por Luis Enrique Alcalá | Feb 23, 2006 | Cartas, Política |

El Dr. Humberto Njaim, es Individuo de Número de muy reciente incorporación (29 de marzo de 2005) a nuestra Academia de Ciencias Políticas y Sociales. (Su discurso de incorporación versó sobre el tema: “La democracia participativa, de la retórica al aprendizaje”). Quien lo hubiera conocido, sin embargo, a poco de graduado en Derecho, no hubiese tenido necesidad de grandes dotes proféticas para predecir que tal distinción sería su destino. Ya se conocía para entonces, hace un poco más de cuarenta años, la claridad y penetración de su pensamiento, el equilibrio y tino de su juicio.
En 1962, por ejemplo, el Movimiento Universitario Católico (MUC) de la Universidad Central de Venezuela quiso celebrar un seminario sobre el tema de la reforma universitaria. (Se adelantaba así por varios años a los movimientos de «renovación» que alcanzaron a nuestras universidades a partir de la oleada de 1968, año del «Mayo Francés» y de las protestas en pro de la paz en Columbia o Berkeley en los Estados Unidos). Al ensamblar la nómina de conferencistas cuyas disertaciones alimentarían la deliberación del seminario, los directivos del MUC solicitaron, por supuesto, la palabra de intelectuales ya reconocidos: Arístides Calvani o José Mélich Orsini, por caso. Pero el precoz prestigio de un joven abogado, Humberto Njaim, fue igualmente requerido, y su conferencia sobre los movimientos de reforma universitaria en el mundo (con especial referencia al de 1918 en la universidad argentina de Córdoba) fue probablemente el insumo más útil de todos para los asistentes al evento.
Profesor universitario desde siempre, el Dr. Njaim heredó la dirección del Instituto de Estudios Políticos de la UCV, sin desmerecer la obra de su insigne fundador, Manuel García Pelayo. Es autor, por otra parte, de una numerosa obra escrita, tanto sobre temas jurídicos como sobre el campo de su preferencia: la política. Y para no quedarse en sólo la teorización o la docencia, ha participado en más de una iniciativa cívica sana. Para mencionar sólo una instancia, es fundador de la Red de Veedores de la Universidad Católica Andrés Bello, y aunque ha dejado la conducción cotidiana en otras manos (las muy capaces de Ruth Capriles, entre otras) no ha dejado de ser tenido por su sabio de planta, por la conciencia principista de la asociación.
Es este sabio el que tuviera la suerte, el placer y el honor de escuchar el lunes de esta semana, en sesión de una longeva y prestigiosa peña capitalina. Su aporte, sereno y profundo, debiera ser conocido por todos, y por eso este texto se atiene a enumerar y exponer sintéticamente las más importantes admoniciones de su charla.
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Humberto Njaim comenzó por la provisión de un panorama amplio y penetrante. Refirió cómo fue que en su momento el sufragio universal fue tenido por experimento peligroso, que conduciría irremisiblemente a un desenlace caótico. (Alguien tan lúcido como John Stuart Mill, destacó, se había opuesto a la extensión del derecho al sufragio a toda la población y prefirió la votación calificada por educación y patrimonio. Todavía en años recientes escuchaba decir quien escribe a un destacado líder empresarial: «Mi voto vale más que el de quinientos campesinos»). Y entonces el profesor Njaim apuntó lo que es evidente: que aquellos temores eran infundados y que la extensión de la democracia había sido, por lo contrario, un gran factor de estabilización de los sistemas políticos que adoptaron la universalidad del voto para la escogencia de la representación popular.
Tal plataforma histórica sirvió para que asentara una predicción: que el mismo temor ancestral, que ahora se manifiesta en algunas opiniones respecto de la democracia participativa, finalmente se revelaría como nueva equivocación. La tendencia global, así la calificó, a la mayor participación de los ciudadanos en la toma de decisiones públicas no sólo podía considerarse irreversible sino que, al igual que el voto universal, terminaría siendo en verdad un proceso socialmente benéfico y una fuente de estabilidad política.
De este sucinto y grueso examen de la más reciente evolución de la política democrática extrajo también una advertencia: por poner siempre la atención sobre lo que tenemos en las narices—el próximo ciclo electoral, por ejemplo—dejamos de emplear deliberación y raciocinio sobre los temas de mayor penetración temporal.
Naturalmente, no dejó de referirse de todos modos a la disyuntiva de participar o no en las elecciones previstas en principio para el próximo 3 de diciembre. Registró que la mayoría de las personas que se acercan a preguntarle qué va a pasar en Venezuela, cuál será nuestro futuro político, lo hacen desde la posición de observadores pasivos. Por esto tiene a mano una sencilla respuesta: el futuro dependerá de nuestras acciones, de lo que hagamos para hacer más probable lo que queremos que ocurra y de lo que hagamos para reducir la probabilidad de lo que no queremos que ocurra. Sin ninguna clase de agitación emocional, serenamente, pero también sin ningún género de dudas, recomendó la participación electoral en los próximos comicios presidenciales. Pero habiendo hecho referencia a un modelo particular de la teoría de los juegos, igualmente recomendó una estrategia mixta: junto con la participación debe darse la lucha por mejorar las condiciones del sistema electoral.
Antes había expuesto su parecer sobre el tema del liderazgo. Opinó que los procesos planetarios de cambio en la actividad política requerirían una nueva clase de líder: uno que no tuviese temor a la confrontación de ideas y a la presentación de cuentas al electorado (accountability). Y pronosticó: al inicio estos líderes de tipo cualitativamente distinto deberán superar el rechazo que su conducta no convencional generará; deberán vencer esa resistencia. Al oírle vinieron a mi memoria las palabras de Stafford Beer: «Los actores aceptables ya no son competentes, pero los actores competentes no son aceptables todavía» (En su libro Platform for Change, Wiley, 1975. Diez años más tarde el suscrito se apoyaba en el aforismo de Beer para afirmar: «…la nueva política será posible porque surgirá de la acción de los nuevos actores. Serán, precisamente, actores nuevos. Exhibirán otras conductas y serán incongruentes con las imágenes que nos hemos acostumbrado a entender como pertenecientes de modo natural a los políticos»).
Su visión de avezado estudioso considera de algún modo inevitable la terminación del actual régimen. La ambiciosa y agresiva acción del actual gobierno no tiene lugar en un mundo en el que exista una superpotencia con la que esté alineada y le proteja, como fue el caso de Cuba, cobijada bajo la fortaleza de la Unión Soviética.
Por la razón antecedente adelantó un deseo, formulado una vez más sobre una observación de la historia política mundial: que al derrumbe del sistema soviético Rusia había buscado una transición brusca, impaciente y pendular del sistema comunista de propiedad pública de los bienes de producción a un esquema de mercado. La consecuencia: que la economía rusa pasó a ser dominada por mafias. En cambio nos invitó a considerar el proceso de China; el liderazgo de este país está construyendo una nueva nación, ciertamente capitalista en su economía, sólo que sin apresuramiento. El Dr. Njaim formuló la esperanza de que nuestra próxima transición política no sea acometida como la rusa, sino a la manière chinoise. Tal vez, digo, hayamos aprendido de la imposibilidad de un bandazo al extremo contrario con el obvio resultado negativo de la pretensión de sustituir a Chávez Frías por Carmona Estanga, en abril del año aciago de 2002.
En suma, una lección de sabiduría y seriedad de quien no en vano es hoy miembro destacadísimo de la Academia de Ciencias Políticas y Sociales de Venezuela. Gracias, profesor Njaim.
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por Luis Enrique Alcalá | Feb 16, 2006 | Cartas, Política |

Hace no mucho (Ficha Semanal #69 de doctorpolítico, del 25 de octubre de 2005) se hacía aquí referencia a una reunión acaecida a mitad del año electoral de 1998, en la que se analizó en grupo el desenlace probable de la campaña y se discutió algunas posibilidades de intervención. Se trató de una reunión que tuvo lugar en horas de la tarde del miércoles 24 de junio, aprovechando el asueto por la conmemoración de la Batalla de Carabobo.
La reunión de siete personas fue convocada por un importante empresario venezolano, muy preocupado por los sondeos de opinión que ya a esas alturas indicaban que Hugo Chávez podía alzarse con el triunfo el 6 de diciembre de aquel año. Luego de exponer su personal evaluación, que incluía los motivos por los que consideraba—con toda razón—que la elección de Chávez sería desastrosa para el país, enunció una proposición general: «Lo que hay que hacer es una campaña inteligente, profunda y con mucho real para detener a Chávez».
De nada valió que uno de los circunstantes argumentara a favor de sumarse a la tesis de convocar una asamblea constituyente, como procedimiento para dotar al Estado venezolano de un nuevo «sistema operativo». (En analogía con el concepto informático. El proponente de la tesis sostenía que ese sistema operativo estatal se había hecho obsoleto, y que no se pasaba de Windows 1.0 a Windows 2000 poniendo parches acomodaticios al sistema antiguo, sino que se hacía necesario sobreimponer el nuevo sobre el viejo de una vez).
Ni siquiera se atendió la proposición porque también fuese evidente de los estudios de opinión pública que la idea de una constituyente había prendido en el alma nacional, y que ya una mayoría de los electores del país se había inclinado a favor de la misma. (El presidente Caldera también rechazó la invitación que se le hiciera de convocar un referendo consultivo, para preguntar al electorado si deseaba elegir un órgano constituyente, a pesar de que él mismo hubiese incluido la noción en su «Carta de Intención con el Pueblo de Venezuela», su programa de gobierno de fines de 1993. En opinión del suscrito, una constituyente convocada por Rafael Caldera hubiera sido muy diferente de la que sería luego convocada por Chávez en 1999, además de que, como había comprendido la esposa del empresario anfitrión en día patrio, tal iniciativa «le quitaría una bandera a Chávez»).
Al término de la discusión, derrotada la proposición constituyente, se volvió al inicio para concluir que había que diseñar y ejecutar, para frenar a Chávez, una «campaña inteligente, profunda y con mucho real». (Para los momentos ya se había producido la polarización entre Chávez y Salas Römer, luego del desplome vertical de la candidatura de Irene Sáez—a quien alguien llamó Miss Titanic—y la evidente insuficiencia de la opción Alfaro Ucero, en quien los electores veían la encarnación de las peores prácticas políticas. Un destacado empresario de medios explicó la decisión de oponerse a la constituyente: «A mí no me importa si Salas Römer tiene o no la razón; si está equivocado o no; a mí lo que me interesa es que es el único que puede derrotar a Chávez, y por esto lo voy a apoyar, diga lo que diga». Salas Römer había dicho que la constituyente era «un engaño y una cobardía», y así se alineó en contra de la mayoría nacional que quería una constituyente y, por supuesto, perdió las elecciones, aunque no solamente por esa razón).
Es así como en la sesión del 24 de junio de 1998 estuvo el germen de una campaña anticonstituyente, que fuera administrada por una organización de maletín—La Gente es el Cambio—creada al efecto. Sólo uno de los asistentes a aquella reunión—encuestador de oficio—formó parte de su junta directiva. Esta organización antifaz contó, en efecto, con «mucho real». No menos de 1.800 millones de bolívares de 1998 (unos 3 millones y medio de dólares) fueron puestos a disposición de su campaña, que consistió en la muy numerosa transmisión de una media docena de fúnebres cuñas para televisión, en las que se aseguraba que una constituyente era una pésima idea. La «inteligencia» y la «profundidad» de esa campaña publicitaria estaba, se supone, en que evitaba el ataque directo a la candidatura Chávez, para enfilar contra la más llamativa de sus tesis: la necesidad de convocar una asamblea constituyente.
La «inteligente» y «profunda» campaña resultó ser un bumerán, el clásico tiro por la culata. En cuanto el habitante más lerdo de las barriadas escuchó la centésima séptima cuña, repetida en prime time por todos los canales de televisión, ha debido darse cuenta de que La Gente es el Cambio era en verdad la gente con mucho real, y rechazaría la propuesta contra la constituyente. («¿Por qué la gente con mucho real se opone a la constituyente? Yo como que voy a votar por mi comandante»? Irónicamente, una de las personas directivas de La Gente es el Cambio intentó postularse al año siguiente a la constituyente que había combatido con tanto denuedo. Proyecto Venezuela, liderado por Salas Römer, apoyaría también candidatos a la constituyente que tuvo antes por «engaño y cobardía»).
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La relación anterior viene a cuento porque, muy temprano en este año electoral de 2006, se propaga por la psiquis oposicionista una buena cantidad de ideas igualmente «inteligentes» y «profundas», ocurrencias vistosas que sin embargo están destinadas al fracaso más rotundo. Y también porque es tesis persistente que criticarlas le hace el juego al gobierno, que no se debe criticar a nada o nadie que le haga oposición, porque sería preciso desacreditar al gobierno con cualquier cosa, así sea una mentira, y «no debemos pisarnos la manguera entre bomberos».
Es así como unos pocos han concebido el siguiente monstruoso récipe: que a Chávez es preciso oponerle alguien que sea aun más procaz que él; que ese personaje es el Conde del Guácharo; que debe aportarse un «pote» para aupar su candidatura presidencial. Es ésta una «solución» tan estúpida como aquella de la candidatura de Arias Cárdenas en 2000, que en «profunda» e «inteligente» evaluación estratégica fue considerada la mejor oposición posible a Chávez ¡porque era cuña del mismo palo!
Sin llegar a esos extremos dignos del teatro del absurdo, se ha generalizado demasiado una particular interpretación de lo acontecido el pasado 4 de diciembre con la elección de la Asamblea Nacional. La interpretación estándar va sobre las siguientes líneas: que «la sociedad civil» impuso a los partidos políticos de oposición una línea abstencionista—»No fueron los partidos, fuimos nosotros»—, que los partidos, en acatamiento a esa voluntad soberana, asestaron el golpe de última hora—el gobierno no tuvo tiempo de reaccionar—de su retirada o forfeit y que tal cosa determinó la voluminosa abstención del 4D; que esa abstención fue toda de oposición al gobierno y además se expresó en una serie de «mandatos» específicos, razones todas por las cuales el que el oficialismo controle ahora todos los escaños de la Asamblea ¡es un resonante triunfo para la oposición!
La sociedad civil no impuso nada a los partidos. Una fracción escéptica de la sociedad civil, opuesta al régimen chavista, había adoptado, es cierto, una postura abstencionista, y unos partidos venidísimos a menos, como en otras ocasiones—la «tarimitis» de una Plaza Francia militarizada, el paro de 2002-2003—no quisieron perder la escasa ascendencia residual que aún tienen sobre unos cuantos electores, las más africanizadas entre las abejas del enjambre ciudadano, y aprovecharon la oportunidad de una nueva «sintonía» con «la masa» para retirarse, como zorra de Samaniego, de unas elecciones que sabían perdidas.
Todas las encuestas anticipaban la derrota inmisericorde de los candidatos de oposición, además, dicho sea de paso, de una abstención muy elevada, con bastante antelación al retiro de aquellos candidatos. Henry Ramos Allup no hubiera podido presentar a la base de su partido, y al resto del país, otra cosa que una fracción parlamentaria de Acción Democrática muy reducida, marcadamente menor que la que actuó en la Asamblea Nacional del período que hace poco concluyó. Es decir, un descalabro mayúsculo y definitivo, letal. (Como fue aquí certificado—Carta Semanal #166, del 1º. de diciembre de 2005—obra en poder de doctorpolítico un correo electrónico proveniente de uno de los actuales precandidatos a la Presidencia, y fechado el 31 de octubre—un poco más de un mes antes del 4D—en el que se avisa: «…estamos preparando un retiro masivo de candidatos…» El hallazgo en hora nona de Fila de Mariches, respecto del registro en memoria de las máquinas de votar de la secuencia del voto, fue un golpe de suerte para una oposición que había obtenido del CNE, para su sorpresa, prácticamente todo lo que solicitaba públicamente con la esperanza de que Jorge Rodríguez se negara. La verdad es que esa oposición sabía que iba al sacrificio y buscaba desesperadamente un pretexto creíble para retirarse de la contienda).
Luego, ¿de dónde sacan ciertos análisis la conclusión de que toda la abstención del 4 de diciembre de 2005 se produjo a partir de un cuadre sólido con la oposición? Como se apuntó antes, las encuestas, unas más y otras menos, registraban una alta propensión a no votar desde un buen tiempo antes de la votación. Es más, el propio Chávez, en noviembre de 2004, luego de las elecciones de gobernadores del 31 de octubre, destacaba ante sus copartidarios reunidos en la Escuela Militar, que el enemigo a vencer era la abstención, que después calificó de estructural. (Por cierto, ¿cómo se explica que un CNE que es tenido por tramposo y adulterador, no atinó a ocultar las cifras de la abstención del 4 de diciembre, siendo que el único líder del proceso había señalado justamente que había que derrotarla?)
La abstención del 4 de diciembre fue el producto de múltiples razones que actuaron, unas aisladamente, otras en combinación, en la disposición de la abrumadora mayoría de los electores. Un cierto número, en efecto, se abstuvo de sufragar porque alberga una profunda desconfianza del árbitro electoral, y esta percepción se vio grandemente reforzada con el descubrimiento de Fila de Mariches ya mencionado. Otros, normalmente proclives al gobierno pero no demasiado entusiastas, en conocimiento de que la revolución obtendría todos los diputados aunque sólo fueran diez electores a votar, en virtud de la misma retirada opositora, habrán considerado que su voto no era críticamente necesario.
Pero esta publicación adelantó una interpretación distinta en su número 167 (8 de diciembre de 2005): que el gobierno no fue capaz de llevar a las urnas a más de la cuarta parte de los electores del país, que tal hecho significa que el gobierno sí es derrotable electoralmente, pero que igualmente el rechazo recae sobre la oposición organizada en partidos, y que no puede atribuirse a ésta ninguna victoria. («Pero el rechazo no fue solamente al sistema electoral impuesto, a un CNE que contemplamos incrédulos a distancia, por más que las encuestas y ahora los observadores internacionales hayan medido su poca credibilidad. La repulsa fue mucho más profunda que eso, el repudio generalizado fue en verdad a todo un teatro político de actores profesionales, un hartazgo y una ausencia que toma distancia de un combate cotidiano que ha terminado por hacernos anómicos, no participantes. Los venezolanos ya hemos asimilado que una política entendida como lucha por el poder, como incesante contienda, no resuelve nuestros problemas públicos»). Una candidatura ganadora en diciembre de 2006 tendría que cumplir más de una condición esencial, y una de ellas es que debe diferenciarse nítidamente de Chávez, pero igualmente de una oposición institucionalizada y convencional que continúa medrando y que junta no supera el diez por ciento del apoyo ciudadano.
En lo concerniente al famoso «mandato» del pueblo, expresado en la abstención del 4D, cabe señalar que la especie ha sido adoptada como «línea» opositora. Esto es, ya no es solamente una mera interpretación más o menos extendida, sino que en ciertos círculos se ha decidido vocearla de todo modo y manera. Varios son sus obvios y coordinados evangelistas: Carlos Blanco, María Corina Machado, en cierto modo Armando Durán y, lo más preocupante, una treintena de nombres al pie de un manifiesto fechado el 4 de febrero, hace doce días, en el que se sostiene que el 4 de diciembre de 2005 el pueblo emitió un inequívoco y múltiple mandato. Por ejemplo, dice el texto aludido:
«El 4-D el pueblo venezolano manifestó su voluntad de progresar y prosperar de manera sustentable, con igualdad de oportunidades para todos; así como superarse y ser dueño de su destino.
El 4-D el pueblo venezolano formuló su deseo de contar con una Fuerza Armada que garantice la independencia, la soberanía y la integridad del territorio nacional.
El 4-D el pueblo venezolano exigió el rescate de la Industria Petrolera para que se sitúe, nuevamente, entre las más poderosas, eficientes y productivas empresas del mundo.
El 4-D el pueblo venezolano invocó el cumplimiento de la cláusula federal y redimir las reformas políticas dirigidas a la descentralización y la paulatina desconcentración del poder político, como fórmulas de control social y garantía de libertad».
Con este mismo tenor se enumera un total de dieciséis mandatos específicos, que habrían sido declarados por el pueblo abstencionista, unánimemente opositor. Es obviamente un exageradísimo y falaz documento, y no se puede fundar un movimiento político sobre una mentira, no digamos dieciséis.
Preocupa entonces grandemente que nuevamente se proponga a la opinión pública, a esa entelequia a nombre de la que muchos pretenden hablar y llaman «la sociedad civil», una interpretación de la realidad completamente falseada que impedirá la formulación y puesta en práctica de una estrategia verdaderamente eficaz.
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Pero no hay mal que por bien no venga. Probablemente sea una bendición que la irracionalidad política se manifieste muy tempranamente en este año; peor sería que estas matrices se fijaran en septiembre u octubre, cuando su inercia sería prácticamente irreversible. Es preferible que el absurdo aflore ahora, con suficiente tiempo para su agotamiento.
De nuevo, no se trata de torpedear una estrategia supuestamente ganadora: producir mediante una abstención predecidida, independientemente de lo que la Asamblea Nacional y el CNE concedan, una «crisis de gobernabilidad» que, se supone, algún factor de fuerza, local o foráneo, pudiera capitalizar, pues no sería posible salir de Chávez «por las buenas». Se trata, en cambio, de abrir los ojos de la ciudadanía que con suficiente razón quiere ya el término del oncológico experimento chavista, ante los peligros de una nueva estrategia incompetente y suicida.
Ahora, por ejemplo, Henry Ramos Allup ha anunciado que introducirá un proyecto de reforma a la Ley del Sufragio y Participación Política—por «iniciativa popular»—que deshaga lo contemplado en ésta en materia de automatización generalizada del voto. (El rector electoral Battaglini ya ha dicho que eso jamás será acordado, mientras Diosdado Cabello declara que no tiene inconveniente en que se haga un conteo manual universal paralelo al electrónico).
¿Qué va a decir Ramos Allup si esta última postura prevalece, cuando es obvio que presenta la reforma insinceramente para que le digan que no? Es bueno recordar que la ley que rige nuestros procesos electorales, y que dice en su artículo 154 «El proceso de votación, escrutinio, totalización y adjudicación será totalmente automatizado», fue producto del Congreso de la República de 1995, reformada en diciembre de 1997 por los mismos legisladores (para introducir el título sexto relativo a los referendos consultivos), y luego de nuevo por los mismos senadores y diputados en mayo de 1998, cuando artificiosamente se intentó la «astuta» maniobra de dividir las elecciones parlamentarias de las presidenciales de ese año, torpe maniobra que fue castigada el 8 de noviembre y el 6 de diciembre de este último año. No necesitamos más de estas astucias tácticas que, a fin de cuentas, fueron las que nos trajeron a Chávez para comenzar.
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por Luis Enrique Alcalá | Feb 9, 2006 | Cartas, Política |

Luis Vicente León (león, león), el agudo y pedagógico Director de la encuestadora Datanálisis, ha escrito una serie de artículos para el diario El Universal, en la que examinó una baraja de posibles candidatos presidenciales que pudieran oponerse a la candidatura de Chávez. Primero mencionó a Petkoff, Smith, Salas Römer (como dupla) y Borges; últimamente añadió a Rosales al grupo. En general León hizo el inventario de cualidades—poco habló de inconvenientes o debilidades—de las distintas candidaturas. Llegado a nosotros el año electoral de 2006, esta publicación quiere exponer ante sus lectores su propia opinión acerca de estos nombres y algunas otras posibilidades, intentando ser lo más clínica que se pueda en el examen. Es decir, enumerado ese elenco, intentar una opinión responsable, una recomendación seria acerca del candidato preferible luego de un examen desapasionado.
La onda más reciente, como lo revela el último artículo de León, es la que ve en Manuel Rosales, el Gobernador del estado Zulia, la más conveniente de las candidaturas. Tal impresión se asienta, como es natural, en la exitosa carrera política del mandatario regional, que le ha permitido ser reelecto con holgada ventaja el 31 de octubre de 2004 mientras enfrentaba a un candidato oficialista. Junto con Morel Rodríguez, el Gobernador de Nueva Esparta, es uno de un escuálido par de gobernadores de estado que pudo sobrevivir la marea roja que sobrevino luego del referendo revocatorio del 15 de agosto de aquel año.
Además de tal mérito, la candidatura de Rosales es percibida como la de un operador político avezado, ducho en el arte de la política clásica, a la que se entiende en este caso como una actividad que es primordialmente de negociación y transacción. (Para el demócrata clásico el negocio político es, por encima de cualquier cosa, la búsqueda del poder en competencia con terceros actores para, una vez obtenido, emplearlo en la «conciliación de intereses» contrapuestos en el seno de la sociedad). Así, se supone no sin razón que un presunto sucesor del actual presidente confrontaría un dificilísimo ambiente político—aunque sólo fuera una Asamblea Nacional en la que no contaría con ningún respaldo—que debiera ser manejado por un «político profesional». En suma, las cualidades más destacadas de Rosales se resumen en su imagen de ganador y su experiencia política, a lo que habría que añadir su bondad como administrador o gobernante: a fin de cuentas los zulianos aprobaron su gestión al reelegirle.
En opinión del suscrito la candidatura de Rosales sería, a pesar de tan obvias ventajas, la más fácil de combatir por parte de Chávez. Más allá de la consideración de sus posibilidades como limitadas por un carácter excesivamente regionalista, Manuel Rosales es un rehén político. Nada puede ocultar el hecho de que cohonestó de forma pública y notoria el descomunal error del contrahecho decreto de constitución y programa del inconstitucional y efímero gobierno de Pedro Carmona Estanga. Delante de las cámaras de televisión, Manuel Rosales subió al estrado del Salón Ayacucho en Miraflores para rubricar, «en representación de los gobernadores de estado», la monstruosidad del 12 de abril de 2002.
Esto no es una anécdota sin importancia que puede ser desestimada. No se trata de un pecado venial que pudiera ser olvidado, sobre todo porque no lo ha olvidado el oficialismo. Antes de morir, Danilo Anderson había mostrado el tramojo a Rosales, al declarar poco después de la elección de gobernadores de 2004 que éste podía ser despojado de su investidura de gobernante zuliano justamente por antejuicio de mérito centrado sobre su participación en el carmonazo. De hecho, es la misma conciencia culpable y temerosa de Rosales lo que motivó que, sin perder un minuto, intentara comprar el olvido del incidente con el pago de una oferta conciliatoria. Así valoró el hecho esta publicación (#111, 4 de noviembre de 2004): «Muy sintomática fue la alocución de Manuel Rosales, gobernador reelecto del Zulia, poco después de la medianoche que separó el mes de octubre del mes de noviembre. Rodeado de felices partidarios, aliviado él mismo, en clásico tono mitinesco arengó a la multitud para prometer paz y amor, pan y circo. Porque lo primero que ofreció fueron abrazos y reconocimientos tendidos al general Gutiérrez y al comandante Arias Cárdenas, sus contrincantes, justificando tal gesto sobre la base de lo que, según su conocimiento, querrían los zulianos: que cesaran los partidos y se consolidara la unión… Ante el muy visible sonrojo del mapa político nacional, Rosales no optó por correr sino por encaramarse. Esbozó la tesis de que los zulianos—¿los venezolanos?—quieren ahora olvidarse, por un tiempo al menos, de ‘estas divisiones que hemos tenido en los últimos meses’ y ponerse a trabajar. (Pan). Y como los zulianos lo que quieren hacer es trabajar, animó a la turba a que se zambullera de una vez en ¡la Feria de la Chinita! Posteriormente reiteraría su disposición circense con una anticipada invitación a prepararse para la subsiguiente temporada navideña, a disfrutar en fraterna y amnésica paz. Impecable cierre circular de un discurso improvisado pero perfecto, encaramado… Si éste es el héroe político que Rafael ! Poleo en carama en la portada de su revista ‘Zeta’, si Rosales va a ser tenido como la contrafigura que ‘la oposición’ ha esperado tanto—el ‘ñero’ Morel Rodríguez no sería creíble—entonces Chávez morirá, como el general Gómez, como el general Franco, como parece que lo hará el osteoporótico comandante Castro, con el poder total en sus manos».
Sólo quien sostenga la peregrina idea de que la mayoría del pueblo venezolano estuvo de acuerdo con lo acaecido el 12 de abril de 2002, podría creer que una candidatura de Rosales sobreviviría una campaña en la que Chávez removería inmisericorde la llaga de ese recuerdo. Es más, puede darse por seguro que de ser Rosales candidato, la diligente Fiscalía General de la República chavista iniciaría el proceso judicial contra el zuliano que Danilo Anderson avisó.
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De nuevo desde una plataforma estadal—Carabobo, «dónde empezó Venezuela»—continúa latente la candidatura duplicada de los Salas Römer, padre e hijo. Que se la entienda como dupla se debe al propio Henrique senior. Cuando a fines de abril de 2003 se creía que Chávez pudiera ser destronado por revocación de su mandato en referendo, y se avizoraba su sustitución por un «presidente de transición», Salas Römer se apresuró a posicionarse temprano. El argumento que presentó entonces—parece increíble al recordarlo—es que él era «gallo» y que había que ver si alguien era «más gallo» que él y que, además, en caso de que no fuera él quien debiera asumir el coroto podía ofrecernos otro «gallo» que era «el pollo». (Su hijo).
La imagen de los Salas, sin embargo, no es la de un triunfador como Rosales. «El gallo» fue derrotado por el mismo Chávez en 1998; «el pollo» por una candidatura tan incompetente como la de Acosta Carles. (Todavía hay quien sostiene que al «pollo» se le hizo fraude, pero éste mismo ha dejado de intentar la demostración necesaria). No es concebible que ninguno de los Salas pueda suscitar entusiasmo suficiente, ni que ninguno de ellos pueda ser contendor que pueda medirse con Chávez.
Sobre todo el mayor de los Salas es percibido como actor elitesco, distante del pueblo. A partir de su tendencia a hacer campañas centradas en eslóganes—»vamos a devolverle la sonrisa a Venezuela»—o de su inclinación por ideas más «ingeniosas» que correctas—celebrar el «caracazo» porque sería más democrático que el 4 de febrero—no es posible construir una alternativa sólida al planteamiento integrista de Chávez. Ninguna superficial cabalgata por las heroicas llanuras de Carabobo pudiese sustituir con ventaja psicosocial la apropiación chavista de la figura de Bolívar. Las postizas posturas de Salas, construidas en laboratorios mercadológicos que procesan incesantemente las encuestas—se le atribuye un talento especial para interpretarlas—no penetran en la imaginación popular, que le tiene por godo.
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Igualmente imbuido de ciencia mercadológica se presenta en el ruedo electoral Roberto Smith Perera, que ha iniciado una campaña vistosa, segunda edición de la que fuera originalmente de su antiguo jefe, Carlos Andrés Pérez. («Ese hombre sí camina»). Smith se ha dedicado a realizar enormes caminatas—Pérez jamás se atrevió a tanto—y a remachar unos pocos eslóganes, de los que el último es la publicitaria insistencia sobre el mágico número de diez millones. Dará, ha asegurado, diez millones de pasos en su periplo nacional, obtendrá diez millones de votos (igualito a como Chávez pretende), creará diez millones de empleos y producirá diez millones de barriles de petróleo por día.
Antes, este candidato Johnny Walker ha concebido que un tal «primerismo» es el sustituto ideológico trascendente que, superando al liberalismo y al socialismo (canónico o del siglo XXI), dejaría atrás la oferta principista de Chávez. Por eso habla de una tal «Venezuela de primera», como antes ofreció un estado «Vargas de primera», con «full» empleo—alguna convicción de publicista ha arraigado en su cabeza la noción de que decir «full» es preferible a decir pleno—pues la solución a nuestros problemas sería la construcción de un «país de primera».
La formulación es poco solidaria, por decir lo menos. En momentos cuando la conciencia extranacional se ha exacerbado en América del Sur, proponer que todo el asunto político es convertirse en país del «primer mundo» para codearse con Dinamarca o España, no deja de generar un cierto aroma clasista, insensible.
Pero es que la candidatura Smith es casi tan vulnerable a los ataques gubernamentales como la de Rosales. La retórica de Chávez se deleitaría con la insistente mostración de Smith como ministro de Pérez, como el privatizador de la CANTV—»entreguista a los intereses foráneos, imperialistas y salvajemente capitalistas»—, pero sobre todo como el Coordinador del Octavo Plan de la Nación, del propio «paquete», pues. Por supuesto que Smith puede presentar exactamente lo mismo como timbre meritorio, al destacar sus evidentes cualidades ejecutivas. (Fue el ministro más joven del gabinete y tanto en ese cargo, como luego en la esfera de la empresa privada con la fundación de Digitel, exhibió su excelencia gerencial).
Smith me ha recordado más de una vez a la figura de Diego Arria Salicetti, a quien alguna vez dijese que era «un poderoso emisor de señales políticas, que no de significados políticos». Smith es, sin embargo, tal vez el candidato que más se ha acercado a entender las condiciones estratégicas de una campaña contra Chávez, al proponerse la construcción de un mensaje positivo que no tenga como punto de partida la mera oposición. Si pudiese abrevar de fuentes que le proporcionasen profundidad, tal vez llegara a convertirse en un candidato correcto. Por ahora la vacuna de su vistoso arranque de campaña no parece haber prendido en la piel de la nación.
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Julio Borges fue el primero de los candidatos que se lanzó a la arena de la campaña presidencial, hace poco menos de un año. Por esto, y por su indiscutible tesón al frente de Primero Justicia, ostenta la primera posición—entre los candidatos opositores—en las encuestas que miden intención de voto, aunque siempre a no menos de veinte puntos por debajo de Chávez.
Si Primero Justicia quiere presentarse como una organización política que se diferencia de los partidos tradicionales de escasa democracia interna, tendría que explicar de qué instancia democrática ha salido la candidatura Borges. Ninguna asamblea o congreso del partido la ha decidido. Es el cogollo de Primero Justicia el órgano que ha asentido a las pretensiones de Borges. Cuando Gerardo Blyde quiso explicar alambicadamente por qué se retiraba Primero Justicia de las elecciones del pasado 4 de diciembre—pocos días después de haber anunciado alborozado que el retiro de las máquinas captahuellas era un triunfo de su organización que despejaba el camino hacia unas elecciones limpias—emitió la siguiente declaración: «¿Qué le ofrece Primero Justicia a los Venezolanos? Seguir liderizando a una nueva generación, consolidarnos como la alternativa democrática, construir una nueva mayoría donde tengan cabida todos los venezolanos y por eso con más fuerza y mayor compromiso con Venezuela nuestro candidato presidencial a la cabeza de Primero Justicia será la alternativa del nuevo liderazgo para la elección presidencial del 2006».
Pero esa misma decisión de retirada retiró algunos diques a la disensión interna en Primero Justicia, y permitió la emergencia de un posible competidor: el Alcalde de Chacao, Leopoldo López Mendoza. Cuando Alfredo Keller midió hacia el término del tercer trimestre del año pasado la percepción de liderazgo (no la intención de voto), Julio Borges obtuvo 40% de reconocimiento; Leopoldo López obtuvo 39%, para un virtual empate con su jefe partidista. López ha crecido, indudablemente, con el ejercicio de su cargo, pero no es probable que pretenda alzarse con la candidatura de Primero Justicia, a menos que la de Borges inicie un desplome vertical.
El mismo hecho de haber estado en la calle durante más de medio año sin superar un 15% de intención de voto revela, por otra parte, que la candidatura Borges no carbura. En otras ocasiones se ha razonado aquí que, en circunstancias de un hambre generalizada de liderazgo, el hecho de que Borges no haya superado las cotas alcanzadas por su figura, revela que es muy posible que no sea el inspirador que se requiere. Esto no debiera sorprender respecto de un planteamiento reducido, en esencia, a proponer que se requiere un cambio generacional y que él lo encarna. Por otro lado, aunque en menor medida que Salas, Borges es también percibido como una candidatura goda, representante de intereses de clase alta. A pesar de esto, su fresca trayectoria no permite un tratamiento oficialista que intente caricaturizarlo como candidato de «cuarta república».
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Teodoro Petkoff no ha terminado de decir oficial y públicamente que presentará su candidatura. No es un secreto, sin embargo, que ha puesto equipos a trabajar en esa dirección, estimulado por reacciones positivas a un recorrido nacional emprendido desde julio del año pasado, cuando aprovechara la publicación de su libro «Las dos izquierdas» para reunirse con audiencias diversas en una veintena de ciudades del interior.
La candidatura Petkoff se explica por la sensación de que la sucesión de Chávez no sería jamás un período normal, sino uno muy complicado, cuyo manejo se beneficiaría de un liderazgo de mucha experiencia, no ingenuo, no inexperto, profundamente conocedor de los actores que incidirían sobre tal período y sus intereses. La cantidad de estropicio causado por la administración Chávez es muy considerable, y por tanto requerirá una reparación inteligente. El porte de estadista reconocido en Petkoff pareciera calificarle para la tarea.
Adicionalmente, en una comprensión convencional de campañas electorales, éstas son vistas como combates, y allí se siente que Petkoff sería, en comparación con los enumerados, un candidato con mayor «pegada», un contendor que pudiera fajarse en el inevitable infighting con Chávez.
Más de una vez se ha citado acá el libro La marcha de la insensatez (The March of Folly) de Bárbara Tuchman. Es un libro escrito para soportar un epílogo, y en éste dice: «Aware of the controlling power of ambition, corruption and emotion, it may be that in the search for wiser government we should look for the test of character first. And the test should be moral courage». («En conciencia del poder controlador de la ambición, la corrupción y la emoción, pudiera ser que en busca de un gobierno más sabio debiéramos buscar primero una prueba del carácter. Y esa prueba debe ser la del carácter moral»). Petkoff exhibe—como es aparente igualmente en Borges—esa valentía moral. Dice lo que piensa con honestidad intelectual, sin reparar en costos de conveniencia. No torea para los tendidos, para complacer a un interlocutor o un auditorio.
Está Petkoff entre los poquísimos que han intentado una comprensión desapasionada del fenómeno Chávez, y no le niega el pan y el agua a partir de una postura prejuiciosa o incorrectamente satanizante. Luego, su izquierdismo no es un activo despreciable en un país que ostenta una patológica distribución de la renta, sin ser alguien que crea todavía en una socialización de los medios de producción como opción preferible a la de un mercado esencialmente libre, aunque adecuadamente vigilado.
Adicionalmente, Petkoff es bondadoso, cualidad que su hosquedad disimula. No traería a su gobierno una vindicta o un reconcomio. No presidiría ni toleraría una cacería de brujas. (Esta conducta, por lo demás, sería igualmente esperable en Smith y en Borges, en cuya sensatez puede confiarse). Si el casting de candidatos estuviera restringido al examinado hasta ahora, y si tuviera el suscrito que emitir una recomendación responsable, por las razones antedichas recomendaría a Petkoff por sobre los otros. Es más probable que él, antes que Rosales, Salas (cualquiera de los dos), Smith o Borges, pudiera sortear con éxito los muy complicados escollos de un eventual postchavismo. Tal vez es por esto que ha escuchado de influyentes personalidades la siguiente evaluación: «Teodoro: tú eres lo que hay».
El problema fundamental de la candidatura Petkoff es su posicionamiento en los estudios de opinión, que le adjudican índices de 1% o 1,5% de intención de voto a su favor, al tiempo que registran muy considerable rechazo a su figura. Puede imaginarse que una campaña correcta pudiera remediar esta difícil situación, pero en muy breve tiempo, después de su lanzamiento definitivo, se sabrá si la cosa camina. Si a las pocas semanas del inicio de su campaña no puede exhibir un crecimiento apreciable de su aceptación, habrá que buscar otro candidato.
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En la misma encuesta de Keller en la que López latía muy cerca de Borges, un registro que reconoce en Marcel Granier la cualidad de liderazgo le daba una posición muy destacada, por encima aún de la concedida a Petkoff o personalidades como la de María Corina Machado. En términos porcentuales y orden descendente de reconocimiento, Keller midió la atribución de esa cualidad así: Hugo Chávez, 61; Diosdado Cabello, 42; Julio Borges, 40; José Vicente Rangel, 39; Leopoldo López, 39; Manuel Rosales, 39; Marcel Granier, 31; Teodoro Petkoff, 25; María Corina Machado, 23; William Ojeda, 13; Roberto Smith, 6. Es decir, Granier aparece superado sólo por los candidatos Chávez, Borges y Rosales, mientras que supera a los candidatos Petkoff, Ojeda y Smith. (Dicho sea de paso, no analizaré acá la candidatura Ojeda por no poder hacerlo responsablemente, al disponer de muy escasa información acerca de su capacidad. En una impresión de bulto no me parece que sería un presidente capaz, al carecer de dimensión de estadista. No basta la valentía).
Pero una candidatura Granier sería una equivocación, la misma que se cometió al suponer que pudiera trocarse directamente a Chávez por el polo opuesto del Presidente de Fedecámaras en abril de 2002. Granier tiene una redondez y multimensionalidad casi equivalente a la de Petkoff, pero sería difícilmente tragable por un electorado que tal vez quisiera salir de Chávez pero no execrarlo con un bandazo pendular de opuesto signo.
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por Luis Enrique Alcalá | Feb 2, 2006 | Cartas, Política |

En términos objetivos clásicos la dificultad de derrotar electoralmente a Hugo Chávez en 2006 es verdaderamente muy grande. El candidato «incumbente» las tiene prácticamente todas consigo: no sólo tiene el control de todo el aparato estatal—desde el nivel nacional hasta el municipal en lo ejecutivo, y transversalmente en lo legislativo, judicial, electoral y el «poder ciudadano»—lo que incluye casi todo aparato represor—militar convencional y de reserva junto con lo policial (salvo unos pocos municipios)—sino por supuesto los recursos financieros públicos, que en el año electoral han sido presupuestados en nada menos que 85 billones de bolívares. (Más de cuatro veces, en bolívares corrientes, lo que manejara en su primer año de gobierno). Por si fuera poco, usará este poder desde una plataforma de apoyo electoral que oscila, según las encuestas, entre 45% y 60%—veinte o cuarenta puntos sobre su más cercano competidor—y, para coronar, ha adquirido una estatura mundial que, independientemente de su corrección, es superior a la de cualquier candidato emergido o emergente y a la de cualquier otro presidente venezolano de la historia, en verdad segunda sólo tras la de Bolívar. Si Chávez muriera mañana, habrá dejado un hondo y extenso recuerdo en el mundo entero, y una empatía global con su trayectoria y sus posturas se convertiría en una amplificación y diseminación de ellas. A Chávez hay que mantenerlo vivo.
No hay oponente que se acerque, ni con mucho, a tan ingente cantidad de poder real como la que tiene a su disposición. Y en un trámite electoral considerado desde el punto de vista clásico (desde el paradigma de Realpolitik, de pura política de poder) no hay nada que pueda oponerse a Hugo Chávez en 2006—cuyo único escrúpulo es el revolucionario; es decir, el de producir la disminución de quien se oponga a su poder porque su poder es el del pueblo.
¿Cuál es el paradigma clásico? La política de poder es como una homeopatía política. Debo presumir que mi adversario hará trampa; tal cosa autoriza moralmente mi trampa, por aquello de la guerra santa. Combato enfermedad con enfermedad, y mi negocio es obtener poder e impedir que mis adversarios lo adquieran. Letra chiquita: por todos los medios al alcance.
En la política anterior a Chávez esta última legitimidad se mantenía más o menos dentro de los límites de una cierta urbanidad o buena costumbre—no es malo que el tigre se coma al venado sino que no lo haga con cubiertos—mientras Chávez la rebasa, a conciencia de que con eso arranca trozos al modo convencional de pensar que él considera escuálido (burgués), y por tanto salvajemente capitalista, y por tanto culpable de la pobreza, y por tanto acreedor a la humillación y el despojo. (Y a la muerte). Para estas cosas se cree autorizado el revolucionario.
En suma, cualquier planteamiento cacical de una candidatura distinta de Chávez está destinado al fracaso. No sólo tiene éste la muy mayor cantidad de poder, sino que ninguna vergüenza, ningún escrúpulo, impedirá que lo use implacablemente contra su contrario. Para eso es revolucionario. Si, por consiguiente, algún candidato pretende resultar electo combatiéndole de poder a poder, su éxito será mucho menos probable que el del proverbial camello atravesando por el ojo de una aguja.
Nadie ha podido mostrar, si de combate puro se tratase, dónde está el talón de Aquiles de Chávez. ¿De qué más se le va a acusar que no haya sido todavía expuesto? Ya se le ha dicho corrupto, asesino, dictador, comunista, abusador, zambo, matón, perdonavidas, golpista, fraudulento, totalitario, megalómano, terrorista, mentiroso, cobarde, procaz, machista, anacrónico, sibarita, demagogo, populista, caprichoso, resentido, arbitrario, cruel, vengativo, nepótico, alevoso, militarista, inconstitucional, loco, dispendioso, ineficaz, verboso, sofista, irresponsable, incompetente, mal reunido. ¿Cuánto que pudiera añadirse al numeroso expediente acusatorio de Chávez de aquí a diciembre de 2006 haría una verdadera diferencia? La Realpolitik tiene por táctica favorita el desprestigio del oponente: ¿con qué otra cosa pudiera ensuciarse la reputación de Chávez que ya no haya sido mencionada? No es realista pensar que en la campaña por desplegarse dentro de muy poco se destape una olla cuyo hedor pueda atenuar suficientemente la propensión a votar por Chávez.
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Pero se anotó que el triunfo contingente de Chávez no sólo se alimenta de su poder, sino que se asienta en un alto grado de esa propensión a votarlo. ¿A qué se debe tan alta aceptación, tan elevado apoyo?
Una parte del asunto, sin duda, pero sólo una parte, y tal vez no la más importante, es que efectivamente Chávez ha redistribuido riqueza. Robin Hood tiene un nicho en el panteón chavista. Es verdad que robo a La Marqueseña o a la Shell para dar a los pobres, en nombre de un grito de José Antonio Páez o un seudónimo de Simón Rodríguez. Cuando me hace falta pido al Banco Central un millardito (de dólares), a PDVSA el adelanto de un dividendo, o a la Asamblea Nacional otro financiamiento extraordinario que la Contraloría no mirará siquiera. Y como ya mi barril de petróleo no vale diez dólares de 1999, sino cincuenta y tantos de hoy, tengo para llenar el acueducto de las misiones, que por más agujereado que esté por la corrupción, algo de alivio y asistencia reparte.
Que una porción del pueblo traduzca la dádiva—usualmente condicionada a conductas que los receptores estiman dignificantes—en apoyo político no debiera ni sorprender ni escandalizar a nadie. Entre los críticos de este fenómeno los más prominentes defienden el derecho a la ganancia y el lucro, por considerarlos consustanciales a la verdadera libertad. ¿Quién pudiera entonces, con autoridad personal, censurar que gente pobre ayudada por el gobierno se comporte con la misma racionalidad?
Pero este factor explicativo es insuficiente. No hace mucho que algún encuestador respetable reportaba que sólo un 16% de la población se había beneficiado directamente de alguna de las «misiones», a pesar de haberse gastado en ellas, hasta comienzos de 2005, probablemente 5 mil millones de dólares. (El asunto no es mera transferencia monetaria: la representante de la UNESCO declaró, el día que Chávez proclamaba a Venezuela «territorio libre de analfabetismo», que nuestro país era el único en el mundo que había alcanzado las metas que se había fijado a este respecto). Otro encuestador, sin embargo, igualmente veraz, encontró lo reportado en octubre de 2005 por El Universal: «…los venezolanos catalogan como ‘aceptable’ la situación del país en el presente y aspiran que mejore en los próximos dos años».
Si no todo el apoyo puede anotarse a la ayuda dispendiada (o su expectativa) ¿qué otras causas del mismo están presentes? Hay una obvia: Chávez ha dedicado una muy considerable proporción de su mandato a la propaganda fide, a vender una explicación totalizadora, exhaustiva, acerca del mundo y su política y su historia. Hay una manera «bolivariana» de cepillar los dientes. Y aquí encontramos que su prédica ha llegado a convencer a mucha gente.
En parte sirve para lo mismo que Hitler hizo con el pueblo alemán. El Führer expió la culpa de la convicción de Versalles. (Encontrando un chivo expiatorio, los judíos). Cuando cesó la Gran Guerra, el villano principal—los Hapsburgo—ya no existía, al desmembrarse Austria-Hungría, y la mayor parte de la pena se impuso a su aliado, el Segundo Reich. De allí las mayores imposiciones y reparaciones exigidas a Alemania. Hitler borró esa culpabilidad versallesca con Mein Kampf y sus discursos, violando prohibiciones e interrumpiendo las compensaciones, y trajo a la psiquis germánica el alivio que conllevan las absoluciones.
Del mismo modo Hugo Chávez ha absuelto de culpa a la pobreza, al decirle que ella es una creación de la riqueza. Ha trasmutado, también aquí, una enfermedad en virtud. Ser rico es malo; ergo, los pobres son los buenos.
Y esta fórmula es presentada al pueblo, mayormente pobre, con todos los rasgos de una epifanía, con profetas—Bolívar, Zamora, Maisanta, Jesucristo—y demás yerbas aromáticas. Hay toda una teorización del asunto, osadamente perorada, machacada, a lo mejor ni siquiera entendida en su totalidad por el propio orador o por su audiencia, pero de correspondiente empatía con un sufrimiento ancestral y milenario. Briceño Guerrero describió ese furor en El discurso salvaje, en desconocimiento pero anticipación de Chávez, dos décadas antes de su asunción al poder.
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Ante esto último nada ha hecho la oposición convencional. En 1999 alguien explicaba a un concierto de curiosos de la política que la mera negación de Chávez no bastaría. Que uno no niega un fenómeno telúrico que tiene por delante. Que ante aquél cabía, primero, un esfuerzo de contención. (Lo que se demostró posible, por ejemplo, con la redacción primera del decreto que convocaba a referendo consultivo sobre la elección de una constituyente. Fue tan obviamente absolutista que el helado silencio del país, roto sólo por el reclamo de Blyde y otros pocos, forzó al gobierno a rehacer su primer decreto programático, moderando su pretensión de poder de aquel momento. Aun no controlaba el máximo tribunal de la república).
Pero explicó también que tampoco sería suficiente la contención mera. Había, más que oponerse a Chávez, que superponerse a él. Y de ese año hubo también un ejemplo. De Miraflores venía la noción de que la constituyente debía ser «originaria»; esto es, capaz de alterar, mutilar, impedir o suprimir cualquier otro poder constituido. La oposición conservadora automática, que antes se había opuesto a la constituyente misma, quiso defender la noción de que ésta debía ser «derivada», y por ende equivalente, no superior al Congreso o los restantes poderes constituidos. Era difícil vender esta constituyente disminuida en la parroquia 23 de enero.
Lo que debió decirse, en cambio, debía trascender la trampajaula terminológica construida por Chávez. Debió apuntarse que lo que era en verdad originario era el pueblo, en su carácter de poder constituyente. Debió decirse: «Una asamblea, convención o congreso constituyente no es lo mismo que el Poder Constituyente. Nosotros, los ciudadanos, los Electores, somos el Poder Constituyente. Somos nosotros quienes tenemos poderes absolutos y no los perdemos ni siquiera cuando estén reunidos en asamblea nuestros ‘apoderados constituyentes’. Nosotros, por una parte, conferiremos poderes claramente especificados a un cuerpo que debe traernos un nuevo texto constitucional. Mientras no lo hagan la Constitución de 1961 continuará vigente, en su especificación arquitectónica del Estado venezolano y en su enumeración de deberes y derechos ciudadanos. Y no renunciaremos a derechos políticos establecidos en 1961. Uno de los más fundamentales es, precisamente, que cuando una modificación profunda del régimen constitucional sea propuesta, no entrará en vigencia hasta que nosotros no la aprobemos en referéndum». Así se habría pasado sobre su discurso.
Pero eso no se dijo, o por lo menos la voz que lo dijo no tenía fuerza y tampoco se le prestó alguna. La oposición con recursos—organizativos, comunicacionales, financieros—siempre ha acusado a Chávez; nunca lo ha refutado. Siempre ha estado a la defensiva, siempre ha jugado en terrenos escogidos por Chávez, discutido en su terminología, atendido sus convocatorias; se ha regido por su agenda y actuado según guión escrito por él, en el que prácticamente todas las actuaciones opositoras hasta ahora mostradas—salvo la táctica inicial del 11 de abril y la participación masiva de empleados petroleros en el paro—han sido anticipadas. El guión es tan bueno que aun las excepciones e imprevistos son absorbidos en él, neutralizados.
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Max Weber nos aportó la descripción clásica de las formas de dominación política y sus fuentes de legitimidad. A la primera la llamó tradicional. Es la que afinca su derecho en una sucesión dinástica lo más antigua posible, cuya fuente y origen se encuentran en el pasado, preferentemente remoto. Es la que esgrimen Isabel II y Benedicto XVI, el fundador de un partido, los herederos de una revolución. Si bien esta forma es la menos usada por Chávez, que Fidel Castro, el senil decano del comunismo en América, le haya ungido como su sucesor le presta una raíz tradicional.
La segunda fuente y forma son de carácter carismático. Hitler, que mesmerizaba incluso a quienes no entendían la lengua alemana y sin embargo se quedaban estampados en el piso, cautivados por la voz y la gesticulación del encendido cabo austriaco aunque no comprendieran su discurso, como certificara Dennis de Rougemont en L’amour et l’Occident. ¿Hay alguna duda de que Chávez es un histrión consumado? ¿De que tiene en grado apreciable las cualidades que los politólogos agrupan bajo la noción de carisma?
La tercera y más «moderna» manera de dominar es la burocrática. Se domina porque se controla el aparato del poder. Los jefes de Estado y de gobierno, los bosses de los partidos; éstos dominan burocráticamente. ¿No habíamos enumerado ya, esquemáticamente, lo que Chávez controla en materia de aparatos?
Un contendor de Chávez que tenga alguna posibilidad de derrotarle electoralmente sólo pudiera reivindicar de estas raíces la de esencia carismática, pues sólo un outsider—en virtud de que nadie vinculado tradicionalmente con nuestro pasado político pudiera prosperar—podría lograrlo, y jamás dispondría de mayor aparato que el chavista. (Aunque no podrá pasarse sin ninguno). No serán despreciables, por tanto, los rasgos histriónicos y las dotes didácticas que faciliten la comunicación con los electores y permitan el arrastre de votos en quien pueda retar a Chávez con probabilidades de triunfo. Se puede ser muy políticamente correcto, pero si se es aburrido, como Adlai Stevenson, no se ganará elecciones. No obstante ¿es suficiente el carisma?
Quien pretenda vencer a Chávez en 2006 deberá abrevar en fuentes «transweberianas», más allá de la tradición, el carisma y el aparato. Su primera fuente de legitimación deberá ser programática, terapéutica, estratégica. Deberá ser capaz de mostrar que se propone aplicar tratamientos viables y eficaces a nuestros principales problemas públicos, una vez enumerados en un claro y convincente diagnóstico. Obviamente, aquí deberá competirse como proyecto contra un programa en operación: el del gobierno. Aquí sólo podrá ofrecerse una promesa.
Pero, más profundamente, nuestro candidato tendría que legitimarse paradigmáticamente: tendría que hablar con una gramática política a la vez consistente y distinta de la de Chávez, más evolucionada y responsable que la de un tal socialismo del siglo XXI, superior a la de los partidos desplazados por aquél, menos simplista, menos primitiva, menos ingenua, menos bárbara.
Un nuevo recuerdo de Briceño Guerrero permite ubicar el asunto. En El laberinto de los tres minotauros (que incluye El discurso salvaje, ya nombrado), el filósofo de la Universidad de los Andes, apureño, de primeras letras en Barinas, la tierra de Chávez, sostiene que en América coexisten y se combaten un discurso salvaje—el de los primeros pobladores y las razas sojuzgadas que Chávez reivindica—uno mantuano, el del privilegio aristocrático u oligárquico, y el discurso racional occidental, limitado por el rigor lógico y por la verdad. En nuestro teatro político actual sólo han actuado suficientemente los dos primeros, con abrumadora ventaja reciente del salvaje sobre el mantuano. La dilucidación del problema sólo podrá ser aportada desde un discurso racional.
Lo que no puede ser emocionalmente aséptico, por más que un origen clínico y responsable sea la única fuente aceptable. Por fortuna, lo veraz puede ser bello, y lo bello emociona. Lo bello, por otra parte, es usualmente signo de lo bueno, y la bondad, por la suya, tiene un valor funcional. «La bondad—dijo Don Pedro Grases al cumplir sus setenta años—nunca se equivoca».
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El récipe expuesto no es suficiente. Amén de la eficacia electoral, únicamente presente en un discurso como el especificado, se debe exigir una alta probabilidad de eficacia posterior, una eficacia de desempeño. No basta ganar una elección; es preciso hacer luego un buen gobierno, un magnífico gobierno. Por tal cosa, en adición a lo anotado, tendremos que exigir del candidato un talento para el liderazgo de organizaciones complejas, comprobado en una historia práctica, en su biografía.
Pero ni siquiera los anteriores rasgos serían bastantes. Una exigencia adicional es que el candidato viable, y por tanto apoyable, no esté aquejado por defectos que de obvio bulto le impedirían. Por ejemplo, no podría ser «cuartorrepublicano», por más que las «viudas del paquete» o los políticos prechavistas pudieran coincidir con él o ella en más de una cosa. Tampoco podría ser, naturalmente, chavista, aunque su bagaje terapéutico pudiera coincidir, en grado siempre menos virulento, con desiderata sostenidos por Chávez, como pudieran ser el caso de la preferencia por un mundo multipolar o la democracia participativa. Como decía Santo Tomás de Aquino, la verdad se encuentra en todas partes.
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por Luis Enrique Alcalá | Ene 26, 2006 | Cartas, Política |

El científico social no trata con individualidades; sus objetos son agregados de individuos, grupos, comunidades, sociedades. En un cierto sentido procede como un médico, a quien es imposible tratar a un enfermo de hepatitis considerando cada célula hepática por separado, y debe tratar al hígado como un sistema, como un aparato o conjunto.
O, como proponía Maximilian (Max) Weber, el científico social debe construir «tipos ideales», conceptos armados a través de la integración lógica de rasgos extraídos de la realidad. Así, el tipo ideal de democracia se construirá a partir de rasgos existentes, preferiblemente comunes a varias instancias concretas de democracia, los que se abstraerán e integrarán para constituir el concepto que según Weber permitiría una discusión científica de lo social, en este caso una discusión científica sobre democracia. Nada en la realidad, por otra parte, es idéntico a un tipo ideal.
Un tipo ideal, además, no se entiende en el uso común del término, como algo positivo, intrínsecamente deseable. Es posible tanto hacer un tipo ideal de centro de culto como un tipo ideal de cámara de tortura. Aquí la palabra ideal sólo dice que se trata de algo que existe únicamente en el plano de las ideas.
Es así como pudiera construirse un tipo ideal de opositor. O, más específicamente, un tipo ideal de opositor en Venezuela en este año de gracia de 2006. Todavía más enfocado, un tipo ideal de opositor en grado patológico. Hay un opositor que es patológico porque su conducta (ideal) conspira contra las posibilidades de éxito de la oposición y también porque se daña a sí mismo. ¿No vale la pena preguntar por los rasgos de este tipo de opositor? Si se quisiera aumentar la probabilidad de que la oposición prevaleciera y al mismo tiempo impedir el sufrimiento del opositor patológico ¿no convendría examinar y describir a este sujeto en términos de un tipo ideal?
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El opositor patológico es adicto al objeto de su oposición. Si Chávez no ha dicho nada últimamente siente una desazón de carácter obsesivo-compulsivo y busca encontrar en el territorio de alguna gobernación, o un municipio fronterizo, una manifestación más de la maldad de su régimen.
Pero, atraído irremisiblemente hacia el objeto de su odio, como quien se deja cautivar por la mirada de una serpiente, como mariposa que busca la lumbre en la noche (así se achicharre), procura estar enterado de todos los pasos del actual Presidente de la República, y esto realimenta su angustia, su odio, su estrés. Chávez sabe que causa ese efecto y disfruta dando pie a que esas emociones cundan en el número de sus opositores; hace a propósito lo que él presume les causará mayor irritación. El niño es llorón y la mamá lo pellizca.
Ésta no es, por otro lado, la única realimentación que se produce en esta dinámica. La ritual execración de la figura presidencial proporciona al opositor adicto un progreso indirecto en la imagen ética que tiene de sí mismo. En efecto, mientras puedo hablar peor del Presidente, mientras más malvado lo encuentro, yo soy por implicación una mejor persona. Como no soy como él—¡Dios me libre!—entonces soy bueno. Mi bondad progresa relativamente, sin que yo haga mérito independiente, porque su maldad crece todos los días. Así obtengo satisfacción moral.
Y todavía hay un segundo mecanismo psicológico que refuerza la adicción: que en la execración ritual, en saborear una mezcla de amargura y angustia porque el hombre no ha caído, el opositor adicto ha encontrado la trascendencia. Ahora es un patriota, ya no sólo un ejecutivo financiero, un comunicador social o un dentista. Ahora soy héroe, pues he sentido en carne propia la gaseosa y lacrimógena represión. Ahora soy valiente patriota.
Si, por otra parte, soy gente de clase media o baja, mi participación en un movimiento en el que destacan notables figuras de la más alta clase me confiere movilidad social vertical, sobre todo si logro identificarme con algún atuendo característico de la clase alta, como un sombrero de Panamá. Ahora me codeo con los más ricos y hasta parezco adinerado.
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El tipo weberiano de opositor es, asimismo, un ser inerrante; nunca se ha equivocado. Carmona habría tenido razón al volarse sin remilgos la Asamblea Nacional entera y anular la designación bolivariana de la república; el paro que siguiera al carmonazo habría sido la medida justa, sobre todo cuando entró en él la «gente del petróleo»—a pesar de que por su acción se acelerara grandemente lo que presumían un desenlace inconveniente e inevitable. («Chávez nos iba a fregar—otro verbo más castizo fue el empleado—en dos años; con el paro petrolero hicimos que se quitara la careta y nos fregara en dos meses». Tuvo razón Carmona; tuvieron razón Ortega y Juan Fernández, tuvieron razón Enrique Mendoza y Pompeyo Márquez. («Político que no negocia no es político», y aquella prescripción sobre la «rendija» por la que había que pasar). Era correcto abstenerse el 30 de octubre de 2004 y el 7 de agosto de 2005; era lo acertado retirarse de las elecciones del 4 de diciembre del año pasado, aunque de esa manera se entregara todo el frente al enemigo.
Para esta psicología, la retirada y abstención del 4 de diciembre fueron, increíblemente, incomprensiblemente, un triunfo extraordinario, presagio en sí mismo del descalabro del régimen. Un nuevo espejismo triunfalista domina esa psiquis, cuando si algo estuvo claro el 4 de diciembre es que los electores no fueron cautivados por el discurso oficialista, pero mucho menos por el opositor. (Retirar las candidaturas a última hora era realmente un intento burdo por impedir el implacable juicio y el más patente rechazo a la oferta de oposición que pronosticaban, una vez más, todas las encuestas).
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El tipo ideal de opositor existencial, adicto e inerrante es también supersticioso. La Dra. Magaly Villalobos mostró este rasgo en trabajo al que llamó Caimanes de un mismo caño (2004), en el que encontraba más de una similitud entre el opositor radical y el chavista duro. En particular, describía la imaginería supersticiosa de cierta oposición, que a la superchería mariano-lioncista y santera de la afiliación oficialista, opone las estampitas virginales y pretende que la Madre de Dios ha sacado carnet de la Coordinadora Democrática.
Claro, esta concupiscencia supersticiosa ha sido estimulada desde altas esferas, como cuando un cardenal—que no es Rosalio—sugiriera en la Catedral de Caracas que los deslaves e inundaciones que asolaron el estado Vargas en 1999 eran ¡un castigo de Dios a la soberbia presidencial!
¿No había una relación numerológica implacable entre la fecha del referendo revocatorio y el número 2021, o algo así, que hacía ineludible la caída de Chávez? ¿No lo habían determinado los astros de algún modo?
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El tipo ideal de opositor que estamos considerando es, por otra parte, simplista y trillado. Va por la vida (política) armado de dogmáticas prescripciones estratégicas: «Hay que calentar la calle» (de allí la marcha del domingo 22 para conmemorar el 23 de enero); «lo que hay que hacer es constituir un movimiento de movimientos»; «si no hay un CNE confiable no se puede ir a elecciones»; «la unidad es necesaria por encima de cualquier cosa, y debemos tener un solo candidato opositor».
Entonces, para mostrar que hay unidad se señala que los partidos decidieron, «unitariamente», no participar en las elecciones del 4 de diciembre y se entarimaron unitariamente el domingo 22 de diciembre. Y volvimos a ver al mismo liderazgo que produjo error tras error y fracaso tras fracaso; de nuevo Eduardo Fernández y Henry Ramos Allup y Herman Escarrá y la «gente del petróleo» hablaron al centenar de miles de personas que marcharon el domingo pasado. A pesar de que ellos encarnan la política que nos trajo a Chávez, to begin with, a pesar de que no han cambiado en un ápice ni sus métodos ni sus aproximaciones, a pesar de que causaron descalabro tras descalabro, y con ello una desmesurada aceleración de la tumoral autocracia chavista, todavía obtienen tribuna y todavía los opositores adictos, inerrantes, supersticiosos y simplistas permiten tan desfachatada insistencia.
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Por supuesto, el tipo ideal aquí descrito no agota los tipos de opositores—hay varios tipos más constructivos—y, por otra parte, también es posible describir un tipo weberiano de chavista patológico, con sus propios odios y su propia enfermedad. El suscrito debe admitir, sin embargo, que no tiene mucho contacto con ejemplares que se parezcan a este último tipo. Lo que más observa son individualidades cuya conducta se parece al tipo ideal de opositor patológico.
El estado mental, la situación emocional de este tipo de opositor no puede hacer otra cosa que agravarse, pues siendo que su conducta fortalece al objeto de su odio obtiene, en su empecinamiento, lo mismo que le angustia. Es difícil tratarle: cuando se busca explicarle algún aspecto de la realidad cuya conciencia pudiera hacerle aterrizar, una cierta clase de paranoia le hace ver traidores en quienes procuran que entienda. Esto por lo que toca al nivel individual, a la tragedia psicológica que corroe la salud mental.
En lo tocante a la dimensión política, es imposible lograr aciertos con la aplicación reiterada de recetas que se ha demostrado son ineficaces una y otra vez. No es posible obtener resultados novedosos y eficaces con la repetición de métodos viejos e ineficaces. El peor de todos, se ha comprobado, es el de permitir el predominio del opositor adicto, ritual, obsesivo, supersticioso, inmediatista, estratégicamente superficial.
Y es que más allá del método es toda una concepción estratégica la que falla. ¿No está claro que hasta ahora la «oposición» a Chávez ha fracasado estrepitosa y reiteradamente? ¿No será hora de trasponer («poner detrás») a Chávez, en lugar de oponérsele? ¿No será que para superarlo hay que atravesarlo? LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Ene 19, 2006 | Cartas, Política |

Si una mirada clínica se posara sobre Venezuela para tratarlo como paciente ¿qué anotaría luego en su historia médica? (Por clínico se entiende acá una perspectiva desapasionada desde la que los nombres de los protagonistas concretos son sistemáticamente evitados, para adoptar un punto de vista general y sistémico).
Es evidente que el sistema político venezolano funciona inadecuadamente y que contribuye de manera decisiva al comportamiento también inadecuado de otros sistemas, pues no sólo no genera las respuestas para los problemas que muchas veces él mismo diagnostica, sino que impide el normal desenvolvimiento de los restantes componentes societales. En la caracterización de esta insuficiencia política funcional es importante anotar que se trata de un proceso autocatalítico, o, lo que es lo mismo, un proceso cuyos productos contribuyen a acelerar el proceso: esto es, se produce una retroalimentación. El desempeño incorrecto del sistema político se va agravando en virtud de su propia ineficacia. Asimismo, otro rasgo digno de notar es que el sistema político se comporta en estas condiciones con una exacerbación de sus respuestas alérgicas. Las críticas al sistema sólo se aceptan si provienen del mismo sistema político o, mejor, del mismo gobierno. Y, por supuesto, una de las modalidades de descalificación de la crítica externa consiste en calificar a los críticos de «conspiradores».
Así, pues, la insuficiencia política funcional se manifiesta en Venezuela desde hace tiempo (bastante antes de 1998) como enfermedad grave y, lo que es peor, con tendencia a un progresivo agravamiento. No es, pues, una situación desconocida para los habituales protagonistas de la escena política nacional esta insuficiencia política funcional aguda. ¿Cuáles son sus causas?
Una primera causa evidente es la del hipercrecimiento del tejido político, que infiltra e invade a otros tejidos del soma nacional. Es posible referirse a una neoplasia del sistema político que, como todo crecimiento maligno, va destruyendo otros tejidos hasta el punto de destruir la vida y por este proceso destruirse al final a sí mismo. La infiltración más notable es detectada en la invasión del sistema judicial (controlado desde el Ejecutivo), en la invasión del sistema económico a través del excesivo control permisológico que impide la circulación normal y de una hiperplanificación, y en la invasión y mediatización del sistema de representación popular. Pero también en la penetración de la misma vida cotidiana, a través de la incesante propaganda gubernamental, exacerbada más allá de límites normales. Esta hiperplasia política hace que el propio sistema político se encuentre en situación de sobrecarga decisional, puesto que, a las complicadas circunstancias ambientales derivadas de los problemas habituales que no se resuelven, ha añadido la complicación de su propio exceso.
En circunstancias tan complicadas como las actuales, resulta incomprensible que el propio Ejecutivo Nacional se complique y se recargue con una miríada de responsabilidades que bien pudiese delegar o desempeñar de otra forma. En tales condiciones, no queda tiempo material ni psicológico para la invención eficaz de políticas. Las presiones cotidianas consumen todo el tiempo disponible y, de este modo, la planificación de estrategias resulta poco menos que imposible. El Gobierno actúa para «apagar incendios», pues no puede dedicar suficiente atención a los verdaderos negocios de Estado, sobre todo cuando también debe dedicar atención a los ataques de la oposición y a los acontecimientos políticos de su propio patio.
Pero debe existir una causa más profunda de insuficiencia del sistema político pues, como se ha anotado, estos procesos patológicos han sido más de una vez diagnosticados. Es así como algo más fundamental es la causa última de la insuficiencia. En nuestra opinión esta causa es la esclerosis paradigmática evidente en los actores políticos tradicionales.
Todo actor político lleva a cabo su actividad desde un marco general de percepciones e interpretaciones de los acontecimientos y nociones políticas. Este marco conceptual es el paradigma político, y del paradigma que se sustente depende la capacidad de imaginar y generar las soluciones a los problemas públicos.
Es ése el sustrato del problema. La insuficiencia política funcional en Venezuela no debe explicarse a partir de una supuesta maldad de los políticos tradicionales. Con seguridad habrá en el país políticos «malévolos», que con sistematicidad se conducen en forma maligna. Pero esto no es explicación suficiente, puesto que en la misma proporción podría hallarse políticos bien intencionados, y la gran mayoría de los políticos tradicionales se encuentra a mitad de camino entre el altruismo y el egoísmo políticos.
La explicación última de nuestra insuficiencia política funcional reside, pues, en la esclerosis paradigmática del actor político tradicional. De modo sucinto enumeraremos algunos componentes del paradigma esclerosado:
1. Existe un «país político» distinguible del «país nacional»:
Esta formulación comprende un conjunto de postulados acerca de la naturaleza política de la sociedad venezolana. Para los actores políticos tradicionales ellos conforman el llamado país político. Son ellos los únicos autorizados para el manejo de los problemas públicos. El resto del país, el «país nacional» (o «sociedad civil»), no tiene otra función política que la de establecer, con cada elección, un orden de poder entre los componentes del «país político», el pecking order (orden de picoteo en un gallinero) que distribuye el poder disponible entre los candidatos.
Esta visión es, por supuesto, errada. El país nacional es el país político. Por definición, el Estado es la sociedad política, y se define al Estado como un conjunto de personas que ocupan un territorio definido y se organizan bajo un gobierno soberano. No es el Estado el conjunto de los ciudadanos con activismo político, como no lo es ni siquiera el gobierno de una nación. El Estado, la sociedad política, comprende a todos los nacionales de un país. Esta elemental noción se confunde, se olvida o se escamotea con frecuencia. Se olvida, por ejemplo, que a los poderes públicos tradicionalmente considerados (ejecutivo, legislativo, judicial) los precede el poder fundamental que llamamos poder constituyente originario, cuya residencia es el pueblo. Otra cosa es la delegación de poder que se establece a través del acto electoral, pero no puede seguirse sosteniendo, por esclerótica, esa noción de la separación de un país político y un país nacional, de los políticos, por un lado, y de la «sociedad civil» por el otro.
2. El país nacional queda representado por las cúpulas sindical y patronal:
La representación sindical y la representación patronal o empresarial no agotan la diversidad de tipos o funciones ciudadanas. Por ejemplo, no entran en esas representaciones los profesionales independientes, las amas de casa, los artistas, los educadores, los deportistas, los científicos, etcétera. Cada vez, a medida que el concepto de sociedad industrial va dejando de ser moderno, esa división va siendo menos aplicable. Sin embargo, es esa dicotomía obrero-patronal la única que parecen poder manejar los actores políticos tradicionales. Con la adición del gobierno (sumo representante del «país político») se completan las habituales «comisiones tripartitas» que se supone están en capacidad de tramitar y resolver todos los asuntos públicos.
3. El problema político fundamental consiste en dilucidar la porción de la renta nacional que debe ir a los empresarios y la que debe ir a los obreros:
A partir de los planteamientos socialistas del siglo XIX comenzó a llamarse a esta formulación el «problema social moderno», sobre todo desde las primeras encíclicas «sociales» de los papas: León XIII en Rerum Novarum de 1891 y Pío XI en Quadragesimo Anno de 1931. Las diferencias entre las distintas ideologías políticas no desdicen de esta definición, sino que se establecen en razón de la preferencia concedida a alguno de los dos «componentes» de la sociedad industrial o «moderna». Pero ha ocurrido con las descripciones societales lo mismo que con las descripciones del átomo: se comenzó por una apacible y convenientemente sencilla descripción a base de protones, electrones y neutrones. Hoy en día son más de doscientas las partículas subatómicas conocidas. Del mismo modo sucede con las descripciones de la sociedad actual, como se anotaba en el punto anterior.
4. El estado ideal de la sociedad humana es aquél en el que todos los hombres son iguales:
Tanto en el liberalismo (igualdad original de los hombres) como en la utopía igualitarista del marxismo clásico (igualdad final), encuentra expresión esta mitológica consideración. La Declaración de Independencia de los Estados Unidos de Norteamérica, por ejemplo, recoge así el principio involucrado: «We hold these truths to be self-evident, that all men are created equal…» («Sostenemos que estas verdades son evidentes por sí mismas: que todos los hombres son creados iguales.») Esta formulación se cuela, asimismo, en frases tales como la de «desigualdad en la distribución de las riquezas», implicándose por esto que la renta debiera, en principio, distribuirse igualitariamente. Una sociedad «sana», sin embargo, es una en la que la distribución de la riqueza aproxima la distribución de cualidades morales de una sociedad expresadas en la práctica. En un sistema político sano, es normal que exista un pequeño número de personas que reciban una remuneración muy alta, siempre y cuando la proporción de personas que reciban una remuneración baja sea asimismo muy pequeña.
5. El acto de legitimación política consiste en tener éxito en descalificar la legitimidad del oponente:
El político tradicional se comporta con arreglo a esa norma. De allí que su acción se vea prácticamente reducida a una oposición a priori respecto del contendor político. Obviamente, la descalificación de un contrario no es la calificación automática de su contendor. La calificación de un político debe establecerse sobre la base de la eficacia de los tratamientos políticos que sea capaz de concebir y aplicar, independientemente de la negatividad del contrario. Es así como, más que descalificar por la negatividad del oponente, lo correcto es descalificar por la insuficiencia de lo que tiene de positivo.
6. El actor político debe presentarse siempre como si durante toda su trayectoria no se hubiera equivocado nunca:
El político tradicional parte de la errada noción de que si exhibe sus errores los electores le perderán el respeto y ya nunca será elegido. A medida que los medios de comunicación han ido desmitificando las otrora inaccesibles y sacralizadas figuras políticas, esta postura es menos sostenible. El pueblo sabe intuitivamente que es imposible, aún para el político más admirable, la inerrancia política.
7. Los valores expresados en las ideologías políticas son intrínsecamente metas u objetivos:
Se cree que nociones tales como «el Bien Común», «la justicia social internacional», «la dignidad de la persona humana», etcétera, son conceptos susceptibles de ser considerados como objetivos. Se llega a decir, por ejemplo, que el Preámbulo de la Constitución es un «modelo de desarrollo», o la Constitución misma un «proyecto de país». En verdad, lo que es factible hacer es inventar políticas, y luego emplear los valores como criterios de selección para escoger la política que deba aplicarse.
Estos son algunos de los rasgos característicos del paradigma político que ha sufrido un proceso de esclerosamiento. Otros rasgos incluyen, por ejemplo, una descripción «weberiana» de la legitimidad política. (Max Weber enumeró tres fuentes de legitimación del poder o la dominación, a saber: la legitimación tradicional (la que esgrimen frecuentemente los fundadores de partido); la legitimación carismática (entendido carisma como la capacidad de generar adhesión irracional en los seguidores del líder); la legitimación burocrática (establecida por el dominio de un complicado aparato de control político). Ante esta clase de legitimidad se hace necesaria una legitimación paradigmática (posesión de un punto de vista o marco general de interpretación de mayor correspondencia con la realidad política) y, sobre todo, una legitimación programática. (Otra vez, la capacidad de generar y aplicar tratamientos eficaces). También ha esclerosado la ya antigua distinción entre derechas e izquierdas, por la inadecuación de la descripción dicotómica de la sociedad actual.
Algunos entre los actores políticos tradicionales han supuesto que el paradigma en crisis esclerótica continúa vigente y que, por lo contrario, lo que habría que hacer es «volver a los orígenes», a una supuesta edad dorada en la que lo ideológico habría sido factor predominante sobre lo pragmático. Así, se convoca a «congresos ideológicos» y se rechaza ostensiblemente el pragmatismo «al que se ha llegado». Se exalta así «las raíces» de un partido, el que habría sido, durante su época edénica, un movimiento puro que correspondía a ideales, y que, lamentablemente, habría sido corrompido por la preocupación pragmática. Pero volver hoy a «las raíces» de ideologías ya esclerosadas equivaldría a que los físicos de hoy echaran por la borda todo lo descubierto sobre el átomo y regresaran al modelo de J. J. Thomson, que lo concebía, cuando ni siquiera la existencia del neutrón hubiese sido postulada y mucho menos verificada, como una especie de budín en el que los electrones se incrustaban como uvas pasas. (Nuevamente, puede constatarse que muchos de los abanderados de un «rescate ideológico» de los partidos son los más acendrados practicantes del pragmatismo político de la Realpolitik).
Es a la causa fundamental de la insuficiencia política funcional venezolana, la esclerosis paradigmática de los actores políticos tradicionales, a la que hay que dirigir el tratamiento de base. Si éstos se muestran incapaces de acceder a un nuevo paradigma, habrá que sustituirlos por otros que lo encarnen.
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