por Luis Enrique Alcalá | Jun 10, 2004 | Cartas, Política |

Supongamos que por necesidad de nuestras ocupaciones debemos colocar un aviso en la prensa en solicitud de los servicios de un piloto para un Boeing 747 o un Airbus 300. Supongamos que recibimos la entusiasta respuesta de una persona que sostiene que debe ser contratada porque viene de ganar, de modo muy destacado, un crucial juego de fútbol. Es clarísimo que no hay conexión entre una cosa y otra, y que las evidentes cualidades de eficacia deportiva en el sujeto no son las que harían que le confiáramos las vidas de centenares de personas y un equipo aeronáutico costosísimo.
Tampoco la hay entre ser capaz de organizar y ganar el referendo revocatorio presidencial y ser capaz de dirigir ejecutivamente el Estado. Son dos problemas, dos tareas, enteramente distintas, a pesar de lo cual se pretende con frecuencia que están vinculadas.
No tiene nada que ver una cosa con la otra. El jefe de un Estado es el máximo responsable por la identificación y aplicación de soluciones a problemas públicos de ámbito nacional., y los talentos, las técnicas y el liderazgo que son requeridos para desempeñar tal misión no guardan parentesco con los que se muestran útiles a la conducción competente de una campaña electoral. (Salvo en lo que respecta a la capacidad de comunicar).
Claro que en un viejo concepto de lo político como proceso de combate—aun si se está en funciones presidenciales—el adiestramiento en una o varias campañas parecería pertinente. Es decir, si entiendo la función pública como la entiende Chávez—la extrema exacerbación del criterio de la Realpolitik, de la política del poder por encima de cualquier otra cosa—si la entiendo como permanente lucha o combate, entonces puedo proponer que la legitimación del gobernante se estipule en función de los triunfos de un guerrero.
Chávez no inventó, naturalmente, la Realpolitik. El término fue acuñado por la época del gobierno de Bismarck, en la Alemania de fines del siglo XIX, y su más famoso precursor no es otro que Nicolás Maquiavelo. Y no es Chávez el primero que concibe la profesión política como constante liza. Una de las frases de Rafael Caldera más repetidas era aquella en la que decía: «Porque no estoy en las alturas del poder, sino en las arenas de la lucha política». Si se entrevistaba a Carlos Andrés Pérez, a Jaime Lusinchi, a Luis Herrera Campíns, era fácil extraer de ellos la siguiente caracterización de sí mismos: «Lo que soy es un luchador político». Los militantes del Movimiento Electoral del Pueblo ya no quisieron entenderse entre sí como «compañeros», ni siquiera como «camaradas», y preferían saludarse como «combatientes». Más recientemente Henrique Salas Römer nos propuso una imagen gallinácea, al sugerir que él era un «gallo» y lo que había que dilucidar es si había alguien que fuese «más gallo» que él, en obvia alusión a la más conocida de las peleas intravícolas. La política como ejercicio de gallera.
De Chávez no es necesario explicar mucho. Prácticamente no hay discurso en el que escape a la tentación de emplear metáforas castrenses: batallas, guerras, espadas; amenazas con tanques y cañones, fusiles y proyectiles. Como no sabe gobernar, pelea. Los resultados están a la vista. Chávez es, exageradamente, más de lo mismo, en el sentido de ser una desmedida continuación de la escuela de la política de poder. El inmenso favor que Chávez hace a Venezuela es hacerle entender que una agresiva política de poder—pretendidamente la medicina política correcta—es verdaderamente una terapia ineficaz, tanto como someter a un paciente mental a uno o dos electrochoques por semana.
La selección de un próximo presidente, de quien suceda a Chávez en la Presidencia de la República, por tanto, no es lo mismo que convertir en candidato al gerente de la campaña por la revocación. Los criterios para la provisión de un nuevo y suficiente presidente son otros que los aplicables a la escogencia de un jefe de campaña.
Hay quienes procuran que ese proceso de selección sea lo más responsable y racional que sea posible. Para la campaña presidencial de 1993 Don Pablo Moser Guerra proponía enfocar el asunto como si fuésemos los dueños de una compañía que buscara gerente. Visualizaba un aviso de prensa que proclamara: «Se busca candidato para la Presidencia». Y quería que los que pretendieran ejercer la magistratura se sometiesen a un escrutinio con arreglo a un perfil o conjunto de cualidades. (Rafael Poleo recomienda, más bien, escudriñar los defectos de los candidatos).
Más recientemente ha escrito sobre la cuestión Carlos Alberto Montaner, quien parte de un punto de vista algo distinto. En lugar de plantearse el problema como propietario, lo acomete como head hunter, como cazador profesional de talentos. Propuso considerar algo como una veintena, o un poco menos, de parámetros.
Y, por supuesto, la consideración de un gobernante ideal no es preocupación post modernista. No es que fuese inaugurada en el siglo XX. Platón se planteaba con urgencia el problema del gobernante ideal. (El filósofo rey). Y Thomas Carlyle (1795-1881) consideró el héroe como rey en su ensayo Sobre los héroes, la adoración de los héroes y lo heroico en la historia. En una introducción a sus interpretaciones se observa cómo Carlyle creía que «las fuerzas decisivas y constructivas de la historia son sus grandes hombres y héroes. Toda era y toda crisis histórica tiene sus hombres superlativos, los que son capaces de asir el timón y convertir el caos y la destrucción en algo significativo y meritorio. Pero debe dárseles oportunidad, y deben ser reconocidos por lo que son. Donde la duda, la desconfianza y la envidia sofoquen la natural inclinación a reverenciar y obedecer a verdaderos líderes, allí sobrevendrán el estancamiento y la degeneración».
Como puede verse, no es la primera vez que una sociedad se encuentra frente a una elección como la venezolana. Tal vez valga la pena plantearse la cuestión no como la búsqueda del candidato ideal. Bastaría con que identificáramos lo mejor de lo preferible. Con cortes de una navaja de Poleo, puede prescribirse, además de cualidades suficientes, ciertos rasgos que no deberá poseer. Por ejemplo, que si va a ser la cesación de Chávez no puede ser la restauración de lo que permitió su emergencia. Aun cuando Carmona no hubiera sido lo políticamente incompetente y equivocado que demostró ser, la mera noción de sustituir el líder de la «revolución bolivariana» (bolivaroide) por el líder de la central patronal era una equivocación crasa.
Pero lo que sí puede exigirse es un criterio de suficiencia política. Porque es que nuestra presente crisis de salud republicana—el chavoma—está superpuesto a dolencia previa y persistente: la condición de insuficiencia política que lo precedió y que aún sufrimos. El aparato político de un país tiene por función, por única justificación y legitimidad, el alivio de los problemas de carácter público. Si este sistema no los resuelve y, peor, los agrava en más de un caso, estamos ante una insuficiencia política, del mismo modo que hablamos de insuficiencia cardiaca cuando un corazón no trabaja como debe ser.
La Corporación RAND, el mayor think tank del planeta, buscaba la manera de eliminar distorsionantes dinámicas de grupo cuando quería consultar sobre alguna materia a un nutrido panel de expertos. Estaba consciente de que pudiera ocurrir que un experto de voz estentórea, personalidad dominante y físico imponente dominase el discurrir de un grupo sin que necesariamente estuviera más en lo cierto que sus colegas.
Hay factores que determinan las escogencias candidaturales, y la mayoría de las veces enmascaran o impiden la expresión de talentos no convencionales. Stafford Beer decía: «Los hombres aceptables ya no son competentes, y los hombres competentes no son aceptables todavía». La determinación de estas escogencias ha sido inveteradamente prerrogativa cupular, y rara vez las cúpulas consienten en elegir a alguien que no forme parte de ellas. Es a las cúpulas, sobre todo, a las que va dirigida la admonición de Carlyle: «debe dárseles oportunidad». Hay que darle vestido a Cenicienta. LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Jun 4, 2004 | Cartas, Política |

La alocución presidencial por cadena nacional de radio y televisión del 3 de junio de 2004 no fue improvisada. No fue preparada ayer. No estuvo lista hace una semana. Tan estudiadas fueron su trama, su coreografía, su escenografía y utilería, su juego de cámaras; tan inteligente su trabazón y tan eficaces sus metáforas, que puso de manifiesto que hace ya un buen tiempo que Chávez había decidido enfrentar a la oposición en el referendo revocatorio. Esta vez echó mano de todos los símbolos y las asociaciones: Jesús de Nazaret, Bolívar, Sucre, Zamora, Florentino. Y tomó el desafío para pelear y vencer, en un referendo previo al 19 de agosto. El truco de rebasar la fecha y dejar un testaferro por el resto del período no será empleado. Sería fácilmente interpretado como signo de debilidad.
El gran nomenclador de la comarca, el inventor de las etiquetas quinta república, constitución moribunda, constituyente originaria, bicha, millardito, planillas planas y otras más; el titular de las franquicias de Bolívar, Sucre, Zamora, Robinson, Ribas y otras, ya le puso nombre a la contienda: la Batalla de Santa Inés.
Pasó facturas. Presentó al cobro la inclusión del referendo revocatorio en la Constitución, por supuesto. Pero no sólo eso. Por la aceptación de la suficiencia de las firmas y la convocatoria al referendo cobra el acatamiento al árbitro, el respeto al Tribunal Supremo de Justicia, la Asamblea, la Fiscalía, etcétera. «¿Se fijan que no soy ningún tirano? ¿Se fijan que sí hay que confiar en las instituciones?»
Eso sí. Se trajo a la oposición boqueando a los reparos, asediada, atacada. Se le reconoció un poquito por encima de lo estrictamente necesario, para fundamentar una lapidaria afirmación: que la oposición habría, en realidad, demostrado ser una minoría. Que después de largos meses de contar con la inmensa mayoría de los medios a favor del revocatorio, apenas había logrado convocarlo con un millón trescientos mil firmas menos que los votos que le eligieron en 2000.
Esta vez no se trató de un discurso interminable, farragoso, vagabundo. Estuvo perfectamente medido para que culminara a tiempo de liberar los receptores para las telenovelas. La alocución fue preparada hace mucho tiempo. La oposición tendrá que presentar la batalla que Chávez, una vez más, quiso. El meticuloso guión así lo delata.
Entretanto, salpicamos con algo de sal y pimienta. Ataques con tiros a la alcaldía de Peña; amenazas a El Nacional, Primicia, RCTV; vehículos de Coca-Cola y Polar destrozados; Rafael Marín fuertemente lesionado. Todo ante los ojos tolerantes de piquetes de la Guardia Nacional. Es que, claro, el pueblo también se indigna. Es explicable. Dígame con estos difuntos que aparecieron firmando, en un nuevo intento de fraude. Imagínense lo que se le ocurriría indignarse si se pretendiera revocarle fraudulentamente el mandato al Presidente.
¿Qué va a hacer la oposición? El New York Times ha recordado ayer: «Una de las principales encuestadoras del país, Alfredo Keller & Asociados, reportó en abril que Chávez pudiera ganar por poco margen el revocatorio. Con votantes desencantados y una oposición fracturada, la encuestadora dijo que el Sr. Chávez recogería el apoyo de 35% de los votantes registrados, mientras que 31% votaría en su contra y el resto se abstendría».
La oposición tiene que cumplir con dos requisitos: uno del pasado, uno de futuro a corto plazo. Tiene que obtener más de tres millones setecientos cincuenta mil votos que aproximadamente Chávez obtuvo en 2000, pero tiene que obtener, además, mayor votación que los que voten a favor de Chávez. El escenario de Keller sería el siguiente: 34% de abstención, o unos 4 millones de Electores; 31% a favor de revocar el mandato, prácticamente suficiente para superar escasamente la votación de Chávez en 2000; 35% en contra de revocar el mandato, o unos 4 millones doscientos mil Electores. Es decir, que tal vez se alcanzaría la cota mínima pero Chávez sería ratificado, relegitimado, atornillado.
¿Será el general Mendoza quien pueda derrotar al general Hugo Florentino Chávez Zamora? Keller sabía en junio de 1998 que Salas Römer no sería capaz de batir a Chávez. ¿Qué sabrá hoy Keller, a exactamente seis años de ese acierto olfatorio? ¿Tendrá a su disposición Mendoza las huestes disciplinadas en medio de unas elecciones regionales y municipales, coincidentes con la eclosión de las apetencias presidenciales y la práctica imposibilidad de obtener un candidato que no sea producto de arreglos cupulares antes del referendo? ¿Creerá una mayoría determinante que su vida será mejor con Mendoza que con Chávez?
¿Saldrá de los laboratorios estratégicos de la Coordinadora Democrática y sus distintos aliados una estrategia ganadora? Por de pronto tendrá que ser una estrategia que no caiga en la tentación de emplear, una vez más, la terminología de Hugo Chávez. No puede hacer ni siquiera alusión a Santa Inés. No puede dejar enmarcarse, como hasta ahora lo ha hecho, por Hugo Chávez Frías.
En su alocución del 3 de junio Chávez se exhibió, más que nunca antes, como estratega destacadamente talentoso. Pudiera decirse que se graduó de estadista, cuando se dio el lujo de felicitar a la oposición porque al comprometerse con el revocatorio, inventado por él, graciosamente incluido por él en la Constitución, había así derrotado «las bajas pasiones», había derrotado al golpismo.
La mera aceptación del referendo revocatorio es una legitimación democrática para Chávez. Debemos contar conque nos lo repetirá hasta la náusea. Y conque nos exigirá, hacia al árbitro que con tan obvia imparcialidad ha convocado el referendo, el acatamiento a su palabra y a sus máquinas, en las que, como se sabe, el gobierno ha invertido unos cuantos dólares.
Muchos más dólares tendrá Chávez a disposición para la campaña que él quiere entender como una nueva Batalla de Santa Inés—última referencia que hago a la tendenciosa etiqueta—a cuya cabeza se ha colocado pública y abiertamente, con un Consejo Nacional Electoral suyo pero relegitimado, una Asamblea en la que no hay riesgo de perder por revocación un solo diputado oficialista pero sí que la oposición disminuya, y un Tribunal Supremo de Justicia reforzado por tal vez trece nuevos magistrados de la causa.
Quienes estén en capacidad de asignar recursos financieros y comunicacionales a tal enfrentamiento y quieran salir de Chávez, harán bien en exigir, muy pero muy pronto, la presentación de las líneas principales de una estrategia convincentemente viable. O por la Coordinadora, o por quien sea capaz de concebirla. Un componente en esa estrategia será ineludible: la comunicación de una interpretación de la realidad, de la sociedad, del país, de su historia, que sepulte la de Chávez, que en su magistral alocución del 3 de junio expuso de modo tan coherente, tan consistente con toda su trayectoria y su incesante prédica. No será suficiente la mera negación de Chávez. Será preciso superarlo. Operativa y conceptualmente.
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por Luis Enrique Alcalá | Jun 3, 2004 | Cartas, Política |

Se dice que fue antes del término del siglo V antes de Cristo que los griegos clásicos elaboraron por primera vez una lista de los Siete Sabios que habían sobresalido en la gesta de la gran Atenas del siglo anterior. Hubo varias versiones de esta selección del Hall de la Fama de los griegos: una primera lista fue expandida primero a diez miembros, y luego a diecisiete. En todas las versiones, sin embargo, cuatro nombres permanecían constantes e indiscutidos, y uno de esos nombres era el de Solón de Atenas.
Resulta interesante recordar los hechos principales de la vida de Solón, los que le hicieron merecedor de esa indiscutida posición en todas las escogencias que de los Sabios de la Grecia antigua hicieron sus coterráneos.
Nos dice la Enciclopedia Británica que Solón fue un estadista ateniense que puso fin a los peores males de la pobreza en la región de Ática y dio a sus conciudadanos una constitución equilibrada y un código de leyes humano. Fue asimismo el primer poeta de Atenas, y empleaba el medio de la poesía—a falta de radio o televisión—para “alertar, retar y aconsejar al pueblo y urgirle a la acción”.
Leemos: “El siglo VI temprano fue un tiempo de tribulaciones para los atenienses… La sociedad estaba dominada por una aristocracia de nacimiento, los eupátridas, que poseían las mejores tierras, monopolizaban el gobierno y estaban divididos entre ellos formando facciones rivales. Los granjeros más pobres fácilmente eran empujados a endeudarse, y cuando no podían pagar eran reducidos a la condición de siervos en sus propias tierras y, en caso extremo, a ser vendidos como esclavos. Las clases medias de intermediarios agrícolas, artesanos y comerciantes se resentían de su exclusión del gobierno. Como lo describía Solón, ningún ateniense podía escapar a estos males sociales, económicos y políticos… El malestar público hubiera muy bien podido culminar en una revolución y en una consiguiente tiranía (dictadura), como había ocurrido en otras ciudades-estado griegas, de no haber sido por Solón, a quien atenienses de todas las clases recurrieron con la esperanza de una solución general satisfactoria de sus problemas. Dado que creía en la moderación y en una sociedad ordenada en la que cada clase tuviera su lugar y su función apropiados, su solución no fue la revolución sino la reforma”.
Solón, que ya había incursionado en la administración pública de su ciudad, pues había ejercido la función de arconte o gobernador anual hacia el año de 594 antes de Cristo, fue investido con plenos poderes de reforma y legislación unos veinte años más tarde. Su primer trabajo consistió en resolver el malestar causado por las deudas. Así, procedió a redimir todas las tierras confiscadas por esa causa y liberó mediante decreto a todos los ciudadanos esclavizados. Igualmente prohibió que todos los futuros préstamos tuvieran como garantía las personas mismas objeto de crédito. Tales medidas produjeron un alivio inmediato.
Lo que sí no hizo Solón fue atender a las extremas reivindicaciones de los pobres, que exigían la redistribución de la propiedad de las tierras. En cambio, Solón se dedicó a estimular la prosperidad general y a proveer empleo a quienes no pudiesen vivir de la agricultura, mediante la promoción de las artes y los oficios. Reguló las exportaciones e impulsó la circulación del dinero (invento de su época), lo que a su vez expandió el comercio de los productos atenienses, hecho bien documentado por los hallazgos arqueológicos de la época.
Por encima de estos logros económicos, Solón produjo además importantes reformas políticas, al sustituir el monopolio de los eupátridas en una nueva constitución y al reformar las estrictas leyes del código de Dracón, que al decir de la Enciclopedia Británica, eran tan severas que se pensaba habían sido escritas no con tinta sino con sangre. Solón revisó todas las leyes draconianas—que permitían la esclavitud por deudas y castigaban con la muerte casi todos los delitos, fuesen éstos menores o mayores—y presentó un código mucho más humano.
En resumen, Solón produjo una cantidad de cambio tan grande como la que Napoleón Bonaparte generaría más tarde en su época, sólo que desde una autoridad democrática. De hecho, la tiranía le fue propuesta a Solón y la rechazó. No contento con negarse a la dictadura, Solón hizo que los atenienses se comprometieran a aceptar sus disposiciones, a las que se dio validez por el lapso de cien años (fueron escritas en tabletas giratorias de madera y colgadas por toda la ciudad) y ¡abandonó el poder! Solón, habiendo terminado su tarea, cesó su intervención y desapareció de Atenas para viajar por Egipto y otros lugares, cuidando de no regresar a la ciudad antes de que diez años expiraran, a la que volvió de nuevo como su poeta.
En su enjundioso estudio acerca de la insensatez política (The March of Folly), Bárbara Tuchman concluye que la insensatez política ha sido históricamente la regla. Solón de Atenas fue la excepción. Desprovisto de apetencias de un poder prolongado, enfrentó como médico el cuadro de enfermedades sociales de su tiempo en su patria, le dio solución inteligente y justa, y descendió por propia voluntad de la primera magistratura ateniense, rehusando toda oferta de convertirse en gobernante totalitario. Solón fue, sin duda, quien cambió la frecuencia de Atenas y abrió la puerta al Siglo de Oro signado luego por la gestión de Pericles. No en vano es Solón figura inamovible del Salón de la Fama griego, porque su vocación no fue la de ser gobernante, sino la de ser ex gobernante.
……..
Según puede predecirse como desenlace más probable—no inexorable—de la actual situación política venezolana, estamos ante la posibilidad de una cesación del actual gobierno y la elección de un nuevo presidente que complete el período constitucional. (Desde el momento de la toma de posesión hasta el 9 de enero de 2007, según lo establecido por sentencia de la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia). Tal circunstancia determina de por sí un lapso corto y extraordinario que, por una parte, estará signado por grandes dificultades y, por la otra, convendrá tomar como oportunidad especialísima para introducir cambios sustanciales y suficientes en el esquema político nacional. ¡Qué bueno sería que pudiéramos contar con Solón!
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por Luis Enrique Alcalá | May 27, 2004 | Cartas, Política |

Para la economía clásica la mano misteriosa del mercado estaba basada en la eficiencia del decisor individual. Se lo postulaba como miembro de la especie Homo æconomicus, hombre económicamente racional. Los modelos del comportamiento microeconómico postulaban competencia perfecta e información transparente. El mercado era perfecto porque el átomo que lo componía, el decisor individual, era perfecto. La propiedad del conjunto estaba presente en el componente.
En cambio, la más moderna y poderosa corriente del pensamiento científico en general, y del pensamiento social en particular, ha debido admitir esta realidad de los sistemas complejos: que éstos—el clima, la ecología, el sistema nervioso, la corteza terrestre, la sociedad—exhiben en su conjunto «propiedades emergentes» a pesar de que estas mismas propiedades no se hallen en sus componentes individuales. En ilustración de Ilya Prigogine, Premio Nóbel de Química: si ante un ejército de hormigas que se desplaza por una pared, uno fija la atención en cualquier hormiga elegida al azar, podrá notar que la hormiga en cuestión despliega un comportamiento verdaderamente errático. El pequeño insecto se dirigirá hacia adelante, luego se detendrá, dará una vuelta, se comunicará con una vecina, tornará a darse vuelta, etcétera. Pero el conjunto de las hormigas tendrá una dirección claramente definida. Como lo ponen técnicamente Gregoire Nicolis y el mismo Ilya Prigogine en Exploring Complexity (Freeman, 1989): «Lo que es más sorprendente en muchas sociedades de insectos es la existencia de dos escalas: una a nivel del individuo y otra a nivel de la sociedad como conjunto donde, a pesar de la ineficiencia e impredecibilidad de los individuos, se desarrollan patrones coherentes característicos de la especie a la escala de toda la colonia». Hoy en día no es necesario suponer la racionalidad individual para postular la racionalidad del conjunto: el mercado es un mecanismo eficiente independientemente y por encima de la lógica de las decisiones individuales.
Es esta característica natural de los sistemas complejos el más poderoso fundamento de la democracia y el mercado. A pesar de la imperfección política de los ciudadanos concretos, la democracia sabe encontrar el bien común mejor que otras formas de gobierno; a pesar de la imperfección económica de los consumidores el mercado es preferible como distribuidor social.
Y esto lo llega a entender el pensamiento de izquierda.
John Haldane, fallecido en 1964, fue un notable científico de Inglaterra, biólogo, genetista, pero también el editor del periódico del Partido Comunista de Inglaterra (The Daily Worker). Esto último no le impidió advertir en un certero trabajo sobre el tamaño adecuado de las cosas, que las estructuras preconizadas por el socialismo no podrían funcionar en países del tamaño de los Estados Unidos o de Rusia: «Y así como hay un tamaño óptimo para cada animal, así también es cierto eso para cada institución humana… Para el biólogo el problema del socialismo consiste mayormente en un problema de tamaño. Los socialistas extremos desean manejar cada país como si se tratase de una empresa única. No creo que Henry Ford encontrase mucha dificultad en administrar Andorra o Luxemburgo sobre bases socialistas. Se puede pensar que un sindicato de Fords, si pudiésemos encontrarlos, haría que Bélgica Ltd. o Dinamarca Inc. fuesen rentables. Pero mientras la nacionalización de ciertas industrias es una obvia posibilidad en los más grandes entre los estados, no me es más fácil imaginar un Imperio Británico o unos Estados Unidos completamente socializados, que un elefante que diera saltos mortales o un hipopótamo que saltara sobre una cerca». (J.B.S. Haldane, On Being the Right Size, en Gateway to the Great Books, en edición de la Enciclopedia Británica.)
Somos enjambre humano. De nosotros como mercado, de nosotros como democracia, surge orden, sin necesidad de que una autoridad general nos lo imponga.
Kevin Kelly refiere (en Out of Control, Perseus Books, 1994) la experiencia de 5.000 personas en un gran auditorio. A esta cantidad de gente se pidió dividirse en dos mitades y se le advirtió que 2.500 miembros del público manejarían una sola raqueta (digital) de ping pong contra los otros 2.500 asistentes que manejarían entre todos la suya. (A cada asistente se había repartido previamente una cartulina cuadrada, uno de cuyos lados era verde y el otro rojo. Dos cámaras de televisión cubrían ambos lados del salón, dividido por un pasillo central. Cada una registraba las proporciones de verde y rojo en la mitad correspondiente. Verde significaba subir la raqueta, rojo bajarla. Computadores acoplados a las cámaras de televisión agregaban el color y remitían la instrucción promediada a cada raqueta. Los circunstantes podían ver el curso del juego en una gran pantalla al centro del proscenio. Sin el más mínimo ensayo previo, sin que la voz de un capitán gritase verde o rojo, dos millares y medio de cerebros independientes creaban la decisión correcta y enviaban la raqueta a la altura necesaria para encontrar la pelota. Cinco mil personas jugaron así un razonable juego de ping pong, y siguieron haciéndolo a pesar de que se aumentara la velocidad de la pelota.
No contentos con eso emprendieron luego un más difícil ejercicio que se les propuso. Ahora gobernarían un avión electrónicamente simulado para aterrizarlo. El lado derecho de la sala—2.500 personas—gobernaría la altitud del avión; otro tanto, del lado izquierdo, determinaría la dirección. Verde arriba, rojo abajo. Verde estribor, rojo babor. Y cinco mil personas asumían la delicada tarea y en la primera aproximación, sin que ni una voz lo advirtiese, sentían que el avión se estrellaría y de repente el avión ascendía y daba vuelta, abortando el aterrizaje, para intentarlo otra vez hasta lograrlo.
En ese enjambre humano, sin dirección central, las decisiones del conjunto eran correctas.
Eso hace el mercado. La mejor oportunidad que tiene la justicia social es el mercado. En el bazar planetario que ahora se gesta en la globalización, será factible, con el tiempo, normalizar la distribución mundial de la riqueza a través del mercado.
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por Luis Enrique Alcalá | May 20, 2004 | Cartas, Política |

Hasta 1973 la economía venezolana creció serena y consistentemente, a ritmo sensato, dentro del marco de la democracia. A comienzos de ésta (1959) el Estado venezolano propició una reforma agraria, pero también una política de industrialización que implicaba un explícito e importante estímulo a la actividad económica privada.
A partir de 1974 el país experimentó un crecimiento desmedido, cuyas consecuencias seguimos sufriendo a la fecha. En ese año se había cuadruplicado, en cuestión de meses, el valor de las exportaciones energéticas venezolanas, a raíz del embargo árabe de fines de 1973.
Es conveniente enfatizar este hecho: el crecimiento de la década 1973-83 no se debió a factores buscados por Venezuela, sino a causas totalmente exógenas determinadas por terceros actores internacionales, entre las que debe anotarse además la profusa y espléndida oferta de financiamiento internacional de la época.
Cualquier economía, por más sana que fuese, enfermaría de importancia si se viera inundada de esa forma por tan desorbitada y repentina fortuna. De hecho, se conoce con el nombre de «enfermedad holandesa» a procesos de este tipo, para designar la dolencia económica en la que el súbito influjo de ingreso petrolero y ayuda internacional puede destruir la economía. (En los años 70 la explotación de petróleo en el Mar del Norte generó una inundación, esta vez de dólares, en Holanda. La divisa holandesa se revalorizó sustancialmente, encareciendo sus exportaciones no petroleras hasta el punto de hacerlas no competitivas. Al mismo tiempo la importación se hizo barata, y los altos salarios del sector petrolero causaron su elevación en otros segmentos de la economía. Estas fuerzas se combinaron para causar estragos en la actividad privada no petrolera).
De modo que sufrimos una enfermedad por factores no endógenos. Sufrimos un atragantamiento e indigestión de divisa extranjera. (En 1963 el Primer Curso de Dirigentes Campesinos del Instituto Venezolano de Acción Comunitaria se celebraba en Caracas, con una duración de un mes. A los pocos días de haberse iniciado la angustia cundía entre los directivos del instituto, pues la gran mayoría de los dirigentes campesinos asistentes habían enfermado de aguda dolencia digestiva. El temor inicial de una intoxicación causada por presuntos alimentos descompuestos dio paso después a la comprensión de la causa real de la epidemia: los asistentes al curso rara vez habían comido tres veces diarias, y la ingesta normal que ofrecía el IVAC representaba un marcado salto en la dieta habitual de los enfermos. Lo que en principio es bueno puede perfectamente hacerse pernicioso en la práctica, en ciertas condiciones).
Y tampoco es que la gestión económica pública de la época no intentó protegerse de la enfermedad. La creación del Fondo de Inversiones de Venezuela pretendió ser el remedio que ahora se prescribe en Irak para precisamente buscar esa protección. («En Irak sus funcionarios se preocupan porque el influjo de dólares empuje hacia arriba el valor de la moneda local y dispare los salarios hasta el punto de que la manufactura y otras industrias no petroleras languidezcan
Entre los remedios que la administración Bush está considerando para contrarrestar la enfermedad holandesa está la creación de un fondo para estabilizar el ingreso petrolero del gobierno incluso ante fluctuaciones en los precios del crudo
» Michael M. Phillips, U.S. Tries to Gird Iraq for the Perils of Oil-Cash Glut, The Wall Street Journal, 19 de enero de 2004).
Debe apuntarse, por otra parte, que la República de Venezuela trató de emplear el excedente de ingresos en inversión económicamente razonable. En 1975 cualquier economista del planeta hubiera recomendado al gobierno venezolano que hiciera lo que precisamente emprendió: el desarrollo, mediante concentradas e importantes inversiones, de sus «ventajas comparativas». Si Venezuela se caracterizaba, además de por su elevado ingreso petrolero, por una abundancia de minerales de hierro y aluminio en una región bendita por la presencia de energía hidroeléctrica abundante y relativamente barata, entonces hacia allí debía ir la inversión pública. El Plan IV de SIDOR fue el programa emblemático de esa política.
Pero nadie entreveía entonces que una profunda transformación de la economía mundial estaba en marcha y haría eclosión en el último cuarto del siglo XX. Así, hubo que esperar a 1986 para leer un comentario como el siguiente: «La Revolución Industrial estuvo en gran medida basada en mejoras radicales en los métodos de modificación de materiales básicos tales como el algodón, la lana, el hierro y más tarde el acero. Desde entonces, continuas mejoras en las técnicas de producción han hecho disponible un creciente número de productos basados en materiales a un número mayor de mercados. De hecho, desde la Revolución Industrial un aumento en el consumo de materiales ha sido un signo de crecimiento económico
En años recientes parece haberse producido un cambio fundamental en este patrón de crecimiento. En Norteamérica, Europa Occidental y Japón la expansión económica continúa, pero la demanda por muchos materiales básicos se ha estabilizado. Pareciera que los países industriales han alcanzado una encrucijada. Ahora están saliendo de la Era de los Materiales, que abarcó los dos siglos siguientes al advenimiento de la Revolución Industrial, y se están adentrando rápidamente en una nueva era en la que el nivel de uso de los materiales ya no constituye un indicador importante de progreso económico. Puede ser que la nueva era llegue a ser la Era de la Información, aunque es probablemente demasiado temprano para bautizarla con alguna seguridad». (Eric D. Larson, Marc H. Ross y Robert H. Williams, Beyond the Age of Materials, Scientific American, junio de 1986).
Sólo entonces advirtieron: «Dado que el procesamiento de los materiales básicos consume mucho más energía por dólar de unidad producida que lo que lo hacen las actividades de fabricación intermedia y final, aún un pequeño cambio en el procesamiento puede tener un profundo efecto en la energía consumida por la industria (que en 1984 representó dos quintas partes de toda la energía consumida en los Estados Unidos). Nuestro análisis sugiere que la producción agregada de materiales en los Estados Unidos permanecerá en términos gruesos constante entre 1984 y el año 2000 (cuando se la mide en términos de kilogramos de producto ponderados por la energía consumida en fabricar cada producto). Ya que esperamos que la industria mejorará su eficiencia en el uso energético a una tasa de entre 1 a 2 por ciento por año durante ese período, el resultado puede muy bien ser una disminución en el consumo industrial de energía, quizás en tanto como 20%…»
Finalmente concluyeron: «Como cualquiera otra profunda transformación histórica, traerá consigo beneficios así como pesados costos para aquellos que han hecho una inversión en la era que termina. Los países industriales están siendo testigos de la emergencia de una sociedad centrada en la información, en la que el crecimiento económico está dominado por productos de alta tecnología que tienen un contenido de materiales relativamente bajo. En esta sociedad los materiales básicos continuarán siendo usados, y a muy altas tasas si se les compara con las tasas de otras sociedades. El hecho económico crítico es que su uso ya no estará creciendo. En los años por venir, el éxito y el fracaso económicos estarán determinados por la capacidad de adaptarse a esta realidad».
Pero eso no lo sabía nadie en 1974. Aun doce años más tarde los autores del trabajo reseñado formulaban su visión en términos tentativos. («Puede ser que la nueva era llegue a ser la Era de la Información, aunque es probablemente demasiado temprano para bautizarla con alguna seguridad»).
En suma, fuimos atacados desde 1973 por patología económica de origen extraño y no sabíamos que poner todos los huevos en la cesta de Guayana crearía rigideces de tanta consideración que aún gravitan sobre nosotros. Esta lectura es importante para desmontar la impresión estándar que se tiene de nuestro desempeño económico general en tanto sociedad: que habríamos exhibido una conducta esencialmente censurable. Dentro de una general propensión nacional a la autodenigración, una interpretación incorrecta de la trayectoria económica venezolana contribuye a la entronización de un marco cognitivo asfixiante.
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por Luis Enrique Alcalá | May 12, 2004 | Cartas, Política |

A comienzos de la década de los ochenta el Grupo Roraima—una asociación formada por destacados empresarios jóvenes—tomó su denominación del Edificio Roraima, donde se reunía. (En las oficinas de Luis Augusto Vegas Benedetti). Seguía de este modo la tradición del llamado «Grupo Karam», que celebraba sus reuniones en el edificio del mismo nombre veinte años antes que los jóvenes del Roraima. A las reuniones del Grupo Karam asistían los líderes empresariales de la época: Eugenio Mendoza Goiticoa, Gustavo Vollmer Herrera, Oscar Machado Zuloaga, Pedro Tinoco h., el presidente de la Creole Petroleum Corporation, el presidente de la Compañía Shell de Venezuela, etcétera.
Era el comienzo de la democracia en Venezuela, así como también el arranque de un impulso a la industrialización. El gobierno de Rómulo Betancourt había emprendido una reforma agraria, pero también un vigoroso programa de financiamiento a la industria local, bajo el concepto de sustitución de importaciones que administraban el Ministerio de Fomento encabezado por Lorenzo Fernández y la Corporación Venezolana de Fomento que presidía Luis Vallenilla. (El mismo chavista aristocrático del affaire CAVENDES).
El país era, todavía, institucionalmente simple. El Grupo Karam no necesitaba un salón particularmente grande para reunir a los factores determinantes del empresariado nacional. En 1962 estaba muy preocupado con la emergencia de focos guerrilleros en Venezuela y la posibilidad de una instauración del castrismo en el país, vista la actividad exportadora emprendida por el régimen cubano y la gestión foquista de su principal ejecutivo itinerante: Ernesto «Che» Guevara.
En ocasiones asistían a las reuniones en el edificio Karam personas que no formaban parte del círculo principal. A fines de 1962 un mediano empresario—reservamos el nombre—propuso al Grupo Karam el financiamiento de grupos paramilitares que pudieran combatir directamente contra las guerrillas de izquierda, que el año anterior habían aflorado por los lados de La Azulita, en el estado Mérida, y ya se encontraban dispersas en varios puntos del territorio nacional. Pedro Rafael Tinoco hijo tomó entonces la palabra, y con su episcopal parsimonia enterró la peregrina proposición con una sola y sencilla, pero definitiva, declaración: «El monopolio de la violencia legal pertenece al Estado. Eso no es asunto de particulares. Lo que la empresa privada debe financiar es la iniciativa de desarrollo social, para eliminar el subdesarrollo que es el caldo de cultivo del castro-comunismo».
Así se logró neutralizar la radical y violenta idea del proponente de acciones paramilitares en Venezuela, y los años sesenta fueron la década de oro de la inversión social empresarial venezolana. El episodio ilustra, no obstante, cómo es que siempre hay cabezas para cada cosa y, en particular, para esquemas de violencia armada de uno y otro signo.
No es, por tanto, algo totalmente nuevo un esquema como el debelado por el gobierno con la aprensión de paramilitares de origen colombiano en la zona de La Mata, al sur de El Hatillo. Sólo que ahora el gobierno, con gula evidente, se da banquete con este plato servido por la estupidez radical.
Obviamente no disponemos de información fidedigna respecto de los detalles de la conspiración. En un país en el que los civiles, como Capriles Radonski, no pueden conocer los expedientes en su contra hasta que no consienten en alojarse en los sótanos de la DISIP, menos aún pueden saberse los datos que procesan los fiscales militares en el caso de la finca Daktari. Podemos, sin embargo, suponer que es bastante posible que esta vez el gobierno tenga en sus manos un caso real de crimen contra la seguridad del Estado.
Robert Alonso, cubano por nacimiento, el dueño de la finca comprometida, exhibe rasgos caracterológicos que hacen muy creíbles los alegatos gubernamentales. Anticastrista furibundo, está convencido de que combate a Castro al luchar contra el gobierno de Chávez. A un año de los sucesos de abril de 2002 todavía ofrecía una solución: preparar acciones de calle que provocaran al gobierno y le impulsaran a ordenar la ejecución del «Plan Ávila», lo que causaría unos cuantos muertos que, en principio, debían llevar a la misma situación del 11 de abril. Y la segunda vez ya no habría equivocaciones como las cometidas por el blandengue de Carmona.
De avasallante discurso, pretendía asentar su «autoridad» para prescribir el remedio descrito sobre su trayectoria personal de inveterado luchador antifidelista. Decía sin tapujos que había combatido en Angola contra tropas cubanas y que en alguna ocasión había formado parte de un grupo que tuvo por misión asesinar a Fidel Castro. Creía un honor ser reconocido por persona que sostuvo nexos operativos con la CIA norteamericana. Procuraba causar el horror de sus oyentes con dramáticas descripciones de la crueldad del G2 cubano y los soldados que Castro había enviado a África. Y siempre procuró desacreditar esfuerzos de signo pacífico en el esfuerzo por salir del gobierno chavista. Él no veía otro camino que la violencia.
En esta impresión coincide con la interpretación de Carlos Andrés Pérez, quien se empecina en ignorar el ejemplo de Nixon, que guardó prudente y no poco digno silencio luego de su defenestración. Pérez no sabe callarse, y la semana pasada había declarado a Radio Caracol de Colombia que sólo la violencia podía dar al traste con el régimen chavista. El lunes de esta semana, luego de conocido el apresamiento de los paramilitares, insistió: «Es que Chávez ha rechazado todas las salidas pacíficas que se le han presentado, de manera que ya no queda más que el último recurso: la violencia. No es que yo sea partidario de la violencia, sino que no hay otro camino para salir de Chávez. Un Caracazo no se presentará, pero inevitablemente habrá muertos como en toda acción armada». (Nota de Associated Press del 10 de mayo sobre nuevas declaraciones de Pérez a la Cadena Caracol). Es decir, ya Pérez considera colmadas las exigencias de Santo Tomás de Aquino para emprender una «guerra justa».
Así que Alonso ostenta el perfil psicológico que le podría llevar a intentar operaciones como las que el gobierno ha descubierto. En meses recientes se autoproclamaba el único inventor de la «guarimba», y manifestaba no poco desagrado ante lo que percibía como intentos por robarle su paternidad, cosa que debía inscribirle en la historia como el salvador de los venezolanos. Su producto era el único verdadero. «No acepte imitaciones». Tal vez consentiría más adelante en permitir el establecimiento de franquicias, pero siempre bajo su control de propietario.
Su radicalidad le llevó a afiliarse al Bloque Democrático, organización que le recibió con los brazos abiertos. A fin de cuentas, su prédica coincidía con la dirección emprendida por el grupo, el que parecía más interesado en combatir a la Coordinadora Democrática que al propio gobierno. (El reciente reto a debatir que Alejandro Peña Esclusa ha lanzado a Teodoro Petkoff es la manifestación más reciente de esta tendencia).
Pero el Bloque Democrático ha sabido reconocer la gravedad del asunto. Por esto ha emitido un comunicado en el que afirma: «Las asociaciones civiles que pertenecen al Bloque Democrático siempre han rechazado la presencia de fuerzas armadas de otras naciones en Venezuela, ya sean milicianos cubanos, guerrilleros colombianos, células fundamentalistas, paramilitares de cualquier nacionalidad e, incluso, ‘cascos azules; puesto que hemos dicho reiteradamente que la crisis nacional debe ser resuelta única y exclusivamente por los venezolanos. La presunta presencia de paramilitares colombianos en una finca ubicada cerca de Caracas o en cualquier otra región del país, no tiene nada que ver con el Bloque Democrático. No descartamos que, aunque el hecho puntual de la presencia de paramilitares colombianos tenga visos de realidad, se trate de una maniobra orquestada por el Régimen a través de infiltrados en la Oposición». Es decir, se cuida de negar la veracidad del hallazgo de los cuerpos de seguridad.
También han reconocido que lo de los paramilitares de Daktari no es un invento chavista el gobierno colombiano—»nos alegra muchísimo que las fuerzas de seguridad venezolanas hayan capturado el domingo a gente que está o pretende delinquir allá», dijo el Vicepresidente de Colombia—y el Centro Carter: «
condena de manera enérgica la presencia de todo tipo de contingente irregular o paramilitar, así como el uso de la fuerza con fines políticos». El gobierno norteamericano ratificó su repudio a «todos los intentos violentos y extra constitucionales que amenacen la democracia venezolana». La Organización de Estados Americanos se expresó en el mismo sentido.
El gobierno sabe, por tanto, que tiene en sus manos un bocado de cardenal al que, por supuesto, le va a sacar hasta la última gota de jugo. Por eso emplaza, con aires de magnanimidad, a la «oposición democrática» para que se le una en la más enérgica de las condenas a la presencia de militares colombianos en nuestro país. Y mientras la mayoría de los dirigentes de la oposición y buena parte de los medios de comunicación insistan en presentar el asunto como invención o montaje gubernamental, el gobierno seguirá cobrando dividendos políticos aquí y en el exterior.
Por ejemplo, El Universal del lunes pasado reportaba: «El presidente de Alianza Bravo Pueblo, Antonio Ledezma, considera que la detención de 79 presuntos paramilitares colombianos es una ‘novela’ en la que participan no sólo el presidente Hugo Chávez sino también ‘su reparto’, entre quienes se encuentra el ministro de la Defensa, Jorge Luis García Carneiro».
Y también: «El portavoz de la Coordinadora Democrática, Jesús Torrealba, dijo que la detención de los presuntos paramilitares colombianos en la madrugada del domingo es un montaje destinado al consumo exterior».
Y también: «El dirigente del Bloque Democrático, Alejandro Peña Esclusa, respondió que la intención de la operación es involucrar a la oposición para perseguir a sus líderes y preparar la aplicación de un Estado de emergencia».
Y también: «El líder del grupo opositor Frente Militar Institucional—formado por oficiales retirados—, Rafael Huizi Clavier, dijo que la detención de los ‘paras’ es una operación de ‘inteligencia montada para desaparecer de la escena política a figuras de la oposición'».
Y también: «Alvarenga considera que ‘lo que ocurrió en el día de ayer fue un mal montaje'».
Y también: «El presidente del Movimiento Al Socialismo, Felipe Mujica, considera la captura de presuntos paramilitares como una ‘patraña del Gobierno para desnaturalizar la lucha de la oposición por alcanzar el revocatorio'».
Y también (Globovisión): «César Pérez Vivas, vocero del partido Copei, señaló que la denuncia de los paramilitares responde a un ‘show político y propagandístico’ cuyas motivaciones se desconocen». «El secretario general de Acción Democrática, Henry Ramos Allup, señaló que es necesario salirle al paso a lo que calificó como una maniobra del gobierno». Poco antes de ser apresado Henrique Capriles Radonsky pudo declarar que: » no cree en ‘paramilitares sin armas’. Calificó de ‘show’ la actuación de los cuerpos de seguridad nacional, en la detención de un grupo de presuntos paramilitares colombianos».
Etcétera. Por fortuna, dos voces sensatas dijeron lo que había que decir. Enrique Mendoza atinó a declarar acertadamente: «No hemos pretendido, no pretendemos ni vamos a aceptar la salida del señor Presidente por un acto de fuerza, de lo que se ha llamado vulgarmente golpismo, cosa que él sí ejerció contra un presidente constitucional». Y, según reportó Unión Radio, «Pompeyo Márquez, durante una rueda de prensa desde la Quinta La Unidad, ratificó que el pueblo venezolano sacará este régimen del poder por medio de los votos. ‘La oposición democrática no cree en atajos o salidas violentas. Todo factor o individualidad que coquetee con esas opciones está fuera de la Coordinadora Democrática’, advirtió».
La mejor manera de disminuir el rédito político que el caso Alonso está reportando al gobierno es, en efecto, condenar de manera inequívoca aventuras violentas como la que ha sido debelada. Condenar la «carmonada», condenar los llamados a golpe. Sin regateo. La consigna correcta es: «No a Chávez; no al golpismo».
A corto plazo el gobierno está ganando con este caso y, naturalmente, lo explotará golosamente. A mediano plazo el incidente puede hacer mucho bien a la oposición, siempre y cuando aproveche el momento para cortar nítidamente cualquier vinculación con los sectores más radicales e irracionales que, presentándose como los dueños de la valentía, no son otra cosa que imagen especular del chavismo violento. De ser así, el affaire Daktari habrá sido una bendición.
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