FS #256 – La fuerza no hace derecho

Fichero

LEA, por favor

En Ginebra, en 1712, nacía Juan Jacobo Rousseau. La familia de su padre, protestante y relojero en tierra de relojes, había abandonado Francia un siglo antes para escapar a la persecución religiosa.

Nada hacía presumir la influencia enorme que Rousseau tendría sobre el pensamiento político occidental. Quedó huérfano de madre poco después de nacer, y aunque el padre le enseñó a leer, no le facilitó la asistencia a la escuela. Rousseau no tuvo educación formal hasta después de cumplir los dieciséis años, cuando fuera presentado a Françoise-Louise de Warens, en ese entonces una dama de veintinueve años separada de su marido. Madame de Warens sería su madre sustituta, su amante y su mecenas, y fue ella quien envió al joven Rousseau a Turín, donde recibió educación en un colegio católico.

El salón de Madame de Warens permitió después a Rousseau adquirir un gusto por el mundo de las ideas, la literatura y las artes (especialmente la música). Hacia los veinticinco años de edad se emancipó de su protectora y, gracias a una pequeña herencia proveniente de su madre, compensó a Madame de Warens por los gastos en que había incurrido para su beneficio.

Seguramente es el encuentro de Rousseau con Diderot un punto crucial en su carrera. Rousseau escribió varios artículos para la Enciclopedia que su nuevo amigo dirigía, incluyendo uno sobre Economía Política (1755), cuyo esquema desarrolló en su obra más famosa e influyente: El contrato social (Du Contrat Social, Principes du droit politique, 1762). La Ficha Semanal #256 de doctorpolítico recoge los tres primeros capítulos, o planteamiento inicial, de esta obra, que sería piedra angular del Derecho Constitucional y fundamento de la corriente contractualista que ha llegado a nuestros días (John Rawls, David Gauthier, Philip Pettit, etcétera). Rousseau escribe del pacto o contrato social después de que lo hicieran John Locke y, antes, Thomas Hobbes, a quien hace frecuente referencia en su obra máxima.

El estilo de Rousseau es ameno, con una constante vena de sátira y humor. Si no era un pensador enteramente original, su virtud principal era pedagógica. En los capítulos o secciones aquí reproducidos—encabezados por su famosa afirmación: L’homme est né libre, et partout il est dans les fers—declara a la familia como la primera sociedad de la historia del hombre y la única natural, la que incluso sirve de modelo al Estado. Luego, despacha expeditamente el contrasentido del derecho del más fuerte. En el preámbulo pone:

“Me propongo investigar si dentro del radio del orden civil, y considerando los hombres tal cual ellos son y las leyes tal cual pueden ser, existe alguna fórmula de administración legítima y permanente. Trataré para ello de mantener en armonía constante, en este estudio, lo que el derecho permite con lo que el interés prescribe, a fin de que la justicia y la utilidad no resulten divorciadas”.

LEA

La fuerza no hace derecho

Objeto de este libro

El hombre ha nacido libre y, sin embargo, vive en todas partes encadenado. El mismo que se considera amo, no deja por eso de ser menos esclavo que los demás. ¿Cómo se ha operado esta transformación? Lo ignoro. ¿Qué puede imprimirle el sello de legitimidad? Creo poder resolver esta cuestión.

Si no atendiese más que a la fuerza y a los efectos que de ella se derivan, diría: “En tanto que un pueblo está obligado a obedecer y obedece, hace bien; tan pronto como puede sacudir el yugo, y lo sacude, obra mejor aún, pues recobrando su libertad con el mismo derecho con que le fue arrebatada, prueba que fue creado para disfrutar de ella. De lo contrario, no fue jamás digno de arrebatársela”.  Pero el orden social constituye un derecho sagrado que sirve de base a todos los demás. Sin embargo, este derecho no es un derecho natural: está fundado sobre convenciones. Trátase de saber cuáles son esas convenciones; pero antes de llegar a ese punto, debo fijar o determinar lo que acabo de afirmar.

De las primeras sociedades

La más antigua de todas las sociedades, y la única natural, es la de la familia; sin embargo, los hijos no permanecen ligados al padre más que durante el tiempo que tienen necesidad de él para su conservación. Tan pronto como esta necesidad cesa, los lazos naturales quedan disueltos. Los hijos exentos de la obediencia que debían al padre y éste relevado de los cuidados que debía a aquéllos, uno y otro entran a gozar de igual independencia. Si continúan unidos, no es ya forzosa y naturalmente, sino voluntariamente; y la familia misma no subsiste más que por convención.

Esta libertad común es consecuencia de la naturaleza del hombre. Su principal ley es velar por su propia conservación, sus primeros cuidados son los que se debe a su persona. Llegado a la edad de la razón, siendo el único juez de los medios adecuados para conservarse, conviértese por consecuencia en dueño de sí mismo.

La familia es pues, si se quiere, el primer modelo de las sociedades políticas: el jefe es la imagen del padre, el pueblo la de los hijos, y todos, habiendo nacido iguales y libres, no enajenan su libertad sino en cambio de su utilidad. Toda la diferencia consiste en que, en la familia, el amor paternal recompensa al padre de los cuidados que prodiga a sus hijos, en tanto que, en el Estado, es el placer del mando el que suple o sustituye este amor que el jefe no siente por sus gobernados.

Grocio niega que los poderes humanos se hayan establecido en beneficio de los gobernados, citando como ejemplo la esclavitud. Su constante manera de razonares la de establecer el hecho como fuente del derecho. Podría emplearse un método más consecuente o lógico, pero más favorable a los tiranos.

Resulta, pues, dudoso, según Grocio, saber si el género humano pertenece a una centena de hombres o si esta centena de hombres pertenece al género humano. Y, según se desprende de su libro, parece inclinarse por la primera opinión. Tal era también el parecer de Hobbes. He allí, de esta suerte, la especie humana dividida en rebaños, cuyos jefes los guardan para devorarlos.

Como un pastor es de naturaleza superior a la de su rebaño, los pastores de hombres, que son sus jefes, son igualmente de naturaleza superior a sus pueblos. Así razonaba, de acuerdo con Filón, el emperador Calígula, concluyendo por analogía que los reyes eran dioses o que los hombres bestias.

El argumento de Calígula equivale al de Hobbes y Grocio. Aristóteles, antes que ellos, había dicho también que los hombres no son naturalmente iguales, pues unos nacen para ser esclavos y otros para dominar.

Aristóteles tenía razón, sólo que tomaba el efecto por la causa. Todo hombre nacido esclavo nace para la esclavitud, nada es más cierto. Los esclavos pierden todo, hasta el deseo de su libertad: aman la servidumbre como los compañeros de Ulises amaban su embrutecimiento. Si existen, pues, esclavos por naturaleza, es porque los ha habido contrariando sus leyes: la fuerza hizo los primeros, su vileza los ha perpetuado.

Nada he dicho del rey Adán, ni del emperador Noé, padre de tras grandes monarcas que se repartieron el imperio del universo, como los hijos de Saturno, a quienes se ha creído reconocer en ellos. Espero que se me agradecerá la modestia, pues descendiendo directamente de uno de estos tres príncipes, tal vez de la rama principal, ¿quién sabe si, verificando títulos, no resultaría yo como legítimo rey del género humano? Sea como fuere, hay que convenir que Adán fue soberano del mundo, mientras lo habitó solo, habiendo en este imperio la ventaja de que el monarca, seguro en su trono, no tenía que temer a rebeliones, ni a guerras, ni a conspiradores.

Del derecho del más fuerte

El más fuerte no lo es jamás bastante para ser siempre el amo o señor, si no transforma su fuerza en derecho y la obediencia en deber. De allí el derecho del más fuerte, tomado irónicamente en apariencia y realmente establecido en principio. Pero ¿se nos explicará nunca esta palabra? La fuerza es una potencia física, y no veo que la moralidad pueda resultar de sus efectos. Ceder a la fuerza es un acto de necesidad, no de voluntad; cuando más, puede ser de prudencia.

¿En qué sentido podrá ser un deber?

Supongamos por un momento este pretendido derecho; yo afirmo que resulta de él un galimatías inexplicable, porque si la fuerza constituye el derecho, como el efecto cambia con la causa, toda fuerza superior a la primera modificará el derecho. Desde que se puede desobedecer impunemente, se puede legítimamente, y puesto que el más fuerte tiene siempre razón, no se trata más que de procurar serlo. ¿Qué es, pues, un derecho que perece cuando la fuerza cesa? Si es preciso obedecer por fuerza, no es necesario obedecer por deber, y si la fuerza desaparece, la obligación no existe. Resulta, por consiguiente, que la palabra derecho no añade nada a la fuerza ni significa aquí nada en absoluto.

Obedeced a los poderes. Si esto quiere decir: cede a la fuerza, el precepto es bueno, pero superfluo.

Respondo que no será jamás violado. Todo poder emana de Dios, lo reconozco, pero toda enfermedad también. ¿Estará prohibido, por ello, recurrir al médico? ¿Si un bandido me sorprende en una selva, estaré, no solamente por la fuerza, sino aun pudiendo evitarlo, obligado en conciencia a entregarle mi bolsa? ¿Por qué, en fin, la pistola que él tiene es un poder?

Convengamos, pues, en que la fuerza no hace el derecho y en que no se está obligado a obedecer sino a los poderes legítimos. Así, mi cuestión primitiva queda siempre en pie.

Jean-Jacques Rousseau

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CS #345 – Amores que matan

Cartas

“I don’t know enough,” replied the Scarecrow cheerfully. “My head is stuffed with straw, you know, and that is why I am going to Oz to ask him for some brains.”
“Oh, I see,” said the Tin Woodman. “But, after all, brains are not the best things in the world.”
“Have you any?” inquired the Scarecrow.
“No, my head is quite empty,” answered the Woodman. “But once I had brains, and a heart also; so, having tried them both, I should much rather have a heart.”

L. Frank Baum

The Wonderful Wizard of Oz
………

Por eso quiero, hijo mío,
que te des a tus hermanos,
que para su bien pelees
y nunca te estés aislado;
bruto y amado del mundo
te prefiero a solo y sabio.

A Dios que me dé tormentos,
a Dios que me dé quebrantos,
pero que no me dé un hijo
de corazón solitario.

Andrés Eloy Blanco

Coloquio bajo la palma
…………….

La política responsable no puede prescindir de ser analítica, en lo posible con base científica y, en todo caso, decidida con el rigor que la ciencia pone en sus métodos y protocolos.

No debe ser tolerada una política caprichosa, hecha de corazonadas e impulsos repentinos. La política es entrometerse en la historia, una invasión de la sociedad sólo para su beneficio, y en consecuencia exige que el político sea, además de honesto, competente.

Una parte de la política es el arte del Estado (statecraft), y de éste hay conocimiento acumulado que se remonta a los inicios de la historia. El I Ching, por ejemplo, data de 2.700 años antes de Cristo, y aunque contiene muchas previsiones y consejos para la vida cotidiana y familiar, abunda en indicaciones para problemas de gobierno. (“Esta imagen se refiere al estado de cosas en el tiempo cuando el rey Wên, quien vino originalmente del oeste, estaba en el este en la corte del tirano reinante, Chou Hsin. El momento de la acción a gran escala no había llegado todavía. El rey Wên sólo podía mantener más o menos a raya al tirano mediante persuasión amigable”, Hexagrama 9; “A fin de obtener seguidores debe primeramente saberse cómo adaptarse uno mismo. Si un hombre va a mandar, primero debe aprender a servir, puesto que sólo así asegura de los que estén bajo él el alegre asentimiento que es necesario para que lo sigan. Si tiene que obtener seguidores por la fuerza o la astucia, conspirando o creando facciones, invariablemente despertará resistencia, la que obstruirá una adhesión voluntaria”, Hexagrama 17;  “Las revoluciones políticas son asuntos extremadamente graves. Sólo deben ser emprendidas bajo presión de la necesidad más urgente, cuando no haya otro camino. No todo el mundo está llamado a esta tarea, sino sólo el hombre que tenga la confianza del pueblo, y aun él sólo cuando el tiempo esté maduro”, Hexagrama 49).

En occidente, por supuesto, hay también obras clásicas del arte de gobernar. El príncipe, de Nicolás Maquiavelo, es el ejemplo que salta de inmediato a la conciencia, aunque también hay grandes textos de prescripciones más benévolas, como el Ensayo sobre el gobierno representativo de John Stuart Mill.

Pero fue el siglo XX la época del desarrollo explosivo de una metodología rigurosa para la formación y el análisis de las políticas públicas. Seleccionar un autor significativo entre los muchos que aportaron a ese desarrollo es harto difícil, pero uno típico es Russell Ackoff, profesor emérito de la Escuela Wharton en la Universidad de Pennsylvania. Ackoff es un cultor emblemático de la disciplina analítica de la “investigación de operaciones” (operations research), que emergiera en Inglaterra durante la Segunda Guerra Mundial. En 1957 publicó, junto con C. West Church (influyente lógico y teórico de sistemas), la obra que se convertiría en la biblia del campo: Introduction to Operations Research. Más tarde, Ackoff produjo un libro más general sobre el tema de la toma de decisiones auxiliada por el método científico, al que llamó, justamente, Scientific Method: Optimizing Applied Research Decisions (Wiley, 1962). Se trataba de una ciencia que, en lugar de contestar preguntas, resolvía problemas.

………

El desarrollo aludido fue impulsado, primero, en las universidades. Poco después, surgiría la institución del think tank. Un think tank es un instituto de investigación con un número considerable de al menos, quizá, treinta investigadores—el suscrito visitó la Corporación Rand en 1977; en ese entonces seiscientos Ph. D.s trabajaban en la sede de Santa Mónica, California—que suelen investigar, en grupos multidisciplinarios y especializados. Su objeto: la formulación de políticas en proyectos dirigidos sobre todo a procesos sociales amplios y de largo alcance o carácter estratégico, que examinan sus creaciones y recomendaciones con la mayor rigurosidad científica.

Un think tank ha sido establecido porque se cree en la utilidad de un servicio de esa clase (pública o privadamente, pública o secretamente) y por tanto se le dota adecuadamente, hasta generosamente, de recursos (bibliotecas, salones, oficinas, computadoras, correo electrónico y “navegación” en Internet, asistencia en búsqueda y apoyo administrativo). Un think tank, para que sea verdaderamente tal, debe tener garantizada la libertad de pensar y expresar lo que piensa, debe gozar de un derecho equivalente a la libertad de cátedra, de un derecho a la investigación.

Otra cosa distinta son las llamadas unidades de análisis de políticas. Concebidas para proporcionar un análisis y un consejo oportunos, de aplicación las más de las veces táctica, para la acción y decisión de un jefe, en principio deben estar sujetas a la confidencialidad y carecen usualmente del sosiego necesario para consideraciones de largo plazo. Lo que generan son documentos en los que recomiendan la adopción de alguna postura, sugieren objetivos para una negociación, informan acerca de un problema o de un interlocutor que será enfrentado próximamente, etcétera. En general, las unidades de análisis de políticas son consideradas más “útiles” que los think tanks.

Si uno observa con un poco de detenimiento a las sociedades dominantes, se dará cuenta de que en ellas abundan organizaciones de los tipos descritos. No debe ser casualidad que prolifere en los Estados Unidos toda clase de institutos de investigación y desarrollo de políticas—la Corporación RAND, la Institución Brookings, el Instituto Hudson, el Centro para el Estudio de las Instituciones Democráticas, el Instituto Catón, la Fundación Heritage, el Instituto de Investigaciones de Stanford, Arthur D. Little, los muchos que estableciera Newton Gingrich para propósitos políticos, y cientos más. Las sociedades avanzadas procuran alcanzar racionalmente un destino favorable.

Y ya no dudan de la enorme utilidad que estos centros de recomendación pueden rendir. Las ganancias que pueden derivarse de un solo estudio pueden justificar por sí solas toda la vida de un instituto. (El caso antonomásico es el del descomunal ahorro en gasolina que representó para la fuerza aérea norteamericana la invención, en el seno de la Corporación RAND, del método de abastecimiento de combustible a los aviones en vuelo).

………

¿No hay acá un riesgo de aristocratización del proceso político, al reducir la política a una interacción, opaca para el público general, entre expertos y tomadores de decisiones?

En 1991 fue publicado el libro The Idea Brokers: Think Tanks and the Rise of the New Policy Elite, escrito por James Allen Smith. Allí se encuentra una evaluación según la cual los think tanks norteamericanos se han alejado del público y de los propósitos de los patrocinantes originales, quienes esperaban que esas organizaciones de política aplicada sirviesen para educar al ciudadano y para proveer bases “libres de valores” (value free), desde las cuales pudiera juzgarse la eficacia de las políticas públicas. Los think tanks se limitan, por regla general, a comunicarse con los miembros de las élites, mientras el público permanece ausente de los debates.

Contra este “gobierno de expertos” alertaba en su tiempo Woodrow Wilson: “¿Qué nos espera si va a ocuparse científicamente de nosotros un reducido número de caballeros que serían los únicos en comprender las cosas?” O como lo pone John H. Fund: “Las políticas públicas son demasiado importantes para dejarlas en manos de los expertos”.

Pero es que la política, además, no es meramente un asunto de racionalidad. También lo es, y muy especialmente, asunto de corazón.

Primero que nada, lo es en la motivación. Las más de las veces la vocación política arranca de las tripas. En su libro Líderes, Richard M. Nixon admitía: “La persona que cree que su propio juicio, aunque falible, es el mejor, y que se impacienta viendo a hombres de menos categoría manejar mal las riendas del poder, por fuerza tiene que ansiar, hasta dolorosamente, hacerse con esas riendas. Ver las chapuzas y los patinazos de otros puede resultar hasta físicamente atormentador para él”. En el mismo libro, por otra parte, indica que la política es un problema de voluntad, una facultad que no siempre está asociada a la inteligencia: “Esta es una distinción vital a la hora de comprender qué es el poder y cómo son los hombres que lo ejercen. Desear es una actitud pasiva; querer es activa. Los partidarios desean; los líderes quieren”.

Más en el fondo, sin embargo, la política es asunto de corazón porque el político debe amar a la sociedad que quiere servir, debe amar lo que hace. Es consejo común a los estudiantes de Medicina que procuren no involucrarse emocionalmente, en lo especial no sentimentalmente, con sus pacientes. Dejarse rodar por esa bajadita pone en peligro su objetividad, su distancia clínica, la que es necesaria para poder ser de alguna utilidad. Pero este consejo no es el apropiado para un político.

La relación médico-paciente—salvo en el caso de los epidemiólogos—es bipersonal. Allí vale la prescripción de apagar lo emocional. En política puede predicarse lo mismo respecto de la relación entre el político y la enfermedad social. El oncólogo no entra en relación de odio personal contra un tumor específico aunque sepa que debe eliminarlo, y el político no debe determinar sus decisiones sobre la base de sus gustos o disgustos. Si tiene un reclamo por un daño individual que se le haya causado, pues allí está el Código Civil; que plantee una demanda civil como cualquier otro hijo de vecinos.

Lo que antecede es el deber ser, y a eso no se llega sino a través de cierta evolución psicológica, de una asociación emocional superior, de un placer derivado del deber. Emilio Mirá y López mostró hace tiempo cómo las almas son dominadas por cuatro gigantes: el miedo, la ira, el amor y el deber. Ser dominado por el deber es un estado que se alcanza después de superar el control que sobre uno ejercen el miedo, la ira y el amor, las otras grandes emociones; sobre ellas asciende el espíritu, como sobre escalones, para alcanzar el deber.

Y sí, el deber es por encima de todo una emoción, la incomparable, a veces sublime emoción de creer que se hace lo que es correcto. Se puede estar equivocado en el deber, por supuesto, como puede estarse en el amor.

La relación de Hugo Chávez con la gente que ha aprobado sus ejecutorias debe principalmente entenderse como una de amor. Quienes le apoyan o apoyaban han partido, mayormente, de una plataforma afectiva. Y esto tiene carácter bilateral. No podría darse el amor de los pobres por Chávez si no hubiera amor de Chávez por los pobres, si no hubiera una empatía bidireccional.

Ningún estudio sobre la pobreza en Venezuela tiene que enseñar a Chávez qué es la pobreza. Él la conoce; él la vivió de cerca. La sufrió y sintió con injusticia, y cree que es la lucha por eliminarla su deber. Simplistamente, piensa que hay gente interesada en que existan pobres. Entiende mal su deber, pero su deber se funda en su amor.

Pero es un amor primitivo. No se expresa positivamente, sino como negación de quienes él piensa que hieren a sus pobres. Es un amor protector, paternalista, ejercido sobre un pueblo que entiende débil, ingenuo, inconsciente. Una mezcla patológica de ira, miedo, amor y deber determina su conducta.

Ahora que nos encontramos en el umbral del post-chavismo es importante entenderlo así. Si rechazamos de él su ira y su miedo, si su sentido del deber es retorcido y extraviado, no neguemos que también actúa por amor. La venganza no debe ser su sucesor.

luis enrique ALCALÁ

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FS #255 – Mente-colmena

Fichero

LEA, por favor

William Morton Wheeler (1865-1937) hizo fama con su muy enjundioso estudio del comportamiento de las hormigas y los hormigueros. Es a él a quien recurre Kevin Kelly, Editor Ejecutivo Fundador de la revista Wired y autor del importantísimo libro Out of Control (Addison Wesley 1994, Perseus Books, 1995), para definir el comportamiento de enjambres y colmenas en su primer capítulo. (El libro todo de Kelly puede obtenerse gratuitamente, por capítulos y secciones, en http://www.kk.org/outofcontrol/contents.php). En esta Ficha Semanal #255 de doctorpolítico se reproduce la sección del primer capítulo en la que refiere el trabajo del gran entomólogo estadounidense.

De las citas sale Kelly a generalizar sobre el fenómeno de las propiedades emergentes de los sistemas complejos. Son las sociedades, por supuesto, un sistema de la mayor complejidad, dada la riqueza de modos de comunicación que empleamos los humanos. En la ciencia actual, a partir de las recientes disciplinas de la complejidad, la noción de pueblo cobra un nuevo sentido. La política, por consiguiente, se enriquece cuando se alcanza comprensión suficiente—lo que es bastante fácil—de las más nuevas aproximaciones al estudio de los sistemas complejos.

La noción fundamental es que una sociedad es mucho más que la mera suma de sus partes. La invención y acelerado desarrollo de la Internet y la telefonía celular, con sus múltiples medios de interacción, alimentan poderosamente esta nueva conciencia.

Existe, pues, el enjambre ciudadano, capaz no sólo de conciencia, sino también de acción común. Al comienzo de nuestro tercer milenio ya deja de ser un mero rebaño pastoreado por un líder: por sí mismo genera conductas colectivas fermentadas en el conjunto.

Usualmente es ese enjambre de dócil disposición, pero el 16 de octubre de 2003 se escribía en la Carta Semanal #58 de doctorpolítico: “Las abejas son usualmente inocuas hacia el hombre o las bestias. Pero son letales para el más grande de los animales. Hasta el mayor de los elefantes sucumbe a los mil aguijones envenenados de un enjambre. Como mil hipodérmicas sobre un hombre, cada una de las cuales inocula la milésima de una dosis mortal”.

Naturalmente, la acción colectiva puede expresarse de manera más constructiva; por ejemplo, a través de una elección o un referéndum. Se habla mucho de esto último en los últimos días. Ya que somos gente, miembros racionales del conjunto superior y emergente que es nuestra sociedad, podemos pensar el asunto sosegadamente, para escoger cuál es el referéndum que conviene.

Calma, pues. A rumiar entre todos la actual situación política, y con nuestra mente colectiva, desde la colmena ciudadana, a decidir la acción adecuada a aquélla.

LEA

Mente-colmena

Wheeler, el pionero de las hormigas, comenzó a llamar, a la agitada cooperación de una colonia de insectos, un “superorganismo”, para distinguirlo claramente del uso metafórico del término “organismo”. Traía la influencia de una cepa filosófica del cambio de siglo, que veía patrones holísticos superpuestos a la conducta individual de partes más pequeñas. La empresa de la ciencia daba entonces los primeros pasos de su impulso por comprender minuciosamente los detalles de la física, la biología y las restantes ciencias naturales. Una mescolanza de esfuerzos por reducir los conjuntos a sus constituyentes, visto como el sendero más pragmático para entender los conjuntos, continuaría por el resto del siglo y es todavía el modo dominante de la investigación científica. Wheeler y sus colegas fueron una parte esencial de esa perspectiva reduccionista, como lo atestiguan cincuenta monografías sobre esotéricas conductas específicas de las hormigas. Pero, al propio tiempo, Wheeler encontró “propiedades emergentes” dentro del superorganismo, superpuestas a las propiedades residentes en las hormigas colectivizadas. Wheeler decía, entonces, que el superorganismo del hormiguero “emerge” de la masa de los organismos ordinarios de los insectos. Y postulaba la emergencia como explicación científica, técnica y racional, no como misticismo o alquimia.

Wheeler sostenía que esta comprensión de la emergencia era un modo de conciliar el enfoque reduccionista con una aproximación holística. La dualidad cuerpo-mente o la dualidad todo-parte simplemente se evaporaban cuando el comportamiento holístico emergía legítimamente de las conductas limitadas de las partes. La especificidad de la emergencia de una supersustancia a partir de partes más básicas no era sino una vaga idea en la mente de quienes pensaban en ella. Todavía lo es.

Lo que el grupo de Wheeler tenía claro era que la emergencia es un fenómeno natural común. Está relacionado con el tipo ordinario de causación en la vida cotidiana, el tipo en el que A causa a B que causa a C, o 2 + 2 = 4.  La causalidad ordinaria es la invocada por los químicos para cubrir la observación de que los átomos de azufre y los átomos de hierro forman moléculas de sulfuro de hierro. De acuerdo con su colega y filósofo C. Lloyd Morgan, el concepto de emergencia señalaba una variedad diferente de causación. Aquí, 2 + 2 no es igual a 4; ni siquiera nos sorprende con 5. En la lógica de la emergencia, 2 + 2 = manzanas. “El paso emergente, aunque pueda parecer más o menos como un salto, se entiende mejor como un cambio cualitativo de dirección, o un desvío crítico en el curso de los eventos”, escribe Morgan en Evolución emergente, un atrevido libro de 1923. Morgan llega a citar un verso de la poesía de Browning que confirma cómo surge la música de los acordes:

Y no sé si, salvo en esto, tal don se permite al hombre 
/ Que de tres sonidos fabrica, no uno cuarto, sino una estrella.

Ahora diríamos que es la complejidad de nuestros cerebros lo que extrae música de las notas, puesto que suponemos que los cedros no pueden oír a Bach. Sin embargo, es la “baquidad”—todo lo que nos invade cuando oímos a Bach—una apropiada imagen poética de cómo emerge un patrón significativo a partir de notas musicales o la información genérica.

La organización de una minúscula abeja produce un patrón para su minúscula décima de gramo de células de las alas, otros tejidos y quitina. El organismo de una colmena produce la integración para su comunidad de obreras, zánganos, polen y prole. Todo un organismo de 50 libras de colmena emerge con su propia identidad de las pequeñas partes-abeja. La colmena posee mucho que ninguna de sus partes posee. La mota que es el cerebro de una abeja opera con una memoria de seis días; la colmena como conjunto opera con una memoria de tres meses, el doble de la vida promedio de una abeja.

Las hormigas, también, tienen mente de colmena. Una colonia de hormigas, en movimiento de un nido a otro, exhibe el substrato kafkiano del control emergente. Cuando hordas de hormigas abandonan su campamento y se dirigen al oeste, llevando huevos, larvas, pupas—las joyas de la corona—en sus picos, otras hormigas de la misma colonia, obreras patrióticas, cargan el tesoro hacia el este con la misma velocidad, mientras aun otras obreras, quizás reconociendo mensajes conflictivos, corren en una y otra dirección con las manos vacías. Un día de oficina típico. Y, sin embargo, la colonia se mueve. Sin que haya una toma de decisiones visible en un nivel superior, escoge un nuevo sitio para anidar, instruye a las obreras que comiencen a construir y se gobierna a sí misma.

La maravilla de la “mente de colmena” es que nadie está al control, aunque una mano invisible gobierna, una mano que emerge de miembros muy brutos. La maravilla es que más es diferente. La generación de un organismo de colonia a partir del organismo de un bicho sólo requiere que los bichos se multipliquen para ser muchos, muchos más, y que se comuniquen los unos con los otros. En alguna fase el nivel de complejidad alcanza un punto donde nuevas categorías, como una colonia, pueden emerger de categorías simples como las de un bicho. Lo que implica esta maravilla es que la colonia es inherente a la “bichidad”. Así, no hay nada a encontrar en una colmena que no esté sumergido en una abeja. No obstante, puede uno escudriñar una abeja eternamente con un ciclotrón o un fluoroscopio y jamás encontrar la colmena.

Es ésta una ley universal de los sistemas vivos: no puede inferirse complejidades de alto nivel a partir de las existencias del nivel inferior. Nada—ningún computador o mente, ningún medio matemático, físico o filosófico—puede desvelar el patrón emergente que está disuelto en las partes sin actuarlo en la realidad. Sólo la actuación de una colmena dirá si una colonia está arraigada en una abeja. Los teóricos lo ponen de este modo: dejar correr un sistema es el método más rápido, más corto y el único seguro para discernir las estructuras emergentes que residen latentes en él. No hay atajos para “expresar” en la realidad una enrevesada ecuación no lineal para descubrir lo que hace. Demasiado de su comportamiento está almacenado y oculto.

Esto nos lleva a preguntarnos qué otras cosas están almacenadas en una abeja que aún no hemos visto. O qué otras cosas están almacenadas en la colmena que todavía no ha aparecido porque no ha habido suficientes colmenas en fila simultáneamente. Si a ver vamos, qué está contenido en un humano que no emergerá hasta que estemos todos interconectados por alambres y política. Las cosas más inesperadas fermentarán en esta supermente-colmena biónica.

Kevin Kelly

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Nota ocasional #21 (Carta semanal de Dr. Político)

dpEstimada suscritora, estimado suscritor: es noticia de estos días que la oposición formal venezolana (salvo Acción Democrática), está decidida a promover un referéndum abrogatorio de la recién aprobada Ley Orgánica de Educación. En efecto, el primer parágrafo del Artículo 74 de la Constitución Nacional dice a la la letra:

Serán sometidas a referendo, para ser abrogadas total o parcialmente, las leyes cuya abrogación fuere solicitada por iniciativa de un número no menor del diez por ciento de los electores o electoras inscritos o inscritas en el registro civil y electoral o por el Presidente o Presidenta de la República en Consejo de Ministros”.

Como puede verse, sólo 10% de los electores (la mitad de lo requerido para un referéndum revocatorio) sería necesario para forzar un referéndum abrogatorio, lo mismo que lo prescrito para un referéndum consultivo. (Un poco menos de 1.800.000 firmas). Habiendo argumentado en la Carta Semanal #341 de doctorpolítico (del pasado 23 de julio) que debiera pensarse en convocar un referéndum consultivo sobre la implantación en Venezuela de un régimen político-económico socialista, la publicación ve con simpatía, en general, la proposición de referenda abrogatorios.

Sin embargo, en el caso de un referéndum abrogatorio de la novísima y madrugada Ley Orgánica de Educación, el asunto puede ser un espejismo de cuya búsqueda se regresaría con las manos vacías.

Apartando el hecho de que el apoyo ciudadano a esta ley no ha sido medido en encuestas (próximamente lo será, según informaciones recibidas ayer) y por tanto se ignora si el rechazo—como si lo es en el caso del socialismo, la estatización de empresas y haciendas y el acoso a gobernadores y alcaldes de oposición—es mayoritario, es altamente probable que el referéndum ni siquiera pueda celebrarse, detenido al arrancar por el Tribunal Supremo de Justicia. Veamos.

El último parágrafo del mismo Artículo 74 dice: “No podrán ser sometidas a referendo abrogatorio las leyes de presupuesto, las que establezcan o modifiquen impuestos, las de crédito público y las de amnistía, así como aquellas que protejan, garanticen o desarrollen los derechos humanos y las que aprueben tratados internacionales. (Destacado nuestro).

No es difícil anticipar que el TSJ, cuya Sala Constitucional mutila la Constitución Nacional sin espabilar, declare que la LOE es, justamente, un “desarrollo” del derecho a la educación, que es un derecho humano. Le bastaría apuntar a la primera cláusula del Artículo 103 de la Constitución Nacional: “Toda persona tiene derecho a una educación integral, de calidad, permanente, en igualdad de condiciones y oportunidades, sin más limitaciones que las derivadas de sus aptitudes, vocación y aspiraciones”.

En consecuencia, un esfuerzo opositor por abrogar la nueva Ley Orgánica de Educación será, irremisiblemente, trabajo perdido.

Cordialmente

Luis Enrique Alcalá

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Nota Ocasional #21

Notas giradas

Estimada suscritora, estimado suscritor: es noticia de estos días que la oposición formal venezolana (salvo Acción Democrática), está decidida a promover un referéndum abrogatorio de la recién aprobada Ley Orgánica de Educación. En efecto, el primer parágrafo del Artículo 74 de la Constitución Nacional dice a la la letra:

Serán sometidas a referendo, para ser abrogadas total o parcialmente, las leyes cuya abrogación fuere solicitada por iniciativa de un número no menor del diez por ciento de los electores o electoras inscritos o inscritas en el registro civil y electoral o por el Presidente o Presidenta de la República en Consejo de Ministros”.

Como puede verse, sólo 10% de los electores (la mitad de lo requerido para un referéndum revocatorio) sería necesario para forzar un referéndum abrogatorio, lo mismo que lo prescrito para un referéndum consultivo. (Un poco menos de 1.800.000 firmas). Habiendo argumentado en la Carta Semanal #341 de doctorpolítico (del pasado 23 de julio) que debiera pensarse en convocar un referéndum consultivo sobre la implantación en Venezuela de un régimen político-económico socialista, la publicación ve con simpatía, en general, la proposición de referenda abrogatorios.

Sin embargo, en el caso de un referéndum abrogatorio de la novísima y madrugada Ley Orgánica de Educación, el asunto puede ser un espejismo de cuya búsqueda se regresaría con las manos vacías.

Apartando el hecho de que el apoyo ciudadano a esta ley no ha sido medido en encuestas (próximamente lo será, según informaciones recibidas ayer) y por tanto se ignora si el rechazo—como si lo es en el caso del socialismo, la estatización de empresas y haciendas y el acoso a gobernadores y alcaldes de oposición—es mayoritario, es altamente probable que el referéndum ni siquiera pueda celebrarse, detenido al arrancar por el Tribunal Supremo de Justicia. Veamos.

El último parágrafo del mismo Artículo 74 dice: “No podrán ser sometidas a referendo abrogatorio las leyes de presupuesto, las que establezcan o modifiquen impuestos, las de crédito público y las de amnistía, así como aquellas que protejan, garanticen o desarrollen los derechos humanos y las que aprueben tratados internacionales. (Destacado nuestro).

No es difícil anticipar que el TSJ, cuya Sala Constitucional mutila la Constitución Nacional sin espabilar, declare que la LOE es, justamente, un “desarrollo” del derecho a la educación, que es un derecho humano. Le bastaría apuntar a la primera cláusula del Artículo 103 de la Constitución Nacional: “Toda persona tiene derecho a una educación integral, de calidad, permanente, en igualdad de condiciones y oportunidades, sin más limitaciones que las derivadas de sus aptitudes, vocación y aspiraciones”.

En consecuencia, un esfuerzo opositor por abrogar la nueva Ley Orgánica de Educación será, irremisiblemente, trabajo perdido.

Cordialmente

Luis Enrique Alcalá

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