por Luis Enrique Alcalá | Feb 10, 2005 | LEA, Política |

Los nuevos desastres pluviales, amplificados sin duda por la desidia oficial en Vargas, han distraído al Presidente de la República de su agenda preferida: su epopeya antigringa. Ya la tragedia de 1999 había cortado en su momento los festejos de la promulgación de la Constitución vigente. Un poco más de seis años después de aquella calamidad comprobamos que las recomendaciones técnicas de prevención—muros de contención en concreto armado, entre otras cosas—fueron sustituidas por curitas ineficaces. (Gaviones que no resisten el embate de las aguas).
Así que el líder continental de la revolución socialista tendrá que ocuparse de un fastidioso e inoportuno problema local y distraerse de su épica tarea. Es posible que sueñe con recibir ayuda china para esta nueva prueba de los elementos. Pero una vez que haya dado su condolido discurso—»Si la Naturaleza se opone haremos que nos obedezca»—volverá a dejar el asunto en manos de sus lugartenientes para continuar en su papel de héroe transnacional. (Exógeno, pues).
Un aventurado pronóstico de Stratfor para la década 2005-2015 supone que Chávez continuará «retando los intereses de seguridad de los Estados Unidos en la región, particularmente en Colombia» y que buscará «expandir su revolución bolivariana con el establecimiento de redes de apoyo político y financiero con líderes políticos y organizaciones bolivarianas o extremistas de pensamiento parecido por toda la región».
Pero los analistas de Stratfor también creen que los Estados Unidos «responderán a los obstáculos que Chávez representa buscando aislarlo políticamente y tal vez económicamente». Esto es más fácil decirlo que hacerlo. No será nada fácil para la diplomacia de Washington lograr que la Organización de Estados Americanos reduzca a Venezuela a un status análogo al de Cuba. Si, como pareciera implicar el pronóstico de Stratfor, los Estados Unidos se limitaran a una política de ese tipo, pronto comprobarían que esa postura no les conduciría a nada. Y si insisten en sus frecuentes declaraciones críticas—Rice, Noriega, etc.—no harán otra cosa que trabajar a favor de Chávez, al reforzar la noción de que este señor efectivamente encarna una actitud muy generalizada en el mundo actual: el rechazo al reciente comportamiento de los Estados Unidos. Lo harían más popular aún entre los desposeídos de la tierra. Por otra parte, es Chávez quien pareciera buscar ese aislamiento, al menos de los Estados Unidos, con acciones como la avisada desinversión en CITGO y la búsqueda de un mercado chino que pudiera sustituir la importación estadounidense de crudos venezolanos.
Mientras tanto los voceros del proceso siguen el simplista guión antinorteamericano. Nicolás Maduro, poseído de la majestad que le confiere la Presidencia de la Asamblea Nacional, ha adelantado la sospecha de que la laberintitis que pospuso la visita conciliatoria de Uribe Vélez no es otra cosa que una patraña que enmascara «órdenes» de Washington, que no querría entendimientos entre los presidentes de Venezuela y Colombia. ¿No habrá quien postule que nuestro nuevo castigo pluvial obedece a alguna arma meteorológica secreta de DARPA? (Defense Advanced Research Projects Agency).
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por Luis Enrique Alcalá | Feb 8, 2005 | Fichas, Política |

LEA, por favor
Entre los intelectuales de los que John F. Kennedy supo rodearse en su corta presidencia descuella la figura de Arthur Schlesinger Jr., historiador norteamericano nacido en 1917 cuyo trabajo se ha centrado sobre la consideración de las ideas y ejecutorias de varios presidentes de su país. (Andrew Jackson, Franklin D. Roosevelt, John F. Kennedy y Richard Nixon). Ganador del Premio Pulitzer de Historia por su libro sobre Jackson, durante el gobierno de Kennedy fue su historiador residente y escritor de discursos. También su padre, Arthur M. Schlesinger (1888-1965), fue un historiador respetable.
Además de sus libros sobre los presidentes que estudiara—que incluyen el famoso A Thousand Days, su relato de primera mano del gobierno de Kennedy que mereciera otro Premio Pulitzer, esta vez en Biografía—Schlesinger ha teorizado sobre el proceso político general y, en especial, sobre el tema del liderazgo en una sociedad democrática. (Más recientemente, en septiembre de 2004, ha publicado un estudio sobre el manejo de la guerra por los presidentes norteamericanos: War and the American Presidency). En Los Ciclos de la Historia Americana (The Cycles of American History), asume la cuestión del liderazgo con particular interés en el tema de la innovación política y su aceptación por la sociedad en el seno de la cual aquella emerge. Es con fragmentos sacados de este libro con lo que se compone esta Ficha Semanal #32 de doctorpolítico.
Dice Schlesinger: «En realidad, el liderazgo es lo que hace girar al mundo. No cabe duda de que el amor suaviza el tránsito; pero el amor es una transacción privada entre adultos anuentes. El liderazgo—la capacidad de inspirar y movilizar a multitud de personas—es una transacción pública con la historia». Y también: «El liderazgo puede modificar la historia para bien o para mal. Los líderes han sido responsables de los crímenes más terribles y de las más extravagantes locuras que han deshonrado a la raza humana. También han sabido impulsar a la humanidad hacia la libertad individual».
Schlesinger fue profesor de Historia en la Universidad de Harvard por una docena de años antes de integrar el gobierno de Kennedy. (En el que fungió también como asistente especial de éste para América Latina). Al término de esta presidencia pasó un semestre en el Instituto de Estudios Avanzados de Princeton, y luego aceptó una cátedra (Albert Schweizer) de Historia en la Universidad de la Ciudad de Nueva York. Siempre interesado en política, trabajó intensamente en las campañas de Robert Kennedy y George McGovern, pero por propia admisión no fue capaz de apoyar—ni siquiera votar—a James Carter, a quien encontraba «demasiado conservador y pío» para su gusto.
Este historiador que fue llamado a funciones de gobierno es un «liberal» en el sentido norteamericano del término: una persona que desconfía de la idea de entregar al libre mercado el rumbo de la sociedad. En entrevista concedida a Alejandro Benes puntualizó al respecto: «El libre mercado no va a reconstruir la infraestructura del país. No va a proveer adecuados cuidados a la salud. No va a proteger el ambiente. No va a mejorar nuestras escuelas. Ninguna de estas cosas será hecha por un libre mercado sin impedimentos». Son posturas de esta clase las que le han ganado el remoquete de «Guardián del Liberalismo».
LEA
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Democracia y liderazgo
Artistas y Estadistas
¿Cuál es en realidad la función del liderazgo? ¿Cómo opera en una democracia?
El propósito de la política democrática es, o debiera ser, encontrar un medio para alcanzar la libertad ordenada en un mundo condenado al cambio incesante. «Aquel que no quiera aplicar remedios nuevos», dijo Bacon, «debe esperar males nuevos, ya que el tiempo es el mayor innovador». La carroza alada del tiempo ha estado viajando más rápidamente que nunca en los siglos transcurridos desde Bacon. El resultado es una brecha perenne entre las instituciones y creencias heredadas y un medio ambiente en movimiento perpetuo. La misión de la política democrática es mantener a las instituciones y los valores suficientemente al corriente de la vertiginosa velocidad de la historia para dar a la sociedad la oportunidad de controlar las energías desencadenadas por la ciencia y la tecnología. El liderazgo democrático es el arte de fomentar y administrar la innovación al servicio de una comunidad libre.
No supongo que la creatividad en el arte de gobernar sea esencialmente diferente de la creatividad en otros campos. Con fines de ilustración, me gustaría ofrecer una lista de cualidades requeridas para la política creativa; una lista tomada de un famoso comentarista de la Revolución Francesa. El primer requisito de la lista es observación, «la capacidad de observar con exactitud las cosas como son en sí mismas», saber «si las cosas descritas están realmente presentes». Después, reflexión que enseña «el valor de las acciones, las imágenes, los pensamientos y los sentimientos; y ayuda a la sensibilidad a percibir la relación que tienen entre sí». Luego, imaginación, «modificar, crear y asociar»; después invención, y finalmente juicio, «decidir cómo y dónde, y hasta qué grado debe y puede ejercerse cada una de estas facultades».
Estas cualidades, llevadas a su nivel más alto, constituyen el genio, «la única prueba (del cual) es hacer bien lo que es digno de hacerse, y lo que nunca se hizo antes… El genio es la introducción de un elemento nuevo en el universo intelectual». Ahora bien, la introducción de un elemento nuevo en el universo intelectual es una empresa peligrosa. «La ruptura de los lazos de la costumbre» provoca resistencia. Por lo tanto, el innovador tiene la tarea de «crear el gusto por lo que ha de ser disfrutado… Crear un gusto es invocar y conferir poder».
El lector habrá adivinado que estoy citando no un discurso sobre el arte de gobernar, sino el prefacio de Wordsworth a la edición de 1815 de sus poemas, donde el otrora entusiasta de la Revolución Francesa consideraba «los poderes que requiere la producción de poesía». Su análisis sugiere que la creatividad en política apela a poderes similares y corre el riesgo de desaires similares.
De cualquier modo, sigue habiendo diferencias entre el proceso creativo en la ciencia y el arte y dicho proceso en la política. Una es la cuestión de la oportunidad. La ciencia y el arte no pueden ser apresurados. La política siempre es esclava del reloj. El estadista es víctima de la emergencia, prisionero de la crisis y, aun en épocas de tranquilidad, siervo de los plazos que se vencen. A menudo debe asirse de ideas prematuras y usarlas sin conocer las consecuencias. Peor aún, el estadista suele enfrentarse a situaciones en que, si espera demasiado para estar absolutamente seguro de los hechos, puede perder el control de los acontecimientos. «Cuando es mayor el ámbito de la acción», observó Henry Kissinger, «los conocimientos en que puede basarse dicha acción son limitados o ambiguos. Cuando ya se tiene el conocimiento, la capacidad para influir sobre los acontecimientos suele ser mínima. En 1936 nadie podía saber si Hitler era un nacionalista incomprendido o un demente. Cuando se tuvo la certeza de lo segundo, el precio fue millones de vidas». Tocqueville lo dijo en forma más sucinta: «Una democracia puede llegar a la verdad sólo como resultado de la experiencia; y muchas naciones pueden perecer mientras están aguardando las consecuencias de sus errores».
El estadista debe aceptar no sólo los plazos que se vencen sino un ambiente exigente. Eternamente está pactando con otros. En una forma de gobierno democrática la dialéctica de la transacción es la norma en todos los niveles. Mientras los artistas y los científicos rechazan la transacción, caminan por cuenta propia y apuestan a la aprobación del futuro; los estadistas requieren aprobación ahora si quieren lograr algo. Stendhal esperaba ser reivindicado en un siglo; Napoleón tuvo que reivindicarse de inmediato, o resignarse a ser nada. El artista y el científico tienen tiempo y espacio; el estadista tiene bastante poco de ambas cosas. Freud acertadamente colocó al gobierno junto con la educación y el psicoanálisis en su lista de las tres profesiones «imposibles», aquellas «en las que se puede estar seguro de alcanzar resultados insatisfactorios».
La Superación del Viejo Orden
En el arte y en la ciencia, el innovador sólo tiene que convencer a una persona: él mismo. Pero la innovación en la democracia entraña una tarea aún más ardua: el innovador debe persuadir a otros a que cambien su opinión. Los cambios son amenazantes. La innovación puede parecer un ataque a los cimientos del universo.
El interés creado es proteico. Puede ser personal: invertir un intelecto y una carrera en un sistema particular de creencias. Puede ser institucional: las ideas encarnadas en instituciones se vuelven especialmente difíciles de abandonar. Puede ser social: invertir en un sistema de creencias que protege el poder de un grupo o clase.
El análisis de Joseph Schumpeter sobre la función de la empresa económica ilustra también las dificultades del liderazgo político. Cada paso que se da en contra de la rutina despierta dudas. El individuo que hace caso omiso de los canales establecidos, observó Schumpeter, carece de datos persuasivos para justificar la contravención de las leyes. Allí donde el precedente había constituido una guía autorizada, ahora «el éxito de todo depende de la intuición, de la capacidad de ver las cosas de una manera que después resulte cierta, aunque no se le puede establecer en el momento, y de captar el hecho esencial, descartando lo no esencial, aunque no se pueda ofrecer una explicación de los principios por los que esto se hace». Pocos están dispuestos a abandonar las precitadas suposiciones por los riesgos admitidos. Schumpeter también hizo hincapié en la venganza que ejerce el medio social contra los que desean hacer algo nuevo. Cualquier grupo resiente la herejía por parte de sus miembros.
Las sociedades faustianas de Occidente viven en perpetua expectación de cambio. Sin embargo, aunque las naciones democráticas afirman la inevitabilidad del cambio, la democracia también inculca hábitos de pensamiento que refuerzan la resistencia a las ideas nuevas. Los primeros críticos de la democracia no la veían así; más bien se lamentaban de la supuesta inestabilidad de las masas y temían que el gobierno popular sucumbiera a azarosos arrebatos de opinión no autorizada. Pero observadores simpatizantes como Tocqueville se preocupaban del largo plazo. «Lo que me sorprendió en los Estados Unidos», escribió, «era la dificultad de sacudir a la mayoría una vez que se había formado una opinión».
Lo que cuenta al final es la subversión de las ideas viejas por el medio cambiante. Esto es lo que da al líder democrático la oportunidad de crear el gusto por el que ha de ser disfrutado.
Arthur M. Schlesinger
por Luis Enrique Alcalá | Feb 3, 2005 | Cartas, Política |

Algunos entre los demócratas norteamericanos, considerados como líderes de gran peso o como figuras intelectuales «superiores» a sus contrapartes republicanas han sido, no obstante, perdedores. En época de Adlai Stevenson, por ejemplo, se le tenía a éste por el estadista más fino entre los norteamericanos, el presidenciable ideal, pero nunca pudo llegar a la presidencia de los Estados Unidos. George McGovern pareció recoger el aura de Robert Kennedy e inició una «revolución» en la temática del partido demócrata, pero su movimiento nunca llegó a su destino político, la Casa Blanca. En época de Ronald Reagan fungía como su Vicepresidente George Bush padre, quien pareció ser derrotado por la muy preparada demócrata Geraldine Ferraro—¿antecesora de Hillary Clinton?—en los debates de la campaña electoral que llevarían a la segunda presidencia del actor-presidente. (¿Antecesor de Arnold Schwarzenegger?) Los demócratas nunca pudieron contra Reagan, como Al Gore, de gran prestigio como líder de avanzada, como dirigente que «comprendía la modernidad», no pudo contra Bush hijo, a quien se consideró siempre su inferior intelectual. Y ya sabemos que pasó con John Kerry.
Un caso interesante viene dado por la figura de Walter Mondale, que ejerció la vicepresidencia bajo Jimmy Carter y fue el candidato demócrata contra Reagan en 1984, justamente con Geraldine Ferraro como su compañera de fórmula. Apartando este fracaso político, Mondale se distinguió en el Senado norteamericano con una carrera parlamentaria de doce años. En 1967 intentó la aprobación de una ley que pareció ser proyecto imbatible: la ley de Plena Oportunidad y Contabilidad Social. (Full Opportunity and Social Accounting Act, en su inicio Full Opportunity and Social Indicators Act).
Como su nombre lo indica, el proyecto de legislación estaba conformado por dos componentes. La idea de «oportunidad plena» era un punto de carácter doctrinario. En el hervor solidario de la década de los sesenta, se argumentaba que la «igualdad de oportunidades» no era suficiente, pues algunos habitantes serían «más iguales que otros». Es decir, si se garantizaba la misma oportunidad a todos, un número considerable de ciudadanos, aquejados de desventajas iniciales en razón de su pobreza, continuaría en desventaja. Lo que había que asegurar era una «oportunidad plena».
En cambio, el componente de «indicadores sociales» correspondía a una idea inicialmente esbozada con Roosevelt: el registro del progreso social de la nación norteamericana. En 1967 gobernaba Lyndon Johnson, que había declarado una «Guerra a la Pobreza»—¿antecesora de la «Misión Cristo»?—y había instruido al Departamento de Salud, Educación y Bienestar (HEW) para que estudiara la posibilidad de medir el progreso social de los Estados Unidos. Es en este momento cuando Mondale promueve una ley que hubiera obligado a los presidentes norteamericanos a incluir indicadores sociales en su State of the Union, el mensaje anual ante el Congreso, que George W. Bush presentó justamente ayer, el mismo día cuando se cumplieron seis años de Hugo Chávez en Miraflores.
Pero el proyecto de Mondale, que parecía contar con grande apoyo en el electorado norteamericano, nunca llegó a convertirse en ley. El Buró del Censo, a pesar de esto, produjo reportes—menos ambiciosos que el Reporte Social anual previsto en el proyecto—en 1973, 1976 y 1980, pero incluso esta práctica fue descontinuada por la administración Reagan, y ya no se intentó más alguna idea parecida. Lo que no impidió que ayer el presidente Bush dedicara una buena parte de su discurso a temas de la agenda doméstica, pues el problema de la seguridad social en los Estados Unidos pareciera importar a los estadounidenses más que los asuntos de política exterior e incluso más que los de seguridad antiterrorista.
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Hugo Chávez ofreció oficialmente su State of the Union hace ya semanas (dominado por el impasse con Colombia que hoy será discutido a puertas cerradas con Uribe Vélez), pero ayer, con motivo de sus seis años en la Presidencia de la República («Bolivariana»), hizo un somero recuento de lo que considera sus logros. Por ejemplo, que se habría alfabetizado ya a más de un millón trescientos mil ciudadanos con la «Misión Robinson». Pero ¿quién está sacando las cuentas, si no él mismo? Y estas misiones ¿no esperaron cuatro años enteros en el limbo de la inexistencia para iniciarse como elemento central de una campaña electoral antirrevocatorio?
Estas cosas son de menor importancia para una política que reivindica el privilegio de la inconsistencia. Hace horas que Chávez se declarara, ahora sí, abiertamente «socialista» desde Porto Alegre. Ya puede abandonar el engaño de sus discursos de 1998, cuando juraba a quien quisiera escucharlo que no era ni liberal ni socialista, sino que buscaba una «tercera vía» y se comparaba desfachatadamente por eso con Tony Blair.
Claro que estas inconsistencias se disuelven bajo la noción de que Chávez es un ungido de Bolívar, un héroe de Neruda, un ser providencial, para Venezuela y para toda América Latina. Él sería la expresión de un «destino manifiesto», la encarnación épica para la rectificación de quinientos años de explotación.
Pero en todas partes se cuece habas, pues no es Chávez el único presidente del hemisferio con esa idea de haber sido escogido por la historia. (O por la misma Divina Providencia). Allá arriba, en los Estados Unidos, George W. Bush también se siente llamado.
Por ejemplo, en septiembre de 2000 decía a un entrevistador de la revista «George» (fundada por el hijo de John Fitzgerald Kennedy y Jacqueline Bouvier): «He escuchado el llamado. Yo creo que Dios quiere que sea candidato a la Presidencia». Ese mismo año (según el London Observer) confiaba al «televangelista» James Robinson: «Siento que Dios quiere que busque la Presidencia. No puedo explicarlo, pero siento que mi país va a necesitarme». Tres años más tarde el periódico israelita Ha’aretz reportaba confidencias de Bush al primer ministro palestino Abu Mazen, en cumbre celebrada en Jordania: «Dios me dijo que golpeara a al Quaeda y la golpeé, y luego me instruyó para que golpeara a Saddam, cosa que hice, y ahora estoy determinado a resolver el problema en el Oriente Medio». Y el 9 de julio de 2004, ya en campaña electoral hacia su reelección, decía a un grupo reunido en las oficinas de Lapp Electric Services, en Smoketown, Pennsylvania: «Confío en que Dios hable por mi conducto. Sin eso no podría hacer mi trabajo».
Hugo reivindica parentesco con Bolívar y, con algo de corrosiva blasfemia, de cuando en cuando se ha emparentado con el mismísimo Jesús de Nazaret. (La última vez el 3 de junio de 2004). George pareciera, por otra parte, estar a punto de establecer la primera teocracia norteamericana. Vidas paralelas, diría Plutarco, aunque algo asimétricas. Uno habló ayer desde «el balcón del Pueblo», poco después de que el otro perorara en el Capitolio de Washington.
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por Luis Enrique Alcalá | Feb 1, 2005 | Fichas, Política |

LEA, por favor
El septuagenario profesor de Ciencias Políticas (Wolfson Professor) de la Universidad Hebrea de Jerusalén, Yehezkel Dror, puede ser considerado tal vez la mayor autoridad del mundo en los procesos de toma de decisiones públicas de alto nivel. Nacido en Viena en 1928, obtuvo su título en Derecho en la Universidad de Harvard, y ha descrito una trayectoria de creciente importancia en la profesionalización y modernización de la formulación de políticas públicas en varios países del mundo.
Uno de sus primeros aportes surgió de su paso (1968-70) por el más grande y prestigioso think tank del planeta: la Corporación RAND, cuyo cuartel general está situado en Santa Mónica, en las afueras de Los Ángeles. Allí escribió el libro Crazy States: A Counterconventional Strategic Problem como respuesta a encargo de RAND sobre el problema de «amenazas» poco comunes. En el libro esboza una tipología de gobiernos que obedecen a agendas agresivas y conjuntos de valores que se apartan de la práctica convencional, bastante antes de que Kaddaffi, Hussein o Chávez hicieran acto de presencia en la escena política mundial.
El profesor Dror ha sido asesor de alto nivel ante los gobiernos de Inglaterra, Canadá y Holanda, así como ante la Comunidad Europea en Maastricht, y también ha contribuido con el diseño de mejores estructuras de gobierno en su país de residencia, Israel, donde no sólo ha ejercido la docencia, sino que se ha desempeñado como Científico Jefe del Ministerio de Industrias y en varios cuerpos de inteligencia de alto nivel. De notable capacidad predictiva, fue de los poquísimos analistas que pudo anticipar el colapso del régimen del Shah de Irán, evento que tomó por sorpresa a las cancillerías occidentales.
Pero no sólo su prédica y sus libros revelan mejores protocolos para tratar con sorpresas históricas, sino que ha llegado a la prescripción de sorpresas como modo de cambiar situaciones en apariencia intratables. En 1979 ofreció una conferencia que llevó por título «Cómo darle sorpresas a la historia», en la que estipula varias condiciones prácticas para el logro de tan desusado objetivo. Es de este texto de donde han sido extraídos los fragmentos que componen la Ficha Semanal #31 de doctorpolítico.
Yehezkel Dror estableció conocimiento directo de Venezuela con ocasión de conocer en México, en un congreso internacional, al Dr. Enrique Tejera París, a la sazón interesado en establecer en la Universidad Simón Bolívar un programa académico sobre lo que este último denominaba «bulemática» (arte de la decisión, del griego «bulé», decisión). Era el año de 1971. Al año siguiente vino Dror a dictar su primer taller de «análisis de políticas» para decisores de alto nivel. Un poco más de una docena de personas tuvimos la suerte de descubrir el riquísimo mundo conceptual de Dror, no sin someternos a su muy rigurosa disciplina intelectual. A partir de entonces Dror vino al menos una vez por año al país, para dictar su taller en forma cada vez más actualizada y enriquecida y para asesorar a distintas instituciones, entre las que pueden contarse el Gobierno Nacional, el Consejo Nacional de Seguridad y Defensa, PDVSA y el ILDIS (instituto de investigaciones de la periferia de Acción Democrática). Esta última asociación era natural. Dror ha estado afiliado por mucho tiempo al Partido Laborista israelí, del que fue igualmente «científico jefe», o brujo residente. Dror, sin embargo, no pudo ejercer una influencia decisiva sobre el gobierno venezolano. En 1977 un importante ministro del gobierno de entonces escuchó su prescripción para mejorar la formulación de políticas en Venezuela, sólo para decirle a continuación que «la clave de la política venezolana residirá, por mucho tiempo más, en el número de compadres que el presidente tenga en el territorio nacional». Su última visita al país la realizó luego del intento de toma del poder de febrero de 1992 por el actual presidente Chávez. Poco después expresaría a un común amigo su «profunda desilusión» con Venezuela. Su consistente prédica por una racionalización de la toma de decisiones públicas no parecía haber encontrado terreno fértil entre nosotros.
LEA
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Historia sorprendida
Suponiendo que uno desee planear una discontinuidad y suponiendo que uno ha analizado la dinámica de la situación para alcanzar la conclusión de que eso puede ser posible, ¿cómo se procede? O, para retroceder un paso, ¿cómo puede uno analizar el mérito y la factibilidad de darle una sorpresa a la historia? La literatura disponible en planificación y análisis de políticas, en pensamiento estratégico, etc., tiene poco que ofrecer a este respecto, pues se concentra más sobre micro-problemas que sobre tales problemas de «gran estrategia». Permítaseme ofrecer un cierto número de pensamientos preliminares sobre esta materia:
—Una buena inteligencia estratégica y el análisis de ambientes esperables puede identificar tendencias negativas y diagnosticar situaciones inestables.
—Las estructuras y procesos gubernamentales normales son incrementales por naturaleza. Aún si llegan a sentir una situación en deterioro se conducirán según una microrracionalidad, buscando encontrar un mejor punto en una curva dada; pero usualmente se opondrán o reprimirán proposiciones «radicales», las que tratan de moverse a otra curva e incluso a otro espacio por la vía de discontinuidades conscientemente creadas.
—La política democrática tiene algunos aspectos adicionales que refuerzan el incrementalismo e inhiben estrategias «sorpresivas» (aunque no completamente). Esto puede hacer surgir problemas de competencia entre regímenes democráticos y no democráticos, los que pueden ser resueltos pero requieren atención.
—Un empresariado político (policy entrepreneurship) es un requisito para darle sorpresas a la historia. Involucra a gobernantes especiales que sean innovadores, anulen el conservatismo y quizás sean más aventureros, aceptadores de riesgo y propensos a apostar. Esto hace surgir un dilema: demasiado poder concentrado en gobernantes especiales o en un grupo muy pequeño de tomadores de decisiones aumenta los peligros de acciones precipitadas y de equivocaciones. Un sistema cuidadoso de frenos, contrapesos y controles mutuos puede impedir las innovaciones políticas radicales del tipo histórico-mutante. Pequeños núcleos de políticos de alto nivel, auxiliados por pequeñas islas de excelencia bajo la forma de equipos altamente calificados, pueden ser lo óptimo para darle sorpresas a la historia. Este tipo de estructuras gubernamentales es aceptado en países democráticos bajo condiciones de crisis aguda; también disfrutan acá de algunas ventajas los regímenes presidencialistas. Un problema abierto es el de cómo permitir acciones sorpresa adecuadas en países de gobierno de gabinete bajo condiciones que no estén políticamente definidas como críticas, lo que añade una dimensión importante a los temas más amplios de una reducción en la capacidad de gobernar y de tendencias hacia lo que llamo «política del estancamiento». (Stalemate politics).
Moviéndonos de la factibilidad política y del delicado balance entre riesgosas concentraciones de poder y equilibrios de poder inhibidores de acción radical, hacia los problemas intelectuales—cómo se planifica mejor una sorpresa a la historia—la ya mencionada escasez de estudios y metodologías pertinentes debe ser enfatizada. Para movernos hacia terra incognita , algunos de mis trabajos preliminares sobre las posibilidades del análisis macropolítico y la planificación de gran estrategia me conducen a los siguientes comentarios tentativos:
a. La selección y el éxito de intentos de mutar tendencias depende del macroanálisis de situaciones sociopolíticas y político-estratégicas y su evolución. Algunas veces un individuo se muestra capaz de asir tales Gestalten. Pero, para hacerlo sistemáticamente, son necesarias unidades especiales compactas, altamente calificadas e interdisciplinarias. Los equipos de análisis político y de inteligencia del tipo regular son incapaces de hacer el trabajo.
b. Es posible definir situaciones cuando intentos de ir más allá del incrementalismo y de sorprender a la historia son justificadas. Tendencias al deterioro que constituyen amenazas cada vez más serias, ideologías y aspiraciones que no tienen chance sin rupturas radicales de la continuidad, turbulencia histórica que o se vuelve demasiado riesgosa o provee oportunidades que pasarán; todo esto, como ya ha sido mencionado, son condiciones que pueden ser analíticamente diagnosticadas y que justifican políticas de shock.
c. Puede ser posible a veces el diseño de una política de shock dominante, la que en el mejor de los casos logra desplazamientos muy deseables en los eventos y que en el peor de los casos no envuelve costos serios. (Por ejemplo, en mi análisis, la iniciativa de paz del Presidente Sadat se aproxima a una situación de ese tipo). En otras situaciones puede ser posible reducir los riesgos de fracaso o sus costos, mediante un sondeo y aprendizaje preliminares, construyendo sobre la base de la reversibilidad o por varias estrategias de «compensación de apuestas». (Hedging). En vista de la incertidumbre de la post-discontinuidad, las políticas de cambio radical usualmente confrontan riesgos irreductibles e indefinibles. Por tanto, a pesar de las posibilidades arriba mencionadas, tales políticas son intelectual y emocionalmente «apuestas difusas». Todas las metodologías de confrontación de incertidumbre son útiles, pero de utilidad limitada.
d. La prudencia (que es un juicio de valor en loterías) requiere por tanto un «análisis del peor caso», en el que lo pésimo de la continuación de tendencias o la no intervención en la turbulencia ambiental se compara con lo pésimo de los intentos de causar discontinuidad. La comparación de lo pésimo de la no intervención con lo óptimo de la intervención es un enfoque muy riesgoso que no puede ser recomendado. (Aunque, inherentemente, esto es un asunto de juicios de valor sobre las actitudes ante el riesgo). Por el otro lado, la comparación de lo óptimo de la no intervención contra lo pésimo de la intervención tampoco puede ser recomendada, por más que esto sea una difundida postura intelectual del incrementalismo y el conservatismo.
Yehezkel Dror
por Luis Enrique Alcalá | Ene 27, 2005 | Cartas, Política |

En alguno de los innumerables cuentos de Calleja el protagonista debe salvar la vida con su astucia. Está retenido en los dominios de un señor que le ejecutará si no acierta a contestar una pregunta dificilísima. “Dime cuánto valgo yo”, dice el soberano, “y si aciertas te perdono la vida”.
Naturalmente, el héroe de la historia se preocupa mucho, pues cree que cualquier cantidad que nombre resultará pequeña al vanidoso rey, hasta que encuentra una respuesta invencible. “Vuestra Majestad vale 29 monedas de plata”, sentencia. Había encontrado la tasación perfecta: una moneda menos que Dios.
Una estimación correcta de la magnitud de las cosas sociales es muy importante a la hora de tratarlas con la acción pública. La dosificación de políticas adecuadas exige un reconocimiento lo más objetivo posible del tamaño de las amenazas. Por ejemplo, desde una perspectiva de oncología política ¿cuán maligno es el chavoma? En este caso podemos establecer la comparación, ya no con tan excelso ser como el que fuera vendido por treinta denarios de plata, sino con el peor de los casos históricos de neoplasia estatal. Cuando el Presidente de la República fue a la Asamblea Nacional para presentar memoria y cuenta, no sólo ofreció indicadores de sus exitosas misiones y sus prolíferos ministerios, no sólo anunció la interrupción de relaciones comerciales con Colombia, sino que declaró que el proyecto que él conducía era para doscientos años.
Una cosa tal pudiera parecer en extremo pretenciosa, pero en comparación con el hitleroma, cuya ambición llegaba al milenio, ya no lo es tanto. En términos de pretensión o arrogancia temporal, el chavoma arroja sólo la quinta parte del valor del hitleroma, que intentó establecer el Reich que duraría mil años. No estamos tan mal. Es como si nuestro tumor fuese cinco veces menos virulento que el que aquejara a Europa durante doce años. (Por ahora).
O, por ejemplo, en términos de agresividad agraria el gobierno actual es marcadamente más agresivo que el programa de reforma agraria de la democracia con la ley de 1960—en el papel no mucho, aunque sí en la práctica—pero ciertamente más benigno que lo que se viera en Cuba o Rusia comunistas. El chavoma tiene abonado a su cuenta un buen número de muertes políticas entre 1999 y 2005, pero ¿cuántos fusilamientos se debieron al castroma en Cuba entre 1959 y 1965?
En fin, la cosa es bastante maligna, pero hasta ahora no es de las peores neoplasias que el mundo ha conocido. Lo que no deja de preocupar, porque una arrogancia de dos siglos es demasiado. Nadie tiene el derecho de imponer su particular epopeya febril a un pueblo. Chávez no tiene el derecho de llevarnos a una guerra con Colombia.
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Pareciera claro que el segundo período de Bush presagia peores relaciones entre Venezuela y Estados Unidos. Las advertencias que llegan del norte son más frecuentes y más exigentes. No hay duda de que el gobierno de Bush ha decidido poner más atención a Venezuela, y es razonable apostar a que los insultos de Chávez al presidente norteamericano no han sido olvidados. Primero sus voceros oficiales expresaron disgusto por un rearme ruso para Venezuela, y ahora la inminente Secretaria de Estado, Condoleeza Rice, no dejó dudas del desagrado estadounidense hacia nuestro gobierno, nada menos que en el contexto de las audiencias para su confirmación en el Senado de los Estados Unidos. Rice es un “halcón”, bastante más dura que su predecesor Powell, y sus declaraciones al Comité del Senado no dejan lugar a equívocos: Chávez es oficialmente mandatario no grato a la Casa Blanca, la que ha decidido ejercer presión sobre él. El asunto es ahora tan obvio y reiterado que ya no puede pensarse que Chávez sea tenido por la diplomacia y la inteligencia norteamericanas como un bufón de poca monta. Ya existe el plan para reducirlo.
El solícito interés del gobierno norteño en el caso Granda, manifestado en el rapidísimo apoyo a la idea de una confrontación Chávez-Uribe ante testigos y en su insistencia en que el gobierno venezolano ofrezca explicaciones satisfactorias sobre la decena de guerrilleros-terroristas importantes de presunta presencia en el país, según lista suministrada por el gobierno de Uribe, evidencian que Washington no está dispuesto a dejar pasar las cosas esta vez. Sus cálculos incluirán, naturalmente, el escenario extremo de la confrontación armada abierta entre Colombia y Venezuela—la guerra—y estaría más dispuesto a asumir el riesgo cuando el armamento ruso para las fuerzas armadas venezolanas aún no reposa en nuestros arsenales. En los actuales momentos Colombia puede oponer a Venezuela una fuerza armada que nos duplica en exceso, una capacidad militar ya no adiestrada en meras simulaciones y ejercicios, sino en guerra de verdad. Y si Chávez sueña con un aliado cubano, Uribe está más que respaldado por la íngrima superpotencia norteamericana.
Estas cosas las sabe Hugo Chávez, y si logra mantenerse alejado de arranques temperamentales, tarde o temprano deberá absorber y contabilizar como pérdida neta los efectos del affaire Granda. Ningún malabarismo retórico, ninguna vestidura rasgada ante la operación de secuestro por encargo, puede ocultar el hecho de que el gobierno venezolano concedió al “canciller” de las FARC no sólo santuario, sino nacionalidad y derechos políticos en nuestro territorio. Que para los criterios del Departamento de Estado, Chávez ha protegido al menos a ese terrorista y entrado en contubernio con él. Y por menos que eso los Estados Unidos han intervenido, directa o indirectamente, en otras partes. Agentes de la DEA han detenido gente en territorio mexicano, y no han tenido la delicadeza bogotana de recompensar agentes locales para la captura. No es el caso, por tanto, que Bush esperará que Chávez se refuerce con Migs 29 y termine de desviar sus exportaciones petroleras hacia China. Actuará—ya lo está haciendo—mucho antes de que tales cosas ocurran.
La dinámica es ciertamente preocupante. Ya una encuesta levantada en 21 países ha revelado que una mayoría considera que la segunda presidencia de Bush hace al mundo más peligroso, y Colombia no puede despreciar un conflicto armado con Venezuela, porque en tal caso combatiría contra el ejército venezolano en alianza ya abierta con las FARC y el ELN.
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Conozco una dama de afición magallanera que es tan furibundamente anticaraquista que si los Leones del Caracas llegan a representarnos en la Serie del Caribe, entonces prefiere pujar por Puerto Rico, México o la República Dominicana. Primero muerta, dice, antes que aupar a los caraquistas. Algo así ocurre con quienes detestan a Chávez de tal manera que prefieren transferir su incondicional apoyo a Uribe o Condoleeza Rice. Y esta patología de una política de odio imita y exacerba al protocolo chavista. Ningún venezolano con juicio debiera apostar a intervenciones colombianas o norteamericanas en nuestro territorio. Ningún ciudadano debiera permitir que el proyecto revolucionario de Chávez se convierta en guerra.
Que haya recurrido al insulto procaz contra la protosecretaria de Estado definitivamente nos impone adicional vergüenza, pero tal cosa debe interpretarse más como signo de debilidad, incapacitado como está para referirse al fondo del asunto: que en el caso Granda el gobierno venezolano ha sido sorprendido con los pantalones abajo. Además, un exceso de esa clase debe ser visto con atenuantes porque se produce en el contexto de una arenga mitinesca, en la que la adrenalina del contacto con la masa le impele a ser más deslenguado que de costumbre. Ante sus partidarios de calle vuelve a desempeñar el papel de troglodita, vuelve a desplegar su machismo idiota que le impide ser esposo porque no quiere ser otra cosa que padrote. Es lo que José Vicente Rangel o Aristóbulo Istúriz han absuelto desde siempre como característico del “estilo del Presidente”.
En todo caso, y como lo revela la suspensión de la visita de Rodríguez Zapatero, sus invectivas contra Rice le han hecho perder muchos puntos. ¿Quién va a querer retratarse con el obsceno comandante de América del Sur?
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