por Luis Enrique Alcalá | May 12, 2009 | Fichas, Política |

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Exactamente dentro de quince días, el 27 de mayo, pasará a formar parte del grupo de los sexagenarios o sesentones la periodista y escritora mexicana Alma Guillermoprieto. Es pluma prestigiosa, especializada en reportar revoluciones en América Latina. Ella misma se describe así: “Soy una cronista que se ocupa de juntar palabras de manera que mis lectores tengan la sensación de haber estado en un lugar, de haber entendido algo importante y se hayan emocionado”. (En entrevista que le hace Juan Cruz y publica El País de Madrid el 1º de febrero de este año). Su libro más famoso es La Habana en un espejo (Mondadori, 2005), en el que descubre las limitaciones de la dictadura castrista.
Guillermoprieto, nacida en Ciudad de México, fue antes bailarina profesional de danza moderna, que estudió en Nueva York. En la década de los setenta, escribió primero para The Guardian y luego para el Washington Post. En los ochenta ya era jefa para América del Sur en Newsweek. En la década siguiente escribió en The New Yorker y The New York Review of Books, a los que se unió National Geographic ya en el siglo XXI.
Es de esta revista justamente un trabajo suyo publicado en julio de 2008: El nuevo orden de Bolivia. Su primera mitad forma esta Ficha Semanal #241 de doctorpolítico.
Son típicas de Guillermoprieto ciertas inexactitudes. Por ejemplo, afirma que los cinco períodos presidenciales que siguieron al cese de la dictadura militar en 1982 no provinieron de elecciones “sino de la designación de un candidato de la clase blanca gobernante”. Esto no es así; todos los presidentes de Bolivia en ese tramo resultaron triunfantes en las elecciones o fueron designados constitucionalmente por el Congreso, tras elecciones en las que ningún contendiente obtuvo ventaja legalmente definitiva, o asumieron desde la vicepresidencia u otro cargo en la línea de sucesión ante la falta absoluta del presidente. (En otro artículo para National Geographic—Venezuela según Chávez, del 18 de abril de 2006—escribe: “La mejor manera de comprender el hechizo que el Presidente de Venezuela ejerce en sus conciudadanos es hacer lo que ellos hacen todos los domingos a las once de la mañana: arrellanarse frente al televisor en su sillón favorito, con una buena dotación de bebidas y bocadillos, para ver la transmisión de Aló Presidente, la comunión semanal de Hugo Chávez con su país”. La construcción hace pensar que al menos una gran mayoría de los venezolanos ve Aló Presidente, cuando su rating promedio no pasa de 12%).
Pero, en general, los trabajos de Alma Guillermoprieto retratan con muy suficiente fidelidad la realidad que encuentra en América Latina, que siente su patria. Lo que aquí pinta de Bolivia es fenómeno que no se puede desconocer o interpretar de manera distinta a la suya.
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Aimara, quechua, guaraní
Villa Tunari es un pequeño poblado tropical del centro de Chapare, una provincia boliviana. Hace tres años, se expresaron aquí las profundas raíces y el poderío de la revolución étnica de esta nación andina. En aquel entonces, la región había sido afectada por numerosas inundaciones que dejaron ríos revueltos, puentes destruidos, derrumbes y muerte. Varios vehículos, entre ellos un autobús lleno de reporteros, quedaron atrapados a 16 kilómetros de la localidad, cerca del crecido Río Espíritu Santo, entre un túnel sellado por un derrumbe y el puente más cercano que había colapsado. ¿Qué clase de persona se presentaría en medio de esta catástrofe para escuchar un discurso de campaña y lanzar consignas? La respuesta fue una multitud compuesta por miles de descendientes de los pueblos indígenas, u originarios, de Bolivia. Muchos cruzaron ríos desbordados y caminaron por kilómetros para llegar a las afueras de Villa Tunari, sin preocuparse por la insistente lluvia y el lodo que les llegaba a los tobillos y les arrancaba los huaraches. Algunos miembros de la prensa logramos cruzar el río en un todoterreno a lo largo de las ruinas del puente. Cuando llegamos, la gente llevaba horas bajo el diluvio, hombro con hombro y apretados alrededor de un endeble podio, tiritando bajo capas de plástico o empapados hasta la médula. Sin embargo, ahí permanecieron hasta el final del mitin, cuando se puso el sol. Estos hombres y mujeres se habían reunido aquí con una misión histórica: tras siglos de humillación y desafiando a la ley de probabilidades, el siguiente presidente de Bolivia, Evo Morales, estaba a punto de surgir de entre sus filas. Este hombre, elegido en diciembre de 2005 en una de las naciones más inestables de América Latina, sigue en el poder dos años y medio después. Su gobierno se ha visto atestado de dificultades: Bolivia está partida geográficamente entre las tierras bajas tropicales y el altiplano empobrecido. Hoy estas dos regiones se encuentran más divididas que nunca políticamente. Un movimiento autonomista en la parte oriental, donde habita más población blanca, amenaza la estabilidad del gobierno. Merece la pena recordarlo improbable que parecía en ese entonces el ascenso al poder de Morales, incluso aquel día en Villa Tunari, cuando faltaban solamente semanas para la elección. En la capital administrativa, La Paz, varios hombres influyentes de tez clara y vestidos de traje, con los que hablé días antes de la reunión, contemplaban con una mezcla de desprecio y asombro la posibilidad de que ganara. ¿Un presidente indígena? No triunfaría jamás. O bien, será elegido, pero su gobierno estaría condenado al fracaso en el corto plazo.
En el podio, los hombres lucían guirnaldas hechas de flores y hojas de coca y hablaban en lenguas que yo no entendía, el quechua y el aimara, del antiguo Imperio inca, y que hoy siguen siendo más usadas por ese publico que el español. El candidato, cuyo rostro amplio y nariz aguileña sobresalían en medio de las guirnaldas de coca, fruta y verdura, avanzó y empezó a hablar en español con acento. “¡Somos aimaras, quechuas, guaraníes, los propietarios legítimos de esta noble tierra boliviana!”, gritó entre exclamaciones y aplausos. La algarabía no se hizo esperar. En algún lugar, sonaba un bombo. ¿Un presidente cuya lengua materna no fuera el español? Imposible.
Los hombres y mujeres a mi lado me ignoraban cuando intentaba entablar una conversación. Olían a lana mojada y humo. La mayoría de las mujeres usaban sombreros de paja sobre sus trenzas negras, al estilo quechua, y traían polleras de terciopelo de colores intensos sobre enaguas cortas. Las mujeres aimaras, que en general son de complexión más robusta y caras más anchas, vestían faldas largas, chales bordados y bombín en la cabeza. Los hombres usaban pantalones viejos y camisas de poliéster remendados. En la mejilla de cada uno se podía ver un bulto: los hojas de coca que mastican todo el tiempo los nativos de los Andes.
La multitud respondió a una exhortación del candidato con un canto, moviendo sus puños en el aire, zapateando y agitando sus banderas. “Sus esfuerzos no serán en vano”, dijo Morales. Y aclamaron al futuro presidente de Bolivia y a sí mismos. Habían luchado juntos desde que él era un campesino como ellos, el cocalero y líder de una batalla larga y difícil contra las fuerzas antidrogas de Estados Unidos, concentradas en esta región. Lucharon con tesón y prácticamente sin armas en interminables confrontaciones con los militares y la policía antidrogas. La estrategia consistía en no ceder ante nada, de la misma manera en que demostraban apoyo a su candidato bajo la lluvia.
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El ascenso al poder de una nueva elite de pueblos indígenas militantes era inevitable. Hace casi quinientos años, los conquistadores españoles llegaron y transformaron el territorio boliviano básicamente en un campo de trabajos forzados. Las comunidades quechuas y aimaras del altiplano fueron separadas y su gente fue obligada a trabajar en minas sofocantes o en haciendas. Se les permitía la libertad suficiente para obtener apenas lo indispensable para vivir de la tierra. Los habitantes originales del Amazonas de Bolivia corrieron con la misma suerte. Después de la independencia del país, en 1825, se les envió a las tierras bajas para trabajar en la recolección de látex de los árboles de caucho. Apenas en los años ochenta del siglo XX, las comunidades indígena migrantes del altiplano—como las que se establecieron en Chapare—los expulsaron de sus tierras fértiles. La historia andina está marcada por estas rebeliones indígenas, pero prácticamente todas han terminado en tragedia y el cambio no ha llegado. A lo largo de Bolivia, ya muy avanzado el siglo XX, el uso de siervos seguía siendo legal. Actualmente, fuera de los núcleos urbanos, los patrones aún tienen la aterradora costumbre de violar a las mujeres a su servicio, y los hijos de estas uniones deben soportar el estigma de por vida.
En 1952, una revolución nacionalista resultó en la reforma agraria y les dio el voto a las mujeres y los indígenas (antes excluidos por “analfabetas”). Sin embargo, el país pasó la mayor parte del siglo bajo el mando de una elite militar corrupta. Cuando el ejército finalmente se retiró del poder y convocó a elecciones en 1982, Bolivia era el país más pobre de América del Sur y su deuda externa estaba entre las más grandes. Carecía de experiencia sobre la vida cívica moderna y el abismo entre la mayoría indígena y la minoría blanca era infranqueable. Los siguientes cinco períodos presidenciales no fueron fruto de elecciones sino de la designación de un candidato de la clase blanca gobernante.
Esto no significa que en el lugar imperara la apatía. El país estaba en un estado de revuelta constante, gracias a los sacerdotes radicalizados, sindicatos y organizaciones locales, así como a miles de mineros desempleados y altamente politizados del altiplano que migraron a la región de Chapare para establecerse como cocaleros. Estos agricultores, que cultivaban algo que en Bolivia es tan tradicional como el tabaco, y que con frecuencia desviaban al mercado ilegal de la cocaína, lucharon contra tropas bolivianas entrenadas por las fuerzas especiales estadounidenses. Los sacerdotes y los líderes sindicales organizaron comunidades enteras para que marcharan por sus derechos. Una guerrilla indigenista de corta duración bombardeó algunas torres de alta tensión y planteó la idea del retorno al Imperio inca, A partir de 2000, cada día parecía traer una nueva avalancha de marchas, bloqueos de caminos y huelgas.
En diciembre de 2005, como si repentinamente los indígenas bolivianos se percataran del poder de sus números, el grupo se lanzó a votar con una meta común. En el censo de 2001, 62% de la población se identificaba como indígena. Seis semanas después del mitin en Villa Tunari, Evo Morales ganó la elección presidencial con 54% (la primera victoria mayoritaria de esta magnitud en décadas) y con el índice de abstencionismo más bajo de la historia de este país. Las comunidades originarias del territorio nacional eligieron a docenas de miembros como representantes para ambas cámaras del congreso. Tras la toma de posesión, en una ceremonia que incluyó ritos andinos tradicionales oficiados por amautas, o sabios, quechuas y aimaras, el presidente Morales nombró cuatro ministros de su gabinete que tenían apellidos indígenas con sus tradicionales vestimentas coloridas. Además del español, las 36 lenguas indígenas que se hablan en Bolivia fueron declaradas oficiales en el proyecto de la carta magna. Cinco siglos tras la conquista, se vislumbraba la posibilidad de un Nuevo Mundo en Bolivia.
Alma Guillermoprieto
por Luis Enrique Alcalá | May 7, 2009 | Cartas, Política |

El bien, quisimos el bien:
enderezar al mundo.
No nos faltó entereza:
nos faltó humildad.
Lo que quisimos no lo quisimos con inocencia.
Octavio Paz
Nocturno de San Ildefonso
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Por estos días, quien escribe cree haber entendido incidentes diversos como verdaderas revelaciones. Si pensara en inglés, diría que ha sido sujeto de sucesivas epifanías.
La primera de ellas tiene que ver con la ira, que es pecado capital al que el suscrito tiene alguna propensión. Varios episodios inconexos fueron manifestaciones de ira inexplicable, desproporcionada, injustificada. En uno de ellos, observado a corta distancia, el conductor de un automóvil dobló a su derecha para entrar al garaje de su residencia, en calle de poco tráfico dentro de urbanización usualmente apacible. Detuvo su carro enfilado a la puerta y se bajó para abrirla. Detrás de él venía otro carro, manejado por una dama que hizo sonar la corneta del vehículo con furia e insistencia. El aludido gritó y manoteó en el aire, reclamando la agresión auditiva. La señora se bajó del carro que conducía y manoteó en el aire y gritó largo rato, reclamando con insultos y groserías la ausencia de una luz de cruce a quien llegaba por fin a su casa a descansar, quién sabe atravesando qué tráfico. Siguieron discutiendo. Mutuas amenazas fueron proferidas en un tono tan airado que merecería causas verdaderamente heroicas. Minutos después se disolvió el diferendo. El señor logró entrar en su casa; la señora prosiguió su camino. Cada uno habrá pensado: “¡Ahora sí me voy del país!”
La reverberación de los gritos pareció permanecer todavía unos buenos minutos, levitando en el sitio del intrascendente suceso. Con facilidad se entendía que la ira expuesta con tanta intensidad no podía provenir del mero episodio. La adrenalina de los ciudadanos conductores había estado, previamente, a punto de desbordarse, almacenada en cantidad creciente, retenida a duras penas. Uno no se pone así, no llega a esos extremos por causa tan insignificante. Habrían bastado una o dos groserías normales de lado y lado.
El incidente referido fue el más resonante y dramático; los otros fueron, sin embargo, del mismo tipo: la manifestación de una ira previa, no proporcional al estímulo inmediato que la desataba. Las condiciones basales de la gente venezolana son hoy de enfurecimiento retenido, y su matriz de origen es política.
Es estar atónito ante el atropello indetenible de un régimen que no respeta ninguna disidencia lo que pone al ciudadano común, desesperado porque no ve salidas, en anomia destructiva que se emprende contra quien se ponga por delante. Es tener miedo. Es trocar el temor en ira. Es un estado que el régimen busca. Es, cree el régimen, algo que le conviene.
El enjambre ciudadano, paulatinamente, se africaniza.
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Pero como admitiera al inicio, la ira no me es desconocida, y creí entonces que se me había revelado que debía controlarla. “¿Tendré que tomar uno de esos cursos de gestión de la ira?”, pensé. Temí que yo pudiera ponerme en una situación como la que acababa de ver o en una peor, incontrolable, de consecuencias imprevisibles, quizás graves o definitivas. Debía tener a la mano un método de anger control. ¿Hacer yoga? ¿Meditación trascendental? ¿Contar hasta diez? ¿Poner la otra mejilla?
Pocas horas después, el incidente y ese primer efecto en mí estaban mejor digeridos. El proceso político venezolano de los últimos años—medité—ha sido muy importante. No se parece casi a la política venezolana que habíamos vivido hasta 1999 desde la caída de Pérez Jiménez. No se trata tampoco del gobierno de los Monagas, o el de Joaquín Crespo. El gobierno actual es mucho más penetrante e invasivo que cualquier otro gobierno aguantado por Venezuela en toda su historia. Es comparable en transformación sólo a la Independencia, a nuestra guerra civil de la Federación, quizás a la Revolución Restauradora. Pero no ha sido período de enfrentamientos en el campo de batalla. Tampoco es una guerra fría; más bien es tibia, intermedia entre los tiros y la diplomacia. Una guerra, sí, librada sin cesar y en escalada de aceleración reciente, del Presidente de la República contra la mitad de la población, por la medida chiquita. Es un proceso de proporciones para nosotros gigantescas, tal vez no para los chinos.
¿Podría uno vivirlo sin extraer de tan portentoso cambio aunque fuera una lección profunda? ¿Que lección debiera aprender uno de estas cosas?
Una vez más, supe que el Presidente de la República conoce las consecuencias psicológicas de practicar su plan en plan arrollador. Tal vez crea que sólo rechaza esto el 15 a 20% de la población que dice ser de oposición e identificarse con algún partido. Cuando supo de los resultados del referendo del 15 de febrero no sabía cómo explicarse la cantidad de negativas. “No hay cinco millones de ricachones”, y culpó del fenómeno a los medios que no se le han plegado. Ellos habrían impedido que el apoyo superara 56% en febrero; de no ser por su intervención tendría que tener la aprobación de 80% del país, dijo. Pero él mismo conoce las bajas cifras de rating de Globovisión y Televén, y sabe que estas plantas no podrían haberle escamoteado veinticuatro puntos de apoyo. No pueden ser tan eficaces. Esos chivos expiatorios no son explicación; la teoría no es tal, es una coartada.
A pesar de tal cosa, está tan convencido de andar por bueno y épico camino que arremete y amenaza cada vez con más furia, y sabe que así es temido por una buena cantidad de la población, a la que quiere toda bajo su control.
Él quiere atemorizarnos, dispersar a sus opositores en estampida de retirada. ¿Vamos a complacerle la estrategia? ¿Es la negativa a esta pregunta la profunda lección que debo aprender de proceso político tan fuerte, o hay algo más que no he visto? ¿Qué me enseña la dominación de Chávez? ¿No debemos preguntarnos todos lo mismo? ¿Qué es lo que hemos aprendido?
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Los versos del epígrafe, encontrados en texto de Inocencio Reyes Ruiz sobre el libro más reciente de Enrique Krauze (El poder y el delirio), me hicieron regresar a la época de mi tercer año de universidad, cuando verdaderamente conocí la política. Comenzaba en Venezuela la subversión armada en guerrillas, y yo estudiaba a 75 kilómetros del primer foco guerrillero del país, el de La Azulita, en el estado Mérida.
Fue en San Javier del Valle—en la casa de retiros que la Compañía de Jesús construyó (en conmemoración del accidente de aviación en el que dos decenas de alumnos del Colegio San José de Mérida perecieron en 1950)—, donde trabé conocimiento con el padre Manuel Aguirre Elorriaga. El fundador de la revista SIC, el Centro Gumilla y los sindicatos “autónomos” cristianos (CODESA), había ideado un cursillo de una semana para informar a jóvenes de las dimensiones del “problema social moderno” en el mundo y en Venezuela, e instruirlos en tres ideologías que pretendían darle respuesta: el liberalismo, el marxismo y la doctrina social católica. El Cursillo de Capacitación Social ofrecía también clases de oratoria y prácticas diarias de debate regido por las normas del orden parlamentario.
Hay que decir que, puesto a escoger, Manuel Aguirre habría optado por el marxismo si sólo existieran esa ideología y la ideología liberal, si no hubiera habido la “tercera vía” de la Doctrina Social de la Iglesia. En 1962, explicó en San Javier a una treintena de jóvenes que la propiedad conllevaba, según la doctrina expuesta por León XIII, Pío XI y Juan XXIII, una función social, incluso cuando se trataba de la posesión de facultades intelectuales, y que el derecho a la vida era de orden superior al derecho de propiedad, siendo por tanto lo indicado absolver a quien hubiera robado una gallina para alimentar a una hija pequeña y desnutrida de pobreza. Era exactamente el mismo argumento y ejemplo que Hugo Chávez arrojaría a Cecilia Sosa, Presidenta de la Corte Suprema de Justicia, el 4 de febrero de 1999 en discurso ante desfile militar, que ordenó en Los Próceres para celebrar el séptimo aniversario de su alzamiento.
Quien pasara por las manos de Manuel Aguirre escucharía el reclamo de que era un burgués blandengue que ignoraba la realidad del “problema social” de la pobreza, y de algún modo era impelido a sentir alguna envidia o inferioridad en relación con los jóvenes marxistas del Partido Comunista de Venezuela y el Movimiento de Izquierda Revolucionaria, quienes sí tendrían, más que nosotros—blandengues burgueses—la vocación social de remediar la injusticia de una distribución torcida de las riquezas.
Por esto pude reconocer esa época en el verso de Paz: “El bien, quisimos el bien”. No en balde era nuestro tiempo el de los hippies. Todavía creíamos quererlo con inocencia, aunque ya hubiésemos adquirido algo de inmodestia.
Ahora bien, la coyunda de estos ecos poéticos y las remembranzas que les corresponden, seguramente, surgió porque yo mismo acababa de leer el prólogo de Enrique Krauze a El poder y el delirio, obra en la que creo encontrar una buena cantidad de inexactitud. Krauze lo cierra con una idea-programa de Octavio Paz que me había dejado pensativo: “Debemos buscar la reconciliación de las dos grandes tradiciones políticas de la modernidad, el liberalismo y el socialismo. Es el tema de nuestro tiempo”.
Ésa es—creo ahora al releer a Paz después de haber visto la furia y el temor de estos días—la lección que debemos aprender de nuestro duro camino de una década. Es la forma correcta de trascender a Chávez.
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Algunas sociedades parecen haber encontrado fórmulas de síntesis. Fue ayer cuando leyera, gracias a oportuno aviso de Jesús Eduardo Rodríguez, un artículo de Russell Shorto (Going Dutch) en la revista de The New York Times, publicado el pasado domingo. Se maravilla el articulista: “Pasé los meses iniciales en Ámsterdam bajo la impresión de que vivía en un sistema cuasi socialista, construido sobre ideas originadas en los cerebros de Marx y Engels. Es éste uno de los aspectos desconcertantes de Holanda. Es, y lo ha sido por largo tiempo, un país grandemente capitalista—los holandeses fueron pioneros de la corporación multinacional y adelantaron el concepto de acciones de capital, y el último año el país fue el tercer inversionista más grande en negocios de los Estados Unidos—, y sin embargo tiene lo que he llegado a creer que es un vasto Estado socialista de bienestar. ¿Cómo pueden coexistir estos sistemas de valores en polos opuestos?”
Con algo más de detalle, Octavio Paz especificó la misión política de nuestro tiempo en su conferencia—La búsqueda del presente—al recibir el Premio Nobel de Literatura de 1990:
La declinación de las ideologías que he llamado metahistóricas, es decir, que asignan un fin y una dirección a la historia, implica el tácito abandono de soluciones globales. Nos inclinamos más y más, con buen sentido, por remedios limitados para resolver problemas concretos. Es cuerdo abstenerse de legislar sobre el porvenir. Pero el presente requiere no solamente atender a sus necesidades inmediatas: también nos pide una reflexión global y más rigurosa. Desde hace mucho creo, y lo creo firmemente, que el ocaso del futuro anuncia el advenimiento del hoy. Pensar el hoy significa, ante todo, recobrar la mirada crítica. Por ejemplo, el triunfo de la economía de mercado—un triunfo por default del adversario—no puede ser únicamente motivo de regocijo. El mercado es un mecanismo eficaz pero, como todos los mecanismos, no tiene conciencia y tampoco misericordia. Hay que encontrar la manera de insertarlo en la sociedad para que sea la expresión del pacto social y un instrumento de justicia y equidad. Las sociedades democráticas desarrolladas han alcanzado una prosperidad envidiable; asimismo, son islas de abundancia en el océano de la miseria universal. El tema del mercado tiene una relación muy estrecha con el deterioro del medio ambiente. La contaminación no sólo infesta al aire, a los ríos y a los bosques sino a las almas. Una sociedad poseída por el frenesí de producir más para consumir más tiende a convertir las ideas, los sentimientos, el arte, el amor, la amistad y las personas mismas en objetos de consumo. Todo se vuelve cosa que se compra, se usa y se tira al basurero. Ninguna sociedad había producido tantos desechos como la nuestra. Desechos materiales y morales.
Reconciliaremos el liberalismo y el socialismo, como quería Octavio Paz, abandonándolos a ambos; como él mismo sugirió, superándolos. Son como dos escaleras de Wittgenstein que llevan al salón del futuro: “Mis proposiciones sirven como elucidaciones del siguiente modo: cualquiera que me entienda termina por reconocerlas como sin sentido, cuando las ha usado—como escalones—para trepar más allá de ellas. (Debe, por así decirlo, arrojar lejos la escalera después de haber subido por ella). Debe trascender estas proposiciones, y entonces verá el mundo correctamente”. (Ludwig Wittgenstein, Tractatus Logico-Philosophicus, Proposición 6.54 o penúltima).
luis enrique ALCALÁ
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por Luis Enrique Alcalá | May 7, 2009 | LEA, Política |

La Folha de Sao Paulo ha publicado una entrevista exclusiva al ex presidente norteamericano James Carter, en la que augura mejores relaciones entre los Estados Unidos y las repúblicas de América Latina. Para Carter, “Latinoamérica será mucho más importante para Estados Unidos de lo que ha sido en los últimos ocho años, un período en que la Casa Blanca virtualmente sólo cometió errores”.
Carter saludó lo acontecido en la cumbre de Trinidad, en la que Barack Obama “dejó la puerta abierta para Cuba y tendió la mano a Bolivia, Ecuador y Venezuela”. Hizo, sin embargo, una excepción: “Veo disposición de dialogar con Obama en todos los países de la región, Nicaragua exceptuada. El discurso del presidente Ortega en la Cumbre de las Américas fue muy negativo”.
Apartando esta salvedad, Carter predicó la mayor amplitud del gobierno de su país: “No creo que se trate de una disputa para subvertir las relaciones de ciertos países con Venezuela o Bolivia. Tenemos lazos de respeto con la región y no opinamos sobre qué hacen o dejan de hacer los países. Además, no somos enemigos de China ni de Rusia, y no deberíamos ser enemigos de Irán. Obama quiere una buena relación con todos”.
Por supuesto, no faltarán quienes denuncien esta postura como entreguismo romántico, en el mejor de los casos, o como traición a los ideales estadounidenses de libertad. Para comentaristas de este tipo, la posición de Carter es fácilmente comprensible: el ex presidente de los Estados Unidos habría cohonestado un fraude electoral en Venezuela en 2004, cuando su fundación era socio observador electoral de la Organización de Estados Americanos.
Nadie cree eso en el exterior, no obstante, y cada vez menos gente sostiene esa leyenda urbana en Venezuela. (Ya en 2005, Alejandro Plaz, alto directivo de Súmate, admitió, ante asedio insistente de Pedro Pablo Peñaloza que le entrevistaba para El Universal, que no se había podido demostrar ese presunto fraude y que tampoco se podría en el futuro).
Ahora pudiera ganar el gobierno de Chávez otra batalla de opinión internacional. Manuel Rosales se ha asilado en Perú para no someterse a jueces que responderían a intereses políticos del gobierno, pero éste puede ahora mostrar que busca el enjuiciamiento de Juan Barreto, el antecesor de Antonio Ledezma en la Alcaldía Metropolitana, por presuntos delitos parecidos a los imputados a Rosales. Añádanse a este vistoso caso los procesos contra Raúl Isaías Baduel, ex Ministro de Defensa, Eduardo Manuitt, ex gobernador de Guárico, y Carlos Giménez, ex gobernador de Yaracuy, y el gobierno podrá decir que en su lucha contra la corrupción va contra un opositor mientras va contra cuatro que militaron en sus filas y gobernaron bajo Chávez.
En un sitio web afecto al “proceso”, puede leerse artículo de Natalí Vásquez denunciando la acusación de Giménez como maniobra contrarrevolucionaria. (http://www.aporrea.org/ideologia/a53988.html)
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por Luis Enrique Alcalá | May 5, 2009 | Fichas, Política |

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El segundo gobierno de Rafael Caldera, sobrevenido al término del período que inició Carlos Andrés Pérez y completó Ramón J. Velásquez, en virtud de una grave situación económica (heredada del período anterior y agravada por la crisis bancaria de 1994), la debilidad del apoyo político-electoral al gobierno (por Caldera votó sólo el 18% del electorado) y la edad del Presidente, transcurrió en una perpetua discusión en torno a si éste culminaría su segundo mandato de cinco años. (Hasta una reunión del Grupo Santa Lucía en 1996 llegó, de la mano de Elías Santana, el astrólogo José Bernardo Gómez a predecir la inminente muerte de Rafael Caldera).
El tema de la sucesión de Rafael Caldera había sido puesto en el tapete por nadie menos que el propio Canciller de la República, el Dr. Miguel Angel Burelli Rivas, el 9 de abril de 1995. Ese día el Canciller fue entrevistado por Marcel Granier en el programa Primer Plano, de Radio Caracas Televisión. Hacia el final de su comparecencia en el programa, Burelli Rivas planteó una eficaz y contundente defensa del gobierno de Rafael Caldera, destacando, entre otras cosas, que ese gobierno había tenido que consumir el tránsito de 1994 en el manejo de una crisis tras otra. Pero también dijo el Canciller que Venezuela se encontraba en la peligrosa situación, harto indeseable, de la siguiente disyuntiva: “Caldera o el caos”. Por último, Burelli Rivas declaró que a su juicio pocas tareas nacionales revestían tanta importancia como la de construir una “alternativa a Rafael Caldera”.
Era sorprendente la franqueza con la que Miguel Angel Burelli Rivas, desde su posición de ministro de Rafael Caldera, esbozara tan tempranamente el agudo problema. Parece más adecuado evaluar tan grave declaración no como un desliz de la lengua del Canciller, sino como un tema que probablemente habría comentado con el propio presidente Caldera. Hay que suponer, por tanto, que el mismo Rafael Caldera había dedicado algún tiempo a la misma preocupación. (También, por supuesto, era bastante probable que el propio Burelli Rivas pretendiera hacerse con la sucesión. Luego de la asonada del 4 de febrero de 1992, y junto con Arturo Úslar Pietri, Caldera y Burelli Rivas habían asomado la conveniencia de la renuncia de Carlos Andrés Pérez; el suscrito la propuso el 21 de julio de 1991: “El Presidente debiera considerar la renuncia. Con ella podría evitar, como gran estadista, el dolor histórico de un golpe de Estado, que gravaría pesadamente, al interrumpir el curso constitucional, la hostigada autoestima nacional. El Presidente tiene en sus manos la posibilidad de dar al país, y a sí mismo, una salida de estadista, una salida legal”).
El tema de la sucesión de Caldera fue acometido poco después de la entrevista a Burelli Rivas por referéndum, una publicación del suscrito (1994-98). Esta Ficha Semanal #240 de doctorpolítico reproduce la sección final del artículo en referéndum (Rafael Caldera & Sucs.)
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Après moi, le déluge
¿Cuáles son, en general, los rasgos deseables en un Presidente de la República a las alturas del cierre del siglo XX?
Normalmente se piensa que las características de un candidato presidencial, de un gobernante, deben corresponder a la idea de que la política es, esencialmente, una actividad de combate, una actividad polémica. En noviembre de 1989 un cierto Diputado marabino al Congreso de la República justificaba su apoyo a Oswaldo Alvarez Paz a la Gobernación del estado Zulia en los siguientes términos: “Oswaldo va a ser el mejor gobernador porque él es el mejor orador del Congreso”.
Es así como se ha creído que los rasgos deseables en un gobernante son los de un peleador que mantiene constantemente un ceño adusto y levanta enérgicamente sus puños o los dedos índice de cada mano; que debe estar adiestrado, contradictoriamente, en el arte de negociar y conciliar; que debe ser, por encima de todo, el triunfador en una larga carrera de obstáculos dentro de una organización partidista para hacerse con la candidatura.
Sobre este tema escribíamos en febrero de 1985:
“Esa nueva manera de hacer política requiere un nuevo actor político. El actor político tradicional pretende hacer, dentro de su típica organización partidista, una carrera que legitime su aspiración de conducir y gobernar una democracia. Sin embargo, el adiestramiento y formación que imponen los partidos a sus miembros es el de la capacidad para maniobrar dentro de pequeños conciliábulos, de cerrados cogollos y cenáculos. Se pretende ir así de la aristocracia a la democracia. El camino debe ser justamente el inverso. Debe partirse de la democracia para llegar a la aristocracia, pues no se trata de negar el hecho evidente de que los conductores políticos, los gobernantes, no pueden ser muchos. Pero lo que asegura la ruta verdaderamente democrática, no la ruta pequeña y palaciega de los cogollos partidistas, es que ese pequeño grupo de personas que se dediquen a la profesión pública sean una verdadera aristocracia en el sentido original de la palabra: el que sean los mejores. Pues no serán los mejores en términos de democracia si su alcanzar los puestos de representación y comando les viene de la voluntad de un caudillo o la negociación con un grupo. No serán los mejores si las tesis con las que pretenden originar soluciones a los problemas no pueden ser discutidas o cuestionadas so pena de extrañamiento de quien se atreva a refutarlas.
Ese nuevo actor político, pues, requiere una valentía diferente a la que el actor político tradicional ha estimado necesaria. El actor político tradicional parte del principio de que debe exhibirse como un ser inerrante, como alguien que nunca se ha equivocado, pues sostiene que eso es exigencia de un pueblo que sólo valoraría la prepotencia. El nuevo actor político, en cambio, tiene la valentía y la honestidad intelectual de fundar sus cimientos sobre la realidad de la falibilidad humana. Por eso no teme a la crítica sino que la busca y la consagra.
De allí también su transparencia. El ocultamiento y el secreto son el modo cotidiano en la operación del actor político tradicional, y revelan en él una inseguridad, una presunta carencia de autoridad moral que lo hacen en el fondo incompetente. La política pública es precisamente eso: pública. Como tal debe ser una política abierta, una política transparente, como corresponde a una obra que es de los hombres, no de inexistentes ángeles infalibles.
Más de una voz se alzará para decir que esta conceptualización de la política es irrealizable. Más de uno asegurará que «no estamos maduros para ella». Que tal forma de hacer la político sólo está dada a pueblos de ojos uniformemente azules o constantemente rasgados. Son las mismas voces que limitan la modernización de nuestra sociedad o que la pretenden sólo para ellos.
Pero también brotará la duda entre quienes sinceramente desearían que la política fuese de ese modo y que continúan sin embargo pensando en los viejos actores como sus únicos protagonistas. Habrá que explicarles que la nueva política será posible porque surgirá de la acción de los nuevos actores.
Serán, precisamente, actores nuevos. Exhibirán otras conductas y serán incongruentes con las imágenes que nos hemos acostumbrado a entender como pertenecientes de modo natural a los políticos. Por esto tomará un tiempo aceptar que son los actores políticos adecuados, los que tienen la competencia necesaria, pues, como ha sido dicho, nuestro problema es que «los hombres aceptables ya no son competentes mientras los hombres competentes no son todavía aceptables».
Porque es que son nuevos actores políticos los que son necesarios para la osadía de consentir un espacio a la grandeza. Para que más allá de la resolución de los problemas y la superación de las dificultades se pueda acometer el logro de la significación de nuestra sociedad. Para que más allá de la lectura negativa y castrante de nuestra sociología se profiera y se conquiste la realidad de un brillante futuro que es posible. Para que más allá de esa democracia mínima, de esa política mínima que es la oferta política actual, surja la política nueva que no tema la lejanía de los horizontes necesarios”.
Por ahora postulamos que uno de los rasgos necesarios para conducir con tino y propiedad ese tránsito que el IX Plan de la Nación vislumbra como la inserción de Venezuela en la sociedad global del siglo XXI, es la condición que Alexis de Tocqueville definía como el “verdadero arte del Estado”: “…una clara percepción de la forma como la sociedad evoluciona, una conciencia de las tendencias de la opinión de las masas y una capacidad para predecir el futuro…” (Alexis de Tocqueville. El Antiguo Régimen y la Revolución).
Para que sean altas las probabilidades de éxito en un conductor político a fines de este Milenio Segundo, es preciso que la persona en cuestión entienda verdaderamente el sentido de la actual transición de la humanidad. Es difícil que esto se dé en alguien cuyas raíces y cuya formación sean tradicionales. La formación de corte humanístico, preferiblemente en el campo del Derecho, resultará menos útil que una formación de raíz científica, de comprensión de sistemas complejos. La preocupación y el estudio consistente del futuro será más importante que la erudición historicista, típica en aquellos que han pululado en la escena política nacional. Lo que se requiere, antes que un historiador, es un estratega inmerso en las corrientes más actuales de la reflexión sobre el mundo actual y el venidero.
Igualmente será importante que el nuevo conductor político haya demostrado ser exitoso en el manejo de organizaciones de cierta complejidad, a través, fundamentalmente, de su capacidad de generar esquemas estratégicos convincentes que produzcan la entusiasta motivación de las organizaciones que hayan dirigido.
Finalmente, el candidato en cuestión deberá ser alguien que entienda el valor profundo de la democracia, de la contribución de los Electores en el importante y difícil arte de gobernar. Si un pretendiente al trono de Miraflores, si un aspirante a reposar en el lecho matrimonial de La Casona, no tiene escrúpulos en manipular, con las más poderosas técnicas de la psicología social, del mercadeo político en el que se han convertido las campañas electorales, la psiquis desprevenida de los Electores, estará evidenciando que no es el hombre necesario.
Por encima de todo, el hombre indicado deberá ser el poseedor de una visión de país. No podemos continuar siendo gobernados por hombres, más o menos dignos, más o menos honestos, más o menos hábiles en el arte de maniobrar y combatir a los contrincantes, si carecen de un concepto estratégico que sirva de marco a la tarea cotidiana de la conducción del Estado.
La pregunta a hacerse, entonces, es la siguiente: ¿existen en Venezuela personas que correspondan, en grado apreciable, a los rasgos necesarios a un gobermnante adecuado? Creemos que la respuesta es positiva. La conciencia nacional ha experimentado muchos cambios, los profesionales del país han aprendido mucho, e incluyen ahora una amplia gama de buenas cabezas que han seguido trayectorias diferentes a las de los políticos tradicionales y que, en consecuencia, entienden a la sociedad desde percepciones y perspectivas más modernas y pertinentes. Nuestra predicción consiste en afirmar que veremos la emergencia de estos personajes en la escena política nacional a corto plazo.
Pero exigiríamos también en los nuevos líderes la capacidad de “librar por todos”. Es preciso reconciliar a la Nación, y no será sano que ésta sea gobernada por los portadores de reconcomios y vindictas. Desde una postura clínica debe comprenderse que en gran medida son responsables los modelos de la actuación política, antes muchas veces que las personas concretas, de los deficientes resultados de nuestro sistema político. Así, será exigible a los nuevos gobernantes una actitud amplia, lejana de la tentación de justificarse con el recurso a la cacería de brujas y a la identificación y escarnio de chivos expiatorios. El país no necesita tanto la competencia como la cooperación, y a pesar de que ningún nuevo paradigma podrá eliminar los elementos competitivos de la práctica política, Venezuela avanzará más rápida y certeramente si logra desplazarse el énfasis de la combatividad a la solidaridad y la cooperación, como muchas veces ha argumentado el actual Ciudadano Presidente de la República, obviamente preocupado por el tema de su sucesión.
luis enrique ALCALÁ
por Luis Enrique Alcalá | Abr 30, 2009 | Cartas, Política |

A los cien días de haberse iniciado el gobierno de Barack Obama, el Senado de los Estados Unidos ha completado la aprobación del presupuesto federal más grande de la historia (tres billones cuatrocientos mil millones de dólares), en logro de enorme significación. Al comentar ayer este hito extraordinario, dijo el Presidente de los Estados Unidos:
“Este presupuesto construye sobre los pasos que hemos dado en los últimos cien días para mover esta economía de la recesión a la recuperación y, en último término, a la prosperidad. Comenzamos aprobando una ley de recuperación que ya ha ahorrado o creado más de 150 mil empleos y ofrecido una rebaja del impuesto al 95% de todas las familias trabajadoras. Hemos aprobado una ley que provee y protege el seguro de salud para 11 millones de niños estadounidenses cuyos padres trabajan a tiempo completo. Y lanzamos un plan de vivienda que ya ha contribuido con un pico en la cantidad de propietarios de casas que están refinanciando sus hipotecas, lo que equivale a una rebaja de impuestos adicional”.
Pero también ha podido decir: “Hemos rechazado el falso dilema entre nuestra seguridad y nuestros ideales cerrando el centro de detención de Guantánamo y prohibiendo la tortura sin excepción”.
En el ámbito internacional, por otro lado, ha revertido la postura negadora de la administración Bush en materia de calentamiento global, y sustituido la prepotente postura de jefe del mundo por la de una postura respetuosa de otros países y gobiernos.
Un regalo inesperado para Obama ha sido el espectro que le ha salido a los republicanos. El senador Arlen Specter, que hasta ayer militaba en filas republicanas, ha anunciado su migración a las demócratas. Siendo que lo más probable es que el puesto por definir en Minessota vaya también a los demócratas en la persona de Al Franken, no les será posible a los republicanos entorpecer la agenda legislativa de la Casa Blanca mediante las tácticas dilatorias del “filibusterismo”.
El electorado de los Estados Unidos, en más de 60%, aprueba su gestión. (El promedio es de 61,6%; Rasmussen Reports mide 55% mientras que ABC News/Washington Post registra 69% de aprobación).
Es, sin duda, una fuerza benéfica en el mundo el gobierno de Barack Obama.
Pero no falta quien encuentre forma de resentir y rechazar su brillante desempeño de arranque. Rob Asghar, Fellow del Centro de Diplomacia Pública de la Universidad del Sur de California, ha registrado—en The Huffington Post—cómo los comentaristas conservadores y “halcones” no cesan de chismear sobre lo que llaman el “tour global de excusas” de Barack Obama que incluye, más allá de sus propias representaciones, la admisión de su Secretaria de Estado, Hillary Clinton, de la responsabilidad estadounidense en el problema de las drogas en su reciente e impactante visita a México. Entre sus “pecados” estaría el haber saludado a Hugo Chávez con cortesía en Trinidad.
Lo cortés no quita lo valiente, reza el dicho español, y el propio Obama, en respeto de sus propios detractores, se ha limitado a señalar que sus fugaces intercambios con Hugo Chávez en nada han vulnerado la seguridad de los Estados Unidos, que es lo que es su responsabilidad.
El mundo, el continente americano en particular, desde hace cien días, y especialmente desde un evento cumbre en Puerto España que se anunciaba conflictivo y no lo fue, presenta otra cara, adquiere otro cariz.
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Ocariz. Carlos Ocariz, Alcalde del Municipio Sucre del estado Miranda. Puede decirse de su triunfo electoral del pasado 23 de noviembre que, además de capturar la Alcaldía del más importante, poblado y representativo municipio mirandino, produjo asimismo el triunfo en la Gobernación de Miranda de Henrique Capriles Radonski y el de Antonio Ledezma en la Alcaldía Metropolitana. Sus votos dieron para tres gobiernos y para profunda molestia de Hugo Chávez, que visitó Petare once veces en la campaña a favor de la candidatura de Jesse Chacón. Chávez, por consiguiente, fue personalmente derrotado por Ocariz en el Municipio Sucre.
En 2004 (el 4 de noviembre) reportaba esta carta así: “De los juveniles de Primero Justicia tal vez quien haya alcanzado más proyección política es, paradójicamente, el perdedor Carlos Ocariz. A menos de cuarenta y ocho horas de las votaciones concedió la victoria a su adversario, no sin destacar que había perdido por sólo 1.500 votos. De los ‘tres justicieros’ postulados a alcaldías caraqueñas—luego de que la mosquetera Hernández se retirara del centro de Caracas—fue el único que se midió en municipio de población mayormente proletaria, y estuvo a punto de ganar. Se ve claramente que hizo un buen trabajo”. El 10 de julio del año pasado decía la Carta Semanal #294 de doctorpolítico: “…Carlos Ocariz—por quien el suscrito votará para la Alcaldía del Municipio Sucre, justamente por su valentía al decir cosas ‘políticamente incorrectas’, como que en octubre de 2004 había perdido las elecciones por abstención opositora y no por fraude gobiernista—…” El 30 de septiembre de 2007 decía Luis Vicente León en su acostumbrado artículo dominical: “Carlos Ocariz lo entendió en carne propia cuando perdió la alcaldía de Sucre no porque era minoría, ni por que nadie lo robó, sino porque su mercado natural no votó, pensando que era imposible ganar, cuando la historia está llena de ejemplos que indican que nada, en política, es imposible”.
Pues bien, este lunes pasado llegó Carlos Ocariz a presentarse ante un nutrido grupo que esperaba para escucharlo con gran interés, y al describir su exitosa trayectoria política destacó como paso crucial justamente ese honesto reconocimiento de noviembre de 2004. Dijo Ocariz: “Me gané, no el apoyo de los chavistas de Petare, pero sí su respeto”.
Más cosas dijo y contó Ocariz hace tres días; por ejemplo, que el foco no es Chávez sino la gente, que la participación en elecciones es esencial, que si la oposición se contrae a decir sólo cosas desagradables a los electores les provocará inscribirse en el PSUV, y otras cosas en la misma dirección optimista.
Lo que no sabía Ocariz es que el efecto balsámico de sus palabras era en esos momentos más intenso que lo habitual: había llegado a la cita con algo de retraso y, antes de su discurso, el grupo se había enfrascado en la lectura más negativa posible de la situación política y económica, a partir de una justificada alarma por la proyectada Ley de Propiedad Social. Lo dicho por Ocariz dio otro cariz a la sesión. No disipó, por supuesto, los temores por las consecuencias de la ley mencionada, pero mostró una manera eficaz de oponerse, una fórmula para el éxito aun en contra del ventajismo más abrumador, como el que tuvo él que aguantar en el Municipio Sucre directamente de manos del Presidente de la República, que hacía cadenas de radio y televisión desde Petare.
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El lunes de esta semana se preguntaba Teodoro Petkoff, en su editorial de ese día en el diario Tal Cual, “¿Qué hacemos?” Y decía estas cosas:
“Chacumbele viene leyendo con preocupación lo que ha ocurrido desde su reelección para acá. Los resultados numérico-políticos del referéndum constitucional, de las elecciones regionales y del referéndum para la enmienda, muestran una clara tendencia al incremento en la votación opositora y a un decrecimiento correlativo en el respaldo popular a Chacumbele. La votación opositora ha subido desde un 37%-38% durante los ocho primeros años del chacumbelato, hasta girar en torno al 50% en los tres últimos procesos, en tanto que el respaldo electoral del oficialismo ha venido cayendo desde un promedio de 62%-63% hasta, también, las vecindades del 50%. Chacumbele sabe que, inexorablemente, las dos líneas opuestas van a cruzarse; la primera tendencia seguirá hacia arriba y la segunda hacia abajo. Eso es lo que lo ha llevado a tratar de descarrilar la estrategia democrática. Los atropellos que ha adelantado, más que fuerza, denotan una debilidad intrínseca”.
La respuesta de Petkoff a su propia pregunta es la siguiente: “¿Qué vamos a hacer? Pues, responder al nuevo reto, en las nuevas condiciones, pero sin llevar a que las contingencias coyunturales afecten la línea principal de acción, esa que ha venido produciendo avances”.
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Dos cosas es preciso superar en estos días de la “contingencia coyuntural” de una preocupación recrecida: primero, la desesperanza, que lleva a suponer que todo está perdido y no debe perderse un minuto más sin preparar las maletas; segundo, el simplismo estratégico, inmediatista o regañón.
Ya se conoce que ha comenzado la promoción de la figura y candidatura de Eveling Trejo de Rosales, en ocurrencia apresurada de algunos, que ven en ella el clon de Corazón Aquino ahora que su esposo ha optado por el exilio y asilo en Perú para no someterse a jueces controlados por Hugo Chávez. A algún iluminado le ha parecido que tal cosa es estrategia brillante, que es la hora de Merkel y Bachelet, la hora de que una mujer ocupe la Presidencia de la República en Venezuela.
Pudiera ser; el suscrito no tiene absolutamente nada en contra de la más igualitaria participación política de las damas. En 1968 escribía un artículo decididamente feminista en la clásica revista El Farol; en 1978 defendía la participación igualitaria de las mujeres en las sesiones del Grupo Santa Lucía, cuyas primeras reuniones las relegaban, como gran concesión, a escuchar en silencio las conferencias y deliberaciones, pues lo que se había pensado para ellas eran excursiones turísticas y expediciones de compra. (La defensa no se hizo porque fueran mujeres, sino porque eran personas). En 1986 llegó a escribir: “Sin ánimo de comparaciones, cuando he pensado en mujeres venezolanas que podrían desempeñar muy bien la Presidencia de la República, el nombre de Alba [Fernández de Revenga] viene a mi mente junto con el de Mercedes Pulido de Briceño”.
Pero no es mérito suficiente para el liderazgo nacional el ser esposa de un mártir político. Que el nombre de Doña Eveling sea propuesto, sin embargo, es sintomático: de algún modo expresa la falta que hace una voz opositora, una contrafigura de Chávez. Éste es personaje excepcional; podrá burlarse uno de que haya obsequiado un libro obsoleto y poco leído ya a Barack Obama, pero su gesto disparó el texto de Eduardo Galeano hasta el segundo lugar en ventas de Amazon en menos de treinta y seis horas, con celeridad “viral” digna de Susan Boyle. No podrá superársele sino con la oposición de persona excepcional.
Y además de los ocurrentes tenemos—parece ser nuestro sino—que lidiar con quienes son rápidos para desencadenar discursos de superioridad moral y arresto heroico. Una vez más el geólogo Gustavo Coronel pontifica airadamente desde su distante residencia en los Estados Unidos. En reciente artículo, echando en falta un levantamiento masivo del enjambre ciudadano para oponerse al gobierno de Hugo Chávez, expone con arrogante indignación: “El coraje moral es el ingrediente que falta en Venezuela para dar al traste con la pandilla chavista que ha arruinado al país. Aunque estoy seguro de que aún si los venezolanos no hiciéramos nada para sacarla del poder, ella implosionaría debido a su ineptitud, la exhibición de cobardía moral que está dando la sociedad venezolana, con su pasividad y hasta masoquismo, representa un profundo descrédito para nuestro gentilicio”. (Destacado de esta carta). Antes ha resucitado, con desprecio lombrosiano, un argumento que invalida cualquier pretensión democrática que aún quiera exhibir. Así pone: “Los seguidores del régimen son gente mediocre, resentida, ansiosa del poder y del dinero que ahora está a su alcance: son los chacones, los merentes y los isaíases; las linas, las cilias y las irises. Son gente cuya anatomía frecuentemente refleja sus torvas cualidades morales, generalmente fáciles de identificar por su aspecto en cualquier lugar del mundo, ya se trate de Calixto en Las Vegas, Hugo en Doha o Nicolás en Nueva York”.
Estas declaraciones de Coronel, emitidas desde la segura distancia que desde hace años lo separa de esta atribulada tierra, son injustas y constituyen una falta de respeto hacia quienes permanecemos en ella para dar la batalla cotidiana y la más profunda y penetrante. Dice Coronel: “La cobardía moral predomina entre los venezolanos sentados en la barrera, asistiendo inexplicablemente al espectáculo de su propia destrucción, exhibiendo una cobardía mezclada con indiferencia y masoquismo”. Y también: “Pronto tendrá que llegar la chispa que prenda la resistencia civil en Venezuela, una acción continuada en el tiempo, no una protesta esporádica.. Y esa chispa la encenderá un venezolano (a) con coraje moral”. Si, como parece ser su implicación, es él alguien con la estatura moral que haría falta ¿por qué no deja de vivir en los Estados Unidos y se radica de nuevo en Venezuela a guiarnos con su superioridad?
Coronel nos haría un gran favor adquiriendo un poco de modestia y respeto por los que aquí estamos dando la pelea.
luis enrique ALCALÁ
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