Contra la corriente

Artur Lemba, un fino compositor

En la emisión #333 de Dr. Político en RCR, se procedió a leer la estipulación segunda del Código de Ética del conductor del programa, compuesto y jurado públicamente cumplir en septiembre de 1995:

2. Procuraré comunicar interpretaciones correctas del estado y evolución de la sociedad general, de modo que contribuya a que los miembros de esa sociedad puedan tener una conciencia más objetiva de su estado y sus posibilidades, y contradiré aquellas interpretaciones que considere inexactas o lesivas a la propia estima de la sociedad general y a la justa evaluación de sus miembros.

Durante el resto de la exposición, se desmontó por falaz la argumentación jurídica del Ing. Juan Guaidó para justificar su usurpación del cargo de Presidente de la República, y la de otros argumentadores que lo apoyan. Igualmente, se descalificó a cualquier país extranjero que pretenda imponer condiciones a los venezolanos en el manejo de nuestro proceso político nacional, grandemente difícil:

Que gobiernos extranjeros que no conocen nuestro ordenamiento constitucional hayan creído todo lo que les dice esa lamentable dirigencia no convierte sus desaguisados en aciertos. La “comunidad internacional” no tiene vela en este entierro, de exclusiva preocupación nacional. (Más usurpador será usted, 23 de enero de 2019).

La mer, de Charles Trenet, y el inicio del primer Concierto para piano y orquesta de Artur Lemba, un destacado compositor nacido en Letonia, constituyeron el acompañamiento musical del programa, cuyo archivo de audio se pone a continuación:

LEA

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Más usurpador será usted

 

 

Cuando se produzca la falta absoluta del Presidente electo o Presidenta electa antes de tomar posesión, se procederá a una nueva elección universal, directa y secreta dentro de los treinta días consecutivos siguientes. Mientras se elige y toma posesión el nuevo Presidente o Presidenta, se encargará de la Presidencia de la República el Presidente o Presidenta de la Asamblea Nacional.

Parágrafo segundo del Artículo 233 de la Constitución

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Juan Guaidó ha pretendido usurpar el cargo de Presidente de la República, al decir hoy que ha asumido las funciones del Ejecutivo Nacional. (Cualquier presidente, por cierto, tendría que juramentarse ante la Asamblea Nacional, no ante el «cabildo abierto» al que se dirigía). La Presidencia de la República sólo recae en el Presidente de la Asamblea Nacional en el caso de falta absoluta del Presidente de la República—»la muerte, su renuncia, la destitución decretada por sentencia del Tribunal Supremo de Justicia, la incapacidad física o mental permanente certificada por una junta médica designada por el Tribunal Supremo de Justicia y con aprobación de la Asamblea Nacional, el abandono del cargo, declarado éste por la Asamblea Nacional, así como la revocatoria popular de su mandato»—y sólo si tal falta se produce antes de su toma de posesión, la que ya ha ocurrido.

El delirio total. Es una manipulación de las esperanzas de los venezolanos que se basa en la tergiversación de lo dispuesto por la Constitución Nacional, que se funda en la mentira, y el error sólo se corrige con la verdad. Para que se aplicara la disposición de adjudicar la Presidencia de la República al Ing. Guaidó tendría que admitirse que había un Presidente electo cuya falta absoluta habría que cubrir. ¿Quién era ese Presidente electo? ¿Nicolás Maduro o un fantasma? Si se desconoce las elecciones del 20 de mayo de 2018, entonces no había Presidente electo y en consecuencia el supuesto basamento de la presidencia de Guaidó es inexistente.

Por otra parte, la Constitución no estipula en ningún caso gobiernos «de transición» (mucho menos si se trata de una junta «cívico-militar»). Que un gobierno legítimo—su jefe determinado en elecciones constitucionalmente válidas—que suceda a Maduro tenga carácter transicional es una cosa enteramente distinta, determinada por las circunstancias. A menos que cualquier sucesor de Maduro quiera continuar sus políticas, por fuerza de los hechos será transicional, no porque lo disponga así nuestra Carta Magna. Sería imposible pasar del gobierno de Maduro a un gobierno «normal» de una vez, sin solución de continuidad.

 

Artículo 9 de la Constitución Nacional: «El idioma oficial es el castellano».

 

El usurpador

La usurpación de funciones públicas es un delito, y el Ing. Guaidó ha incurrido en él flagrantemente.

De los presuntos delitos que cometan los y las integrantes de la Asamblea Nacional conocerá en forma privativa el Tribunal Supremo de Justicia, única autoridad que podrá ordenar, previa autorización de la Asamblea Nacional, su detención y continuar su enjuiciamiento. En caso de delito flagrante cometido por un parlamentario o parlamentaria, la autoridad competente lo o la pondrá bajo custodia en su residencia y comunicará inmediatamente el hecho al Tribunal Supremo de Justicia. (Artículo 200 de la Constitución).

Acaban de enterarme de un tuit que aparentemente habría originado el periodista Rafael Poleo a las 11:33 a. m.:

En este momento los generales exigen al ministro Padrino que plantee al ex presidente Maduro la necesidad de reconocer los hechos y conforme a la Constitución entregue el palacio de Miraflores.

Nada de lo ocurrido es «conforme a la Constitución». Antes, un estimado amigo justificó el «gobierno de transición», que no existe constitucionalmente, de esta manera: «¡¡¡Es que no está en ningún lado!!! Hay que improvisar el guión constitucional». Así hay ahora miles de venezolanos que desvarían. Hace nada (26 de noviembre de 2018), algún vistoso opinador clamaba al Pueblo para que defendiera la Constitución y al día siguiente proponía una junta cívico-militar de transición imprevista en ella. (???)

La ingeniería de este inusual golpe de Estado cree que basta que Guaidó diga, ante miles de testigos que lo vitorean, que ha asumido la Presidencia de la República para que la cosa sea constitucional y legal, y confía en la importante fracción de ciudadanos venezolanos que quiere salir de Maduro como sea. (Invasión extranjera, presión militar local que le fuerce a renunciar, insurrección abierta y decisiva de militares, asesinato…)

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El jueves de la semana pasada se consultó mi opinión acerca de este tuit: «La crisis de Venezuela es más política que jurídica. Ningún instrumento legal vigente en el país contempla un escenario como el actual; en consecuencia la solución no puede ser literalmente ajustada a la norma, sino a la racionalidad política».

Así contesté: «Razonar de ese modo lleva a contradicción; se supone que precisamente condenamos en Maduro que desatienda lo jurídico. Desatenderlo nosotros nos convierte en nuestro enemigo». Quien preguntara insistió: «Pero doctor como dar todo el peso solo a lo jurídico, cuando el TSJ esta compuesto por personas que no califican para ser magistrados y la ANC haciendo leyes, cuando no esta facultada para ello!!!!!!» Esta vez respondí sin que hubiese ulterior reacción:

La ANC puede decidir cosas que no contravengan la Constitución. Art. 249: Los poderes constituidos no podrán impedir las decisiones de la ANC. Entre estas decisiones pueden estar leyes compatibles con la Constitución. Y el asunto no es que en el TSJ o la ANC haya gente de conducta reprobable, sino que nosotros no tengamos conductas reprobables. La maldad de Hitler no excusa la mía. Cerré un artículo en mi blog (Conocimiento y opinión) con estas palabras: “Lo peor que puede hacer un opositor a Chávez es parecerse a él”. Nuestra autoridad moral para rechazar lo malo desaparece en cuanto nosotros hagamos lo malo.

Mucho opositor quiere emplear medios que condena en Nicolás Maduro. Guerra es guerra, razonan. Pero Barbara Tuchman asentó en The March of Folly:

Los defensores de Julio II le acreditan el haber seguido una política consciente basada en la convicción de que “la virtud sin el poder”, como había dicho medio siglo antes un orador en el Concilio de Basilea, “sólo sería objeto de burla y que el Papa romano sin el patrimonio de la Iglesia sería un mero esclavo de reyes y príncipes”, que, en resumen, con el fin de ejercer su autoridad, el papado tenía que lograr primero la solidez temporal antes de emprender la reforma. Este es el persuasivo argumento de la Realpolitik que, como la historia ha mostrado a menudo, tiene un corolario: que el proceso de obtener poder emplea medios que degradan o brutalizan a quien los emplea, que despierta para darse cuenta de que aquél ha sido poseído a expensas de la virtud, del propósito moral.

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Lo que no ha hecho Guaidó, como tampoco ninguno de sus predecesores (en la Asamblea Nacional y en la dirigencia opositora), es procurar el pronunciamiento del Pueblo, Poder Supremo del Estado, en referendo que pueda ordenar este desbarajuste. Le basta simular que lo involucra, que procura su participación en cabildos abiertos que no son tales y que exceden su nivel municipal al tramitar cuestiones de nivel nacional que se les arroje.

Sólo el Pueblo tiene el poder de resolver tan confusa y dañina situación de confrontación de poderes públicos, que están obligados por el Art. 136 de la Constitución a colaborar entre sí «a los fines del Estado». (Ése es un artículo que no se toma en cuenta; es molesto, es inconveniente a los propósitos golpistas).

Las heridas venezolanas son tantas y tan lacerantes, que no hay modo de curarlas sin una apelación perentoria al poder fundamental y originario del Pueblo, a través de un Gran Referendo Nacional. (Gran Referendo Nacional, 5 de febrero de 2003).

La dirigencia opositora se llena la boca de Pueblo para masticarlo y hacer lo que le dé la gana, así sea enteramente inconstitucional e inmoral. (Aparte de ineficaz). Que gobiernos extranjeros que no conocen nuestro ordenamiento constitucional hayan creído todo lo que les dice esa lamentable dirigencia no convierte sus desaguisados en aciertos. La «comunidad internacional» no tiene vela en este entierro, de exclusiva preocupación nacional. LEA

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Ética y política

La gran obra de Debussy

El código de ética del conductor del programa fue explicado de nuevo en la edición #332 de Dr. Político en RCR. Luego se examinó las recientes actuaciones del Presidente de la Asamblea Nacional, cuya pretensión de ser el Presidente de la República sí constituye usurpación. Los cabildos, abiertos o no, sólo tienen poder de decisión sobre asuntos municipales, nunca sobre problemas de nivel nacional. La mer, de Claude Debussy, más concretamente su último movimiento—Dialogue du vent et de la mer—acompañó con dos fragmentos de su música la sesión de hoy.

Éste es su archivo de audio:

LEA

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Impureza pura

 

Robert Moses, un «político puro», fotografiado en el East River de Nueva York por Arnold Newman

 

A Fernán Frias Palacios

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Un político puro no es una persona éticamente irreprochable, ni tiene por qué serlo. En efecto, es insuficiente o mezquino juzgar éticamente a un político: hay que juzgarlo políticamente.

Luis Vicente León ¿Qué es un político puro?

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Nuevamente me escribe desde Nueva Zelanda el ingeniero Leonardo Durán (Universidad Simón Bolívar), esta vez para participarme que lee ahora The Power Broker, la monumental biografía—1.200 páginas que fueron originalmente 3.000—de Robert Caro sobre su tocayo Robert Moses (1888-1981), una figura poderosísima en Nueva York. La obra mereció un Premio Pulitzer en 1974, y presenta a Moses como un implacable constructor de vías públicas que en un momento dado llegó a acumular doce cargos públicos ejercidos simultáneamente sin que fuera jamás un funcionario electo. Desde tan considerable poder, Moses desarrolló buena parte de Manhattan a partir de la era de la Depresión (1929), destruyó vecindarios enteros en la ciudad de Nueva York cruzándolos con autopistas o puentes (trece en total), e implantó reglas racistas en algunos de sus proyectos obstaculizando, por ejemplo, a excombatientes afroamericanos el acceso a un desarrollo habitacional destinado a veteranos de la Segunda Guerra Mundial.

Cuando recibí la notificación de Durán, ya había leído el domingo pasado un artículo de Luis Vicente León en El Universal y decidido que lo comentaría. Además de lo citado en el epígrafe, lee uno en esa pieza de León:

El político puro es lo contrario de un ideólogo, pero no es sólo un hombre de acción; tampoco es exactamente lo contrario de un intelectual: posee el entusiasmo del intelectual por el conocimiento, pero lo ha invertido por entero en afinar el ingrediente esencial y la primera virtud de su oficio: la intuición histórica. Algunos podrían llamarla también sentido de la realidad, un don transitorio que no se aprende en la universidad ni en los libros y que supone una cierta familiaridad con los hechos relevantes que permiten a ciertos políticos y en ciertos momentos, saber qué encaja con qué, qué puede hacerse en determinadas circunstancias y qué no, qué métodos van a ser útiles en qué situaciones y en qué medida, sin que eso quiera necesariamente decir que sean capaces de explicar cómo lo saben ni incluso qué saben.

León emplea acá el término ideólogo en un sentido suyo, no con los significados reconocidos por el Diccionario de la Lengua Española, el editado por la Real Academia de la Lengua Española:

ideólogo, ga 1. m. y f. Persona creadora de una ideología. 2. m. y f. Persona entregada a una ideología. 3. m. y f. Fil. Persona que profesa la ideología (‖ doctrina que estudia las ideas). ideología De idea y -logía, sobre el modelo del fr. idéologie. 1. f. Conjunto de ideas fundamentales que caracteriza el pensamiento de una persona, colectividad o época, de un movimiento cultural, religioso o político, etc. 2. f. Fil. Doctrina que, a finales del siglo XVIII y principios del XIX, tuvo por objeto el estudio de las ideas.

Para León, ideólogo significa alguien que se ocupa de las ideas o las crea él mismo, un intelectual, lo que considera ocupación contrapuesta a la política. Me he ocupado de este asunto antes. (Ver De héroes y de sabios, en referéndum #26, 17 de junio de 1998). Allí preguntaba en su primera sección:

Existe una antigua leyenda de las tribus germánicas según la cual, al comienzo del mundo, sólo había dos clases de hombres: héroes y sabios. (Dicen que en algunas traducciones se lee justos en lugar de sabios). Según el mito, los héroes se levantaban todas las mañanas dispuestos para la faena: conquistar castillos, derrotar bandidos, rescatar doncellas y matar dragones. Al caer el día cesaba la jornada; y entonces los héroes se dirigían a las cuevas de los sabios, para que éstos les explicaran el significado de sus hazañas, pues no sabían ni por qué ni para qué las emprendían. Lo que la leyenda indica es que desde hace mucho tiempo, en un pueblo bastante distante de nuestra heredad, ya se pensaba que había una gente que se ocupaba de las cosas y otra distinta que se entretenía con los significados de las cosas. No es sólo en Venezuela, pues, que se manifiesta esa bipolaridad entre “hombres de acción” y “hombres de pensamiento”, entre héroes y sabios, entre caciques y brujos. Pero en Venezuela esta tensión se manifiesta con particular crudeza. (…) hace unos años ya en una de las operadoras de PDVSA, nuestro dechado de virtudes gerenciales, un conferencista buscaba una página en blanco en el rotafolio de la junta directiva a la que hablaría en unos instantes. En ese proceso se topó con una página en cuyo centro estaba escrito lo siguiente: “A la industria petrolera no le conviene tener demasiada gente inteligente”. ¿Qué es este prejuicio contra las personas que tienen la tara de intelectualidad? Que se sepa, la Constitución de 1961 sólo inhabilita para el ejercicio de los altos cargos públicos a quienes no son venezolanos por nacimiento, a quienes son demasiado jóvenes, a quienes son religiosos. (Si se comprende las enmiendas, a quienes han sido hallados culpables de delitos contra la cosa pública). No existe indicación alguna, ni en su texto original ni en las dos enmiendas subsiguientes, de la inhabilidad política de los “hombres de pensamiento”. ¿De dónde se saca entonces que éstos no deben mandar?

Escogí para epígrafe de ese trabajo la cuestión planteada el año precedente por Argenis Martínez:

La característica general de la política venezolana hasta ahora es que si usted está mejor preparado en el campo de las ideas, es más inteligente a la hora de buscar soluciones y tiene las ideas claras sobre lo que hay que hacer para sacar adelante el país, entonces usted ya perdió las elecciones.

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He aquí el cierre del artículo de Luis Vicente León:

De acuerdo a esta definición del político puro, que ya habrá encrispado a los radicales por su desfachatez ética al plantear que más vale un político que resuelve problemas, entiende los momentos, negocie y solucione conflictos que aquel que se encierra en luchas intestinas, discursos emocionales y amenazas de perro echado que no puede operacionalizar, me gustaría plantear tres cosas relevantes: La primera es que no existe forma de resolver el problema venezolano sin contar con, al menos, un político puro, capaz de enamorar a la población para que confíe en él, aunque su tarea luzca inalcanzable, y que luego sepa convertir esa fuerza en presión de cambio, en tensión para lograr una negociación exitosa, en la que tendrá que sacrificar a veces legalidad, a veces justicia y siempre derechos propios para lograr el objetivo final, que en definitiva será el éxito político por el que deberá ser evaluado. La segunda es que no hay en este momento en Venezuela un político puro que nos permita ser optimistas en cuanto a la posibilidad del cambio en breve, aunque podríamos decir en su defecto que sí existen condiciones para que un actor diferente e inesperado llene ese vacío y se convierta en el fenómeno político necesario. Finalmente, tengo que decir a quienes ya están listos en sus redes para arrancar sus ataques sobre mi falta de escrúpulos en la definición del político necesario, que no me pertenece para nada. Es simplemente la suma textual de las definiciones de José Ortega y Gasset, uno de los más importantes filósofos españoles e Isaiah Berlin, considerado uno de los principales pensadores del siglo XX, referidos ambos por uno de mis escritores favoritos: Javier Cercas en Anatomía de un Instante. Atáquenlos a ellos.

Apartando que la última justificación que emplea—refugiado en Ortega y Gasset o Berlin—es una instancia del argumento de autoridaduna entre las más comunes falacias—razonamientos lógicamente inválidos con apariencia de invalidez—, León sobresimplifica al postular que la oposición única a su político «puro», a quien sería «insuficiente o mezquino—DRAE: Falto de generosidad y nobleza de espíritu—juzgar éticamente», es la de alguien «que se encierra en luchas intestinas, discursos emocionales y amenazas de perro echado que no puede operacionalizar». La bondad no está reñida con la eficacia, ni obliga a luchas intestinas, a discursos emocionales o la incompetencia operativa; creer que ella castra la eficacia política es una simpleza.

…no es nada difícil recabar comprobación empírica de que la bondad es eficaz. La bondad funciona en la práctica. Los expertos en gerencia de personal ya abrazaban, a fines de los años sesenta del siglo pasado, la “Teoría Y”, que se oponía a una “Teoría X” que contemplaba cínicamente las motivaciones de los empleados de las empresas privadas. Sin darse cuenta de lo que hacían, eran, como Federico el Grande, antimaquiavélicos. Habían descubierto que, con mucho, era preferible ser amado que temido. El líder temido, no cabe duda, puede ser muy eficaz; con frecuencia logra sus propósitos. Pero para lograr metas más elevadas es necesario ser líder amado. No se puede convocar a grandes cosas desde el miedo. Es en este sentido práctico, plenamente realista, que Don Pedro Grases, el gran catalán venezolano, afirmaba en su septuagésimo cumpleaños: “La bondad nunca se equivoca”. Para quien había logrado escapar de la muy real y concreta tragedia de la Guerra Civil Española, eso no era poesía, sino constatación práctica. Una política fundada en ese sentimiento, a pesar de su hermosura, es perfectamente posible. (Y muy necesaria). (Reflexión postrimera, 27 de diciembre de 2007).

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La postura de León es frecuentemente compartida. Con ocasión (15 de octubre de 2012) del bautizo de un libro que recogía poemas de su madre, mi querido amigo Fernán Frías me presentó a un importante profesor de la Universidad Católica Andrés Bello, a quien dijo con intención de elogiarme que yo era probablemente el mejor analista político venezolano. Intenté precisar enmendando su definición: «Analista político no; político». Fernán reviró de inmediato: «Tú no eres político», y su sentido del término era el mismo que empleara Luis Vicente León. Así que León está en buena compañía; Fernán Frías es señor de bondad. Reconozco, adicionalmente, que una autoridad mundial en estos temas piensa en líneas parecidas a las del afamado encuestólogo; se trata del profesor emérito de Ciencia Política en la Universidad Hebrea de Jerusalén, Yehezkel Dror:

La Realpolitik es cosa muy seria. Nos dice Wikipedia: “Realpolitik se refiere a la política o la diplomacia basada primariamente en el poder y en factores y consideraciones prácticas y materiales, antes que en nociones ideológicas o moralistas o premisas éticas”. Guerra es guerra, pues. La justificación implícita de la “política realista” es, en su límite, la siguiente: “A mí me gustaría que las cosas fuesen de otro modo, pero mi oponente, que en la prác­tica es todo aquel que no me está subor­dinado, es una persona a quien debo entender como perpetuamente en procura del engrandecimiento de su propio poder como un fin en sí mismo, y convencido de que la base de su poder descansa sobre la amenaza y el empleo de la fuerza física o la coerción económica. Es así como estoy moralmente justificado, por autopreservación, para em­plear cualquier medio de ganarle; es así como estoy moralmente obligado a ganar. Lo único inmoral es no ganar”. (Preámbulo de Dictamen, 21 de junio de 1986). La última frase me fue dicha varias veces, a modo de regaño, por un dirigente copeyano durante la campaña de Rafael Caldera en 1983. Luego de explicar a sus alumnos los principios de la Democracia Cristiana, los profesores del IFEDEC acostumbraban advertirles (me lo confió quien fuera su Director General a comienzos de los noventa): “Pero en política hay que sacar sangre”. La Realpolitik nos enseña que otra cosa es chuparse el dedo. Por eso, un candidato presidencial de COPEI estableció en su momento un laboratorio de guerra sucia que, entre otras cosas, elaboró para fines non sanctos una lista de homosexuales en Acción Democrática. Hasta quienes dicen regirse por una “ética política”—uno de los “principios para la acción” enumerados por Enrique Pérez Olivares en sus Principios de la Democracia Cristiana—han adoptado esa práctica. Ese modo de entender la política no es invento venezolano. En todo el planeta se admite la guerra sucia, se la justifica. En 2008, recibí del amigo y mentor Yehezkel Dror su estupendo trabajo The New Ruler: Leadership for the 21st Century. Leí con agrado su recomendación de sustituir la raison d’État por la raison d’humanité, pero debo admitir que me chocó leer su décimo cuarto consejo práctico a los “nuevos gobernantes”: “Para todo lo que hagas, por más válido que sea en sí mismo, necesitas mucho poder. Inevitablemente, tendrás que usar estratagemas que pueden ser inmorales. Úsalas con moderación y pon cuidado extra para no permitir que envenenen tu mente”. (Presunción de inocencia, 14 de septiembre de 2012).

Claro, no es típica la definición de político como resolvedor de problemas públicos sujeto a un código de ética profesional; la más empleada entiende por político a alguien que lucha por el poder. Admitiendo que practico con fruición el pecado capital de intelectualidad y que me sujeto a normas éticas que nunca he desatendido ¿ha impedido eso mi eficacia? No pareciera, a juzgar por mis logros profesionales en el Instituto para el Desarrollo Económico y Social, el grupo de empresas de Corimón, el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas o el periódico La Columna de Maracaibo, al que conduje al Premio Nacional de Periodismo a sólo nueve meses de su reaparición y al primer lugar de circulación metropolitana en seis.

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Me rebelo ante la dicotomía postulada por Luis Vicente León; no se necesita la inmoralidad para ser político eficaz, y ser un intelectual no es óbice de lo mismo. Admitir lo que él postula es acoger el error, y éste sólo se supera con la verdad, no con otra equivocación. Si alguna profesión debe ejercerse con bondad es la política—ver El político virtuoso, 18 de octubre de 2007—, puesto que la visibilidad de los dirigentes políticos les convierte en modelos de conducta:

Cualquier cosa positiva que Chávez haya podido traer a su pueblo es anulada por esta permanente modelación de la violencia, por cuanto aquí el daño que infiere es a lo psíquico de nuestra sociedad. No hay, pues, nada que pueda salvar a las administraciones de Chávez en el registro de la historia, y esto debe ser explicado a sus partidarios en nuestra ciudadanía. Uno pudiera invitarles a que hicieran una lista de los aciertos de Chávez, pues por más larga que fuese sería reducida a la insignificancia al cotejarla con su perenne modelación de la violencia y la agresión, que deja cicatrices en el espíritu de la Nación. ¿Cómo puede disminuir la delincuencia en un país cuyo presidente la modela, exacerbando el azote que lacera por igual a sus partidarios y sus opositores? ¿Qué asaltante no se sentirá “dignificado” por la conducta presidencial, cuya agresividad y cuyo desprecio por la propiedad puede tomar por modelos? (Nocivo para la salud (mental), 5 de julio de 2007).

Así que procuraré siempre encontrar la verdad y decirla, a pesar de que Terencio afirmara en su comedia Andria (166 a. C.): «La verdad engendra odio», y que Oscar Wilde asentara en La esfinge sin secreto (1894): «Solíamos decir de él que sería el mejor de los compañeros si no dijera siempre la verdad». En algún día de octubre de 2015 señalé a un dirigente de Voluntad Popular que Luis Florido había faltado a la verdad el 20 de septiembre de 2014, al afirmar públicamente—lo que recogió la página web de su partido—que había sido «activado el Poder Constituyente» en acto en «un céntrico hotel de Barquisimeto» al que asistieron tal vez tres centenares de personas. Aquel dirigente excusó la cosa reponiendo: «Bueno, pero eso es una frase política», como si tal cosa autorizara la falsedad manipuladora, como si eso convirtiera a Florido en «un político puro».

Pero rescato del lamentable artículo de León esta idea: «…no hay en este momento en Venezuela un político puro que nos permita ser optimistas en cuanto a la posibilidad del cambio en breve, aunque podríamos decir en su defecto que sí existen condiciones para que un actor diferente e inesperado llene ese vacío y se convierta en el fenómeno político necesario». Por ahí viene, creo. LEA

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Guerra civil (oral)

 

Ofrenda de Edvard Grieg a Henrik Ibsen

Durante el programa #331 de Dr. Político en RCR pudo examinarse algunos de los desvaríos más notorios de los discursos oficialista y opositor en el intercambio político nacional, pero también la incipiente acogida de la tesis reiterada de Dr. Político: que una consulta a la Corona, el Pueblo, es necesaria para resolver el inútil conflicto que causa la hiperinflación de costos sociales de aquella confrontación. De Richard Strauss escuchamos el apacible tema de la primera sección de su poema sinfónico Muerte y Transfiguración; de Edvard Grieg, el hermoso Lamento de Ingrid (El rapto de la novia), de su segunda suite de Peer Gynt, la música incidental que compusiera para la obra teatral homónima de Henrik Ibsen, el gran dramaturgo noruego.

He aquí el archivo de audio de esa transmisión:

LEA

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