por Luis Enrique Alcalá | May 22, 2008 | Cartas, Política |

“Este libro nació de un texto de Borges…”, decía Michel Foucault en la introducción de su obra cumbre—Las palabras y las cosas—y este texto nació del “Día a Día” del 20 de mayo en el diario Tal Cual, que como siempre lleva la firma de Simón Boccanegra, seudónimo de Teodoro Petkoff, su Director. Si, siguiendo la costumbre de quienes bautizan sus “movimientos” con fechas que pretenden usurpar, ese fragmento de Boccanegra se convirtiere en manifiesto, quien suscribe no vacilaría en firmar al pie.
La nota dice: “Este minicronista oyó ayer a Miguel Henrique Otero explicando en TV los alcances y propósitos del grupo del cual es vocero, el 2D. Según el director de El Nacional, en vista de que los partidos políticos sólo se ocupan del tema electoral y no le paran bola a los ‘verdaderos problemas’ que está viviendo el país, el 2D se ocupará de ello. Es decir, nos hará saber que tenemos un lío con Colombia, que nadie había notado, probablemente; que la inflación va por 30%, cosa que seguramente tampoco nadie sabía, etc., etc. Muy loable, desde luego, ese esfuerzo. Pero a este minicronista le llama la atención que para llevarlo adelante tenga MHO que darle, de refilón, un tequichazo a los partidos. Por una parte, es falso de toda falsedad que los partidos políticos no se ocupen de los problemas del país. En el propio diario de MHO pueden leerse numerosas declaraciones de dirigentes políticos ocupándose precisamente de los problemas a los que aquél se refiere. Por otra parte, uno que es bruto, se pregunta si trabajar para derrotar al gobierno electoralmente, en noviembre, no es la manera más directa y eficiente de ocuparse, precisamente, de los problemas del país. ¿El propio nombre que se ha dado el grupo, 2D, no es, acaso, la mejor demostración de la eficacia de una estrategia democrática y electoral? ¿O es que la contienda por las elecciones de gobernadores y alcaldes es un juego floral, una diversión para eludir los ‘verdaderos problemas’—que sólo desvelarían, al parecer, a los integrantes del 2D? A este minicronista le gustaría saber, junto a mucha otra gente, si, además del esfuerzo—que se le agradece al 2D—de informarnos del mal que estamos muriendo, tienen alguna alternativa que ofrecernos. Porque si preparar una campaña electoral es soslayar los ‘verdaderos problemas’, ¿cuál sería la verdadera manera de hacerles frente?”
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De tan certero disparo se ocupó el mismo día el geólogo petrolero, Gustavo Coronel, antiguo activista de la “sociedad civil” venezolana, ex director de PDVSA, quien desde hace años procura dirigir la oposición local desde su residencia en los Estados Unidos. Así escribió en su ecléctico blog castrense (http://www.lasarmasdecoronel.blogspot.com/): “En Tal Cual, edición de hoy martes 20 de mayo, el cronista Simón Boccanegra publica un corto comentario titulado ‘Preguntas Ingenuas al 2D’, en relación a los propósitos del nuevo grupo de opinión política llamado grupo 2D. A pesar del tono crítico de la nota creo que, por primera vez, se vislumbra la posibilidad de un diálogo serio entre la oposición. Creo que el grupo 2D debe aprovechar la nota de Petkoff para establecer ese diálogo”.
También dice: “Petkoff hace algunas preguntas al Grupo 2D, las cuales, aun formuladas en tono de queja, son pertinentes y pueden y deben ser respondidas de buen talante por el Grupo 2D”. Más adelante compensará eclécticamente, no vaya a ser que se le presuma “teodorista”: “Petkoff está en lo cierto al afirmar que las elecciones son una excelente herramienta de cambio político y el grupo 2D tiene razón al afirmar que la ansiedad mostrada por los partidos de oposición por lograr posiciones burocráticas para sus propios grupos o líderes, no es lo que más le conviene al país en estos momentos”.
Y añade esto: “Lo que el país requiere ya es suficientemente sabido y estoy seguro de que Petkoff mismo debe tener sus ideas bastante claras en ese sentido. Pero, es que ¡la ausencia de Chávez es ya una alternativa a seguir teniendo a Chávez! Nunca he podido comprender el argumento de distinguidos miembros de la oposición, ése de que Venezuela no tiene alternativas a Chávez y, que por ende, tenemos que aguantarlo resignadamente hasta el 2012 (o más allá)”.
Y también: “La estrategia electoral es importante pero no es la única. Allí hay una diferencia de fondo entre el Grupo 2D y líderes como Petkoff, Borges y Rosales, para quienes la vía electoral parece ser la única y quienes parecen haberse convencido de que es necesario calarse a Chávez por cinco años más, a fin de derrotarlo electoralmente en el 2012”.
El artículo de Coronel aboga, finalmente, por la celebración de un “Congreso por la Democracia, en Venezuela, con la participación de dos o tres invitados extranjeros de estatura internacional, a lo Clavel [Havel, se supone], Cardozo [Cardoso, se presume] u otros líderes democráticos del mundo, un Congreso donde la oposición se ponga de acuerdo en torno a estrategias electorales y programas de transición post-Chávez que sean breves, claros y sencillos”. Es decir, todo un evento de primera, con tarjetas de identificación en la solapa y todo.
Toda la pieza está profusamente ilustrada, con una secuencia de ocho fotografías. La que abre la serie y está más destacada es una de Jon Goikoetxea, en la que se le muestra micrófono de megáfono—¿contradictio in terminis?—en mano dirigiéndose a un grupo de estudiantes. No se le nombra en el artículo, pero se le concede el sitio de honor, luego de que recibiera el Premio Milton Friedman (líder de la “Escuela Monetarista de Chicago”, inspiradora de las economías de Ronald Reagan y Augusto Pinochet) de la Libertad. (Concedido por el Instituto Catón, un think tank de definición “libertaria”, es decir, derechista, que “busca ampliar los parámetros del debate de la política pública para permitir la consideración de los principios estadounidenses tradicionales del gobierno limitado, la libertad individual, los mercados libres y la paz”. Esto último, por cierto, no pareciera ser un “principio tradicional de gobierno” de los Estados Unidos, que sin contar una que otra invasioncilla menor se ha comprometido en al menos cuarenta y ocho guerras con posterioridad a su independencia. Una cuenta distinta puede verificarse en la incómoda Wikipedia—List of United States military history events—, que enumera más de doscientos cincuenta “principales despliegues extraterritoriales y domésticos”—guerras como la Segunda Mundial, la de Corea, la de Vietnam, la de Irak, etcétera cuentan cada una como una sola intervención—, sin contar setenta contra sus pieles rojas y la advertencia siguiente: “Además de las operaciones enumeradas arriba, los Estados Unidos tienen una muy activa política exterior que emplea diversos métodos para influir los eventos en otros países. Estos métodos incluyen: venta de armas, asesoría militar y adiestramiento, préstamos internacionales, sanciones económicas, ayuda al desarrollo, transmisiones radiales al exterior, donaciones a organizaciones no gubernamentales, apoyo a grupos separatistas y apoyo de medios de prensa antigubernamentales”). ¿Habrá sido ya coaptado por la derecha estadounidense el prometedor Goikoetxea?
Debajo de Goikoetxea sigue la foto—una de las más pequeñas—de Teodoro Petkoff, y por debajo de ésta las de Miguel Henrique Otero (“Movimiento 2D”), Antonio Ledezma, Oswaldo Álvarez Paz (“Movimiento 4D”), Marcel Granier (“Movimiento 4D”), Oscar García Mendoza (“Movimiento 4D”), Leopoldo López y, para cerrar, la de Manuel Rosales. Implicación: éstos son, para Coronel, los líderes venezolanos más importantes del momento, quienes debieran “dialogar”.
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La pieza de Coronel puede ser comentada a muchos niveles. Podría empezarse con el análisis de la última de sus oraciones citadas: “… un Congreso donde la oposición se ponga de acuerdo en torno a estrategias electorales y programas de transición post-Chávez que sean breves, claros y sencillos”. Primero que nada, una vez más la acción política relevante queda definida, para opinadores como Coronel, como “oposición” a Chávez. Si Chávez no existiera, ¿cuál sería entonces la esencia de esa acción? (Como el “postmodernismo”, que sólo atina a definirse en relación con el “modernismo” que lo precede). Luego, es sospechosa la cantidad de adjetivos—de transición post-Chávez, breves, claros, sencillos—para calificar a una sola noción sustantiva: programas. Claro, Coronel ha explicado antes que “[l]o que el país requiere ya es suficientemente sabido”, y por esto se abstiene de especificarlo, aunque luego propugne que sobre tal cosa hay que ponerse “de acuerdo”.
Después está su iluminadora declaración de que “la ausencia de Chávez es ya una alternativa a seguir teniendo a Chávez”. (La presencia de Coronel no es lo mismo que su ausencia). Adelanta tan profundo descubrimiento para postular su incomprensión del “argumento de distinguidos miembros de la oposición, ése de que Venezuela no tiene alternativas a Chávez y, que por ende, tenemos que aguantarlo resignadamente hasta el 2012 (o más allá)”. Ésta es una caracterización falaz. Lo que algunos distinguidos miembros “de la oposición” y otros observadores que no se definirían así—de los llamados “Ni-ni”, por ejemplo—han señalado es que no hay en el panorama político venezolano una oferta alterna de proporciones equivalentes a la chavista que, obsoleta y maligna como es, todavía no tiene competidores. (Por lo menos no hay ninguna que haya concitado igual grado de apoyo. ¿O es que acaso “Un sueño para Venezuela”, de Gerver Torres, después de años de patrocinio bancario y largo recorrido por el país, ha levantado una poblada?) Y este dato de nuestra terca realidad no es un axioma del que se desprenda, como teorema ineludible, que hay que calarse a Chávez hasta el 2012 (o más allá). Se trata de dos juicios independientes.
Ya que estamos en esto, puede apuntarse que ciertamente la elección que previsiblemente proveería un sucesor de Chávez ocurriría en 2012, pero en 2010 vuelve a presentarse la posibilidad constitucional de revocar su mandato. Esto no parece ser suficientemente rápido para Coronel—ni para el “movimiento” 2D—y por tanto lo que promueven, sin decirlo, no es un expediente constitucional. Repitamos una cláusula esclarecedora de Coronel: “La estrategia electoral es importante pero no es la única. Allí hay una diferencia de fondo entre el Grupo 2D y líderes como Petkoff, Borges y Rosales, para quienes la vía electoral parece ser la única y quienes parecen haberse convencido de que es necesario calarse a Chávez por cinco años más, a fin de derrotarlo electoralmente en el 2012”. No, la estrategia electoral no es la única, pero ninguna otra aceptable puede contradecirla.
Ha costado mucho haber obtenido los resultados, precisamente electorales, del pasado 2 de diciembre, fecha que ahora se apropia un grupo que procura desacreditar a quienes—Petkoff, Borges y Rosales—con el mayor acierto siempre pusieron fe en el camino electoral, incluso luego de la insensatez del insurreccional paro petrolero, la necedad de los invasores militares en Altamira, el incompetente manejo “coordinado” del fallido intento revocatorio y, sobre todo, la estupidez criminal de la conspiración que tuvo por mascarón de proa a Pedro Carmona Estanga. Hasta el mismo premiado de Catón, Jon Goikoetxea, muy principalmente, insistió siempre en que había que ir a votar el 2 de diciembre de 2007.
Cuatro días más tarde de esa fecha, esta publicación quiso despejar una que otra cosa previa, antes de sugerir un “orden correcto” de las tareas políticas, fortalecido por el crucial logro de rechazar el proyecto de “reforma constitucional” del combo Chávez-Asamblea Nacional. Así ponía: “La primera es la de despejar las leyendas urbanas alimentadas desde los recalcitrantes radicales de oposición que a estas alturas, como dice Luis Alberto Machado, en vez de regocijarse con los resultados del domingo, y por mantener tercamente que tenían razón cuando obviamente carecían de ella, andan buscando el modo de amargarse la vida. (Como, por ejemplo, la necedad totalmente falsa que circula en correos anónimos alegremente distribuidos: ‘Baduel, Chávez, el CNE, el Alto Mando Militar y los factores del NO, negocian unos resultados que no fueran humillantes para Chávez y aparecen esos resultados cerrados’. Esta estúpida especie es de la misma calaña de las que sostenían que Gaviria se vendió en agosto de 2004, que Petkoff fue a reunirse con Fidel Castro de regreso de la toma de posesión de Bachelet en abril de 2006 y que Rosales se reunió en Fuerte Tiuna en diciembre de ese mismo año para negociar su rendición)”. Y luego recomendaba: “Hay, en cambio, un evento electoral inexorablemente pautado para 2008: las elecciones de nuevos gobernadores y alcaldes. Sólo un poco más de diez meses nos separan de esos comicios… La preparación de candidaturas para esa circunstancia ineludible debe comenzar ya”.
En efecto, hay una “diferencia de fondo entre el Grupo 2D y líderes como Petkoff, Borges y Rosales”, y es por ella que el “diálogo” que Coronel vislumbra entre ambos bandos es más bien ilusorio. Es quizás imposible.
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“Uno crea sus propios precursores”, dijo una vez Jorge Luis Borges, quien inspirara a Michel Foucault, para indicar que a veces uno arriba independientemente a un hallazgo ya encontrado antes por otros. Esto ha debido pasar a Antonio Sánchez García (“Movimiento 4D”), que escribe anteayer el artículo “¡Renuncie, Presidente!”, que encabeza de este modo: “Esa sería la exigencia que una oposición política seria, digna y honorable, a la altura de las circunstancias y responsable ante el pasado, el presente y el futuro de su patria, le hubiera planteado ya hace horas a quien, dirigiendo los destinos de un país decente, hubiera sido desenmascarado ante el mundo como un mandatario irresponsable de su alta investidura, coaligado con las narcoguerrillas de un país vecino y embarcado en la aventura de destruir sus bases morales, jurídicas y culturales”.
Once días antes, el viernes 9 de mayo, el suscrito fue entrevistado gentilmente por José Gregorio Graterol desde Unión Radio. El rumbo de la conversación llevó a que comentara que a principios de 2002, cuando comenzaba a generalizarse en el país la impresión de que una continuación de Chávez en el poder era nacionalmente inconveniente—mayoría civil destrozada por los conspiradores de abril—, los analistas revisaban un abanico de posibilidades: enmienda para recorte del período (Raffalli, Primero Justicia), nueva constituyente, referendo consultivo, “acta de abolición” (quien escribe) y hasta golpe de Estado puro y simple (Olavarría, en el artículo “Derecho de rebelión”). Pero más allá de la consigna inmediatista de las marchas de la época (“¡Chávez, vete ya!”) nunca fue seriamente considerada la petición masiva de la renuncia presidencial, seguramente porque, con alguna razón, se pensaba que Chávez había llegado al poder para aferrarse a él. Entonces dije a Graterol, luego de inventario breve de las más recientes arbitrariedades y delincuencias de Hugo Chávez, que bien pudiera hacerse necesario exigírsela.
Es poco probable que Sánchez García haya escuchado el programa de Graterol, así que estaría en la situación borgiana. Esto tranquiliza a quien escribe, pues usualmente está en desacuerdo con Sánchez García. Del propio artículo de éste se desprende que cree que Chávez haría caso omiso de una petición de renuncia (a la que habría que construirle una abrumadora mayoría para que fuese eficaz). Por esto es otra cosa a la que apunta cuando, también descargando su invectiva contra los dirigentes partidistas—“Ante el ominoso silencio de quienes debieran estar exigiendo su inmediata renuncia”—, cierra su argumento con las horrorizadas preguntas: “¿Habrá quienes honren lo que nuestra sociedad civil espera de ellos? ¿Habrá quienes asuman el peso de la historia y salven la Patria en peligro? ¿O esperaremos insensibles hasta alcanzar el último grado de la degradación moral?” Así concluye: “De la respuesta a estas sencillas interrogantes depende el futuro de la Patria”.
Sánchez García fue figura muy visible del “Movimiento 4D”, aquel grupo en el que destacaban dos de los retratados por Coronel, Oscar García Mendoza (patrocinante de “Un sueño para Venezuela”) y Marcel Granier. (De éste se guindó oportunamente Sánchez García, cuando a raíz del arrebatón contra RCTV dijera: “Venezuela ha perdido un canal, pero ha ganado un estadista”). Éste era otro “movimiento” inmediatista más—ya difunto—, que pretendía que el silencio de la abstención de 75% en las elecciones para Asamblea Nacional en 2005 equivalía a catorce “mandatos” específicos “del Pueblo a la Nación” que jamás fueron pronunciados.
Ahora ha sido sucedido por otro “movimiento” (rebajado de 4D a 2D) con parecido propósito. El más notorio líder (su presidente de facto) de la nueva agrupación, a la que no se puede augurar destino mejor que el de la precedente, es Miguel Henrique Otero, editor y codueño del diario El Nacional. Es el mismo periódico que apoyó a Hugo Chávez en 1998 y al comienzo de su gobierno, cuando uno de sus antiguos directores, el desaparecido Alfredo Peña (trasladado de prisa a Venevisión la última vez que Caldera ganó una elección), fungía como Ministro de la Secretaría de la Presidencia de Chávez, y cuando quien entonces era la esposa de Otero, Carmen Ramia, aún dirigía la Oficina Central de Información.
Otero dice no tener nada en contra de los partidos de oposición o las elecciones regionales, aunque advierte: «Pero para llegar al proceso del 23 de noviembre, primero se deben (sic) atender las irregularidades en el área militar y educativa, por ejemplo”. De lo educativo se está ocupando un gentío; ¿será que Otero (o su “movimiento”) se ocupa de “las irregularidades en el área militar”?
Lo que nos lleva a mencionar al más nuevo entre los mártires castrenses, el general Francisco Usón, otro notorio líder del “Movimiento 4D”. (También muy cómodo en la primera parte del gobierno de Chávez, al punto de que fuera su Ministro de Finanzas en 2001 y hasta 2002, hasta cuatro años después de iniciado el estropicio). Usón ha dicho en Globovisión que el “Movimiento 4D” “representa a todos los venezolanos que, en un momento dado, estamos preocupados por la situación del país”. Ha debido preocuparse él antes, desde 1999 al menos, por un lado; por el otro, el “Movimiento 4D” representa, si acaso, a los opositores más talibánicos y atrabiliarios de Hugo Chávez, que nunca han tenido sentido político y que, en más de una ocasión, fueron sus promotores de antaño.
El 28 de febrero de este año, la Carta Semanal #276 de doctorpolítico advertía: “…no es en absoluto despreciable la probabilidad de que este quinquenio no culmine. Muchos factores, en convergencia no necesariamente planeada, pueden suscitar un desenlace distinto: la interrupción del mandato de Chávez antes de que llegue a su término constitucional”. Pero también señalaba: “Suceder a Hugo Chávez en la Presidencia de la República es, sin duda, un asunto enormemente complejo… como dice el adagio político norteamericano, you can’t fight somebody with nobody. Si se ve la cosa desde el punto de vista de la oposición a Chávez, la ausencia de una figura nacional clara, con suficiente arraigo, es la más evidente carencia política”. Y más adelante: “Lo más probable es que el régimen de Chávez pueda superar este año de 2008, especialmente porque la población querrá esperar la consulta electoral de noviembre, que será un indicador muy significativo del apoyo que haya podido conservar. Todavía pudiera sobrevivir a 2009. La mera inercia de un ente tan enorme como el gobierno hará que su caída no sea excesivamente rápida, como debe comenzar a frenarse un supertanquero unas buenas decenas de kilómetros antes de llegar a Rotterdam, so pena de encallar en medio de la ciudad. El éxito de un referéndum revocatorio será más seguro en la medida en que se haya hecho universalmente insoportable el gobierno de Chávez, y para esto deberá invertirse lo que queda de este año y el siguiente. Así como Chávez tuvo la paciencia de esperar cinco años para revocar la licencia de señal abierta a RCTV, así debiera tenerse pulso firme para eludir atajos desesperados y asegurar la revocación”.
Ni Miguel Henrique Otero es, después de muy largos intentos, una figura nacional clara con suficiente arraigo, ni debe permitírsele que nos lleve por atajos desesperados.
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por Luis Enrique Alcalá | May 15, 2008 | Cartas, Política |

O Luis Inazio Lula Da Silva está muy mal informado, o no tiene escrúpulos para decir tonterías. Su declaración de que Hugo Chávez Frías es, sin lugar a dudas, el mejor presidente de Venezuela en los últimos cien años es una necedad que pudiera ser calificada de incomparable. Porque Lula establece una comparación implícita con más de un prohombre venezolano del siglo XX. De los varios presidentes de Venezuela en el último siglo, hay al menos tres que descuellan como modelos de rectitud republicana y, ciertamente, habitan nichos inalcanzables para Chávez: Isaías Medina Angarita, Rómulo Betancourt y Rafael Caldera Rodríguez. Este último dijo hace unos años en acto abierto que Venezuela había contado en su historia con dos arquitectos de la cosa pública: uno, Simón Bolívar, había sido el arquitecto de la libertad; el otro, Rómulo Betancourt, el arquitecto de la democracia. En esta compañía Chávez viene a ser, en el mejor de los casos, el albañil del odio.
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Le toca ahora recibir procacidad—un tanto refrenada—de parte de Hugo Chávez, a Ángela Merkel, Canciller de la República Alemana. ¿Qué la hace merecedora de tan distinguido tratamiento? Pues Doña Ángela se ha permitido opinar que Hugo Chávez no es la voz de América Latina. ¿Es esto una falsedad o, al menos, una inexactitud?
Es posible, naturalmente, anotar como aliados prácticamente incondicionales de Chávez a Fidel (no Raúl) Castro, Evo Morales, Rafael Correa y Daniel Ortega, y como alcahuetes de conveniencia a Cristina Kirchner y a Lula Da Silva. Este último puede que haya sido deslumbrado por la indiscutible fuerza de la revolución chavista, pero es que ésta es una revolución fácil, que se estableció en el desierto político que existía para 1998—producto de la erosión provocada o permitida por Acción Democrática y COPEI, principalmente—y ha sobrevivido gracias a un erario de 600 mil millones de dólares buenos para el soborno ciudadano, mientras siembra división social e improvisa según los interminables caprichos de su líder. Uno pudiera coincidir con Lula si éste se limitase a decir, con verdad, que Venezuela no había conocido, en los últimos cien años, un presidente como Chávez. En eso tendría razón.
Pero apartando estos seis mandatarios, Chávez no puede ser tenido por vocero de Michelle Bachelet, Álvaro Colom, Alan García, Álvaro Uribe, Elías Antonio Saca, Tabaré Vásquez, Oscar Arias, Manuel Zelaya Rosales, Martín Torrijos, Leonel Fernández o Felipe Calderón, por no mencionar que tampoco representa muy bien al senado brasileño o al chileno. Habrá que ver por dónde viene Fernando Lugo, de Paraguay. Más moderado que Lula, ha dicho que encuentra “interesante” la actual presidencia venezolana, pero en general ha procurado distanciarse de figuras populistas.
Entonces, ¿incurrió en inexactitud la canciller Merkel al afirmar que Chávez no puede ser comprendido como la voz de América Latina? ¿Es ésa, su evaluación personal, una afrenta imperdonable a Venezuela?
Por supuesto que no. A pesar de asunto tan evidente, el presidente Chávez formuló la mitad de una grosería—la detuvo porque, según dijo, se trata de una mujer (lo que no le ha impedido insultar a Condoleezza Rice o maltratar a su antigua esposa)—y afirmó que la señora Merkel pertenecía “al mismo partido de derecha radical que apoyó a Hitler”.
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Antes de resultar electa como Canciller de Alemania, Ángela Merkel fue la Presidenta de la Unión Demócrata Cristiana (CDU) desde el 9 de abril del año 2000. A partir de noviembre de 2005 dirige el ejecutivo alemán y una “Gran Coalición” de gobierno compuesta por su partido, la Unión Social Cristiana (CSU) y el Partido Social Demócrata de Alemania (SPD). Es una coalición que subsiste desde hace casi tres años, lo que habla volúmenes enteros de su tino conciliatorio y su disposición democrática. O sea, luce talentos ausentes en Chávez.
Merkel es la primera mujer que dirige a la Alemania moderna (1871 hasta ahora), y su canciller más joven desde la Segunda Guerra Mundial, tragedia que no conoció personalmente, puesto que nació en 1954, nueve años después de que Adolfo Hitler estuviera muy fallecido. Difícilmente puede suponerse que ella, personalmente, hubiera tomado partido por el aberrante dictador de los alemanes.
Pero claro, Chávez no dijo que Ángela Merkel hubiera defendido a Hitler de modo personal. En realidad, lo que afirmó es que ella pertenecía a un partido “de derecha radical” que sí lo había hecho. Esto es lo que hay que dilucidar.
La Unión Demócrata Cristiana a la que Merkel pertenece fue fundada al término de la Segunda Guerra Mundial, de nuevo una vez que Hitler se hubiera suicidado mucho y hubiese sido exhaustivamente cremado. El primer líder de la CDU en Berlín, Andreas Hermes, fue puesto en la cárcel por los nazis. ¿Por qué razón? Pues porque participó en el complot del 20 de julio de 1944, cuyo propósito era asesinar a Adolfo Hitler, quien escapó de milagro al atentado en Rastenburg. No pareciera, entonces, que ese líder primigenio de la CDU defendiese mucho al señor Hitler. (A propósito, el complot había logrado reclutar muchos oficiales renuentes para mediados de 1944 porque ya se tenía noticia de la matanza de 250.000 judíos húngaros en Auschwitz, como culminación del Holocausto que Mahmoud Ahmadinejad, otro de los socios “latinoamericanos” de Chávez, se especializa en negar).
También fue prisionero de los nazis nadie menos que Konrad Adenauer, el líder fundamental de la democracia cristiana germánica—y de la democracia en general—y primer Canciller de la República Federal Alemana.
Adenauer fue preso de Hitler por primera vez en 1934, a raíz de la “Noche de los Cuchillos Largos”, cuando uno o dos centenares de asesinatos fueron perpetrados y más de un millar de personas fue a la cárcel por razones políticas. Antes, debió refugiarse en una abadía porque los nazis lo acosaban desde que se había negado a estrechar la mano de uno de sus líderes en Colonia, donde Adenauer ya tenía ascendencia política. (Había sido alcalde de la ciudad desde 1917 hasta 1933, y Presidente del Consejo Prusiano de Estado hasta este último año—es decir, a la llegada de Hitler al poder—desde 1922). Como pasó con Hermes, fue apresado otra vez en 1944 luego del atentado contra Hitler. La Gestapo no pudo probar su participación en el complot y magnánimamente lo liberó pocas semanas después.
Pero Konrad Adenauer había sido líder prominente del Partido del Centro, que puede ser visto de algún modo como antecesor de la CDU. (En el sentido de que una buena cantidad de sus antiguos miembros se afilió a la Unión Demócrata Cristiana a su fundación). ¿Puede decirse que esta antigua raíz de la CDU apoyó al nacional-socialismo en algún momento? En ningún caso; los centristas se opusieron tempranamente a los nazis, y en particular dirigieron ataques feroces contra Franz von Papen, antiguo militante del Partido del Centro, a quien consideraban un traidor. (Von Pappen, llamado a la cancillería alemana por el anciano presidente von Hindenburg, negoció el acceso de Hitler al poder accediendo en secreto a servir como Vicecanciller de éste. Después de verse forzado a renunciar—luego de la Noche de los Cuchillos Largos—todavía aceptó von Papen representar a Hitler como su embajador en Austria, donde preparó la penetración nazi en este país hasta 1938, el año del Anschluss).
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Volviendo a Doña Ángela. A pesar de nacer en Hamburgo, se crió y creció en la República Democrática Alemana (RDA)—en Templin, Brandenburgo—esto es, en la Alemania comunista. Llegó incluso a formar parte de la Juventud Alemana Libre (FDJ), el movimiento oficial de la RDA para el adoctrinamiento de los jóvenes en las exquisiteces del marxismo-leninismo. (La FDJ, dicho sea de paso, había nacido en 1936 para oponerse, justamente, al gobierno de Adolfo Hitler). De hecho, la señora Merkel, Doctora en Física (luego de tesis de grado en algún tema de química cuántica), llegó a ser miembro del consejo distrital de esa organización en su zona y nada menos que Secretaria de Agitación y Propaganda del mismo grupo en la Academia de Ciencias. Ahora lleva tendencia conservadora, pero fue ideológicamente preparada en el marxismo, de manera que más bien ha podido tener una que otra afinidad con Hugo Chávez, que el pasado domingo casi la insulta. (Le dijo que se fuera a… sin terminar de especificarle destino). No hay absolutamente nada en la señora Merkel, ni directamente ni por asociación, que pueda vincularla en nada con Adolfo Hitler.
Dicho todo lo que antecede, es evidentísimo que una vez más Hugo Chávez hace gala de su incontinencia verbal y su irresponsable ignorancia. Pero él se la pasa exigiendo que otros se retracten—todavía está su mejilla ruborosa por el consejo real de callarse la boca—, exigencia que es incapaz de aplicarse a sí mismo.
No, Hugo Chávez no nació para la rectificación. Mucho menos para reconocer que ve pajas en ojos ajenos cuando tiene más de una viga en el propio. En uno de sus primeros periplos euroasiáticos visitó Alemania, y en uno de los discursos que pronunció en la tierra de Ángela Merkel expuso que él admiraba mucho a ese país, en particular porque los alemanes habían dado al mundo uno de sus mayores avances tecnológicos: ¡las divisiones Panzer! (Por supuesto, consideraba natural esta apreciación, por ser él un militar de blindados. Venía, por lo demás, de celebrar en China—donde, según dice un reciente visitante venezolano, sólo pudo ver un retrato de Mao Tse Tung, frente a la sede del Partido Comunista Chino, mientras vio centenares con la efigie del Coronel Sanders—la afinidad entre la revolución comunista en ese país y la revolución venezolana que él dirigía).
No, Hugo Chávez es incapaz de cometer el pecado de sindéresis. Acusa de defender a Hitler a un partido, el de la señora Merkel, que jamás lo hizo, y olvida (porque en verdad ya se le olvidó, de tanta sandez que ha dicho) que en 1999 escribía una carta a la Corte Suprema de Justicia que cerraba así: “El Estado investido de soberanía, en el exterior solo tiene iguales, pero la justicia internacional no alcanza a quienes, por centrifugados, tendrían que ser mutilados (Ratzel; McKinder). Esas son las razones por las cuales el Jefe de Estado conduce, en soledad, la política exterior y, en soledad, es el Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas Nacionales. Inmerso en un peligroso escenario de Causas Generales que dominan el planeta (Montesquieu; Darwin), debo confirmar ante la Honorabilísima Corte Suprema de Justicia el Principio de la exclusividad presidencial en la conducción del Estado”.
Vale la pena apuntar que las tesis geopolíticas de Halford John Mackinder, inglés, y Friedrich Ratzel, alemán, cuya autoridad evocaba Chávez para decir a los magistrados de 1999 que él era el mandamás, fueron asumidas por los nazis como justificadores “científicos” de su dominación. (En especial la tesis del “espacio vital” del profesor Ratzel). Esto es, que Chávez está muchísimo más cerca de Hitler que la señora Merkel.
En efecto, Chávez es una especie de embrión o maqueta inconclusa copiada de Adolf Hitler. Concédase, en honor a la verdad, que la malignidad del chavoma es inconmensurablemente menor que la del hitleroma. Nadie puede acusar a Chávez de noches “de cuchillos largos” o de “vidrios rotos”; nadie puede decir que ha asesinado a seis millones de judíos—tan sólo los desprecia y los insulta—, como tampoco que ha desatado una guerra mundial, pues se limita a librar una mini Guerra Fría en apariencia valerosa contra la primera potencia mundial.
No se trata, por tanto, de exagerar. Si uno echa en falta el sentido de responsabilidad en Hugo Chávez, no puede uno incurrir en barbaridades análogas a las que él profiere.
Pero la forma de su dominación y su gobierno, su fractal, diríase, se parece mucho, aunque embrionariamente, al de Adolfo Hitler, y este rasgo era distinguible en él desde bien temprano. El 19 de agosto de 1998, poco antes de que Chávez ganara sus primeras elecciones, el suscrito componía un artículo—El efecto Munich—que publicó días después el diario La Verdad de Maracaibo. Ya entonces era posible decir cosas como éstas: “Como Hitler con el tristemente célebre putsch de la cervecería, Chávez marcó su origen político con un fracasado intento de tomar el poder por la fuerza. Como Hitler con sus camisas pardas, Chávez ha organizado fuerzas de choque a las que ha juramentado para combatir en caso de que su ‘inevitable’ triunfo electoral le sea desconocido. Como Hitler ante el envejecido Hindenburg, ha querido adelantar las elecciones presidenciales para recortar el período de nuestro anciano presidente”. (Creo que se trató de la primera vez que se estableciera en público una afinidad entre Adolfo Hitler y Hugo Chávez). Es Chávez, no Merkel, quien se parece a Hitler.
Dime con quién andas y te diré quién eres. Las gigantografías que adornan, en adulación obscena, las paredes exteriores de las oficinas del SENIAT, hablan de una integración latinoamericana con una efigie central de Simón Bolívar, rodeada de fotografías, todas de Chávez, en compañía de un selecto grupo de mandatarios de América Latina. Entre ellas descuella, en posición superior, una con Raúl Castro. Chávez se declara panadería burda de Mahmoud Ahmadinejad, Robert Mugabe y Alexander Lukashenko (conocido este último por fomentar el culto de su personalidad y la añoranza de la era soviética en Bielorrusia).
Chávez, pues, se siente muy cómodo entre dictadores. Lo que más envidia de Simón Bolívar son los poderes dictatoriales que más de una vez le tocaron. Por de pronto, tal vez se encuentre con Ángela Merkel en Lima. Ella ha dicho que saludará a todos los presidentes, lo que incluye, por supuesto, a Chávez. Sería muy interesante conocer el diálogo que pudiera producirse entre ambos.
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por Luis Enrique Alcalá | May 8, 2008 | Cartas, Política |

Todavía falta tiempo bastante para que una conciencia irreversible se apodere de los seres humanos: que la suprema condición política es la de ciudadano del planeta, que la polis que finalmente tiene sentido es la planetaria.
Somos, en realidad, una sola cosa: la presencia, aunque étnica y culturalmente diversa, de Homo Sapiens sobre la tierra. Somos el fenómeno humano. (Pierre Teilhard de Chardin). Nuestra historia hizo divergir, hacia grupos distantes, hacia civilizaciones independientes entre sí, lo que según los paleontólogos era una primera camada de la especie, aparecida originalmente en sabanas de África. De allí migraron unos cuantos hacia Anatolia, subiendo por el Asia Menor, y de allí salió la exploración ramificada hacia Europa y Asia y Oceanía y América. Radicados en tierras lejanas las unas de las otras, cuando el nomadismo dio paso al asentamiento agrícola, cada tribu primigenia fue construyendo su propia civilización.
Arnold Toynbee dedicó doce volúmenes (Estudio de la Historia) a enumerarlas y seguir su curso, no sin incurrir en distinciones de cierta arbitrariedad. Encontró las siguientes: Andina, Arábica, Babilónica, Cristiana Ortodoxa Rusa y Cristiana Ortodoxa Principal, Egipcíaca, Helénica, Hindú, Hitita, Índica, Iránica, Maya, Méxica, Minoica, Occidental, Oriental Lejana Japonesa y Oriental Lejana Principal, Sínica, Sumérica y Yucateca. A esta lista añadió cuatro civilizaciones “abortivas” (Cristiana Occidental Lejana Abortiva, Cristiana Oriental Lejana Abortiva, Escandinava Abortiva y Siríaca Abortiva) y cinco civilizaciones “detenidas” (Espartana, Esquimal, Nomádica, Otomana y Polinésica). La enumeración precedente deja algunas otras “civilizaciones” sin considerar. (La Etíope o la Etrusca, por ejemplo).
La clasificación de Toynbee es, naturalmente, discutible. Pero es una noción importantísima de su teoría, expuesta en la introducción del primer volumen de su colosal obra, que la verdadera unidad del estudio de la historia no es la nación-estado, sino la civilización. Para establecer este punto pregunta qué es un “campo inteligible para el estudio histórico”, y toma para ilustrar la cuestión el ejemplo de su patria chica, Inglaterra, que no sólo estableció el imperio más extenso de la historia (los Estados Unidos originales y Canadá, la Guayana Inglesa y más de una isla caribeña, Australia y Nueva Zelanda, la India, buena parte de Indochina y otros enclaves asiáticos, posesiones en el Mediterráneo y el Atlántico, así como enormes extensiones africanas como Rodesia y Suráfrica) sino que en tanto metrópoli existía en unas islas, las británicas, que están separadas de la Europa continental. Pues bien, a pesar de este relativo aislamiento metropolitano, y de la insólita extensión de sus dominios, Toynbee demuestra rápidamente que la historia de Inglaterra es incomprensible si no se la enmarca en el proceso más amplio de la Civilización Occidental. No hay manera de entender a Inglaterra sin referirse a Roma, a Escandinavia, a Alemania, a Francia, a España o Italia, para no mencionar a los fenicios, que llegaron a comerciar el estaño de las vetustas minas de Cornualles.
Más allá de Toynbee, otros autores han postulado unidades aun más grandes que las civilizaciones. Así, por ejemplo, David Wilkinson emplea conceptos de la “teoría de sistemas mundiales” (con nociones de origen marxista), y señala que, al menos desde el año 1.500 antes de Cristo, hubo conexiones entre civilizaciones antiguamente separadas que constituyeron una sola “Civilización Central”, expandida hasta incluir la India, el Lejano Oriente y, más tarde, Europa Occidental y las Américas para formar un único “Sistema Mundial”. Lewis Munford hablaba, ya en 1934, de una “ecumene” en el sentido cultural en Technics and Civilization, y luego William McNeill ha postulado que, en efecto, el predominio de Europa a través de sus formas económicas, su ciencia y sus instituciones políticas, ha establecido de hecho una “ecumene planetaria” hacia fines del siglo XVIII. Otros han señalado que antes de los viajes de Colón había en realidad dos “ecumenes” separadas por el Atlántico, y que fueron los conquistadores españoles quienes las fundieron en una sola en el siglo XVI. (Por más que a Chávez o Morales, que hablan español y sólo pueden pensar en esta lengua, les pese).
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Como podemos ver, la idea tiene tiempo andando, y también el corolario político de que tal entidad ecuménica requiere un único gobierno. Antes del Renacimiento, Dante Alighieri (1265-1321) se ocupaba también, tanto como de la poesía, de la política, como correspondía a un buen ciudadano ilustrado de Florencia. En De Monarchia, el autor de la Divina Comedia dedica un capítulo entero del primer libro de aquella obra a la conveniencia de un gobierno mundial. Si Clausewitz supone que la guerra es connatural a las naciones, pues no existe una autoridad mundial distinta de las naciones que compiten entre sí, Dante quiere que se obtenga la paz entre ellas precisamente con la instauración de un gobierno mundial. Reconociendo que esto no existe, apunta a los tiempos del emperador Augusto, cuya autoridad, en tiempos de Jesucristo, se extendía al mundo entonces conocido por los europeos y había llevado la Pax Romana hasta sus confines. Para Clausewitz es la guerra lo natural; para Dante lo natural es el gobierno y la paz. Así titulaba éste, al estilo prerrenacentista, las dos primeras secciones del capítulo: “El conocimiento de un único gobierno temporal sobre la humanidad es lo más importante y lo menos explorado”; “Dado que esta teoría es una ciencia práctica, su primer principio es la meta de la civilización humana, la que debe ser una y la misma para todas las civilizaciones particulares”. Es en esta segunda sección donde define: “Por el gobierno temporal del mundo o imperio universal entendemos un único gobierno sobre todos los hombres en el tiempo, esto es, sobre y en todas las cosas que pueden ser medidas en tiempo”.
La visión de Dante se extendía, conscientemente, sobre la Civilización Occidental, por más que postulara un gobierno por encima de todas “las civilizaciones particulares”. Vivía en un mundo de difícil comunicación, y ni siquiera había entonces contacto frecuente entre Florencia y Venecia. Marco Polo (1254-1324), veneciano, era perfecto contemporáneo de Dante, pero éste no pensaba mucho en la lejana y desconocida Catay (China), que Marco visitó y relató después. Lo importante, sin embargo, es que si hubiera pensado en ella y en Cipango (Japón), si hubiera tenido conciencia de la Civilización Maya o de la existencia de la Polinesia, Dante habría recomendado de todas formas lo mismo: “Los cielos son regidos por un solo motor, Dios, y el hombre está mejor cuando sigue el patrón de los cielos y el Padre Celestial”; “Los gobiernos humanos son imperfectos en tanto no estén subordinados a un supremo tribunal”; “Por tanto, el gobierno mundial es necesario para el mundo. El Filósofo vio este argumento cuando dijo: ‘Las cosas detestan estar en desorden, pero una pluralidad de autoridades es desorden; por consiguiente, la autoridad es única’.” (“El Filósofo” es Aristóteles, que tomó la cita de la Ilíada).
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Pero todo esto es pasado, y no tenemos gobierno mundial. Hay una asociación de estados-nación, más bien tenue, en la Organización de las Naciones Unidas, y ciertamente han ido añadiéndose instituciones planetarias con autoridades hasta hace poco inexistentes. (La Corte Penal Internacional es el caso más destacado y significativo). Por otra parte, hay megaprocesos cuya presión va llevándonos a conformar, en algún momento no tan lejano, una polis del mundo. Hay un calentamiento global que todos causamos, desde una vaca en Abisinia hasta un fumador en Estocolmo, desde un tractorista en Wisconsin hasta un talador en la Selva Amazónica. El clima no reconoce fronteras. Hay, desde hace tiempo ya, corporaciones transnacionales, pero también crimen transnacionalizado, desde el más vulgar hasta el terrorista, incontenible por policías locales. Hay, también, un cerebro del mundo en construcción. Google procesa ya alrededor de mil millones de búsquedas por día, y todavía la Internet está en pañales. Nos preocupa Chávez, pero también Putin y Bush, y se nos engurruña el corazón con un volcán chileno o un ciclón birmano. El mundo es plano, argumenta Thomas Friedman.
Es necesario un pacto federal que transfiera a una autoridad central planetaria ciertas atribuciones. ¿Cuáles serían? ¿Quiénes serían las autoridades de ese Estado global? ¿Cómo se les elegiría? Debe haber una legislatura planetaria, tal vez construible sobre una reforma de la Asamblea de las Naciones Unidas, pero probablemente haya que sustituir el Consejo de Seguridad por un Senado Planetario, compuesto por miembros elegidos por los bloques de la “geotectónica política”. Hay ya grandes bloques en el planeta bajo autoridad única: EEUU, Rusia, China, India, Europa, Australia. Hay protobloques en América del Sur y África, así como subbloques en Centroamérica. Hay entidades que tienen más bien base religiosa, como el Islam, que agrupa a más de 1.200 millones de almas. ¿Cómo sería y cómo pudiera establecerse un gobierno mundial viable y beneficioso? ¿Cómo se pagará?
En la base de todo tendría que estar la conciencia apuntada al principio: la de que en verdad somos, por encima de cualquier otra cosa, ciudadanos del planeta; la de que es una nueva soberanía planetaria, emanada del único pueblo del mundo, lo que dará base a un gobierno del mundo.
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Este nivel de análisis pudiera parecer escapista. A fin de cuentas, se dirá, nuestra realidad es Tascón y Müller Rojas, el apagón masivo de hace días y el currículo “bolivariano”, las elecciones de noviembre y la delincuencia que recrece con las lluvias, la restatización de SIDOR y el arrebatón del Valle del Turbio, el maletín de Raúl Reyes y el de Guido Antonini Wilson, la intervención en Bolivia y el escuálido proyecto del ALBA, el cangrejo de Danilo Anderson y el corrupto nepotismo de Barinas, la próxima coagulación del tránsito automotor y la neurosis de la psiquis nacional, la escuadra de 24 Sukhoi 30 para hacer la guerra y el estrellamiento creciente de aeronaves civiles, la escasez de leche y el precio ascendente de las demás cosas, el reventón de dólares y las escasas viviendas construidas, la ineficacia gubernamental que el propio Presidente admite y la reiteración de las odiosas coartadas. Es una variedad de sobresaltos que nos abruma.
Pero, en verdad, pensarnos como ciudadanos del planeta nos sirve doblemente. Por un lado, coloca en sus exactas proporciones de teatro bufo la gestión del gobierno nacional. Si sé que soy un ciudadano del mundo me percato más claramente de las pequeñeces intrascendentes de nuestra política, y veo con mayor nitidez la escasez de los discursos habituales.
Y también, por supuesto, se adquiere con esa conciencia el nivel correcto para el acceso a la modernidad y la superación de un proceso político generalmente mediocre. La solidaridad necesaria, la sintonía con el prójimo y sus necesidades, no puede agotarse en Evo Morales y sus tribulaciones, no debe ser formulada en términos guerreros y excluyentes.
Falta todavía mucho para que la crisis de la política, mucho más grave que una mera crisis política, dé paso a otra forma de hacerla, a un modo de entenderla que no la tenga por combate para aniquilar adversarios. Falta adquirir ese punto de vista, para que cesen simétricos chauvinismos que alientan un “choque de civilizaciones”.
Cuando Toynbee paseaba su mirada ancha por la historia del mundo, veía innumerables guerras de todo género y escala. Así como hacemos antropomorfismo de Dios—decir que somos creados a su imagen y semejanza es, en realidad, suponer presuntuosa y conmovedoramente que se nos parece—también lo hacemos de los animales, y hablamos del león como “el rey de la selva” o de todo el zoológico terrestre porque identificamos líder y combate, porque creemos consustancial a la política la lucha.
Pero vienen tiempos de acomodo y convergencia. Viene una nueva política.
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por Luis Enrique Alcalá | Abr 24, 2008 | Cartas, Política |

El 10 de diciembre del año pasado, ocho días después de que el proyecto de “reforma” constitucional auspiciado por el Presidente de la República y la Asamblea Nacional fuera derrotado en referéndum, el diario La Razón de España publicaba una entrevista telefónica a Manuel Rosales, el líder máximo de Un Nuevo Tiempo. En verdad, el periódico fue más allá de las palabras dichas por Rosales en esa oportunidad. Al presentarlo a sus lectores, La Razón dijo: “Esquivo con los medios, atiende telefónicamente a LA RAZON desde su despacho como gobernador del estado de Zulia, desde donde prepara su asalto a Miraflores”.
En ninguna parte de las declaraciones textuales dice Rosales eso. Es el periódico español el que pregunta, a mitad de la entrevista: “¿Se presentará a la reelección como gobernador en 2008 o prepara su asalto a Miraflores?” Lo que respondió Rosales es lo siguiente: “Le anuncio que no me voy a presentar a la reelección a gobernador. Estoy pensando en asumir un liderazgo a nivel nacional”. El periódico, pues, extrapola de estas palabras para asegurar que el marabino de nacimiento merideño “prepara su asalto a Miraflores” desde la gobernación del Zulia.
Es ese liderazgo a nivel nacional el que Juan Pablo Guanipa, pretendiente a la Alcaldía de Maracaibo por Primero Justicia, considera debe ser la ocupación principal de Rosales, lo que, dicho sea de paso, parecería negar ese papel para Julio Borges, cabeza de su partido. El comentario de Guanipa, reiterado en declaraciones transmitidas por Telecolor, la televisora zuliana, se produjo al comentar el secreto a voces de que Rosales terminará aspirando al cargo de Alcalde de Maracaibo.
La prensa local—el diario La Verdad—da como un hecho este lanzamiento, y anticipa que el anuncio formal ocurrirá el próximo sábado, en acto público especial en el Centro de Convenciones de Maracaibo. Reporta Carlos Moreno que Guanipa ha enviado, en efecto, el siguiente mensaje a Rosales: “Vaya a dirigir a la oposición nacional, y deje a Maracaibo en manos de los nuevos líderes que le han apoyado”. Guanipa sabe, claro, que si Rosales asume la candidatura sus propias aspiraciones quedarían diferidas, de allí que le tiente con el halago de una jefatura nacional, la que para un militante de Primero Justicia debiera en principio corresponder a Borges. La recomendación de Guanipa no deja de tener sentido. ¿Cómo podría Rosales “asumir un liderazgo a nivel nacional” (sus propias palabras) desde un cargo de menor nivel que el que ahora tiene? ¿No es es esto un retroceso a etapa que ya cumplió? (Rosales fue Alcalde de Maracaibo por dos períodos, entre 1996 y 2000).
Otros observadores registran carencia de consenso a este respecto, incluso dentro de las mismas filas de Un Nuevo Tiempo. Elvia Gómez, por ejemplo, escribe en El Universal: “La decisión, que se da como un hecho en el cenáculo de ‘los maracuchos’, no ha sido ni informada ni debatida con los miembros de la Dirección Nacional de UNT, en donde la postulación de Rosales a la Alcaldía de Maracaibo no cuenta con apoyo. Han sido crecientes las quejas por el hecho de que, desde que UNT se constituyó como partido nacional, reagrupando a militantes y dirigentes de diversas organizaciones, la actitud de Manuel Rosales ha sido la de no reunirse con el colectivo, salvo en contadísimas ocasiones, y seguir manejando las decisiones como si se tratara de un partido regional”. Si lo que reporta Elvia Gómez es verídico, hay entonces al menos un rasgo similar en Rosales y Chávez: el segundo no asiste al Consejo de Ministros, el primero no se reúne “con el colectivo”.
Pero esto último pudiera más bien ser, en Rosales, un rasgo sano. A fin de cuentas, su responsabilidad primaria es la de gobernar al Zulia; por tanto, no estaría bien que consumiera demasiado tiempo en labores partidistas. Por esto habría delegado en Omar Barboza, Presidente de Un Nuevo Tiempo, la conducción cotidiana de la organización.
Esto valdría como explicación si no fuera por el hecho de que ninguna decisión de importancia en Un Nuevo Tiempo se toma sin la anuencia de Rosales. Como el Partido Socialista Único de Venezuela, que decide siempre provisionalmente hasta que Chávez se pronuncie, Un Nuevo Tiempo sólo se rige por la voluntad de Rosales.
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En principio, no hay razones de fondo para invalidar el deseo de Rosales de repetir como Alcalde de Maracaibo. Si sus previas gestiones fueron buenas para la ciudad—no otra cosa lo llevó a la Gobernación del Zulia—, que los marabinos vuelvan a beneficiarse de su gestión pública es algo tan natural como positivo. Sería de esperar que un Alcalde con más dilatada experiencia haría un gobierno municipal aun mejor que los que ya hizo. Puesta la cosa, pues, en términos locales, ¿por qué no tendrían los marabinos derecho a un alcalde “de lujo”?
El punto, sin embargo, es otro. El punto es que se suponía que Rosales iba a asumir “un liderazgo nacional”. En la entrevista concedida a La Razón, reivindicaba: “Después de Chávez las encuestas me señalan como el político con mayor liderazgo”. (A continuación, por cierto, pasó factura por el triunfo opositor del 2 de diciembre. Cambiando de la primera persona singular al plural mayestático, afirmó: “La campaña contra la reforma fue liderada por nosotros. Si no hubiéramos sido tan firmes, habría triunfado la tesis de la abstención y nos hubiéramos caído por el barranco”. Es una afirmación un tanto mezquina, si se toma en cuenta que hubo otros líderes muy importantes en la campaña que llevó al éxito del 2 de diciembre: los líderes estudiantiles, Primero Justicia, Raúl Isaías Baduel, Ismael García y su partido Podemos, Teodoro Petkoff desde su tribuna del diario Tal Cual, por mencionar sólo los más notables).
No existe indicación de que Rosales haya abandonado la pretensión de erigirse como el líder nacional de la oposición. ¿Qué lo lleva, entonces, a contraer su responsabilidad estadal a una urbana y municipal?
Las explicaciones de su gente aducen que se trata de una misión altruista. Según Omar Barboza, la cuestión es una de “rescatar del oficialismo la Alcaldía de Maracaibo”, y presenta el asunto como un ingrediente que fortalecería el objetivo opositor de preservar la Gobernación del Zulia. (“Un triunfo en la tan importante Alcaldía de Maracaibo sería evidentemente un gran paso para ganar la Gobernación. Si las encuestas nos dicen que quien garantiza esa victoria es Manuel Rosales, pues nosotros consideramos que él debería convertirse en el abanderado. Expresamos nuestro respeto y afecto por el liderazgo de Juan Pablo Guanipa en la ciudad, pero estamos seguros que Rosales es quien puede garantizarnos el triunfo, y eso hasta lo comparte el propio Guanipa”).
Julio Borges ha tratado el problema con hidalguía. Reporta Elvia Gómez: “Julio Borges, Coordinador Nacional de Primero Justicia, fue consultado sobre la actitud que tomarán ante el lanzamiento de Rosales. Dijo que su partido espera que el gobernador, como precandidato, asuma los compromisos que ya fueron adquiridos por los partidos firmantes del acuerdo unitario el pasado 23 de enero. De modo que Borges aspira a que Rosales haga campaña y se mida con el precandidato Guanipa”.
De nuevo, pues, ¿para qué se contrae Rosales como figura política hasta la dimensión de un mero precandidato a la Alcaldía de Maracaibo? La respuesta obvia es que está seguro de dos cosas: que prevalecerá sobre la precandidatura de Guanipa y que, además, terminará siendo electo Alcalde. Es decir, que continuará al frente de un despacho ejecutivo, así sea de menor dimensión que el que ahora dirige.
El ejercicio de un despacho público de alta visibilidad es un trampolín apetecible, en cualquier parte del mundo, para pretender más altas responsabilidades. George W. Bush pasó de la gobernación de Texas a la Casa Blanca, pero a Rudolf Giuliani le bastó la Alcaldía de Nueva York para pretender la candidatura presidencial republicana. Los recursos de un cargo ejecutivo de importancia pueden orientarse a la proyección ulterior de quien lo ejerce. La publicidad de la Gobernación del Zulia, así como la de la Alcaldía de Chacao, han mantenido “posicionados” a Manuel Rosales y a Leopoldo López como opciones políticas que trascienden sus ámbitos actuales.
Rosales, pues, que declaraba descartar su reelección como gobernador, según decía a La Razón—“Le anuncio que no me voy a presentar a la reelección a gobernador”—, en verdad está impedido de hacerlo por la Constitución, cuyo Artículo 160 dice en su segundo parágrafo: “El Gobernador o Gobernadora podrá ser reelegido o reelegida, de inmediato y por una sola vez, para un nuevo período”. Rosales ya ha sido reelecto en 2004, por lo que ya no le quedan tiros para cazar la gobernación una vez más.
Es, por tanto, una consideración pragmática la que lo conduce a buscar la Alcaldía de Maracaibo de nuevo. La opción alterna sería la de pretender un liderazgo nacional desde una plataforma, Un Nuevo Tiempo, que en el mejor de los casos tiene una afiliación de sólo 4% del electorado. Este registro, medido por Datanálisis para febrero de este año, no es muy diferente al alcanzado por Acción Democrática y Primero Justicia, cada uno con 3%, y considerablemente inferior al PSUV, que concita una afiliación de 15%. (El MVR registra 5% y COPEI 0,5%). El pretendido liderazgo nacional equivale a cien pájaros volando, frente al pájaro prácticamente en la mano de la alcaldía marabina. No hay más misterio en esta decisión.
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En más de una ocasión se ha expuesto acá que Manuel Rosales no tiene las dimensiones necesarias para servir como líder nacional de la oposición a Chávez, que no calza los puntos como contrafigura suficiente del actual Presidente de la República. El 14 de diciembre de 2006, a once días de la última elección presidencial, el suscrito presentaba en los predios del Instituto de Formación Demócrata Cristiana Arístides Calvani su evaluación post mortem, y opinaba que Rosales no había sido el mejor candidato ni su campaña la mejor posible. En esta estimación, reconocía en Rosales talentos de operador político—como los que adornan, por ejemplo, a Enrique Mendoza—pero no los de estadista, y destacaba que hizo campaña con el plomo en el ala de su participación en el “carmonazo” y emitía señal de debilidad al no haber renunciado a la red de seguridad de la Gobernación del Zulia. Esta publicación—#215, del 7 de diciembre de 2006—saludó que Rosales reconociera rápidamente su derrota el 3 de diciembre de ese año, pero puso en duda que pudiera ejercer el liderazgo máximo de la oposición una vez que regresara a su papel de Gobernador del Zulia. Después de recordar una recomendación de Arturo Úslar Pietri—“que la política era una actividad que no podía ejercerse sino a tiempo completo”—, se decía: “Pero ahora ha regresado Manuel Rosales al estado Zulia para reasumir su gobernación. Declara, por otra parte, que asume la conducción de un ‘movimiento popular construido’, y que alternará sus obligaciones de gobernador con esta guía. Si Úslar tiene razón, Rosales no podrá ejercer la dirección opositora, para la que se ha autoungido, a medio tiempo”.
En el mismo número se abundaba sobre el punto con otros argumentos: “Que Rosales trabajó arduamente durante el trimestre que duró su campaña no puede negarse; que superó incluso ataques físicos sobre su persona habla de su valentía; que disciplinó al campo opositor, callando la declaradera y el pescueceo de otros precandidatos que integró a la estructura de su comando, es logro significativo a anotar en su haber. De aquí, sin embargo, no se desprende que sea el líder indiscutible y suficiente. En primer lugar, lo que logró Rosales no fue otra cosa que preservar un poco menos de la proporción opositora manifestada en el referendo revocatorio. Cualquier otro candidato unitario hubiera obtenido una votación similar a la que favoreció a Rosales, puesto que se trataba de un ‘mercado cautivo’ que rechaza a Chávez con fiereza. Rosales no pudo ir más allá de esa clientela, que más que votar por él votaba contra Chávez. Es decir, votó por el candidato no-Chávez. En segundo término, Rosales perdió las elecciones. No ganó ni siquiera en el estado Zulia. (Aunque sí en Maracaibo). Se convirtió en candidato de unidad a raíz de un pacto a tres con Borges y Petkoff, y por obra y gracia de un estudio de la encuestadora Datos, que por supuesto contó la opinión de una sólida base política de Rosales en el Zulia. Es una instancia contrafactual—diría G. W. F. Hegel—pues así no ocurrieron las cosas, pero si por casualidad el candidato hubiera sido Borges o hubiera sido Petkoff, la votación opositora hubiera logrado cotas similares a las del domingo pasado”.
De modo, pues, que el regreso de Rosales al ámbito municipal pudiera ser un reconocimiento, en su fuero interno, de que no podría tener éxito en alzarse con la jefatura nacional de la oposición. En el #282 de la Carta Semanal de doctorpolítico se daba cuenta de la “Declaración de Principios Ideológicos y Programáticos de Un Nuevo Tiempo”, y se observaba que sus dos primeros párrafos mencionaban a Manuel Rosales por nombre y apellido. Esto es una consagración personalista que parece no haber caído bien a algunos afiliados recientes, como Leopoldo López, que tiene sus propias y legítimas aspiraciones de liderazgo nacional.
En cualquier caso, el retorno de Rosales a la esfera municipal puede librarle de encarnar el “Principio de Peter”, enunciado por Lawrence J. Peter en 1968: “En una jerarquía, todo empleado tiende a ascender hasta su nivel de incompetencia”. Cuando Rosales pretendió la Presidencia de la República en 2006 ya se encontraba en aguas demasiado profundas. En esa campaña se le escuchó decir cosas como las siguientes: “La inseguridad también esta aquí en Margarita que es una isla rodeada de agua”; “No hay que pedirle peras al horno”; “Nosotros repartiremos la propiedad privada”; “Las misiones son una política que ha resultado exitosa, que se van a quedar cuando saquemos a este gobierno de puros fracasos”; “Si a mí me matan y me muero, responsabilizo a este gobierno”; “Yo no me voy a dejar seducir por cantos de ballena”; “Chávez quiere durar cien años, que es casi un siglo”; “Trabajaremos veinticuatro horas y si no es suficientes trabajaremos toda la noche”.
Claro, se dirá con justicia que Chávez ha dicho barrabasadas equivalentes o peores—como cuando afirmara que el Homo Sapiens tenía sobre la tierra diez mil años de presencia—, pero es que el Presidente de la República, obviamente, hace tiempo que rebasó su nivel de incompetencia.
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por Luis Enrique Alcalá | Abr 17, 2008 | Cartas, Política |

En 1972 exhibieron en Caracas una rara e interesante película que se llamaba La tienda roja. La cinta fantasea sobre la aventura de una expedición italiana hacia regiones árticas inexploradas que dirigía el general Umberto Nobile (Peter Finch). Un grupo de expedicionarios voló con él en un dirigible que se estrelló en un inhóspito y desolado paraje. Allí los sobrevivientes pudieron radiodifundir señales de emergencia y pedir auxilio. Tres intentos de rescate, nos cuenta la película, fueron un rompehielos ruso que no pudo llegar a alcanzarlos, la solitaria y trágica figura del noruego Roald Amundsen (Sean Connery) que se acerca en su trineo y muere en la búsqueda, y, finalmente, un piloto alemán (Hardy Kruger) que llega hasta el sitio del accidente en un avión biplaza. Esta circunstancia significaba que podría salvarse uno de los sobrevivientes, pues el aeroplano sólo tenía puesto para una persona más. Quien se salva es Nobile, dejando atrás a sus compañeros, abandonados a una muerte prácticamente segura.
La historia sigue, muchos años más tarde, en el salón de la casa de Nobile, ya viejo. Es de noche y le visitan sus fantasmas. Su conciencia proyecta en la sala la imagen de Amundsen, la del piloto alemán, la de un grumete de la expedición que iba a casarse con la novia (Claudia Cardinale) a quien adoraba… Es un terrible tribunal que le acosa y le pregunta por qué eligió salvarse él y no salvó a cualquier otro. Nobile responde y se defiende: “Mis influencias como general servirían para organizar una partida de salvamento. Ningún otro hacía más probable el rescate posterior de todos los que quedaban. Me salvé para salvar a los demás”.
La discusión prosigue hasta que el fantasma de Amundsen lo emplaza: “Nadie hace nada por una única razón. Siempre hay más de una razón. Pero hay una que en la última instancia es la que definitivamente inclina la balanza. ¡Nobile! ¿Cuál fue esa razón para ti? ¿Cuál, entre tantas, fue la que inclinó la balanza hacia tu propia salvación?” El general calla por un momento, sin más recurso que la sinceridad, y exclama: “¡Yo pensaba en un plato de sopa y en una bañera calientes y en una cama en que dormir al abrigo del viento!”
Leigh H. Edwards escribió en 2005, para la edición de la cinta en DVD, una reseña que explica: “Como muchas otras películas de desastres antes que ella, La tienda roja inquiere qué impulsa a la gente a explorar parajes peligrosos y desolados. Y ofrece las racionalizaciones usuales: arrogancia, competencia, fama, dinero, ambición, alguna noción extraviada de pureza o belleza. Pero este filme tiene algo más en mente. Emplea la historia de la aventura para plantear filosóficamente unas pocas cuestiones, como ¿en qué consisten el liderazgo o el coraje?”
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Quizás algún día haya una madrugada para una sinceridad ineludible de Hugo Chávez, cuando sea visitado por sus propios fantasmas y éstos le hagan toda clase de preguntas. Cuando nadie le esté viendo y no tenga sentido ya una teatralidad excesiva, cuando no precise guiarse por “la tendencia a hacer de nuestras vidas—define Edwards—grandes narrativas y actuar nuestras identidades”.
Hugo Chávez debe tener miles de razones en su alma, aunque sólo fuera porque es ocurrente y es incapaz de contenerse inventando centenares de decisiones, pero lo que es evidente es que su ocupación principal es hacer de su vida una narración épica, y que su liderazgo y su coraje son una actuación. De los muchos motivos aducibles para justificar el numeroso rosario de decisiones que ha caracterizado su largo gobierno, hay, como con Nobile, alguna razón preponderante, la que en última instancia es la que definitivamente inclina la balanza. Ese motivo real, que algún día, si es que llega a viejo como Umberto Nobile, deberá Chávez reconocerse a sí mismo, podemos conocerlo nosotros mucho antes que él. Veamos.
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¿Qué razones ha podido tener Chávez—pudiera preguntar, de actor a actor, Sean Connery—para lanzar la enésima “misión”, ésa que ha bautizado como “Misión 13 de abril”?
Bueno, primero que nada, la razón de la elección de la etiqueta es obvia. La nueva misión del presidente misionero ha sido bautizada con la fecha del día en que Raúl Isaías Baduel repuso a Chávez en el poder. Comoquiera que el previsto currículum “bolivariano” exige que quienes estudien bachillerato reciban casi la mitad de un total de 160 contenidos en Ciencias Sociales sobre el gobierno de Hugo Chávez, allí constará que esta flamante misión, destinada al “combate contra la pobreza y la miseria” rememora uno de los más dramáticos episodios de la heroica gesta chavista.
A continuación cabe preguntarse cuál es, en la práctica, el verdadero sentido del nuevo engendro. La cosa fue presentada en reposición de uno de los papeles más aclamados en toda la carrera actoral del Presidente, el de Chávez autocrítico. Venía hablando, en plan arrepentido, de la “baja eficiencia”—¿a quién atribuirla?—de su propio gobierno “a la hora de atender los problemas más prácticos del pueblo venezolano”. Dicho esto, procedió a confundir los términos y ya no habló de eficiencia, sino de eficacia: “Debemos incrementar la eficacia”. ¿Cómo? Con la “Misión 13 de abril”, que operará “salas de batalla social, para identificar y financiar proyectos de los consejos comunales y movimientos populares para solucionar los problemas más urgentes”. Es decir, explicó, alimentación, salud, seguridad, materiales de construcción y suministro de agua y electricidad. ¿No es esto, precisamente, lo que debe hacer un gobierno normal? ¿Es que ya los mercales y pdvales no bastan para distribuir alimentos, CADAFE y la recién estatizada Electricidad de Caracas para distribuir electricidad y la policía nacional para garantizar la seguridad? ¿Es entonces la nueva misión un gobierno paralelo? (Nótese la terminología castrense: para “combatir” a la pobreza y la miseria serían necesarias “salas de batalla social”).
Pero el sentido no está completo sin reportar el contrabando añadido: la “segunda línea de acción” de la fresca misión es la de “fijar los valores socialistas” mediante la “creación de las comunas”. Te doy tu ladrillo y el cemento que ahora produciré para tu proyecto, pues ahora soy dueño de cementeras, mientras te adoctrino en el pensamiento de Carlos Marx y disuelvo tu identidad individual en una comuna.
¿Cuál es, podemos preguntar, la cama caliente de esta decisión, la que permita a Chávez dormir al abrigo del viento? Puede ser aducido el socialismo del siglo XXI, el interés por las necesidades populares, el celo zamorano, la reivindicación de los excluidos, el combate al imperio y el terrorismo mediático o alguna otra razón endógena y protagónica. Pero la verdad es que Chávez estaba representando un papel en el teatro abierto de la Avenida Urdaneta de Caracas, en fecha señalada—13 de abril—, ante miles de espectadores a los que se había regalado las entradas. Estaba actuando, y en ejercicio de su profesión dramática, del rol escogido para ese día, tenía que anunciar algo nuevo. Es uno de sus principales rasgos histriónicos su facilidad para la improvisación.
Ni siquiera es una razón de peso la próxima confrontación electoral. Chávez no necesitaba canales nuevos para hacer llegar, en soborno de votos, las ingentes cantidades de fondos a su disposición. (Que continúan creciendo ¡como si trabajara a su favor el complaciente genio de Aladino! La Cámara Petrolera de Venezuela reportaba ayer que la cesta de crudos venezolanos había alcanzado la cota de US$ 97,34 por barril, mientras el mercado mundial sigue asistiendo a un imparable encarecimiento del petróleo, que ya rebasa el precio de US$ 115 para el principal contrato de futuros en Nueva York. Y se estima que el nuevo Impuesto sobre Precios Extraordinarios del Mercado Internacional de Hidrocarburos—a la “ganancia súbita” de transnacionales en Venezuela—pudiera reportar hasta US$ 9.000 mil millones adicionales, por encima de ingresos muy mayores que recrecen ya para la mera operación de PDVSA. Quien creyera que Chávez iba a quedarse limpio en 2008 estaba muy equivocado). Los conductos ya establecidos para la masiva distribución de transferencias bastaban. La nueva misión es, básicamente, un gesto teatral.
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Que la motivación última de anuncios como ése sea una vocación de actor, no significa que la misión que alude a la resurrección de Chávez no tenga utilidad política. Por supuesto que habrá un impacto electoral de mucha consideración, a pesar de un nuevo desarreglo que aumenta el estropicio institucional y el caos administrativo, sobre todo si el Presidente es perfectamente capaz de desempeñar o improvisar otros papeles.
Por ejemplo, el anuncio de la nueva misión sigue a los de la estatización de SIDOR y las empresas cementeras, pero sigue también a su nuevo rol de hombre discreto en el teatro de las FARC. Hace cuatro días se permitió sugerir a los guerrilleros que liberaran a todos los rehenes civiles que mantienen cautivos. (Los libretos que Chávez asume tienen notas marginales con citas de estudios de opinión. En dos platos, Chávez lee encuestas y saca las consecuencias políticas. Por esto promete que ahora guardará silencio pero seguirá trabajando por la liberación de los retenidos, y dice que “no tiene sentido” mantener a civiles como prisioneros de guerra. Esto no se le había ocurrido y tampoco se lo habían escrito en el libreto de diciembre y enero, cuando despotricaba contra el Presidente de Colombia y exigía para las FARC el status de beligerantes. Ya tiene nuevos parlamentos que pronunciar, así sean contradictorios de recientes actuaciones).
El motivo de esta última performance es transparente: su desempeño actoral en el drama—más bien la tragedia—de los cautivos de las FARC no recibió buena crítica, ni internacional ni doméstica. Había, por tanto, que corregir posturas y monólogos. Chávez se hace prudente, y el coro griego de las FARC lo ayuda a él (y también a Rafael Correa). Estos irregulares, que a las pocas horas de conocerse la muerte de Raúl Reyes emitieron un comunicado en el que decían que ella no tenía por qué afectar el proceso de intercambio “humanitario”, se contradicen ahora argumentando que Ingrid Betancourt no puede ser liberada porque de su liberación se ocupaba justamente Reyes, y que su presencia en Ecuador se debía a que planeaban entregarla a Correa.
En fin, uno puede perderse en el archipiélago de motivos que explicarían los centenares de decisiones de Hugo Chávez. En el fondo es uno el más poderoso, el que es la verdadera razón de su desempeño: Chávez es el actor de su propia epopeya. Hace de su vida una narrativa grandiosa, actuación de su identidad, y está adiestrando a Danny Glover—a quien la Asamblea Nacional acaba de aumentarle la mesada de US$ 18 millones en 50%—para que la lleve a la pantalla según su modelo.
Un hombre serio no toma centenares de decisiones; toma unas pocas y las cumple. Chávez ha tomado tantas que niega el concepto mismo de decisión. Si todo es prioritario nada es una prioridad. Si cada domingo se anuncia un nuevo megaplán, y si cada nuevo megaplán duplica la función de otros previos, es imposible que la “baja eficiencia”—que Chávez admite que caracteriza su gobierno—dé paso a una corrección que la mejore.
Pero es que Chávez no ejerce la Presidencia: la actúa. Chávez nos hace recordar, en su postiza y recargada actuación, la de un Rod Steiger de humos subidos, de cuya sobreactuada representación de Napoleón Bonaparte dijera la revista Time: “Es Rod Steiger representando a Rod Steiger representando a Napoleón”. LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Abr 10, 2008 | Cartas, Política |

En 1954 Peter Drucker, gran gurú de la gerencia norteamericana, publicaba La práctica de la gerencia, libro en el que por vez primera predicaba la “gerencia por objetivos”, en contraposición a una “gerencia por crisis”, en la que los ejecutivos se desempeñaban prácticamente sólo como apagafuegos espasmódicos. La gerencia por objetivos introducía racionalidad y serenidad en la gestión empresarial, al proporcionar dirección clara al esfuerzo gerencial.
El estilo administrativo del gobierno de Chávez pareciera ser, más bien, el de una «gerencia por sobresaltos». Ya no es que responde a crisis que emerjan autónomamente en su contexto, sino que las crea él mismo. Casi cada semana de las 478 transcurridas desde que Chávez llegara a la Presidencia de la República, ha habido uno o dos incidentes sorprendentes, acompañados de la consiguiente tensión. No ha habido paz en la república en los últimos nueve años.
La condición descrita, que perturba de insidioso modo la psiquis de la nación—evidentemente neurotizada, como se manifiesta en una conducta social cada vez más agresiva—puede ser asimilada a la condición médica que se conoce como hemorragia por capas, característica de ciertas dolencias agudas del tracto digestivo. Ante ella, los médicos están seguros de que ocurrirán sucesivos episodios hemorrágicos, pero ignoran dónde se producirán.
Es así con este gobierno: un día la atención está puesta sobre los peligrosos roces con Colombia; al día siguiente, la implantación de una reforma curricular ideologizante conmueve a la nación; entonces se anuncia la estatización del sector cementero, luego de reventar las denuncias sobre el latifundismo de los Chávez en Barinas; al otro día las denuncias se reorientan para poner al ex Fiscal General en la mira, en espectáculo de un mitómano reconocido (Giovanny Vásquez); entonces unas decenas de encapuchados toman y paralizan a la parroquia 23 de enero (Chávez, que prefiere se tenga a las FARC por “beligerantes”, se refirió a esos revoltosos como “terroristas”); a esto se superpone la estatización de SIDOR, etcétera, etcétera, etcétera.
Este proceso sin fin no ocurre sin contradicciones, las que a veces se suceden con ritmo interdiario. Poco después de que Chávez emitiese el ucase inapelable de la estatización del cemento, llega a leerse que la orden sólo se refiere a las empresas cementeras que antes eran de la nación y fueron privatizadas. (“Nosotros sólo vamos a nacionalizar lo que fue privatizado, las grandes cementeras que se llevaron casi regaladas, las plantas que fueron propiedad del Estado”, dijo Chávez a la gente de Cementos Catatumbo en Maracaibo, donde Estaban Pineda Belloso, el jeque omnímodo del diario Panorama, aliado del gobierno, tiene un interés importante. El reporte no proviene del “terrorismo mediático” de Globovisión, sino de la propia Agencia Bolivariana de Noticias). Pero es que prácticamente toda la industria nacional del cemento estuvo siempre en manos privadas. (Tan sólo Cementos Caribe estaba en manos de FOGADE cuando fue adquirida por Holcim, la cementera suiza, y originalmente era una empresa privada).
O dice Chávez con no poco orgullo el pasado domingo, cuando invita a la “burguesía nacional” al diálogo, que la Cámara de la Construcción está muy satisfecha con las perspectivas de su sector en el breve plazo, y entonces uno no entiende cómo es que se estatizará el cemento, y ahora la producción de acero, porque presuntamente no hay ni cemento ni acero en cantidades suficientes al mercado interno, pues los empresarios del acero y el cemento preferirían vender sus productos en el exterior. (Si esto fuera así, ¿cómo pueden los empresarios de la construcción anunciar alegres perspectivas?) O el gobernador del estado Bolívar, en celebración de la medida contra la argentina Ternium, accionista mayoritaria en SIDOR declara que “en Venezuela no hay peligro de que la inversión privada se vea afectada”. Bueno, Ternium ha sido afectada de inmediato; no sólo venía perdiendo diariamente 3 millones de dólares con la huelga que paralizó a SIDOR, sino que sus acciones experimentaron una marcada pérdida de valor con el mero anuncio del takeover gubernamental. (SIDOR es, al menos, la cuarta parte del negocio total de Ternium).
O cuando Ramón Cañizales, Vicepresidente Ejecutivo de la República, pretexta el arrebatón a Ternium porque esta empresa mantendría ante sus trabajadores “una actitud colonizadora, radical, inflexible, arrogante, irrespetuosa, antiética, inhumana”, y les somete a una semiesclavitud, acto seguido indica, sin el menor empacho por su propia contradicción, que pudiera ejecutarse “un esquema en el que no se descarta mantener a Ternium con un paquete minoritario de acciones”. Es decir, que el gobierno revolucionario de los pobres, adalid de los trabajadores, vería con buenos ojos que Ternium, presuntamente responsable de tan horribles cosas, continúe siendo su socia. (O cómplice, dado que habría delito de lesa humanidad hacia los obreros).
Debe reconocerse, al menos, que las indemnizaciones acordadas por el gobierno a los antiguos dueños de las empresas estatizadas—La Electricidad de Caracas, CANTV, las petroleras de la Faja del Orinoco (con la notoria excepción de Exxon-Mobil)—hasta ahora han parecido ser satisfactorias para los despojados. Es de esperar, pues, que Ternium reciba una compensación más o menos adecuada, si es que la estatización de SIDOR sigue adelante. (La empresa confía en que el gobierno argentino logre revertir la decisión, pero esto no sería fácil, sobre todo cuando los trabajadores la han recibido con beneplácito y Ramón Machuca, Presidente de SUTISS y pretendiente a la gobernación de Bolívar, tendría tanto que perder en una marcha atrás). Y no todos los analistas internacionales se asustan; Gianfranco Bertozzi, de Lehman Brothers, escribe hace poco en un informe: “Las adquisiciones gubernamentales de las industrias cementeras y del acero serán empleadas para insuflar nuevo aliento a la construcción en Venezuela”.
¿Será por esto que la Cámara de la Construcción, según Chávez, está tan optimista?
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Lo cierto es que ya los ejecutivos de publicidad de Venevisión—al admitir que sólo PDVSA ha colocado recientemente 40 millones de bolívares fuertes de inversión publicitaria en esa televisora—pueden predecir los picos de la publicidad gubernamental a corto plazo, anotando simplemente las boutades presidenciales y sus contradictorios efectos, pues cada vez debe hacerse un trabajo posterior de explicación y corrección de la opinión pública, labor a la que antaño debieron aplicarse con denuedo Luis Miquilena y José Vicente Rangel. (Por el lío con Exxon-Mobil, un día íbamos a suspender los envíos de petróleo a los Estados Unidos, y al día siguiente se explicó que no había planes de hacer tal cosa. Nueve batallones con apoyo blindado se despachó a la frontera con Colombia, para que a la reunión del Grupo de Río en República Dominicana el presidente Chávez llegara en actitud de pacífico cordero. Estatizaremos las cementeras, y veinticuatro horas más tarde se explica que la medida sólo pesaría sobre las empresas “privatizadas”).
¿Tiene el gobierno cómo administrar eficientemente las responsabilidades que adquiere crecientemente, luego de que agita laboralmente para crear la coartada de las estatizaciones? Uno puede intervenir quirúrgicamente un cuerpo atlético, pero si al tiempo que se le trepana el cráneo se le reduce una fractura de consideración, y se le reseca un pulmón y también el bazo, y se le extirpa medio intestino delgado y todo el páncreas y se le hace un extenso injerto de piel, en cuanto se procure extirparle una espinilla en la espalda es muy probable que el paciente muera por shock. Es demasiado trauma para tan breve tiempo.
Desbocado en su afán de controlar prácticamente toda esfera de la vida nacional, especialmente en la economía, el gobierno no puede deglutir, no digamos digerir, todo lo que come. Su tren ejecutivo no es muy amplio, a juzgar por los frecuentes enroques de las mismas caras. Por otra parte, la capacidad profesional de sus colaboradores, con honrosas excepciones, pareciera definirse por su conocimiento de la jerga que Andrés Oppenheimer bautizara como “marxista-narcisista”. No hay en el gobierno capacidad gerencial para administrar su recrecido volumen, verdaderamente tumoral.
En lo que llevamos de gobierno chavista el Estado venezolano ha recibido ingresos que se acercan a la cifra de 700 mil millones de dólares (incluyendo en ella el endeudamiento), y la infraestructura nacional permanece prácticamente idéntica a la de 1999. Escribe Gregorio Sampsa: “Relación de las principales ‘grandes’ obras entregadas por el Gobierno: el Hospital Cardiológico Infantil, 80 millones de dólares; el ramal ferroviario Cúa-Caracas, 600 millones de dólares; el Puente sobre el río Orinoco, 360 millones de dólares; la Línea 4 del Metro de Caracas, 340 millones de dólares; el Metro de Valencia, 320 millones de dólares; el Metro de Maracaibo, 300 millones de dólares; la ampliación del Aeropuerto Simón Bolívar, 40 millones de dólares; el nuevo viaducto Caracas-La Guaira, 60 millones de dólares”. Comenta Sampsa: “El total de lo invertido en las ‘grandes’ y emblemáticas obras de este gobierno suma alrededor de 2.100 millones de dólares”, y compara esa magnitud con las de grandes proyectos de ingeniería internacionales, para informarnos que lo invertido en los nueve años de Chávez ni siquiera habría cubierto el gasto por movimiento de tierra del nuevo aeropuerto de Hong Kong. ¿En qué se han ido 698 mil millones de dólares no empleados en infraestructura? ¿Por qué es que PDVSA tiene que endeudarse para acometer el aumento de su potencial de producción?
En verdad, el gobierno—Chávez—fabrica ideas fantasiosas por minutos, y en su torpe y corrupta ejecución va dejando atrás una estela de gallineros verticales, núcleos endógenos y ejes Orinoco-Apure inconclusos. (De los proyectos reseñados por Sampsa, además, todos fueron concebidos y planificados por gobiernos anteriores, con las salvedades del Cardiológico Infantil y el viaducto de la Autopista Caracas-La Guaira, requerido este último porque el antiguo se derrumbó).
Ahora, pues, a la producción y venta de petróleo y gas, a su creciente papel agrícola-ganadero (32 fincas amanecieron hoy militarizadas en el Valle del Río Turbio), a la función docente, a la policía nacional, a su liderazgo antimperialista de alcance planetario, a la función pulpera de los mercales y pdvales, a la distribución de electricidad, al servicio de telefonía, y a todo el resto de la enorme carga que pesa sobre los hombros de un gobierno con veintitrés ministerios, quiere añadir también la producción de cemento y la de acero.
El desempeño gubernamental, aquejado de elefantiasis, ha sido terrible. No hay indicador casi que pueda exhibirse en progreso respecto de gobiernos anteriores, mientras la delincuencia prospera, así como la inflación y la devaluación de la moneda. Sobre todo, la corrupción ha alcanzado cotas hasta ahora desconocidas.
Si Hugo Chávez, que a juzgar por otras señales—no ha vuelto a insultar a Uribe Vélez, por ejemplo, o dice que seguirá procurando la liberación de rehenes en poder de las FARC pero en silencio, discretamente (¡a buena hora!), o indica que el gobierno no lleva prisa con lo del currículum “bolivariano”—pareciese encontrarse en fase reflexiva (ha leído encuestas y enfrenta próximas elecciones), incluyera en sus cavilaciones una evaluación de su propio gobierno, pudiera percatarse de que, por menos de la mitad de los desaguisados que ha protagonizado o permitido, él mismo se alzó contra Carlos Andrés Pérez en 1992.
En medio de su delirio, de su verborrea incesante, pudiera darse él mismo un respiro y entender lo difícil que es gobernar con buenos resultados. La soberbia lo llevó a pretender erigirse en juez de la democracia, en paladín justiciero que arreglaría lo que el gobierno de Pérez y los de sus predecesores habrían descompuesto, e intentó un golpe de Estado que por fortuna fracasó.
Si él fuese en estos días un teniente coronel activo, con mando sobre tropas y la misma ideología confusa y arrogante que había logrado absorber para 1992, con su misma disposición abusiva, ¿no tendría que alzarse hoy para deponerse a sí mismo?
LEA
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