por Luis Enrique Alcalá | Sep 8, 2005 | Cartas, Política |

Hasta 1973 la economía venezolana creció serena y consistentemente, a ritmo sensato, dentro del marco de la democracia. A comienzos de ésta (1959) el Estado venezolano propició una reforma agraria, pero también una política de industrialización que implicaba un explícito e importante estímulo a la actividad económica privada.
A partir de 1974 el país experimentó un crecimiento desmedido, cuyas consecuencias seguimos sufriendo a la fecha. En ese año se había cuadruplicado, en cuestión de meses, el valor de las exportaciones energéticas venezolanas, a raíz del embargo árabe de fines de 1973.
Es conveniente enfatizar este hecho: el crecimiento de la década 1973-83 no se debió a factores buscados por Venezuela, sino a causas totalmente exógenas determinadas por terceros actores internacionales, entre las que debe anotarse además la profusa y espléndida oferta de financiamiento internacional de la época.
Cualquier economía, por más sana que fuese, enfermaría de importancia si se viera inundada de esa forma por tan desorbitada y repentina fortuna. De hecho, se conoce con el nombre de «enfermedad holandesa» a procesos de este tipo, para designar la dolencia económica en la que el súbito influjo de ingreso petrolero y ayuda internacional puede destruir la economía. (En los años 70 la explotación de petróleo en el Mar del Norte generó una inundación, esta vez de dólares, en Holanda. La divisa holandesa se revalorizó sustancialmente, encareciendo sus exportaciones no petroleras hasta el punto de hacerlas no competitivas. Al mismo tiempo la importación se hizo barata, y los altos salarios del sector petrolero causaron su elevación en otros segmentos de la economía. Estas fuerzas se combinaron para causar estragos en la actividad privada no petrolera).
De modo que sufrimos una enfermedad por factores no endógenos. Sufrimos un atragantamiento e indigestión de divisa extranjera. (En 1963 el Primer Curso de Dirigentes Campesinos del Instituto Venezolano de Acción Comunitaria se celebraba en Caracas, con una duración de un mes. A los pocos días de haberse iniciado la angustia cundía entre los directivos del instituto, pues la gran mayoría de los dirigentes campesinos asistentes habían enfermado de aguda dolencia digestiva. El temor inicial de una intoxicación causada por presuntos alimentos descompuestos dio paso después a la comprensión de la causa real de la epidemia: los asistentes al curso rara vez habían comido tres veces diarias, y la ingesta normal que ofrecía el IVAC representaba un marcado salto en la dieta habitual de los enfermos. Lo que en principio es bueno puede perfectamente hacerse pernicioso en la práctica, en ciertas condiciones).
Y tampoco es que la gestión económica pública de la época no intentó protegerse de la enfermedad. La creación del Fondo de Inversiones de Venezuela pretendió ser el remedio que luego se prescribiría en el Irak invadido para precisamente buscar esa protección. («En Irak sus funcionarios se preocupan porque el influjo de dólares empuje hacia arriba el valor de la moneda local y dispare los salarios hasta el punto de que la manufactura y otras industrias no petroleras languidezcan
Entre los remedios que la administración Bush está considerando para contrarrestar la enfermedad holandesa está la creación de un fondo para estabilizar el ingreso petrolero del gobierno incluso ante fluctuaciones en los precios del crudo
» Michael M. Phillips, U.S. Tries to Gird Iraq for the Perils of Oil-Cash Glut, The Wall Street Journal, 19 de enero de 2004).
Debe apuntarse, por otra parte, que la República de Venezuela trató de emplear el excedente de ingresos en inversión económicamente razonable. En 1975 cualquier economista del planeta hubiera recomendado al gobierno venezolano que hiciera lo que precisamente emprendió: el desarrollo, mediante concentradas e importantes inversiones, de sus «ventajas comparativas». Si Venezuela se caracterizaba, además de por su elevado ingreso petrolero, por una abundancia de minerales de hierro y aluminio en una región bendita por la presencia de energía hidroeléctrica abundante y relativamente barata, entonces hacia allí debía ir la inversión pública. El Plan IV de SIDOR fue el programa emblemático de esa política.
Pero nadie entreveía entonces que una profunda transformación de la economía mundial estaba en marcha y haría eclosión en el último cuarto del siglo XX. Así, hubo que esperar a 1986 para leer un comentario como el siguiente: «La Revolución Industrial estuvo en gran medida basada en mejoras radicales en los métodos de modificación de materiales básicos tales como el algodón, la lana, el hierro y más tarde el acero. Desde entonces, continuas mejoras en las técnicas de producción han hecho disponible un creciente número de productos basados en materiales a un número mayor de mercados. De hecho, desde la Revolución Industrial un aumento en el consumo de materiales ha sido un signo de crecimiento económico
En años recientes parece haberse producido un cambio fundamental en este patrón de crecimiento. En Norteamérica, Europa Occidental y Japón la expansión económica continúa, pero la demanda por muchos materiales básicos se ha estabilizado. Pareciera que los países industriales han alcanzado una encrucijada. Ahora están saliendo de la Era de los Materiales, que abarcó los dos siglos siguientes al advenimiento de la Revolución Industrial, y se están adentrando rápidamente en una nueva era en la que el nivel de uso de los materiales ya no constituye un indicador importante de progreso económico. Puede ser que la nueva era llegue a ser la Era de la Información, aunque es probablemente demasiado temprano para bautizarla con alguna seguridad». (Eric D. Larson, Marc H. Ross y Robert H. Williams, Beyond the Age of Materials, Scientific American, junio de 1986).
Sólo entonces advirtieron: «Dado que el procesamiento de los materiales básicos consume mucho más energía por dólar de unidad producida que lo que lo hacen las actividades de fabricación intermedia y final, aún un pequeño cambio en el procesamiento puede tener un profundo efecto en la energía consumida por la industria (que en 1984 representó dos quintas partes de toda la energía consumida en los Estados Unidos). Nuestro análisis sugiere que la producción agregada de materiales en los Estados Unidos permanecerá en términos gruesos constante entre 1984 y el año 2000 (cuando se la mide en términos de kilogramos de producto ponderados por la energía consumida en fabricar cada producto). Ya que esperamos que la industria mejorará su eficiencia en el uso energético a una tasa de entre 1 a 2 por ciento por año durante ese período, el resultado puede muy bien ser una disminución en el consumo industrial de energía, quizás en tanto como 20%…»
Finalmente concluyeron: «Como cualquiera otra profunda transformación histórica, traerá consigo beneficios así como pesados costos para aquellos que han hecho una inversión en la era que termina. Los países industriales están siendo testigos de la emergencia de una sociedad centrada en la información, en la que el crecimiento económico está dominado por productos de alta tecnología que tienen un contenido de materiales relativamente bajo. En esta sociedad los materiales básicos continuarán siendo usados, y a muy altas tasas si se les compara con las tasas de otras sociedades. El hecho económico crítico es que su uso ya no estará creciendo. En los años por venir, el éxito y el fracaso económicos estarán determinados por la capacidad de adaptarse a esta realidad».
Pero eso no lo sabía nadie en 1974. Aun doce años más tarde los autores del trabajo reseñado formulaban su visión en términos tentativos. («Puede ser que la nueva era llegue a ser la Era de la Información, aunque es probablemente demasiado temprano para bautizarla con alguna seguridad»).
En suma, fuimos atacados desde 1973 por patología económica de origen extraño y no sabíamos que poner todos los huevos en la cesta de Guayana crearía rigideces de tanta consideración que aún gravitan sobre nosotros. Esta lectura es importante para desmontar la impresión estándar que se tiene de nuestro desempeño económico general en tanto sociedad: que exhibimos una conducta esencialmente censurable. Dentro de una general propensión nacional a la autodenigración, una interpretación incorrecta de la trayectoria económica venezolana durante «la cuarta República» contribuye a la entronización de un marco cognitivo asfixiante.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Sep 1, 2005 | Cartas, Política |

Allá por el período Jurásico, cuando el suscrito estudiaba escuela primaria y vivía a una cuadra—pequeña—de la placita de Las Delicias de Sabana Grande, podía observar un poco más tarde de las 6 y media de la mañana, mientras esperaba el autobús del colegio, no sólo rocío sobre las hojas, sino neblina paseando impunemente por la plaza. (A una cuadra al sur de las oficinas de PDVSA en La Campiña). De esto no hace tanto: unas cinco décadas, durante las cuales el microclima de Caracas ha cambiado decididamente hacia lo peor.
¿Qué se ha hecho de la nítida distinción entre una temporada lluviosa—nuestro «invierno»—que iba desde mayo hasta principios de octubre y concluía casi religiosamente, para dar paso a nuestro «verano», el 4 de octubre con el «Cordonazo de San Francisco»? Ahora tenemos en Caracas lluvias tormentosas y peligrosas durante todo el año junto con temperaturas que emulan las marabinas, y un diciembre en el que el acostumbrado frío de Pacheco hace brevísimas visitas de médico. Ya no nos parece tan extraña y divertida la «obsesión» de los sajones con el clima, las conversaciones londinenses centradas en el tiempo atmosférico. Ya no hay en Caracas una eterna primavera.
Pero no es solamente en Venezuela donde el clima ha cambiado. Un recuento de los episodios de desastre climático, como el que ha arrasado con la ciudad de Nueva Orleáns, muestra el aumento reciente en la frecuencia de huracanes y, lo que es peor, también un aumento en su ferocidad. En el mes que acaba de concluir, la revista Nature publicó un trabajo de Kerry Emanuel, climatólogo del Instituto Tecnológico de Massachussets, en el que éste asegura que las más grandes tormentas que se desarrollan en el Atlántico y el Pacífico han aumentado un 50% en duración e intensidad desde la década de los años 70. Las temperaturas globales han aumentado en promedio un grado Fahrenheit durante el mismo período, así como también se ha incrementado el nivel de dióxido de carbono y otros contaminantes que atrapan calor, provenientes de emisiones industriales, gases de escape de vehículos y otras fuentes.
El martes de esta semana publicó The Boston Globe un artículo de Ross Gelbspan, del que vale la pena extractar, aunque sólo sea para efectos de meditación, algunas de sus acusaciones contra su reo favorito: el calentamiento planetario. Así dice:
«El huracán que golpeó Luisiana ayer fue bautizado Katrina por el Servicio Meteorológico Nacional. Su verdadero nombre es calentamiento global… Cuando el año comenzó con una nevada de dos pies en Los Ángeles, la causa era el calentamiento gobal… Cuando vientos de 124 millas por hora cerraron plantas nucleares en Escandinavia e interrumpieron la energía para centenares de miles de personas en Irlanda y el Reino Unido, el propulsor era el calentamiento global…Cuando una severa sequía en el Medio Oeste redujo los niveles de agua en el río Missouri a su nivel histórico más bajo a comienzos de este verano, la razón fue el calentamiento global…En julio, cuando la peor sequía registrada detonó incendios en los bosques de España y Portugal y dejó las reservas de agua en Francia en sus más bajos niveles en 30 años, la explicación fue el calentamiento global… Cuando una letal ola de calor en Arizona mantuvo las temperaturas sobre los 110 grados y mató más de 20 personas en una semana, el culpable era el calentamiento global… Y cuando la ciudad india de Bombay (Mumbai) recibió 37 pulgadas de lluvia en un día—matando a 1.000 personas y desquiciando las vidas de 20 millones más—el villano era el calentamiento global».
Katrina, pues, además de sembrar dolor y destrucción en Luisiana y Mississippi, ha reavivado el debate sobre los efectos y causas del calentamiento global. Roger Pielke Jr., por ejemplo, climatólogo de la Universidad del Estado de Colorado, tiende a pensar que el aumento observable en la frecuencia y severidad de los huracanes—la última década arroja los peores registros de la historia—se debe a un ciclo natural y no al calentamiento. (Pielke padre, también climatólogo que renunció hace poco más de una semana al Programa en Ciencia del Cambio Climático de la administración Bush, cree que el calentamiento global es más influido por la deforestación urbana y agrícola que por la emisión de gases).
No únicamente los científicos debaten el asunto. En esta misma semana el Ministro del Ambiente de Alemania, Jurgen Tritten, escribió un artículo incendiario en un periódico de su país, en el que afirmó: «Los gases de invernadero tienen que ser reducidos radicalmente en el mundo entero. Los Estados Unidos, hasta ahora, han cerrado los ojos ante esta emergencia». El ministro Tritten establecía un vínculo entre el huracán Katrina y el calentamiento global y la renuencia norteamericana a reducir sus emisiones.
Todo el tema nos influye, y no solamente en lo climatológico, sino también por la vía de la economía del petróleo. En entrevista concedida por Ross Gelbspan a raíz de su polémico artículo, éste dio cuenta de los programas de reducción de emisiones en los siguientes términos: «Debiera haber ahora mismo un esfuerzo mundial para movernos hacia la energía limpia, y los Estados Unidos se muestran en absoluto contraste a lo que está ocurriendo en Europa. Como he mencionado, la ciencia dice que necesitamos cortar las emisiones en 70%. En este momento Holanda está reduciendo sus emisiones por 80% en 40 años. Tony Blair ha comprometido a Inglaterra a reducir en 60% sus emisiones en 50 años. Los alemanes se han comprometido a reducir las suyas en 50% en 50 años. El presidente francés, Chirac, ha hecho un reciente llamado para que todo el mundo industrial corte las emisiones en 75% para el año 2050. De modo que realmente pienso que mientras vemos a corto plazo unos precios elevados de la gasolina, realmente debemos mirar hacia una economía basada en carros híbridos y carros de hidrógeno, hacia una electricidad que venga de la energía eólica, solar, de las mareas y así. Realmente necesitamos hacer esta transición muy rápidamente; de lo contrario, veremos muchos más desastres naturales y una clase de civilización más fracturada, combativa y degradada».
………
La «hipótesis Gaia», del ecólogo escocés James Lovelock, postula la noción de la Tierra como un único y enorme organismo vivo, cuya fisiología se expresa en términos geológicos y atmosféricos. Somos una sola cosa en términos ecológicos, y lo que se quema en la selva amazónica no pasa sin afectar la pluviosidad australiana. El clima del mundo, obviamente alterado, es un sistema complejo, y en tal sentido es susceptible de profundas alteraciones causadas por el impacto de la actividad humana. Un impacto que debe ser prevenido a toda costa es el de las armas nucleares, razón por la que hay que saludar los recientes esfuerzos por impedir que Corea del Norte e Irán se unan a los actuales detentadores de significativos arsenales de ese tipo. (En realidad, ningún país debiera poseer armas nucleares. Para prevenir escenarios de invasiones agresivas extraterrestres, o para demoler aerolitos amenazantes en imitación de Bruce Willis en Armagedón, la Organización de las Naciones Unidas debiera asumir un único control planetario de esta clase de armamentos).
Mucho se ha pensado, en una especie de convicción de invulnerabilidad final muy acusada en nuestro pueblo, que una conflagración nuclear en países del Hemisferio Norte o en el Oriente Medio, si bien nos afectaría grandemente por el lado económico, al menos nos sería leve en cuanto a lo físico, a los daños por los efectos mismos de las explosiones, entre otras cosas por distancia y por factores naturales tales como el pulmón del Mato Grosso. Pero los modelos de meteorología nuclear nos muestran como nos veríamos directa e impensablemente afectados por un invierno artificial de proporciones cataclísmicas, que incluiría la traslación, por inversión de los ciclos eólicos normales, de nubes de hollín y polvo que harían barrera a más del 90% de la radiación solar incidente (con lo que muy pronto la superficie terrestre descendería a temperaturas de subcongelación) y de nubes intensamente radiactivas. (Para un caso base de un intercambio de 5.000 megatones, equivalente a la mitad del arsenal acumulado. Ackerman, Pollack y Sagan, Scientific American, Agosto de 1984).
No es juego. Los arsenales químicos, biológicos y nucleares, de los que los más grandes son sin duda los acumulados por los Estados Unidos, notorio renuente a suscribir el Protocolo de Kyoto de reducción de emisiones, son no únicamente un riesgo militar, sino un gravísimo riesgo ecológico, que se distribuye según las decisiones de políticos no pocas veces inconsistentes. El mismo país que invadió a Irak por el peligro que representarían sus presuntas armas de destrucción masiva vendió o envió, bajo los gobiernos de Ronald Reagan y George Bush padre, al Irak de Saddam Hussein muestras biológicas al menos hasta 1989. Estos materiales incluían ántrax, virus del Nilo Occidental y botulismo, así como Brucella melitensis, causante de gangrena gaseosa. No estuvieron solos; también suplieron a Irak con materiales similares Francia, Alemania, Japón y el Reino Unido.
Es vital para toda la humanidad que ningún país, por más grande y poderoso que sea, pueda fabricar, acumular y eventualmente usar armas de destrucción masiva. La Tierra, como nos ha explicado claramente su embajadora Katrina, no lo va a tolerar.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Ago 25, 2005 | Cartas, Política |

Éste no es el espacio más adecuado para discusiones exclusivamente teóricas en materia política, aunque en más de una ocasión se haga en él formulaciones de ese tenor. A pesar de tal cosa, no fue posible resistir la tentación de comentar una perita en dulce servida por uno de los ideólogos favoritos de la revolución chavista, Heinz Dieterich, tal vez porque el superficial y confundido autor pretende que sus presentaciones—de lo aducido por las escuelas neosocialistas de Bremen y Escocia—facilitarían «la discusión sobre estándares científicos de conocimiento y debate».
La perita en cuestión consiste en el discurso que Dieterich perpetrase en el «XVI Festival Mundial de la Juventud» el pasado 13 de los corrientes, mediante el título «La Revolución Bolivariana y el Socialismo del Siglo XXI» ante la mesa de trabajo del mismo nombre. El pie de su texto escrito certifica que sufrieron sus planteamientos, entre otros, Nicolás Maduro, Presidente de la Asamblea Nacional, Armando Hart, ex Ministro de Cultura y Director del Centro de Estudios José Martí (Cuba), Roberto Sáenz, Secretario de Estado de Miranda y Hugo Chávez Frías, Presidente de la República Bolivariana de Venezuela.
Lo primero que hizo Dieterich fue diagnosticar que la revolución dirigida por Chávez es un completo desorden ideológico, que la orquesta «bolivariana» pretende tocar una pieza coherente manejando simultáneamente distintas partituras. He aquí la incómoda admisión inaugural de Dieterich: «Se observa en la Revolución Venezolana una especie de indigestión teórica que se debe a la multitud de conceptos y paradigmas (modelos) que la población tuvo que asimilar en apenas seis años, entre ellos: Revolución Bolivariana, antiimperialismo, desarrollo endógeno, escuálidos y Socialismo del Siglo XXI». (Naturalmente, Dieterich pretende vender sus servicios teóricos y docentes. La implicación presumida es que él sí tiene claridad en estas cosas).
Pero hay de entrada otra implicación muy particular de su construcción conceptual primera: que la revolución «bolivariana» no es lo mismo que «socialismo del siglo XXI». De hecho, él mismo se encarga un poco más adelante de aclarar, por ejemplo, que el concepto de «desarrollo endógeno» no es ninguna gran cosa: «Pese a las mistificaciones, el llamado ‘desarrollo endógeno’ del bolivarianismo no es nada nuevo ni representa ningún misterio teórico. Fue inventado por los ingleses hace 200 años y copiado, por su éxito, por los alemanes, japoneses, tigres asiáticos y ahora China».
Dieterich ha venido, entonces, a limpiar telarañas teóricas en el chavismo, a prestar sus claridades a la revolución. Veamos, pues, cómo es de claro el pensamiento del Sr. Dieterich.
Justamente después de su andanada de apertura, intenta calmar la desazón de su denuncia sobre el pasticho mental de los chavistas, aduciendo el atenuante de una intrínseca dificultad de la tarea: «Considerando, que un estudiante tiene casi seis 6 años para aprender un solo paradigma científico (p.e., economía) queda evidente la magnitud de la tarea de aprendizaje». Es decir, según la incompleta enumeración anterior de la «multitud de conceptos y paradigmas» propuesta a la ciudadanía venezolana (seis ideas diferentes), la cosa no estaría clara de un todo hasta que hubiesen transcurrido treinta y seis años. (Esto sin exigir mucho la distinción que existe entre lo que es un paradigma y lo que es una ciencia—la Economía—que el Sr. Dieterich confunde e identifica).
Dieterich advierte que en las actuales circunstancias no hay «condiciones objetivas» para el socialismo del siglo XXI, que él define de este modo: «Es una civilización cualitativamente distinta a la civilización burguesa. ¿Distinta en qué? En su institucionalidad. De ahí, que ser revolucionario significa hoy día luchar por sustituir la institucionalidad del status quo, es decir: 1. la economía de mercado por la economía de valor democráticamente planeada; 2. el Estado clasista por una administración de asuntos públicos al servicio de las mayorías y, 3. la democracia plutocrática por la democracia directa».
El orador no aclaró nunca qué es eso de una «economía de valor democráticamente planeada». Pero como anunciaba que presentaría las formulaciones de las «escuelas» de Bremen y de Escocia, uno puede ir hasta tales teorías para determinar qué es lo que Dieterich quiere decir. Por ejemplo, lo que Pat Devine, en Democracy and Economic Planning propone: «un modelo de planificación democrática basada en la coordinación negociada».
¡Ya está! Ya tenemos la fórmula grandilocuente, el argot que sugiere por su propia opacidad terminológica que debe tratarse de algo científico y profundo. (El único inconveniente, a mi modo de ver, es que la fórmula de la «coordinación negociada» no emplea palabras esdrújulas, como «protagónico» o «endógeno», tan caras al léxico revolucionario). ¿En qué consiste el modelo de la coordinación negociada? Pues que en el seno de cada empresa o unidad productiva las decisiones acerca de cómo «deben usar su capacidad productiva existente serían hechas por representantes de los consumidores/usuarios y los productores, junto con representantes de otros grupos interesados». (Por ejemplo, las empresas compondrían sus «cuerpos de gobierno» no sólo con representantes de los obreros, sino también con representantes de consumidores organizados y las «comunidades locales»).
Lo que sugieren Dieterich, Levine y otros teóricos neosocialistas es que un esquema de ese tipo, subsumido dentro de instancias superiores de «coordinación democráticamente negociada»—como un «cuerpo de coordinación negociada» para cada industria o sector económico (de nuevo con representantes de usuarios y de las comunidades) y una instancia nacional que decidiría en qué se invierte finalmente—puede sustituir con ventaja el mecanismo económico natural del mercado. («Una Comisión Nacional de Planificación sería responsable por toda inversión mayor sobre la base de estas decisiones, determinando así la adjudicación global planificada de recursos disponibles y por tanto la distribución planificada del poder de compra. Las prioridades decididas por la comisión nacional de planificación son también la base para determinar los precios insumo primarios que son empleados por las unidades de producción para establecer sus precios igualados con los costos a largo plazo. Los precios a los que las unidades de producción venden sus bienes también cubrirían un superávit sobre los costos básicos—un retorno sobre el capital empleado—la mayoría del cual retornaría a la comisión de planificación nacional o al gobierno como un impuesto para financiar nuevas inversiones mayores y el gasto social y gubernamental. Algo del superávit sería retenido por el ‘cuerpo de coordinación negociada’ (esto es, el cuerpo que se ocupa de una rama entera o sector de la industria) o la unidad de producción para inversiones menores».)
Ruego al lector excuse tan indigesto trozo como el precedente. Lo que describe no es una sociedad, ni una economía; lo que describe es un aparato, que obviamente requiere partes idénticas que se comporten idénticamente para que tal «racionalidad» económica funcione medianamente. Por ejemplo ¿qué garantiza que el cuerpo de gobierno de una unidad de producción, digamos la número 14.763, trabaje al mismo ritmo que todas las otras que compongan su rama o sector, sea capaz de decidir en el mismo tiempo que las demás qué es lo que hay que producir y a qué precio? ¿Cómo asegura la «comisión nacional de planificación» la uniformidad de inteligencias, temperamentos, experiencias, etcétera, para que cada «cuerpo de coordinación negociada» produzca sus decisiones en fase con el resto? ¿Qué pasa si algún ego local, digamos un chavecito representante de consumidores de Humocaro Alto, se siente tentado a dar un discurso antiimperialista que consuma precioso tiempo de la instancia de coordinación democráticamente negociada? ¿Cómo es que un estira y encoge de un cuerpo de decisión integrado por muy diversos intereses produce decisiones perfectas?
Dieterich y compañía tienen la solución para eso. Dice Dieterich: «Para poder construir una economía socialista tienen que haberse cumplido tres requisitos objetivos: 1. la disponibilidad de una matemática de matrices, por ejemplo, las tablas de input-output de Leontieff; 2. la digitalización completa de la economía y, 3. una avanzada red informática entre las principales entidades económicas». Y luego advierte: «Estas condiciones existen en su conjunto sólo desde hace un lustro, hecho que explica por qué ni la URSS, ni la RDA lograron nunca construir una economía socialista, en el sentido de la economía política. La URSS, por ejemplo, tenía en los años ochenta apenas la capacidad para procesar alrededor de 2.000 productos en valores (time inputs), cuando tenía más de 10 millones. No había condiciones objetivas para una economía socialista. Trágicamente, la humanidad se encontraba todavía en una especie de protosocialismo o socialismo utópico».
Bueno, en realidad las «tablas de insumo/producto» de Wassily Leontief (con una sola «f», Sr. Dieterich) no estuvieron listas hace un lustro, sino mucho antes. Su estudio inicial sobre la estructura de la economía norteamericana data de 1941, y su obra «Economía de Insumo/Producto» es de 1966. (Dicho sea de paso, Leontief pudo abandonar la Unión Soviética en 1925, después de haber sido varias veces prisionero por su oposición al régimen comunista. Se graduó en Berlín en Economía en 1929, precisamente con especialización en análisis de insumo/producto).
Ni hace cinco años, por otra parte, ni hoy en día, se ha alcanzado en ninguna parte «la digitalización completa de la economía». Por lo que respecta a una «avanzada red informática entre las principales entidades económicas», si a lo que se refiere Dieterich es a la presencia de la Internet, esta maravillosa institución supera ya una década de existencia. (Varias décadas, en verdad, si se piensa en la mera tecnología).
Seamos generosos, y olvidemos las inexactitudes en lo que Dieterich afirma para impresionar a incautos como Chávez y Maduro, a pesar de que se venda como aquel que puede organizar la borrachera ideológica chavista que diagnosticó tan certeramente. La médula del planteamiento neosocialista es que la planificación central de la URSS fracasó porque ni siquiera Gorbachov pudo disponer de capacidad computacional suficiente para procesar la enormidad de datos relevantes que produce una economía, así sea una economía chimba como la soviética. Ahora, en cambio, gracias a escuálidos como Steve Jobs y Bill Gates, y a instituciones imperialistas como DARPA (Defense Advanced Research Projects) y CERN (el Consejo Europeo de la Investigación Nuclear), disponemos de Internet y de veloces y poderosos computadores en número suficiente para manejar la enorme variedad de información.
Lo que no dice Dieterich, o porque lo ignora o porque no lo entiende, es que un sistema lo suficientemente complejo, como la economía mundial, o el clima, o la ecología, es altamente sensitivo a una variación minúscula de sus «condiciones iniciales». Esta característica de los sistemas complejos les hace, en verdad, fundamentalmente impredecibles.
Y eso son la naturaleza y la sociedad, la economía y la polis: sistemas complejos. Es su variedad, justamente, la fuente última de su libertad, que ningún arreglo pretencioso de computadores socialistas, ni en el siglo XXI ni en los que le seguirán, será capaz de eliminar.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Ago 25, 2005 | Cartas, Política |

En cierta oposición a Hugo Chávez hay una tan larga cadena de equivocaciones que un psicoanalista clásico la interpretaría como la manifestación de un deseo reprimido de castigo, de una búsqueda tanática inconsciente de su propia defunción, pues sus acciones no hacen otra cosa que reavivar su protagonismo y justificar su más agresivo discurso. Es el caso de la ocurrencia más reciente de Pat Robertson, dirigente religioso conservador activamente pro Bush, que ha propuesto que el gobierno norteamericano proceda, sin más, a la económica remoción de Chávez mediante su asesinato.
A pesar de un reciente intento de explicar que no había dicho lo que sí dijo, Robertson añadió una más a su nutrida colección de afirmaciones desquiciadas e irresponsables. (En una lista no exhaustiva recopilada por «Knight Ridder Newspapers», consta que Robertson explicó los ataques del 11 de septiembre como castigo de Dios por haber sido insultado al más alto nivel del gobierno—¿caso Lewinski?—un airado y proactivo Ser Supremo que pudiera enviar huracanes contra Disney World por su permisividad ante el movimiento gay. También opina que el feminismo induce a las mujeres a matar a sus hijos y entregarse a la práctica del lesbianismo, y que los jueces «liberales» de su país son una mayor amenaza que la de unos cuantos terroristas barbudos que se estrellen contra edificios. Antes de la recomendación política de asesinar a Chávez, ya había adelantado que pudiera ser una buena idea dejar caer una bomba nuclear sobre el Departamento de Estado).
El gobierno de los Estados Unidos se distanció rápidamente de Robertson, como era de esperarse, pero todo el asunto no ha servido para otra cosa que para poner a Chávez en las primeras páginas de las agencias de noticias. (Durante todo el día de ayer servicios noticiosos como Google News tuvieron al incidente y sus repercusiones como «noticia de abrir». Desde las épocas del paro y el golpe de abril de 2002 no había logrado Chávez tanto centimetraje internacional).
Uno sabe, por supuesto, que en este país hay más de una cabeza opositora, lamentablemente, que aplaude la fórmula Robertson en secreto, como asimismo cree que las prescripciones belicosas de aquel Informe Waller ampliamente comentado aquí deben ser llevadas a la práctica. Pero ¿entenderán alguna vez los radicales que estupideces como las de Robertson ayudan a Chávez y desayudan a sus héroes, entre los que el más connotado es, sin duda, George W. Bush?
Éste se ha visto forzado a lanzar una ofensiva de opinión a raíz de la impactante protesta de Cindy Sheehan, madre de un soldado norteamericano muerto en Irak. Ahora ofrece como argumento para continuar una guerra que fue predicada sobre una mentira—y que cada vez es más rechazada por los estadounidenses—que la ocupación de Irak debe seguir porque sólo así se valorizaría el sacrificio de vidas norteamericanas en ese país. Si su criterio tuviera alguna lógica y aunque sólo fuese un poco de validez, la Segunda Guerra Mundial debiera estar librándose todavía.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Ago 18, 2005 | Cartas, Política |

El lunes de esta semana se cumplió un año de la celebración del referendo revocatorio presidencial que, como todos sabemos, dejó ileso en el poder a Hugo Chávez Frías. Después de un año de acusaciones de fraude que habría sido cometido por el Consejo Nacional Electoral, y a pesar de que nadie menos que Alejandro Plaz, el directivo de Súmate, debió admitir recientemente (reseñado en el número 149 de esta publicación) que no se había podido probar que lo hubo, en más de una cabeza opinadora del país está mineralizada la explicación dolosa.
Por ejemplo, para conmemorar la fecha, el periodista Leopoldo Castillo invitó a su programa «Aló ciudadano» a Gustavo Tarre Briceño, muy destacado y capaz dirigente copeyano. Tarre ofreció un solo argumento para probar que se había cometido un fraude monumental hacía justamente un año, el que presentó como definitivo e irrefutable. Que si él hubiera estado en el lugar de Chávez y hubiera verdaderamente ganado el referendo, habría permitido el conteo manual y transparente de todas las boletas de votación, para que no hubiera dudas acerca de su triunfo. Por tanto, como Chávez no lo permitió, hubo fraude.
El argumento en cuestión es verdaderamente flojo. Uno de los errores más generalizados en la consideración de lo político es el de proyectar sobre otros, a veces sobre enormes conjuntos sociales, nuestra propia lectura de las cosas, nuestros deseos, y atribuimos a los demás con frecuencia estados de conciencia que son sólo propios de nosotros. A esto no escapan, a veces, los más sofisticados analistas y las más capaces cancillerías. Un caso clásico es el de Israel poco antes de la guerra del Yom Kippur. Los israelitas fueron tomados completamente por sorpresa, por cuanto pensaban, correctamente, que los árabes perderían en el terreno militar, como en efecto ocurrió. ¿Cuál fue entonces la equivocación? Que como los israelíes jamás habrían ido a una guerra que perderían militarmente creyeron que asimismo razonarían y decidirían sus enemigos y por consiguiente no serían atacados. Y la verdad fue que el mind-set cultural de los árabes permitía ir a una guerra para perderla deliberadamente… para así obtener ventaja en el terreno diplomático, que también fue lo que ocurrió.
No tiene, pues, nada que ver lo que habría hecho Gustavo Tarre en el lugar de Hugo Chávez. Éste deliberadamente calculó, con acierto, que la prédica del fraude equivalía a que la oposición se diera un tiro en el pie, que la desmoralización causada por la hipótesis fraudulenta provocaría un aumento de la propensión a abstenerse, como ocurrió mes y medio después en las elecciones regionales del 31 de octubre, y como acaba de ocurrir en las municipales del 7 de agosto próximo pasado. Por tal razón estaba en su interés que la interpretación fraudulenta del referendo revocatorio cundiera entre las filas de la oposición. Le era funcional que creyéramos que había habido trampa.
El domingo 15 de agosto de 2004 hubo más personas que rechazaron la revocación que las que la exigían. Eso lo saben todos los encuestadores serios del país. Eso lo saben, y lo sabían antes del 15 de agosto, los dirigentes de la Coordinadora Democrática, pues habían recibido justamente las advertencias de esos encuestadores. Este conocimiento les hace terriblemente culpables, porque luego vocearon la tesis del fraude como racionalización salvadora de su incompetencia, y con eso alimentaron la marcada propensión a abstenerse en las elecciones del 31 de octubre, que facilitó las cosas a la casi caída y mesa limpia del gobierno.
Nada de lo que fue argumentado a posteriori por las más calificadas voces de la Coordinadora puede ocultar el hecho de que hasta cuarenta y ocho horas antes del referendo revocatorio la prédica de esa cúpula era la siguiente: ciudadano, vaya usted a votar, porque el fraude es imposible, el proceso está blindado, está garantizado por la observación internacional que nos merece toda confianza, y las discrepancias detectables en el REP no pasan de 1%. (Esto último dicho por Súmate). Todos sabemos cómo fue que después alegaron que lo que era imposible había sucedido, que el asunto no estaba blindado después de todo, que la observación internacional había capitulado y se había vendido, etcétera.
Acá cabe ahora la siguiente importante salvedad. El 15 de agosto hubo más «Noes» que «Síes», pero el acto revocatorio como tal estuvo precedido de abusos y ventajismos gubernamentales de toda clase, de descarado populismo sobornador, de amedrentamiento, de impedimento, factores todos que hicieron ineludible la derrota de una oposición liderada desde una perspectiva estratégica equivocada, inepta. Ese liderazgo, incapaz de resolver los problemas de fondo en la opinión nacional, dilapidó el enorme capital político que hasta fines de 2003 se expresaba en una clara mayoría a favor de la salida del actual presidente, mientras dejaba que el gobierno le impusiera las más desventajosas condiciones. Fue esa dirigencia la que desestimó la potencia de la valiente sentencia de la Sala Electoral Accidental del TSJ sobre las «planillas de caligrafía similar», por aquello de que había que pasar «por una rendija».
Y también cabe anotar lo siguiente: esa dirigencia no podía sorprenderse de esos abusos y de ese ventajismo, pues el carácter del reo siempre fue ampliamente conocido. El líder de la revolución comenzó con su criminal abuso del 4 de febrero de 1992. Jamás ha admitido que su alzamiento tuviera ese carácter. Por lo contrario, lo ha glorificado siempre. A las cuarenta y ocho horas de su toma de posesión en 1999 presidió un desfile celebratorio de su asonada en Los Próceres. El primer decreto (Número 3, del 2 de febrero de 1999) para la convocatoria de un referendo consultivo sobre la elección de una constituyente estuvo redactado en términos absolutamente autocráticos, al punto de que el gobierno se vio obligado a anularlo y producir una segunda versión más atemperada. Chávez ha expuesto sus propósitos y sus peculiares interpretaciones con la mayor claridad y hasta la náusea. Desde siempre.
El liderazgo político que permitió la emergencia y la entronización del chavoma siempre fue practicante de un protocolo de Realpolitik, cultor de la idea de que el oficio de la política es la búsqueda del poder mientras se impide al oponente su consecución. (Letra chiquita: por todos los medios al alcance). Dentro de una cierta urbanidad, dentro de un cierto disimulo y un escrúpulo no totalmente desaparecido, quienes condujeron nuestras instituciones públicas hasta 1998 siempre entendieron de ese modo su profesión. Y entonces Chávez vino para mostrar que no había nadie que, como él, llevaría esa idea de Realpolitik hasta sus últimas consecuencias, y que no respetaría ninguna regla de urbanidad y buenas costumbres que fuesen las acostumbradas y convencionales en la transacción política. Debió estar claro desde hace mucho que Chávez no sería business as usual. Mucho más en el caso de los dirigentes opositores, que aceptaron la ruta del revocatorio propuesta por el mismo gobierno en la fenecida Mesa de Negociación y Acuerdos, a pesar de que el abuso y el ventajismo eran evidentes y de dominio público.
Esta publicación lamenta que una cabeza tan bien puesta como la de Gustavo Tarre Briceño razone como lo hizo el lunes pasado en «Aló ciudadano», y no le augura ningún éxito al anunciado «informe definitivo» de Enrique Mendoza sobre el asunto, con el que asegura que probará lo que Súmate no pudo probar, según admisión de Alejandro Plaz. En el programa mencionado Leopoldo Castillo añadió un argumento a la tesis de Tarre: que las famosas exit polls—»Que no pelan en ninguna parte del mundo»—demostraron que el «Sí» había ganado el referendo revocatorio. Pero todavía Súmate mantiene en su página web aquel reporte de los profesores Hausmann y Rigobón, con el que pretendió probar un fraude que ahora dice que no se ha probado. Y fue el mismo profesor Rigobón quien declarara a El Universal poco después de la presentación de su informe (26 de septiembre de 2004), lo siguiente: «Hay dos piezas de evidencia en lo que nosotros mostramos. Uno depende de los exit polls. Pero estos, como tal, pueden estar muy sesgados. Y eso ocurre en todos los países del mundo. Los exit polls no deberían ser tomados tan en serio como lo hacemos en Venezuela, porque son una porquería en todos los países».
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Ago 11, 2005 | Cartas, Política |

Es hora de abrir las cajas. Especialmente las cajas negras. Súmate ha dicho que el CNE es una. Pero mientras Súmate no se someta a una auditoría como la que exige sobre el Consejo Nacional Electoral, también será una caja negra. Mientras no explique con lujo de detalles cómo llega a los números que ha ofrecido, estos números habrán sido sacados de una caja negra.
Si esta publicación no explica cómo llega a su análisis aritmético de la abstención, que es el issue central (en términos de opinión y debate) de la elección que acaba de pasar, se comportará también como una caja negra. Emplearemos el «criterio RAND», que considera que el juicio de un panel de expertos sobre un problema del área que conocen, es preferible al juicio de un solo experto. (También sostiene que el juicio de un solo experto es preferible a cualquier modelo matemático). Así, convocaremos a cinco «expertos» para escucharlos y formarnos una idea acerca de la abstención y sus significados.
Estos cinco expertos son el CNE, la organización Ojo Electoral, Acción Democrática, Súmate y Alianza Popular. Probablemente sea un panel sesgado a favor de la oposición, pues no se incluye, por ejemplo, la opinión del MVR. (La matriz de opinión prevaleciente en la oposición sostendría que esta opinión es idéntica a la del CNE). En todo caso, este grupo de expertos representa una dispersión o banda de cuantía de la abstención con una extensión del orden de 18%. (Para ser exactos—usaremos aquí las primeras cifras ofrecidas por cada miembro del panel redondeadas al primer decimal—una banda de 18,3%. En términos gruesos, una diferencia de unos 20 puntos entre la estimación más baja y la más alta).
La más baja, por supuesto, es la del Consejo Nacional Electoral. Jorge Rodríguez situó la abstención en 69, 2%. A continuación viene la estimación de Ojo Electoral, que para cuatro municipios observados—es una organización pobre—encuentra 74,8%. Después está Acción Democrática, que propone 77%. De seguidas Súmate que certifica 78,1%, mientras cierra Alianza Popular con 87,5%. (Álvarez Paz dijo que entre 85% y 90%). Es la distancia Rodríguez-Álvarez la que recorre 18,3 puntos de discrepancia. Éstos marcan los extremos y, por tanto, ellos son los extremistas.
Esta distribución de opiniones del panel produce un promedio de 77,3% de abstención, muy cerca de la estimación de Acción Democrática y de la abstención en 2000, que fue de 76,2%. (Según aceptan tanto el CNE como Súmate). La diferencia entre esta última cifra y el promedio es de sólo 1,1 puntos. ¿Es esto un sonoro triunfo de los que llamaron explícitamente, como Alianza Popular, a la abstención, o de los que la indujeron, como Súmate? La misma Súmate postula un aumento de la abstención de solamente 1,9 puntos. ¿Es una ganancia de dos puntos sobre la cota del año 2000 un desempeño glorioso de quienes recomendaron abstenerse con vehemencia?
Es ilustrativo registrar la dispersión de las diferencias entre las estimaciones y la cifra de la abstención de cinco años atrás. Dos de los miembros del panel—CNE con 7 puntos y Ojo Electoral con 1,4—miden una disminución de la abstención. Los otros tres aducen un crecimiento de la abstención: AD con 0,8 puntos, Súmate con 1,9 y Alianza Popular con 11,3. El promedio de estas diferencias sugiere un aumento de la abstención, como dijimos, de 1,1 puntos.
Supongamos que este número sea representativo de la abstención real, y que en efecto un 1,1% de más electores que en 2000 se abstuvo de votar. ¿Debiera interpretarse que todo ese movimiento responde, como sugiere Súmate y asegura Alianza Popular, a un rechazo del Consejo Nacional Electoral y a una protesta ciudadana?
Abramos nuestra modesta caja negra, que incluye una íngrima experiencia de campo en Caraballeda, donde atendimos la invitación de Roberto Smith Perera a ver penúltimos esfuerzos de campaña de su movimiento «Vargas de Primera», en los que participó a pie en contactos «casa por casa». (La mayoría de los contactos se produjo en la calle. El propio Smith, que no era candidato, recibió un altísimo reconocimiento de los ciudadanos y ciudadanas contactados y una buena mayoría de aceptación—un número muy significativo le dijo «voté por ti» (para gobernador en octubre de 2004)—con mínimo o ausente rechazo. Hasta caravanas de movimientos contendientes le saludaban y aun le expresaban su apoyo. Pudo pararse sin problemas a conversar con una de los dos encargados presentes del MVR en la sede de este partido en la Calle Real de Caraballeda, donde estuvo de acuerdo con ella, quien decía sin miramientos que debía revocarse el mandato del gobernador Antonio Rodríguez, quien fuera precisamente candidato del chavismo).
Pues bien, en una cincuentena o más de conversaciones durante unas tres horas, sólo dos veces emergió la postura de abstencionismo por desconfianza hacia el Consejo Nacional Electoral. Era más marcada una desconfianza general ante los políticos.
Naturalmente, tales peripecias conforman un registro mucho más exiguo que el sondeo muy limitado de Ojo Electoral. No se pretende argumentar que ese hallazgo es representativo de los electores en general.
………
Y todas las elaboraciones anteriores son más un divertimento que una reflexión científica, por más pedagógicas o heurísticas (propias de la invención o el descubrimiento) que puedan ser, por más que puedan servir para pensar. Porque hay dos hechos políticos de mucha mayor monta en las elecciones del domingo pasado: que el gobierno volvió a dar una paliza a la oposición, una mayor paliza que en octubre de 2004 (con excepción de los municipios vaticanos de Chacao y Baruta y unos pocos puntos más); que el sistema electoral, cuadernos electrónicos incluidos en virtud de los precedentes de Cojedes y Nueva Esparta, ha sido plenamente instalado, como destaca un apreciadísimo amigo de esta publicación.
Este último hecho es determinante para las venideras elecciones de diciembre, cuando ya no se trata de elegir unos concejales que pudieran afirmar o fastidiar las incumbencias de los alcaldes en ejercicio, sino una Asamblea Nacional que pudiera ser entubada con facilidad hasta para modificaciones constitucionales.
Luego, por supuesto, late en el trasfondo la elección todavía más importante en 2006. En este campo se contaba hasta el domingo con la solitaria postulación de Julio Borges, que no parece haber calado mucho que se diga. El día de las elecciones de concejales y juntas parroquiales fue el escogido por El Nacional para publicar la comentada entrevista a Teodoro Petkoff, en la que el veterano político confía que está considerando emprender, por tercera vez, una campaña por la Presidencia de la República. (Que tendrá que ser, hasta nuevo aviso, la «bolivariana» de Venezuela). Petkoff ha venido haciendo, desde el año pasado, un trabajo de identificación y coordinación en el interior del país, con el criterio de reunir a quienes quedaron de segundos en las elecciones regionales del año pasado, y desde su tribuna periodística una campaña de oposición muy centrada en la ineficacia, la ineptitud y la inconsistencia del gobierno.
La cosa, pues, a pesar de la abstención, se está moviendo. Algunos de los partidos y movimientos participantes hablan de una lección por la unidad, implicada en los resultados electorales del domingo 7 de agosto. Esta unidad, sin embargo, no puede ser la confederación de esas asociaciones, pues difícilmente la coincidencia babélica de quienes no convencieron puede confeccionar un proyecto convincente.
Ya hay voces que reclaman unas elecciones primarias para identificar un único abanderado anti Chávez. Pero más importante o anterior es una licitación política. Quienes aspiren, como Borges o Petkoff, a suceder a Chávez en 2007, quedan obligados a entrar en una licitación política, en la que postulen con claridad y concreción suficientes qué harían encaramados en la silla de Miraflores.
Mientras estas cosas de fondo ocurren, proseguirá un debate menos trascendente por la verdad acerca de la abstención, en términos muy parecidos a los cauces de opinión que determinara el referendo revocatorio del 15 de agosto de 2004.
LEA
intercambios