CS #160 – Tocata y fuga (de información)

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Si Alfredo Keller no desmiente a Quinto Día ¿cómo explicar que este periódico publique cifras de una encuesta reciente—nota de J. Pabón en la edición del 14 al 21 de octubre—contratada por «un grupo muy limitado de empresarios independientes que quisieron saber por dónde andan los tiros»? O el encuestador obtuvo permiso de esos empresarios—¿independientes de quién o de qué?—para dar a la luz pública unos pocos pero llamativos resultados, o uno de los clientes permitió al periódico el conocimiento de los datos publicados, o la fuga se debe a que Quinto Día tiene una quinta columna en Keller & Asociados. (Consultado Keller por esta publicación, niega haber sido él mismo quien filtrara la información, pero certifica que las cifras publicadas son exactas, que es lo que al fin y al cabo importa. También indicó a doctorpolítico que el levantamiento de los datos ocurrió entre el 10 y el 23 de septiembre pasado).

Los primeros disparos anduvieron por los silos de Polar y las fincas intervenidas. Quinto Día publica cifras de aceptación o rechazo de estas medidas gubernamentales en cada una de seis clasificaciones sociales: Clase E, Popular Baja; Clase D-, Popular Alta; Clase D+, Media Baja; Clase C-, Media Media; Clase C+, Media Alta; Clase AB, Alta. Los resultados indican los porcentajes de rechazo y aceptación como sigue: E, 48 contra 31; D-, 44 contra 39; D+, 48 contra 36; C-, 53 contra 39; C+, 69 contra 24; AB, 90 contra 6. (A medida que se desciende en la escala social crece el porcentaje de indecisos: AB, 4%; C+, 7%; C-, 8%; D+, 16%; D-, 17%; E, 21%. Los segmentos D y E comprenden el 62% de la población).

Cualquier encuesta, por supuesto, es una impresión fotográfica instantánea. Lo que registra momentáneamente puede cambiar. Aun si se mantuvieran los porcentajes de rechazo observados, una propaganda hábil por parte del gobierno pudiera mover los indecisos a su favor, por lo menos en los tres estratos inferiores, que es donde está la mayoría. La suma de los porcentajes de aceptación e indecisión arroja los siguientes números: Clase E, 52% (contra 48% de rechazo); Clase D-, 56% (contra 44%); Clase D+, 52% (contra 48%). Es sólo en un 48% de la población (clases AB y C) donde se registra una mayoría absoluta de rechazo. Una cosa tal es para preocuparse.

En temática cercana la encuestadora ha conseguido que una mayoría cree que el «socialismo del siglo XXI» aumentaría la pobreza. Y todavía en el punto anterior, Keller dice que una mayoría de 43% de los encuestados en los llanos aprueba las intervenciones de instalaciones y de fincas.

Pero lo que destaca el periódico, quizás naturalmente, es lo registrado en materia de candidaturas y liderazgos. Estas preguntas fueron cerradas; esto es, que los nombres considerados no provienen de la libre mención de los entrevistados, sino de nombres sugeridos por los entrevistadores.

A la pregunta «¿por quién votaría usted si las elecciones fueran mañana?» los encuestados establecieron el siguiente orden (en puntos porcentuales): Hugo Chávez, 42; Julio Borges, 11; Henrique Salas Roemer hijo (Feo), 5; Manuel Rosales, 5; Enrique Mendoza, 5; Henrique Salas Roemer padre, 3; Diosdado Cabello, 3; Leopoldo López, 3; Francisco Arias Cárdenas, 2; María Corina Machado, 2; Oswaldo Álvarez Paz, 1; Teodoro Petkoff, 1; Antonio Ledezma, 1. (Esta lista incluye, aparte de Chávez, un buen grupo de ex candidatos presidenciales: Salas Roemer padre, Arias Cárdenas, Álvarez Paz, Petkoff. Son material ya probado, aunque sólo los dos primeros contra Chávez).

Es obvio que dentro de quienes son opositores en esta lista sobresale Julio Borges, duplicando las marcas de quienes le siguen, el «Pollo» Salas, Mendoza y el gobernador del Zulia. No es esperable de Rosales manifestación alguna de pretensión candidatural para 2006, como tampoco de Mendoza. Sobre ambos penden acciones judiciales: Rosales se ha acomodado en convivencia pacífica con el proceso desde el mismo día de su proclamación, mientras que Mendoza promete, por fin, demostrar un fraude del 15 de agosto de 2004 y reaparece como negociador con instancias como el Consejo Nacional Electoral. Salas pudiera hacer un movimiento a lo William Ojeda, a ver qué recoge para negociar. Y con estos resultados, no muy distintos de los registrados antes por Félix Seijas, ya debieron haber llegado a conclusiones renunciantes Salas Roemer, López, Machado, Álvarez, Petkoff y Ledezma. Ninguna de estas vacunas ha prendido.

Ahora bien ¿representan 11% de preferencias, el segundo lugar tras Chávez y la duplicación de sus más cercanos competidores, un significativo crecimiento de Borges tras cuatro meses del lanzamiento de su candidatura? A juicio del suscrito no. Como se razonara en anteriores entregas de esta publicación, si Borges hubiera sido percibido como el líder necesario, hace tiempo que se hubiera producido una estampida de opinión a su favor, y las cotas alcanzadas por su candidatura hubieran debido ser mayores. Borges puede seguir creciendo, evidentemente, pero sus rasgos—conservador, ajeno al viejo bipartidismo—le asemejan bastante a Salas Roemer en 1998, candidatura que nunca pudo rebasar las marcas que Chávez establecía en ese año de campaña y elecciones. Pareciera que el techo de Borges está por debajo del piso de Chávez.

Más interesante, tal vez, es una pregunta que presenta nombres para identificar cuáles de ellos corresponden a personas percibidas como líderes, ya no considerar su participación electoral. De nuevo en términos porcentuales, ésta es la ubicación en orden descendente de reconocimiento: Hugo Chávez, 61; Diosdado Cabello, 42; Julio Borges, 40; José Vicente Rangel, 39; Leopoldo López, 39; Manuel Rosales, 39; Marcel Granier, 31; Teodoro Petkoff, 25; María Corina Machado, 23; William Ojeda, 13; Roberto Smith, 6.

Aquí son de notar varias cosas. En primer lugar, que Borges baja del segundo al tercer lugar y es superado por Cabello, que ciertamente sería visto como una suerte de delfín del Presidente, condición que conoció otrora y muy bien Eduardo Fernández. Luego, que a pesar de que no es candidato, una aparente mayor asertividad de parte de López le coloca muy cerca de Borges, su copartidario, con sólo un punto de diferencia.

Sorprende, quizás, la fortaleza del reconocimiento de Granier, quien supera por tres puntos a la fuerte figura de Petkoff. Si se percibiera el asunto candidatural como un terreno en el que los que se han tenido como candidatos «naturales» no parecen entusiasmar, y por tanto requerido de un tratamiento de urgencia con un outsider; si el factor mantuano, controlador de importantes recursos financieros y comunicacionales, sintiera que tiene que poner un candidato en circulación, esa significativa ubicación de Granier le haría imponerse sobre Machado, a quien lleva una marcada ventaja en puntos, en redondez y en experiencia.

Finalmente, los dos líderes colistas no se habían manifestado antes de la realización de las entrevistas. Ojeda no había anunciado su candidatura y Smith no había lanzado «Venezuela de Primera». Pudiera esperarse que en registros posteriores señalaran algún repunte, sobre todo Smith, sobre todo porque las opciones más consideradas al inicio por los asignadores de recursos—Borges y Petkoff—no parecen carburar.

El territorio, por tanto, continúa abierto a la emergencia de nuevas figuras, y los «empresarios independientes que quisieron saber por dónde andan los tiros» y contrataron a Keller para que les contara, deben estar algo escamados, si es que su «independencia» se inclina al antichavismo. (Pudieran estar más bien considerando anotarse a ganador con Chávez, que le lleva a Borges nada menos que 31 puntos). En este caso puede servir la más famosa prescripción de Sherlock Holmes: «Cuando se ha eliminado todo lo imposible, lo que resta, por más improbable que sea, debe ser cierto».

Y aquí todo lo «imposible» son estos candidatos o protocandidatos que conforman la lista de Keller, entre los que Luis Vicente León, su colega, ha distinguido como «los cuatro fantásticos»: Borges, Salas (o el «Gallo» o el «Pollo»), Petkoff y Smith. (Todavía puede darse a este último el beneficio de la duda, en virtud de su relativa novedad). Por esto cabe una vez más la fórmula de Stafford Beer: «Nuestro problema es que los hombres aceptables ya no son competentes, mientras los hombres competentes no son aceptables todavía».

Acá no es cuestión de crecimiento gradual de una candidatura tanto como un asunto de reconocimiento prácticamente instantáneo. Lo que se parece al fenómeno cuántico del efecto fotoeléctrico: si se necesita un haz de luz verde para excitar una cierta celda fotoeléctrica, podríamos alimentar con toda la potencia del sistema hidroeléctrico del Guri un haz de luz roja sin lograr el efecto. Hasta ahora, los más obvios protagonistas del pescueceo candidatural hacia las elecciones presidenciales de 2006 no le han hecho tilín al alma venezolana, no han desatado el nudo gordiano de nuestra política, ni han sacado la espada de su piedra.

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CS #159 – Candidatos de perfil

Cartas

En otra ocasión se ha comentado aquí la política sísmica de Julio Andrés Borges, su teoría de los cinco «terremotos políticos». Los sismógrafos de Borges registraron elevadas mediciones Mercalli en las siguientes fechas: el 18 de febrero de 1983 o «Viernes Negro»; el 27 de febrero de 1989, inicio del «Caracazo»; el 4 de febrero y el 27 de noviembre de 1992, días de las rebeliones armadas; el 5 de diciembre de 1993, cuando Rafael Caldera es electo por segunda vez Presidente de la República; el 19 de enero de 1999, cuando la Corte Suprema de Justicia decide que sí se podía consultar, con el empleo del Artículo 181 de la Ley Orgánica del Sufragio, si el Pueblo deseaba que se eligiera una asamblea constituyente.

Su terminología sismológica reapareció, tal vez entonces apropiadamente, el 1º. de junio de este año, en la pluma de Fernando Ochoa Antich, quien escribió para El Universal: «El lanzamiento de la candidatura presidencial de Julio Borges ha provocado un verdadero terremoto político. Nadie lo esperaba. El panorama nacional se observaba dominado exclusivamente por la figura de Hugo Chávez y la presencia arrolladora del oficialismo. La oposición se veía desmoralizada y sin mística para enfrentar los retos de las próximas elecciones. El germen de la abstención había tomado fuerza en amplios sectores de la opinión pública. El emotivo discurso de Julio Borges y las polémicas declaraciones dadas por los jóvenes dirigentes de Primero Justicia reclamando el derecho que tienen, como nueva generación, de aspirar el poder, produjo tal impacto en la opinión pública, que ha modificado totalmente las anteriores circunstancias políticas. La mejor demostración de esta realidad fueron las nerviosas declaraciones dadas por Hugo Chávez que, de inmediato, trató de ridiculizar la figura del nuevo candidato presidencial».

No es cierto que nadie esperara tal cosa. Sin ir muy lejos, publiqué acá el 17 de marzo de este año : «Varias veces ha hecho esta carta alusiones a líneas sostenidas por Primero Justicia y la llamada Izquierda Democrática de Esculpi. Por lo que respecta al primero se presenta a sus miembros como ‘los únicos’, mientras Julio Borges ‘cede’ funciones partidistas a Liliana Hernández y él prepara su candidatura—ya nos repetirá que él es de la generación a la que toca el turno—mientras la aguerrida ex adeca gerencia ‘la única fuerza política que Chávez teme’.» Y tampoco es cierto que se haya notado un temblor de gran magnitud en la opinión pública nacional con motivo del lanzamiento de Borges.

Pero ya Ochoa Antich no se ocupa del seísmo borgiano (con perdón de Jorge Luis), sino de la solidez rocosa de Teodoro Petkoff. El general retirado quiso salir al paso de una apreciación de Cipriano Heredia S., expresada así (El Universal) el 13 de septiembre de 2005:

«……algunos círculos (irónicamente no muy socialistas que se diga) impulsan la candidatura presidencial de Petkoff justamente porque, según ellos, sólo un hombre de izquierda (en este caso de la buena) podría ganarle a Chávez, máximo exponente de la otra izquierda. Esta idea constituye el tercer error. Quienes sostienen esta tesis aprecian la intelectualidad de Teodoro, pero no han visto que los estudios de opinión muestran que la mayoría de los venezolanos se autodefinen ideológicamente de centro, y que el perfil de un potencial nuevo líder es el de un hombre relativamente joven y con capacidad gerencial». (Por ejemplo, Roberto «Full Empleo» Smith, quien preside Venezuela de Primera, organización cuyo Director General es Cipriano Heredia. William Ojeda calificaría por edad, pero no por capacidad gerencial, aunque en su lanzamiento—calculado, como dice un amigo, «para recoger lo suyo» y luego negociar—ofreció no sólo alguna propuesta en tierras—como Borges con su urbanización de Fuerte Tiuna se empata en la agenda chavista—y algunas vaciedades indiferenciadas de lo convencional, sino una estudiada sonrisa al mejor estilo de Claudio Fermín).

Pues bien, a Ochoa Antich le pareció inconveniente la tesis de Heredia, y hasta su fundamentación. Ochoa cree que «No es cierto que murieron las ideologías. Esa tesis es reaccionaria». Heredia había escrito: «Aquí hay de entrada, a nuestro juicio, dos errores: el primero es que se insista en debatir en términos de derecha e izquierda. El mundo ha ido dejando atrás estas distinciones, y a pesar de que algunos definen a muerte su agenda con sello ideológico, lo cierto es que la rigidez de tales diferencias es más teórica que práctica en el mundo de hoy». Pero Heredia tiene razón: vista la inocultable ineficacia de la política ideológica, que pretende guiarse por posturas escleróticas que enmascaran la verdadera intención de una política de poder, sería mucho mejor practicar una política distinta. El primerista Heredia ofrece una política gerencial juvenil; el suscrito cree que debe ser clínica, ocupada de la observación directa y el tratamiento de los problemas públicos antes que de la experimentación artificial o la teoría, extremadamente objetiva y realista. (En adaptación de fórmula en The Random House Dictionary of the English Language).

Olvidado ya del terremoto borgiano que no termina de hamaquear, ahora Ochoa asegura: «Los venezolanos apoyaremos al candidato que tenga una mejor formación intelectual y demuestre una mayor capacidad de lucha. Creo que Teodoro tiene esas condiciones». (En el mismo diario el 22 de septiembre pasado, en artículo que no cierra todavía sus opciones: «Atacar cualquier candidatura de oposición es un error».)

A esta reconvención contestó amablemente Heredia, en post data a nuevo artículo del 27 de septiembre—same place—a guisa de breve carta personal: «Estimado general Ochoa Antich: quisiera reiterarle que mi último artículo no fue un ataque personal a Teodoro, a quien también respeto y cuya ayuda solicito para las nuevas generaciones. Sin embargo, insisto en que la base sobre la cual algunos sustentan su candidatura es rebatible. La tesis según la cual sólo un hombre de izquierda puede derrotar al gobierno es una mera percepción. En cambio, el hecho de que los venezolanos prefieren a un líder alternativo relativamente joven y con perfil gerencial está sustentado en estudios muy serios. El error puede salir caro general. Un abrazo».

De nuevo, hay razón en lo formulado por Heredia, aunque no suficiente. Ya el antichavismo dominante—no por concepción, sino por fuerza—probó la receta de la «cuña del mismo palo». Obviamente, Petkoff juega en una liga muy superior a la que alguna vez pudiera alcanzar Francisco Arias Cárdenas, pero habría que discutir qué es eso de una «mejor formación intelectual». Se puede ser muy culto y formado, hasta erudito, pero si de una cierta formación se desprende que la categoría crucial es el tipo de izquierdismo que se promueva, me temo que esa formación particular ha dejado de ser políticamente pertinente.

No obstante, tampoco son suficiente garantía de pertinencia la calidad juvenil y la competencia ejecutiva. Se puede ser muy joven y estar muy conservadoramente equivocado, como Borges, y no es cierto que el arte del Estado es un asunto primordialmente gerencial. No todo lo que es distinto de un error es un acierto, no todo lo que difiere de Chávez o de los políticos que le precedieron es razonable o adecuado. No basta para tener la razón eludir una equivocación. Se puede evitar una para caer en otra.

Que ahora acoja Heredia la bandera generacional, disputando la actual posesión de la franquicia juvenil a Primero Justicia (antes fue reivindicada en «El Estado omnipotente y la generación de relevo», de Marcel Granier), no resuelve el problema estratégico y político de fondo, que es la capacidad para ofrecer y aplicar los mejores y más eficaces tratamientos públicos.

Y tal capacidad no se demuestra mediante un distinguido currículum de ejecutivo profesional, por más que sea deseable que los estadistas tengan dotes de dirección aplicables a organizaciones complejas, y menos con la promoción de eslóganes—«full» empleo, delincuencia cero, todos para arriba, un país de primera. Ya hemos escuchado antes pleno empleo, la Venezuela posible, el pacto social, una democracia nueva y una nueva generación democrática. Estas fórmulas no pasan de ser etiquetas más o menos astutas desde un punto de vista publicitario, pero no podrán competir con la Weltanschauung completa, aunque equivocada, perniciosa y anacrónica, de Chávez, que postulará hasta una manera «bolivariana» de cepillarse los dientes.

No basta eludir el debate ideológico con lemas que dejen de referirse a grandes temas. Es preciso mostrar en qué pecan por inexactitud las ideologías, pues no basta con declarar su obsolescencia sin justificarlo, como no puede evadirse una discusión acerca del socialismo, o sobre la guerra de Irak y la política exterior norteamericana, o sobre la estrategia económica del Estado. No es suficiente presentar un manojo de proyectos vistosos tal vez viables y rentablemente acertados. Se necesita todo un concepto de Estado y una gramática política epistemológicamente más actualizada y poderosa. Hay mucho más por discutir; hay mucho más en juego.

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CS #158- Campaña constituyente

Cartas

Por más crucialidad que pueda tener el tema de la reforma constitucional en la Asamblea Nacional—que se teme declare de una vez el socialismo del siglo XXI y la RBSS (República Bolivariana Socialista Soviética)—convendría al liderazgo opositor pasearse por el siguiente hecho: ni una mera enmienda, ni tampoco una reforma constitucional, tendrían vigencia hasta que no lo estableciera así un referendo aprobatorio. (Artículos 341 y 344 de la Constitución). La instancia verdaderamente final y definitiva sería ese referendo, independientemente de la calificación mayoritaria que pudiera alcanzar el gobierno. La batalla crucial se daría, no en el Capitolio, sino en el terreno de los Electores.

A poco de comenzar a gobernar, el presidente Chávez puso una etiqueta primordial. La asamblea constituyente que seguramente se elegiría, sería «originaria». La pobre oposición, derrotada y aterrada—los primeros círculos bolivarianos hicieron que congresistas electos menos de un año antes tuvieran que llegar a su trabajo trepando rejas—no atinó a decir sino automáticamente «derivada». Naturalmente, un candidato opositor que hubiera querido defender este conservatismo en zonas empobrecidas del país, las más numerosas, pudiera no haber sido objeto de mucho cariño.

La oposición no atinó a decir algo más profundo y definitivo. Que la asamblea no podría ser originaria porque sólo el Pueblo es originario, sólo él es Poder Constituyente Originario. Que los diputados a la asamblea constituyente serían nuestros apoderados constituyentes, y seríamos nosotros quienes tendríamos que especificar sus poderes, por ejemplo si queríamos que redujeran a un mínimo las funciones del Congreso. Que lo originario sería el referendo aprobatorio final por el que expresaríamos si estábamos de acuerdo con el proyecto de constitución que nuestros apoderados constituyentes aprobarían.

Pero que… ninguna transformación constitucional se haya producido no ha hecho otra cosa que posponer esa atractriz ineludible. Con el retraso, a lo sumo, lo que se ha logrado es aumentar la probabilidad de que el cambio sea radical y pueda serlo en exceso. Éste es el destino inexorable del conservatismo: obtener, con su empecinada resistencia, una situación contraria a la que busca, muchas veces con una intensidad recrecida

Ahora hablan gente del gobierno, diputados, dirigentes políticos afectos al proyecto revolucionario de Chávez, de reforma constitucional, y la reacción de los restos de aquella misma oposición es de aprensión y de miedo. Ahora consideran éstos que obtendrán votos en las elecciones de diciembre con una campaña centrada en que no haya reforma de una constitución a la que se opusieron, que fue producto de una constituyente a la que se opusieron.

¿Por qué no hacer lo contrario? ¿Por qué no dar la bienvenida a un tiempo de reforma constitucional? A comienzos de 2002 Primero Justicia proponía una enmienda constitucional. (De recorte de período presidencial). A comienzos de 2003 Herman Escarrá proponía una asamblea constituyente. (Como medio de destronar a Chávez). Ambos apuntaban correctamente a la convocatoria del Poder Constituyente Originario, imprescindible a todo trámite constituyente. ¿Por qué no situarnos entre ambos extremos y pretender, por ahora, una reforma constitucional?

Lo verdaderamente hermoso de la cosa es que se puede someter a referendo aprobatorio un proyecto de reforma apoyado por 15% de los Electores y discutido por la Asamblea Nacional. (De paso, bastante menos que el 40 y tantos por ciento que votó a favor de la revocación el 15 de agosto del año pasado).

Claro que la Asamblea Nacional puede modificar el proyecto original, pero siempre tendrá que pasar por la aprobación final de los Electores. Claro que la Asamblea puede tomarse dos años (2008) para aprobar la reforma, pero la oposición repetidamente ineficaz ha dejado siempre para última hora preocuparse por ciertos vencimientos políticos que estaban avisados en la constitución. Desde el 15 de diciembre de 1999 se sabía cuándo vencería el plazo para convocar a referendo revocatorio, por ejemplo, pero esto no se atendió hasta que demostraron ser ineficaces propuestas como las de una enmienda de recorte de período o de un referendo consultivo. («Vinculante no, fulminante sí»). Desde que el gobierno habla de reforma constitucional sería una inconsciencia no prepararse para 2008.

Y tal cosa es prepararse para una reforma constitucional. (Al menos). Es prepararse para algo más fundamental que la elección de Asamblea Nacional, puesto que pudiera modificar las facultades de ésta. Más fundamental que la elección de Presidente de la República, ya que pudiera alterar las atribuciones de éste, aunque ya hubiese sido electo.

doctorpolítico se concentrará en la elaboración de un proyecto de reforma constitucional. Sería extraordinariamente fecundo que se abriera una «licitación constituyente», en la que, a la manera de Puerto Rico en 1998, se celebrara un referéndum de opción múltiple por la que los Electores pudieran escoger entre varios proyectos de reforma. (Los puertorriqueños decidían entre independencia total, comunidad territorial, libre asociación—que era mantener el statu quo—estado número 51 de los Estados Unidos o ninguna de las anteriores. Un abanico de cinco opciones constitucionales).

Es altamente probable que surja de la Asamblea Nacional un proyecto de reforma constitucional que se apruebe perentoriamente, en 2006 incluso. No es obligatorio, sino posible, tomarse hasta 2008 para convocar el referendo aprobatorio (o negador) de un proyecto de reforma constitucional. Pero aun si surgiere un proyecto de reforma constitucional de la Asamblea Nacional electa en diciembre próximo, o del presidente Chávez, siempre podría un 15% de los Electores presentar otro, y en ese sentido sería licitar entre un proyecto de Estado y un proyecto de Electores.

Usaríamos la Constitución como en 1999 se usó la Ley Orgánica del Sufragio y Participación Política. En aquella ocasión se prefirió emplear el conducto nuevo del Título VI de esa ley (De los referendos) para preguntar por la instalación de un cuerpo ni siquiera previsto en las disposiciones constitucionales existentes (la asamblea constituyente), en lugar de pautar un procedimiento ad hoc; en el caso que he propuesto se consiente en emplear el último párrafo del artículo 334 de la Constitución: «La iniciativa de la Reforma de la Constitución la ejerce la Asamblea Nacional mediante acuerdo aprobado por el voto de la mayoría de sus integrantes, por el Presidente o Presidenta de la República en Consejo de Ministros o a solicitud de un número no menor del quince por ciento de los electores inscritos y electoras inscritas en el Registro Civil y Electoral que lo soliciten».

Porque aun pudiera adoptarse un curso más directo: un 15% de los Electores pudiera en verdad someter directamente a referendo, sin necesidad de pasar por la discusión de la Asamblea Nacional, un proyecto específico de reforma constitucional.

La Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia no tendría más remedio que admitir tal cosa, pues en caso contrario se desplomaría todo fundamento jurídico del actual régimen. El presidente Chávez resultó electo en 2000 según una constitución que fue aprobada en una asamblea constituyente que fue electa luego de consultar si así lo querían los Electores, en referendo permitido en virtud de decisión de la Corte Suprema de Justicia en 19 de enero de 1999, fundamentada en que las constituciones no limitan al Poder Constituyente Originario, sino al poder constituido.

Si en manera alguna, el gobierno, la Asamblea Nacional, el Tribunal Supremo de Justicia, los órganos del Poder Electoral o el Ciudadano, intentasen obstruir esa vía estarían, ipso facto, socavando su propia base y negando su propio origen, bajando la verdaderamente última careta.

El Estado venezolano ha invadido excesivamente, sin duda alguna, el espacio ciudadano, cuya atención es excesivamente exigida por los órganos del poder público. Es tiempo de corregir eso. Es tiempo de atenuar el sobresalto.

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CS #157 – Candideces candidaturales

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Casi todo el mundo intuye que hace falta un líder. Si uno hace caso, como yo lo hago, de los hallazgos de los encuestadores serios del país, hasta una proporción importante de chavistas preferiría que otra persona sucediera a Chávez al comienzo de 2007. Alfredo Keller obtiene—en focus groups—el siguiente retrato hablado del líder ideal: «…preferiblemente hombre de imagen fresca, casado, con hijos, proveniente de estratos sociales bajos, con sensibilidad social, economista de profesión o vinculado con la política, con capacidad para trabajar en equipo y relacionarse con ‘cualquier persona’, luchador social, demócrata, innovador, con demostrada capacidad para gerenciar y delegar funciones, motivador, agradable, respetuoso, que sea capaz de cumplir lo que dice y capaz de transmitir confianza y seguridad. Además, los venezolanos concluyen que su líder debe evitar parecer maleducado, grosero, distante del pueblo, egoísta, orgulloso, violento y excluyente social». (Eugenio Martínez, El Universal, 25 de septiembre de 2005). Entre los precandidatos opositores más significativos ¿hay quien se acerque suficientemente a ese desiderátum?

Teodoro Petkoff es probablemente la figura que se ve más fuerte en el trasfondo, y se da por seguro que importantes actores de la vida nacional le apoyarían, como algunos dueños de medios y algunos entre los prestigiosos dirigentes de aquel Grupo Roraima que emergiera al inicio del gobierno de Jaime Lusinchi. (En aquella oportunidad destacaban en él Luis Augusto Vegas Benedetti—cuyas oficinas del edificio Roraima dieron su nombre al grupo—Marcel Granier, Gustavo Roosen, Eduardo Quintero Núñez—estos dos últimos, a la sazón, los principales ejecutivos del Grupo Polar—Philippe Erard—que comandaba las empresas de Corimón—Carlos Bernárdez y otros).

En el mismo trabajo de Eugenio Martínez otras dimensiones distintas del arquetipo kelleriano entran en juego. Por ejemplo, se menciona lo hallado por Hinterlaces, la encuestadora dirigida por Oscar Schemel: «¿Teodoro Petkoff? Hinterlaces no cuantificó alternativas de liderazgo ni intención de voto. Sin embargo, los focus groups revelan que Teodoro Petkoff y Álvarez Paz sólo son percibidos como candidatos presidenciales en las clases A y B. Las clases C, D y E los asocian con gobiernos pasados y consideran que no son consecuentes en sus planteamientos».

Petkoff ha dicho que está pensando sobre su candidatura. Julio Borges ha dicho que es candidato. Francisco Monaldi, del Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales de la Universidad Católica Andrés Bello, cree que la oposición se va a polarizar en apoyo a un candidato que puede ser Borges o Petkoff, a pesar de que falta una definición a este respecto, pero que en todo caso esa figura perdería con 40% de votos ante un 60% que a su juicio obtendría el presidente «incumbente». (Monaldi destaca el rango actual de la candidatura Borges: entre 12% y 25% en distintas encuestas). Como es el único candidato explícito, Borges es el único formalmente obligado a hacer ofertas al electorado. Mientras se completa una «definición ideológica» anunciada para Primero Justicia, Borges ha ofrecido su juventud y algunas ocurrencias esporádicas. Por ejemplo, terciando en el brollo marqueseño, ha sugerido ayer que se entregue a campesinos sin tierra parte de los terrenos de Fuerte Tiuna. Supongo que considera a esta ocurrencia ingeniosa y de gran pegada política, como aquella de Henrique Salas Roemer de exaltar el «caracazo» de 1989 hasta la misma liga de la caída del Muro de Berlín y los acontecimientos de la plaza de Tiananmén, pues lo consideraba más democrático que la efemérides chavista del 4 de febrero.

En cambio promete hacer ofertas—y dice que éste no es el momento para hablar de su candidatura—Roberto Smith en la presentación de su movimiento «Venezuela de Primera»: «Vamos a presentar soluciones a todos los problemas y nos proponemos resolverlos con eficacia y honestidad, a partir de la creación de ‘movimientos regionales de primera’ en cada estado venezolano». Una de sus promesas viene formulada en spanglish: «full empleo», al tiempo que indica que pretende llevar a Venezuela a la categoría de país del «primer mundo». Algunos de sus colaboradores creen que un tal «primerismo» vendría a ser una formulación ideológica de superior potencialidad comparada con el liberalismo y el socialismo. A pesar de que en algún momento pareció despegar el ensayo de una tendencia a entenderse como un tal «movimiento de movimientos»—idea no totalmente pasada de moda en ciertos círculos opositores y hasta cierto punto lograda en la extinta Coordinadora Democrática (un movimiento de movimientos u organizaciones, en lugar de un movimiento de ciudadanos, que tal vez es lo que se necesitaría)—ahora reincide al presentar la iniciativa como «una unión de organizaciones nacionales y regionales que comparten inquietudes políticas sociales y culturales, pero que mantienen su identidad y autonomía». (Vivian Castillo, El Universal, 28 de septiembre de 2005).

«Venezuela de Primera» ha postulado candidaturas propias a la Asamblea Nacional en Aragua, Barinas, Carabobo, Cojedes, Lara, Miranda, Táchira y Distrito Capital. En cambio, en Amazonas, Monagas, Nueva Esparta, Portuguesa y Vargas ha consentido en apoyar candidaturas de otras organizaciones. (Esencialmente las de la alianza partidista de AD, COPEI, Primero Justicia, MAS, Proyecto Venezuela, etcétera). Es interesante notar que se haya decidido tal cosa para el estado Vargas, por cuanto fue allí donde se iniciara Smith en actividad política con su candidatura a la gobernación en las elecciones del 30 de octubre de 2004, y Cipriano Heredia, Director General de «Venezuela de Primera», ha explicado que las candidaturas no unitarias de la organización se justificarían porque en el primer grupo de circunscripciones «la dirigencia regional del partido ha trabajado intensamente en esas entidades, entrando en contacto directo con el elector». Ergo, tal cosa no habría ocurrido en Vargas, lo que tal vez explica por qué «Vargas de Primera» no obtuvo allí ni un solo concejal en las elecciones municipales de este año.

Hace no mucho se aseguraba en chisme político publicado que Smith intentaría convencer a Petkoff de que declinara su candidatura.

Hasta los momentos, por tanto, parece haber tres candidatos al abanderamiento de la oposición, del nuevo «polo democrático» que se opondría al nuevo «polo patriótico» (en el que tal vez ya no estén los Tupamaros, Lina Ron y Walter Martínez): Petkoff, que ha sido dos veces candidato presidencial, y Borges y Smith, que se estrenan en estas lides. No se vislumbra un mecanismo de elecciones primarias para dirimir este liderazgo opositor, que tantos analistas nacionales e internacionales echaron en falta para la ocasión del referendo revocatorio. Hoy como entonces parece haber una prioridad: fajarse con las elecciones parlamentarias de diciembre; hoy como entonces pudiera ser que tuviera razón lo que advirtiera Robert C. Helander, Socio Administrador de InterConsult LLP, en un foro en Internet sobre Venezuela (19 de agosto de 2003): «Parece que la oposición no ha podido reunirse alrededor de un candidato viable que pudiera unirla contra Don Hugo. Hay un viejo adagio en política que dice que no se puede derrotar a alguien con nadie» (You can’t beat somebody with nobody). A pesar de que la batalla por la Asamblea Nacional—ya la oposición no habla de conquistar la mayoría, y estaría muy conforme con evitar que el gobierno controlara dos terceras partes de la misma, lo que le permitiría aprobar un proyecto de reforma constitucional—parece ser algo muy distinto de una candidatura presidencial, lo cierto es que la clientela opositora requiere para todo una cabeza, un líder principal, una contrafigura de Chávez.

Pero las guerras no son una única batalla, sino una serie de varias, y un error estratégico gravísimo es confundir alguna batalla, por más importante que sea, con la última o definitiva. Por más crucialidad que pueda tener el tema de la reforma constitucional en la Asamblea Nacional—que se teme declare de una vez el socialismo del siglo XXI y la RBSS (República Bolivariana Socialista Soviética)—convendría al liderazgo opositor pasearse por el siguiente hecho: ni una mera enmienda, ni tampoco una reforma constitucional, tendrían vigencia hasta que no lo estableciera así un referendo aprobatorio. (Artículos 341 y 344 de la Constitución). La instancia verdaderamente final y definitiva sería ese referendo, independientemente de la calificación mayoritaria que pudiera alcanzar el gobierno. La batalla crucial se daría, no en el Capitolio, sino en el terreno de los Electores. (De hecho, la actual mayoría gobiernista pudiera aprobar hoy por mayoría simple las enmiendas que le vinieran en gana. ¿Por qué una mayoría tan abusadora como la dirigida por Nicolás Maduro no se ha atrevido a intentar el camino asequible de las enmiendas?)

………
Las precandidaturas mencionadas no están ni con mucho consolidadas. Pudiera imaginarse acuerdos posibles entre ellas. Por ejemplo, Borges y Smith pudieran proporcionar a Petkoff, el más sólido de la trinidad, el de mayor pegada y experiencia, maquinarias de alcance nacional de las que éste aparentemente carece, difiriendo sus aspiraciones, en virtud de su relativa juventud, para un más lejano 2012. Pero ninguna de las posibilidades parece haber excitado en demasía la imaginación de la tropa de oposición, al punto de que hace tan sólo una semana una hambrienta «sociedad civil» comenzaba a creer que Carlos Azpúrua, el líder de La Marqueseña, podría transmutar en «el líder de la oposición que hace falta». (Como en su momento, y en otro espasmo de impaciente esperanza, aquel coronel Soto de frustrada detención en la avenida Boyacá de Caracas, fue tenido por mesías durante unas cuantas horas).

En 1987, en trabajo titulado Sobre la posibilidad de una sorpresa política en Venezuela, registraba que Bohdan Hawrylyshyn decía en Road maps to the future lo siguiente: «En química, puede uno disolver más y más sólidos en una mezcla hasta que se alcanza el estado de saturación. Un solo cristal adicional puede entonces precipitar a todos los sólidos fuera de la solución. La historia reciente muestra que los eventos pueden ser precipitados en una forma análoga en sociedades en las que se acumulan demasiadas tensiones. Lo que se requiere entonces es sólo un catalizador. En Portugal puede haber sido un libro publicado por un general. En Irán, que también tenía un ejército fuerte y una implacable organización de seguridad interna, fue la voz de Khomeini, oída directamente (como del cielo) en cassettes de audio. En Polonia, el Papa, durante su reciente visita, pudo haber desencadenado casi cualquier conjunto de eventos según su escogencia».

Y entonces hacía la siguiente afirmación: «Es nuestra impresión que la situación actual de la política venezolana corresponde a la situación de saturación descrita anteriormente en los términos de Hawrylyshyn. Por esta razón pensamos que ninguno de los nombrados en esta lista tiene la potencialidad de ser el ‘catalizador’ que cristalice, o mejor, canalice a su favor las tensiones. La gran mayoría de ellos han tenido ya exposición pública suficiente, por lo que, si hubiera sido percibido alguno como el líder buscado, hace tiempo ya que se hubiera producido la estampida y hace tiempo ya que esto se hubiera manifestado en los registros de opinión pública».

La estructura del problema sigue siendo la misma de hace dieciocho años. En orden decreciente, Petkoff, Borges y Smith han recibido mucha exposición. Sólo el último de este trío pudiera pretender en algo la condición de «outsider». («Preferiblemente hombre de imagen fresca», según la formulación que Alfredo Keller tamizara de sus focus groups). Habrá que ver si es capaz de convertirse en un verdadero candidato de primera.

Pero otro futuro posible es que ninguno quisiera posponer sus aspiraciones, y entonces el gobierno se divertiría mucho: «Divide y vencerás». Chávez y Rangel deben haber conversado bastante sobre la conveniencia de aupar—y hasta financiar—al menos una de estas candidaturas contra otra.

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CS #156 – Bravura barata

Cartas

En casa sólo dispongo del Diccionario Manual e Ilustrado de la Lengua Española, editado para la Real Academia Española por Espasa-Calpe. La versión que me regalaran en Maracaibo corresponde a la cuarta edición revisada, de 1989, y «tiene como base fundamental el Diccionario de la lengua española de la Real Academia Española, vigésima edición, Madrid, 1984». Ese volumen me informa que, al menos para esa fecha, podía entenderse por «perdonavidas» al «Baladrón que ostenta guapezas y se jacta de valentías o atrocidades». Quise buscar la definición exacta justamente luego de que terminara de escuchar al presidente Chávez decir—el martes pasado—que «el Estado» pagaría las expropiaciones de terrenos urbanos ociosos según el Estado «pudiera», por ejemplo con un documento que se cobrase a él en 2030, con aires de perdonavidas, pues más tarde sugirió con magnanimidad fingida que a cada quien se le reconocería y se le pagaría en dos o tres cuotas. En mi castellano no académico creía que un perdonavidas era un guapo, un matón que de vez en cuando perdonaba, con lo que reforzaba la imagen de su poder.

Luego, como es natural, quise estar seguro del significado de «baladrón», y allí mismo hallé: «Fanfarrón que, siendo cobarde, blasona de valiente». Y para estar el triple de seguro busqué «fanfarrón»: «Que se precia y hace alarde de lo que no es y en particular de valiente».

Es muy fácil jactarse desde el poder. Es muy fácil ser valiente desde una posición de fuerza. Como Sucre nos enseñara, del triunfo lo que debe desprenderse es suavidad, y hay personas para las que esa conducta es imposible.

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Chávez no dice las cosas por nada. Cuando se le señala que más de la mitad de las tierras agrícolas ociosas son del Estado entonces contesta que sí, que justamente las tierras son del Estado, porque precisamente el territorio es del Estado, y que si el territorio está exactamente formado por las tierras, entonces cabalmente las tierras son del Estado.

Esto no es un comentario casual. No en quien sostiene que ser rico es malo. En quien rehúsa escuchar quejas laborales y populares y cree superarlas presentándolas como comportamiento capitalista y por consiguiente revolucionariamente indebidas. Ni siquiera las cooperativas deben arrojar ganancias. Para Hugo Chávez todo lo apropiable es, en el fondo, del Estado.

Por eso es que la Constitución ya no le sirve: es una constitución moribunda más. Un papel no puede ser superior a una voluntad, pero para superar un papel constitucional se requiere una voluntad de héroe. El héroe es el Estado, y él fijará su propia constitución. Chávez no se piensa a sí mismo como poder constituido, sino como poder constituyente. Así se presentaba ya una mañana de enero de 1999 en La Viñeta, cuando sostuvo que él tenía poderes constituyentes. Poco después pretendería preguntar a la ciudadanía si le daba poderes totales en cierto tema constituyente—»¿Autoriza usted al Presidente de la República para que mediante un Acto de Gobierno fije, oída la opinión de los sectores políticos, sociales y económicos, las bases del proceso comicial en el cual se elegirán los integrantes de la Asamblea Nacional Constituyente?»—y su difunto corifeo Omar Meza explicaba en Sartenejas que la ley habilitante, que por esos días se discutía, tenía el mismo propósito que la constituyente: darle todos los poderes a Hugo Chávez.

Pero ¿qué ha representado para el país que Chávez sea plenipotenciario, todopoderoso? El Estado venezolano es el dueño de más de la mitad de las tierras agrícolas ociosas del país. ¿Qué ha impedido que en casi siete años de dominio chavista, casi cinco años desde la promulgación de la Ley de Tierras y Desarrollo Agrícola, el Estado constituya fundos zamoranos o maisantinos con el latifundio más grande que es el suyo? Y al no conceder espacio a la ganancia, ni títulos individuales sino cooperativos ¿no está creando siervos de la gleba en un sojuzgamiento que no se veía desde la Edad Media?

No se trata de que sea nuevo el repudio constitucional al latifundio y la institución de la reforma agraria. Así estipulaba el Artículo 105 de la Constitución de 1961, con la que se comenzó una democracia que ahora se echa de menos: «El régimen latifundista es contrario al interés social. La ley dispondrá lo conducente a su eliminación, y establecerá normas encaminadas a dotar de tierra a los campesinos y trabajadores rurales que carezcan de ella, así como a proveerlos de los medios necesarios para hacerla producir».

Tampoco se trata de desconocer problemas estructurales de lo agrario nacional. Una indudable autoridad en la materia, el profesor de la Universidad Central de Venezuela Olivier Delahaye, reporta: «El monto total del crédito agrícola (público y privado) ha estado fuertemente correlacionado (0,821) con el precio de la tierra agrícola entre 1960 y 1997, mientras no se observa relación significativa con el valor de la producción. Esto nos induce en pensar más en cuál puede ser el resultado más importante de los programas de créditos agrícolas en su forma tradicional: ¿el crecimiento del patrimonio de los propietarios de tierras, o el aumento de la producción?» (La discusión sobre la ley de tierras: Espejismos y realidades, Revista SIC No. 647, 25 de agosto de 2004).

Pero el mismo profesor Delahaye debe admitir que en el mismo lapso se ha manifestado una desconcentración de la tenencia de la tierra. Las propiedades de más de mil hectáreas, que a comienzos del período comprendían 71,7% de la superficie de explotación agrícola nacional, para el cierre del lapso representaban 46,4% de la misma. Por su lado, las explotaciones pequeñas (menores de 50 hectáreas) mostraron un pequeño avance al pasar de 8% a 10,7%. El mayor crecimiento se produjo en el segmento de los fundos medianos (entre 50 y 1.000 hectáreas), que de 20,3% de la Superficie de Explotaciones Agrícolas (SEA) al inicio del período pasó a 42,9% al cierre del mismo.

Luego Delahaye hace una observación muy interesante: «Tal desconcentración no es producto de la reforma agraria; el mercado de la tierra ha sido mucho más activo en este período; un examen del intercambio anual de la tierra entre 1958 y 1997, en 6 distritos representativos de las distintas situaciones agrarias existentes en el país muestra que, en general, se intercambió anualmente más de 4% de la SEA en el mercado. Es decir, que el mercado de la tierra (que sea formal, es decir, en tierras de propiedad privada, o informal, en tierras del Instituto Agrario Nacional) resulta sustancialmente más activo en la reestructuración de la tenencia, que la reforma agraria (la cual no afectó nunca más del 2,5% de la SEA)».

Ojo. Delahaye también pone crudamente de manifiesto las imperfecciones del mercado, al señalar que a pesar de una mayor eficiencia productiva de las unidades medianas y pequeñas, tal cosa no se refleja en la tenencia relativa. Para 1971 las pequeñas unidades de explotación agrícola producían más de la mitad de la producción vegetal venezolana, pero sólo cubrían 7,58% de la superficie de explotación. En teoría, ya no por razones de una manida justicia social, sino en función de la eficiencia productiva, convendría al país que fuera menor el promedio de la superficie de las unidades de explotación agrícola. (El asunto es distinto si se tata de actividad ganadera).

Pero, como han destapado en sucesión cronológica un editorial del diario Tal Cual, un artículo de Manuel Caballero en El Universal y otro de Agustín Blanco Muñoz en el primero de los periódicos, no parecieran ser consideraciones como las de Delahaye las que impulsaron la intervención del hato La Marqueseña, sino un reconcomio ancestral del Presidente de la República, quien confió al último de los nombrados que las tierras poseídas por la familia Azpúrua serían en realidad de sus antepasados. (De los de él, Hugo Chávez Frías). Es preciso ser muy inescrupuloso con el poder para permitir que las tierras que el Presidente de la República reclama estén entre las primeras intervenidas.

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El presidente Chávez se excusó una vez por su altanería. Al regresar de su detención de dos días en abril de 2002, se desdijo del desprecio con el que despidió en público a unos ejecutivos de PDVSA, les reenganchó y retiró al presidente que acababa de nombrar en la empresa y que disgustaba a la mayoría de sus trabajadores. Claro, venía de un susto mayúsculo que logró bajarle la cresta por un tiempo, al menos en público. Por ahora las contrariedades que le esperaban en el estado Bolívar le han causado más ira que miedo, y sigue en su insolencia cuando se refiere a casos como el de La Marqueseña y la extiende a la amenazante baladronada de los terrenos urbanos.

Nada ha desnudado más al presidente Chávez que recibir en su contra tácticas que parecieran de Evo Morales. Su contacto con quienes reclamaban en Puerto Ordaz una variada gama de reivindicaciones preteridas y promesas incumplidas, fue a distancia de helicóptero, y no se atrevió o dignó recibir al pueblo en protesta. Él cree que no aprendemos, y que la arbitrariedad le continuará reportando popularidad, aun cuando la vuelva contra el pueblo mismo. Están doblando sus campanas.

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CS #155 – Entrevista de empleo

Cartas

Hace tiempo que conté aquí que Don Pablo Moser Guerra concibió la conveniencia de unos avisos en la prensa en los que se solicitara candidato a la Presidencia de la República, con algunas estipulaciones mínimas. Razonaba que si cualquier empresa anunciaba su interés por un gerente, y especificaba sus requisitos, asimismo tenían los electores que especificar los exigibles a un cargo presidencial.

Y hace ya dos años que el Dr. José Raúl González Ágreda, el hombre con el nombre de los cuatro acentos, concibió un cuestionario pensado para quienes en aquel entonces fueron considerados como posibles presidentes de transición. Esto es, a la sucesión de una hipotética cesantía del presidente Chávez, como consecuencia de un resultado referendario adverso. Es una lista de preguntas que el candidato debía ser capaz de contestar de inmediato, que no dependieran de equipos de programación de gobierno por reunirse o congresos ideológicos por cavilar. Nadie que creyera ser el más indicado para dirigir los negocios de la República podría pretenderlo responsablemente sin saber qué haría a ciertos respectos. Sin haberse él mismo planteado las cuestiones.

El sensato y sereno cuestionario es éste: «Sinopsis razonada de los criterios que fundamentan y justifican la propuesta, enfocada sobre la pregunta: ¿cuáles son los atributos personales y culturales que el candidato considera tener para cumplir las funciones de la Presidencia Provisional en mejor forma que el resto de los aspirantes? Resumen de los conceptos del candidato sobre la conducción de la economía y los principales problemas que deben atenderse, incluyendo PDVSA. El problema social que vive el país. La delincuencia. La pobreza. La fuerza armada. Cómo enfrentar las divisiones percibidas en su seno. Las relaciones exteriores. USA, las guerrillas colombianas, Fidel Castro. Hugo Chávez y su partido trabajando fuertemente en la oposición. Cómo manejar este asunto». (Además González Ágreda pedía un currículum vitæ e inquiría por asuntos financieros de campaña y la reacción de quienes hubieran sabido de la pretensión).

Hoy en día, después de dos años de formuladas las preguntas, siguen siendo cruciales las respuestas, puesto que cualquier candidato que venciera a Chávez y a todos los demás candidatos tendría que vérselas con los problemas enumerados.

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No hay duda de que a pesar de ser esta semana una de inscripciones de candidatos a la Asamblea Nacional, hay activas corrientes candidaturales a la Presidencia. La de Petkoff es una, la de Julio Borges es otra, la de Roberto Smith es otra, la de Hugo Chávez es otra. (La lista no es exhaustiva). Cada uno de estos ciudadanos, creo, estaría obligado a contestar un cuestionario de ese tipo. Es más, no debiera admitirse, por ley, ninguna candidatura que no hubiera contestado algo así. Ni siquiera la del Presidente en ejercicio, si es que pretendiera su reelección legal.

Si nos pusiéramos brutos, si nos dirigiéramos back to basics ¿qué es lo único que justificaría una candidatura presidencial? Que ésta fuera la de una mujer u hombre que creyeran tener tratamientos eficaces y viables a los más importantes problemas públicos nacionales. Ninguna otra cosa. Un médico no se legitima porque mida uno noventa o porque sea su voz estentórea; tampoco porque haya visto al paciente primero; menos porque haya acusado a su colega de corrupción. Lo único que lo legitima como médico es poder exhibir, explicar su terapéutica ante el juicio electoral. Por la misma época de la redacción del cuestionario González Ágreda, un candidato que ignoraba su existencia explicó a una distinguida concurrencia que «…había que reactivar la economía, que había que pedir prestado para no imponer un nuevo ajuste a los golpeados venezolanos, y que había que hacer un gobierno tan inclusivo que aun podría—o debería—tener ministros del chavismo en el gabinete. (Así lo enfatizó con ejemplos históricos, entre los que destacaba el caso de la sucesión de Francisco Franco: Adolfo Suárez había guiado un consejo mixto de ministros, en el que algunos miembros lo habían sido del último gabinete falangista)… Uno de los asistentes le formuló una pregunta que no quiso contestar (ni siquiera referirse a ella ante reiteradas peticiones de que la afrontara): ‘¿Cuáles entre los ministros de Chávez conservaría Ud. en un gabinete de transición?’ Con esta evasiva concluyó la presentación, que había comenzado por una aclaratoria probablemente innecesaria, pero que él consideró de ineludible importancia: no debía pensarse que él gustaba de maquillarse; la uniforme lisura de su tez se debía a que venía de un estudio de televisión, donde habían aplicado ‘pancake’ a su rostro. (Con lo que de paso hacía notar a los oyentes que él era, además, persona profusamente televisada). Eso fue exactamente lo primero que dijo». (Carta Semanal #55, 25 de septiembre de 2003).

Lo que es asombroso es que semejante pretensión de legitimidad programática fuera expuesta del modo más fresco, que hubiera quienes la escucharan y quienes la aplaudieran.

No sólo estamos en todo el derecho de exigir una legitimación programática. Debemos exigir igualmente seriedad en el asunto. Decir que hay que reactivar la economía no es la solución, sino mencionar el estado (economía reactivada) que debiera obtenerse luego de la aplicación de una solución verdadera. Es una falsa solución. Equivale a que un paciente visite al médico para decirle que se siente mal y desea ser curado, sólo para escuchar del médico que está enfermo y debe curarse.

En esto pudieran ayudarnos los comunicadores sociales, en concretar respuestas candidaturales a un cuestionario como el de González Ágreda, en no admitir evasivas o respuestas vagas o impertinentes, en no cejar hasta que el candidato concrete o admita que no sabe. Por ejemplo, desde la semana entrante los candidatos de todos los signos a la Asamblea Nacional debieran comenzar a explicar cuáles son sus respectivas agendas legislativas.

Y repito que nadie más obligado que el candidato Chávez. Esta vez no se trata de una revocación de mandato, sino de la elección a un nuevo período. Hugo Chávez está obligado a explicar con toda claridad cuál es el arsenal terapéutico que pretendería aplicar desde la Presidencia de la República a partir de 2007.

Ya una o dos veces le he caracterizado como cirujano político, no como médico político. En artículo aparecido en El Diario de Caracas en febrero de 1999, cuando el actual presidente no había cumplido un mes en el cargo, escribí: «No cabe duda de que el presidente Chávez es un cirujano político. No sólo es que pretendió operarnos en 1992 con toda la potencia de sus herramientas traumatizantes, sino que ahora su impaciencia, su locuacidad, su militarización del Poder Ejecutivo, su fijación sobre lo corrupto, indican a las claras que su protocolo de actuación es quirúrgico. Estamos en manos de un cirujano. Y el cirujano, a diferencia del médico, toma control total sobre el paciente, al punto que lo amarra o lo duerme. Eso es exactamente lo que está haciendo el presidente Chávez».

Y antes: «Esa caracterización corresponde a la técnica invasiva y traumática de su modo de proceder. Las herramientas del cirujano son las tenazas, la sierra, el martillo, la legra, el bisturí».

Y también: «…las intervenciones quirúrgicas deben ser lo más breves que sea posible. El cirujano somete al paciente a un trauma que debe acortarse en el tiempo. La más compleja y arriesgada intervención quirúrgica durará, tal vez, catorce horas, con un corazón abierto, con una trepanación, con un transplante. Pero no una semana. No se puede tener anestesiado a un paciente, ni someterle a una invasión de su estructura corporal, durante cuatro o cinco días. El tiempo político es más largo, por supuesto. Un año, por ejemplo. Si se cumple el cronograma constituyente más o menos anunciado, en el lapso aproximado de un año el país contaría con una nueva constitución política para su Estado, y estaría enfrentando, por ese mismo hecho, una necesidad de relegitimación de sus poderes constituidos. Uno de esos poderes constituidos es, justamente, el del Presidente de la República. Es el mismo presidente Chávez quien ha argumentado en este sentido. Según sus propias palabras, dentro de un año volveríamos a tener elecciones para la Presidencia de la República y para los cuerpos deliberantes diseñados en el proceso constituyente. Para ese momento reconoceré el derecho del presidente Chávez a postularse de nuevo para la Primera Magistratura. Pero para ese momento, en tanto Elector, requeriré que Hugo Chávez me muestre un protocolo médico, no uno quirúrgico, pues a esas alturas deberemos estar entrando en el lapso postoperatorio. Tendrá que legitimarse, entonces, como médico, no como cirujano».

Ya llevamos casi siete años de operación. No creo que nos convenga o queramos continuar abiertos como res, inmovilizados sobre la superficie de una mesa de disección. LEA

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