudio de la historia[6]para toda civilización existente o por existir. (Las fases por las que atraviesa toda civilización serían, para Toynbee, las de génesis, crecimiento, tiempo problemático, estado universal y desintegración). Algunos autores, incluso, sostienen que ya esa erosión ha comenzado, y tienen al siglo XX por el crisol primigenio de un nuevo y más englobante proceso: la emergencia de una civilización planetaria o mundial, a partir de la fusión cultural entre Oriente y Occidente[7].
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La mecha larga del conflictivo comienzo del siglo XX fue encendida en Alemania en la segunda mitad del siglo XIX. Este país, cuyo Primer Reich se convirtiera en Sacro Imperio Romano el día de Navidad del año 800, con la coronación de Carlomagno a manos del papa León III, era en 1850 un archipiélago de más de trescientos principados, cuya unificación pretendía ser liderada por los Habsburgo, la casa reinante de Austria, en un proyecto de la Gran Alemania. En lo que hoy conocemos como Alemania sólo había un estado con el músculo suficiente como para frustrar los deseos austriacos: el reino de Prusia. Napoleón había acabado formalmente la existencia de mil años del Sacro Imperio Romano, incorporando la ribera izquierda del Rin a Francia y organizando la Confederación del Rin bajo su dominación y empujando a Austria fuera del extenso territorio de la liga, que se extendía del Báltico a los Alpes. En esa reorganización Prusia había permanecido incólume, como estado buffer ante Rusia.
Varios factores impulsaban la aspiración de la unidad alemana. El Romanticismo, para empezar, que tuvo por pioneros a grandes escritores alemanes—Goethe el cimero—fue un acicate para el espíritu nacionalista. Las ideas del liberalismo también hicieron lo suyo: la burguesía alemano-occidental aspiraba a un gobierno constitucional y políticas económicas que le fueran favorables, y como el estado de cosas no las proveía, deseaba un estado nacional unificado que las concediera. Luego, a la caída de Napoleón fue posible establecer, gradualmente, el Zollverein o unión aduanera, primero en Prusia, luego con la adhesión de principados menores y, finalmente, con la de principados mayores de Alemania del sur. Para coronar este proceso de integración económica, a partir de 1830 se instaló en el país una red ferrocarrilera que a su vez impulsó el surgimiento de industrias y, sobre todo, bancos que operaban más allá de las ciudades donde se fundaban.
Así las cosas, hubo tempranos intentos de unificación. Prusia logró un éxito parcial en 1850, cuando en Erfurt se aprobó una constitución para una Kleindeutsch o pequeña Alemania, que excluía a Austria, bajo presidencia prusiana. Pero esta iniciativa contó de inmediato con la oposición de Austria, que procedió a restaurar la Dieta de la vieja Confederación Germánica. La guerra entre Prusia y Austria pudo ser impedida por la constelación de fuerzas favorables a Austria: los estados alemanes del sur preferían la confederación laxa propuesta por los austriacos y Rusia se mostró inclinada a terciar a favor de estos últimos. En noviembre de 1850 los prusianos encajaron la “humillación de Olmütz”, donde debieron aceptar la disolución la Unión de Erfurt y la presidencia de Austria en la reestablecida Confederación Germánica.
En 1861 subió al trono[8] Guillermo I de Prusia, bajo quien se intentó la modernización del ejército, comandado por los generales von Roon y von Moltke. Esta pretensión fue opuesta por los diputados liberales al Landtag (cámara baja) con temores de que el ejército se convirtiese en fuerza represiva, y éstos bloquearon por más de dos años la aprobación de los créditos necesarios. A punto de abdicación en 1862, Guillermo I siguió el consejo de von Roon y llamó al gobierno a Otto von Bismarck.
Bismarck pertenecía a la clase terrateniente aristocrática, los Junker, que proveían la mayor parte de los oficiales del ejército y también los principales funcionarios de la administración. Había sido representante de Prusia ante la Dieta de la Confederación Germánica por nueve años (1851-1859), y en ella pudo calibrar a los diplomáticos austriacos y confirmar la baja opinión que tenía de la práctica parlamentaria, adquirida en la asamblea de Frankfurt en 1848, el año de revoluciones en Europa. Luego fue embajador en Rusia (1859) y en Francia (1862), de donde fue llamado para encargarse del gobierno prusiano en calidad de Ministro Presidente.
Fue Bismarck, de tendencia claramente conservadora, el exponente epónimo de la Realpolitik, o política de poder. A un comité de la Dieta de Prusia dijo en una ocasión: “Las grandes cuestiones del día no se decidirán con discursos y votos de mayoría—eso fue el error de 1848 y 1849—sino con sangre y con hierro”. Así se bautizaba él mismo, pues mucho antes de que Margaret Thatcher fuese tenida como “la Dama de Hierro”, ya Bismarck había pasado a la historia como “el Canciller de Hierro”. Cuando esa misma Dieta se rehusó de nuevo a la aprobación de los créditos para el ejército, un recién estrenado Bismarck simplemente la ignoró: sin el menor miramiento cobró los impuestos y los gastó en la modernización de sus fuerzas armadas.
Los objetivos de Bismarck no eran, al menos al comienzo, los de un pangermanista, sino los de un prusiano que quería maximizar el poder y la reputación de Prusia. Era para esto que buscaba ganar el apoyo de los restantes estados alemanes mientras disminuía la influencia de Austria, aunque para esto tuviera que alentar a quienes querían una Alemania unida. En cuidadosa preparación, buscó la pelea con Austria y la ganó, aprovechándose de “la cuestión danesa”.
Los ducados de Schleswig y Holstein eran propiedad personal hereditaria del rey de Dinamarca, pero su población era mayoritariamente alemana y, de hecho, Holstein era miembro de la Confederación Germánica. La corona danesa quiso incorporar definitivamente a Schleswig e imponer una constitución en Holstein, intenciones que reavivaron el sentimiento nacionalista alemán. Bismarck no tardó en aprovechar esta reacción, y persuadió a los austriacos a que le acompañaran en una guerra contra Dinamarca. La derrota total de esta última dio aliento a tres objetivos de Bismarck: aumentó su prestigio con los nacionalistas alemanes, demostró la eficiencia de sus tropas con un bautismo de fuego y estableció las bases para una próxima y más estratégica guerra contra Austria. En efecto, Dinamarca tuvo que ceder tanto Schleswig como Holstein a la pareja vencedora, adjudicando el primero de los ducados a Prusia y el segundo a Austria. Aunque, en teoría, la soberanía sería ejercida conjuntamente, en la práctica Prusia ocupaba y administraba Schleswig y Austria debía hacer lo propio con Holstein. Pero este último ducado estaba enclavado en territorio prusiano, y Viena estaba demasiado lejos. Después de prepararse de nuevo cuidadosamente en el terreno diplomático—se amistó con Rusia apoyándola en la supresión de la rebelión polaca de 1863, insinuó a Francia ganancia territorial en la Renania tras una guerra alemano-prusiana que ganara Prusia y concluyó una alianza con Italia, a la que prometió Venecia—penetró en Holstein con su ejército.
Como es natural, Austria mordió el anzuelo, y persuadió a la Dieta de la Confederación Germánica para que declarara a Prusia un agresor. Bismarck denunció entonces que se había violado la constitución federal y declaró muerta a la Confederación. Aunque la mayoría de los estados alemanes se alineó con Austria, y esta alianza hacía esperar la derrota de Prusia, la preparación de esta última se impuso en una guerra de siete semanas, para sorpresa de toda Europa. El ejército prusiano fue desplegado con rapidez y penetración con un uso inteligente de las líneas ferroviarias, y su empleo de fusiles de cerrojo, de carga mucho más rápida que los mosquetes austriacos que debían ser alimentados por la boca, determinó una ventaja tecnológica y táctica que fue decisiva. Después de arrollar a Hanover y volverse sobre los estados alemanes del sur, la acción definitiva, un enfrentamiento directo de Austria y Prusia, tuvo lugar en Bohemia, donde la batalla de Königgrätz (3 de julio de 1866) resultó en una victoria aplastante de Prusia.
Bismarck coronó el esfuerzo con un golpe diplomático maestro: se opuso a los deseos de Guillermo I y su propio estado mayor, que querían llevar el avance hasta la capital imperial de Viena, y compuso un rápido armisticio de trato condescendiente hacia Austria, para no añadir vinagre a la herida y prevenir una intervención de Francia, que sorprendida por la celeridad de una guerra que estimó prolongada había procurado entrometerse en plan de mediador. Austria tuvo que ceder Venecia a Italia que, como sería su costumbre en las guerras del siglo XX, había sido derrotada en el terreno y sin embargó se alzó con su premio. Ningún otro sacrificio territorial se impuso a los austriacos, aunque sí debió pagar una indemnización. Prusia, por su parte, y además de Schleswig y Holstein, incorporó a sus dominios a Hanover, Hesse-Cassel, Nassau y Frankfurt. En adición contó con mano libre para reorganizar a su antojo el resto de los estados alemanes del norte. En premio a la hazaña, la Dieta de Prusia votó entusiastamente a favor de los créditos que antes había negado, en medio de un furor de nacionalismo resurrecto.
La triunfante campaña de Prusia contra Austria, sin embargo, dejó un asunto pendiente. Luego de completar la reunificación al norte de Alemania, los estados alemanes del sur se vieron forzados a una alianza con Prusia, la que aceptaron a regañadientes sólo porque Austria ya no podría defenderles. El catolicismo sureño[9] resentía el protestantismo prusiano, y la única protección a la que podría aspirar era la de Francia. Bismarck entendió que tendría que ganarle una guerra a Napoleón III.
Como siempre metódico, Bismarck dispuso primeramente el terreno diplomático. Luis Napoleón también veía una guerra contra Prusia como inevitable, pero su intento de establecer alianzas que lo fortalecieran no tuvo éxito. Austria, derrotada, no podía pelear de nuevo tan pronto, y los húngaros, que ahora tenían status equivalente en la “Monarquía Dual” (Austria-Hungría), no querían saber nada del asunto. Los designios de Francia, que buscaba compensarse mediante la anexión de Bélgica y Luxemburgo, aseguraron la antipatía de Inglaterra contra ella cuando Bismarck se apresuró a advertir a los ingleses de las intenciones francesas. Italia estaba agradecida a Prusia, y ésta aseguró el beneplácito de Rusia en la eventualidad de una guerra con Francia.
Sólo faltaba un pretexto. El trono español estaba vacante, y había sido ofrecido al príncipe Leopoldo de Hohenzollern-Sigmaringen, pariente de Guillermo I de Prusia. El monarca alemán aconsejó a su familiar que rehusara la oferta, precisamente para no herir la susceptibilidad de Napoleón III. Pero en la primavera de 1870 Bismarck maniobró para que el ofrecimiento fuese renovado. Un nuevo e inexperto gabinete francés interpretó el asunto como insulto, y exigió que Guillermo I se excusara formalmente en representación del embajador francés, que fue hasta Ems, donde el monarca alemán descansaba, para entregar la solicitud. Guillermo se rehusó cortés pero firmemente y telegrafió a Bismarck para explicar los pormenores. El maestro de la Realpolitik editó el telegrama para que sonara como nueva injuria a los franceses y lo filtró a la prensa.
La reacción no se hizo esperar. Reaccionando a la afrenta del “despacho de Ems”, el emperador francés declaró la guerra a Prusia el 19 de julio de 1870. De inmediato Francia fue invadida por tres ejércitos alemanes que llegaron rápidamente tras las líneas francesas. Sitiaron un gran ejército francés en la fortaleza de Metz y rodearon otro en Sedán, conducido por el mismo Napoleón cerca de la frontera belga. Después de aguantar dos días de bombardeo inmisericorde, el segundo emperador de los franceses capituló con cien mil hombres el 2 de septiembre de 1870. La derrota significó la abdicación de Napoleón III y la proclamación de la Tercera República en Francia, que prolongó una lucha inútil por unas semanas más.
En mayo de 1871 el Tratado de Frankfurt arrancaba Alsacia y una parte de Lorena a Francia, e imponía a este país el pago de indemnizaciones de guerra y la humillación de una ocupación, sufragada por los vencidos, hasta tanto la obligación fuera saldada. En injuria adicional, Bismarck arregló la proclamación de Guillermo I como emperador alemán en el Salón de los Espejos del Palacio de Versalles, a escasos kilómetros de París. Había nacido el Segundo Reich, y de allí en adelante Bismarck, que había provocado tres guerras para conseguirlo, se consagró durante casi veinte años más a preservar la paz en Europa. Le bastaba aplicar su regla de oro: en una Europa de cinco potencias—Austria, Rusia, Francia, Inglaterra y Alemania; para fines prácticos Italia no contaba—había que estar à trois, es decir, acompañado de dos aliados.
Otto von Bismarck en su despacho en 1866, el año de la guerra entre Austria y Prusia
A raíz de la Guerra Franco-Prusiana las potencias que gobernaban Europa—si a ver vamos, el mundo—no se enfrentaron directamente en las cuatro décadas siguientes, limitándose a ensayar escaramuzas en otras tierras. La paz armada se llamó al período, pero también se lo conoció, sobre todo en Francia, que continuó siendo la primera referencia en lo cultural, como la Belle Époque. Un término más general para referirse a la época es la expresión igualmente francesa de fin de siècle, que conlleva una cierta connotación decadente. Lo cierto es que Francia, después de una depresión económica que duró desde 1882 a 1897, conoció una gran bonanza económica y suficiente estabilidad política como para alojar un sentimiento de bienestar, el que se expresaba en el desenfadado estilo de vida de las clases alta y media, y fue retratado por artistas de la época, como en los afiches de Henri Toulouse-Lautrec. La gran Exposición Internacional de París de 1879, convocada para conmemorar el centenario de la Revolución Francesa, vio la inauguración del símbolo urbano más reconocible del mundo: la Torre Eiffel. Fue visitada por una enorme peregrinación de treinta millones de personas, y en ella se exhibió el novísimo cine inventado por Lumière y el teléfono recién inventado por Bell.
Pero también logró Francia recuperarse diplomática y militarmente. No sólo logró rearmar y modernizar su ejército, sino que logró sacar a Inglaterra de su splendid isolation al proponerle, con éxito, una entente cordiale. Finalmente, para los primeros años había logrado forjar una fuerte alianza con Rusia, la que se había beneficiado de importantes inversiones francesas. La corte del Zar procuró imitar en todo a Francia, al punto de que hablaba en francés, y esta lengua continuó siendo la de los diplomáticos de todo el mundo. Era Francia ahora la potencia à trois.
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El fin de siglo, sin embargo, fue más bien melancólico. Por una parte, el progreso económico del momento no se transmitía a un mayor bienestar de las clases populares. Por la otra, los artistas sentían y expresaban, como perros antes de terremoto, una angustia por el cataclismo que presentían.[10]Basta escuchar una sinfonía de Gustav Mahler, músico bohemio que tenía seis años de edad cuando Prusia derrotaba a Austria, diez al momento de la Guerra Franco-Prusiana y murió tres años antes del inicio de la Primera Guerra Mundial, para sentir el peso de la tragedia y de la muerte que se avecinaban, a pesar de que el compositor viviera en época de paz en Europa. En 1899 Sigmund Freud había expuesto en Viena, ciudad de intensísima vida intelectual al cambio de siglo, la realidad del subconsciente y el inconsciente, con lo que una ciega confianza victoriana en la racionalidad ya no era posible.
Los grandes sistemas filosóficos, que culminaron en el de Hegel, nunca dijeron nada al ciudadano ordinario, sumido en sus problemas existenciales. El filósofo y teólogo danés Søren Kierkegaard (1813-1855), tenido como padre del existencialismo filosófico, ya había puesto el dedo en la llaga al preguntar de qué servía un mapamundi (el sistema hegeliano) a quién como él sólo quería ir de Copenhague a uno de sus suburbios.
Una personalidad aun más atormentada que la de Kierkegaard gritaría más fuertemente en dirección parecida, hasta que muriera en el último año del siglo XIX. Friedrich Nietzsche (1844-1900) veía la vida como una intensa tragedia, y la entendía como una lucha constante por el poder. Considerando a la tradicional moralidad cristiana como una “ética de esclavos”, propugnaba como meta para la humanidad la producción de una nueva raza de superhombres. Lo que era bueno era lo que estimulara la búsqueda de poder, y lo que era malo lo que proviene de la debilidad. No podía imaginar siquiera que a la vuelta de cuatro décadas su programa fuera tomado literalmente por Adolf Hitler, pero su pensamiento ejerció una gran influencia en Europa. Georges Sorel (1847-1922) combinó esta influencia con el marxismo, y abogó por un sindicalismo violento que justificaba la acción violenta en la consecución de sus fines: huelgas, sabotaje, saqueo, todo estaba permitido. Sorel, más aún que Nietzsche, consagró lo irracional como legítimo motivo de la conducta, y la psicología de Freud, con su énfasis en el inconsciente y el instinto tanático, le proveyó de una base supuestamente científica.
El fin de siècle daría paso a una violencia de escala inusitada, y cabría al siglo XX el dudoso honor de las mayores y más terribles guerras de la historia humana. Por fortuna, en las riberas del río de esa historia,[11] otros hombres trabajaban pacientemente en una nueva ciencia y la reconstrucción de la racionalidad, y los artistas continuarían su pertinaz advertencia. Al lado del conflicto y de la guerra, el siglo XX sería también centuria de grande progreso intelectual. LEA
[1]Edwin Hubble, astrónomo estadounidense, postuló en 1929 la ley empírica que relacionó una mayor distancia de las galaxias con una mayor velocidad de recesión o alejamiento.
[2]Zero growth, “crecimiento cero”, que se conseguiría si cada pareja tuviera sólo dos hijos que la sustituyan.
[3]Para un caso base de un intercambio de 5.000 megatones, equivalente a la mitad del arsenal disponible. Ackerman, Pollack y Sagan, Scientific American, agosto de 1984.
[4]Uno de los fundadores de Intel, la gigante fábrica de circuitos electrónicos integrados de ubicua presencia: Intel inside.
[5]Entre la primera transmisión inalámbrica de Marconi (1895) y el primer radio de transistores (1954) transcurrieron cinco décadas.
[6]En el primer tomo de esa obra monumental de doce volúmenes—que terminó en 1961—el historiador de historiadores pregunta qué comporta un “campo inteligible para el estudio histórico”, y concluye que la civilización es la unidad de medida ineludible. No se entiende realmente la historia, sostiene, si se la escribe sólo sobre Estados, clases o grupos étnicos. Inglaterra, por caso, no puede ser comprendida, a pesar de su relativo aislamiento del continente, sino inserta en la historia de la civilización cristiana europea, y es precisamente el ejemplo de su patria el que emplea para exponer esta noción.
[7]Ver Sri Radhakrishnan: Kalki, o el futuro de la civilización.
[8]Al declararse loco su hermano, el rey Federico Guillermo IV.
[9]Poco después de la proclamación del dogma de la infalibilidad papal (Concilio Vaticano I, 1870) la propia Austria anuló su concordato con la Iglesia. Por su parte Bismarck emprendió una lucha más activa contra ella entre 1871 y 1875, para asegurar la supremacía estatal en asuntos donde los intereses del Estado requerían que la lealtad ciudadana no estuviera dividida entre ambas instituciones. A esta campaña anticatólica se le dio el nombre de Kulturkampf (lucha por la civilización), y sólo cesó al advenimiento de León XIII, pontífice más diplomático que su antecesor, Pío IX, cuando Bismarck se percató de la futilidad de su política.
[10]El psiquiatra Rollo May, en su obra Love and Will, escribió acerca de esta capacidad profética en los artistas, que comparten con los neuróticos. Éstos la expresan destructivamente, mientras que los artistas serían capaces de hacerlo constructivamente.
[11]“Quizás la causa de nuestro pesimismo contemporáneo es nuestra tendencia a ver la historia como una turbulenta corriente de conflictos—entre individuos en la vida económica, entre grupos en política, entre credos en la religión, entre estados en la guerra. Éste es el lado más dramático de la historia, que captura el ojo del historiador y el interés del lector. Pero si nos alejamos de ese Mississippi de lucha, caliente de odio y oscurecido con sangre, para ver hacia las riberas de la corriente, encontramos escenas más tranquilas pero más inspiradoras: mujeres que crían niños, hombres que construyen hogares, campesinos que extraen alimento del suelo, artesanos que hacen las comodidades de la vida, estadistas que a veces organizan la paz en lugar de la guerra, maestros que forman ciudadanos de salvajes, músicos que doman nuestros corazones con armonía y ritmo, científicos que acumulan conocimiento pacientemente, filósofos que buscan asir la verdad, santos que sugieren la sabiduría del amor. La historia ha sido demasiado frecuentemente una imagen de la sangrienta corriente. La historia de la civilización es un registro de lo que ha ocurrido en las riberas”. De Will Durant, autor, junto con su esposa Ariel, de la obra en varios volúmenes The Story of Civilization.
Los primeros veinte años del siglo XX. Las sorpresas asiáticas. Sesiones de práctica en los Balcanes. La Gran Guerra. La Revolución Rusa. El Tratado de Versalles.
El año de 1901 fue bastante acontecido. La reina Victoria de Inglaterra, que presidió la expansión del Imperio Británico a su máxima extensión, murió comenzando el año después de haber reinado por más de 64 años, para superar la longevidad regia de Isabel I Tudor, la hija de Enrique VIII. Guillermo Marconi recibía en Terranova la primera transmisión de la radiotelegrafía “sin hilos”. Theodore Roosevelt ascendía a la Presidencia de los Estados Unidos, a raíz del asesinato de su predecesor, William McKinley, cuyo matador fue ejecutado en la silla eléctrica. La rebelión de los Boxers en China tocaba a su fin con la firma del Protocolo de Pekín. Por primera vez se concedía los premios establecidos en el testamento de Alfredo Nóbel. El pozo de Spindletop, en Beaumont, Texas, anunciaba la riqueza petrolera de este estado norteamericano. Los descendientes de los mayas deponían sus armas para terminar la Guerra de Castas en Yucatán. El Reino Unido prohibía, civilizadamente, el trabajo de menores de 12 años. Nacían Clark Gable, la archiduquesa rusa Anastasia, el jazzista Louis Armstrong, Walt Disney, el futuro emperador Hirohito, el futuro dictador Fulgencio Batista, quien sería el primer presidente indonesio, Sukarno, Enrico Fermi, Marlene Dietrich, la antropóloga Margaret Mead, el escultor italiano Alberto Giacometti y Ngo Dinh Diem, el primer presidente de Vietnam del Sur, Werner Heisenberg y Joaquín Rodrigo, el compositor español del “Concierto de Aranjuez” que quedaría ciego a los tres años de edad a consecuencia de la explosión de un tractor. Todos serían, con diferentes destinos, personajes famosos. Morían ese año, además de la Emperatriz de la India, otra Victoria, la Emperatriz de Alemania, y el rey Milan I de Serbia; también Giuseppe Verdi, Henri Toulouse Lautrec y George FitzGerald (de la hipótesis física de la “contracción Lorentz-FitzGerald”, que buscaba salvar a Newton del asedio montado por experimentalistas norteamericanos).
Con todo, un año casi como cualquier otro. A fin de cuentas Victoria tenía ya 84 años y McKinley moría a manos de un anarquista, lo que era bastante común por aquellos tiempos. El mismo Guillermo II de Alemania había escapado ileso de un atentado en su contra ese mismo año. La ciencia avanzaba tenazmente y la hazaña de Marconi era perfectamente esperable, la paz en China y Yucatán presagiaba un siglo tranquilo, y el petróleo tejano convenía al que sería del automóvil: en 1901 se fundaba en Detroit la compañía Cadillac. Para el acero fundaba J. P. Morgan la U.S. Steel, y hasta se había practicado en Alemania la primera operación de cirugía estética para hacer face lifting.
Veinte años después Europa estaba postrada por la guerra, una guerra tan inevitable como inimaginable, y la inocencia del mundo rodaba por los suelos. Los primeros tres cuartos de esas primeras dos décadas del siglo XX, fueron una preparación para el conflicto más extendido y cruel que los hombres hubieran conocido. Como siempre, mientras los políticos hacían lo suyo, otros hombres y mujeres construían nuevos peldaños de la escalera de la civilización.
Antes de que la conflagración, en esencia una generalizada guerra civil en Europa, se manifestara, Asia se había hecho sentir ante Occidente. La Guerra de los Boxers había comenzado en 1899, y en dos años había acabado con la vida de decenas de chinos cristianos, rebeldes y gente extranjera. Era contra esta gente que los Boxers, la Sociedad de la Armonía Correcta, había predicado y ejecutado la violencia, en repudio a la sujeción de una China débil ante los extranjeros, que en la primera mitad del siglo XIX habían llegado (los ingleses) al extremo de las Guerras del Opio para proteger su lucrativo comercio del estupefaciente. Unos años más tarde (1912) China proclamaba su primera república siguiendo el liderazgo de Sun Yat Sen, quien enarbolaba sus Tres Principios del Pueblo: el nacionalismo, la democracia y la “ecualización”, que comportaba una extensa reforma agraria y una mejor distribución de la riqueza. Sorprendentemente moderno, Sun sabía que el ciudadano común de China, luego de milenios de gobierno despótico, requeriría un plazo de aprendizaje para vivir en democracia. Más adelante en el siglo, Chiang Kai Shek se apropiaría de este “principio del tutelaje” para justificar su gobierno dictatorial.
Pero antes, otra nación oriental aparecería sorpresivamente en la palestra con arrestos de nueva potencia, para consternación de Occidente. Japón, el Imperio del Sol Naciente, propinó una humillante e inesperada derrota al Imperio de los Zares. Rusia buscaba expandir, a comienzos del siglo XX, sus territorios en el Oriente Lejano. Dos circunstancias agitaron esta voluntad: la degeneración política de China y la terminación del Ferrocarril Transiberiano, que unía a la Rusia europea con el Pacífico. Es así como Rusia extendió su influencia por Manchuria y comenzó la penetración militar de Corea, bajo el pretexto de la explotación maderera en la zona. Obtuvo, concretamente, un arrendamiento por veinticinco años de la ciudad de Port Arthur en la península de Liaotung.
Las maniobras rusas competían con las ambiciones japonesas en la región: Japón también quería aprovecharse de la debilidad china para su propia expansión. Sin advertencia previa—como lo harían en Pearl Harbor treinta y siete años más tarde—los japoneses comenzaron el bombardeo de Port Arthur en febrero de 1904. Más cercano al teatro de operaciones, Japón tenía la ventaja logística, y un incompetente liderazgo militar ruso llevó a un desenlace imprevisto: la destrucción de la Flota Báltica de Rusia en los estrechos coreanos de Tsushima, después de que hubiera viajado medio mundo antes de encontrar su trágico destino. La subestimación de la fuerza japonesa contribuyó a la derrota de los rusos, y en 1905 el Zar debió ceder todas sus adquisiciones recientes y aceptar un protectorado japonés en Corea. Occidente quedaba advertido.
Como había ocurrido en 1870 con Luis Napoleón en Francia, una oleada de insatisfacción y protestas cundió por Rusia con el descalabro en el Pacífico. En un “Domingo Sangriento” de 1905 el ejército ruso, que reprimía una manifestación ante el Palacio de Invierno en San Petersburgo, mató más de un centenar de trabajadores. El incidente reavivó las protestas y las huelgas, y los primeros soviets, o asambleas de representantes de los trabajadores, controladas por elementos radicales, fueron establecidos en varias ciudades, comenzando por San Petersburgo. Los marineros del acorazado Potemkin, en acción inmortalizada en un filme de Sergei Eisenstein, se amotinaron, y el proceso culminó con una huelga general que paralizó al imperio en octubre de 1905.
La crítica situación forzó al Zar a ofrecer concesiones. En apresurado manifiesto concedió las libertades de expresión, prensa y reunión, al tiempo que decretaba la formación de un parlamento o Duma a ser elegida por sufragio prácticamente universal. Así dejó de ser Rusia una autocracia incontrolada para convertirse, a regañadientes, en monarquía constitucional. Los liberales se sintieron satisfechos, no así los radicales. La agitación continuó hasta que el empleo del ejército y una cadena de arrestos puso fin a la revuelta al término del año. Quedaba sembrada la semilla revolucionaria para que en situación similar, doce años más tarde, cayera el zarismo y se iniciara la era comunista.
El motín del Potemkin, en ilustración de Alton Tobey para Life Magazine
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Poco después otro imperio en problemas entraría en una larga serie de crisis, la que permitiría el juego de las escaramuzas europeas en uno de sus teatros favoritos: los Balcanes. El “Hombre Enfermo” de Europa, el Imperio Otomano de Turquía, experimentó su propia revolución, la de los Jóvenes Turcos. En 1908 esta revuelta civil suscitó una confusión de la que se aprovecharon los pueblos balcánicos sujetos al dominio turco y algunas de las potencias europeas. Bulgaria procedió a proclamar su independencia, pero Bosnia y Herzegovina cayeron bajo el yugo de Austria-Hungría. La independencia búlgara no gustó a Turquía, pero nadie más se metió en el asunto. En cambio, la anexión de Bosnia y Herzegovina provocó las airadas protestas de Rusia y de Serbia, y esta última nación estuvo a punto de ir a la guerra contra Austria. La cosa, por los momentos, no pasó de allí.
El segundo acto se escenificó en 1911. Los italianos habían emprendido en 1911 la ansiada conquista de Trípoli, e incapaces de lograr la victoria, ocuparon las islas del Dodecaneso cercanas a la costa turca, lo que no cambió el estancamiento. Entonces se forjó una alianza de Grecia, Bulgaria, Serbia y Montenegro contra Turquía, que entró en Guerra y estuvo cerca de tomar Constantinopla, lo que detuvieron las grandes potencias para salvar lo que quedaba de Turquía, poniendo fin a la Primera Guerra de los Balcanes.
Por el Tratado de Londres de 1913, Turquía se vio forzada a ceder Creta y prácticamente todos sus territorios europeos. Y como Austria e Italia objetaban la expansión serbia hacia el Adriático, el mismo acuerdo atinó a crear el nuevo estado de Albania.
No se había secado la tinta londinense, cuando estalló la Segunda Guerra de los Balcanes. Serbia no estaba conforme con las previsiones del tratado, y exigió a Bulgaria una mayor porción de Macedonia. En respuesta, los búlgaros lanzaron un ataque sorpresivo contra Serbia, pero no pudieron sostener el combate más de un mes, cuando se vieron cercados por una coalición de Turquía, Grecia y Rumania a favor de Serbia. En agosto de 1913 el Tratado de Bucarest daba a Serbia y Grecia la mayor parte de Macedonia, con lo que Serbia obtenía su objetivo original, y Rumania adquiría la parte sur de Dobrudja, sobre el Mar Negro. Hasta la enferma Turquía recobró el control de Adrianópolis.
Así juzgan los resultados Barnes, Blum y Cameron en The European World:“Las nuevas naciones de los Balcanes habían aprendido las lecciones de la Realpolitik demasiado bien. Ninguna noción de ilustrado interés propio, fuese económico o de otro tipo, reprimía sus tendencias expansionistas. Sus finanzas públicas eran deficitarias, sus estándares de vida estaban escasamente sobre el nivel de subsistencia, y sin embargo sus líderes jugaban el juego de la política de poder con un irresponsable abandono que incluso los diplomáticos alemanes de la era post Bismarck se estremecieran. Tal era el intoxicante legado de la independencia después de más de cuatro siglo de dominio turco, junto con el tutelaje y el ejemplo de las grandes potencias”.
Bajas búlgaras en la II Guerra de los Balcanes
Entonces, el 28 de junio de 1914, el archiduque Francisco Fernando de Austria tuvo a bien visitar, en compañía de su esposa, la duquesa de Hohenberg, el pueblo bosnio de Sarajevo, luego de observar maniobras de las tropas austriacas acantonadas en las inmediaciones. Había llevado a su consorte para que le rindieran honores, como compensación por el desagrado de su tío, el emperador Francisco José, con su matrimonio. Cuando se dirigían al edificio del ayuntamiento, donde esperaba el alcalde para entregarles las llaves de la ciudad y pronunciar los discursos de rigor, pudo Francisco Fernando eludir un primer atentado, desviando con su mano la bomba que habían lanzado a su automóvil descapotado. Luego de regañar agriamente al alcalde, el heredero del trono austro-húngaro insistió en ir al hospital a visitar a los heridos por la explosión a la que había escapado. El conductor del automóvil imperial equivocó el acceso, pasando por delante de otro asesino, el estudiante y anarquista serbio Gavrilo Princip, que no acertó a disparar sobre la pareja. Al percatarse de que había entrado en la calle a contramano, el conductor retrocedió, y esta vez Princip no erró su objetivo. Francisco Fernando y Sofía Chotek cayeron abatidos por los disparos del terrorista, quien accionó su pistola a pocos metros de la infortunada pareja.
Gavrilo Princip es conducido bajo arresto en Sarajevo minutos después de asesinar a Francisco Fernando de Austria y Sofía Chotek el 28 de junio de 1914. Moriría de tuberculosis en prisión.
Irónicamente, Francisco Fernando procuraba, para los eslavos del sur que vivían en los Balcanes, un status de equiparación con los pueblos de la Monarquía Dual—austriacos y húngaros—en el llamado “trialismo”. Los bosnios y los herzegovinos, sin embargo, irritados por su forzada anexión a Austria-Hungría en 1908, buscaban más bien su separación del imperio para unirse a una Gran Serbia. Pero el doble magnicidio, alentado y armado por la policía secreta serbia, fue una muy mala idea. En lugar de facilitar la secesión de Bosnia y Herzegovina, provocó con ella la guerra de Austria contra Serbia y, con ésta, la Primera Guerra Mundial.
Bismarck ya no gobernaba en Alemania. A la muerte del emperador Guillermo I, su hijo ascendió al trono con el nombre de Guillermo II. (Willy, para los íntimos). En 1890 el nuevo monarca despidió al gran Junker y procedió alocadamente a desmantelar la alianza tripartita que Bismarck había forjado cuidadosamente y por veinte años había garantizado la paz en Europa: la Dreikaiserbund o Liga de los Tres Emperadores entre Alemania, Austria-Hungría y la Rusia zarista, la fórmula à trois del Canciller de Hierro. Rusia, ante los desvaríos de Guillermo II, se había negado a renovar la alianza y en cambio estableció un pacto de mutua defensa con Francia; además, tenía un compromiso de defender a Serbia en caso de guerra, precisamente, con Austria-Hungría. Por su parte, un sólido pacto defensivo mantenía aliados a alemanes y austro-húngaros, e Inglaterra, en entente cordiale con los franceses, estaba comprometida en la defensa de la neutralidad de Bélgica, al igual que Francia.
El gobierno de Viena no podía tolerar la grave afrenta, por más que los monarcas europeos estuvieran acostumbrados a los atentados contra sus reales personas: el mismo emperador Franz Josef I de Austria había perdido a su esposa, Sissí Emperatriz (Isabel de Baviera), en uno de esos atentados anarquistas, sin que por tal cosa se hubiera desatado una guerra. En juego, empero, estaba en esta ocasión el prestigio austriaco y la estabilidad de su imperio. A pesar de que Viena ignoraba que la conspiración había sido orquestada por Serbia (lo que se supo después de 1918), sí sabía que los conjurados eran serbios, que la prensa serbia había exaltado el magnicidio y que las armas asesinas habían sido entregadas en Belgrado. Así, una vez asegurada del apoyo alemán a principios de julio, Austria-Hungría envió a Serbia un ultimátum “formulado de tal forma que no pudiese aceptarlo sin capitular ni pudiese rechazarlo sin provocar la intervención armada austro-húngara”.[1]
Serbia, que había salido victoriosa y engrandecida de las Guerras de los Balcanes, y se sentía protegida por Rusia, calculó que podría defenderse de Austria-Hungría y rechazó el ultimátum recibido el 23 de julio con cuarenta y ocho horas de plazo para responderlo. El 27 de julio, luego de infructuosos esfuerzos diplomáticos de última hora, Austria-Hungría declaraba la guerra a Serbia. Esta nación había calculado mal, pero también las demás potencias, que estimaron todas que el conflicto podía todavía circunscribirse al escenario balcánico. Se creyó que sería una guerra limitada y relativamente rápida, al estilo de la Guerra de Crimea a mediados del siglo XIX, la que de todos modos había dejado una herencia de doscientos mil muertos. Nadie estaba preparado para los nueve millones de muertes que se causarían entre 1914 y 1918.
Los Balcanes, por supuesto, eran punto neurálgico de la geografía. Turquía todavía los consideraba suyos; Austria-Hungría quería más de su territorio luego de sus anexiones de 1908; Rusia los consideraba estratégicos porque su política secular había sido el establecimiento de puertos que no se congelaran en invierno, y procuraba la salida al Mediterráneo desde el Mar Negro, para lo que necesitaba que los estrechos del Bósforo y los Dardanelos le fueran practicables; Inglaterra, por su parte, sentía la misma necesidad para proteger sus intereses en Egipto, y para tal fin ocupaba Chipre. Lo que todos esperaban era una Tercera Guerra de los Balcanes, aunque sabían que esta vez el conflicto requeriría la intervención directa de las potencias, por más que las batallas se libraran en suelo de terceros.
Premio Pulitzer en 1963
Pero pronto caerían una por una las piezas del dominó, adosadas en dos grupos de intereses contrapuestos y arrastradas por los acontecimientos. Al día siguiente de la declaración inicial de guerra contra Serbia, Belgrado sufría los primeros bombardeos. Rusia había ordenado la movilización general de sus ejércitos en cuanto supo de la declaración, y Alemania procuraba que Austria reanudara negociaciones directas con Rusia, mientras aseguraba a Inglaterra que “no anexaría” territorios de Bélgica y Luxemburgo a cambio de la neutralidad inglesa y procuraba la separación de Rusia y Francia. Ni Francia ni Inglaterra entraron en el juego, y los ingleses exigieron un compromiso alemán más claro de respetar la neutralidad de Bélgica, a lo que Alemania se negó. Rusia cambió por unas horas, informada de los intentos diplomáticos de Alemania, su orden de movilización general por una de movilización limitada sólo contra Austria, pero regresó a su primera postura al fracasar sus negociaciones con los austriacos. Finalmente, el punto de no retorno se alcanzó el 1º de agosto, cuando simultáneamente Francia y Alemania ordenaron la movilización general. En horas de la noche de ese día Alemania declaró la guerra a Rusia, después de esperar la respuesta a un ultimátum que nunca llegó. Al día siguiente, tropas alemanas entraron en Luxemburgo y solicitaron permiso de Bélgica para atravesar su territorio en dirección a Francia. Los belgas rechazaron la petición y fueron invadidos de todos modos por los alemanes, que así violaron la neutralidad de Bélgica, que todas las potencias habían garantizado en 1839. El 3 de agosto, Alemania declaraba la guerra a Francia y al día siguiente los ingleses, ante tales hechos cumplidos y obligados por el compromiso de defender la neutralidad de los belgas, declararon la guerra a Alemania. Esa misma semana completó la involucración de todas las grandes potencias, con excepción de la sinuosa Italia, y también se metieron al fuego Bélgica, Luxemburgo, Serbia y Montenegro, del lado franco-anglo-ruso. Antes de finalizar agosto Japón declaró la guerra a Alemania y Austria-Hungría, a las que se sumó Turquía a fines de 1918. La Primera Guerra Mundial había comenzado.[2]
La pesadilla que espantaba a Bismarck se materializaba: la necesidad de Alemania de conducir la guerra en dos frentes a la vez, contra Francia y contra Rusia. A corto plazo, esta desventaja estaba compensada con creces por el mayor apresto militar alemán y su superioridad industrial, sobre todo respecto de Francia y Rusia. Además, sus líneas de suministro eran más cortas, y contaba con una eficiente red ferroviaria.
Pero a pesar de estos factores favorables, y de que Austria-Hungría afrontaría los primeros ataques de los rusos, aliviando la presión del frente oriental sobre Alemania, la campaña contra Francia, prevista para una terminación rápida, dio paso a una guerra de desgaste, al ser detenido el avance alemán a ochenta kilómetros de París. A partir de allí, los ejércitos enfrentados en el frente occidental comenzarían una carrera hacia el Canal de la Mancha, con el objeto de envolver cada uno al enemigo. Ninguno de los dos lo consiguió, y la guerra se transformó en un pulso de trincheras que no se movieron durante años, sin que ninguno de los contendientes ganase terreno.
Diagrama esquemático de una trinchera
Francia tenía menor población que Alemania, estaba menos industrializada y menos preparada en el aspecto militar. Rusia sí tenía una población enorme, pero estaba atrasada militar e industrialmente. Sus grandes distancias, y su mal desarrollada red ferroviaria dificultaban el movimiento de sus tropas, y su ubicación la hacía inaccesible para el apoyo de sus aliados. Inglaterra, en cambio, aportó su poderío y sus recursos de ultramar, incluidos acá el apoyo de sus dominios. La flota británica fue decisiva en tareas de suministro, a pesar de una feroz guerra submarina en su contra. Finalmente, la entrada en guerra de los Estados Unidos en 1917, justamente en el momento cuando Rusia colapsaba a la abdicación de Nicolás II, trajo a la lucha una definitiva ventaja material. A pesar de que Rusia, ya en manos de los bolcheviques, aceptó una desventajosa paz con Alemania (Tratado de Brest-Litovsk), Austria-Hungría colapsó también y ya Alemania no pudo sostener su esfuerzo bélico. Guillermo II abdicaba el 9 de noviembre de 1918 y dos días más tarde un armisticio ponía fin a la guerra que acabaría con todas las guerras.
El imperio de los Zares no aguantó una segunda revolución. A la abdicación de Nicolás II sucedió un gobierno provisional, en manos del moderado Alexander Kerensky. Éste no duró mucho tiempo. El 17 de noviembre de 1917 (25 de octubre del Calendario Juliano seguido por los rusos) un golpe de Estado comunista, liderado por Vladimir Ilich Lenin, se hizo con el control en menos de veinte horas. Días antes, San Petersburgo era invadido por hordas desempleadas y hambrientas que paralizaron la ciudad en medio de la escasez. León Trotsky, artífice de la táctica de ocupar puntos neurálgicos como estaciones de trenes, centrales del acueducto y oficinas telegráficas, logró aislar a Kerensky en el palacio de gobierno, dejando al país descerebrado. Pocos días antes, evaluando el probable éxito de la acción, y tomando en cuenta el efecto de la crisis económica, había confiado a Lenin: “Esto va a ser tan fácil como darle una patada a un paralítico”.[3]
Lo primero que hicieron los bolcheviques fue hacer la paz con Alemania. Luego lidiarían con la contrarrevolución de los “rusos blancos”, que vencieron. Así estabilizaron un gobierno que por 70 años determinaría buena parte de la política mundial, después de participar victoriosamente en la Segunda Guerra Mundial y constituir una de las dos caras de la Guerra Fría.
Vladimir Ilich Lenin
La Gran Guerra significó la desaparición de Austria-Hungría, que se fragmentó en distintas repúblicas. Esta circunstancia dejaba un solo chivo expiatorio para cargarle la culpa del desastre: Alemania, y sobre ella se afincaron las potencias reunidas en Versalles para dictar los términos de su rendición definitiva.
A pesar de intentos pacificadores por parte de Woodrow Wilson, el Presidente de los Estados Unidos, el rencor francés determinó que las condiciones impuestas a Alemania fueran excesivamente drásticas: Alsacia y Lorena regresaban a Francia, la Renania debía ser desmilitarizada, se limitaba a 500 mil hombres el ejército alemán, se le prohibía aviación y flota de guerra, y se le exigía onerosas indemnizaciones que en poco tiempo terminaron por hundir la ya devastada economía alemana. Sólo las voces agoreras de John Maynard Keynes y Winston Churchill se alzaron en Inglaterra para advertir que el Tratado de Versalles era un error monumental: el primero pronosticó el desarrollo de una crisis económica mundial, que se materializó en una década; el segundo profetizó una nueva y peor guerra a la vuelta de veinte años, en la que fue destacado protagonista y cuya historia escribió.
Wilson había propuesto “catorce puntos” que guiaran el reacomodo político y la elusión de nuevas guerras. Éstos incluían el ejercicio de una diplomacia abierta—open covenants openly arrived at—el rediseño de las fronteras “a lo largo de líneas de nacionalidad claramente reconocibles”, la limitación de armamentos y la creación de una organización internacional que previniera los conflictos: la Liga de las Naciones. A pesar de que ésta llegara a fundarse, el propio país del presidente Wilson jamás consintió en ser miembro. Poco después el ex profesor de Princeton, con el espíritu desilusionado y la razón ida, dejaba este mundo. LEA
[1]Historia Universal, Editorial Planeta: Tomo 11, Siglo XX (I), De 1914 a 1942.
[2]Un extraordinario relato de estos primeros días de la guerra, y de la actividad diplomática que los precedió, se encuentra en The Guns of August, de Bárbara Tuchman, la historiadora norteamericana doblemente premiada con el Premio Pulitzer.
[3]Narrado por Curzio Malaparte en su libro La técnica del golpe de Estado.
La consolidación del comunismo en Rusia y la constitución de la Unión Soviética. Imposiciones de posguerra y la siembra de una crisis económica. La Gran Depresión. Formación de la Liga de las Naciones. Una psicología melancólica.
A juzgar por la letra del tango Volver, ahora repopularizada por la más nueva película de Almodóvar, quince años deben ser menos que nada. Sin embargo, el período comprendido entre el término de la Primera Guerra Mundial (1918) y el ascenso de Adolfo Hitler al poder (1933) estuvo lleno de acontecimientos, los que definen un proceso de declinación de la civilización europea. De una Alemania postrada por las consecuencias de Versalles, y luego asolada por la inflación, se llegaría a un nuevo país, en despegue hacia la bonanza económica y una horrible metamorfosis.
Rusia, en medio de la revolución bolchevique iniciada en 1917, había tenido importantes pérdidas territoriales. Primero el gobierno de Kerensky había reconocido la independencia de Polonia, y luego de él los comunistas concedieron la petición de independencia de Finlandia. En los meses sucesivos Latvia, Lituania y Estonia obtuvieron asimismo la independencia. Por el Tratado de Brest-Litovsk (3 de marzo de 1918) debió entregar a Alemania grandes partes de Ucrania, Rusia Blanca y Transcaucasia, perdiendo de este modo más de sesenta millones de súbditos y mucha de su industria y también importantes recursos naturales.
En materia de resistencia al régimen bolchevique, que iba desde la de reaccionarios partidarios de la restauración de los zares hasta la presentada por los radicales del socialismo revolucionario, procedieron con una política de terror que arrasó con la oposición interna, sobre todo a raíz de un atentado en agosto del 18 que dejó a Lenin malamente herido. Pero sobre aquel régimen se cernía una amenaza mucho más peligrosa, que estuvo a punto de derrocarlo. Cerca de las fronteras rusas apareció primero un Ejército Blanco formado en los territorios cosacos del sur. A esta fuerza se unió otro ejército reclutado en Rusia oriental y Siberia, el que recibió un contingente de cuarenta mil checos, y a comienzos de 1919 dos ejércitos adicionales entraron en acción en el norte y el noroeste del país. Los comunistas, pues, se veían acosados por todos los flancos.
A esta amenaza se sumó la intervención aliada. Al retiro ruso de la guerra se quiso impedir que los alemanes pusieran mano al material de guerra que los aliados habían suministrado, por lo que éstos enviaron tropas a Siberia y el norte y sur de Rusia. Japón puso en guerra 60.000 hombres; los demás países no remitieron tropas en número suficiente, pero aun así los ejércitos blancos recibieron material y hubo bloqueo de las costas rusas. Los aliados retiraron sus soldados en 1920, pero la presencia japonesa se prolongó hasta 1922 y, específicamente en la zona rusa de la isla de Sakhalin, hasta 1925.
Los blancos parecían al borde la victoria hasta fines de 1919. Un año más tarde las fuerzas bolcheviques, comandadas por Trotsky como Comisario de Guerra, derrotaban definitivamente a aquéllos y ponían fin a la guerra civil.
Todavía la guerra, sin embargo, no terminaba para los rusos, pues los polacos invadieron el occidente de Ucrania y Rusia Blanca a comienzos de 1920. Francia apoyó a Polonia y los rusos debieron aceptar la partición de territorio adicional por el Tratado de Riga de marzo de 1921, con lo que perdieron otros cuatro millones de habitantes.
La línea Curzon, propuesta en Versalles en 1919, marcaba la separación étnica entre rusos y polacos y guió las disposiciones del Tratado de Riga.
Por otra parte, en la misma Ucrania, en Transcaucasia y otras regiones fronterizas se manifestaron movimientos independentistas. A pesar de que los comunistas habían declarado estar a favor de la autodeterminación de los pueblos, procedieron a reprimir estos movimientos. El 30 de diciembre de 1922 nació formalmente la federación dominada desde Moscú: la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.
Mientras estas cosas ocurrían, los diplomáticos aliados se reunían en París para decidir el destino de Alemania y sus vencidos socios. Veintisiete naciones participaron en la conferencia, aunque el verdadero poder de decisión residía en “los Cuatro Grandes”: Woodrow Wilson, David Lloyd George, Georges Clemenceau y Vittorio Orlando, en representación de los Estados Unidos, Inglaterra, Francia e Italia, respectivamente. Este último país emprendió un boicot en protesta porque no obtenía el reconocimiento de algunas de sus aspiraciones, por lo que en la práctica los Tres Grandes decidieron la mayor parte de las cosas.
No había unanimidad de criterio: Clemenceau asistió animado por el deseo de vengar las humillaciones de la Guerra Franco-Prusiana mediante compensación territorial, cuantiosas reparaciones y seguridades contra futuras agresiones alemanas; los italianos pretendían adquirir grandes territorios a expensas de los ya inexistentes imperios austro-húngaro y turco; Lloyd George, aunque dispuesto a una mayor moderación, estaba atado por su propia propaganda de guerra. (En diciembre de 1918 su partido había ganado las elecciones tras una campaña que prometía castigo para Alemania). Los aliados menores también querían su parte: Bélgica exigía reparación por daños de guerra; ya Japón había tomado posesión de territorios alemanes en China y el Pacífico, y los fragmentos del desaparecido imperio Austro-Húngaro, que habían sido reconocidos de facto por los aliados aun antes del fin de la guerra, disputaban entre ellos por territorio. Sólo los Estados Unidos fueron a París sin exigencias territoriales o financieras, y tal cosa, sumada a la popularidad de Wilson, permitió algo de moderación inicial.
Apartando las imposiciones materiales, territoriales y militares, Alemania se vio forzada a aceptar la culpa por la guerra y este hecho, de profundas implicaciones psicológicas, gravitaría sobre el posterior ascenso de Hitler, quien se presentaría justamente como agente de expiación de esa culpa y se referiría al tratado como el Diktat de Versalles. El Artículo 231 del Tratado de Versalles estipulaba: “Los Aliados y los Gobiernos Asociados afirman y Alemania acepta la responsabilidad de Alemania y sus aliados por haber causado toda la pérdida y el daño a los que los Aliados y los Gobiernos Asociados estuvieron sujetos como consecuencia de la guerra impuesta por la agresión de Alemania y sus aliados”.
Pero el efecto más inmediato y brutal sería el ejercido por las reparaciones impuestas. La factura total que Alemania recibió finalmente el 27 de abril de 1921 alcanzaba a la suma de 33 mil millones de dólares, cantidad muchas veces superior a todo su ingreso nacional anual. Esta carga terminaría por causar el colapso de la economía alemana. Para complicar el asunto todavía más, los gobiernos aliados, movidos por sus intereses económicos, establecieron onerosos aranceles que impedían la exportación alemana, y a fines de 1922 Alemania entró en cesación de pagos. La inflación que se desató fue monstruosa. Para 1923 el marco valía menos que el papel en el que estaba impreso, un dólar llegó a cambiarse por más de cuatrocientos millones de marcos y la gente llevaba billetes en carretillas para hacer sus compras de abasto.[1]
Los efectos de este proceso afectaron a otros países, como Francia, cuyo franco experimentó una devaluación de 25%. La alarma cundió y se convocó de emergencia una conferencia que propuso aliviar las exigencias a Alemania, y un nuevo empréstito norteamericano permitió una recuperación económica bajo la guía de Hjalmar Schacht, quien tuvo éxito en restituir la confianza sobre el marco. Tal como había previsto Keynes, las imposiciones financieras del Tratado de Versalles generaron una crisis internacional, la que paliada momentáneamente, reemergería con fuerza inusitada en 1929 para prolongarse hasta 1933. En Alemania, la inflación desatada dejó cicatrices particulares. Unos pocos especuladores hicieron fortunas gigantescas, mientras los trabajadores veían desaparecer los ahorros de toda una vida en pocas semanas.
Las consecuencias económicas de las disposiciones de París no fueron previstas adecuadamente, y una disputa absurda y contradictoria las agravó. Mientras que los Estados Unidos propusieron la condonación de las reparaciones de guerra al tiempo que insistían en cobrar sus acreencias, derivadas de los préstamos que hicieran a los aliados, Francia proponía que los Estados Unidos se olvidaran de esta deuda y se hiciera, en cambio, honor a las reparaciones. Los británicos sugirieron la cancelación de ambas cosas, pero los Estados Unidos se negaron a ver la conexión entre las dos. Calvin Coolidge diría: “Ellos pidieron el dinero prestado. ¿No es así?”
Los norteamericanos disfrutaban de una bonanza sin precedentes, a pesar de un breve lapso de depresión en 1920 y 1921. Los Estados Unidos habían pasado de ser un deudor neto a ser un acreedor neto, y lograron establecer una balanza comercial muy favorable mediante la exportación de sus productos mientras desplazaban a los productores europeos. Su propio mercado interno era de por sí masivo, y su crecimiento poblacional, aunado a un rápido progreso tecnológico, parecía garantizar una prosperidad inagotable.
Los banqueros e inversionistas estadounidenses optaron, en 1928, por sustituir su acostumbrada compra de bonos alemanes por inversiones en la Bolsa de Valores de Nueva York, la que inició un espectacular crecimiento. El gran bull market incitó a pequeños inversionistas a comprar acciones a crédito, mientras las economías europeas comenzaban a sentir la presión derivada del cese de la inversión norteamericana en sus papeles y una competencia que les dejaba sin mercados. La rigidez que significaba el empleo de los recursos destinados al crédito en la especulativa compra de acciones, esperaba sólo una chispa para desatar un incendio.
El 24 de octubre de 1929 una onda de pánico cruzó por la Bolsa de Nueva York, haciendo que se desplomaran los precios de las acciones y se evaporaran en escasas horas millones de dólares represados en papeles de valor ficticio. A mediados de noviembre el índice bursátil había caído a la mitad del valor que ostentaba. En “efecto dominó”, los bancos exigieron la devolución de los préstamos, lo que realimentó la oferta de títulos a precios irrisorios para afrontar las obligaciones. Los norteamericanos que habían invertido en Europa vendieron sus activos para repatriar sus capitales, transmitiendo así la repentina enfermedad al Viejo Continente. Para 1930 la retirada de los capitales norteamericanos no había cesado, y en mayo de 1931 uno de los más importantes bancos de Europa, el Creditanstalt de Austria, interrumpió sus pagos. La ola de pánico continuó, como un tsunami, transmitiéndose de banco a banco, industria a industria y país a país. En estocada mortal, una ola de cesantía dejó a millones de trabajadores sin empleo, con lo que recreció el ciclo de deflación.
En el verano de 1931 el presidente de los Estados Unidos, Herbert Hoover, forzado por las circunstancias a reconocer la realidad de la interdependencia financiera internacional, propuso una moratoria por un año de los pagos intergubernamentales, en lo que constituyó un remedio demasiado tardío. En septiembre de ese año Inglaterra, que con gran dificultad había retornado al patrón oro en 1925, debió abandonarlo otra vez, en compañía de muchos otros países. Lo mismo debió hacer Roosevelt en 1933, después de la quiebra de miles de bancos y la implantación de un feriado bancario de cuatro días.
………
Una esperanza política se había puesto en la Sociedad de Naciones. Ideada por Edgard Grey, ministro inglés de asuntos exteriores, fue entusiastamente acogida y promovida por Wilson, y se asentó en Ginebra luego de sostener su primera sesión en Londres, el 10 de enero de 1920, en la que se estableció su Secretaría. Sir James Eric Drummond fue el primer Secretario, y duró en el cargo hasta 1933. Tenía por objeto impedir los conflictos armados, luego de que quisiera entenderse al conflicto que concluyera en 1918 como “la guerra para acabar todas las guerras”.
Hitos iniciales de la Sociedad de Naciones registrados en tarjeta postal de la época con la efigie del presidente Woodrow Wilson
La Liga de las Naciones—Société des Nations, Volkërbund—no disponía de fuerzas armadas propias, y para mediar entre países combatientes dependía de que las grandes potencias quisieran emplear las suyas. Los Estados Unidos nunca ratificaron la carta del organismo, y tampoco fueron nunca miembros. El 19 de noviembre de 1919 el Senado estadounidense rechazaba adherir a la Liga, y el 19 de marzo del año siguiente votaba en contra de ratificar el Tratado de Versalles. Esta decisión dejaba a los Estados Unidos técnicamente en guerra con Alemania, lo que no fue remediado hasta 1921.
Es posible que de haber existido un tratado distinto de éste para la sola creación de la Liga, el gigante norteamericano se hubiera asociado, pero se había insistido justamente en que el establecimiento de esta sociedad de Estados fuera parte integral del acuerdo versallesco. Haber aprobado su adhesión a la Liga habría representado para los Estados Unidos su aquiescencia a las restantes exigencias en contra de Alemania.
La propia Alemania fue admitida a la Liga en 1926, una vez superada su crisis económica, y el año anterior el Pacto de Locarno garantizaba las fronteras franco-alemana y alemano-belga contra agresión de cualquiera de los lados, así como las fronteras de Alemania con Polonia y Checoslovaquia, un país antiguamente inexistente, creado con fragmentos del antiguo Imperio Austro-Húngaro. Un hálito pacifista presidía las conversaciones, y a esta atmósfera se le llamó el “espíritu de Locarno”. Prolongado unos años, este espíritu animó comunicaciones entre Aristide Briand, por Francia, y Frank B. Kellogg, por los Estados Unidos, que condujeron al Pacto de París o Pacto Kellogg-Briand, firmado en 1928 por sesenta y cinco naciones. Por él se comprometían a la “renuncia de la guerra como instrumento de política nacional”. El Pacto de París era significativo porque no sólo lo firmaban Francia y Alemania, sino que se adherían a él Rusia y los Estados Unidos, pero no contaba con ningún mecanismo para hacerlo valer. La euforia, en cambio, quedó coronada al conferirse a Aristide Briand el Premio Nóbel de la Paz.
La carencia de una fuerza militar independiente, y la ausencia de los Estados Unidos, fueron debilidades que se demostrarían mortales. Después de haber tenido algunos logros, primero Alemania y después Japón se retiraron de la alianza en 1933. Rusia fue admitida luego de esas deserciones, pero la Liga fue incapaz de evitar la Segunda Guerra Mundial. Dos de sus instituciones, sin embargo, la sobrevivieron: la Oficina Internacional del Trabajo y la Corte Permanente de Justicia Internacional, que complementaba sin sustituirlo al Tribunal de Arbitraje creado en 1900.
Estas iniciativas, pues, permitieron el renacimiento de la esperanza que existiera a comienzos de siglo. La Alemania militarista del Segundo Reich daba paso a la civilizada República de Weimar, llamada así porque su constitución fue ratificada en esa ciudad alemana, que fue considerada la más avanzada de su época. No tardaría mucho, no obstante, en aparecer la oposición a la joven república desde los extremos radicales. Poco después de que se proclamase el fin de la ley marcial y se anunciara elecciones, una revuelta en Berlín fue aplastada con elementos del viejo ejército imperial y la ejecución sin juicio de los líderes del alzamiento. Las elecciones, por otra parte, aunque concedieron una mayor minoría a los social demócratas (163 de 423 diputados totales) implicaban la necesidad de una coalición para gobernar. Los demócratas y los católicos se sumaron al gobierno, que comenzó liderado por Friedrich Ebert.[2]
A las vicisitudes políticas del período 1918-1933 subyacía una modificación en el espíritu de la época. La experiencia de la guerra había trocado el optimismo de 1900 en una melancolía y un cinismo que emergieron claramente en la literatura, las artes y el ensayo. Precisamente en 1918 se publicaba “El ocaso de Occidente”, del alemán Oswald Spengler, obra en la que se declaraba moribunda a la civilización occidental. Un poema de T. S. Eliot, Los Hombres Vacíos (1925), hacía eco a la profecía spengleriana, concluyendo con dos versos que serían interminablemente citados:
This is the way the world ends/ Not with a bang but a whimper.[3]
Fueron los tiempos de la descarnada sátira Un mundo feliz, del inglés Aldous Huxley (que prefiguraba los excesos de un gobierno totalitario) y las obras más importantes de Franz Kafka (El Proceso,[4]de 1925 y El Castillo, de 1926). Pero tal vez haya sido la obra más característica del período la novela más larga jamás escrita, por Marcel Proust, que retrataba la disolución social a causa de la corrupción moral de la burguesía. Su título resume todo: En busca del tiempo perdido.
Entretanto, el cubismo y el modernismo, las corrientes principales de la pintura a comienzos de siglo, habían sido sustituidas por el surrealismo, que exploraba el mundo onírico con indudable influencia freudiana, y el dadaísmo, un movimiento de ruptura y denuncia del mundo moderno de efímera duración. Tan sólo la arquitectura logró asirse a la racionalidad, asentada sobre la necesaria realidad de los esfuerzos de reconstrucción. En 1919 fundaba Walter Gropius la muy influyente Bauhaus, una escuela que combinaba la arquitectura y el diseño con pintura, escultura y artesanía. En 1929, en la exposición internacional de Barcelona, los artistas de esa escuela mostraron que dominaban el campo. Desde Francia, la racionalidad funcional de Le Corbusier[5]—que definía una casa como “una máquina para vivir”—hacía sentir su influencia en la arquitectura y posteriormente en el urbanismo.
En general, el arte quería romper con el pasado desde comienzos de siglo, a partir de un escepticismo harto explicable. Muchos críticos hablaron de un arte de la decadencia, pero la verdad es que se trataba de un fermento revolucionario, y lo que había sido tenido por mero quehacer estilístico—simbolismo, Art Nouveau—dio paso a un profundo reexamen en el período entre las dos guerras mundiales. De nuevo, fue desde fuera del arte de donde vino la mayor influencia de todas: de la obra de Sigmund Freud, el fundador del psicoanálisis. No sólo los poetas surrealistas exploraban el subconsciente con sus poemas automáticos—influidos por la técnica psicoanalítica de la libre asociación de ideas—sino que las referencias y los símbolos sexuales comenzaron a emerger explícitamente en la literatura y el cine. En este sentido la época preparó el terreno para posteriores y más atrevidas liberaciones.
Dice el tango:“…veinte años no es nada, y feliz la mirada…” Quince años son, en consecuencia, menos que nada, pero en general la mirada no era feliz en el lapso comprendido entre 1918 y 1933. En este último y fatídico año ascendería a la Presidencia de los Estados Unidos, sobre la angustia de la Gran Depresión,[6]Franklin Delano Roosevelt, quien sustituyó la política hooveriana del Fair Deal por su propia proposición de un New Deal, grandemente influida por la prédica de John Maynard Keynes, que abogaba por una fuerte intervención económica del Estado para lograr la condición del pleno empleo de la oferta de trabajo, aun a costa del endeudamiento estatal a gran escala. (Deficit spending).
Pero también lograba el poder, en ese mismo año en Alemania, el otrora cabo austriaco Adolf Hitler. Nadie anticipaba por entonces un nuevo y más grande cataclismo de sangre y violencia, nadie anticipaba entonces el holocausto que sobrevendría. LEA
El presidente Roosevelt firma el New Deal en 1933 – Adolfo Hitler, todavía sin poder en 1928
[1]Una buena descripción del proceso se encuentra en el libro de William Shirer, Auge y caída del Tercer Reich.
[2] En la práctica alemana reciente, los partidos políticos pueden establecer fundaciones que reciben fondos del gobierno para sus operaciones políticas, incluyendo en éstas las ayudas exteriores. Los social-demócratas establecieron la Fundación Friedrich Ebert, mientras que los socialcristianos crearon la Fundación Konrad Adenauer. Ambas tienen representación en Venezuela.
[3]«Es así como el mundo termina, no en un estallido sino con un sollozo».
[4]Llevada al cine por Orson Welles, con actuación destacada de Anthony Perkins, el protagonista del clásico de Alfred Hitchcock, Psicosis.
[5]Seudónimo de Charles-Edouard Jenneret, arquitecto franco-suizo, de gran influencia sobre nuestro Carlos Raúl Villanueva.
[6]Documentada con descarnado realismo en las fotografías de Margaret Bourke White y Dorothea Lange.
intercambios