por Luis Enrique Alcalá | Nov 19, 2004 | Cartas, Política |

José Vicente Rangel estaba allí, también Isaías Rodríguez, Juan Barreto. Jesse Chacón y Andrés Izarra, Cilia Flores e Iris Varela, Vladimir Villegas y Nicolás Maduro, Jorge Rodríguez y Darío Vivas. Todos estaban allí, en el sitio del atentado. Es natural que allí estuvieran.
Pero eché en falta las caras de Julio Borges, de Pompeyo Márquez, de los alcaldes de Baruta, Chacao y El Hatillo, de Enrique Mendoza, de Henry Ramos Allup y Eduardo Fernández. Allí debieron estar y no estuvieron. Tan sólo aparecieron los opositores José Luis Farías, diputado de Solidaridad, y Claudia Mujica, defensora de los ex fiscales del ministerio público destituidos por el fiscal general Isaías Rodríguez, para expresar su repudio al crimen. Tal vez los otros llamaron a celulares del gobierno para un contacto humano.
Cuando ocurrió el «carmonazo», no hubo de parte de los más ostensibles líderes de la oposición una condena suficiente, contundente e inequívoca de ese vergonzoso episodio. Esta vez no puede pasar lo mismo. Si algo quedase de Coordinadora Democrática, debiera convocar hoy mismo a una de esas marchas que antes preconizaba, para expresar el más claro y amplio repudio al asesinato monstruoso del fiscal Danilo Anderson. Si alguna sensatez y responsabilidad política reposaran en los que una vez fueron—ya no lo son—los líderes de la oposición, hoy mismo debieran aproximarse al gobierno y acercarse al pueblo para un gesto de patria, para una elevación por sobre las terribles diferencias y para la construcción de unanimidad nacional en la condena a tan criminal y estúpida acción. Para condenar que hace nada salía en prensa nacional un obituario y conmemoración del manco coronel von Stauffenberg en el que se sugería, con obvia intención local, que el magnicidio de tiranos, con palabras de ilustres romanos y hasta de un doctor de la Iglesia, es de suyo moralmente meritorio. Para cesar en este juego demencial de muerte.
Sin esguinces, sin condicionamientos. Eso le sale a cualquier liderazgo ejercido o por ejercer en Venezuela. Eso le sale al país entero. A cada venezolano, pero muy en especial a quienes forman opinión, a quienes hacen vida pública. Desde la Conferencia Episcopal Venezolana, que seguramente hablará de inmediato, hasta los feligreses de cualquier religión; desde los dueños de cada medio de comunicación del país hasta el más íngrimo de los reporteros; desde el más grande y próspero empresario, el más encumbrado académico o el más cotizado cantante, hasta el pulpero más sencillo, el maestro más humilde y el más alcanzado serenatero.
Quiero ver páginas enteras de comunicados de repudio en los periódicos. Quiero ver allí las firmas de Elías Pino Iturrieta y Pedro León Zapata, las de Albis Muñoz y Rafael Alfonzo, las de Teodoro Petkoff y Tulio Álvarez, las de María Corina Machado y Gerardo Blyde. Quiero oír a cada ONG condenar la brutalidad y el abuso, quiero ver el programa Aló Ciudadano con una banderita nacional a media asta, quiero una llamada de Silvino Bustillos para ofrecer su llanto, y la valiente asistencia de Napoleón Bravo y Ángela Zago a las exequias del fiscal preincinerado.
No hay ganancia ninguna en tan abominable atentado. Sólo en mentes enfermas puede caber la noción de que una puñalada tal al corazón venezolano, tal vergüenza y tal rabia, pueden servir a algún propósito. Hasta el nazi periférico Carl Schmitt escribía: «No existe objetivo tan racional, ni norma tan elevada, ni programa tan ejemplar, no hay ideal social tan hermoso, ni legalidad ni legitimidad alguna que puedan justificar el que determinados hombres se maten entre sí por ellos».
Más allá de lo criminoso hay estupidez de lo más reconcentrada. Ya Bush la había cogido con Irak antes del 11 de septiembre. La monstruosidad del primer acto hiperterrorista de la historia galvanizó su ánimo, y ha llevado a las muchas muertes que sabemos. ¿Qué podrá estar pasando ahora por el afiebrado cerebro de Hugo Chávez, cuyo carácter es de por sí agresivo y propenso a la violencia? ¿Es que los «estrategas» de esta aberración terrorista quieren justamente desatar su ira? ¿Es que visualizan una política de etarras, eternizada en asesinatos que no sólo son criminales sino enteramente ineficaces políticamente hablando? ¿Qué es lo que se quiere? ¿Darle pretexto a un gobierno abusivo para que su represión sea más dura, para que la mordaza de la ley de contenidos sea apretada más, para que el seguimiento de los casos llevados por Anderson redoble su saña?
Claro que la neurosis de etiología política que nos domina desde que Chávez llegó al poder no dejará de sospechar que el crimen fue justamente un montaje gubernamental, la fabricación de una coartada para acelerar la tendencia totalitaria, para enfebrecer a la revolución. Claro que el peligro ha subido grandemente—el «riesgo país» debiera recrecer de inmediato—pues algún grupo armado paragubernamental, de esos que no cogen línea ni obedecen instrucciones—aunque sí a veces consignas—pudiera escoger un blanco representativo como represalia, y tratar el espantoso incidente como un Sarajevo del año 14, como un insulto que debe ser contestado con otro asesinato, con guerra.
Cilia Flores apuntaba a los reporteros desde Los Chaguaramos, con toda la razón pero sin ningún derecho, que una cosa tan consternante no está en el carácter venezolano, dado naturalmente a la paz. Porque tal declaración, si no totalmente cínica, es verdaderamente insólita. No ha habido en toda la historia de esta pobre ex provincia española un gobierno tan dado a la siembra del odio y la violencia como el que ella defiende. La semiótica fundamental del gobierno chavista es esencialmente agresiva e intolerante.
Si el 11 de septiembre de 2001, si las decapitaciones vídeoregistradas y difundidas por Al Jazeera, si las mutilaciones de rehenes, si todo esto es tan dantesco y de una proporción que casi acaba con el respeto que por nosotros mismos tenemos como especie, uno no puede dejar de preguntarse qué es lo que hacen los Estados Unidos para que un odio tan visceral y tan diabólico pueda habitar el corazón de bin Laden, los de sus kamikaze de líneas comerciales, los de radicales en Jihad que disparan a la cabeza de una mujer que dedicó su vida a trabajar por los iraquíes pobres.
Y uno se pregunta entonces: ¿es esto, Hugo Rafael, lo que tú querías? Porque Hugo Chávez ha venido preparando, abonando, sembrando, criando, estimulando, detonando la violencia. Es este país que ya no reconocemos el que su incontrolado e irresponsable verbo ha traído. Tú, Hugo Rafael, eres muy responsable de la muerte del fiscal Anderson. Tú inoculaste la fiebre.
Ahora veremos si es que de verdad puede llamársete líder. Si ahora que la muerte ha alcanzado a otro venezolano, esta vez a uno de tus más destacados oficiales políticos, eres capaz de erguirte, avergonzado de tu obra y refrenado en tu cólera, e impedir que este innecesario episodio se convierta en una escalada de violencia. ¿Es que necesitas otra comprobación de que nos llevas por rumbo equivocado? Si, como dices, el 11 de abril morigeró en algo tu terquedad ¿cuál es la lección que esta muerte te ofrece? ¿Serás capaz de aprenderla, o actuarás como aquellos a quienes criticas desde tus hábitos histriónicos?
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por Luis Enrique Alcalá | Nov 18, 2004 | Cartas, Política |

El 3 de noviembre el Presidente del Partido Socialcristiano COPEI, Eduardo Fernández, dirigía muy importantes y pertinentes palabras a la dirección nacional de esa organización. Se trataba de un sincero y valiente mea culpa, no exento de claridad. Así dijo:
«Hace seis años la oposición se propuso como objetivo sacar a Chávez del poder. Seis años más tarde, Chávez está más atornillado que nunca en el poder, y la oposición más debilitada que nunca. Seis años son un lapso suficiente como para sacar conclusiones. Adoptamos una línea política hace seis años y hemos obtenido fracasos y fracasos, hasta el último, el 31 de octubre. Tenemos que analizar seis años de una política opositora equivocada: porque si el objetivo de la política de la oposición era sacar a Chávez y fortalecer a la oposición, hemos logrado exactamente lo contrario: Chávez está muchísimo más fuerte, dentro y fuera del país, y la oposición está mucho más débil, dentro y fuera del país. Pero, además, tenemos doce años de fracasos en COPEI. Vamos a abrir un debate sobre estas circunstancias».
Más adelante en su exposición opinó así:
«Hay dos ‘guarimbas’, que quisiera analizar. Una es el fraude: ‘no lo estamos haciendo mal, lo que pasa es que nos roban las elecciones’… Si eso fuera verdad, en nuestro análisis tendríamos que ver cómo hacemos para no ser tan bobos, que ganamos todas las elecciones y nos las roban… Aquí, ciertamente, hay mucho más ventajismo del que nunca antes habíamos tenido en la historia democrática de Venezuela y se ha presentado una cantidad grosera de irregularidades en materia de registro electoral y otros aspectos que son evidentes y están a la vista de todos. Pero la prueba de que sí se podía ganar, no obstante las terribles irregularidades, es que Morel ganó en Nueva Esparta y Rosales ganó en el Zulia; y que los alcaldes que tenían que ganar, ganaron… Aquí de lo que se trata es de tener votos suficientes para superar cualquier maniobra y donde no hay votos no hay para donde coger. El compañero que gana, lo hace con registro electoral o sin registro electoral… Hay que investigar a fondo las graves fallas presentadas por el Registro Electoral Permanente y el ventajismo del gobierno, que fue una cosa atropellante, grosera y sin precedentes. Pero, entiéndanme, como se demostró con Morel y con Rosales: cuando hay votos no hay manera de que nos roben las elecciones».
Y, lapidariamente, afirmó:
«…
comenté con algunos amigos que lo indicado el 15 de agosto pasado era que el líder más caracterizado de la Coordinadora Democrática, el compañero Enrique Mendoza, asumiera la derrota, derrota que se venía venir, derrota que él conocía tan bien como yo, o mejor que yo, porque él veía las encuestas antes que yo, y asumiera la derrota, anunciando que la Coordinadora Democrática ponía sus cargos a la orden, para que otros se dedicaran a administrar el capital político impresionante que teníamos y que fue reconocido por el CNE—capital político que se debe en buena medida y sin ninguna duda al trabajo del propio Enrique… Nada menos y nada más que cuatro millones de votos, 40% del electorado que votó por el SI.
Yo nunca he visto un suicidio político más insólito que el que se produjo como consecuencia de aferrarnos, de la manera como lo hizo la oposición, a la tesis del fraude».
Estas últimas palabras no fueron proferidas con intención de convertir a Enrique Mendoza en cabeza de turco o chivo expiatorio, sino como preparación para su personal oferta de poner su cargo partidista a la orden, así como invitó a toda la dirección nacional de COPEI a hacer lo mismo, y a abrir una profunda, descarnada y constructiva reflexión para sacar consecuencias de los doce últimos años de barranco para el partido. De hecho dijo: «Y la responsabilidad principal es mía. Repito, aquí no estamos en un debate para buscar chivos expiatorios, pero si ustedes tienen ganas de encontrar uno, aquí estoy a la orden».
Pero también reivindicó haber hecho recomendaciones estratégicas que fueron desatendidas, y que coinciden milimétricamente con lecturas de esta publicación. Por ejemplo, dijo Fernández: «¿Cuál fue la segunda recomendación que hicimos como recomendación estratégica para la campaña del 31 de Octubre? Desnacionalizar el debate. Si manteníamos la lucha frente al 31 de octubre como una continuación del referéndum estábamos derrotados otra vez
como en efecto (ocurrió)
Hicimos de la campaña electoral una continuación del debate del referéndum revocatorio, y lo volvimos a perder». (En el número 101 de la Carta Semanal de doctorpolítico del 26 de agosto se decía: «Y los candidatos no chavistas deberán ocuparse de sus respectivas montañas estadales y municipales, ofreciendo soluciones a su escala, antes que inscribiéndose en una lucha de rebeldía ante el poder central, porque lo que está ahora en juego es el poder descentralizado
»)
Muchas más cosas importantes, atinadas y claras dijo Eduardo Fernández el 3 de noviembre. Ahora bien, a pesar de su lucidez y su valentía, es difícil que el partido pueda recuperarse en tanto franquicia política. (Expresión que Fernández empleó). La marca COPEI puede estar irreversiblemente dañada desde el punto de vista mercadológico, y su definición como organización demócrata-cristiana puede contribuir a mantenerla anclada en una comprensión de lo político que ya ha sido rebasada por los fenómenos de lo que Alvin Toffler llamara la Tercera Ola. COPEI, como Acción Democrática, es partido de la Segunda Ola, de una conceptualización del «problema social moderno» en términos de la Revolución Industrial. Lo que ahora se requiere son organizaciones cualitativamente diferentes, y es prácticamente imposible, a estas alturas, recomponer a algo como COPEI para forzarle a una metamorfosis que le convirtiese en lo requerido. Tal como observara Marshall Mac Luhan, un sillón Luis XV puede encontrar acomodo dentro de un apartamento de decoración modernísima, pero un Macintosh G5 en el Salón de los Espejos del Palacio de Versalles lo reventaría. El ambiente nuevo puede contener lo viejo; el ambiente viejo no puede contener lo nuevo.
Pero otra cosa muy distinta son los hombres y mujeres de COPEI. En tanto estén vivos seguirán siendo, como cualquier persona, esperanzas de humanidad, especialmente si asumen la disposición a aprender de los errores que traslucen las gallardas palabras de Fernández. Es así como sus vocaciones políticas no están en absoluto muertas. Están allí para la mutación conceptual, para darse cuenta de que ahora hay que hacer cosas distintas de lo que vinieron haciendo, vistos los resultados de una práctica y unos paradigmas demostradamente obsoletos. Reagrupados junto con otras voluntades políticas que pueblan el país, dentro de un nuevo espacio y un nuevo concepto, podrían estar llamados a tareas importantes, tanto a escala nacional como local.
El caso particular de Eduardo Fernández es especialmente rescatable. No hay duda de que el país invirtió en él ingentes esperanzas y recursos, que la Nación no puede darse el lujo de desechar considerándole en desahucio. No hay duda de que empleó buena parte de esas esperanzas y esos recursos para formarse como un activo nacional de calidad considerable. Esa inversión sigue siendo susceptible de capitalización. Fernández está vivo porque aprende, está vivo porque toma conciencia y nota de sus aciertos tanto como de sus errores, así esto haya tomado, como él mismo apunta, no menos de una docena de años. Nunca es tarde para las epifanías.
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por Luis Enrique Alcalá | Nov 11, 2004 | Cartas, Política |

La Política es un arte. A pesar de la legítima existencia de «ciencias políticas», la Política no es en sí misma una ciencia, sino una profesión, un arte, un oficio. Del mismo modo que la Medicina es una profesión y no una ciencia, por más que se apoye en las llamadas «ciencias médicas», la Política es la profesión de aquellos que se ocupan de encontrar soluciones a los problemas públicos.
Por tal razón, las soluciones a esta clase de problemas no se obtiene, sino muy rara vez, por la vía deductiva. La esencia del arte de la Política, en cambio, es la de ser un oficio de invención y aplicación de tratamientos. En este sentido, hay un «estado del arte» de la Política.
El paradigma así delineado se contrapone a una visión tradicional de la Política como el oficio de obtener poder, acrecentarlo e impedir que un competidor acceda al poder. Esta formulación, que los alemanes bautizaron con el nombre de Realpolitik, es el enfoque convencional, que en el fondo es responsable por la insuficiencia política—exactamente en el mismo sentido que se habla de insuficiencia cardiaca o renal—de los actores políticos tradicionales. El tránsito de un paradigma de Realpolitik a un paradigma «clínico» o «médico» de la política se hará inevitable en la medida en que la sociedad en general crezca en informatización y acreciente de ese modo el nivel general de cultura política de los ciudadanos y su presión y exigencia sobre los actores políticos concretos. Es una apuesta ganada a largo plazo, pero podría adelantarse sus ganancias en situaciones críticas como la nuestra.
Siendo que la política es una profesión, y de las más complejas (Albert Einstein: «La política es más difícil que la física»), se sigue que debe beneficiarse de una formación sistemática de educación superior, la que debe ser impartida por una escuela universitaria de Política, en la que pudiera ganarse una licenciatura y, posteriormente, grados superiores.
No son lo que se requeriría las Escuelas de Ciencias Políticas. Los «politólogos» egresados de tales escuelas están preparados para el estudio y la enseñanza sobre los procesos políticos, no para hacer Política. Tampoco son la solución los postgrados en políticas públicas, encaminados a preparar para el rol de analistas—al estilo de instituciones tales como la Escuela Kennedy de Gobierno (Harvard) o el doctorado en Policy Analysis de la Corporación RAND—puesto que, de nuevo, sus egresados están en capacidad de servir como auxiliares científicos a la toma de decisiones públicas, y no como decisores ellos mismos. (Típicamente el análisis de políticas se conduce en institutos especializados que en inglés son designados con el nombre de think tanks).
Tradicionalmente—y sobre todo en Venezuela—el político profesional es un autodidacta, proveniente en mayoría del campo jurídico, aunque ocasionalmente de otras profesiones—Belaúnde Terry, arquitecto; Lusinchi y Allende, médicos; Chávez, militar. Esas formaciones inciden de modo muy colateral sobre la profesión política propiamente dicha, y se da preferencia a destrezas o técnicas más relacionadas con el proceso de obtención de poder.
Así, la oratoria es una práctica apetecida por nuestros políticos, como lo es también el conocimiento de la técnica propagandística y demás instrumentos de análisis y manejo de la opinión pública. Una comprensión suficiente de los procesos de negociación y resolución de conflictos resulta útil al modelo prevaleciente de política de poder y conciliación de intereses.
Este modelo prescribe, en consecuencia, que la legitimación de un actor político se da en función de su éxito como «combatiente» o «luchador», en la medida de su éxito en el descrédito de un adversario, y muy poco en términos programáticos relacionados con la solución de problemas públicos. Por otra parte, las organizaciones que típicamente alojan a quienes compiten por el poder se parecen muy poco a las instituciones del poder público, por lo que el adiestramiento en la creación y mantenimiento de alianzas dista mucho de ser útil a la hora de dirigir un aparato público organizado de manera muy distinta. La coordinación de una marcha de protesta es asunto muy diferente a la toma de decisiones en gabinete, o a la formulación de una política exterior, por ejemplo.
No se trata de desconocer que el know how en artes como las mencionadas sea totalmente impertinente al ejercicio político. A fin de cuentas, la emulación y la competencia son conductas connaturales a las personas. En este caso, sin embargo, es posible concebir una disciplina del combate, un encauzamiento del mismo con privilegio de una legitimación programática. («No se trata de eliminar el ‘combate político’, sino de forzar al sistema para que transcurra por el cauce de un combate programático como el descrito. Valorizar menos la descalificación del adversario en términos de maldad política y más la descalificación por insuficiencia de los tratamientos que proponga
Este desiderátum, expresado recurrentemente como necesidad, es concebido con frecuencia como imposible. Se argumenta que la realidad de las pasiones humanas no permite tan ‘romántico’ ideal. Es bueno percatarse a este respecto que del Renacimiento a esta parte la comunidad científica despliega un intenso y constante debate, del que jamás han estado ausentes las pasiones humanas, aun las más bajas y egoístas. El relato que hace James Watson—ganador del premio Nóbel por la determinación de la estructura de la molécula de ADN junto con Francis Crick—en su libro La Doble Hélice (1968) es una descarnada exposición a este respecto.
Pero si se requiere pensar en un modelo menos noble que el del debate científico, el boxeo, deporte de la lucha física violenta, fue objeto de una reglamentación transformadora con la introducción de las reglas del Marqués de Queensberry. Así se transformó de un deporte ‘salvaje’ en uno más ‘civilizado’, en el que no toda clase de ataque está permitida
En cualquier caso, probablemente sea la comunidad de electores la que termine exigiendo una nueva conducta de los ‘luchadores’ políticos, cuando se percate de que el estilo tradicional de combate público tiene un elevado costo social». Carta Semanal de doctorpolítico, #51, 28 de agosto de 2003).
Por otra parte, una buena proporción del trabajo político tiene que ver con negociación y manejo de conflictos, así como es de mucha utilidad estar familiarizado con los principales protocolos y técnicas del análisis de políticas—diseño de escenarios, análisis de sensibilidad, etc. No es esto suficiente, sin embargo, y Tocqueville hizo un preciso apunte a este respecto, cuando comentaba cómo los políticos de Luis XVI fueron incapaces de prever la Revolución Francesa: «…es decididamente sorprendente que aquellos que llevaban el timón de los asuntos públicos—hombres de Estado, Intendentes, los magistrados—hayan exhibido muy poca más previsión. No hay duda de que muchos de estos hombres habían comprobado ser altamente competentes en el ejercicio de sus funciones y poseían un buen dominio de todos los detalles de la administración pública; sin embargo, en lo concerniente al verdadero arte del Estado—o sea una clara percepción de la forma como la sociedad evoluciona, una conciencia de las tendencias de la opinión de las masas y una capacidad para predecir el futuro—estaban tan perdidos como cualquier ciudadano ordinario». (Alexis de Tocqueville: El Antiguo Régimen y la Revolución, citado en Carta Semanal de doctorpolítico, #50, 21 de agosto de 2003).
Tal vez sea aun más fundamental la ignorancia o más bien desactualización epistémica de la inmensa mayoría de los políticos. («A través del análisis de las fracturas que se producen en los contenidos de ciertos campos del conocimiento cuando se pasa de una época a otra, Michel Foucault propone la noción de episteme, para referirse al núcleo de nociones básicas y centrales de una determinada época
Foucault analiza en detalle el campo de la biología, el de la economía y el de la lingüística. Así llega a encontrar cómo hay una radical diferencia conceptual, una verdadera fisura de separación, entre la biología moderna y la clásica, la que ni siquiera se pensaba a sí misma como biología sino como ‘historia natural’. Igual discontinuidad se observa entre la economía y la ciencia que la precedió, la ‘teoría de las riquezas’, y entre la lingüística y la ‘gramática’ que fue su antecesora. En cambio, logra demostrar la comunidad de imágenes e ideas que se da entre la historia natural, la gramática y la teoría de las riquezas, del mismo modo como encuentra nociones comunes a la economía, la lingüística y la biología posteriores». De «Un tratamiento al problema de la calidad de la educación superior no vocacional en Venezuela», estudio del suscrito de diciembre de 1990). Nuestros políticos, como prácticamente todos los hombres, comprenden al mundo y a la sociedad desde una episteme, un conjunto de paradigmas que en el mejor de los casos corresponden a nociones prestadas de la física clásica, a estas alturas superadas por el más fructífero de los siglos en física teórica. Así lo revelan expresiones tales como «fuerzas políticas», «vectores políticos», «espacios políticos». (Por ejemplo, la clásica pregunta: «¿Hay espacio para una nueva fuerza política?»)
Y resulta que en los últimos cuarenta años la ciencia ha podido arribar a un conocimiento altamente pertinente al caso de la Política: se trata de la comprensión de los sistemas complejos con las teorías de la complejidad, de los fenómenos caóticos, del comportamiento de enjambres, de la autorganización, etcétera. Un político profesional que ignore estas nuevas estructuras para la interpretación de los sistemas complejos será incapaz de comprender las sociedades contemporáneas y por tanto de prescribir tratamientos a sus problemas.
El pensum, en consecuencia, de una Escuela de Política, deberá componerse de un conjunto de materias que correspondan a la complejidad del campo profesional de ese oficio y la responsabilidad implicada en ejercerlo, pues la dimensión ética—deontológica—de la profesión política es de grandísima importancia. Hacer política es nada menos que entrometerse con la historia.
Pero los elementos esenciales de una nueva concepción de la Política pueden ser empacados en forma más compacta y elemental. Cursos de la nueva Política, hasta cursillos, más breves y sinópticos, pueden hacer una enorme diferencia en la inyección de nuevos paradigmas en cabeza de quienes sientan el llamado de lo político. Es esto la clave para la superación de la actual coyuntura nacional. Como adelantaban Louis Pauwels y Jacques Bergier en la ya mítica década de los sesenta, se trata, en el fondo, de un «retorno de los brujos».
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por Luis Enrique Alcalá | Nov 4, 2004 | Cartas, Política |

Muy sintomática fue la alocución de Manuel Rosales, gobernador reelecto del Zulia, poco después de la medianoche que separó el mes de octubre del mes de noviembre. Rodeado de felices partidarios, aliviado él mismo, en clásico tono mitinesco arengó a la multitud para prometer paz y amor, pan y circo. Porque lo primero que ofreció fueron abrazos y reconocimientos tendidos al general Gutiérrez y al comandante Arias Cárdenas, sus contrincantes, justificando tal gesto sobre la base de lo que, según su conocimiento, querrían los zulianos: que cesaran los partidos y se consolidara la unión.
Ante el muy visible sonrojo del mapa político nacional, Rosales no optó por correr sino por encaramarse. Esbozó la tesis de que los zulianos—¿los venezolanos?—quieren ahora olvidarse, por un tiempo al menos, de «estas divisiones que hemos tenido en los últimos meses» y ponerse a trabajar. (Pan). Y como los zulianos lo que quieren hacer es trabajar, animó a la turba a que se zambullera de una vez en ¡la Feria de la Chinita! Posteriormente reiteraría su disposición circense con una anticipada invitación a prepararse para la subsiguiente temporada navideña, a disfrutar en fraterna y amnésica paz. Impecable cierre circular de un discurso improvisado pero perfecto, encaramado.
Si éste es el héroe político que Rafael Poleo encarama en la portada de su revista «Zeta», si Rosales va a ser tenido como la contrafigura que «la oposición» ha esperado tanto—el «ñero» Morel Rodríguez no sería creíble—entonces Chávez morirá, como el general Gómez, como el general Franco, como parece que lo hará el osteoporótico comandante Castro, con el poder total en sus manos.
No poco de la motivación tras la peculiar arenga de Rosales deriva del puñal que presiona su carótida: la investigación de Danilo Anderson sobre su participación en el happening de Carmona Estanga. (En su caso no se trató de una firma descuidada sobre hojas sueltas que pudiera aducirse eran una lista de asistentes. Los videos le registran subiendo al estrado del absurdo, convocado por la voz enfebrecida de Daniel Romero y «en representación» de los gobernadores de estado, a cohonestar con su pública rúbrica el golpe del 12 de abril de 2002).
Los mercadólogos venezolanos saben desde hace tiempo que el Zulia, y especialmente Maracaibo, puede muy bien comprar una pasta dentífrica de marca diferente a la que el resto del país tendrá por favorita. Tan sólo este dato bastaría para explicar la íngrima figura de Rosales como gobernador de oposición. (De nuevo, Morel Rodríguez no cuenta. ¿Podemos imaginar una Asociación de Gobernadores de Oposición exclusivamente formada por Manuel y Morel?). Como de paso también el Zulia le dio su merecido al comandante Arias Cárdenas. Ya no pudo éste convencer a más de uno por ciento de los zulianos, y así recibió el castigo político reservado a los sinuosos, a las veletas, a las guabinas. Bravo, pues, por el bravo pueblo zuliano.
Pero Morel y Manuel son periferia marítima o lacustre. En el centro lo que queda ahora de territorio opositor es una suerte de estados pontificios que tendrán que firmar cesiones lateranas con ningunos otros que Chávez, Cabello y Barreto, ley de policía nacional mediante. Es decir, no puede esperarse eficaz liderazgo de oposición a Chávez desde el Vaticano de Chacao-Baruta y el Castel Gandolfo de El Hatillo, lo que en todo caso no sería la función propia de un alcalde submetropolitano.
De los juveniles de Primero Justicia tal vez quien haya alcanzado más proyección política es, paradójicamente, el perdedor Carlos Ocariz. A menos de cuarenta y ocho horas de las votaciones concedió la victoria a su adversario, no sin destacar que había perdido por sólo 1.500 votos. De los «tres justicieros» postulados a alcaldías caraqueñas—luego de que la mosquetera Hernández se retirara del centro de Caracas—fue el único que se midió en municipio de población mayormente proletaria, y estuvo a punto de ganar. Se ve claramente que hizo un buen trabajo.
Las notables bajas opositoras son, en orden creciente de relativa importancia, Eduardo Lapi en Yaracuy—quien estuvo a tirito de hacer lo que hicieron Liliana Hernández y Alfredo Peña: renunciar «a tiempo»—Enrique Mendoza—que pierde su única posesión política: el estado Miranda con el que estuvo tan larga e íntimamente identificado—y probablemente Henrique Salas-Roemer (Feo)—con cuya cesantía quedarían truncas las posibilidades políticas de la dinastía gallinácea de Carabobo.
Para propósitos prácticos, AD, COPEI y el MAS van desapareciendo progresivamente de todo menos de la Asamblea Nacional, a la que habrá que ver si pueden regresar a mediados de 2005. En realidad AD alcanzó a elegir a unos 50 alcaldes, COPEI a una veintena, Proyecto Venezuela a cinco y Primero Justicia a cuatro. Esto significa que la oposición en su conjunto, si se incluye una docena de otras alcaldías desperdigadas en varias opciones más pequeñas, bajó de 220 alcaldías a unas 90, para reducirse a 40% de su previo poder local.
La percepción de que sólo PV y PJ sobreviven es, pues, bastante inexacta. Desde el punto de vista de lo nacionalmente significativo, Proyecto Venezuela pudiera quedar reducido a Proyecto El Hatillo y sólo Primero Justicia podría exhibir algún otro logro vistoso, aunque muy constreñido geográficamente. Cuando Ocariz reconocía gallardamente su derrota, lanzado al futuro sobre la cifra de diputados regionales alcanzada por su partido, expuso con orgullo no poco conmovedor: «Nos convertimos en la segunda fuerza, por mucho además, en este gran estado Miranda». Segunda fuerza en uno de veintitrés estados: ése es todo el capital «justiciero».
Hay quien quiere establecer analogía entre Primero Justicia de hoy y COPEI de 1946, augurándole así futuro de poder. En el trienio adeco de 1945-48 la preponderancia de Acción Democrática era casi tan avasallante como la omnímoda dominación chavista. (Nunca llegó a los extremos de hoy. En aquel entonces las fuerzas armadas jamás llegaron a ser controladas como ahora, cuando se han convertido en partido militar: el teniente Cabello gobernador de Miranda, el general Acosta Carles gobernador de Carabobo (?), el capitán Blanco La Cruz gobernador de Táchira, etcétera. Y no existía PDVSA). Aun así COPEI pudo establecer una significativa base de operaciones en Mérida, Táchira y Trujillo, pues los andinos desplazados del poder central a la caída de Medina Angarita, especialmente los lopecistas, expresaron su repudio al adequismo que les había vencido votando verde.
Si Primero Justicia encarnase exactamente esa voluntad socialcristiana de poder, tendría que esperar no menos de los 23 años que transcurrieron entre la fundación de COPEI en la lavandería Ugarte y la primera llegada a Miraflores de Rafael Caldera Rodríguez. (Y habría que ver, por otra parte, si Julio Borges calza los puntos del patriarca fundador de COPEI).
………
Es así como ya Chávez no tiene más trabajo en Venezuela. Algunas almas ilusas apuestan ahora a que Diosdado Cabello haga tan buen gobierno mirandino que pueda latirle en la cueva al Supremo. (Razonamiento parecido al que cifró sus esperanzas en «la cuña del mismo palo» que Arias Cárdenas representaba en 2000, al que vio en Luis Miquilena una suerte de Chapulín Colorado salvador y en el difunto Alejandro Armas un posible presidente transicional). De aquí a 2006 al menos, no hay absolutamente nadie que pueda disputarle a Chávez la próxima candidatura presidencial de los rojos.
¿Qué va a hacer Chávez, gladiador sin oponentes? Supremamente aburrido con Venezuela, cuyo manejo político confiará a algún lugarteniente de confianza—ya tiene el encargo el teniente Jesse Chacón desde el Ministerio del Interior y Justicia—volverá la mirada al exterior y tratará, con los bolsillos llenos, de extender la revolución «bolivariana» por el mundo. Pero primero lo intentará en Iberoamérica, la que a pesar suyo fue civilizada por España y Portugal. (Francia jamás civilizó nada en América «Latina», ni siquiera cuando Luis Napoleón intentó instalar en México a Maximiliano y Carlota de Austria).
Y he aquí que la reciente ola izquierdizante en América del Sur—además del mismo Chávez que inaugura la serie, Lula, Kirchner, Gutiérrez y ahora Vásquez—puede generar una dinámica paradójica. Pues, con la posible pero improbable excepción de Gutiérrez, ninguno de estos mandatarios se parece tanto a Salvador Allende como a François Mitterrand. Se trata de izquierdistas sensatos, más bien moderados. Es decir, paradójicamente, a la vocación transnacional de Chávez le iría mejor en la medida en que hubiese más presidentes derechistas en Suramérica, pues su protocolo de combate prospera cuando tiene enemigos. A Chávez no le resulta fácil concertarse con amigos. Vásquez, Gutiérrez, Kirchner y Lula no se dejarán naricear por Chávez, a quien tendrán por cabeza caliente.
Entretanto el país es un lienzo casi virgen políticamente, aunque no lo parezca. Un mes antes de las elecciones del pasado 31 de octubre Oscar Schemel preguntaba cosas a través de su encuestadora, Hinterlaces. Por ejemplo, preguntó por la confianza que los venezolanos tendríamos en los partidos políticos. (MVR incluido). Un 6% de los encuestados no quiso o no supo contestar, un 15% manifestó tener algo de confianza; y un 78% expresó que no confiaba en esas organizaciones. (Cuando se trata de asociaciones de partidos la cosa se pone peor. Un 85% dijo desconfiar de la Coordinadora Democrática, frente a sólo 9% que todavía para el 26 de septiembre confiaba en ella y 5% del que no se obtuvo respuesta).
Y Schemel también preguntó a los entrevistados cómo se definían (en pregunta abierta) en cuanto a posición política. La muestra arrojó estos resultados: chavistas, 36%; opositores, 11%; ni una cosa ni la otra (sino todo lo contrario) ¡52%!
Allí reside un enorme mercado de arranque para una nueva proposición política, la que en principio debe ser armada y ofrecida a todo el país, puesto que no deberá definirse como oposición ni como gobiernera. La salida no va a estar en cantidades, en repeticiones incesantes de acusación—llevamos tres años de constataciones al efecto—sino en sustancia, en factor cualitativo de refutación y superación. La solución no estará en correr—en el abandono de Ezequiel Zamora, Liliana Hernández y Alfredo Peña o el abstencionismo de Tulio Álvarez, ni siquiera en el muy sintomático adiós del guarimbero mayor: Robert Alonso—ni tampoco en encaramarse, como parece creer Manuel Rosales, sobre quien pende no la espada de Damocles sino la de Danilo.
Una clave nos la ofrece la física de comienzos del siglo XX. En 1905 Albert Einstein publicaba cuatro artículos miliares, entre ellos una interpretación cuántica del efecto fotoeléctrico. (Que fue por lo que la Academia Sueca se atrevió a concederle el Premio Nóbel en Física de 1921). Einstein tomó la noción cuántica de Max Planck y la aplicó al efecto fotoeléctrico: la emisión de electrones—corriente eléctrica—a partir de un material apropiado que reciba el impacto de fotones (luz).
Pues bien, Einstein mostró cómo es que el efecto en cuestión no depende de la cantidad de fotones que bombardeen un blanco de, digamos, selenio, sino de la frecuencia específica de los fotones incidentes, de su energía unitaria. Esto es, si un determinado material exhibe comportamiento fotoeléctrico a partir de un haz de luz verde, podremos alimentar con toda la potencia del sistema del Guri un haz de luz roja, que el fenómeno no se producirá.
O vienen actores políticos que sepan vibrar con la frecuencia adecuada y sepan transmitirla a los Electores, o no podrá superarse la semibarbarie chavista que ahora nos domina por todos lados. Es apuesta y fe personal de quien suscribe que esa excitación política de mayor calidad es perfectamente posible, y que podría evidenciarse por vez primera, si se hace el trabajo que es preciso, en los laboratorios de física electoral de la Asamblea Nacional, cuya renovación está prevista para mediados del año que viene.
Un evento político de esa clase doblaría campanas para 2006, y Chávez tendría que regresar de sus ilusiones continentales para asistir al deceso político de su propio experimento, si es que con igual tino pudiéramos escoger a un nuevo y correcto vehículo candidatural para postularlo a la Presidencia de la República. A juicio del suscrito, es posible reducir el chavismo a una minoría en la Asamblea Nacional, aunque no a partir de los fotones insuficientes de los partidos convencionales, Primero Justicia incluido, a menos que éstos supieran cambiar su frecuencia. Pero esto último es tan difícil—prácticamente imposible—que más valdrá formular una asociación política enteramente nueva. A esto comprometo mi esfuerzo.
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por Luis Enrique Alcalá | Oct 28, 2004 | Cartas, Política |

El último día de 1930, Ambrogio Damiano Achille Ratti, natural de Desio, cerca de Milán, Italia, donde nació el 31 de mayo de 1854, residente del Estado-Ciudad Vaticano, actuando en su carácter de papa bajo el nombre de Pío XI, enviaba la encíclica Casti Connubi (Los castos esposos) a todos los Hermanos, Primados, Arzobispos, Obispos y otros Ordinarios Locales que disfrutaban la paz y la comunión con la Sede Apostólica, y a quienes, después de desearles salud y enviarles su bendición apostólica, les propuso lo que en términos católicos de la época era una considerable revolución. Pío XI declaraba en esa carta que «la mutua ayuda de los cónyuges» (lo que incluía el sexo), era uno de los dos fines primarios del matrimonio, siendo el otro la procreación.
A estas fechas eso no suena nada revolucionario. Hoy en día aceptamos lo sexual con mayor naturalidad y con sana alegría y gratitud por disponer del privilegio de tenerlo. Pero para 1930 la equiparación que Pío XI proponía era un gran avance respecto de caracterizaciones precedentes. Antes de Casti Connubi se reconocía un único fin primario del matrimonio: la procreación. Y lo que para Pío XI era la mutua ayuda de los cónyuges se tenía por fin secundario, y no se llamaba así, sino «remedio de la concupiscencia». (Concupiscencia: tendencia a pecar como herencia del pecado original de la primera pareja humana, el código «genético» de la humanidad. El matrimonio sólo ofrecía un alivio al escozor sexual, que sin el sacramento sería pecaminoso. La dignificación de lo sexual osada por Pío XI en 1930, aunque sugerida metafórica o alusivamente, constituyó una verdadera emancipación).
Pío XI no sólo hizo progresar la materia conyugal entre los católicos, sino que fue el verdadero arquitecto de la doctrina social de la iglesia en Quadragesimo Anno. Cuatro meses y medio después de Casti Connubi el papa despachaba esa avanzadísima encíclica social, bastante más atrevida y clara que la predecesora Rerum Novarum (Cosas nuevas), datada por León XIII cuarenta años antes, el 15 de mayo de 1891, y en cuya conmemoración fue escrita. En Quadragesimo Anno Pío XI se mostró como precursor de la «Tercera Vía» de Tony Blair, pues adelantaba proposiciones diferentes de las liberales y las marxistas a las que censuraba y condenaba sin disimulo.
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En materia de pecados políticos es importante saber contra qué pecamos. Tal vez en 2030, en conmemoración del primer centenario de Casti Connubi, algún papa pudiera plantarse para decir: «La Política siempre tendrá por uno de sus fines primarios la mutua ayuda de funcionarios y ciudadanos (lo que incluye la búsqueda del Poder), pero será asimismo fin primordial de la Política la solución a los problemas de carácter público».
Pero ahora precisamos de una formulación más radical y tajante, pre Casti Connubi, por así decirlo: «La Política tiene por fin primario la solución de los problemas de interés público, y el remedio a la concupiscencia del poder es un fin secundario». Porque es que el libertinaje político observable sólo atiende a la satisfacción de esa concupiscencia. Disimulada tras el disfraz de una ideología, con las caretas o coartadas de la libertad, la justicia social o la revolución, esa tendencia a la procura del poder es lo que prevalece. La Realpolitik.
De esa convicción de que la Política consiste en buscar poder mientras se impide al otro conseguirlo—letra pequeña: por todos los medios al alcance—participan todos los políticos convencionales, movidos a veces por la ingenua idea de que su misión es concertar una paz o pacto social para alcanzar valores, cuando éstos no son objeto de logro sino de empleo. Los valores son criterios para escoger políticas pero nunca metas concretables. No pueden serlo porque jamás dejan de ser necesarios, como dejan de serlo las metas alcanzadas. La libertad no se satisface jamás.
De modo que en el mejor de los casos tendremos políticos que persiguen realizaciones imposibles, y en el peor el más descarado pugilato por el poder. Nuestros políticos, cuando están de buenas, quieren suplir nuestras carencias objetivas con valores; cuando de malas, persiguen nuestro voto con tenacidad de mercadólogos o simplemente lo compran, lo extorsionan o lo adulteran. Necesitamos otros políticos, necesitamos otra Política. Necesitamos a quienes busquen las soluciones públicas por encima de la competencia.
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Ya es tarde para las elecciones regionales y municipales. Sobre el domingo último de este mes de octubre de 2004 está echada la tapa de la competencia nacional, que cierra la emergencia de la necesidad y la solución locales, con muy honrosas excepciones. Un candidato reparte favores al mejor estilo clientelar, aun antes de disponer de presupuesto público; el otro da permiso a una caravana de candidato oficialista, no sin advertir que considera tal actividad una provocación, pues el municipio por atravesar es claramente opositor, como él lo es. (Aunque resulte contradictorio que tengamos largo tiempo añorando que Puente Llaguno o la Plaza Bolívar caraqueña fueran territorio de todo el mundo). Éste busca legitimarse como gobernador porque está con el comandante del proceso; este otro nos anima a no dejar que «ellos» decidan por uno. («Ellos», los que están con el comandante del proceso). De resto, si soy gobernador o alcalde en busca de reelección, encuentro qué calles asfaltar a última hora y de qué postes colgar mi propaganda con mis eslóganes. Pura Realpolitik.
Hay quienes, por supuesto, guardan una cierta urbanidad a este respecto. Del lado no chavista se come Realpolitik con cubiertos. Se busca el poder, pero se procura desmentir que en esa búsqueda se emplea tácticas sucias, se pretende que sólo se juega limpio.
Del lado oficialista, en cambio, no se oculta ni el abuso, ni la ilegalidad ni el ventajismo. Por lo contrario, se anuncia que se jugará sucio. Hace unos cuantos años un periódico de circulación nacional publicaba el facsímile de dos cartas. Una era de un poderoso empresario nacional para un cierto banquero, a quien se le exigía una cierta retractación. La otra era la del banquero, capitulando ante la exigencia. Ambas cartas estaban evidentemente escritas en la misma máquina de escribir, aunque con membretes diferentes, por la misma secretaria. Era obvio que el texto de la capitulación había sido decidido por el vencedor, y que éste no buscaba ocultar ese hecho, sino todo lo contrario. Parecía estar en su interés que se supiera que podía torcer brazos y forzar voluntades. Así se comporta el gobierno nacional en Venezuela. Juega, como el que más, a la Realpolitik, sólo que en su caso se trata de un deporte extremo, sin límites.
Es en estas circunstancias cuando ahora parece darse una pleamar después de una prolongada bajamar abstencionista, provocada por un gobierno interesado en que se le sepa abusador y una dirigencia opositora incompetente, que exhibió la interpretación de fraude el 15 de agosto porque no quiso pagar el precio de su fracaso. Tal vez la nueva marea no sea suficiente para llenar la desecación provocada por las plañideras del fraude y por quienes mantienen cerradas unas cajas y anuncian transparencia desde sus persistentes opacidad y obstruccionismo. Si el domingo la abstención es grande, como vino siendo hasta el mentís del 15 de agosto, ya sabremos a quiénes echarle la culpa.
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por Luis Enrique Alcalá | Oct 21, 2004 | Cartas, Política |

Me dice un amigo: la colmena ciudadana, a juzgar por lo que me llega, parece estar inquietándose. Así le contesté:
«En efecto, Ricardo, más de una de las abejas del enjambre—la colmena es un hábitat distinto, más organizado y fabricador—se encuentra en estado africanizado. Pero también hay mucho repliegue, mucha retirada. Ambas cosas son normales, y por ende son previsibles. Y si son previsibles es bastante probable que hayan sido previstas, pues este gobierno hace su trabajo. Es decir, el gobierno ríe mientras fuerzas ultraconservadoras, ultraescuálidas, exiguas, se africanizan y están a punto de intentar guarimbadas o linarronadas, y mientras una parte muy considerable del resto de la oposición ha decidido que no irá a votar. Lo primero le da la oportunidad de aumentar su represión, lo segundo le reportará mayor cuota de poder regional y municipal. Y no hay uno solo de los ‘líderes’ de oposición que haya dejado de estimular ambas cosas».
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Uno de los errores más generalizados en la consideración de lo político es el de proyectar sobre otros, a veces sobre enormes conjuntos sociales, nuestra propia lectura de las cosas, nuestros deseos, y atribuimos a los demás con frecuencia estados de conciencia que son sólo propios de nosotros. A esto no escapan, a veces, los más sofisticados analistas y las más capaces cancillerías. Un caso clásico es el de Israel poco antes de la guerra del Yom Kippur. Los israelitas fueron tomados completamente por sorpresa, por cuanto pensaban, correctamente, que los árabes perderían en el terreno militar, como en efecto ocurrió. ¿Cuál fue entonces la equivocación? Que como los israelíes jamás habrían ido a una guerra que perderían militarmente creyeron que asimismo razonarían y decidirían sus enemigos y por consiguiente no serían atacados. Y la verdad fue que el mind-set cultural de los árabes permitía ir a una guerra para perderla deliberadamente… y así obtener ventaja en el terreno diplomático, que también fue lo que ocurrió.
Una precisa descripción de dinámicas interpretativas falsas de esta naturaleza la ofreció Yehezkel Dror—(Wolfson Professor of Political Science, The Hebrew University of Jerusalem)—en un libro que ya cuenta con la edad de Cristo: Crazy States: A Counterconventional Strategic Problem. (Estados locos: un problema estratégico contraconvencional, 1971). Es un texto al que he hecho frecuente referencia en esta publicación. En entrevista concedida a fines de 1991 al Jerusalem Post, Dror comentaba sobre la conducta de Saddam Hussein. Así lo recoge Daniella Ashkenazy: «Saddam no es un loco en el sentido clínico, como a algunos les gustaría que creyéramos. Sus movimientos son impredecibles porque tiene un mind-set diferente que meramente parece loco a los occidentales.
Rehusándose a pensar lo impensable, los occidentales suponen que los estilos de confrontación se mantendrán dentro de limitaciones morales aceptadas».
Y en muchos de los juicios que los opositores de Hugo Chávez ofrecen, ese espejismo de atribuirle el mismo marco mental que usualmente empleamos, opera sobre la percepción y la interpretación de sus conductas, de modo equivocado y con consecuencias que frecuentemente trabajan a su favor.
Por ejemplo, a muchos resulta incomprensible que el Consejo Nacional Electoral, a todas luces controlado por el gobierno, se resista al conteo físico de las boletas que las máquinas de votación emiten. No nos entra en la cabeza que si tales máquinas fueron vendidas justamente a partir de su capacidad de imprimir comprobantes, a la hora de la verdad se impida el cotejo de éstos con las actas de votación. «Si supiéramos que somos ganadores»—razonamos—»lo primero que haríamos sería abrir las benditas cajas con las boletas, pues nuestro interés estaría en comprobar que ganamos limpiamente».
El punto es que Chávez no razona de ese modo. Una vez que tenía la certificación y aceptación internacional en sus manos—hasta Colin Powell le ha ofrecido aperturas recientemente desde Brasil—su interés era el contrario: prefería con mucho tener en la calle una oposición vocinglera y quejumbrosa cantando fraude, porque ninguna otra cosa debilitaría más a unas candidaturas regionales y municipales adversas a su proyecto, al entronizar una fortísima y casi irreversible propensión a abstenerse de votar en la clientela opositora.
Si a esto se añade alguna guarimba fuera de madre, alguna explosión, alguna locura violenta e ineficaz, pues mejor que mejor: Chacón y García Carneiro tendrán un día de fiesta.
De modo que es muy poco lo que puede hacerse por mantener los pocos muros de contención que quedan a escala de estados y municipios. Renuncias emblemáticas, como las de Ezequiel Zamora, William Ojeda, Liliana Hernández o Alfredo Peña; puestas en escena efectistas como la más reciente de Tulio Álvarez, que después de un mes no añadió nada a lo antes dicho y, al decir de algunos comentaristas, pareció estar más interesado en aparecer como el nuevo líder de la oposición una vez derrotado Enrique Mendoza; la imposibilidad casi total de acordar candidaturas unitarias en al menos un buen número de circunscripciones; todas estas cosas auguran un nuevo y resonante triunfo del gobierno el próximo 31 de octubre.
Pero el asunto cambia para mediados de 2005, cuando en principio a partir de julio deberemos tener las elecciones de Asamblea Nacional. Para ese momento es concebible un esfuerzo innovador, fuera de los paradigmas y esquemas de los actores políticos convencionales—sean éstos partidos u ONGs—fuera de los conceptos estratégicos esgrimidos desde fines de 2001 a fines de 2004, que sea capaz de capturar la mayor votación y colocar en la Asamblea una fracción mayoritaria.
Es hora de comenzar a trabajar seriamente, como gente grande, en la cristalización de esa posibilidad. Si bien es cierto que el propio Chávez no podría ser desplazado del poder hasta fines de 2006—su período concluye en enero de 2007—es cierto igualmente que el panorama político nacional cambiaría drásticamente si el gobierno perdiera el control del Poder Legislativo Nacional.
Para que tal cosa sea posible es preciso combinar varias nociones no convencionales, y tal vez la principal de éstas sea la de no buscar la estructuración de un movimiento que sólo atine a entenderse a sí mismo como oposición a Chávez. Cuando concluía el año de 1996, y Caldera gobernaba por segunda vez, el Partido Socialcristiano COPEI decidió que anunciaría al país las líneas maestras de su estrategia. Éstas fueron el trío de a) oponerse al gobierno de Caldera, b) deslindarse de Acción Democrática y c) continuar en política de alianzas con el MAS, la Causa R, etcétera. Como puede verse, las tres líneas estaban definidas en términos de actores externos a COPEI mismo, no acertaban a proponer ninguna referencia sustantiva respecto del propio partido, y de ellas brillaban por su ausencia los principales problemas del país. Si un grupo de candidatos pretende ser electo a la Asamblea Nacional, si pretende llegar a ser su mayoría, tendrá que centrar su oferta en una descripción del trabajo legislativo que haría allí, en un centrarse sobre aporte político real desde la instancia parlamentaria.
Si este grupo, por otra parte, está constituido por candidatos que porten un nuevo paradigma político, superior al discurso político convencional de poder y combate, entendido como misión ineludible de resolver problemas de carácter público, intentada ésta desde un ejercicio profesional responsable, éticamente constreñido, entonces, por añadidura, como subproducto inevitable, se dispondrá una acción que pueda refutar y superar el chavismo. Buscando lo esencial, lo que es primario de lo político, se resolverá lo acuciante.
Finalmente, esos candidatos no podrían venir impuestos por cogollos o transacciones de corte convencional. Cada uno tendría que estar, por su cuenta, soportado por un grupo de electores.
De estas tres condiciones, la central y dominante es la segunda: la presencia de un paradigma político no convencional. Esto es así porque la pertinencia programática exigida en la primera condición no podrá existir si se pretende actuar, una vez más, desde una perspectiva de Realpolitik y mediante un protocolo que sólo sabe transar o consensuar.
Lo que lleva a formular de una vez la tarea inicial: emprender un inmenso casting político en el país, en procura de rectas vocaciones públicas que quisieran expresarse en tarea de asambleístas, vocaciones que no padezcan de esclerosis paradigmática y que estén por tanto abiertas a un adiestramiento, a un trabajo técnico, a una preparación vino tinto bajo la guía del Richard Páez de la operación.
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