por Luis Enrique Alcalá | Jul 20, 2004 | Fichas, Política |

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El domingo 2 de octubre de 1994 se celebraba en la Sala 6 del Parque Central un evento de gran interés y posibilidades futuras. Unos setenta dirigentes no tradicionales, provenientes de diversos lugares del país, se reunieron a discutir las líneas generales de una opción política diferente a las que hasta ese momento habían sido presentadas a los Electores venezolanos. Los organizadores del evento fueron el movimiento Sociedad Civil Para La Gente, el partido Factor Democrático y la agrupación BREA, aunque asistieron también representantes de otros movimientos, como el Grupo Asesor Comunal de Baruta. Abrió el acto Lenín Aquino, dirigente social aragüeño, quien expuso los objetivos de la reunión y dio la palabra a un panel en el que destacaba Diego Bautista Urbaneja, el principal dirigente de Factor Democrático. Urbaneja presentó el concepto básico de su partido y declaró enfáticamente su convicción de que la reunión llegaría a ser «histórica».
El editor de esta publicación fue invitado a la reunión, y habló para exponer la descripción general del proyecto de la Sociedad Política de Venezuela (1985), en el que Urbaneja había tenido alguna participación antes de abandonarlo.
El tiempo se encargó de desmentir al líder de Factor Democrático. El esfuerzo jamás llegó a nada concreto y la reunión nunca adquirió el pretendido carácter histórico.
La Ficha Semanal No. 4 de doctorpolítico registra extractos de una relación inicialmente publicada, bajo el título Una especie política diferente, en el número 8 (19 de octubre de 1994) de referéndum, publicación que también tenía por editor al suscrito. Contiene unas pocas prescripciones que aún consideramos con vigencia, las que fueron en su momento debidamente desatendidas por los promotores de la reunión de Parque Central. Tal vez la seriedad y responsabilidad que exigían a una nueva organización política representaron un precio excesivamente caro para los que recibieron entonces el planteamiento.
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Otro código genético
Es muy probable que el proyecto de la Sociedad Política de Venezuela, superando sus carencias y aceptando modificaciones, se integre en este nuevo esfuerzo. Es probable que algunas de las ideas expuestas en esta publicación sobre el tema de la organización política que puede aventajar a los esquemas tradicionales puedan encontrar su inserción cooperadora en la organización que surja a partir de las próximas deliberaciones. Queremos por tanto resumir acá lo que consideramos deben ser los rasgos esenciales de lo que, a nuestro juicio, sería una organización política viable y exitosa.
En primer lugar, toda organización política que quiera ejercer una presencia eficaz deberá integrarse alrededor de tres componentes funcionales distintos, no sin parecerse a la estructura que exhibe la corteza cerebral del sistema nervioso de la especie humana. Un primer componente o sección de tal organización deberá dedicarse al registro veraz y oportuno del estado de la opinión de los Electores. Se contraerá, así, al registro sensorial, a la celebración de referenda, sobre todo de consultas a los Electores acerca de lo que piensan sobre tratamientos concretos a los problemas de carácter público en los distintos niveles de la estructura política nacional. Es la función primaria.
Un segundo componente vendría dado por un centro elaborador de políticas y tratamientos, de soluciones a los problemas que puedan ser presentadas por el componente anteriormente descrito al juicio de los Electores. Probablemente este centro deberá ocuparse igualmente de un programa de educación política de los miembros de la organización y de los Electores en general.
Finalmente, un último componente debe estar dedicado a las operaciones propiamente dichas. Las operaciones electorales, por una parte, atendiendo a la normativa esbozada en el proyecto de la Sociedad Política de Venezuela, en el sentido de postular solamente a aquellas personas que hayan reunido un grupo de Electores que desean esa postulación. Las operaciones políticas no electorales, por la otra, siendo una operación típica la recolección de firmas para introducir proyectos de leyes por iniciativa popular, según lo permite la vigente Constitución.
Cada uno de estos componentes debe estar al mismo nivel jerárquico y gozar de importante autonomía funcional, para evitar la subordinación típica de los partidos tradicionales, en los que el conocimiento se supedita al poder. Naturalmente, será necesario disponer de una junta integradora de la acción de los tres componentes esbozados.
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Estas cosas son los problemas que debe acometer una nueva organización política si sus miembros desean trascender verdaderamente, y otra cosa les conduciría a la insignificancia. Es posible conseguir presencia puntual y episódica con acciones vistosas, microscópicamente valientes. Pero si lo que se desea es transformar a Venezuela, normalizar el nivel de vida de sus habitantes, expandir su democracia hasta sus límites tecnológicos, insertarla dignamente en la comunidad planetaria, es preciso acometer el problema con seriedad y responsabilidad.
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Entre los programas prioritarios de la nueva asociación deberá encontrarse el relativo a la educación política de los miembros de la asociación y de los Electores en general. Muchas buenas intenciones en política, mucho altruismo social, llegan a ver corrompido su impulso original porque recaen en el cauce muy atractivo de la política tradicional, de la Realpolitik. Es preciso escapar a ese sino cuasitrágico, y para lograr tal cometido no hay otro camino que el aprendizaje responsable. Nadie tiene la verdad definitiva en política. Nadie tiene nunca toda la razón. Con humildad, con alegría de estudiante, las personas que quieran construir una opción trascendente en la política venezolana deberán dedicar un tiempo apreciable al estudio y al análisis, tanto de los problemas públicos como de los nuevos enfoques que ahora están disponibles para su comprensión y su superación.
Ninguna otra aproximación haría legítimo un intento por obtener el poder político en Venezuela. La política consiste en entrometerse con la historia, en interferir en la vida de un pueblo. No puede tolerarse la irresponsabilidad a este respecto. Si el diseño de una nueva asociación política se parece demasiado al de las organizaciones convencionales, no habría razón para preferirlo a lo que tantas veces criticamos.
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por Luis Enrique Alcalá | Jul 15, 2004 | Cartas, Política |

La teoría de catástrofes es una creación relativamente reciente de la ciencia. (René Thom, Stabilité structurelle et morphogénèse, 1972). No hace mucho tiempo, por otra parte, desde que Per Bak y su grupo de colaboradores del Centro de Investigaciones Thomas Watson de IBM registraran lo que pasaba en un modelo a escala de avalanchas orográficas. Con un aparato tan sensible que era capaz de hacer caer arena grano por grano sobre una superficie circular, observaban la formación de colinas con una determinada «pendiente crítica», a partir de la cual la caída de un solo grano de arena podía provocar avalanchas. Largos períodos de observación documentaron la regularidad de una distribución con sentido intuitivamente previsible: que una secuencia larga de granos de arena cayendo sobre la colina genera un buen número de pequeños aludes; que en menor medida ocurren aludes de mediano tamaño; que son posibles avalanchas de gran talla, aunque muy poco frecuentes. Y, dicho sea de paso, que no se observó jamás ninguna avalancha que desmorone la colina íntegra.
Los grupos humanos, como los ríos y las montañas, como la población de huracanes y la de terremotos, también son asiento de episodios caóticos de pequeña, mediana y gran magnitud. Y también pueden ser expuestos a tensiones que agraven la intensidad de esos episodios. Si a un estadio en Ghana se le cierran las puertas mientras se suscita en él un arranque de desorden, y si al enjambre de espectadores se le acomete con gases lacrimógenos y ruido de explosiones, hay que contar conque el resultado no será una trifulca entre una media docena de fanáticos, sino una estampida con saldo de centenares de muertos y heridos. Por cierto, el último incidente de este tipo en Ghana era el sexto que se registraba en la zona en tiempos recientes. Algo pareciera causar la ocurrencia de los desórdenes en patrones endémicos: pareciera siempre haber conflictos en el Oriente Cercano, en los Balcanes, en Colombia. Como los forúnculos.
Cuando los precios del petróleo subieron hacia el tercer trimestre del año 2000, una protesta de camioneros franceses prendió la mecha de una eclosión que se extendió por España, los Países Bajos, Italia, Nueva Zelanda y pare de contar. (Por cierto, no era una protesta contra la OPEP, sino como esta misma organización advirtiera, contra el nivel impositivo que los gobiernos de países consumidores aplican al gasto de energía). Los enjambres humanos, que a diferencia de las piedras y las arenas cuentan con un creciente grado de intercomunicación, están gradualmente adquiriendo la capacidad de catastrofizar a escala transnacional. No es solamente el comercio lo que se globaliza: también el alcance de la conflictividad social. No está lejos el día de un 27F a escala subcontinental o intercontinental.
Estas cosas parecen ignorarlas analistas de éxito e ingresos profesionales considerables. Moisés Naím, por ejemplo, publicó un estudio en inglés con el título The Venezuelan Story: revisiting the conventional wisdom. (El cuento venezolano: una nueva mirada a la sabiduría convencional, 2001), que se distribuyó por selectos lotes de direcciones electrónicas. Naím volvía a exhibir en ese trabajo una notable capacidad de confusión entre la dimensión de la síntesis y aquella de la simpleza, para rechazar la interpretación de Chávez como «evidencia de la fermentación de una reacción contra la globalización, el capitalismo al estilo estadounidense, la corrupción y la pobreza».
El propio Naím indicaba que su explicación de las cosas era contraria a esa lectura, a pesar de que «por la mayor parte, la situación de Venezuela es citada como una señal temprana de alerta sobre una reacción planetaria contra las ideas políticas, las políticas económicas y las relaciones internacionales que dominaron los años 90, esto es, la democracia liberal, las reformas de mercado y la globalización». Naím sostenía que tal cosa no era cierta.
En ninguna parte de su documento de 41 páginas Naím se refería a los múltiples otros signos de molestia planetaria contra, precisamente, ese «Consenso de Washington» cuyo descrédito prefirió ignorar. No mencionó para nada, por poner un caso, que desde hace ya un tiempo a esta parte, cada reunión internacional relacionada con esa manera de entender la globalización, es objeto de significativas manifestaciones de protesta. (Las que se conoce, por cierto, que no son organizadas por el MVR).
La superficialidad de la tesis de fondo naimista se pone en evidencia en simplistas afirmaciones como ésta: «
la desaparición del sistema de partidos que dominó la política venezolana por más de cuatro décadas no fue un súbito colapso al estilo soviético que resultara de una excesiva concentración de poder en manos de una pequeña clique de políticos. Más bien ocurrió como consecuencia de la descentralización del poder político y económico que comenzó a fines de los 80». Es decir, que según Naím habría sido la descentralización lo que trajo a Chávez.
Y no es que Naím carezca de razón en todo lo que dice, o que no sea fácil establecer conexión entre dos hechos simples cualesquiera de la reciente historia venezolana. Por lo contrario, como Naím citaba con profusión un número de hechos incontestables, adquiría por ese procedimiento la falaz apariencia de científico social cuando fabrica sus tendenciosos enlaces fácticos.
Todo esta bien, nos dice Moisés Naím. Chávez no es sino un incidente anómalo aislado. No viene ningún terremoto, no vendrá ninguna avalancha, sino tal vez solamente en Venezuela, donde ahora impera la barbarie. No hay relación entre los desajustes de Chiapas y las pobladas en Bolivia o los desórdenes argentinos que tumbaron a De La Rúa. No hay descontento contra las prescripciones del Fondo Monetario Internacional. Política homeopática: para curar a los pobres es preciso hundirlos más en la pobreza, siempre pedirles más sufrimiento, más «ajustes». Y política de avestruz: no está pasando nada.
La única manera de explicar cómo un gobernante tan obviamente dañino e incompetente como Chávez ha prevalecido últimamente, es precisamente reconocer que su irracionalidad y su iracundia se asientan sobre muy reales substratos.
La globalización es un proceso que, gracias a Dios y a su ingeniería de la complejidad del mundo, es bastante más rico que la casi estrictamente económica globalización de Naím y gente que piensa como él. El mundo construye, ciertamente, una economía que incluye—no es el único—un nivel planetario. Pero también construye un cerebro y una cultura del mundo, una polis del mundo. Mientras esa polis no adquiera las inéditas instituciones que pudieran satisfacerla mejor, la potencia de la protesta planetaria jugará un papel cada vez mayor. No, profesor Naím, no vienen todavía los tiempos tranquilos.
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por Luis Enrique Alcalá | Jul 13, 2004 | Fichas, Política |

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No puede caber duda de que Napoleón Bonaparte fue una importante fuerza civilizatoria. Muchas de sus instituciones—la codificación del derecho, por ejemplo—perduran hasta nuestros días. Pero como político fue implacable cultor de una aproximación de Realpolitik. George Bernard Shaw retrató su cinismo fundamental en una escueta pieza teatral: «El hombre de destino». En un momento de su diálogo con una fascinante dama Napoleón le instruye:
«Hay tres clases de gente en el mundo: los de abajo, los del medio, y la gente elevada. La gente baja y la gente elevada se parecen en una cosa: no poseen escrúpulos, no poseen moralidad. Los de abajo están debajo de la moral; los elevados por encima. No temo a ninguno de los dos; pues los de abajo son inescrupulosos sin conocimiento, y así hacen de mí un ídolo, mientras que los elevados son inescrupulosos sin propósito, y así caen bajo mi voluntad. Mira bien: caeré sobre las masas y las cortes de Europa como el arado cae sobre un campo. Es la gente del medio la que es peligrosa: ella tiene tanto conocimiento como propósito. Pero esta gente también tiene su punto débil. Está llena de escrúpulos, encadenada de manos y pies por su moralidad y su respetabilidad».
El texto escogido para esta Ficha Semanal de doctorpolítico está tomado de la extraordinaria historia general de Europa por el trío de Jerome Blum, Rondo Cameron y Thomas G. Barnes: The European World: A History, y corresponde al fragmento final (El Legado Napoleónico) del capítulo La Era Napoleónica.
El juicio sumario de los autores registra cómo incluso los más ilustrados y capaces déspotas concluyen en fracaso y anulación. Charles-Maurice de Talleyrand-Perigord, quien en sí mismo fuese tal vez el más extraordinario caso de supervivencia política de toda la historia—sirvió a la república de la Revolución Francesa, a Napoleón, a la restauración borbónica que le sucedió a su caída y a Louis-Philippe—adelantó en sus Mémoires una causa principal de su ocaso: «Napoleón es el primero y el único entre los hombres que hubiera podido dar a Europa el equilibrio que en vano había buscado por muchos siglos, y que hoy en día está más lejano que nunca… Con este equilibrio real Napoleón hubiera podido dar a los pueblos de Europa una organización conforme a la verdadera ley moral… Napoleón pudo haber hecho estas cosas, pero no las hizo. Si las hubiese hecho la gratitud le hubiera erigido estatuas en todas partes… En lugar de esto la posteridad dirá de él: ese hombre fue dotado con una muy grande fuerza intelectual, pero no llegó a entender la verdadera gloria. Su fuerza moral era demasiado pequeña o enteramente inexistente. No pudo soportar la prosperidad con moderación ni el infortunio con dignidad; y es porque careció de fuerza moral que trajo consigo la ruina de Europa y de sí mismo».
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El legado napoleónico
El 5 de mayo de 1821 era el trigésimo segundo aniversario de la convención de los Estados Generales en Versalles. El hombre que murió ese día en Santa Helena había sido un subalterno en servicio de guardia en la vieja fortaleza del pueblo de Auxonne, en Francia oriental, treinta y dos años antes, cuando comenzara la Revolución Francesa. Él había acabado con la Revolución, pero en dos puntos importantes ella también le había dado alcance para acabar con él.
Los ingleses, que habían tenido su revolución un siglo y medio antes, veían en la Revolución Francesa la reencarnación del demonio. Su implacable enemistad con Napoleón Bonaparte tuvo una amargura particular porque parecía representar esa Revolución en marcha. Más que cualquiera otra causa, fue la incesante persecución de los ingleses contra Napoleón lo que lo venció.
El otro factor con el que la Revolución Francesa acabó con Napoleón fue el nacionalismo que desató por toda Europa continental. El fervor patriótico fue el artículo más exportable del credo revolucionario. El jacobinismo, el republicanismo, aun la libertad y la igualdad, tuvieron importancia variable para las condiciones y aspiraciones de alemanes, italianos, rusos, polacos, holandeses, belgas, españoles y portugueses. Pero el nacionalismo patriótico tenía un atractivo universal. Los alemanes de estados que habían sido archirivales durante siglos combatieron codo a codo en la Batalla de las Naciones como alemanes. Los enemigos de Napoleón, los déspotas tanto como los demócratas, reunieron a sus compatriotas para oponérsele y vencerlo apelando al espíritu nacional.
Aun cuando resulta imposible separar el impacto de la Revolución Francesa de Napoleón—a fin de cuentas él había empleado los eslóganes de la Revolución y a veces sus doctrinas como armas de guerra y herramientas para la construcción de su imperio—su propia contribución fue evidente en cuatro campos. En primer término, el Gran Imperio había erigido en Alemania e Italia, aunque fuese sólo por unos pocos años, entidades unificadas a partir de los trescientos y pico de principados de Alemania y la docena de estados en Italia. A estos pueblos históricamente divididos se les ofreció una visión de unidad que en el futuro se convertiría en realidad para ambos.
En segundo lugar, los ejércitos de Napoleón, antes que los revolucionarios locales, depusieron el privilegio dentro de los confines del Gran Imperio. A pesar de su poca profundidad en la práctica, el espectáculo de un conquistador que estableciera el gobierno representativo, la igualdad ante la ley, la libertad individual y la libertad religiosa, le dio a pueblos que no estaban acostumbrados a tales cosas una experiencia fugaz de un orden nuevo y mejor. Napoleón plantó las semillas de las aspiraciones de gobierno representativo y constituciones liberales, y dio a las clases medias de Europa un momento de invalorable liberación de la arrogante represión del privilegio.
En tercer término, la era napoleónica imprimió sobre Francia una leyenda de gloria y grandeza que desde entonces ha afectado a la vida política francesa. Aunque mucho de la leyenda se estableció con el exilio de Napoleón, sus rasgos esenciales eran otro asunto; por más que fuera efímero, el Gran Imperio no era una quimera. A pocos años de su caída los franceses habían olvidado el pesado drenaje de hombres y riquezas que fueron el precio de sus victorias y sólo recordaban la grandeza de sus conquistas.
Finalmente, Napoleón Bonaparte enseñó a todo líder autoritario la esencia de la dictadura: la propaganda, una eficaz e inexorable policía secreta que formaba un Estado dentro del Estado, el empleo de dispositivos democráticos tales como el plebiscito para reunir apoyo popular del régimen, la burocratización estatal de instituciones críticas como la educación y la religión a fin de convertirlas en instrumentos de adoctrinamiento, y el valor de las aventuras foráneas para hacer tolerable la represión doméstica. Napoleón no originó ninguna de estas herramientas del autoritarismo; su contribución fue la de entretejerlas en instrumento del moderno Estado autoritario y demostrar cuán eficaz podía ser ese instrumento en su interior.
La última palabra la tiene Napoleón Bonaparte. En 1813 resumía para Metternich sus comienzos y el final que quería para sí en tanto soberano. Perfectamente consciente de cuán incierto era su futuro, y de cuán delgado era su asimiento en la lealtad de su pueblo, le dijo a Metternich: «Sabré cómo morir, pero nunca ceder una pulgada de territorio. Vuestros soberanos, que nacieron en el trono, pueden ser veinte veces vencidos y todavía regresar a sus capitales. Yo no puedo. Porque yo llegué al poder a través del campamento».
Jerome Blum, Rondo Cameron y Thomas G. Barnes
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por Luis Enrique Alcalá | Jul 8, 2004 | Cartas, Política |

La encuesta de junio de 2004 de la firma Greenberg, Quinlan, Rosner Research indica que no es improbable que el gobierno gane el referendo revocatorio y permanezca en el poder al menos hasta el año de 2006, cuando habrá nuevas elecciones. Señala también que la mayoría percibe una mejora en la economía y considera muy o algo convincentes ciertos mensajes gubernamentales. Por último, es claro que el soberano prefiere de aquí en adelante políticas inclusivas o reconciliadoras, promotoras de la paz.
Uno puede tomarse en serio los resultados de esta consulta al soberano o puede desconocerla. Enrique Mendoza ha optado por lo segundo y ha dicho: «Estamos acostumbrados a que cada vez que se acercan los procesos electorales aparecen empresas con esos nombres rimbombantes». En verdad, Mendoza sabe perfectamente de los nombres de la firma y de lo hallado por ella en no menos de dos años de actividad, pues siempre recibió noticia de cada informe, y por tanto sabe que no se trata de una aparición cuando tan poco nos separa del referendo revocatorio. Entonces, o ha optado por la política del avestruz o manipula al elector mintiéndole a sabiendas del riesgo «para no desmoralizarlo». En modo paternalista oculta la verdad al más interesado.
Es preciso tomar en serio la consulta, y también tomar en serio al soberano. El cuerpo social es más inteligente políticamente que lo que cualquier político puede serlo, así como el cuerpo humano es más sabio que el mejor médico.
Aun con la elección de Chávez lo fue. Durante dos años previos a la campaña electoral de 1998 la intención de voto dominante estaba con altísimas y nunca vistas cotas—hasta 70% en cierto momento—a favor de Irene Sáez. A un año de la primera elección de Chávez todavía punteaba con gran comodidad por sobre 40%, cuando aquél y Salas Roemer oscilaban entre 6 y 8 o 9%. Esto es, el agregado popular claramente expresaba una preferencia por quien no fuera de la bipartidocracia y fuese suave, positiva y optimista personalidad, y no áspero como Chávez ni candidato oligárquico como Salas. En cuanto nuestra primera Miss Universo abrió la boca, y se maquilló y arregló para emular la figura física de Evita Perón, y se retrató con Luis Herrera—quien había dicho que no nos preocupásemos por la idoneidad de la candidata porque «modernamente el poder es compartido» y había admitido que quería que COPEI ganara las elecciones para «resolver» a un buen número de copartidarios con empleos o contratos—en cuanto la estatua ecuestre de Bolívar se desplomó en Chacao, entonces se hundió Miss Titanic —apadrinada y platónicamente cortejada justamente por Enrique Mendoza—y el elector que quería alguien que no estuviera con AD o COPEI se encontró con sólo dos cauces receptores de su voto: Salas y Chávez.
Si este último hizo una campaña populista, amenazante y de manipulación psicohistórica—Bolívar, Maisanta, Zamora, Rodríguez, etcétera—y se erigió como el campeón de la más aceptada causa constituyente, Salas representó el polo opuesto: elitista, sonriente y anticonstituyente: «La constituyente es un engaño y una cobardía». Y también practicó con insistencia y pretendida astucia la manipulación con símbolos históricos, registrando sus cabalgatas por Carabobo para mostrarlas en cuñas prime time. Él mismo se clavó la puntilla de su alianza con AD en hora nona de la campaña.
El soberano, que no ha determinado nunca las opciones entre las que elegirá, no podía optar por quien siguiera un guión más exclusivista, más conservador, más conforme. Por eso votó por quien un año antes era desestimado por el 92% del electorado. Acostumbrado a cuarenta años de presidencias que dejaron mucho que cumplir en cuanto a sus promesas, ese soberano no creyó nunca que Chávez se comportaría igual o peor que lo que anticipó en su campaña, y prefirió descontarle los atisbos de violencia y autoritarismo, o perdonárselos en vista de los descarados desaguisados de la hegemonía bipartidista que prometía corregir.
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Hay que tomar en serio a las encuestadoras de nombre rimbombante.
Las cifras antedichas son evidencia de que las intenciones de voto pueden cambiar marcadamente en tiempos más bien breves. Un mes y una semana nos separan del referendo revocatorio. ¿Hay suficiente tiempo para asegurar que la balanza, que Greenberg y asociados estiman nivelada en 48% por lado, se incline a la revocación del mandato de Chávez?
Sí. Primero porque los espacios comunicacionales pueden alojar mensajes que induzcan fuertes desplazamientos de opinión en breve lapso. Sí porque precisamente se trata de modificar una situación de equilibrio más bien precario, que puede desaguarse por cualquiera de los dos cauces. Lo que puede afirmarse es que el factor crucial no será el final reservado en el guión de «Cosita Rica» para Olegario Luján. Ya ese desenlace es previsible para las seguidoras y seguidores de la telenovela de Venevisión, y por tanto no hará diferencia en la psiquis electoral. ¿Y qué va a decir la Coordinadora Democrática que no haya dicho ya?
Puesto ante el problema, un médico político recomendaría iniciar la emisión de mensajes que fuesen a lo verdaderamente fundamental, y lo realmente esencial es la Weltanschauung de Chávez, la visión del mundo que sostiene y le inspira, la que vende con algún poder de persuasión. Esta situación no puede enfrentarse con la mostración de puntos parciales o periféricos. Es necesario refutar esa cosmovisión, Es necesario, más exactamente, rebasarla, arroparla, comprenderla. El asunto está en poder explicar una visión convincente, que ofrezca explicaciones distintas y con sentido a los fenómenos que Chávez señala. (Y esa visión no es la de Francis Fukuyama o Luis Giusti).
Por otra parte, esta tarea comunicacional debe ser hecha desde fuera de la Coordinadora Democrática aunque no, obviamente, en contra de ella. Esta condición es necesaria para no gravar la iniciativa con las cargas que pesan sobre la central opositora y sus deficiencias de credibilidad.
Hecho esto la percepción salta de un estado a otro, se dispara el gestalt switch y el mismo paisaje se ve de otra manera. Todavía hay, por tanto, tiempo, pero ese tiempo se está acabando vertiginosamente.
El peligro no sólo lo señalan los faros de una encuestadora extranjera de nombre rimbombante (Greenberg, Quinlan, Rosner Research): la muy venezolana encuestadora Datos lo mide peor: 35% por el «Sí», 51% por el «No». Claro que también Consultores 21 mide al revés—54,5% en contra del gobierno, 41,3% a favor—pero entonces se constata una suerte de empate colectivo. Si no se va a ganar por knock out, esta distribución de la opinión de los jueces—en lo que hasta ahora llevan anotado en sus tarjetas—debiera bastar para prender todas las alarmas.
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por Luis Enrique Alcalá | Jul 6, 2004 | Fichas, Política |

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Blas Pascal (1623-1662), a quien puede considerarse el padre de la teoría de probabilidades, imaginó una apuesta que no puede ser más trascendente: a favor de la existencia de Dios. Así nos propuso: «Sopesemos la ganancia y la pérdida de apostar que Dios existe, y estimemos sus probabilidades. Si ganamos lo ganamos todo, y si perdemos no perdemos nada. Apostemos, pues, sin vacilación, a que Él existe».
Charles Sanders Peirce (1839-1914), una de las mentes más asombrosas, prolíficas y rigurosas que produjera el siglo XIX norteamericano, dedicó alguna vez su atención, igualmente, al tema de las probabilidades matemáticas. Nacido en Cambridge, Massachusetts, murió prácticamente desconocido por sus contemporáneos en Milford, Pennsylvania, habiendo publicado en vida un solo libro en fotometría. Sin embargo, seis gruesos volúmenes se requirieron para acopiar póstumamente su extensa obra en lógica, matemática y varios campos de la ciencia, así como en filosofía. Investigó y produjo obra original en álgebra de la lógica, semiótica—campo de estudio que contribuyó a fundar—filología y fonética inglesa, y hasta produjo el primer esbozo conocido de un computador eléctrico. Como físico al servicio del gobierno norteamericano, hizo aportes en astronomía, gravimetría, espectroscopía, metrología, geodesia y la teoría matemática de la proyección cartográfica.
Peirce fue el fundador del Pragmatismo, corriente filosófica a la que se sumaron luego William James y John Dewey. En un uso vulgar del término, usualmente se confiere una connotación negativa al adjetivo pragmático, que tendemos a asociar con insensibilidad y hasta cinismo. Pero Peirce se entendía a sí mismo—las dos últimas décadas de su vida vivió en una granja—como un «lógico bucólico», y su alma era capaz de los más intensos compromisos éticos. Así afirmó: «Hay una cosa aun más vital para la ciencia que métodos inteligentes, y ésa es el sincero deseo de encontrar la verdad, cualquiera que ella pueda ser».
En esta Ficha Semanal de doctorpolítico reproducimos los párrafos finales de su breve ensayo The Red and the Black que, a diferencia de Stendhal, alude a los colores de una ruleta. Comenzando por elementales definiciones de la noción de probabilidad y su relación con el proceso de inferencia lógica,y una consideración de la teoría estadística de la «ruina de los jugadores», arriba a una conclusión verdaderamente inesperada y sorprendente.
Invitamos cordialmente a nuestros suscritores a rebasar la aparente aridez del inicio para recibir la hermosa y profunda sorpresa de su verdad, la que ciertamente carga pertinencia política.
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El rojo y el negro
Es un resultado indudable de la teoría de probabilidades que cualquier jugador, si continúa jugando suficiente tiempo, terminará por arruinarse. Supongamos que pruebe la martingala, que algunos creen infalible y que, me aseguran, no es permitida por las casas de juego. En este modo de jugar apuesta primero, digamos, $1; si pierde apuesta $2; si pierde apuesta $4; si pierde eso apuesta $8; si en ese momento gana entonces ha perdido 1+2+4=7, y ha ganado $1 más; y no importa cuántas apuestas pierda, la primera que gane lo hará $1 más rico que lo que era al comienzo. De esta manera probablemente gane al principio, pero al final llegará un momento cuando la racha de suerte en su contra sea tanta que ya no tendrá dinero suficiente para doblar, y tendrá que dejar de apostar. Esto ocurrirá probablemente antes de que haya ganado tanto como al principio, por lo que esta racha en su contra le dejará más pobre que cuando comenzó; es seguro que ocurrirá esto en algún momento. Es verdad que siempre hay una posibilidad de que pueda ganar cualquier suma que la banca pueda pagar, y así nos encontramos con la famosa paradoja de que, aunque su ruina es segura, el valor de sus expectativas, calculado según las reglas usuales (que omiten esta consideración) es grande. Pero, sea que un jugador juegue de esta forma o de cualquier otra, la misma cosa es cierta, esto es, que si el jugador juega por suficiente tiempo puede estar seguro de que en algún momento confrontará una racha contraria que agotará toda su fortuna. Puede afirmarse lo mismo de una compañía de seguros. Puede que sus directores tomen las mayores precauciones para independizarse de grandes conflagraciones o pestes, pero sus actuarios podrán decirles que, según la doctrina de las probabilidades, llegará un momento cuando sus pérdidas los frenen. Podrán capear una crisis tal por medios extraordinarios, pero entonces comenzarán en condiciones debilitadas, y entonces lo mismo ocurrirá aun más pronto. Un actuario podría estar inclinado a negar tal cosa, puesto que las expectativas de su compañía son grandes, y aun quizás (si no se toma en cuenta el interés del dinero), infinitas. Pero el cálculo de expectativas deja fuera de consideración la circunstancia que ahora consideramos y que revierte todo el asunto. No debe entenderse, sin embargo, que sostengo que los seguros no son negocio razonable en comparación con otros.
La misma cosa es verdad en todas partes: todos los asuntos humanos descansan sobre probabilidades. Si el hombre fuese inmortal podría estar perfectamente seguro de ver el día cuando todo aquello en lo que había confiado traicione su confianza, cuando, en síntesis, termine en algún momento en desesperada miseria. Ese hombre se rompería, al final, como toda gran fortuna, como toda dinastía, como toda civilización lo hace. En lugar de esto tenemos la muerte.
Pero lo que sin la muerte ocurriría a todos los hombres, con la muerte debe suceder a alguno. Al mismo tiempo, la muerte hace que la cantidad de nuestros riesgos, de nuestras inferencias, sea un número finito, lo que hace que su resultado promedio sea incierto. La propia idea de probabilidad y del razonamiento descansa en el supuesto de que esta cantidad es indefinidamente grande. Nos encontramos pues en la misma dificultad que antes, y no alcanzo a ver sino una solución. Me parece que estamos impulsados a ella: esa lógica requiere inexorablemente que nuestros intereses no sean limitados. No deben detenerse en nuestro propio destino, sino que deben abrazar a la comunidad entera. Esta comunidad, una vez más, no debe estar limitada, sino que debe extenderse a todas las razas de seres con los que podamos entrar en relación intelectual inmediata o mediata. Esta comunidad llega, no importa cuán vagamente, más allá de esta época, más allá de todo límite. Aquel que no sacrifique su propia alma para salvar a todo el mundo es, me parece, ilógico en todas sus inferencias, colectivamente. La lógica hinca sus raíces en el principio social.
Para ser lógicos los hombres no debieran ser egoístas; de hecho, no son tan egoístas como se cree. La búsqueda deliberada del propio deseo es algo distinto del egoísmo. El avaro no es egoísta; su dinero no le hace ningún bien, y se preocupa de lo que le pasará después que haya fallecido. Constantemente hablamos de nuestras posesiones en el Pacífico, y de nuestro destino como república, y allí no hay intereses personales involucrados, de forma que esto muestra que tenemos intereses más amplios. Discutimos con ansiedad el agotamiento del carbón en unos cuantos cientos de años y el enfriamiento del sol en algunos cuantos millones, y mostramos en el más popular entre los dogmas religiosos que podemos concebir la posibilidad de que un hombre descienda a los infiernos por la salvación de sus semejantes.
Ahora bien, no es necesario para una postura lógica que un hombre tenga que considerarse a sí mismo capaz del heroísmo del propio sacrificio. Es suficiente que pueda reconocer la posibilidad de tal cosa, de que sólo son lógicas las inferencias del hombre que sí sea capaz de ese heroísmo, y en consecuencia deberá entender que las suyas son válidas hasta el punto que el héroe las acepte. En la medida que refiera sus propias inferencias a ese estándar, podrá identificarse con una mente tal.
Esto hace a la lógica bastante alcanzable. Algunas veces podemos lograr el heroísmo personal. El soldado que corre a trepar un muro sabe que probablemente será herido, pero eso no es todo lo que le importa. Sabe también que si todo el regimiento, con el que se identifica en sentimiento, avanza a la vez, el fuerte caerá.
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Pero todo esto requiere concebir la identificación de los intereses de uno con los de una comunidad ilimitada. Ahora bien, no existen razones, y una discusión ulterior mostraría que no puede haberlas, para creer que la raza humana existirá por siempre. Por otra parte, tampoco puede haberlas en contrario y, afortunadamente, como el único requisito es que tengamos ciertos sentimientos, no hay nada en los hechos que nos prohíba sostener una esperanza, o un sereno y alegre deseo de que la comunidad pueda durar más allá de cualquier fecha predeterminada.
Puede parecer extraño que yo proponga estos tres sentimientos, es decir, el interés por una comunidad indefinida, el reconocimiento de la posibilidad de que tal interés sea hecho supremo, y la esperanza en la continuación ilimitada de la actividad intelectual, como requisitos indispensables de la lógica. Sin embargo, cuando tomamos en cuenta que la lógica depende de una mera lucha por escapar a la duda, la que, dado que termina en acción debe comenzar en emoción, y que, aun más, el único motivo para plantarnos sobre la razón es que los otros métodos para escapar de la duda fracasan en lo tocante al impulso social ¿por qué debiéramos maravillarnos de encontrar el sentimiento social prefigurado en el raciocinio? Por lo que toca a los otros dos sentimientos que estimo necesarios, sólo lo son como apoyos y accesorios de lo anterior. Llama mi atención percatarme de que estos tres sentimientos parecen ser lo mismo que ese famoso trío de la caridad, la fe y la esperanza que, en la estimación de San Pablo, son los más finos y grandes entre los dones espirituales. Ni el Viejo ni el Nuevo Testamento son textos de lógica de la ciencia, pero el segundo es ciertamente la autoridad más alta que existe sobre las disposiciones de corazón que un hombre debiera tener.
Charles Sanders Peirce
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