por Luis Enrique Alcalá | Sep 20, 2007 | Cartas, Política |

Alan Greenspan, el ex Presidente de la Reserva Federal de los Estados Unidos, ha bajado de la montaña del silencio casi veinte meses después de dejar el cargo que detentó por un poco menos de dos décadas, y ha hablado a través de unas peculiares memorias—The Age of Turbulence: Adventures in a New World—que salieron a la venta el lunes de esta semana. El libro, por el que Greenspan recibió de Penguin Press ocho millones y medio de dólares de adelanto, ya se ha colocado al tope de la lista de libros en mayor demanda, desplazando dos títulos de la saga de Harry Potter al segundo y tercer lugar. Tan señalado y precoz éxito debe anotarse a una inteligente campaña de introducción, que arrancó un día antes de una esperada sesión de la Junta de la Reserva Federal y ha filtrado al público algunas aseveraciones de Greenspan que ya son piedra de escándalo.
La primera de las afirmaciones que causó roncha fue la siguiente: “Estoy entristecido porque sea políticamente inconveniente reconocer lo que todo el mundo sabe—que la guerra en Irak es en gran medida por el petróleo”.
Esto no lo dice algún interesado político demócrata, ni el “imprudente” cineasta Michael Moore. Lo dice quien se describe a sí mismo como “un republicano libertario de toda la vida”, que llegó al cargo cúspide del sistema financiero norteamericano por nombramiento de Ronald Reagan para establecer un récord de longevidad en la posición. No puede ser un liberal (en el sentido norteamericano del término) quien mantuviera por veinte años una asociación con Ayn Rand, la campeona del “egoísmo racional”. Su franca declaración sobre el conflicto en Irak, por consiguiente, tiene un peso enorme, y seguramente traerá consecuencias adversas para la administración presidida por George W. Bush.
Intentando contener los daños que la afirmación de Greenspan ha comenzado a causar, John Cornyn, senador republicano, produjo la siguiente infeliz evaluación: “No creo que setenta y siete senadores de los Estados Unidos, sobre una amplia base bipartidista, hubieran autorizado el empleo de la fuerza militar… si hubiera sido sólo por el petróleo”. Pero esto no es lo que ha afirmado Greenspan, quien en ninguna forma ha implicado que no hubiera otros factores; tan sólo ha dicho que en gran medida la motivación de la guerra de Irak es el petróleo.
Por su parte, Robert Gates, el Secretario de Defensa, expresó su opinión sobre el aserto de Greenspan: “Pienso que [la guerra] es realmente por la estabilidad en el Golfo. Es acerca de regímenes forajidos que tratan de desarrollar armas de destrucción masiva”. Comoquiera que jamás se encontraron armas de esta clase en el Irak de Hussein, el secretario Gates pudiera estar más bien refiriéndose al caso iraní y a su programa de desarrollo nuclear. Por estas fechas se ha dado a conocer que los norteamericanos ya tienen un plan para acabar, en sólo tres días, con la capacidad militar de Irán mediante el bombardeo de 1.200 blancos en ese país, y se presume—en opinión de analistas alemanes—que esa acción pudiera comenzar dentro de los próximos ocho meses. Con este tipo de conductas y preparativos, y la certificación ofrecida por Greenspan, ¿es realmente criticable en Hugo Chávez que procure armarse y emita advertencias sobre un Vietnam en América del Sur? A lo mejor no es tan paranoico, tomando en cuenta “que la guerra en Irak es en gran medida por el petróleo”. Ya el padre del actual Presidente de los Estados Unidos invadió a Panamá, en acción que en su momento fue rechazada por la ONU y por la OEA, sin que tales reprobaciones sirvieran para mucho.
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La segunda de las ampollas levantadas por el libro de Greenspan es su condena de los congresistas republicanos. A éstos les echa en cara haber “trocado principio por poder. Terminaron sin ninguno de los dos”. (Si la traducción al castellano del libro de Greenspan se hiciera en Venezuela, se pondría que perdieron el chivo y el mecate). Yendo aun más allá, les dice que “merecieron perder” en las elecciones del año pasado. Fueron estos legisladores quienes generaron, a su criterio, un gasto fiscal “fuera de control”. Greenspan asegura que aconsejó a Bush el veto de algunas de las leyes que exacerbaron ese gasto, y estima que la omisión presidencial al respecto “fue un error importante”.
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Un reconocimiento a la crucial importancia de China es otra de las opiniones que se leen en estas memorias indiscretas: “Si China continúa empujando en la dirección de un capitalismo de mercado libre, seguramente impulsará al mundo hasta nuevos niveles de prosperidad. Dependerá en mucho de este resultado cómo se verá el mundo en 2030”. Es decir, en veinte años.
Al hacer esta evaluación Greenspan no deja de referirse al ángulo político. Así pone, por ejemplo, que la libertad política “puede que no sea necesaria para que los mercados funcionen en el corto plazo, pero es una importante válvula de seguridad para el malestar público por la injusticia y la desigualdad”, y señala que sin ella “la gente agraviada que carece de la opción de sacar de sus cargos a funcionarios mediante el voto tiende a la rebelión”.
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Pero el efecto más inmediato de las hirvientes declaraciones de Greenspan tiene que ver con su desnudo pronóstico acerca de una pérdida de la primacía monetaria de los Estados Unidos. En entrevista concedida a la revista alemana Stern, el polémico Greenspan dijo que era “absolutamente concebible que el euro reemplace al dólar como moneda de reserva”. Naturalmente, Greenspan—que parte hacia Hong Kong en viaje promocional de su libro—hablaba a los europeos, a cuyos oídos resulta agradable escuchar del famoso personaje que el Banco Central Europeo “se ha convertido en una fuerza económica global que debe ser tomada seriamente”.
Estas opiniones de Greenspan fueron difundidas horas antes de que la Reserva Federal optara por reducir en medio punto porcentual—se esperaba una reducción de un cuarto de punto—su tasa principal de interés. Varios analistas consideran esta medida un error importante, que aviva la candela cuya ignición se atribuye al propio Greenspan, quien mantuvo bajas las tasas con el fin de reanimar la economía estadounidense, permitiendo así el crecimiento de la “burbuja hipotecaria” y su ulterior ruptura. (Greenspan se defiende de esta crítica al afirmar: “Era nuestro trabajo descongelar el sistema bancario norteamericano si queríamos que la economía funcionara. Esto requería que mantuviéramos las tasas modestamente bajas”). El analista financiero Richard Bove lo pone así: “En un sistema financiero donde hay amplia liquidez y un deseo de tasas superiores que compensen el riesgo, la solución no es crear más liquidez y bajar las tasas que están disponibles para compensar ese riesgo”, al destacar que la medida del Fed puede desatar una corrida contra el dólar cuando el problema no es de liquidez sino de confianza. Este fenómeno, de producirse, crearía graves consecuencias para el mercado de trabajo en los Estados Unidos.
Mike Whitney es tajante: “Debe dejarse que fracasen las personas y los negocios que no puedan pagar sus deudas. Un debilitamiento del dólar sólo aumenta nuestro riesgo colectivo acicateando la inflación y aumentando la propensión a una fuga de capitales de los mercados norteamericanos. Si eso ocurre estamos fregados”. (We’re toast). Sobre el mismo punto cita un artículo del International Herald Tribune (“La retirada del dólar aumenta temores de colapso”): “Los ministros de finanzas y los bancos centrales han temido desde hace tiempo que, en algún punto, el resto del mundo pierda su disposición a financiar la proclividad de los Estados Unidos a consumir mucho más de lo que produce, y que entonces se produjera una caída libre del valor del dólar”.
Bueno, cada vez hay más ejecuciones de hipotecas en los Estados Unidos. El mes pasado hubo más del doble de las sucedidas en agosto de 2006, y se aumentó un 36% respecto de las ocurridas en julio de este año. En agosto de 2006 se contabilizó un total de 113 mil ejecuciones; en agosto de este año la cifra fue de casi 244 mil, cuando en julio había llegado a 179.599. En algunos estados la cosa es más grave. Cuando la proporción nacional es de una ejecución por cada 510 hipotecas, esta relación es de una por cada 243 en Florida, una por cada 224 en California y una por cada 165 en Nevada. California está ejecutando un volumen de hipotecas que es más de 400% del volumen al que llegó en agosto del año pasado. El asunto amenaza con convertirse en una tragedia social que puede llevar a legislaciones de protección que contradirían, sacrílegamente, los principios del libre mercado.
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Pero Greenspan también se ocupó—ya no sólo de Europa o de China—de Hugo Chávez. En un capítulo dedicado a América Latina condena al populismo: “El populismo económico hace grandes promesas sin considerar cómo financiarlas… La mejor evidencia de que el populismo es primariamente una respuesta emocional, y no una basada en ideas, es que el populismo no parece retroceder en vista de repetidos fracasos”.
Pero ésas son afirmaciones generales. Específicamente sobre Chávez dice: “Hugo Chávez, que se hizo Presidente de Venezuela en 1999, está siguiendo el ejemplo de Mugabe. Está saqueando y politizando la antaño orgullosa industria petrolera de Venezuela, la segunda más grande del mundo hace medio siglo… ha reemplazado la mayoría de los técnicos no políticos de la compañía petrolera del Estado con amigotes de su régimen”. (Aquí Greenspan ignora que los “técnicos no políticos” estuvieron políticamente muy activos entre 2002 y 2003).
Además expone: “Sus políticas [las de Chávez] hubieran quebrado a casi cualquier otra nación. Pero desde que llegó a ser presidente la demanda mundial de petróleo ha engendrado casi una cuadruplicación de los precios del petróleo crudo que, por ahora al menos, lo ha librado”. También expone su esperanza de que “la fortuna pudiera no sonreírle por siempre”.
Un poco más preocupantes son las cosas que dice en las muchas entrevistas que está concediendo para promover las ventas de su libro. En una de ellas—para The Wall Street Journal—aboga claramente por una acción de los Estados Unidos para sacar a Chávez del poder: “Mi apreciación de Saddam en estos veinte años… era que estaba moviéndose muy críticamente hacia el control del Estrecho de Ormuz y, como consecuencia de eso, hacia el control del mercado petrolero. Su propósito sería muy parecido a las acciones de Chávez, y pienso que eso sería muy peligroso para nosotros. Así, sacarlo me parecía una prioridad muy importante”.
A pesar de estas cosas, Chávez parece seguirle la corriente a Greenspan, al menos en lo atinente a la capiti diminutio del dólar estadounidense. En el “Aló Presidente” del pasado domingo, Chávez instruyó a PDVSA para que convirtiera sus cuentas de inversión actualmente en dólares en posiciones en euros y monedas asiáticas para reducir el riesgo representado por la divisa de los Estados Unidos, a la que llamó una “burbuja”. Ya el año pasado la compañía había convertido algo de sus dólares de reserva en euros, pero también hicieron lo mismo Kuwait, Qatar y los Emiratos Árabes Unidos. Sólo que ahora, estando la cosa como está, el movimiento venezolano es tomado en cuenta por los análisis financieros. Ron Harui y David McIntyre, escribiendo hace tres días para Bloomberg (Dollar trades near record low against euro before Fed meeting), comentan: “El dólar pudiera extender sus pérdidas luego de que el presidente venezolano Hugo Chávez instruyera a Petróleos de Venezuela S.A., la compañía petrolera estatal, para que convierta sus inversiones de dólares a euros y divisas asiáticas para reducir riesgo”. Es de suponer la felicidad que debe traerle a Chávez verse como protagonista de un grave castigo financiero al “imperio”.
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Greenspan, pues, que criticó a los legisladores republicanos por haber “trocado principio por poder”, tiene él mismo principios muy particulares. Si alguien amenaza con el control del mercado petrolero, debe ser depuesto. (Getting him out). El principio de Greenspan parece ser el poder de los Estados Unidos. En un par de profecías autocumplidas conjugadas, el desastre que es George W. Bush justifica la suspicacia y la agresividad de Chávez contra el gobierno norteamericano. Recíprocamente, el desastre que es Chávez alimenta la preocupación del desastroso presidente norteño.
Pero la economía venezolana está, por los momentos, saliendo bien librada de la agitación planetaria de los mercados de valores. La economía más desarrollada del mundo, en cambio, ha entrado en una lenta trayectoria de autodestrucción.
LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Sep 18, 2007 | Fichas, Política |

LEA, por favor
Como sección final de un trabajo construido en febrero de 1985, contentivo de una proposición para una organización política diferente a la de un partido convencional, se escribió el texto Tiempo de incongruencia, que constituye esta Ficha Semanal #162 de doctorpolítico. (Un breve párrafo de este texto fue citado en la ficha anterior, del 11 de los corrientes).
El trabajo completo postulaba que la insuficiencia política en Venezuela, ya claramente observable por aquellas fechas, tenía una raíz paradigmática. Esto es, que esa insuficiencia no se debía a una maldad atribuible a los actores políticos que entonces prevalecían, ni a una maldad intrínseca o propia de la actividad política misma, sino a una ineficacia de su paradigma político, ya rebasado.
El núcleo principal de ese paradigma consiste en el concepto de Realpolitik. (Política realista). Por él se concibe a la actividad política como proceso de adquisición, intercambio y aumento del poder detentado por un sujeto de cualquier escala. (Individuo, corporación, país). No fue Hugo Chávez quien inventara la política del poder puro; simplemente se limita a llevarla hasta sus últimas consecuencias, la muerte incluida si no se le complace en su ambición “socialista”. Pero precisamente por eso, Chávez continúa significando insuficiencia política, y sobre el cuadro ya preocupante de la que lo precediera ha superpuesto su oncológica dominación.
La práctica “realista” en política es bastante más vieja que su etiqueta, concebida en tiempos de Bismarck. (De allí su nombre alemán). Bárbara Tuchman, por ejemplo, la encontraba en los papas del Renacimiento: “Los defensores de Julio II le acreditan el haber seguido una política consciente que se basaba en la convicción de que ‘la virtud sin el poder’, como había dicho un orador en el Concilio de Basilea medio siglo antes que él, ‘sólo sería objeto de burla, y el Papa romano, sin el patrimonio de la iglesia, sería un mero esclavo de reyes y de príncipes’, que, en breve, con el fin de ejercer su autoridad, el papado debía lograr primero la solidez temporal antes de emprender la reforma. Éste es el persuasivo argumento de la Realpolitik que, como la historia ha demostrado a menudo, tiene este corolario: que el proceso de ganar poder emplea medios que degradan o brutalizan al que lo busca, quien despierta para darse cuenta de que el poder ha sido poseído al precio de la pérdida de la virtud y el propósito moral”. Ayer salió a la venta en los Estados Unidos The Age of Turbulence, libro de Alan Greenspan que ha dado mucho que hablar. Entre sus candentes señalamientos incluye una condena de los republicanos en el Congreso de su país, quienes habrían trocado principios por poder para terminar sin poder y sin principios.
Otros rasgos del paradigma ya esclerosado fueron examinados en el trabajo mencionado, y discutidos en 1985 con muchas personas en Venezuela. Una de ellas fue Arturo Úslar Pietri, quien todavía tardó más de seis años para aceptar la realidad. Así escribió el 20 de octubre de 1991 en El Nacional: “Esto significa, entre otras muchas cosas importantes, que de pronto el discurso político tradicional se ha hecho obsoleto e ineficaz, aunque todavía muchos políticos no se den cuenta… Toda una retórica sacramentalizada, todo un vocabulario ha perdido de pronto significación y validez sin que se vea todavía cómo y con qué substituirlo… Hasta ahora no hemos encontrado las nuevas ideas para la nueva situación”.
Prefería ignorar entonces que las nuevas ideas habían sido formuladas aquí, en Caracas, en febrero de 1985, y que ellas asumían valientemente la falibilidad humana como su asiento. Pero, claro, Úslar no era muy dado a la lectura de Karl Popper, y en 1991 faltaban dos años para que George Soros estableciera The Open Society Institute.
LEA
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Tiempo de incongruencia
Esa nueva manera de hacer política requiere un nuevo actor político. El actor político tradicional pretende hacer, dentro de su típica organización partidista, una carrera que legitime su aspiración de conducir y gobernar una democracia. Sin embargo, el adiestramiento y formación que imponen los partidos a sus miembros es el de la capacidad para maniobrar dentro de pequeños conciliábulos, de cerrados cogollos y cenáculos. Se pretende ir así de la aristocracia a la democracia. El camino debe ser justamente el inverso. Debe partirse de la democracia para llegar a la aristocracia, pues no se trata de negar el hecho evidente de que los conductores políticos, los gobernantes, no pueden ser muchos. Pero lo que asegura la ruta verdaderamente democrática, no la ruta pequeña y palaciega de los cogollos partidistas, es que ese pequeño grupo de personas que se dediquen a la profesión pública sean una verdadera aristocracia en el sentido original de la palabra: el que sean los mejores. Pues no serán los mejores en términos de democracia si su alcanzar los puestos de representación y comando les viene de la voluntad de un caudillo o la negociación con un grupo. No serán los mejores si las tesis con las que pretenden originar soluciones a los problemas no pueden ser discutidas o cuestionadas so pena de extrañamiento de quien se atreva a refutarlas.
Ese nuevo actor político, pues, requiere una valentía diferente a la que el actor político tradicional ha estimado necesaria. El actor político tradicional parte del principio de que debe exhibirse como un ser inerrante, como alguien que nunca se ha equivocado, pues sostiene que eso es exigencia de un pueblo que sólo valoraría la prepotencia. El nuevo actor político, en cambio, tiene la valentía y la honestidad intelectual de fundar sus cimientos sobre la realidad de la falibilidad humana. Por eso no teme a la crítica sino que la busca y la consagra.
De allí también su transparencia. El ocultamiento y el secreto son el modo cotidiano en la operación del actor político tradicional, y revelan en él una inseguridad, una presunta carencia de autoridad moral que lo hacen en el fondo incompetente. La política pública es precisamente eso: pública. Como tal debe ser una política abierta, una política transparente, como corresponde a una obra que es de los hombres, no de inexistentes ángeles infalibles.
Más de una voz se alzará para decir que esta conceptualización de la política es irrealizable. Más de uno asegurará que “no estamos maduros para ella”. Que tal forma de hacer la política sólo está dada a pueblos de ojos uniformemente azules o constantemente rasgados. Son las mismas voces que limitan la modernización de nuestra sociedad o que la pretenden sólo para ellos.
Pero también brotará la duda entre quienes sinceramente desearían que la política fuese de ese modo y que continúan sin embargo pensando en los viejos actores como sus únicos protagonistas. Habrá que explicarles que la nueva política será posible porque surgirá de la acción de los nuevos actores.
Serán, precisamente, actores nuevos. Exhibirán otras conductas y serán incongruentes con las imágenes que nos hemos acostumbrado a entender como pertenecientes de modo natural a los políticos. Por esto tomará un tiempo aceptar que son los actores políticos adecuados, los que tienen la competencia necesaria, pues, como ha sido dicho, nuestro problema es que “los hombres aceptables ya no son competentes mientras los hombres competentes no son aceptables todavía”.
Porque es que son nuevos actores políticos los que son necesarios para la osadía de consentir un espacio a la grandeza. Para que más allá de la resolución de los problemas y la superación de las dificultades se pueda acometer el logro de la significación de nuestra sociedad. Para que más allá de la lectura negativa y castrante de nuestra sociología se profiera y se conquiste la realidad de un brillante futuro que es posible. Para que más allá de esa democracia mínima, de esa política mínima que es la oferta política actual, surja la política nueva que no tema la lejanía de los horizontes necesarios.
Luis Enrique Alcalá
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por Luis Enrique Alcalá | Sep 13, 2007 | LEA, Política |

La conquista de España a manos de Roma comenzó con el desembarco de Escipión en 218 antes de Cristo. La cosa no fue fácil para quienes poco después establecerían un imperio. Los lusitanos y los celtíberos dieron la pelea. Su líder, Viriato, tuvo que ser asesinado en 139, y en 133 los romanos tuvieron que emplear un ejército de 60.000 hombres para sitiar a Numancia, una ciudad que sólo tenía 4.000 habitantes. Es decir, debieron atacar a cada numantino—hombre, mujer o niño—con quince legionarios. La superioridad numérica, un comando también superior y los vastos recursos de Roma, por supuesto, terminaron por imponer su dominio en toda la Península Ibérica. En la última fase de la prolongada campaña contra nuestros antecesores, el asalto a los Montes Cantábricos, el propio emperador Augusto condujo un total de 70.000 hombres, y debió dejar por un buen tiempo tropas de ocupación que controlasen a los díscolos iberos. Todavía para la primera mitad del primer siglo de la Era Cristiana una legión ocupaba territorio español, la que luego fue sustituida por otra que se asentó, permanentemente, en León.
En comparación con este desempeño de las antiguas tropas imperiales, el ejército estadounidense de ocupación en Irak no lo está haciendo tan mal. El general David Petraeus, comandante supremo de las fuerzas norteamericanas estacionadas en territorio iraquí, acaba de presentar un informe al Senado de los EEUU, del que pudiera deducirse que todavía quedan al menos cinco años de ocupación. No está mal: los romanos tuvieron que emplear casi tres siglos para sojuzgar a los hispanos y, si bien Petraeus comanda 90.000 soldados más que los empleados por Roma en su punto máximo, hay que tomar en cuenta que la Hispania precristiana tenía muchos menos habitantes que el Irak de nuestros días.
Petraeus, sin embargo, lanzó un caramelito a los senadores. Citando algún progreso desde el “empujón” (surge) de 30.000 tropas adicionales que fueron enviadas este año, indicó que un contingente del mismo tamaño pudiera comenzar a ser retirado a partir de diciembre, para culminar su regreso a casa en el verano de 2008. A partir de allí, dijo, no le es fácil hacer predicciones, pues la posibilidad del retiro de las tropas de ocupación dependería “de las circunstancias”.
La senadora Clinton, junto con otros senadores demócratas, expresó su inconformidad. Refiriéndose a los objetivos de todo el asunto, la precandidata presidencial observó: “Obtenemos muy poco consuelo del hecho de que la mente maestra del asesinato masivo [los ataques del 11 de septiembre de 2001] ande suelta, sin que haya sido atrapada o muerta. O de que los Talibán y al Quaeda estén resurgiendo en Afganistán. O de que su red ciertamente sea—si no una organización compacta—una confederación libre que tiene graves consecuencias para nosotros”.
El general Petraeus, obviamente, es un operador capaz, que no merece el injusto ataque de un aviso de prensa que lo presenta como el general Betray us. (El general Traiciónanos). Pero no parece ser muy esperanzador que el retiro del que habla deje las cosas exactamente en el mismo sitio que antes del refuerzo bélico de 2007: una ocupación de 130.000 hombres, la que, para empezar, nunca debió ocurrir.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Sep 13, 2007 | Cartas, Política |

El general Rafael Alfonzo Ravard fue, sin que quepa la menor duda, uno de los constructores de la modernidad venezolana. Antes de coronar su obra con su insigne gestión al frente de Petróleos de Venezuela, la empresa que estableció y presidió desde su fundación en 1976 hasta 1983, ya Alfonzo había dejado huella suficiente de hombre bueno, visionario y extraordinariamente capaz. Así, por ejemplo, había presidido la Comisión de Estudios para la Electrificación del Caroní, el Instituto del Hierro y del Acero, la Corporación Venezolana de Fomento y la Corporación Venezolana de Guayana—fue su primer presidente—y nada menos que el Consejo Mundial de Energía. (1954). Preocupado por el desarrollo social, fue Presidente de Fe y Alegría y, como motor de desarrollos especialísimos para nuestro país, fue quien decidiera sembrar 750 hectáreas al sur del estado Monagas (Uverito) con el pino caribe que transformó la ecología de la zona y sus posibilidades económicas. La industria eléctrica nacional le debe haber sido fundador de CADAFE e impulsor del Sistema Interconectado Nacional, así como promotor principalísimo del esfuerzo de unificación de las frecuencias eléctricas a través de Cafreca. La planificación urbana de Santo Tomé de Guayana (Puerto Ordaz), ejemplo mundial en su clase, se realizó bajo su dirección. El nacimiento de CVG Edelca y la Primera Etapa de la represa del Guri se deben a Alfonzo Ravard. En suma, un venezolano como muy pocos, honesto a carta cabal, poseedor de una inteligencia privilegiada, serio, trabajador, hombre del futuro. World class.
Cuando se decretara—Carlos Andrés Pérez, 1975—la nacionalización de la industria petrolera en el país, el Estado venezolano se enfrentaba a un reto monumental: gerenciar una complejísima actividad de la que muchos decían, en típica infravaloración del talento nacional, que era mucho camisón p’a Petra. No pocos ejecutivos venezolanos empleados en las antiguas dueñas transnacionales—Exxon, Shell, Gulf, etc.—comenzaron a buscar trabajo fuera de la industria, en la creencia de que en muy poco tiempo la incapacidad nacional la hundiría. En ese escéptico contexto asumió Rafael Alfonzo Ravard la conducción del gigantesco esfuerzo, cuando todavía estaban en proceso las negociaciones y litigios generados por el acto nacionalizador, y cuando la industria venía de una parálisis de la inversión de las transnacionales, a raíz de la ley de reversión de las concesiones petroleras del primer gobierno de Rafael Caldera.
Bajo la mano serena de Alfonzo Ravard el país se ahorró cualquier sobresalto en las operaciones de su industria máxima y, al cabo de su gestión de algo más de siete años, el general entregó una verdadera joya al Estado venezolano, en la que se incluía la recuperación de la industria petroquímica nacional, que hasta que fuera manejada por PDVSA no había dado pie con bola. Midiérasela como se la midiera, PDVSA era la mejor petrolera del mundo, y Alfonzo había sabido resistir más de un amago de penetrarla políticamente. A fines de 1983, sin embargo, el presidente Herrera Campíns decidió sustituirlo por su Ministro de Energía y Minas, Humberto Calderón Berti, quien admitía estar interesado en el cargo subalterno del que era superior porque “en PDVSA es donde está el poder”. Poco después intentaría hacerse con la candidatura presidencial de COPEI. (Años más tarde, Luis Giusti haría un intento similar, justamente desde su posición como Presidente de PDVSA).
Pero, en gran medida, fue el propio general Alfonzo quien labró su cesantía. Cuando en 1982 se acercaba un nuevo aniversario de la empresa—27 de agosto—se encargó a la recién creada Unidad de Estudios Especiales de PDVSA la elaboración de un discurso para que Alfonzo lo pronunciara en la ocasión, tradicionalmente celebrada con un almuerzo al que asistía el Presidente de la República. La Unidad no perdió la oportunidad de construir un discurso en el que se evidenciara la clase mundial de PDVSA a través de los más exigentes indicadores de desempeño. Al propio tiempo, el borrador que fue presentado a Alfonzo contenía una declaración de responsabilidad social de PDVSA y el anuncio de la creación de la Fundación PDVSA, como órgano que consolidara y expandiera su contribución al desarrollo social.
Esto último no agradó al general Alfonzo. Partidario de manejar a PDVSA como lo que era, una compañía anónima, rechazaba por principio su involucración en asuntos diferentes de su negocio específico: la extracción, transformación y venta de petróleo y sus productos derivados. Ya pagaba PDVSA suficientes impuestos y dividendos como para que tuviera que encargarse de asuntos que, a su juicio, eran de la exclusiva incumbencia del Estado.
Así, tijera en mano, procedió a cercenar esa parte del discurso y ordenó se redactara, para sustituirla, una escueta sección en la que se mencionara la magnitud de la deuda pública venezolana y se estimara su costo de amortización en términos de barriles de petróleo.
Llegado el día, pues, el general dio su discurso ante una audiencia en la que destacaban Luis Herrera Campíns, Presidente de la República, y su Ministro de Energía y Minas, Humberto Calderón Berti. Todos los canales de televisión cubrieron el evento, y también los periodistas internacionales. Lo que se entendió del discurso fue lo siguiente: “Nosotros, Sr. Presidente, los hombres de la industria petrolera venezolana, somos la tapa del frasco. Según el indicador X somos la última Coca Cola del desierto. Si se nos mide por el indicador Y, la última arepa de la madrugada. Con arreglo al indicador Z, además, somos la mamá de Tarzán. Ahora bien, Sr. Presidente, usted tiene un mono montado de 150.000 millones de bolívares, que para pagarlo tendremos que destinar el producto de 100 mil barriles diarios de petróleo durante diez años”. (Justamente al comienzo de su período, Herrera había hablado preocupadamente al país, para mostrar que Carlos Andrés Pérez había dejado una deuda pública de 110.000 millones—desde 20.000 millones del primer gobierno de Caldera—y que por tal razón recibía “un país hipotecado”).
No gustó para nada esta humillación pública a Herrera Campíns, mucho menos cuando el discurso del general se convirtiera en la comidilla de la semana y más allá. Carlos y Sofía Rangel (en Venevisión) entrevistaron al general Alfonzo de inmediato, así como Marcel Granier en su programa Primer Plano. La revista Resumen, dirigida por Jorge Olavarría, puso la efigie del general en su próxima portada y el discurso fue traducido al inglés y circulado en el exterior. El texto sirvió asimismo para que el Contralor General de la República, Manuel Rafael Rivero, quien hasta los momentos no había dicho esta boca es mía, ofreciera a la prensa solemnes y preocupadas declaraciones sobre la deuda de la Nación. El presidente Herrera declaró que estas manifestaciones de altos funcionarios públicos no eran convenientes. Pocos días después se produjo su decisión, en contra de la mayoría del gabinete económico, de centralizar todas las divisas del sector público en el Banco Central de Venezuela, incluyendo, muy especialmente, las de la industria petrolera. Y se juró a sí mismo que el período que Alfonzo acaba de iniciar, como Presidente de PDVSA reconfirmado, sería el último.
(Un cierto rasgo de la personalidad del general Alfonzo Ravard, su aristocrática altivez, le hacían persona poco simpática a Herrera Campíns, de quien se decía despectivamente que era “el más adeco de los copeyanos”. Esto es, el más populista. Alfonzo Ravard insistió en publicar, dentro de una colección de sus discursos, conferencias y artículos más recientes—Siete Años de una Gestión—, un discurso pronunciado ante una graduación del IESA a la que llevó la tesis de que los hombres del petróleo eran una clase distinta en el país, incontaminada por los vicios del facilismo, la corrupción y la ineficacia. Es decir, poco menos que extraterrestres. El título escogido para la publicación fue justamente el de “Somos diferentes”. Varios años transcurrirían antes de que tan chocante pretensión fuese cobrada con creces).
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Una vez más, PDVSA escoge el comienzo de una semana—ésta—para presentar sus resultados financieros del ejercicio fiscal de 2006. Ya a fines de marzo de este mismo año la empresa había ofrecido oficialmente cifras del mismo ejercicio; esta vez vienen después de la auditoría externa de Alcaraz Cabrera Vásquez (afiliada a KPMG International) y las eliminaciones y reclasificaciones relacionadas con saldos y transacciones entre las filiales de la compañía.
Una vez más, cierto tratamiento de la noticia quiere destacar un aparente mal desempeño de PDVSA. Por ejemplo, el diario El Nacional destacó: “Ganancia de Pdvsa cayó 15,9% en 2006 pese al repunte de los ingresos totales”. El Universal, por su parte, lo puso así: “Ganancia nacional de Pdvsa cayó 65%”, y explicó su titular al comienzo de una nota, diciendo: “Un total de 6.483 millones de dólares quedaron en las arcas de Petróleos de Venezuela al final del ejercicio 2006, un número que se ubicó 1.031 millones de dólares (15,9%) por debajo de lo obtenido en 2005 y que refleja el resultado consolidado de las operaciones internas y externas del holding estatal, según los estados financieros auditados aprobados en asamblea de accionistas el viernes pasado”. También resaltó: “Buena parte de esta caída en la ganancia neta nacional es atribuible al aumento sostenido de los costos internos: los gastos de operación, que están asociados a la actividades medulares de la empresa, se ubicaron en 8.093 millones de dólares y la segunda mayor partida de costos fue la de compras de petróleo crudo y derivados, que sumó 5.002 millones de dólares. En total, los costos y gastos subieron de 14.536 a 18.285 millones de dólares, un alza de 25,8%”. Por último, enfatizó: “Lo primero que salta a la vista al observar el balance financiero de las filiales externas de Pdvsa es el incremento que registraron los costos, al pasar de $51.779 millones en 2005 a $61.895 millones en 2006, empujados por un monto total de compras de petróleo crudo y derivados de 53.670 millones de dólares que consumió más de 83% de sus ingresos totales del año pasado”. Desde estas perspectivas, por consiguiente, el país debe mostrarse muy preocupado, pues estos números indicarían una grave situación. El mismo periódico da cuenta de declaraciones de Humberto Calderón Berti quien, en un foro organizado por Gente del Petróleo, dijo “que el estado en el cual se encuentra la estatal petrolera no puede ser ocultado a través de la campaña publicitaria que está llevando a cabo el gobierno en los diferentes medios de comunicación del país”.
Hay algo tendencioso en la nota que Marianna Párraga firma en El Universal (11 de septiembre). Por ejemplo, cuando se refiere a la compra de petróleo y derivados—porque PDVSA vende más de lo que produce—escoge las cifras de la columna correspondiente al “Sector Internacional”, en lugar de reportar la columna correspondiente al Total Consolidado. Es por esto que concluye que hubo “compras de petróleo crudo y derivados de 53.670 millones de dólares que consumi[eron] más de 83% de [los] ingresos totales” (64.330) en 2006. Una vez producidas las correspondientes eliminaciones y reclasificaciones, no obstante, las cifras son muy diferentes. La consolidación indica que los ingresos brutos reales fueron de 99.267 millones de dólares, y las compras de petróleo y derivados consumieron 38.778 millones, para una relación de 39%. Sin que sea satisfactorio este índice, su medición dista bastante del alarmista tono de la periodista.
Pero el quid de la alarma se centra en el hecho de que la ganancia neta de PDVSA descendió, de 6.483 millones de dólares en 2005, a 5.452 millones en 2006. (Una caída de 15,9%).
Veamos el asunto con un poco más de detalle. Es mucho más indicativo del desempeño funcional de PDVSA en tanto compañía petrolera mirar primero a su ganancia operacional, es decir, antes de incurrir en gastos “de desarrollo social” y pagar el impuesto sobre su renta. Esa ganancia operacional (consolidada) fue de 23.267 millones de dólares en 2006, 4.236 millones más que los 19.031 de 2005, o un incremento de más de 22,3%. Comoquiera que los ingresos brutos sólo aumentaron en 19,7% (de 82.915 millones de dólares a 99.267 millones), el crecimiento porcentual de la ganancia operacional indica, en realidad, una mejora sustancial de la eficiencia operativa. De hecho, se llega a este resultado luego de que PDVSA pagara por concepto de regalías y otros impuestos (el nuevo impuesto de extracción) la suma de 18.435 millones de dólares, lo que es 5.117 millones más sobre el nivel de 13.318 millones en 2005, para un aumento del 38,4% en este rubro. (A este resultado operacional debiera castigársele con el equivalente de la ganancia en la venta de inversión en LYONDELL – CITGO Refining L. P., puesto que se trata de un ingreso no recurrente: 1.432 millones de dólares. Aun así, resultaría una ganancia en operaciones de 21.835 millones, superior en 2.804 millones a la del año anterior). No en balde el balance de PDVSA registra un aumento de su patrimonio: de 47.095 millones de dólares en 2005 a 53.103 millones en 2006. (Contra un pasivo total de 23.270 millones). Esto es un incremento de 6.008 millones de dólares en su capital o, proporcionalmente, un 12,8%.
De manera que “el problema” se produce al cargar a la compañía el costo de su inversión social. Aquí hay un salto verdaderamente impresionante: PDVSA había destinado en 2005 a “gastos para el desarrollo social” la cantidad ya enorme de 6.909 millones de dólares (14,8 billones de bolívares a tasa de CADIVI); en 2006 este acápite alcanzó a la galáctica suma de 13.784 millones de dólares (29,6 billones de bolívares). El incremento fue de 6.875 millones de dólares, para casi una duplicación de 99,5%. ¡Qué diferencia con el paradigma socialmente aséptico de la PDVSA de Alfonzo Ravard!
En ocasión de la primera presentación de los resultados de 2006 (26 de marzo de 2007, sobre cifras diferentes, ajustadas ahora luego de la auditoría), ya esta carta había señalado: “Es verdad, parece, que la ganancia neta de PDVSA experimentó una disminución de 26% entre 2005 y 2006. Pero ¿cuál es el significado político de esto? ¿Cómo puede interpretarse en un barrio este desempeño? No faltará en la propaganda del régimen la siguiente explicación: la ganancia neta de PDVSA corresponde al enriquecimiento del accionista; esto es, del Estado. La inversión social de PDVSA corresponde a un enriquecimiento del Pueblo. Y resulta que en el mismo lapso el accionista consintió en disminuir su enriquecimiento en 26%, con tal de aumentar el enriquecimiento del Pueblo en 92%. ¿Habrá descontento en los ‘sectores populares’ de Venezuela por este resultado?”
En efecto, la empresa que “sólo” ha tenido una ganancia neta de 5.452 millones de dólares en 2006, ha aportado en el mismo lapso a la Nación un total de 36.250 millones de dólares. (La suma del impuesto sobre la renta, las regalías y otros impuestos y el gasto de desarrollo social). En bolívares, como diría el chiste, todos los bolívares: prácticamente 78 billones.
La única preocupación residual, entonces, es la relativa a la capacidad de PDVSA para la inversión que la llevaría a la meta de 5,8 millones de barriles diarios de producción en el año 2012. La propia empresa ha estimado invertir ella misma 57.000 millones de dólares (junto con 20.000 de origen privado) para alcanzar ese objetivo. Para esto tendría que destinar anualmente una suma equivalente a su ganancia neta de 2006 durante un poco más de diez años, y concitar inversionistas privados que no deben estar muy estimulados por el reciente tratamiento a las transnacionales de la Faja Petrolífera del Orinoco. También pudiera PDVSA bajar significativamente su gasto social, y esto es muy posible una vez que Hugo Chávez hubiera logrado su propósito de reformar la Constitución a su gusto.
Pero en términos políticos, las cifras que ha mostrado PDVSA al comenzar la semana no son conchas de ajo. Para recordar la advertencia con la que cerraba la Carta Semanal #231 de doctorpolítico (29 de marzo de 2007): “Cuidado, pues, con la algazara automática que cree ver blanco para la puntería opositora en cosas como la disminución de la ganancia neta de PDVSA. En una cosa tan complicada como nuestro proceso político de hoy, el éxito no puede conseguirse con argumentos superficiales, sólo pretendidamente contundentes. Lo primero que tendría que hacer una oposición que quiera ser eficaz, es usar mejor el cerebro”.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Sep 11, 2007 | Fichas, Política |

LEA, por favor
Con esta Ficha Semanal #161 de doctorpolítico se completa la serie de tres entregas construidas con textos del financista y filántropo George Soros. Ella consiste de la traducción de la sección final de su trabajo “La amenaza capitalista”, publicado en The Atlantic Monthly en febrero de 1997. (Vol. 279, #2, págs. 45-58). Soros nos lleva paso a paso, en trayectoria silogística elemental, por el discurso con el que establece las bondades y ventajas de una sociedad abierta. Se trata de una verdadera cartilla o catecismo, sencillo e inevitable.
Lo planteado por Soros está en el mero centro de la preocupación venezolana de estos días, cuando quiere imponerse a nuestra sociedad una verdad última determinada por el actual Presidente de la República. Su lema definitorio—”Patria, Socialismo o Muerte”—es anticipado por Soros, cuando escribe: “En verdad, uno pudiera argüir que la sociedad abierta es la mejor forma de organización social para obtener lo mejor de la vida, mientras que la sociedad cerrada es la forma más adecuada a la aceptación de la muerte”.
La tesis de la sociedad abierta es el antídoto que puede salvarnos del maligno destino al que quiere sometérsenos, pues no sólo se opone a antiguas confianzas ideológicas, sino que revienta la pretensión de encerrarnos. A pesar de que, por propia definición, no trae consigo una solución prêt-à-porter para cada problema social, ahora es, para nosotros, una bandera en sí misma, un concepto aun más rico que el mismo de democracia. Soros lo dice con claridad: “La sociedad abierta sólo provee un marco dentro del cual puntos de vista diferentes acerca de los problemas sociales y políticos pueden ser reconciliados; no ofrece una posición firme respecto de metas sociales. Si lo hiciera no sería una sociedad abierta. Sólo dentro de una sociedad cerrada provee el concepto de sociedad abierta base suficiente para la acción política…”
Ahora que se nos amenaza con meternos en un corral de cerrada dominación por un solo hombre pretencioso y violentamente equivocadísimo, es bueno entender que abstenernos de participar en el próximo referendo constitucional es el más estúpido de los suicidios. Andrés Oppenheimer recomienda el 30 de agosto (Recetas para frenar a Chávez): “La oposición Venezolana no debería repetir el error que cometió cuando boicoteó las elecciones legislativas del 2005 cuando, citando la falta de libertades para hacer campaña, se retiró del proceso, pensando que su ausencia deslegitimaría la elección. Chávez simplemente ignoró el boicot, realizó la elección de todos modos, e instaló una Asamblea Nacional totalmente progubernamental”.
El razonamiento de Soros, expuesto en su trabajo de 1997, se centra en la admisión de nuestra propia falibilidad. En febrero de 1985 anticipaba el suscrito: “[El] nuevo actor político, pues, requiere una valentía diferente a la que el actor político tradicional ha estimado necesaria. El actor político tradicional parte del principio de que debe exhibirse como un ser inerrante, como alguien que nunca se ha equivocado, pues sostiene que eso es exigencia de un pueblo que sólo valoraría la prepotencia. El nuevo actor político, en cambio, tiene la valentía y la honestidad intelectual de fundar sus cimientos sobre la realidad de la falibilidad humana. Por eso no teme a la crítica sino que la busca y la consagra”.
LEA
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Cartilla de apertura
Es más fácil identificar los enemigos de la sociedad abierta que dotar al concepto de significado positivo. Sin embargo, sin tal significado positivo la sociedad abierta estará propensa a ser presa de sus enemigos. Tiene que haber un interés común que sostenga reunida a una comunidad, pero la sociedad abierta no es una comunidad en el sentido tradicional del término. Es una idea abstracta, un concepto universal. Admitamos que hay algo como una comunidad global; hay intereses comunes al nivel global, tales como la preservación del ambiente y la prevención de la guerra. Pero estos intereses son relativamente débiles, comparados con los intereses especiales. No tienen muchos partidarios en un mundo compuesto por estados soberanos. Más aún, la sociedad abierta como concepto universal trasciende toda frontera. Las sociedades derivan su cohesión de valores compartidos. Estos valores están arraigados en la cultura, la religión, y la tradición. Cuando una sociedad no tiene fronteras, ¿dónde encontrar los valores compartidos? Creo que hay sólo una fuente: el concepto mismo de sociedad abierta.
Para cumplir esta función, se necesita redefinir el concepto de sociedad abierta. En lugar de que haya una dicotomía cerrada-abierta, entiendo la sociedad abierta en un terreno intermedio, donde se salvaguarde los derechos del individuo al tiempo que existan algunos valores compartidos que mantengan unida a la sociedad. Este terreno intermedio es amenazado por todos los flancos. En un extremo, las doctrinas comunistas y nacionalistas conducirían a la dominación estatal. Al otro extremo, el capitalismo del laissez-faire llevaría a una gran inestabilidad y tarde o temprano al colapso. Hay otras variantes. Lee Kuan Yew, de Singapur, propone un llamado modelo asiático que combina una economía de mercado con un estado represivo. En muchas partes del mundo, el control del estado está tan estrechamente asociado con la creación de riqueza privada que uno pudiera hablar de un capitalismo ladrón o del “estado gángster” como nueva amenaza a la sociedad abierta.
Entiendo la sociedad abierta como una sociedad abierta a su mejora. Debemos comenzar por el reconocimiento de nuestra propia falibilidad, la que se extiende no sólo a nuestras construcciones mentales sino también a nuestras instituciones. Lo que es imperfecto puede mejorarse mediante un proceso de ensayo y error. La sociedad abierta no sólo permite este proceso sino que lo estimula, al insistir sobre la libertad de expresión y el amparo de la disensión. La sociedad abierta ofrece un panorama de progreso ilimitado. A este respecto es afín al método científico. Pero la ciencia tiene a su disposición criterios objetivos: los hechos por los que el proceso puede ser juzgado. Desafortunadamente, en asuntos humanos los hechos no proveen criterios confiables de verdad, a pesar de lo cual necesitamos algunos estándares de acuerdo general por los que el proceso pueda ser juzgado. Todas las culturas y religiones ofrecen esos estándares; la sociedad abierta no puede pasarse sin ellos. La innovación de una sociedad abierta es que, mientras la mayoría de las culturas y religiones entienden sus propios valores como absolutos, una sociedad abierta, consciente de muchas culturas y religiones, entiende sus propios valores compartidos como asunto de debate y elección. Para hacer el debate posible, al menos debe haber consenso general sobre un punto: que la sociedad abierta es una forma deseable de organización social. La gente debe ser libre de pensar y de actuar, sujeta sólo a límites que impongan los intereses comunes. La ubicación de esos límites debe determinarse, también, por ensayo y error.
La Declaración de Independencia puede ser tomada como una aproximación bastante buena a los principios de una sociedad abierta, pero en lugar de pretender que esos principios son evidentes por sí mismos debiéramos decir que son consistentes con nuestra falibilidad. ¿Puede servir el reconocimiento de nuestro conocimiento imperfecto como base para establecer la sociedad abierta como forma deseable de organización social? Creo que sí puede, aunque hay dificultades formidables en el camino. Debemos promover la fe en nuestra propia falibilidad al status que normalmente conferimos a la fe en una verdad última. Pero, si la verdad última no es alcanzable, ¿cómo podemos aceptar nuestra falibilidad como última verdad?
Ésta es una paradoja aparente que puede ser resuelta. La primera proposición, que nuestro entendimiento es imperfecto, es consistente con una segunda proposición: que debemos aceptar la primera proposición como artículo de fe. La necesidad de un artículo de fe surge precisamente porque nuestro entendimiento es imperfecto. Si disfrutáramos de entendimiento perfecto, no habría necesidad de creencias. Pero aceptar esta línea de razonamiento requiere un profundo cambio en el papel que asignamos a nuestras creencias.
Históricamente, las creencias han servido para justificar reglas específicas de conducta. La falibilidad debiera promover una actitud diferente. Las creencias debieran servir para dar forma a nuestras vidas, no para hacernos atener a un conjunto dado de reglas. Si reconocemos que nuestras creencias son expresión de nuestra escogencia, no de la verdad última, será más probable que toleremos otras creencias y revisemos las propias a la luz de nuestra experiencia. Pero no es así como la mayoría de la gente trata sus creencias. Ella tiende a identificar sus creencias con la verdad última. De hecho, esa identificación sirve a menudo para definir su propia identidad. Si la experiencia de vivir en una sociedad abierta le fuerza a ceder su pretensión de una verdad última, sufre una sensación de pérdida.
La idea de que de algún modo encarnamos una verdad última está profundamente incrustada en nuestro pensamiento. Puede que estemos dotados con facultades críticas, pero estamos inseparablemente atados a nosotros mismos. Puede que hayamos descubierto la verdad y la moralidad, pero por encima de todo debemos representarnos a nosotros mismos y a nuestros intereses. Por consiguiente, si existen cosas tales como la verdad y la justicia—y hemos llegado a creer en ello—entonces queremos poseerlas. Exigimos la verdad de la religión y, recientemente, de la ciencia. Una creencia en nuestra falibilidad es un pobre sustituto. Es un concepto altamente sofisticado, con el que es mucho más difícil de trabajar que con creencias más primitivas, como las de mi país (o mi compañía o mi familia) por sobre todo, tenga o no tenga razón.
Si la idea de nuestra falibilidad es tan difícil de digerir, ¿qué la hace tan atractiva? Debe encontrarse el más fuerte argumento a su favor en los resultados que produce. Las sociedades abiertas tienden a ser más prósperas, más innovadoras, más estimulantes que las cerradas. Pero hay un peligro en proponer el éxito como la única base para sostener una creencia porque, si mi teoría de la reflexividad es válida, tener éxito no es lo mismo que tener razón. En las ciencias naturales las teorías deben ser correctas (en el sentido de que las predicciones y explicaciones que producen corresponden a los hechos) para que funcionen (en el sentido de producir predicciones y explicaciones útiles). Pero en la esfera social lo que es eficaz no necesariamente es idéntico a lo que es correcto, a causa de la conexión reflexiva entre pensamiento y realidad. Como insinué antes, el culto del éxito puede convertirse en una fuente de inestabilidad en una sociedad abierta, ya que puede minar nuestro sentido del bien y del mal. Es esto lo que está ocurriendo hoy en nuestra sociedad. Nuestro sentido del bien y del mal es puesto en peligro por nuestra preocupación con el éxito, medido en dinero. Todo vale, mientras uno pueda salirse con la suya.
Si el éxito fuese el único criterio, la sociedad abierta sería derrotada por las ideologías totalitarias—como de hecho lo fue en muchas ocasiones. Es mucho más fácil argumentar a favor de mi propio interés que recorrer todo el enrevesado razonamiento abstracto que lleva de la falibilidad al concepto de la sociedad abierta.
Debemos asentar con mayor firmeza el concepto de la sociedad abierta. Debe haber un compromiso con la sociedad abierta porque es la forma correcta de organización social. Es un compromiso al que es difícil arribar.
Creo en la sociedad abierta porque nos permite desarrollar nuestro potencial mejor que un sistema que pretenda estar en posesión de la verdad última. La aceptación del carácter inalcanzable de la verdad ofrece un mejor prospecto de libertad y prosperidad que su negación. Reconozco, empero, que hay aquí un problema: estoy suficientemente comprometido con la búsqueda de la verdad como para creer que el caso de la sociedad abierta es convincente, pero no estoy seguro de que otros compartan mi punto de vista. Dada la conexión reflexiva entre pensamiento y realidad, la verdad no es indispensable para el éxito. Puede ser posible lograr objetivos específicos torciendo o negando la verdad, y la gente puede estar más interesada en lograr sus objetivos específicos más que en lograr la verdad. Sólo al más alto nivel de abstracción, cuando consideramos el significado de la vida, asume la verdad una importancia suprema. Aun entonces, el engaño pudiera ser preferible a la verdad, pues la vida implica la muerte y la muerte es difícil de aceptar. En verdad, uno pudiera argüir que la sociedad abierta es la mejor forma de organización social para obtener lo mejor de la vida, mientras que la sociedad cerrada es la forma más adecuada a la aceptación de la muerte. En último análisis, la creencia en la sociedad abierta es asunto de elección, no de necesidad lógica.
No es eso todo. Aun si el concepto de la sociedad abierta fuere aceptado universalmente, tal cosa no sería suficiente para asegurar que prevalecerían la libertad y la prosperidad. La sociedad abierta sólo provee un marco dentro del cual puntos de vista diferentes acerca de los problemas sociales y políticos pueden ser reconciliados; no ofrece una posición firme respecto de metas sociales. Si lo hiciera no sería una sociedad abierta. Sólo dentro de una sociedad cerrada provee el concepto de sociedad abierta base suficiente para la acción política: en una sociedad abierta no es suficiente ser un demócrata; uno debe ser un demócrata liberal, o un social demócrata o un demócrata cristiano o algún otro tipo de demócrata. Una creencia compartida en la sociedad abierta es una condición necesaria pero no suficiente para la libertad y la prosperidad y todas las cosas buenas que la sociedad abierta está supuesta a traer.
Es fácil ver que el concepto de la sociedad abierta es una fuente de dificultades aparentemente inagotable. Tal cosa es de esperar. Después de todo, la sociedad abierta está basada en el reconocimiento de nuestra falibilidad. De hecho, es razonable que nuestro ideal de sociedad abierta sea inalcanzable. Tener los planos de ella sería autocontradictorio. Eso no significa que no debamos luchar por lograrla. También en ciencia la verdad última es inalcanzable. No obstante, basta ver el progreso que hemos logrado al emprenderla. Del mismo modo, es posible aproximarnos a la sociedad abierta en mayor o menor grado.
La derivación de una agenda política y social a partir de un argumento filosófico, epistemológico, parece ser una empresa sin esperanzas. Sin embargo, es posible. Tenemos precedente histórico. La Ilustración fue una celebración del poder de la razón, y suministró la inspiración para la Declaración de Independencia y el Estatuto de Derechos. La creencia en la razón fue llevada a excesos con la Revolución Francesa, de efectos colaterales desagradables; no obstante, fue el comienzo de la modernidad. Hemos tenido ahora 200 años de experiencia con la Edad de la Razón, y como gente razonable debiéramos reconocer que la razón tiene sus limitaciones. El tiempo está maduro para desarrollar un marco conceptual basado en nuestra falibilidad. Donde la razón ha fallado, la falibilidad todavía pudiera triunfar.
George Soros
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