De la dificultad como lámpara

La reina roja rojita: "¡Exprópiese! Off with his head!"

I pictured to myself the Queen of Hearts as a sort of embodiment of ungovernable passion – a blind and aimless Fury.

Lewis Carroll

furia. (Del lat. furĭa). Mit. Cada una de las tres divinidades infernales en que se personificaban la venganza o los remordimientos.

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El alma de las personas se revela con luminosidad máxima en las situaciones difíciles. Hay quienes saquean comercios luego de un terremoto, como hienas, como aves de rapiña; hay quienes, por lo contrario, se comportan como héroes generosos y valientes, altruistas.

Es una situación verdaderamente muy difícil la que atraviesa el presidente Chávez, y por ello su carácter como persona se pone de manifiesto con diafanidad. En verdad, debe estar harto de tantos problemas, por más que la mayoría haya sido su propia creación. ¡Qué fastidio lidiar con alimentos podridos, cuando lo de él es una autopsia épica con ciento ochenta años de retraso!

Un primer nivel en el que esto se manifiesta es en las equivocaciones tácticas. Chávez no es un buen estratega, como lo demuestra el hecho de haber optado por mercadear el socialismo marxista, de congelarse ideológicamente en una comprensión contrahistórica de las cosas. A estas alturas del tortuoso camino de la humanidad, nadie que insista en ideologizar la política tiene las cosas claras.

Pero Chávez siempre había sido un buen táctico; de hecho, su estrategia es una sumatoria de tácticas que buscan homogeneidad bajo una etiqueta nominal, en una marca. Pero, por un lado, ya las repite demasiado, aunque varíe terminológicamente, aunque ya no diga escuálidos sino burguesía. «¡Exprópiese!» es un método que no rinde ya los beneficios políticos que antaño le reportaba. Luego, por el otro, su ocurrencia terminológica ya no tiene el tino de sus mejores tiempos. El domingo decía, creyendo que se la comía, en el ataque ritual a Globovisión: “Ellos son pudrevisión, alma podrida, un millón de veces más podridos están ustedes que los alimentos que han conseguido y que se puedan conseguir». Es obvio que el intento de transferir la gigantesca culpa de PDVAL a entidad distinta, por vía de un juego de palabras pretendidamente ocurrente, no hace otra cosa que reforzar la conciencia ciudadana acerca de la propiedad de ese pecado, ninguna otra cosa que asegurar la vigencia del escándalo socialista. Un Chávez más atento, menos distraído por los numerosos problemas, no habría cometido esa imprudente equivocación.

Más allá del deterioro de su idoneidad como conductor de batallas, la clase de persona que es emerge con gran definición. Ahora va dando bandazos; el 9 de julio decía: “Que Dios perdone a Urosa; no me ocuparé más de él”. Pero al darse cuenta del daño político que las sencillas, pedagógicas y, sobre todo, veraces notas del Cardenal del día previo han hecho a su proyecto socialista, se ha olvidado de la promesa y anuncia todo lo contrario. Anteayer, sólo nueve días después, ha dicho: “Cardenal: me aguantarás toda la vida, por meterte no conmigo sino con el pueblo. Te la voy a dedicar toda mi vida. No te vas a poder quitar el chin chin de Chávez, no te lo vas a quitar, compadre, porque sé quién eres, Cardenal, sé la estatura moral chiquitita que tienes”.

¿Qué clase de persona anuncia de tal modo un rencor vitalicio? ¿Qué tipo de alma aloja tal furia? ¿Qué venezolano podrá sostener que un presidente suyo deba ser tan vengativo, tan encarnizado?

Hugo Chávez se la pasa ofreciendo pretendidas lecciones morales, se la pasa viviendo de glorias pasadas, de las hazañas de nuestros libertadores. Pero no respeta sus restos ni se parece en nada moral a ellos. Si algo caracterizó a Bolívar y a Sucre fueron sus buenas maneras, su cortesía con los enemigos. En su trato no cupo nunca la saña, la venganza, la chabacanería, el insulto. Bolívar procuraba hablar y actuar con la mayor urbanidad, especialmente si se dirigía a algún enemigo. Luego de su entrevista con Morillo en Santa Ana (27 de noviembre de 1820), el general español pudo escribir: “Acabo de llegar del pueblo de Sta. Ana, en donde pasé ayer uno de los días más alegres de mi vida en compañía de Bolívar y de varios oficiales de su estado mayor, a quienes abrazamos con el mayor cariño… Bolívar estaba exaltado de alegría; nos abrazamos un millón de veces, y determinamos erigir un monumento para eterna memoria del principio de nuestra reconciliación en el sitio en que nos dimos el primer abrazo”. Sucre dijo, simplemente: «Honor al vencido».

A Hugo Chávez, en cambio, le manda a callar el Rey de España por maleducado. No hay peor conserje del Panteón Nacional que el actual Presidente de la República. LEA

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Ser marxista

«Y también soy marxista… Lo asumo. Yo cuando asumo, asumo». (15 de enero de 2010)

 

DRAE:

marxista

1. adj. Partidario de Karl Marx o que profesa su doctrina. U. t. c. s.

El marxismo sin duda que es la teoría más avanzada en la interpretación, en primer lugar, científica de la historia, de la realidad concreta de los pueblos y, luego, el marxismo es, sin duda, la más avanzada propuesta hacia el mundo que Cristo vino a anunciar hace más de dos mil años: el Reino de Dios aquí en la tierra, el reino de la igualdad, el reino de la paz, del amor, el reino humano.

Hugo Chávez Frías

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Cuando Rómulo Betancourt iniciaba su única presidencia constitucional, en 1959, llegó a mi casa paterna un buen número de documentos políticos, la mayoría de Acción Democrática, pues mi padre tenía afinidad por esa corriente política. Un folleto llamó especialmente mi atención; provenía de la Secretaría Nacional de Doctrina de ese partido, entonces en las manos de Domingo Alberto Rangel, y era una explicación sencilla y somera de sus principios políticos. La razón por la que ese particular documento, entre una docena de otros traída por papá, capturó mi memoria fue la admisión contenida en la primera oración de su texto, que decía: “Acción Democrática es un partido marxista”. No decía un partido socialista o socialdemócrata, decía un partido marxista.

El segundo párrafo explicaba el sentido de esa tajante afirmación: AD era un partido que empleaba el método de análisis marxista para la interpretación de la realidad social en la que actuaba, pero establecía pragmáticamente su praxis política, guiándose por principios tales como el de la “justicia social”, que es un concepto tan genérico e indefinido que otras corrientes lo consideran suyo. AD, por tanto, había comprado sólo la mitad del marxismo.

El presidente Chávez, en cambio, lo ha comprado todo, como dejó ver el 15 de enero de este año en el Palacio Legislativo. No sólo es que, como la Acción Democrática de 1959, emplea el marxismo como técnica de análisis social—“…la teoría más avanzada en la interpretación (…) científica de la historia, de la realidad concreta de los pueblos…”—, sino que su terapéutica, sus políticas públicas son marxistas: “…el marxismo es (…) la más avanzada propuesta hacia el mundo…” Su praxis es marxista, puesto que ofreció estas definiciones luego de decir que él era marxista.

Siendo las cosas así, ¿qué es, en dos platos, el marxismo?

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El marxismo interpreta la historia, sencillamente, como el resultado de la lucha de dos clases contrapuestas: los poseedores y los desposeídos. A lo largo de la historia, estas clases van cambiando de carácter y de nombre; lo que antiguamente se llamó amos y esclavos, pasó a ser la dualidad opuesta de señores y siervos en el Medioevo, y con la emergencia de la industria moderna que suplantó el modo económico medieval, se llamaron entonces patronos y obreros, burguesía y proletariado.

El análisis marxista, el análisis de Carlos Marx, considera que los patronos se apropian del valor económico del trabajo de los obreros; sólo el trabajo crearía valor económico y, al vender los bienes producidos a un cierto precio y pagar a los obreros salarios que sumados son inferiores al valor realizado en las ventas, los patronos se apropiarían de una plusvalía que en propiedad sería de los trabajadores. (Ocho años antes del Manifiesto Comunista de Karl Marx y Federico Engels, veinte y siete años antes del primer tomo de El capital, Pierre-Joseph Proudhon se adelantaba: «La propiedad es un robo». Eco reciente, la opinión repetida del presidente Chávez: «Ser rico es malo»).

El modo económico capitalista, según Marx, es una etapa necesaria para alcanzar la solución final de la lucha de clases: la desaparición de ellas en una sociedad comunista. Entre el comunismo y el capitalismo se inserta una etapa intermedia, transicional, la del socialismo.

Desde el punto de vista estrictamente interpretativo, «científico», Marx estima esta evolución como algo inevitable, puesto que estaría implícita en el funcionamiento de las «leyes de la historia». Así como Charles Darwin habría descubierto en su concepto de la evolución las «leyes de la biología» (la supervivencia del más fuerte), Karl Marx creía haber descubierto las de la historia; él sería el Isaac Newton de la economía política y la historia de la humanidad. (Este cliché se entiende en medio del simplismo romántico de mediados del siglo XIX; Stephen Jay Gould y, sobre todo, Stuart Kauffman han enmendado la plana a Charles Darwin; Karl Popper se ha encargado de desmontar la simplista y equivocada noción historicista de que la historia obedece, como una manzana que cae por efectos de la gravedad, a leyes inmutables encontradas por Marx).

Pero Marx no sólo quería interpretar la historia, quería ser él mismo protagonista. No convenía esperar el desenlace ineludible, el establecimiento del comunismo, de la sociedad sin clases para que acabara su lucha y todos fuéramos felices comiendo perdices. Había que ahorrar a los proletarios el sufrimiento acelerando esa transición, y para esto había que tomar el poder. Bajo la guía certera e infalible de un partido comunista, había que establecer una dictadura del proletariado que estableciera primeramente la fase socialista—en la que desaparecería la propiedad privada de los medios de producción—como paso previo a la sociedad sin clases comunista. Como la historia no sería otra cosa que la lucha de clases, al no haberlas la historia terminaría; colorín, colorado, este cuento se ha acabado.

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Es ésa la praxis marxista que el presidente Chávez considera «la más avanzada propuesta hacia el mundo». Si habla castellano, es eso lo que asume. Un problema diferente es si quiere decir lo que dice, porque el propio presidente Chávez ha dicho cosas que luego contradice. Por ejemplo, en una entrevista que le hiciera Jaime Baily en 1998, el comentarista peruano le preguntó directamente si se definía como socialista. Chávez contestó así: «Interesante la pregunta… es que, claro, seguramente tú, Jaime, has leído tantas cosas que se han dicho y se han escrito sobre mí… No, yo no soy socialista. No, yo creo que el mundo de hoy y la América Latina que viene requiere un salto adelante. Vamos más allá del socialismo, incluso más allá del capitalismo salvaje, como lo llama el papa Juan Pablo II. Yo creo en un proyecto, y así lo llamamos aquí, humanista».

Y es que la mentira perfectamente cabe en el arsenal del revolucionario marxista. Los marxistas se creen seres moralmente superiores; la revolución es la norma moral suprema para ellos, y todo lo que pueda favorecerla es no sólo lícito sino harto aconsejable. De nuevo, es el propio presidente Chávez quien se encarga de aclarar estas cosas.

Un año antes de declararse marxista—“Lo asumo. Yo cuando asumo, asumo»—ante la Asamblea Nacional, hablaba allí mismo en ocasión similar (13 de enero de 2009). En uno de sus peculiares recuentos históricos, regresó a febrero de 1989, cuando Carlos Andrés Pérez asumía por segunda vez la Presidencia de la República. Chávez aludió específicamente al acto de toma de posesión de Pérez en el Teatro Teresa Carreño, el fastuoso acto que mereció el cognomento de “coronación”. Recordó Chávez, incluso, que Fidel Castro—su “padre”—estaba entre los circunstantes que aplaudían a Pérez. Entonces, el Presidente de la República dijo que él era quien aplaudía más frenéticamente—aunque por supuesto conspiraba ya activamente—para disimular y que se le tuviera por persona afecta al régimen. Esta confesión la expuso con orgullo satisfecho, como si el engaño fuera travesura meritoria, inmoralidad necesaria a la revolución que todo lo absuelve.

Cuando creyó necesitar la declaración de que no era socialista, la profirió, siguiendo el ejemplo de su padre Castro, que gritaba en un mitin de 1959 en La Habana que no era comunista, y se mostraba indignado de la burda maniobra de acusarlo a él y a su gobierno de comunismo. Ya no dice Chávez que no es socialista. Ahora lo proclama a todos los vientos y añade que es marxista; los recibos de la Electricidad de Caracas, los carteles en las paradas de Metrobús, las exposiciones de motivos en los decretos de los últimos meses señalan que vamos «rumbo al socialismo», que estarían él y su gobierno construyendo el socialismo.

Esta vez hay que creerle, aunque haya mentido antes un buen número de veces, como él mismo ha reconocido. El socialismo de Chávez es, según sus propias palabras, el socialismo marxista, es decir, el comunismo, el que proviene de una dictadura del proletariado. Toda su vida fue proletario. LEA

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Supercardenal: la película

 

La centralidad de la pantalla

La centralidad de la pantalla

 

Era el año terrible de 1991, precursor del año golpista; la Semana Santa estaba muy cerca. El jueves inmediatamente anterior al Domingo de Ramos, el suscrito fue convocado a una reunión en los predios del IFEDEC (Centro Internacional de Formación Arístides Calvani). Había sido requerida por monseñor Mario del Valle Moronta Rodríguez, a la sazón Obispo de Los Teques. En la convocatoria, se había dejado traslucir que el obispo vendría a hablar con gran preocupación de la situación nacional. (A la sesión asistieron el Presidente y el Director General del Ifedec, Pedro José Méndez Mora y Pedro Luis Ghinaglia, respectivamente, así como su ex Presidente y Director General fundador, Enrique Pérez Olivares; también estuvieron Antonio Napolitano, profesor del Seminario Interdiocesano de Caracas y Santiago Baudilio Ortega, cercano al Ifedec y amigo personal de Moronta; finalmente, quien escribe, que asesoraba entonces al instituto).

En efecto, Monseñor Moronta habló al grupo, con cierta agitación, para decir que una conversación suya con miembros del Alto Mando Militar había apuntado a la muy alta probabilidad de un nuevo «caracazo»; de hecho, expresó que el peligro era inminente y su temor de que tal fenómeno se materializara para la Semana Santa que estaba por empezar. Entonces nos confió el secreto que lo mortificaba: que los altos oficiales le habían asegurado que esta vez, a diferencia del 28 de febrero de 1989, los militares no saldrían a reprimir los previsibles desórdenes y que, por las peculiaridades del acceso a la ciudad de Caracas, ésta podría quedar aislada a merced de los tumultos. Luego calló, una sonrisa persistente en los labios, la misma con la que concedía por aquel tiempo numerosas entrevistas que invariablemente, e independientemente del tema que se le planteara, concluían con su recomendación «práctica» de no olvidar «la centralidad de la persona humana».

Una primera ronda de opiniones se fue en la solidaridad preocupada de los asistentes con Monseñor y diversas alusiones a virtudes cristianas. Entendí que en ellas no hubo el menor valor agregado para un progreso constructivo respecto del problema planteado, y aventuré entonces una aproximación que comenzó por una pregunta a Moronta. Le dije: «Monseñor: quiero proponer una imagen para caracterizar esta reunión, y quiero saber si a usted le parece apropiada. Es ésta: usted es un facultativo que tiene entre manos un paciente grave, y la dificultad de su condición le ha impelido a convocar una junta médica para consultar a unos colegas sobre el complicado caso. ¿Cree usted que esta metáfora se ajusta a su idea de la reunión?» Monseñor Moronta asintió entusiasmado y dijo que la imagen era perfecta.

Entonces introduje el siguiente eslabón de razonamiento: «Bueno, Monseñor, una desagradable decisión médica característica de un hospital de campaña, al que llega repentinamente un camión de heridos, es la que se conoce como triaje. Consiste en clasificar en tres grupos a los soldados que ingresan con heridas diversas. En un primer grupo se ubica a aquellos con heridas leves; el cuerpo médico, exigido por el tiempo y otras limitaciones, no les prestará atención; que sean atendidos por monjas y enfermeras con aspirinas, mercurio-cromo y unas compresas de agua fría. En un segundo grupo los galenos incluyen a los que morirán sin remedio, porque su condición es tan grave que ningún esfuerzo del cuerpo médico entero podrá salvarlos; a ese soldado que lleva un obús alojado en el hígado, inyéctenle morfina para aliviar su tránsito y que sea visitado por el sacerdote, el rabino o el imán; no nos ocuparemos de él. Nos concentraremos, deciden los médicos, en estos que con nuestro auxilio pueden mejorar y sin él se agravarían. ¡Manos a la obra!».

El silencio que acompañó mis palabras me permitió hacer una segunda pregunta al obispo: «¿En cuál de los tres grupos, Monseñor, ubica usted a Venezuela? ¿Cree que el país tiene sólo un leve y pasajero malestar, un catarro; o cree, por lo contrario, que debe ser desahuciado?» Monseñor, coreado por el resto de los asistentes, indicó que ninguno de esos dos casos se ajustaba a la situación venezolana, que ciertamente debíamos poner al país en el tercer grupo del triaje, que tenía problemas graves pero con nuestro esfuerzo podía curarse.

«Entonces, Monseñor, voy a darle la opinión que me ha pedido en esta junta médica», le dije. Le dije también que coincidía con su opinión de triaje, que sabía de más de un actor, iniciativa u organización que trabajaba por mejorar las cosas, incluida la Iglesia, pero que, si el paciente se agitaba y en su desesperación se arrancaba las vías endovenosas o despegaba los puntos de sutura, la tarea curativa se dificultaría mucho.

Le hice notar que la Iglesia venezolana, uno de los médicos que se afanaba consistentemente en la mejoría del paciente, estaba justamente entonces en la posición perfecta para aconsejar calma al enfermo, puesto que la Semana Mayor le aseguraba acceso a prácticamente todos los medios de comunicación del país, y que debía usarlos para tranquilizarlo, para reducir la probabilidad de un megadisturbio como la que lo preocupaba, con la dramatizada angustia que había querido compartir con nosotros.

Hice todavía una última pregunta a Mario Moronta: «Monseñor, si cree que lo que he dicho tiene alguna utilidad, ¿estará usted interesado en que le haga llegar unas notas escritas con la esencia de lo que acabo de exponer?» De nuevo, el obispo indicó su grandísimo interés en contar con ese apoyo y yo se las prometí para el día sábado.

La reunión cesó, como por encanto, unos pocos minutos después de este último intercambio, pues ya nadie quiso añadir nada sustantivo, más allá de las cortesías de despedida. A la tarde de ese mismo jueves me llamó Ortega, ya que Moronta lo había comisionado como correo. Quedamos de acuerdo en que pasaría por mi casa a buscar las notas que luego llevaría a Los Teques, cosa que ocurrió.

No fue sino hasta el Sábado de Gloria cuando pude conocer el desenlace de esta historia, pues los periódicos venezolanos no circulan en Jueves y Viernes Santos. El atribulado Obispo de Los Teques, el pastor preocupado que la semana anterior nos había alarmado con la inteligencia recibida del Alto Mando Militar, había perorado en Miércoles Santo, como predicador de orden, un Sermón de las Siete Palabras verdaderamente incendiario, en absoluta contradicción con la prédica de sosiego que habíamos acordado. El obispo más pantallero que ha tenido la iglesia venezolana intentó detonar él solo, con su irresponsable sermón de criminal vocación, como terrorista episcopal, el «segundo caracazo» con el que se había mostrado hipócritamente asustado.

Admito mi desconcierto de esos días, pues parecía que Moronta se había vuelto loco. Una hipótesis se formó súbitamente en mi cabeza: la única explicación posible de la paradójica conducta episcopal era que Moronta creía realmente en la inminencia de un disturbio descomunal, que terminara por acabar con el gobierno y abriera las puertas a uno revolucionario. En ese caso, no querría que se le contara entre los apaciguadores; en ese caso, quería emerger como el obispo de la revolución.

Éste es el obispo que, muy explicablemente, Hugo Chávez postula ahora como supercardenal. LEA

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Addenda: El Obispo de San Cristóbal, Mario Moronta, postulado recientemente por el presidente Chávez a la calidad de Supercardenal—el único que existe, por decirlo así, es el Papa—, ha emitido declaraciones «en defensa» de Jorge Cardenal Urosa, a quien el mismo mandatario insultara. Estas declaraciones son típicas de Moronta; por un lado, no repudia con claridad que Urosa pueda ser tenido por «indigno y troglodita», que fueron los términos empleados por Chávez, sino que se limita a opinar que decir eso «no es propio de la investidura del Presidente». Esto es, sería un problema de falta de urbanidad, no uno de falta de verdad. De otro lado, mucho peor, Moronta se ofrece para mediar entre el gobierno y la Iglesia. Sólo puede mediar entre dos partes quien no pertenece a ninguna de ellas; para la mediación con la que sueña—ya se ve de nuevo en las pantallas de televisión—Moronta no podría ser parte de la Iglesia. Su ofrecimiento lo denuncia. Vale

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No hay excusa

Medición de Consultores 21 en mayo-junio (clic para ampliar)

 

Hace no mucho que un editorialista prestigioso escribiera que «las encuestas» indicaban que los venezolanos habían llegado a adquirir una inclinación favorable hacia el socialismo; poco antes, un empresario aficionado a la política me había sugerido que examinara los estudios de opinión para que no siguiera promoviendo el referendo consultivo sobre la conveniencia de un régimen político-económico socialista en Venezuela. Textualmente, me puso en un correo: «Valdría la pena que averiguaras qué entienden por SOCIALISMO nuestros conciudadanos y veas los resultados de encuestas actuales sobre el tema antes de seguir con esta cruzada».

Este último llegó a sugerir después (nunca aportó el dato concreto) que el último Pulso Nacional, de la encuestadora Datos, habría detectado una preferencia mayoritaria por el socialismo. Indagaciones posteriores establecieron que éste no era el caso; lo que registraba el estudio es que entre los partidarios de Hugo Chávez una gran mayoría no cree que el socialismo de su líder amenace a la empresa privada.

Más tarde, un buen amigo me hizo llegar esta impresión: «De una presentación de una encuesta que mostró el padre Virtuoso en [la reunión del Grupo] Jirahara (creo que realizada por el Centro Gumilla), me quedó la sensación de un avance impresionante en la aceptación del Socialismo como marca. Si mal no recuerdo, la gente en un porcentaje alto lo igualaba a ideas como: Solidaridad, Igualdad, Progreso, Bienestar… Valdría la pena revisarlo, para evitar caer en una trampa de interpretación».

A esto pude contestar:

El estudio del Centro Gumilla tampoco dice lo que crees recordar. Te lo anexo para que lo examines tú mismo y veas si puedes encontrar los datos que te permitirían afirmar la identificación mayoritaria entre «socialismo» y los valores o ideales que enumeras. Fue una decisión terminológica de los redactores del Centro Gumilla la de nombrar a un segmento poblacional como «Grupo de Socialistas Moderados», que dice apoyarían una «economía social de mercado», lo que es otra forma de decir socialdemócratas. Hasta Eduardo Fernández propugnaba en febrero de 1992 una «economía social de mercado» (una «economía con rostro humano»), aludiendo a la política de Adenauer, cuando COPEI quiso proponer un «paquete alternativo» al de CAP. Por otra parte, no había que esperar el estudio de los gumilleros para conocer que la mayoría de los venezolanos se inclina «a la izquierda»; el mero ojo clínico de cualquier persona con mediano conocimiento de Venezuela nos podría haber dicho eso desde hace muchos años. Es eso lo que explica, por ejemplo, que nunca haya prosperado en épocas modernas ningún intento de establecer abiertamente un partido de derecha; hasta Caldera definió a COPEI… como partido de centro-izquierda, en el mitin de cierre de su campaña en 1963 (Plaza Venezuela). Sigue siendo verdad que absolutamente todos los estudios de opinión que hemos podido conocer, como el que envié hoy de Consultores 21, reportan una sólida mayoría contraria al socialismo. Cuando se mide la mayoría más baja (Keller, 58%) la ventaja sobre los que quieren socialismo sigue siendo de más de veinte puntos.

En efecto, la encuesta de KELLER-Mayo-2010, como todas las demás, midió un amplio rechazo al socialismo propugnado por el gobierno y específicamente a la reciente ola de estatizaciones.

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Dos encuestas posteriores han confirmado el mismo repudio. Consultores 21 buscó medir—Perfil 21-Junio 2010—la aceptación o el rechazo a medidas gubernamentales específicas mediante preguntas cerradas; al consultar sobre la intención del gobierno de «convertir a Venezuela en un país socialista», la encuestadora obtuvo 2% de ignorancia o renuencia a contestar, 34% de apoyo y 65% de rechazo, para una diferencia de 31 puntos a favor del repudio.

Ahora se conoce, en publicación de El Nacional, algunos de los resultados del más reciente estudio de la firma Hinterlaces (3 al 13 de junio). El diario reporta que la «radicalización y el énfasis ideológico» han resultado ser mal negocio político para el gobierno, y sobre el rechazo particular del «socialismo del siglo XXI» el informe de la Unidad de Estudios de Coyuntura y Tendencias de la encuestadora mide prácticamente lo mismo que Consultores 21: un repudio de 63%. Vale la pena reproducir una sección—Virulento estigma—del trabajo de Omaira Sayago en la edición de hoy del periódico:

A los encuestados se les preguntó si creen que el Presidente quiere limitar la propiedad privada o, por el contrario, quiere fortalecerla. 69% cree que quiere limitarla, 25% fortalecerla y 6% no sabe o no respondió. 

Al indagar sobre la posición de los ciudadanos frente a la nacionalización o expropiación de empresas y haciendas, 70% se mostró en desacuerdo, 25% de acuerdo y 5% no sabe o no respondió. Ante la pregunta de qué prefieren entre propiedad privada o propiedad colectiva o comunal, 80% se inclinó por la propiedad privada, 17% por la colectiva o comunal, y 3% no sabe o no respondió. 

A la pregunta de si tienen una opinión favorable o desfavorable de Empresas Polar, basándose en lo que saben o escuchan de ella, 76% dijo que favorable, 19% desfavorable y 5% no sabe o no respondió. 83% está en desacuerdo con que el Gobierno expropie Polar, en tanto que 13% sí está de acuerdo y 4% no sabe o no responde. 87% cree que el Gobierno y la empresa privada deben dialogar y trabajar juntos, 11% cree lo contrario. 79% es contrario a la idea del Presidente de que «todos debemos ser iguales para que no haya ni ricos ni pobres». 88% está de acuerdo con la idea de que lo que saca a la gente de la pobreza es un buen trabajo y estudiar; 9% está en desacuerdo y 3% no sabe o no respondió. 

La interpretación de la Unidad de Estudios de Coyuntura y Tendencias de Hinterlaces de todos estos índices sobre las empresas privadas es que la virulenta estigmatización de ellas es la táctica del Gobierno para respaldar la estatización de la economía y acentuar la lucha de clases. Ahora el enemigo social y político no es la oposición sino la burguesía, convertida por la propaganda oficial en explotadora, especuladora, acaparadora y antipopular. A pesar del rechazo mayoritario a las expropiaciones y nacionalizaciones, la estrategia oficialista busca apropiarse y someter el sector privado de la economía para controlar las fuentes de empleo y de esta manera dominar el pensamiento crítico, aspiracional y liberal de los trabajadores venezolanos. 

La propuesta revolucionaria de impulsar la propiedad social, comunal o colectiva de los medios de producción y de la tierra no logra convencer a la mayoría, que mantiene una alta valoración por la propiedad privada. En el caso concreto de Polar—prosigue el informe—es una empresa que ha construido una sólida imagen sustentada en la calidad y popularidad de sus productos, el impacto y permanencia de sus programas de responsabilidad social y las favorables condiciones de sus trabajadores.

En suma, no tiene el menor asidero el temor de que una consulta sobre la conveniencia de instaurar en nuestro país un Estado socialista conduzca a una aprobación de tan terca y perniciosa finalidad. El gobierno no ha convocado a ese referendo teniendo la posibilidad de hacerlo en cinco minutos, ni siquiera porque se le emplazara a hacerlo: «De modo, pues, Señor Presidente, que si Usted ha recomendado insistentemente a sus opositores organizados en partidos políticos la convocatoria de un referéndum revocatorio en Su contra, a Usted puede recomendársele recíprocamente, más bien exigírsele, que convoque Usted mismo, en acuerdo con Sus ministros, el referéndum consultivo sobre la conveniencia de instaurar en nuestro país un régimen político-económico socialista». (Emplazamiento de Caracas, 8 de febrero de 2010).

No hay que temer a que ese referendo en particular «polarice» las elecciones del 26 de septiembre, las haga «plebiscitarias» si se tuviere éxito en convocarlo para esa fecha. Como se decía ya el 23 de julio de 2009: «¿Qué hace uno con una mayoría tan fuerte? Pues procura que se exprese políticamente de modo válido. Pide que el asunto sea votado, pues está seguro de ganar una consulta que lo considera. Es ésa una regla política elemental. Quien tiene la mayoría quiere que se la mida y certifique, porque quien tiene la mayoría puede mandar. La mayoría abundante que no quiere un régimen socialista para Venezuela debiera apoyar la convocatoria, por iniciativa popular, de un referéndum consultivo sobre dicha posibilidad, de una consulta que le pare el trote a [Rafael] Ramírez y a su jefe». (Parada de trote).

Lo que Chávez busca desesperadamente es que sus opositores se lancen por un nuevo revocatorio, puesto que no cesa de azuzarlos en ese sentido, y quisiera, en efecto, que fuera realizado el 26 de septiembre. El 2 de junio, dos días después de que este blog mencionara por primera vez la comodidad de esa fecha, dijo: “¿Por qué no llaman a un referendo revocatorio, si la constitución les da ese derecho? Aprovechan las elecciones y piden un referendo para el 26 de septiembre».

Hace tiempo ya que este blog optara por no recomendar (Dictamen 2010, 18 de diciembre de 2009) la posibilidad del revocatorio: «El referéndum revocatorio requiere el doble de las firmas que uno consultivo, además de tener mala recordación por haber sido un fracaso el intentado en 2004». También se advirtió en el mismo trabajo: «…aun un nivel muy considerable de rechazo puede no convertirse en una votación positiva del referéndum sugerido si los electores no pueden visualizar quién pudiera asumir la Presidencia de la República a la cesación del mandato de Hugo Chávez, y si las figuras asomadas como posibilidad no logran—como ninguna hasta ahora—resultar atractivas a una mayoría de los ciudadanos». No hay en los actuales momentos una contrafigura convincente, mucho menos unánime, en el terreno de juego, ni es ella el protagonista que se requiere. La estrella de la película debe ser ahora el Pueblo mismo.

Para quien escribe, buena parte de la insólita resistencia de algunos políticos, supuestamente entendidos, a la idea del referendo sobre un régimen socialista reside en su renuencia a permitir que el Pueblo protagonice ese cotejo, porque entonces les robaría cámara; a ellos o a sus agendas. También, porque la fuerza y eficacia de la iniciativa es mucha y no se les ocurrió primero. LEA

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Visita a los indios guatires

Un chamán hospitalario

Ayer me llevó el Chamán del Guaraira Repano a una de las cuevas que visita con cierta regularidad. Quería que escuchara de un grupo de aborígenes, dirigido por un colega suyo, las cosas que andan diciendo sobre la marcha del país. Cuando llegamos, hablaba un visitante, hechicero de fama, sobre las elecciones del 26 de septiembre.

Armado de petroglifos especialmente hechos sobre el tema y pintados con manchas rojas, negras y azules, expuso ante los circunstantes el mapa previsible de la próxima Asamblea Nacional. Hablaba en el plural de la primera persona. «Nosotros probablemente podamos conseguir un poco más de la tercera parte de los diputados, evitando así que el oficialismo alcance la mayoría calificada que se requiere para aprobar leyes orgánicas. Con muchísimo esfuerzo tal vez podamos llegar a un máximo de 89 diputados. No es tan exigente otra meta: sacar un total de votos superior a la suma de los candidatos del gobierno, pero el diseño de los circuitos electorales daría siempre una mayoría de escaños oficialista. El Presidente sigue estando solo en el patio, sin contendor visible. Por esto hace falta una campaña paraguas, distinta de las campañas individuales de nuestros candidatos. A nosotros nos mata la abstención. No la de los opositores propiamente dichos, sino la de los Ni-ni, cuyo 75% está con nosotros».

Luego tomó la palabra un viejo sabio que quiso predicar el optimismo, sobre la base de lo que significa nuestra supervivencia a once años de desgobierno, el rechazo de casi 90% de la población al comunismo y los vientos de cambio que empiezan a sentirse en Cuba.

El dueño y jefe de la cueva dijo que era una promesa equivocada de la oposición la mayoría en diputados; tal prédica, propuso, debe cambiarse por la de una mayoría de votos, que sí es posible. De lo contrario, la gente pensará que fue engañada una vez más. Pero también dijo que había que pensar en otras acciones políticas distintas de la meramente electoral. Antes, había cuchicheado con el Chamán del Guaraira Repano, con quien parecía estar de acuerdo. Luego, le pidió que hablara a la reunión de la tribu.

El Chamán habló y tres cosas dijo que fueron asentidas por el brujo anfitrión, puesto que él mismo así lo había pensado. Que el Presidente intentaría convertir el 26 de septiembre en un acto referendario, plebiscitario sobre su persona y su gestión. De aquí que fuera tan importante el número total de votos, aunque no se obtuviese una mayoría de curules. La otra fue que el Presidente, aun en el caso poco probable de obtenerla, guardaba más de una carta poderosa bajo su manga izquierda, como hacer que la actual Asamblea le diera una ley habilitante que pudiera tener vigencia de dos años—hasta las elecciones presidenciales de 2012—antes de ser disuelta, o convocar una nueva asamblea constituyente si la votación de septiembre le fuere favorable. Apoyó la noción de la anfitrionía: el problema va mucho más allá de conseguir unos escaños más o menos en la Asamblea y añadió, por último: «La MUD ha cumplido su misión de especificar las candidaturas unitarias y ya no funciona para las tareas que hacen falta».

Luego habló la tribu. Varios aborígenes asintieron a la noción de que la MUD debe cesar en sus funciones al haber cumplido, con uno o dos defectos que señalaron, la misión para la que fue creada. Uno de los indios dijo que gente del interior le había expuesto su más grave preocupación, y que ésta no era la cantidad de diputados que se lograra colocar en la Asamblea, sino lo que había que hacer para terminar el dominio del Presidente. Otro intentó concretar más y aludió al empleo del Artículo 350 de la Constitución.

Recordé que en la tribu vecina de los twitteros se anda hablando de lo mismo, y pensé que por eso el santero Aristóbulo había entendido: «Está cobrando mucha fuerza la conspiración en el seno de la oposición. Tenemos que estar mosca; desde el magnicidio hasta las guarimbas». Es idea que le conviene para restablecerse como héroe de postrimerías; el 13 de abril de 2002, cuando Diosdado estaba escondido y José Vicente daba declaraciones ambiguas, el tamborero Aristóbulo fue muy fotografiado en Miraflores, esperando el retorno de su jefe. LEA

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Embuste ingrato

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En Diálogo Duro, se anunció anteayer que se desmontaría algunas de las incompetentes argumentaciones del presidente Hugo Chávez ante el asedio de Stephen Sackur, conductor del programa Hardtalk para la BBC de Londres. El segundo tema acometido por Sackur fue el de una democracia que excede el mero origen en elecciones, y trajo a colación el caso de la jueza Afiuni como ejemplo de irrespeto a la independencia de los poderes. Después de una respuesta nada convincente del presidente Chávez, Sackur insistió:

—Pero muchos observadores independientes han examinado lo que ha hecho en ese caso y en otros y concluyeron, y estoy citando aquí a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, cito: «el sistema político de Venezuela está fundamentalmente minado por la falta de independencia de la justicia».

Esta fue la respuesta del Presidente de la República:

—¿Tú hablas de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos? ¿Te atreves tú a defenderla o alguien, con un poquito de moral y de respeto por sí mismo? Esa Comisión Interamericana de Derechos Humanos ha apoyado golpes de Estado. Cuando yo fui derrocado aquí por los ricos, apoyaron al gobierno y desconocieron mi carácter legítimo y democrático. Es una comisión manipulada…

La salida es típica; evade la pregunta y ataca al crítico en el tipo más primitivo de falacia: el argumento ad hominem (sin referirse a la proposición descalifica a quien la profiere). Pero, además, en este caso la acusación específica contra la CIDH es enteramente falsa, y fue rebatida hace años; para ser precisos, el 23 de mayo de 2002, en documento del Consejo Permanente de la Organización de Estados Americanos “sobre las observaciones y recomendaciones de los Estados Miembros al Informe Anual de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos del año 2001”. Ese informe dice:

Aprovecho esta importante ocasión para expresar el beneplácito de la Comisión por el restablecimiento del orden constitucional y del gobierno democráticamente elegido del presidente Chávez. Ante el intento golpista, la Comisión Interamericana reaccionó públicamente y de inmediato expresando, entre otras cosas, su más enérgica condena por los hechos de violencia que costaron la vida de al menos 15 personas y causaron heridas a más de un centenar. Asimismo, la Comisión lamentó constatar que durante los días 12 y 13 de abril se produjeron detenciones arbitrarias y otras violaciones a derechos humanos; deploró la destitución de las más altas autoridades de todos los poderes públicos; y advirtió que dichos hechos configurarían los supuestos de interrupción del orden constitucional contemplados en la Carta Democrática. En este contexto y en cumplimiento de sus obligaciones convencionales y estatutarias, el 13 de abril de 2002 la Secretaría Ejecutiva de la Comisión, conforme a su práctica de más de cuatro décadas de trabajo, se dirigió a quienes en ese momento detentaban el poder de facto en Venezuela, para solicitar información sobre la detención e incomunicación del Presidente Hugo Chávez Frías y profirió medidas cautelares relacionadas con la libertad, integridad personal y garantías judiciales del señor Tarek William Saab, Presidente de la Comisión de Relaciones Exteriores de la Asamblea Nacional de Venezuela. En los últimos días, el Ministro de Relaciones Exteriores de Venezuela, Luis Alfonso Dávila, habría catalogado de ambigua” la posición mantenida por la CIDH frente a los hechos ocurridos en Venezuela en recientes días. Para sustentar tal afirmación, el Ministro Dávila citó esta comunicación nuestra dirigida a José Rodríguez Iturbe, quien fuera designado Canciller en el llamado gobierno de transición. La CIDH se ve obligada a precisar que esa comunicación no puede interpretarse como forma alguna de reconocimiento al régimen de facto. En ningún momento, explícita o implícitamente la Comisión reconoció al gobierno de facto en Venezuela. Conforme a su práctica y a la de otros órganos internacionales de derechos humanos, se dirigió a quienes el día 13 de abril de 2002 detentaban de facto la autoridad estatal en Venezuela, ya que el ejercicio de la autoridad, usurpada o no, conlleva la obligación de respetar y garantizar los derechos humanos. En múltiples ocasiones en el pasado la Comisión ha mantenido comunicaciones con gobiernos de facto en distintos países del hemisferio, a la par de condenar enérgica y categóricamente los quiebres institucionales. No corresponde a la CIDH conforme a sus facultades convencionales o estatutarias reconocer a gobiernos sino proteger los derechos humanos de las personas y es lo que precisamente hizo en este caso.

La facilidad con la que el Presidente de la República dice cosas que no son verdaderas es sencillamente asombrosa. Sólo un desprecio por la memoria y el grado de información de la ciudadanía explica tan flagrantes falsedades. En este caso, sobre todo, a lo falaz se añade lo malagradecido. LEA

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