por Luis Enrique Alcalá | Sep 2, 2004 | Cartas, Política |

En febrero de 1985, luego de largos meses de trabajo y análisis, fue posible arribar en Venezuela al diseño general de un tipo de asociación política caracterizado por un código genético diferente al de un partido convencional. Subyacía al análisis un diagnóstico de insuficiencia política de los actores políticos tradicionales, y se ubicaba la etiología de esa condición en una «esclerosis paradigmática» de esos actores. Esto es, que no ya la negatividad de tales actores (la idea de que serían intencionalmente nocivos o de que la actividad política es de suyo una praxis «sucia»), sino la insuficiencia de su positividad en razón de que operaban dentro de marcos conceptuales obsoletos, eran la causa del deplorable desempeño de nuestro Estado, de nuestras instituciones y de los actores políticos predominantes. Creía tenerse claro para entonces que se requería toda una sustitución de paradigmas y la emergencia de un vehículo asociativo nuevo, que dejara atrás los vicios de constitución que fuerzan a los partidos convencionales, independientemente de la buena voluntad de sus integrantes y dirigentes, a un desempeño insuficiente.
Así, se planteaba en un «documento base» de esta nueva asociación cosas como las siguientes: «Intervenir la sociedad con la intención de moldearla involucra una responsabilidad bastante grande, una responsabilidad muy grave. Por tal razón, ¿qué justificaría la constitución de una nueva asociación política en Venezuela? ¿Qué la justificaría en cualquier parte? Una insuficiencia de los actores políticos tradicionales sería parte de la justificación si esos actores estuvieran incapacitados para cambiar lo que es necesario cambiar. Y que ésta es la situación de los actores políticos tradicionales es justamente la afirmación que hacemos». Y más adelante especificaba: «No basta, sin embargo, para justificar la aparición de una nueva asociación política la más contundente descalificación de las asociaciones existentes. La nueva asociación debe ser expresión ella misma de una nueva forma de entender y hacer la política y debe estar en capacidad de demostrar que sí propone soluciones que escapan a la descalificación que se ha hecho de las otras opciones. En suma, debe ser capaz de proponer soluciones reales, pertinentes y factibles a los problemas verdaderos».
Hace casi 20 años, por consiguiente, ya algunas cabezas interesadas en el proceso político nacional veían muy difícil una metamorfosis de los partidos que les permitiera ser portadores de un nuevo paradigma acerca de la Política, distinto del prevaleciente enfoque «realista» o de Realpolitik. Habiendo generado un diseño consecuente con el diagnóstico y el análisis, habiendo tenido éxito en formular un paradigma alterno, experimentaron no obstante todo género de dificultades para constituir la asociación. El experimento era visto como excesivamente romántico.
A las alturas de septiembre de 2004, en cambio, es posible que ya sea más que evidente que la insuficiencia del viejo modo de hacer política, vistos los resultados de un gobierno irresponsable y arrogantemente «revolucionario» y de una oposición insustancial e incompetente, implique la necesidad de construir e impulsar nuevos cauces para la expresión de vocaciones públicas. Lo que sigue corresponde a la redacción de las cláusulas fundamentales de un proyecto de acta constitutiva de la nueva asociación. Puede colegirse fácilmente de su lectura que el tipo de organización allí dibujado es diferentísimo del patrón organizativo de un partido típico, sea este ideologizante, sustentado sobre declaraciones de principios ideológicos, sea la mera expresión de un proyecto unipersonal, de una ambición de poder encarnada en una jefatura individual. La asociación cuyo núcleo es descrito en las cláusulas primera y séptima del proyecto comentado es, antes que una ideología, un método para la praxis responsable del noble arte u oficio de la Política.
Cláusula Primera.- DEL OBJETO
La Asociación tiene por objeto facilitar la emergencia de actores idóneos para un mejor desempeño de las funciones públicas y el de llevar a cabo operaciones que transformen la estructura y la dinámica de los procesos públicos nacionales a fin de: 1. Contribuir al enriquecimiento de la cultura y capacidad ciudadana del público en general y especialmente de personas con vocación pública; 2. Procurar la modernización y profesionalización del proceso de formación de las políticas públicas; 3. Estimular un acrecentamiento de la democracia en dirección de límites que la tecnología le permite; 4. Aumentar la significación y la participación de la sociedad venezolana en los nuevos procesos civilizatorios del mundo.
Cláusula Séptima.- DE LAS OPERACIONES
A. De las operaciones en general
Las operaciones de la Asociación deberán ser definidas explícitamente como tareas: es decir, con una condición que permita finalizarlas una vez que hayan cumplido con su misión. Incluso las operaciones definidas como estatutarias deberán formular periódicamente sus metas de un modo tal que éstas sean evaluables y se pueda determinar si los objetivos planteados están siendo alcanzados o si el servicio que tales operaciones estatutarias involucran está siendo prestado con el alcance que sea posible.
B. Operaciones Estatutarias
La Asociación llevará a cabo operaciones consideradas básicas o estatutarias. Así, se tendrá por una operación estatutaria el establecimiento y operación de medios y espacios de comunicación de la Asociación, los que deberán cumplir con la misión estatutaria de elevar el conocimiento ciudadano del público en general y servir como canales de consulta periódica de la opinión general sobre tratamientos a problemas públicos que serán propuestos a su consideración por estos medios.
Se tendrá también como operación pautada estatutariamente un programa de educación política abierto a todos los miembros y exigible como de obligatorio cumplimiento para autoridades y funcionarios de la Asociación, en el que se les provea del lenguaje necesario para acometer el análisis de los problemas públicos con arreglo a criterios modernos y en lo posible científicos, según un enfoque de la Política que la entienda como profesión y arte que se justifica o legitima tan sólo en la medida en la que busque por encima de cualquier otro objetivo la identificación, explicación, consulta y aplicación de tratamientos eficaces a problemas de carácter público.
Finalmente, será considerado una operación estatutaria el establecimiento y operación de un centro público de análisis, desarrollo y consulta de tratamientos a problemas de carácter igualmente público.
C. Operaciones Programáticas
La Asociación realizará operaciones que formen parte de programas establecidos explícitamente por ella. A este fin, la Asociación instrumentará el ambiente necesario para dar alojamiento a la invención política y para que las proposiciones que por ella surjan puedan ser adoptadas luego del más estricto análisis y la consulta más amplia posible.
De este modo, cualquier miembro podrá en cualquier instante elevar proposiciones programáticas a los órganos competentes de la Asociación, a fin de que éstas sean evaluadas y convertidas en programas si se las encuentra importantes y conmensurables con los recursos que pueda la Asociación arbitrar.
Para esto se instrumentará una normativa que permita la comparación crítica de proposiciones alternas o competidoras y que asegure un máximo de objetividad.
Por tanto, no será objeto de sanción de ninguna naturaleza aquel miembro que sustente una opinión diferente o aun opuesta a lo que sean los programas de la Asociación.
Los órganos de dirección de la Asociación tendrán la responsabilidad primaria en la generación de proposiciones de operación
D. Operaciones Electorales
La Asociación en ningún caso postulará a persona alguna para cargos públicos electivos, pero podrá apoyar técnica y financieramente la postulación de miembros suyos a tales cargos siempre y cuando los miembros en cuestión soliciten ese apoyo luego de que hayan obtenido la postulación de un Grupo de Electores. Esta condición deberá expresarse en un número de Electores superior al que determinen las leyes electorales venezolanas como definición de un Grupo de Electores, según reglamentación que la Asociación elaborará al respecto.
Igualmente, los miembros que aspiren al apoyo de la Asociación deberán haber completado un programa de formación análogo al descrito en la cláusula de operaciones estatutarias para autoridades y funcionarios de la Asociación.
Finalmente, quienes aspiren al apoyo de la Asociación en su postulación para cargos públicos, deberán someter sus programas o plataformas a la consideración y evaluación de una comisión técnica provista por la Asociación según reglamentación que ella elaborará al respecto.
En complemento de lo antedicho, la Asociación contará con los mecanismos por los cuales sea posible promover en los Electores el conocimiento de nuevos e idóneos actores públicos.
Ninguna autoridad o funcionario de la Asociación podrá postularse a cargos públicos electivos mientras mantenga su condición de autoridad o funcionario.
Cada miembro de la Asociación retendrá su derecho de apoyar electoralmente a quien desee, aun cuando la persona objeto de su apoyo no sea miembro de la Asociación.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Ago 26, 2004 | Cartas, Política |

Últimamente se escucha mucho entre nosotros el discurrir a partir de imposibilidades. «Esto no es posible. Aquello es absolutamente imposible. ¿Cómo es posible tal cosa?» Quiero contribuir con una «imposibilidad» más a la discusión interminable sobre el referendo revocatorio del 15 de agosto.
Como sabemos todos, después de que durante muy largo tiempo, hasta el 15 de agosto y desde la formación de la Mesa de Negociación y Acuerdos como modo de encontrar, una vez ocurridos nuestros propios idus de abril, una salida a la polarización nacional—de manidos rasgos: pacífica, democrática, electoral y constitucional—el liderazgo opositor mayoritario, institucionalizado en Coordinadora Democrática, creyó en la observación de la Organización de Estados Americanos y el Centro Carter como garantía fundamental del proceso. Así vendió, así exigió, así rogó, así nos tranquilizó con esa presencia. Cuando el presidente Chávez punzaba a los líderes de la coordinación revocatoria para que convinieran en que respetarían los resultados electorales, fue respuesta coordinada oficial de último minuto que serían respetados sólo si Carter y Gaviria, Francisco Diez y Jennifer McCoy los avalaban.
También sabemos todos que desde que la OEA y el Centro Carter indicaran por vez primera que no pudieron encontrar rastros fraudulentos y que sus propios cotejos eran compatibles con los anuncios del Consejo Nacional Electoral, ha proliferado un ramillete de informales informes de inteligencia, según los que, o Carter, Gaviria, Diez y McCoy han sido ingenuos, o los han comprado con reales de PDVSA y de la partida secreta de la Casa Blanca o el fondo de contingencia política de Chevron-Texaco.
Es interesante constatar, por consiguiente, que existe un texto del 9 de julio de este mismo año (Venezuela’s Referendum: The Truth About Jimmy Carter), a escaso mes y seis días del concluido referendo, en el que se afirmaba, después de detallado expediente denigrante y presuntamente verdadero cosas del siguiente tenor:
Enfocado en forzar la aquiescencia del gobierno a procedimientos electorales, e ignorando el contexto altamente prejuiciado de la elección, Carter está cumpliendo su papel de hombre erigido para una victoria electoral de la oposición o en el evento de una derrota para un pretexto post electoral de un golpe violento.
Y prosigue:
¡Carter no es un demócrata! Es un partidario de toda la vida del imperio de los Estados Unidos. Y es especialmente peligroso a medida que se acerca el referendo. Los Estados Unidos están proveyendo ilegalmente millones de dólares a la oposición anti-Chávez por vía del National Endowment for Democracy y otras ‘fundaciones’. Y el Instituto Carter estará allí para legitimar el fraude y el engaño: para cuestionar la pregunta del referendo y la elección si Chávez gana. Es especialmente probable que Carter se aproveche de algunos políticos oportunistas que rodean a Chávez y son propensos a hacer concesiones para asegurar la «legitimidad democrática» con la presencia de este enviado del Imperio. Carter se amolda a la más amplia estrategia de golpes y paros apoyados por los Estados Unidos, de violencia paramilitar y apoyo de la amenaza militar de Colombia.
Y concluye:
Nadie del régimen de Chávez interesado en un referendo honesto puede permitir que este piadoso hipócrita juegue algún papel en Venezuela.
El texto del que he entresacado los fragmentos anteriores lleva la firma de un tal James Petras, aparentemente antiguo profesor de Sociología en Binghamton University, Nueva York y, a juzgar por su despiadada prosa y su declarada trayectoria de 50 años de «afiliación a la lucha de clases», cojo evidentísimo de la pata izquierda.
¿Cómo es eso posible? «¡Eso es absolutamente imposible!» Tal vez hasta matemáticamente imposible.
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Sólo un ciego podría negar que la observación de la OEA y el Centro Carter actuó durante estos dos últimos años como freno y moderador de las preferencias gubernamentales en materia de salidas pacíficas, electorales, etcétera. A punto estuvieron de ser impedidos de regresar al país cuando se atrevieron a cuestionar una decisión del CNE, por la que se puso en remojo centenares de miles de firmas ciudadanas y que luego irían a reparo. En aquella ocasión, podemos recordar, llegaron incluso a proponer un procedimiento de cotejo—auditoría, diríamos ahora— sobre una muestra más bien pequeña pero estadísticamente representativa, que en aquel entonces rechazó Jorge Rodríguez pero mereció la aprobación de la central opositora que hoy considera inadecuado un procedimiento similar. Estas sugerencias lograron desencadenar—está en los videos grabados—la ira siempre a flor de piel de Carrasquero, y en discursos parecidos al del profesor Petras, aunque jamás tan virulentos, se estuvo a un tris de prohibir la entrada de los ex presidentes cachaco y manisero, y hasta se quiso tramitar la deportación de Francisco Diez.
Si esa observación y mediación internacionales, a las que los venezolanos debemos tanto, pudieron librarse de la expulsión fue, entre otras cosas, porque la OEA condenó la interrupción del hilo constitucional en Venezuela en abril de 2002 y podía exigir a partir de eso una presunción de objetividad. Del mismo modo, que hayan hecho gala de imparcialidad certificando la ausencia de fraude, ofreciendo redondo mentís a los atrabiliarios de Petras y Battaglini, establece aun con más firmeza su condición de observadores confiables para eventos electorales del futuro incluso, tal vez, las inminentes elecciones estadales y municipales.
Porque muy bien pudiera ser, como la penetrante inteligencia de un amigo entrevé como posible, que el enjambre ciudadano pudiera compensar ahora el recrecido poder central que confiriese a Chávez, con una votación favorable a un buen número de candidatos de oposición a gobernaciones y alcaldías. Pero para tal resultado sería necesario introducir algunas decisiones que cambien la estructura de las actuales percepciones.
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En 1989 estaba mudado a Maracaibo, donde tuve el honor y la suerte de conducir la reaparición del diario La Columna. Desde marzo a septiembre de ese año transcurrió la fase de proyecto, cuando un equipo totalmente local preparaba afanosamente el concepto y la estrategia del periódico. Estaríamos a mitad de los preparativos cuando un cierto periodista del equipo (el único que no fuera escogido por mí y que a la postre se manifestaría como retorcido espía de ciertos actores) adelantó la siguiente recomendación: «Mira, Luis Enrique: estoy convencido de que fulano de tal te está grabando las conversaciones telefónicas, de modo que te sugiero que tú se las grabes a él».
No sé que musa inspiradora me permitió contestarle de este modo: «Oye, Josué—no es su nombre—durante los últimos meses que pasé en Caracas hice caso a mi mujer y procuré mejorar mi salud subiendo con ella un poco de cerro varias veces a la semana. Hay en el Ávila un puesto de guardaparques de nombre Sabas Nieves, de ascenso muy popular, y era allá donde íbamos. Bueno, los primeros días descendía con no poca vergüenza, porque a la hora que escogimos para el ejercicio nos encontrábamos casi siempre con un ágil caballero que obviamente tenía más de setenta años. En el tiempo en que yo llegaba boqueando y casi cianótico a Sabas Nieves, el señor en cuestión subía, bajaba, volvía a subir y bajaba otra vez. Hasta que un día pensé que mi problema no era con el increíble anciano, sino con la montaña. En cuanto me percaté de este asunto y me concentré en el cerro, y aprendí su ritmo y simpaticé con él, mi tiempo comenzó a mejorar sensiblemente, y llegué a hacer un ejercicio, si no campeonil, al menos bastante razonable. Así que no me voy a preocupar porque fulano de tal grabe o no lo que diga por teléfono; nuestro problema es con la montaña, y nuestra montaña son los lectores de Maracaibo. Es sobre ellos que debemos poner toda nuestra atención. Gracias por el consejo, pero no grabaré las conversaciones de fulano de tal».
Muchos factores más allá de tal doctrina se unieron para producir un insólito éxito de La Columna: en una ciudad en la que hasta entonces no habían podido con el dominio casi feudal de Panorama el Diario de Occidente, El Zuliano, Crítica, El Nacional de Occidente y la misma Columna de antaño, un tabloide que resurgió a la calle el 8 de septiembre de 1989 alcanzó en febrero de 1990, a seis meses de su reaparición, el primer lugar de circulación metropolitana, superando al dueño del patio; dos meses después, en abril, había llegado a punto de equilibrio entre sus costos operativos y su ingreso publicitario; dos meses más, a los nueve de su salida, ganó el Premio Nacional de Periodismo de ese año, en competencia contra El Nacional y nada menos que el «decano» de la prensa nacional, La Religión, que cumplía cien años de existencia. Repito, el equipo del periódico logró combinar muchos aciertos, pero ciertamente la concentración de toda su atención en el respetuoso servicio a los lectores marabinos fue factor decisivo en el éxito.
Esta parábola puede servir para entender una de las principales razones, si no la más principal, del ostensible fracaso de la Coordinadora Democrática: que en lugar de concentrarse en la montaña, en vez de poner su atención en los Electores y sus necesidades, en vez de llevarles una oferta política idónea y creíble, ha estado constantemente pendiente de su adversario. Ha hecho de la incesante acusación de Chávez Frías su única industria, ha adoptado la nomenclatura que él inaugura, ha seguido todas sus agendas, y ha asistido a todos los terrenos donde aquél quiso llevarle para caer en todas sus emboscadas. Y ha fracasado estrepitosamente. Tres veces.
Pues bien, ahora viene una nueva oportunidad política con las elecciones estadales y municipales que tenemos en las narices. Andrés Velásquez ha sugerido hace pocos días «discutir la vigencia de la Coordinadora Democrática y hablar de la construcción de un nuevo movimiento unitario con factores más allá de la coalición que hasta ahora ha guiado las acciones de la oposición». Así reporta el sitio web de Globovisión: «Velásquez dijo como vocero de su partido que en las actuales condiciones ‘que nos llevaron al matadero’ no se puede acudir a las elecciones regionales. Su tolda política, por esta razón, invitó a los distintos factores a buscar una posición conjunta de los grupos que se oponen al gobierno».
La Coordinadora Democrática insistió mucho en que sus consensos incluían un decidido apoyo a la descentralización. ¿Cómo es que entonces se propugna un esquema centralista como ése para considerar las inminentes elecciones regionales? Si fuese consistente debiera dejar que los problemas políticos de las numerosas campañas locales sean dilucidados al nivel local. Y los candidatos no chavistas—que bien harían, según los casos, en esforzarse por unificarse en torno a candidatos unitarios, tal vez en sesiones similares a las de un cónclave de cardenales en el que cada uno es un papa potencial, según sugerencia de Marcel Carvallo Ganteaume—deberán ocuparse de sus respectivas montañas estadales y municipales, ofreciendo soluciones a su escala, antes que inscribiéndose en una lucha de rebeldía ante el poder central, porque lo que está ahora en juego es el poder descentralizado que, repito con préstamo de la «conjetura Paúl», bien pudiera servir de contrapeso a un gobernante nacional cuya ambición hegemónica y autocrática es harto conocida. Un soberano que se encuentra sobrecogido de su propia decisión en materia revocatoria—no celebra—puede muy bien ahora limitar el poder del Juan sin Tierra venezolano, que sabe que una buena proporción de los noes desaprueba más de uno de sus procederes. Es muy posible ahora «ganar» un buen número de batallas menores que están pendientes para dentro de muy poco.
Y es que hay que facilitarle las cosas a los veintitrés soberanos estadales y a los cientos de soberanos municipales. Es preciso no encajonar al Elector monarca de cada localidad. Cualquier candidato de oposición que quiera presentarse bajo un paraguas coordinador va a ir a la contienda con plomo en el ala, porque la Coordinadora Democrática es, desde el punto de vista mercadológico, una marca o franquicia de reputación seriamente dañada, tal vez irreversiblemente estropeada, como me ha hecho entender el mayor de mis hijos.
Es como si ahora los restos dispersos de Arthur Andersen se propusieran entrar, digamos, al mercado de máquinas electorales, luego de que la firma antaño prestigiosa fuese expuesta como corrupta y tramposa, al ocultar a conciencia los dolosos y procaces manejos de la fenecida Enron a la que servía de auditora. Quizás Andersen pueda salvar su nombre fabricando pañales para la incontinencia senil, pero ya más nunca para nada que exija la intangible confianza del público en su palabra. LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Ago 19, 2004 | Cartas, Política |

Era septiembre u octubre de 2002, hace casi dos años. Un grupo que consideraba la dinámica política nacional, tras los traumáticos acontecimientos de abril, escuchaba a un alto ejecutivo de finanzas, reconocido experto en macroeconomía. El grupo recibió, atónito, la paradójica conclusión del expositor: a pesar del grave desarreglo e irresponsabilidad de las finanzas públicas evidentes en el momento, el equipo de analistas de la empresa para la que trabajaba creía que la estabilidad de las cuentas nacionales sería mayor con la permanencia de Chávez en el poder que con su salida. Reservamos para más adelante en este análisis la identificación de la empresa en cuestión.
……..
Por supuesto, como dice un amigo, a Joaquín Pardavé lo enterraron vivo; y añadimos: «Sí, y al cuerpo de Walt Disney lo tienen congelado para revivirlo cuando la tecnología médica haya aprendido a resucitar cadáveres preservados de la corrupción».
A cuarenta años del informe de la Comisión Warren sobre el asesinato de John Fitzgerald Kennedy todavía surgen «explicaciones» alternas del dramático crimen. Alguien destapa, cada cierto tiempo, una nueva conspiración, ya no «en busca de la excelencia», sino de la truculencia. Cada autor se exhibe como el más astuto, y no pocos intuyen ingresos considerables, a la espera de que sus especulaciones se conviertan en best seller. Ninguno ha podido probar que Hitler estaba vivo en Brasil—donde le habrían clonado—en 1963, cuando seguramente fue el autor intelectual del magnicidio de Dallas, o que Lyndon Johnson ordenara, para literalmente matar dos pájaros de un tiro, disparar sobre el marido de Jacqueline Bouvier y sobre la persona de John Connally, que a fin de cuentas, gobernador del estado de Johnson y competidor político de éste, le estorbaba en sus hegemónicos designios.
Tampoco nadie pudo demostrar jamás que el recordado actor cómico mexicano, el bonachón de Joaquín, había sido sepultado vivo, por más que se encontrara quien jurase que el interior del féretro en el que yaciera Pardavé revelaba la tétrica huella de arañazos claustrofóbicos y desesperados, a pesar de que nunca fuera exhumado el cadáver. ¿Y Disney? El cuerpo difunto del genio de los dibujos animados fue, en verdad, completísima e irreversiblemente cremado al acaecer su muerte, de modo que en cualquier caso lo que pudiera encontrarse hoy a temperaturas criogénicas sería un montoncillo de cenizas.
Pero habrá quienes llevarán hasta la tumba la convicción de que un día Disney resucitará de su defunción, que Pardavé sufrió la más terrible y angustiosa de las muertes, y que Kennedy fue asesinado por cábala de Beria—quien, claro, en realidad no pereció por orden de Stalin y puso a un doble en su lugar—en asociación con la archiprincesa Anastasia Romanov, de incógnito en algún perdido pueblo de Minnesota.
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Una mezcla cambiante de explicables sentimientos, en la que en un instante predomina la rabia, en otro la depresión, en otro la desesperanza, en otro la incredulidad más refractaria, se ha aposentado en el corazón de amplias capas de la población venezolana desde la madrugada del 16 de agosto. Como aquél esposo que se niega a aceptar la muerte de la más adorada esposa, aferrado al cadáver, ido de juicio, y dice entre desconsolados gimoteos, una y otra y otra vez: «No es verdad. Ella no está muerta. No puede estar muerta». Así discurren ahora centenares de miles de venezolanos, impedidos emocionalmente de considerar la realidad del resultado referendario.
Hasta el último minuto los líderes coordinadores decían al pueblo que fuera a votar confiado, porque el sistema era confiable y, además, la observación internacional así lo garantizaría. («Sólo aceptaremos los resultados que la OEA y el Centro Carter certifiquen»). En cuarenta y ocho horas se corea que el sistema impenetrable ha sido contaminado con fraude y la observación internacional se ha dejado engañar mansamente o, en más siniestra hipótesis, nos ha vendido, como Judas Iscariote a Jesús de Nazaret, en aquiescencia a recóndito pacto conspirativo de Bush, Haliburton, la casa real saudita y Gustavo Cisneros, los pretendidos amos del Dr. Gaviria y Jimmy Carter. (Cuando Chávez denunciaba el «consenso-país» como el «consenso-Bush», en realidad nos estaba engañando: ya él estaba, sotto voce, encompinchado con George. Eso era para que creyéramos).
El fraude habría sido consumado, dicen algunos, mientras se produjo una interrupción—un apagón, aseguran—de una hora en la red de transmisión de datos de CANTV, al cabo de la cual la totalización había sido invertida en sus valores previos. O, afirma Tulio Álvarez en exquisito ejercicio nominalista, que la gran estafa tuvo que ocurrir porque hace dos años él escribió un libro en el que explicaba con abundancia de detalles cómo podía hacerse trampa con máquinas de votación.
También se conjetura que un cierto número de máquinas imprimían «1. Sí», cuando debían imprimir «2. Sí». («A mi mujer le pasó». «A mi primo Rogelio le ocurrió lo mismo»). El rector electoral Ezequiel Zamora adelantó la explicación del conteo especular: «Las máquinas contaban por cada voto por el ‘Sí’ otro voto por el ‘No’»). Y luego, por supuesto, han aparecido en ciertos estados papeletas de votación regadas por las aceras, y el Plan República ha tenido tiempo de sustituir la mitad de seis millones de vouchers afirmativos por el equivalente de negativos y colocarlos exactamente en las cajas correspondientes y resellar éstas. («Hemos visto, y hasta filmado, movimientos sospechosos en las guarniciones, y nos impiden el paso para constatar que las cajas estén incólumes»).
Son tantas las ingeniosas teorías que su mera profusión llama a la sospecha. No sería posible enumerarlas y considerarlas acá una por una, aunque sólo sea porque sin duda no las conocemos todas. El asunto ha rebasado ya los límites del absurdo. Una economista ha tenido la ocurrente iniciativa—ignoramos si ha prosperado—de ofrecer un concurso para premiar a quien tenga éxito en comprobar efectivamente el fraude. Y sugiere el monto del premio y el modo de sufragarlo. Como Súmate habría dicho—jamás lo ha hecho—que hubo seis millones de votos revocatorios, bastaría que cada escuálido aportara una moneda de 100 bolívares para que el ganador obtuviera el jugoso premio de 600 millones de bolívares. («Se busca fraude: vivo o muerto. Recompensa: 600 millones»). Se da por sentado que el fraude existió y el gélido cadáver de Disney descansa en una cripta criogénica.
Probablemente el concursante más aventajado sea todavía J. J. Rendón, quien asegura saber cómo se habría configurado la descomunal estafa y que Smartmatic, para decir lo más prudente que se le ocurrió, habría sido al menos tonto útil al doloso plan del gobierno. (Lo que tal vez haya contribuido a que una turba, similar a un Ku Klux Klan en ánimo de linchamiento en Alabama, parecida a la que sitió con violencia la Embajada de Cuba el 12 de abril de 2002, se haya presentado ante las oficinas de Smartmatic ayer para gritar, democrática, constitucional, electoral y pacíficamente, «Mugica, ladrón» y otras menudencias por el estilo).
Rendón llevó ayer a canales de televisión su hallazgo: en dos centros del estado Bolívar encontró que había siete coincidencias exactas de votos por el «Sí»—en un acta tres veces el número 133, en otra del mismo centro dos veces el número 127, en otra de centro diferente dos veces el número 122. Luego ha afirmado, en sucesión, que tenía un total de 9 actas en la que se observaba este extraño fenómeno; más tarde que eran 15; luego que eran 24 y, antenoche, en el programa Rendón-Rondón, que le habían reportado anomalías similares en otros estados.
Pues bien, lo que sería verdaderamente anómalo es que en un universo total de 19.664 máquinas de votación no aparecieran centenares de actas con resultado idéntico. En sí mismo, cada caso parece extraño y, de hecho, considerados individualmente, los casos reportados resultan repugnantes a la intuición.
Sin embargo, la estadística es ciencia sosegadamente implacable que con frecuencia nos presenta aparentes paradojas o, en todo caso, sorpresas contraintuitivas. Por ejemplo, el famoso caso—entre los estadígrafos, naturalmente—del cumpleaños duplicado. En teoría, cualquier persona tuvo una probabilidad de nacer en un día específico del año calendario equivalente a 1/365—para no considerar años bisiestos—o, en términos porcentuales, 0,27%, o un poco más de un cuarto de uno por ciento. Consigamos entonces un grupo constituido por 23 personas elegidas al azar. ¿Cuál es la probabilidad de que dos personas de ese grupo cumplan años exactamente el mismo día? Nuestros lectores seguramente se sorprenderían si se les dice que esa probabilidad es de 50,7%, o 187 veces la probabilidad de que alguien haya nacido en un día específico del año.
La verdad es, entonces, que lo esperable estadísticamente es que en varios centenares de casos se registre lo que al Sr. Rendón parece «matemáticamente imposible», incluyendo, por supuesto, la aparición de «insólitas» coincidencias en un mismo centro de votación. Cualquier jugador de dominó registra en su memoria más de una vez en la que en un mismo partido tres o cuatro manos seguidas arrojan un resultado de, digamos, 22 puntos. («¡Qué casualidad!») Y más de uno entre nosotros ha observado la improbabilísima distribución de siete blancos en una misma mano, durante amistoso juego en el que a ningún miembro del Comando Maisanta se le ha permitido barajar las piedras.
Pero es que la necesidad emocional exige que nuestra hipótesis favorita—el fraude electoral masivo ante las narices de los observadores internacionales que se chupaban el dedo—encuentre asidero, y nuestra psiquis anda automáticamente—no es un ejercicio consciente y voluntario—a la caza de cualquier hábil pseudoexplicación que la corrobore. Estamos persuadidos de que el Sr. Rendón cree inocente y honestamente en su «explicación». Pero no podemos estar de acuerdo conque de su involuntariamente defectuoso razonamiento extrapole acusaciones gravísimas. A él no le consta en absoluto que en verdad se haya producido la alevosa «programación» de los «topes» que postula.
Ah, pero entonces vuelven los detectives de la megaestafa a la carga. Acabamos de recibir un archivo de hoja electrónica de cálculos con más de 4.500 centros en los que se manifestaría un tal «gradiente del fraude». ¿En qué consiste? Pues en un listado de centros en los que el voto por el «Sí» habría presuntamente sido inferior a las solicitudes interpuestas en los mismos centros para exigir el referendo revocatorio. Es decir, en el «Reafirmazo». Y esto, arguyen, es «claramente imposible».
¿Por qué es imposible? ¿Es que no hubo en el revocatorio muchos más centros habilitados que en el «Reafirmazo» y por tanto la población de solicitantes estuvo distribuida entre más centros, bajando la proporción original promedio en cada uno? ¿Es que no ha podido haber ningún factor que disminuyera la voluntad de los firmantes originales, por ejemplo, el temor que la Coordinadora Democrática decía saber que las «cazahuellas» impartirían a los votantes, y que quiso combatir asegurando que el sistema era inviolable, o el real amedrentamiento del régimen a pobladores que temieron perder sus becas u otras dádivas? ¿De dónde se obtiene el impepinable teorema de que las solicitudes establecían un piso inamovible a los votos?
……..
Al lado de estos argumentos pretendidamente técnicos se escucha muy razonables preguntas. ¿Cómo es posible que el «No» haya ganado en el Yaracuy o el Zulia? ¿Por qué no ha salido a las calles el 60% del país a celebrar la continuación de la hegemonía del déspota? («Si hubiéramos revocado el mandato de Chávez la gente estaría desbordada en su alborozo y habría inundado las calles del país»). Son, sin duda, argumentos cualitativos muy admisibles.
En un simplismo maniqueo, dicotómico, se proyecta sobre los votantes del «No» conductas que nos serían propias. Pero no necesariamente cada voto por el «No» fue un voto feliz. Mucha gente, con el corazón atribulado, con las sienes reventando de tensión, ha podido rechazar la revocación, impedida de pulsar en la pantalla una inexistente celdilla marcada «Ni-ni», porque nunca fue convencida de que la restauración «borbónica» que parecía estar implicada en el «Sí» sería mejor que esta folklórica y mediocre revolución que nos sojuzga. (Sospecha que pareció confirmarse cuando, luego del madrugador anuncio de Carrasquero el general derrotado, Enrique Mendoza, cedió el podio protestante a nadie menos que Henry Ramos Allup, representante evidente del más antonomásico partido de la «Cuarta República», para que gritara, a esa prematura hora: ¡Fraude!)
Más de uno barruntaría que la salida de Chávez pudiera representar una inestabilidad mayor que su permanencia. Ese pueblo que muchos desprecian por su presunta ignorancia ¿no estaría juzgando como los inteligentísimos y preparadísimos analistas de los mercados internacionales que juzgaban exactamente eso? ¿No era eso, acaso, lo que los altos ejecutivos financieros del Banco Mercantil, aludidos justo al comienzo de este texto, y en posible gran penetración profesional que muy bien habla de ellos, creían entrever ya a las alturas de fines de 2002?
Yehezkel Dror ha empleado un terrible término para describir aquella situación en la que un decisor se halla ante únicas opciones todas espantosas: «opción trágica». Y nadie celebra una tragedia. Nadie está celebrando, si a ver vamos ni el gobierno mismo, este trágico portento de la reconfirmación de Chávez en el poder.
Y por lo que respecta al Zulia, Carabobo, Yaracuy, asiento de Rosales, Salas-Roemer (ex Feo) y Lapi, ¿quién puede garantizar que los gobernadores más cercanos al «carmonazo» tenían los votos amarrados? ¿Por qué es que en esos territorios era imposible que ocurriese lo que serísimos e intelectualmente honestos encuestadores decían que estaba ocurriendo en general en el país, que el «No» avanzaba y el «Sí» retrocedía?
La verdad es que quienes pensamos, con sobradísimas razones, que Chávez es un mandatario funesto y pernicioso, quisimos esperar el voto oculto que Keller responsablemente asomó, acuciado, como un mero tal vez, pero que la autoridad de Ibsen Martínez convirtió, por aquello de la Chamorro, en certificación de inevitabilidad. Quisimos creer que la Virgen María nos protegería, en tan mariano país, con su manto, y que San Isidro Labrador había dado señales de que los cielos estaban con nosotros porque retuvo la esperada lluvia el día de la enorme concentración en el Distribuidor de Altamira y el mismísimo 15 de agosto. Quisimos creer en exit polls que veían ganador al «Sí», quién sabe en qué centros, cuando sólo había votado a lo sumo un 30% de la población, según admisión de voceros de la propia Coordinadora Democrática.
A estas alturas hasta los Estados Unidos de Norteamérica han reconocido, algo a regañadientes y sin precocidad, el triunfo de Chávez. Adam Ereli, vocero del Departamento de Estado, habló el martes por el gobierno norteño: «Creemos que los resultados—los resultados preliminares—indican que una mayoría de electores votó no sobre la pregunta formulada en el referéndum. Basados en estos resultados preliminares, creemos que el asunto está saldado». Nosotros, todavía, nos negamos a aceptarlo.
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Si tuviéramos, Dios no lo permita, un pariente con tan grave dolencia que ameritara la atención de toda una junta médica; si este cuerpo de facultativos intentase primero una cierta terapéutica y con ella provoca a nuestro familiar un paro cardiaco; si a continuación prescribe un segundo tratamiento que le causa una crisis renal aguda; si, finalmente, aplica aún una tercera prescripción que desencadena en nuestro deudo un accidente cerebro-vascular, con toda seguridad no le querremos más como médicos.
Y ésta es la estructura del problema con la Coordinadora Democrática. La constelación que se formó alrededor de ella, no sin méritos que hemos reconocido, nos llevó primero a la tragedia de abril de 2002, luego a la sangría suicida del paro, finalmente a la enervante derrota del revocatorio. (Para no agregar al inventario una nutrida colección de derrotas menores). No hay vuelta de hoja. No podemos atender más nunca a esa dirigencia.
El Informe Stratfor, publicación electrónica norteamericana, a todas luces conservadora, insospechable de chavismo, dictaminó de ella, lapidariamente, el pasado 6 de agosto: «Afortunadamente para Chávez, si hay algo que la oposición venezolana ha demostrado es que es estratégicamente torpe, profundamente impopular y moralmente cuestionable».
Nunca hemos sido tan implacables con la dirigencia opositora autoungida en esta publicación, aunque ya antes hemos hecho algunas caracterizaciones por las que la considerábamos constitucional o genéticamente impedida de producir lo que fue necesario y no se hizo, a pesar de reiteradas y longevas advertencias y recomendaciones. En el fondo del problema hay una raíz paradigmática: sus más connotados directivos operan, como Chávez, dentro del paradigma de la Realpolitik, el que propugna que la política es en realidad la procura del poder mientras se impide que el adversario lo asuma. Ellos creen, la mayoría honestamente, que «la política es así», y desechan cualquier otra conceptualización, por ejemplo una según la cual la Política es el arte u oficio de resolver problemas de carácter público.
Justo al conocerse que la valla de los reparos había sido vencida y el referendo revocatorio presidencial quedaba convocado, los factores actuantes en la central opositora arrancaron en pescueceo desesperado por incluirse dentro del grupo de trece miembros del comité coordinador de la campaña revocatoria. Así se consumieron días preciosos. La ironía del asunto es que, una vez dilucidado quién estaba y quién no, sólo asistía un promedio de seis pescueceantes a las reuniones matutinas del comando. La principal responsabilidad ejecutiva sobre el crucial elemento de la publicidad, entendemos, fue confiada a Juan Fernández, totalmente novicio en las difíciles tareas de una propaganda con pegada.
Así, la torpeza estratégica señalada por Stratfor se filtró hasta el nivel táctico, y la campaña de la Coordinadora, obviamente con mucho menos recursos que los disponibles al gobierno, aunque en tándem con la actividad de la mayoría de los medios privados de comunicación, no pudo causar efecto discernible.
Ayer decía un editorial en The New York Times: «Es hora de que los opositores del presidente Hugo Chávez dejen de pretender que hablan por la mayoría de los venezolanos. No lo hacen, como el fracaso de un referendo revocatorio, promovido por la oposición, demostrara decisivamente el domingo. La razón por la que el Sr. Chávez sobreviviera al reto a pesar de sus impulsos autoritarios no es difícil de entender. A diferencia de muchos de sus predecesores, ha hecho de programas dirigidos a los problemas cotidianos de los pobres –analfabetismo, hambre de tierra y cuidado sanitario inferior– el tema central de su administración, y ha sido capaz de emplear ingresos petroleros mayores que los esperados para promover el bienestar social. Algunos de sus programas han sido pobremente diseñados y desvergonzadamente usados para edificar y movilizar apoyo político. En todo caso, son comprensiblemente apreciados por los millones de venezolanos que se sienten como hijastros diferidos del boom petrolero del país». El periódico neoyorquino se apresura a aclarar: «La clase de democracia del Sr. Chávez no es una que esta página apruebe. Está afectada por acaparamiento de tribunales, intimidación judicial de oponentes políticos y discursos demagógicos y fraccionalistas, incluyendo la frecuente e inflamada demonización de los Estados Unidos, el mayor cliente petrolero de Venezuela». Y al final regresa sobre la oposición: «La oposición, entretanto, necesita dejar de cantar foul. Condujo una campaña referendaria generalmente inepta, fallando en unirse en torno a un único y creíble retador del Sr. Chávez y fallando en distanciarse adecuadamente de las políticas oligárquicas del desacreditado pasado. Una sana democracia venezolana requiere no solamente un Sr. Chávez menos divisionista. También requiere una oposición más realista y eficaz».
Hay que decir estas cosas, no para encontrar cabezas de turco, chivos expiatorios o dueños de la derrota, sino para destacar que tan desastrosos traspiés no son atribuibles a la ciudadanía que, como han dicho con razón muchos analistas, ha trascendido a sus líderes ostensibles y asistido heroicamente a cuanta batalla le propusieran quienes se suponía más duchos que el ciudadano común en asunto político.
Ahora insiste esa dirigencia en cantar foul. Esto es una gravísima y criminal irresponsabilidad, porque entendiendo que su propia y egoísta conveniencia política, su única oportunidad de supervivencia es tener éxito en difundir la especie del fraude, en vocear por cuanto medio les abre sus espacios la tesis de la estafa con la esperanza de convertirla, como parecen lograr, en generalizada matriz de opinión, no hacen otra cosa que exacerbar la golpeada psiquis nacional, presa de una neurosis negadora que amenaza con convertirse en histeria destructiva, de proporciones tan grandes como las que alcanzara, en trágicamente famosa ocasión, el pánico generado por inconsciente radiodifusión de Orson Welles.
El ex presidente Carter dijo con todas sus letras el martes: «No tenemos motivo para dudar de la integridad del sistema electoral o la exactitud de los resultados del referéndum. No existe evidencia de fraude, y cualquier alegato de tal cosa es completamente injustificable». Y añadió luego, refiriéndose al «liderazgo» opositor: «Es naturalmente humano que estén profundamente perturbados y se nieguen a abandonar la débil esperanza de que pudieran ser exitosos».
¿Cómo era aquello que decía a Boabdil su madre, cuando el hijo sollozaba al entregar las llaves de su perdida Granada a los Reyes Católicos? «No llores como mujer lo que no supiste defender como hombre».
……..
De modo que ahora el país necesita nuevos líderes y una nueva especie, con código genético diferente, de organizaciones políticas. No porque Chávez haya sobrevivido al referendo su proyecto ha dejado de ser societalmente maligno, en el sentido oncológico del término. Su gobierno se ha mostrado en contumacia contrario a los fines de la paz y la prosperidad de la nación, «al enemistar entre sí a los venezolanos, incitar a la reducción violenta de la disidencia, destruir la economía, desnaturalizar la función militar, establecer asociaciones inconvenientes a la República, emplear recursos públicos para sus propios fines, amedrentar y amenazar a ciudadanos e instituciones, desconocer la autonomía de los poderes públicos e instigar a su desacato, promover persistentemente la violación de los derechos humanos, así como violar de otras maneras y de modo reiterado la Constitución de la República e imponer su voluntad individual de modo absoluto». El pueblo de Venezuela necesita articular una oposición eficaz a tal ejecutoria.
En la Ficha Semanal #4 de doctorpolítico (20 de julio de este año) rescatábamos un grueso diseño para un tipo diferente de asociación política, en el que se postula que tal entidad debiera estar conformada por un componente sensorial (registra y canaliza la opinión ciudadana sobre asuntos públicos y posibles soluciones), un componente elaborador (inventa tratamientos y educa políticamente al público y a quienes tengan manifiesta vocación pública), y un componente operativo (lleva a cabo programas y operaciones decididos por la asociación). Todo esto en el entendido de que una organización que aspire a expresar el noble oficio de la Política, no tiene autoridad para tal pretensión a menos que entienda a ese arte como actividad que resuelva los problemas que atañen a todos, y que no bastará entenderse a sí misma como un aparato para la mera búsqueda del poder.
Pues bien, tal construcción puede imaginarse partiendo de cero, si es que hemos desahuciado la organización hasta ahora predominante. Pero quizás pueda procederse como han aprendido a hacerlo la robótica y la inteligencia artificial, antes empeñadas en construir de una vez un autómata que simulara el comportamiento del complejísimo organismo humano. Ahora su estrategia es otra: toman algún mecanismo simplísimo—uno que por ejemplo ejecuta eficazmente, inerrante, la función de la pata articulada de un insectoide—y lo combinan con otros módulos igualmente exitosos para arribar a la composición de un organismo cada vez más complejo.
Es evidentísimo que Súmate es uno de esos módulos altamente exitosos (el componente sensorial, y también módulo operativo). Alguna vez dijimos que su excelencia merecía mejores estrategas que los que le impuso por clientes la Coordinadora Democrática. Dicho sea de paso, en nueva demostración de madurez y tino político, ha sido la más serena y sosegada de las voces políticas del momento, al formular sus observaciones sin estridencia y con la valiente honestidad de admitir que sus propios «conteos rápidos» arrojaban las mismas cifras que las obtenidas por la misión de la OEA y el Centro Carter, que a su vez eran las mismas cantadas por el Consejo Nacional Electoral.
Pero incluso sería salvable al menos parte del aparato operativo que comandó con tanto denuedo y constancia, con tanto sacrificio y faena el mismo Enrique Mendoza, pues a fin de cuentas lo que ya sabemos es que no es Eisenhower, el estratega, aunque sí Patton, el experimentado táctico de campo.
Faltaría entonces el módulo elaborador, el think tank, en gringa terminología. Pero esto no es la comisión del «consenso-país»—al que llamáramos en noviembre de 2003 «consenso bobo»—porque una vez más creyó que el método para arribar a un conjunto de políticas correctas es la transacción consensual. Y tampoco intentos compuestos por perogrulladas bien impresas, como es el caso de «Un sueño para Venezuela». Esto es asunto de verdadera organización profesional de creadores de políticas.
……..
Al menos desde 1999 creíamos saber que la oposición a Chávez no podía reducirse a su sola negación. Uno no niega, decíamos, a un fenómeno telúrico que tiene por delante. Ante él cabía, primero, una oposición por contención. La represa del Guri que impide que el Caroní se desborde. Esta oposición era posible desde el mismo inicio del gobierno chavista. Al asumir el poder Chávez intentó una primera redacción de la pregunta con la que se consultaría a los Electores sobre la conveniencia de convocar una constituyente. Hemos perdido de los archivos la construcción exacta, pero se trataba de algo como lo siguiente: «¿Está Ud. de acuerdo conque yo, Hugo Chávez Frías, decida todo lo concerniente a este asunto de la constituyente?» La redacción era tan obviamente autocrática que el país entero entró en helado mutismo, y seguramente Rangel y Miquilena le habrán aconsejado al ensoberbecido comandante: «Caray, Hugo, eso no puede ser, preguntemos el asunto de otro modo». Y el mandamás, sin que ningún opositor se lo reclamara firmemente, se vio obligado a modificar el decreto-pregunta.
Ahora más que nunca es esta estrategia necesaria. Algún amigo apostaba a que luego de su triunfo Chávez ofrecería—al menos hasta la nueva confrontación de las elecciones regionales, a las que tendrá que acudir una Coordinadora Democrática ya definitivamente en desbandada, atomizada, imposibilitada de convencer al mecenas más generoso—paz y amor, promesas de diálogo e inclusión. Ya voceros del Comando Maisanta se han pronunciado en este sentido.
Sería ingenuo suponer que ahora Chávez no apretará una tuerca más. La ley de policía nacional, la amenaza de renacionalizar la CANTV (tiene los reales), la ley de contenidos, una nueva ley de cultos, la toma de las universidades y nuevas represiones penales contra sus más detestados oponentes, están a la vuelta de la esquina. Urge encontrar el modo de tomarle la zurda muñeca que empuñará la llave inglesa y dificultarle el opresivo giro con el que querrá expandir su totalitaria y quirúrgica manera de «gobernar».
Pero también decíamos en 1999 que esa contención no sería suficiente, y que más que una oposición habría que ejecutar una superposición, una elaboración discursiva desde un nivel superior de lenguaje político, que flotara sobre sus agendas, sobre su nomenclatura, sobre sus concepciones, sobre los terrenos que siempre escogió astutamente para la batalla y a los que llevó, casi sin esfuerzo, a un generalato opositor incompetente, y que pudiera, esa interpretación alterna, ese discurso fresco, ser convincente para el pueblo. Este discurso es perfectamente posible. Ese discurso existe, y entre él y unos Electores hambrientos de liderazgo eficaz, sólo hay que interponer los medios que hasta ahora sólo han estado disponibles para actores ineficaces.
Por esto viene ahora una nueva etapa, preñada de posibilidades, más aprendida. Venezuela, herida, desconcertada, desilusionada y nihilista, tiene que recuperarse de la desazón y el fracaso. Y al cabo de un tiempo más bien corto, encontrará el camino correcto y verá sus tribulaciones de ahora como el principio de su metamorfosis creadora. No nos avergonzamos de nuestras tribulaciones, decía San Pablo, porque a la postre transmutan en esperanza, y no nos avergonzamos de nuestra esperanza.
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por Luis Enrique Alcalá | Ago 12, 2004 | Cartas, Política |

Es sólo muy recientemente que la «teoría de la complejidad», que incluye la llamada «teoría del caos», ha podido proporcionar un paradigma adecuado para la consideración del futuro social. Los primeros ejercicios analíticos de predicción eran fundamentalmente proyecciones en línea recta. (La estadística había proporcionado la herramienta de la «regresión lineal», mientras el «determinismo histórico» de las doctrinas marxistas contribuía a esa opinión de que el futuro era único e inevitable). Obviamente, sólo pocos fenómenos pueden ser adecuadamente descritos como una línea recta.
El reconocimiento de la multiplicidad del futuro llevó, más tarde, al desarrollo de la técnica de «escenarios» (principalmente por la Corporación RAND, en la década de los sesenta), en los que se exponía intencionalmente un conjunto de descripciones diferentes del futuro en cuestión. Sin embargo, aún la técnica de escenarios tiende a estar asociada con una percepción del problema en forma de «abanico» de porvenir, según la cual se presume una continuidad de la transición entre los distintos futuros, al desplazarse por el área continua del abanico. Este modo de ver las cosas supone, por tanto, una enorme cantidad de incertidumbre, pues los futuros serían, en el fondo, infinitos.
El formalismo matemático sobre el que se asienta la teoría de la complejidad, en cambio, permite describir el futuro como una estructura arborificada o ramificada, como una arquitectura discontinua en la que unos pocos futuros posibles actúan como cauces o «atractrices» por los que puede discurrir la evolución del presente. (Benoit Mandelbrot, investigador del Thomas Watson Research Center de la compañía IBM, presentó en 1982, en su libro The Fractal Geometry of Nature, la noción de «fractal»: en términos generales, una línea que exhibe «autosimilaridad», que se parece a sí misma. La matemática fractal reproduce, con ecuaciones de extrema simplicidad, estructuras ramificadas complejas, sea ésta el perímetro de un helecho o la forma del aparato circulatorio humano. Cuando los investigadores de fenómenos caóticos—el clima, la turbulencia de los líquidos, los ataques cardíacos, el pánico económico, etcétera—buscaban una herramienta analítica que les permitiera describir estos procesos, encontraron que la matemática fractal era justamente lo que necesitaban).
Incertidumbres de este tipo han llevado a la desesperante noción de que la predicción social es imposible. El hecho de que, por lo atrayente del nombre, se haya popularizado más la teoría del caos que la teoría de la complejidad que la engloba, ha contribuido aún más a la desesperanza. Pero esto es un conocimiento y una aplicación superficiales de tales teorías. Por una parte, aun los fenómenos caóticos transcurren por cauces que siguen un orden subyacente estricto. Por la otra, ya a niveles prácticos se ha tenido éxito en introducir estímulos que «sincronizan» procesos caóticos para hacerlos seguir trayectorias estables. En otras palabras, es posible dominar el caos. (Ver William L. Ditto y Louis M. Pecora, Mastering Chaos, Scientific American, agosto de 1993 y antes Elizabeth Corcoran, Ordering Chaos, Science and Business, Scientific American, agosto de 1991). Más aún, la proporción de caos dentro de los sistemas complejos es usualmente pequeña, y predomina en éstos un proceso opuesto y más poderoso de autorganización, especialmente en sistemas que, como el social, son capaces de intercambiar información. (Ver Stuart A. Kauffman, Antichaos and Adaptation, Scientific American, agosto de 1991).
Naturalmente, ciertos episodios caóticos pueden tener consecuencias lamentables en magnitudes enormes. Los acontecimientos del 27 y el 28 de febrero de 1989, por ejemplo, son más fácilmente comprensibles si se les interpreta como un caso de proceso caótico, antes que como resultado de una acción subversiva intencional. En muchos sistemas físicos la transición de una fase ordenada a una fase caótica se produce al aumentar la magnitud de algún parámetro, la velocidad, por ejemplo. En el caso del más reciente crash del mercado de valores de Nueva York (octubre de 1987), ese parámetro ha podido ser la mayor velocidad de transmisión de datos que se había logrado luego de la completa computarización de las transacciones. El 27 de febrero de 1989 pudo observarse la propagación de la avalancha desde Guarenas, exacerbándose por la transmisión del evento a través de los medios de comunicación social, pero también a través de una cadena informal de transmisión de información: los mensajeros motorizados, que exhiben desde hace mucho una rápida solidaridad de conducta y que fueron propagando el descontento desde Guarenas a Petare, de allí a Chacaíto, a la estación del Metro en Bellas Artes, y así sucesivamente.
En contraposición a estas posibilidades caóticas, los sistemas sociales aprenden y se autorganizan. A pesar de la larga acumulación de tensiones sociales en el país, el apagón masivo del sistema eléctrico venezolano del 29 de octubre de 1993 no condujo a disturbios dignos de ser mencionados. Recordemos el episodio: era un día viernes, día de pago, y poco después de mediodía la energía eléctrica desapareció del país desde el Guri hasta San Cristóbal. Los bancos no tenían línea, los telecajeros no funcionaban, el Metro de Caracas estaba paralizado. Quienes vivían en Petare y trabajaban en Catia marcharon a pie hacia el este de la ciudad; quienes trabajaban en Petare y vivían en Catia atravesaron la ciudad como resignados peatones en sentido contrario para regresar, sin dinero, hasta sus casas
¡y ni una sola piedra voló a romper una vitrina! La ciudadanía intuyó tal vez que los disturbios, de producirse, proporcionarían un pretexto para la toma del poder político por autoridades militares que depondrían al presidente Velásquez. (El Ministro de la Defensa de la época, el vicealmirante Radamés Muñoz León, llevaba semanas declarando agresivamente a los medios y sugiriendo desfachatadamente que muchas voces se le acercaban «urgiéndole» que interviniera). La comunicación telefónica sirvió esta vez para generalizar la impresión de que se estaba frente a la preparación de un golpe de Estado: la conciencia política lograda en años de sufrimiento social evadió la pretendida trampa.
……..
La teorización precedente viene muy al caso del próximo domingo 15 de agosto, puesto que ese día se producirá una descomunal acumulación de actos personalísimos del enjambre ciudadano de nuestra nación. Cerca de diez millones de personas, se estima, irán a definir el futuro de la república y, por ende, de sus propias vidas y las de sus seres más queridos. Nuestra impresión, y nuestra apuesta, es que a pesar de lo que las encuestas de opinión han registrado—la posibilidad de que Hugo Chávez permanezca en el poder—y a pesar de errores de la conducción opositora, la inteligencia colectiva de ese enorme enjambre operará como lo hizo en 1993 y procederá a restaurar la tranquilidad del país, que ha sido asediada cada día desde el 2 de febrero de 1999.
Los registros están allí. Alfredo Keller ha debido producir la explicación del «voto oculto»—que le hizo equivocarse en Nicaragua ante el inesperado triunfo de Violeta Chamorro sobre la dinastía Ortega—y Luis Vicente León (Datanálisis) ha cifrado su íntima esperanza en la capacidad de movilización de la alianza de oposición. Las encuestas no han servido para tranquilizar sino a los enchufados en el gobierno.
La intranquilidad alcanza al exterior de Venezuela. El Financial Times (Andy Webb-Vidal) especulaba el 6 de agosto que los Estados Unidos estarían «ablandando» su postura hacia Venezuela en la creencia de que Chávez saldría bien librado del referendo revocatorio. El Informe Stratfor del mismo día evaluaba terriblemente a la Coordinadora Democrática: «Por suerte para Chávez, si hay algo que la oposición venezolana ha demostrado es que es estratégicamente torpe, profundamente impopular y moralmente cuestionable». Y añadía: «Independientemente de cómo resulte el referéndum, esperamos que Chávez mantenga el poder…»
De nuevo, estas apreciaciones se basan en los estudios de opinión, pero además tal vez Stratfor tenga preferencias por «estrategias» perecistas u orteguianas. Poco antes de los acontecimientos de abril de 2002 Stratfor anticipaba una acción golpista.
Pero nadie puede negar el registro de las encuestadoras. ¿Pueden equivocarse las encuestas, aun las mejor y más profesionalmente hechas? No, no se equivocan si se les tiene como registro fiel de opiniones emitidas, pero están sujetas a error, a veces de los más gruesos, si se pretende con ellas hacer predicciones.
En 1948, la victoria de Harry S. Truman sobre la candidatura de Thomas Dewey en los Estados Unidos fue motivo de vergüenza para encuestadores como Gallup y Roper. Las encuestas «pronosticaban» un triunfo de Dewey por un margen que oscilaba entre 5 y 15 puntos porcentuales, y al final Truman ganó con una ventaja de 4,4 puntos. El archivo digital del Instituto Político Eagleton (Universidad del Estado de Nueva Jersey en Rutgers) expone: «Irónicamente, las mismas encuestas pueden haber ayudado con un impulso tardío de Truman para vencer a Dewey, cuando los reportes de prensa que señalaban la delantera de Dewey estimularon a los demócratas a montar unos últimos esfuerzos para aumentar la afluencia de votantes, e hicieron que los republicanos se excedieran en confianza respecto de su necesidad de llevar a sus propios votantes a las urnas».
No podemos, por tanto, ofrecer certidumbre. Lo que podemos certificar es nuestra fe en el pueblo venezolano, que el domingo que viene nos impartirá una de sus más grandes lecciones.
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por Luis Enrique Alcalá | Ago 5, 2004 | Cartas, Política |

El 18 de octubre de 2004 Jorge Rodríguez anuncia al país los resultados de las elecciones presidenciales del día anterior: primer lugar, Enrique Mendoza, con 36% de los sufragios; segundo lugar. Alí Rodríguez con 27%; último lugar, Henrique Salas Roemer con 14%. Los votos nulos suman 23%. Según la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia sentenciará que debe procederse a nuevas elecciones. Artículo 228: La elección del Presidente o Presidenta de la República se hará por votación universal, directa y secreta, de conformidad con la ley. Se proclamará electo o electa el candidato o la candidata que hubiere obtenido la mayoría de votos válidos. Esto es, que a diferencia del texto de 1961, que prescribía que se proclamará electo al candidato que obtenga mayoría relativa de votos, la constitución vigente parece exigir mayoría absoluta del ganador, y el Sr. Mendoza sólo obtuvo una mayoría relativa. Ergo, hay que repetir elecciones.
Las cuentas son así: los votos válidos correspondieron al 77% de los votos emitidos, siendo que los votos nulos ascendieron a 23%. El Sr. Mendoza, por tanto, ha recibido el 47% de los votos válidos, lo que es insuficiente, dado que esa cantidad no es la «mayoría de votos válidos». (Rodríguez 35%, Salas 18%. En materia de representatividad, ya que a diferencia del referendo revocatorio—abstención de 35%—a las elecciones del 17 de octubre de 2004 dejó de asistir el 44% de los electores, el Sr. Mendoza recibió el beneplácito de 24% de ellos, Rodríguez 18% y Salas Roemer 9%).
Entonces ocurre que esta vez ocurren nada más que Mendoza y Rodríguez (no Eugenio Antonio) a las nuevas elecciones. Y esta vez llega Alí Rodríguez de primero, con 50,5% de los votos válidos frente a, obviamente, 49,5% para el segundo: el Sr. Mendoza. Y es que ahora las cuentas revelan que los votos nulos crecieron a 39%, mientras que Rodríguez ganó 4 puntos respecto de la votación anterior a su favor para 31%, y el Sr. Mendoza perdió 6 puntos para 30% de los votos emitidos. Pero es que también aumentó la abstención considerablemente, casi en diez puntos, para 53% de electores que se quedaron en casa. Rodríguez fue apoyado por el 15% de los electores; el 14% soportó al Sr. Mendoza. ¿Qué fuerza tendría un presidente Rodríguez con sólo 15% de apoyo?
Argentina pasó por una turbulencia de media docena de presidentes desde la caída de De La Rúa. ¿Nos espera una turbulencia similar?
Pero es que puede ocurrir una cosa totalmente dispar. Más bien, la ficción política puede concebir un escenario más diabólico aún. Que cuando el Sr. Mendoza llegue de primero en las primeras elecciones el prototribunal supremo del CNE se niegue a proclamarlo presidente electo y, mientras continúa en la presidencia Rangel (o un Diosdado designado Vicepresidente el viernes 13 de agosto), la panteónica Sala Constitucional diga que como la Constitución no prevé nada al respecto, y ya ha pasado, en 27 de enero de 2005, bastante más que el 19 de agosto de 2004, fecha corte de criterios respecto de la sucesión, el espíritu constituyente del 99 era que de no haberse dilucidado el punto de un sucesor del presidente faltante cuando restaran menos de dos años para el término del período, el Vicepresidente en funciones debe completarlo.
La ficción política puede, ciertamente, imaginar trayectorias de ese tipo. No hemos traído esas pesadillas a colación para afirmar que sean probables, sino para saber que son posibles y pensarlas. Son, en este sentido, de utilidad heurística, propias para el descubrimiento o la invención.
Porque es que la interpretación perfectamente posible del 228 constitucional es la que hemos expuesto, según nos hiciera notar Ramón Adolfo Illarramendi, ex Embajador ante Jamaica en el primer gobierno de Caldera, director de una oficina de análisis para la Presidencia de la República en su segundo turno, abogado de largo conocimiento de los predios institucionales de Washington. Es también quien me hiciera notar el mecanismo de run-off elections, referido en el número 91 de esta publicación. Ramón Adolfo tuvo la amabilidad de enviarnos copia de comunicación que remitiera al Presidente y demás Miembros del Consejo Nacional Electoral y nos autorizó a citarle.
Esta es su carta a Francisco Carrasquero y sus co-rectores:
Ramón Adolfo Illarramendi
Abogado y Doctor en Derecho
Inscrito en Impreabogado con el N° 143
29 de julio de 2004
Ciudadano Doctor
Francisco Carrasquero, Presidente, y demás
Rectores miembros del Directorio del
Consejo Nacional Electoral (CNE)
Su Despacho
Caracas, Venezuela
Estimados Señores:
Esta comunicación tiene el propósito de llamar su atención y de exigirles la aplicación inmediata y plena a los eventuales procesos electorales venideros, de la norma contenida en el artículo 228 de la Constitución Nacional.
«Artículo 228. La elección del Presidente o Presidenta de la República se hará por votación universal, directa y secreta, de conformidad con la ley. Se proclamará electo o electa el candidato o la candidata que hubiere obtenido la mayoría de votos válidos»
Siendo la norma transcrita de rango constitucional, por supuesto que no admite contradicción por cualquiera otra normativa de rango inferior, en tal virtud debe aplicarse sin recurso alguno. El CNE es el órgano idóneo para hacerlo y está obligado a ello.
Ahora bien, siendo «la mayoría» una expresión gramatical unívoca, equivalente a decir «la mitad más uno» de los votos válidos, debe preverse y regularse la manera como se alcanzará esa «mayoría» a favor de uno o una de los candidatos o candidatas que concurran a eventuales elecciones previstas por nuestra legislación, en caso de que sean más de dos y que no obtenga el más favorecido de entre ellos o ellas más del 50% de los sufragios.
En muchos países del mundo, particularmente en la América Latina, se ha popularizado el sistema de balotaje o doble elección comúnmente conocido como «la doble vuelta». Muchas constituciones y leyes electorales lo consagran. Entre otros ejemplos pueden citarse a Brasil, Argentina, Perú, Ecuador y Colombia además de Francia. En otros países e instituciones se usa con éxito y con creciente popularidad una variante que produce los mismos efectos sin intervalos entre ambas fases o «vueltas» del proceso pues se elimina la segunda votación. Este sistema es el del balotaje instantáneo, o doble vuelta instantánea (instant Run-off), que es usado en Australia, en Irlanda, en California (la ciudad de San Francisco) y en primarias partidistas en el Estado de Utah de los Estados Unidos.
En Venezuela es insoslayable atender de inmediato esta exigencia constitucional.
Así lo solicito de Ustedes con todo respeto, en mi carácter de ciudadano venezolano por nacimiento, casado, de mayor edad, con domicilio en la ciudad de Caracas (Municipio Chacao del Estado Miranda), titular de la Cédula de Identidad Personal N° 1.856.902, y en mi carácter además, de Elector hábil para elegir y para ser electo, debidamente inscrito en el Registro Electoral Permanente (REP) que lleva ese máximo organismo electoral.
Ruego que me sea acusado el recibo de esta comunicación y, en tiempo oportuno, los resultados de la pronta decisión que Ustedes se sirvan tomar sobre las exigencias que la misma contiene. Dicha decisión sin dilaciones interesa gravemente tanto al Orden Público como al ejercicio de mis derechos personales y ciudadanos.
Es Justicia. Juro la Urgencia.
Ramón Adolfo Illarramendi
Naturalmente, una cosa de tal monta requerirá, impepinablemente, la decisión de la ínclita Sala Constitucional sobre recurso de interpretación que se interponga ante ella. Especialmente si en el caso de las únicas elecciones posteriores a la promulgación de la constitución vigente—julio de 2000—no hubo necesidad de preguntar por la aplicabilidad del artículo 228, dado que el Sr. Chávez Frías obtuvo el 59,76% de los votos válidos.
La composición de las autoridades del Tribunal Supremo de Justicia debió rehacerse en diciembre de 2002. Se suponía la existencia de un pacto entre Iván Rincón y Franklin Arriechi para que este último sucediera al primero. En agosto de 2004 Rincón sigue al frente del tribunal y Arriechi ha sido defenestrado.
Desde comienzos de 2000—cuando terminó sus funciones la instancia constituyente—hasta fines de 2003, no se puso remedio a la provisionalidad del Consejo Nacional Electoral que terminaría presidiendo, heroica pero ineficazmente, nuestro invalorable amigo Alfredo Avella Guevara.
El gobierno ha sabido valerse de la arbitraria e interesada interpretación de cuanto artículo u ordinal esté escrito en constituciones, leyes, reglamentos e instructivos para impedir a la oposición. En esto se comporta como la piraña, que muerde en todo resquicio. ¿Puede uno creer que respecto de la aparente regla de la mayoría absoluta del 228 la dirección política del chavismo ha estado totalmente distraída? ¿O más bien tenemos que pensar que tan inocente redacción está puesta allí adrede?
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por Luis Enrique Alcalá | Jul 29, 2004 | Cartas, Política |

Era el mes de septiembre de 1996. Después de sufrir larga reclusión domiciliaria por sentencia de un tribunal a causa de algunos de sus delitos contra la cosa pública, el único presidente venezolano que ha debido dejar el poder por delincuente, Carlos Andrés Pérez, había salido a la calle en libertad. Y de esa salida a la libertad los medios habían hecho un despliegue desproporcionado y en gran medida construido.
Entre sus primeros actos, luego de la liberación, estuvo su «reinscripción» en Acción Democrática, el partido que lo expulsó por corrupto, en una perdida seccional cercana a Rubio, su pueblo natal. En esa zona, bien controlada por los manejos de su lugarteniente de entonces, Héctor Alonso López, había decidido recomenzar su «aporte» a la política venezolana, en ese territorio en el que una solícita Cecilia Matos le había construido un museo y algún escultor complaciente había perpetrado el sacrilegio de modelar a Bolívar sobre su rostro. (Hasta en este delirio Chávez tuvo quien se le adelantase).
Luego escenificó una rueda de prensa en sus oficinas de la Torre Las Delicias. No más de cincuenta personas corearon su nombre a las afueras del edificio. En cambio, la valentía de María Isabel Párraga le hizo retroceder y contradecirse cuando le puso ante los ojos, delante de todos los reporteros, una copia fotostática de alguno de sus mancomunados enredos. El fotógrafo de El Nacional registró para la posteridad el gesto vade retro de Pérez, mientras negaba una fecha o una cantidad ante la mirada conminatoria de la periodista. De nada le valió la pretendida resurrección y la búsqueda de un protagonismo que ya no tenía, y que sólo sus más íntimos aduladores y oportunistas como Henrique Salas Roemer—que había explícitamente procurado el apoyo político del vergonzante ex presidente a raíz de su salida en libertad—estaban dispuestos a reconocerle.
Para esa época escribíamos: «Los profesionales de la comunicación social, los dueños de los medios de esta comunicación, tienen un deber insoslayable ante el país: el de reducir a Carlos Andrés Pérez a su verdadera dimensión de agitador en decadencia. No es un ejercicio serio del periodismo la reciente amplificación y destacada cobertura de sus pendencieras apariciones, no es para nada útil concederle la primera plana, en fácil y amarillista solución de sus problemas de redacción interesante. Que no se convierta en ritual periodístico la entrevista cotidiana o semanal al agitador de Rubio, el principal responsable del espantoso estado de la República, como si se tratase, en cambio, de alguien que pudiera decirnos algo útil e importante para la vida de la Nación».
Recordamos estas cosas cuando el pasado domingo 25 de los corrientes el diario El Nacional estimó que sus lectores debíamos calarnos una página de entrevista al pernicioso personaje, y teníamos que soportar su grosera advertencia: que el gobierno de Chávez sólo cesaría mediante la aplicación de violencia en su contra y que él, Carlos Andrés Pérez, estaba personalmente involucrado en una conspiración que la ejercería.
En el fondo no importa dilucidar si fue el periódico quien fue tras el declarante o éste quien hizo valer algunas relaciones de indudable influencia sobre el rotativo. Lo cierto es que la entrevista no obedeció a una decisión editorial que considerase importante tomar la opinión de ex presidentes en torno a la posible cesantía del actual ocupante de Miraflores. El Nacional no ha anunciado una serie de entrevistas a Rafael Caldera, Luis Herrera Campíns, Jaime Lusinchi y Ramón Velásquez, nuestros restantes ex presidentes vivos. La entrevista fue un proyecto único, una sola intención del rotativo.
¿Qué busca El Nacional? ¿Qué busca o qué sabe Miguel Henrique Otero? ¿Qué buscan o qué saben las personas más influyentes en el diario de Puerto Escondido? ¿Qué es lo que tienen escondido?
Hemos escuchado que el asunto estuvo concebido como divertimento con la intención de irritar a Hugo Chávez, de preocuparlo o asustarlo. Si esto fuera así se trataría de enorme irresponsabilidad—dado que nadie puede garantizar cómo reaccionaría ante semejante acicate la psicopática personalidad del actual presidente—tanta irresponsabilidad como la de molestar a un gorila rodeado de gente por pura diversión.
Claro que desde cierto punto de vista Pérez y Chávez están indisolublemente unidos. A fin de cuentas, el segundo se levantó en armas contra el primero. Después de que Rafael Caldera pusiera en libertad a los conspiradores de 1992, Hugo Chávez declaró a la revista Newsweek que el artículo 250 de la Constitución de 1961 le obligaba a rebelarse. Lo que aquel artículo 250 estipulaba era que en caso de inobservancia de la Constitución por acto de fuerza, o de su derogación por medios distintos de los que supuestamente ella misma disponía—nunca dispuso ninguno—todo ciudadano, investido o no de autoridad, tendría el deber de procurar su restablecimiento.
Pero con todo lo que podíamos censurar a Pérez en 1992, y aun cuando la mayoría de los venezolanos estaba convencida de que lo más sano para el país era su salida de Miraflores y La Casona, ni Pérez había dejado de observar la Constitución en acto de fuerza ni la había derogado por medio alguno. Todas las cosas que le eran censurables a Pérez tenían rango subconstitucional.
Ni siquiera era un posible fundamento de Visconti, Arias Cárdenas, Chávez, etcétera, aquella disposición sobre el derecho a la rebelión recogida en la Declaración de Derechos de Virginia (12 de junio de 1776): «
cuando cualquier gobierno resultare inadecuado o contrario a estos propósitos—el beneficio común y la protección y la seguridad del pueblo—una mayoría de la comunidad tendrá un derecho indubitable, inalienable e irrevocable de reformarlo, alterarlo o abolirlo, del modo como sea más conducente a la prosperidad pública». La norma de Virginia exige como sujeto de la acción una mayoría de la comunidad, y ni los oficiales sublevados representaban una mayoría de la comunidad ni una mayoría de ésta admitía un golpe de Estado como deseable. Era por esto que lo correcto desde el punto de vista legal hubiera sido que los golpistas de 1992 hubieran purgado la condena exacta que las leyes preveían en materia de rebelión.
Siendo esto verdad, y encontrando explicable que Carlos Andrés Pérez aún pudiera estar ardido por los vaporones que Chávez le hizo pasar, lo que no encuentra explicación es la entrevista de El Nacional del pasado domingo, rayana en el delito de incitación a delinquir.
Y es que además la entrevista es políticamente estúpida, pues lo que hace es darle la razón al adversario: dar pie a Chávez, a un fácilmente desgañitado José Vicente Rangel, a un obsecuente García Carneiro, para que pretendan vulnerar el ejercicio democrático del 15 de agosto bajo el pretexto de que «la oposición» procura un nuevo golpe o un «efecto Madrid», según la docta expresión del Vicepresidente. Por fortuna, la mayoría de los dirigentes conspicuos de la oposición pusieron rápidamente distancia entre su opinión y la de Pérez.
Hace ya mucho tiempo que Carlos Andrés Pérez no hace un favor al país. Lo último que ha hecho, sobre alfombra roja tendida inexplicablemente por El Nacional, es lo más inoportuno y pernicioso que ha salido de su hocicada boca.
La infeliz iniciativa de El Nacional debiera servir para que comprenda que lo que tiene que hacer es justamente lo contrario de lo que hizo. Que es preciso demostrarle a Pérez que su incontrolada lengua no tiene ya vigencia en Venezuela. Que su figura pertenece a un pasado que preferimos olvidar. Que un mínimo de decencia le exigiría que callara la boca y desapareciera en las norteñas latitudes que habita, a fin de que pueda ocuparse, en el ocaso de su vida, de sus mancomunados intereses.
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