CS #327 – A superar

Cartas

Debe dejarse atrás la cogedera de seña en Cuba, especialmente si es de letras de conga habanera como la de: “Los componedores se van, componiendo sus tambores p’a gozá, p’arrollá”. (Cf. Los componedores, Mosaico #1, Billo’s Caracas Boys). Llegado una vez más a estas tierras de abrazar a los Castro, el Presidente de la República gritó: “¡Debemos seguir a la ofensiva, arrollando a la contrarrevolución, no tenemos más alternativa!” En La Habana han debido explicarle que si quería que su régimen se pareciera al castrista, tenía que decir contrarrevolución en lugar de oposición. El mero cambio terminológico justificaría cualquier atropello p’arrollá, puesto que la sexta acepción que el DRAE registra para el verbo arrollar es: “Atropellar, no hacer caso de leyes, respetos ni otros miramientos ni inconvenientes”.

La consigna general de atropello sin escrúpulos fue estrenada hace tres días, en alocución histéricamente laudatoria de la caída de Pedro Carmona Estanga y su propio regreso al poder, luego de que no le hubieran dejado ir a refugiarse en un museo militar más grande, en, otra vez, La Habana. Como es costumbre en Chávez, la arenga no dejó de construirse con una abigarrada mezcla de verdades, semiverdades, exageraciones y afirmaciones falaces. (No hubo “reacción popular” histórica y protagónica—esdrújula, en síntesis—entre las seis de la tarde del 11 de abril de 2002 y la tarde del 13, cuando grupos en buena medida “convocados” por miembros armados del Partido Comunista de Venezuela se atrevieron a acercarse a Miraflores, una vez que la criminal estupidez carmonista hubiera colapsado. Gente de La Charneca explicaba en la mañana del 12, únicamente, su preferencia por un modo constitucional para salir de Chávez. Con el resultado estaba de acuerdo).

Ahora busca por todos los medios, principalmente con el empleo simultáneo de diputados y jueces asicariados, el atropello de políticos y ciudadanos que en nada amenazan la “estabilidad democrática”—que él mismo sobresalta casi a diario—y mucho menos su “revolución”, que no es otra cosa que el desorden de un resentido apetito de poder. En su delirio, el planteamiento de un canal de contraflujo en la autopista a Guarenas constituye una amenaza contrarrevolucionaria.

Pero como algunos quemadores de Judas en Sebucán, hay observadores que no lo respetan, a quienes tales ladridos de día trece—número pavoso en muchas partes—les suenan huecos. Entre éstos son particularmente interesantes quienes conocen de vida ya longeva los tipos humanos y, sobre todo, los verdaderos revolucionarios. El fundador del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), Domingo Alberto Rangel, fue entrevistado por el diario zuliano Versión Final, que ayer reproduce su interpretación de Chávez como conguero componedor. Así contestó a José Flores Castellano:

Chavez llamó a sus seguidores a arrollar a la contrarrevolución e instó a los tribunales a castigar a los medios por tratar de “subvertir” la estabilidad democrática en el país, ¿qué opina usted de esa actitud?

—Yo creo que eso es pura paja y que no llevará absolutamente nada a la práctica. Chávez es el hablador de paja más grande de la historia de Venezuela, supera en eso a Juan Vicente González, al cabito Cipriano Castro y a cualesquiera otros charlatanes de nuestra historia.

El Presidente dijo que su revolución es “eterna”, ¿no es un tanto hitleriana esa afirmación? ¿Revela tentaciones autoritarias?

—Es posible que sea hitleriana, pero yo creo que Hitler era un hombre más serio. Fue a una guerra cuando creyó que Alemania estaba suficientemente armada. Es que Chávez es un payaso, perdóneme que sea tan franco, pero es un payaso. Y ya lo están viendo así a escala internacional, Chávez pasa ya por un hablador de tonterías.

Pudiera ser que hubiera una suerte de afinidad entre el actual presidente y la noble profesión de i pagliacci. El suscrito compuso el 1º de octubre de 1998 un artículo para el diario—también zuliano—La Verdad, y lo llamó Payasadas. He aquí algunos extractos:

Creo que es la primera vez que lo hace el diario El Nacional: considerar que es materia de primera página la celebración del primer cumpleaños de una niñita. La “noticia de primera página”, junto con su correspondiente fotografía, remite a un despliegue a página completa de su sección de sociales, en la que más fotos cubren el área de impresión junto con el texto que se estila en estos casos. Sale la niñita fotografiada en brazos de sus “orgullosos padres”, salen fotografiados los más notables entre los asistentes al sarao infantil, y no dejan de ser capturadas por el lente las infaltables payasitas…

El problema es que el papá de la niñita, ataviado con lujosa camisa y ocasional sonrisa es nada menos que Hugo Chávez Frías, el candidato presidencial más “popular”, y que la fiestecita se efectuó en la sede del Círculo Militar de Caracas.

Naturalmente, los niñitos de Chávez Frías crecen y cumplen años. Naturalmente, la celebración de esas ocasiones es una entrañable costumbre a la que tienen derecho todos los niños y todos los “orgullosos padres”. El punto curioso es el estilo “clase alta” de la fiesta aludida y el inusitado despliegue que del acontecimiento hizo El Nacional.

Demasiado rápidamente, pienso yo, el patriótico candidato –y no pocos de su séquito– ha admitido “la necesidad” de las camionetas “Blazer”, los trajes de Clement y las piñatas con payasitas. Según él declaró hace unas cuantas semanas, ya se siente en control del poder, y en consecuencia empieza a mostrarnos ya cuál va a ser su estilo de vida en cuanto perciba el primer sueldo presidencial.

………

Del otro lado hay asimismo cosas que deben ser dejadas atrás, y dos son particularmente perniciosas.

La primera de ellas es la de las valentías de salón, que prescriben absurdas enormidades, concepciones criminales absolutamente enfermizas. Hace poco alguien recomendaba en una tertulia de amigos, con la tranquilidad de quien recomienda la lectura de un libro, que la forma de salir de Chávez era propiciar ¡la eclosión de un “segundo Caracazo”!

La irresponsabilidad de una idea tal es casi inmedible; se trata de imaginar el acicate eficaz a una epidemia de saqueos en desbordamiento masivo, con su ineludible secuela de muertes y daños patrimoniales graves en grande extensión. Una amoralidad tan descomunal se acompaña de la cobardía: quien recetara ese holocausto, obviamente, no está dispuesto a saquear él mismo, ni a permitir que sus familiares lo hagan. Esas cosas se ven por televisión, mientras la popular carne de cañón que él incitaría por apropiadas personas interpuestas se ve disminuida por la muerte. Tampoco es tan increíble persona dueño de establecimiento alguno, que pudiera verse afectado en desórdenes urbanos desencadenados por su precisa ingeniería.

La descripción precedente no es ficción; el suscrito escuchó, atónito e indignado, la insólita propuesta, que además de doblemente inmoral sería enteramente ineficaz. Ni siquiera el segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez, a quien se le desmayara el Ministro de Relaciones Interiores durante alocución televisada el 28 de febrero de 1989, cayó bajo el impacto del Caracazo. Para lo único que serviría una recomendación tan insana es para la muerte de unos cuantos, entre los que no estarían ni el Presidente ni el proponente.

Esta insensatez debe cesar. No debe repetirse. Dejemos atrás la recomendación insensata de Henrique Salas Römer en artículo de 1999: que si Chávez glorificaba el 4 de febrero, el acto de una logia reducida, “nosotros” debíamos glorificar el desenfreno del 27 de febrero, que por masivo sería más democrático y equiparable en mérito cívico ¡a la caída del Muro de Berlín y los acontecimientos de la plaza de Tiananmén!

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Una segunda cosa perniciosa es más difícil de distinguir, pues es prédica en apariencia menos violenta y, en más de un caso, acometida con inocente tenacidad. Ella es la pertinaz convicción de que con teoremas y teorías logra comprobarse que hubo fraude en todo evento electoral celebrado en Venezuela entre el 15 de agosto de 2004 y el 15 de febrero de 2009. (Poco antes de esta última fecha, un empresario local de aguerrida participación política aseguraba por televisión: “Nosotros no hemos perdido ni una sola elección desde el revocatorio de 2004”. El 3 de noviembre de 2004 decía valiente y certeramente Eduardo Fernández a la dirección nacional de COPEI: “Hay dos ‘guarimbas’, que quisiera analizar. Una es el fraude: ‘no lo estamos haciendo mal, lo que pasa es que nos roban las elecciones’… Si eso fuera verdad, en nuestro análisis tendríamos que ver cómo hacemos para no ser tan bobos, que ganamos todas las elecciones y nos las roban”).

Un dedicado grupo de profesionales—ESDATA—se ha convencido de que ha “demostrado” los presuntos fraudes, aduciendo teoremas o “leyes” de Newcomb-Bensford y similares, y presenta en su página web tendenciosas presentaciones y datos tendenciosos en abono de su pretensión. Dirigido por gente tenaz y motivada, sus ejercicios han servido para convencer del milagroso hallazgo a personas que carecen de las herramientas críticas que les serían necesarias para discernir la verdad. Es la impresión de quien escribe que las intenciones del grupo son honestas e igualmente valientes; su método, en cambio, es equivocado.

La historia de la ciencia moderna aloja más de un caso de elaboraciones con plena consistencia interna (lógico-matemática) y que además concuerdan con las observaciones. Así lo explica Nassim Nicholas Taleb en el muy recomendable libro The Black Swan: The Impact of the Highly Improbable (Random House, 2007), del que tuviera noticia por aviso de José Rafael Revenga y posesión por regalo de mi hijo mayor:

“Más allá de nuestras distorsiones de percepción, hay un problema con la lógica misma. ¿Cómo puede alguien que no tiene idea de lo que pasa ser, sin embargo, capaz de sostener un conjunto de puntos de vista perfectamente razonables y coherentes que cuadran con las observaciones y se atienen a toda regla lógica? Considérese que dos personas pueden sostener creencias incompatibles basadas en exactamente los mismos datos… En un famoso argumento, el lógico W. V. Quine mostró que existen familias de interpretaciones y teorías lógicamente consistentes que pueden casar con una serie dada de datos. Esta visión debiera advertirnos que la mera ausencia de sinsentido puede no ser suficiente para convertir a algo en verdadero”. (Capítulo Sexto, La falacia narrativa, pág. 72).

Antes que Quine, Bertrand Russell había salvado su voto sobre el primer y más famoso libro de Ludwig Wittgenstein, su pupilo: “Como alguien que posee una larga experiencia de las dificultades de la lógica y de lo engañoso de teorías que parecen irrefutables, me declaro incapaz de estar seguro de la corrección de una teoría sobre el único basamento de que no pueda conseguir algún punto en el que esté equivocada”. (Prólogo al Tractatus Logico-Philosophicus).

Pero lo que no ha hecho la gente de ESDATA es mostrar evidencia empírica, legalmente convincente–en el sentido de convicción penal—de que en verdad se perpetró fraude en siquiera uno de los eventos electorales que ha examinado. Su admirable constancia conduce a un callejón sin salida, y sus evidentes talentos serían muy útiles en otras tareas. Lo que habrán generado será un ejemplo hipotético de cómo hubieran podido obtenerse los resultados que revisaron si hubiera sido perpetrado un cierto fraude que suponen existió. No han probado que de ninguna otra manera pudieron haberse dado esos resultados, ni tampoco tienen pruebas empíricas, no teoremas viejos o recién descubiertos, de que, en efecto, Jorge Rodríguez o Tibisay Lucena ordenaron la ejecución del fraude imaginario y fueron obedecidos. Cuando son precisados para que expliquen cómo se habrían producido materialmente los hechos, se ven reducidos a conjeturas especulativas.

Y es que el laborioso trabajo de ESDATA es aprovechado por gente interesada en propiciar iniciativas antipolíticas, o entendido e interpretado erróneamente en el mejor de los casos, como para concluir que la participación electoral no vale la pena.

El reino de la lógica, y el de sus hermanas la matemática y la estadística teórica, es una cosa; el de lo empírico es otra muy distinta. Otro, más diferente aún, es el de la política práctica. En otras ocasiones se ha recordado aquí cómo un pueblo decidido, como el ucraniano, es capaz de revertir, llegado el caso, elecciones trucadas por un gobierno comunista, “revolucionario”, arrollador. Dos condiciones son necesarias a un tal logro: ser mayoría y la comparecencia ante las urnas de votación. Si los ucranianos se hubieran quedado en sus casas considerando teoremas exquisitos, absteniéndose de votar, la Revolución Naranja no habría ocurrido nunca.

luis enrique ALCALÁ

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CS #326 – Lo que hay que hacer

Cartas

Los últimos cuatro meses del proceso político nacional han puesto de manifiesto que el proyecto oficialista dista mucho de tener apoyo unánime entre los electores venezolanos. Éste es mayoritario, sí, y se mostró el 23 de noviembre con una mayoría de gobernaciones y, especialmente, de alcaldías obtenidas por candidatos oficialistas, así como a través de la aprobación de la enmienda que permite reelecciones indefinidas en el reciente referéndum del 15 de febrero.

Sin embargo, en lo tocante a los resultados del 23 de noviembre en materia de gobernaciones, el gobierno perdió algo de terreno en comparación con las que obtuvo el 30 de octubre de 2004, pues la oposición capturó tres gobernaciones adicionales (Carabobo, Miranda y Táchira) a las dos que tenía (Nueva Esparta y Zulia). A éstas debe añadirse la pérdida oficialista de dos bastiones municipales muy significativos: la Alcaldía Metropolitana de Caracas y la Alcaldía del Municipio Sucre del Estado Miranda.

A partir de tales resultados, y a pesar de que continúan siendo afectos al proyecto oficialista 18 gobernadores y 263 alcaldes, el gobierno nacional lanzó dos ofensivas simultáneas, dirigida la primera a erosionar las posibilidades de gestión de gobernadores y alcaldes de oposición y su ámbito de poder, y la segunda a obtener, por la vía de la enmienda constitucional, lo que realmente le interesaba del proyecto de reforma que fuera rechazado por muy exigua mayoría el 2 de diciembre de 2007: la reelección presidencial indefinida.

El 15 de febrero, 55% de los votos emitidos fue positivo para la enmienda propuesta, pero algo más de 5 millones de votantes (45%) se expresó en contra. Tanto porcentualmente como en números absolutos, resultó evidente que el presidente Chávez suscita una oposición muy voluminosa, de casi la mitad del país.

A pesar de esta circunstancia y de los llamados al diálogo y la cooperación de parte de gobernadores y alcaldes de oposición, y hasta de voces afectas al oficialismo (notablemente la de José Vicente Rangel), el presidente Chávez optó por arreciar su ofensiva, y adicionar el frente económico al político. Es decir, en obvia tergiversación de los significados electorales, transformó lo que era una decisión constituyente puntual en un cheque en blanco a favor de su agenda ideológica y la expansión de su poder a costa de factores públicos y privados que no le son favorables.

La ejecución de esta ofensiva ha sido implacable: empleando tanto la fuerza pública como los activistas de choque a su disposición, ha ordenado y practicado nuevas estatizaciones y expropiaciones y desatado el acoso simultáneo de los mandatarios regionales y locales de oposición, cuyo triunfo de noviembre le irritaba.

El despliegue de esta voracidad y agresividad coincide con la imposibilidad de diferir decisiones económicas contractivas e impopulares, y sirve para disimular estas últimas.

Es ante este panorama que quienes se propongan actuar políticamente, para proporcionar al país tratamientos eficaces a sus problemas públicos principales y superar tan pernicioso proceso, deben reunir la claridad e inteligencia necesarias a una doble tarea: la superposición de un nuevo discurso y una nueva gramática política a través de una especie diferente de organización política y voces frescas, y la contención de la agresividad gubernamental cotidiana mientras lo primero se completa.

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Por debajo del proceso oncológico de la dominación chavista, hay una condición patológica que lo precede y lo permitió: una insuficiencia política crónica (al menos desde 1984) y grave causada por la esclerosis paradigmática del liderazgo político convencional. El paradigma político prevaleciente es todavía el que entiende la política como lucha por el poder, desde un partido que no puede entenderse sino ubicado en algún punto del intervalo definido por los polos de extrema izquierda y derecha extrema. El chavismo es la exacerbación de ese concepto: la práctica de la Realpolitik hasta sus últimas consecuencias desde un izquierdismo infeliz, extremo y sin destino.

Tal paradigma puede ser sustituido, como comienza en la práctica a ocurrir aun antes de que las elaboraciones teóricas parezcan existir. (“La victoria de Obama no señala un desplazamiento ideológico en este país. Significa que el público americano se ha hartado de las ideologías”, escribió Roger Simon para Capitol News el 5 de noviembre de 2008). “Nicolás [Sarkozy] ha adoptado el bipartidismo no sólo con una gracia natural, sino también con un sincero abrazo de corazón. Él se yergue en el moderno molde post-ideológico”, opinó Tony Blair en la edición “Hombre del Año 2008” de TIME Magazine. “Pienso que recibimos un fuerte mandato de cambio… Esto significa un gobierno que no esté impulsado ideológicamente”, dijo Barack Obama en entrevista para la misma edición de la revista).

Es desarrollo conceptual fundamentalmente venezolano que el nuevo paradigma político, que sustituirá al prevaleciente, es de carácter clínico, y su aceptación está a punto, pues se percibe con claridad una reciente y creciente emergencia de su postulado fundamental y sencillo: que la Política sólo cobra sentido como el oficio de resolver los problemas de carácter público.

Pero la expresión efectiva de un paradigma político se lleva a cabo mediante el vehículo de una organización que lo practique y difunda. Es la construcción de una organización que porte y difunda ese paradigma la tarea política más importante del nivel estratégico.

Por mencionar un caso especialmente auspicioso de activo diseño, en la actualidad progresa, en labor de ingeniería genética, el desarrollo de una opción para la organización requerida. Las siguientes son algunas entre las hipótesis fundamentales que guían este desarrollo:

1. La organización no es un partido político convencional definido por una ideología, ni nace para oponerse o desplazar a los partidos. Se rige por una metodología y pueden pertenecer a ella miembros de partidos.

2. La organización no lo es de organizaciones, sino de ciudadanos.

3. La organización no se define como instrumento de la “comunidad opositora”, y su apelación universal pretende ayudar a subsanar el problema de un país dividido.

4. La misión fundamental de la organización es de la elevar la cultura política de la ciudadanía en general, y la de formar a personas con vocación pública en el arte de resolver problemas de carácter público, esto es, en Política.

5. La organización establecerá una unidad de desarrollo de políticas públicas (think tank), a ser sometidas a la consulta más amplia posible.

6. La organización facilitará la emergencia de actores idóneos para el ejercicio de las funciones públicas.

Quienes trabajan en el proyecto, que será sometido a la crítica abierta, estiman que su operatividad se producirá en un plazo no mayor de seis meses.

………

Un problema distinto es la lidia cotidiana con el atropello gubernamental, la necesidad de contenerlo.

La contención del avasallamiento oficialista es posible, y en más de una ocasión se ha revelado como eficaz. En 1999 se obligó al Ejecutivo a rehacer la redacción del decreto que convocaba a referéndum para decidir si se elegiría una asamblea constituyente. Más recientemente (2008), el gobierno debió retroceder en la imposición de normas demagógicas de admisión a las universidades, el currículo “bolivariano”, la declaración de las FARC como insurgentes, la prohibición de aumentar el costo de los pasajes en Caracas, el cobro de la transmisión de videos de Venezolana de Televisión, la Ley de Inteligencia y Contrainteligencia. (“Ley sapo”). Este mismo año debió mostrar a la comunidad judía venezolana, aunque fuera momentáneamente, solidaridad y cooperación tras el ataque a la sinagoga de Maripérez, y deslindarse, aunque fuera en meras palabras, de las operaciones del Colectivo La Piedrita.

Hoy más que nunca, cuando el gobierno busca reducir a la impotencia los mandatarios estadales y locales que no le obedecen, y vulnerar o eliminar de un todo a importantes centros de poder económico, es preciso organizarse para esa contención.

Dicho de otro modo, esta contención necesita un aparato especializado. Quienes asignan recursos financieros o comunicacionales deben propiciar su establecimiento y facilitar su acatamiento por actores autónomos.

Es este aparato el cliente necesario de una instancia que ha venido siendo propuesta con insistencia: la de una “sala situacional”. (Sobre todo desde que el presidente Chávez famosamente saludara y agradeciera la suya en la noche del 15 de febrero, y varias decenas de personas se levantaran a recibir el saludo y la gratitud). En verdad, conviene a un aparato de contención el auxilio de una función que recabe inteligencia, en posible anticipación de los movimientos del gobierno.

El aparato de contención debe responder a la guía de un jefe único. La solución no es una instancia suprema colegiada, como se probó ya con poco éxito en tiempos de la Coordinadora Democrática. Al jefe del aparato deberá darse autoridad y recursos para que establezca el estado mayor y las unidades funcionales que hagan falta. Deberá ser persona inteligente y experimentada, que comprenda la verdadera naturaleza de la guerra y no sea meramente algún fanfarrón que sólo atine a predicar valentías radicales e inviables con envoltura moralista. (No es la jefatura indicada la de quienes propugnan, carentes de toda imaginación política, recetas violentas que ni siquiera existen como posibilidad).

Esta jefatura no guarda relación alguna con una candidatura presidencial, y quien la ejerza no deberá pretender que ésta se desprende de su trabajo.

El aparato no debe exigir a gobernadores y alcaldes de oposición su participación en la lucha. Éstos deben en principio restringirse al cumplimiento de las funciones para las que fueron electos, y a la defensa de sus administrados y sus atribuciones, en ocasiones federados con colegas amenazados. Si el oficialismo abusa de los cargos que acumula involucrándolos en el combate partidista, no debe reproducirse esa conducta de este lado. El aparato puede y debe, eso sí, facilitar información a los gobernadores y alcaldes de oposición y defenderles.

El aparato de contención hará bien en alejarse del protocolo de acusación ritual que cada día añade unas cuantas páginas al prontuario del régimen, sin atinar a refutarlo. “Nuestra oposición ostensible acusa a Chávez, pero no le refuta. Los medios de comunicación del país debieran ofrecer espacio a un ejercicio argumental diferente al del mero discurso opositor. Y a quienes sean capaces de formularlo y decirlo”. (Carta Semanal #60 de doctorpolítico, 30 de octubre de 2003). “La pregunta realmente importante es, evidentemente, ¿qué hacer ante la aplanadora que Chávez ha puesto en movimiento? Hay algo que no es lo que debe hacerse, y es el mero señalamiento de una inconformidad… Una vez más: a Chávez se le acusa pero no se le refuta. Ocho años de desmanes incontenidos, en los que la oposición se ha limitado a engrosar un prontuario, a nutrir un catálogo de acusaciones, han puesto de manifiesto la ineficacia de tal estrategia”. (Carta Semanal #220, 11 de enero de 2007).

Una táctica para producir metódicamente las refutaciones necesarias es la de marcación individualizada sobre cada funcionario o vocero importante del gobierno, incluyendo, por supuesto, al propio presidente Chávez. “Los dispositivos de defensa en la práctica del fútbol adoptan básicamente una de dos configuraciones: la llamada marcación o defensa de zonas, por la que se asigna a cada jugador la responsabilidad de cubrir un determinado territorio del campo de juego, o la usualmente más eficaz marcación de hombre por hombre… En el fragor de la presente lucha política nacional pareciera que los opositores al gobierno han optado por una marcación de zona. Todo el mundo se mete con todo el mundo… Tal vez valga la pena intentar ahora una marcación hombre a hombre”. (Carta Semanal #77 de doctorpolítico, 11 de marzo de 2004).

Es claro que la labor de contención no se limita a la refutación del discurso oficial, y que debe incluir operaciones de otra naturaleza, incluyendo publicaciones, emisiones radiales y televisadas, protestas y otras acciones de calle, así como presiones sobre las instituciones públicas—a pesar de su obsecuencia—y comunicaciones e interacciones con actores internacionales.

luis enrique ALCALÁ

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CS #325 – Pinochávez

Cartas

En su primera alocución presidencial al país desde el Salón Ayacucho del Palacio de Miraflores, todavía en febrero de 1999, Hugo Chávez hizo la primera de sus promesas de austeridad. Entonces no sufría de elefantiasis discursiva. La alocución no fue demasiado larga, pero lo suficiente como para condenar ante el país televidente de esa noche, y la concentración de personalidades en la sala, la propiedad pública de activos excesivos como automóviles, algunos blindados—ofreció uno en venta a Marcel Granier, amenazándole de modo poco velado—, y aviones. Todavía no había pasado por su apetito el antojo del Airbus A319CJ, su avión, por el que Venezuela invirtió 172 millones de bolívares de hoy si CADIVI le autorizara, que lo haría, 80 millones de dólares a la tasa de 2,15 (172.000 millones de aquellos a los que estuvimos acostumbrados desde el inicio del control de cambios, hacen ya seis años). Es bueno leerlo con guarismos: Bs. 172.000.000.000. Es como si el presidente Chávez se hubiera ganado el equivalente de 57 billetes del Kino Táchira únicos el domingo pasado, y los hubiera cambiado por un avión.

Ahora dice: “Se prohíbe el gasto suntuario o superfluo en el sector público nacional: primero, la adquisición de servicio de telefonía celular y de discado directo internacional, así como el uso de Internet; hay que cuidar lo que se tiene y revisarlo bien, y ver dónde hay exageración: por ejemplo, en el uso de teléfonos celulares”. Reporta María Lilibeth Da Corte en El Universal: “Chávez dijo que en Miraflores tenían la costumbre de dar relojes o arreglos florales en cumpleaños y en tono jocoso comentó que ahora recibirán una felicitación firmada por él”.

Ahora dice: “Cuidado con las tarjetas de crédito; todo eso tiene que ser recogido, revisado, rectificado. Así como la adquisición y alquiler de vehículos ejecutivos”.

Ahora dice: “Prohibido asignación de misiones oficiales al exterior: sólo con la autorización del Vicepresidente Ejecutivo y previa exposición de motivos que justifique tal aprobación, solo así podrá cualquier funcionario del gobierno estar haciendo asignaciones de misiones al exterior”.

Ahora dice: “Material promocional, publicidad y publicaciones que no se correspondan con las actividades que cumplan ese órgano o ese ente; todo eso queda prohibido”. (Ya no más, es de suponer, gigantografías con su efigie para propósitos de culto personal en, por ejemplo, las paredes exteriores de las distintas sedes del SENIAT, ni publicidad electoral, que no se corresponde con las actividades que debieran cumplir los entes de la administración pública. ¿Será por esto que las elecciones de concejales han sido diferidas?)

Ahora dice (se traduce aquí de nota de Associated Press): “Debemos poner fin a los megasalarios, a los megabonos”. Y añade: “Quien quiera ser rico que se vaya a otro lado”. Y vive del aire. Según explicó, gana 2.800 bolívares al mes. La mitad de ese sueldo lo envía a la hija menor (las demás tampoco comen), y la otra mitad es convertida en becas para niños pobres. Es el gobierno entero el culpable de boato innecesario, salvo él, que es un sacrificado.

Ahora dice: “Luchemos contra eso sin descanso, a la raíz de la vieja cultura del derroche y el gasto irresponsable; ahorremos hasta el ultimo bolívar que debe ser para solucionar y ayudar tantos problemas de la gran deuda social que nos dejó todo el pasado capitalista neoliberal”. (¿Es que no forman parte del pasado los diez años que ya lleva mandando?)

Hugo Chávez ha necesitado que se desate y desarrolle una crisis económica y financiera de magnitudes planetarias inusitadas, que se estreche gravemente el ingreso del fisco nacional, para firmar un decreto que debía desde hace diez años. Le tomó cuatro años y medio darse cuenta del tamaño de “la gran deuda social que nos dejó todo el pasado capitalista neoliberal”. Fue en 2003, cuando enfrentaba la posibilidad de perder su cargo por revocación, cuando inventó las misiones que comenzarían a pagar esa deuda. Cinco años y medio después, a los diez de su primera y antepenúltima toma de posesión, es cuando llega a pensar que su administración pudiera tener un problema de gastos suntuarios o superfluos. (¿Será que pasa tanto tiempo fuera del país que, en cuanto llega, tiene que ocuparse del análisis de los proyectos de magnicidio en su contra y no pudo percatarse hasta ahora del desperdicio presupuestario?)

………

En su campaña de 1998 Hugo Chávez fustigó a todo el pasado político venezolano por corrupto, y esto fue una de las coartadas de su abusiva intentona de 1992. Pero todavía en 2006, el día que inscribió su candidatura a su primera (y última) reelección, formuló su pretensión como una petición a los electores: que le ayudaran a “continuar la lucha contra la corrupción”. Tres años más tarde se despereza y comienza a estirar su musculatura anticorruptelas con la presentación de una nueva coartada. Y justifica así la centralista deglución de puertos y aeropuertos estadales: “Ahora tenemos un reto nosotros, recuperarlos para ponerlos eficientes y más eficientes al servicio de la causa nacional; y para acabar en estos espacios con lo que ya dije: mafias, ladrones, traficantes, contrabandistas, etcétera. ¡Lucha a muerte contra las mafias enquistadas y contra los viejos vicios! Eso es el reto que tenemos por delante”. (La corrupción sólo existiría donde perdió las elecciones en noviembre pasado).

A comienzos de 2007, cuando se aprestaba a dar uno de sus zarpazos, esta vez contra la telefonía privada con la estatización de la CANTV, Chávez puso a Jesse Chacón, su peón más empleado, a propalar una falsa razón de la medida. (Venía de explicar a unos cuantos presidentes sudamericanos, en Brasil, que se iba a ver forzado a estatizar la empresa, porque era estratégica y porque grababan sus conversaciones). Chacón adujo que “la falta de cobertura en gran parte del país es producto de la posición del dominio del principal operador, que ha limitado con prácticas restrictivas la entrada de nuevos operadores”. En el papel y disfraz de Ministro del Poder Popular para las Telecomunicaciones, Chacón acusó a la CANTV de impedir la libre competencia, sin que esto se demostrara jamás. (Procompetencia nunca procesó un expediente en tal sentido y, en cualquier caso, si la CANTV era algo cercano a un monopolio ¿qué es ahora en manos del Estado?)

Pero este modo falaz no es nuevo. Una de sus reiteradas explicaciones, cuando intenta defender su infeliz ocurrencia del 4 de febrero de 1992, es que el frustrado levantamiento de esa fecha se produce como rectificación “bolivariana” de los acontecimientos del 27 y el 28 de febrero de 1989. La lógica chavista procede más o menos de este modo: primero, Simón Bolívar había señalado que un ejército sería maldito si enfilaba las armas contra su pueblo; segundo, Carlos Andrés Pérez ordenó al ejército venezolano enfilar sus armas contra el pueblo en 1989; tercero, en consecuencia, la asonada del 4 de febrero no fue otra cosa que el castigo merecido por el pecado perecista. Eso es mentira. Mentira dicha con el mayor desparpajo, con el mayor irrespeto por la inteligencia y la memoria de ese pueblo que él dice defender. Durante su breve prisión en el penal de Yare, cuando no preveía aún el posterior desarrollo de los acontecimientos y por tanto se encontraba algo descuidado, Hugo Chávez Frías admitió que el grupo que encabezó el intento de golpe de Estado de 1992 llevaba muchos años conspirando, por lo menos seis años antes de que se produjeran los disturbios de 1989, la excusa que después ofreciera como explicación.

Esto es la constante y característica principal de la dominación de Chávez: la falta de apego a la verdad, la ligereza para difamar, el cinismo de sus explicaciones. En dos platos: Hugo Chávez—y con él unos cuantos de sus personeros—es un mentiroso contumaz.

Y su mentira favorita es la difamatoria. No puede haber, dice, cinco millones de ricachones en Venezuela, y sólo quien fuera ricachón pudo haber votado contra su capricho continuista el 15 de febrero. Por tanto, es su astuta deducción, la mayor parte de la votación contraria se debe al engaño de millones por parte de unos medios ricachones (uno en particular, aunque su audiencia no pase de 6%) que manipulan la verdad.

¿Puede creerse, entonces, a quien negara inclinaciones socialistas ante una pregunta directa en una reunión con hombres de negocios de la ya lejana campaña de 1998? (Chávez negó tenerlas, y contestó que no era socialista sino bolivariano). ¿Qué puede sacarse en claro del siguiente intercambio (año 2000) con El Mundo de España? “Presidente, ¿es usted comunista? No tengo nada de comunista, pero respeto el comunismo, porque los comunistas no son esos diablos que siempre nos han dicho que eran. Son gente que quiere la justicia social, como yo”.

………

“La duración”, señalaba Anne Morrow Lindbergh, “no es una prueba de verdad o falsedad”. Una década de dominación chavista no convierte en verdaderos sus argumentos.

Y una conducta típicamente asociada al mentiroso es la evasión. Chávez sabe eludir los debates incómodos, evita la confrontación argumental con quienes pueden revolcarlo. Alude sarcásticamente con indirectas, por ejemplo, al Editor del diario Tal Cual, Teodoro Petkoff, pero no se atreve a enfrentarlo o siquiera a nombrarlo. Sabe que saldría muy mal parado. No se le ocurriría debatir con Fernando Egaña, prefiere ignorar lo que denuncia Argelia Ríos, ni de casualidad comenta lo que aquí se escribe y le llega.

De resto, desempeña el papel de valiente, de héroe valeroso que se enfrenta, con el pecho desnudo (tras el chaleco antibalas), al mayor de los contendores, el imperio, y sale airoso ante conspiraciones regionales separatistas.

Pero no tiene el valor de debatir; sólo el de imponer por la fuerza, con gas del bueno, lo que es incapaz de fundar sobre la razón.

luis enrique ALCALÁ

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CS #324 – Política natural

Cartas

Nature and Nature’s Laws lay hid in Night.
God said, Let Newton be! and all was Light.

Alexander Pope

If I have seen a little further it is by standing on the shoulders of Giants.

Issac Newton

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En este año bicentenario del nacimiento de Charles Darwin es apropiado leer en las ciencias de su elección, las biológicas, lecciones y moralejas utilísimas a la política. Sobre todo en lo conocido sobre la evolución, ese monumental despliegue del cambio del universo, la vida misma y las especies que pintara él por vez primera junto con Alfred Russel Wallace, y más aún y más particularmente sobre la evolución de los sistemas nerviosos de los seres vivos, puesto que la política es la actividad nerviosa más desarrollada de las sociedades.

Y es una lección estupenda la que recoge Carl Sagan en Dragones del Edén, su libro de 1977: la realidad de un cerebro trino en los animales superiores, especialmente en los humanos, un cerebro que es en verdad tres cerebros superpuestos. A su vez, Sagan se limita a explicar el cuadro descrito por Paul MacLean, quien fuera Jefe del Laboratorio de Evolución del Cerebro y la Conducta del Instituto Nacional de Salud Mental de los Estados Unidos.

Traduzco de Sagan: “…MacLean ha desarrollado un cautivador modelo de la estructura cerebral y su evolución que llama el cerebro trino. ‘Estamos obligados’, dice, ‘a vernos a nosotros mismos y al mundo a través de los ojos de tres mentalidades muy diferentes’, dos de las cuales carecen del poder de la palabra. El cerebro humano, sostiene MacLean, ‘equivale a tres computadores biológicos interconectados’, cada uno con ‘su propia y especial inteligencia, su propia subjetividad, su propio sentido del tiempo y del espacio, su propia memoria, sus propias funciones, motores y otras’. Cada cerebro corresponde a un gran paso evolutivo separado. Decimos que los tres cerebros se distinguen anatómica y funcionalmente…”

Lo interesante del asunto es que el cerebro que es evolutivamente más primitivo (cientos de millones de años), llamado por MacLean el Complejo R—rodea a la estructura que denominamos mesencéfalo—sigue existiendo y funcionando en el sistema nervioso central de los humanos que es, por supuesto, el más poderoso y sofisticado del reino de la zoología. A pesar de que más adelante en la evolución se superpondrán a él dos estructuras distintas y más evolucionadas—el llamado sistema límbico y el neocortex (corteza nueva)—la naturaleza no lo ha desechado; construye sobre él y lo preserva. El sistema límbico, asiento fundamental de las emociones, es posterior al Complejo R y anterior al neocortex, pero tampoco es desplazado por éste, que se le superpone sin anularlo cuando añade, al fin, las funciones superiores del pensamiento analítico y el lenguaje.

No deja de parecer a Sagan divertido que MacLean haya “demostrado que el Complejo R juega un rol importante en la conducta agresiva, la territorialidad, el ritual y el establecimiento de las jerarquías sociales”. Y comenta Sagan: “A pesar de bienvenidas excepciones ocasionales, me parece que esto caracteriza una buena cantidad de la conducta burocrática y política moderna. No quiero decir por esto que el neocortex no esté funcionando en absoluto en una convención política norteamericana o una sesión del Soviet Supremo; después de todo, mucha de la comunicación en estos rituales es verbal y por tanto neocortical. Pero es sorprendente cuánto de nuestra conducta real—distinta de lo que decimos y pensamos de ella—puede ser descrita en términos reptilianos”. (El Complejo R, de allí su nombre, es el cerebro ya presente en los reptiles. Con penetrante intuición de filósofo natural, Pedro León Zapata hace frecuentes alegorías presidenciales con la imagen de un dinosaurio: “A mí me absolverá la Prehistoria”).

A pesar de esto, y como se evidencia del apunte de Sagan, nuestro cerebro reptil continúa modelando buena parte de nuestra conducta, principalmente nuestra conducta política que entendemos, las más de las veces, como modo de dilucidar territorios a base de comportamiento agresivo y establecer jerarquías sociales que los rituales confirman. Y a pesar de esta preservación, el progreso de las especies inventa y supera el Complejo R.

Con otras palabras, Kevin Kelly—Getting smart from dumb things, en Out of Control—señala lo mismo: “El cerebro y el cuerpo se hacen del mismo modo. De abajo hacia arriba. En vez de por aldeas, uno comienza por conductas simples: instintos y reflejos. Uno hace un pequeño circuito que realiza un trabajo simple, y pone muchos ejemplares a circular. Entonces uno superpone un nivel secundario de comportamiento complejo que puede emerger de ese montón de reflejos funcionales. La capa original continúa trabajando, sea que la segunda lo haga o no. Pero cuando la segunda capa logra producir una conducta más compleja, subsume la acción de la capa que está abajo”.

De algún modo Isaac Newton, que no conocía estas exquisiteces de la neurofisiología evolutiva, celebraba la misma estrategia de preservar y honrar lo previamente construido. Fue en latín que escribió a Robert Hooke, honrando a quien fuera su rival al comparar sus aportes con los de Descartes: Pigmaei gigantum humeris impositi plusquam ipsi gigantes vident. (“Si vi más lejos fue porque subí sobre los hombros de gigantes”). Aunque su propio logro era inconmensurablemente mayor que el de Hooke—eran sus pedestales enormes Kepler, Galileo y Copérnico y, en fin de cuentas, también el descomunal Aristóteles cuya física él deponía—, Newton sabía que sin los precursores no hubiera visto lo que vio. Él mismo era el más gigantesco de los gigantes—no a todo el mundo puede escribírsele “Dios dijo: hágase Fulano”—y doscientos veintinueve años después de que publicara su epifanía un judío de Ulm se subiría sobre sus hombros para lanzar la mirada más lejos todavía.

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Requerimos un nuevo paradigma político, requerimos una organización novedosa que lo encarne y lo transmita, que realice funciones que los partidos actuales—PSUV incluido—no atinan a cumplir. Pero la construcción de ese nuevo piso cerebral de la sociedad venezolana no requiere la cesación de los partidos, como pidiera Bolívar en proclama testamentaria con otra de sus humanas equivocaciones. Tampoco, claro, es lo que debe hacerse políticamente en Venezuela una federación de partidos, esquema que ya se probara, sin éxito, en la especie extinta de la Coordinadora Democrática y con muy bajo rendimiento en el esquema de unidad de candidaturas para el 23 de noviembre de 2008. El neocortex no es el agregado de una docena de Complejos R. Se trata de una estructura nueva, y puede decirse que la persistente ebullición de la creatividad política actual terminará creándola, terminará superponiéndola a lo que hoy vemos funcionando.

Más de uno ha especificado, con más o menos alguna precisión, segmentos de su genoma. Por ejemplo, que una “sala situacional” sería necesaria. Se la predica, incluso, con urgencia llena de explicable angustia. Visto que no hay cesación de arremetidas gubernamentales, la inquietud crece, y el tema de las salas situacionales se puso dramáticamente de moda cuando el Presidente de la República saludó y agradeció a decenas de miembros de la que funciona en Miraflores, al ganar su proposición de enmienda (no confundir con propósito de enmienda).

Pero no existen las salas situacionales aisladas, pues necesitan un cliente: el agente de decisión para el que operan y les da sentido. Sería como trabajar solamente en el diseño de un quirófano cuando lo que se requiere es el plano de un hospital entero. Esto no obsta para que quienes saben lo que es una sala situacional y podrían concebiblemente establecerla u operarla vayan pensándola, pues la estructura final probablemente exhiba arquitectura modular y aquélla sería uno de los módulos que la compondrían. (Es el mismo Kevin Kelly quien señala una mutación estratégica en los cultores de la robótica. Sus primeros intentos eran ambiciosos: pretendían nada menos que lograr un robot que imitase, de una vez, a un ser humano. Ahora proceden con el desarrollo de circuitos simples pero exitosos, que con otros de función distinta podrán componer más adelante un sistema más complejo). Por otra parte, la decisión metapolítica de transplantar un órgano nuevo o, más todavía, la de procrear un organismo enteramente nuevo, no debe ser sino estratégica, jamás respuesta táctica a una estrategia que se nos opone. Aunque Chávez no tuviera una, sería aconsejable contar, si se quiere hacer política moderna, con una sala situacional.

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La raíz del asunto, sin embargo, es paradigmática, y esta circunstancia lo hace peculiarmente difícil. Tardó tiempo para que Arturo Úslar Pietri comprendiera el problema. Aunque se le propusiera la idea a comienzos de 1985, no fue sino hasta octubre de 1991 cuando escribiera en El Nacional: “…de pronto el discurso político tradicional se ha hecho obsoleto e ineficaz, aunque todavía muchos políticos no se den cuenta”. Y añadía, delatando que no tenía solución para el problema: “Toda una retórica sacramentalizada, todo un vocabulario ha perdido de pronto significación y validez sin que se vea todavía cómo y con qué substituirlo… Hasta ahora no hemos encontrado las nuevas ideas para la nueva situación”. Y eso que no vivió lo suficiente para contemplar el despliegue del anacronismo chavista.

El caso es, entonces, el concepto mismo de la política. Se la entiende como combate por el poder—el antropólogo Rafael Rengifo indica que la noción misma de poder es supuesta como una entidad asible, determinada como cosa en el tiempo y el espacio—y debiera ser entendida como la profesión de resolver problemas de carácter público. Esto tan simple es un profundo cambio paradigmático; los cambios de esta clase no son de la totalidad de un discurso, sino de una o unas pocas premisas que lo reorganizan en configuración diferente. (El judío de Ulm, Alberto Einstein, que subsumió a Newton encaramándose sobre sus anchos hombros, dedujo su revolucionaria teoría de la gravitación de sólo tres premisas inusuales).

El inventor del sentido más frecuente hoy del término paradigma, Thomas S. Kuhn (The Structure of Scientific Revolutions), sabía que uno nuevo, aun cuando sea muy superior al prevaleciente, provoca empecinadas resistencias. De hecho, dijo que el nuevo paradigma llegaría a entronizarse definitivamente cuando murieran quienes sustentan las concepciones más antiguas.

Una cierta forma de hacer política—reptiliana: agresiva, territorial, ritual, jerárquica—está muriendo ante nuestros ojos. (¿Cómo puede ser uno territorial en Internet? ¿Quién es su jefe?) El anacrónico experimento de Chávez representa los últimos estertores—imagen de Eduardo Fernández—de una política vieja que agoniza. Es la política del poder, que él lleva a su exacerbación; es la autodefinición política sobre un eje izquierda-derecha que ya no existe, a pesar del último pataleo de Bernard Henri-Lévy. (Left in Dark Times, 2008).

Pero es la muerte de gigantes, sin los que nunca hubiéramos divisado la tierra prometida. Como tales ¿por qué tendrían que sentirse mal por haber sido enormes e indispensables? Ellos construyeron las posibilidades que hoy tenemos.

No se justifica entonces que entorpezcan el progreso, pretendiendo que lo que hacen, cada vez de eficacia menor, es lo único posible. Nos deben la libertad de crear, como ellos mismos en su momento lo hicieron, una cosa distinta.

luis enrique ALCALÁ

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CS #323 – Política con método

Cartas

Entre las varias ideas (un comando estratégico unificado, una sala situacional, una tesis política, un think tank, etc.) que unas ganas de hacer cosas, una inusitada efervescencia de iniciativas ha puesto sobre el tapete—en explosión de creatividad política suscitada por la votación del 15 de febrero pasado—, ninguna tan definitiva y necesaria como la de una nueva organización política, puesto que ella puede, precisamente, contener todo lo enumerado, y además puede ocuparse del problema esencial de facilitar la emergencia de actores idóneos para el ejercicio de las funciones públicas.

No basta para justificar la aparición de una nueva asociación política, sin embargo, ni siquiera la más contundente descalificación de las asociaciones existentes, como es estado de opinión que se generaliza con el paso de los días. La nueva asociación tendría que ser expresión, ella misma, de una nueva forma de entender y hacer la política y debe estar en capacidad de demostrar que sí propone soluciones que escapan a la descalificación que se ha hecho de otras opciones. En suma, debe ser capaz de proponer soluciones reales, pertinentes y factibles a los problemas verdaderos.

No debe entenderse por esto, sin embargo, que tal asociación pretenda conocer la más correcta solución a los problemas. Tal cosa no existe y por tanto tampoco existe la persona o personas que puedan conocerla. Ningún actor político que pretenda proponer la solución completa o perfecta es un actor serio.

Siendo las cosas así, lo que proponga un actor político cualquiera siempre podrá en principio ser mejorado, lo que de todas formas no necesariamente debe desembocar en el inmovilismo, ante la fundamental y eterna ignorancia de la mejor solución. Más todavía, una proposición política aceptable debe permitir ser sustituida por otra que se demuestre mejor: es decir, debe ser formulada de modo tal que la comparación de beneficios y costos entre varias proposiciones sea posible.

De este modo, una proposición deberá considerarse aceptable siempre y cuando resuelva realmente un conjunto de problemas, es decir, cuando tenga éxito en describir una secuencia de acciones concretas que vayan más allá de la mera recomendación de emplear una particular herramienta, de listar un agregado de estados deseables o de hacer explícitos los valores a partir de los cuales se rechaza el actual estado de cosas como indeseable. Pero una proposición aceptable debe ser sustituida si se da alguno de los siguientes dos casos: primero, si la proposición involucra obtener los beneficios que alcanza incurriendo en costos inaceptables o superiores a los beneficios; segundo, si a pesar de producir un beneficio neto existe otra proposición que resuelve más problemas o que resuelve los mismos problemas a un menor costo.

En ausencia de estas condiciones para su sustitución la solución que se proponga puede considerarse correcta y, dependiendo de la urgencia de los problemas y de su importancia (o del tiempo de que se disponga para buscar una mejor solución), será necesario llevarla a la práctica, pues el reino político es reino de acción y no de una interminable y académica búsqueda de lo perfecto.

Pero es importante también establecer que no constituyen razones válidas para rechazar una proposición la novedad de la misma—“no se ha hecho nunca… las cosas no se hacen así”—o la presunción de resistencias a la proposición. Por lo que atañe a la primera razón debe apuntarse que una previa condición de las soluciones aceptables es precisamente la novedad.  Respecto de la existencia de resistencias y obstáculos hay que señalar que eso es un rasgo insalvable de toda nueva proposición. El que las resistencias y los obstáculos hagan a una proposición improbable no es una descalificación válida: el trabajo del hombre es precisamente la negación de probabilidades, la consecución de cosas improbables.

Toda proposición política seria, y muy especialmente la que pretenda emerger por el canal de una nueva asociación política deberá estar dispuesta a someterse a un escrutinio y a una crítica comparativa que se conduzcan con arreglo a las normas descritas más arriba. La “objetividad” política sólo se consigue a través de un proceso abierto y explícito de conjetura y refutación, pero jamás dentro de un ámbito en el que lo pautado es el silencio y el acatamiento a “líneas” establecidas por oligarquías, o en el que se confunde la legitimidad política con la mera descalificación del adversario.

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Pero que una proposición esté abierta a la crítica general no es lo mismo que sostener que las proposiciones deben ser construidas en asamblea o decididas en transacción consensual.

La discusión pública venezolana tal vez haya agotado los sinónimos castellanos del término conciliación. Acuerdo, pacto, concertación, entendimiento, consenso, son versiones sinónimas de una larga prédica que intenta convencernos de que la solución consiste en sentar alrededor de una mesa de discusión a importantes o meritorios actores y factores de poder de la sociedad. Si hay que construir una “visión de país”, un “consenso-país”, un “proyecto de país”, una “tesis política”, ¿no será lo mejor—se pregunta—reunir a quienes hayan trabajado ya en tareas similares para que compartan sus hallazgos y pueda así componerse un conjunto sumatorio?

El método mismo tiende a ser ineficaz. Los ideales de democracia participativa, la realidad de la emergencia de nuevos factores de influencia y poder, han llevado, es cierto, a la ampliación de los interlocutores de estas “mesas democráticas” (así las llamaba hace más de una década Luis Raúl Matos Azócar) de las que debe salir el ansiado acuerdo nacional. Así fue diseñado, por ejemplo, el consejo de la Comisión Presidencial para la Reforma del Estado (COPRE), al combinar en él la presencia tradicional de líderes empresariales y líderes sindicales, con representantes de partidos, de la iglesia, de las organizaciones vecinales, etcétera. Así buscó conformarse el “Encuentro Nacional de la Sociedad Civil” organizado por la Universidad Católica Andrés Bello, cuando su rector tomó el reto que pareció recaer,  a mediados de 1992, sobre la Iglesia Católica venezolana, en respuesta a un estado de opinión nacional de gran desasosiego, que buscaba en cualquier actor o institución que pudiera hacerlo la formulación de una salida a la aguda y profunda crisis política. Así trabajó la comisión del “consenso-país” de la extinta Coordinadora Democrática. Así, al interior de los partidos, tiende a trabajarse cuando les toca preocuparse de la confección de un “programa de gobierno”. En unas ciertas “memorias prematuras” de 1986 puede leerse una descripción de la dinámica prevaleciente:

“Lo típico es organizar una serie innumerable de reuniones, dispuestas según una estructura similar a la de aquellas ‘pirámides’ de dólares que fueron una estafa socialmente tolerada en Caracas… El inconveniente de esta forma de redactar programas de gobierno es que el resultado final tiende invariablemente a la incoherencia… Desde una media docena de personas hasta varias decenas en algunos casos, se reúnen a ‘echar ideas’ o a leer sus ponencias favoritas. Usualmente no le es dado al director de la reunión, aunque piense que oye alguna idea impertinente, rechazar muchas de las proposiciones, pues el compañero de Achaguas se podría resentir y el apoyo de Fulanito y los fulanistas sería escatimado. La sumatoria de un proceso de tal naturaleza es de un grado de incompatibilidad tal, o de un carácter tan absolutamente negador del concepto de prioridades (al incluir prácticamente de todo), que no es posible nunca llevarla a la práctica si se llega a ganar las elecciones”.

La oposición de opiniones e intereses en torno a una mesa de discusión difícilmente, sólo por carambola, conducirá a la formulación de un diseño coherente. Es preciso cambiar de método. Y es preciso cambiar el énfasis sobre la herramienta por el énfasis en el producto.

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Si el Ministerio de Sanidad se encontrase ante la necesidad de construir un nuevo hospital público, seguramente no convocaría a una masiva reunión de arquitectos, médicos, pacientes, enfermeros, administradores de salud, aseguradores y sepultureros a celebrarse en un gran espacio como el Parque del Este para que, “participativamente”, se pusieran de acuerdo sobre el diseño del hospital.

En cambio, determinaría como primera cosa, técnicamente, los criterios de diseño: debe ser un hospital para 1.500 camas, debe cubrir las especialidades tales y cuales, no debe pasar de un costo de tanto, etcétera.

Una vez con tales criterios en mano, procedería a llamar a licitación a unas cuantas oficinas de arquitectura demostradamente capaces. Las oficinas de arquitectos que participaran en la licitación desarrollarían, cada una por su lado, un proyecto completo y coherente. No serían admitidas, por ejemplo, proposiciones que sólo diseñaran la sala de partos o la admisión de emergencias. Cada oficina tendría que presentar un proyecto completo. Sólo así podrían competir, la una contra la otra, en una licitación que compararía una proposición coherente y de conjunto contra otras equivalentes.

Este es el mismo método que debe emplearse para la emergencia de una solución política. Lo que el espacio político nacional debe alojar es una licitación política con claras reglas para el contraste de proposiciones de conjunto.

¿Cuáles son estas reglas? Con más detalle que antes debe postularse que, si a la discusión se propone una formulación que parece resolver un cierto número de problemas o contestar un cierto número de preguntas, la decisión de no adoptar tal formulación debiera darse si y sólo si se da alguna o varias de las siguientes condiciones:

a. cuando la formulación no resuelve o no contesta, más allá de cierto umbral de satisfacción que debiera en principio hacerse explícito, los problemas o preguntas planteados.

b. cuando la formulación genera más problemas o preguntas que las que puede resolver o contestar.

c. cuando existe otra formulación—que alguien debiera plantear coherentemente, orgánicamente—que resuelve todos los problemas o contesta todas las preguntas que la formulación original contesta o resuelve, pero que además contesta o resuelve puntos adicionales que ésta no explica o soluciona.

d. cuando existe otra formulación propuesta explícita y sistemáticamente que resuelve o contesta sólo lo que la otra explica o soluciona, pero lo hace de un modo más sencillo. (En otros términos, da la misma solución pero a un menor costo).

Si ninguna de las condiciones precedentes existe, la formulación propuesta debe llevarse a la práctica. No se compondrá jamás un país desde las ciencias políticas, sino desde la política, la profesión u oficio de resolver problemas de carácter público.

luis enrique ALCALÁ

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CS #322 – Tanques para pensar

Cartas

Comenzaba apenas la cuarta década del siglo XX y Londres se encontraba bajo asedio aéreo de la Luftwaffe. La defensa antiaérea de la ciudad dejaba mucho que desear y el proceso de decisiones militares característico de la época no lograba mejorar la situación. Luego de largos meses de ineficacia surgió una proposición poco convencional, la que fue aceptada, por supuesto, porque es característica humana universal acordarse de Santa Bárbara cuando truena. Alguien propuso entregar el problema a científicos pues, argumentaba, a fin de cuentas son personas adiestradas en una forma sistemática y flemática de pensamiento. Fue así como se constituyó el primer equipo de «investigación operacional» de la historia. Un químico, un matemático, un filósofo, y otros científicos después, hincaron el diente al descoordinado sistema de defensa aérea londinense. La mayoría de los problemas era, justamente, de problemas de coordinación y control, problemas sistémicos, de relación entre componentes y dinámicas complejas. El equipo tuvo éxito, y a partir de sus resultados Londres sintió una notable mejoría en lo que de todos modos fue una angustia prolongada y terrible.

Allí fue, entonces, donde se probó por primera vez de modo explícito que la acción convergente de varias cabezas educadas en los modos de la ciencia puede no sólo contestar preguntas sino también resolver problemas. No se trata, por supuesto, de problemas de tecnología física. A fin de cuentas, siempre la sabiduría, la filosofía natural, encontró tiempo para diseñar espejos incendiarios y proyectiles, construir puentes y acueductos, inventar máquinas y herramientas, descubrir vacunas y remedios. Esta vez se trataba de una tecnología de decisión, de un etéreo proceso de análisis e invención de arreglos y organizaciones.

Más tarde, el mundo anglosajón sobre todo, vería el nacimiento y desarrollo de variadas versiones de institutos para el análisis científico de problemas públicos y la invención de soluciones y políticas. Había nacido la institución del think tank, un centro típicamente multidisciplinario para la investigación y el desarrollo de políticas y tratamientos a problemas de carácter público. Notables ejemplos norteamericanos son, por citar algunos nombres, la Corporación RAND, el Centro para el Estudio de las Instituciones Democráticas, el Instituto Hudson y la muy venerable Institución Brookings.

No es en los pueblos sudamericanos demasiado frecuente este modelo de simbiosis de conocimiento y poder, con algunas muy honrosas excepciones como en el caso del Instituto Torcuato Di Tella argentino o el CENDES venezolano, aunque este último instituto se encuentra muy disminuido desde su época de mayor influencia en la década de los años sesenta. Pareciera que nuestro gen cultural del reconocimiento a lo sabio fuese un gen recesivo. No existe en nuestros arquetipos del inconsciente colectivo una pareja equivalente a la de Merlín y Arturo. En nuestras latitudes Arturo pretende indicarle a Merlín qué es lo que éste tiene que hacer, lo que es, obviamente, una inversión del arquetipo inglés de un guerrero que toma su norte de un sabio.

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En Venezuela es particularmente escueta la participación de lo científico en la formación de las políticas públicas. Ciertamente, los ingenieros, los médicos, los economistas, los encuestadores funcionan en un nivel técnico, como calculistas o diseñadores físicos, como coordinadores de servicios, como acumuladores y suministradores de estadísticas. No así los investigadores científicos en tanto analistas de decisiones e inventores de políticas. Más cerca de las decisiones políticas están los expertos en mercadeo y propaganda que los sabios de nuestra nación. Seguramente el paso instantáneo más importante que podemos dar en nuestra próxima fase de desarrollo político debe ser la de una mayor participación de los científicos venezolanos en la construcción de las decisiones públicas.

Mientras esto no ocurra, las grandes “soluciones” a nuestros problemas públicos surgirán de la improvisación, de la mera intuición del gobernante, de su capricho. Este mecanismo intuitivo de generación de soluciones o políticas muchas veces conduce a la generación de problemas adicionales, pues la complejidad de los problemas sociales, la complicada imbricación de causas y efectos hace que las soluciones más eficaces sean con frecuencia contraintuitivas.

Marcos Pérez Jiménez, por ejemplo, creyó alguna vez que resolvería el problema de los barrios caraqueños, agravado durante su administración, con dinero e ingeniería civil aplicada a nuestra ecología urbana. Si los habitantes de los barrios vivían mal en sus ranchos, “era de cajón” que lo que debía hacerse era construir mejores unidades de vivienda. Así surgieron los “superbloques” de apartamentos en las zonas de Simón Rodríguez y la actual parroquia del 23 de Enero (que en venganza contra su creador adoptó el nombre de la fecha de su derrocamiento). Pero la causa profunda de la proliferación de los barrios en Caracas era una acelerada migración rural-urbana: el traslado de numerosas familias campesinas que consideraban un rancho urbano preferible a un rancho en un conuco, pues a pesar del hábitat precario y pobre estimaban que sus probabilidades de progreso económico eran mayores en la ciudad que en el campo. Así, cuando hicieron su aparición los superbloques, lo que ocurrió es que más leña se añadió al fuego. El intuitivo invento de Pérez Jiménez hizo aun más atractiva la migración a la ciudad. Un análisis sistémico del asunto hubiera puesto de relieve las relaciones dinámicas del problema, y desarrollado soluciones más eficaces cuando el problema todavía era de dimensiones manejables. (A comienzos de la década de los años cincuenta, no había casi otro barrio caraqueño distinto del Guarataro y La Charneca).

Ahora pensamos que los problemas económicos de los venezolanos pueden ser resueltos mediante la promoción de “núcleos endógenos” y gallineros verticales—¿qué será de su vida?—o de estatizaciones, sean éstas de arroceras o de siderúrgicas. Las mentes simples creen que los problemas del mundo, y sus soluciones, son tan simples como ellas.

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El cerebro humano, a pesar de constituir el órgano nervioso más desarrollado de todo el reino de lo biológico, no regula directamente sino muy pocas cosas. Más específicamente, la corteza cerebral, asiento de los procesos conscientes y voluntarios de mayor elaboración, sólo regula directamente los movimientos de conjunto del organismo, a través de su conexión con el sistema músculo-esquelético. La gran mayoría de los procesos vitales son de regulación autónoma. (Muchos de ellos ni siquiera son regulados por el sistema nervioso no central, o sistema nervioso autónomo). La analogía con la relación de lo político y lo económico es inmediata. La economía, según la observamos, tiende a funcionar mejor dentro de un ambiente de baja intensidad de regulación.

La corteza cerebral puede emitir órdenes incuestionables al organismo… por un tiempo limitado. Puede ordenar a los músculos respiratorios, por ejemplo, que se inmovilicen. Al cabo de un tiempo más bien breve esta orden es insostenible y el aparato respiratorio recupera su autonomía. Este hecho sugiere, por supuesto, más de una analogía útilmente aplicable a la comprensión de la relación entre gobierno y sociedad.

Más aún, es sólo una pequeña parte de la corteza cerebral la que emite esas órdenes ineludibles. (La circunvolución prerrolándica, o área piramidal, es la única zona del cerebro con función motora voluntaria, la única conectada directamente con efectores músculo-esqueléticos). La corteza motora, la corteza de células piramidales, abarca no más que la extensión aproximada de un dedo sobre toda la superficie de la corteza de un hemisferio cerebral. Un tercio de la corteza restante es corteza de naturaleza sensorial. (A través de los cinco sentidos registra información acerca del estado ambiental o externo; a través de las vías sensoriales propioceptivas se informa acerca del estado del medio interno corporal). La gran mayoría de la superficie cortical del cerebro humano es corteza asociativa. Emplea la información recibida por la corteza sensorial, coteja recuerdos almacenados en sus bancos de memoria, y es la que verdaderamente elabora el telos, la intencionalidad del organismo humano. Es interesante constatar este hecho: en la corteza cerebral hay más brujos que caciques.

La necesidad de una «corteza asociativa» del Estado venezolano es evidente, pero su espacio debe ser determinado como permanente, y su composición y métodos establecidos según lo conocido ahora en materia de la disciplina denominada policy sciences (ciencias de las políticas, no ciencia política), luego de varias décadas de elaboración conceptual y metodológica a este respecto. Y estas ciencias no son ideologías, ni liberales ni socialistas. He aquí un campo para un rediseño de la arquitectura del Estado y los restantes actores políticos que aloje, de modo permanente y adecuado, la función asociativa de la generación de políticas.

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En aguda descripción, C. P. Snow oponía la ignorancia de lo literario en un científico, que asistiera a uno de esos cultos saraos neoyorquinos a lo Woody Allen, al supino desconocimiento de lo científico por parte de un artista que igualmente conversaba en esa fiesta. El científico no lograba ubicar un recuerdo para Wallace Stevens o registrar conocimiento acerca del modernismo italiano, tal vez; pero el artista no acertaba a identificar quién era Roger Penrose ni estaba enterado de la función del ARN mensajero, pongamos por caso.

Desde esos compartimientos estancos del interés especializado hasta la más grave inconsciencia social respecto de la importancia estratégica y fundamental de lo científico, se extiende la gama que describe el aislamiento relativo de la ciencia y la tecnología en la mayoría de nuestras sociedades, y que explica mucho de la baja prioridad que se le suele asignar en los presupuestos nacionales. Esto, si bien más grave en latitudes de esta Tierra de Gracia sudamericana, es un fenómeno más bien universal. La ciencia tiende a aislarse y a agravar su aislamiento en la medida de su baja sofisticación para la interacción política. Jeffrey Pfeffer, por ejemplo, ha documentado el punto para los Estados Unidos (en Managing with power), con el caso de la confrontación de investigadores de la biomedicina y los bancos de sangre en torno a la transmisión del virus HIV a través de transfusiones sanguíneas. Miles de muertes norteamericanas por SIDA mediaron entre el primer alerta de los científicos en 1981 y la verdadera extensión del despistaje de HIV en depósitos de sangre hacia 1985. En todas partes se cuece habas.

Entre las diversas estrategias disponibles para sacar a la ciencia y la tecnología del aislamiento en que se encuentra en la mayoría de nuestros países, probablemente sea la más responsable el incremento de la participación de los científicos y tecnólogos en los procesos de formación de las políticas públicas. Más allá de su contribución especializada en cada área específica, los científicos están en capacidad de emplear su adiestramiento mental en el análisis de los inmensos problemas que aquejan a nuestras sociedades y en la invención de protocolos de solución. Ninguna otra cosa puede convencer más acerca de la gigantesca pero regateada importancia social de la ciencia.

El aporte de la ciencia a la composición de las decisiones públicas se lleva a cabo de forma estándar, como dijimos, en el seno de instituciones especializadas conocidas como think tanks, término para el que todavía carecemos en castellano de una traducción más adecuada que aquella de «pensaduría» del ex sacerdote austriaco Iván Ilich. Y a pesar de que una pensaduría es un buen negocio, no siempre se dispone de los recursos para establecer uno equivalente a la Corporación RAND, que aloja en las afueras de Los Angeles a varios centenares de doctores y de discípulos dedicados al arte de obtener políticas racionales.

Pero he aquí que la novísima presencia de las redes informáticas, de la maravilla civilizatoria de la Internet permite ahora la instalación de verdaderos think tanks virtuales, los que al menos no consumen edificaciones, salones, aulas para la conferencia que ahora puede hacerse electrónicamente distribuida a distancia. En efecto, no se requiere otra cosa que enfocar las capacidades interactivas de la Red para dedicarlas en parte a la opinión científica sobre los problemas sociales y la creación metódica de tratamientos a los mismos. La tecnología de aplicaciones computarizadas está ya allí: la posibilidad de la publicación, la conferencia y el correo electrónicos. Con estos instrumentos un buen webmaster o maestro de red puede conducir una pertinente construcción científica de conjunto orientada a la búsqueda de soluciones a muchos problemas públicos. La instantaneidad y amplitud de la Red y sus redes inaugura la posibilidad de una crucial contribución de la ciencia a la política.

Como decía Gastón Berger, debemos procurar la cooperación de aquellos que conocen lo conveniente con aquellos que determinan lo que es posible.

luis enrique ALCALÁ

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