por Luis Enrique Alcalá | Jul 22, 2004 | Cartas, Política |

Ayer recibimos la siguiente pregunta: «¿Qué recomendaría usted para evitar que el 15 de agosto a las 9 de la noche los dos bandos en pugna referendaria se entren a tiros?»
Naturalmente, tras esta cuestión subyace la presunción de que no es nada improbable un resultado chiquitico, apretado: un escenario en el que el «Sí» o el «No» resultasen triunfantes por mínima diferencia. A fin de cuentas, hay algunas encuestadoras que creen medir un virtual empate entre las opciones, otras que el gobierno pudiera resultar reivindicado y otras, al fin, que pronostican la revocación de Chávez pero que registran un significativo progreso reciente del gobierno en paralelo con un deterioro creciente de la posición opositora. (También ayer nos tropezamos en la calle con un ex ministro socialcristiano a punto de visitar a un ex presidente socialcristiano y recibimos su confidencia: «Si las votaciones ocurrieran hoy Chávez ganaría».) ¿Qué pasaría, se preguntaba en el fondo nuestra inquisidora de ayer, si gana el «Sí» por muy pocos votos, habida cuenta de que Hugo Chávez Frías, Diosdado Cabello y José Vicente Rangel se parecen poquísimo a Rómulo Betancourt, Raúl Leoni y Gonzalo Barrios, que en 1968 entregaron el Poder Ejecutivo Nacional a Rafael Caldera a partir de su minúscula ventaja de 32 mil votos? ¿Qué tendería a hacer una oposición grandemente confiada en el triunfo si el CNE y Smartmatic anuncian, sin que Jennifer McCoy pueda certificar significativas actividades sospechosas de fraude, que ha ganado el «No» por unos cien mil o cincuenta mil sufragios? ¿Cuán probable es un desenlace de este tipo?
Nuestro maestro Yehezkel Dror predicaba hace ya más de treinta años que un agente de decisión debe tomar previsiones, debe contar con planes de contingencia, no sólo para el caso de ocurrir los futuros más probables, sino también cuando un futuro improbable, de ocurrir, tuviese un impacto de gran consideración. Sería irresponsable, tanto como jugar a la ruleta rusa—una probabilidad en seis o solamente 16% de probabilidades de morir en el acto contra 84% de probabilidades de ganar una jugosa apuesta—quien no supiera lo que haría en caso de que se materializara un acontecimiento posible que pudiera acabar con todo. Es preciso prepararse, remachaba, para resultados de baja probabilidad pero alto impacto.
Admití a la persona que me hacía la pregunta formulada al comienzo que convenía a los venezolanos hacer todo lo que estuviera a nuestro alcance para bajar las probabilidades de una diferencia pequeña entre el «Sí» y el «No» a cotas cercanas a la imposibilidad. Así ofrecí unas primeras recomendaciones intuitivas, más bien superficiales. Podía exigirse a los respectivos y contrapuestos comandos que instruyesen a sus cuadros y militantes: «Nada de guarimbas, nada de piedras a las puertas de RCTV si perdemos por poco; los jefes manejaremos políticamente el asunto». Pero como la Coordinadora Democrática no controla a todos los guarimberos, y el Comando Maisanta no controla a todos los tupamaros y carapaicas—continuábamos en plan de facultativo con libreta de récipes en mano—convendría aprovechar que el caballero William Ury todavía está disponible para procurar la firma de un pacto de media página al efecto.
De alguna manera sabíamos, sin embargo—un persistente desasosiego nos lo advertía—que probablemente sería más eficaz una solución contraintuitiva. (En más de una ocasión el decisor público, el estadista, se tropieza con una causación social tan compleja que las respuestas intuitivas son ineficaces o aun son peor remedio que la enfermedad. El mismo Dror nos confrontaba con la ineficacia de la política perezjimenista de superbloques, construidos para mejorar la condición de las viviendas marginales en los barrios caraqueños. La superpoblación de los cerros caraqueños con ranchos precarios, humanamente indignos, se producía—apuntaba Dror—a partir de una intensa migración rural hacia la metrópoli; esto es, por gente que prefería vivir en un rancho caraqueño antes que en un extraviado conuco llanero. Por esta razón el superbloque sólo echaba gasolina a la candela, pues hacía la migración aun más atractiva, al ofrecer un hábitat claramente preferible al de los ranchos que sustituía. La solución de Marcos Evangelista aceleraba la migración y por tanto agravaba el problema que pretendía atender).
En este punto surgió en nuestra cavilación la siguiente certeza. Si el presidente Chávez y los que le apoyan componen una parte apreciable, no despreciable, de la población de Venezuela, no puede llamarse consenso-país a una formulación que no cuente con su consenso. Pero si se llegare a una nueva formulación que obtuviese tal aquiescencia tampoco podría entonces emplearse el cognomento consenso-país, a menos que quienes se oponen a la permanencia de Chávez en el poder fueran igualmente tranquilizados. En consecuencia, el mejor, el verdadero consenso-país consistiría en aquel acuerdo sobre políticas a partir del 15 de agosto que no requiriera la oposición furibunda de la Coordinadora Democrática ni del Comando Maisanta. ¿Es este milagroso y teórico pacto pura fantasía? ¿Es posible determinar un mínimo común denominador? Tal vez. Te doy garantía de que no remaremos hacia el «mar de la felicidad» si no insistes en privatizar a PDVSA, por ejemplo.
Pero esas políticas, de existir, tendrían que evidenciarse encarnadas en una persona. No basta el consenso. Por esto el mejor sucesor de Chávez sería también alguien que convenciese por sus bondades a quienes votarán «Sí» el 15 de agosto y que fuese alguien en quien Chávez pudiera poner algunas confianzas elementales. ¿Existe ese insólito perfil realizado en persona venezolana concreta? Bueno, debe haber algún nombre que no haya suscrito el decreto de Carmona al tiempo que reconozca las naturales ventajas y sabidurías gregarias del mercado. Que desestime el protocolo de constante combate épico del chavismo al tiempo que se haya percatado de que el Consenso de Washington es una simpleza.
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De darse la revocación del mandato de Chávez éste no podrá, aunque lo haya anunciado ante los mandatarios de MERCOSUR, ser candidato para sustituirse a sí mismo. Para doctorpolítico esa declaración no fue otra cosa que la preparación de un próximo y previsto gesto «democrático» de Chávez. Es cierto que Iván Rincón, en reciente y explayada entrevista, toreó a su entrevistador por chicuelinas y rechazó pronunciarse sobre el caso específico de la inhabilitación inmediata del actual presidente. («Nosotros nos limitamos a establecer principios generales».) Es cierto que además resaltó que la prohibición constitucional que al respecto pesa sobre eventuales asambleístas revocados no se aplica al caso presidencial. Pero es que en esto hubo acuerdo unánime de los magistrados de uno y otro bando en la Sala Constitucional. Incluso quienes aportaron votos concurrentes—que no salvados—y que en ellos hicieron explícito el absurdo de que un funcionario revocado pretendiera sustituirse a sí mismo, apoyaron la decisión construida sobre ponencia de Delgado Ocando. Pero en el cuerpo mismo de la sentencia vigente se lee, a continuación de la cita textual del Artículo 233 de la Constitución, que «esta Sala observa» que la revocación del mandato del presidente acarrea la falta absoluta y en consecuencia su «separación definitiva» del cargo por el «período correspondiente». La Sala, en consecuencia, «aclarará» que un presidente revocado no puede postularse como candidato a las elecciones inmediatas según lo previsto para el caso de la falta antes de cumplidos los primeros cuatro años del mandato. Y Chávez dirá: «Acato. ¿Se fijan que sí soy un demócrata que respeta la independencia de los poderes?»
Si Chávez es revocado, por consiguiente, su agrupación política deberá poner en circulación un candidato diferente. No podrá ser José Vicente, que estaría encargado de la presidencia. Tal vez Alí Rodríguez, para que si pierde sea el PPT el dueño de la derrota. Y éste perdería, también en el caso de una elección con un candidato que emerja de las tardías «primarias» de la Coordinadora y con un tercer candidato que no tenga nada que ver ni con el chavismo ni con la central opositora. Es más, de aparecer un tercer candidato «correcto», un candidato del «tercer lado» de Ury, lo más probable es que resultase triunfador ante, por ejemplo, los petroleros de polo opuesto: Alí Rodríguez, ex guerrillero y «decente» ex Secretario General de la OPEP, y Alberto Quirós, solidario del «carmonazo» pero eficaz negociador de la central opositora.
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También, como todo médico profesionalmente responsable en situación de difícil terapéutica, doctorpolítico fue a consultar a sus gurúes, a los colegas cuyo criterio respeta. Poseído por la inquietud que le causara aquella indagación sobre la forma de retirar el detonante de la explosiva mezcla de gases políticos que se acumula peligrosamente hacia el 15 de agosto, preguntó a sus maestros sobre el punto.
Por supuesto, le hicieron ver una vez más, el futuro es siempre un delta de varios caños, una arborificación compuesta de varias ramas, y los alarmantes escenarios descritos no son las únicas posibilidades. Un escenario no despreciable es aquél en el que el «Sí» obtiene al menos 500 mil votos de ventaja, pero en el que el «No» logra captar, digamos, 3 millones de votos. Es decir, el «Sí» atraería 3 millones y medio de sufragios y, ganándole al «No», todavía estaría por debajo de los 3 millones 800 mil votos necesarios para la revocación constitucional del mandato. Una interesante situación en la que el gobierno no saldría despedido como el proverbial corcho de limonada, pero quedaría suficientemente debilitado como para que pudiera intentar la fidelización definitiva del país entre el 16 de agosto de este año y las elecciones de 2006, como pretende el resurrecto ideólogo del Comando Maisanta, William Izarra.
Pero también hay otro cauce de significativa anchura en ese delta de atractrices: que sea el Pueblo solo, el enjambre ciudadano en miríadas de actos individuales solitarios y secretos, el Soberano de Sieyès en estado puro el que, con independencia de las apuradas gestiones de la Coordinadora Democrática, después de rumiar su decisión en silencio, decida restaurar la normalidad a su trono y revoque inequívocamente y por mayoría suficiente el mandato conferido a Chávez, a conciencia de que no deberá regresar a su palacio tropical para dejar todo en manos del sucesor, sino que tendrá que encargarse asimismo de vigilar y conminar a este último. De lo que tiene ese Soberano que tomar conciencia es de que, simplemente, la historia no se termina el 15 de agosto de 2004 y de que podrá seguir alzando su majestuosa voz cada vez que lo estime necesario. Que podrá ofrecer la cesantía a Chávez sin conferir cheque en blanco a quien ponga en su lugar. Ahora es cuando el Pueblo tiene que trabajar.
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por Luis Enrique Alcalá | Jul 15, 2004 | Cartas, Política |

La teoría de catástrofes es una creación relativamente reciente de la ciencia. (René Thom, Stabilité structurelle et morphogénèse, 1972). No hace mucho tiempo, por otra parte, desde que Per Bak y su grupo de colaboradores del Centro de Investigaciones Thomas Watson de IBM registraran lo que pasaba en un modelo a escala de avalanchas orográficas. Con un aparato tan sensible que era capaz de hacer caer arena grano por grano sobre una superficie circular, observaban la formación de colinas con una determinada «pendiente crítica», a partir de la cual la caída de un solo grano de arena podía provocar avalanchas. Largos períodos de observación documentaron la regularidad de una distribución con sentido intuitivamente previsible: que una secuencia larga de granos de arena cayendo sobre la colina genera un buen número de pequeños aludes; que en menor medida ocurren aludes de mediano tamaño; que son posibles avalanchas de gran talla, aunque muy poco frecuentes. Y, dicho sea de paso, que no se observó jamás ninguna avalancha que desmorone la colina íntegra.
Los grupos humanos, como los ríos y las montañas, como la población de huracanes y la de terremotos, también son asiento de episodios caóticos de pequeña, mediana y gran magnitud. Y también pueden ser expuestos a tensiones que agraven la intensidad de esos episodios. Si a un estadio en Ghana se le cierran las puertas mientras se suscita en él un arranque de desorden, y si al enjambre de espectadores se le acomete con gases lacrimógenos y ruido de explosiones, hay que contar conque el resultado no será una trifulca entre una media docena de fanáticos, sino una estampida con saldo de centenares de muertos y heridos. Por cierto, el último incidente de este tipo en Ghana era el sexto que se registraba en la zona en tiempos recientes. Algo pareciera causar la ocurrencia de los desórdenes en patrones endémicos: pareciera siempre haber conflictos en el Oriente Cercano, en los Balcanes, en Colombia. Como los forúnculos.
Cuando los precios del petróleo subieron hacia el tercer trimestre del año 2000, una protesta de camioneros franceses prendió la mecha de una eclosión que se extendió por España, los Países Bajos, Italia, Nueva Zelanda y pare de contar. (Por cierto, no era una protesta contra la OPEP, sino como esta misma organización advirtiera, contra el nivel impositivo que los gobiernos de países consumidores aplican al gasto de energía). Los enjambres humanos, que a diferencia de las piedras y las arenas cuentan con un creciente grado de intercomunicación, están gradualmente adquiriendo la capacidad de catastrofizar a escala transnacional. No es solamente el comercio lo que se globaliza: también el alcance de la conflictividad social. No está lejos el día de un 27F a escala subcontinental o intercontinental.
Estas cosas parecen ignorarlas analistas de éxito e ingresos profesionales considerables. Moisés Naím, por ejemplo, publicó un estudio en inglés con el título The Venezuelan Story: revisiting the conventional wisdom. (El cuento venezolano: una nueva mirada a la sabiduría convencional, 2001), que se distribuyó por selectos lotes de direcciones electrónicas. Naím volvía a exhibir en ese trabajo una notable capacidad de confusión entre la dimensión de la síntesis y aquella de la simpleza, para rechazar la interpretación de Chávez como «evidencia de la fermentación de una reacción contra la globalización, el capitalismo al estilo estadounidense, la corrupción y la pobreza».
El propio Naím indicaba que su explicación de las cosas era contraria a esa lectura, a pesar de que «por la mayor parte, la situación de Venezuela es citada como una señal temprana de alerta sobre una reacción planetaria contra las ideas políticas, las políticas económicas y las relaciones internacionales que dominaron los años 90, esto es, la democracia liberal, las reformas de mercado y la globalización». Naím sostenía que tal cosa no era cierta.
En ninguna parte de su documento de 41 páginas Naím se refería a los múltiples otros signos de molestia planetaria contra, precisamente, ese «Consenso de Washington» cuyo descrédito prefirió ignorar. No mencionó para nada, por poner un caso, que desde hace ya un tiempo a esta parte, cada reunión internacional relacionada con esa manera de entender la globalización, es objeto de significativas manifestaciones de protesta. (Las que se conoce, por cierto, que no son organizadas por el MVR).
La superficialidad de la tesis de fondo naimista se pone en evidencia en simplistas afirmaciones como ésta: «
la desaparición del sistema de partidos que dominó la política venezolana por más de cuatro décadas no fue un súbito colapso al estilo soviético que resultara de una excesiva concentración de poder en manos de una pequeña clique de políticos. Más bien ocurrió como consecuencia de la descentralización del poder político y económico que comenzó a fines de los 80». Es decir, que según Naím habría sido la descentralización lo que trajo a Chávez.
Y no es que Naím carezca de razón en todo lo que dice, o que no sea fácil establecer conexión entre dos hechos simples cualesquiera de la reciente historia venezolana. Por lo contrario, como Naím citaba con profusión un número de hechos incontestables, adquiría por ese procedimiento la falaz apariencia de científico social cuando fabrica sus tendenciosos enlaces fácticos.
Todo esta bien, nos dice Moisés Naím. Chávez no es sino un incidente anómalo aislado. No viene ningún terremoto, no vendrá ninguna avalancha, sino tal vez solamente en Venezuela, donde ahora impera la barbarie. No hay relación entre los desajustes de Chiapas y las pobladas en Bolivia o los desórdenes argentinos que tumbaron a De La Rúa. No hay descontento contra las prescripciones del Fondo Monetario Internacional. Política homeopática: para curar a los pobres es preciso hundirlos más en la pobreza, siempre pedirles más sufrimiento, más «ajustes». Y política de avestruz: no está pasando nada.
La única manera de explicar cómo un gobernante tan obviamente dañino e incompetente como Chávez ha prevalecido últimamente, es precisamente reconocer que su irracionalidad y su iracundia se asientan sobre muy reales substratos.
La globalización es un proceso que, gracias a Dios y a su ingeniería de la complejidad del mundo, es bastante más rico que la casi estrictamente económica globalización de Naím y gente que piensa como él. El mundo construye, ciertamente, una economía que incluye—no es el único—un nivel planetario. Pero también construye un cerebro y una cultura del mundo, una polis del mundo. Mientras esa polis no adquiera las inéditas instituciones que pudieran satisfacerla mejor, la potencia de la protesta planetaria jugará un papel cada vez mayor. No, profesor Naím, no vienen todavía los tiempos tranquilos.
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por Luis Enrique Alcalá | Jul 8, 2004 | Cartas, Política |

La encuesta de junio de 2004 de la firma Greenberg, Quinlan, Rosner Research indica que no es improbable que el gobierno gane el referendo revocatorio y permanezca en el poder al menos hasta el año de 2006, cuando habrá nuevas elecciones. Señala también que la mayoría percibe una mejora en la economía y considera muy o algo convincentes ciertos mensajes gubernamentales. Por último, es claro que el soberano prefiere de aquí en adelante políticas inclusivas o reconciliadoras, promotoras de la paz.
Uno puede tomarse en serio los resultados de esta consulta al soberano o puede desconocerla. Enrique Mendoza ha optado por lo segundo y ha dicho: «Estamos acostumbrados a que cada vez que se acercan los procesos electorales aparecen empresas con esos nombres rimbombantes». En verdad, Mendoza sabe perfectamente de los nombres de la firma y de lo hallado por ella en no menos de dos años de actividad, pues siempre recibió noticia de cada informe, y por tanto sabe que no se trata de una aparición cuando tan poco nos separa del referendo revocatorio. Entonces, o ha optado por la política del avestruz o manipula al elector mintiéndole a sabiendas del riesgo «para no desmoralizarlo». En modo paternalista oculta la verdad al más interesado.
Es preciso tomar en serio la consulta, y también tomar en serio al soberano. El cuerpo social es más inteligente políticamente que lo que cualquier político puede serlo, así como el cuerpo humano es más sabio que el mejor médico.
Aun con la elección de Chávez lo fue. Durante dos años previos a la campaña electoral de 1998 la intención de voto dominante estaba con altísimas y nunca vistas cotas—hasta 70% en cierto momento—a favor de Irene Sáez. A un año de la primera elección de Chávez todavía punteaba con gran comodidad por sobre 40%, cuando aquél y Salas Roemer oscilaban entre 6 y 8 o 9%. Esto es, el agregado popular claramente expresaba una preferencia por quien no fuera de la bipartidocracia y fuese suave, positiva y optimista personalidad, y no áspero como Chávez ni candidato oligárquico como Salas. En cuanto nuestra primera Miss Universo abrió la boca, y se maquilló y arregló para emular la figura física de Evita Perón, y se retrató con Luis Herrera—quien había dicho que no nos preocupásemos por la idoneidad de la candidata porque «modernamente el poder es compartido» y había admitido que quería que COPEI ganara las elecciones para «resolver» a un buen número de copartidarios con empleos o contratos—en cuanto la estatua ecuestre de Bolívar se desplomó en Chacao, entonces se hundió Miss Titanic —apadrinada y platónicamente cortejada justamente por Enrique Mendoza—y el elector que quería alguien que no estuviera con AD o COPEI se encontró con sólo dos cauces receptores de su voto: Salas y Chávez.
Si este último hizo una campaña populista, amenazante y de manipulación psicohistórica—Bolívar, Maisanta, Zamora, Rodríguez, etcétera—y se erigió como el campeón de la más aceptada causa constituyente, Salas representó el polo opuesto: elitista, sonriente y anticonstituyente: «La constituyente es un engaño y una cobardía». Y también practicó con insistencia y pretendida astucia la manipulación con símbolos históricos, registrando sus cabalgatas por Carabobo para mostrarlas en cuñas prime time. Él mismo se clavó la puntilla de su alianza con AD en hora nona de la campaña.
El soberano, que no ha determinado nunca las opciones entre las que elegirá, no podía optar por quien siguiera un guión más exclusivista, más conservador, más conforme. Por eso votó por quien un año antes era desestimado por el 92% del electorado. Acostumbrado a cuarenta años de presidencias que dejaron mucho que cumplir en cuanto a sus promesas, ese soberano no creyó nunca que Chávez se comportaría igual o peor que lo que anticipó en su campaña, y prefirió descontarle los atisbos de violencia y autoritarismo, o perdonárselos en vista de los descarados desaguisados de la hegemonía bipartidista que prometía corregir.
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Hay que tomar en serio a las encuestadoras de nombre rimbombante.
Las cifras antedichas son evidencia de que las intenciones de voto pueden cambiar marcadamente en tiempos más bien breves. Un mes y una semana nos separan del referendo revocatorio. ¿Hay suficiente tiempo para asegurar que la balanza, que Greenberg y asociados estiman nivelada en 48% por lado, se incline a la revocación del mandato de Chávez?
Sí. Primero porque los espacios comunicacionales pueden alojar mensajes que induzcan fuertes desplazamientos de opinión en breve lapso. Sí porque precisamente se trata de modificar una situación de equilibrio más bien precario, que puede desaguarse por cualquiera de los dos cauces. Lo que puede afirmarse es que el factor crucial no será el final reservado en el guión de «Cosita Rica» para Olegario Luján. Ya ese desenlace es previsible para las seguidoras y seguidores de la telenovela de Venevisión, y por tanto no hará diferencia en la psiquis electoral. ¿Y qué va a decir la Coordinadora Democrática que no haya dicho ya?
Puesto ante el problema, un médico político recomendaría iniciar la emisión de mensajes que fuesen a lo verdaderamente fundamental, y lo realmente esencial es la Weltanschauung de Chávez, la visión del mundo que sostiene y le inspira, la que vende con algún poder de persuasión. Esta situación no puede enfrentarse con la mostración de puntos parciales o periféricos. Es necesario refutar esa cosmovisión, Es necesario, más exactamente, rebasarla, arroparla, comprenderla. El asunto está en poder explicar una visión convincente, que ofrezca explicaciones distintas y con sentido a los fenómenos que Chávez señala. (Y esa visión no es la de Francis Fukuyama o Luis Giusti).
Por otra parte, esta tarea comunicacional debe ser hecha desde fuera de la Coordinadora Democrática aunque no, obviamente, en contra de ella. Esta condición es necesaria para no gravar la iniciativa con las cargas que pesan sobre la central opositora y sus deficiencias de credibilidad.
Hecho esto la percepción salta de un estado a otro, se dispara el gestalt switch y el mismo paisaje se ve de otra manera. Todavía hay, por tanto, tiempo, pero ese tiempo se está acabando vertiginosamente.
El peligro no sólo lo señalan los faros de una encuestadora extranjera de nombre rimbombante (Greenberg, Quinlan, Rosner Research): la muy venezolana encuestadora Datos lo mide peor: 35% por el «Sí», 51% por el «No». Claro que también Consultores 21 mide al revés—54,5% en contra del gobierno, 41,3% a favor—pero entonces se constata una suerte de empate colectivo. Si no se va a ganar por knock out, esta distribución de la opinión de los jueces—en lo que hasta ahora llevan anotado en sus tarjetas—debiera bastar para prender todas las alarmas.
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por Luis Enrique Alcalá | Jul 1, 2004 | Cartas, Política |

Rondón, ron, rondón ron,
Manuitt va a prisión
El Fiscal la pone presa
Con pesquisa de Rincón
(Cantado en Sebucán a la música de Jingle Bells)
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El primer general en jefe vivo (retirado) de Venezuela ha logrado poner al descubierto, tras laboriosas y dilatadas pesquisas técnicas, ordenadas últimamente por su ministerio, que aquí hay una actividad de invasión de la propiedad privada, aunque «no detenemos por detener». La cual aceptó. Y el fiscal sexagésimo segundo hizo imputación a la gerente de «Maisanta Invasions Outsourcing», Jazmín o Yasmín Manuitt, por cinco delitos, uno de los cuales está relacionado con armas de guerra. La cual aceptó. Es natural que el ministerio actúe de esa manera. Para garantizar los derechos constitucionales de quienes pisotean derechos constitucionales el ministerio hizo preceder sus recientes y firmes actuaciones por más de cinco años de seguimiento al problema de las invasiones de Venezuela, donde el ministro cree recordar que hace como un año un general desestimó del Mínimo Tribunal Supremo una orden para que no siguiera protegiendo invasores tan cerca de Sabaneta. Cinco años tomó ubicar a la ciudadana Manuitt. La cual aceptó.
Ahora la carlosortega de los invasores, la Presidenta de la Federación de Sindicatos de Invasores de Bienes Raíces No Gubernamentales, está a la orden de un tribunal submínimo. Pero ¿no estuvo Lina Ron presa por imputación de un fiscal? ¿La misma Lina Ron que, en imitación de Luis Piñerúa Ordaz—Q. E. P. D.—insinúa ahora una lista de gente indigna del proceso? ¿Y no está ahora afuera y caricaturizada benévolamente en «Cosita Rica» de Venevisión? ¿Cuánto tardará Yasmín en salir en libertad y ser emulada por actriz madura de RCTV?
Rondón no ha peleado. Es feo lo que ha destapado y últimamente busca desacreditar, como aparente segunda prioridad, el tema paramilitar. Pero no sé por qué—Dios me perdone—suena comprado. Rondón no ha peleado. Rondón, ron, como Rincón, ha tardado años en tropezarse con una indiscreción ministerial, una ratería, y en hacernos saber que él pudiera ahorrarnos la angustia y la espera, y un gran gasto electoral, máquinas de votación y máquinas de digitalización de digitales huellas y máquinas de aplanación y máquinas de reparación de referendos planos que el clamor del Pueblo reclama, todas incluidas, porque si él hablara caería el gobierno. ¿Por qué no sale la Coordinadora Democrática a ofrecerle ya la recompensa que se ha ofrecido por la cabeza de Osama bin Laden, para que nos alivie de una vez por todas el desasosiego?
Ron. Se ha burocratizado. Y ya tiene demasiada competencia, y años viendo crecer su lista de indignos y traidores, que suponemos crece, tal vez lenta pero inexorablemente. Se nos asegura que ahora procura comprender con cierta prisa el folleto de «Un sueño para Venezuela», sobre todo después de que la Manuitt hubiera expresado interés por alinearse con el «consenso-país» logrado por Urbaneja.
Y el Jefe del Estado, que jamás acusa a nadie en público, porque él es muy respetuoso de los procedimientos penales y escrupuloso acerca de honras ajenas, recibe sin explicaciones ostensibles a Cisneros, ese señor de quien le consta que financia golpes y magnicidios en su contra. ¿Cómo habrá explicado esta visita a Diosdado o a Baduel, el pretendido émulo de Karl Doenitz, efímero heredero de Hitler, que se ha expuesto heroicamente por la causa y ha insinuado—sin tomar en cuenta lo que le pudiera pasar el 5 de julio que está enfrente, fecha de castrense movida de mata—que el imperio contraataca, que ahora que el U. S. General Sánchez está sin ocupación fija Rumsfeld le considera para dirigir desembarcos norteamericanos en Machurucuto—para enseñarle a Fidel cómo se hacen las cosas—y controlar nuestro excremento del Diablo?
¿Recula el gobierno? ¿Son todas esas cosas signos de gran debilidad, de desconcierto, de preparación de salida?
Claro, explicará Rangel, ese aguacerito de noticias inconvenientes no es sino táctica para atraer al enemigo hasta donde lo quiere el Oberkommando Maisanten en la creencia de que el gobierno está débil. Así lo garantizará la ortodoxia estratégica de Guillermo García Ponce, y lo declarará Jazmín, o Yasmín, o Jasmín Manuitt, quien seguirá dirigiendo tras los muros de su prisión el crucial aporte táctico de sus 55 escuadrones de invasores, que tendrán puesto de honor en la retención física de los 58 mil miembros de mesa que ahora le parecen ses-ga-dos a Carrasquero.
¿Por qué es que éste es el gobierno que ha tenido que dar más explicaciones en la historia política de Venezuela? ¿Por qué es que todo es tan retorcido en sus manos? ¿Todo tan complicado? ¿Por qué dejaría de atender la invitación de Súmate a visitar sus instalaciones?
Por otro lado ¿por qué no aprovecha la Coordinadora Democrática esta situación para exigir, del Consejo Nacional Electoral, una autorización a Smartmatic para que, en representación del Consorcio SBC, intente satisfacer las angustias técnicas que pudiesen formular los más feroces peritos de la oposición? (Antonio Mugica—Smartmatic—dijo a César Miguel Rondón que él no creía que el Pueblo tenía que entender tantos términos y detalles técnicos de sus máquinas, de las que se siente, con no poca razón, orgulloso. Eso es una equivocación. Eso no es ni endógeno ni democrático ni protagónico ni ninguna otra esdrújula cara al régimen. La empresa estaría en el deber de proveer satisfacción completa al último componente del Pueblo Soberano).
Rondón, Ron, Rincón. Y más de uno quiere ser Ricky Ricón. Rincón sigue en su lentitud morrocoyuna el patrón del jefe, pues el mismo Chávez se tardó más de cuatro años para descubrir que había que llevar salud a los cerros y alfabetización a los analfabetas. Todavía no ha redescubierto los niños y jóvenes que hacen de juglares o limpiavidrios o simplemente mendigan en las calles, pues alguna vez juró renunciar si no les sacaba de allí, de esa situación. ¿Cuán dura puede ser una cara que tantas veces lo ha sido?
Hace años, dicho sea con perdón de Valera, el aeropuerto de esta ciudad, descuidado por la democracia, era un desastre. Era incontable el número de agujeros en la pista. Alguien sugirió que sería más barato que rellenarlos hacer siete huecos más, después de lo cual la superficie sería uniforme. Son tantas las mentiras del régimen, que con sólo decir una media docena más parecerá veraz; claro, si escoge los puntos correctos para la fabulación. Quizás quisiera el gobierno, aprovechando la gentil invitación de Súmate, proponerle un contrato que sufrague un matching fund de FONCREI y el National Endowment for Democracy, para que, a partir de un exhaustivo inventario de falsedades, enumere cuáles son los embustes que faltan.
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por Luis Enrique Alcalá | Jun 24, 2004 | Cartas, Política |

Sin pretender en lo más mínimo emular a nuestro académico Alexis Márquez Rodríguez necesitamos manifestar nuestro repudio a la noción de admitir un tal verbo «encriptar», a menos que viniese a significar—ya que no suena feo—meter algo—un cadáver, por ejemplo, una máquina de votación como las de Indra u otra empresa—en una cripta. Quienes pretenden mercadear reales o pretendidas excelencias informáticas con el uso agringado y manipulador de términos como «encriptación», debieran notar que hace tiempo que el castellano dispone del verbo «cifrar» y el adjetivo «cifrado», pues no se inventó en el Valle del Silicio el arte de convertir mensajes cruciales en galimatías inentendibles, es decir, indescifrables. Y si no que lo digan Edgar Allan Poe y Arthur Conan Doyle, que nos regalaron inolvidables historias criptográficas bastante antes de que naciera IBM, para no convocar como testigos a más antiguos y más fallecidos cultores de ese arte.
Pues la «encriptación» no significa una cosa distinta de lo que «cifrar» denota: «Transcribir en guarismos, letras o símbolos, de acuerdo con una clave, un mensaje cuyo contenido se quiere ocultar». Y esto, nos quieren hacer creer, es necesarísimo que se denote como «encriptar».
Claro que en una globalización que algunos entienden como sumisión lingüística de nuestro idioma, se dice «asumir» cuando se quiere expresar, en realidad, «presumir» o «suponer», y se pronuncia «performance» en lugar de «desempeño» o «rendimiento», y el jefe de un Estado bolivaroide dice «cuatro punto siete»—sintiéndose en dominio técnico—en lugar de «cuatro coma siete».
Expulsado este reconcomio de nuestro espíritu, debemos destacar que es justamente la «encriptación»—nos crispa escribirla—una de las garantías que la firma Smartmatic ofrece para la seguridad de que lo que sume electrónicamente corresponda a la realidad electoral. «La totalidad de los datos del sistema (datos de configuración y los votos registrados) son—sic—almacenados en forma encriptada, de modo que nadie puede modificarlos, alterarlos o borrarlos». «Los datos se transmiten de manera encriptada y segura, desde las máquinas de votación hasta los servidores de totalización, a través de un canal seguro de totalización». «Además, los votos son registrados de manera encriptada en la máquina utilizando un esquema de 128 bits». (FAQ Smartmatic: Automatización Referendo 2004. Llama la atención que el título del documento habla de referendo en singular—es decir, no alude para nada a los referendos de revocación de parlamentarios—y no menciona las elecciones regionales —sí en el interior del documento—cuando se suponía que esta automatización particular había sido contratada específica y exclusivamente para estos últimos comicios).
Resulta que la criptografía opera cuando un remitente cifra o codifica un mensaje en forma sistemática para oscurecer su significado. El mensaje cifrado se transmite y el receptor recupera el mensaje al descifrar o descodificar la transmisión. Originalmente la seguridad de un mensaje cifrado dependía de la confidencialidad de todo el proceso de cifrar y descifrar. Hoy en día se emplea, sin embargo, cifras en las que el algoritmo—el procedimiento de cifrar y descifrar—puede ser revelado sin comprometer la seguridad de un mensaje particular. Con estas cifras un conjunto de parámetros específicos, conocidos como «llave», se emplean junto con el mensaje no cifrado como insumo del algoritmo de cifrado, y junto con el mensaje cifrado como insumo del procedimiento para descifrar. Se puede incluso anunciar públicamente los algoritmos de cifrado y descifrado, pues la seguridad del criptograma depende enteramente del secreto de la llave. Para impedir que ésta sea revelada por accidente o por una búsqueda sistemática, se escoge una llave que corresponda a un número muy grande. (Por ejemplo, escrito en base binaria a 128 bits).
Una vez establecida la llave, puede ocurrir una comunicación segura enviando criptogramas incluso por un canal público vulnerable a métodos de escucha pasiva, como si se tratase de anuncios en prime time de televisión. Pero para establecer la llave dos usuarios, que pudieran inicialmente no estar en contacto o compartir información secreta, tendrán que discutirla mediante el empleo de algún otro canal seguro y confiable. Ahora bien, la intercepción es un conjunto de mediciones ejecutadas por un escucha sobre un canal, y aunque esto pudiera ser difícil desde un punto de vista tecnológico, cualquiera distribución clásica de una llave puede en principio ser espiada pasivamente, sin que los usuarios legítimos se percaten de que han sido escuchados. De aquí que ahora se busca aplicar tecnologías que se basan en efectos cuánticos, que logran la privacidad ya no por medios convencionales, sino a través del empleo de la incertidumbre fundamental de las partículas subatómicas, sujetas a comportamientos descritos por la física cuántica. «La criptografía cuántica promete revolucionar la seguridad de las comunicaciones proveyendo una seguridad basada en las leyes fundamentales de la física, en lugar del estado actual de los algoritmos matemáticos o la tecnología de computación. Existen los dispositivos para la implementación de ese método, y continuamente mejora el desempeño de sistemas demostrativos. Dentro de pocos años, quizás meses, esos sistemas podrán comenzar a cifrar algunos de los más valiosos secretos del gobierno y la industria». (Salvatore Vittorio. Quantum Cryptography: Privacy Through Uncertainty, Cambridge Scientific Abstacts, octubre 2002).
«Nadie entiende la teoría cuántica». (Richard Feynman, físico norteamericano ganador del Premio Nóbel). No es necesario que nos preocupemos, no obstante, por comprender tan abstrusos y arcanos conceptos, porque la tecnología de Smartmatic dista mucho de ser criptografía cuántica.
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En un curso para ejecutivos que la compañía Shell organizó a comienzos de 1995 se acometió el análisis de las paridades entre diversas monedas del planeta. El bolívar era una de ellas. Para ese momento la política de control de cambios ya imperaba en Venezuela, y fuera del engorroso sistema oficial en el que se obtenían dólares a 170 bolívares, podía conseguirse la moneda norteamericana a un precio que oscilaba alrededor de 230 bolívares. Cuando se hizo en el curso el análisis del valor que en principio debía tener el bolívar (empleando el criterio de paridades del poder de compra o «dólar MacDonald’s») a los expertos profesores les daban las cuentas un bolívar a 153 por dólar. Según su opinión, la diferencia entre 153 y 170 o 230 sólo tenía una explicación: desconfianza.
Es así como una entidad tan inasible como una sensación generalizada puede tener efectos muy reales sobre una sociedad, sobre una economía. Aquí se trata, por supuesto, de una marcada desconfianza política. No siendo el objeto de este comentario un escrutinio exhaustivo del tema de las máquinas de votación que Jorge Rodríguez, Radio Nacional de Venezuela, Venezolana de Televisión y www.aporrea.org defienden con tanto denuedo, no queremos escudriñar en el dossier de su negociación o la composición accionaria de Bizta —»¿Es cierto que Smartmatic Corp. y Bizta son la misma empresa? No, sin embargo Bizta Software es un aliado de negocios local en Venezuela de Smartmatic Corp. y ambas tienen tres accionistas en común». (FAQ Smartmatic: Automatización Referendo 2004). Y Bizta recibió 200 mil dólares del Fondo de Crédito Industrial, que sienta un representante en la junta directiva de la compañía—ni siquiera discutir si la constancia en papel permitiría una «auditoría en caliente» a la que el trío oficialista del CNE se muestra tan remiso. No; el punto no es que se desconfíe del consorcio Smartmatic: el punto es que dos terceras partes del país desconfían profundamente de su cliente.
En una votación tan crucial y delicada como la del referendo revocatorio tal desconfianza es desaconsejable desde todo punto de vista, verdaderamente intolerable, inaceptable. Así que probablemente sea lo mejor olvidarse radicalmente de las benditas máquinas, al menos para un evento electoral tan crítico como el previsto para el 15 de agosto.
Es por consiguiente nuestra sincera recomendación a los miembros del consorcio del que Smartmatic Corp. es portaestandarte: si no son ustedes capaces de presentarse ante la Coordinadora Democrática—o muchísimo mejor aún, ante Súmate—y superar convincentemente las preocupaciones y objeciones que se expongan ¡encríptense! Metan en una cripta su lucrativo proyecto. A fin de cuentas, fueron ustedes quienes decidieron asumir el riesgo de contratar con cliente tan marrullero como el que tienen.
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por Luis Enrique Alcalá | Jun 17, 2004 | Cartas, Política |

Alea iacta est. La suerte está echada, en gran medida. Esto es, ya para estos momentos la mayoría de los Electores venezolanos tiene opinión formada y decisión hecha respecto de cómo votará en el referendo revocatorio. Las campañas argumentadas no les convencerán de cambiar de posición, especialmente en aquellos que desean revocar el mandato de Hugo Chávez. Ni que el gobierno gaste todo lo que le quede en la olla va a aumentar significativamente el caudal de votos a su favor. En cambio, un exceso de errores de parte del gobierno—como interrumpir el juego España-Grecia con una cadena groseramente sectaria—o uno verdaderamente mayúsculo pueden reforzar el rechazo en su contra.
Pero hay una sustanciosa minoría de Electores—alrededor de 40%—que al tiempo que repudia a Chávez igualmente deja de encontrar atractivo en la, hasta ahora, difusa propuesta de la Coordinadora Democrática. Algunos creen que a estos «Ni-Ni» les pasaría lo que al asno de Buridan: un pollino equidistante de dos pacas de pienso absolutamente idénticas, que al no encontrar razón de preferir una a la otra deja de escoger y se muere de hambre.
La conducta más probable en un «Ni-Ni» ante las máquinas de Smartmatic—»Vivomática» sería una traducción aproximada—sería la de pulsar el sí. Es demasiado el destrozo causado por Chávez y sus ayudantes, y demasiada su desvergüenza, como para querer cargar en la conciencia haber contribuido a prolongar su dominación. (Ayer dijo: «Yo no estoy en campaña; yo estoy gobernando el país». Él piensa, en efecto, que se gobierna un país, cuando lo que se gobierna es tan solo la conducta del Poder Ejecutivo Nacional. Su modelo político es uno de dominación. Pero nadie tiene derecho a dominar a un pueblo).
El problema, por tanto, consiste en llevar a ese «Ni-Ni» a votar. Porque la conducta más probable en un «Ni-Ni» es no acercarse a la máquina de votación. Es por tal razón que se ha identificado correctamente como objetivo estratégico la derrota de la abstención.
Y he aquí que pocas cosas pudieran reducir más eficazmente la abstención que la encarnación de la esperanza en una figura sucesora convincente. Por esto debe la Coordinadora Democrática facilitar un buen proceso de selección de una candidatura única ya.
No es verdad que abrir de una vez la discusión de la candidatura sucesoral pone en riesgo el resultado esperado del referendo revocatorio. Alea iacta est. Ni siquiera esa discusión cambiará significativamente las posiciones ya tomadas por los Electores, a menos que el cauce proporcionado por la Coordinadora favorezca la emergencia de un candidato de los que los «Ni-Ni» no quieren. Entonces se reforzaría la propensión a abstenerse. En cambio, si pudiera conseguirse un candidato que entusiasme y convenza la abstención sería mínima, y sabemos que un buen margen a favor de la revocación es harto aconsejable en un trayecto minado de aquí al 15 de agosto. La introducción de las máquinas—en un evento que Jorge Rodríguez aseguraba, según el Miami Herald, no las emplearía porque nunca tendría lugar—ha añadido mucha desconfianza, y resultados de estrecha diferencia pueden detonar el caos.
Tampoco puede creerse que algún candidato dejará de prestar sus fuerzas a la campaña por la revocación y contra la abstención. Cualquier actor político que no entregue el resto por la revocación puede despedirse de sus aspiraciones presidenciales. Nadie puede darse el lujo político de la mezquindad revocatoria.
Estas cosas las perciben algunos entre los aspirantes a la sucesión de Chávez, y se han reunido, como en gremio, para acordarse en algunas cosas—acuerdo que Américo Martín llama «el contrato»—y urgir a la Coordinadora Democrática un cronograma hacia la celebración de elecciones de base para la determinación del candidato único. Enrique Tejera París, uno de los que ofrece sus servicios presidenciales, ha sido vocero de este movimiento. Alfonzo, Armas, Cova, Márquez, Quirós, Sosa, etcétera, entrarían en ese convenio, que incluye los compromisos de no intentar reelección en 2006 y del apoyo al aspirante ganador, además de exigirse a cada aspirante el respaldo de un centenar de miles de Electores.
Parece ser que Tejera París recomendó una segunda vuelta de esta elección, para cimentar aun más el apoyo al candidato. Es lo más probable que se decida que no hay tiempo para, además, hacer una segunda vuelta. Pero hay un modo de simularla. Consiste en el modelo que los norteamericanos llaman run-off election. (Elección por vaciado; «elección de pérdida». Debemos el dato, desde hace varios meses, al Dr. Ramón Adolfo Illarramendi).
En una elección por vaciado uno puede seleccionar más de un candidato en orden de preferencia. Por ejemplo, si el Sindicato Único de Aspirantes a la Sucesión de Hugo Chávez (SUASHCH) terminara admitiendo diez—o veinte—candidatos en la elección «primaria», los Electores podríamos señalar, digamos, tres nombres en orden de preferencia.
Si el que recibe más votos no obtiene la mayoría absoluta, entonces se va pasando sucesivamente un colador que finalmente determinará el aspirante elegido. Quien queda de último en los votos que postulan como primera opción es eliminado. Pero quienes votaron por él no dejan de estar representados, porque su segunda opción será acumulada a los votos de los candidatos correspondientes.
De nuevo se repite el proceso. Se elimina al último—los eliminados no pueden ya recibir las transferencias—y se adjudican sus segundas opciones. (En algunos casos muy apretados puede llegarse a las terceras opciones antes de arribar a un ganador). Llega un momento en que este proceso produce un ganador con suficiente mayoría. (Es muy fácil programar computadores para que hagan los cálculos con gran rapidez. Bastará iterar un algoritmo, diría un programador).
No es un método perfecto, pero se le señalan dos ventajas. Los candidatos no pueden con facilidad transar apoyos entre sí y reciben menos ventaja de campañas de descrédito de oponentes, puesto que su suerte puede depender del apoyo secundario de quienes opten por sus contendores. Las campañas tenderán a ser más positivas y los aspirantes se respetarán más.
En todo caso convendrá al país una determinación temprana del candidato unitario a Presidente sucesor. Como destaca Tejera París, en los treinta días que a lo sumo (teóricamente) mediarían entre la revocación y la elección sucesoral no es posible dar a conocer los candidatos y sus ideas de gobierno. (Dicho sea de paso, es mucho más sano y democrático remitir el problema de optar por programas a los Electores, en lugar de la determinación cogollista multicupular del «consenso-país» de la Coordinadora Democrática. Es mucho mejor dejar que cada quien presente su imagen de gobierno a los Electores y que éstos incluyan la razón programática en su voto).
Si conviene al país entonces debe convenirle también a la Coordinadora Democrática. Abrir de una vez el proceso es manifestar seguridad de que habrá revocación y habrá elección. Y esto es, indudablemente, una señal de fortaleza.
En cambio, retrasar el momento de esta dilucidación conspira contra la mejor elección, pues sólo tiende a favorecer a los más burocráticos entre los posibles aspirantes: los jefes de partidos o grandes movimientos, entre los que no faltan prominentes actores que son demasiado «cuartorrepublicanos tardíos», que no entusiasmarán al electorado. Eso sí es un riesgo muy grande.
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