La venerable BBC de Londres transmite un excelente programa de entrevistas conducido por Stephen Sackur: Hardtalk, Diálogo duro. El más reciente de los entrevistados por Sackur ha sido Hugo Chávez, el Presidente de la República de Venezuela. Hoy, martes 15 de junio, la estación londinense transmitió el programa, y los 22 minutos y medio del intercambio pueden colocarse acá por cortesía de la BBC. Sackur venía muy bien preparado y, como es característico de Hardtalk, no dio cuartel al presidente Chávez. Éste no tuvo más remedio que apelar a sus trucos habituales: eludir las preguntas que le son incómodas, sin contestarlas, mientras procura desacreditar a quien le critique, así sea con mentiras evidentes. En los próximos días disecaremos algunas de las cosas dichas por Chávez a la BBC; por ahora, este blog se limita a presentar el video completo de una entrevista en la que Chávez quedó desnudo. LEA
Silvio Rodríguez, líder de la Nueva Trova Cubana, cantará en Carnegie Hall; antes ha hablado en una rueda de prensa en Nueva York. El autor de Me va la vida en ello, se refirió a errores de la revolución cubana; por ejemplo, la nacionalización de la economía privada en Cuba: “El Estado decidió involucrarse nacionalmente en un comercialismo que llegó a los más desquiciados límites, incluyendo la burocratización de los expendios de papas fritas”. Luego sentenció: “Todavía estamos pagando por eso”. El concierto de Rodríguez en la Gran Manzana tiene la anuencia de Raúl Castro.
Mi unicornio azul
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Un desquiciado Presidente de la República declaraba ayer desde una planta aceitera vociferante, amenazante, que había declarado la “guerra económica” a la “burguesía”, especificando dentro de este concepto la presencia de Fedecámaras, Consecomercio y las Empresas Polar, el favorito de sus blancos recientes.
¿Qué hay de nuevo en esto? ¿No es exactamente eso lo que ha practicado desde que adquirió poder político? Ni siquiera es nuevo el show del lenguaje bélico.Ni siquiera es nuevo que desmienta frontalmente a alguno de sus subalternos como, por ejemplo, el Ministro de Comercio, Richard Canán, quien se mostraba muy urgido en explicar hace ocho días que no había “una arremetida contra Polar”. (Esto, después de la arbitraria expropiación en Barquisimeto, las constantes alusiones desafiantes, los recientes decomisos, la medida contra el aviso de PepsiCola, el envío de la rabiosa Iris Varela a “defender” derechos de “trabajadores” de la empresa, en una serie sañosa cuya alevosía exige mucha planificación. Es para esto, y no para atender sus obligaciones más elementales, que el gobierno tiene tiempo).
Ahora, después de la ególatra declaración formal de guerra contra Lorenzo Mendoza—“Vamos a ver quién aguanta más, si tú con tu Polar y tu riqueza, o yo con mi pueblo y mi dignidad”—, ardido por recientes declaraciones de trabajadores de Empresas Polar que señalaron el fracaso de las empresas estatizadas, seguramente se beneficiará del análisis estratégico que le provea el Centro de Estudio Situacional de la Nación (CESNA), reciente creación presidencial (Gaceta Oficial Nº 39.436) encargada de “recopilar, procesar y analizar de manera permanente, la información proveniente de las distintas salas situacionales u órganos similares de las instituciones del Estado y de la sociedad sobre cualquier aspecto de interés nacional”.
Esta CESNA que no vuela debe proporcionar “apoyo analítico informativo” al gobierno, “suministrándole información oportuna y necesaria para facilitar la toma de decisiones estratégicas para proteger los intereses de la nación”. Una de las primeras estrategias imaginadas por esta madre de todas las salas situacionales, ha deducido este blog, es la de fijar la residencia del Presidente de la República, mientras dure la conflagración, en el Museo Militar, donde tan bien le fue la última vez que estuvo en pie de guerra con “su pueblo y su dignidad”.
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Lo que busca el presidente Chávez es enmascarar la responsabilidad de su gobierno en la vergonzosa situación económica nacional, evidenciada en la caída de 5,8% del Producto Interno Bruto en el primer trimestre de este año, que el propio Banco Central de Venezuela atribuye principalmente a factores que maneja solamente el Ejecutivo Nacional: la menor oferta eléctrica, la disminución de la actividad del sector petrolero y la restricción en el acceso a las divisas para importaciones.
Ahora procura la guerra—como ha prometido, sin librarla, a Colombia y el Imperio—para disponer de una coartada para el fracaso. Así embiste con el único y terco cuerno de su frente ante cámaras y micrófonos, sin importarle que su agresividad empeore las condiciones de los venezolanos, para poder decir que el cuadro que se avecina, incluso peor que el actual, es culpa del conflicto. (Ángel García Banchs—CENDES, UCV—sostiene que el año cerrará con una caída del PIB de hasta 7%, y que la moneda venezolana sigue sobrevaluada en al menos 50%, por lo que una nueva devaluación acecha a los venezolanos desde el horizonte).
Es evidente el desequilibrio; no hay sociedad en el mundo en la que alguno o varios de sus componentes puedan ser tan malos que justifiquen la permanente agresividad, la incesante ira, el eterno reconcomio en el discurso de su jefe de Estado. Es un desequilibrio que tiene que corregir el poder de los ciudadanos, visto que los poderes no ejecutivos de la Nación, el legislativo y el judicial, no contribuyen al equilibrio de poderes sino que, antes bien, actúan como cómplices del desafuero presidencial. Es un desequilibrio que tiene que arreglar el Poder Constituyente Originario, porque no hay fuerza política organizada en el país—no lo es, evidentemente, la Mesa de la Unidad Democrática—que sepa poner coto al desborde.
Ayer, a continuación de la declaración oficial de guerra, el Presidente de la República lanzó uno de esos desafíos que usualmente le son tan fáciles, posibles en él cuando cree encontrarse en posición ventajosa. Pero esta vez no estaba tan divertido. Molesto por las cifras de Alfredo Keller y otros encuestadores—no todos—que indican que perdería hoy una elección presidencial y una mayor propensión a votar por candidatos de oposición para la Asamblea Nacional, retó a quienes se le oponen a convocar otro referéndum revocatorio basados en esas mediciones, e incluso sugirió que se aproveche la ocasión de las elecciones legislativas. Dijo: “Aprovechan las elecciones y piden un referendo para el 26 de septiembre”, asegurando que el Consejo Nacional Electoral sería capaz de organizar el referéndum en cuatro meses.
Coincide aquí el presidente Chávez con este blog en un punto, tal vez lo plagia. Aquí se escribió el lunes de esta semana (Por supuesto que hay salida), 31 de mayo de 2010:
Venezuela no quiere socialismo. No hay estudio de opinión que no haya registrado un desacuerdo sólidamente mayoritario a esa aventura impuesta sin recato, abusivamente. La conclusión política es obvia: nada más importante que expresar válidamente esa mayoría en un referéndum consultivo.
Ni el Presidente de la República, ni su socio (la Asamblea Nacional) van a convocar ese referéndum; ambos saben que lo perderían. Por consiguiente, somos los Electores—10% del registro electoral—quienes debemos ocuparnos de la convocatoria. Somos nosotros quienes, por iniciativa popular, tendremos que causar la consideración, por parte de cada ciudadano hábil para votar, de esta pregunta: “¿Está usted de acuerdo con la implantación en Venezuela de un sistema político-económico socialista?”
Este blog anuncia que ya hay quienes estamos estudiando la ingeniería de la cosa, y que nos proponemos que la consulta tenga lugar exactamente el domingo 26 de septiembre de este mismo año. De este modo, no se exige un gasto adicional y un esfuerzo organizativo distinto al Consejo Nacional Electoral.
De modo que el reto está recogido de antemano, Presidente, tres días antes de que usted hablara desafiantemente. Pero siendo nosotros los agraviados y desafiados a nosotros nos toca la elección del arma. No es con un referéndum revocatorio como nos mediremos Pueblo contra Presidente; es con un referéndum consultivo sobre su obsesivo socialismo.
Nos vemos el 26 de septiembre. Vaya nombrando sus padrinos. LEA
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* alunado, da. (Del part. de alunarse). 1. adj. lunático.2. adj. Dicho de un animal: Supuestamente enfermo por haber estado expuesto a la luz de la luna. U. m. en América. 3. adj. Arg.malhumorado (|| que está de mal humor). 4. adj. Hond. y Nic. Dicho de un animal: Que está en celo. jabalí alunado: 1. m. Aquel cuyos colmillos, por ser muy viejo, le han crecido de manera que casi llegan a formar media luna o algo más, de suerte que no puede herir con ellos.
En la época de la campaña electoral que convertiría a Jaime Lusinchi en Presidente de la República, su oferta programática central era un tal «Pacto Social», que al menos era formalmente una panacea, suficiente para curar todos los males del país. Su pretendido carácter curativo era sólo nominal; no pasaba de ser la etiqueta de un frasco de contenido incógnito, cuyos propagandistas anunciaban como remedio para todos los problemas. Tanto era así la cosa, que un prestigioso dirigente de Acción Democrática—se le tenía por más culto que el promedio de sus compañeros—decidió escribir un folleto de una decena de páginas para explicar qué era el bendito Pacto Social. Sus párrafos comenzaban más o menos en estos términos: «El Pacto Social no consiste en…», «No debe confundirse al Pacto Social con…», «El Pacto Social no es lo mismo que…», y así por el estilo. A lo largo del opúsculo, el autor podía reivindicar mediano éxito en haber explicado lo que no era el Pacto Social, pero en ningún caso explicó lo que era sustantivamente.
En la ciencia de la lógica se topa uno frecuentemente con este modo de describir el negativo para sugerir la forma del positivo, pero si el procedimiento no es exhaustivo es inválido, y conduce inevitablemente a falacias o absurdidades. Hasta en el mundo del chiste se aprovecha el recurso para proponer, por ejemplo, una adivinanza como ésta: ¿en qué se parecen un caballo y un poste de teléfonos? Respuesta: en que con ninguno de los dos se puede hacer dulce de guayaba.
De nuevo se nota la misma falta de sustantividad cuando Henri Falcón intenta reposicionar al partido Patria Para Todos (PPT). María Prato reportó para El Universal, hace tres días, declaraciones típicas; después de certificar que en Venezuela no existía «ni revolución ni socialismo», Falcón explicó: “Así como nos alejamos de esa forma de hacer política, también nos distanciamos del otro extremo opositor, del pasado. No queremos nada con la política retrasada del pasado ni con la política desfasada del presente». En otro punto repitió: «La gente tiene que estar consciente de que el 26 de septiembre debemos castigar al pasado fracasado y al presente desfasado». La mera repetición revela que ha pensado en las etiquetas que cree convenientes y eficaces; el mero distanciamiento, que no puede describir exacta y sustantivamente su postura sin referencia a lo que no es, a aquello con lo que no debemos confundirlo, a aquello en lo que no consiste.
Sigue explicando el distanciamiento: «Nos hemos separado diametralmente de las políticas del gobierno nacional porque hemos observado que, además de improvisación, no hay un plan de acción, que pueda de verdad sentirse a futuro como la guía hacia el crecimiento y el desarrollo del país». ¿No es, en el fondo, la carencia de un plan de acción lo mismo que la improvisación, por una parte y, por la otra, significa eso que de tener el gobierno nacional un plan de acción que le permitiera actuar sin improvisación no se habría dado la separación diametral?
Bueno, probablemente no, porque también dijo que «en Venezuela lo que hay es un gobierno central improvisado, lleno de maldad y capacidad para destruir empleos productivos generando un cementerio de empresas que profundiza la crisis social en el país. Eso tenemos que decirlo con contundencia, sin miedo». Es una buena razón para ser ahora opositor del gobierno, sin duda, pero insuficiente. Además de esto pudiera decir, que no lo hace, que Hugo Chávez ha «enemistado entre sí a los venezolanos, incitado a la reducción violenta de la disidencia (…) desnaturalizado la función militar, establecido asociaciones inconvenientes a la República, empleado recursos públicos para sus propios y sectarios fines, amedrentado y amenazado a ciudadanos e instituciones, insultado a otros jefes de Estado, desconocido la autonomía de los poderes públicos e instigado a su desacato, promovido persistentemente la violación de los derechos humanos, así como violado de otras maneras y de modo reiterado la Constitución de la República e impuesto su voluntad individual de modo absoluto». (El blog de LEA: Nota del Día 27/05/10).
Pudiera decir, pero no lo dice, que Hugo Chávez pretende perpetuarse en el poder, y que despreció la voluntad constituyente expresada en el referéndum del 2 de diciembre de 2007 (que negó la posibilidad de reelegirse indefinidamente), al replantear el asunto de modo tramposo en otro referéndum del 15 de febrero de 2009, que ganó por abuso y ventajismo electoral característicos e incompetencia opositora, también característica. Probablemente no dice eso porque él, Henri Falcón, hizo activa campaña en apoyo de esa aberración inconstitucional.
¿Estamos siendo muy duros? A ver: en verdad, Falcón también emitió una declaración con apariencia de sustantividad, al decir: «Nosotros simplemente trabajamos para incluir y sumar. El arte de la política es ése y el de hablar con la verdad, hablar de futuro, de desarrollo. En Venezuela hay que hablar de respeto, de tolerancia y de verdadero ejercicio democrático de la política, que tiene que ver con los niveles de entendimiento necesario para construir un estado en armonía, en paz y con justicia».
El arte de la Política es la solución de los problemas de carácter público, pero aun si se lo entendiera como incluir y sumar, Falcón comenzó declarando que no quiere «nada con la política retrasada del pasado ni con la política desfasada del presente»; esto es, Falcón ha aprendido a excluir y restar.
Luego, cada vez que apunta a proponer algo positivo, Falcón parece entender que lo que hay que hacer es hablar. (El 25 de mayo: «El arte de la política es (…) el de hablar con la verdad, hablar de futuro, de desarrollo. En Venezuela hay que hablar de…» El 2 de mayo: «Un sector de la población tiene la expectativa de que la dirigencia le hable de igualdad, ética, productividad, respeto y diálogo”). Ya habíamos dicho acá en el anterior artículo de esta serie:
La población venezolana no quiere que se le hable; quiere que se le muestre. A ella se le ha hablado ya bastante. Lo que los venezolanos queremos es ver conductas, no escuchar palabras. Los políticos venezolanos, como los de cualquier parte del mundo, han hablado en exceso desde que se inauguró la República, y ahora el Presidente de la República no sabe callar. Es acción y no palabra lo que se requiere. El país no está mejor porque un partido diga democracia social en lugar de socialdemocracia, o el gobernador de Lara mencione un socialismo ético y productivo en vez del socialismo del siglo XXI. No hemos progresado un ápice desde que se dice protagónico, endógeno, vertical (como adjetivo de gallinero), participativa, pentapolar o revolución.
Finalmente, Falcón sigue siendo, como en su lema para las elecciones de 2009, insistentemente redundante, discursante en sinonimias: «En Venezuela hay que hablar de respeto, de tolerancia y de verdadero ejercicio democrático de la política, que tiene que ver con los niveles de entendimiento necesario para construir un estado en armonía, en paz y con justicia». El valor semántico agregado con cada sinónimo—respeto, tolerancia, ejercicio democrático, entendimiento, armonía, paz—es verdaderamente minúsculo.
Y todo esto tiene detrás una estrategia más que obvia: la intención de posicionarse como la tercera vía que el inmenso mercado político de los llamados Ni-ni estaría esperando. Una sucinta frase de Falcón la denuncia: «Desde el PPT, estamos construyendo una tercera opción en Lara y en el país».
El PPT entra en las encuestas en la categoría «Otros», pues no llega a marcar 1% de preferencias ciudadanas. Falcón asegura ahora que «crece exponencialmente». Veremos; hasta ahora la disidencia del chavismo no ha logrado imponerse. Ninguno de los candidatos a gobernador que hubiesen salido de las filas oficialistas tuvo éxito en las elecciones de 2008. Hoy, la figura de Wilmer Azuaje no captura más de 4% de simpatías en Barinas; Raúl Isaías Baduel, a duras penas, obtiene 3% de apoyo en Aragua; el muy vocal Ismael García, 2,6% en Falcón (el estado). El propio Falcón (el precandidato presidencial) medía un sólido 26% de aceptación en una región que comprendía los estados centro-occidentales de Lara, Portuguesa y Yaracuy. Ya ha perdido esa posición en los dos últimos.
Pero la maniobra es diáfana. A pesar de que la mayoría de las opiniones no alineadas se manifiesta desde al menos hace seis años, Henri Falcón y el PPT, que han acompañado a Chávez durante más de una década, acaban de descubrirla y quieren engatusarla con su doble distanciamiento del «pasado fracasado» y el «presente desfasado». Se trata de una decisión en frío, mirando a las encuestas, para decir lo que se cree conveniente decir. Pero la falta de sustantividad en las ideas, evidente en el discurso insustancial—recuerda mucho al de Manuel Rosales, un dirigente regionalmente exitoso que fracasó en su salto a la dimensión nacional—, redundante y vacío, socialista, traiciona la incompetencia.
Como se ha reconocido antes aquí, creemos que personalmente es Henri Falcón gente de diálogo y respeto. Ése no es el punto. El asunto es si Falcón calza la talla de un verdadero y moderno estadista, necesaria para enfrentarse a Chávez en 2012—para lo que se prepara—, al molestarse porque en el país no hay «ni revolución ni socialismo», implicando así que debe haberlos. No será suficiente una habilidad mediana, no bastará una astucia mediocre que se percata del disgusto de muchos venezolanos con la agresividad presidencial y por eso habla de respeto y de armonía. La cosa es que la situación política venezolana tendrá que ser superada con algo que no sea una mera equidistancia teórica, que es lo que Falcón y el PPT—organización de la que se ha convertido en portaestandarte—ofrecen hasta ahora. Es obvio, y no sólo recientemente, que con el «pasado fracasado» o el «presente desfasado» no se puede hacer dulce de lechosa. LEA
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Se me ha pedido expresamente que no trate así a la disidencia del chavismo, especialmente a Falcón y al PPT. Que no es el momento de oponer un «prontuario» de chavismo a quienes abandonan sus filas, y que no debo señalar que han sido, al menos, ciegos—cuando no cómplices—para darse cuenta tan tarde de la malignidad del régimen imperante en Venezuela, al que longevamente acompañaron y apoyaron. Se me ha dicho que José Albornoz «no es el enemigo». Admito ser más bien bruto para entender tal caracterización. Como mi análisis no transcurre dentro del paradigma que entiende a la Política como lucha o combate, sino como solución de los problemas públicos, una admonición de esa clase no me hace sentido. No pienso en enemigos, pienso en remedios. Vale.
El discreto encanto de la burguesía fue un título escogido tan al azar como lo fue Un perro andaluz (1928). «Realmente no habíamos pensado en la burguesía hasta que, la última noche del rodaje, decidimos encontrar un título. Se me había ocurrido «El encanto de la burguesía» pero Carrière me hizo notar que faltaba un adjetivo, y entre mil de ellos fue elegido «discreto». Nos parecía que, con este título, la película adquiría otra forma y casi otro fondo. Se la miraba de forma distinta». El evidente tono de comedia de la cinta provocó que más de un crítico la considerara como «una sátira feroz de la burguesía». A Buñuel le disgustaban estas apreciaciones. «No es una sátira y mucho menos feroz. Creo que es la película que he hecho con un espíritu de humor amable».
(Aunque El discreto encanto de la burguesía es una cinta de producción francesa, el sitio web citado se la apropia como cine mexicano porque Buñuel, opuesto al régimen de Francisco Franco, adoptó la nacionalidad de México).
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El presidente Chávez habita un espacio de significados del siglo XIX, significados marxistas en gran medida obsoletos; a su «socialismo del siglo XXI» hay que restarle doscientos años. Es ahora quizás la más frecuente expresión de su discurso, relativamente nueva en él, el término «burguesía», que emplea en tono peyorativo y condenatorio. Es ahora para él vehículo insignia de la «burguesía venezolana» el conjunto de las Empresas Polar, al que somete a un acoso permanente. «Si la Polar sigue acaparando… iremos entonces por la Polar. ¿Es la cerveza una necesidad nacional? Yo cerraría esa empresa, eso es para mantener a los pobres dominados y explotados (…) ¿Cerveza pa’ qué? Para sacar más barriga y colesterol (…) Ah, que salen unos trabajadores a defender la Polar, pobres de ellos. Están defendiendo la burguesía, eso da tristeza. La clase obrera debe estar alineada con el pueblo, no con la burguesía”.
La palabra burguesía proviene de burgo, que viene de origen latino. DRAE: burgo. (Del b. lat. burgus, y este del germ. *bŭrgs). 1. m. p. us. En la Edad Media, fortaleza construida por los nobles feudales para vigilar los territorios de su jurisdicción, donde se asentaban grupos de comerciantes, artesanos, etc. 2. m. p. us. Aldea o población muy pequeña, dependiente de otra principal. burgo podrido. 1. m. Circunscripción electoral dominada habitualmente por caciques políticos.
Los burgueses fueron, entonces, actores económicos que no dependían económicamente de un señor feudal, aunque políticamente dependieran de él para su defensa. Los señores feudales, totalmente rurales, vivían del producto de la agricultura que practicaban en sus tierras los siervos de la gleba (tierra, especialmente la cultivada),éstos sí dependientes en todo del señor. Poco a poco, la vida urbana fue más dinámica que la rural, y de la actividad de los artesanos y comerciantes, reunidos en gremios, emergió un grupo social del que surgieron las primeras industrias—eran gente de trabajo—que se expandieron luego con los adelantos tecnológicos de la Revolución Industrial.
Carlos Marx vivió enteramente (1818-1883) en el siglo XIX, cuando las empresas industriales ejercían sobre sus trabajadores un control ventajista comparable al de los señores feudales sobre los siervos de su gleba. Nueve años antes de que escribiera el Manifiesto Comunista (1848) a dúo con Federico Engels, la novela Oliver Twist de Charles Dickens ya hacía una aguda crítica de la pobreza urbana. Aquella fase del capitalismo temprano era espantosa y fue, por supuesto, enteramente superada, mediante legislación social y la práctica misma de los empresarios, que no tardaron mucho tiempo en adquirir conciencia social. (En 1990, la American Management Association pidió a Federal Express que explicara el secreto de su éxito, merecedor de numerosos premios de «calidad total». En la primera página del folleto que la AMA publicara, FEDEX explicó su filosofía gerencial: el accionista obtendrá ganancias cuando los clientes estén satisfechos, y éstos lo estarán cuando los empleados estén satisfechos; por ende, la médula del negocio de FEDEX consiste en mantener a sus empleados satisfechos).
Pero, para la época de Marx, esta nueva conciencia social del empresario no existía. En el Manifiesto Comunista escribió:
Vemos entonces que los medios de producción e intercambio, sobre cuyas fundaciones la burguesía se construyó a sí misma, fueron generados en la sociedad feudal. En una cierta etapa del desarrollo de estos medios de producción e intercambio, las condiciones bajo las que la sociedad feudal producía e intercambiaba… las relaciones feudales de la propiedad, ya no fueron más compatibles con las entonces desarrolladas fuerzas productivas; se transformaron en grilletes. Tenían que ser hechas pedazos; fueron hechas pedazos. En su lugar entró la libre competencia, acompañada por una constitución social y política adaptada a ella, y la influencia económica y política de la clase burguesa. Un movimiento similar se despliega ante nuestros ojos… Las fuerzas productivas a disposición de la sociedad ya no tienden a favorecer el desarrollo de las condiciones de la propiedad burguesa; por lo contrario, se han hecho demasiado poderosas para estas condiciones que las maniatan y, tan pronto como superen esos grilletes, traerán orden al conjunto de la sociedad burguesa, poniendo en peligro la existencia de la propiedad burguesa.
Como vemos, Marx ya usaba extensamente a sus treinta años de edad un nuevo concepto de burguesía: la clase social dueña de los medios de producción. La mayor parte del tiempo, Marx no empleaba el término peyorativamente. De hecho, reconocía las virtudes burguesas, aunque criticara a los burgueses por su «hipocresía moral». Pero Marx no llegó a ver la instauración de algún gobierno socialista sobre las líneas que él mismo postulara. No llegó a ver, por tanto, la emergencia de una «burguesía estatal», una nueva clase privilegiada típica del «socialismo real», como la tristemente famosa nomenklatura del estalinismo.
Tampoco llegó a vivir hasta 1930, cuando se iniciara un vasto proceso de aburguesamiento de las clases obreras, en la dinámica del progreso social. («Aburguesamiento es el proceso de migración de individuos hacia la burguesía como resultado de su propio esfuerzo o la acción colectiva, tal como la emprendida por los sindicatos en los EEUU y otras partes entre los años 30 y 60, que estableció un estatus de clase media para los trabajadores de las fábricas y otros que por sus empleos no hubieran sido considerados de clase media, permitiendo que un número creciente de los que pudieran tradicionalmente ser clasificados como clase trabajadora asumiera el estilo de vida y los valores individualistas de las llamadas clases medias y así rechazara el compromiso con metas sociales y económicas colectivas. El proceso opuesto es la proletarización». Wikipedia).
Y cuando Marx hacía la crítica a la «hipocresía moral» de la burguesía, por supuesto, incurría en una distorsión de la realidad que implicaba una «superioridad moral» inexistente en el proletariado. El producto moral mediocre o malo es observable en cualquiera de los estratos sociales, en cualquier sistema político-económico. En particular, es fácilmente observable en los sistemas socialistas, donde a la medianía moral de la humanidad en su conjunto, se añade el abuso que proviene de la ventaja de un poder político absoluto. Los sistemas socialistas, impedidos esencialmente de alterar el comportamiento característico del género humano, generan todos una nueva burguesía más odiosa, la «nueva clase» que describiera tan exactamente Milovan Djilas.
El «sistema» chavista ha generado, precisamente, esa nueva clase, esa nueva burguesía que no bebe cerveza, sino güisqui de 18 años de añejamiento, coloca abundantes dólares en cuentas del exterior, adquiere o construye lujosas viviendas y conduce costosas camionetas como la que birlaron a un incompetente chofer de Evo Morales, una que Hugo Chávez le había regalado. El estilo de vida de Hugo Chávez es, verdaderamente, de alta burguesía, como lo es el de Fidel Castro, que fumaba finísimos habanos Cohíbas y no aceptaría que Chávez le regalara una caja de nuestros modestos Guácharos. De estar vivo Carlos Marx, de haber visto el estalinismo y el castrismo y el chavismo criticaría—era un tipo serio—la hipocresía moral de cada uno de esos regímenes.
Es una hipocresía con ínfulas moralistas, con pretensiones de poder indicar a cada ciudadano individual cuál debe ser su conducta privada, cuáles deben ser sus hábitos de consumo, cómo debe bañarse—a oscuras—, cómo debe vivir, cuáles deben ser sus opiniones. Es una hipocresía porque es la burguesía execrada, precisamente, la gente que ha dado al mundo sus medios de progreso material; por poner un solo caso, el Twitter que ahora entusiasma (hasta que se le agote el capricho) al Presidente de la República. Éste no desprecia, para su uso personal, ninguna tecnología de la más moderna; no usa tecnología indígena, no vuela en aviones fabricados en Corea del Norte, sino en un Airbus fabricado por burgueses, no se pone en la muñeca un reloj cubano. Hugo Chávez es un perfecto burgués, y su hipócrita e injusta condena de la burguesía es una mera coartada para ejercer grosera y abusivamente el poder.
Las nomenklaturas de los regímenes socialistas son una burguesía de Estado, que ha sustituido el capitalismo privado por un capitalismo estatal. En este país es constatación cotidiana que las condiciones laborales de los trabajadores de las empresas del Estado, en la época de Chávez, son bastante peores que las prevalecientes en la empresa privada, y que sus sanas aspiraciones de progreso son impedidas con amenazas e insultos. Así trata Chávez a lo que él llama pueblo, un concepto que en su óptica es altamente inexacto: la burguesía es también pueblo, y lo es de manera muy legítima.
«Un sector de la población tiene la expectativa de que la dirigencia le hable de igualdad, ética, productividad, respeto y diálogo”. Esto dijo a Hernán Lugo-Galicia, periodista de El Nacional, el abogado Henri Falcón en entrevista publicada el 2 de este mes de mayo.
Pues bien, si uno pone a Google a buscar «Hugo Chávez» + «igualdad», obtiene alrededor de 216.000 resultados; ese nombre junto con «ética» rinde 495.000 resultados. Si «ética» se cambia a «productividad», la búsqueda reporta sólo 87.600 resultados; si en lugar de este último término se pone «respeto», la cuenta sube a 636.000 páginas encontradas; si, por último, la conjunción se hace de Hugo Chávez con «diálogo», entonces Google halla 642.000 páginas en la Internet.
No todas las páginas identificadas por el poderoso buscador establecen asociaciones positivas entre los términos; por ejemplo, Google encuentra una página en la que se pregunta: «¿Es ético ante sus ciudadanos, que Hugo Chávez aporte miles de millones a otros países?» Pero, en general, la mayoría de las menciones tiene que ver con declaraciones, discursos, cadenas, artículos o tweets del locuaz presidente hablando de esas cosas. Chávez habla mucho de igualdad, ética—“Moral y ética son factores fundamentales de una Revolución», «La votación del referendo constitucional ayer en Venezuela demostró la ética de la Revolución bolivariana»—, respeto y diálogo («Hugo Chávezinsiste en que necesita tener diálogo personal con Marulanda», «Chávez dispuesto a diálogo con Uribe», «El presidente de Venezuela, Hugo Chávez, reiteró este domingo su disposición de buscar el diálogo con el próximo Gobierno de Colombia»).
Por Google: «Julio Borges» + «diálogo» = 25.200 resultados; «Manuel Rosales» + «igualdad» = 14.400 páginas («Destacó [Manuel Rosales] que ante la autocracia, esta agrupación política construye una democracia social para todos, con todos y de todos, donde se imponga el pluralismo y la igualdad»); «Teodoro Petkoff» + «respeto» = 46.900 menciones; «Henri Falcón» + «productividad» = 7.270 hallazgos; «Henry Ramos Allup» + «ética» = 1.140 resultados.
Se habla mucho en el país—unos más, otros menos—de «igualdad, ética, productividad, respeto y diálogo”. Uno no ve por qué «un sector de la población tiene la expectativa de que la dirigencia le hable» todavía más de estas cosas.
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La población venezolana no quiere que se le hable; quiere que se le muestre. A ella se le ha hablado ya bastante. Lo que los venezolanos queremos es ver conductas, no escuchar palabras. Los políticos venezolanos, como los de cualquier parte del mundo, han hablado en exceso desde que se inauguró la República, y ahora el Presidente de la República no sabe callar.
Es acción y no palabra lo que se requiere. El país no está mejor porque un partido diga democracia social en lugar de socialdemocracia, o el gobernador de Lara mencione un socialismo ético y productivo en vez del socialismo del siglo XXI. No hemos progresado un ápice desde que se dice protagónico, endógeno, vertical (como adjetivo de gallinero), participativa, pentapolar o revolución.
De la trayectoria conocida de Henri Falcón puede decirse sin temer al error que es persona de diálogo y respeto. Es hombre que dialoga, sin duda, y su trato público es habitualmente respetuoso. Así lo saben los larenses, partidarios u opositores de sus acciones políticas.
Lo de productividad e igualdad no puede atribuírsele personalmente, puesto que ellas son propiedades de las cosas. (DRAE: igualdad.1. f. Conformidad de algo con otra cosa en naturaleza, forma, calidad o cantidad. productividad.1. f. Cualidad de productivo). Si acaso, pudiera medirse cuán eficazmente procura que todos seamos iguales o resultemos bastante productivos.
Lo de ética ya es más peliagudo. Es muy poco probable que alguien pueda juzgar con autoridad la ética de otra persona, a pesar de que alegremente sea precisamente eso una práctica común de los políticos convencionales, que se la pasan acusando a sus enemigos de falta de esa cualidad. No tengo la más mínima base para sugerir siquiera que la personalidad de Henri Falcón sea en su conjunto carente de ética; es más: presumo justamente lo contrario.
Pero sí encuentro poco ético que busque posicionarse como el representante de una mayoría no alineada, que «rechaza los extremos radicales de la oposición y del Gobierno» (entrevista a Lugo-Galicia), como líder de una avenida nueva. («¿Llamarlo jefe de los ni-ni sería un mote correcto?», le preguntó Ernesto Campo, e insistió Falcón: «Hay una mayoría de venezolanos que rechaza los extremos y está pidiendo a gritos diálogo, entendimiento, productividad. Está pidiendo respeto. Sobre la base de esa mayoría se puede lograr la construcción de una opción que le hable al país en esos términos»). Otra vez hablar, otra vez lo mismo.
No es ético después de que apoyara a Hugo Chávez durante once años, e hiciera abundante usufructo político de su asociación con él. (“Recibo este triunfo con mucha humildad y sólo pido que me dejen trabajar de la mano del Presidente de la República, Hugo Chávez Frías”. Henri Falcón, 24 de noviembre de 2008). A mí me suena eso a oportunismo. (DRAE: oportunismo.1. m. Actitud o conducta sociopolítica, económica, etc., que prescinde en cierta medida de los principios fundamentales, tomando en cuenta las circunstancias de tiempo y lugar. U. t. en sent. peyor. 2. m. Actitud que consiste en aprovechar al máximo las circunstancias para obtener el mayor beneficio posible, sin tener en cuenta principios ni convicciones).
Y Henri Falcón sí parece ser hombre de circunstancias. Cuando Hernán Lugo-Galicia le preguntó si no era verdad que un gobernante sectario (en alusión a Hugo Chávez) es peligroso para la democracia, lo primero que vino a la boca de Henri Falcón fue esta respuesta: «Eso depende del momento y sus circunstancias». Ahora cree que éste es su momento. LEA
All animals are equal, but some animals are more equal than others.
George Orwell
El día 3 de mayo apareció en este blog el artículo Ford Falcón modelo PPT, y en él se hizo la siguiente promesa: “Este blog promete y anuncia que dedicará, próximamente, todo un artículo a desmontar y discutir esta última enumeración”. La enumeración aludida se encuentra en respuesta de Henri Falcón a pregunta de Hernán Lugo-Galicia, en la entrevista que éste le hiciera y saliera publicada en El Nacional del día anterior, domingo 2 de mayo. Lugo-Galicia pregunta: “¿Y en lo electoral no es así: blanco y negro?” A esto responde Falcón: “Si se revisan [sic] los estudios de opinión, la mayoría rechaza los extremos radicales de la oposición y del Gobierno. Un sector de la población tiene la expectativa de que la dirigencia le hable de igualdad, ética, productividad, respeto y diálogo”. En verdad, para no hacer un texto demasiado largo, necesitaré una serie de artículos para el análisis completo de esta declaración. Luego de la siguiente observación de corte general, este artículo de hoy se contraerá al tema de la igualdad.
Un primero y muy importante nivel de análisis permite comprender que un buen político, a pesar de que sea probable que sólo un sector de la población sea receptivo a su discurso, debe dirigirlo a todo el cuerpo social, pues su responsabilidad es para con la sociedad entera. Al sugerir Falcón que hablaría a “un sector de la población”, mayoritario y distinto de “los extremos radicales de la oposición y del gobierno”, se muestra dispuesto a la exclusión de estos últimos, más o menos la mitad de la población en tiempos no electorales, más de ella cuando vienen elecciones.
Pero vayamos ahora a la enumeración misma. Falcón asegura que “un sector de la población” espera que los dirigentes políticos “le hablen de igualdad”. Una primera pregunta que surge es quiénes no quieren que se les hable de eso. Se me pone que éstos serían poquísimos. Ya en febrero de 1985 (hace 25 años) escribía el suscrito:
Tal vez el mito político más generalizado y penetrante sea el mito de la igualdad. Hay diferencia entre las versiones, pero en general ese mito es compartido por las cuatro principales ideologías del espectro político de la época industrial: el marxismo ortodoxo, la socialdemocracia, el social-cristianismo y el liberalismo. Sea que se postule como una condición originaria—como en el liberalismo—o que se vislumbre como utopía final—como en el marxismo—la igualdad del grupo humano es postulada como descripción básica en las ideologías de los distintos actores políticos tradicionales. El estado actual de los hombres no es ése, por supuesto, como jamás lo ha sido y nunca lo será. Tal condición de desigualdad se reconoce, pero se supone que minimizando al Estado es posible aproximarse a un mítico estado original del hombre, o, por lo contrario, se supone que la absolutización del poder del Estado como paso necesario a la construcción de la utopía igualitaria, hará posible llegar a la igualdad. (…) La realidad social no es así. Tómese, para el caso, la distinción entre “honestos” y “corruptos” que parece tan crucial a la actual problemática de corrupción administrativa. Si se piensa en la distribución real de la “honestidad”—o, menos abstractamente, en la conducta promedio de los hombres referida a un eje que va de la deshonestidad máxima a la honestidad máxima—es fácil constatar que no se trata de que existan dos grupos nítidamente distinguibles. Toda sociedad lo suficientemente grande tiende a ostentar una distribución que la ciencia estadística conoce como distribución normal de lo que se llama corrientemente “las cualidades morales”: en esa sociedad habrá, naturalmente, pocos héroes y pocos santos, como habrá también pocos felones, y en medio de esos extremos la gran masa de personas cuya conducta se aleja tanto de la heroicidad como de la felonía. Si no se entiende las cosas de ese modo la política pública se diseña entonces para un objeto social inexistente. (…) Es necesario entonces que esa óptica dicotómica e igualitarista sea suplantada por un punto de vista que reconoce lo que es una distribución normal de los grupos humanos.
Apartando esta refutación general de las prédicas o pretensiones igualitaristas, no es verdad que una proporción muy significativa de nuestra población está a la espera de que “la dirigencia” le hable de igualdad, puesto que esto es tema trillado hasta el cansancio por Hugo Chávez desde hace rato. Por ejemplo, la agencia AFP lo citaba el 4 de mayo de 2005: “La verdadera democracia es imposible con el capitalismo, porque son unos pocos poderosos sobre las mayorías débiles… Donde la mayoría es explotada, esa no es democracia, que la llamen democracia es una cosa, pero no es democracia. La ruta es el socialismo, la democracia verdadera, la igualdad. No puede ser democrático un sistema que privilegia a una minoría y mantiene en la pobreza a la mayoría. Por el contrario, el socialismo es democrático porque procura el acceso de todos a la alimentación, la salud, la educación, la vivienda y el trabajo”.
Todavía no había desechado a Heinz Dieterich, entonces su mentor intelectual favorito. Éste decía en una entrevista concedida a Luis Juberías Gutiérrez (AVANT) el 7 de abril de 2004: “El ideal de justicia de que todos tengan la misma gratificación por el mismo esfuerzo laboral, a mi juicio, sólo se consigue en el comunismo. Para que esto suceda no es suficiente la voluntad, sino que se exigen unas condiciones objetivas. Para que cada uno pueda aportar lo mismo con igual esfuerzo, necesitas niveles semejantes de alimentación, educación, participación, etc., es un proceso de voluntad política y de condiciones prácticas que te hacen una sociedad homogénea en cuanto a realizar y aportar más o menos lo mismo».
Pero es que hasta la Declaración de Independencia de la más grande entre las potencias capitalistas, sin ir muy lejos, declara justo al comienzo: “Sostenemos que estas verdades son evidentes por sí mismas: que todos los hombres son creados iguales…” Es decir, una igualdad original, y eso que los Estados Unidos no son socialistas, ni siquiera de la variedad “productiva” de Henri Falcón. Seríamos, según los gringos fundadores, iguales al nacer lo que, muy obviamente, es falso. En verdad, lo que los padres de los Estados Unidos querían decir es que todos los hombres debían ser iguales ante la ley, cosa que nunca fue así, sobre todo en las peores épocas de su discriminación racial, y aquí menos, según puede explicar abundantemente la jueza María Lourdes Afiuni.
Chávez, en cambio, sabe que los hombres no son creados iguales, pero quiere convertirlos en eso, en hombres iguales, en hombres de Dieterich, en hormigas idénticas y programables.
Ni la idea marxista de la igualdad final del socialismo ejemplificado en Chávez es posible ni jamás ha sido que los hombres nazcan iguales, ni jamás lo será. Gracias a Dios, porque no sería lo más conveniente. Ambos, el liberalismo capitalista, de un lado, y el socialismo indigenista de Chávez del otro, son formas de sostener la noción de que el estado ideal de la sociedad humana es aquél en el que todos los hombres son iguales. Esta formulación se cuela, asimismo, en frases tales como la de “desigualdad en la distribución de las riquezas”, empleadas con frecuencia por gente nada socialista, quienes a lo mejor no quieren implicar que la renta debiera, en principio, distribuirse igualitariamente. Una sociedad “sana”—esto es, la mejor sociedad posible—es una en la que la distribución de la riqueza aproxima la distribución de cualidades morales de una sociedad expresadas en la práctica y, como vimos, esta última es una distribución estadística gaussiana, nunca una distribución igualitaria.
En síntesis, ni la igualdad puede ser criterio político práctico o justo, ni tampoco es que nunca se ha hablado de ella en Venezuela, razón por la que habría ansias de oír de aquélla en “un sector de la población”. Si lo que Falcón quiso decir es que el tratamiento del gobierno a los ciudadanos no es igualitario, puesto que discrimina cruelmente entre partidarios y opositores, entonces tendría razón. Pero no dijo esto, pues parece experimentar dificultad para criticar a un gobierno del que estuvo pegado once años. Es preciso hablar claro; si no se hace así, quien hable un lenguaje ambiguo y timorato debe esperar que se le entienda mal. LEA
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