CS #108 – Max se despide

Cartas

En su gigantesca e influyente obra maestra—Economía y Sociedad—Max Weber, uno de los nombres más notables en el panteón de la Sociología, describe tres tipos básicos de dominación, según el fundamento de su legitimidad.

Uno de ellos es la dominación o legitimación tradicional: el linaje de la reina Isabel o la línea apostólica de un papa, el fundador del partido, «Yo vi ese paciente primero y soy el médico de cabecera de la familia», «Ahora le toca a Octavio». El poder viene de una larga sucesión a partir de un hecho que mientras más antiguo está más cerca del mito o es mayor y más fundamental hazaña, y busca perpetuarse por herencia. El mérito no necesita acompañar a quien domina, pues ya está en el origen. Hasta cierto punto y a partir de cierto momento, esa fue la legitimación de Rafael Caldera en COPEI, el patriarca que había creado todo menos un heredero aceptable.

El segundo tipo es el de la dominación por legitimación carismática: quien domina es personalidad atrayente, en ocasiones extraordinariamente persuasivo, simpático pero también odioso, fascinante. Un caso clásico es Hitler, y un testimonio impresionante lo ofreció Dennis de Rougemont en sus diarios: cómo se quedó de una pieza cerca de un mitin de Hitler en Berlín, hipnotizado, siendo convencido por un carismático increíble, sin que él entendiera alemán. Aunque no convenciera persuadía. Por aquí tenemos alguien con esas características. No conozco que haya habido antes de Chávez un jefe de Estado venezolano del que prácticamente cada habitante del país lo nombrara o al menos lo pensara casi cada día durante cinco años seguidos.

El último tipo de dominación viene dado por la legitimación burocrática. Se controla la estructura que ejerce el poder o se tiene poder. Legitimación de Eduardo Fernández, por ejemplo, la de Carmelo Lauría o José Vicente Rangel. Controlan el aparato y así dominan. Chávez también emplea a fondo la estructura de poder y, como se sugiere antes, de un modo tan totalitario que ocupa de ese modo la conciencia de sus dominados. Ni siquiera Hitler, tal vez Castro, ha exigido tanta atención de parte de sus conciudadanos como Chávez desde que tomó el poder.

Como puede verse, es posible que una misma persona domine de más de una forma. Si Chávez insistiera en promover a Rosinés como Caldera a Andrés o Salas-Roemer padre al Pollo, estaría completando el catálogo de Weber con dominación tradicional neobonapartista o neogomecista. Además de carismático y burocrático, Fidel Castro es un dominador tradicional cuando anuncia la dinastía sucesora en su hermano Raúl.

Debiéramos ver con facilidad cómo ninguna de las tres dominaciones es garantía de eficacia en la solución de los problemas generales, ni siquiera la totalidad de ellas. Ninguna de ellas tiene relación alguna con lo que interesaría a los ciudadanos y, en el fondo, sería lo único que justificaría la existencia de un Estado, de una institución pública, de un actor político: la identificación, invención, consulta y aplicación de soluciones eficaces a los problemas de carácter público.

La legitimación de los actores políticos en una democracia debe ser, naturalmente, electoral. Pero más allá de eso tendría que ser ya no weberiana sino programática. Debiera estar en función de las políticas que se propone promulgar un candidato de resultar electo. Por tal razón los Electores tendríamos que exigir de los candidatos a cualquier cargo público la explicación de sus intenciones al respecto. Y esto es lo que justamente tiene menos importancia en un proceso electoral como los nuestros. A comienzos de 1998 Argenis Martínez había escrito en El Nacional: «La característica general de la política venezolana hasta ahora es que si usted está mejor preparado en el campo de las ideas, es más inteligente a la hora de buscar soluciones y tiene las ideas claras sobre lo que hay que hacer para sacar adelante el país, entonces usted ya perdió las elecciones».

Aunque pueda haber algo de exageración en la fórmula de Martínez no puede caber duda de que las cosas son como él las pinta con vigoroso y lapidario trazo: lo programático tiene baja incidencia en la escogencia de nuestros funcionarios electos. La legitimación procede entre nosotros, casi siempre, por rutas weberianas. En el combate por la legitimación electoral se aduce tradicionalidad, se manipula con carisma, se controla burocráticamente con el poder o se aporta el descrédito de terceros. Me justifico porque aquél es malo.

Pero lo programático, la única y real legitimación admisible, está ausente, cada vez más, de nuestras elecciones. Rafael Caldera presentó su «Compromiso con Venezuela» en la campaña de 1993 cuando faltaban sólo tres semanas para la elección; algo parecido hizo Hugo Chávez, como también Salas-Roemer padre en 1998. Y la Coordinadora Democrática presentó su «consenso-país» a un país que no lo había hecho un mes antes del referendo revocatorio presidencial. El 25 de abril de 1993, el mismo día en que Oswaldo Álvarez Paz resultara electo candidato presidencial de COPEI en elecciones primarias, el flamante candidato declaró en el programa Primer Plano que sería entonces cuando se dedicaría a conformar los equipos que tendrían que elaborar su programa de gobierno. Esto es, admitió sin proponérselo que hasta ese momento su preocupación política fundamental era polémica, y que su legitimación como candidato copeyano tenía origen en el combate a un adversario interno—Eduardo Fernández—a través de la retórica, no un origen programático.

En el fondo es una desatención a las necesidades venezolanas, lo que se puede continuar una vez que se está en el gobierno: Chávez no comenzó a improvisar misiones—que ahora burocratizará en sus nuevos y endógenos ministerios—hasta septiembre de 2003, cuando una vez más había decidido enfrentar electoralmente a sus oponentes. En su campaña de 1998 su movimiento ofreció recoger firmas—no existía Súmate que le habría resuelto el problema—para convocar a referendo consultivo sobre la elección de constituyente. Cuando meses antes de la elección ya se sabía ganador se dejó de eso. ¿Para que tenía que molestarse con esa recogedera de firmas si él podría, como Presidente, convocar el referendo en Consejo de Ministros?

Los Electores debemos exigir una legitimación programática primero que todo. Si el candidato que nos convence de sus políticas, de sus programas, es además hombre valiente, pues magnífico; si es llano y poco alzado, mejor que mejor; si es muy buen gerente, habremos llegado al desiderátum. Pero si falta la claridad y la corrección programática, si ésta no es comunicada o comunicable, entonces faltará lo esencial.

No es nueva esta discusión, pero hasta ahora la exigencia programática ha sido vencida con el decreto burocrático de qué se trata de aspiración romántica. «La gente no quiere programas, la gente lo que quiere es un jefe que les llene la barriga». En 1992, un importante precandidato, aun reconociendo que programáticamente estaba muy débil, consideró excesivo destinar, para un año de trabajo de un equipo programático, una cantidad que por ese entonces gastaba quincenalmente en propaganda televisada. En su explicación de esta postura esgrimió que acababa de regresar de los Estados Unidos, una semana antes de la primera eleccón de Clinton, y que allí ganaría éste, que no había presentado programa. «¿Para que necesitamos programa?» preguntó.

¿Cómo puede combatirse esta configuración que impide que la legitimación política tenga carácter predominantemente programático?

Tal vez lo primero sería enterar a los actores políticos de que la legitimación programática no significa creer que la intentarían ángeles, o que por tal cosa desaparecerían la emulación y el combate, que es lo que tanto les gusta. Crear un espacio para el contraste de programas y políticas no requiere la eliminación de la competencia: sólo exige que se la reglamente para que el debate programático sea privilegiado. Lo que el espacio político nacional debe alojar es una licitación política con claras reglas para la contraposición de proposiciones de acción pública.

¿Cuáles serían esas reglas? Si a la discusión se propone una formulación que parece resolver un cierto número de problemas o contestar un cierto número de preguntas, la decisión de no adoptar tal formulación debiera darse si y sólo si se da alguna o varias de las siguientes condiciones:

a. cuando la formulación no resuelve o no contesta, más allá de cierto umbral de satisfacción que debiera en principio hacerse explícito, los problemas o preguntas planteados.

b. cuando la formulación genera más problemas o preguntas que las que puede resolver o contestar.

c. cuando existe otra formulación –que alguien debiera plantear coherentemente, orgánicamente– que resuelva todos los problemas o conteste todas las preguntas que la formulación original contesta o resuelve, pero que además contesta o resuelve puntos adicionales que esta no explica o soluciona.

d. cuando existe otra formulación propuesta explícita y sistemáticamente que resuelve o contesta sólo lo que la otra explica o soluciona, pero lo hace de un modo más sencillo. (En otros términos, da la misma solución pero a un menor costo).

Esto es el método verdaderamente racional para una licitación política. No se trata de eliminar el «combate político», sino de forzar al sistema para que transcurra por el cauce de un combate programático como el descrito. Valorizar menos la descalificación del adversario en términos de maldad política y más la descalificación por insuficiencia de los tratamientos que proponga.

Este desiderátum, expresado recurrentemente como necesidad, es concebido con frecuencia como imposible. Se argumenta que la realidad de las pasiones humanas no permite tan «romántico» ideal. Es bueno percatarse a este respecto que del Renacimiento a esta parte la comunidad científica –en la que la confrontación sigue un método universal– despliega un intenso y constante debate, del que jamás han estado ausentes las pasiones humanas, aun las más bajas y egoístas. (El relato que hace James Watson—ganador del premio Nóbel por la determinación de la estructura de la molécula de ADN junto con Francis Crick—, en su libro La Doble Hélice (1968), es una descarnada exposición a este respecto).

Pero si se requiere pensar en un modelo menos noble que el del debate científico, el boxeo, deporte de lucha física violenta, fue objeto de una reglamentación metamórfica con la introducción de las reglas del Marqués de Queensberry. Así se transformó de un deporte «salvaje» en uno más «civilizado», en el que no toda clase de ataque está permitida.

En cualquier caso, probablemente sea la comunidad de Electores la que termine exigiendo una nueva conducta de los «luchadores» políticos, cuando se percate de que el estilo tradicional de combate público tiene un elevadísimo costo social.

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Pero también hay épocas o momentos cuando la transición es aun más profunda que el cambio de una política por otra. Entonces se trata de un cambio de paradigmas, de interpretaciones generales, de concepciones del mundo, la sociedad y sus historias. En ese caso particular la legitimación llega a ser una metalegitimación, porque se pronuncia en un metalenguaje. Ya no se trata de hablar de política, sino de hablar de la Política, en tanto profesión u oficio. La legitimación requerida en este caso es paradigmática.

En la Venezuela de estos días no será suficiente ni siquiera la legitimación programática, por más necesaria que sea. Al proceso que se justifica precisamente sobre una peculiar visión de las cosas sólo podrá superársele con una visión alterna.

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CS #107 – Política “realista”

Cartas

Así define Realpolitik el texto correspondiente de la Enciclopedia Británica: «…postula que los estados buscan el engrandecimiento de su propio poder como un fin en sí mismo y que la búsqueda de ese poder se basa en la amenaza y el empleo de la fuerza militar y la coerción económica». El término se ha extendido, más allá de la política internacional, para referirse al modelo de acción política general seguido en todos los países del planeta por la más variada colección de políticos profesionales. Algunos ejemplos han sido verdaderamente notables. En uno de los sistemas políticos más desarrollados del mundo, los nombres de Johnson, Nixon, Reagan, Bush, han descollado como fervientes practicantes de la Realpolitik.

Ayer nomás culminó la investigación de la Agencia Central de Inteligencia que George Bush había, en junio pasado, recomendado esperar: «Wait until Charlie gets back with the final report», había dicho. Pues bien, «Charlie» Duelfer, el inspector jefe de la CIA en Irak, acaba de presentar al Congreso norteamericano un informe de mil páginas en el que se establece definitivamente que Sadam Hussein no disponía de armas de destrucción masiva, cuya presunta amenaza fue la excusa para la invasión estadounidense. Aunado al reciente debate Bush-Kerry, en el que el candidato demócrata logró colocar en posición incómoda al presidente en campaña, el informe Duelfer ha significado que el protocolo de poder de la administración Bush ha quedado bastante al descubierto.

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En Venezuela no hemos dejado de tener ejemplos destacados de esta difundida corriente de «política realista». Cuando en nuestro país comenzaba a discutirse sobre la elección directa de gobernadores de estado (1988), entre sus oponentes se contaba a Manuel Peñalver, a la sazón Secretario General del partido Acción Democrática. En una ocasión fue fugazmente entrevistado por una reportera de televisión, quien le preguntó por qué no estaba a favor de esa elección directa. Peñalver miró directamente a la expectante periodista y, antes de darse vuelta y alejarse, le contestó así: «¡Porque no!»

Carlos Andrés Pérez, no hay duda, ha sido uno de los más notorios exponentes de la Realpolitik venezolana. Su caída, junto con la secuela de pérdida súbita del poder de personajes otrora poderosos y prepotentes, constituyó un proceso en principio sano para la sociedad venezolana. Sus excesos han encontrado una sanción social con efectos tan benéficos para Venezuela como los que tuviera el proceso de Watergate para los Estados Unidos.

En Kalki: El futuro de la Civilización, Sri Radhakrishnan postulaba una convergencia, si es que los Caldera me permiten el uso del término, entre la civilización oriental—de la que él era, por supuesto, un representante—y la civilización occidental, predicción que por cierto no habría satisfecho a Mohatmas Gandhi en sus momentos de mayor ironía, pues a éste le preguntó una vez un periodista: «¿Qué opina Ud. de la civilización occidental?» Gandhi replicó mordazmente: «Me parece una buena idea».

Radhakrishnan, en un pasaje del libro mencionado, discutía el fundamento ético del protocolo de Ginebra que proscribe el empleo de gases y armas bacteriológicas (1925) en los conflictos bélicos. No le parecía consistente que fuera permitido achicharrar a centenares de personas con bombas incendiarias o que fuese comme il faut atravesar el cerebro de alguien con una bayoneta, mientras se consideraba un atentado contra la urbanidad de la guerra el uso de un gas venenoso. Para Radhakrishnan esto equivalía a criticar a un lobo «no porque se comiese al cordero, sino porque no lo hacía con cubiertos». Es decir, opinaba que el protocolo de Ginebra no era otra cosa que un ejercicio de hipocresía.

Entre los críticos de las más aberrantes conductas políticas de la Realpolitik, es frecuente encontrar personas que incurren en prácticas cualitativamente muy parecidas, si no idénticas, a las de otras personas a quienes censuran con gran energía. Por referirnos a un caso venezolano, un prestigioso líder empresarial de medios de comunicación decía al autor de este artículo en agosto de 1990: «Lo que hay que hacer siempre es seleccionar y colocar a los hombres del Presidente, como lo hemos hecho con los del presidente Pérez». (Estaba refiriéndose a la «tarea» que habría que cumplir a futuro en relación con el presidente del siguiente período constitucional—que lo sería Caldera—pues ya «el mandado estaba hecho» con Carlos Andrés Pérez). O sea, admitía la utilidad de la influencia intervencionista del sector empresarial sobre la política, sólo que tal influencia «debía» ejercerse indirectamente, por interpuesta persona.

En el penoso caso del fenecido Banco Latino, por ejemplo, no hay duda de que una buena parte de su depuesto liderazgo llegó a constituir un ejemplo patológico de Realpolitik. El más deplorable rasgo de esa patología tal vez venga expresado en la instalación de una capacidad de intervención—al decir del entonces diputado Pablo Medina—de mil teléfonos de red y cien teléfonos celulares en uno de los pisos del Centro Financiero Latino.

El principal accionista y presidente de una de las empresas que servía al Latino, en diciembre de 1992, había reunido a todos sus empleados en un hotel capitalino, confrontándoles con una persona a quien presentó como su abogado y con una caja de tamaño considerable llena de cintas de audio y de video. A continuación explicó que las cintas contenían grabaciones de sus empleados y que las mismas eran evidencia de faltas de clases diversas: consumo de drogas, negocios personales conducidos en tiempo debido a la compañía, hurtos y otras conductas reprobables. Luego declaró un receso de varios minutos, no sin antes expresar su esperanza de que las personas incursas en las conductas aludidas no regresasen al salón en el que se efectuaba la grotesca sesión intimidatoria.

El país debe saludar con satisfacción la terrible derrota que puedan sufrir los más conspicuos exponentes de esa política «realista». Debe poner su esperanza en que tan dañino código ético, predominante en la política venezolana, sea suplantado por un código ético saludable. Pero debe estar atento para que esa suplantación no sea efectuada por un código ético fundamentalista, por un código de ayatollahs. No debe permitirse a un grupo de personas erigirse en santones determinantes de quiénes irán al infierno y quiénes al purgatorio, sobre todo cuando entre ellas se encuentran algunas que comen cordero con cubiertos.

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Quien no come con cubiertos es, evidentemente, Hugo Rafael Chávez Frías, la exacerbación cancerosa de la Realpolitik en Venezuela. Si alguien procura el poder por cualquier medio disponible—abuso, ventajismo, extorsión, violencia directa de las leyes y la Constitución—es el actual Presidente de la República, el más fundamental de nuestros fundamentalistas.

El fundamentalismo es una postura realmente simplista y muy peligrosa socialmente. Es la postura de Khomeini, es la que lleva a decretar la muerte de Salman Rushdie, es la que MacCarthy asumía en los Estados Unidos de los años cincuenta, es la que personificó Robespierre durante la época del Terror durante la Revolución Francesa.

Los resultados de la política fundamentalista en esa fase de la Revolución Francesa configuran una lección histórica que no conviene olvidar. Aun cuando, en teoría, la Revolución era un movimiento a favor de las clases más bajas de la sociedad francesa de fines del siglo XVIII, la distribución por clases sociales de las víctimas del Terror arroja un resultado paradójico y terrible: el 7 y el 8% de los guillotinados provenían, respectivamente, del clero y de la nobleza, en tanto que 31% pertenecía a la clase trabajadora, 28% era de la clase de los campesinos y un 11% adicional correspondía a la clase media baja.

Los procesos sociales guiados por un código fundamentalista tienden a salirse de control con rapidez, y de hecho son iniciados, muchas veces, bajo el manto de imagen de sus moralistas postulados por actores sociales que en realidad emplean técnicas de Realpolitik de modo disimulado. El puño de hierro dentro del guante de seda de Metternich. No es éste, por cierto, el caso de Chávez, que ni come con cubiertos ni usa guantes. Su protocolo, por lo contrario, pareciera regodearse en el descaro.

La sociedad venezolana debe sustituir el malsano código ético de la política «realista» por un código mucho más maduro que el de los santones fundamentalistas. Un código clínico, que libre por todos, que reconcilie a todos, que castigue y expurgue lo que es debido, sin incurrir en los excesos destructivos e hipócritas de una inquisición que sería incapaz de dar de comer a los venezolanos.

Después de agotar gestos dramáticos, un gobierno que se conformase con un despliegue de actos justicieros, pronto se vería en graves problemas. Los Electores necesitamos justicia, no hay duda. Pero la justicia que necesitamos, más que la justicia en contra de algunos muy culpables delincuentes, es la justicia a favor de las necesidades del pueblo. Además de la guillotina, ¿tiene otra cosa que ofrecer al pueblo el más notorio demagogo de la política venezolana?

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CS #106 – A manera de desagravio

Cartas

Ha llegado a mis manos un indignado correo de Diego Arria Salicetti, el ex gobernador del Distrito Federal de Carlos Andrés Pérez en su primer gobierno, desde hace muchos años residente en los Estados Unidos. En su comunicación emite graves calificativos contra el ex presidente Carter, a raíz de artículo de éste en The Washington Post.

He aquí lo que dice Arria (he arreglado una que otra obvia incorrección de su escritura y suprimido las ilegítimas comillas que emplea cuando «cita» a Carter, por cuanto así intenta hacer creer que ciertas frases son textuales del ex presidente cuando no es así): «En esta columna del domingo en el Washington Post, Jimmy Carter destaca lo imprescindible de contar con una autoridad electoral no partidista y confiable que conduzca el proceso—antes y después de la votación. Dice que las autoridades de la Florida han demostrado que son por lo contrario gente que sigue línea partidista violando así la condición universal de que la autoridad electoral sea confiable en el manejo de todo el proceso electoral… Esta declaración de Carter es obviamente correcta… pero lo incorrecto e inmoral de su parte es que sabiendo que en Venezuela la situación era bastante peor que en la Florida (donde existe un gobierno democrático) se haya olvidado de esta ‘condición universal’ de confianza que debe merecer un ente electoral… De un cinismo aún mayor—si se puede—es que destaca que en la elección del 2000 en Florida parece que los problemas de entonces van a repetirse… aun cuando en muchas otras naciones se están conduciendo elecciones internacionalmente certificadas como transparentes, honestas y justas… y cita aquí a Venezuela como uno de estos ejemplos… Me parece que todos debemos escribir cartas al Editor del Washington Post. Diego».

O Diego Arria ha olvidado su inglés o su sesgo particular le permite extrapolar interpretaciones absolutamente inexistentes en el texto de Carter. Para empezar, en ninguna parte Carter ha dicho que no supervisa las elecciones de Florida porque en ellas haya ausencia de una comisión electoral no partidista o un funcionario no partidista en quien se confíe («A nonpartisan electoral commission or a trusted and nonpartisan official»). Ha dicho que no atiende Florida porque concede su atención prioritaria a las demandas internacionales—es en este contexto que menciona a Venezuela junto con otros países—y en ningún instante califica al referendo celebrado en nuestro país como una de las elecciones «internacionalmente certificadas como transparentes, honestas y justas», calificación que Arria extrae del aire. Por lo contrario, Carter dice claramente que todas las más de 50 elecciones internacionales que ha observado han sido celebradas bajo condiciones protestadas, perturbadas o peligrosas. («The Carter Center has monitored more than 50 elections, all of them held under contentious, troubled or dangerous conditions»). Carter hace su comentario sobre Florida en respuesta a otra pregunta: «¿Cómo explica usted los serios problemas con las elecciones allí?» («How do you explain the serious problems with elections there?») La interpretación de Arria Salicetti es enteramente inexacta, a pesar de que primero reconoce que Carter tiene razón respecto de Florida y por tanto también es inconsistente.

Más aún, Carter deja constancia de que él, junto con el ex presidente Ford, lideró un grupo bipartidista de expertos que elevó recomendaciones al Presidente y el Congreso de los Estados Unidos, justamente a partir de las dificultades electorales de Florida en 2000, y apunta también que su trabajo motivó la ley «Ayuda a América a Votar» de 2002, muchas de cuyas recomendaciones, lamenta, no han sido llevadas a la práctica por causa de «financiamiento inadecuado o disputas políticas».

La verdad es que el Centro Carter y la misión de la OEA hubiesen excedido sus funciones de observador si se hubiesen retirado de la observación del referendo venezolano—que es lo que Arria parece añorar—cuando la oposición convencional y poderosa les suplicaba que estuvieran hasta el último minuto en un proceso con los inconvenientes que justamente Carter y Gaviria reportaron, por cuanto les tenía por la única garantía. Así declararon sus líderes con la mayor vehemencia que, como no confiaban mucho en el CNE, sólo aceptarían los resultados que esos observadores certificaran. Todos sabemos que semejante declaración no fue cumplida y, por lo contrario, se llena de denuesto a Carter y a la observación de la OEA.

Esta observación, debe recordarse, tuvo una posición mucho más clara y valiente que la de la Coordinadora Democrática el tristemente célebre martes de carnaval de este año. Ese día, se recordará, Francisco Carrasquero anunció el proceso de reparo de las llamadas firmas de caligrafía similar, lo que en minutos provocó la explosión de innumerables focos de protesta por todo el país.

Ya antes, en la fecha del fatídico martes de carnaval, la Organización de Estados Americanos y el Centro Carter habían puesto en bandeja de plata, para uso de la oposición, su diplomática pero clarísima opinión de que lo decidido y anunciado minutos antes por Francisco Carrasquero estaba sustentado sobre criterio no compartido por los observadores internacionales. (Por absurdo).

Recordemos la secuencia. Primero Carrasquero leyó las cifras que reconocían como válidas solamente a un millón ochocientas mil firmas y separaban para posterior «reparo»—o examen de reparación—un poco más de 876 mil firmas por aquello de las planas.

En minutos la protesta espontánea hizo erupción en varios puntos del país, y es en ese clima de indignación ciudadana que Fernando Jaramillo y Jennifer McCoy deciden hacer su rueda de prensa. Ambos fueron claros: el criterio para no tener por válidas las firmas en «planillas planas» no les convencía, y su aplicación podía «afectar los resultados». También reiteraron su proposición de zanjar el asunto con el empleo de un procedimiento muestral.

Pero hubo más. El discurso inicial de Jaramillo mostraba un inequívoco carácter de despedida, pues comenzó a agradecer a los amigos de la Comunidad Europea por el apoyo brindado a la misión de observación y asimismo agradeció a los más de trescientos funcionarios de la OEA y el Centro Carter que habían trabajado en la observación, durante «estos meses». Es decir, Jaramillo emitía la señal de que estaba listo para dar informe definitivo de desaprobación al CNE en caso de que la Coordinadora Democrática optara por resonar con el país y dar, ella, la proverbial patada a la mesa.

Y es entonces, cuando el humo de los neumáticos quemados clamaba al cielo desde cientos de puntos del país, como habla a la Nación, en nombre de la CD, Julio Borges, flanqueado por el nuevo héroe nacional Antonio Ledezma. (Porque—»en aras de la unidad»—recientemente ha sabido capitalizar su «renuncia» a «legítimas» aspiraciones a cargo de alcalde, cuando no hace demasiados meses volantes que adelantaban su postulación como candidato presidencial tapizaban los suelos recorridos por alguna marcha cívica. Es ese cargo sobre el que sus miras están verdaderamente puestas).

Lo primero que dijo Borges fue que la CD «no estaba negociando nada». ¿Por qué creyó necesario la CD—o al menos su vocero de esa noche—arrancar su alocución al país con tal aclaratoria? Lo cierto es que los observadores internacionales no podían ir más allá de lo que declararon, y después debieron admitir el guión negociador de los coordinadores de la oposición.

Es así como la CD, inmersa ahora, además, en el tráfago de las elecciones regionales y municipales, pareciera insistir en líneas que a la larga relegitiman el régimen como gobierno democrático. ¿No están todos yendo a unas elecciones? ¿Cómo se puede argumentar—se preguntará, por ejemplo, un atareado Jacques Chirac—que el gobierno de Chávez es autocrático, si todos los partidos han inscrito candidatos a esas elecciones? (La cita en cursivas es de la Carta Semanal #80 de doctorpolítico, del 1o. de abril de 2004).

Fue la Coordinadora Democrática, la misma que dio la espalda a Martini Urdaneta, la que insistió en la ruta pompeyista de «la rendija» de los reparos, y convirtió a Quirós Corradi, ahora pendiente de las consecuencias de su solidaria firma en el decreto horrible de Carmona, en el negociador estrella de «la oposición».

Yo recomendaría a Diego Arria que revisara su lectura del artículo de Carter, porque las acusaciones de inmoralidad y cinismo que arroja sobre éste son tan graves como infundadas e injustas. El país debe una enormidad al ex presidente Carter y al ex secretario general Gaviria, y es una vergüenza nacional que se les ataque de modo tan irresponsable.

LEA

……..

apéndice: texto en inglés de artículo de James Carter en The Washington Post

Still Seeking a Fair Florida Vote

By Jimmy Carter

Monday, September 27, 2004; Page A19

After the debacle in Florida four years ago, former president Gerald Ford and I were asked to lead a blue-ribbon commission to recommend changes in the American electoral process. After months of concerted effort by a dedicated and bipartisan group of experts, we presented unanimous recommendations to the president and Congress. The government responded with the Help America Vote Act of October 2002. Unfortunately, however, many of the act’s key provisions have not been implemented because of inadequate funding or political disputes.

The Carter Center has monitored more than 50 elections, all of them held under contentious, troubled or dangerous conditions. When I describe these activities, either in the United States or in foreign forums, the almost inevitable questions are: «Why don’t you observe the election in Florida?» and «How do you explain the serious problems with elections there?»

The answer to the first question is that we can monitor only about five elections each year, and meeting crucial needs in other nations is our top priority. (Our most recent ones were in Venezuela and Indonesia, and the next will be in Mozambique.)

A partial answer to the other question is that some basic international requirements for a fair election are missing in Florida.

The most significant of these requirements are:

—A nonpartisan electoral commission or a trusted and nonpartisan official who will be responsible for organizing and conducting the electoral process before, during and after the actual voting takes place.

Although rarely perfect in their objectivity, such top administrators are at least subject to public scrutiny and responsible for the integrity of their decisions. Florida voting officials have proved to be highly partisan, brazenly violating a basic need for an unbiased and universally trusted authority to manage all elements of the electoral process.

—Uniformity in voting procedures, so that all citizens, regardless of their social or financial status, have equal assurance that their votes are cast in the same way and will be tabulated with equal accuracy.

Modern technology is already in use that makes electronic voting possible, with accurate and almost immediate tabulation and with paper ballot printouts so all voters can have confidence in the integrity of the process. There is no reason these proven techniques, used overseas and in some U.S. states, could not be used in Florida.

It was obvious that in 2000 these basic standards were not met in Florida, and there are disturbing signs that once again, as we prepare for a presidential election, some of the state’s leading officials hold strong political biases that prevent necessary reforms.

Four years ago, the top election official, Florida Secretary of State Catherine Harris, was also the co-chair of the Bush-Cheney state campaign committee. The same strong bias has become evident in her successor, Glenda Hood, who was a highly partisan elector for George W. Bush in 2000. Several thousand ballots of African Americans were thrown out on technicalities in 2000, and a fumbling attempt has been made recently to disqualify 22,000 African Americans (likely Democrats), but only 61 Hispanics (likely Republicans), as alleged felons.

The top election official has also played a leading role in qualifying Ralph Nader as a candidate, knowing that two-thirds of his votes in the previous election came at the expense of Al Gore. She ordered Nader’s name be included on absentee ballots even before the state Supreme Court ruled on the controversial issue.

Florida’s governor, Jeb Bush, naturally a strong supporter of his brother, has taken no steps to correct these departures from principles of fair and equal treatment or to prevent them in the future.

It is unconscionable to perpetuate fraudulent or biased electoral practices in any nation. It is especially objectionable among us Americans, who have prided ourselves on setting a global example for pure democracy. With reforms unlikely at this late stage of the election, perhaps the only recourse will be to focus maximum public scrutiny on the suspicious process in Florida.

Former president Carter is chairman of the Carter Center in Atlanta.

© Copyright 1996-2004 The Washington Post Company

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CS #105 – El zángano y la abeja

Cartas

Un mito generalmente difundido en Venezuela interpreta que la sociedad está mal, en gran medida, en razón de desmesurados procesos de corrupción, a consecuencia de los cuales un grupo poco numeroso de gente sin escrúpulos sustrae indebidamente una renta social que, distribuida como debiese, daría por resultado un país feliz.

A mediados de la década de los ochenta el ilustre Dr. Humberto Njaim, a la sazón profesor del Instituto de Estudios Políticos de la Universidad Central de Venezuela, publicó un miliar estudio sobre el tema de la corrupción en Venezuela. (Costos y Beneficios Políticos de la Ley Orgánica de Salvaguarda del Patrimonio Público, Revista de la Facultad de Derecho, UCV). Njaim aventuró una gruesa estimación del peculado en Venezuela y concluyó que la dictadura de Pérez Jiménez había sustraído el equivalente de 1% del presupuesto nacional de cada año, mientras que la democracia había alojado un peculado mayor, de 1,5%.

A primera vista las cifras suenan pequeñas, dada nuestra convicción estándar de que Venezuela sería un país particularmente corrupto. Aplicada, sin embargo, la tasa de «corrupción democrática» estimada por Njaim al presupuesto de 2004 (50 billones de bolívares), se estaría hablando de 750.000 millones de bolívares sustraídos por corrupción en el año. (Si es que las tasas actuales no son mayores que el índice Njaim, lo que pareciera ser el caso).

Pero visto el asunto desde otro ángulo, habría que decir que la democracia en Venezuela permitió el respeto a 98,5% de los recursos públicos que no fue sustraído, una buena noticia, sin duda. No puede ser, por consiguiente, que nuestros problemas como nación se deban a un tumor—indudablemente pernicioso y execrable—de 1,5% de tamaño. Algo equivocado debe haber en el manejo de una inmensa mayoría de los recursos públicos que no son objeto de corrupción.

En todo caso, llevados al equivalente en divisa norteamericana al precio actual del mercado libre los recursos del peculado montan a la cifra de 290 millones de dólares. Esta cantidad no era sino el 2,5% del faltante en los balances de la empresa Parmalat cuando se descubrió su gigantesca estafa.

Y desde el punto de vista del impacto directo sobre la ciudadanía, el cuociente que resulta de dividir el monto teórico de la corrupción entre la población venezolana arroja la cantidad de 30 mil bolívares al año. Este es el perjuicio ciudadano individual causable por corrupción en 2004. No es el caso que si se repartiese directamente esa cantidad a cada habitante la pobreza desaparecería del país.

Por tanto es importante conocer las proporciones reales de la corrupción en Venezuela y, sin cejar en el esfuerzo por moderarla, desmitificarla como presunta causa de atraso y subdesarrollo.

De algún modo el electorado está preparado para esta reinterpretación, pues la corrupción ha disminuido sensiblemente como problema percibido por la población. En 1992 era considerado como el segundo problema más importante del país (23% de la opinión pública lo mencionaba tras 25% que señalaba el estado de la economía como problema principal). Para diciembre de 2003 su mención se había reducido a sólo 1%, muy por debajo del desempleo (33%), la situación política (24%), la delincuencia (17%) y la situación económica (16%). (Estudio Perfil 21 Nº 57, Consultores 21).

(Para 1992 los principales problemas del país se ordenaban así: mala situación económica 25%, corrupción 23%, delincuencia 11%, desempleo 7%, situación política 5%. Obviamente ha habido desplazamientos muy significativos en la percepción nacional de los problemas más importantes).

……..

En 1959 Edward Lorenz, meteorólogo, manipulaba el clima artificial y meramente simbólico de sus modelos matemáticos en su primitivo computador Royal MacBee. Había formulado ecuaciones que relacionaban variables como temperatura y presión atmosférica y confiado al computador el tedioso cálculo de las interacciones, el que imprimía tablas de resultados y hasta un escueto gráfico que mostraba las oscilaciones del clima a lo largo del tiempo.

El computador de Lorenz no tenía mucha capacidad: sólo podía calcular hasta seis posiciones decimales. Pero el impresor era aun más lento, y por tal razón se le pedía que imprimiese los sucesivos valores sólo hasta los tres primeros decimales.

Un buen día Lorenz notó un segmento de gráfico que llamó su atención, por lo que se dispuso a correr el modelo de nuevo en el computador, a fin de examinar con mayor atención el episodio de su interés. Pero en lugar de arrancar los cálculos desde el inicio, dada la lentitud del cómputo, decidió tomar como condiciones iniciales valores previos de las variables cercanas a la zona interesante de las curvas. Así, tomó las hojas impresas, seleccionó un punto en el tiempo, previo pero no muy lejano, leyó los valores correspondientes, los ingresó manualmente a la máquina y arrancó el cómputo. Luego, para evitar el tedio, se fue a tomar café.

Cuando Lorenz regresó a su laboratorio se llevó una sorpresa mayúscula. El impresor trazaba ahora trayectorias enteramente distintas para las variables, y el gráfico no se parecía en nada a lo que originalmente había despertado su curiosidad. Al principio creyó que la causa sería un desperfecto repentino en el computador, o tal vez un error en su sistema de ecuaciones. Poco después encontró la verdad: en realidad no había especificado exactamente las mismas condiciones iniciales, pues leyó valores impresos con tres decimales redondeados, cuando entretelones el computador calculaba seis posiciones decimales. El error de una diezmilésima en la condición especificada para el nuevo cómputo había generado, con el paso del tiempo, discrepancias de gran magnitud. Había nacido la ciencia del caos.

Rápidamente Lorenz sacó la consecuencia: los sistemas complejos revelan una gran sensibilidad a las condiciones iniciales, y una pequeñísima diferencia en éstas puede acarrear a la larga diferencias descomunales.

La metáfora con la que este carácter de los sistemas complejos se popularizó adoptó ropaje, naturalmente, climatológico. Se la bautizó como el principio del ala de mariposa: en un sistema tan complejo como el clima, el aleteo de una mariposa en China puede causar un temporal en California.

Esta característica de los sistemas complejos salva, justamente, la trascendencia de lo individual, de lo más pequeño, aun en medio de la mayor enormidad. El más pequeño acto individual determina la forma del futuro, y por tanto la complejidad no es excusa para prescindir de la ética personal. La corrupción, independientemente de su tamaño, es algo social y personalmente malo, y nada debe excusarla.

La más moderna interpretación científica de la complejidad provee fundamento fuerte a un principio consustancial a la libertad económica: el respeto por el individuo, por la trascendencia de sus actos libres. En el enjambre de un país, de una economía, no es posible despreciar la acción individual. Una abeja puede hacer la diferencia. Una persona individual es responsable por todo el futuro de la humanidad, y para serlo plenamente necesita la libertad.

LEA

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CS #104 – Seminario aniversario

Cartas

Los lectores asiduos de Scientific American habrán seguramente notado en sus páginas el anuncio y oferta de los juegos de la serie WFF’n Proof. Se trata de estupendas herramientas didácticas para la seria enseñanza de disciplinas del conocimiento, de modo ameno aunque no por eso poco riguroso. Todos los juegos WFF’n Proof permiten la práctica constructiva. Allá por 1975 y 1976 los manejé todos con mis amigos y compañeros Eduardo Quintana Benshimol, que en paz descanse, y Juan Forster Bonini.

Queries’n Theories, por ejemplo, uno de los juegos del conjunto, es un magnífico tutorial para la comprensión del método científico o la modelación de la lingüística generativa. Los dos mejores de la colección son, sin duda, Propaganda y el juego que, como cuento cimero de Borges, da su nombre a aquélla: WFF’n Proof. Este último sirve para aprender el más fundamental de los sistemas de la Lógica: el cálculo proposicional, que dejaré para después. Propaganda es de inmediato interés político, porque adiestra en la identificación de las falacias de empleo más común con fullera intención de ganar adeptos o desacreditar oponentes. Para propósitos de este «seminario» informal, con ejemplos que facilitarán su comprensión, seleccionaré sólo tres de las falacias más frecuentes.

La primera, la falacia de asociación. Por estos días se escucha en televisión el siguiente pretendido razonamiento (más o menos en estos términos): «¿Sabe usted que Paul Ehrlich descubrió o hizo tal o cual cosa y que en su época fue ferozmente atacado aunque tenía razón? ¿Sabe usted que la medicina sistémica, como Ehrlich, rompe paradigmas y es por eso atacada, aunque es la mejor medicina en el planeta?» (Ehrlich, nacido en Alemania en 1854, recibió el Premio Nobel de Fisiología o Medicina en 1908. Fue inmunólogo, uno de los fundadores de la quimioterapia, y antes bacteriólogo de la mano del mismísimo Robert Koch. En efecto, tuvo que librar encarnizadas batallas contra quienes se oponían al tratamiento de la sífilis humana con sus eficaces preparaciones arsenicales).

No tienen nada que ver, ni lógica ni causalmente, los aciertos de Ehrlich con la presunta excelencia de la medicina «sistémica». Sin entrar a la calificación de la supuesta eficacia terapéutica de esta «medicina», basta señalar que en ningún momento tal propaganda ha demostrado que cualquier pretensión que haya sido atacada es, por ese mismo hecho, plenamente verdadera. A pesar de lo cual el razonamiento suena impresionantemente, sobre todo si en el «infomercial» aparecen, para reforzar, unas cuantas batas blancas y testimoniales de señores y señoras que aseguran haberse curado del estreñimiento o los sabañones gracias a la «medicina sistémica».

Se trata de una trampa para cazar incautos, por exclusivo afán de lucro, brujería en pose abusiva de galenos. Espantarían a Hipócrates que, como Jesús, les habría fustigado como hipócritas mercaderes que son. Un verdadero médico mantendría un mínimo pudor, que le impediría asociar irreverentemente la memoria del gran científico de Silesia, cuando hace tiempo que no puede defenderse, con una estafa de ese tipo, no digamos hacerse insolente propaganda.

La segunda falacia a considerar en este seminario aniversario es bastante más común, lamentablemente. La ha empleado acá una abundancia de oradores y escritores, de Acción Democrática, el MVR, COPEI, el PPT, el difunto MAN, el zombi URD, entre muchos otros movimientos. Se la conoce en la Dieta del Japón, se la encontraba en la Duma de los zares, se la ubica en el Senado norteamericano, y fue empleada con destacado éxito en el Reino del Terror de la Revolución Francesa y los discursos de nuestro Juan Vicente González, además de ser raciocinio predilecto de Juan Barreto. Es una falacia tan vieja como la humanidad. Se trata del argumento ad hominem.

Consiste en el procedimiento, muchas veces psicológicamente eficaz y frecuentemente bajo, de refutar a alguien, no por la inconsistencia o invalidez de lo que diga, sino porque, digamos, es un destacado narcotraficante o un sádico consuetudinario.

Pero la veracidad de las aserciones de ese alguien no dependen para nada de la cantidad de veces que le haya pegado a su mujer ni de las toneladas de droga que haya podido remitir de contrabando. Su carácter es una cosa; su verdad o su falsedad una enteramente distinta. Las biografías malvadas no garantizan equivocación en el discurso.

Por ejemplo, no guarda relación ninguna con la posible validez o utilidad de las proposiciones de Alberto Franceschi, el hecho de que ahora milite en Acción Democrática, que antes perteneciera a Proyecto Venezuela, del que se separó alegando personalismos intolerables de Henrique Salas Roemer, tras lo que quiso fundar un partido con Gerardo Blyde antes de que éste recalara en Primero Justicia, que más atrás fuese, por propia admisión, trotskista, y que antaño hubiera estado, en ocasión precursora, cercano al partido blanco al que ahora adhiere. Su discurso no se hace inválido porque parezca un ejemplar genuino de esa clase de políticos iracundos, atrabiliarios (de bilis negra) que, como Jorge Olavarría, Alfredo Peña, Andrés Velásquez, José Vicente Rangel, Oswaldo Álvarez Paz, y tantos otros, creen que es preciso mostrar constantemente un rostro disgustado, al borde del enfurecimiento. (Aprovecho el ejemplo para comunicar al Sr. Wills, que inquirió por el Sr. Franceschi, que los correos que al respecto le he enviado rebotan de su dirección electrónica).

Para ponerlo de modo más brutal. El terrible carácter de Hugo Chávez no es prueba de la falsedad de ninguna de sus frecuentemente equivocadas aseveraciones como tampoco, naturalmente, de su veracidad. Ya le he dicho falaz en otros momentos, pero estrictamente en términos de lo que dice.

La tercera falacia es aun más solapada porque, aunque es exactamente la inversa de la anterior, usualmente se suministra con mayor lubricación, y en virtud de su penetración más suave es algo más difícil darnos cuenta de que estamos siendo persuadidos con engaño. Es la falacia de autoridad, por la que se atribuye veracidad a una afirmación porque sea proferida por persona especialmente competente.

Una vez más, no tiene nada que ver la autoridad de una persona, su prestigio, su trayectoria más o menos meritoria, con la veracidad o falsedad de lo que afirme en ocasión específica. Bolívar, por mencionar un caso de panteón, ya dijo en su época muchas pistoladas.

Pero tomemos un caso más próximo y vigente. Se me ha dicho que al Dr. Nelson Socorro le dijo el Sr. Gustavo Cisneros que Hugo Chávez le había dicho, en conversación telefónica a las 8 de la noche—antes se me aseguró que había sido a las 7 y media—del 15 de agosto de 2004, que no reconocería «estos resultados» del referendo revocatorio.

El Sr. Cisneros no necesita presentación en Venezuela, pero quizás algunos lectores no recuerden que el punto alto de la parábola pública del Dr. Socorro coincidió con su titularidad de la Procuraduría General de la República en el segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez, al que abandonó justo a tiempo, poco antes de su débâcle final, luego de que por bastante duración pareciera no haberse dado cuenta de nada indigno en esa presidencia. Esto es, el Dr. Socorro desempeñó altísimo cargo y es tenido por preclaro jurista en algunos círculos. Sin lugar a dudas es una autoridad.

Claro, he dicho a quien me transmitió la conseja que a las 8 de la noche no había todavía ni resultados ni totalizaciones, por lo que difícilmente el Sr. Chávez hubiera podido estar refiriéndose a eso, tal vez a algunas entre las famosas exit polls de las que ahora parece haber como arroz. Lo que no le he preguntado es cómo, si el Sr. Cisneros, o un avisado abogado como el Dr. Socorro, están persuadidos de que el Sr. Chávez hablaba de cifras recibidas en el CNE, no se percataron de que tal cosa sería clarísima evidencia de que ese presidente tenía acceso a esa hora a algo que debía desconocer, lo que ciertamente es hecho más grave que su alegada e innecesaria renuencia a reconocer una realidad política, y por qué entonces no lo han denunciado, con patriótica valentía, por tan obvio abuso premonitor de trampa. Por supuesto, descarto que el Sr. Cisneros o el Dr. Socorro hubieran, independientemente del Sr. Chávez, tenido directo acceso, quizás por celulares, a la misma data prohibida de las máquinas de Smartmatic y hubieran sido ellos quienes le confrontaran con tal información. (Se me asegura, también, que esas vapuleadas máquinas eran vulnerables a la clase de teléfonos que he mencionado).

Pero el punto de lógica no es ése. Evadiendo yo mismo la argumentación ad hominem—que pudiera llevarme a sugerir imprudente e irrelevantemente que el Sr. Cisneros no es un arcángel ni el Dr. Socorro un querubín—y aceptando que lo que me contaron pudiera ser cierto, la cuestión es que los destacados méritos de ambos ciudadanos no aportan ni un ápice a la veracidad del chisme, más tomando en cuenta que, como en el juego del teléfono, es muy probable que la traducción de lo que verdaderamente haya dicho el Sr. Chávez haya podido transformarse a lo largo de una cadena de transmisión de tres eslabones y lo que haya llegado a mi oído—el cuarto—esté distorsionado.

Las falacias son argumentos inválidos, aunque se disfracen con apariencia de validez, y es importante políticamente que los ciudadanos podamos detectarlas al rompe y defendernos de ellas. En interesantísimo libro de Postman & Weingartner—Teaching as a subversive activity—se aducía que una de las funciones cruciales de la educación consiste en proveer a los educandos de un «detector de porquería».

……..

Pido ahora la paciente lealtad del lector cuando me desplazo del campo del juego Propaganda, al de WFF’n Proof, el terreno del cálculo proposicional. Prometo hacerme entender.

Dicho cálculo trata, como su nombre lo indica, de la lógica de las proposiciones que los humanos hacemos. A este fin las trata como entidades compuestas por afirmaciones, capaces de entrelazarse entre sí mediante lo que en gramática llamamos conjunciones o, en lenguaje técnico de la lógica, lo que conocemos por «conectivos». Son cuatro los conectivos que la lógica elemental considera (apartando el «conectivo» de la negación, que se aplica a un solo término y por ende no conecta dos proposiciones, como en «esta casa no es blanca»): 1. el presente en la fórmula «esta casa es blanca y el perro es bravo»; 2. el de «esta casa es blanca o el perro es bravo»; 3. el envuelto en «si esta casa es blanca entonces el perro es bravo» y, finalmente, 4. la fuerte implicación en «esta casa es blanca si y solo si el perro es bravo».

Pues bien, la lógica proposicional evalúa la capacidad significativa de los conectivos, independientemente del contenido específico de las proposiciones conectadas. Esto es, las evalúa así: «a y b»; «a o b»; «si a entonces b»; «a si y solo si b».

¿Cómo lo hace? Examinando las consecuencias, para la proposición general conectada, de considerar verdadera o falsa cada proposición «atómica» por separado. Por ejemplo, la proposición compleja «a y b» es evaluada así: sólo es verdadera cuando simultáneamente «a» y «b» son verdaderas. Para poder afirmar que «esta casa es blanca y el perro es bravo» requiero que sean verdaderas por separado las aseveraciones «esta casa es blanca» y «el perro es bravo». En los restantes tres casos la afirmación combinada es falsa. Al método práctico de tabular las distintas posibilidades se le llama una «tabla de verdad».

Ahora, créanme cuando les digo que la tabla de verdad de la implicación simple («si esta casa es blanca entonces el perro es bravo») indica que tal proposición molecular es verdadera en tres de cuatro casos y falsa sólo en uno de ellos. (Solamente cuando sea verdad que esta casa es blanca pero falso que el perro sea bravo. Quien no me crea puede divertirse jugando con tablas de verdad en sitios de Internet como http://sciris.shu.edu/~borowski/Truth/).

Falta poco. Estamos llegando al llegadero. Pues resulta que al menos desde el 10 de mayo de 1976 se conoce un teorema del cálculo proposicional que observa lo siguiente: que la afirmación («si esta casa es blanca entonces el perro es bravo») es falsa en uno de cuatro casos, como está dicho; pero si añadimos otra implicación y decimos «si Chávez es furibundo entonces si esta casa es blanca entonces el perro es bravo», tan enrevesada construcción será ahora falsa solamente en uno de ocho casos. Y si agregamos todavía una implicación más, como por ejemplo en «si Socorro cuenta cuentos entonces si Chávez es furibundo entonces si esta casa es blanca entonces el perro es bravo», tan inútil y complicado razonamiento será falso ¡solamente en uno de dieciséis casos posibles! Etcétera. Una implicación más nos llevaría a una falsedad contra 31 verdades y otra más a 63 resultados veraces contra uno solo falso. Und so weiter. Es decir, que nos podemos aproximar a la veracidad total, a una tautología, tanto como queramos mediante el sencillo expediente de ir poniendo implicaciones como pegostes adicionales.

Bueno, este hallazgo de la Lógica tiene uno análogo psicológico y político. Porque cuando decimos que Rendón determinó que hubo topes al «Sí», y añadimos que fotografiaron a soldados vaciando cajas contentivas de vouchers electorales, y que Hausmann encontró un cisne negro, y que Gaviria se vendió a Haliburton, y que mi mamá salió premiada con una papeleta «1. Sí», y que Cisneros arrancó del presidente Chávez la admisión de su culpa, y que Rodríguez no quiere mostrar las cajas, y que hubo transmisiones de Smartmatic en horario proscrito, y que un observador alemán aduce conocer encuestas a boca de urna de los militares que daban perdedor al «No», y que un periódico vasco tuvo las cifras que luego anunciaría el CNE a las 5 de la tarde del 15 de agosto, y que los carapaicas no celebraron, y que era imposible que el «No» ganara en territorio de Rosales, y que hubo el voto especular que Zamora prematuramente denunciara y ya ha olvidado, y que diez mil implicaciones más hasta la náusea están presentes, la impresión que se causa es abrumadora, y un espíritu inocente se convence irremisiblemente de que hubo fraude, cuando se sustituye la presencia de aunque sólo fuera una prueba efectiva e irrefutable, por una numerosa piraña de indicios de dudosa factura y procedencia.

Lo que llevaría a un buen detective a recelar la incongruencia de tan nutrida colección de indicios con el modus operandi conocido y el famoso carácter y antecedentes del principal sospechoso. Esto es, que la probabilidad de que tantas cosas se hayan dado juntas sólo es compatible con la siguiente hipótesis: los del «No» hicieron fraude, pero se habrían dedicado a la juerga y al descuido—por lo que dejaron tal cantidad de huellas que todavía le tomará un mes al enjundioso Tulio para documentarlas todas—durante toda la campaña, iniciada no cuando Jorge Rodríguez anunciara que el referendo había sido convocado, sino en 2002, durante las discusiones de la nunca bien ponderada Mesa de Negociación y Acuerdos, a la que justamente el gobierno llevó el desafío del referendo revocatorio.

Chávez, amigos, está loco, pero no come de aquello. LEA

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CS #103 – Juvenalia y tropicalia

Cartas

Los cisnes—que son, como se sabe, palmípedas—no cacarean. Más bien graznan. Las aves que cacarean se encuentran propiamente dentro de la familia de las gallináceas. (No todas las gallináceas, es de advertir, cacarean). Sin embargo, una de las más cacareadas de las «pruebas» de fraude sistemático y masivo es un estudio cuyos autores son Ricardo Hausmann y Roberto Rigobon (¿Rigobón?) y que lleva por título «En busca del cisne negro: Análisis de la evidencia estadística sobre fraude electoral en Venezuela».

Los autores justifican la escogencia del título justo en el párrafo final, conclusivo, de su reporte. Así escriben: «En estadística es imposible confirmar una hipótesis, pero sí es posible rechazarla. Como dijera Karl Popper, el observar 1.000 cisnes blancos no demuestra la veracidad de la tesis de que todos los cisnes son blancos. Sin embargo, observar un cisne negro sí permite rechazarla. Parafraseando a Popper, nuestro cisne blanco es que no hubo fraude. Los resultados que obtenemos constituyen un cisne negro. La hipótesis alternativa de que sí hubo fraude es consistente con nuestros resultados y por tanto no podemos rechazarla». (He acentuado para los autores el adverbio de afirmación «sí» en la cita precedente, dado que a lo largo de su trabajo encuentran a veces dificultad para hacerlo).

Bueno, Popper no dijo exactamente eso. Lo que dijo exactamente—y que admitiré como de igual validez como base para el enunciado general de los autores: «En estadística es imposible confirmar una hipótesis, pero si (sic) es posible rechazarla»—es lo siguiente: «…no importa cuántos casos de cisnes blancos podamos haber observado, esto no justifica la conclusión de que todos los cisnes son blancos». («……no matter how many instances of white swans are observed, this does not justify the conclusion that all swans are white». Karl Raimund Popper, The Logic of Scientific Discovery, página 27, de la séptima impresión de la segunda edición inglesa, Hutchinson & Co., Londres, 1974).

Claro, es posible que Sir Karl haya empleado el número 1.000 o 1.500 o cualquier otro guarismo sugerente de enormidad en exposiciones informales. Quizás Hausmann y Rigobon conozcan de alguna conferencia o conversación del patriarca de la filosofía de la ciencia en la que esto haya ocurrido.

Pero es que tampoco el famoso ejemplo de los cisnes fue inventado por Popper, como pareciera sugerirse con la frase «Como dijera Karl Popper…». El ejemplo ha sido usado por una buena cantidad de lógicos y matemáticos, algunos de los cuales fueron anteriores a Popper, como en el caso de Gottlob Frege (1848-1925. La miliar obra de Popper—en su original alemán Logik der Forschung—es de 1934).

Pero ni siquiera el venerable Frege, precursor de Popper, Russell y Whitehead, entre otros, fue el originador del ejemplo del cisne negro. Los cuatro autores, en cambio, como correspondía a gente educada a fines del siglo XIX y principios del XX, habían sido adiestrados en las lenguas griega y latina, y debieron leer por imposición escolar textos enteros de literatura grecorromana. Seguramente Juvenal, el gran escritor satírico romano—nacido probablemente entre los años 55 y 60 después de Cristo y fallecido con posterioridad al 127—, les resultaba familiar. En la línea 165 de su Sátira VI, intentando mostrar que la castidad y la fidelidad—como la de Penélope—eran virtudes desusadas entre las damas romanas de su época, Juvenal dice: «rara avis in terris, nigroque simillima cygno». (En transliteración ligeramente diferente: «rara auis in terris nigroque simillima cycno»). Es decir, Décimo Junio Juvenal, acuñador de frases felices como «pan y circo» («panem et circenses») y de la terrible pregunta «¿quién vigila a los vigilantes?» («Quis custodiet ipsos custodes?») ya había dicho hace algún tiempo «pájaro raro en la tierra, como un cisne negro».

Pero eso es peccata minuta en el informe Hausmann-Rigobon, de significación estadística escasa, como lo es su inexacta denotación de paráfrasis para el empleo que hacen de Popper: «Parafraseando a Popper, nuestro cisne blanco es que no hubo fraude».

«Parafraseando» es, naturalmente, el gerundio del verbo parafrasear: «Hacer la paráfrasis de un texto o escrito», donde paráfrasis es «Explicación o interpretación amplificativa de un texto para ilustrarlo o hacerlo más claro e inteligible» o también «Traducción en verso en la cual se imita el original, sin verterlo con escrupulosa exactitud». Aunque la segunda acepción pareciese más cercana a lo que hicieron los autores, dado que no es muy exactamente escrupulosa la alusión a Popper, no podemos encontrar paráfrasis en este caso, puesto que la traducción no ha sido ofrecida en rima, ni siquiera asonante. Por lo que respecta al primer significado los mil cisnes de Hausmann y Rigobon no son explicación ni interpretación amplificativa de Sir Karl, tal vez ilustración que en nada hace más claro o inteligible al filósofo vienés. En consecuencia, lo que Hausmann & Rigobon entienden por paráfrasis es otra cosa: tomar palabras de terceros para argüir tesis propias.

Una vez más, pecado venial, como lo es asimismo el ocasional fárrago en su explicación. Por ejemplo, los autores inauguran su exposición, en busca de elegancia metodológica supuestamente letal, declarando así: «Partimos de la hipótesis de que no hubo fraude e intentamos buscar evidencia que nos permita rechazar dicha hipótesis». En la argumentación detallada, más adelante, construyen de este modo: «Nuestra hipótesis inicial era que si hubiese un fraude no perfectamente proporcional, este (sic) generaría un patrón de errores que causaría una correlación positiva entre ambas variables». Justo a continuación deconstruyen: «Encontramos dicha correlación positiva, lo que nos permite rechazar la hipótesis de que no hubo fraude». Unas veces la hipótesis parece ser que no hubo fraude; otras que sí.

Si uno se pone a pensar la cosa debe excusar este pecado menor de construcción confusa—en verdad, puesta al comienzo y al final del documento, la interpretación correcta es que su hipótesis inicial «es» que no hubo fraude—como debe uno tener por infracción mayormente inconsecuente que el Prof. Rigobon no sepa escribir bien el nombre de su instituto y proponga «Massachussets» en lugar del correcto «Massachusetts».

Etcétera. Estos son resbalones explicables ante la dificultad constructiva de un argumento tan elaborado como el de Hausmann & Rigobon. Otros deslizamientos semánticos del trabajo, como veremos, no son tan inocuos, tal vez inadvertidos, quizás intencionales.

……..

Gratia arguendi. Doy por buenos, por perfectos, todos los cómputos de los profesores Hausmann & Rigobon. Doy por sentado que los coeficientes obtenidos, los modelos empleados, los teoremas aducidos son absolutamente correctos. Es decir, admito—aunque no me conste del informe general, digamos «ejecutivo», que se ha dado a conocer (hay un «informe técnico» distinto, a menos que deba entenderse que los apéndices en inglés, seguramente por eso más técnicos y profesionales que en castellano, son ese «informe técnico»)—que los buscadores del cisne negro efectivamente hallaron ciertas cifras estadísticamente significativas que precisan explicación. Veamos ahora que es lo que a partir de ellas habría quedado comprobado.

Son dos los asertos fundamentales de H & R. Primero, que a partir del hallazgo de una cierta correlación estadísticamente significativa entre dos resultados «independientes» se ha demostrado que hay una probabilidad de 99,9% de que hubo fraude por alteración de los resultados del 15 de agosto. Luego, que la muestra supuestamente aleatoria de cajas auditadas en presencia de la observación internacional no lo sería en realidad, lo que naturalmente reforzaría las sospechas de fraude.

Vamos por partes, porque no se puede descartar alegremente el alegato de H & R como lo propone ayer Samuel Moncada en nombre del Comando Maisanta (según eluniversal.com): que creer en la explicación de aquéllos es «un acto de fe» porque «nadie (la) entiende». No es admisible una holgazanería intelectual como la de Moncada. Es su deber, como los lectores saben que John Erskine sostendría, ser inteligente.

Examinemos, entonces, la primera aseveración. ¿Por qué pretenden H & R haber comprobado la existencia de un fraude sistemático y selectivo, ejercido sobre sólo una fracción grande de centros de votación? Porque de haber existido un fraude como el que postulan se habría causado el resultado estadístico que han detectado. Pero H & R no han establecido en ninguna parte que solamente a través de ese hipotético fraude es como es posible que se obtenga tal resultado. Dicho de otro modo, no han demostrado que la única manera de obtenerlo es mediante el fraude postulado. No han descartado que otro factor o, más bien, una combinación de distintos factores pudiera generar lo que se observa. Entre su hallazgo que, como digo, for the sake of argument doy por cierto, y la conclusión de que hubo fraude en los términos descritos en su trabajo hay todo un hueco causal que los autores distan muchísimo de haber llenado. Se trata de dos cosas que lógica y materialmente son enteramente diferentes.

Con un poco más de detalle, son los propios autores quienes construyen dos medidas que comparan para encontrarlas congruentes entre sí hasta un punto tal que sería muy cuesta arriba explicar la congruencia en términos de puro azar. Estas dos medidas son la comparación, centro a centro, del número de firmas que solicitaron el referendo revocatorio y la votación según cifras del Consejo Nacional Electoral, por un lado; por el otro, la comparación, centro por centro, de los números provenientes de encuestas «a boca de urna» (exit polls) efectuadas el 15 de agosto y la misma votación de acuerdo con el CNE.

En la introducción de estas construcciones H & R proponen que, independientemente, las firmas consideradas y las exit polls pueden tenerse como estimadores útiles de la «intención de voto»: «Tomemos dos variables que están correlacionadas con la intención del elector: las firmas del reafirmazo realizado en Noviembre-Diciembre del 2003 y los exit polls».

Pero los autores se abstienen de mencionar que pudiera ser que estuviera relacionada la intención del elector con la votación. No vale argumentar en este punto que la intención de voto no guarda correlación con la votación cantada por el CNE porque hubo fraude, pues los autores han dicho «Partimos de la hipótesis de que no hubo fraude e intentamos buscar evidencia que nos permita rechazar dicha hipótesis». No es lógicamente admisible sostener, al inicio mismo del raciocinio, dos premisas mutuamente contradictorias, y tampoco es lógicamente admisible tener como postulado lo que se pretende como conclusión.

Aun si hubiera habido fraude, los resultados del CNE guardarían una relación con la intención de voto, imperfectamente, tal como esta intención guarda relación imperfecta con las medidas predilectas: las firmas y las exit polls: «Cada una de estas variables es una medida imperfecta de lo que pudo haber sido la intención del elector el 15 de agosto del 2003. Alguna gente que firmó pudo haber cambiado de opinión. Otros decidieron no firmar pues se trataba de un acto público, pero si (sic) estaban dispuestos a votar Sí en agosto pues el voto es secreto. Otros no estaban inscritos en el Registro Electoral Permanente (REP) para noviembre, pero si (sic) lo estuvieron para agosto. Las colas en la elección de agosto fueron particularmente largas y lentas y eso pudo haber limitado la capacidad de algunas personas de expresarse electoralmente, etc. Igualmente, los exit polls son una medida imperfecta de la intención de voto. Los encuestadores pudieron haber consciente o inconscientemente escogido una muestra sesgada. La gente pudo haber tenido más o menos intención de cooperar con la entrevista, etc. Lo importante es que ambas medidas deben estar correlacionadas con la intención del votante más no así con el fraude».

En efecto, como reconocen los autores con evidente honestidad intelectual, una buena cantidad de factores determinaría, no ya solamente la intención de voto, sino el voto real. De la lista parcial de factores que han mencionado, tan sólo la intención de voto puede explicar una amplia serie de variaciones significativas. Según el CNE, un record histórico de 9 millones 815 mil 631 conciencias ciudadanas debieron escoger en opción dicotómica que mucho distó de describir los complejísimos estados mentales de tal cantidad de almas. (Como saben quienes han leído algo de teoría de la complejidad, en un sistema de suyo complejo como un cerebro humano, acosado por una enorme variedad de datos sociales y personales pertinentes a una decisión tan portentosa como la del 15 de agosto, puede bastar un factor relativamente pequeño para que se produjera una inversión aparentemente incomprensible de la intención de voto. Pero no es necesario postular, a pesar de la neurosis social avasallante que presidió el 15 de agosto, episodios caóticos individuales de última hora—personas que queriendo desde largo tiempo votar «Sí» votaron «No» y personas que siempre quisieron votar «No» y votaron «Sí»—para darse cuenta de que el entubamiento de una opinión colectiva por una bifurcación es gruesa sobresimplificación de la variedad de razones para formar la intención y la decisión individuales).

Las posibles combinaciones factoriales que compondrían 9 millones 815 mil 631 conciencias ciudadanas son de enrevesado cálculo. Y es que no sólo los autores carecen, por propia admisión, de medidas perfectamente correlacionadas con la intención de voto, no digamos con el voto real, sino que tampoco disponen de un modelo completo de esa «intención de voto». (Vuelvo por un momento al uso entre comillas para destacar de una vez que he venido hablando de intención de voto como si fuera un objeto físico mensurable, cuando en realidad se trata de una etiqueta verbal para referirse a un complejo estado psicológico—actitudinal—sólo íntegramente asequible a quien lo aloja individualmente).

También admitirán los autores, por ejemplo, que no forma parte de su modelo que las encuestas de opinión pública son medidas imperfectas de la intención de voto, exactamente en el mismo sentido que las firmas del reafirmazo y las encuestas a boca de urna. Si ellos hubieran escogido comparar encuestas de salida y firmas de convocatoria con las encuestas previas habrían tenido que declarar estadísticamente significativa la marcada diferencia observable. Si uno siguiera en este caso el modo de razonar de los autores, tendría que sostener una de dos cosas: o que las cifras de los estudios de opinión eran fraudulentas, o que lo eran los números de firmas y los provenientes de las encuestas de salida. Tal vez con un 99,9% de confianza.

Pero es que además el estudio que comento está lleno de «supongamos» y «definimos». Por ejemplo, al comienzo mismo, con el rango de postulado definitorio, los autores dictan: «Definimos fraude como una diferencia entre la intención del elector y el registro oficial de los votos». La definición es de nivel bastante inferior a la que admitiría un juez, que exigiría considerar fraude a una diferencia entre los votos efectivamente emitidos y el registro oficial de los votos.

En cuanto a los «supongamos» hay un caso particular que llama la atención. Ocurre en el capítulo «La auditoría», y dice: «Para ejemplificar, supongamos que de los 4580 centros automatizados en nuestra base de datos, se alteraron los resultados en 3000 centros y no en los demás. Supongamos además que los 1580 centros no alterados fueron escogidos aleatoriamente». Pues bien, unas cuantas frases más allá, antes de haber probado nada, la suposición se ha transformado en hecho: «Es crítico que la elección se hiciese entre los 1580 centros sin modificaciones y no entre los 3000 centros alterados». A lo mejor es psicológicamente explicable tal resbalón o desplazamiento semántico por la prisa o anticipación que pudieran apresar, con satisfacción, a quienes creen haber encontrado un argumento imbatible en disputa política tan importante como la de lo que exactamente ocurrió el 15 de agosto.

Aquí hay que reconocer que la segunda gran afirmación de los autores—que la muestra que se empleara para la segunda auditoría no fue realmente aleatoria—parece estar mejor sustentada, aunque dependa también de nuestra conocida medida de «intención de voto»—las firmas—y otros factores con los que se enriqueció—o complicó—el modelo. («Para implementar esta estrategia utilizamos nuevamente nuestro modelo que relaciona firmas, tasa de participación electoral y nuevos votantes con el número de votos»).

Aunque la medida sea extrínseca a la composición de los centros es aplicada por igual a los centros que fueron auditados y los que no, y es la diferencia obtenida, mediante aplicación del mismo cuchillo romo en ambos casos, algo que el señor Samuel Moncada no puede simplemente desestimar. Si no quisiera irse a la prueba final y definitiva de la apertura y conteo de papeleta por papeleta, lo menos que el Comando Maisanta debiera admitir es que se haga una tercera auditoría en condiciones de aleatoriedad aceptables para todas las partes (incluida la muy vapuleada observación internacional).

Esta preocupante anomalía de la aleatoriedad sospechosa tampoco es demostración de fraude—los autores se cuidan de afirmar tal cosa—pero ciertamente llama a la sospecha y no puede ser políticamente desaparecida con la ligereza y felicidad que el señor Moncada exhibe. Tan grave asunto exige una explicación.

El cacareado informe «En busca del cisne negro» no es, en todo caso, la inexpugnable fortaleza lógico-metodológica que se ha querido hacer ver. En apariencia impecable, está plagado de defectos de fondo supra-estadísticos, de los que he señalado algunos en este somero comentario.

Hay otros que no he comentado y uno que no he señalado y a mi criterio resulta central. Los autores escogieron un método análogo al del recurso lógico de reducción al absurdo. Entre otras razones con la intención manifiesta de aparentar imparcialidad, también prodigaron gratia arguendi y asumieron como punto de partida la hipótesis de que no había fraude. Pero la teoría de la gravitación no es que no hay gravitación, sino lo contrario. La hipótesis del éter no es que el éter es inexistente, sino que existe, y que podría en consecuencia medirse su «viento». Sobre esta teoría se construyó el experimento de resultado nulo más famoso de la historia de la ciencia: el análisis con interferómetro de la velocidad de la luz por Michelson y Morley en 1887. (A la usanza de H & R, incluyo al final de este ya largo texto un apéndice sobre tan ilustrativo caso).

Del mismo modo la teoría del fraude es que hubo fraude, no que no lo hubo, a pesar de la hipótesis negativa inicial de Hausmann y Rigobon. Más honesto intelectualmente sería admitir que su verdadera tesis, lo que creyeron probar, es que hubo fraude electoral sistemático por manipulación de las cifras reales de votación el 15 de agosto, porque esto es lo que manifiesta y reiteradamente desean demostrar los autores. Adoptar la pose contraria es procedimiento sibilino, para no decir insincero. En otras palabras, el real cisne blanco de Hausmann y Rigobon es que hubo fraude—así, supongo, se los habría corregido Popper—y la negra rara avis que no lo hubo. Blanco con bata blanca es médico, negro con bata blanca es chichero.

Dicho sea de paso, Hausmann y Rigobon dicen—ni siquiera me tomé la molestia de estudiar en detalle la parte correspondiente del estudio—que la «hipótesis Rendón» de los «topes al Sí» debía desecharse, así como otras hipótesis alternas. Como con sus cálculos, doy por bueno su análisis a este respecto.

Pero no admito que han comprobado la existencia de fraude. Habiendo «fracasado» en su ostensible intento por demostrar que no hubo fraude—cuando en verdad lo que querían probar era justamente lo contrario—no han podido rechazar la hipótesis de fraude—»Esto nos impide rechazar la hipótesis de fraude»—que habían dicho que no era su hipótesis. En ningún caso han probado ni el fraude ni ninguna otra concebible constelación de factores que pudiera haber causado los resultados de sus alambicados y peculiares cómputos. Para haberlo hecho hubieran tenido que demostrar que no existe ninguna otra configuración factorial, distinta del azar y de una intención fraudulenta en acción, capaz de generarlos. Y siendo ellos quienes cantan fraude, sobre ellos pesa la carga de esa prueba.

Pero nunca fue verdad que partieran «de la hipótesis de que no hubo fraude», sino en realidad de la hipótesis de que no debiera haber discrepancias entre sus firmas y sus exit polls y los datos finales del CNE, discrepancias que fueron justamente lo que suscitó el estudio, lo que fue su origen. Fue su conclusión predeterminada, ya no un voto oculto, ya no una oculta intención de voto, lo que buscaron probar y no pudieron, ni siquiera porque ocultamente la tuvieron, inválidamente, como premisa.

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En cambio es de tenor diferente el camino emprendido por la Coordinadora Democrática, lo que pareciera fácil de explicar si se toma en cuenta que desde hace un tiempo, y posiblemente cada vez más en el futuro, puede notarse una independencia de criterios de Súmate respecto de la mayor central opositora. (Que en el caso del estudio encargado a Hausmann y Rigobon aparece además Súmate ligada a Primero Justicia—porque sus encuestas de salida se consideraron con las encargadas, otra vez por Súmate, a Penn, Schoen & Berland—partido al que la CD ya le torpedeara con el gran paro su ruta paralela—segunda, después de su difunta enmienda de recorte de período—del fenecido referendo consultivo).

Precedido de un bombardeo estratégico de ablandamiento dirigido por el propio general Mendoza—en video difundido y redifundido anteayer por distintos canales de televisión—el abogado Tulio Álvarez ha recuperado papel de protagonista con sus alegatos de ayer cerca del mediodía. Álvarez, por otra parte, entregó el primer informe de sus hallazgos al general Mendoza, quien en su intervención del martes había reconocido al famoso abogado como el líder de un equipo «escogido por la sociedad civil». (Idéntica caracterización de Álvarez—escogido por la sociedad civil—emplearon reporteros de televisión, en seguimiento de guión preestablecido. De mi lado tenía entendido pertenecer a la sociedad civil, pero no recuerdo que haya nadie solicitado a mi persona, o a la sociedad civil en su conjunto, opinión alguna acerca del liderazgo y composición de tal equipo).

En todo caso, las pretensiones de Álvarez son, como en el caso de H & R, dos tesis diferentes. La de menor pegada aduce que, según datos que habrían sido obtenidos de CANTV, estaría detectado un tráfico bidireccional entre las máquinas de Smartmatic y ciertos centros bajo control del gobierno y el CNE, durante todo el día 15 de agosto, cuando se suponía que la comunicación debió ser unidireccional y sólo después de que cada máquina hubiese completado su registro. Álvarez no insinuó siquiera que conociera el contenido concreto de las presuntas transmisiones, y señaló tan sólo que la evidencia estaba contenida en gráficos que exhibió de lejos, a la que se limitaba porque «la topología de la red es un asunto verdaderamente complicado». Tiene la palabra el fiscal acusador para interrogar al testigo Gustavo Roosen.

Pero el más fuerte argumento de Álvarez estuvo centrado en otra cosa: en las manipulaciones del Registro Electoral Permanente que habrían ocurrido antes del 15 de agosto, en expresas y evidentes violaciones de la legislación electoral que habrían acarreado la nulidad del acto del 15 de agosto y por ende configuran condiciones que aconsejan la impugnación del referendo.

Se trata, obviamente, de un tratamiento jurídico, que tendría que ser ventilado ante el Tribunal Supremo de Justicia, de conocida trayectoria contraria a cuanto se le haya ocurrido a la oposición manifiesta solicitarle.

El caso, a mi juicio, está bastante bien fundamentado por Tulio Álvarez, y bien pudiera adquirir, como los huracanes, proporciones de verdadero impacto político. Debe recordarse, sin embargo, que la oposición ya dispuso de un recurso jurídico de gran pegada—la decisión de la mayoría de la Sala Electoral Accidental sobre el caso de las firmas en planillas de caligrafía similar—y decidió dar la espalda a Alberto Martini Urdaneta y forzar su paso por la «rendija» de los reparos. No pareciera que éste fuera el caso ahora; a fin de cuentas la iniciativa legal parte de la CD, que en esta ocasión ha decidido transitar la avenida jurídica que antes rechazara.

Si hay éxito jurídico—más bien, jurisprudencial—puede haber un verdadero éxito político, que ofrecería aire urgentemente requerido por la central de oposición: habría que repetir el referendo, y con toda razón podría argumentarse que una nueva consulta, dado que el acto nulo pudo haber causado nuevas elecciones, debiera sucederse por elecciones presidenciales de producirse un triunfo del «Sí», aunque tal cosa ocurra después del 19 de agosto de 2004.

Pero ni el mismo Álvarez espera que tal cosa prospere en plazo perentorio: él mismo avisó que su informe definitivo será entregado dentro de un mes.

La tesis de Álvarez es poderosa y suficiente. No obstante, hay una cierta debilidad política en el planteamiento. Álvarez se refirió a las incorporaciones masivas de nuevos votantes, a las cedulaciones en masa, a las desapariciones de centenares de miles de venezolanos del REP, etcétera. Y la verdad es que tales abusos, verdaderos delitos electorales, fueron hechos abiertamente, a la vista de CNN tanto como de Globovisión. La Coordinadora Democrática no viene a enterarse de estos desaguisados ayer; los conocía perfectamente antes del 15 de agosto pues, como digo, el gobierno usó de toda triquiñuela, desfachatadamente, a la luz pública. A pesar de eso la CD fue a una consulta—»la cual aceptó»—a la que ahora impugnará a posteriori por razones que conocía de antemano. Es como Alfredo Peña descubriendo, en enero de 2002, que Chávez era golpista por lo del 92, después de que le había apoyado seis años más tarde, había sido su Ministro de Secretaría, y había llegado a la Constituyente y luego a la Alcaldía Mayor con votos de Chávez.

El esfuerzo de Álvarez, más que el casi incomunicable estudio de Hausmann & Rigobon, genera, por supuesto, un importante efecto psicológico: de algún modo muchos votantes del «Sí» sentirán una especie de alivio, en la creencia de que se ha probado que eran mayoría. Cuidado con este nuevo movimiento de fe, con tratar este dificilísimo proceso político como si se tratara de cuestión de fe, en un camino que precisará contar con la aquiescencia del Tribunal Supremo de Justicia. Ya la «sociedad civil» puso su fe en el 11 de abril de 2002, en el referendo consultivo, en el paro, en la primera convocatoria de revocación, en el reafirmazo, en la sentencia de la Sala Electoral, en el referendo revocatorio del 15 de agosto. No puede seguirse vendiendo desilusiones a esos ciudadanos.

……..
apéndice 1: el experimento de Michelson-Morley

Una de las consecuencias de la noción de movimiento absoluto en la física de Newton era la noción del «éter», hipotética sustancia que permitiría una referencia fija para medir contra ella los movimientos aparentes de los astros, todos—incluido el de la misma Tierra—obviamente relativos. Este planeta, como cualquier otro cuerpo celeste, debía sentir los efectos de un «viento del éter» al trasladarse en el seno de tal sustancia, del mismo modo que en un paraje sin ninguna brisa uno siente viento en la cara si se desplaza en un automóvil y saca el rostro afuera por la ventanilla. En el caso del éter, dado que se le postulaba igualmente como el medio en el que la luz era transmitida, el viento del éter se manifestaría en variaciones de la velocidad de la luz. Según lo implicado por la Philosophia Naturalis de Newton, uno debía medir una velocidad superior si la Tierra se acercaba a la fuente luminosa y una menor si se alejaba de ella.

Pues resulta que Albert Michelson (físico germano-americano) y Edward Morley (químico estadounidense) se propusieron realizar un cuidadoso experimento con la idea de detectar el famoso viento del éter y lo llevaron a cabo en 1887. Para esto se valieron de un interferómetro, un instrumento capaz de detectar la más mínima diferencia de velocidad entre haces de luz tendidos sobre direcciones diferentes. (En esencia un conjunto de espejos y semiespejos separaba un mismo haz en dos diferentes que recorrían exactamente la misma distancia pero en trayectorias que en un segmento eran perpendiculares entre sí).

Los pacientes Michelson y Morley repitieron el experimento una y otra vez. Lo hicieron en invierno y lo hicieron en verano, para medir el efecto desde posiciones dispares de la Tierra en el espacio. Una y otra vez.

Nada. Jamás pudieron detectar la más mínima discrepancia, en lo que se convirtió en el más famoso experimento de resultado nulo en la historia de la ciencia. No había viento del éter. La crisis se presentó en dimensiones dramáticas, pues el resultado nulo amenazaba con socavar irremisiblemente las bases fundamentales del edificio newtoniano, situación que, se comprenderá, produjo gran desasosiego en los físicos de la época.

Al rescate del genio inglés vino dos años más tarde el físico irlandés George FitzGerald y luego, independientemente, el físico holandés Hendrik Lorentz. Ambos postularon que no se había detectado el viento del éter porque los cuerpos tendrían la propiedad de contraer su dimensión en la dirección de su movimiento. La luz sí llegaría con más velocidad en la dirección del movimiento de la Tierra, pero como ésta acortaba su diámetro en esa dirección la luz tardaría más en alcanzar su superficie. Lorentz y FitzGerald ajustaron sus ecuaciones justamente para que pudiera explicarse de ese modo el resultado nulo del experimento de Michelson-Morley.

Ajá. La ciencia empírica exige que sus postulados sean verificables por la experiencia. Justamente eso era lo que habían hecho en 1887 Michelson y Morley, mientras que lo pretendido por FitzGerald y Lorentz no pasaba de ser una fórmula matemática en papel, muy elegante en su forma y muy eficaz para la salvación de la física de Newton, pero ¿cómo podía comprobarse que la postulada contracción existía en verdad?

Muy fácil. Al menos podía concebirse en principio un modo de verificar la cosa empíricamente. Bastaría construir una regla del tamaño del diámetro terrestre y medir con ella el acortamiento. Poco se tardó en concluir que tal procedimiento sería inútil, puesto que para realizar tal operación la regla tendría que acompañar a la Tierra en su tránsito por los cielos, y siendo un cuerpo físico tanto como ella, también sufriría la contracción de Lorentz-Fitzgerald exactamente en la misma proporción y por consiguiente jamás registraría una diferencia. La única solución entrevista no conducía a nada. Tendría que venir Einstein a poner las cosas en su sitio, pero eso es un cuento distinto. (Baste apuntar que el trabajo de Lorentz y FitzGerald no fue todo en vano. Un término específico de su ecuación fue empleado por Einstein en sus ecuaciones de la relatividad especial que, agarrando el toro por los cachos, empleó como axioma la idea de que la velocidad de la luz es una constante, independientemente del grado de movimiento de las fuentes luminosas).

En The ABC of Relativity Bertrand Russell pone de relieve el absurdo científico de la solución de FitzGerald y Lorentz con ayuda de una estrofa de la canción del Caballero Blanco (en «A través del Espejo» por Lewis Carroll, el autor de «Alicia en el País de las Maravillas»):

But I was thinking of a plan

To dye one’s whiskers green

And always use so large a fan

That they could not be seen.

En resumen, quienes sostenemos una postura racionalista no aceptamos como conocimiento válido lo que venga formulado de manera tal que no pueda en principio ser verificado o refutado por la experiencia, así venga en elegante empaque de impecable matemática. De quien postule grandilocuentemente una tesis con pretensiones de verdad, exigiremos una comprobación empírica. Si no se nos la ofrece, tenderemos a despreciar la tesis en cuestión, aunque ésta sea proferida por la mayor y más prestigiosa de las autoridades.

No toda explicación que esté construida con perfecta consistencia interna, pues, es una explicación satisfactoria. La explicación de Einstein fue preferible a la de Lorentz y FitzGerald porque no sólo era internamente consistente, no sólo no requería la indemostrable existencia de presuntos cambios inobservables, sino porque tomaba por postulado una comprobación obtenida experimentalmente. (La constancia de la velocidad de la luz).

Tan sólo la perfección lógica no es garantía suficiente, como saben los sabios más exigentes. Así escribió Bertrand Russell, en prólogo a la más famosa obra de su incómodo e implacable discípulo, Ludwig Wittgenstein: «Como alguien que posee una larga experiencia de las dificultades de la lógica y de lo engañoso de teorías que parecen irrefutables, me declaro incapaz de estar seguro de la corrección de una teoría sobre el único basamento de que no pueda conseguir algún punto en el que esté equivocada».

……..

apéndice 2: el encuentro de Wittgenstein y Russell

Lo que sigue es anécdota que mi entrañable amigo Eduardo Quintana Benshimol, fallecido hace unos años, me contó en 1974, hace treinta. Tiene que ver con cómo fue que Bertrand Russell y Ludwig Wittgenstein se conocieron. Russell estaba en Cambridge dando una clase, escribiendo teorema tras teorema en un pizarrón. Volteado hacia el salón notó la presencia de un joven con chaqueta, de pie, hacia el fondo—era Wittgenstein—y se percató de que éste movía negativamente la cabeza. Regresó por un momento a escribir sobre la pizarra y volteó de nuevo. Wittgenstein continuaba negando con la cabeza. Ya molesto, Russell le increpó, preguntándole cuál era el problema. A lo que el genio (Russell no lo era) dijo simplemente: «Profesor Russell, ¿podría usted por favor demostrarme que en este salón no hay un elefante?» (Hipótesis nula como la de que no hubo fraude el 15 de agosto, dicho sea de paso). Russell acogió confiadamente el reto y se lanzó a borrar el pizarrón y a escribir nuevos y larguísimos teoremas. Pero Wittgenstein permaneció impertérrito: «Perdone, Profesor Russell, pero eso no es una comprobación de que aquí no hay un elefante». Al borde del desespero Russell devolvió el desafío: «Bien, joven, ¿quiere usted demostrarnos a todos que en este salón no hay un elefante?» Dijo Wittgenstein entonces: «Con su permiso, Profesor Russell», y se movió en el salón hacia adelante, examinando calmadamente bajo los pupitres, tras unas cortinas y unos cuadros, hasta llegar al escritorio profesoral cuyas gavetas abrió y cerró para sentenciar: «Profesor Russell, en este salón no se encuentra un elefante».

Se non é vero é ben trovato. Eduardo Quintana me decía que Russell entendió inmediatamente que estaba ante un coloso, como después comprobaría. Tras la cita reproducida en el apéndice precedente, tomada de su introducción al Tractatus Logico-Philosophicus de Wittgenstein, no tuvo más remedio que admitir, con parco estilo británico de elogio: «But to have constructed a theory of logic which is not at any point obviously wrong is to have achieved a work of extraordinary difficulty and importance. This merit, in my opinion, belongs to Mr. Wittgenstein’s book, and makes it one which no serious philosopher can afford to neglect».

Pues bien, el elefante de Hausmann & Rigobon era el fraude, y su estudio un «pizarrón de Russell», inconexo con existencias concretas. A lo más que hubieran podido aspirar era a sostener que las anomalías encontradas justificaban un examen ulterior, porque ellas hubieran podido ser causadas por un fraude perpetrado según imaginaron. Jamás han debido afirmar, con la soberbia e irresponsabilidad con que lo hicieron, que habían probado que había habido fraude porque no habían podido rechazar la hipótesis alternativa de que lo hubo. En la época que a Eduardo tocó vivir, a eso se le hubiera tenido por grave pecado, no metodológico, sino moral.

LEA

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