CS #191 – No somos políticos

Cartas

Crece una cierta conciencia con el paso de este atípico año electoral, del que ya se nos ha ido la mitad. Tiene que ver con imágenes desérticas, con aridez y escasez. No hay, se dice, ni líderes de unánime reconocimiento, ni ideas políticas fuertes, ni movimientos significativos ni organización eficaz. Obviamente, éste es el diagnóstico del campo opositor. Del lado del gobierno la situación es otra: tiene un líder indiscutible, tiene al menos las nociones vagas de un socialismo del siglo XXI—y todas las que aparecen en el incontenible calidoscopio oral de un presidente incontinente—y el chavismo es un movimiento—por más que esté en declive—servido por una organización dominante, el Movimiento V República, y sus satélites.

Esta configuración aparentemente completa no es, por supuesto, una estructura consolidada. Por estos mismos días renace en el seno del MVR la demanda por solidez ideológica en el seno del partido, así como la noción de un chavismo sin Chávez. Es decir, algunos dirigentes del campo gobiernista echan en falta un mayor desarrollo de las ideas que justifican su acción política (con oposición de más de uno), mientras otros perciben, a raíz de los recientes traspiés de Chávez en la escena internacional, que a lo mejor debe irse pensando en sustituirlo. Él ha sido magnífico para que muchos accedan a los privilegios—correctos o corruptos—del poder, pero en caso de un colapso, sobrevenido de alguna gran metida de pata, arrastraría todo.

En materia estrictamente ideológica, en cambio, el mar de fondo ha sido pintado incluso por uno con quien Chávez cuenta para inventar el socialismo del siglo XXI: el propio Heinz Dieterich, parejero ideológico del régimen. El 13 de agosto de 2005, hablando al XVI Festival Mundial de la Juventud reunido en Caracas, describía los efectos de un pesado mondongo ideológico. Así reportó esta carta (#152, 25 de agosto de 2005): «Lo primero que hizo Dieterich fue diagnosticar que la revolución dirigida por Chávez es un completo desorden ideológico, que la orquesta ‘bolivariana’ pretende tocar una pieza coherente manejando simultáneamente distintas partituras. He aquí la incómoda admisión inaugural de Dieterich: ‘Se observa en la Revolución Venezolana una especie de indigestión teórica que se debe a la multitud de conceptos y paradigmas (modelos) que la población tuvo que asimilar en apenas seis años, entre ellos: Revolución Bolivariana, antiimperialismo, desarrollo endógeno, escuálidos y Socialismo del Siglo XXI’».

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Pero dejemos el campo del gobierno, pues mal que bien sus ocupantes buscan discutir ideas, así sean decimonónicas. Habíamos dicho que el reclamo por ideas se escuchaba, sobre todo, en el campo oposicionista. ¿Es que no hay trabajo ideológico en la oposición venezolana?

El partido Primero Justicia anunciaba el año pasado que llevaría a cabo un «congreso ideológico»: «Primero Justicia presentará en el tercer trimestre de este año su oferta ideológica y por ahora hay un ‘borrador’ que está siendo distribuido para recoger sugerencias de las bases del partido, informó Juan Carlos Caldera, miembro de la dirección nacional de esta organización. Caldera señaló que la visión de ‘derecha e izquierda es una visión que no le es suficiente a los problemas del país y deja por fuera temas muy importantes’, de modo que será a finales de año cuando en el marco del congreso ‘Centrados en la Gente’ definirán su perfil ideológico». (El Universal, mayo de 2005).

Pero muy poco más se supo del producto de tal congreso. El 27 de mayo de 2005, reportaba el sitio web del candidato Julio Borges que éste había dicho en discurso de consumo interno: «Quiero ser su presidente porque quiero trabajar duro con ustedes para construir una Venezuela unida, justa, y llena de oportunidades para todos. Quiero luchar apasionadamente por nuestra gente, para que tengan oportunidades de empleo, porque yo sé que un empleo no se trata sólo de dinero, el empleo es la posibilidad que tiene cada hombre y cada mujer para soñar, el empleo es la mejor posibilidad de escoger y construir cada quien su futuro y darle un futuro de oportunidades a su familia. Sólo con empleo se puede soñar despierto y con los pies en la tierra». Y añadía la nota: «Estas palabras las expresó Borges luego de presentar a sus padres y a su esposa, a quienes señaló como fuente de inspiración y de sus valores. Dicho anuncio lo realizó en el marco del inicio del Congreso Nacional de Primero Justicia ‘Centrados en la Gente’, un proceso de debate y discusión interno sobre la doctrina e ideología y propuestas al país». Nunca más se supo.

Para estar claros. El sitio web de Primero Justicia—no ya el del candidato—ofrece algunos documentos bajo el acápite «Centrados en la Gente»—que allí es calificado de «estrategia para el 2005». En la sección correspondiente a ideología encontramos hoy un «borrador» de «documento doctrinario» firmado por el mismo Borges (con fecha del 1º de abril de 2005), y se advierte que el tal congreso «Centrados en la Gente» ya ha sido reducido a la condición de «foro». La lectura del texto borgiano (perdón, Jorge Luis), permite deducir que la orientación ideológica de Primero Justicia es decididamente socialcristiana. (Por ejemplo, porque hace el mismo discurso sobre «la dignidad de la persona humana» o sobre los principios de «solidaridad y subsidiaridad—»La solidaridad y la subsidiaridad son los caminos que conducen a la Justicia Social»—sin dejar de mencionar, naturalmente, el saludo a la familia como institución fundamental y postular una política económica absolutamente keynesiana: «La Mejor política social es una economía con empleo para todos»).

¿Por qué no está Borges inscrito en COPEI, cuya ideología es idéntica a la de Primero Justicia y ya había hecho, en 1986, su propio «congreso ideológico? Ah, porque los «justicieros»—así se llaman, como el Zorro o Supermán—son, así lo declara Borges enfáticamente, «un proyecto generacional»: «Nacemos como alternativa a partidos históricos que vaciaron sus ideales, se perdieron del rumbo histórico que marcó el inicio de la democracia y se apartaron del sentir popular». Eso habría hecho el Partido Socialcristiano COPEI. Se trataría, pues, de una «nueva generación» que busca rellenar con ideales, reencontrar el rumbo histórico y volver a acercarse al sentir popular. Una nueva generación para ir al pasado. («Estamos concientes—sic—que—sic—el país debe retomar el rumbo y los valores que hicieron posible la construcción de una democracia moderna…»)

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Ya esta publicación ha hecho mención del planteamiento de «las dos izquierdas» de Teodoro Petkoff, de las formulaciones de derecha franca de Marcel Granier, así como de la pretensión de «Venezuela de Primera» (no confundir con «Primero Venezuela» de Primero Justicia): que un tal «primerismo» sustituiría con ventaja las grandes formulaciones ideológicas del pasado. (Liberalismo y socialismo). Son todas proposiciones clásicas, canónicas. El camino a seguir no es ideológico. («…una ideología política es una cierta ética, conjunto de ideales, principios, doctrinas, mitos o símbolos de un movimiento social, institución, clase, o grupo grande que explica cómo debe funcionar una sociedad, y ofrece los planos políticos y culturales de un cierto orden social». Wikipedia). El asunto es más bien trans o metaideológico, de orden metodológico antes que ideológico. En gran medida se requiere un esfuerzo «post-moderno»: la deconstrucción de las ideologías.

No hay nada malo con los valores, si se les deja en su sitio. Durante mucho tiempo se ha pretendido que los valores son el firmamento de la política, desde la que se deduciría, por vía axiomática o more geometrica el conjunto de políticas concretas de un gobierno o las que un partido propugne. Pero la política no es una ciencia—por más que pueda admitirse la existencia de ciencias políticas académicas—mucho menos una ciencia deductiva como la geometría, sino un arte, una profesión, un oficio, un métier. La política no se deduce, se inventa.

Por esto los valores—libertad, dignidad o centralidad de la persona humana, la primacía individual o la del bien común, la solidaridad—sólo pueden servir como criterios para escoger o rechazar políticas específicas provenientes de la creatividad terapéutica en política y de un estado del arte. Opto por la política C1 porque es la que menos afecta a «la dignidad de la persona humana», pero no puedo, envuelto en una bata china y entre inciensos, encontrar un teorema que me lleve, del principio de la dignidad de la persona humana, a las políticas públicas que puedan moderar la vulnerabilidad de los pobladores al crimen.

Por esto la «ausencia de ideas» en la política venezolana no se resolverá, en aparente paradoja, con ideologías. Por esto nuestra política—y si a ver vamos, casi toda otra política en el mundo—semeja un «Parque Jurásico». Acá campea por el lado del gobierno un poderoso y agresivo Tyrannosaurus rex, nutridamente escoltado, mientras en terreno opositor una docena y media de menores megaterios, adultos y crías, exhibe—eso sí, desde lejos—su obsoleto armamento ideológico.

Pero tampoco es el remedio la posesión de tratamientos específicos a problemas públicos más o menos específicos. Un haz de soluciones parciales—siempre lo serán, desconfiad de quien proponga soluciones totales y radicales—a ciertas necesidades es primordial, en verdad, y sin él no se justifica el poder político.

Lo que pasa es que lo que es todavía más fundamental no es de carácter programático. La verdadera confrontación debe establecerse entre dos maneras de entender el ejercicio y concepto mismo de la política. Lo que es más determinante es de esencia paradigmática.

En el mes de enero de 1985 disfruté el privilegio de conversar con don Arturo Úslar Pietri en el sancta sanctorum de su biblioteca. Intenté plantearle exactamente eso: que nuestra crisis política tenía origen paradigmático, que la evidente insuficiencia del aparato político venezolano no debía achacarse a una concentrada maldad de nuestros políticos venezolanos, sino a su incapacidad terapéutica, determinada por un paradigma que ya no podía siquiera describir lo que estaba pasando, no digamos resolver los problemas públicos. Pocos días después de esta afortunada entrevista el presidente Jaime Lusinchi recibía participación del inicio del período legislativo de ese año, y contestando el saludo de senadores y diputados admitió frescamente: «El Estado casi se nos está yendo de las manos». Una situación análoga a la que protagonizaría el piloto de un gran avión de pasajeros, que saliese de su cabina para anunciar a los de primera clase (senadores y diputados) que el aeroplano no responde a los mandos.

El Dr. Úslar ni siquiera permitió que completara mi análisis, reponiendo al resollar por sus heridas: «Usted y yo no somos políticos. Los hombres de nuestra clase no somos políticos. Los políticos son unos animales que surgen imprevisiblemente y que Ud. no puede predecir ni calcular». Es decir, rechazaba entonces que el problema medular fuese conceptual. Más de seis años tomaría que rumiara el tema, para escribir el domingo 20 de octubre de 1991 en El Nacional: «…de pronto el discurso político tradicional se ha hecho obsoleto e ineficaz, aunque todavía muchos políticos no se den cuenta». Pero en el mismo Pizarrón confesó que él no tenía la solución: «Toda una retórica sacramentalizada, todo un vocabulario ha perdido de pronto significación y validez sin que se vea todavía cómo y con qué substituirlo… Hasta ahora no hemos encontrado las nuevas ideas para la nueva situación».

Las ofertas provenientes de los actores políticos tradicionales son insuficientes porque se producen dentro de una obsoleta conceptualización de lo político. En el fondo de la incompetencia de los actores políticos tradicionales está su manera de entender su actividad, desde un punto de vista que subyace, paradójicamente, a las distintas opciones doctrinarias en pugna. Es la sustitución de esas concepciones por otras más acordes con la realidad de las cosas lo primero que es necesario, pues las políticas que se desprenden del uso de tales marcos conceptuales están destinadas a aplicarse sobre un objeto que ya no está allí, sobre una sociedad que ya no existe.

Lo que nos mata es la política de poder, la Realpolitik, que Chávez practica hasta sus últimos extremos. Lo que nos salvará, exigido por los electores aprendidos, es una medicina política. El ejercicio, atenido a una ética tan obligante como la hipocrática que rige a los médicos, de una actividad profesional y responsable en el oficio de resolver problemas de carácter público.

LEA

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FS #98 – La soledad y la ciudad

Fichero

LEA, por favor

A fines del año de 1962, Don Adolfo Bueno planteaba—en Monteávila, una de las primeras casas del Opus Dei en Caracas—una tertulia sobre tema respecto del que disertaría: ¿existe una filosofía cristiana? El padre Bueno optó por producir de entrada un impacto de gran efecto retórico: al saber que ya la audiencia le esperaba en sus asientos, entró al recinto precedido de dos asistentes, que a duras penas cargaban entre ambos una treintena de libros, y luego desplegaron colocándolos sobre una mesa de no menos de dos metros de longitud, tras la cual el conferencista se sentó parsimoniosamente para dirigirse al público. Entonces Don Adolfo enunció algunos de los títulos de los libros: Summa Theologica, Questiones Disputatae, Questiones Quodlibetale, todos de Santo Tomás de Aquino. Pero luego siguió con alguno de Guillermo de Ockham, otro de Gabriel Marcel, otro de Etienne Gilson, etcétera, para declarar con igual parsimonia y una irónica sonrisa: «Bueno, a juzgar por esta mesa, como que sí existe una filosofía cristiana».

No podían faltar en la colección transportada algunas obras del gran humanista cristiano y neotomista del siglo XX, Jacques Maritain. De hecho, ya en el curso de su discurso el padre Bueno dedicó amplio espacio a hablar de Maritain, el autor de Humanismo integral.

La Ficha Semanal #98 de doctorpolítico toma su título de un capítulo del libro Tres reformadores, de Jacques Maritain, que el autor dedica a un intenso examen de tres figuras de enorme influencia en la civilización occidental: Martín Lutero, René Descartes y Juan Jacobo Rousseau. El segundo de los capítulos de la parte consagrada al comentario de Rousseau se llama La soledad y la ciudad. (El Dr. Nazario Vivero me informa que el libro fue escrito en 1925, cuando Maritain aún sufría el ardor típico del recién converso, y que fue traducido al italiano en 1928 por nadie menos que el cardenal Montini, quien sería Secretario de Pío XII y más tarde él mismo el papa Paulo VI).

No puede caber duda de que El contrato social, de Rousseau, ha sido y es todavía uno de los libros más influyentes de Occidente. Rousseau postula una bondad prístina del hombre, que sería dañada e impedida por la vida en sociedad. La existencia social habría corrompido esa bondad original. Ergo, sería mejor vivir en soledad, según el autor del Emilio. Como esto no es posible, los hombres deben entrar en un pacto que les proteja del efecto deletéreo de la sociedad, y sea expresión de la volonté générale.

Maritain discute el punto, porque pudiera confundirse la soledad rousseauniana con la vida cristiana contemplativa, explicando la aberración de Rousseau por su condición biográfica, por su psicología de hombre físicamente impedido. (En verdad, es el mismo método que emplea al discutir a Lucero y Descartes, en cuyas determinaciones biográficas encuentra la causa de sus respectivas posturas).

Cabe aquí reconocer y agradecer al economista Rafael Peña Álvarez, quien me introdujera al triple ensayo de Maritain, y a quien debo devolver el libro.

LEA

La soledad y la ciudad

«Amo profundamente en él al ‘paseante solitario’; detesto al teorizador»; esta frase de C. F. Ramuz, explica la atracción ejercida por Rousseau sobre muchas almas nobles, y la resonancia que hallará siempre, incluso en aquellos que le odian y están exentos de su psicopatía, pero siguen siendo hermanos suyos por el lirismo, «artesanos sensibles» como él. ¿Por qué esta simpatía? ¿Por los sueños, lágrimas, transportes, por el sentimentalismo aparatoso a lo Diderot? No; hablo de los líricos auténticos. ¿Por el genio agreste de un verdadero compañero de los bosques? ¿Por el frescor expositivo de un canto auténtico brotado del corazón de las soledades, por la pureza de un ritmo acordado sin artificio a los movimientos del alma, y que es la única parte en que Rousseau es realmente inocente? Esto, incluso es secundario. La verdadera razón es, como decía Ramuz, que antes de ser un teórico antisocial, Rousseau nació asocial; y que ha expresado de manera incomparable la condición de un alma creada así.

Los hombres respetan naturalmente a los anacoretas; comprenden por instinto que la vida solitaria es de por sí la más exenta de disminución y la más próxima a las cosas divinas. La fuga trágica del viejo Tolstoi en vísperas de su muerte, ¿no deriva principalmente de ese instinto?, ¿y tantas partidas y tantas salidas vagabundas? Quotiens inter homines fui, minor homo redii. [«Cada vez que estuve entre los hombres me volví menos humano». Tomás de Kempis, Imitación de Cristo. Nota de doctorpolítico]. En grados diversos, filósofos, poetas y contemplativos, todos los que hacen del intelecto su ocupación principal, saben demasiado bien que en el hombre la vida social no es la vida heroica del espíritu, sino el dominio de la mediocridad y a menudo de la mentira. Opresión de la contingencia y del disimulo, que los poetas y los artistas, por estar menos despegados de lo sensible, sufren más sensiblemente, aunque quizá no más cruelmente. Todos, sin embargo, necesitan vivir de la vida social, en la medida en que la vida social, en la medida en que la vida del espíritu debe emerger de una vida humana, racional, en el sentido estricto de la palabra.

La vida solitaria no es humana; está por encima o por debajo del hombre. Hay para el hombre un doble modo de vivir solitario; o bien aquel que no puede soportar la sociedad humana a causa del salvajismo de su natural, propter anime saevitiam («a causa de su despiadada disposición», nota de doctorpolítico), y éste es de orden bestial, o bien aquel que adhiere totalmente a las cosas divinas, y éste es de orden sobrehumano. «El que no tiene comunicación con otro—decía Aristóteles—es una bestia o un dios». (Santo Tomás, Sum. Theol., II-II, 118, 8, ad. 4). ¡Correspondencia de extremos! La bestia y el dios; el ser inquieto, que no es más que un fragmento del mundo, y el ser perfecto, que forma por sí solo un universo, viven una vida análoga, mientras que el hombre está entre ambos, a la vez individuo y persona. Genial y paranoico, poeta y demente, Rousseau mezcla y embrolla voluptuosamente la vida como bestialidad y la vida como inteligencia. Relegado por sus taras físicas a la vida solitaria, su ineptitud, por deficiencia morbosa, para el régimen social, unida a la inadaptación rebelde e inconforme, tratan de reanudar en su ánimo una adaptación dominadora: la del espíritu reservado para el mundo, como decía Anaxágoras a propósito del nous. (Mente o inteligencia. Nota de doctorpolítico). En su propia insociabilidad y en su anacoretismo de enfermo, nos ofrece una lírica imagen, tan brillante como perfecta, de los secretos requerimientos de nuestro espíritu.

Pero no olvidemos al teorizador. Convirtiendo el mal de su persona en regla de la especie, tomó la vida solitaria como una vida natural al ser humano. «El aliento del hombre es mortal para sus semejantes; esto es tan cierto en el sentido propio como en el figurado» (Émile, libro I), dice Rousseau. Por donde las inclinaciones esenciales de la naturaleza humana, y por consiguiente, las condiciones primordiales de la salud moral, exigen ese dichoso estado de soledad, que él imagina, proyectando sus propios fantasmas, como la perpetua fuga de animales soñadores y piadosos a través de los bosques, que después de haberse acoplado al azar de los encuentros, siguen su inocente vagabundeo. Tal es a sus ojos la vida divina.

Así, el desliz viene inmediatamente. El supra hominem ha caído en seguida en el bestiale, no sin perfumarlo con una efusión paradisíaca. El conflicto entre la vida social y la vida del espíritu se ha convertido en conflicto entre la vida social y el salvajismo—y al mismo tiempo, en conflicto entre la vida social y la naturaleza humana—. Se ha vuelto a la vez una oposición esencial, una antinomia cruel, absolutamente insoluble.

¿Qué dice, sin embargo, la sabiduría cristiana? Ella sabe bien que la vida, según el intelecto, conduce a la soledad, y que cuanto más espiritual es esta vida, más apartada es su soledad. Pero sabe también que esta vida es una vida sobrehumana, relativamente, en cuanto a las costumbres de la especulación racional; pura y simplemente, en cuanto a las costumbres de la contemplación en caridad. Es el término supremo a alcanzar, la última perfección, el punto final del crecimiento del alma. Y para que el hombre lo alcance, su movimiento debe cumplirse en medio humano. ¿Cómo llegar a lo sobrehumano sin pasar por lo humano? «Hay que considerar que el estado de soledad es el de un ser que debe bastarse a sí mismo; es decir, a quien nada falta; lo cual entra en la definición de lo perfecto; la soledad sólo conviene, pues, al contemplativo que ha llegado a la perfección, sea por la generosidad divina únicamente, como Juan Bautista, sea por la práctica de las virtudes. Y el hombre no podría ejercitarse en las virtudes sin la ayuda de sus semejantes; en cuanto a la inteligencia, para ser enseñado; en cuanto al corazón, para que las afecciones perjudiciales sean reprimidas por el ejemplo y la corrección de los demás. De donde se deduce que la vida social es necesaria para el ejercicio de la perfección y que la soledad conviene a las almas ya perfectas». (Santo Tomás, Sum. Theol., II-II, 188, 8).

Tal vez por eso, en los tiempos muy antiguos, los pueblos corrían al desierto para buscar sus obispos entre los eremitas… En definitiva, concluye Santo Tomás: «La vida solitaria, si es asumida según el orden debido, es superior a la vida social; pero si es asumida sin el ejercicio previo de esta vida, es peligrosa a más no poder, a menos que la gracia divina no haya venido a suplir, como en los bienaventurados Antonio y Benito, lo que en los demás se adquiere por el ejercicio».

Así, la soledad es la flor de la ciudad. Así, la vida social sigue siendo la vida natural del hombre, requerida por las más profundas exigencias de su especificidad; sus convenciones y sus miserias, las incomodidades y disminuciones que opone a la vida intelectual, toda la «plaisanterie» que chocaba tanto a Pascal, son deficiencias accidentales que sólo traducen la debilidad radical de la naturaleza humana, el tributo, a veces terrible de pagar, de un beneficio esencial; la vida social es la que conduce a la vida espiritual; pero la vida social misma, y en virtud precisamente de esta ordenación, pareja al movimiento por el que la razón está ordenada al acto simple de la contemplación, está ordenada a la vida solitaria, a la imperfecta soledad del intelectual y a la soledad perfecta, por lo menos, interior, del santo.

Jacques Maritain

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Corrección y excusas de la CS #188

Cartas

Estimada suscritora, estimado suscritor: con gran amabilidad y clase Roberto Smith Perera, apreciado suscritor de esta publicación, envió una nota al suscrito en la que sugiere que yo no había leído la oferta programática de su candidatura, antes de emitir las opiniones contenidas en la Carta Semanal #188 de doctorpolítico. De paso adjuntó el archivo de la oferta para mi lectura, solicitando mis comentarios.

La amable reconvención tiene pleno fundamento. En efecto, desconocía el documento en cuestión, y proferí juicio irresponsable limitado a evaluar lo que trasciende de la actividad candidatural de Smith a los medios de comunicación. (Que, dicho sea de paso, son muy selectivos a la hora de informar sobre los candidatos y sus respectivas campañas. Algunos, de hecho, confieren mayor espacio a candidatos muy menores en comparación con el que abren a los aspirantes principales).

Es así como escribí en el #188 (1º de junio de 2006): «…su oferta se desgrana en eslóganes repetitivos—full empleo/delincuencia cero—y la venta de una marca—Venezuela de Primera—con resonancia clasista: una Venezuela que viaja en primera clase, que pertenezca al ‘Primer Mundo’. Seguramente será capaz de mostrar un vistoso manojo de megaproyectos sugestivos, que sugieran que un presidente con cualidades de ejecutivo disciplinado y exitoso, como él, es justamente lo que se necesita». Igualmente opiné: «En términos escuetos: Petkoff tiene el mejor programa al compararlo con los de Borges y Smith».

Una vez leído el programa de Smith, debo revertir esta última opinión. Un examen detenido de ese programa—»Hacia una Venezuela de primera: el camino que todos queremos»—pone de manifiesto que está incomparablemente más desarrollado y es más completo que lo que hasta ahora se conoce de la oferta de Borges y Petkoff. Es decir, lo correcto es afirmar que en términos escuetos Smith tiene el mejor programa al compararlo con los de Borges y Petkoff. No por nada insistía en que debía hacerse unas «primarias programáticas».

A pesar de esto, la evaluación general que hice de su oferta no dista mucho de la nueva impresión que tengo. La proposición-lema-movimiento «Venezuela de Primera» sigue pareciéndome inadecuada, por las razones expuestas, y el resto es un conjunto de programas bastante bien pensados, «un vistoso manojo». Como procuraré explicar en el #191 de pasado mañana jueves 22 de los corrientes, la legitimación programática está muy bien y es tanto necesaria como debida. Pero en las circunstancias actuales, cuando se enfrenta a un presidente «incumbente» que vende una concepción general del mundo y de la historia, la legitimación candidatural eficaz debe ser de orden paradigmático.

En este punto cabe ofrecer mis sentidas excusas a Roberto Smith Perera y a los suscritores de la Carta Semanal de doctorpolítico, por la ligereza de las afirmaciones contenidas en el #188. Es una de las estipulaciones contenidas en mi código personal de ética política (compuesto y jurado en septiembre de 1995) la siguiente:

«Consideraré mis apreciaciones y dictámenes como susceptibles de mejora o superación, por lo que escucharé opiniones diferentes a las mías, someteré yo mismo a revisión tales apreciaciones y dictámenes y compensaré justamente los daños que mi intervención haya causado cuando éstos se debiesen a mi negligencia».

Con un cordial saludo

Luis Enrique Alcalá

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LEA #190

LEA

Alguna vez se mencionó acá una observación de Sri Radhakrishnan (en Kalki: El futuro de la civilización), hecha en medio de una crítica a cierta hipocresía occidental. Las convenciones de Ginebra sobre las armas permisibles en las confrontaciones bélicas reguladas por el derecho internacional consideran comme il faut que se trepane un cráneo con una bayoneta, o se arrase con todo un pueblo a punta de bombas incendiarias. Pero la urbanidad bélica de los occidentales considera del todo incivil y grosero el empleo de armamento químico o bacteriológico. Radhakrishnan opinó que eso equivalía a criticar al lobo, no porque se comiera al cordero, sino porque no lo hacía con cubiertos.

Hugo Chávez no come con cubiertos. No inventó él, por cierto, la identificación de política con lucha o guerra. Los adecos, los copeyanos, los comunistas, los republicanos, los demócratas, los laboristas, los conservadores, los socialistas, los liberales, todos practicaron una «política realista» cuyo sentido último es la búsqueda del poder y su engrandecimiento contra adversarios que procuran exactamente lo mismo. Quien no entienda las cosas así sería un idiota romántico incurable.

Chávez no come con cubiertos, no reconoce buenas costumbres que estima burguesas e inventadas para proteger una hegemonía «cuartorrepublicana». Su política no es cualitativamente distinta de la anterior, de la que se diferencia tan sólo en cuestión de grado. En su caso, la misma política de poder de siempre se practica sin tapujos de ninguna especie, descaradamente, pero también con toda seriedad.

Todavía hay quien se sorprende porque se emprendan acciones judiciales contra Leopoldo López y Enrique Carriles Radonsky, o contra Manuel Rosales, y dicen que estos últimos ataques son una persecución política que significa que Chávez «se ha quitado la careta». Jamás ha usado careta: Chávez es un mentiroso honesto.

Lo que está haciendo va, por supuesto, contra sus opositores. Si el líder máximo de Primero Justicia, esencialmente sin rabo de paja, es candidato de difícil asedio frontal, hay que atacarlo por los flancos, sobre las alcaldías que controla y pueden proveerle recursos. Si Granier amaga con su candidatura, manda a revisar las concesiones radioeléctricas que ha disfrutado. Si el gobernador del Zulia deshoja la margarita candidatural, hay que pararlo en seco con un antejuicio de mérito en su contra. (Mientras se cumple el proceso iniciado por la Fiscalía General, puede irse poniendo en televisión el video de Rosales firmando el acta incomprensible de Carmona Estanga).

Pareciera preferir a Petkoff como oponente, y a éste va a esperarlo seguramente en la bajadita.

LEA

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CS #190 – El mero centro

Cartas

Era el año de 1963. Dominaban la agenda política del país las elecciones que determinarían el sucesor de Rómulo Betancourt en la Presidencia de la República, que a la postre resultó ser Raúl Leoni. Esta candidatura, sin embargo, no levantaba adeptos en número apreciable entre los estudiantes de la Universidad Católica Andrés Bello, remanso de relativa paz si se la comparaba con la agitada actividad política de la Universidad Central de Venezuela, o la de Los Andes, en las que el suscrito había cursado antes de recalar en la esquina de Jesuitas, para estudiar Sociología en la escuela fundada por Arístides Calvani. En el seno de la UCAB sólo existían, para propósitos prácticos, los estudiantes afiliados al Partido Social Cristiano COPEI y sus simpatizantes, y quienes adherían a una ideología liberal (o neoliberal), que presentaban candidatos a los centros de estudiantes y a su federación bajo la denominación de Plancha 2. (COPEI presentaba los suyos en la Plancha 4). Por tal razón, era muy difícil conseguir aquel año en «la Católica» partidarios de otro candidato que no fuera Rafael Caldera Rodríguez o Arturo Úslar Pietri.

Mi amiga Clementina me escuchó a prudente aunque no tan discreta distancia una mañana de 1963, mientras yo hacía observaciones críticas de la campaña verde a un compañero copeyano. Como éste, creo recordar, no fue capaz de refutar mi argumentación, Clementina se puso a su vez en plan de catequesis uslarista. Estaba muy involucrada a favor de «la campana»—ítem notable de la campaña de Úslar—y razonó que «el enemigo de su enemigo» sería «su amigo», y al concluir el debate con nuestro verde compañero se me encimó, invitándome entusiasmadamente a que me sumara al esfuerzo por la elección del gran humanista, creyéndome mango bajito.

En un minuto Clementina quedó decepcionada, pues habré enumerado tres o cuatro razones por las que los planteamientos de Úslar no me convencían. Muy confundida, al no poder ubicarme, quiso saber si era partidario de Leoni, el peligroso izquierdista o, peor aún, comunista, lo que preguntó sin creer ella misma en la posibilidad de esta última posición disponible. Alguna musa me inspiraría, pues le contesté: «Clementina, yo soy un extremista del centro».

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Cuarenta años después el país estaba muy marcada y agresivamente polarizado. A comienzos de 2003 todavía no había cesado el paro petrolero contra Chávez, y no hacía nada de los acontecimientos del anterior abril, con sus muertes, sus golpes y sus contragolpes. Fue a ese escenario de crispada división que se presentó en Venezuela William Ury, el apóstol del «Tercer Lado», traído de la mano por James Carter, con quien había gestado la fundación de la Red Internacional de Negociación, que procura desactivar guerras civiles en el mundo. (Ury fue asimismo cofundador del Programa de Negociación de la Universidad de Harvard, y para el momento de su visita a nuestro país ya había mediado, entre otros conflictos, en los étnicos de la esfera rusa y en la antigua Yugoslavia).

De su experiencia traía datos enervantes: las guerras de hoy en día, a diferencia de las clásicas, se caracterizan porque nueve de cada diez muertes son de civiles ajenos a la confrontación. Dos bandos extremos involucran en sus combates a una comunidad general, el tercer lado, la que no participa en el conflicto sino para ser la parte más afectada, injustamente. Por esto el récipe de Ury es casi una verdad de Perogrullo: es preciso fortalecer el tercer lado para lograr la paz.

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Por la misma época los analistas políticos y los estudios de opinión pública registraban un amplio componente de nuestra población—el más nutrido—al que comenzaron a llamar «Ni-Ni», y que en cabeza de los ultrosos de lado y lado merecerían el desprecio. No estaban ni a favor de Chávez ni a favor de la oposición que hasta ese entonces se le había enfrentado.

En razón de estos registros ciertas voces lúcidas indicaron un camino similar al prescrito por Ury. El sociólogo José Antonio Gil, por ejemplo, comenzó a decir desde hace ya tres años que los «Ni-Ni» buscaban, en realidad, «un promedio».

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La más primitiva de las anatomías políticas distingue las posturas ideológicas en una dicotomía: izquierda y derecha. Independientemente de si conocemos el uso técnico de estos términos, una larga exposición a ellos ha permitido que todos tengamos una idea de lo que significan. El izquierdista es alguien que tiende a privilegiar a los pobres, a los trabajadores, y procura oponerse al statu quo cuando actúa en una sociedad en la que el poder es controlado por sectores pudientes de la población. El derechista, por lo contrario, pugna por las mayores libertades para la empresa privada, y por la conservación del «orden establecido».

Esta distinción no deja de ser natural. Hay quienes por temperamento son gente más bien conservadora, prudente, desconfiada de los cambios. Del otro lado hay quienes procuran el cambio de lo existente, partidarios de la revolución. (Ambos polos corresponden a la división funcional observable en el sistema nervioso autónomo—no controlado por el cerebro, o sistema nervioso central—que comprende un sistema «simpático» y uno opuesto, el «parasimpático». Las estructuras nerviosas simpáticas, por ejemplo, aceleran el ritmo cardiaco y la frecuencia respiratoria; las parasimpáticas, por lo contrario, deprimen ambas funciones. Las sustancias químicas transmisoras de ambos sistemas—adrenalina, de un lado; acetilcolina, del otro—son antagonistas biológicos. A pesar de esta contradicción, es su dinámica coexistencia lo que permite una fisiología equilibrada).

Por esto conseguimos sociedades que se bastan con un sistema político bipartidista: la división entre conservadores y liberales en Colombia, por supuesto, o la más conocida de republicanos y demócratas en los Estados Unidos.

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Pero en el fondo la distinción entre una izquierda y una derecha políticas es una descripción en gran medida obsoleta. Se trata de categorías de la Revolución Industrial, que en mucho siguen la comprensión marxista de la sociedad y de la historia, que las entiende como producto de una lucha de clases. Esto es, la lucha de poseedores y desposeídos, que a lo largo de la historia se habría escenificado entre patricios y plebeyos o esclavos, entre señores y siervos, y que modernamente, con el advenimiento de la industrialización, se ha dado entre patronos (capitalistas) y proletarios (obreros).

Ahora bien, ya hace rato que los observadores del cambio social han proclamado la aparición de una «Tercera Ola» (después de la primera agrícola y la segunda industrial), de una era «post-industrial», y en verdad asistimos a una eclosión de nuevos roles económicos que no se ajustan a la dicotomía de la «cuestión» o «problema social moderno». (Decidir cómo debe repartirse el producto total de una comunidad nacional: con privilegio de los capitalistas o de los trabajadores). Esta nueva civilización de la información revienta los primitivos esquemas.

Además, a la fácil e inexacta dicotomía patrono-obrero—razón de ser de las «comisiones tripartitas», en las que un gobierno-árbitro se introduce en medio de la Confederación de Trabajadores de Venezuela y Fedecámaras—subyace la noción fundamental de la Realpolitik: que la política es esencialmente una actividad de combate.

He allí los dos componentes fundamentales del paradigma político prevaleciente: la dicotomía izquierda-derecha y la concepción agónica de la política. Ambas cosas han sido sobrepasadas por las nuevas realidades sociales, pero ambas, y el paradigma convencional que conforman, son ideas que se niegan a dejar el paso a otras más exactas y pertinentes.

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La política de poder—Realpolitik—debe ser sustituida por una política clínica, practicada profesional y responsablemente sobre sociedades de anatomías más ricas, más complejas, que una elemental de cabeza (gobierno), tronco (empresarios) y extremidades (obreros). Ésta está bien para contestar cómo se divide el cuerpo humano en cuarto grado de educación primaria, ya no para hacer una medicina seria que tome en cuenta la profusa complejidad de fisiologías superiores.

Y también debe abandonarse la distinción de izquierda y derecha. El empleo de términos no es un ejercicio neutro. Cuando usamos conceptos como izquierda y derecha, a la larga terminamos de creer que las sociedades se atienen a nuestras categorías terminológicas, y así la gramática determina la sociología.

Naturalmente, la superación de la obsoleta diferencia de izquierda y derecha implica un cambio de paradigma, y de suyo los desplazamientos paradigmáticos son tanto laboriosos como dolorosos. Aquélla no se resolverá con un triunfo de la derecha—Bush—o uno—Chávez—de la izquierda, sino con un salto a otro lenguaje político que se superponga a las viejas discriminaciones. La solución al actual problema político venezolano no pasa por la sustitución de una «izquierda mala»—Chávez—por una «izquierda buena»—Petkoff—pero tampoco por una derrota de la izquierda chavista a manos de Rafael Alfonzo o Marcel Granier como adalides de un partido de derecha.

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Pero mientras se produce la sustitución de un paradigma esclerosado, exacerbado por la decimonónica opción izquierdista del gobernante actual, impulsor a ultranza, a sus últimas consecuencias, de un esquema de política como lucha o polémica, habrá todavía que hablar con palabras conocidas. ¿Qué tal una oferta de centro?

El respetado encuestador Eugenio Escuela incluyó una pregunta muy interesante en su estudio de la opinión pública venezolana de mayo de este mismo año 2006. (Levantamiento de datos entre el 6 y el 13 del mes pasado). Se preguntó a los entrevistados: «¿Usted se considera una persona de…?» Las opciones eran: extrema izquierda, izquierda, centro-izquierda, centro, centro-derecha, derecha, extrema derecha.

Bueno, un 30% de los encuestados optó por no contestar o decir que no sabía. Pero los que contestaron se distribuyeron en lo que se asemeja mucho a una curva de Gauss, a una distribución estadística «normal». De los que escogieron una ubicación, 1,03% dijo ser de extrema izquierda y 2,29% de extrema derecha; 8,69% se ubicó en la izquierda y 9,26% en la derecha; 14,42% se apostó en posición de centro-izquierda y 14,06% en centro-derecha. ¡Cincuenta coma veinticinco por ciento en el mero centro! (Respecto del universo total: extrema izquierda, 0,72%; extrema derecha, 1,60%; izquierda, 6,07%; centro-izquierda, 10,07%; centro-derecha, 9,82%, centro, 35,10%).

¿Será lo adecuado presentar una oferta que, entendiéndose a sí misma como trascendente de la vieja dicotomía izquierda-derecha, pueda ser comprendida por los electores como de centro? ¿Y será el candidato correcto ese caballero desconocido que responde al maracaibero nombre de Ninguno Nosabe Nocontesta? LEA

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