por Luis Enrique Alcalá | Jul 6, 2006 | Cartas, Política |

José Vicente Rangel no es persona que debiera hablar de dignidad. No es digno quien dice una cosa hoy y otra mañana, y de esto hay abundantísima evidencia en el caso de Rangel. Esta publicación, por caso, reprodujo en su número 77 (11 de marzo de 2004), entre otras, la siguiente opinión del Vicepresidente Ejecutivo de enero de 1981 (revista Bohemia, #926): «La camorra no da dividendos. Sobre todo a los gobiernos. Ya que los ciudadanos eligen a sus gobiernos no para que promuevan peleas y pierdan el tiempo en menudas confrontaciones, sino para que trabajen para todos». No ha habido, en toda la historia política nacional algún gobierno más camorrero que éste que Rangel sirve.
Como se anotara aquí la semana pasada, al vicepresidente Rangel le ha dado por aconsejar a un sector de la oposición. El Universal reportaba desde su sitio web ayer a las 4:48 p.m.: «El vicepresidente de la República, José Vicente Rangel, calificó hoy de ‘indignos’ a aquellos precandidatos presidenciales de oposición que acepten el ultimátum dado ayer por la organización Súmate para la organización de las elecciones primarias con el fin de elegir un candidato único opositor».
La razón que Rangel ofrece para esta calificación vino construida (gramaticalmente mal) en el estilo camorrero y agresivo que practica para adular, en contra de sus propias posturas antiguas: «Sería totalmente indigno quienes acepten que un organismo, una franquicia del imperio como es Súmate les imponga las condiciones».
Pero es que aun las personas que se equivocan a menudo no siempre están equivocadas.
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Para seguir en vena de autoreferencia, esta publicación se contó entre las primeras que veían virtudes políticas en el mecanismo de elecciones primarias. La primera vez que se refirió a ellas fue en su #15 del 28 de noviembre de 2002: «El lunes de esta semana [25 de noviembre de 2002] escuchamos del Dr. Aurelio García una idea que nos parece democráticamente correcta y altamente oportuna: que la Coordinadora Democrática proceda de inmediato a la celebración de unas elecciones primarias que determinen el nombre del candidato único de oposición en unas eventuales elecciones presidenciales… Pero es que además de resolver un crucial problema estratégico—la selección de la candidatura única—la preparación y celebración de primarias emitiría una señal poderosísima. La oposición a Chávez estaría diciendo al país y al mundo que está absolutamente segura que vienen elecciones para sustituir a Chávez. De este modo asumiría una iniciativa política que el gobierno no podría ni detener ni arrebatar».
No fue, pues, ocurrencia de doctorpolítico la receta de las primarias—sólo la apoyó—por un lado, y las condiciones políticas del momento eran muy distintas de las de ahora, por el otro. En aquel entonces habría convenido la definición de un precandidato único antes de la celebración de un referendo revocatorio, pues no pocos votantes del 15 de agosto de 2004 negarían la revocación de Chávez al ignorar quién le sucedería si debía abandonar el cargo presidencial.
En las condiciones actuales, en cambio, las elecciones primarias serían un error, y esto lo sabe hasta Súmate. Ya sabe que a las primarias asistiría muy poca gente—que no temería ser listada por Tascón o su suplente—, menos que la que consintió en solicitar el referendo revocatorio, y que por tanto se vería seriamente desacreditada por el rotundo fracaso de lo que vendió por tanto tiempo. (A pesar de las encuestas que registran alto apoyo a la fórmula de las primarias ¿dónde está el movimiento de calle en apoyo a Súmate?) Por esto ya Súmate está convencida de que lo mejor para sus intereses es que no haya primarias mientras pueda echarle la culpa a otros de su reculada. Esta peculiar ONG, un actor político que actúa como si fuera tutor de candidatos y partidos, ha dado un ultimátum que vence a las cinco de la tarde de hoy, y que exigiría la aquiescencia de los candidatos con mayor intención de votos a su favor—el trío BPR de Borges, Petkoff y Rosales—a las reglas y requisitos que exige.
Una lectura de los documentos que Súmate quiere aceptados y firmados incluye una exclusión: la de Queremos Elegir y Grupo La Colina. En efecto, Súmate ni siquiera los menciona, y en cambio se arroga la Secretaría Técnica de un «Comité Organizador del Proceso de Primarias para Escoger al Candidato de la Unidad Democrática Nacional». Asimismo, Súmate aspiraría que los pretendientes primarios acepten «el compromiso de la Asociación Civil Súmate como organizador del proceso electoral». Nada de las otras dos organizaciones. La arrogancia es tan subida que el ultimátum pareciera expresamente formulado para que se le rechace.
Durante la rueda de prensa en la que anunciaron el pilatoso emplazamiento—no fue Roma, fue el pueblo judío—los directivos de Súmate evadieron algunas preguntas incómodas. Por ejemplo, no supieron contestar por qué la unidad debe ser construida alrededor suyo, ni por qué no hacían primarias con el gentío precandidatural que había accedido entusiastamente a la receta de las primarias, ni por qué se presionaba a Petkoff pero no a Smith, que ha sido el más claro renuente de todos los precandidatos.
Pero es evidente que Súmate se metería en graves problemas si por casualidad dos del trío BPR—Rosales, el único de los tres a quien María Corina Machado visitara para una conversación tête à tête, y Borges, a quien le resultaría muy difícil no acompañar al otro después de que habló tanto a favor de las primarias—decidieran finalmente entrar por el aro marca Plaz. En este caso tendría que poner el huevo que cacareó anticipadamente, y el previsible fracaso tendría un responsable indiscutible. Ya no podría decir que todo se debió a Petkoff. No es esto, sin embargo, lo que la organización espera, sino el rechazo de sus condiciones que le permita decir que no fue por ella que no hubo primarias.
Una retirada definitiva—confirmación de lo que ya había anunciado la semana pasada—dejaría intacta, no obstante, la capacidad organizativa de Súmate. Si estaba dispuesta a organizar unas complejísimas primarias, le sería mucho más fácil recoger 170 mil firmas para postular un candidato ante el Consejo Nacional Electoral antes del 24 de agosto, fecha límite para la inscripción de candidaturas.
Debe ser, si no un curso ya decidido, una enorme tentación para Súmate su metamorfosis final en partido u organización franca y abiertamente política. («…anuncia Súmate, por boca de su líder María Corina Machado, que hace metamorfosis para convertirse en la crisálida de un ‘movimiento ciudadano nacional’—aún no es el tiempo de emergencia de la final mariposa política—dedicado a ‘defender los derechos democráticos de la ciudadanía’». En la Carta Semanal #129-130 de doctorpolítico del 17 de marzo de 2005). Durante largo tiempo—mientras duró la hegemonía opositora de la extinta Coordinadora Democrática—debió limitarse a servir de brazo operativo y técnico a planes formulados por cabezas distintas a las suyas propias. Ahora que los «políticos de siempre»—que el diario El Nuevo País acusará como por casualidad del pecado imperdonable de conversar y pactar con el gobierno—han impedido la expresión democrática en primarias de la «mayoría opositora», puede ser el tiempo para revolverse y embestirlos hasta aplastarlos, para ofrecer un canal político—de derecha—enteramente nuevo.
Así, podría Súmate fusionarse con núcleos que participen de su interpretación de las cosas, con organizaciones de ideología afín. Por ejemplo, con Un sueño para Venezuela—Gerver Torres, apoyado por el Banco Venezolano de Crédito que preside Oscar García Mendoza, socio de Marcel Granier en el desaparecido pero latente «movimiento 4D» y gran padrino de Súmate—el que puede reivindicar un trabajo de años en la promoción popular de valores liberales. De allí podría salir un candidato de última hora—los mismos Granier y García Mendoza, Rafael Alfonzo, u otro similar. Alguien que «le hable claro al país».
Es Súmate, pues, el agente que divide a la oposición, aislando a los «participacionistas» a partir de las siguientes premisas: que el gobierno no cree en la alternabilidad democrática y por tanto jamás entregaría el poder que perdería en «elecciones limpias»; que lo que cabe es provocar una «crisis de gobernabilidad» para que caiga el gobierno. (O porque Baduel se atreviese a rebelarse contra quien la ha conferido un tercer sol de general, o porque los marines viniesen a salvarnos).
En número anterior (#187, del 27 de abril de 2006) se hacía referencia a lo expuesto en una cierta conferencia, en estos términos:
«La conferencia se inició asentando como premisa—según se dijo suprema—de todo el asunto, la absoluta seguridad de que el actual titular del cargo presidencial no cree en la alternabilidad democrática y, por tanto… No se dijo más nada. La premisa no fue más comentada ni expandida durante toda la exposición, aunque proyectó su sombra sobre todo el resto de lo argumentado. Luego se describió a grandes rasgos el mecanismo de primarias y se rebatió, de forma persuasiva, los inconvenientes que usualmente se oponen a la idea de las mismas. Lo que más se enfatizó, sin embargo, fue la exigencia de que el candidato más votado tendría que convertirse en el sumo adalid de la lucha por condiciones electorales confiables, y retirarse de las elecciones, no con 5% en las encuestas, sino con 40% gracias a las primarias, lo que es preferible y sí ‘tendría impacto»’ en caso de ‘ser necesario’. Fue luego de todo eso que se suscitó una ronda de intervenciones de algunos asistentes. Uno de ellos argumentó que el gobierno no es demócrata y por tanto jamás sería derrotable por vía electoral, razón por la cual ‘lo que había que hacer’ era crear, mediante el retiro de la candidatura, una ‘crisis de gobernabilidad’ que pudiera ser aprovechada por otros factores de poder que acabaran con el régimen. Entonces quien ofreciera la conferencia se dirigió al ponente de la receta descrita para decirle: ‘Pues mira, eso es exactamente lo que estamos buscando’».
Por tal razón doctorpolítico expresaba esta opinión: «Las primarias, definitivamente, permitirían que los electores participaran en la decisión de escogencia del candidato. Serían, es obvio, más democráticas. Pero si se las quiere emplear, en diabólica, insincera y arrogante manipulación, para entusiasmar a muchos electores en una candidatura cuya misión, sin que los ciudadanos lo sepan, es retirarse para generar problemas de gobernabilidad al gobierno y ejecutar después alzamientos o intervenciones extranjeras, entonces debemos rechazarlas con el mayor denuedo. Ya se nos llevó una vez, como corderos, al riesgo de la muerte el 11 de abril de 2002, mientras una necia conspiración se aseguraba de capitalizar, para una autocracia que jamás fue escogida en primarias, el beneficio del sacrificio».
La persona que hacía la presentación reseñada es, sépase, altísimo directivo de Súmate. No es necesario, por los momentos, identificarla. La mayoría de los lectores de esta publicación sabe que ésta se rige por un cierto código de ética de la «Medicina Política», compuesto y jurado por el suscrito en septiembre de 1995. Una de sus estipulaciones establece: «Protegeré el secreto de lo que se me confíe como tal, a menos que se trate de intenciones cuya consecuencia sea socialmente dañina y yo haya advertido de tal cosa a quien tenga tales intenciones y éste probablemente las lleve a la práctica a pesar de mi advertencia». Que Dios me agarre confesado.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Jul 4, 2006 | Fichas, Política |

LEA, por favor
La voz amable del Dr. Francisco Kerdel Vegas me ha enseñado más de una cosa. Por ejemplo, que el ilustre fundador de la patología, el alemán Rudolf Virchow, que también fue político en la época de Bismarck y uno de sus más fieros oponentes, entendía su actuación pública como un acto de carácter médico. Recientemente me introdujo al asombroso mundo intelectual de Theodore Zeldin, el autor de un libro sorprendente: Una historia íntima de la humanidad (1994). De esta insólita obra se comenta: «El notable libro de Theodore Zeldin ofrece al lector una nueva visión del pasado. Mientras otros historiadores se han concentrado en la historia política, social o económica, Zeldin escribe aquí acerca de la historia emocional…»
Una mera ojeada al índice del libro advierte de una vez que estamos ante una aproximación inusual. Contiene capítulos que se llaman De cómo los humanos han perdido repetidamente la esperanza, y cómo nuevos encuentros, y un nuevo par de lentes, la revive, Por qué ha habido más progreso en la cocina que en el sexo, De cómo aquellos que no quieren ni dar órdenes ni recibirlas pueden convertirse en intermediarios, De cómo incluso los astrólogos resisten su destino, o Por qué la crisis de la familia es sólo una etapa en la evolución de la generosidad.
El contenido mismo, naturalmente, es tan sugestivo e interesante como esos títulos. Dice, por ejemplo, en el primer capítulo: «La conclusión que extraigo de la historia de la esclavitud es que la libertad no es sólo un asunto de derechos a ser guardados en el altar de la ley. El derecho de uno a expresarse todavía le deja con la necesidad de decidir qué decir, de encontrar a quien escuche, de hacer que las palabras de uno suenen hermosas; éstas son destrezas que necesitamos adquirir. Todo lo que la ley dice es que podemos tocar nuestra guitarra, si es que podemos obtener una. Así que las declaraciones de derechos proveen sólo unos pocos de los ingredientes con los que está hecha nuestra libertad». Nos pone a pensar.
El trozo escogido para esta centésima Ficha Semanal de doctorpolítico corresponde al comienzo del capítulo que Zeldin tituló De cómo el respeto se ha hecho más deseable que el poder. Como es su método, arranca por la referencia a un caso real, a la descripción de las emociones de una persona concreta, que es siempre una mujer. En este caso reporta las inquietudes de una alcaldesa de Estrasburgo, que sostiene: «La política es un aprendizaje interminable, que requiere que uno se adapte al hecho de que los demás son diferentes». Una percepción alejada de las pretensiones de Aristóbulo Istúriz, quien acaba de decir en el «III Congreso Pedagógico Nacional», como rasero y rastrero igualador: «Cada maestro tiene que estar casado con el modelo de república, y nuestra ideología política tiene como objetivo construir la ideología socialista del siglo XXI». Istúriz nos quiere hormigas.
LEA
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Historia emocional
Soñar, dormir y olvidar. ¿Es que algún estadista ha reivindicado alguna vez ser un especialista en estas artes? Sólo la alcaldesa de Estrasburgo, Catherine Trautmann. Todavía en sus treinta, electa para presidir la capital parlamentaria de Europa ¿es que esta mujer está sugiriendo que la música de la política nunca sonará igual de nuevo?
Su aventura comenzó con una tesis sobre el soñar, el dormir y el olvidar, con especial referencia a los gnósticos. Éstos eran una secta que floreció más o menos en tiempos de Jesucristo, y cuya creencia esencial era que cada individuo es un extraño en el mundo; que incluso Dios es un extraño, pues Su creación es imperfecta y tampoco Se siente cómodo en ella. Eran, sin embargo, una secta de optimistas, convencidos de que todo el mundo encontraría la salvación, o al menos aquellos que desvelaran el simbolismo que es el envoltorio del mundo y descubrieran los rituales necesarios para triunfar sobre el mal. La cristiandad compitió con el gnosticismo y luego tomó prestadas nociones de él; más tarde William Blake, Goethe y Jung estarían entre las grandes mentes que se inspiraron en él. Catherine Trautmann piensa que los gnósticos tienen mucho que decir a la gente moderna que, como ellos, se encuentra incómoda en un mundo injusto. Eran marginales, y ella también lo es (es decir, no se siente parte de un orden establecido, que pretende que las cosas son como deben ser). Los gnósticos tenían «una cierta separación», que ella también procura cultivar. Trataban de ver más allá de las apariencias, para encontrar un significado oculto en lo que parece insignificante, llevar a cabo «una exégesis del alma»; y ella, igualmente, dice que lo que más le interesa no es lo obvio, sino lo que ha sido olvidado. Ellos creían que los aparentes contrarios no eran necesariamente diferentes, y trataban de trascender las diferencias entre lo masculino y lo femenino, lo que resonó con ella, cuyo primer instinto político fue el de un instinto feminista de cambiar el modo con que la gente se trata.
Sin embargo, para alcanzar sus metas hizo una elección deliberada. En vez de enrolarse en el movimiento feminista, se unió a los socialistas. Para mejorar al mundo, se dijo a sí misma, uno no puede permanecer distante, sino participar de la corriente principal. Decidió convertirse en «una marginal integrada a la sociedad», cambiándola desde adentro. Sigue siendo una marginal, pero esto significa ahora que preserva su libertad dentro de la sociedad, sin permitir que la marginalidad se convierta en egoísmo o soberbia. En cualquier caso, los marginales no olvidan sus sueños.
Cuando era niña, ella se decía siempre que no debía olvidar lo que había aprendido, pero siendo adolescente leyó a Freud, y se dio cuenta de que el olvido no es siempre accidental. Por un lado, estaba decidida a convertirse en la clase de persona que quería ser, por lo que cuidadosamente elaboró una lista de sus objetivos. Por la otra, no logró convencerse de que alguna vez descifraría los misteriosos procesos que llevan a una persona a actuar de una manera y no de otra. Su tesis sobre los gnósticos no explica su política actual; era un ejercicio dentro de un marco académico, pero asimismo era un intento por descubrir lo que estaba buscando, y no se ha convertido en un político convencional, puesto que aún se encuentra en el proceso de «desentrañar», tratando de obtener sentido de ella misma y de otros.
Cuando fue elegida alcaldesa, a la edad de treinta y ocho años, le dijo su hija: «Tú quisiste ser alcaldesa durante un largo tiempo y nunca me lo dijiste». A lo que ella replicó: «No sabía que eso era lo que quería». Pero un amigo dijo: «No puedes pretender que es accidental que seas alcaldesa. ¿Es que no puedes ver que has estado apuntando a eso todo el tiempo?» No, dijo Catherine Trautmann, «No me di cuenta de que lo estuve». No es fácil saber qué es por lo que uno está luchando. Y se pregunta: «¿Cuál es mi meta ahora que soy alcaldesa?» Esto no tiene una respuesta simple.
Piensa en su familia de una vez, antes de que pueda enunciar algún gran principio político. Una de las primeras metas de su vida fue la de tener una exitosa asociación con su esposo. Los políticos no comienzan normalmente a hablar de sus vidas privadas, aun cuando es ése el único interés que comparten con todos sus electores, excepto aquellos que se mueven por ambiciones más solitarias. El acuerdo al que llegó con su esposo, cuando se casó a los diecinueve, era que ninguno limitaría jamás la libertad del otro. Ella «ama a la política», dice. Es una pasión, como un amorío. «Mis dos hijas han aceptado esto muy bien, pues les digo que la política es muy importante en mi vida». Esto significa que les ve menos de lo que de otro modo desearía. «No soy una supermujer». Su esposo, sus padres y un círculo de amigos compensan creando una red de afecto en torno de las niñas. Eso no es algo que ocurra naturalmente. Ella sabe cuán difícil es para una madre que trabaja encontrar un pesebre: su propio fracaso en encontrar uno fue el acicate que la llevó a la política en primera instancia.
No obstante, aun con toda esta buena voluntad y esta paciencia, un matrimonio podría romperse. Una mujer, dice, puede ser muy exigente al querer ser escuchada; su insistencia puede ser «brutal». Un día, «me dije a mí misma detente. Estás pidiendo demasiado. Las relaciones matrimoniales tienen una tendencia a convertirse en teatro, en obras representadas una y otra vez… Una alcanza la escena 3 del acto 5… Una se da cuenta de que está actuando. Se hace víctima del hábito que una permite le lleve». La clave que permite alejarse de la escena es la decisión de que uno nunca debe permitir que el desprecio entre a su vida. «El desprecio es la peor de todas las cosas, es una forma simbólica de matar a una persona. Eso me rebela».
Su conclusión poco convencional es que no se trata de que la política le ofrezca una clave, un dogma, una solución a todos los problemas. Habiendo estudiado las disputas teológicas de tiempos antiguos, se sorprende por la similitud de la forma de pensar de los políticos modernos y los teólogos de antaño. «Eso hace imposible que vaya repitiendo ingenuamente un discurso ideológico». Los políticos pueden formar tienda aparte con otros que en términos gruesos tengan opiniones compartidas, pero dentro de cada partido siempre hay conflicto. A ella le gusta acometer estos conflictos, encontrar estratagemas para manejarlos, siempre que haya reglas de juego, como en un deporte. La búsqueda del poder no puede ser la meta, porque «las personas con poder pierden una parte de su identidad: hay una tensión constante entre uno mismo y el cargo público que se detenta», entre el individuo y la forma tradicional de ejercer autoridad. Ella quiere que los políticos sigan siendo seres humanos. Los que más le gustan son los políticos «atípicos». Lo que más importa en la clase de política que prefiere es la continua búsqueda, por los políticos, de su propia comprensión, de su «desarrollo espiritual».
No deben esperar el éxito, puesto que cada victoria es provisional, un mero paso, nunca el paso final. La política es un aprendizaje interminable, que requiere que uno se adapte al hecho de que los demás son diferentes. Ésa es su recompensa, el descubrimiento de la diversidad de la humanidad: «El estar en política es una forma maravillosa de observar la variedad de la vida». Y, por supuesto, la vida está llena de fracasos: «Es importante reconocer los propios fracasos: la prueba de los políticos está en cuán bien puedan aceptar sus fracasos». Las mujeres se atemorizan de la política, dice, porque la perciben como un mundo «duro», pero de hecho tienen una ventaja sobre los hombres: las mujeres «tienen dos lados», ven el mundo como público y privado, lo que les protege de perderse en abstracciones. «Las mujeres tienen más libertad como políticos; los hombres aceptan de éstos una buena cantidad de cosas que no tolerarían los unos de los otros, y con las mujeres hay una expectativa de nuevas ideas, de cambio».
En su juventud estuvo también atemorizada, y no sólo de las políticas: «tímida, ansiosa en la compañía de otros». Como madre joven se preocupaba porque no estaba segura de cómo tratar con sus hijas, o cómo contestar sus preguntas. Así que su ambición se convirtió en una «superación de mi timidez». Siempre se sintió una persona solitaria, lo que parece contradecir su imagen de persona feliz en el trabajo y el hogar. «La soledad es mi pilar interno, mi jardín secreto. Nadie entra, excepto quienes me son más cercanos».
Catherine Trautmann procura seguir siendo una persona doble. «Abuela Mermelada» era su apodo de estudiante. Todavía es su afición favorita confeccionar mermeladas y conservas de membrillo, calabaza y tomate según sus propias recetas. Disfruta haciendo ropa y «objetos inusuales», obras de arte que construye de una miscelánea de pedazos. Los artistas de humor amargo y sarcástico son los que más le agradan, los surrealistas y los grandes caricaturistas. En casa no da discursos. Cuando está con su esposo no es la alcaldesa.
La reina Isabel I de Inglaterra dijo: «Sé que tengo el cuerpo de una mujer débil y lánguida, pero tengo el corazón y el estómago de un rey». Tener el estómago de un rey ya no es más una ambición adecuada. El modelo del Hombre Fuerte que puede inspirar obediencia está obsoleto. El tejido que Catherine Trautmann hace de sus vidas privada y pública sugiere que la política puede tener una textura diferente. Ella es para sus oponentes, por supuesto, sólo otro rival a ser excluido, y uno de sus lados es de hecho el combate de la tradicional guerra de la política, pero su lado menos obvio es indicio de nuevas posibilidades en las relaciones humanas.
Theodore Zeldin
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por Luis Enrique Alcalá | Jun 29, 2006 | Cartas, Política |

Por estos días la noticia más notable del campo opositor ha sido la tirada de toalla por parte de Súmate. Argumentando que la indefinición de ciertos candidatos y el paso inexorable del tiempo ya no permiten cumplir el cronograma técnico que pensaba cumplir, la «organización de ciudadanos» ha declarado que no se ocupará de la realización de elecciones primarias para determinar un candidato único de oposición. Alejandro Plaz leyó un comunicado de la organización que explica: «Las primarias que aspiraban y esperaban los ciudadanos, las que se merece todo el país después de tanta frustración y desconfianza en el sistema electoral venezolano, ya no son posibles». También, con un dejo de amargura en la voz, resolló por la herida: «Todo el país conoce quiénes son los que han trabajado en favor del mecanismo de las primarias y quiénes no, nosotros no queremos hacer señalamientos y atribuir responsabilidades». Es decir, habría «culpables», pero no hace falta que Súmate diga: «Reconócelos, pueblo».
¿Quiénes son? Los del trío BPR, Borges, Petkoff, Rosales, pues los candidatos menores se pronunciaron todos a favor de la realización de primarias, poniendo su confianza en Súmate, a excepción de Roberto Smith, que desde un principio expresó su desacuerdo con claridad. (No debe sorprender a nadie que Vicente Brito o Cecilia Sosa quisieran primarias, pues al menos así vivirían su cuarto de hora de notoriedad, que por su propia cuenta y riesgo les estaría negado).
Es cierto que Julio Borges se mostró como el más convencido de la idoneidad de las elecciones primarias. El año pasado había propuesto, incluso, que tales elecciones se celebraran el 19 de abril de este año. Vivian Castillo reportaba en El Universal el 30 de diciembre de 2005: «La celebración de unas elecciones primarias para escoger un candidato único legitimaría la alternativa opositora, según afirmó Julio Andrés Borges, candidato presidencial y coordinador nacional del partido político Primero Justicia…. Reiteró que unas primarias serían una extraordinaria manera de lograr la expresión de la gente, ‘que el ciudadano diga—entre la constelación de grupos que hay—: nosotros queremos que el capitán sea éste, que el equipo sea este grupo o esta coalición’, dijo».
Pero tan sólo dos meses después ya había bajado su entusiasmo. América Económica le entrevistó el 24 de febrero de este año, y Alba Gil le preguntaba: «Usted propuso celebrar unas elecciones primarias el próximo 19 de abril. ¿Cree que esa fecha y este método se puede mantener?» En esta ocasión dijo Borges: «Ya no hay tiempo para eso. Lo cual no quiere decir que este proyecto no se pueda llevar a cabo. Las fuerzas políticas de la oposición podemos y debemos alcanzar un acuerdo y participar en las elecciones de diciembre. No es necesario realizar un proceso electoral para elegir a un candidato. Con el diálogo podemos llegar a un consenso». Estaba claro que algo le había hecho variar de opinión. Más recientemente, sin embargo, había vuelto al redil de las primarias.
El villano favorito sería Petkoff, pues de los tres fue quien se mostrara más reacio a la realización de primarias. Ayer dijo en la Universidad Católica Andrés Bello que la decisión de Súmate había sido unilateral, al recordar el grupo que se había formado con participación de Súmate, Queremos Elegir y el Grupo La Colina, junto con los representantes de los candidatos. Dijo así a los estudiantes en La Vega que lo escuchaban: «Recuerden que las primarias eran uno más de los métodos previstos y, aun más, el último recurso. Súmate tiró la toalla, su decisión es respetable, pero si es necesario hacer primarias, si los hombres que quieren y tienen la capacidad de llevar las riendas de este país por un camino de paz a la democracia no nos ponemos de acuerdo, entonces iremos a primarias. Y eso será en el momento apropiado, el momento que nos convenga a nosotros, no el que quiera el Gobierno». (Por supuesto, tampoco en el momento que Súmate quiera imponer. Pero Petkoff salía al paso de declaraciones de José Vicente Rangel, convertido desde hace rato en consejero gratuito e inoficioso de la oposición. El Vice había dicho que la retirada de Súmate era una buena noticia para «el sector democrático de la oposición», y opinó que todo lo que estaba «tutelado» por la ONG era «desorientador» ).
El más ambiguo del trío es Manuel Rosales. Todavía, por una parte, deshoja la margarita de la candidatura—a pesar de aparecer de primero entre los tres en la mayoría de las encuestas—y por la otra produjo unas declaraciones en las que sugiere que las primarias pudieran todavía realizarse el 13 de agosto si no el 6, como era la idea de los sumateros. Pero también indicó (según reporta El Universal) que «el método de la consulta conducirá a la oposición por un solo camino. Ya el pueblo de Venezuela está tomando un rumbo y sus calles y su expresión y su manifestación es la de seleccionar a un candidato para que sea el nuevo Presidente de Venezuela». Y rubricó del siguiente modo: «La manifestación de toda Venezuela es que ya hay un candidato nacional que se está perfilando y ese candidato será el próximo Presidente de Venezuela. Ustedes saben quién es ese candidato». No parece probable que se refiera a ninguno de los otros miembros del triunvirato, pero ya le pedirán sus compañeros de trinidad, mañana viernes en Maracaibo, alguna explicación de la críptica frase y su aparente alineación a favor de las primarias.
Por ahora, pues, los disparos de los primaristas apuntarán a Petkoff, que es quien se ha atrevido a hablar más claro y más raspado. A la postre, tal vez sea Borges el más castigado, al endilgársele un presunto doble juego: en apariencia proclive a la realización de primarias, en la práctica coaligado con Rosales y Petkoff en un esfuerzo por disminuir el protagonismo monopólico que Súmate parecía querer ejercer, como única dueña del ring de boxeo candidatural.
En todo caso, Súmate pareciera demostrar que, al menos en este punto, carece del staying power (poder para resistir o permanecer) necesario para defender su posición, al retirarse unilateralmente del concierto primario después de que unilateralmente lo hubiera propuesto y tenido como su propiedad. Cuando el trío BPR emitió el comunicado que amarraba a Súmate junto con el Grupo la Colina y Queremos Elegir, la primera de las organizaciones nombradas atinó a apuntar que el acuerdo tripartito era una desconsideración de los demás aspirantes opositores, pero ahora es Súmate la que, sin considerar a los pares que aceptó a regañadientes, declara que no participará en la organización de las primarias.
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En 1972 exhibieron en Caracas una rara e interesante película que se llamaba «La tienda roja». La cinta fantaseaba sobre la aventura de una expedición italiana hacia regiones árticas inexploradas que dirigía el general Umberto Nobile. Un grupo de expedicionarios voló con él en un dirigible que se estrelló en un inhóspito y desolado paraje. Allí los sobrevivientes pudieron radiodifundir señales de emergencia y pedir auxilio. Tres intentos de rescate, contaba la película, fueron un rompehielos ruso que no pudo llegar a alcanzarlos, la solitaria y trágica figura del noruego Roald Amundsen que se acerca en su trineo y muere en la búsqueda, y, finalmente, un piloto alemán que llega hasta el sitio del accidente en un avión biplaza. Esta circunstancia significaba que podría salvarse uno de los sobrevivientes, pues el aeroplano sólo tenía puesto para una persona más. Quien se salva es Nobile, dejando atrás a sus compañeros, abandonados a una muerte prácticamente segura.
La historia sigue, muchos años más tarde, en el salón de la casa de Nobile, ya viejo. Es de noche y le visitan sus fantasmas. Su conciencia proyecta en la sala la imagen de Amundsen, la del piloto alemán, la de un grumete de la expedición que iba a casarse con la novia a quien adoraba… Es un terrible tribunal que le acosa y le pregunta por qué eligió salvarse él y no salvó a cualquier otro. Nobile responde y se defiende: «Mis influencias como general servirían para organizar una partida de salvamento. Ningún otro hacía más probable el rescate posterior de todos los que quedaban. Me salvé para salvar a los demás».
La discusión prosigue hasta que el fantasma de Amundsen lo emplaza: «Nadie hace nada por una única razón. Siempre hay más de una razón. Pero hay una que en última instancia es la que definitivamente inclina la balanza. ¡Nobile! ¿Cuál fue esa razón para ti? ¿Cuál, entre tantas, fue la que inclinó la balanza hacia tu propia salvación?» El general calla por un momento, sin más recurso que la sinceridad, y exclama: «¡Yo pensaba en un plato de sopa caliente y en una bañera y en una cama en que dormir al abrigo del viento!»
¿Cuál sería la sopa caliente de Súmate? La gente presenta a veces las renuncias con la esperanza de que no les sean aceptadas. Cuenta Manuel Vicente Magallanes—en el tomo tercero de su «Historia Política de Venezuela»—que Antonio Leocadio Guzmán, bajo la jefatura de José Tadeo Monagas, renunció a la Vicepresidencia el 18 de abril de 1849 para estar libre de candidatearse a la Presidencia. Y dice Magallanes: «Pero no contaba Guzmán con que Monagas iba a resultar mejor actor que él. Con el mismo gesto teatral, pero sin soberbia, el Presidente presenta su renuncia dos días después… En total de cuentas Monagas da una severa lección a Guzmán y le desbarata la maniobra a que lo había llevado la impaciencia. Naturalmente, el Congreso rechazó las dos renuncias y Guzmán tuvo que aceptar sin ninguna otra salida la incomodidad y el peso de la subalternidad».
No hay un congreso ante el que Súmate podía renunciar, pero tal vez haya contado con que una multitudinaria manifestación de electores le exija su regreso. Es más probable, no obstante, que su sueño protagónico, el de king maker que seleccionaría al candidato único y le impondría el papel—en sentido literal: un compromiso firmado en papel—de adalid de las condiciones electorales limpias, hubiera sido disipado desde que los «tres grandes» le impusieran actuar en otro trío, esta vez meramente técnico, con otras dos asociaciones, Queremos Elegir y el Grupo La Colina. Al pretexto del cronograma se le ven las costuras. Si haber rebasado la fecha del pasado domingo significa que las primarias no podrían celebrarse el 6 de agosto ¿cómo es que no caben una o dos semanas después, cuando todavía sería posible inscribir una candidatura ante el Consejo Nacional Electoral el 24 de ese mes?
Pero Súmate sin primarias puede resultar peligrosa. Alejandro Plaz también indicó que su organización continuaría «haciendo todo lo que esté a su alcance… por la indoblegable lucha democrática por unas elecciones limpias». Súmate podría sumarse definitivamente a la prédica abstencionista, que en cabeza de no pocos opositores es lo que habría que hacer, en busca de una «crisis de gobernabilidad» que teóricamente daría al traste con el actual gobierno. A fin de cuentas, ya promovió sibilinamente la abstención del pasado 3 de diciembre, y no fue poco lo que tuvo que ver con la del 30 de octubre de 2004, con la prédica de un fraude electrónico que nunca pudo demostrar. A favor de esta tesis de la crisis de gobernabilidad parecieran trabajar temores expresados por Jesse Chacón: que el gobierno desconfía de acordarse con la oposición sobre unas condiciones electorales aceptables para que a última hora se retire el candidato opositor. También ayuda a calentar las cabezas la extraña iniciativa de Carlos Escarrá, quien ha sugerido una «relegitimación» de la Asamblea Nacional, porque ésta fue formada en elecciones con una gigantesca abstención.
Debe anotarse, para ser justos, que Plaz señaló igualmente que Súmate «seguirá haciendo todo lo que esté a su alcance para propiciar la plataforma de unidad nacional», y exhortaba a los candidatos a «la proclamación de un candidato de unidad». ¿Tendrá autoridad moral para exigirla cuando ahora es ella la que se retira de un esquema unitario para actuar por su cuenta?
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Jun 27, 2006 | Fichas, Política |

LEA, por favor
Hace unas semanas que nos dejara, luego de una larga enfermedad, el ingeniero petrolero falconiano Humberto Peñaloza. Poco antes, Doña Cecilia, su esposa y compañera de toda la vida, se le había adelantado. Son dos pérdidas irreparables.
Es muy difícil hacer un recuento medianamente justo de la trayectoria humana y profesional de Humberto Peñaloza. Uno de nuestros primeros y más brillantes ingenieros de petróleo, fue el fundador de la primera empresa petrolera íntegramente venezolana (privada), cuyas acciones podían ser, además, compradas por el público. (Mitó Juan). Su excelencia profesional lo llevó al directorio de Petróleos de Venezuela, en el que destacó con su mente analítica, siempre certera, y su pedagogía.
También es relativamente conocida su alegre pasión por las artes musicales y la cultura en general. Este entusiasmo fue evidentísimo en la promoción y fundación de la primera estación de frecuencia modulada en Venezuela, La Emisora Cultural de Caracas, que por largas décadas sostuvo a costa de grandes sacrificios.
Pero tal vez no se haya difundido tanto su labor de líder cívico, eternamente preocupado por la calidad de la vida política nacional. Estuvo, por ejemplo, entre los fundadores del Grupo de Electores Girasol, y escribió y publicó muchos textos siempre pertinentes y agudos. Rebuscando en los archivos pude encontrar un artículo que escribí para El Diario de Caracas—publicado el 23 de noviembre de 1998, a escasos trece días de la elección presidencial de ese año—en el que citaba al ingeniero Peñaloza. Es este artículo el contenido de la Ficha Semanal #99 de doctorpolítico, el que se reproduce acá como pálido y muy inadecuado homenaje a la memoria de Humberto. La cita de una de sus incisivas observaciones es botón de muestra que permite atisbar su estilo de asedio de los problemas, poco convencional y con frecuencia, por eso mismo, perturbador de conciencias tranquilas.
El año de 1998 alojó una buena cantidad de carreritas de última hora para impedir la elección de Hugo Chávez. Lo burdo de las mismas, en una sucesión de tiros por la culata, contribuyó a reforzar el triunfo de quien, doce meses antes, no pasaba de 7% de intención de voto según registraban las encuestas. Todavía en noviembre de 1998, luego de que el Congreso elegido en 1993 hubiese olvidado por todo el período el tema constitucional, había quien propugnaba la aprobación apresurada de una reforma general de la Constitución de 1961. Ése es el tema del artículo reproducido.
LEA
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Humberto y su maestro
En la discusión, ya bastante larga pero poco fructífera, acerca del problema constitucional venezolano, los aportes argumentales tienden a centrarse casi exclusivamente sobre el punto de la necesidad o conveniencia de convocar una Asamblea Constituyente. Es decir, el problema queda casi reducido a la discusión acerca del mecanismo o procedimiento conveniente para dotarnos de un nuevo texto constitucional y poco se debate en materia de los contenidos mismos de la cuestión.
Debe reconocerse, por supuesto, que el actual Presidente de la República dirigió una Comisión Bicameral del Congreso para la reforma del texto constitucional de 1961, y que en ese trabajo, así como en el posterior—a raíz del estado de alarma congresional como consecuencia del 4 de febrero de 1992—es posible hallar algunas innovaciones que mejorarían en algo el funcionamiento del Estado venezolano. Pero aun estas posibles modificaciones se encontraron atascadas. No se ha hecho realidad lo expresado en el documento de campaña de Rafael Caldera («Mi Carta de Intención con el Pueblo de Venezuela»): «El nuevo Congreso debe asumir de inmediato al instalarse, su función constituyente». (Dicho sea de paso, todo lo que en ese documento se refiere a acciones del Congreso de la República en materia constituyente o legislativa ordinaria es un evidente exceso, dado que el Poder Legislativo es independiente del Ejecutivo y, por tanto, mal puede prescribirse a los legisladores tareas en un texto que corresponde a la «intención» de quien para ese entonces aspiraba a la Presidencia de la República).
Ahora bien, en el transcurso del trabajo parlamentario (Comisión Oberto) de 1992, el número de proposiciones de enmienda o reforma creció de manera verdaderamente tumoral. El 29 de julio de 1992 Luis Enrique Oberto, Presidente de la Cámara de Diputados, remitía a Pedro París Montesinos un Proyecto de Reforma General de la Constitución (aprobado por los diputados el día anterior) y que contenía ¡103 artículos! (De hecho, la cantidad de modificaciones era muy superior a este número. Para dar un idea, tan sólo el Artículo 9º del proyecto de reforma aspiraba modificar el Artículo 17 de la Constitución vigente y para esto sustituía cuatro de sus ordinales por nuevas redacciones y además añadía quince ordinales adicionales).
Demasiados borrones
Antes de que tal proliferación constituyente llegara a su término, ya Humberto Peñaloza había advertido que algo estaba fundamentalmente viciado en el procedimiento. (El Ing. Peñaloza evocó a un maestro de su escuela primaria: si los alumnos le presentaban una «plana» con cinco errores o más no les admitía enmiendas y les obligaba a intentar el trabajo de nuevo). Así escribió, poco antes de que el proyecto de Oberto fuese concluido, en «Lo democrático es consultar a la ciudadanía»: «Si nuestra Constitución, con apenas 31 años de vigencia, requiere ya de noventa reformas para ‘perfeccionar’ materias que a todas luces deben ser modificadas a fondo, mejor es que la escribamos de nuevo, con nuevos enfoques y nuevas aproximaciones a las realidades del país y de su entorno geopolítico, económico, socio-cultural, militar, administrativo y ecológico. Tarea, eso sí, para nuevas mentalidades y nuevas escuelas de pensamiento».
Este punto de Peñaloza es crucial, porque si se admite que el problema no es de reforma a un texto, sino el de producir un texto nuevo, una nueva Constitución y no una modificación, por más amplia que ésta sea, al texto de 1961, entonces el Congreso de la República no está facultado para acometer esta tarea.
Veamos. La doctrina constitucional generalmente aceptada establece que el poder supremo dentro de un Estado como el venezolano es el del poder constituyente original, básico, o primario. Este poder constituyente no es otro que el del conjunto de ciudadanos de la Nación. Se trata de un poder absoluto, verdaderamente dictatorial: «El poder constituyente es un derecho natural que tiene todo pueblo, ya que este derecho viene a ser un aspecto de la soberanía del Estado, es una consecuencia del hecho mismo del nacimiento del Estado, y el pueblo, cuando se constituye en poder constituyente, no se encuentra vinculado a ninguna norma constitucional anterior, su única vinculación la tiene el hecho de ser pueblo libre y soberano, y, por eso, es un derecho perpetuo que sigue subsistiendo después de ser creada la constitución». (Esto escribe el Dr. Angel Fajardo en su «Compendio de Derecho Constitucional», Caracas, 1987).
Además de este poder original y supremo, no sujeto ni siquiera a la Constitución vigente ni a ninguna anterior, el Congreso de la República es un poder constituyente constituido, y limitado en su función reformadora en dos sentidos.
Es decir, el Congreso de la República tiene el papel principal, según lo dispuesto en la Constitución vigente, para enmendarla o reformarla, sujeto, en primer término, a la aprobación de una mayoría calificada de las asambleas legislativas estatales (en el caso de enmiendas) o del pueblo mismo en referéndum (en el caso de reformas).
Pero hay todavía una limitación más básica, como explica Angel Fajardo en la obra citada: «El órgano cuya función consiste en reformar la Constitución, es el denominado poder constituyente constituido, derivado, etc., y cuya facultad le viene de la misma Constitución al ser incluido este poder en la ley fundamental por el poder constituyente; de modo, que la facultad de reformar la Constitución contiene, pues, tan sólo la facultad de practicar en las prescripciones legal-constitucionales, reformas, adiciones, refundiciones, supresiones…; pero manteniendo la Constitución; no la facultad de dar una nueva Constitución, ni tampoco la de reformar, ensanchar o sustituir por otro el propio fundamento de esta competencia de revisión constitucional, pues esto sería función propia de un poder constituyente y el legislador ordinario no lo es, él sólo tiene una función extraordinaria para reformar lo que está hecho, no para cambiar sus principios y aún menos para seguir un procedimiento distinto al establecido por el poder constituyente».
Impotencia congresional
Esto significa, repetimos, que de aceptarse la tesis de que se requiere una nueva constitución, el Congreso de la República no es el órgano llamado a producirla, puesto que excedería sus facultades. En este caso la única forma admisible de proveernos de una constitución nueva sería la de convocar una Asamblea Constituyente. Y entonces la convocatoria puede venir, o por lo menos el llamado, de cualquier miembro del poder constituyente originario, de cualquier ciudadano en pleno ejercicio de sus derechos políticos. El punto está en que le pongan atención, en el que acudan al llamado y, para esto, es necesario que quien convoque tenga algunos problemas resueltos.
Para estar claros. Puede argumentarse que la Constitución de 1961 estipula un mecanismo para la reforma general de la Constitución. (Un punto que en este momento es colateral, por cierto, es que la Constitución del 61, que permite la iniciativa de las leyes ordinarias a un cierto número de Electores niega la iniciativa de la reforma constitucional al propio Poder Constituyente). El procedimiento está pautado en el Artículo 246: «Esta Constitución también podrá ser objeto de reforma general…», etcétera. (Punto colateral dos: el procedimiento es engorrosísimo, y casi que pareciera diseñado para impedir o dificultar al máximo tales reformas generales. La iniciativa debe partir de una tercera parte de los miembros del Congreso—y no hay ninguna fracción elegida que sea la tercera parte del Congreso—o de la mayoría absoluta de las Asambleas Legislativas, consenso que no debe ser muy fácil de lograr. Pero antes de empezar a discutir el proyecto general soportado en alguna de esas dos formas, una sesión conjunta del Congreso deberá, por el voto favorable de las dos terceras partes, admitir la iniciativa. Sólo entonces podrá comenzarse a discutir por cualquiera de las Cámaras y seguir el procedimiento habitual para las leyes ordinarias. Es sólo después de que se apruebe la reforma en el Congreso que, por fin, se pide la opinión al pueblo, en referéndum que deberá ser convocado en la oportunidad que sea determinada por las Cámaras en sesión conjunta. Una verdadera carrera de obstáculos).
Así debe ser, se dirá, pues no se puede estar haciendo reformas generales a cada rato. Precisamente por eso se ha hecho tan difícil el procedimiento. El punto, en cambio es éste: el Congreso está facultado por la Constitución, para discutir y aprobar una reforma general de ella misma, y ¿no es acaso una constitución nueva el caso límite de una reforma general?
Este último reducto de los que se opondrían a la convocatoria de una Constituyente deja de tener validez en cuanto se argumente que una nueva constitución contendría nociones o previsiones cualitativamente diferentes a las de la constitución a sustituir, las que sería imposible obtener como transformación o modificación de artículos del texto antiguo. Si se trata de innovaciones en grado suficiente, mal puede hablarse de reforma y estaríamos enfrentando algo nuevo.
Luis Enrique Alcalá
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por Luis Enrique Alcalá | Jun 22, 2006 | LEA, Política |

El estrecho de Ormuz es la aorta del tráfico petrolero mundial. El 40% de este tráfico, unos 17 millones de barriles diarios, según estimaciones de la Agencia Internacional de Energía, atraviesa esa crucial vía de agua. Es sobre ella que Irán, el nuevo foco de la política exterior norteamericana, puede desencadenar su poderío militar, e interrumpir así las dos quintas partes del consumo mundial de hidrocarburos, que suplen los productores del Cercano Oriente. La dotación bélica iraní no es amenaza directa, por los momentos, contra territorio o población estadounidenses, pero es perfectamente capaz de dislocar la economía mundial con el cierre, relativamente fácil, del vulnerable estrecho.
El príncipe Al-Faisal, embajador de Arabia Saudita ante el gobierno de los Estados Unidos, ha emitido preocupadas y preocupantes declaraciones sobre esta circunstancia, al advertir sobre las impensables consecuencias que acarrearía una acción militar contra Irán. «Todo el golfo—declaró hace dos días a Reuters—se convertiría en un infierno de tanques en explosión e instalaciones que vuelan». Si se presenta ese escenario, Arabia Saudita defendería su industria petrolera, dijo Al-Faisal, «del mejor modo posible». Ya el presupuesto de seguridad de sus instalaciones supera, para 2006, la cifra de 2 millarditos de dólares.
Pero el problema, en opinión del embajador saudí, no es estrictamente militar o de seguridad industrial, sino principalmente económico. A su juicio, la sola «idea de que alguien lance un proyectil sobre una instalación en cualquier lado dispararía el precio del petróleo a niveles astronómicos». Por esto cree que veríamos «que el precio del petróleo se duplicaría o tal vez triplicaría como resultado del conflicto», en caso de que el impasse diplomático sobre el programa nuclear de Irán escale para convertirse en una confrontación militar.
Venezuela recibe, aproximadamente, unos sesenta dólares por cada barril de petróleo que exporta, y como dijera Jesse Chacón a representantes de la oposición que recibiera hace poco, esa circunstancia, aunada a los rasgos de su «mejor» candidato, determina la inevitabilidad del triunfo de Chávez en las elecciones del 3 de diciembre de este año. ¡Qué pesadilla sería imaginarlo administrando un ingreso de 180 dólares por barril y llevando su revolución hasta la Antártida! Habrá que rezar para que no se le vaya a ocurrir a George W. Bush el bombardeo de Teherán. Por fortuna, el presidente Amahdinejad ha declarado que las más recientes proposiciones de Occidente sobre el programa nuclear iraní han mejorado la atmósfera. Se espera, además, una respuesta de Irán a los nuevos planteamientos para el mes de agosto. Al menos no nos estropearán el mundial de fútbol.
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