por Luis Enrique Alcalá | Dic 4, 1998 | Artículos, Política |

Escribo esto con mucho retraso. Escribo, sin embargo, todavía anticipadamente. Cuando he podido sentarme a teclear ya es viernes, 4 de diciembre, por la tarde. No ha votado aún, entonces, el pueblo de Electores. Pero yo creo que todo el mundo sabe ya, y el primero que lo sabe es Henrique Salas Römer, experto interpretador de encuestas, que Hugo Chávez Frías es el nuevo Presidente de la República de Venezuela.
Esto la sabía Salas el mismo 8 de noviembre. De allí su cara de preocupación y su irritabilidad. Habrá que reconocerle a Salas, no obstante, un manejo muy inteligente de sus posibilidades, con un gran sentido del timing y la valerosa constancia de luchar hasta el final, aunque se supiera perdido. Pero hasta Datanálisis, la encuestadora que más le favoreció, le tenía como perdedor por unos quince puntos de diferencia. Con estos resultados es prácticamente imposible que Salas Römer pueda ahora liderar un futuro partido conservador en el que encontraría unos cuantos competidores. La estructura convergentoide del Proyecto Venezuela no es un trozo suficientemente grande como para dominar la próxima reagrupación de la derecha venezolana.
Ha ganado la izquierda nacional. Ha llegado Chávez, y sólo queda esperar que se parezca más a Mitterrand que a Castro. Su margen de maniobra económico es más bien estrecho. Acá no puede inventar demasiado. Y en lo político no es tampoco omnímodo, a menos que quiera intentar la dictadura. No podrá hacerlo.
Los casi dos meses que nos separan de su asunción efectiva al poder son cruciales para establecer, ante su esquema en su versión más cruda y beligerante, un curso más sereno y sensato. Es una enorme responsabilidad gobernar. Es una terrible responsabilidad entrometerse con la historia. Ante lo que está planteado, en todo caso, la actitud de fuga es necia y es cobarde. Ahora es cuando esto se pone bueno. Ahora es cuando hay que fajarse a trabajar.
Vienen nuevos actores al proscenio político. Y no son solamente los del polo “patriótico”, que de todas formas muchos de sus actuales miembros continúan siendo portadores de un viejo paradigma de Realpolitik.
Debí haber escrito esto ayer (jueves 3 de diciembre). Un cúmulo bien entreverado de asuntos que atender impidió mi puntualidad. Pero también la sensación de llenura que experimenté al leer, procedente de la Internet, el hermoso y potente texto de un ingeniero de petróleos venezolano. Después de leerlo sentí que era muy difícil superar su claridad y su fuerza, y tal vez creí que mi pluma sobraría. Es por eso que sólo pretendo hoy servir de anfitrión a sus palabras, que es bueno que lea mucha gente, sobre todo el Presidente electo.
Transcribo acá de seguidas el texto que Marco Antonio Suárez puso en la Internet el miércoles 2 de diciembre en horas de la tarde.
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Chávez habemus
Por Tony Suárez
Libero a mis amigos y a mi familia de todas las cosas que les he dicho sobre Hugo Chávez. Los dejo al libre albedrío de sus voluntades. Finalmente he comprendido que el 7 de diciembre tendremos que aceptar que el hombre de la verruga en la frente será el Presidente electo de Venezuela. Porque he comenzado a entender que la gente de mi país no está eligiendo a Chávez, está expresando un sentimiento que desde más adentro que el impacto de cualquier cuña electoral les dice a los usurpadores de la democracia y del tesoro nacional: basta.
Ha podido ser cualquiera, Chávez sólo cabalga sobre la cresta de la ola. Empezó siendo Irene, hasta que el vampiro COPEI se arrodilló a chuparle la inexperta sangre. Ha podido ser Salas, y realmente creí que pudiera haber sido Salas el estandarte del cambio pacífico, si ya no estuviese condenado al untarse sin querer queriendo de la bazofia adeca de la boca de Ixora y Morales Bello: le cuidaremos los votos.
Pero es Chávez, montado sobre una ola de genuina rabia y asco profundo, quien se ha convertido en el heraldo y en la patada de los que quieren decirle al patético y vergonzoso circo adeco: fuera; al fúnebre y tragicómico draculismo copeyano: fuera; al oportunismo voltiarepas masista: fuera. (Ya deben estar advertidos).
Bienvenido sea, entonces, Chávez presidente, desde lo más profundo de mis miedos y mis oscuras nubes que presagian tormenta. Y no es miedo a Chávez; el tipo se la ha ganado en buena lid en un debate donde la profundidad es escasa.
La nuestra es democracia coja hasta por ahí, nos guste o no. Anoche cuando lo veía en un programa de televisión internacional sus limitaciones se me hicieron escandalosamente evidentes, pero eso no importa ya. El problema de Venezuela es muy superior a Chávez en este fin de siglo tropical y deliafiallesco.
Es el mensaje que le mandamos al mundo de elegir al hombre de las nueve caras, The Economist dixit. Es el temblor de una economía frágil en un entorno universal también frágil. Es una señal caótica que emite un país proveedor de buena parte de la energía que mueve al planeta, commodity que andará de capa caída. Es caos dentro del caos global, que nos arrastra en una bajada de montaña rusa, a pesar de las buenas intenciones del presidente electo del 6D, que de seguro las tiene.
No lo culpo a él, ni a la gente que hoy lo ve como un mesías de las circunstancias de los años cuarenta. Pienso que en ese puntapié al mero coxis de AD y COPEI se nos van a ir también veinte años de reconstrucción nacional. No está mal. Somos un país de jóvenes. Pero tendremos que pagar el learning curve de Hugo Chávez y su equipo. Y nos va a salir costosísimo el adiestramiento.
II
Lo que he dicho arriba no quiere decir que yo me haya sumado a la corriente. No puedo votar por Chávez. Hago uso de mi muy democrático derecho a disentir. Por mucha arrechera que también tenga encima no pretendo lanzarme del trampolín sin saber si la piscina tiene agua, o por lo menos si hay piscina. No he visto en Chávez ni la intuición de saber gobernar esta complicación llamada Venezuela. No le he leído una frase coherente, sino efectista; no le he escuchado una propuesta sabia, sólo una denuncia hiperbólica llena de malabares. Lo cual no me impide ver que su triunfo es inminente y hasta posiblemente necesario. Creo que en su rabia represada los venezolanos estaremos tomando una decisión propia de ignorantes.
Y eso es válido. Hace unos cuarenta años, la educación primaria en Venezuela gozaba de estándares muy altos, que la calificaban como una de las mejores del continente. Hoy, en los albores del milenio, las cifras comparativas colocan a la educación venezolana a niveles del sub-Sahara, por encima apenas de países con condiciones paupérrimas del cuerno de África. ¿Qué nos pasó? En nuestro gran esfuerzo de masificar la educación y llevarla a todos los rincones, descuidamos la calidad y la preparación, nos interesó el volumen sin importarnos el producto. Los maestros pasaron de ser dignos representantes comunitarios a lamentables parias malhablados y llenos de carencias.
En cuarenta años la democracia venezolana ha preparado una generación completa de ignorantes, educados mediocremente, que leen y escriben su propia lengua mediocremente, mientras el chorro petrolero nos pasaba a todos por encima en cantidades encandilantes e iba a parar a bolsillos más que identificados, los mismos que de quienes hoy se rasgan las vestiduras. He aquí la combinación de la cual Hugo Chávez es producto: Venezuela está a punto de tomar una decisión marcada por la ignorancia innata de toda una generación estafada por nuestra versión de democracia.
Hay que aceptar la lección y aprender de ella. Somos un campanazo para América Latina, dicen las “imparciales” publicaciones globales. Ya una vez lo fuimos, y a lo mejor ése es nuestro papel en la historia. Nos toca vivir las consecuencias de ese campanazo, nos toca agarrarnos duro de los pasamanos de este vagón que nos lleva cuesta abajo con espeluznante vértigo.
Ya ni siquiera hace falta pensar en los culpables, que en su hirsuto afán de aferrarse a cualquier tipo de poder no se detienen a pensar que están frente a lo que crearon, y que lo mejor es encararlo con una dignidad que desconocen. Ojalá que entre la miríada de interrogantes que Chávez se niega a responder con algún dejo de claridad esté escondida en alguna parte una declaración de emergencia de la educación venezolana. Si alguno, ése debe ser su legado.
Porque una vez electo, no son cinco, ni diez, son veinte años antes de que volvamos a ver luz. Y mientras tanto una nueva generación podrá educarse para que estos resbalones históricos no vuelvan a suceder. Para que la retórica superficial y sabanera no vuelva a ser protagonista. Para que los adornos baratos del lenguaje no sustituyan la discusión seria.
Por lo pronto, Chávez habemus, con todo y verruga. Es nuestra manera particular de recibir el siglo XXI. Por ahora.
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por Luis Enrique Alcalá | Oct 19, 1998 | Artículos, Política |

Una vez que Rafael Caldera no convocó a un referéndum para consultar a los Electores sobre su voluntad de reunir una Asamblea Constituyente, se ha sellado el nivel de cumplimiento de su Carta de Intención con el Pueblo de Venezuela, documento que presentó al país justo hacia la conclusión de su última campaña, en noviembre de 1993. Ese nivel es exactamente de cero.
En efecto, el mencionado documento estipulaba como intención de Rafael Caldera el logro de dos objetivos en “la dimensión política”, a saber, una reforma del Estado a través de una reforma constitucional y “un esfuerzo máximo contra la corrupción”.
Según la mencionada carta, la reforma constitucional debía complementar nuestra democracia representativa con una democracia participativa, para lo que debía instituirse, al nivel de la Constitución, la figura de los referenda: consultivos, aprobatorios, abrogatorios y revocatorios. Así, la Constitución reformada permitiría la destitución “del Presidente de la República y demás altos funcionarios mediante el voto popular”, y concedería “al Jefe del Estado la facultad de disolver las Cámaras Legislativas cuando no estén cumpliendo las funciones para las cuales fueron electas”.
La reforma de la Constitución abriría la Cámara de Diputados y las Asambleas Legislativas a los venezolanos por naturalización. Debía dar atención preferente a la administración de la justicia, la que recuperaría la confianza de la sociedad civil mediante las decisiones de una Alta Comisión de Justicia “o una institución equivalente”. Debía colocar a la Policía Técnica Judicial bajo la dirección de la Fiscalía General de la República, debía crear el cargo del Primer Ministro sujeto a censura del Congreso y el del Defensor de Derechos Humanos. Debía revisar y ampliar los capítulos sobre derechos y aclarar “normas respectivas a la afirmación de la soberanía nacional”.
La reforma que estaba en la intención de Rafael Caldera abría la puerta a la inclusión de un mecanismo para convocar a una Constituyente en caso de que “el pueblo lo considerare necesario”, y también establecería “un marco nítido para el funcionamiento de los partidos políticos” asegurando “el más pleno reconocimiento a la voluntad del ciudadano” en el ejercicio del sufragio.
Nada de esto se ha cumplido.
Que el presidente Caldera haya dejado transcurrir su período sin que ninguna transformación constitucional se haya producido no ha hecho otra cosa que posponer esa atractriz ineludible. Con el retraso, a lo sumo, lo que se ha logrado es aumentar la probabilidad de que el cambio sea radical y pueda serlo en exceso. Este es el destino inexorable del conservatismo: obtener, con su empecinada resistencia, una situación contraria a la que busca, muchas veces con una intensidad recrecida.
Rafael Caldera puede argumentar que él cumplió con lo suyo, al presidir la Comisión Bicameral para la Reforma Constitucional que completó su tarea en 1991. Pero es que él presentó su Carta de Intención con el Pueblo de Venezuela en noviembre de 1993. Cuando se habían cumplido dos años de su promesa escribí: “todo lo que en ese documento se refiere a acciones del Congreso de la República en materia constituyente o legislativa ordinaria es un evidente exceso, dado que el Poder Legislativo es independiente del Ejecutivo y, por tanto, mal puede prescribirse a los legisladores tareas en un texto que corresponde a la intención de quien para ese entonces aspiraba a la Presidencia de la República”. Porque puede decir también que el problema no era suyo sino del Congreso de la República. Pero fue Rafael Caldera quien incurrió en ese exceso. Fue él quien escogió prometer lo que de todos modos no podía cumplir. Tal vez porque supuso que el tema se había manifestado con tal fuerza en 1992, cuando la asonada de Hugo Chávez Frías hizo cundir el pánico que ahora renace con la posibilidad de su victoria electoral, y tendría entonces una base de opinión popular suficiente como para enderezar la voluntad de los congresistas.
Alineación
El miedo inducido por la figura de Chávez Frías—a pesar de los esfuerzos que hace por revertir un posicionamiento que él mismo forjó—está produciendo un fenómeno electoral de desplazamiento de intención de voto favorable a la candidatura de Henrique Salas Römer. Es el único otro candidato con oportunidad significativa de ganar las elecciones presidenciales.
En este nuevo reflujo de la opinión electoral pueden distinguirse claramente dos capas bastante activas. La primera de ellas se observa entre las clases profesionales y medias. La segunda en la fortísima alineación que a favor de la candidatura de Salas Römer se ha producido con los miembros de lo que un cordial amigo denomina “el mandarinato nacional”.
La alineación es tan firme que incluye una oposición cerrada a la idea de convocar una Asamblea Constituyente. Y como esta oposición es capaz de manejar significativos recursos, el asunto se manifiesta en una costosa campaña publicitaria de “La gente es el cambio”, novísima organización—como ésas que suelen surgir con el solo propósito de hacer una campaña—que argumenta falaz y superficialmente, aunque sin duda de modo muy eficaz, contra la constituyente para anularla. Nadie sabe—bueno, algunos sabemos—quiénes son los miembros de esa “organización”. Algunos sabemos que uno de ellos ya había llevado ante uno de los directivos del Consejo Nacional Electoral, para el mes de junio de este año, la proposición de que se cerrase la publicidad destinada a estimular el registro de nuevos votantes porque se presumía que en ese grupo habría muchos votos para Chávez Frías.
Esto es una medida de las fuerzas contra las que tendría que medirse quien, con un concepto muy distinto de la constituyente chavista, quisiera abogar en su favor. No creo que los doctores Brewer-Carías, Ayala Corao, Combellas y Alvarez Paz sean capaces de concitar los recursos suficientes como para contrarrestar tan hábil campaña como la mencionada. En todo caso yo, que creo en la necesidad de una constituyente, no podría aportar nada práctico en ese sentido.
Es así como ahora prevalecen las posturas anticonstituyentes, en coincidencia con un descenso de la candidatura de Chávez Frías en las encuestas. Es así como se argumenta que la constituyente no da de comer, ni techo, ni atención hospitalaria. Como se urge con angustia en contra de su convocatoria porque no es oportuna.
Nunca parecen ser oportunos los cambios, porque por una magia extraña las proposiciones de cambiar tienden a aparecer en época electoral, como la “carta de Intención” de Caldera, o aquellas reiteradas proposiciones copeyanas de 1963, 1968, 1973, 1978 y 1983 para separar las elecciones presidenciales de las parlamentarias. Parecía contarse, en cada ocasión, con la fiel renuencia de Acción Democrática, que invariablemente declaraba inoportuno el planteamiento de ese cambio en pleno año electoral. Luego las proposiciones inoportunas son convenientemente olvidadas, como los amagos de reforma constitucional de 1991 y 1992, y escondidas hasta que vuelve a presentarse una condición de inoportunidad.
Ahora tenemos un debate sobre la constituyente en términos muy parecidos. Se dice con horror que se paralizaría al país, que se le sometería a una incertidumbre intolerable, que el asunto no es oportuno.
Metatransacción
Ciertos autores distinguen entre la política y la metapolítica. Este último nivel es el de la estructura de los procesos políticos mismos. Es el nivel arquitectónico o gramatical, si se quiere, de lo político. El nivel del modo de hacer lo político.
Tal vez podamos, entonces, construir metapolíticamente un acuerdo. Concediendo que se ha vulnerado malamente a la idea de una constituyente sensata, serena, lo más científica o clínica que sea posible, lo que hacemos es reconocer la fuerte contaminación electoral del tema y la elemental postura de rechazo que en su derredor se ha suscitado porque Henrique Salas Römer lo ha declarado proposición cobarde y un engaño. Y como estamos en una situación en la que no importa lo que él diga con tal de que derrote a Chávez Frías, la alineación de muy considerables fuerzas y canales de comunicación es contraria a la constituyente, sobre todo por un argumento de oportunidad.
Y al haber fallado la oportunidad de diciembre de este año para la consulta popular sobre el tema, la próxima oportunidad—a menos que quiera seguirse en la fiesta de millardos que consume el Consejo Nacional Electoral—sería la de las elecciones municipales de 1999. En ese caso contaminaríamos al nivel municipal con un asunto constitucional que le queda grande.
Pero así como casi cualquier dictador recién instalado se compromete a convocar a “elecciones democráticas en breve plazo”—un año, dos años, en ocasiones seis meses—pudiéramos quizás alcanzar en Venezuela un acuerdo serio e irreversible sobre un último plazo para la convocatoria de una constituyente. De este modo, propongo que se concierte un acuerdo nacional para que reunamos una Asamblea Constituyente en el próximo año 2000, que cierra el siglo. Así podríamos estrenar un nuevo Estado, urgentemente necesario, en el año 2001, que abre el portentoso siglo XXI.
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por Luis Enrique Alcalá | Oct 17, 1998 | Artículos, Política |

Ahora que Octavio Lepage y Luis Piñerúa Ordaz han cuestionado por escrito la campaña presidencial de Acción Democrática, vale la pena advertir algunas cosas.
Hace ya más de un año que se pensaba que ese partido podía sustentar, como ningún otro partido podía hacerlo, una estrategia de no ganar las elecciones presidenciales. Pensando en profundidad, Acción Democrática podía apostar a un futuro más mediato, en el que su indiscutible predominio regional permitiría la emergencia de nuevas figuras, que por primera vez en muchos años, podían manifestarse con alguna profusión como figuras presidenciables.
Claro, en esos momentos quien parecía irremediablemente encaminada a Miraflores era Irene Sáez y no Hugo Chávez Frías, pero la lectura general permanecía incólume en cualquiera de los dos casos. No parecía que ningún candidato adeco pudiera convertirse en presidente. Ninguno entre los posibles llegó a superar un 2% en las encuestas.
En tales condiciones, que Alfaro Ucero hubiese permitido el combate interno de estas precandidaturas habría sometido al partido a tensiones que su espíritu de hombre de la organización consideraba harto peligrosas. Por señalar un solo punto, las poco definidas posturas de Ledezma respecto del perecismo hubieran reeditado temas que ya habían sido superados con éxito.
Alfaro, estoy persuadido, prefirió sacrificarse él como candidato perdedor antes que permitir una lucha desgastadora que en todo caso no conduciría, con ninguno de los posibles candidatos, al triunfo electoral en diciembre de este año.
De mediados de 1997 data una entrevista a Luis Herrera Campíns en la que el Presidente de COPEI consintió en someterse a un ejercicio análogo a la libre asociación de ideas de la que se sirven los psicólogos. Se le daba una lista de nombres y se le pedía que ofreciera, sin pensarlo mucho, una rápida caracterización de cada uno. Así, cuando le dijeron “Caldera” dijo “reflexivo”, cuando le dijeron “Donald Ramírez” dijo “muy trabajador”. Cuando le nombraron a Alfaro Ucero contestó de inmediato: “un hombre serio”.
Luis Alfaro Ucero no puede ser caracterizado como idealista, o romántico, o como persona que no tiene los pies sobre la tierra. Por lo contrario, su aproximación a las cosas sigue un estilo muy concreto y operativo. Por esto presumo que él mismo sabe perfectamente bien que no ganará las elecciones de diciembre. La conclusión es obvia: Alfaro Ucero se embarcó en la candidatura presidencial para preservar al partido.
Y esto no es una meta despreciable. No lo es cuando todas nuestras instituciones están sometidas al descrédito o la desconfianza, cuando COPEI se desmorona, cuando el carácter aluvional del movimiento chavista y del “Proyecto Venezuela” de Salas Römer no son sustituto de los partidos que tradicionalmente han canalizado la actividad política ciudadana, para no hablar de lo que queda del MAS o la Causa R.
El país necesita y necesitará de las organizaciones políticas para continuar en su proceso democrático. Aquellas que sobrevivan el estrujamiento electoral de 1998 tendrán, so pena de desaparición, que hacer metamorfosis. Pero si algún partido de los tradicionales tiene alguna posibilidad de perdurar es Acción Democrática.
Porque una posible evolución o reacomodo de tendencias políticas en Venezuela puede estar de nuevo encaminada a un bipartidismo en el que Acción Democrática, lo que quede de Convergencia y eso que llaman el “MAS sensato”, sirvan de núcleo a un partido “demócrata” enfrentado a una tendencia más conservadora y aristocrática que hubiera podido nuclearse con el COPEI derechista de Alvarez Paz y Berríos. Eso que Teodoro Petkoff llamó “el entronque histórico” bien pudiera estar por ocurrir en Venezuela.
Y entonces el sacrificio de Alfaro tendría sentido. Los adecos deben recordar que su triunfo electoral de 1995 se debió en no poco, y más allá de la ya apuntada execración de Pérez, al apoyo serio que su partido brindó a la gestión de Rafael Caldera en este su segundo período. Si no hubiera habido una cierta afinidad ideológica, si no hubiera habido un “centro-izquierdismo” común, esta circunstancia no hubiera sido posible.
Creo que convendrá a la dirigencia acciondemocratista preservar estas cosas en la conciencia a la hora de evaluar con profundidad lo que vaya a resultar su desempeño electoral de este año. Le convendrá no perder de vista estas verdades, como le convendrá ver más lejos que lo que la miope visión de Lepage y Piñerúa ha plasmado en su poco constructivo documento.
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por Luis Enrique Alcalá | Oct 10, 1998 | Artículos, Política |

El referéndum que hubiera podido consultar la opinión de los Electores venezolanos acerca de la conveniencia de una Asamblea Constituyente, no ha sido, evidentemente, convocado por el Presidente de la República. Como la Ley del Sufragio exigía un mínimo de sesenta días de anticipación, ya no podrá celebrarse el 6 de diciembre de 1998, pues el plazo expiró el pasado 5 de octubre.
Es así como hoy, 10 de octubre de 1998, ya se sabe que el segundo período constitucional de Rafael Caldera concluirá sin que ninguno de los objetivos políticos de su “Carta de Intención con el Pueblo de Venezuela” (noviembre de 1993) haya sido alcanzado.
En efecto, el mencionado documento estipulaba como intención de Rafael Caldera el logro de dos objetivos en “la dimensión política”, a saber, una reforma del Estado a través de una reforma constitucional y “un esfuerzo máximo contra la corrupción”.
La reforma constitucional debía complementar nuestra democracia representativa con una democracia participativa, para lo que debía instituirse, al nivel de la Constitución, la figura de los referenda: consultivos, aprobatorios, abrogatorios y revocatorios. Así, la Constitución reformada permitiría la destitución “del Presidente de la República y demás altos funcionarios mediante el voto popular”, y concedería “al Jefe del Estado la facultad de disolver las Cámaras Legislativas cuando no estén cumpliendo las funciones para las cuales fueron electas”.
La reforma de la Constitución abriría la Cámara de Diputados y las Asambleas Legislativas a los venezolanos por naturalización. Debía dar atención preferente a la administración de la justicia, la que recuperaría la confianza de la sociedad civil mediante las decisiones de una Alta Comisión de Justicia “o una institución equivalente”. Debía colocar a la Policía Técnica Judicial bajo la dirección de la Fiscalía General de la República, debía crear el cargo del Primer Ministro sujeto a censura del Congreso y el del Defensor de Derechos Humanos. Debía revisar y ampliar los capítulos sobre derechos y aclarar “normas respectivas a la afirmación de la soberanía nacional”.
La reforma que estaba en la intención de Rafael Caldera abría la puerta a la inclusión de un mecanismo para convocar a una Constituyente en caso de que “el pueblo lo considerare necesario”, y también establecería “un marco nítido para el funcionamiento de los partidos políticos” asegurando “el más pleno reconocimiento a la voluntad del ciudadano” en el ejercicio del sufragio.
Nada de esto se ha cumplido.
Respecto del segundo objetivo, carezco de información suficiente. He escuchado, eso sí, insistentes versiones, provenientes de muy distintas personas e intereses, acerca de la persistencia de las prácticas a las que Rafael Caldera denunciaba. Así decía: “Se declara una lucha sin tregua contra el nefasto vicio del cobro de comisiones por el otorgamiento de contratos o de licencias o autorizaciones que requieran los particulares. Seré implacable contra los infractores”.
Pero que el presidente Caldera haya dejado transcurrir su período sin que ninguna transformación constitucional se haya producido no ha hecho otra cosa que posponer esa atractriz ineludible. Con el retraso, a lo sumo, lo que se ha logrado es aumentar la probabilidad de que el cambio sea radical y pueda serlo en exceso. Este es el destino inexorable del conservatismo: obtener, con su empecinada resistencia, una situación contraria a la que busca, muchas veces con una intensidad recrecida.
Como tampoco la campaña electoral ha variado el patrón establecido en previas elecciones: el tema programático está, en el mejor de los casos, en un segundo plano. Ahora es cuando el candidato Chávez Frías comienza a mostrar su “programa”, una vez que ha sido atemperado en su intento tardío por parecerse a San Francisco de Asís. El otro candidato con chance, Henrique Salas Römer, ha dicho que presentará el suyo en noviembre, y que sería una “irresponsabilidad” revelar anticipadamente sus intenciones de gobierno.
Así tenemos que Chávez Frías nos entretiene con sus juegos de pelota y sus piñatas con Winnie the Pooh y Salas Römer con las aventuras y desventuras de su caballo Frijolito. Su “legitimación” tiene que ver con encuestas y las manipulaciones simbólicas, ambas, por cierto, alusivas al pobre Libertador de nuestras tierras. Lo programático es, de nuevo, un asunto secundario. ¿No viene siendo esto, estimados lectores, un clarísimo caso de irrespeto y desconsideración hacia nosotros?
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por Luis Enrique Alcalá | Oct 3, 1998 | Artículos, Política |

Creo que es la primera vez que lo hace el diario El Nacional: considerar que es materia de primera página la celebración del primer cumpleaños de una niñita. La “noticia de primera página”, junto con su correspondiente fotografía, remite a un despliegue a página completa de su sección de sociales, en la que más fotos cubren el área de impresión junto con el texto que se estila en estos casos. Sale la niñita fotografiada en brazos de sus “orgullosos padres”, salen fotografiados los más notables entre los asistentes al sarao infantil, y no dejan de ser capturadas por el lente las infaltables payasitas. En fin, una fiesta normal para la gente del Náutico y la Lago o del Country Club de Valencia o de Caracas.
El problema es que el papá de la niñita, ataviado con lujosa camisa y ocasional sonrisa es nada menos que Hugo Chávez Frías, el candidato presidencial más “popular” y que la fiestecita se efectuó en la sede del Círculo Militar de Caracas.
Naturalmente, los niñitos de Chávez Frías crecen y cumplen años. Naturalmente la celebración de esas ocasiones es una entrañable costumbre a la que tienen derecho todos los niños y todos los “orgullosos padres”. El punto curioso es el estilo “clase alta” de la fiesta aludida y el inusitado despliegue que del acontecimiento hizo El Nacional.
Demasiado rápidamente, pienso yo, el patriótico candidato—y no pocos de su séquito—ha admitido “la necesidad” de las camionetas “Blazer”, los trajes de Clement y las piñatas con payasitas. Según él declaró hace unas cuantas semanas, ya se siente en control del poder, y en consecuencia empieza a mostrarnos ya cuál va a ser su estilo de vida en cuanto perciba el primer sueldo presidencial.
Yo no quería creer lo que un amigo me decía insistentemente: que Chávez Frías necesitaba personalmente, en su fuero interno, una reivindicación de clase, un ascenso en la escala social, y que por tanto, más que despachar desde Miraflores lo que verdaderamente ansiaba era residir en La Casona. Pero parece que mi amigo tiene razón y que Chávez Frías, a quien yo pensaba con todo lo que le adverso, más serio y más consistente con su original prédica proletaria, resulta no distinguirse de esos nuevos directores de ministerio que salen a celebrar con güisqui su reciente nombramiento.
¿Qué motivo puede impulsar a El Nacional a publicar con tan gran notoriedad instantáneas del cumpleaños de la pequeña hija de Chávez Frías? No faltará quien diga que ese periódico está ya cuadrado con Chávez Frías. Que el insólito despliegue obedece a que ya lo dan como seguro ganador y la hijita de Chávez Frías ha adquirido dimensiones análogas a las de Chelsea Clinton, cuyo ingreso a la universidad o una enfermedad de su perro ameritan una extensa crónica.
Pero para mí que lo que ha hecho Chávez Frías es caer en una trampa. La astuta trampa de un medio que retrata, inmisericorde y objetivo, el signo más claro de que Chávez Frías, el pretendido líder popular, no es sino más de lo mismo.
Desde estas páginas vaticinamos a Chávez Frías que él no sería Presidente de la República de Venezuela. La base de nuestro pronóstico era suponer que su inevitable exposición a los medios terminaría por mostrarle tal como es en realidad: un demagogo contradictorio y mentiroso.
Hace muy pocos meses que prometió recoger un millón y medio de firmas para convocar a un referéndum sobre la constituyente, como lo permite un nuevo título de la legislación electoral. Ya no habla de eso. ¿Por qué?
Una primera explicación pudiera ser que su pretendida fuerza no es tal, que simplemente no pudo recoger el millón y medio de firmas que prometió. El fracasado “héroe escondido del Museo Militar” fracasó de nuevo y no pudo interesar a los Electores en su proyecto de constituyente.
La segunda explicación posible es de peor calaña: que, de nuevo, se siente ganador y en próxima posesión de la jefatura del Estado, y como la legislación permite que el Presidente de la República convoque al referéndum, ya él, el protoungido Chávez Frías ¡no necesita a los Electores!
Creo que debe tratarse de la combinación de ambas razones. Ni el chavismo es una cosa tan organizada ni Chávez Frías cree en los Electores, a quienes jamás consultó o tomó en cuenta para intentar la ruta quirúrgica cuando el camino médico, democrático, estaba completamente despejado.
Por ahora tenemos a Chávez Frías organizando payasadas, fiesticas con payasitas para que sean reseñadas en las páginas sociales de los periódicos capitalinos. No le viene mal el disfraz a Chávez Frías. Puedo imaginármelo perfectamente con el atuendo de Popy.
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