LEA #98

LEA

El pasado 31 de julio la Coordinadora Democrática invitaba a un acto en defensa de los «presos políticos del régimen de Chávez». Sitio de la concentración: frente al raigalmente popular edificio de Parque Cristal, en la populosa y popular barriada de Los Palos Grandes.

Claro, la sede del cuartel general opositor—la quinta Unidad—está ubicada en la populosa y popular barriada de Campo Alegre. Es una ubicación conveniente, si se toma en cuenta que de allí puede pasarse en segundos a la populosa y popular barriada del Caracas Country Club y puede irse a pie, con idéntica comodidad, a la raigalmente popular casa de fiestas La Esmeralda, en la que con alguna frecuencia la Gente del Petróleo escenificara reuniones y donde no mucho antes del 11 de abril de 2002 el pacto precursor del «consenso-país» y esas cosas fuera presentado a la Nación desde la bicefalia de Pedro Carmona Estanga y Carlos Ortega, cuyas manos fueran alzadas como las de boxeadores en tablas por «testigo» eclesial: Luis Ugalde S.J.

Luis Herrera Campíns, que no sólo sabe de los proverbiales—y míticos—»Torontos», hace tiempo que ha aconsejado al estado mayor de la más caracterizada central opositora «salir un poco del este de Caracas». El lunes de esta semana, en conversación con importantísimo líder nacional, recibimos la misma lectura. La presencia del «Sí» se restringe, al menos en la capital, al este de la ciudad. Aprovechando que iba en carro con vidrios muy oscuros, hizo un completo recorrido caraqueño. Se atrevió a penetrar hasta el territorio tupamaro-carapaica en la Parroquia 23 de Enero. Resultado de su veeduría: el «No» está presente en todo el este; el «Sí» brilla por su ausencia en el oeste.

Una vez más, por consiguiente, la dinámica del 15 de agosto estará determinada por la magnitud, la fuerza y la dirección de la mayor parte del enjambre ciudadano, no por lo que haga la Coordinadora Democrática. Mi interlocutor del lunes observó agudamente: «Mientras Chávez hace ofertas con pegada—misiones y esas cosas—la Coordinadora ofrece el académico expediente de un pacto de gobernabilidad».

A diez días del referendo revocatorio presidencial sólo queda esperar que el repliegue aparente del «Sí» corresponda al repliegue hidráulico de las más grandes marejadas, que se retiran de la línea de la costa y la dejan vacía justo antes de invadirla, recrecidas enormemente.

El Soberano está en manos de sí mismo.

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FS #6 – Una sorda molestia

Fichero

LEA, por favor

Hace ya 33 años que Bob Woodward forma parte del cuerpo editorial del muy influyente periódico Washington Post. Su salto a la fama estuvo acompañado por Carl Bernstein, entonces su colega en el periódico, con quien escribió All the President’s Men (1974), sobre el escándalo de Watergate. Antes, en 1972, ambos habían reventado el asunto en agosto, revelando las conexiones entre la penetración de las oficinas del partido Demócrata en el edificio Watergate y el mismísimo presidente Nixon, quien a la postre debió dimitir. Woodward y Bernstein se hicieron acreedores a innumerables premios, entre ellos el famoso y codiciado Premio Pulitzer.

Robert Upshur Woodward ha sido autor o coautor de al menos nueve bestsellers en los Estados Unidos. El más reciente de ellos es Plan of Attack, un recuento de la preparación de la actual administración Bush para invadir a Irak y deponer por la fuerza el gobierno de Saddam Hussein. El libro está basado en entrevistas con 75 participantes clave en ese ingente esfuerzo de 16 meses de planeación, incluyendo tres horas y media de entrevistas exclusivas con el presidente Bush. Probablemente sólo el prestigio de Woodward hubiera podido lograr este acceso.

La Ficha Semanal #5 de doctorpolítico corresponde al inicio del primer capítulo de Plan of Attack, el que revela cómo una fijación con Irak estuvo presente en la mente de Bush y sus principales ayudantes incluso desde antes de que tomara posesión del gobierno a la salida de Clinton, aunque antes de los ataques del 11 de septiembre todavía no pudiera considerarse a ese país la absoluta prioridad de su gobierno. En realidad, el arranque del gobierno del segundo de los Bush estuvo enfocado sobre una agenda doméstica que tenía como centro el alivio de la carga impositiva a las grandes empresas norteamericanas. Woodward escribe: «De hecho, la política exterior de la administración era en gran medida un lío antes del 11 de septiembre. El presidente estaba enfocado sobre asuntos domésticos e impositivos y no había una dirección clara». (Capítulo 7, página 79).

Woodward deja claro testimonio del importante aporte de Mark Malseed en la confección del libro. Malseed le había asistido en un libro previo, Bush at War, (2002), referido a la reacción contra Afganistán a raíz de los ataques hiperterroristas en Nueva York y Washington. Para Plan of Attack la participación del asistente creció hasta el punto que Woodward asentara: «La última vez fue un colaborador. En esta ocasión fue un socio».

La temática abordada por Plan of Attack es de indudable gravitación sobre la actual campaña electoral en los Estados Unidos, en la que Bush pretende ser reelecto frente a la competencia algo gris de John Kerry.

LEA

……

Una sorda molestia

Comenzando enero de 2001, antes de que George W. Bush tomase posesión, el vicepresidente electo Dick Cheney envió un mensaje al secretario de defensa saliente, William S. Cohen, un republicano moderado que prestó sus servicios en la administración demócrata de Clinton.

«Realmente necesitamos informar al presidente electo sobre algunas cosas», dijo Cheney, añadiendo que quería una «discusión seria acerca de Irak y las diferentes opciones». El presidente electo no debiera recibir el rutinario y enlatado paseo por el mundo que normalmente se ofrece a los presidentes entrantes. El Tema A debía ser Irak. Cheney había sido secretario de defensa durante la presidencia de George H. W. Bush, la que incluyó la Guerra del Golfo de 1991, y escondía profundamente una sensación de asunto inacabado acerca de Irak. Además, Irak era el único país que los Estados Unidos bombardeaban regularmente, aunque con intermitencia, por aquellos días.

Los militares norteamericanos habían entrado en una frustrante guerra no declarada de baja intensidad a partir de la Guerra del Golfo, desde que el padre de Bush y una coalición apoyada por las Naciones Unidas habían expulsado a Saddam Hussein y su ejército de Kuwait después que hubiesen invadido a ese país. Los Estados Unidos establecieron dos zonas de vuelos prohibidos en las que los iraquíes no podían volar ni aviones ni helicópteros, lo que comprendía alrededor de 60 por ciento del país. Cheney quería asegurarse de que Bush entendiera los problemas militares y de otra índole de este potencial avispero.

Otro elemento era la política prevaleciente que se heredaba de la administración Clinton. Aunque no se lo entendía lo bastante, la política básica era claramente el «cambio de régimen». Una ley que el Congreso aprobó en 1998 y el presidente Bill Clinton había firmado autorizaba hasta 97 millones de dólares de asistencia militar a las fuerzas de oposición en Irak «para remover el régimen encabezado por Saddam Hussein» y «promover la emergencia de un gobierno democrático».

En la mañana del miércoles 10 de enero, diez días antes de la toma de posesión, Bush, Cheney, Rumsfeld, Rice y el secretario de Estado designado Colin L. Powell fueron al Pentágono a reunirse con Cohen. Entonces Bush y su equipo bajaron hasta el Tanque, el dominio seguro del cuarto de reuniones de los Jefes de Estado Mayor.

Bush entró como Luke Manos Tranquilas, agitando levemente sus brazos, presuntuoso pero aparentemente incómodo.

Dos generales les informaron de la puesta en vigor de la zona de vuelos prohibidos. La Operación Vigilancia Norte hacía cumplir la prohibición de vuelos en el 10 por ciento más norteño de Irak para proteger a la minoría kurda. Alrededor de 50 aviones norteamericanos e ingleses habían patrullado el restringido espacio aéreo durante 164 días del año anterior. En casi cada misión habían recibido fuego enemigo o sido amenazados por la defensa antiaérea iraquí, incluyendo proyectiles tierra-aire. (SAM’s). Los aviones norteamericanos habían contestado el fuego o dejado caer cientos de proyectiles y bombas sobre los iraquíes, en su mayor parte contra artillería antiaérea.

En la Operación Vigilancia Sur, la mayor de las dos, los Estados Unidos patrullaban toda la mitad sur de Irak hasta las afueras de los suburbios de Bagdad. Increíblemente, los pilotos que sobrevolaban la región habían entrado al espacio aéreo iraquí 150.000 veces en la última década, casi 10.000 veces el año anterior. En cientos de ataques ni un solo piloto norteamericano se había perdido.

El Pentágono tenía cinco opciones graduadas de respuesta cuando los iraquíes disparaban contra un avión norteamericano. Los contraataques aéreos eran automáticos; los más serios, que implicaban ataques múltiples en contra de blancos o sitios fuera de las zonas de prohibición de vuelos, requerían notificación o aprobación directa del presidente. La puesta en vigor de las zonas de vuelo prohibido era peligrosa y costosa. Jets de varios millones de dólares eran puestos en riesgo al bombardear cañones antiaéreos de 57 milímetros. Saddam tenía almacenes enteros de éstos. ¿Seguiría siendo una política de la administración Bush el continuar puyando en el pecho a Saddam? ¿Había una estrategia nacional detrás de esto o era sólo un estático quid pro quo?

Si un piloto norteamericano era derribado se ponía en práctica la operación Molestia del Desierto. Estaba diseñada para quebrantar la capacidad iraquí de capturar al piloto atacando el comando y control de Saddam en el centro de Bagdad. Incluía la escalada del ataque si el piloto era capturado. Otra operación llamada Trueno del Desierto era la respuesta si los iraquíes atacaban a los kurdos en el norte.

Un buen número de siglas y nombres de programas fueron expuestos –la mayoría conocidos de Cheney, Rumsfeld y Powell, quien había pasado 35 años en el ejército y había presidido la Junta de Jefes de Estado Mayor de 1989 a 1993.

El presidente electo Bush hizo algunas preguntas prácticas acerca de cómo funcionaban las cosas, pero ni expuso ni insinuó cuáles eran sus deseos.

El salón de la Junta de Jefes de Estado Mayor tenía un caramelo de menta en cada puesto. Bush desempacó el suyo y se lo metió a la boca. Luego le puso el ojo al de Cohen y escenificó una pantomima: «¿Quieres eso?» Cohen señaló que no, así que Bush se estiró y lo tomó. Cerca del término de la hora y cuarto de información el presidente de la Junta de Jefes, el general del ejército Henry «Hugh» Shelton, notó que Bush miraba a su caramelo, así que se lo pasó.

Cheney escuchaba pero estaba cansado y cerraba los ojos, cabeceando conspicuamente varias veces. Rumsfeld, que estaba sentado a un extremo de la mesa, ponía mucha atención, aunque a cada rato pedía a los informantes que hablaran en voz alta o más alta.

«Hemos tenido un gran comienzo», comentó en privado uno de los jefes a un colega luego de la sesión. «El vicepresidente se durmió y el secretario de defensa no puede oír».

Cohen, quien dejaría el departamento de Defensa en 10 días, creía que la nueva administración pronto vería la realidad respecto de Irak. No encontraría mucho, si acaso algún apoyo en otros países de la región o del mundo para una acción fuerte en contra de Saddam, lo que significaba que tendrían que ir solos en cualquier ataque a gran escala.

¿Qué podrían lograr con ataques aéreos? No mucho, pensaba. Irak era traicionero. Cuando se sopesase todo, predecía Cohen, el nuevo equipo pronto echaría hacia atrás y encontraría una «reconciliación» con Saddam, quien él creía que estaba efectivamente contenido y aislado.

En entrevistas sostenidas casi tres años después, Bush dijo de la situación antes del 11 de septiembre: «No estaba contento con nuestra política». No estaba teniendo mucho impacto para cambiar la conducta de Saddam o para derrocarlo. «Antes del 11 de septiembre, sin embargo, un presidente podía ver una amenaza y contenerla o tratarla de varias maneras sin temor de que esa amenaza se materializara en nuestro propio suelo». Saddam no era todavía la primera prioridad.

Robert Upshur Woodward

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CS #97 – Periodismo infeliz

Cartas

Era el mes de septiembre de 1996. Después de sufrir larga reclusión domiciliaria por sentencia de un tribunal a causa de algunos de sus delitos contra la cosa pública, el único presidente venezolano que ha debido dejar el poder por delincuente, Carlos Andrés Pérez, había salido a la calle en libertad. Y de esa salida a la libertad los medios habían hecho un despliegue desproporcionado y en gran medida construido.

Entre sus primeros actos, luego de la liberación, estuvo su «reinscripción» en Acción Democrática, el partido que lo expulsó por corrupto, en una perdida seccional cercana a Rubio, su pueblo natal. En esa zona, bien controlada por los manejos de su lugarteniente de entonces, Héctor Alonso López, había decidido recomenzar su «aporte» a la política venezolana, en ese territorio en el que una solícita Cecilia Matos le había construido un museo y algún escultor complaciente había perpetrado el sacrilegio de modelar a Bolívar sobre su rostro. (Hasta en este delirio Chávez tuvo quien se le adelantase).

Luego escenificó una rueda de prensa en sus oficinas de la Torre Las Delicias. No más de cincuenta personas corearon su nombre a las afueras del edificio. En cambio, la valentía de María Isabel Párraga le hizo retroceder y contradecirse cuando le puso ante los ojos, delante de todos los reporteros, una copia fotostática de alguno de sus mancomunados enredos. El fotógrafo de El Nacional registró para la posteridad el gesto vade retro de Pérez, mientras negaba una fecha o una cantidad ante la mirada conminatoria de la periodista. De nada le valió la pretendida resurrección y la búsqueda de un protagonismo que ya no tenía, y que sólo sus más íntimos aduladores y oportunistas como Henrique Salas Roemer—que había explícitamente procurado el apoyo político del vergonzante ex presidente a raíz de su salida en libertad—estaban dispuestos a reconocerle.

Para esa época escribíamos: «Los profesionales de la comunicación social, los dueños de los medios de esta comunicación, tienen un deber insoslayable ante el país: el de reducir a Carlos Andrés Pérez a su verdadera dimensión de agitador en decadencia. No es un ejercicio serio del periodismo la reciente amplificación y destacada cobertura de sus pendencieras apariciones, no es para nada útil concederle la primera plana, en fácil y amarillista solución de sus problemas de redacción interesante. Que no se convierta en ritual periodístico la entrevista cotidiana o semanal al agitador de Rubio, el principal responsable del espantoso estado de la República, como si se tratase, en cambio, de alguien que pudiera decirnos algo útil e importante para la vida de la Nación».

Recordamos estas cosas cuando el pasado domingo 25 de los corrientes el diario El Nacional estimó que sus lectores debíamos calarnos una página de entrevista al pernicioso personaje, y teníamos que soportar su grosera advertencia: que el gobierno de Chávez sólo cesaría mediante la aplicación de violencia en su contra y que él, Carlos Andrés Pérez, estaba personalmente involucrado en una conspiración que la ejercería.

En el fondo no importa dilucidar si fue el periódico quien fue tras el declarante o éste quien hizo valer algunas relaciones de indudable influencia sobre el rotativo. Lo cierto es que la entrevista no obedeció a una decisión editorial que considerase importante tomar la opinión de ex presidentes en torno a la posible cesantía del actual ocupante de Miraflores. El Nacional no ha anunciado una serie de entrevistas a Rafael Caldera, Luis Herrera Campíns, Jaime Lusinchi y Ramón Velásquez, nuestros restantes ex presidentes vivos. La entrevista fue un proyecto único, una sola intención del rotativo.

¿Qué busca El Nacional? ¿Qué busca o qué sabe Miguel Henrique Otero? ¿Qué buscan o qué saben las personas más influyentes en el diario de Puerto Escondido? ¿Qué es lo que tienen escondido?

Hemos escuchado que el asunto estuvo concebido como divertimento con la intención de irritar a Hugo Chávez, de preocuparlo o asustarlo. Si esto fuera así se trataría de enorme irresponsabilidad—dado que nadie puede garantizar cómo reaccionaría ante semejante acicate la psicopática personalidad del actual presidente—tanta irresponsabilidad como la de molestar a un gorila rodeado de gente por pura diversión.

Claro que desde cierto punto de vista Pérez y Chávez están indisolublemente unidos. A fin de cuentas, el segundo se levantó en armas contra el primero. Después de que Rafael Caldera pusiera en libertad a los conspiradores de 1992, Hugo Chávez declaró a la revista Newsweek que el artículo 250 de la Constitución de 1961 le obligaba a rebelarse. Lo que aquel artículo 250 estipulaba era que en caso de inobservancia de la Constitución por acto de fuerza, o de su derogación por medios distintos de los que supuestamente ella misma disponía—nunca dispuso ninguno—todo ciudadano, investido o no de autoridad, tendría el deber de procurar su restablecimiento.

Pero con todo lo que podíamos censurar a Pérez en 1992, y aun cuando la mayoría de los venezolanos estaba convencida de que lo más sano para el país era su salida de Miraflores y La Casona, ni Pérez había dejado de observar la Constitución en acto de fuerza ni la había derogado por medio alguno. Todas las cosas que le eran censurables a Pérez tenían rango subconstitucional.

Ni siquiera era un posible fundamento de Visconti, Arias Cárdenas, Chávez, etcétera, aquella disposición sobre el derecho a la rebelión recogida en la Declaración de Derechos de Virginia (12 de junio de 1776): «…cuando cualquier gobierno resultare inadecuado o contrario a estos propósitos—el beneficio común y la protección y la seguridad del pueblo—una mayoría de la comunidad tendrá un derecho indubitable, inalienable e irrevocable de reformarlo, alterarlo o abolirlo, del modo como sea más conducente a la prosperidad pública». La norma de Virginia exige como sujeto de la acción una mayoría de la comunidad, y ni los oficiales sublevados representaban una mayoría de la comunidad ni una mayoría de ésta admitía un golpe de Estado como deseable. Era por esto que lo correcto desde el punto de vista legal hubiera sido que los golpistas de 1992 hubieran purgado la condena exacta que las leyes preveían en materia de rebelión.

Siendo esto verdad, y encontrando explicable que Carlos Andrés Pérez aún pudiera estar ardido por los vaporones que Chávez le hizo pasar, lo que no encuentra explicación es la entrevista de El Nacional del pasado domingo, rayana en el delito de incitación a delinquir.

Y es que además la entrevista es políticamente estúpida, pues lo que hace es darle la razón al adversario: dar pie a Chávez, a un fácilmente desgañitado José Vicente Rangel, a un obsecuente García Carneiro, para que pretendan vulnerar el ejercicio democrático del 15 de agosto bajo el pretexto de que «la oposición» procura un nuevo golpe o un «efecto Madrid», según la docta expresión del Vicepresidente. Por fortuna, la mayoría de los dirigentes conspicuos de la oposición pusieron rápidamente distancia entre su opinión y la de Pérez.

Hace ya mucho tiempo que Carlos Andrés Pérez no hace un favor al país. Lo último que ha hecho, sobre alfombra roja tendida inexplicablemente por El Nacional, es lo más inoportuno y pernicioso que ha salido de su hocicada boca.

La infeliz iniciativa de El Nacional debiera servir para que comprenda que lo que tiene que hacer es justamente lo contrario de lo que hizo. Que es preciso demostrarle a Pérez que su incontrolada lengua no tiene ya vigencia en Venezuela. Que su figura pertenece a un pasado que preferimos olvidar. Que un mínimo de decencia le exigiría que callara la boca y desapareciera en las norteñas latitudes que habita, a fin de que pueda ocuparse, en el ocaso de su vida, de sus mancomunados intereses.

LEA

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FS #5 – Precursores de Chávez

Fichero

LEA, por favor

En momentos cuando la Coordinadora Democrática ha presentado públicamente el contenido del llamado «consenso-país» y los diez puntos de su «Acuerdo Nacional», resulta interesante desempolvar los ocho puntos de un famoso y ya vetusto programa: el llamado Plan de Barranquilla que sirvió de plataforma ideológica inicial a lo que más tarde sería el partido Acción Democrática.

El Plan de Barranquilla es de 1931; todavía restaba algo más de cuatro años de Juan Vicente Gómez en el poder. En su redacción salta a la vista la orientación marxista de los que serían los líderes de AD. Todavía a las alturas de 1958, cuando Domingo Alberto Rangel era Secretario Nacional de Doctrina del partido, se publicó bajo su égida un folleto con una sinopsis de su doctrina. En el primero de sus asertos se leía la siguiente afirmación doctrinaria: «Acción Democrática es un partido marxista».

Para ese entonces, naturalmente, que fuese marxista debía entenderse—así lo explicaba el folleto—no como un equivalente de comunista, ni siquiera como socialista radical—al estilo del MIR de los años sesenta o el MAS de los setenta—sino como un partido que asumía el marxismo como un «método» para la comprensión de la realidad social.

En todo caso, el trienio de 1945-48 se caracterizó por un comportamiento de Acción Democrática que no deja de parecerse—muy a su pesar—a lo que llevamos de gobierno chavista: la celebración de una asamblea constituyente, el decreto precursor del 1.011 de Chávez (el famoso decreto 321 que encontró feroz resistencia de los colegios católicos de la época), un discurso antiimperialista, un sectarismo acusado y hasta los antecesores de los temidos círculos bolivarianos: las famosas y míticas «bandas armadas» de AD que debían «defender la revolución» y que jamás emergieron a la caída de Gallegos en 1948.

El documento conocido como Plan de Barranquilla, al mejor estilo revolucionario, hace preceder el programa de ocho puntos por tres secciones introductorias, que buscan fungir como diagnóstico—marxista—de la situación de Venezuela en 1931. La Ficha Semanal #5 de doctorpolítico reproduce sus conclusiones y el programa mismo, sin incluir aquellas secciones. En una de ellas se lee: «Entre el capitalismo extranjero y la casta latifundista-caudillista criolla ha habido una alianza tácita en toda época». Y en la sección anterior: » Para caudillos y latifundistas la situación semihambrienta de las masas y su ignorancia son condiciones indispensables para asegurarse impunidad en la explotación de ellas». Retórica francamente muy parecida a la de Chávez, diferenciada por un estilo y una situación histórica obviamente diferentes.

Betancourt y Acción Democrática volvieron al poder diez años después de la caída de Gallegos. Pero ahora eran un líder y un partido atemperados, ya sobrios de la borrachera de poder que les intoxicaba en 1945. Rafael Poleo ha puesto de relieve la similitud del proceso chavista y el adeco del trienio, y hasta insinuado que la relativa juventud de Chávez pudiera permitirle un futuro político para el que regresara con mayor moderación. El símil es sugestivo, pero ni la psicología épica, narcisista y megalómana de Chávez es la de Betancourt, ni el MVR es algo que pueda compararse con Acción Democrática que, a fin de cuentas, contaba con una profundidad intelectual en sus cuadros dirigentes que brilla por su ausencia en las filas del chavismo. Es por eso que Pompeyo Márquez ha podido decir: «Lo mejor de Venezuela está contra Chávez».

LEA

……

Precursores de Chávez

Precisados en el orden interno y en las relaciones internacionales los factores determinantes de la situación venezolana hemos suscrito un programa mínimo de acción política y social con vistas a esos factores. Presumen espíritus simplistas, viciados de la tradicional indolencia venezolana para ahondar problemas, que «asociaciones cívicas» y otros remedios fáciles de la misma índole bastarían para promover en el país un movimiento de dignificación civil. Nosotros, con criterio más realista y positivo, nutrido de doctrina y de historia, creemos que la elevación del nivel político y social de las masas no puede lograrse sino sobre las bases de independencia económica. Por eso, hemos articulado nuestra plataforma con postulados de acción social y antiimperialista, trascendiendo resuelta y conscientemente las aspiraciones retrasadas de quienes creen que basta moralizar la administración y reformar cuatro o cinco artículos de la Constitución para que Venezuela comience a realizar su destino de pueblo. Hemos dicho programa mínimo, porque el suscrito hoy por nosotros apenas contempla los más urgentes problemas nacionales y porque el contenido del mismo de nuestros postulados de acción es apenas reformista. Consecuentes con un método que repudia la sobreestimación de fuerzas, hemos querido considerar sólo las necesidades y aspiraciones populares más urgentes. La marcha misma del proceso social nos señalará el momento de poner a la orden del día la cuestión de ampliación y revisión del programa.

PROGRAMA

I. Hombres civiles al manejo de la cosa pública. Exclusión de todo elemento militar del mecanismo administrativo durante el período preconstitucional. Lucha contra el caudillismo militarista.

II. Garantías para la libre expresión del pensamiento, hablado o escrito, y para los demás derechos individuales (asociación, reunión, libre tránsito, etc.).

III. Confiscación de los bienes de Gómez, sus familiares y servidores; y comienzo inmediato de su explotación por el pueblo y no por jefes revolucionarios triunfantes.

IV. Creación de un Tribunal de Salud Pública que investigue y sanciones los delitos del despotismo.

V. Inmediata expedición de decretos protegiendo a las clases productoras de la tiranía capitalista.

VI. Intensa campaña de desanalfabetización de las masas obreras y campesinas. Enseñanza técnica industrial y agrícola. Autonomía universitaria funcional y económica.

VII. Revisión de los contratos y concesiones celebrados por la nación con el capitalismo nacional y extranjero. Adopción de una política económica contraria a la contratación de empréstitos. Nacionalización de las caídas de agua. Control por el Estado o el Municipio de las industrias que por su carácter constituyen monopolios de servicios públicos.

VIII. Convocatoria dentro de un plazo no mayor de un año de una Asamblea Constituyente, que elija gobierno provisional, reforme la Constitución, revise las leyes que con mayor urgencia lo reclamen y expida las necesarias para resolver los problemas políticos, sociales y económicos que pondrá a la orden del día la revolución.

Los que suscriben este plan se comprometen a luchar por las reivindicaciones en él sustentadas y a ingresar como militantes activos en el partido político que se organizará dentro del país sobre sus bases.

En Barranquilla, a 22 de marzo de 1931.

PEDRO A. JULIAC

RÓMULO BETANCOURT

SIMÓN BETANCOURT

MARIO PLAZA PONTE

CARLOS PEÑA USLAR

RICARDO MONTILLA

P. J. RODRÍGUEZ BERROETA

RAFAEL ANGEL CASTILLO

RAÚL LEONI V.

VALMORE RODRÍGUEZ

CÉSAR CAMEJO

JUAN J. PALACIOS

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CS #96 – Soberano ocupadísimo

Cartas

Ayer recibimos la siguiente pregunta: «¿Qué recomendaría usted para evitar que el 15 de agosto a las 9 de la noche los dos bandos en pugna referendaria se entren a tiros?»

Naturalmente, tras esta cuestión subyace la presunción de que no es nada improbable un resultado chiquitico, apretado: un escenario en el que el «Sí» o el «No» resultasen triunfantes por mínima diferencia. A fin de cuentas, hay algunas encuestadoras que creen medir un virtual empate entre las opciones, otras que el gobierno pudiera resultar reivindicado y otras, al fin, que pronostican la revocación de Chávez pero que registran un significativo progreso reciente del gobierno en paralelo con un deterioro creciente de la posición opositora. (También ayer nos tropezamos en la calle con un ex ministro socialcristiano a punto de visitar a un ex presidente socialcristiano y recibimos su confidencia: «Si las votaciones ocurrieran hoy Chávez ganaría».) ¿Qué pasaría, se preguntaba en el fondo nuestra inquisidora de ayer, si gana el «Sí» por muy pocos votos, habida cuenta de que Hugo Chávez Frías, Diosdado Cabello y José Vicente Rangel se parecen poquísimo a Rómulo Betancourt, Raúl Leoni y Gonzalo Barrios, que en 1968 entregaron el Poder Ejecutivo Nacional a Rafael Caldera a partir de su minúscula ventaja de 32 mil votos? ¿Qué tendería a hacer una oposición grandemente confiada en el triunfo si el CNE y Smartmatic anuncian, sin que Jennifer McCoy pueda certificar significativas actividades sospechosas de fraude, que ha ganado el «No» por unos cien mil o cincuenta mil sufragios? ¿Cuán probable es un desenlace de este tipo?

Nuestro maestro Yehezkel Dror predicaba hace ya más de treinta años que un agente de decisión debe tomar previsiones, debe contar con planes de contingencia, no sólo para el caso de ocurrir los futuros más probables, sino también cuando un futuro improbable, de ocurrir, tuviese un impacto de gran consideración. Sería irresponsable, tanto como jugar a la ruleta rusa—una probabilidad en seis o solamente 16% de probabilidades de morir en el acto contra 84% de probabilidades de ganar una jugosa apuesta—quien no supiera lo que haría en caso de que se materializara un acontecimiento posible que pudiera acabar con todo. Es preciso prepararse, remachaba, para resultados de baja probabilidad pero alto impacto.

Admití a la persona que me hacía la pregunta formulada al comienzo que convenía a los venezolanos hacer todo lo que estuviera a nuestro alcance para bajar las probabilidades de una diferencia pequeña entre el «Sí» y el «No» a cotas cercanas a la imposibilidad. Así ofrecí unas primeras recomendaciones intuitivas, más bien superficiales. Podía exigirse a los respectivos y contrapuestos comandos que instruyesen a sus cuadros y militantes: «Nada de guarimbas, nada de piedras a las puertas de RCTV si perdemos por poco; los jefes manejaremos políticamente el asunto». Pero como la Coordinadora Democrática no controla a todos los guarimberos, y el Comando Maisanta no controla a todos los tupamaros y carapaicas—continuábamos en plan de facultativo con libreta de récipes en mano—convendría aprovechar que el caballero William Ury todavía está disponible para procurar la firma de un pacto de media página al efecto.

De alguna manera sabíamos, sin embargo—un persistente desasosiego nos lo advertía—que probablemente sería más eficaz una solución contraintuitiva. (En más de una ocasión el decisor público, el estadista, se tropieza con una causación social tan compleja que las respuestas intuitivas son ineficaces o aun son peor remedio que la enfermedad. El mismo Dror nos confrontaba con la ineficacia de la política perezjimenista de superbloques, construidos para mejorar la condición de las viviendas marginales en los barrios caraqueños. La superpoblación de los cerros caraqueños con ranchos precarios, humanamente indignos, se producía—apuntaba Dror—a partir de una intensa migración rural hacia la metrópoli; esto es, por gente que prefería vivir en un rancho caraqueño antes que en un extraviado conuco llanero. Por esta razón el superbloque sólo echaba gasolina a la candela, pues hacía la migración aun más atractiva, al ofrecer un hábitat claramente preferible al de los ranchos que sustituía. La solución de Marcos Evangelista aceleraba la migración y por tanto agravaba el problema que pretendía atender).

En este punto surgió en nuestra cavilación la siguiente certeza. Si el presidente Chávez y los que le apoyan componen una parte apreciable, no despreciable, de la población de Venezuela, no puede llamarse consenso-país a una formulación que no cuente con su consenso. Pero si se llegare a una nueva formulación que obtuviese tal aquiescencia tampoco podría entonces emplearse el cognomento consenso-país, a menos que quienes se oponen a la permanencia de Chávez en el poder fueran igualmente tranquilizados. En consecuencia, el mejor, el verdadero consenso-país consistiría en aquel acuerdo sobre políticas a partir del 15 de agosto que no requiriera la oposición furibunda de la Coordinadora Democrática ni del Comando Maisanta. ¿Es este milagroso y teórico pacto pura fantasía? ¿Es posible determinar un mínimo común denominador? Tal vez. Te doy garantía de que no remaremos hacia el «mar de la felicidad» si no insistes en privatizar a PDVSA, por ejemplo.

Pero esas políticas, de existir, tendrían que evidenciarse encarnadas en una persona. No basta el consenso. Por esto el mejor sucesor de Chávez sería también alguien que convenciese por sus bondades a quienes votarán «Sí» el 15 de agosto y que fuese alguien en quien Chávez pudiera poner algunas confianzas elementales. ¿Existe ese insólito perfil realizado en persona venezolana concreta? Bueno, debe haber algún nombre que no haya suscrito el decreto de Carmona al tiempo que reconozca las naturales ventajas y sabidurías gregarias del mercado. Que desestime el protocolo de constante combate épico del chavismo al tiempo que se haya percatado de que el Consenso de Washington es una simpleza.

……..

De darse la revocación del mandato de Chávez éste no podrá, aunque lo haya anunciado ante los mandatarios de MERCOSUR, ser candidato para sustituirse a sí mismo. Para doctorpolítico esa declaración no fue otra cosa que la preparación de un próximo y previsto gesto «democrático» de Chávez. Es cierto que Iván Rincón, en reciente y explayada entrevista, toreó a su entrevistador por chicuelinas y rechazó pronunciarse sobre el caso específico de la inhabilitación inmediata del actual presidente. («Nosotros nos limitamos a establecer principios generales».) Es cierto que además resaltó que la prohibición constitucional que al respecto pesa sobre eventuales asambleístas revocados no se aplica al caso presidencial. Pero es que en esto hubo acuerdo unánime de los magistrados de uno y otro bando en la Sala Constitucional. Incluso quienes aportaron votos concurrentes—que no salvados—y que en ellos hicieron explícito el absurdo de que un funcionario revocado pretendiera sustituirse a sí mismo, apoyaron la decisión construida sobre ponencia de Delgado Ocando. Pero en el cuerpo mismo de la sentencia vigente se lee, a continuación de la cita textual del Artículo 233 de la Constitución, que «esta Sala observa» que la revocación del mandato del presidente acarrea la falta absoluta y en consecuencia su «separación definitiva» del cargo por el «período correspondiente». La Sala, en consecuencia, «aclarará» que un presidente revocado no puede postularse como candidato a las elecciones inmediatas según lo previsto para el caso de la falta antes de cumplidos los primeros cuatro años del mandato. Y Chávez dirá: «Acato. ¿Se fijan que sí soy un demócrata que respeta la independencia de los poderes?»

Si Chávez es revocado, por consiguiente, su agrupación política deberá poner en circulación un candidato diferente. No podrá ser José Vicente, que estaría encargado de la presidencia. Tal vez Alí Rodríguez, para que si pierde sea el PPT el dueño de la derrota. Y éste perdería, también en el caso de una elección con un candidato que emerja de las tardías «primarias» de la Coordinadora y con un tercer candidato que no tenga nada que ver ni con el chavismo ni con la central opositora. Es más, de aparecer un tercer candidato «correcto», un candidato del «tercer lado» de Ury, lo más probable es que resultase triunfador ante, por ejemplo, los petroleros de polo opuesto: Alí Rodríguez, ex guerrillero y «decente» ex Secretario General de la OPEP, y Alberto Quirós, solidario del «carmonazo» pero eficaz negociador de la central opositora.

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También, como todo médico profesionalmente responsable en situación de difícil terapéutica, doctorpolítico fue a consultar a sus gurúes, a los colegas cuyo criterio respeta. Poseído por la inquietud que le causara aquella indagación sobre la forma de retirar el detonante de la explosiva mezcla de gases políticos que se acumula peligrosamente hacia el 15 de agosto, preguntó a sus maestros sobre el punto.

Por supuesto, le hicieron ver una vez más, el futuro es siempre un delta de varios caños, una arborificación compuesta de varias ramas, y los alarmantes escenarios descritos no son las únicas posibilidades. Un escenario no despreciable es aquél en el que el «Sí» obtiene al menos 500 mil votos de ventaja, pero en el que el «No» logra captar, digamos, 3 millones de votos. Es decir, el «Sí» atraería 3 millones y medio de sufragios y, ganándole al «No», todavía estaría por debajo de los 3 millones 800 mil votos necesarios para la revocación constitucional del mandato. Una interesante situación en la que el gobierno no saldría despedido como el proverbial corcho de limonada, pero quedaría suficientemente debilitado como para que pudiera intentar la fidelización definitiva del país entre el 16 de agosto de este año y las elecciones de 2006, como pretende el resurrecto ideólogo del Comando Maisanta, William Izarra.

Pero también hay otro cauce de significativa anchura en ese delta de atractrices: que sea el Pueblo solo, el enjambre ciudadano en miríadas de actos individuales solitarios y secretos, el Soberano de Sieyès en estado puro el que, con independencia de las apuradas gestiones de la Coordinadora Democrática, después de rumiar su decisión en silencio, decida restaurar la normalidad a su trono y revoque inequívocamente y por mayoría suficiente el mandato conferido a Chávez, a conciencia de que no deberá regresar a su palacio tropical para dejar todo en manos del sucesor, sino que tendrá que encargarse asimismo de vigilar y conminar a este último. De lo que tiene ese Soberano que tomar conciencia es de que, simplemente, la historia no se termina el 15 de agosto de 2004 y de que podrá seguir alzando su majestuosa voz cada vez que lo estime necesario. Que podrá ofrecer la cesantía a Chávez sin conferir cheque en blanco a quien ponga en su lugar. Ahora es cuando el Pueblo tiene que trabajar.

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