por Luis Enrique Alcalá | Sep 6, 2007 | Cartas, Política |

Era el año ya lejano de 1999, cuando todavía faltaban, en sus comienzos, dos años enteros para alcanzar el mítico año 2001, el mismo de la Odisea del Espacio de Kubrick y Clarke, el que daría comienzo a todo un milenio enteramente nuevo de la era cristiana. Ya Hugo Chávez Frías había asumido la Presidencia de la República, y una longeva peña caraqueña, íntegramente compuesta por personas contrarias a ese ciudadano, consideraba las posibilidades de la sociedad venezolana de oponerse a su gobierno. Durante la discusión le fue posible a quien escribe adelantar algunas conjeturas, que expresaron, según recuerda, las siguientes advertencias.
Oponerse a Chávez por mera negación, dije, no es posible. Uno no niega un fenómeno telúrico que tiene ante sus ojos. Un terremoto, por caso, o la fuerza del río Caroní que se manifiesta en sus raudales. La contundencia del triunfo de Chávez en la elección del 6 de diciembre de 1998 no podía ser discutida. Una abrumadora ventaja sobre su contendiente final—Henrique Salas Römer—le daba una indudable legitimidad democrática. (Y nadie puede decir que aquel momento estaban bajo control de Chávez las autoridades electorales del país).
La pura negación, que es en el fondo lo único que la oposición formal ha atinado a hacer—engrosar todos los días, ritualmente ya, con unas hojas adicionales el prontuario delictivo atribuido al actual presidente—, equivale a la estrategia de esos perros que persiguen automóviles ladrando. Los perros jamás alcanzaran al vehículo motorizado, que muy fácilmente excedería la máxima velocidad canina y, si su conductor así lo decide, puede aplastar sin misericordia alguna a cualquiera de los patéticos animales.
En cambio, afirmó el suscrito, son dos las oposiciones en principio posibles al fenómeno de Chávez, pues ya entonces era muy fácil pronosticar que su dominación sería, en balance, muy negativa para Venezuela. La primera de éstas era la de oposición por contención. Una represa que contenga al río y evite que sus aguas se ciernan sobre nosotros.
¿Era este tipo de oposición viable? Pues sí, y en la sesión mencionada puse sobre el tapete el muy reciente caso del primer decreto del gabinete inicial de Chávez, que convocaba a referendo para considerar la deseabilidad de una asamblea constituyente. La primera versión de ese decreto era groseramente autoritaria. Chávez quería preguntar si estábamos dispuestos a dejar en sus exclusivas manos todo lo concerniente a las normas que regirían la integración y elección de la constituyente. Un recurso interpuesto por el hasta entonces desconocido Gerardo Blyde, ante la Corte Suprema de Justicia, logró paralizar la avasalladora dinámica que quería imponer el Presidente. La Corte ordenó la reformulación del decreto dentro de normas más democráticas y Chávez no tuvo más recurso que acatar.
Bastante más tarde, el 19 de agosto de 2004, justo después de conocerse los resultados del referendo revocatorio que fueron adversos a la oposición, y habiendo expuesto esencialmente lo mismo respecto de la necesidad de contener al gobierno, se dijo en esta carta (#100): “Sería ingenuo suponer que ahora Chávez no apretará una tuerca más. La ley de policía nacional, la amenaza de renacionalizar la CANTV (tiene los reales), la ley de contenidos, una nueva ley de cultos, la toma de las universidades y nuevas represiones penales contra sus más detestados oponentes, están a la vuelta de la esquina. Urge encontrar el modo de tomarle la zurda muñeca que empuñará la llave inglesa y dificultarle el opresivo giro con el que querrá expandir su totalitaria y quirúrgica manera de gobernar”.
Pero advertí en febrero de 1999 que la mera contención no sería suficiente. Era tanto necesaria como posible una estrategia que más que oposición fuera una superposición.
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Los médicos que diagnostican un tumor o un apéndice inflamado no establecen una relación neurótica y odiosa con el órgano afectado. Se limitan a constatar el estado patológico, serena y clínicamente, y recomendar un tratamiento, posiblemente una remoción. No se involucran emocionalmente odiando o detestando al carcinoma o al plasmodio que causa la malaria.
Para que sea posible superponer un discurso con sentido político al farragoso, invasivo e incorrecto discurso de Chávez, es preciso asumir una postura clínica de esa clase. Así podrá, entonces, examinársele bajo el microscopio con la mayor frialdad para describirlo como si se tratase de un artrópodo: “Tiene el cuerpo de color oscuro, tiene seis paticas, presenta una pequeña excrecencia frontal…”
Sólo así puede reconocerse, sin apasionamiento, cómo es que tiene logros indudables, de los que no es el menor la gigantesca transferencia de recursos que ha allegado a los más pobres pobladores del país. En la medida en la que esto pueda ocurrir, la más certera censura a sus defectos y a los peligros que acarrea, verdaderamente fundamentales, cobrará más autoridad y credibilidad.
Es este punto de vista, además, el único que puede permitir una operación ineludible: la de excusar a quienes han votado por él o sus partidarios en cada una de las elecciones ocurridas desde noviembre de 1998. El elector venezolano promedio, a las alturas de diciembre de 1997, quería votar por Irene Sáez, puesto que ya no quería hacerlo por candidatos verdes o blancos, que tanto lo habían defraudado en el pasado. En esos momentos, Chávez no llegaba a diez puntos en los sondeos de la intención de voto. Pero luego, la entonces señorita Sáez pactó con COPEI, perdiendo instantáneamente su condición de independencia, Acción Democrática no acertó a sacar un candidato distinto de Luís Alfaro Ucero—el más destilado exponente de la política de cogollos y componendas—y el país se vio súbitamente enfrentado a dos candidaturas que no eran del bipartidismo. Ambos candidatos, Chávez y Salas Römer, usaron desfachatadamente la manipulación psicohistórica—el uno entroncándose con Zamora, Rodríguez y Bolívar; el otro protagonizando cabalgatas patriotas por Carabobo.
Uno, sin embargo, era partidario de lo que el pueblo, mayoritariamente, intuía como necesario: una asamblea constituyente que pudiera traer remedio sistémico a la evidente insuficiencia política nacional. El asunto estuvo ya bastante claro al menos para la época de la campaña Lusinchi-Caldera de 1983, poco después de la cual se escribió: “…ya los ciudadanos teníamos la firme sospecha de que lo que andaba mal no era cada pieza por separado sino la armazón del conjunto, el Estado como un todo y, por ende, lo que se quería escuchar de los candidatos no eran promesas específicas al transporte o al deporte, sino remedios generales. El venezolano que asistió a cualquiera de las innumerables reuniones que poblaron, como a cualquier otra, la batalla electoral de 1983, estaba más preocupado por el país en su conjunto, clara y evidentemente enfermo, que por el interés sectorial de su inmediata incumbencia”.
El otro candidato, Salas Römer, intentó remar contra la corriente y, para colmo, aceptó al final el apoyo tardío de las autoridades de AD—los militantes de base votaron mayoritariamente por Chávez—, las que optaron por defenestrar a Alfaro en espectáculo tragicómico. No ayudaron tampoco las maniobras para la separación apresurada de las elecciones regionales y presidenciales—a poco de haberlas reunido en reforma legal de diciembre de 1997—ni la campaña “inteligente, profunda y con mucho real”, de fúnebres cuñas de televisión contrarias a la idea de la constituyente.
En estas circunstancias, el electorado votó mayoritariamente por Chávez, y no tiene sentido hacerle sentir culpable de lo acontecido después. La culpa de la autocracia que padecemos debe atribuirse a la dirigencia política predominante para el momento, y la maldad de Chávez no le da a ésa la razón, del mismo modo que la malignidad de Hitler no absuelve a la República de Weimar.
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Una vez más confronta el país una encrucijada electoral. Esta vez se trata de aprobar o rechazar, en referendo popular, el proyecto de reforma constitucional presentado por el presidente Chávez a la Asamblea Nacional. Increíblemente, subsiste aferrada a más de una inteligencia, cual tenaz garrapata, la convicción de que no debe asistirse al acto referendario. Es persistente, porque así fue sembrada sistemáticamente, la idea de que no vale la pena votar, dado que el sistema electoral está controlado por el propio Chávez, quien no permitiría el reconocimiento a un triunfo de sus adversarios.
Así, todavía aparecen estudios estadísticos tan impecables como un teorema de Euclides, y se les blande como espada definitiva, pues han sido publicados en prestigiosas revistas especializadas, o algún conocido político habría quedado impresionadísimo con sus hallazgos. A fines de 2004, recién celebrado el referendo revocatorio del 15 de agosto, Súmate presentó con bombos y platillos los resultados de un estudio llevado a cabo por los profesores Hausmann y Rigobón—¡antes de que treinta días siquiera hubieran transcurrido desde el acto electoral!—como base para afirmar que se había cometido un fraude electrónico. (En su momento—# 103 de la Carta Semanal de doctorpolítico, del 12 de septiembre de 2004—esta publicación produjo la disección del referido informe, mostrando su invalidez). El año pasado, en cambio, estuvo de moda un nuevo estudio, el de los profesores Salas y Delfino, de la Universidad Simón Bolívar. El suscrito pudo presenciar la presentación que estos profesores hicieron de su análisis, y antes de desbaratarlo ante el mismo auditorio que los escuchara, invitó a almorzar a sus autores y a su promotor. En esa ocasión desmontó cordialmente su argumentación, en guerra avisada que no impidió que soldados murieran.
Pero ya esos estudios pasaron de moda, y ahora se distribuye en circuitos exclusivos uno distinto, hecho en Miami por María M. Febres Cordero y Bernardo Márquez, y se pretende que su trabajo—A statistical approach to assess referendum results: The Venezuelan recall referendum 2004—es la prueba verdaderamente definitiva de que hubo fraude el 15 de agosto de ese año, y que por tanto Chávez es un mandatario ilegítimo.
Esta nueva pieza adolece de la misma falla básica de los anteriores: es una manipulación estadística sin conexión con la realidad, y no demuestra en absoluto cómo habría sido perpetrado el delito electoral, que Hermann Escarrá asegura existió y Alejandro Plaz—Súmate—debió admitir que no podía ser probado. Comoquiera que esta publicación ya ha hecho examen crítico detenido de estudios de esa clase, se limitará a sugerir, por vía anecdótica ya empleada acá hace tres años, cuál es el problema de fondo con las “pruebas” de su especie.
Mi entrañable amigo Eduardo Quintana Benshimol, muy prematuramente fallecido, me contó la anécdota en 1974, hace ya treinta y tres años. Tiene que ver con cómo fue que Bertrand Russell y Ludwig Wittgenstein se conocieron. Russell estaba en Cambridge ante su clase, escribiendo teorema tras teorema en un pizarrón. Volteado hacia el salón notó la presencia de un joven con chaqueta, de pie, hacia el fondo—era Wittgenstein—y se percató de que éste movía negativamente la cabeza. Regresó por un momento a escribir sobre la pizarra y volteó de nuevo. Wittgenstein continuaba negando con la cabeza. Ya molesto, Russell le increpó, preguntándole cuál era el problema. A lo que el genio (Russell no lo era) dijo simplemente: “Profesor Russell, ¿podría usted por favor demostrarme que en este salón no hay un elefante?” Russell acogió confiadamente el reto y se lanzó a borrar el pizarrón y a escribir nuevos y larguísimos teoremas. Pero Wittgenstein permaneció impertérrito: “Perdone, Profesor Russell, pero eso no es una comprobación de que aquí no hay un elefante”. Al borde del desespero Russell devolvió el desafío: “Bien, joven, ¿quiere usted demostrarnos a todos que en este salón no hay un elefante?” Dijo Wittgenstein entonces: “Con su permiso, Profesor Russell”, y se movió en el salón hacia adelante, examinando calmadamente bajo los pupitres, tras unas cortinas y unos cuadros, hasta llegar al escritorio profesoral cuyas gavetas abrió y cerró para sentenciar: “Profesor Russell, en este salón no se encuentra un elefante”.
Pues bien, el elefante de Hausmann y Rigobón, Salas y Delfino, Febres Cordero y Márquez, es el presunto fraude del referendo revocatorio, y sus estudios un “pizarrón de Russell”, inconexo con existencias concretas. Pero los adalides de la “resistencia” y la abstención—que ahora convocan para una “gran marcha, ahora sí definitiva” para fines de octubre o comienzos de noviembre de este año—se valen de ellos para predicar que no se vaya a votar en el inevitable referendo por la reforma constitucional. No falta quien apunte: “¿Viste que Chávez anda preocupado con la abstención? Eso es lo que más duele, así que vamos a abstenernos”. No se dan cuenta de que Chávez admite esa angustia precisamente para alimentar, con la creencia de que tal cosa es su talón de Aquiles, la abstención de sus opositores que le entregue en bandeja de plata el texto constitucional que le hace falta para perfeccionar su dominación.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Sep 4, 2007 | Fichas, Política |

LEA, por favor
Tal como se anunciara en la ficha anterior, esta Ficha Semanal #160 de doctorpolítico recoge otro texto de George Soros, líder del Instituto para la Sociedad Abierta. En esta ocasión, se reproduce un fragmento traducido del extenso trabajo que The Atlantic Monthly publicara en el número 2 de su volumen 279, en febrero de 1997, bajo el título The Capitalist Threat. (La amenaza capitalista).
Para Soros el concepto de sociedad abierta, que aprendió de Karl Popper cuando estudiaba en la London School of Economics, es una noción crucial en materia de fundamentar sólidamente la libertad. En la introducción del trabajo mencionado, Soros explica su sentido: “El término ‘sociedad abierta’ fue acuñado por Henri Bergson, en su libro Las Dos Fuentes de la Moralidad y la Religión (1932), y recibió mayor difusión a manos del filósofo austriaco Karl Popper, en su libro La Sociedad Abierta y sus Enemigos (1945). Popper mostró que las ideologías totalitarias como el comunismo y el nazismo tienen un elemento común: pretenden estar en posesión de la verdad última. Puesto que la verdad última está más allá del alcance de la humanidad, estas ideologías deben recurrir a la opresión con el fin de imponer su visión a la sociedad. Popper enfrentó a estas ideologías totalitarias otra visión de la sociedad, que reconoce que nadie tiene un monopolio de la verdad; personas diferentes tienen diferentes puntos de vista e intereses diferentes, y hay una necesidad de instituciones que les permitan vivir juntas en paz. Estas instituciones protegen los derechos de los ciudadanos y aseguran la libertad de elegir y la libertad de opinar. Popper llamó a esta forma de organización social la ‘sociedad abierta’. Las ideologías totalitarias eran sus enemigas”.
En el trabajo del que se reproduce aquí apenas un fragmento—otro conformará la próxima entrega de esta ficha—Soros considera que la amenaza totalitaria, desacreditada a partir del fracaso soviético, ha sido sucedida por una proveniente del propio sistema capitalista, con la ideologización militante de la doctrina del laissez-faire. Así advierte en la introducción: “En su filosofía de la historia Hegel pudo discernir un perturbador patrón histórico—el colapso y la caída de las civilizaciones a causa de una mórbida intensificación de sus propios primeros principios. Aun cuando he construido una fortuna en los mercados financieros, ahora temo que una intensificación sin trabas del capitalismo del laissez-faire y la diseminación de los valores del mercado a todas las áreas de la vida, están poniendo en peligro nuestra sociedad abierta y democrática. El principal enemigo de la sociedad abierta, creo, ya no es la amenaza comunista sino la capitalista”.
Es verdaderamente interesante que un capitalista consumado como George Soros sostenga lúcida y vehementemente esta inusual postura, que incluye una apelación a la preeminencia del bien común y la solidaridad.
LEA
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Amenaza capitalista
Popper mostró que el fascismo y el comunismo tenían mucho en común, aun cuando uno fuese la extrema derecha y el otro la extrema izquierda, porque ambos descansaban en el poder del Estado para reprimir la libertad del individuo. Quiero extender este argumento. Sostengo que una sociedad abierta puede también ser amenazada desde la dirección opuesta—desde un individualismo excesivo. Una excesiva competencia y una escasa cooperación pueden causar desigualdades e inestabilidad intolerables.
Hoy hay una creencia dominante en nuestra sociedad: la magia del mercado. La doctrina del capitalismo del laissez-faire sostiene que el bien común es mejor servido por la búsqueda sin inhibiciones del propio interés. A menos que esto sea atemperado por el reconocimiento de un interés común que debe asumir precedencia sobre los intereses individuales, nuestro sistema actual—que a pesar de sus imperfecciones califica como sociedad abierta—probablemente colapsará.
Quiero enfatizar, sin embargo, que no estoy colocando el capitalismo del laissez-faire en la misma categoría del nazismo o el comunismo. Las ideologías totalitarias buscan deliberadamente la destrucción de la sociedad abierta; las políticas del laissez-faire pueden ponerla en peligro, pero sólo sin proponérselo. Friedrich Hayek, uno de los apóstoles del laissez-faire, fue también un apasionado proponente de la sociedad abierta. Sin embargo, dado que el comunismo e incluso el socialismo han sido ampliamente desacreditados, considero que la amenaza del lado del laissez-faire es hoy más potente que la amenaza de las ideologías totalitarias. Estamos disfrutando una economía de mercado verdaderamente global en la que los bienes, los servicios, el capital y también la gente se desplazan bastante libremente, pero dejamos de reconocer la necesidad de soportar los valores e instituciones de una sociedad abierta.
La situación actual es comparable a la del cambio del siglo pasado. Era una era dorada del capitalismo, caracterizado por el principio del laissez-faire; lo mismo que ahora. De alguna forma el período anterior era más estable. Había una potencia imperial, Inglaterra, que estaba preparada para despachar buques de guerra a lugares lejanos, porque como principal beneficiaria del sistema tenía interés en mantenerlo. Hoy en día los Estados Unidos no quieren ser el policía del mundo. El período anterior tenía el estándar oro; hoy en día las monedas principales flotan y chocan las unas contra las otras como placas continentales. Sin embargo, el régimen de libre mercado que prevalecía hace cien años fue destruido por la Primera Guerra Mundial. Ideologías totalitarias salieron a la palestra, y para fines de la Segunda Guerra Mundial prácticamente no había movimiento de capital entre los países. Es tanto más probable que el régimen actual colapse, a menos que aprendamos de la experiencia.
Aun cuando las doctrinas del laissez-faire no contradicen los principios de la sociedad abierta como lo hacían el marxismo-leninismo o las ideas nazi de la pureza racial, todas estas doctrinas tienen un aspecto en común: todas tratan de justificar su pretensión de verdad última en una apelación a la ciencia. En el caso de las doctrinas totalitarias esa pretensión puede ser desechada fácilmente. Uno de los logros de Popper fue mostrar que una teoría como el marxismo no califica como ciencia. En el caso del laissez-faire la reivindicación es más difícil de disputar, porque está basada en la teoría económica, y la economía es la más reputada de las ciencias sociales. Uno no puede simplemente equiparar la economía de mercado con la economía marxista. Sin embargo, la ideología del laissez-faire, sostengo, es una perversión de supuestas verdades científicas tanto como lo es el marxismo-leninismo.
El fundamento científico principal de la ideología del laissez-faire es la teoría de que los mercados libres y competitivos llevan al equilibrio de la oferta y la demanda y de tal modo aseguran la mejor asignación de los recursos. Tal cosa se acepta como verdad eterna, y en un sentido lo es. La teoría económica es un sistema axiomático: mientras se mantengan sus supuestos básicos sus conclusiones se producen. Pero cuando examinamos las premisas detenidamente, encontramos que no describen el mundo real. En su formulación original, la teoría de la competencia perfecta—del equilibrio natural de oferta y demanda—suponía un conocimiento perfecto, productos homogéneos y fácilmente divisibles y un número lo suficientemente grande de participantes en el mercado, de modo que no fuese posible a un participante único influir el precio del mercado. La suposición de conocimiento perfecto demostró ser insostenible, y entonces fue sustituida por un ardid ingenioso. Se tuvo a la oferta y la demanda como independientemente dadas. Esta condición fue presentada como requerimiento metodológico, antes que como axioma. Se adujo que la teoría económica estudia la relación entre la oferta y la demanda, y que por tanto debía considerarse a ambas como dadas.
Como he expuesto en otro lado, la condición de que la oferta y la demanda están independientemente dadas no pude ser reconciliada con la realidad, al menos en lo que concierne a los mercados financieros—y los mercados financieros juegan un papel crucial en la asignación de recursos. Los compradores y vendedores de los mercados financieros procuran descontar un futuro que depende de sus propias decisiones. La forma de las curvas de oferta y demanda no puede tomarse como dadas porque ambas incluyen expectativas sobre los eventos que son moldeadas por esas mismas expectativas. Hay una retroalimentación de doble vía entre el pensamiento de los participantes en el mercado y la situación en la que piensan—hay “reflexividad”. Esto explica tanto la comprensión imperfecta de los participantes (cuyo reconocimiento es la base del concepto de sociedad abierta) como la indeterminación del proceso en el que participan.
Si las curvas de oferta y demanda no están independientemente dadas, ¿cómo se determina los precios del mercado? Si miramos el comportamiento de los mercados financieros, conseguimos que en lugar de tender a un equilibrio los precios siguen fluctuando en relación con las expectativas de compradores y vendedores. Hay períodos prolongados en los que los precios se alejan de cualquier equilibrio teórico. Aun cuando tarde o temprano muestren una tendencia a regresar, el equilibrio no es el mismo que hubiera sido de no haber mediado ese interregno. Sin embargo, el concepto de equilibrio perdura. Es fácil ver por qué: sin él, la teoría económica no podría decir cómo se determina los precios.
En ausencia de equilibrio, la hipótesis de que los mercados libres conduce a la óptima asignación de recursos pierde su justificación. La teoría, supuestamente científica, que se usa para validarla resulta ser una estructura axiomática cuyas conclusiones están contenidas en sus premisas y no están necesariamente soportadas por la evidencia empírica. El parecido con el marxismo, que también pretendía el status científico para sus proposiciones, es demasiado cercano para ser cómodo.
No es mi intención implicar que la teoría económica ha distorsionado deliberadamente la realidad por propósitos políticos. Pero al tratar de imitar los logros (y ganar para sí misma el prestigio) de las ciencias naturales, la teoría económica intentó lo imposible. Las teorías de la ciencia social se relacionan con su objeto de un modo reflexivo. Es decir, pueden influir eventos de una manera que no pueden las ciencias naturales. El famoso principio de incertidumbre de Heisenberg implica que el acto de observación puede interferir con el comportamiento de partículas cuánticas; pero es la observación lo que crea el efecto, no el principio de incertidumbre mismo. En la esfera social, las teorías tienen la capacidad de alterar su objeto de estudio. La teoría económica ha excluido deliberadamente la reflexividad de sus consideraciones. Al hacerlo, ha distorsionado su objeto de estudio y se ha abierto a la explotación a manos de la ideología del laissez-faire.
Lo que permite convertir la teoría económica en una ideología hostil a la sociedad abierta es su premisa del conocimiento perfecto—al comienzo postulado abiertamente y luego de modo disfrazado como ardid metodológico. Puede presentarse un caso poderoso a favor del mecanismo del mercado, pero no es que los mercados sean perfectos; es que en un mundo dominado por una comprensión imperfecta, los mercados proveen un mecanismo eficiente de retroalimentación para evaluar los resultados de las propias decisiones y corregir errores.
Cualquiera sea su forma, la pretensión de conocimiento perfecto contradice el concepto de sociedad abierta, que reconoce que la comprensión de nuestra situación es inherentemente imperfecta.
George Soros
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por Luis Enrique Alcalá | Ago 30, 2007 | LEA, Política |

El partido Primero Justicia, al estilo de su modelo (COPEI), no carece de abogados, aun después de la defección de Gerardo Blyde. De hecho, su líder máximo es el abogado Julio Borges, quien adquiriera fama precisamente como juez de una ficción televisiva en la que administraba justicia, sobre casos ventilados que acostumbraba transmitir la herida RCTV. A pesar de tal cosa, en más de una ocasión equivoca sus apreciaciones jurídicas, como ocurre ahora con su más reciente pretensión: que el Artículo 344 de la Constitución permite la votación separada de una tercera parte del proyecto de reforma constitucional propuesto por el Presidente de la República, si así lo solicita un número suficiente de electores. En esta apreciación le acompaña el MAS, según declaración de José Antonio España, quien en paralelo a la de Armando Briquet de Primero Justicia, anunció que su partido apelaría a las instancias necesarias para “exigir la activación de la votación desagregada de la reforma constitucional”.
Basta una lectura del texto constitucional para percatarse de que Primero Justicia está, al menos en este punto, totalmente equivocado. Esto dice el Artículo 344: “El proyecto de Reforma Constitucional aprobado por la Asamblea Nacional se someterá a referendo dentro de los treinta días siguientes a su sanción. El referendo se pronunciará en conjunto sobre la Reforma, pero podrá votarse separadamente hasta una tercera parte de ella, si así lo aprobara un número no menor de una tercera parte de la Asamblea Nacional o si en la iniciativa de reforma así lo hubiere solicitado el Presidente o Presidenta de la República o un número no menor del cinco por ciento de los electores inscritos y electoras inscritas en el Registro Civil y Electoral”.
El artículo es meridianamente claro: es quien introduce la iniciativa de reforma quien estipula la posible votación separada, y en el caso actual esa iniciativa proviene de la Presidencia de la República, no del cinco por ciento de los electores. No existe ningún proyecto de reforma constitucional introducido por un grupo de electores de ese tamaño. Claro, también la Asamblea Nacional pudiera decidir la separación, a tenor del 344, pero ya sabemos cuál es la línea establecida por Cilia Flores, en acostumbrado acatamiento a la voluntad de Hugo Chávez.
No se explica, entonces, cómo dos agrupaciones políticas de la oposición, con acceso más que suficiente a experto juicio jurídico, se han propuesto perseguir el espejismo que guía sus pasos.
En el #248 de esta publicación se apuntaba: “Cuando se discutió el proyecto [de la Constitución vigente] en el seno de la Asamblea Constituyente, por supuesto, hubo oportunidad de considerar la compleja pieza artículo por artículo, ordinal por ordinal. Esos grados de libertad no están a la disposición de los ciudadanos, por más que se cacaree una democracia participativa. Los Electores somos puestos ante una simple disyuntiva: tómelo o déjelo. En su conjunto”. Es obvio que habría mayor democracia si se reconociera al poder fundamental del Estado, el Poder Constituyente Originario que somos los Electores, mayores grados de libertad, hasta el punto de poder pronunciarnos a favor o en contra de cada artículo y párrafo del proyecto de reforma por separado. Pero la actual normativa no lo permite, y no ayuda a la oposición a esta reforma que voceros importantes de la misma se equivoquen de modo tan garrafal.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Ago 30, 2007 | Cartas, Política |

Una campana distinta de la que se emplea para marcar la apertura y el cierre de la Bolsa de Valores de Nueva York resonó ayer, lúgubre, en territorio norteamericano. El miércoles de esta semana se conmemoró en Nueva Orleáns el segundo aniversario del asolador paso del huracán Katrina, y a la hora precisa en que uno de los diques principales cedió, hace dos años, a la descomunal presión del mar, el alcalde Nagin sonó la campana en ceremonia celebrada en el cementerio del hospital Charity, mientras admitía que los niños lloran en Nueva Orleáns cada vez que sienten una tormenta, temerosos de que otra vez el agua se ensañe contra ellos. George W. Bush se apersonó en la urbe de Luisiana para visitar brevemente una escuela reconstruida y comer comida Creole en un famoso restaurante. Por toda la ciudad hubo misas, conmemoraciones, discursos y marchas, en recuerdo de la inmensa tragedia. Y en el ánimo de los habitantes campeaba una rencorosa insatisfacción con la ayuda gubernamental. Ni el alcalde de Nueva Orleáns ni el gobernador de Luisiana, ambos afiliados al Partido Demócrata, como tampoco el presidente Bush, son figuras simpáticas en La Nouvelle-Orléans.
Se estima que la región afectada por el huracán sufrió daños materiales equivalentes a 150 mil millones de dólares, y aunque el gobierno federal—dueño de los diques que fallaron—insiste en que ha aportado un total de 114 mil millones en ayuda para la reconstrucción, la realidad parece ser otra. Un estudio conjunto del Centro para los Derechos Humanos Robert F. Keneddy y el Instituto para Estudios del Sur revela que, en verdad, no hay más de 35 mil millones disponibles para labores de reconstrucción, necesaria a una zona que sufrió un impacto superior al experimentado por la suma del huracán Andrew, el terremoto de Northridge y los ataques del 11 de septiembre. El paso de Katrina provocó el mayor desplazamiento humano—400 mil personas—en toda la historia de los Estados Unidos. La gran parte de los gastos federales contabilizados por Washingon se fue en ayudas de emergencia, y muy poco ha sido destinado a la reconstrucción. La administración federal norteamericana desinforma deliberadamente acerca de esta situación, y tampoco reconoce que, de los fondos que verdaderamente están disponibles, sólo se ha gastado 42% en la recuperación. Un solo capítulo ilustra dramáticamente el problema: luego de que la falla de los diques federales diera paso a una inundación que cubrió las cuatro quintas partes de la ciudad, el Cuerpo de Ingenieros del Ejército recibió 8 mil cuatrocientos millones de dólares para restaurar las defensas, pero hasta julio de este año sólo se había empleado menos del 20% de esos recursos en la tarea, que el propio cuerpo indica le tomará hasta el año 2011.
Nueva Orleáns, parece, es un estado Vargas cualquiera, castigada por los elementos y la desidia de un gobierno belicoso que gasta mucho más que el auxilio requerido en una guerra injustificable en suelo lejano.
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Pero los abusos de esta guerra en Irak son minimizados. El teniente coronel Steven Jordan, responsable de soldados que torturaron y abusaron sexualmente de prisioneros en la prisión iraquí de Abu Ghraib, fue absuelto por un tribunal militar. Recibió únicamente una amonestación, y eso porque ofreció declaraciones sobre el caso, en contravención de una orden que le obligaba a cerrar la boca. Como es usual en la política en todas partes del mundo, los soldados rasos, lo más delgado de la cuerda, son los chivos expiatorios de una práctica horripilante.
Abu Ghraib, por otra parte, no es sino un incidente entre varios que conforman un patrón, una vez que el presidente Bush estableciera la doctrina de que los “combatientes enemigos ilegales” no tenían derecho a trato humanitario, no tenían por qué ser protegidos por las Convenciones de Ginebra. Esta autorización de la tortura encontró aplicación, primeramente, en la prisión de Guantánamo, y luego siguieron la directriz los militares estadounidenses en Afganistán y en Irak. Alberto Gonzales, el Fiscal General que acaba de presentar su renuncia, inventó en su momento retorcidos argumentos legales para garantizar la inmunidad de los superiores de los carceleros. Ahora, por supuesto, Gonzales ya no está, la última baja de una serie de pérdidas políticas para Bush, precedida de las ausencias de Donald Rumsfeld, John Bolton, Harriet Miers, Paul Wolfowitz, Dan Bartlett, Rob Portman y Karl Rove. Alguien apaga la luz en la Casa Blanca. Algo serio ocurre en los Estados Unidos.
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Dos editoriales dedicó ayer The New York Times a comentar con preocupación revelaciones recientes de la Oficina del Censo de los Estados Unidos. Uno daba cuenta de un marcado aumento en el número de ciudadanos estadounidenses sin acceso a seguros de salud. Tan sólo el año pasado, la cantidad de personas no aseguradas se incrementó en dos millones doscientas mil, para pasar de un total de 44 millones ochocientos mil personas en 2005 al de 47 millones en 2006. El dato corona un proceso de crecimiento ininterrumpido durante los últimos seis años, en el que las empresas y los particulares encuentran cada vez más onerosos los seguros y se abstienen de contratarlos. Pero entonces las personas enfermas acuden al tratamiento en fases tardías, cuando éste se hace más costoso, elevando así el costo general de la salud para toda la población.
El segundo editorial registraba un crecimiento insatisfactorio en el ingreso promedio de los estadounidenses, de 0,7% en el último año. El periódico comenta que esa tasa no corresponde a la expansión económica de los últimos seis años, desde la recesión del año 2000. El martes reportaba la Oficina del Censo una mediana del ingreso por hogar que todavía es inferior en mil dólares a la del año 2000, y para 2006 hasta 36,5 millones de norteamericanos vivían en la pobreza, 5 millones más que quienes estaban en esa condición seis años antes. Es más ominoso, políticamente hablando, el siguiente hecho destacado por el diario neoyorquino: “En general, los nuevos datos sobre ingreso y pobreza se adaptan consistentemente al patrón de los últimos cinco años, según el cual el botín del crecimiento económico de la nación ha fluido casi exclusivamente hacia los ricos y los extremadamente ricos, dejando poco para todos los demás. Las medidas estándar de desigualdad no aumentaron el año pasado, según los últimos datos del censo. Pero, sobre un período mayor la tendencia es transparente: el único grupo para el que sus ganancias en 2006 excedieron las del 2000 fueron los hogares del cinco por ciento superior de la distribución de ingreso. Para todo el resto fueron inferiores”.
Sobre este cuadro estructural emerge ahora la crisis hipotecaria, que contrae el crédito fácil característico de la “burbuja de las hipotecas”, que de endemia se ha convertido en pandemia que alcanza a Europa y Asia. Ese crédito blando impulsó un consumo que ha representado hasta el 70% de la actividad económica norteamericana. Ahora se espera una contracción, y los pronósticos corrigen la cifra de crecimiento esperado para 2008 hasta un modesto índice de 1,5%. (En una economía de más de 1.300 millones de personas, se espera que, en contraste, China crezca a una tasa cercana al 10%).
Los ciudadanos estadounidenses toman conciencia creciente de estas dificultades. Así se explican las cifras publicadas hace dos días por el Conference Board—una especie de Fedecámaras—que registran el mayor descenso en dos años en el índice de confianza de los consumidores. En julio había medido un valor de 111,9, y ahora reporta un nivel de 105; desde la devastación de Katrina no se había visto una erosión tan grande en la confianza económica norteamericana. No debe extrañar esto en una economía en la que el valor de las propiedades cayó 3,2% en el segundo trimestre, comparado con el mismo período del año anterior.
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Pero también anteayer el College Board aportó su propio registro en tono menor. De acuerdo con los resultados del test SAT (su prueba de aptitud académica), administrado por ese consejo a 3 millones cien mil graduandos de educación secundaria, la capacidad medida en los estudiantes fue la más baja de los últimos trece años. Los índices de lectura bajaron todavía un punto más, tras una caída de cinco puntos en 2006, para el descenso más fuerte en los últimos treinta años. Los índices en matemáticas y escritura descendieron igualmente.
No es que todo esté mal; algunas universidades han notado una generación de aspirantes sobrecalificados pero, al propio tiempo, el panorama general se empobrece. Entretanto, puede uno considerar el siguiente dato sorprendente: el 25% de la población china con los mayores índices de inteligencia es más grande que la población total de Norteamérica. (Para India este índice es de 28%. Se comenta, en la presentación Shift-happens (“el desplazamiento ocurre”): estos países tienen más jóvenes sobresalientes que la cantidad total de jóvenes norteamericanos. (Puede descargarse de Internet la presentación).
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¿Son estas cosas signos inequívocos de una decadencia norteamericana, tantas veces anticipada? Lo cierto es que ya no es el optimismo acerca de los Estados Unidos el sentimiento dominante. A la caída de la Unión Soviética muchos se apresuraron a pronosticar una ineludible supremacía norteamericana, y Francis Fukuyama fue tan lejos como para anunciar “el fin de la historia”, pues ya nada podría evitar la generalización planetaria de la democracia y los mercados. Los hechos más recientes han hecho que el académico más famoso de los noventa, antaño neo-conservador partidario del gobierno de George W. Bush, se haya distanciado de éste y sugerido algunos ajustes a su simplista visión de la época.
El tocayo del presidente norteamericano, el financista y activista de la democracia George Soros, ha escrito un ensayo que titula The Bubble of American Supremacy (La burbuja de la supremacía americana), en obvia analogía con las “burbujas” de expansión financiera efímera. (Puede descargarse de Internet un archivo de audio con la lectura que hace Norman Peale del texto de Soros). Soros argumenta que el gobierno de Bush hijo ha dejado a los Estados Unidos en situación muy comprometida, que niega la posibilidad de continuación de la supremacía estadounidense.
Si evaluaciones como ésta son atinadas, lo esperable a la salida de la actual administración en Washington—que tiene cada vez menor apoyo electoral y se ha visto forzada a quedarse sin las estrellas de su estado mayor—es una contracción de la actividad y presencia norteamericana en el mundo. Ya a estas alturas, Vladimir Putin aprovecha la evidente debilidad para reafirmar su poder y restaurar la fortaleza de Rusia como potencia, Mahmoud Ahmadinejad para proseguir impertérrito en su carrera armamentista y Hugo Chávez para retar todos los días a la superpotencia norteña y culparla de todo lo malo que pueda suceder en Venezuela. Es una suerte para el mundo que pueda distinguirse en China la postura de un socio de buena fe, que no está apostando a la desestabilización, ni financiera ni política, de los Estados Unidos. (Estimación que debo al Brujo de Los Palos Grandes).
Pudiera ser que, en un sentido, el sueño americano estuviese tocando a su fin. En todo caso, las nuevas realidades que ahora confrontan los Estados Unidos pudieran acelerar la conformación de una polis planetaria verdaderamente multipolar, en la que la patria de Washington pudiera aspirar, si acaso, al sitial de primus inter pares, a la usanza de una baronía medieval que elegía al monarca de su seno.
LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Ago 28, 2007 | Fichas, Política |

LEA, por favor
George Soros es un personaje excepcional. Financista exitoso y filántropo comprometido, ha emprendido una cruzada a favor del establecimiento o fortalecimiento de “sociedades abiertas” en todo el mundo. Esto es, se trata de filantropía con apoyo teórico, centrado éste en la noción popperiana expuesta en The Open Society and its Enemies. (Karl Popper, Londres, 1945). Soros emigró de su nativa Hungría hacia Inglaterra cuando la Unión Soviética iniciaba el dominio de su patria. Allí se graduó en la London School of Economics, luego de haberse sostenido trabajando como mesonero y portero de ferrocarriles. Fue en esa venerable institución donde tomó contacto con el pensamiento de Popper.
Al inicio del capítulo 10 de su importante obra, Popper explica: “En lo que sigue, la sociedad mágica o tribal o colectivista será también llamada la sociedad cerrada, y la sociedad en la que los individuos confrontan decisiones personales la sociedad abierta”. El párrafo final reza: “Si deseamos seguir siendo humanos, entonces hay sólo un camino, el camino hacia la sociedad abierta. Debemos ir hacia lo desconocido, lo incierto y lo inseguro, usando la razón que podamos tener para planificar tanto como podamos a favor de la seguridad así como de la libertad”.
Esta aproximación de Popper es un discurso contra los colectivismos y totalitarismos de cualquier clase. Años más tarde (1961) escribiría “La miseria del historicismo”, en la que una disección lógica y metodológica del materialismo histórico marxista pone de manifiesto la falsedad del enfoque de Marx en cuanto a una inevitabilidad histórica del socialismo y el comunismo.
Las ideas liberales de Popper resonaron con las intuiciones propias de Soros, quien estableció una red de fundaciones entre las que destaca The Open Society Institute, “una fundación privada operativa y donadora, que busca moldear la política pública para promover el gobierno democrático, los derechos humanos, y la reforma económica, legal y social”.
Pero la acción de Soros va más allá de las instituciones que ha establecido, interviniendo como opinador y operador político de importancia. Recientemente, ha protagonizado una campaña de oposición a la política de George W. Bush, llegando al extremo de financiar organizaciones del campo demócrata que buscaban impedir la reelección del actual Presidente de los Estados Unidos. The Open Society Institute ha generado un comunicado por el que distingue la actividad filantrópica de Soros de sus posturas políticas particulares.
Esta Ficha Semanal #158 de doctorpolítico inicia una serie de tres entregas con discursos o fragmentos de textos de George Soros. En este caso, se reproduce acá su artículo La misión global de Europa, publicado por La Vanguardia el 26 de noviembre del año pasado. Es un texto característico de Soros: claro, inusual, casi irreverente.
LEA
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Misión Europa
Europa está en busca de su identidad. Creo que es fácil de encontrar: la Unión Europea encarna el principio de una sociedad abierta, que podría servir como fuerza para una sociedad abierta global. Permítanme explicar a qué me refiero.
El primero en utilizar el concepto de una sociedad abierta fue el filósofo francés Henri Bergson en su libro Las dos fuentes de la moral y la religión. Una fuente, según Bergson, es tribal y conduce a una sociedad cerrada cuyos miembros sienten afinidad entre sí, pero temor u hostilidad hacia los demás. La otra fuente es universal, y lleva a una sociedad abierta guiada por los derechos humanos universales que protege y promueve la libertad del individuo.
Karl Popper modificó este esquema en su libro seminal La sociedad abierta y sus enemigos, publicado en 1944. Popper señalaba que las ideologías abstractas y universales como el comunismo y el fascismo pueden poner en peligro a una sociedad abierta. Como la pretensión de estas ideologías de poseer la verdad absoluta está destinada a ser falsa, sólo se las puede imponer a una sociedad mediante la represión y la compulsión. En cambio, una sociedad abierta acepta la incertidumbre y establece leyes e instituciones que le permiten a la gente con opiniones e intereses divergentes convivir en paz.
La UE encarna los principios de una sociedad abierta hasta un punto notable. Si bien sus principios guía no quedaron plasmados en una constitución, hasta esto puede ser apropiado en el caso de una sociedad abierta porque, como sostenía Popper, nuestra comprensión imperfecta no permite definiciones permanentes y eternamente válidas de los acuerdos sociales.
La UE nació mediante un proceso de ingeniería social gradual—el método que Popper consideraba apropiado para una sociedad abierta—, dirigido por una elite perspicaz y con fines determinados que reconocía que la perfección es inalcanzable. Procedió paso a paso, estableciendo objetivos limitados con cronogramas limitados y sabiendo que cada paso resultaría inadecuado y exigiría un paso más.
El enfoque del paso a paso se frenó con la derrota de la Constitución europea. La UE ha quedado en una posición insostenible, con una membresía ampliada de 27 estados y una estructura reguladora diseñada para seis. Se erosionó la voluntad política de lograr que el proceso siguiera avanzando. Se desvaneció el recuerdo de guerras pasadas. Los sentimientos nacionalistas, xenófobos están en aumento, agravados por la imposibilidad de integrar a las comunidades de inmigrantes.
Desafortunadamente, el desorden dentro de la UE es parte de una agitación global más amplia. EE.UU. solía ser la potencia dominante y marcaba la agenda para el mundo. Pero la guerra contra el terrorismo de Bush socavó los principios básicos de la democracia norteamericana. Socavó el proceso crítico que está en el corazón de una sociedad abierta al considerar antipatriota cualquier crítica. Peor aún, la guerra contra el terrorismo fue contraproducente. Aumentó la amenaza terrorista al crear víctimas inocentes y, a la vez, derivó en una caída precipitada del poder y la influencia norteamericanos.
La UE no puede ocupar el lugar de EE.UU. como líder del mundo. Pero sí puede marcar el ejemplo, tanto dentro de sus fronteras como más allá. La perspectiva de ser miembro de la UE ha sido la herramienta más poderosa para convertir a los países candidatos en sociedades abiertas. Si bien la mayoría de sus ciudadanos no lo perciben así, la UE funciona como un ejemplo inspirador. Pero es necesario que el pueblo de Europa se sienta inspirado por la idea de la UE como el prototipo de una sociedad abierta global. Y esto significa que la UE precisa una política exterior común. Ésta es la única parte de la constitución europea que debe rescatarse con premura. Mientras tanto, no debería permitirse que la falta de una reforma institucional sirva como excusa para la inacción.
La UE ya cuenta con amplios recursos como para tener impacto en la escena mundial: la mitad de la asistencia mundial para el desarrollo en el exterior; el mayor mercado único en el mundo; 45.000 diplomáticos; la perspectiva de utilizar el comercio, la ayuda y la membresía como catalizadores para alentar a los estados vecinos a convertirse en sociedades abiertas.
Cuando Europa haya adoptado una política común habrá logrado persuadir a otros, entre ellos EE. UU., de cambiar sus posturas. Pero con demasiada frecuencia la UE no está a la altura de su potencial. Por ejemplo, Europa hizo pocos progresos a la hora de formular una política energética común. Como resultado, cada vez depende más de Rusia. Más, el trato que la UE da a Turquía está empujando a un aliado importante en la dirección equivocada. También se están gestando problemas en algunos de los países miembro recientemente admitidos, como Hungría y Polonia, donde la UE podría ejercer un papel más activo en cuanto a promocionar la estabilidad política.
De más está decir que una política exterior común no debería ser antinorteamericana. Una postura de este tipo sería contraproducente, porque reforzaría la división de la comunidad internacional que inició la Administración Bush. Pero la UE puede marcar un ejemplo de cooperación internacional que EE. UU., bajo un liderazgo diferente—cosa que probablemente suceda—terminaría emulando.
George Soros
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