por Luis Enrique Alcalá | Mar 30, 2006 | Cartas, Política |

Una larga cita antes de entrar en materia:
Intervenir la sociedad con la intención de moldearla involucra una responsabilidad bastante grande, una responsabilidad muy grave. Por tal razón, ¿qué justificaría la constitución de una nueva asociación política en Venezuela? ¿Qué la justificaría en cualquier parte?
Una insuficiencia de los actores políticos tradicionales sería parte de la justificación si esos actores estuvieran incapacitados para cambiar lo que es necesario cambiar. Y que ésta es la situación de los actores políticos tradicionales es justamente la afirmación que hacemos.
Y no es que descalifiquemos a los actores políticos tradicionales porque supongamos que en ellos se encuentre una mayor cantidad de malicia que lo que sería dado esperar en agrupaciones humanas normales.
Los descalificamos porque nos hemos convencido de su incapacidad de comprender los procesos políticos de un modo que no sea a través de conceptos y significados altamente inexactos. Los desautorizamos, entonces, porque nos hemos convencido de su incapacidad para diseñar cursos de acción que resuelvan problemas realmente cruciales. El espacio intelectual de los actores políticos tradicionales ya no puede incluir ni siquiera referencia a lo que son los verdaderos problemas de fondo, mucho menos resolverlos. Así lo revela el análisis de las proposiciones que surgen de los actores políticos tradicionales como supuestas soluciones a la crítica situación nacional, situación a la vez penosa y peligrosa.
Pero junto con esa insuficiencia en la conceptualización de lo político debe anotarse un total divorcio entre lo que es el adiestramiento típico de los líderes políticos y lo que serían las capacidades necesarias para el manejo de los asuntos públicos. Por esto, no solamente se trata de entender la política de modo diferente, sino de permitir la emergencia de nuevos actores políticos que posean experiencias y conocimientos distintos.
Los párrafos precedentes son los iniciales de un «borrador» de «documento base», preparado para alimentar un «congreso para la formación de una nueva asociación política» en Venezuela que pretendió tener lugar en 1985. El tal congreso jamás se celebró, aun cuando el documento, redactado en febrero de ese año, llegó a un considerable número de personas, que en general lo encontraron adecuado. Entre ellas estuvieron: Allan Randolph Brewer-Carías, Gustavo Julio Vollmer, Eduardo Fernández, Alberto Quirós Corradi, Rafael Tudela, Aníbal Latuff, Diego Bautista Urbaneja, Carlos Blanco, Luis Matos Azócar, Pedro R. Tinoco hijo, Moisés Naím, Ramón Piñango, Henry Gómez Samper, Alberto Zalamea, Joaquín Marta Sousa, José Rafael Revenga, Frank Alcock Pérez-Matos, Gustavo Antonio Marturet, Alonso Palacios, Andrés Sosa Pietri, Marco Tulio Bruni Celli, Arturo Úslar Pietri, Eduardo Quintero Núñez, Heinz Sonntag, Eloy Anzola Etchevers, Hans Neumann, Marcel Granier, Gustavo Tarre Briceño, Miguel Henrique Otero, Henrique Machado Zuloaga, Corina Parisca de Machado, José Antonio Olavarría, Ricardo Zuloaga, Maxim Ross, Alberto Krygier, Arturo Sosa, Reinaldo Cervini, Philippe Erard, Eduardo Quintana Benshimol, Ariel Toledano, Horacio Vanegas, Edgar Dao, Carlos Zuloaga, Ignacio Andrade Arcaya, Gustavo Roosen, Frank Briceño Fortique, Aníbal Romero, Ignacio Ávalos, Francisco Aguerrevere, Thaís Valero de Aguerrevere, Luis Ugueto Arismendi, Sebastián Alegrett, Andrés Stambouli, Gerardo Cabañas, Elías Santana, Edgar Dao, Arturo Ramos Caldera, Alonso Palacios.
Sólo tres entre los nombrados hicieron muy moderados comentarios críticos. Dos de ellos para opinar que la caracterización de los actores políticos convencionales—léase partidos de la época—era excesivamente dura; otro para advertir que todavía había «AD y COPEI para mucho rato». Tan sólo ocho años más tarde AD y COPEI eran derrotados por el «chiripero» de Caldera y a los trece el chavismo hacía su aparición para acabar con la hegemonía bipartidista a la que estábamos acostumbrados.
Pero, en general, el diagnóstico acerca de la incapacidad estructural de los partidos y sus líderes para entender el proceso venezolano y responder eficazmente a él, contó con aceptación entre quienes recibieron y leyeron el documento. Éste postulaba que tal insuficiencia política era de origen paradigmático. No pretendía explicar la ineficacia política a partir de la hipótesis de que el Comité Ejecutivo Nacional de Acción Democrática o el Comité Nacional de COPEI se reuniesen semanalmente para despachar, como primer punto del orden del día, la siguiente interrogante: «¿Cómo vamos a fregar a los venezolanos hoy?» En cambio, presumía que la incapacidad de obtener soluciones eficaces a nuestros problemas públicos de parte de los actores políticos convencionales se debía a su «esclerosis paradigmática», a que a partir de su comprensión tradicional de la política, independientemente de sus buenas intenciones, ya no podían salir tratamientos pertinentes o bastantes.
………
Lo anteriormente expuesto vino a mi recuerdo al escuchar un rechazo a la proposición de elecciones primarias para obtener un candidato unitario que oponer a Hugo Chávez. El rechazo, proferido de labios de un político antiguamente destacado—su actual actividad pública no es política—estaba montado sobre dos líneas argumentales. La primera ya ha sido expuesta por distintos comentaristas y políticos y comentada en esta publicación: que unas primarias suscitarían una agresión inconveniente entre opciones candidaturales y agrupaciones políticas de oposición, cuya unidad sería necesaria. En conexión silogística algo dudosa ofreció el ejemplo de la candidatura Álvarez Paz en 1993, surgida de elecciones primarias en el seno del partido COPEI.
Se le observó, por supuesto, que la derrota de Álvarez Paz a manos de Caldera no tenía que ver con el método de su postulación, sino con su idoneidad como candidato en sí. Es decir, perdió las elecciones porque ni su figura ni su campaña fueron suficientes. Pero, como digo, tal cosa está sólo débilmente conectada con la creación de animosidades insalvables y funestas, que condenarían a muerte a una candidatura que emergiera de una elección primaria. Este peligro puede ser conjurado con facilidad: al estilo del Pacto de Punto Fijo, los participantes en unas elecciones primarias pueden acordar el apoyo ulterior al candidato que venza en ellas.
La más llamativa de sus razones para oponerse, sin embargo, fue una de esas frases que se ofrecen sumariamente y en tono lapidario: que la idea de la primaria es «otra de esas cosas de la antipolítica». Punto. No había necesidad de explicar más nada luego de que bajase la definitiva guillotina retórica. Magister dixit.
No se aprende. La teoría que subyace al dictum precedente es algo como esto: la política es una actividad que debe ser hecha por políticos, por los que saben de eso. (Por ejemplo, «Político que no negocia no es político»).
El punto está en que, según su interpretación, la política es meramente una lucha por el poder, el que una vez alcanzado debe emplearse en la conciliación de intereses dispersos en el seno de la sociedad. Esto es, que el arte terapéutico de la política se compone del protocolo polémico, por un lado, y por el otro del protocolo opuesto de la conciliación. Quienquiera insistir que la política debe entenderse como la actividad de resolver problemas de carácter público no será un político, en tal interpretación. Quien ose criticar a los políticos convencionales es un antipolítico que busca subvertir el «orden natural» de las cosas.
En verdad, la antipolítica consiste en negar a la política, pero esta connotación no puede aplicarse en propiedad a quienes consideren la política necesarísima y absolutamente importante, pero creen que puede ser hecha de otra forma, desde otro paradigma.
No basta, naturalmente, criticar a los políticos de paradigmas obsoletos. El documento citado al comienzo incluía luego las siguientes precisiones:
«No basta, sin embargo, para justificar la aparición de una nueva asociación política la más contundente descalificación de las asociaciones existentes. La nueva asociación debe ser expresión ella misma de una nueva forma de entender y hacer la política y debe estar en capacidad de demostrar que sí propone soluciones que escapan a la descalificación que se ha hecho de las otras opciones. En suma, debe ser capaz de proponer soluciones reales, pertinentes y factibles a los problemas verdaderos.
No debe entenderse por esto, sin embargo, que tal asociación pretenda conocer la más correcta solución a los problemas. Tal cosa no existe y por tanto tampoco existe la persona o personas que puedan conocerla. Ningún actor político que pretenda proponer la solución completa o perfecta es un actor serio.
Siendo las cosas así, lo que proponga un actor político cualquiera siempre podrá en principio ser mejorado, lo que de todas formas no necesariamente debe desembocar en el inmovilismo, ante la fundamental y eterna ignorancia de la mejor solución. Más todavía, una proposición política aceptable debe permitir ser sustituida por otra que se demuestre mejor: es decir, debe ser formulada de modo tal que la comparación de beneficios y costos entre varias proposiciones sea posible.
De este modo, una proposición deberá considerarse aceptable siempre y cuando resuelva realmente un conjunto de problemas, es decir, cuando tenga éxito en describir una secuencia de acciones concretas que vayan más allá de la mera recomendación de emplear una particular herramienta, de listar un agregado de estados deseables o de hacer explícitos los valores a partir de los cuales se rechaza el actual estado de cosas como indeseable. Pero una proposición aceptable debe ser sustituida si se da alguno de los siguientes dos casos: primero, si la proposición involucra obtener los beneficios que alcanza incurriendo en costos inaceptables o superiores a los beneficios; segundo, si a pesar de producir un beneficio neto existe otra proposición que resuelve más problemas o que resuelve los mismos problemas a un menor costo.
En ausencia de estas condiciones para su sustitución, la política que se proponga puede considerarse correcta, y dependiendo de la urgencia de los problemas y de su importancia (o del tiempo de que se disponga para buscar una mejor solución) será necesario llevarla a la práctica, pues el reino político es reino de acción y no de una interminable y académica búsqueda de lo perfecto.
Pero es importante también establecer que no constituyen razones válidas para rechazar una proposición la novedad de la misma (‘no se ha hecho nunca’) o la presunción de resistencias a la proposición. Por lo que respecta a la primera razón debe apuntarse que una precondición de las políticas aceptables es precisamente la novedad. Respecto a la existencia de resistencias y obstáculos hay que señalar que eso es un rasgo insalvable de toda nueva proposición. El que las resistencias y los obstáculos hagan a una proposición improbable no es una descalificación válida, puesto que, como se ha dicho, ‘El trabajo del hombre es precisamente la negación de probabilidades, la consecución de cosas improbables’.
Toda proposición política seria, y muy especialmente la que pretenda emerger por el canal de una nueva asociación política deberá estar dispuesta a someterse a un escrutinio y a una crítica comparativa que se conduzcan con arreglo a las normas descritas más arriba. La ‘objetividad’ política sólo se consigue a través de un proceso abierto y explícito de conjetura y refutación, pero jamás dentro de un ámbito en el que lo pautado es el silencio y el acatamiento a ‘líneas’ establecidas por oligarquías, o en el que se confunde la legitimidad política con la mera descalificación del adversario».
¿Es eso acaso una «antipolítica»? ¿No es hora de volver a intentar, en vista de tanta cosa, en vista de tanto fracaso de «los políticos», lo que hace veintiún años resultó imposible?
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por Luis Enrique Alcalá | Mar 23, 2006 | Cartas, Política |

Hace poco que el Dr. Gustavo Linares Benzo estimara por la prensa nacional (El Universal) que la carrera por la candidatura unitaria de la oposición se había en realidad reducido a tres candidatos de peso: Borges, Petkoff y Rosales. En la estimación del suscrito el último de los nombrados no es un candidato viable, y la fuerza de las cosas está dejando sólo dos caballos en la carrera: Julio Borges y Teodoro Petkoff.
Sobre Manuel Rosales pende un lastre del que no podrá desprenderse a corto plazo. Dicho de otro modo, ese lastre gravitaría inevitablemente sobre una candidatura suya en 2006. Otra cosa es un futuro posterior, pero para las elecciones de diciembre le será imposible correr con liviandad. La referencia, naturalmente, es a la participación pública y notoria de Rosales como cohonestador de las actuaciones autocráticas e inconstitucionales de Pedro Carmona Estanga. A juicio de esta publicación (Carta Semanal #176 de doctorpolítico del 9 de febrero de 2006 y Carta Semanal #111, del 4 de noviembre de 2004) ese punto sería un ineludible issue de la campaña, independientemente de si el Tribunal Supremo de Justicia encuentra méritos para el enjuiciamiento del gobernador del Zulia.
Claro que la actual solicitud de la Fiscalía General ante el TSJ, que justamente busca la declaratoria de méritos para el enjuiciamiento, pudiera generar un efecto paradójico: que Rosales llegara a creer que, como en el caso de López Obrador en México, estaría en mejor condición de defenderse penalmente si lanza su candidatura; que si va a ser procesado de todas formas, entonces más le vale lanzarse para aparecer como víctima por razones políticas, porque «se teme» que pudiera ganarle a Chávez. De hecho, bien pudiera estar el gobierno propiciando esta posibilidad, pues también pudiera entender que el lanzamiento de Rosales asegura la división de la oposición. (Como ha propiciado la abstención: primero dejando correr la especie del fraude del revocatorio, puesto que esa matriz de opinión aumentó la propensión a abstenerse en las elecciones sucesivas; luego saludando que la oposición crea que tiene un miedo cerval a la abstención masiva luego del 4 de diciembre. En este último caso, una estrategia superficial leería: ¿es a esto que Chávez teme? Entonces hay que abstenerse).
De modo que en opinión de doctorpolítico la candidatura Rosales no es viable en ningún caso. (Por razones obvias Acción Democrática empleará todos los argumentos que aconsejen esa candidatura, siendo que Rosales, a pesar de su propio movimiento político, es visto todavía como acciondemocratista, lo que fue oficialmente en el pasado de sus comienzos en el oficio).
Si este análisis de inviabilidad fuese cierto, no es necesario mucho más para descartar de una vez las candidaturas de William Ojeda y Roberto Smith, que no han logrado colocarse en el mapa, después de que fuesen las únicas dos figuras que admitieron hasta ahora su intención candidatural públicamente, luego de que Julio Borges fuese el pionero en mayo del año pasado. Para propósitos prácticos no existen.
No todo el mundo ha descartado aún, por otra parte, la candidatura de Salas gallo o Salas pollo, pero ambos vienen de perder sus últimas confrontaciones con el chavismo, y no se encuentra ninguno de los dos en la situación de Salas Römer en 1998, cuando éste fuera percibido, luego del desplome de la candidatura Sáez y la defenestración de Alfaro Ucero a manos de sus propios compañeros, como el único que tenía alguna oportunidad de competir con Chávez. Es, pues, opinión del suscrito que ninguna de estas candidaturas valencianas podrá arrancar.
Quedaría por determinar si hay planes de presentar una candidatura nítidamente definida como de derecha. Marcel Granier o María Corina Machado. Por lo que respecta a esta última, ha sido muy enfática en asegurar que no será candidata presidencial en 2006. (Ver entrevista concedida a Pedro Pablo Peñaloza en el libro editado y publicado este mismo mes por Fausto Masó: Chávez es derrotable, Editorial Libros Marcados. «Hasta cuándo me van a preguntar si aspiro a una candidatura presidencial? ¿Cómo quieren que les diga que no seré candidata presidencial?»)
El caso de Granier no es tan claro. No es un secreto para nadie que ha venido aumentando su exposure en tiempos recientes de modo muy marcado, pero en general ha asegurado que no está pensando en candidaturas. En su más reciente exposición ha asegurado ayer en el programa de Leopoldo Castillo que el grupo de personas que comenzó a ser designado como el «movimiento 4 de diciembre» no tiene intenciones políticas, pero también, ante acicate del periodista sobre su posible lanzamiento, ha contestado: «Yo nunca he sido candidato…» Tal cosa no parece ser un compromiso irreversible a futuro, pero igualmente, para propósitos prácticos, su nombre no está en juego, al menos todavía. Se ha mostrado públicamente, eso sí, partidario de la participación en las elecciones de diciembre—sin cejar en la lucha por condiciones electorales aceptables—y de una candidatura única para enfrentar a Chávez.
Esta carta, por otro lado, ha estimado así la viabilidad de la candidatura Granier (#176, 9 de febrero de 2006): «Pero una candidatura Granier sería una equivocación, la misma que se cometió al suponer que pudiera trocarse directamente a Chávez por el polo opuesto del Presidente de Fedecámaras en abril de 2002. Granier tiene una redondez y multimensionalidad casi equivalente a la de Petkoff, pero sería difícilmente tragable por un electorado que tal vez quisiera salir de Chávez pero no execrarlo con un bandazo pendular de opuesto signo».
Todo lo cual nos regresa al comienzo. La verdadera carrera es entre Borges y Petkoff.
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¿Cómo dirimir esta disyuntiva? La propia María Corina Machado ha sostenido que el mecanismo ideal es el de unas elecciones primarias. Tanto porque se da así participación a la «sociedad civil» en la determinación del candidato (más democracia participativa), como porque la celebración de aquéllas generaría un movimiento de masas que está haciendo falta a una oposición desmovilizada, gracias a la terca prédica sobre el hipotético fraude del 15 de agosto de 2004. Machado razona que no es un motivo para no celebrarlas la anticipación de una guerra interna entre candidatos, que pudiera dejar algo ajado y maltrecho al candidato que emergiese victorioso. Desde su punto de vista, ese peligro no desaparecería si no hubiese primarias.
En este punto creo que Machado tiene razón. Más aún, Petkoff y Borges son dos caballeros que pudieran dar una lección de decencia política al país, protagonizando una competencia seria y respetuosa, que no necesita descender a los sótanos de la agresión y la procacidad a las que Chávez nos tiene acostumbrados. Borges y Petkoff son perfectamente capaces de una discusión a la inglesa, o al elegante estilo de los feroces pero urbanos debates de las legislaturas españolas.
Hasta donde se sabe, Petkoff ha sido renuente a la idea de primarias: «Teodoro Petkoff tampoco es partidario de primarias. Recuerda las del MAS, que afectaron grandemente la unidad del partido del que fue fundador. Ofrece, en cambio, un ejemplo que no deja de ser persuasivo para basar su recomendación de que los distintos candidatos y fuerzas se ‘inteligencien’ para zanjar el asunto. Al término del régimen de Pinochet, como consecuencia del referendo en el que se le derrotara, los principales partidos de Chile encontraron en su interlocución que no podría sucederse un régimen de derecha por uno del extremo contrario—error que aquí se cometió, por cierto, con Carmona Estanga—y por tanto convendría buscarse una solución al centro derecha. De allí la candidatura de Aylwin, democristiano. Sólo después de su presidencia y la de Frei pudo llegar un socialista, Ricardo Lagos, a la Casa Rosada». (Carta Semanal #171, 5 de enero de 2006).
En cambio, Borges se había mostrado como entusiasta partidario de elecciones primarias. Vivian Castillo reportaba en El Universal el 30 de diciembre de 2005: «La celebración de unas elecciones primarias para escoger un candidato único legitimaría la alternativa opositora, según afirmó Julio Andrés Borges, candidato presidencial y coordinador nacional del partido político Primero Justicia (PJ)». «Reiteró que unas primarias serían una extraordinaria manera de lograr la expresión de la gente, ‘que el ciudadano diga—entre la constelación de grupos que hay—: nosotros queremos que el capitán sea éste, que el equipo sea este grupo o esta coalición’, dijo».
Ahora, sin embargo, parece recular. En entrevista concedida a Alba Gil (www.americaeconomica.com), publicada el viernes 24 de febrero de 2006, recibe la siguiente pregunta: «Usted propuso celebrar unas elecciones primarias el próximo 19 de abril. ¿Cree que esa fecha y este método se puede mantener?» Ésta es su contestación: «Ya no hay tiempo para eso. Lo cual no quiere decir que este proyecto no se pueda llevar a cabo. Las fuerzas políticas de la oposición podemos y debemos alcanzar un acuerdo y participar en las elecciones de diciembre. No es necesario realizar un proceso electoral para elegir a un candidato. Con el diálogo podemos llegar a un consenso».
Este viraje, no poco característico de su discurso, puede muy bien obedecer a su innegable posición de ventaja en los estudios de opinión. (Una vez que conociera el Estudio Perfil 21 #65, de Consultores 21, correspondiente a febrero de 2006, con cierre de la recolección de datos el 7 de ese mes, o 17 días antes de la entrevista mencionada). Es claro que en una «inteligenciación», para usar la terminología de Petkoff, o con el «diálogo (con el que) podemos llegar a un consenso», si se emplea la descripción de Borges, éste pondría sobre la mesa la carta alta de su posición de vanguardia en los sondeos, aunque el primero pudiera aducir respecto de su caso: «Rondón no ha peleado». Es así como probablemente Petkoff tuviera más que ganar en unas primarias que Borges.
Pero lo importante, desde el punto de vista estratégico, es que la oposición ganaría cosas de valor inestimable (más allá de lo anticipado por María Corina Machado) con el proceso de primarias. La primera es que el año electoral de 2006 quedaría partido en dos tramos: el que va desde ahora (completado con la definición de la candidatura Petkoff) hasta la definición de la candidatura de unidad mediante primarias; el que sigue, desde esta definición y la inscripción del candidato unitario hasta las elecciones del 3 de diciembre.
Por este medio, entonces, se lograría de modo automático una condición estratégica varias veces recomendada en esta publicación y entrevista ya en 1987 para condiciones similares. Que la campaña del contendor de Chávez se inicie lo más tarde que sea posible:
«Por diversas razones el tiempo de lanzamiento de la candidatura con posibilidades debe ser lo más tardío posible. Por un lado está el problema de los recursos: es improbable que un verdadero outsider pueda conseguir los fondos necesarios a una campaña prolongada. Por otra parte, el intento debe ser hecho contraviniendo los intentos de actores muy poderosos. En tales condiciones una guerra de atrición no es sostenible. No puede un outsider trenzarse en una larga ‘guerra de trincheras’ contra Acción Democrática y COPEI, pues caería en el asedio. Nuestro outsider se encuentra en la situación de Israel, país pequeño y rodeado de enemigos mucho más numerosos y de mayor poder. Así, su estrategia indica un golpe sorpresivo y contundente y definitivo. Por último, el tiempo debe ser tardío porque lo que es necesario producir corresponde a lo que los psicólogos de la percepción llaman un gestalt switch. Es un cambio súbito en la manera de percibir una misma cosa. De este modo, o el cambio de percepción se produce o no se produce, o se entiende o no se entiende, y para esto no es necesaria o correcta una campaña de convencimiento gradual, sino una argumentación suficiente que tienda a producir una respuesta más instantánea». (De la Ficha Semanal #57 de doctorpolítico, del 2 de agosto de 2005, en reproducción de una sección del estudio Sobre la posibilidad de una sorpresa política en Venezuela, de septiembre de 1987. La misma recomendación se encuentra en trabajo inserto en el libro Chávez es derrotable, ya mencionado, en su capítulo Tío Conejo como outsider).
La interpolación de las primarias produce el mismo efecto, al diferir la definición del candidato unitario. Y si el dicho de la política norteamericana es válido—you can’t fight somebody with nobody—su recíproco también funciona: you cant’t fight nobody with somebody. Esto es, Chávez no podría sino continuar peleando con George W. Bush, que no es candidato en Venezuela, mientras la oposición no defina quién terminará oponiéndosele.
Lo que dicho sea de paso alteraría a favor de la oposición el modo habitual de los tiempos recientes: la reactividad de la oposición a terminologías y agendas fijadas por Chávez. No hay incertidumbre respecto de la candidatura oficialista; no hay duda, es la candidatura de Chávez. Así, mientras la candidatura opositora no esté definida, la atención política estará sobre esa definición; la curiosidad política se fijará sobre lo que termine haciendo la oposición.
Por último, lo más importante: una mayoría de electores venezolanos cree en las bondades del método de primarias para dilucidar la candidatura de oposición. (Según el Perfil 21 #65, un 68,8%. Incluso dentro de los encuestados que dicen confiar en Chávez, un 54,5% prefiere el asunto. La proporción sube entre quienes declaran no confiar en él hasta 86,5%, y alcanza a 96% entre quienes dicen confiar en la oposición). ¿Puede arriesgar la oposición ir a contracorriente de esta opinión?
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Mar 16, 2006 | Cartas, Política |

La integridad es una necesidad imperiosa de la psiquis humana. Cada conciencia individual busca disponer, en todo instante, de una absolución ética de quien la posee. Es decir, con la excepción de casos psiquiátricos agudos, cada uno de nosotros siente que es una persona buena. De hecho, un desequilibrio marcado y constante a este respecto, una «mala conciencia», es causa patogénica para la psicología. Hasta el más obvio delincuente es capaz de construir una justificación o racionalización de sus actos.
El revolucionario de librito, por ejemplo, cuenta con la comodidad del código de ética de la revolución, por el que cualquiera otra ética existente o por existir le queda subordinada. Ese código actúa entonces como absorbedor o amortiguador—buffer—perfecto, ante el que se disuelve cualquier inconsistencia lógica o terminológica, que en otra circunstancia reventaría la conciencia de quien pretendiese sostener simultáneamente dos juicios contradictorios. Por ejemplo, si condeno al golpismo al tiempo que glorifico mi propia gesta golpista del 4 de febrero de 1992, me alejo de la incómoda inconsistencia al declarar que en mi caso no puedo ser tildado de golpista, sino tenido por revolucionario.
Pero este caso especial de mantenimiento de la integridad psíquica es mero reflejo de la regla general: todos sostenemos una visión de nosotros mismos por la que reconocemos sólo una cantidad insignificante de propias conductas censurables, y en general nos tenemos por buenos. A un nivel consciente—Freud diría superficial—actuamos normalmente de buena fe.
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Un silogismo político particular, de renovada popularidad por estos días, es ejemplo de lo antedicho. Quienes lo sostienen, estoy convencido, creen sinceramente en la validez de sus inferencias y la veracidad de sus premisas. Premunidos, además, como todo el mundo, de su propia rectitud ética, consideran con igual sinceridad que es su deber patriótico difundirlo o predicarlo, así como oponerse, con no poca desesperación, a los invidentes que sostienen una tesis contraria. El argumento va como sigue.
Quien ahora desempeña la Presidencia de la República no sería persona que creyese en el principio de la alternabilidad democrática. Teniendo el poder, no lo soltará nunca, y es por consiguiente una ilusión pensar que una participación electoral pudiera tener eficacia. Como, por otra parte, una mayor premisa subyacente, tácita, que no necesita ser demostrada porque sería de universal aceptación, es que la perniciosidad del régimen obliga a buscar su cesación como objetivo absoluto, no hay manera de alcanzar esta meta sino por vías no electorales. Somos, por supuesto, demócratas, y en circunstancias normales buscaríamos soluciones electorales, pero una correcta «caracterización» de ese régimen establece que no se compite con un demócrata, y entonces los principios de la guerra justa nos permiten incluso el uso de la mentira—por deber patriótico de desacreditación—y la procura de soluciones de fuerza.
El razonamiento no es nuevo. Fue el que sostuvo la racionalidad conspirativa del carmonazo y la del paro cívico, así como todas las variantes prescriptivas centradas sobre el empleo del artículo 350 de la Constitución. Ahora ha hecho metamorfosis para presentarse con las vestiduras de una nueva sofisticación.
La prescripción señala ahora que «la solución» es propiciar una «crisis de gobernabilidad», condición que sería indispensable para que actores que sólo esperarían por ella—Rumsfeld, o Baduel, o ambos—intervengan para resolverla.
Adicionalmente, los sostenedores de este récipe han descubierto, luego de la masiva ausencia electoral del 4 de diciembre de 2005 y el evidente impacto sobre el discurso gubernamental, que la abstención en retirada de último minuto es el fusible eficaz que detonará impepinablemente la crisis buscada. Pero claro, se añade, para que la retirada surta efecto debe primero adquirirse fuerza, una masa crítica opositora construida, por ejemplo, mediante la organización de elecciones primarias que «calienten la calle». Naturalmente, no debe explicarse toda la estrategia al elector común, quien no debe saber que lo de las primarias es una carantoña, pues de sospecharlo no se produciría la participación masiva que el plan requiere. (De nuevo, como tenemos la razón, estamos moralmente autorizados a manipular a la población opositora mediante el engaño).
Repito, quienes propugnan este alucinado tratamiento actúan, en su mayoría, de buena fe. Llegan a ver con recelo, impaciencia o desprecio a quienes no comulgan con este razonamiento, y creen su deber fortalecer las bases de su silogismo, aumentar la solidez de sus premisas. Por esto su evangelio enfatiza dos nociones: que el carácter del régimen es totalitario, y que el fraude electoral que perpetrara el 15 de agosto de 2004 comprueba que no respeta la alternabilidad democrática.
La primera tarea es emprendida desde una exposición teórica: a partir de una descripción sistemática de regímenes totalitarios—por ejemplo con ayuda de la caracterización construida por Hannah Arendt—se presenta la conclusión evangélica, indiscutible: estamos en el seno de una dictadura, estamos dentro de un régimen totalitario.
Quien escribe fue probablemente la primera persona que estableció públicamente una similitud entre la figura de Hitler y la de Chávez, en artículo publicado en el diario La Verdad de Maracaibo en agosto de 1998. (El efecto Munich). La analogía es una cosa, porque señala la propensión autoritaria chavista; pero Chávez lleva siete años mandando y Hitler ya había marcado brutalmente la historia en un plazo equivalente. (Bombardeado Guernika, militarizado la Renania, anexado Austria, conquistado Checoslovaquia, Polonia y Francia, sin hablar de la violación de la neutralidad belga y la primera fase del acoso y exterminio de judíos). Si Chávez exhibe, indudablemente, una conducta autoritaria que propende al totalitarismo, es también, sin duda, un caso leve si se le compara con el monstruo austriaco o el dictador cubano a quien tanto admira.
La segunda tarea evangélica es la de asentar que no hay respeto a la regla democrática de la alternabilidad. Para hacer esto es preciso «comprobar» que el 15 de agosto de 2004 se hizo fraude a la voluntad de la mayoría de los electores venezolanos, que en esa fecha se habría pronunciado por la revocación del mandato presidencial. Este clavo pasado se renueva, por tanto, con la exhibición de muy elegantes y metodológicamente impecables ejercicios estadísticos—como el de los profesores Delfino y Salas, obtenible en www.gentederedes.com—y que sin embargo distan mucho de ser una demostración fehaciente del fraude postulado, al conducirse, como el famoso estudio Hausmann-Rigobón, en un terreno simbólico que no conecta con la realidad social. Más de una vez se ha repetido acá que todas las firmas encuestadoras reconocidas en el país, y una norteamericana en particular, esperaban unánimemente que el gobierno saliera airoso del referendo revocatorio.
Igualmente estoy persuadido de la buena intención y la excelencia profesional de físicos y matemáticos que producen estos malabarismos numéricos, pero del mismo modo es preciso decir que cabezas distintas de las de ellos decidieron en su momento implantar intencionalmente la matriz de opinión de un fraude en el referendo mencionado, sobre el soporte de las exigencias tomistas de una supuesta guerra justa.
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Ha sido también reiterada postura de esta publicación atenerse a la regla de la Declaración de Derechos de Virginia (1776), que reconoce como sujeto del derecho de rebelión a una mayoría de la comunidad. El pequeño grupo que se siente autorizado, en superficial lectura de condiciones explicitadas por Santo Tomás de Aquino, a desatar una «crisis de gobernabilidad», no sólo sería totalmente incapaz de controlar un proceso político de esa naturaleza—lo que lo hace irresponsable—sino que abusa en la usurpación de un derecho que no le corresponde, tanto como Hugo Chávez lo hiciera con sus demás secuaces golpistas en 1992.
Tal vez lo peor es que ese guión de la crisis coincide con protocolos formulados en los Estados Unidos. Recordemos al «Informe Waller» (Center for Security Policy, mayo de 2005). En análisis de este think tank cuyo lema es «Paz mediante la fuerza» y bajo el título «¿Qué hacer con Venezuela?», se prescribe: «Para las elecciones de 2006 debe ponerse en práctica un nuevo proceso y modelo electoral para desanimar o por lo menos entorpecer la clase de fraude que ocurrió en 2004. Es probable que el régimen sabotee la implementación de cualquier nuevo proceso. Esto, por sí mismo, ayudará a consolidar el cambio de paradigma en la percepción precisa del gobierno venezolano como una dictadura». Y asimismo, en la nota de presentación del mismo informe se anticipaba: «El informe enfatiza que todavía es posible un cambio de régimen en Venezuela sin el uso de la fuerza, aun cuando la acción militar pudiera necesitarse si el dictador decide hundir la infraestructura económica del país consigo, como trató de hacer Saddam Hussein en Irak». (Subrayado de doctorpolítico).
Pero quienes esperan que la «crisis de gobernabilidad» que propiciarían—en simplista consideración de los sistemas políticos como si fuesen entidades de mecánica newtoniana—sería resuelta por Donald Rumsfeld, pudieran quedarse con los crespos hechos. No es muy probable que un gobierno norteamericano enredadísimo en Irak, contradictorio ante Irán, complicado con su situación en las encuestas, detenido en recientes pretensiones por el propio Partido Republicano, pueda llevar a la práctica un esquema directamente intervencionista en Venezuela. Claro, siempre puede un arcángel, aparecido a Bush en madrugada de la Casa Blanca, entregarle la flamígera espada fundamentalista del Armagedón, para que resuelva con cirugía nuclear el tremendo enredo en el que está metido. Bastarían unas pocas cabezas nucleares para detener el enriquecimiento de uranio iraní, y todavía sobrarían muchísimas más para dejar caer una o dos en Sabaneta o en Caracas. Dios nos proteja de la paranoia en un mundo tan peligroso.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Mar 9, 2006 | Cartas, Política |

¡Izquierda! ¡Izquierda! ¡Izquierda, derecha, izquierda! En las «semanas de la Patria» de Pérez Jiménez—derechista—los estudiantes de la época, algunos en calidad de componentes de las bandas de guerra colegiales, aprendíamos a llevar el paso en los desfiles al ritmo de aquellos gritos a diestra y siniestra. Cuatro izquierdas gritadas contra una sola derecha. (El primer paso desde la posición «firmes» debía darse con la pierna zurda, y las cinco exclamaciones correspondían exactamente al tiempo de los golpes de bombo o tamborón: ¡pom! ¡Pom! ¡Pom, pom, pom!)
Esta proporción de cuatro a uno lleva carga metafórica, en el sentido de una trillada observación según la cual los partidos políticos «modernos» en Venezuela—los emergentes a partir de 1928—siempre han halado hacia la izquierda. En el siglo XX venezolano no han sido muchos los movimientos políticos que hayan admitido abiertamente sus preferencias por las posturas de derecha.
Acción Democrática tuvo obvias raíces izquierdistas—a las alturas de 1958 todavía se declaraba como «partido marxista» en documentos de su Secretaría de Doctrina, dirigida por Domingo Alberto Rangel—al encarnar una suerte de MVR modelo 1945 y alojar mucho dirigente importante, empezando por Betancourt, Leoni y Barrios, que hubiera militado en el Partido Comunista. Fundado en 1941, accede al poder mediante golpe de Estado contra el presidente Medina Angarita, para dar inicio a un «trienio adeco» caracterizado por el sectarismo, una constituyente, un equivalente al decreto 1.011 (el tristemente célebre 321 enfilado contra los colegios católicos), y hasta la amenaza de las «bandas armadas» de AD. Después del escarmiento de 1948 y la década perezjimenista, el partido se morigeró, aunque nunca se ha postulado «de derechas» y no ha dejado de trasladarse por la órbita socialdemócrata.
En 1946 nace COPEI—en su origen el Comité de Organización Política Electoral Independiente, luego Partido Social Cristiano COPEI—para hacer oposición a AD, lo que le valió el temprano apoyo de los tres estados andinos, cuyos gobernantes habían sido desplazados del poder por los adecos. Si en sus orígenes—la Unión Nacional de Estudiantes de 1936—podía identificarse en Rafael Caldera, su líder histórico, una precoz simpatía por el falangismo franquista, él mismo se encargó de definir a COPEI como partido de «centro-izquierda», en el mitin de cierre de su campaña presidencial de 1963, desde tarima erigida en la Plaza Venezuela de Caracas. La rama juvenil de COPEI, por otra parte, dio en llamarse Juventud Revolucionaria Copeyana. (No demasiado, como se comprobó con la defenestración de Abdón Vivas Terán—líder entonces de los siniestros «astronautas», y mucho más tarde ministro del segundo gobierno de Caldera—en la crisis de1966, cuando se trajo del bullpen al derechista Álvarez Paz para controlar los brotes de radicalidad juvenil).
Es en la misma campaña de 1963, por cierto, cuando Arturo Úslar Pietri arremetió contra Rafael Caldera en el primer debate televisado de nuestra historia política, acusándole del pecado mortal de haber apoyado, como leal soporte del Pacto de Punto Fijo, al demonio comunista de Rómulo Betancourt. El Frente Nacional Democrático (FND) que postulara al «candidato de la campana» atrajo ciertamente a los electores de gusto más conservador (de derechas). Pero es que Úslar había sido fundador del Partido Democrático Venezolano (PDV) en tiempos de Medina, y dirigente muy principal del mismo. Tal vez más principal que él, sin embargo, fue el preclaro Mario Briceño-Iragorry. Resulta ilustrativo en este tema de las izquierdas y derechas venezolanas, leer de su pluma algunos conceptos sostenidos por tan destacado medinista. Briceño-Iragorry escribió el prólogo de un libro que recogió las conferencias de un ciclo celebrado entre el 5 y el 22 de septiembre de 1944, organizado por el PDV, entre las que se encontraba una dictada por Úslar. Y ahí dice Briceño-Iragorry cosas como éstas:
«En las bases programáticas del Partido se propuso estimular la intervención del Estado como medio eficaz para el abaratamiento de las subsistencias y de los costos de producción. Nuestro Movimiento, en esa forma, declaró el firme propósito de separarse de los viejos conceptos del liberalismo económico que, partiendo de una abultada valorización de los derechos del individuo, dejó a éste la plena libertad de dirigir los procesos de la producción y del consumo y el goce irrestricto de los instrumentos que a ellos conducen». «La controversia se ha planteado en forma clara entre quienes suponen que el Estado sea un instrumento al servicio de las clases que detentan el poder político y el dominio económico, y aquéllos que, guiados por una visión más amplia y humana, valdría decir cristiana, de la justicia, consideran que el Estado tiene por fin primordial e indeclinable mirar al desarrollo integral de todos los miembros de la sociedad». «Con apariencia liberaloide y al influjo de la misma oligarquía, que ha sabido camuflarse oportunistamente, nuestra economía general se ha mantenido en un estado de atraso por lo que dice a la función social de las fuentes de producción y a la ley racional del consumo humano». «El Estado ha de procurar que las franquicias que derivan del grado de la civilización, no se acumulen en las viejas clases que detentan los instrumentos de producción; sino de lo contrario, ha de afanarse, en un recto sentido humano, porque la mayoría social, es decir, las clases llamadas desheredadas, gocen de las posibilidades máximas para desarrollar su personalidad entitiva».
Etcétera. La última de las oraciones citadas pareciera ser la misma idea de una «participación protagónica» del pueblo vertida en lenguaje un tanto barroco. ¿Por qué no denunció Úslar el prólogo mencionado con la misma vehemencia con la que reconvendría a Caldera casi veinte años después? ¿Era Briceño-Iragorry un comunista de closet?
Por supuesto que no; en el mismo texto prologal precisa: «Para intentar el equilibrio de los intereses comunes sin recurrir a las formas del Socialismo de Estado, los Gobiernos han acudido a los sistemas intervencionistas, como expresión de la propia función que les compete en el orden de la justicia, fin último del Estado». Comunista no, pero sin duda «a la izquierda» de los liberales de hoy.
Los que antaño se llamaban liberales, los del Partido Amarillo guzmancista, eran cosa distinta, pues en su caso estaban «a la izquierda» de los conservadores de Páez. Lo que nos lleva a concluir que no es que en Venezuela no haya habido derechistas, gente conservadora, más pendiente del interés empresarial que el popular—en un viejo concepto, pues lo empresarial y lo popular no tienen por qué ser opuestos—aunque formaciones de derecha, como el Partido Popular de Aznar o la Alianza Popular de Álvarez Paz adopten el término en su denominación. Lo que han sido, tal vez, estos movimientos de derecha locales es menos tenaces. El FND uslarista no sobrevivió, en la práctica, al gobierno de Leoni. El Partido Liberal de Jorge Olavarría también fue un caso de mortalidad infantil. Más recientemente volvería a formarse una asociación con exactamente el mismo nombre, dirigida al inicio por Andrés Sosa Pietri, arrebatada de sus manos por la antigua sindicalista Haydeé Deutsch, a quien luego se la quitara Marco Polesel, sin mayor trascendencia.
Otras presencias han sido igualmente fugaces o escuetas, como en el caso del Partido de Acción Nacional de Ángel Borregales, y las iniciativas de Integración Republicana y Acción Venezolana Independiente, con importante identificación empresarial. Pero lo cierto es que siempre ha existido «la derecha» venezolana, así como gobiernos de derecha a montones. Uno cercano, sin ir muy lejos, fue el segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez, quien de socialdemócrata y amigo de Felipe González y Fidel Castro, fue quien levantara en nuestro país las banderas del Consenso de Washington, nuestro propio y autóctono Carlos Saúl Menem. Más cerca aún, un gobierno de derecha en Venezuela ostenta el récord de fugacidad: el de Pedro Carmona Estanga.
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por Luis Enrique Alcalá | Mar 9, 2006 | Cartas, Política |

Hay al menos dos sentidos en los que deben ser entendidos los términos izquierda y derecha en el ámbito político. Más allá de su etimología por la ubicación de las facciones de la asamblea revolucionaria francesa de fines del siglo XVIII, una primera distinción se establece entre quienes buscan preservar el statu quo—los de derecha—y quienes buscan modificarlo o reemplazarlo. Claro, hay momentos cuando los usufructuarios del statu quo son “de izquierda” y quienes los reemplazan son “de derecha” o conservadores—Julián Castro sucediendo a José Tadeo Monagas, por caso, o Miguel Gorbachov dando paso a un repudio de lo soviético—pero la mayoría de las veces, cuando un gobierno de derecha sucede a un statu quo izquierdista, busca una restitución de condiciones previas a la entronización del gobierno “de izquierdas” que es revocado. Es decir, en general los derechistas o conservadores, de ahí su nombre, procuran preservar un pasado, sobre todo en lo tocante a dominios y privilegios, puesto que en una dimensión tecnológica esta gente puede ser muy avanzada y progresista.
El otro sentido es posterior y más específico. A fines del siglo XIX comenzó a llamarse—sobre todo a raíz de la encíclica Rerum novarum de León XIII—“la cuestión social” o “el problema social moderno” a la siguiente disyuntiva: a cuál lado de la división clasista entre patronos y obreros debía favorecerse a la hora de distribuir la renta general de una sociedad. Si se optaba por los empresarios, por ejemplo propugnando un Estado gendarme que se limitara a preservar el orden y la garantía de libertades económicas, entonces se había adoptado una posición de derechas. Si, por lo contrario, se privilegiaba una legislación que protegiese a los proletarios, a los trabajadores, se adoptaba una de izquierdas.
Lo anterior es el sentido más frecuente de los términos derecha e izquierda. Pero cada uno puede cubrir una gradación más o menos amplia de posturas, y llegar a incluir los polos radicales de una extrema derecha—Pinochet, Mc Carthy—o una extrema izquierda—Castro, Mao Tse Tung. “La propiedad es un robo” de Proudhon—La propriété, c’est le vol!—o la idea de que los pobres alcanzan su estado por indolencia o escasez moral.
¿Debe sorprender que en nuestro país la mayoría de los partidos prefiera decirse de izquierda? La muy patológica y sesgada curva de distribución de nuestras riquezas ofrecería una explicación suficiente: en efecto, si por definición la izquierda es una oferta de favorecer al desposeído, una sociedad que mayoritariamente esté conformada por gente pobre tenderá a preferir una política izquierdista. Lo contrario sería irracional.
Pero hete aquí que más de un estudio de opinión señala que en Venezuela hay apoyo mayoritario a favor de posturas que pudieran ser tenidas como de derecha; por ejemplo: preferir la sociedad norteamericana a la cubana, preferir un empleo privado que uno público, preferir la propiedad privada a una colectiva.
Es esa constatación la que ahora parece alentar un nuevo movimiento de derechas, el que busca aglutinarse en torno a un documento que asegura que el 4 de diciembre los venezolanos emitimos un mandato—o dieciséis mandatos—y que agrupa notoriamente personalidades de derechas. Acá se ha comentado antes la pretensión interpretativa refrendada por Oswaldo Álvarez Paz, Oscar García Mendoza, Marcel Granier, María Corina Machado, Ricardo Zuloaga, entre otros notables. (Dicho sea de paso, hace nada que Álvarez Paz ha tomado la calle del medio para asegurar que no participará en el evento electoral del próximo mes de diciembre. Si el “movimiento 4 de diciembre” lleva intención política ¿es su posición electoral idéntica a la del líder de Alianza Popular?) La lectura parece ser: si Chávez encarna la más zurda de las izquierdas, y si nuestros compatriotas tienen mayoritariamente preferencias inclinadas en sentido contrario, “lo que hay que hacer” es crear de una vez por todas una opción enfrentada de derechas.
Debe reconocerse que ese silogismo tiene sentido, y tal cosa constituye una de las dos posiciones políticas principales del momento. (Apartando la oficialista). La segunda posición sigue sosteniendo, por lo contrario, que debe seguirse siendo de izquierda en Venezuela (y en el mundo), sólo que hay dos izquierdas: una buena y una mala. (La del gobierno). En esta interpretación síguese sospechando de programas parecidos al emprendido por Pérez a partir de 1989 pues, además de su convicción doctrinaria, no ha dejado de tomar nota de los peligrosos resultados de la aplicación de récipes tan simplistas e insensibles como el Consenso de Washington.
Es opinión del suscrito que ambas posturas se construyen con raíces obsoletas. A fin de cuentas, el mundo no es ya el que juzgaba León XIII o retrataba Charles Dickens; las gradaciones de roles sociales se han hecho más numerosas, y una política dicotómica, de izquierda y derecha, de blanco y negro, de Bush y Chávez, no puede aspirar a comprender ese mundo nuevo. Las ideologías que resolvían la política a fines del siglo XIX ya no son otra cosa, a estas alturas del juego civilizatorio, que una excusa para no pensar.
Amos Davidowitz explica en The Internet and the Transformation of the Political Process: MAPAM, a Case Study (http://www.isoc.org/inet96/proceedings/e1/e1 1.htm) la distinción entre partidos “de segunda ola” y los de “tercera ola”. (Siguiendo la nomenclatura de Alvin Toffler). Hablando de su propio partido—el MAPAM, el ala “izquierda” del laborismo israelí—como institución anquilosada por una perspectiva anterior a la conciencia postindustrial, reportaba: “Me parece que si un partido de segunda ola centraba sus actividades alrededor de la producción, el trabajo y los recursos en una estructura jerárquica centralizada, un partido moderno debiera ocuparse de información, comunicación, medios y servicios en un sistema más abierto, interactivo y distributivo, un sistema que necesita los medios de procesar y distribuir información”.
Es desde percepciones como la de Dawidowitz como pudiéramos imaginar soluciones políticas de mayor profundidad temporal. En otras ocasiones se ha sostenido acá que se requiere un recambio paradigmático a fondo en la actividad política. Reitero ahora esa convicción, pero tal vez lo práctico pueda darse ya a otro nivel más inmediato y simple: por ejemplo, en un ticket electoral conformado por Teodoro Petkoff para la presidencia y María Corina Machado para la vicepresidencia.
Hace dos años (12 de febrero de 2004) lo había sugerido esta carta en su número 73, cuando se presumía la revocación del mandato del presidente actual: “…María Corina Machado y Parisca. Su nombre pudiera entonces asomarse como magnífica opción para la Vicepresidencia Ejecutiva de la República. Vistas las atribuciones constitucionales de este cargo, podríamos estar muy tranquilos si en un futuro próximo la Vicepresidencia pasara a manos de la ingeniera Machado, joven, moderna, independiente, seria, eficiente, responsable, tenaz y serena. Cualquier Presidente de la República contaría en ella con una Vicepresidenta de lujo… La figura de María Corina Machado refrescaría de inmediato el tráfico político nacional. Una mujer joven, carismática, profesional, que ha dirigido la organización ancla de la sociedad civil con gran tino, eficacia y equilibrio, con imparcialidad que quisiera para sí el CNE, sería una contrafigura ideal a la perniciosa gestión de José Vicente Rangel, y probablemente crearía entusiasmo y un foco positivo hacia el futuro, cosa que nuestros nobles ‘Ni-ni’ esperan con angustia… La Presidencia es otra cosa. En nuestro criterio, dentro de la lista informal de candidatos que se manejan para la presidencia de transición, Teodoro Petkoff sería probablemente la opción preferible. Con suficiente experiencia política, hoy independiente, con carácter y energía suficientes, Petkoff es un presidente con quien todos podríamos vivir, incluso los chavistas… Estatura de estadista tiene, ciertamente, y experiencia concreta de gobierno, a la que aportó además de su trayectoria política su formación de economista… aquí se trata no sólo de gerenciar, sino de proveer una visión de Estado. Acoplado este capital a los evidentes talentos de la directora de Súmate, Petkoff y Machado pueden convertirse en dupla invencible”.
Seguramente esa fórmula tendría que combinarse sobre las diferencias ideológicas, los despojos de la suspicacia y las exigencias de pretensiones centrípetas, pero estoy seguro de que no hay muchas disponibles que, como ella, por efecto de un encuentro de potencia histórica, compondrían el antimicótico de amplio espectro que necesitamos para superar la actual micosis política. Izquierda y derecha reunidas, fórmula ambidextra para que esas distinciones periclitadas desaparezcan al final en síntesis que salte a la modernidad.
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por Luis Enrique Alcalá | Mar 2, 2006 | Cartas, Política |

En el «viejo modelo político» los caciques mandan, los héroes matan dragones, pero no tienen que pensar en la solución a los problemas públicos. De eso deben ocuparse, subordinados siempre a quienes mandan, los sabios que encuentran los significados y los brujos que producen menjurjes y encantamientos. Profesionales que encuentren soluciones. El modelo, el arquetipo, el paradigma en el viejo sentido de ejemplo, prescribe a quien detente o quiera detentar el mando el papel y el carácter de un combatiente. No en vano las imágenes con las que los actores políticos convencionales hacen autoreferencia tienden a ser las de «combatiente» o «luchador» político o social, y se refieren a la «arena» y a la «lucha» políticas y a los procesos de «vencer» y «derrotar».
Y piensan ellos, así como la mayoría de nosotros, que su papel consiste en «mandar». No en mandar a secas, lo que pudiese ser moderado si se restringiera al mando sobre los órganos ejecutivos del Estado, sino que se entiende como mandando sobre la Nación. Un antiguo candidato presidencial que, en plena campaña, declaró con la mayor frescura desconocer cuál es el modelo político que necesita Venezuela se refirió, en un conocido programa de televisión, a quienes pretendan «gobernar sobre un país». Y esta idea de que se gobierna sobre un país es, con seguridad, algo que debe ser cambiado, justamente, en un nuevo modelo político para Venezuela y, si a ver vamos, para cualquier país. No se gobierna sobre un país, se gobierna para un país.
Con un concepto de la política como mando es del único modo como pudo sostenerse una postulación de Irene Sáez para las elecciones de 1998 como la de una persona que no necesita ser particularmente docta o versada sobre los problemas públicos y sus posibles soluciones o los métodos con los que se puede generarlas, con tal de que pueda concitar a su alrededor a un grupo suficiente de personas capaces que son las que trabajan resolviendo los problemas y sobre las que se manda. (Luis Herrera Campíns, Presidente de COPEI y adalid de la candidatura Sáez, fue preguntado por las capacidades de su candidata y contestó: «No se preocupen, que modernamente el poder es compartido», con lo que quiso decir que él estaría tras bastidores cubriendo las deficiencias de la reina de bellezacondición que más tarde se atribuiría a Salas Römer).
Todas estas cosas pertenecen a la noción que encontramos en una antigua leyenda germánica, según la cual al comienzo del mundo sólo había dos clases de hombres: héroes y sabios. (Dicen que en algunas traducciones se lee justos en lugar de sabios). Según el mito los héroes se levantaban todas las mañanas dispuestos para la faena: conquistar castillos, derrotar bandidos, rescatar doncellas y matar dragones. Al caer el día cesaba la jornada; y entonces los héroes se dirigían a las cuevas de los sabios, para que éstos les explicaran el significado de sus hazañas, pues no sabían ni por qué ni para qué las emprendían.
El corolario fuerte es que los sabios, los brujos, no mandan, no pueden mandar, no se les debe permitir que manden, porque ellos no saben matar dragones ni vencer oponentes en las arenas políticas. Es lo que encontramos en el dictum de Argenis Martínez: «La característica general de la política venezolana hasta ahora es que si usted está mejor preparado en el campo de las ideas, es más inteligente a la hora de buscar soluciones y tiene las ideas claras sobre lo que hay que hacer para sacar adelante el país, entonces usted ya perdió las elecciones».
No se concibe que quien ostensiblemente lea mucho, piense mucho, invente mucho, pueda ser un buen gobernante, sea un hombre capaz de acción, capaz de defenderse. Esta percepción va a cambiar, no obstante.
Desde hace ya algún tiempo es posible registrar una nueva irrupción del pensamiento y la inteligencia en el ámbito del poder. La revista Fortune titulaba hace uso años: «Ahora capital significa cerebro, no sólo dólares». Y citaba a líderes empresariales norteamericanos que decían cosas como las siguientes: que el capitalismo empresarial había dado paso a un capitalismo gerencial que ahora cedía el sitio a un «capitalismo intelectual»; que «la materia gris es tan diferente a los billetes que la economía neoclásica, con sus leyes de la oferta y la demanda y de los rendimientos decrecientes, no puede explicar adecuadamente cómo funciona su substancia»; que el capital intelectual producirá un profundo desplazamiento en la riqueza del mundo de los dueños de los recursos naturales a quienes controlen las ideas y el conocimiento.
Este proceso, que ya ha comenzado en el ámbito de la economía, no tardará en manifestarse con igual fuerza en el ámbito de la política, y cuando lo haga cambiará radicalmente el modo como ésta es practicada. Es probable que continúe habiendo un predominio de los «hombres de acción» en las cabezas ejecutivas de los Estados, de los partidos políticos, pero aun en este caso habrá un marcado aumento del espacio y la influencia de los «hombres de pensamiento» en la política.
Es probable que los hombres de pensamiento que se dediquen a la formulación de políticas se entiendan más como «brujos de la tribu» que como «brujos del cacique». Esto es, se reservarán el derecho de comunicar los tratamientos que conciban a los Electores, sobre todo cuando las situaciones públicas sean graves y los jefes se resistan a aceptar sus recomendaciones.
Pero también es probable que en algunos pocos casos algunos brujos lleguen a ejercer como caciques. En situaciones muy críticas, en situaciones en las que una desusada concentración de disfunciones públicas evidencie una falla sistémica, generalizada, es posible que se entienda que más que una crisis política se está ante una crisis de la política, la que requiere un actor diferente que la trate.
Y luego el nuevo paradigma político se extenderá por el planeta: uno en el que la inteligencia reivindique su espacio y su función y en el que los hombres intelectualmente más capaces no sean tratados como inhábiles políticos.
Vilfredo Pareto, sociólogo y economista italiano de principios de siglo, se ha hecho muy conocido en el ámbito empresarial, gracias a que sus «curvas» han devenido en concepto medular de la escuela gerencial de la «calidad total». También es el autor de La circulación de las élites. En este libro Pareto describe la configuración de poder más frecuente como aquélla en la que los hombres de acción, los «leones», son los que gobiernan. Pero también expone que cíclicamente los «leones» arriban ante atolladeros que no pueden superar, y deben venir entonces los «zorros» al gobierno, los hombres de pensamiento, los que dominan el «arte de la combinatoria», a resolver la situación. Según su esquema, los «leones» y los «zorros» se alternan cíclicamente; según Pareto las élites circulan.
Tal vez, entonces, estemos en Venezuela necesitando un desplazamiento, aunque sólo sea temporal, de «leones» por «zorros», de caudillos por filósofos. Tal vez estemos ante la necesidad de un nuevo ciclo de Pareto, y entonces recupere la vigencia la idea de un «retorno de los brujos», que fuera el título de uno de los libros de mayor influencia en la fértil década de los años sesenta.
Mientras no se generalice el cambio de paradigma necesario—y los cambios paradigmáticos son de suyo procesos de distribución general más bien lenta (por más que a nivel individual puedan darse casi instantáneamente)—tal vez sea posible admitir un tratamiento excepcional y transitorio a los más básicos y profundos problemas de la política venezolana, en el que se asegure una participación determinante de los «hombres de pensamiento» del país.
Es preciso admitir que ese cambio es difícil. Porque es que a la disposición habitual de la percepción, que como vimos tiende a negar al intelectual la posibilidad de mando, se une, tal vez, un miedo profundo a tal eventualidad.
En Poor Koko, John Fowles relataba la violencia aparentemente gratuita que un intelectual hace brotar de un ladrón más bien inculto, provisto tan sólo de un barniz de catecismo marxista, a quien vence en una discusión. Precisamente porque había sido vencido por las palabras del intelectual, el ladrón reaccionó con violencia especialmente cruel. No hay nada tan humillante como una derrota intelectual.
Una vez un politólogo que ahora es político me propuso la siguiente cuestión para debatir: ¿cuál es el deporte más violento? Él proponía que era el fútbol el deporte más violento. (Él lo practica). Yo le sugerí considerar al ajedrez. En el enfrentamiento igualitario de dos inteligencias no caben las excusas. No se puede diluir la responsabilidad entre los varios miembros de un equipo, ni se puede argumentar que un defensor corpulento, mucho más grande que nosotros, nos ha impedido con tácticas sucias. No hay nada tan humillante como una derrota intelectual. Y los intelectuales pueden ser particularmente crueles al inflingirla.
Así, pues, hay un trasfondo de miedo en el rechazo a la posibilidad de un gobernante intelectual. Ante él se tiene tanta aprensión como ante la mujer que es la vez bella e inteligente en grado sumo. Mientras más brillante sea el intelectual más se le teme.
Esto es hasta cierto punto natural. Puede con facilidad sentirse que una persona así tenderá al totalitarismo, basada en una conciencia egomaníaca que le haga pensarse superior a los demás. Pero si se es un verdadero intelectual se sabe que la inteligencia no es meritoria si no está al servicio de los demás, si no respeta y cree en la sabiduría superior del pueblo—»lo primero que debieran enseñar (las) escuelas (de política) es que el pueblo es más sabio y poderoso que el gobierno»—si se cree inmune al error. Por fortuna varios siglos de una ciencia más social y menos exclusiva, menos esotérica, han enseñado a quienes emplean sistemáticamente el pensamiento que las mejores teorías no son eternas.
Esto exige una manera diferente de entender la política. Exige, por tanto, un liderazgo ya no solamente programático, sino paradigmático. Y quienes pueden ejercer ese liderazgo no son otros que quienes encarnan el nuevo paradigma, y éstos se hallan entre quienes lo han inventado o ya lo han hecho suyo. Hasta que ese nuevo paradigma haya permeado para generalizarse, y pueda confiarse de nuevo el gobierno a un nuevo político convencional
Esto es posible en Venezuela. No digo que probable; afirmo tan sólo que es posible. La probabilidad irá en aumento, como ha venido siendo, con el crecimiento del mal. Que la mera posibilidad pueda convertirse en realidad efectiva dependerá, a la larga, del ineludible aumento de conciencia de los Electores venezolanos en general. En un cierto punto del futuro forzarán el cambio. Que esto pueda darse en un plazo más corto dependerá de la lucidez de las élites de poder del país: de ésas que asignan oportunidades y recursos, y que podrían, en un salto de conciencia que les justificaría como tales élites, abrir las puertas a la incruenta revolución, a la revolución mental que la magnitud de los problemas exige.
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