CS #321 – Reputados diputados

Cartas

Zaratustra bajó de la montaña y habló de las tres transformaciones del alma. Primero, dijo, es como un camello: un espíritu sacrificado que pide las cargas más pesadas. El camello se convierte entonces en león: “Para crearse la libertad y un santo No, aun enfrente del deber; para eso, hermanos míos, hace falta el león”, prosiguió Zaratustra.

Después preguntó y se contestó él solo: “Pero decidme, hermanos, ¿qué puede hacer el niño que no haya podido hacer el león? ¿Para qué hace falta que el fiero león se trueque en niño? El niño es inocencia y olvido, un nuevo comenzar, un juego, una rueda que gira sobre sí, un primer movimiento, una santa afirmación”.

“Así hablaba Zaratustra”, escribió Federico Nietzsche.

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Cuando las sociedades entran políticamente en shock, cuando algún acontecimiento suspende sus procesos normales, cuando se da cuenta de que los mismos procedimientos no le darán el éxito que desea, cuando despierta de una ilusión y se siente culpable por haber creído en ella puede permitirse, debe permitirse, la inocencia del niño. Es el momento de preguntarse por las cosas más elementales, por aquellas que se dan por sentadas. Es inocencia y olvido.

¿Para qué existe el Estado? ¿Por qué es que elegimos gobernantes y les permitimos encumbrarse? ¿Qué sentido tiene tocar un himno nacional a un hombre como nosotros? ¿Qué nos lleva a darle poderes tan extensos? ¿Cómo justifican su existencia las instituciones públicas en general? ¿Para qué es necesaria la política?

“Los humanos sólo hacemos ciertas cosas bien en enjambre. La mayoría de las veces, además, ni siquiera actuamos en enjambre, sino individualmente o en pequeños grupos. Resolvemos la mayoría de nuestras necesidades de ese modo. Así ganamos nuestro pan, así compramos, así aprendemos y jugamos, así amamos y odiamos. Pero hay cosas que la transacción civil no alcanza a cubrir. El más perfecto de los códigos civiles concebibles no puede acomodar los procesos públicos, los que son indigestibles a base de transacciones privadas. Ése es el reino de los problemas públicos, y es por ellos que tendríamos que permitir la existencia a la política. Ninguna política se justifica si no es capaz de mostrar que puede resolver esos problemas al menor costo humano.

Porque existen los problemas públicos se justifica el Estado. Si no los tuviéramos no necesitaríamos al Estado. Y si el Estado, si sus distintas instituciones no sólo no resuelven los problemas de carácter público, sino que encima los agravan, debemos cambiar ese Estado. Pero este derecho es del enjambre, de la Nación, de la ciudadanía, del Poder Constituyente Originario, del Poder Público Primario, no de un hombre que se confunda con el Estado”.

Ni Hugo Chávez es el Mesías ni se necesita uno para sucederlo con ventaja de Venezuela.

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Con un giro infantil debemos restablecer las cosas. Pensar que hoy hemos entrado todos los que habitamos esta tierra a esta misma tierra, y que habiendo decidido unánimemente reconocernos como una nación, queremos establecer una república. Ya sabemos que la nación debe construirse con ciudadanos que no se desprecien los unos a los otros o la nación no podrá ser, y queremos que la república sea ella misma, res pública, cosa pública, y que el Estado sea el aparato necesario al mejor tratamiento de los problemas públicos.

Quien quiera ser hoy político en Venezuela, entonces, deberá preguntarse si está capacitado para identificar los mejores tratamientos posibles a los problemas públicos y para aplicarlos. Los ciudadanos debemos exigirle eso.

¿Cuáles son esos problemas? Es un cliché declarar a Venezuela un país más que estudiado y diagnosticado, pero no es tan claro que haya un consenso nacional—no un consenso oficial o un consenso opositor—acerca de cuáles son los problemas que, siendo los susceptibles de tratamiento público (no todos lo son), sean los más importantes.

Claro que toda sociedad tiene unas necesidades básicas, la seguridad la primera de ellas. De allí, y de las circunstancias específicas de cada nación, se derivará lo que por la medida chiquita sería conveniente tener: no un plan de la nación, no un proyecto-país, sino una sencilla y más bien escueta enumeración de prioridades.

Y hoy por hoy, la más alta prioridad de nuestra política es la política misma. Debe cambiarse en más de un punto lo que ella ha venido a ser en Venezuela. Uno de los puntos prioritarios de ese cambio es el restablecimiento de la independencia y el equilibrio de los poderes públicos.

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Si bien son de bastante importancia los concejos municipales y su elección de este año, ellos no tienen que ser exigidos por problemáticas nacionales como la anotada. No debiera cargarse, en lo más mínimo, a las campañas edilicias con pesos nacionales, pero lo nacional es, obviamente, más importante, sobre todo hoy, que lo municipal. En este sentido, es mucho más alta la prioridad de elegir mejores diputados a la Asamblea Nacional que la de elegir los significativos ayuntamientos.

Para diciembre de 2010 deberemos tener las elecciones de Asamblea Nacional, y ellas son una oportunidad única para restablecer la independencia del Poder Legislativo Nacional. A este fin es concebible un esfuerzo innovador, fuera de los paradigmas y esquemas de los actores políticos convencionales—sean éstos partidos u organizaciones no gubernamentales—fuera de algunos conceptos estratégicos esgrimidos desde fines de 2001 a comienzos de 2009, que sea capaz de capturar la mayor votación y colocar en la Asamblea una mayoría de diputados que no estén plegados a los designios del actual Poder Ejecutivo Nacional.

Es hora de comenzar a trabajar seriamente, como gente grande, en la cristalización de esa posibilidad. Si bien es cierto que el propio Chávez no podría ser desplazado del poder hasta fines de 2012—su período concluye en enero de 2013—es cierto igualmente que el panorama político nacional cambiaría drásticamente si el gobierno perdiera el control del Poder Legislativo Nacional. Acá se escribía hace un poco más de tres meses:

“Si se hace las cosas bien, será posible presentar al país una nueva y competente camada de políticos, muy diferente a la actual, y lograr una mayoría en la Asamblea Nacional. A partir de ese momento, ya no más leyes habilitantes, ya no más autorizaciones a viajes presidenciales al exterior de duración superior a cinco días, ya no más aprobación automática de opacos presupuestos. En cambio, la potestad real de verdadera fiscalización y control del Ejecutivo Nacional, lo que ha estado ausente desde la época del Plan Bolívar 2000”.

Para que tal cosa sea posible es preciso combinar varias nociones no convencionales, y tal vez la principal de éstas sea la de no buscar la estructuración de un movimiento que sólo atine a entenderse a sí mismo como oposición a Chávez. Cuando concluía el año de 1996, y Caldera gobernaba por segunda vez, el Partido Socialcristiano COPEI decidió que anunciaría al país las líneas maestras de su estrategia. Éstas fueron el trío de a) oponerse al gobierno de Caldera, b) deslindarse de Acción Democrática y c) continuar en política de alianzas con el MAS, la Causa R, etcétera. Como puede verse, las tres líneas estaban definidas en términos de actores externos a COPEI mismo, no acertaban a proponer ninguna referencia sustantiva respecto del propio partido, y de ellas brillaban por su ausencia los principales problemas del país. Eran líneas de una estrategia alienada, fuera de sí. Pensar lo político solamente en función de Chávez es caer en la misma alienación. Si un grupo de candidatos pretende ser electo a la Asamblea Nacional, si pretende llegar a ser su mayoría, tendrá que centrar su oferta en una descripción del trabajo legislativo y contralor que haría allí, centrarse sobre la elaboración y comunicación de cuál sería su aporte político real desde la instancia parlamentaria.

Si este grupo, por otra parte, está constituido por candidatos que porten un nuevo paradigma político, superior al discurso político convencional de poder y combate, entendido como misión ineludible de resolver problemas de carácter público, intentada ésta desde un ejercicio profesional responsable, éticamente constreñido, entonces, por añadidura, como subproducto inevitable, se dispondrá una acción que pueda refutar y superar el chavismo. Buscando lo esencial, lo que es primario de lo político, se resolverá lo acuciante. Resuelto lo importante se habrá resuelto lo urgente.

Finalmente, esos candidatos no podrían venir impuestos por cogollos o transacciones de corte convencional. Cada uno tendría que estar, por su cuenta, soportado por un grupo de electores.

De estas tres condiciones, la central y dominante es la segunda: la presencia de un paradigma político no convencional. Esto es así porque la pertinencia programática exigida en la primera condición no podrá existir si se pretende actuar, una vez más, desde una perspectiva de Realpolitik y mediante un protocolo que sólo sabe transar o consensuar.

Lo que lleva a formular de una vez la tarea inicial: emprender un inmenso casting político en el país, en procura de rectas vocaciones públicas que quisieran expresarse en tarea de asambleístas, vocaciones que no padezcan de esclerosis paradigmática y que estén por tanto abiertas a un adiestramiento, a un trabajo técnico, a una preparación vino tinto bajo la guía de un Richard Páez de la operación.

Lo de recta vocación pública no es accidental ni secundario. Bárbara Tuchman decía: “Conscientes del poder controlador de la ambición, la corrupción y la emoción, puede ser que en procura de un gobierno más sabio busquemos primero la prueba del carácter. Y esta prueba deberá ser la del coraje moral”.

Tuchman no hablaba de un gobierno brillante, sino de un gobierno sabio, y como dice el economista Barry Schwartz, “no necesitas ser brillante para ser sabio”. Lo que se busca en una asamblea es su sabiduría colectiva.

O, como lo ponía el leñador de hojalata de El mago de Oz: “Una vez tuve cerebro, y también un corazón; y habiendo tenido los dos, prefiero con mucho tener un corazón”.

O, finalmente, como lo decía Andrés Eloy Blanco en el Coloquio bajo la palma:

Por eso quiero, hijo mio,
que te des a tus hermanos,
que para su bien pelees
y nunca te estés aislado;
bruto y amado del mundo
te prefiero a solo y sabio.

A Dios que me dé tormentos,
a Dios que me dé quebrantos,
pero que no me de un hijo
de corazón solitario.

luis enrique ALCALÁ

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CS #320 – Principal virtud

Cartas

“…creo que ganamos una victoria decisiva. Sin embargo, cuarenta y siete por ciento del pueblo americano votó por John McCain. Por consiguiente, no creo que los americanos quieran arrogancia en su próximo presidente”.

Barack Obama

TIME Magazine, Entrevista a la Persona del Año 2008

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El presidente Chávez no puede sentirse orgulloso de su triunfo del 15 de febrero. Conseguido con la ventaja del abuso sistemático, no puede presentarlo al mundo como una victoria limpia. Carga sobre sí, por consiguiente, el desdoro de todo jugador sucio. Crece su mala fama.

Por otra parte, a pesar del gigantesco y obsceno esfuerzo—gasto monetario, malversación de uso, extorsión e intimidación, manipulación falaz—tampoco es que puede exhibir cifras impresionantes. Después de todo, entre el 16 de enero y el 15 de febrero de este año se le voltearon unos 350 mil partidarios: el PSUV aseguraba en la primera fecha que 6.668.984 firmas apoyaban el proyecto de enmienda de la Constitución y, al decir del Consejo Nacional Electoral, exactamente treinta días después votaban por ella 6.319.636 electores.

Peor aún se le pone la cosa si se toma en cuenta que en diciembre de 2006, cuando el registro electoral tenía un millón menos de electores registrados, votaron por su candidatura 7.309.080 de ellos. O sea, se perdió más de un millón de votantes ; de esa cantidad, como hemos visto, la tercera parte desapareció en el último mes. En otras palabras, en diciembre de 2006, Chávez logró llevar a las mesas de votación al 46,3% de los electores; dos años más tarde pudo arrastrar sólo al 37,7%. Hubiera debido lograr, para preservar sus proporciones, 1.443.973 votos por encima de los que obtuvo hace cuatro días.

Cosas como ésas, y su propia “ganancia” de 693.652 votos respecto del referéndum de 2007, han determinado un espíritu francamente positivo en la mayoría de los opositores al gobierno. No son muchas las caras largas, y todo líder político de la oposición ha interpretado los resultados como un logro muy significativo. Una que otra persona dice que “este país es una m…” o “Yo lo que sé es que en cuanto pueda me voy p’al c…” La mayoría, sin embargo, siente que la jornada del pasado domingo valió la pena y que, a pesar de la derrota, fue satisfactoria.

La conciencia de humildad recogida en el epígrafe llama directamente a su aplicación en el caso presidencial, por supuesto. (“…la primera tentación, al reflexionar sobre lo dicho por Obama, es lamentarse porque el presidente venezolano no entiende que, por las mismas razones que expone el presidente norteamericano, su notoria arrogancia está de más”. Carta Semanal #318 de doctorpolítico, 5 de febrero de 2008). Pero si ella puede ser recomendable en el vencedor, mucho más es la modestia la virtud más útil al derrotado.

Las cuentas pueden sacarse de muchas maneras. Por ejemplo, si se anota que “la oposición” ganó casi 700 mil votos entre ambas consultas referendarias, entonces no debe ocultarse el hecho de que el gobierno aumentó su votación ¡en 1.940.244 sufragios!

Cuidado, pues, con extraer conclusiones apresuradas. La lectura estratégica correcta sólo puede venir con la modestia.

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Modestia, antes que nada, para practicar la primera exigencia de la democracia. “Somos demócratas”, proclaman los adversarios del gobierno, y el más elemental de los rasgos de la democracia es la aceptación y el respeto a la voluntad de la mayoría. No se habla acá de un mero acatamiento, de un “no tengo otro remedio que aceptarlo”. Lo democrático es aceptar, respetuosamente, con orgullo de demócratas, que 6.319.636 electores venezolanos votaron a favor de la enmienda propuesta. Seguramente una cierta proporción de estos sufragios se debió a la coacción feroz, como se anotaba al comienzo, pero nadie tiene base para aventurar una ponderación seria de esa magnitud. No puede decirse, como se escucha en autoreferencia complacida: “Nuestros votos fueron votos pensados, sensatos, racionales; los votos afirmativos son los de gente inculta, atemorizada, vendida o fanática”. Una tal soberbia es del todo desaconsejable. Podemos seguir pensando que el rechazo a la enmienda recién aprobada era lo correcto, lo más sano y prudente para nuestro sistema político, pero no se justifica la hipótesis de que cada uno de los más de seis millones de compatriotas que votaron a favor de ella tuvo por motivo algo despreciable o censurable.

Necesitamos igualmente modestia para evaluar correctamente el significado de la abstención. No puede decirse, como también se escucha, que a casi una tercera parte de los electores (30,08%) no le importa para nada el país. El celebrado hito del 2 de diciembre de 2007 se debió en mucho a una abstención bastante mayor (44%) que la del pasado domingo, y muy especialmente a la abstinencia electoral de usuales partidarios del gobierno. De nuevo, se trata de un contingente tan grande—el 15 de febrero—como el número de personas que quisimos negar una enmienda que nos parecía, y nos sigue pareciendo, altamente inconveniente. Es una práctica simplista, propia de los análisis primitivos, atribuir a cinco millones de personas un único e idéntico motivo para haber prescindido del voto y, en ningún caso, puede considerárseles opositoras en su totalidad.

Se requiere modestia para rechazar el pensamiento que supone que ahora “la oposición” dispone de un “caudal” de cinco millones de votos. No existe la caja fuerte en la que ese caudal esté guardado; el caudal íntegro fue consumido el domingo 15. Tampoco, obviamente, dispone Chávez de un caudal contrapuesto de seis millones de seguidores. Chávez, eso sí, ha sido capaz de producir mayorías a su favor en todas las confrontaciones electorales en las que ha intervenido menos una. Apartando el atípico referéndum del 2 de diciembre de 2007, las ganó todas. De esto, sin embargo, no se desprende que Chávez sea el dueño irreversible de las opiniones y voluntades de quienes hasta ahora le han favorecido con sus votos, y en cambio puede sostenerse con seriedad que su influencia ha disminuido. No es casualidad que en la misma noche del domingo pasado reconociera cuáles son las principales debilidades de su gobierno: la delincuencia y la corrupción, a las que declaró prioritarias. (Es la primera vez que la inseguridad ciudadana es elevada por Chávez a tan destacado sitial. Cuando inscribía su candidatura presidencial en el CNE a mediados de 2006 sólo mencionó a la corrupción administrativa, y dijo que quería ser reelecto para “continuar la lucha contra la corrupción”. En la noche del 3 de diciembre de ese año, ya proclamado vencedor, aseguró enfáticamente que su prioridad era entonces “combatir la corrupción y la burocratización”. Más de dos años después repite el asunto, pero nada significativo se ha hecho en esta materia, como lo demuestra el hecho de que el gobierno no ha podido explicar convincentemente, por caso, las llamativas andanzas del Sr. Antonini, o que ahora sostenga cómicamente que sí hay lucha contra la corrupción porque se propone declarar la responsabilidad política de Manuel Rosales por una camioneta presuntamente malversada. Hay que tener tupé).

La modestia es necesaria para que no se entienda que “la oposición” a la enmienda presentada por persona interpuesta (la Asamblea Nacional) es idéntica a la suma de los partidos declarados como de oposición; es bastante mayor. Es necesaria para que tampoco “los estudiantes” se crean los dueños de la votación negativa. Si bien tuvieron un papel más destacado que el de los líderes partidistas, esto obedece a que el “comando” que dominan los asignadores de recursos financieros y comunicacionales a “la oposición” determinó que Goikoetxea es más tragable que Ramos Allup, y por tal razón los estudiantes debían asumir la misión del fronting de la campaña opositora. (Ciertos electores desapercibidos de esa decisión se hacían eco de las infaltables leyendas urbanas: Manuel Rosales habría pactado su silencio como pago de su exoneración de lo que ahora lo acusan). Una vez más, como ocurrió en diciembre de 2007 y noviembre de 2008, una buena cantidad de otros actores trabajaron muy duro para ofrecer una resistencia organizada, admirable y muy sustancial y arrancarle terreno al gobierno, lo que se puso claramente de manifiesto en las elecciones de gobernadores y alcaldes. En especial es encomiable el esfuerzo realizado por varias organizaciones en materia de defensa del voto, en la que ha habido notables progresos.

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Pero donde es más profunda la necesidad de un tono intelectual modesto es en el examen de las premisas y axiomas que informan las estrategias políticas de quienes sostenemos que Chávez no conviene al país. Es preciso cuestionarlas con método de “presupuesto cero”, aunque se trate de nuestras estrategias favoritas.

A éstas se las repite, en buena medida, como disco rayado. La manida línea de la “unidad de la oposición”, por ejemplo. En su más reciente versión se propone como “la unión de los estudiantes con los partidos”; esto es, de quienes todavía no están listos con los que ya no son aceptados. La inercia y la falta de imaginación dominan la estrategia.

Desde esta postura se cierra el paso, una vez más, a la innovación. A fines de 1998, bloqueada la idea de una asamblea constituyente por quienes pudieron convocarla con más sensatez, y antes del primer triunfo de Chávez, se comentó: “Pero que [se] haya dejado transcurrir [el] período sin que ninguna transformación constitucional se haya producido no ha hecho otra cosa que posponer esa atractriz ineludible. Con el retraso, a lo sumo, lo que se ha logrado es aumentar la probabilidad de que el cambio sea radical y pueda serlo en exceso. Éste es el destino inexorable del conservatismo: obtener, con su empecinada resistencia, una situación contraria a la que busca, muchas veces con una intensidad recrecida”. Poco antes se había advertido: “La constituyente es inoportuna, estamos en crisis, no conviene añadir incertidumbre con ella, dicen algunos. Trampa. Nunca parecen ser oportunas las transformaciones, según algunos. Volver a posponer el cambio es aumentar todavía más la temperatura de la olla de presión, que tiene ciertamente un límite”. No hemos olvidado la historia que se desarrolló desde esas fechas.

Una vez más, se adelanta la formulación sensatoide de que por los momentos no conviene intentar nuevos caminos, a pesar de que los actores políticos convencionales, independientemente de los muchos méritos que han acumulado, no tienen lo que hace falta. Más allá de ligeros cambios estilísticos y de una renovación generacional en COPEI, para tomar como ejemplo su caso específico, este partido sigue siendo más o menos lo que era antes del advenimiento de Chávez a la Presidencia de la República. Claro, el partido se ha reposicionado como de centro-derecha—así explica con satisfacción Eduardo Fernández—; ya no obedece a la ubicación de centro-izquierda que Rafael Caldera estipulara en el mitin de cierre (en la Plaza Venezuela) de su campaña de 1963, ni se enfatiza aquello de la Juventud Revolucionaria Copeyana que el mismo Fernández dirigiera en tiempos más remotos. Ahora ensaya la marca “COPEI – Partido Popular”, en imitación de o concesión al partido de José María Aznar, que bastante ayuda financiera le ha concedido en época de vacas flacas, cuando hasta los alemanes de la Fundación Konrad Adenauer le habían regateado fondos por decepción con su reciente desempeño. Pero sigue siendo un partido clásico, de pretensión ideológica, cuando el molde moderno, Tony Blair dixit y Obama y Sarkozy ilustran, es post-ideológico.

Este último párrafo, sin embargo, como escueto estudio de caso no significa que el propio Eduardo Fernández no tenga nada útil que decir, o que COPEI—o Primero Justicia o Un Nuevo Tiempo—sea una organización incapaz de contribuir positivamente a la superación del agudo cuadro patológico de nuestra política. En opinión de quien escribe, Eduardo Fernández es un político preparadísimo, de gran inteligencia y no poca valentía, y sería un desperdicio nacional injustificable despreciar la mucha gasolina que aún le queda en el tanque.

De lo que se trata es de otra cosa. Por un lado, la modestia se expresa igualmente en el reconocimiento de la deuda que se tiene con los precursores. He aquí el espíritu de la frase mil veces atribuida a Isaac Newton: “Si vi más lejos fue porque subí sobre los hombros de gigantes”. Y la modestia es, entonces, asimismo exigible de los gigantes mismos.

Pero necesitamos nuevos contextos, nuevas organizaciones, para el aprovechamiento inteligente y concentrado de mucho talento político nacional. No es lo más eficaz, con perdón de la inscripción de Jon Goikoetxea en Primero Justicia, el procedimiento inverso de colocar un elemento nuevo en un ambiente viejo. El gurú de la sociología de la comunicación y la modernidad que fuera Marshall MacLuhan tuvo esto muy claro, y sugirió que un sillón Luis XV podía lucir estupendamente en el más moderno pent house de Manhattan, pero que un computador en el Palacio de Versalles reventaría su ambiente de un modo chocante e incomprensible.

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Hace unos días, en un sorprendente ejercicio de lucidez, por lo demás habitual en él, el Dr. Ramón J. Velásquez dibujó con hábil pincel grueso el trayecto histórico que nos ha traído a este insólito momento. Con toda la intención trazó la rúbrica de cierre: “El resultado de todo esto es que el país está dividido”.

¿Unir a “la oposición”, cuando la mitad de la nación no le está afiliada, sería la estrategia adecuada? Tal vez, pero la tarea política profunda es la de unir a ese país dividido. Es imposible completarla con altanería.

luis enrique ALCALÁ

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CS #319 – Carácter del reo

Cartas

Prácticamente todo idioma dispone de metáforas zoológicas para referirse a su economía y su política. Los estadounidenses, por caso, hablan de un oso cuando el mercado de valores se haya en fase de contracción y de un toro cuando es momento de expansión, aluden a halcones y palomas para referirse a posturas belicistas o pacifistas y simbolizan con un burro el partido de los demócratas y con un elefante el de los republicanos

La lengua castellana dispone también de las suyas, para describir con gran economía ciertos tipos de personalidad en la política. Así, nos informa el Diccionario de la Real Academia que la expresión “más resbaloso que la guabina” es una locución adjetiva que se emplea en Venezuela—y en Puerto Rico, con o sin conspiraciones—para referirse a una persona que es “Hábil para salir airosa de cualquier situación”. Es decir, cuya argumentación es tan resbaladiza que se hace imposible comprometerle con una opinión decidida en torno a algún asunto. (Tengo en mente la figura particular de un cierto magistrado de la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia). La guabina misma, por supuesto, es un pez de río mucilaginoso, de allí que escape resbalando cuando se intenta atraparlo con las manos. En Cuba decirle guabina a alguien es llamarlo cobarde, y el mismo DRAE recoge que en ese país significa, despectivamente, una persona que “interesadamente y con frecuencia, cambia de parecer o de filiación política, o que se abstiene de tomar partido”.

No muy lejos del carácter guabinoso está el del camaleón. En este caso hablamos de quien, tal como el reptil saurio que “posee la facultad de cambiar de color según las condiciones ambientales”, es una persona “que tiene habilidad para cambiar de actitud y conducta, adoptando en cada caso la más ventajosa”.

Una vez más, el camaleón que es Hugo Chávez esconde la mano izquierda con la que toma una granada y extiende la derecha con una paloma de la paz—amarrada, naturalmente, pues si no huiría espantada—, mientras comunica en alguna nauseante cadena que se ha enterado de que existe un tal colectivo La Piedrita y también ha recordado que Lina Ron tiene muy mal carácter (anárquico). En la misma declaración, proclama que el gobierno venezolano no es antisemita, a pesar de que expulse embajadores israelíes y se alíe y congratule con Mahmud Amahdineyad, quien niega el holocausto y piensa, como, Hamás, que Israel debe desaparecer. Añade quien saltara a la arena política con un intento de golpe, no faltaba más, que “la oposición”—término que eleva al rango de categoría universal kantiana)—busca dar un golpe de Estado. Él siempre ha buscado la paz. Luego ordena el apresamiento de Valentín Santana a la Fiscalía General de la República, la que entonces se da por enterada de las actuaciones delictivas de ese ciudadano. A Lina Ron le augura la soledad, a pesar de que esta señora aparezca recientemente en la cordial compañía de Jorge Rodríguez, quien es el alcalde al que ordenara la expropiación arbitraria del Centro Sambil de La Candelaria y antes fuera su Vicepresidente Ejecutivo.

Hábil, el Presidente. Pudiera, a su salida del cargo que ha detentado en sobrada demasía, seguir una notable carrera como pedigüeño malabarista de semáforo; no dejaría caer ni una sola bola.

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Pero la personalidad presidencial trasciende lo camaleonino, y entonces la metáfora zoológica no es fácil de hallar. A pesar de que se habla de engaño animal cuando, por ejemplo, ciertas ranas verdes macho croan con voz más grave de la que tienen habitualmente para sugerir que son ejemplares más fuertes en época de celo, o se nombra coral roja falsa a una serpiente que no es venenosa cuando la parecidísima coral auténtica sí lo es, no es fácil conseguir un animal al que adjudicar el rasgo de mentiroso. Sobre esto hay tajante opinión; Fernando González Ochoa, el filósofo colombiano, dijo una vez a Félix Ángel Vallejo: “Los animales, los vegetales y los minerales, siempre dicen o expresan la verdad. El único ser mentiroso, entre todos los de la creación, es el hombre”. Y el Presidente de la República viene de admitir muy reciente y divertidamente que miente cuando ese proceder le conviene.

El 13 de enero de este año todavía incipiente, Chávez torturaba a los televidentes venezolanos con una alocución de más de siete horas y media desde la Asamblea Nacional. Se trataba de su informe de gestión al concluir el ejercicio de 2008, al que convirtió en panegírico de los diez años que ya lleva en el poder, que asumió por vez primera el 2 de febrero de 1999. Entre los asistentes que no pudieron despegarse de sus asientos estaban, como es natural, los diputados mismos y las barras convocadas para el apoyo ruidoso y borreguil, pero también sufrieron el excesivo y autobiográfico abuso los miembros del cuerpo diplomático acreditado en el país. Entre otras barbaridades, éstos debieron escuchar la explicación, acerca de cómo el presidente Chávez mentía, por propia admisión, una veintena de años atrás.

En efecto, en uno de sus peculiares recuentos históricos, el recuerdo de Hugo Chávez regresó a febrero de 1989, cuando Carlos Andrés Pérez asumía por segunda vez la Presidencia de la República. Chávez aludió específicamente al acto de toma de posesión de Pérez en el Teatro Teresa Carreño, el fastuoso acto que mereció el cognomento de “coronación” e irritó a una población muy exigida, a la que días después se le aumentaría el precio de la leche y el pan, y el del transporte público al producirse el aumento del precio de la gasolina; a esa población que reaccionaría airada con el “Caracazo” del 27 y 28 de febrero de ese año. Recordó Chávez, incluso, que Fidel Castro, su “padre”, estaba entre los circunstantes que aplaudían a Pérez. Entonces, el Presidente de la República contó a quienes apenas comenzaban la sufriente audición, y a quienes en ese momento lo veían y escuchaban por radio o televisión, cómo es que él era quien aplaudía más frenéticamente, aunque por supuesto conspiraba ya activamente, para que se le tuviera por persona afecta al régimen. Esta confesión la expuso con orgullo satisfecho, como si el engaño fuera travesura meritoria, inmoralidad necesaria a la revolución que todo lo absuelve.

El Presidente de la República es un mentiroso inveterado. Durante la campaña electoral de 1998, Chávez dijo reiteradamente en entrevistas, reuniones y declaraciones que él y sus compañeros habían intentado derrocar al gobierno constitucional de Venezuela porque Carlos Andrés Pérez había ordenado al Ejército volver sus fusiles contra el Pueblo en febrero de 1989 para controlar los desórdenes ya mencionados, contra la explícita condena del Libertador, que había declarado la posibilidad abominable. Para la época de su prisión en Yare, sin embargo, Hugo Chávez ya había admitido que “su grupo” conspiraba desde hacía siete o nueve años (desde el Bicentenario de la muerte de Bolívar). Por tanto, para el 27 y 28 de febrero de 1989, la intención de tomar el poder por la fuerza ya estaba formada varios años antes. Mal podía presentarse como pretexto para el golpe fallido del 4 de febrero de 1992 algo que no pudo tener nada que ver para la conformación de una logia conspirativa. Pero esto no obstaba para que Chávez ofreciera a conciencia un argumento falso, una de sus primeras coartadas bolivarianas.

Antes había ofrecido ya otras explicaciones. El ex comandante Chávez argumentaba a la revista Newsweek a comienzos de 1994 que el artículo 250 de la Constitución Nacional de 1961 prácticamente le mandaba a rebelarse. Lo que ese artículo 250 estipulaba es que en caso de inobservancia de la Constitución por acto de fuerza o de su derogación por medios distintos a los que ella misma disponía, todo ciudadano, independientemente de la autoridad con la que estuviera investido, tendría el deber de procurar su restablecimiento. Pero con todo lo que se podía criticar a Carlos Andrés Pérez en 1992, y aun cuando los venezolanos estuviésemos convencidos de que lo más sano para el país era su salida de Miraflores, ni Pérez había dejado de observar la Constitución en acto de fuerza, ni la había derogado por medio alguno. Todas las cosas que le eran censurables a Pérez tenían rango subconstitucional, y por tanto esa otra justificación ofrecida por Chávez era asimismo mentirosa.

Son también de la campaña electoral de 1998 instancias—existen videos—en las que fuera preguntado directamente por su presumible orientación socialista. Con la mayor desfachatez, el candidato Chávez negaba esa especie en reuniones de la época con empresarios, y decía que su plataforma no era socialista sino bolivariana. Ya en el gobierno, mientras establecía sus líneas de coordinación con Fidel Castro, explicó en 2000 que buscaba, “como Tony Blair”, una “tercera vía” entre capitalismo y socialismo.

Ahora, en cambio, ahíto de poder, presa de lo que los japoneses denominan “enfermedad de la victoria”, ya no oculta sus engaños: ahora miente con descaro y, es lo peor, con gozo. Su regodeo en la Asamblea Nacional es el más reciente ejemplo.

A menos que las encuestas le indiquen que se ha pasado de la raya. Y es esto lo que ha suscitado su última y repentina conversión a la paz. Después de que su campaña franca fuera corregida a media marcha para hacerla más digerible—que ahora sí quería que otros funcionarios pudieran reelegirse indefinidamente, que se trataba, con redacción engañosa, de ampliar los derechos políticos del pueblo—, las tácticas periféricas de amedrentamiento mediante fuerzas de choque amateurs como el “colectivo” La Piedrita empezaron a costarle una disminución de intención de voto a su favor.

No se busque, pues, en su tardía orden de detención al cabecilla de La Piedrita la consecuencia lógica de sus pacíficos principios. En ella sólo hay pose y mentira. Hipocresía funcional, adoptada voluntariamente, en otro profundo irrespeto a la inteligencia venezolana, como técnica estándar de gobierno.

luis enrique ALCALÁ

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CS #318 – Panaceas vencidas

Cartas

Al día siguiente de la elección del cuadragésimo cuarto Presidente de los Estados Unidos, el 5 de noviembre, escribía Roger Simon para Capitol News: “La victoria de Obama no señala un desplazamiento ideológico en este país. Significa que el público americano se ha hartado de las ideologías”.

Pocos días después otras voces dirían cosas parecidas. Como es su costumbre, la revista TIME escoge una “persona del año”, y 2008 no fue ni una excepción al uso ni trajo una sorpresa. ¿Quién otro que Barack Obama, el primer hombre de color en la Presidencia de los Estados Unidos, hubiera podido ser escogido? Pero un finalista ilustre entre varios considerados por la revista fue Nikolás Sarkozy. TIME pidió a Tony Blair que escribiera para la ocasión una escueta semblanza del Presidente de Francia. Blair lo elogió como un verdadero líder, nada convencional, y opinó: “…está preparado para pensar fuera de la caja. Reflexionemos por un momento, y veremos que la construcción de su gobierno es un logro notable. Su Ministro de Relaciones Exteriores—el inmensamente capaz Bernard Kouchner—es un socialista, como lo son varios otros ministros. Nicolás ha adoptado el bipartidismo no sólo con una gracia natural, sino también con un sincero abrazo de corazón. Él se yergue en el moderno molde post-ideológico”.

Por lo que atañe al número uno, además de la extensa pieza analítica sobre Obama, propuesta el 16 de diciembre por David Von Drehle, la edición de TIME publicó una reveladora entrevista hecha nueve días antes a quien entonces era todavía sólo un presidente electo. (A Von Drehle le acompañaron esta vez el Editor en Jefe y el Editor Ejecutivo de la revista, John Huey y Richard Stengel, en señal de respeto y por la importancia de la ocasión).

La primera pregunta de la entrevista fue: “¿Qué clase de mandato ha recibido usted?”

Esto dijo Obama: “Bueno, creo que ganamos una victoria decisiva. Sin embargo, cuarenta y siete por ciento del pueblo americano votó por John McCain. Por consiguiente, no creo que los americanos quieren arrogancia en su próximo presidente. Pienso que recibimos un fuerte mandato de cambio… Esto significa un gobierno que no esté impulsado ideológicamente”.

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Naturalmente, la primera tentación, al reflexionar sobre lo dicho por Obama, es lamentarse porque el presidente venezolano no entiende que, por las mismas razones que expone el presidente norteamericano, su notoria arrogancia está de más. Que debiera gobernar como Sarkozy, tendiendo puentes.

Más profundo asunto es, no obstante, esta cosa de lo post-ideológico. No es casualidad que los presidentes más vivaces del día, Obama y Sarkozy, hayan entendido que desde una postura ideológica no llegarían a ningún lado, ni tampoco es casual que Blair diga que lo moderno es dejar atrás a las ideologías.

No es la primera vez que se prescribe o anuncia el abandono o deceso de lo ideológico. Exactamente en 1960, el sociólogo Daniel Bell, próximo a cumplir noventa años, publicó El fin de la ideología (The End of Ideology: On the Exhaustion of Political Ideas in the Fifties), una obra cuya influencia alcanza a nuestros días. De algún modo, Francis Fukuyama recogió la noción en The End of History and the Last Man (1992), y hasta Michel Foucault (Les mots et les choses: Une archéologie des sciences humaines, 1966) es responsable por un post-historicismo y un post-humanismo que se deriva de su idea de que “el hombre es un invento reciente” (en tanto concepto elaborado por los humanistas) y su provocadora declaración de que “el hombre ha muerto”.

Foucault y Fukuyama, claro, discurren en el exquisito terreno de la filosofía, y el segundo de ellos llegó a pensar que el desplome de la Unión Soviética equivalía a la entronización definitiva de la democracia y el mercado, poniendo fin a la historia justamente en el mismo sentido predicho desde el opuesto punto de vista de Marx: que una vez que triunfara el socialismo e impusiera un régimen comunista, ya la ideología sería innecesaria.

El planteamiento de Bell, en cambio, ocurre en el campo sociológico y se limitó a proponer que las ideologías clásicas—el liberalismo, el marxismo y los tipos intermedios, así como los nacionalismos extremos del fascismo y el nazismo—que surgieron en el siglo XIX y principios del siglo XX, se habían agotado como fuente de discurso político pertinente. Bell suponía que en su lugar aparecerían ideologías de corte localista.

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Todo esto está muy bien, pero ¿qué demonios es una ideología? El concepto es impreciso, como ocurre con muchas de las ideas con las que se discurre en ciencias o filosofía de lo social. (Si se cree, por ejemplo, que la ampliamente usada idea de “paradigma”—en el significado propuesto por Thomas Kuhn en The Structure of Scientific Revolutions—es un concepto bien definido, considérese que Margaret Masterman encontró que el propio Kuhn empleaba la palabra en no menos de veintiún sentidos diferentes en su libro de 1962).

La Real Academia Española coloca en su diccionario una segunda acepción de la palabra, la que define así: “Conjunto de ideas fundamentales que caracteriza el pensamiento de una persona, colectividad o época, de un movimiento cultural, religioso o político, etc”. El Oxford American Dictionary propone un significado parecido—“las ideas y maneras de pensar características de un grupo, clase social o individuo”—pero también una primera acepción que define ideología como “un sistema de ideas e ideales, especialmente aquel que forma las bases de la teoría económica y política”. Wikipedia, en cambio, produce una definición más amplia: “Una ideología es un conjunto de metas e ideas, especialmente en política. Puede ser entendida una ideología como una visión comprehensiva, como un modo de ver las cosas, o como un conjunto de ideas propuestas por la clase dominante de una sociedad a los miembros de ésta. El propósito principal de una ideología es el de ofrecer un cambio en la sociedad a través de un proceso de pensamiento normativo… Implícitamente, toda tendencia política involucra una ideología, sea o no propuesta como sistema de pensamiento explícito”.

Para los propósitos de esta discusión, digamos que una ideología es un sistema de creencias acerca de cuál es la sociedad humana perfecta o preferible. En este sentido, La ciudad de Dios—escrita por San Agustín poco después del saqueo de Roma por los visigodos en el año 410 de nuestra era—contiene elementos ideológicos, por más que el término ideología, en su significado original de “ciencia de las ideas”, no fuera acuñado sino hasta 1796 por Destutt de Tracy. (El DRAE acoge este sentido arcaico en la primera acepción: “Doctrina filosófica centrada en el estudio del origen de las ideas”). De hecho, el residuo atávico de este original sentido etimológico contribuye al prestigio de la palabra entre incautos, que construyen inadvertidamente por sí mismos el siguiente teorema: las ideas son la manifestación más elevada de la humanidad; por consiguiente, una ideología, que vendría siendo algo así como las ideas que son obtenidas científicamente, es algo de gran elevación que debe ser admitido. Los partidos “serios” son los que esgrimen una ideología; es por esto que realizan “congresos ideológicos”. Un partido que no disponga de una ideología no pasaría de ser un aparato pragmático que sólo procura hacerse con el poder del Estado.

Lo cierto es que todo partido político es, en el fondo, una organización con el pragmático propósito de obtener poder político y, si dispone de ideología, esgrime ésta como justificación (coartada) de su objetivo. Descrita como aglomeración de “principios” y “valores”, la ideología partidista santifica al partido y a sus líderes, pues éstos serían “hombres de principios”. Decir estas cosas, de todos modos, no equivale a negar que amplios contingentes de personas puedan creer honestamente que deben “defender” esos principios y que una política inspirada en ellos sería la mejor entre las posibles. Tampoco significan que la acción política no deba estar sujeta a normas morales. La bondad cabe con holgura en el reino de la eficacia.

En verdad, es la proximidad entre moral e ideología lo que suscita intensas emociones a los socios ideológicos. Quien cree que una cierta ideología es la correcta y adhiere a ella tiende de modo natural a sentirse superior a los que no le acompañan. Con frecuencia, lamentablemente, esta conciencia de superioridad moral se hace patológica, hasta el contrasentido de procurar la eliminación del contrincante conceptual, precisamente miembro de la sociedad que quiere hacerse justa y feliz. Es la carga emocional lo que convierte a la ideología en causa, el factor capaz de provocar “una añoranza por una causa en la cual creer”, como describe Bell en el capítulo 13 de El fin de la ideología. Es decir, las ideologías no se derivan, por más que algunas lo pretendan, del conocimiento científicamente obtenido; ellas son, más bien, asunto de fe, “causas en las cuales creer”. Al actuar como religiones, las ideologías están sujetas a la infecciosa enfermedad de los fanatismos.

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Una ideología se compone, entonces, de una explicación y una prescripción. Por el primero de sus componentes, pretende entender cómo funciona una sociedad dada o, como en el caso de la más pretenciosa de todas (el marxismo), la historia entera de la humanidad. (Historicismo marxista o materialismo histórico). Es este componente el que se quiere hacer pasar por científico. Aunque fue la pareja Marx-Engels la que acuñó el término “socialismo utópico”, fue el segundo quien catalogó las teorías de Marx como “socialismo científico”. Muchos creen conmovedoramente que esto es así. Por ejemplo, el general Raúl Isaías Baduel, con ocasión de su pase a retiro el 18 de julio de 2007, dijo en su discurso de despedida: “…si la base para la construcción del Socialismo del Siglo XXI es una teoría científica de la talla de la de Marx y Engels, lo que construyamos sobre ella no puede serlo menos, so pena de que la estructura construida no pase a ser más que una humilde choza levantada sobre los cimientos de un rascacielos”. (Destacado añadido).

Fue, sin embargo, nadie menos que Karl Popper, el papa de la filosofía de la ciencia en el siglo XX, quien mostrara y demostrara que el “historicismo”, en particular el marxista, era un discurso contracientífico. (En La miseria del historicismo. El título alude a La miseria de la filosofía, obra de Marx para refutar La filosofía de la miseria, de Proudhon). Antes, en La lógica de la investigación científica, Popper establece un sólido criterio, el famoso “criterio de demarcación”, para distinguir entre un discurso científico y uno que no lo es. El marxismo no pudo nunca superar la barra del criterio popperiano.

La explicación proporcionada por la ideología usualmente consigue culpables de un estado indeseable de la sociedad—indeseabilidad que se establece según los “valores” de la ideología concreta—que resalta en su crítica. Así, por ejemplo, el marxista sostendrá que la culpa del subdesarrollo es de la empresa privada, cuyo afán de lucro produce la “exclusión” de grandes contingentes humanos en su afán por mantener privilegios de clase, y que el Estado revolucionario está llamado a corregir ese estado de cosas; por lo contrario, un liberal argüirá que el subdesarrollo es culpa de la excesiva intromisión del Estado en la economía y que, si se deja tranquila a la “libre empresa”, será posible alcanzar un desarrollo avanzado. En medio de estos polos extremos se ubican las ideologías intermedias: básicamente la socialdemocracia (socialismo evolucionista o reformista), una suerte de socialismo de virulencia atenuada fundado desde Alemania por Eduard Bernstein hacia 1896, y la democracia cristiana o socialcristianismo, desarrollado a partir de principios expuestos en las “encíclicas sociales” de los papas a partir de León XIII (1891), y que desde un inicio se perfilaba explícitamente como un “tercer camino”.

Estas cuatro “medicinas”—precientíficas todas, por cierto—suponen ser panaceas que curan la calvicie y la indigestión políticas, el estreñimiento y los calambres económicos, la urticaria y la impotencia sociales y la obesidad y el sabañón culturales. Como prescripción sirven—pretenden quienes las propugnan—para resolver cualquier problema público. Incluso formalmente, son panaceas en tanto son nombres genéricos que funcionan como etiquetas o marcas. Nadie sabe exactamente qué contiene el frasco que las luce. Piénsese, por caso, en el cacareado “socialismo del siglo XXI”, pero también en la “democracia nueva” de una cierta campaña electoral de 1988 o el “pacto social” de una de 1983. Para esta ocasión, algún prestigioso político publicó un folleto de intención explicativa acerca de lo que sería el mentado “pacto social”, pero su peculiar retórica sólo tuvo éxito, si acaso, en precisar lo que no era el pacto social. (“No debe entenderse por pacto social esto o lo otro… No debe confundirse el pacto social con eso o aquello…” Etcétera). La frase “centralidad de la persona humana” sirvió para que un cierto obispo contestara todas las entrevistas que se le hicieron en televisión, durante un par de años de auge de su popularidad. Era la receta que ofrecía al ser consultado sobre materia o problema cualesquiera.

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La Política es, o debe ser y es lo que podemos los ciudadanos exigir, el arte de resolver problemas de carácter público. Ninguna otra cosa la justifica. El objetivo con la reelección de algún mandatario, por ejemplo, no consiste en “recompensar a quienes [el pueblo] estime como sus mejores gobernantes”, como propuso anteayer el magistrado Francisco Carrasquero López a la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia, sino la facultad del pueblo de mandar que continúe sirviéndole un empleado que ha demostrado su eficacia y honradez. Es una aberración la bendita teoría de la reelección como “premio al buen gobernante”, que el Presidente de la República ha aprendido y recita porque le conviene. La Primera Magistratura Nacional no es un trofeo.

Se trata, con la Política, de un oficio difícil y delicado. El político se entromete con una sociedad y su historia. Es lo que hace un médico, un odontólogo, un enfermero, con un paciente a la escala personal. A éstos exigimos que estén al día en el estado del arte de su profesión; por esto no puede ser que algún galeno interprete a estas alturas un cuadro patológico a partir de una teoría (ideología) de los miasmas, o prescriba la ingestión de esmeraldas molidas—más de una vez rayaron la mucosa gástrica de señores renacentistas que podían pagar ese tratamiento—porque tengan una presunta virtud astrológica.

La misma cosa puede exigirse ahora de nuestros políticos. No hay ideología que sea explicación suficiente de nuestro actual estado como república; menos todavía hay alguna de la que derive una solución universal de nuestros problemas. En particular, Venezuela sufre hoy de la pretensión pueril—malacrianzas incluidas—de imponernos una ideología socialista desde el gobierno nacional. Irónicamente, fue el mismo Marx quien sostuviese que las ideologías de la clase dominante de una sociedad son propuestas (o impuestas) al resto de la sociedad, para que los intereses de la clase gobernante parezcan ser los intereses de todos.

Pero también las fuerzas formales que se oponen a ese designio cojean de la misma pata ideológica. El Movimiento Al Socialismo, Podemos, Patria Para Todos ondean banderas marxistas; Acción Democrática y Un Nuevo Tiempo son partidos de la socialdemocracia; COPEI, Primero Justicia, Proyecto Venezuela y lo que quede de Convergencia son organizaciones socialcristianas. La misma redundancia de opciones dentro de una misma corriente ideológica ya es signo de que, incluso para ellas, lo ideológico no es lo importante.

La ideología debe, por ende, ser suplantada por la metodología: la que sea más eficaz para resolver, con menor costo social, un problema público concreto. Esto suena muy pragmático, pero se trata de un pragmatismo responsable.

luis enrique ALCALÁ

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CS #317 – Manifiesto no alineado

Cartas

Quien hace esta manifestación aparecería en cualquier estudio de opinión dentro de la categoría de los no alineados. No soy partidario del gobierno o alguno de los partidos y grupos que lo apoyan. Tampoco estoy afiliado a partido o grupo alguno que se defina como de oposición a aquél. No creo que el socialismo es la solución para el país, pero no pienso que lo sea el liberalismo. Si bien admito ser, a mi escala personal y en la medida de mis posibilidades, responsable por el bienestar de cada habitante del planeta, creo asimismo que los mercados son la forma natural de la economía humana aunque, como ahora, requieran vigilancia y control, pues su benéfica presencia no agota la anatomía y la fisiología de las sociedades humanas. Reconozco progresos en Venezuela en los últimos años para el nivel de vida de muchos venezolanos desaventajados, y que hayan adquirido un reconocimiento social del que antes carecían; pero también me preocupo por la creciente inseguridad de las personas y por una prédica agresiva oficial que regala un pretexto y sirve de modelo a la delincuencia. No soy escuálido, pitiyanqui o usufructuario cuarto-republicano, y tampoco tupamaro, rojo-rojito o bolivariano. Reconozco la inmensa deuda que tengo con nuestros libertadores, la que debo pagar con su respetuosa memoria, pero creo que el pueblo venezolano debe emanciparse de Bolívar, como un hombre joven que sale de la adolescencia y, por ley de vida, debe emanciparse de su padre por más que lo ame.

Prefiero que mi descendencia viva en un mundo pluripolar, no en uno dominado por una sola potencia, independientemente de cuán poderosa o meritoria ella sea. Creo que a la par de China, India, Europa, Rusia, Australia, los Estados Unidos y las grandes naciones del Pacífico y de África, el condominio sudamericano debe estar presente, como bloque, en un concierto planetario que asegure la paz y la cooperación para superar los complicados problemas del mundo. No estoy comprometido con ninguno de los bandos que combaten en Gaza, y quiero que ambos logren la reconciliación permanente. Durante los años de presidencia de George W. Bush expresé consistentemente mi oposición a sus políticas, así como reconocí su elevada gallardía al comentar el triunfo electoral de Barack Obama. Creo que el mundo debe enorgullecerse de su diversidad cultural, verdadera clave de sus logros futuros, que cada religión debe tener su espacio libre en la conciencia de la gente y que ninguna puede imponerse a las demás, mucho menos con la violencia: no existe guerra a la que pueda llamarse santa.

Las tecnologías de la comunicación permiten ya que más de mil millones de habitantes de la Tierra se conecten en la Internet; entre nosotros, los venezolanos, más de seis millones lo hacen casi todos los días. Esto significa que podemos compartir y aprender; en particular significa que la cultura política de cada uno de nosotros puede crecer, y por esto apruebo la noción de una democracia cada vez más participativa, en la que ejerzamos nuestro derecho y cumplamos nuestra responsabilidad de ciudadanos. En esa nueva democracia mundial que se construye por minutos, como es natural, debo respetar el punto de vista de los demás, y tengo fundados motivos para esperar respeto hacia los míos.

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Digo estas cosas para que se conozca claramente desde cuál posición asumo una postura respecto de la enmienda constitucional que ahora se propone a nuestro juicio, y acerca de la que tendremos oportunidad de expresarlo el próximo 15 de febrero de este año 2009. Para considerarla, buscaré dirigirme a la esencia de la modificación propuesta, y para ello haré como si fuera la primera vez que se somete a nuestra consideración, a fin de considerar su verdadero meollo. Prescindiré, por tanto, de discutir el sentido que tiene votar una segunda vez por algo que ya rechazamos, y pasaré por alto el irrespeto que se nos hace con esta reiteración. Pensaré el problema como si tuviera que decidirlo en 2013, después que la prohibición constitucional de plantear una misma reforma varias veces en un solo período hubiera cesado en sus efectos.

En esencia se nos pregunta si queremos tener la posibilidad de elegir indefinidamente a una misma persona para cualquiera de los cargos por elección de nuestro aparato público. Sabemos, por supuesto, que la intención real del proponente—que por mandado a la Asamblea Nacional es el actual presidente de la República—es la de reelegirse de modo indefinido mientras quiera postularse. Ésta es la pregunta que se somete a la consideración del Poder Constituyente Originario, del Pueblo, de la Corona, del Soberano.

Quien contestará la pregunta, pues, es el Soberano. ¿En qué consiste esta soberanía?

La soberanía se expresa en dos circunstancias, y la primera es que no existe sobre ella un poder superior; la segunda es que el Soberano tiene poder absoluto para decidir cualquier medida pública, sin estar limitado por otra cosa distinta de los derechos humanos y los tratados internacionales válidamente contraídos.

El límite impuesto por los derechos humanos no puede ser transgredido por ningún soberano. Ni siquiera un referéndum popular en el que voten todos los Electores a favor puede aprobar la violación de la vida o la opinión de un solo ciudadano, puesto que su opinión y su vida son sus derechos en tanto persona. Ningún soberano puede obligarme a creer en el liberalismo o el socialismo, puesto que tales cosas son asunto de opinión y es mi derecho decidir si las acepto o las rechazo.

El límite de los tratados internacionales en los que la República haya convenido válidamente proviene del hecho evidente de que, si bien es nuestra nación soberana, existen muchas otras que también lo son, y en este sentido son nuestros iguales.

Dicho esto, ¿sería la reelección indefinida una violación de derechos humanos o de tratados internacionales válidos? En absoluto, y sobre ella puede entonces decidir soberanamente el pueblo venezolano.

¿Qué nos convendría decidir?

El 15 de diciembre de 1999 y el 2 de diciembre de 2007 ya habíamos decidido que era inconveniente permitir, por ejemplo, más de una reelección presidencial. Es parte de una larga doctrina constitucional venezolana, de origen bolivariano en el Congreso de Angostura, que los mandatos excesivamente prolongados conducen a la tiranía. Es esta conciencia, asimismo, sabiduría general de los demócratas. John Stuart Mill advirtió, por ejemplo, en 1861: “Un pueblo puede preferir un gobierno libre, pero si, por indolencia, descuido, cobardía o falta de espíritu público, se muestra incapaz de los trabajos necesarios para preservarlo; si no pelea por él cuando es directamente atacado; si puede ser engañado por los artificios empleados para robárselo; si por desmoralización momentánea, o pánico temporal, o un arranque de entusiasmo por un individuo, ese pueblo puede ser inducido a entregar sus libertades a los pies de incluso un gran hombre, o le confía poderes que le permiten subvertir sus instituciones; en todos estos casos es más o menos incapaz de libertad: y aunque pueda serle beneficioso tenerlo así sea por corto tiempo, es improbable que lo disfrute por mucho”. Simón Bolívar, por supuesto, lo dijo de modo más sucinto con más de cuatro décadas de anticipación: “…nada es tan peligroso como dejar permanecer largo tiempo a un mismo ciudadano en el poder. El pueblo se acostumbra a obedecerlo y él se acostumbra a mandarlo; de donde se origina la usurpación y la tiranía”.

No nos conviene la reelección indefinida. Es preciso decir no a la enmienda propuesta por el Ejecutivo disfrazado de Asamblea Nacional.

La razón es simple. El mecanismo de la inconveniencia funciona a través del abuso. Imaginemos que en un futuro algún presidente llegare a controlar los poderes que debieran contrapesar el suyo, que su voluntad se impusiere sobre las deliberaciones del Poder Legislativo Nacional, que el máximo tribunal de la República le complaciere con jurisprudencia a la medida de sus deseos, que las autoridades electorales sesgaren sus dictámenes a su favor, así como se plegaren a su beneficio las instituciones pensadas para la defensa del pueblo. Supongamos, más aún, que un hipotético presidente tal empleare los militares que le deben en principio obediencia para sus fines políticos, así como todo medio radioeléctrico o impreso poseído o controlado por el Estado, y también la tesorería pública y la de sus empresas y entidades, incluyendo las reservas internacionales, e igualmente los vehículos de uso público para el transporte de adeptos voluntarios o forzados, como empleados públicos obligados so pena de despido y persecución, y ocupara las paredes de edificios nacionales con el culto mural de su persona, y el tiempo de las emisoras privadas de radio y televisión para hablar interminablemente de sí mismo y desacreditar falazmente a quien ose disentir y desacatarle. Pensemos ahora que este mítico gobernante quisiera reelegirse: ¿que diríamos de la imparcialidad y justicia de las elecciones a las que se presentara con esa cantidad de poder sin contrapeso alguno? ¿Cuán democráticas serían esas elecciones?

Dado que una situación como la descrita, por más exagerada que sea, no es enteramente imposible, será de la mayor utilidad pública que el Soberano se proteja del abuso de sus mandatarios, y de la mayor importancia que niegue la enmienda promovida por el Presidente de la República el próximo 15 de febrero. El Soberano estará mejor servido cuando disponga de más grados de libertad electoral, cuando puedan tener varios candidatos a un cargo público electivo igualdad de oportunidades, no cuando un solo mandatario, inescrupuloso y abusivo, pueda inclinar desproporcionadamente la balanza de los recursos, del tiempo y del espacio a su favor, hasta el punto de limitar o anular, por la vía de la persecución legislativa y judicial, las posibilidades reales de sus competidores.

………

Soy un ciudadano no alineado. Soy un Ni-ni. Y votar en contra de una pretensión hegemónica vitalicia no me convierte en adeco, cosa que, por lo demás, se puede ser honrosamente. Votar no el 15 de febrero no equivale a mi circuncisión por la fe, ni me transforma en creyente de ninguna otra religión honorable. Negar la enmienda “tramitada” por la Asamblea Nacional, por encargo del Presidente de la República, no me involucra en designios imperiales de ninguna potencia, sean ésta los Estados Unidos de Norteamérica o los Estados Unidos del Brasil. Al decirle no a Hugo Chávez dentro de diecisiete días no venderé mi patria: ejerceré mi derecho, que él está obligado a respetar y, más todavía, a proteger.

El hecho de no estar afiliado a ninguna de las opciones políticas actuantes no me impide percibir el estilo tramposo empleado finalmente en la presentación de la enmienda, que ha escamoteado el sentido de la autorización ansiada por el Presidente de la República y lo esconde tras equívocas invenciones, en ocurrencias de pícaro que así revela su carácter y la mínima consideración que los ciudadanos le merecemos. Escarmentado de decir las cosas directamente, de llamar a las cosas por su nombre, utiliza el subterfugio de una redacción que ni siquiera describe las consecuencias reales de aprobarla. Ni siquiera tiene la letra chiquita de las pólizas de seguro de construcción leonina.

La redacción final de la pregunta quiere hacer creer a los venezolanos que desde el 15 de febrero en adelante la elección de mandatarios y legisladores dependerá “exclusivamente del voto popular”, como si ahora no lo fuese. Pero veamos el respeto que guarda el promotor de la enmienda por el voto popular.

Anteayer se encontraba el Presidente de la República en el estado Táchira no, como pudiera pensarse, en funciones de gobierno sino en labores proselitistas. Allí dijo que si en 2012 resultare electo un presidente que fuera adeco o copeyano “habría guerra”. Así explicó: “Si la oposición llega al poder habrá una guerra, por eso es necesario garantizar la continuidad del proceso revolucionario democrático bolivariano y ahí está la propuesta de la enmienda constitucional (que implantaría la reelección presidencial ilimitada)”.

Pues si en 2012 el voto popular elige a un presidente que pertenezca a COPEI o Acción Democrática, ésa será voluntad que deberá ser inequívocamente respetada. El Presidente de la República declara que desconocería esa voluntad con una guerra, y demuestra cuán hipócrita es la redacción de la enmienda que propone. En lugar de “ampliar los derechos políticos del pueblo” ya se prepara a cercenarlos.

Últimamente, en nueva imitación de Fidel Castro, Hugo Chávez ha comenzado a ejercer como columnista de prensa. El Latin American Herald Tribune reprodujo su primer artículo, en el que argumenta de este modo:

“En Venezuela, como lo sabemos, el pueblo, una vez activado el poder constituyente, aprobó nuestra avanzadísima Constitución Bolivariana, el 15 de diciembre de 1999, hace ya casi diez años, iniciándose con ello, no sólo la refundación de la República, sino también la puesta en marcha del Proyecto Nacional Simón Bolívar y la transición hacia el socialismo.

Hoy, después de tantos acontecimientos de todo orden, que marcaron estos primeros diez años de revolución, se impone asegurar la continuidad del proceso democrático bolivariano, proyectándolo con mayor fuerza hacia la segunda y tercera décadas de este siglo que ha comenzado y evitando a toda costa cualquier riesgo de retorno al pasado, lo cual sería verdaderamente catastrófico para la Patria.

De allí, lectores y lectoras, compatriotas todos, la propuesta de Enmienda Constitucional, cuyo único fin es darle mayor poder al pueblo, a la hora de poner y quitar gobiernos”.

Si ése fuera el único fin de la enmienda ¿cómo es que—una vez más—amenaza con guerra si ese mismo pueblo, el Soberano, quisiere elegir a quien no le guste?

Todo venezolano debiera percatarse de tan siniestros designios y votar contra la enmienda constitucional propuesta el 15 de febrero. Reconozco que no todos los compatriotas pensarán de esta manera, y muchos votarán afirmativamente de modo honesto, en la creencia de que así sirven mejor a un proyecto político que ha despertado sus esperanzas.

Pero quienes no estemos alineados, en el sentido de no satisfacernos con el discurso oficialista ni con el de la oposición formal, no podemos estar desalineados de nuestro bien común, que es por eso mismo también nuestro bien individual. Aquí no puede haber Ni-ni porque en realidad no existe opción. Se trata de un solo país, y no se puede ser ni venezolano ni venezolano.

Hablo, pues, como no alineado a los no alineados: el 15 de febrero será crucial, para nuestras posibilidades personales y ciudadanas, que vayamos a votar y que lo hagamos para negar lo que únicamente puede ser, a la larga, una tiranía.

luis enrique ALCALÁ

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CS #316 – Rotunda negativa

Cartas

Según la mitología, Zeus había asignado una medida apropiada y un justo límite a todos los seres: el gobierno del mundo coincide así con una armonía precisa y mensurable, expresada en las cuatro frases escritas en los muros del templo de Delfos: “Lo más exacto es lo más bello”, “Respeta el límite”, “Odia la hybris [insolencia]”, “De nada demasiado”.

Umberto Eco

Historia de la belleza

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La disfrazada propuesta de enmienda constitucional, que permitiría la reelección indefinida del actual Presidente de la República, está obviamente peleada con la exactitud (ha sido hecha confusa e imprecisa adrede, a través de la manipulación y la mentira) y, por tanto, no es la más bella. Es igualmente obvio que no respeta el límite establecido por el Poder Constituyente Originario en referéndum del 15 de diciembre de 1999 y ratificado en otro del 2 de diciembre de 2007. Todo el cambiante planteamiento se ha caracterizado, además, por la más flagrante insolencia presidencial, y es aparente que su propósito es ejercer el poder en demasía. En síntesis, las mesuradas virtudes principales de la civilización occidental, cuya cuna es precisamente Grecia la antigua, son despreciadas por el mandatario de turno, cuyo proceder es deliberado.

Una vez más, la barbarie—muy a conciencia, muy divertida consigo misma—contra la civilización. Rufino Blanco Fombona acuñó en su tiempo el término “barbarocracia”, para referirse a la autocracia gomecista, la misma que persiguió estudiantes, los apresó en Puerto Cabello y La Rotunda y los expatrió a raíz de sus protestas de 1928.

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Puesto a escoger, creo que habría preferido La Rotunda a La Piedrita. La primera era con frecuencia irreversible: muchos que en ella entraron jamás salieron vivos. Era, por supuesto, el más rotundo emblema de la más implacable dictadura del siglo XX venezolano. La Piedrita, en cambio, es azarosa; no tiene la inevitabilidad de La Rotunda, no tiene su certeza. No se sabe nunca cuándo descargará su alevosa y cobarde mano. La Rotunda no respetaba derecho humano, en su tortura arbitraria y su desalmado asesinato, pero era al menos un elemento de orden público. El general Gómez era un hombre serio. Uno habría sabido a qué atenerse.

La Piedrita no es la misma cosa; que se sepa, no ha matado a nadie todavía, aunque más de una de sus traicioneras hazañas hubiera podido causar víctimas fatales. Pero cumple un papel más siniestro: las cárceles de las dictaduras son lugar de castigo y escarmiento para sus opositores; la función de La Piedrita es amedrentar la opinión libre en general, mantenerla en zozobra, hacerla neurótica. Exhibe su impunidad con impudicia: en verdad, ministro El Aissami, si usted sabe la ubicación exacta de esa gavilla en la geografía caraqueña ¿cómo es que usted no ha ordenado ya reducirla, desarmarla, apresar a sus miembros y enjuiciarles? ¿Es que en el exiguo ámbito territorial de La Piedrita está suspendido el Estado de Derecho? ¿Es que ese grupo terrorista es más poderoso que las fuerzas a su orden?

Claro, como destaca la publicación Veneconomía—en artículo reproducido por el Latin American Herald Tribune—la violencia contra quienes osen disentir de la línea gubernamental es política de Estado. (“Es evidente que, como buen autócrata y discípulo de Norberto Ceresole, Chávez cree en la violencia como arma política legítima para alcanzar sus objetivos”). Son las normas de Ceresole, no las de Zeus, las que rigen la actuación política del gobierno.

Esta sistemática táctica no es en absoluto nueva; tan sólo se ha hecho últimamente más grosera—ahora siembra bombas preparadas por la policía para incriminar a la oposición estudiantil, la que más le irrita—a medida que toma conciencia de sus crecientes dificultades. El 17 de octubre de 2002, por ejemplo, se reportaba (en la novena edición de esta carta) acerca de los primeros ataques de afectos del gobierno contra el diario El Nacional, escenificados un año antes a raíz de virulento abuso verbal del propio Presidente de la República. Entonces se registró: “Son incontables las intimidaciones verbales y las agresiones físicas, con lesiones personales y daño a la propiedad, en contra de periodistas que procuran reflejar diariamente el acontecer venezolano. Y éstas son manifestaciones incitadas y auspiciadas por el gobierno. En una ocasión fue agredido un camarógrafo de televisión por un sujeto que minutos más tarde aparecía refugiado en el propio Palacio de Miraflores, tras la figura del actual Ministro del Interior y Justicia, Diosdado Cabello…” Sólo empezaban entonces; ahora es obvio que están terminando.

Cosas como ésas son más que sabidas por los embajadores que debieron aguantar siete horas y media de peroración presidencial en la Asamblea Nacional. ¿Cuándo es que sus respectivos gobiernos van a darse por enterados y decir algo al respecto?

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Es muy probable que la pretensión continuista de Hugo Chávez resultaría claramente derrotada aunque no circulase ya ni un solo folleto más contra la enmienda que ha promovido, aunque ya nadie dijera nada en su contra, aunque nadie marchara para repudiarla o izara una pancarta para recordarnos palabras de Bolívar que hemos ya memorizado. La matriz de opinión está sembrada, porque lo que está en juego es obvio y nuestro pueblo no es bruto. Ni que se pare de cabeza convencerá, en lo que falta hasta la consulta, a una mayoría nacional a su favor.

Se habla ahora de sondeos recientes de la opinión que retratarían una pelea más o menos pareja entre el pro y el contra de la enmienda. En verdad, los sondeos posteriores a los trucos más obscenos—la ampliación de la reelegibilidad a todo funcionario por elección y la camuflada redacción final de la pregunta—están todavía en proceso. (La encuestadora Datos, por ejemplo, a pesar de lo que sugiriera hace poco algún articulista, no ha concluido el procesamiento de su encuesta). Pero los que fueron hechos en diciembre reflejan todos una ventaja marcada para la negativa.

Un estudio particularmente interesante fue el dirigido por Roberto Briceño León, John Magdaleno, Olga Ávila y Alberto Camardiel. Este esfuerzo combinó una encuesta nacional  (22 de diciembre) y la realización de focus groups bastante especiales, pues fueron compuestos de modo que no se mezclaran partidarios del gobierno, sus opositores o gente no alineada con ninguno de esos polos.

Naturalmente, este estudio combinado encontró un cincuenta por ciento de claro rechazo a la enmienda, mientras que registró sólo treinta y seis por ciento de apoyo. (La gente más joven y la población femenina es la que más repudia la pretensión continuista; en términos etarios, el proyecto sólo tiene mayoría en las personas mayores de cincuenta y cinco años; en términos socioeconómicos, sólo el estrato E—numéricamente menor que el D—le da una mayoría de apoyo. También registra la conocida aprobación mayoritaria a la gestión de gobierno, 61,4%; pero al mismo tiempo computa en 52% la proporción de la población que tiene poca o ninguna confianza en Hugo Chávez).

Los focus groups arrojaron detalles muy significativos; tal vez el principal es la presencia de dudas e incomprensiones, hasta vergüenza, en los grupos conformados con partidarios del gobierno. La interpretación de la encuesta, por su parte, pone de manifiesto el carácter crucial de los electores no alineados ni con el gobierno ni con la oposición.

Quien escribe tuvo la fortuna de asistir a una rica presentación de Briceño León y Magdaleno sobre estos resultados. Como es su costumbre, no se limitaron a la medición y el diagnóstico, y enhebraron a partir de sus datos una serie, mayormente sensata, de recomendaciones estratégicas para afirmar el rechazo a la proposición continuista. Una recomendación específica llama la atención.

Briceño y Magdaleno, luego de expresar su convicción de que la inminente consulta ofrece una oportunidad para “reposicionar” a la oposición, argumentaron que era de la suprema importancia la elección de quienes debieran hacer ostensiblemente frente—fronting—al proyecto de enmienda. Hablaron de una disyuntiva—falsa, a mi manera de ver—entre estudiantes y líderes convencionales, dando a entender que no había otras voces posibles. (En intento pedagógico hablaron, debe reconocerse, de encontrar los “badueles” o “marisabeles” de 2009). Esto es, la recomendación de Briceño y Magdaleno es la de constituir un coro de tres voces: la de aquellos que aún no están listos (estudiantes), la de los rechazados (líderes convencionales), la de los saltadores de talanquera (“badueles” y “marisabeles”). ¿Es que no hay otras voces en Venezuela?

Llama la atención que, después de haber expuesto que sería decisiva la participación de los electores no alineados—el estudio combinado mide su tamaño a la par de quienes apoyan a Chávez y mayor que el de sus opositores, como lo han hecho desde hace al menos seis años todas las encuestadoras, en proporciones cambiantes que oscilan entre 35% y 50%—, no se saque la conclusión obvia. Antes que “badueles” o “marisabeles”, urge conseguir voces no alineadas, con discurso no alineado y argumentos no alineados para asestar el golpe definitivo a las pretensiones continuistas de Hugo Chávez.

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Pero lo que está en juego es de la mayor gravedad, y a pesar de que la sensación más generalizada es que la fantasía de poder vitalicio será erradicada a mediados de febrero por una mayoría del pueblo, que ahora rumia en silencio su propia opinión acerca de la inoportuna, arrogante y perniciosa enmienda pretendida, es preciso acumular todos los esfuerzos para que la claridad del decreto del Soberano en esta materia sea deslumbrante.

Queda muy poco tiempo, gracias a la tramposa prisa impuesta por el Presidente de la República. ¿Qué puede hacerse?

Quizás lo primero sea percatarse de que no hay una oposición a esta enmienda; las oposiciones son muchas. Esto, en sí, no es tan malo, puesto que en gran medida la materia es asunto del enjambre ciudadano.

La confrontación, no obstante, es importantísima y decisiva. ¿Qué se hace en casos como éste? Los estadounidenses originarios, que habitaban en total un área inferior a la de Venezuela, decidieron en 1776 que no tolerarían más las imposiciones arbitrarias de Jorge III de Inglaterra, sabiendo que tal decisión les traería la guerra. ¿Formaron entonces trece ejércitos, uno por cada colonia rebelada? Formaron uno solo, y eligieron un solo comandante supremo: Jorge Washington.

Queda muy poco tiempo antes del referéndum buscado, en actitud insolente pero verdaderamente suicida, por el régimen. Si quienes, entre los opositores a la enmienda, pueden adjudicar recursos financieros y comunicacionales para combatirla, conviniesen en reconocer en persona concreta, ya no un nuevo Baduel o una segunda Marisabel, sino a un Washington, pudieran aumentar en mucho la probabilidad del éxito contra el anormalmente recrecido apetito de poder de Hugo Chávez. Una decisión de esa monta permitiría el uso más eficiente de los escasos recursos e introduciría la coordinación que garantizaría la eficacia.

Si se prefiere una imagen que no sea bélica, entonces que escojan un director de orquesta, para confiarle la responsabilidad de disponer los instrumentos y las voces para el gran concierto. Los cantores e instrumentistas también podrían comprender con facilidad que conviene dejarse coordinar, frente a un evento que no elige absolutamente a nadie.

Este comandante único debe ser persona avezada en lides políticas, preferiblemente más allá del bien y del mal; un buen estratega, claro e inteligente. Los lectores no se sorprenderán de conocer que, si estuviera en mí tal escogencia, optaría con los ojos cerrados por la persona de Teodoro Petkoff.

Ya no tiene partido, ya no pretende la Presidencia, pero es una de las personas más lúcidas, valientes y experimentadas de este menguado período de la política venezolana. Por mí, que tome la batuta.

luis enrique ALCALÁ

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