por Luis Enrique Alcalá | Mar 3, 2009 | Fichas, Política |

LEA, por favor
El martes de la semana pasada la ficha precedente a ésta, la #231 de doctorpolítico, recogía un artículo de Ángel Graterol Monserratte con rasgos en verdad proféticos. Haberlo encontrado removió mi memoria y me puso a ubicar un artículo propio que también pudiera considerarse premonitorio. El Diario de Caracas lo publicó el sábado 30 de agosto de 1986, bajo el título “Está temblando”. Esta ficha lo reproduce.
La conciencia ecológica era relativamente reciente para ese entonces; veinte años antes la “Biblia” de la futurología—The Year 2000, del Instituto Hudson liderado por Herman Kahn—no dedicaba ni una sola frase de sus centenares largos de páginas al problema ambiental. En 1969, Paul Shepard y Daniel McKinley editaron una colección de “ensayos hacia una ecología del hombre”, y con algún temor escogieron como título “La ciencia subversiva”. Todavía se estaba muy lejos de la prédica de Al Gore acerca del calentamiento planetario y su Premio Nóbel de la Paz. Ni siquiera era popular todavía la “hipótesis Gaia” de James Lovelock, a pesar de haber sido formulada por vez primera en esa misma década de los años sesenta. (La hipótesis propone que los componentes vivos e inertes de la Tierra forman un conjunto que se autorregula y puede ser entendido como un organismo único. Lovelock la propuso como teoría del feedback de la Tierra mientras trabajaba para la NASA sobre métodos para detectar posible vida en Marte, y no la bautizó con su famoso nombre hasta 1972. Su popularidad tardaría todavía tres años más en llegar).
Pero la intención del artículo, aunque dedicó una buena parte de su texto al tema ambiental—reprodujo un vívido pasaje de una fábula de Jacquetta Hawkes que formaba parte del libro editado por Shepard y McKinley—era más bien política. Desde los movimientos de la geología pasaba analógica y, por supuesto, retóricamente a sugerir la inminencia de un cataclismo de naturaleza política, y este atrevimiento tuvo lugar tres años antes del Caracazo. Un año después, el 5 de julio de 1987, Eduardo Fernández diría como orador de orden en el Congreso de la República: “El pueblo está bravo”. Once años más transcurrirían para que llegara al poder una anomalía que ha impuesto castigo en exceso al liderazgo político de la época, que prefirió suponer que acontecimientos como el Viernes Negro eran desajustes pasajeros que no amenazaban la estabilidad de las instituciones democráticas del país.
El padre de un amigo solía decir: “Yo nunca tengo razón. Yo siempre tenía razón”. En más de una ocasión es muy preferible no tenerla.
LEA
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Está temblando
Son fallas supuestamente “en reposo” las que se están moviendo por estos días. San Casimiro, Las Tejerías… A las fallas de esa zona algunos venían llamándolas—hasta ahora, supongo—fallas “inactivas”. Pero lo seguido de los temblores ha significado, no sin razón, una sensación de alarma: pocas personas se sentirían tan seguras como para afirmar que la secuencia de unos temblores hasta ahora inocuos implica que no ocurrirá un terremoto de proporciones mayores. A la mayoría de nosotros se Ie ha ocurrido imaginar algún valor premonitorio en los recientes sacudimientos.
Y no es solamente aquí que la Tierra está dando muestras de una nueva, preocupante y generalizada inquietud. El volcán del Nevado del Ruiz y ahora el de Nios en Camerún, el terremoto de México, el granizo enorme en Milán durante pleno agosto, las inundaciones en Norteamérica. En lenguaje algo malandro me decía alguien la semana pasada: “La Tierra está revirando”. Como una manifestación de protesta ante la incesante perforación de su piel en busca de los minerales de la industrialización, o para hacer las pruebas subcutáneas que determinen que los artefactos nucleares explotan en verdad durísimo, como si Hiroshima y Nagasaki no lo hubiesen mostrado con suficiente claridad.
Es como si la Tierra poseyera cada vez una conciencia mayor y al contrario su paciencia fuese cada vez menor. Como si la depredación de sus especies, la contaminación de su atmósfera, la destrucción de sus bosques hubieran ya superado su tolerancia y su habitualmente plácida disposición. Así lo advertía Jacquetta Hawkes en la hermosa fábula “Una mujer tan grande como el mundo”, que se publicó, con suficiente adelanto, en 1953 y en la que representaba a nuestro planeta como mujer:
Pronto, también, las nuevas criaturas se hicieron molestas. Atormentaban su piel y su carne de cien modos con su incansable actividad; dañaban su física belleza mientras destruían la milenaria quietud de su mente. Sus querellas con el viento y sus celos, su incomodidad corporal y mental, fueron al fin demasiado para la natural negligencia y el buen carácter de la Mujer. Su cuerpo era ella misma y suya la plenitud de ser. Se dio vueltas una y otra vez, se rascaba y se abofeteaba, y mientras se rascaba, se abofeteaba y se volteaba comenzó a reír. Rió mas fuerte, abandonándose totalmente a la risa. Cuando se calmó y las nubes pudieron de nuevo doblarse suavemente en su derredor, estuvo una vez más en paz, sabiéndolo todo y no importándole nada. Ni siquiera se preocupaba porque el Viento nunca regresara, incapaz de perdonarle su disoluta destrucción.
En otro reino distinto y paralelo al de la geología, en otro mundo, el mundo de la política, está asimismo temblando. Los políticos venezolanos de lo tradicional leen los sismogramas, y se contentan de los pocos grados que en intensidad han alcanzado los temblores. Saben que el territorio que pisan evidencia la existencia de fallas, pero continúan impertérritos pues se trataría de fallas inactivas, de cantidades sociales que no constituyen amenaza para los antisísmicos edificios de los partidos. No les importa que la tierra política se mueva muy fuertemente en Perú o en Colombia, o que esté a punto de erupción en Chile o en Sudáfrica. Acá los temblores son poco perceptibles y por eso confían en que la geografía no se modificará.
Pero ese terreno político, como diría Galileo, sin embargo se mueve, se desplaza, se reacomoda. Hasta ahora, con poca violencia o con fuerza muy localizada.
En 1812 se le ocurrió a alguien interpretar el sismo que asoló a Caracas como señal de que los revolucionarios habían recibido una grave advertencia del Cielo. Por eso Bolívar tuvo que tomar partido contra la naturaleza.
Hoy es posible la asociación inversa. Los sismos, las calamidades naturales que van en aumento, deben entenderse ahora a favor de los cambios, como prefiguración de la transformación en la política. Los temblores de ahora son advertencia contra los que pretenden que todo se quede como está, contra los que aspiran a que la geología del poder permanezca incólume. Y de que está temblando, está temblando.
Luis Enrique Alcalá
por Luis Enrique Alcalá | Feb 26, 2009 | Cartas, Política |

Zaratustra bajó de la montaña y habló de las tres transformaciones del alma. Primero, dijo, es como un camello: un espíritu sacrificado que pide las cargas más pesadas. El camello se convierte entonces en león: “Para crearse la libertad y un santo No, aun enfrente del deber; para eso, hermanos míos, hace falta el león”, prosiguió Zaratustra.
Después preguntó y se contestó él solo: “Pero decidme, hermanos, ¿qué puede hacer el niño que no haya podido hacer el león? ¿Para qué hace falta que el fiero león se trueque en niño? El niño es inocencia y olvido, un nuevo comenzar, un juego, una rueda que gira sobre sí, un primer movimiento, una santa afirmación”.
“Así hablaba Zaratustra”, escribió Federico Nietzsche.
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Cuando las sociedades entran políticamente en shock, cuando algún acontecimiento suspende sus procesos normales, cuando se da cuenta de que los mismos procedimientos no le darán el éxito que desea, cuando despierta de una ilusión y se siente culpable por haber creído en ella puede permitirse, debe permitirse, la inocencia del niño. Es el momento de preguntarse por las cosas más elementales, por aquellas que se dan por sentadas. Es inocencia y olvido.
¿Para qué existe el Estado? ¿Por qué es que elegimos gobernantes y les permitimos encumbrarse? ¿Qué sentido tiene tocar un himno nacional a un hombre como nosotros? ¿Qué nos lleva a darle poderes tan extensos? ¿Cómo justifican su existencia las instituciones públicas en general? ¿Para qué es necesaria la política?
“Los humanos sólo hacemos ciertas cosas bien en enjambre. La mayoría de las veces, además, ni siquiera actuamos en enjambre, sino individualmente o en pequeños grupos. Resolvemos la mayoría de nuestras necesidades de ese modo. Así ganamos nuestro pan, así compramos, así aprendemos y jugamos, así amamos y odiamos. Pero hay cosas que la transacción civil no alcanza a cubrir. El más perfecto de los códigos civiles concebibles no puede acomodar los procesos públicos, los que son indigestibles a base de transacciones privadas. Ése es el reino de los problemas públicos, y es por ellos que tendríamos que permitir la existencia a la política. Ninguna política se justifica si no es capaz de mostrar que puede resolver esos problemas al menor costo humano.
Porque existen los problemas públicos se justifica el Estado. Si no los tuviéramos no necesitaríamos al Estado. Y si el Estado, si sus distintas instituciones no sólo no resuelven los problemas de carácter público, sino que encima los agravan, debemos cambiar ese Estado. Pero este derecho es del enjambre, de la Nación, de la ciudadanía, del Poder Constituyente Originario, del Poder Público Primario, no de un hombre que se confunda con el Estado”.
Ni Hugo Chávez es el Mesías ni se necesita uno para sucederlo con ventaja de Venezuela.
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Con un giro infantil debemos restablecer las cosas. Pensar que hoy hemos entrado todos los que habitamos esta tierra a esta misma tierra, y que habiendo decidido unánimemente reconocernos como una nación, queremos establecer una república. Ya sabemos que la nación debe construirse con ciudadanos que no se desprecien los unos a los otros o la nación no podrá ser, y queremos que la república sea ella misma, res pública, cosa pública, y que el Estado sea el aparato necesario al mejor tratamiento de los problemas públicos.
Quien quiera ser hoy político en Venezuela, entonces, deberá preguntarse si está capacitado para identificar los mejores tratamientos posibles a los problemas públicos y para aplicarlos. Los ciudadanos debemos exigirle eso.
¿Cuáles son esos problemas? Es un cliché declarar a Venezuela un país más que estudiado y diagnosticado, pero no es tan claro que haya un consenso nacional—no un consenso oficial o un consenso opositor—acerca de cuáles son los problemas que, siendo los susceptibles de tratamiento público (no todos lo son), sean los más importantes.
Claro que toda sociedad tiene unas necesidades básicas, la seguridad la primera de ellas. De allí, y de las circunstancias específicas de cada nación, se derivará lo que por la medida chiquita sería conveniente tener: no un plan de la nación, no un proyecto-país, sino una sencilla y más bien escueta enumeración de prioridades.
Y hoy por hoy, la más alta prioridad de nuestra política es la política misma. Debe cambiarse en más de un punto lo que ella ha venido a ser en Venezuela. Uno de los puntos prioritarios de ese cambio es el restablecimiento de la independencia y el equilibrio de los poderes públicos.
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Si bien son de bastante importancia los concejos municipales y su elección de este año, ellos no tienen que ser exigidos por problemáticas nacionales como la anotada. No debiera cargarse, en lo más mínimo, a las campañas edilicias con pesos nacionales, pero lo nacional es, obviamente, más importante, sobre todo hoy, que lo municipal. En este sentido, es mucho más alta la prioridad de elegir mejores diputados a la Asamblea Nacional que la de elegir los significativos ayuntamientos.
Para diciembre de 2010 deberemos tener las elecciones de Asamblea Nacional, y ellas son una oportunidad única para restablecer la independencia del Poder Legislativo Nacional. A este fin es concebible un esfuerzo innovador, fuera de los paradigmas y esquemas de los actores políticos convencionales—sean éstos partidos u organizaciones no gubernamentales—fuera de algunos conceptos estratégicos esgrimidos desde fines de 2001 a comienzos de 2009, que sea capaz de capturar la mayor votación y colocar en la Asamblea una mayoría de diputados que no estén plegados a los designios del actual Poder Ejecutivo Nacional.
Es hora de comenzar a trabajar seriamente, como gente grande, en la cristalización de esa posibilidad. Si bien es cierto que el propio Chávez no podría ser desplazado del poder hasta fines de 2012—su período concluye en enero de 2013—es cierto igualmente que el panorama político nacional cambiaría drásticamente si el gobierno perdiera el control del Poder Legislativo Nacional. Acá se escribía hace un poco más de tres meses:
“Si se hace las cosas bien, será posible presentar al país una nueva y competente camada de políticos, muy diferente a la actual, y lograr una mayoría en la Asamblea Nacional. A partir de ese momento, ya no más leyes habilitantes, ya no más autorizaciones a viajes presidenciales al exterior de duración superior a cinco días, ya no más aprobación automática de opacos presupuestos. En cambio, la potestad real de verdadera fiscalización y control del Ejecutivo Nacional, lo que ha estado ausente desde la época del Plan Bolívar 2000”.
Para que tal cosa sea posible es preciso combinar varias nociones no convencionales, y tal vez la principal de éstas sea la de no buscar la estructuración de un movimiento que sólo atine a entenderse a sí mismo como oposición a Chávez. Cuando concluía el año de 1996, y Caldera gobernaba por segunda vez, el Partido Socialcristiano COPEI decidió que anunciaría al país las líneas maestras de su estrategia. Éstas fueron el trío de a) oponerse al gobierno de Caldera, b) deslindarse de Acción Democrática y c) continuar en política de alianzas con el MAS, la Causa R, etcétera. Como puede verse, las tres líneas estaban definidas en términos de actores externos a COPEI mismo, no acertaban a proponer ninguna referencia sustantiva respecto del propio partido, y de ellas brillaban por su ausencia los principales problemas del país. Eran líneas de una estrategia alienada, fuera de sí. Pensar lo político solamente en función de Chávez es caer en la misma alienación. Si un grupo de candidatos pretende ser electo a la Asamblea Nacional, si pretende llegar a ser su mayoría, tendrá que centrar su oferta en una descripción del trabajo legislativo y contralor que haría allí, centrarse sobre la elaboración y comunicación de cuál sería su aporte político real desde la instancia parlamentaria.
Si este grupo, por otra parte, está constituido por candidatos que porten un nuevo paradigma político, superior al discurso político convencional de poder y combate, entendido como misión ineludible de resolver problemas de carácter público, intentada ésta desde un ejercicio profesional responsable, éticamente constreñido, entonces, por añadidura, como subproducto inevitable, se dispondrá una acción que pueda refutar y superar el chavismo. Buscando lo esencial, lo que es primario de lo político, se resolverá lo acuciante. Resuelto lo importante se habrá resuelto lo urgente.
Finalmente, esos candidatos no podrían venir impuestos por cogollos o transacciones de corte convencional. Cada uno tendría que estar, por su cuenta, soportado por un grupo de electores.
De estas tres condiciones, la central y dominante es la segunda: la presencia de un paradigma político no convencional. Esto es así porque la pertinencia programática exigida en la primera condición no podrá existir si se pretende actuar, una vez más, desde una perspectiva de Realpolitik y mediante un protocolo que sólo sabe transar o consensuar.
Lo que lleva a formular de una vez la tarea inicial: emprender un inmenso casting político en el país, en procura de rectas vocaciones públicas que quisieran expresarse en tarea de asambleístas, vocaciones que no padezcan de esclerosis paradigmática y que estén por tanto abiertas a un adiestramiento, a un trabajo técnico, a una preparación vino tinto bajo la guía de un Richard Páez de la operación.
Lo de recta vocación pública no es accidental ni secundario. Bárbara Tuchman decía: “Conscientes del poder controlador de la ambición, la corrupción y la emoción, puede ser que en procura de un gobierno más sabio busquemos primero la prueba del carácter. Y esta prueba deberá ser la del coraje moral”.
Tuchman no hablaba de un gobierno brillante, sino de un gobierno sabio, y como dice el economista Barry Schwartz, “no necesitas ser brillante para ser sabio”. Lo que se busca en una asamblea es su sabiduría colectiva.
O, como lo ponía el leñador de hojalata de El mago de Oz: “Una vez tuve cerebro, y también un corazón; y habiendo tenido los dos, prefiero con mucho tener un corazón”.
O, finalmente, como lo decía Andrés Eloy Blanco en el Coloquio bajo la palma:
Por eso quiero, hijo mio,
que te des a tus hermanos,
que para su bien pelees
y nunca te estés aislado;
bruto y amado del mundo
te prefiero a solo y sabio.
A Dios que me dé tormentos,
a Dios que me dé quebrantos,
pero que no me de un hijo
de corazón solitario.
luis enrique ALCALÁ
por Luis Enrique Alcalá | Feb 24, 2009 | Fichas, Política |

LEA, por favor
Los Estados Unidos de Norteamérica son el país de los abogados y el derecho, de las demandas y los juicios. Por tal razón es también al país de las advertencias. (Caveat, del latín “que vea”).
Para nosotros, sobre todo en estos tiempos de Premios Oscar, es la más familiar de todas la que advierte: “Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia”. Y en verdad, esto puede afirmarse de un artículo publicado por El Universal el 13 de octubre de 1980 bajo el título “El verdadero vendaval” pues a menos que su autor, el ingeniero Ángel Graterol Monserratte, tuviese el don de la profecía, no podía suponer que mucho de su contenido sería enteramente aplicable a nuestra condición actual, a casi treinta años de distancia.
El artículo nació de la indignación que provocaban, en un espíritu apasionado, descaradas declaraciones de Carlos Andrés Pérez, que año y medio antes había entregado la Presidencia de la República a Luis Herrera Campíns. Graterol hace referencia textual a las críticas que por entonces tenía Pérez el tupé de enfilar contra Herrera. (Por esa época el mismo Herrera, poco característicamente, pues jamás censuraba directamente a las personas, endilgó a Pérez el calificativo de “caradura”).
La enumeración que hace Graterol de los problemas que trajo ese primer gobierno perecista, en cualquier caso, pareciera haber sido construida en tiempos de Hugo Chávez, el mismo que doce años más tarde que el artículo se rebelaría para intentar deponer a Pérez por la fuerza en su segundo gobierno. Chávez no es, entonces, excepción a la regla formulada por Jorge Guillermo Federico Hegel: que en el fragor de una lucha muy intensa, los enemigos más acérrimos terminan por parecerse.
El malestar causado por Carlos Andrés Pérez al término de su primer período se presentó precozmente en los comienzos del segundo, y ya para 1991 una mayoría nacional lo repudiaba. La esposa de quien escribe, inscrita en esa mayoría, solía decir que nada podía ser peor que el gobierno de Pérez. Ahora sabe que no debe formular cosa parecida y tiene a su evaluación de aquella época por pavosa.
El ingeniero Graterol se desempeñaba, para la época de su artículo, en la Dirección Comercial de la Compañía Anónima Venezolana de Cementos (Vencemos), a la que casi literalmente entregó su vida. (En un accidente en Pertigalete, sede de la mayor de las plantas de la empresa, estuvo a punto de perderla, pero la muerte se conformó esa vez con arrancarle un brazo). Más tarde, ascendería a la Vicepresidencia Ejecutiva y después llegaría a ejercer el cargo de Presidente. Hasta hace no mucho se desempeñaba como Presidente de la Junta Directiva de Lafarge-Coppée Cementos La Vega. Para fines de 1980, albergaba todavía la esperanza de que el gobierno de Herrera Campíns arreglara los estropicios dejados por Pérez. “Recibo un país hipotecado”, dijo Herrera al asumir su cargo; cinco años más tarde lo había hipotecado en segundo grado y lo ponía en manos de Jaime Lusinchi, para que éste vaciara la botija antes de regresarlo a Pérez.
La Ficha Semanal #230 de doctorpolítico reproduce el artículo de Ángel Graterol Monserratte.
LEA
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Coincidencia profética
Hasta hace pocos días el señor ex presidente Carlos Andrés Pérez permanecía agradablemente silencioso y discreto en sus declaraciones públicas. Teníamos la impresión de que finalmente comenzaba a realizar su condición de ex Presidente de Venezuela y como tal a enmarcar sus discrepancias con la actual administración de la República dentro de lineamientos contribuyentes a solucionar sus vendavalescos problemas. Ha durado poco esta discreta actuación del señor ex presidente.
En gira política por el llanero estado Cojedes, ha recogido su peculiar estilo y seguramente, al sentirse a sabana abierta en época de invierno copioso. con ventisca agresiva sentencia: “El país está azotado por un vendaval”.
No cabe duda que el señor ex presidente posee extraordinaria habilidad para “voltear la tortilla”, como suele decirse en este país con ocasiones de difícil hacer.
Es oportuno el momento para recordar que hace seis años y medio, apenas, el ex presidente Pérez obtuvo el triunfo mas contundente que haya logrado político alguno en los anos de vida democrática de la nación. Todo el país recordará la mayoría absoluta obtenida en las Cámaras Legislativas. lo cual permitió al señor ex presidente se le otorgaran poderes extraordinarios para adelantar su gestión de gobierno.
Como si lo anterior fuera poco, la situación petrolera mundial. permite que el ingreso al fisco nacional por concepto de nuestra riqueza proveniente de la explotación de hidrocarburos, alcance, durante los cinco años de la administración Pérez, los trescientos mil millones de bolívares. Pues bien, ante el cuadro anterior de bonanza política y económica del país, se inicia el “verdadero vendaval” que hoy el señor ex presidente increíblemente nos recuerda.
Comienza en la nación una especie de delirio de grandeza. El señor ex presidente se siente presidente, legislador, magistrado, juez, diplomático. experto financiero, industrial, ingeniero en todas sus ramas, perito importador de todo tipo de bienes de primera línea, etc. Así, las Inversiones del Estado se canalizan hacia gigantescas ampliaciones de las industrias denominadas básicas, acero, aluminio, etc. El gasto público, la inflación, la escasez de alimentos y productos básicos de todo tipo, el costo de la vida, los decretos y leyes propiciadores de la inestabilidad laboral, el bandolerismo, con sus asaltos y robos, el río crecido de indocumentados y pescadores en río revuelto de distintas nacionalidades, el deterioro de la mística y empeño por el trabajo y lo que es mas grave, el derrumbe de los valores éticos y morales del venezolano, comienzan a galopar a ritmo, ya no de vendaval, sino de huracán, llegando a extremes lamentables.
Los problemas fundamentales de la población, quo con tanta esperanza se pensaba que finalmente, con los enormes recursos del Estado. serían resueltos o por lo menos mejorados, por el contrario; se agudizan aún más y el gigantismo reinante se olvida totalmente de ellos.
De tal manera que la recolección de basura. la confiabilidad del sistema telefónico, el transporte colectivo, la vivienda, el agua, la seguridad personal, la educación de la familia, etc., son víctimas de un deterioro alarmante. Al final del período constitucional parece como si todo lo mencionado ha sido arrastrado por una creciente de inmundicias y arrinconado en el peor recodo del cauce de deterioro colectivo a que se condujo el país.
Para rematar su faena Ilanera, el señor ex presidente, haciendo uso del actual estilo y refiriéndose al quinto aniversario de la nacionalización de nuestra eficiente Industria petrolera expresa: “Se recuerda el milagro pero no al Santo”. Realmente el ex presidente tiene voluntad. Para él todos los señores legisladores, de su partido o no, y todos los expertos que ofrecieron sus valiosas opiniones en tan delicado asunto nacional, además de la colectividad venezolana. no estaban presentes cuando Ie entregaron la ley respectiva debida y exhaustivamente discutida para que estampara su firma. Sólo su agradable figura estaba presente.
Pasarán, posiblemente, todos los años del actual período y quizás más, para reorganizar este país que durante cinco anos fue sometido al mas increíble vendaval de nuestra montaña andina, que nación latinoamericana alguna haya soportado y siga en pie.
El pueblo venezolano dio el primer paso hacia esta reorganización en las pasadas elecciones de 1978. El señor ex presidente Carlos Andrés Pérez sabe esto bien.
Ángel Graterol Monserratte
por Luis Enrique Alcalá | Feb 19, 2009 | LEA, Política |

No deja de ser doloroso que unos cuantos venezolanos se hayan dejado encandilar por el oropel del Stanford International Bank, propiedad de “Sir” R. Allen Stanford, hasta el punto de que sus imprudentes inversiones (entre 2.500 y 3.000 millones de dólares) representen la tercera parte de la captación de la entidad para los “certificados de depósito” que la Comisión de Valores de los Estados Unidos (SEC) ha calificado de fraudulentos.
Quien escribe, por otro lado, conoce a unos cuantos empleados del grupo financiero Stanford, y sabe que han actuado inocentemente de buena fe. Entre los primeros engañados por el Sr. Stanford—que alguna vez, para horror de la Universidad de Stanford, insinuó que era pariente de su fundador—está, sin duda, la mayoría de sus empleados. La creciente revelación de detalles de la colosal estafa indica que sólo Allen Stanford y su ejecutivo de confianza James Davis, basado en la isla de Antigua, conocían la verdad sobre el destino de 8.000 millones de dólares que lograron birlar a sus clientes. Tal cosa, sin embargo, no excusa la feliz y ciega aquiescencia de sus demás ejecutivos y vendedores, ni la ingenuidad de sus clientes, que arriesgaron sus capitales—más de uno los ahorros de toda su vida—en los vistosos pero imposibles esquemas de remuneración excesiva ofrecidos por la delincuente organización.
Hace escasamente ocho días el propio Allen Stanford remitía a los clientes un correo electrónico en el que aseguraba que todo estaba bien, que sólo se trataba de un artículo aislado en una revista (la venezolana Veneconomía Mensual, que dio el pitazo de alarma el mes pasado) y que el origen de la molestia era el reconcomio de antiguos empleados insatisfechos. Pero Google News registraba anoche, no ya un artículo en una revista local, sino más de 3.200 artículos sobre el escándalo, las autoridades estadounidenses han presentado acciones civiles contra Stanford (pronto vendrán las penales, tras la investigación corriente del FBI) y hasta un abogado del grupo en Antigua se apresuró a desdecir la defensa que inicialmente había presentado. Hasta los auditores del banco son sospechosos: una oscura firma londinense con oficina en Antigua, que firmó su último visto bueno el 31 de diciembre y cuyo socio principal falleció al día siguiente.
Los medios hacen su agosto en febrero con la jugosa noticia, y ha salido a relucir que Allen Stanford dio contribuciones a los demócratas e incluso dirigió la palabra a una de las sesiones de su convención del año pasado. El suscrito pudo conocer poco después un video de esa intervención. El pomposo Stanford, hoy en día desaparecido, hablaba patéticamente desde un podio colocado en medio de un pasillo cercano a un bar, mientras el tropel de gente que quería pertrecharse con un trago no le prestaba la más mínima atención.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Feb 19, 2009 | Cartas, Política |

“…creo que ganamos una victoria decisiva. Sin embargo, cuarenta y siete por ciento del pueblo americano votó por John McCain. Por consiguiente, no creo que los americanos quieran arrogancia en su próximo presidente”.
Barack Obama
TIME Magazine, Entrevista a la Persona del Año 2008
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El presidente Chávez no puede sentirse orgulloso de su triunfo del 15 de febrero. Conseguido con la ventaja del abuso sistemático, no puede presentarlo al mundo como una victoria limpia. Carga sobre sí, por consiguiente, el desdoro de todo jugador sucio. Crece su mala fama.
Por otra parte, a pesar del gigantesco y obsceno esfuerzo—gasto monetario, malversación de uso, extorsión e intimidación, manipulación falaz—tampoco es que puede exhibir cifras impresionantes. Después de todo, entre el 16 de enero y el 15 de febrero de este año se le voltearon unos 350 mil partidarios: el PSUV aseguraba en la primera fecha que 6.668.984 firmas apoyaban el proyecto de enmienda de la Constitución y, al decir del Consejo Nacional Electoral, exactamente treinta días después votaban por ella 6.319.636 electores.
Peor aún se le pone la cosa si se toma en cuenta que en diciembre de 2006, cuando el registro electoral tenía un millón menos de electores registrados, votaron por su candidatura 7.309.080 de ellos. O sea, se perdió más de un millón de votantes ; de esa cantidad, como hemos visto, la tercera parte desapareció en el último mes. En otras palabras, en diciembre de 2006, Chávez logró llevar a las mesas de votación al 46,3% de los electores; dos años más tarde pudo arrastrar sólo al 37,7%. Hubiera debido lograr, para preservar sus proporciones, 1.443.973 votos por encima de los que obtuvo hace cuatro días.
Cosas como ésas, y su propia “ganancia” de 693.652 votos respecto del referéndum de 2007, han determinado un espíritu francamente positivo en la mayoría de los opositores al gobierno. No son muchas las caras largas, y todo líder político de la oposición ha interpretado los resultados como un logro muy significativo. Una que otra persona dice que “este país es una m…” o “Yo lo que sé es que en cuanto pueda me voy p’al c…” La mayoría, sin embargo, siente que la jornada del pasado domingo valió la pena y que, a pesar de la derrota, fue satisfactoria.
La conciencia de humildad recogida en el epígrafe llama directamente a su aplicación en el caso presidencial, por supuesto. (“…la primera tentación, al reflexionar sobre lo dicho por Obama, es lamentarse porque el presidente venezolano no entiende que, por las mismas razones que expone el presidente norteamericano, su notoria arrogancia está de más”. Carta Semanal #318 de doctorpolítico, 5 de febrero de 2008). Pero si ella puede ser recomendable en el vencedor, mucho más es la modestia la virtud más útil al derrotado.
Las cuentas pueden sacarse de muchas maneras. Por ejemplo, si se anota que “la oposición” ganó casi 700 mil votos entre ambas consultas referendarias, entonces no debe ocultarse el hecho de que el gobierno aumentó su votación ¡en 1.940.244 sufragios!
Cuidado, pues, con extraer conclusiones apresuradas. La lectura estratégica correcta sólo puede venir con la modestia.
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Modestia, antes que nada, para practicar la primera exigencia de la democracia. “Somos demócratas”, proclaman los adversarios del gobierno, y el más elemental de los rasgos de la democracia es la aceptación y el respeto a la voluntad de la mayoría. No se habla acá de un mero acatamiento, de un “no tengo otro remedio que aceptarlo”. Lo democrático es aceptar, respetuosamente, con orgullo de demócratas, que 6.319.636 electores venezolanos votaron a favor de la enmienda propuesta. Seguramente una cierta proporción de estos sufragios se debió a la coacción feroz, como se anotaba al comienzo, pero nadie tiene base para aventurar una ponderación seria de esa magnitud. No puede decirse, como se escucha en autoreferencia complacida: “Nuestros votos fueron votos pensados, sensatos, racionales; los votos afirmativos son los de gente inculta, atemorizada, vendida o fanática”. Una tal soberbia es del todo desaconsejable. Podemos seguir pensando que el rechazo a la enmienda recién aprobada era lo correcto, lo más sano y prudente para nuestro sistema político, pero no se justifica la hipótesis de que cada uno de los más de seis millones de compatriotas que votaron a favor de ella tuvo por motivo algo despreciable o censurable.
Necesitamos igualmente modestia para evaluar correctamente el significado de la abstención. No puede decirse, como también se escucha, que a casi una tercera parte de los electores (30,08%) no le importa para nada el país. El celebrado hito del 2 de diciembre de 2007 se debió en mucho a una abstención bastante mayor (44%) que la del pasado domingo, y muy especialmente a la abstinencia electoral de usuales partidarios del gobierno. De nuevo, se trata de un contingente tan grande—el 15 de febrero—como el número de personas que quisimos negar una enmienda que nos parecía, y nos sigue pareciendo, altamente inconveniente. Es una práctica simplista, propia de los análisis primitivos, atribuir a cinco millones de personas un único e idéntico motivo para haber prescindido del voto y, en ningún caso, puede considerárseles opositoras en su totalidad.
Se requiere modestia para rechazar el pensamiento que supone que ahora “la oposición” dispone de un “caudal” de cinco millones de votos. No existe la caja fuerte en la que ese caudal esté guardado; el caudal íntegro fue consumido el domingo 15. Tampoco, obviamente, dispone Chávez de un caudal contrapuesto de seis millones de seguidores. Chávez, eso sí, ha sido capaz de producir mayorías a su favor en todas las confrontaciones electorales en las que ha intervenido menos una. Apartando el atípico referéndum del 2 de diciembre de 2007, las ganó todas. De esto, sin embargo, no se desprende que Chávez sea el dueño irreversible de las opiniones y voluntades de quienes hasta ahora le han favorecido con sus votos, y en cambio puede sostenerse con seriedad que su influencia ha disminuido. No es casualidad que en la misma noche del domingo pasado reconociera cuáles son las principales debilidades de su gobierno: la delincuencia y la corrupción, a las que declaró prioritarias. (Es la primera vez que la inseguridad ciudadana es elevada por Chávez a tan destacado sitial. Cuando inscribía su candidatura presidencial en el CNE a mediados de 2006 sólo mencionó a la corrupción administrativa, y dijo que quería ser reelecto para “continuar la lucha contra la corrupción”. En la noche del 3 de diciembre de ese año, ya proclamado vencedor, aseguró enfáticamente que su prioridad era entonces “combatir la corrupción y la burocratización”. Más de dos años después repite el asunto, pero nada significativo se ha hecho en esta materia, como lo demuestra el hecho de que el gobierno no ha podido explicar convincentemente, por caso, las llamativas andanzas del Sr. Antonini, o que ahora sostenga cómicamente que sí hay lucha contra la corrupción porque se propone declarar la responsabilidad política de Manuel Rosales por una camioneta presuntamente malversada. Hay que tener tupé).
La modestia es necesaria para que no se entienda que “la oposición” a la enmienda presentada por persona interpuesta (la Asamblea Nacional) es idéntica a la suma de los partidos declarados como de oposición; es bastante mayor. Es necesaria para que tampoco “los estudiantes” se crean los dueños de la votación negativa. Si bien tuvieron un papel más destacado que el de los líderes partidistas, esto obedece a que el “comando” que dominan los asignadores de recursos financieros y comunicacionales a “la oposición” determinó que Goikoetxea es más tragable que Ramos Allup, y por tal razón los estudiantes debían asumir la misión del fronting de la campaña opositora. (Ciertos electores desapercibidos de esa decisión se hacían eco de las infaltables leyendas urbanas: Manuel Rosales habría pactado su silencio como pago de su exoneración de lo que ahora lo acusan). Una vez más, como ocurrió en diciembre de 2007 y noviembre de 2008, una buena cantidad de otros actores trabajaron muy duro para ofrecer una resistencia organizada, admirable y muy sustancial y arrancarle terreno al gobierno, lo que se puso claramente de manifiesto en las elecciones de gobernadores y alcaldes. En especial es encomiable el esfuerzo realizado por varias organizaciones en materia de defensa del voto, en la que ha habido notables progresos.
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Pero donde es más profunda la necesidad de un tono intelectual modesto es en el examen de las premisas y axiomas que informan las estrategias políticas de quienes sostenemos que Chávez no conviene al país. Es preciso cuestionarlas con método de “presupuesto cero”, aunque se trate de nuestras estrategias favoritas.
A éstas se las repite, en buena medida, como disco rayado. La manida línea de la “unidad de la oposición”, por ejemplo. En su más reciente versión se propone como “la unión de los estudiantes con los partidos”; esto es, de quienes todavía no están listos con los que ya no son aceptados. La inercia y la falta de imaginación dominan la estrategia.
Desde esta postura se cierra el paso, una vez más, a la innovación. A fines de 1998, bloqueada la idea de una asamblea constituyente por quienes pudieron convocarla con más sensatez, y antes del primer triunfo de Chávez, se comentó: “Pero que [se] haya dejado transcurrir [el] período sin que ninguna transformación constitucional se haya producido no ha hecho otra cosa que posponer esa atractriz ineludible. Con el retraso, a lo sumo, lo que se ha logrado es aumentar la probabilidad de que el cambio sea radical y pueda serlo en exceso. Éste es el destino inexorable del conservatismo: obtener, con su empecinada resistencia, una situación contraria a la que busca, muchas veces con una intensidad recrecida”. Poco antes se había advertido: “La constituyente es inoportuna, estamos en crisis, no conviene añadir incertidumbre con ella, dicen algunos. Trampa. Nunca parecen ser oportunas las transformaciones, según algunos. Volver a posponer el cambio es aumentar todavía más la temperatura de la olla de presión, que tiene ciertamente un límite”. No hemos olvidado la historia que se desarrolló desde esas fechas.
Una vez más, se adelanta la formulación sensatoide de que por los momentos no conviene intentar nuevos caminos, a pesar de que los actores políticos convencionales, independientemente de los muchos méritos que han acumulado, no tienen lo que hace falta. Más allá de ligeros cambios estilísticos y de una renovación generacional en COPEI, para tomar como ejemplo su caso específico, este partido sigue siendo más o menos lo que era antes del advenimiento de Chávez a la Presidencia de la República. Claro, el partido se ha reposicionado como de centro-derecha—así explica con satisfacción Eduardo Fernández—; ya no obedece a la ubicación de centro-izquierda que Rafael Caldera estipulara en el mitin de cierre (en la Plaza Venezuela) de su campaña de 1963, ni se enfatiza aquello de la Juventud Revolucionaria Copeyana que el mismo Fernández dirigiera en tiempos más remotos. Ahora ensaya la marca “COPEI – Partido Popular”, en imitación de o concesión al partido de José María Aznar, que bastante ayuda financiera le ha concedido en época de vacas flacas, cuando hasta los alemanes de la Fundación Konrad Adenauer le habían regateado fondos por decepción con su reciente desempeño. Pero sigue siendo un partido clásico, de pretensión ideológica, cuando el molde moderno, Tony Blair dixit y Obama y Sarkozy ilustran, es post-ideológico.
Este último párrafo, sin embargo, como escueto estudio de caso no significa que el propio Eduardo Fernández no tenga nada útil que decir, o que COPEI—o Primero Justicia o Un Nuevo Tiempo—sea una organización incapaz de contribuir positivamente a la superación del agudo cuadro patológico de nuestra política. En opinión de quien escribe, Eduardo Fernández es un político preparadísimo, de gran inteligencia y no poca valentía, y sería un desperdicio nacional injustificable despreciar la mucha gasolina que aún le queda en el tanque.
De lo que se trata es de otra cosa. Por un lado, la modestia se expresa igualmente en el reconocimiento de la deuda que se tiene con los precursores. He aquí el espíritu de la frase mil veces atribuida a Isaac Newton: “Si vi más lejos fue porque subí sobre los hombros de gigantes”. Y la modestia es, entonces, asimismo exigible de los gigantes mismos.
Pero necesitamos nuevos contextos, nuevas organizaciones, para el aprovechamiento inteligente y concentrado de mucho talento político nacional. No es lo más eficaz, con perdón de la inscripción de Jon Goikoetxea en Primero Justicia, el procedimiento inverso de colocar un elemento nuevo en un ambiente viejo. El gurú de la sociología de la comunicación y la modernidad que fuera Marshall MacLuhan tuvo esto muy claro, y sugirió que un sillón Luis XV podía lucir estupendamente en el más moderno pent house de Manhattan, pero que un computador en el Palacio de Versalles reventaría su ambiente de un modo chocante e incomprensible.
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Hace unos días, en un sorprendente ejercicio de lucidez, por lo demás habitual en él, el Dr. Ramón J. Velásquez dibujó con hábil pincel grueso el trayecto histórico que nos ha traído a este insólito momento. Con toda la intención trazó la rúbrica de cierre: “El resultado de todo esto es que el país está dividido”.
¿Unir a “la oposición”, cuando la mitad de la nación no le está afiliada, sería la estrategia adecuada? Tal vez, pero la tarea política profunda es la de unir a ese país dividido. Es imposible completarla con altanería.
luis enrique ALCALÁ
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