por Luis Enrique Alcalá | Ene 15, 2009 | Cartas, Política |

Sobre la materia de la reelección presidencial (ahora la de todo funcionario electo), se ve uno tentado a copiar una frase de André Gide que el editor Rafael Poleo ha convertido en lema: “Todas la cosas ya fueron dichas, pero como nadie escucha es preciso comenzar de nuevo”.
He aquí, por ejemplo, una larga autorreferencia de hace año y medio (Carta Semanal #246 de doctorpolítico, del 19 de julio de 2007):
“Bueno, ahora se cocina una reforma constitucional. El protomonarca Chávez ya no está contento con a melhor constituçao de mondo, que todavía no ha cumplido ocho años. Ha declarado a la reforma uno de los ‘motores’ de la revolución socialista. La bujía de este motor, es la intención manifiesta, consiste en la posibilidad de reelegir indefinidamente —‘continuamente’, diría Cilia Flores—al presidente en ejercicio. Esto es, la conversión del cargo a tiempo fijo en un privilegio vitalicio.
De adoptar la noción central de la democracia, que el pueblo es soberano, ¿hay en esa proposición una violación de tal principio? Pues no; la posibilidad de reelección indefinida no atenta contra ningún derecho humano, como tampoco la duración del período presidencial ha sido negociada por Venezuela en ningún tratado válido con otro Estado. Si el pueblo es soberano, no limitado por otro poder, y si no viola derechos humanos o convenios internacionales, en principio puede elegir a quien quiera por el tiempo que quiera.
La Presidenta de la Asamblea Nacional ha hecho frecuentes y recientes declaraciones sobre el tema, del que parece haberse apoderado o, al menos, erigídose en vocera principal. (Algo tiene que hacer para reparar la vergüenza de la sesión con los estudiantes que la dejaron balbuceando, muerta de la rabia). Por ejemplo, ha argumentado que la reelección indefinida-continua-vitalicia sólo debe ser prerrogativa del Presidente de la República; no debiera, en su criterio, concederse esta posibilidad a un gobernador o un alcalde. Luego, ha dicho que la ciudadanía no debe preocuparse, puesto que la alternabilidad estaría salvada al término de cada período, cuando candidatos distintos al presidente incumbente pueden disputarle el cargo en una elección libre. (Además de que es posible revocarle el mandato por referendo especial a mitad de período).
En la primera aseveración está equivocando el fundamento mismo de la idea de reelección indefinida. Como hemos apuntado, no se trata de un derecho de los presidentes en ejercicio tanto como de un derecho del Soberano. Si este último no existiera, la posibilidad de reelección repetida ad nauseam no tendría sentido. En el caso de gobernadores, alcaldes o algún otro cargo electivo, el pueblo, el Soberano, tiene exactamente el mismo derecho de elegir a quien quiera cuantas veces quiera. No hay, pues, razón para conceder sólo al Presidente la posibilidad de reelección.
La cosa llega al verdadero quid de la cuestión al entrar en la consideración de la alternabilidad, principio constitucionalmente consagrado. El problema es que quien está ahora en el poder no es Raúl Leoni o Ramón Velásquez; es Hugo Chávez. Este ciudadano juega el juego de la Realpolitik llevado hasta sus últimas consecuencias; es decir, empleará todos los medios a su alcance para preservarse en el poder.
La historia venezolana no registra un caso de ventajismo tan sistemático y extenso como el protagonizado por Hugo Chávez. Todo el aparato propagandístico del Estado, acrecentado enormemente desde 1999 por el creciente control de medios radioeléctricos e impresos—sin contar la profusión de vallas publicitarias y volantes y panfletos de toda índole, o las cadenas de radio y televisión—está puesto al servicio de un obsceno culto a la personalidad de Hugo Chávez. Una elección en la que éste participe como candidato desde el ejercicio de la Primera Magistratura será verdaderamente asimétrica (como ya lo ha sido), y cualquier contendor que se le oponga estará en considerable desventaja. Al tsunami mediático con el que monopoliza la noticia, la propaganda, la mentira, añádase los discursos rojos-rojitos de Rafael Ramírez, los juramentos militares de ‘patria, socialismo o muerte’, las listas de Tascón, las amenazas de Iris Varela, el control del Consejo Nacional Electoral y el Tribunal Supremo de Justicia, el manejo de la cedulación y los impedimentos que varios despachos gubernamentales interponen en el curso de candidaturas opositoras. La alternabilidad democrática de la que habla Cilia Flores es tan ficticia como la ficción contractualista de John Rawls.
Con frecuencia se dice que los pueblos tienen los gobernantes que se merecen. Esto es, obviamente, una afirmación injusta. Los pueblos no determinan los candidatos entre los que deben optar, ni tampoco las condiciones reales de una campaña electoral. Por más que, en principio, sea una potestad soberana la de reelegir a un mandatario indefinidamente, es altamente prudente, sobre todo en el caso venezolano actual, proteger al propio Soberano de los abusos de un presidente ventajista y sucio”.
Más sucintamente, pudo leerse en el número anterior (#314, del 4 de diciembre de 2008) esto:
“Puede admitirse, por supuesto, que el Soberano debe preservar su derecho absoluto de reelegir a quién le dé la gana cuantas veces quiera; para eso es Soberano. Pero lo que esta misma Corona estimó saludable estipular en 1999—en ‘la mejor Constitución del mundo’, decía HacheChé entonces—es que el Presidente de la República no fuera más de una vez reelegible. Sabiamente, consideró que el Primer Magistrado de la Nación dispone de mucho poder y recursos muy considerables, que hacen verdaderamente asimétrica y ventajosa su participación como candidato en una contienda electoral. Y eso que todavía entonces no habíamos sido testigos del más obsceno y abusivo ventajismo de presidente alguno en nuestra historia, como es el dirigido de modo tan pertinaz por HacheChé”.
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Lo antedicho es el meollo de la cuestión. Resulta ser una falacia argumentar que con la actual previsión constitucional—en el Artículo 230: “El Presidente o Presidenta de la República puede ser reelegido, de inmediato y por una sola vez, para un período adicional”—el Soberano resulta limitado en sus derechos, como aducen, entre otros cantores de la Coral Hugo Chávez Frías, la magistrada Luisa Estella Morales Lamuño, Presidenta del Tribunal Supremo de Justicia y Cilia Flores, Presidenta de la Asamblea Nacional. Lo que decidió el Soberano el 15 de diciembre de 1999 es que, a pesar de que sin duda era su soberano derecho la elección de quien quisiese como mandatario, prefería limitar las veces que podía reelegirse un presidente en ejercicio. En esta decisión, perfectamente soberana, no hacía otra cosa que atender a la advertencia del propio Simón Bolívar, que ya casi sabemos de memoria los venezolanos: “…nada es tan peligroso como dejar permanecer largo tiempo a un mismo ciudadano en el poder. El pueblo se acostumbra a obedecerlo y él se acostumbra a mandarlo; de donde se origina la usurpación y la tiranía”.
Es, por tal razón, enteramente falaz la afirmación que hiciera la magistrada Morales Lamuño en su redacción de la sentencia 1.488 de la Sala Constitucional (28 de julio de 2006) del Tribunal Supremo de Justicia, en la que pone: “la Sala reitera que la reelección no es tan sólo un derecho individual por parte del pasible de serlo, sino que además es un ‘(…) derecho de los electores a cuyo arbitrio queda la decisión de confirmar la idoneidad o no del reelegible, y que al serle sustraída dicha posibilidad mediante una reforma realizada por un poder no constituyente, se realizó un acto de sustracción de la soberanía popular, quedando dicha posibilidad de forma exclusiva, y dentro de los límites que impone a todo poder los derechos humanos, inherentes a la persona humana, al poder constituyente, el cual basado en razones de reestructuración del Estado puede imponer condiciones o modificar el ejercicio de derechos en razón de la evolución de toda sociedad así como de la dinámica social. (…) No puede entonces, alterarse la voluntad del soberano, por medio de instrumentos parciales y que no tengan su origen en el propio poder constituyente, es a él al cual corresponde la última palabra, teniendo como se ha dicho como único límite, los derechos inherentes a la persona humana y derivados de su propia dignidad (…)’.”
No existe ninguna “reforma realizada por un poder no constituyente” que haya sustraído “la soberanía popular”. No ha habido, en esta materia de la posibilidad de reelegir indefinidamente a mandatarios o legisladores nacionales, estadales o municipales, ningún “instrumento parcial” que haya alterado “la voluntad del soberano”. Absolutamente todas las normas que rigen este asunto son de rango constitucional, emanadas de la redacción de un poder constituyente (la Asamblea Constituyente de 1999) y decretadas por referéndum popular del 15 de diciembre de ese año. (Ya, por supuesto, la Sala Constitucional presidida por Morales Lamuño nos ha acostumbrado a sus tramposos razonamientos, como el que mutilara el sentido clarísimo del Artículo 42 de la Constitución en la infame decisión 1.265 del 5 de agosto de 2008, por la que sostuvo la “constitucionalidad” de las inconstitucionales inhabilitaciones políticas que produjo el Contralor General de la República, Clodosbaldo Russián. Si algo es un “instrumento parcial” es justamente una decisión como ésa; todas las sentencias emanadas del Tribunal Supremo de Justicia son, por definición e independientemente de su justicia, “instrumentos parciales”).
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La trayectoria de este nuevo intento de Hugo Chávez por convertir su peculiar presidencia en monarquía vitalicia ha sido particularmente tortuosa. Cuando buscó por primera vez, en 2007, lograr la posibilidad constitucional de reelección indefinida, la quería para él solo. Las postulaciones que a este respecto hacía entonces Cilia Flores, referidas al comienzo, no hacían otra cosa que repetir en coro lo que ya el propio Hugo Chávez había dicho. El 23 de julio de 2007 reportaba María Lilibeth Da Corte en El Universal lo dicho por Chávez, poco antes de comenzar desde el estado Vargas su abuso dominical #287, respecto de una proposición de Podemos y PPT para ampliar la reelegibilidad a gobernadores y alcaldes: “No, no y mil veces no. Si aquí hay reelección continua debe ser sólo para el Presidente”.
Esta falta de consistencia fue destacada en el #248 de esta publicación (2 de agosto de 2007): “Pero lo que verdaderamente busca Chávez es la modificación del Artículo 230. Como se ha arrogado, desde hace mucho tiempo, el privilegio de la inconsistencia, se ha opuesto en días pasados a la reelección indefinida de alcaldes y gobernadores con el cómico argumento de que los mandatarios locales sólo buscarían ¡perpetuarse en el poder!” En efecto, argumentaba inconsistentemente entonces el Presidente de la República, conceder a gobernadores y alcaldes la posibilidad de reelegirse “continuamente”, para usar el eufemismo de Cilia Flores, conllevaba el riesgo de consagrar caudillos eternos, que es exactamente lo que él procura ser.
Ahora, como sabemos—después de prometer que respetaría la voluntad popular que se expresara el 2 de diciembre de 2007 (que negó específicamente, entre otras cosas, la reelección indefinida); después de decir, a raíz de las elecciones del 23 de noviembre del año pasado, que no promovería la enmienda que ahora nos amenaza; después de “dar su permiso” al PSUV y al pueblo (en ese orden) para que introdujeran su proyecto por iniciativa popular y de que tomara al final el camino de la Asamblea Nacional (al percatarse de que no lograría las firmas necesarias; si hubiese más de cuatro millones de firmas a su favor ¿para qué se necesitaba a la Asamblea?); después de que considerara urgentísima (“La vía de la Asamblea Nacional tiene una ventaja: que es más rápida”) una modificación constitucional que no sería, en todo caso, requerida antes de cuatro años enteros—, Hugo Chávez estima que debe abrirse la reelección indefinida también a los alcaldes, los gobernadores, los diputados a la Asamblea Nacional y los miembros de los consejos legislativos estadales. ¿No habíamos quedado en que tal cosa sólo aseguraría la entronización de caudillos que buscarían perpetuarse en el poder?
Pero allí no acaba la tortuosidad del asunto, verdadero irrespeto a la inteligencia de los ciudadanos venezolanos. Ahora anuncia la corista mayor, Cilia Flores, cuál sería la fraudulenta redacción de la pregunta que sería sometida a referéndum. Según Flores, estaba en borrador la redacción que planea introducir mañana la Asamblea Nacional al Consejo Nacional Electoral: “¿Aprueba usted la ampliación de los derechos políticos de las venezolanas y los venezolanos en los términos contemplados en la enmienda de los artículos 230, 160, 174, 192, 162 tramitada por iniciativa de la Asamblea Nacional, al permitirse la postulación para todos los cargos de elección popular de modo que su elección sea expresión exclusiva del voto del pueblo?”
(En orden estricto, el artículo 160 se refiere a la reelección de gobernadores, el 162 a la de los miembros de los consejos legislativos estadales, el 174 a la de los alcaldes, el 192 a la de los diputados a la Asamblea Nacional y el 230, por supuesto, a la del Presidente de la República. Los “legisladores” nacionales alteraron ese orden para dar lugar preferente a los cargos ejecutivos—Presidente, Gobernador, Alcalde—y ponerse al final, precediendo, naturalmente, los diputados de la Asamblea Nacional a los miembros del Consejo Legislativo de cada estado).
Esa redacción es flagrantemente tramposa. En primer lugar, presenta lo que es una desbocada e interminable apetencia de poder como una presunta “ampliación de los derechos políticos” de los venezolanos. No hay tal cosa; ya se precisó que fuimos los mismos venezolanos quienes decidimos, el 15 de diciembre de 1999, que se limitara a esos mandatarios y legisladores. En nada aumenta nuestros derechos políticos esa trapacería.
Luego, es aun más insidiosa la sugerencia de que decretar la reelección indefinida haría que la elección de “todos los cargos de elección popular” fuese “expresión exclusiva del voto del pueblo”, como si ahora no lo fuera. Desde 1947, con la interrupción de las dictaduras de la década 1948-58, las elecciones en Venezuela han sido “expresión exclusiva del voto del pueblo”. La estafa de las enmiendas—porque ahora son más de una, en torpe intento de disimulo y captación de voluntades apetentes—en ningún caso convierte a las elecciones venezolanas en “expresión exclusiva del voto del pueblo”, puesto que ya lo son. Es absolutamente imposible transformar una roca en una roca, o un ser humano en un ser humano. Lo que pretende la redacción anunciada por Cilia Flores es, más bien, el intento de convertir la total concesión a un desmedido apetito de poder en una pregunta aparentemente inocua y desprendida, pero realmente fraudulenta y peligrosa.
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Antes de que la faramallería de Hugo Chávez y la coral que lleva su nombre extendieran la reelegibilidad a cada funcionario o legislador elegible, y camuflaran su real intención con la mentira de la “ampliación de los derechos políticos” ciudadanos, las encuestadoras conocidas indicaban todas que aquél volvería a perder un referéndum. De hecho, son esas mediciones de la opinión pública sobre el tema lo que motivó el más reciente intento de estafa. (Bernard Madoff, que hizo perder a mucha gente un total que supera los cincuenta mil millones de dólares, es un niño de pecho ante la pretensión de estafar a dieciséis millones y más de electores venezolanos). Es demasiado temprano para saber qué mella pudieran haber hecho, en la terca disposición del pueblo a decir una segunda vez no a la ambición continuista de Hugo Chávez, disfraces tan burdos.
Pero el pueblo no es idiota. Precisamente, uno de los aceleradores del triunfo electoral de Chávez en 1998 fue la trapacería de los partidos dominantes de la época, que habiendo reunido en un solo acto la elección presidencial y las elecciones de gobernadores (en reforma a la Ley Orgánica del Sufragio y Participación Política de diciembre de 1997), a mitad del año siguiente volvieron a separarlas con la esperanza de edificar un cerco regional a la Primera Magistratura Nacional, que ya para ese entonces se suponía Chávez alcanzaría. La maniobra fue tan descarada que resultó ser un tiro por la culata: su resultado fue un empujón repentino a la candidatura Chávez en las encuestas, y las elecciones estadales de noviembre, en las que hubo una impresionante presencia del Movimiento Quinta República, fueron un preludio de lo que ocurriría en diciembre de 1998. (Valga la ocasión para recordar que Luis Alfaro Ucero, Secretario General de Acción Democrática y su candidato presidencial antes de ser desconsideradamente defenestrado, se opuso decididamente al chapucero viraje de ciento ochenta grados. Con todo lo que pudiera criticarse, entonces y ahora, a su implacable manejo político, Alfaro Ucero era, como lo puso escuetamente Luis Herrera Campíns, “un hombre serio”).
Ahora estamos en situación similar. El pueblo asiste, desengañado, al frenético maniobrar del régimen en procura de su duración eterna. (Un Reich que dure mil años). Que Hugo Chávez llegue a creer que los disfraces vestidos a última hora servirán para engañar al pueblo, es un signo de su desprecio por ese mismo pueblo al que dice servir y acatar.
En plan operativo, Chávez ha procurado, como siempre, arengar e instruir a sus huestes, ésas que, por ejemplo, destrozan ofrendas florales que otros osen presentar a la estatua del Libertador. En el caso que nos ocupa, dijo el 10 de los corrientes (en el acto de transferencia del satélite Simón Bolívar): “El principal enemigo a vencer para nosotros es la abstención. Así lo considero yo. Por ejemplo en Guárico hay que buscar abstención cero, porque aquí tenemos más del ochenta por ciento de apoyo a la gestión del gobierno revolucionario. Es decir, por cada diez personas que vayan a votar, ocho son nuestras. Entonces, la abstención es el enemigo”.
Esta admonición lleva un doble propósito. Por un lado, el obvio de defenderse de la abstención de quienes habitualmente lo apoyan, factor que en gran medida determinó su derrota del 2 de diciembre de 2007. Por el otro, su creencia de que esa declaración de que la abstención es su enemigo puede llevar a algún opositor poco inteligente a concluir que no debe votar. (“Si la abstención es el enemigo de Chávez, entonces debemos abstenernos”). Como siempre, una conducta abstencionista sería una estupidez de marca mayor. Una abstención de cincuenta y seis por ciento permitió que la Constitución, que ahora Chávez busca remendar, fuera aprobada en diciembre de 1999 por sólo el treinta por ciento de los electores de la época.
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Las cosas aquí dichas deben ser expuestas, en conjunto, a un pueblo más que capacitado para entenderlas y más que dispuesto a aceptarlas. La técnica comunicacional de costumbre de los opositores a Chávez es la de intentar la refutación de su discurso a base de ráfagas de argumentos cortos, en mensajes demasiado breves (cuñas de televisión o de radio). Para refutar adecuada y eficazmente a la grosera pretensión de la enmienda que le abriría las puertas al mando vitalicio, no obstante, será bueno emplear mensajes y análisis de mayor duración. Si la sabiduría publicitaria convencional recomienda espacios breves, en este caso debe reconocerse la conveniencia de espacios mayores. Hay circunstancias en las que una presentación de duración suficiente se hace necesaria. Sin ir muy lejos, en la reciente campaña presidencial de los Estados Unidos, Barack Obama consideró útil, atinadamente, reservar un espacio de media hora para una convocatoria de cierre en tiempo preferencial. Lo mismo debe disponerse ahora en Venezuela. Eso sí, que el mensaje sea transmitido por una voz nueva y creíble.
Decía la edición 309 de esta publicación (30 de octubre de 2008): “…la contrafigura viable no podrá tener ni rabo de paja ni techo de cristal. En particular, no debe ser asimilable a una vuelta al pasado pre-chavista, a lo que inexactamente se entiende por ‘Cuarta República’. Menos todavía debiera ser posible tildarla de elitista. Quien quiera asumir la misión no deberá entenderse como parte de una ‘gente decente y preparada’ que desprecie la venezolanidad, como más de uno que denuesta frecuentemente del gentilicio y se presume ‘material humano’ superior al de la mayoría de sus compatriotas. Aparte de su injusticia e incorrección intrínsecas, el tufo de una orientación aristocratizante se distingue a cien kilómetros de distancia y no es apreciado”.
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por Luis Enrique Alcalá | Dic 4, 2008 | Cartas, Política |

La época de oro del “Padre de la Gerencia Moderna”, Peter Ferdinand Drucker (1909-2005), fecha su inicio (1954) con la publicación de su libro The Practice of Management. Es en él donde resalta su prédica fundamental, la gerencia por objetivos. Contraponía este modo racional de gestionar a la observable gerencia por crisis, la práctica común de esforzarse sólo cuando el mundo se nos viene encima. A pesar de haber escrito hasta el fin de sus días—El ejecutivo eficaz en acción, 2005—, Drucker no tomó en consideración un refinamiento de la gerencia desordenada, introducido por la gerencia de un estadista de iniciales H y Ch, que gerencia por sobresaltos; esto es, por crisis que no vienen de afuera, sino que él mismo crea.
Ayer dijo HacheChé: “La vía de la Asamblea Nacional tiene una ventaja: que es más rápida”. Se refería, por supuesto, a su obsesiva preocupación porque le sea posible presentarse cuantas veces quiera a la reelección como Presidente de la República. Ni siquiera quince días han pasado de las elecciones del 23 de noviembre, cuando de nuevo sobresalta al país, que se disponía al sosiego navideño, con su febril apremio por la reelección. ¿Cuál es la urgencia nacional en dilucidar esa materia, cuando la oportunidad de ponerla a prueba no llegará hasta dentro de cuatro años, en diciembre de 2012? ¿Por qué HacheChé está tan angustiado y urgido? ¿No ameritará su inquietud la declaración de un estado de excepción, siendo que, como reza el Artículo 337 de la Constitución, es potestad presidencial, en consejo de veintisiete ministros (más los alcaldes del Municipio Libertador y Valencia, hasta ahora), declararlo cuando concurran “circunstancias de orden social, económico, político, natural o ecológico, que afecten gravemente la seguridad de la Nación, de las instituciones y de los ciudadanos”? ¿No y que ahora “vienen por él”? ¿No y que la oposición ataca ahora las misiones? (Razón esta última de gran debilidad para revertir, característicamente en menos de una semana, su postura inicial de no promover directamente la enmienda constitucional—“Pero no puedo impedir que el pueblo lo haga”—para ordenarla perentoriamente y hasta bautizar la nueva campaña—lo único que sabe hacer—con el engorroso, ridículo y egocéntrico nombre de “Uh, ah, Chávez no se va”. Fue él, no la oposición, quien ordenó el salvaje ataque contra los gobernadores y alcaldes de oposición recién electos).
En efecto, los resultados del 23 de noviembre han sacado de quicio a HacheChé; es su propio sobresalto el que transmite a la Nación, que ya había arribado a la conclusión de que el gobierno perdió terreno en las recientes elecciones, a pesar de su todavía amplio dominio. Luis Vicente León, Director de Datanálisis, ha apuntado con aguda penetración una razón del agite: “Si él permitía que se incrustara la idea de que la oposición era fuerte por haber ganado en estados clave, las posibilidades de plantear la enmienda se le complicaban”. Está claro que el tema del 23 de noviembre no es uno que quiera seguir discutiendo.
La injustificable agitación es, por supuesto, otro caso de la táctica de huir hacia adelante, y en verdad estuvo planificada desde antes de las elecciones. En los círculos íntimos del gobierno se sabía que al término de ellas vendría la arremetida de la enmienda, contando con resultados mucho mejores que los que finalmente se dieron. Haberla pospuesto hubiera permitido que la sensación de derrota cundiera en sus propias filas, castigadas por el ingrato tratamiento que HacheChé infligió a los grandes derrotados en las elecciones—Diosdado Cabello, Jesse Chacón y Aristóbulo Istúriz—, a quienes indicó que debieran ir a administrar algún “núcleo endógeno” en la isla La Borracha. De hecho, ahora se ve más clara la razón de que HacheChé se convirtiera, con su grosera intromisión en elecciones locales que no eran de su incumbencia, en el único candidato a alcalde y gobernador oficialista en las pasadas elecciones. Al intentar concentrarlas en su persona, al adulterar su descentralizado sentido, vendía por anticipado la interpretación de que eran en verdad un plebiscito sobre su liderazgo nacional, y que un triunfo en ellas sería la base de la campaña reeleccionista. Más que desconfianza en la capacidad de sus candidatos locales (razonable, como se viera, en los casos de Cabello, Chacón, Di Martino, Istúriz, Silva, etc.) era la necesidad de tal plataforma reeleccionista lo que lo llevaba a asumir el único papel protagónico. Los cientos de candidatos del PSUV no pasaron nunca de ser relleno (no sanitario), extras de la película.
Pero una tercera función de esta nueva campaña urgentísima por la perpetuación de HacheChé en el poder es la de atemorizar y desconcertar a la oposición, distrayéndola del foco principal en las venideras y verdaderamente estratégicas elecciones de Asamblea Nacional (diciembre de 2010) y poniéndola a correr y a cometer errores. Es encomiable, por caso, el valiente y claro llamado de Jon Goikoetxea a vencer la pretensión continuista; tiene razón al estimar que el despropósito presidencial será derrotado. Pero carece de ella cuando convoca a los gobernadores y alcaldes opositores para que se sumen como protagonistas de la cruzada. Reporta El Universal: “Los gobernadores y alcaldes electos tendrán un papel importante que jugar, según el líder estudiantil”. Dijo Goikoetxea: “Ya estamos dispuestos a empezar, hay que hacerlo en coordinación con los representantes recientemente electos, porque tienen la legitimidad y la obligación; los escogimos no sólo para ser buenos gobernadores y alcaldes, sino para tomar la delantera en este proceso, para que sean voceros y defensores de la libertad en Venezuela”. Es una interpretación fundamentalmente equivocada. De nuevo, si se criticaba a HacheChé porque quiso nacionalizar unas elecciones de ámbito local, resultaría inconsistente que ahora se convoque a gobernantes estadales y municipales a involucrarse en la inminente confrontación. En realidad, bastará en este caso argumentarle clara y sencillamente al enjambre ciudadano los obvios inconvenientes de la pretensión de HacheChé. Es ese conglomerado inteligente el que, en las urnas, serenamente, fuera del escenario épico que el gobierno quiere construir y algunos opositores aceptan, volverá a negar el continuismo.
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No será necesario, tampoco, gastar guáimaros en una discusión de corte legal, a pesar de que se tenga la razón en este terreno. El gobierno cuenta con una mayoría obsecuente en la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia, que ya amputó el sentido del Artículo 42 de la Constitución en su decisión 1.265 del pasado 5 de agosto, para dar pie a la inhabilitación inconstitucional abanderada por el Contralor General. Por más que la Constitución diga en su Artículo 345 que “La iniciativa de reforma constitucional que no sea aprobada, no podrá presentarse de nuevo en un mismo período constitucional a la Asamblea Nacional”, por más que la Ley Orgánica del Sufragio y Participación Política diga en su Artículo 193 que “En todo caso, si la materia objeto de un Referendo fuere rechazada por el pueblo, no podrá presentarse de nuevo durante los dos (2) años siguientes”, ya juzgará esa retorcida Sala, como ha adelantado el diputado Carlos Escarrá, luminaria del sofisma jurídico, que el procedimiento de enmienda es una vía distinta de una reforma, y por tanto la prohibición constitucional no sería aplicable en este caso. No vale la pena distraerse en una discusión jurídica.
Más aún, ya la Presidenta del TSJ y de su Sala Constitucional ha sentado una doctrina que contradice a la Constitución en el fondo del asunto. Al decidir sobre recurso intentado el 26 de marzo de este año (expediente No. 08-0341) por el abogado en ejercicio Luis Hueck Henríquez, Luisa Estella Morales Lamuño recordó así jurisprudencia previa (sentencia Nº 1.488 de la Sala Constitucional del 28 de julio de 2006): “la Sala reitera que la reelección no es tan sólo un derecho individual por parte del pasible de serlo, sino que además es un ‘(…) derecho de los electores a cuyo arbitrio queda la decisión de confirmar la idoneidad o no del reelegible, y que al serle sustraída dicha posibilidad mediante una reforma realizada por un poder no constituyente, se realizó un acto de sustracción de la soberanía popular, quedando dicha posibilidad de forma exclusiva, y dentro de los límites que impone a todo poder los derechos humanos, inherentes a la persona humana, al poder constituyente, el cual basado en razones de reestructuración del Estado puede imponer condiciones o modificar el ejercicio de derechos en razón de la evolución de toda sociedad así como de la dinámica social. (…) No puede entonces, alterarse la voluntad del soberano, por medio de instrumentos parciales y que no tengan su origen en el propio poder constituyente, es a él al cual corresponde la última palabra, teniendo como se ha dicho como único límite, los derechos inherentes a la persona humana y derivados de su propia dignidad (…)’.”
La Constitución, naturalmente, no es un instrumento parcial; es la ley totalmente fundamental de la República, y fue además establecida por el Poder Constituyente Originario, en referéndum aprobatorio del 15 de diciembre de 1999. Esto es, fue el propio Poder Constituyente quien promulgara la limitación a la reelección presidencial en el Artículo 230 de la Constitución, que ahora se pretende enmendar.
Puede admitirse, por supuesto, que el Soberano debe preservar su derecho absoluto de reelegir a quién le dé la gana cuantas veces quiera; para eso es Soberano. Pero lo que esta misma Corona estimó saludable estipular en 1999—en “la mejor Constitución del mundo”, decía HacheChé entonces—es que el Presidente de la República no fuera más de una vez reelegible. Sabiamente, consideró que el Primer Magistrado de la Nación dispone de mucho poder y recursos muy considerables, que hacen verdaderamente asimétrica y ventajosa su participación como candidato en una contienda electoral. Y eso que todavía entonces no habíamos sido testigos del más obsceno y abusivo ventajismo de presidente alguno en nuestra historia, como es el dirigido de modo tan pertinaz por HacheChé.
A pesar de estas cosas, se reitera, no vale la pena enredarse en esta discusión con unos magistrados que decidirán complacientes con la voluntad de HacheChé. Lo mejor es no involucrarlos, lo mejor es ignorarlos, lo mejor es no darles vela en este entierro; que se queden expectantes por un protagonismo que no les alcance.
Tampoco conviene embarcarse en aventuras competidoras, como la propuesta de introducir aceleradamente por iniciativa popular la enmienda alterna de recortar el período presidencial y prescribir una segunda vuelta electoral. Por una parte, se trataría de desempolvar una iniciativa de Primero Justicia (sobre redacción de Juan Manuel Raffalli) en 2002, que nunca agarró vuelo (se proponía entonces, ilusamente, que la acogiera la Asamblea Nacional). Por otra parte, nada podría competir con el apuro de la enmienda de HacheChé, que ha ordenado se introduzca por la expedita vía de, justamente, la Asamblea Nacional.
Lo que hay que hacer es recoger el guante, aceptar el insolente desafío y derrotar la indemocrática pretensión con nuestros votos. Volver a decir no sin que quepa la menor duda.
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A lo que estamos enfrentados es a un nuevo acto referendario, el quinto de nuestra corta historia a ese respecto, que busca abrir las puertas a la perpetuación en el poder del actual y muy concreto Presidente de la República.
Las oscilaciones—la “volatilidad”, se diría en estos tiempos de agitación bursátil—en el planteamiento de la cosa dan cuenta de las dudas que en el propio seno del PSUV suscita la obsesiva terquedad de HacheChé. Primero, él mismo prometió—¿cuánto vale su palabra de hombre?—que no promovería la enmienda. A los pocos días de que dijera esto, dejando magnánimamente que el PSUV y el pueblo (en ese orden) rumiaran si convenía promoverla, el Vicepresidente de ese partido, el oportunista Alberto Müller Rojas, declaró que el asunto de la enmienda no estaba planteado en el seno de la organización. Al señalársele que algún poetastro gobernador oriental ya se hallaba en campaña por la enmienda, Müller Rojas expuso que era él quien mandaba en el PSUV. Media hora después de ese atrevimiento, el jefe máximo del partido lo contradecía y se contradecía a sí mismo, al ordenar la operación “Uh, Ah, HacheChé no se va”. En sus palabras mostraba desfachatadamente su aberrante concepción de la democracia: “Les doy mi autorización al Partido Socialista Unido de Venezuela y al pueblo venezolano [en ese orden] para que inicien el debate para la enmienda constitucional, para que tomen las acciones que haya que tomar para lograrlo. Sí lo vamos a lograr, vamos a demostrar quién manda en Venezuela”. Ahora, pues, no es el pueblo quien autoriza al mandatario; ahora somos nosotros quienes debemos solicitar su majestuosa autorización, su real permiso.
A continuación pareció que se adoptaría la ruta de la iniciativa popular—15% de los electores—y se buscaría recolectar, en tiempo récord, más de dos millones y medio de firmas para forzar el referéndum necesario de modo perentorio. Pero esta posibilidad hizo que la dirigencia del PSUV se sintiera en posición harto incómoda. Ella sabía que la tarea no sería nada fácil, aunque el 23 de noviembre un total de cinco millones y medio de votos fueron hacia sus candidatos a gobernaciones y alcaldías. Sin que la oposición hiciera nada al respecto, se hubiera formado un efecto de “lista de Tascón al revés”. No habría entre los partidarios del gobierno demasiados que quisieran dejar registradas para la historia sus firmas de apoyo a una pretensión continuista y dinástica. De allí que rápidamente se salieran de la suerte, pasándole la pelota a los sigüises de la Asamblea Nacional. “La iniciativa parlamentaria permitiría ahorrar tiempo y dinero”, dijo un vocero del PSUV. Minutos más tarde HacheChé confirmó la cosa: “La vía de la Asamblea Nacional tiene una ventaja, que es más rápida”. Ése es el producto de una “deliberación” de diez días.
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HacheChé se encamina al suicidio. Es su solución al desasosiego de sus más recientes madrugadas. Ya no golpea puertas—al menos no se observa que lo haya hecho con las manos—pero lleva en el alma las sucesivas derrotas, las del 2 de diciembre de 2007 y el 23 de noviembre de 2008, la disolución de su coartada favorita con la elección de Barack Obama en los Estados Unidos y la angustia de un posible empeoramiento definitivo de las finanzas públicas, ya debilitadas. (Sobre esto último no hay total seguridad: sigue mermando, por razones estructurales, la oferta energética mundial a un ritmo de entre 6 y 7% por año, como ha destacado el Brujo de Los Palos Grandes. Uno de los efectos de la muy marcada disminución de los precios del petróleo es la reducción de los esfuerzos exploratorios y el desarrollo de costosas fuentes alternas. Así, Larry Nichols, ejecutivo jefe de Devon Energy, una de las más grandes compañías estadounidenses de exploración, ha anticipado: “Las compañías de petróleo y gas van a cortar significativamente sus presupuestos para el próximo año”, y varios expertos piensan que la caída resultante—la exploración en áreas como Montana y Colorado pudiera reducirse tanto como en 40%—haría que los precios de la energía subieran a un nuevo pico el año que viene, según TIME Magazine).
HacheChé se dirige al suicidio. No sólo es que los estudiosos de la opinión han reportado que su derrota del 2 de diciembre de 2007 tuvo que ver fundamentalmente con la vigésima primera proposición del rechazado “bloque A” del proyecto de reforma constitucional—Artículo 230: Sobre el periodo presidencial. Se modifica de 6 a 7 años. Se retiran los límites para ser reelegido—, sino que prácticamente todas las encuestas realizadas en 2008 registran una mayoría de repudio popular (al menos las dos terceras partes de los electores) a tal posibilidad. Su posición no ha mejorado, y las groseras agresiones contra los gobernadores y alcaldes electos de oposición—que además de vulnerarlos con el despojo de instituciones y equipos buscan desaparecer evidencias de manejos indebidos—tampoco lo favorecen, pues en último término son el desconocimiento de la voluntad electoral, un evidente irrespeto al pueblo.
HacheChé va directo al suicidio. Esta vez ya no se trata de trescientas y tantas elecciones estadales y municipales. Ahora se trata de una sola votación, de un solo artículo—”Va a ser muy sencilla: un sólo artículo, más nada, un sólo artículo”, decía, y explicaba que bastaba suprimir en el Artículo 230 de la Constitución la frase “y por una sola vez”—; la cosa no será entendida como la promulgación de un principio abstracto, sino como la muy concreta pregunta de si queremos que HacheChé tenga la posibilidad de seguir mandando después de febrero de 2013. Es decir, el efecto práctico del referéndum al que planea someternos es que, cuando el pueblo vuelva a decirle que no, le estará extendiendo un preaviso de cesantía. Ninguna deslegitimación pudiera ser más brusca.
El Brujo de La Florida ha alertado sobre ese desenlace, y ha especulado que subconscientemente HacheChé lo busca, como pretexto para renunciar y dejar así la muy complicada situación del Estado venezolano en manos de un opositor que se las vería negras para componerla y fracasaría en el intento. Entonces, deliran algunas neuronas extraviadas de Hacheché, él podría regresar como salvador de la Nación.
En todo caso, debemos saber que esa derrota de HacheChé, si le impele a la renuncia, configuraría una falta absoluta del Presidente de la República, que producida antes de enero de 2011 forzaría constitucionalmente una elección presidencial en treinta días. ¿Estamos preparados para eso?
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por Luis Enrique Alcalá | Nov 27, 2008 | Cartas, Política |

Hablaron los pueblos de Venezuela, los que no deben ser confundidos con el pueblo de Venezuela. Si uno argumentaba que estas elecciones del domingo pasado eran municipales y estadales, no nacionales como Chávez las entendió, entonces no debiera ahora, para ser consistente, extraer conclusiones nacionales del 23 de noviembre. Aquí se expuso la semana pasada: “Ni de una totalidad de triunfos en los estados y municipios puede sacarse conclusiones sobre asuntos de exclusivo dominio nacional”. Nos referíamos, por supuesto, a los deseos en Hugo Chávez de perpetuarse en el poder.
Pero por supuesto que se puede extraer conclusiones nacionales, y no sólo porque el presidente Chávez se metiera hasta el cuello en elecciones que no eran de su incumbencia.
Por ejemplo, que la muy significativa presencia de las dos terceras partes de los electores inscritos ante las máquinas de votación tiene que ser agradecida no sólo al pueblo venezolano, sino también a San Isidro Labrador que quitó el agua y puso el sol, sin permitir más que una que otra garúa intrascendente.
Por ejemplo, que la campaña emprendida por Chávez ha herido grandemente a la gente de Podemos, el PPT, el PCV y otras organizaciones disidentes—traidoras, en el léxico presidencial—, y habrá que ver entonces cómo se conducen y alinean sus diputados en los dos años que les quedan en la Asamblea Nacional. (Observación atinada que aportara Levy Benshimol).
Por ejemplo, que en contra de lo supuesto por esta publicación—“De hecho, luce probable que en términos porcentuales el avance opositor sea mayor en el ámbito municipal que en el estadal”—las candidaturas de oposición obtuvieron el 26% de las gobernaciones disputadas (tomando a la Alcaldía Metropolitana de Caracas como una), pero sólo el 18% de las alcaldías en juego (58 de 321, incluyendo la ganada por Antonio Ledezma). No hay ni uno solo de los estados del país en el que las opciones opositoras o disidentes ganaran una mayoría de las alcaldías. En Apure, Portuguesa, Sucre, Vargas y Yaracuy (más el Distrito Capital) ni una sola alcaldía recayó en candidatos de oposición o disidentes del chavismo. He aquí una lista de los estados seguidos por dos números; el primero es el número de sus municipios en los que se eligió alcalde, mientras que el segundo es el de las alcaldías obtenidas por candidatos del PSUV: Anzoátegui, 21, 18; Apure, 6, 6; Aragua, 18, 17; Barinas, 12, 11; Bolívar, 11, 8; Carabobo, 13, 11; Cojedes, 9, 7; Delta Amacuro, 4, 3; Falcón, 25, 22; Guárico, 15, 12; Lara, 9, 8; Mérida, 23, 18; Miranda, 20, 15; Monagas, 13, 12; Nueva Esparta, 11, 6; Portuguesa, 14, 14; Sucre, 15, 15; Táchira, 29, 16; Trujillo, 19, 16; Vargas, 1, 1; Yaracuy, 12, 12; Zulia, 19, 13.
Por ejemplo, que esta vez, al perder el gobierno tres gobernaciones adicionales y Caracas, se ha llegado al status que esta publicación predijo y postuló como importante: “Será la interpretación que por su cuenta elabore el enjambre ciudadano lo que será decisivo. Por los vientos que soplan, es razonablemente probable que la conclusión a la que llegará el 70% de la población que no es chavista será que el gobierno habrá visto reducirse su dominación el 23 de noviembre de 2008. Esto será suficiente, por ahora”. El ciudadano promedio en Venezuela ha leído los resultados así: que el gobierno—el presidente Chávez—ha perdido terreno, a pesar de haberse esforzado muchísimo y en característico y multidimensional abuso.
Pero esto, como hemos visto, ha sucedido en la cota de los estados; a nivel de los municipios se produjo lo contrario. Dicho de otro modo: Si Chávez tenía en contra desde 2004 a dos gobernadores entre veinticuatro (8%, incluida la Alcaldía Metropolitana de Caracas), y ahora tiene seis entre veintitrés (26%), Salas Feo tendría en contra al 85% de los municipios de su estado, Capriles Radonsky al 75%, Morel Rodríguez al 55%, Pérez Vivas al 55% y Pablo Pérez al 68%. Mientras un poco más de la cuarta parte de las gobernaciones son ahora de oposición, sólo un poco menos de la quinta parte de las alcaldías serán ejercidas por opositores. Es como si la oposición a Chávez quisiera expresarse preferentemente a través de gobernadores, o fuera su expresión más difícil mediante los alcaldes.
Y el ciudadano opositor típico en las circunscripciones perdidas por el PSUV, a pesar de que se quejara de la contaminación de las elecciones locales desde el nivel nacional, se alegra menos porque cree que su estado o municipio tienen ahora un gobernante idóneo que porque Chávez ha sufrido un nuevo retroceso.
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Hay varias cosas muy buenas de las elecciones del 23 de noviembre, las más de ellas ya expuestas por los mejores analistas del país y notadas independientemente por los propios ciudadanos, pues los hechos han hablado, en gran medida, por sí mismos. Tal vez sea la mejor de todas el refuerzo a la línea de la participación electoral como procedimiento eficaz, junto con un crecimiento en la confianza sobre nuestro sistema electoral. Lejos han quedado los tiempos en los que un amplio conglomerado de ciudadanos antichavistas denostaba de Smartmatic y de los jóvenes venezolanos que habían creado en ella una compañía de clase mundial en su ramo. Ya no parece tener cabida el otrora acostumbrado grito de fraude, ni obtendrán atención los ingenieros o estadígrafos que empleen oscuros teoremas para “demostrar” que lo ha habido desde al menos 2004. Al haber registrado dos veces en sucesión una derrota y una pérdida de terreno de Chávez, el Consejo Nacional Electoral ha visto mejorar su reputación. Hasta los antichavistas más radicales—Antonio Sánchez García, por caso—celebran los logros de la oposición en los términos proclamados por el Consejo Nacional Electoral sin discutirlos demasiado.
Obviamente, y una vez más, esta conducta seria de la máxima autoridad electoral se limita al acto de las elecciones. No hay duda de que durante el período de campaña la mayoría de sus rectores actúa en plan de alcahuete del Presidente de la República. A pesar de los dignos y valientes esfuerzos de Vicente Díaz—un miembro del Grupo La Colina cuya autoridad moral se deriva de su recta sensatez y su rechazo al obstruccionismo—el Consejo Nacional Electoral cohonestó los descarados abusos de Hugo Chávez, con la excusa de que este ciudadano no sólo es el jefe del Ejecutivo Nacional, sino mandamás de un cierto partido político. También formó parte de la gavilla de instituciones que sostuvieron las inhabilitaciones inconstitucionalmente impuestas por el contralor Russián, a quien apoyara la mayoría de la Sala Constitucional mediante la amputación falaz del sentido del Artículo 42 de la Constitución, en su infame Decisión 1.265 del 5 de agosto de este año.
Pero quienes, dentro de la oposición, proclamaron hasta el cansancio que no había destino en el camino electoral y proponían métodos non sanctos para salir de Hugo Chávez, también han sufrido, como él, su segunda derrota en fila.
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El próximo gran hito político del país, apartando elecciones locales complementarias en 2009, es sin duda la elección de una nueva Asamblea Nacional a fines de 2010. Dos años, pues, median entre hoy y esa oportunidad para emplearlos en la conquista de una mayoría de escaños parlamentarios por candidatos que porten y encarnen un paradigma de política clínica que supere al paradigma clásico, signado por la dicotomía izquierda-derecha y la práctica de una política de lucha y poder. Esta tarea es doble: de aprendizaje del paradigma nuevo, de diseño y operación de un nuevo esquema para la organización del esfuerzo.
Pero dado que hay tiempo para trabajar en ese inmenso compromiso, conviene aplicar este amanecer político en una serena e intensa deliberación. Stop the world, como dice la canción, ahora que se ha frenado significativamente el ímpetu absolutista presidencial, ahora que se ha merecido una cierta calma, para pensar y decidir la construcción de nuevos cauces políticos, de cauces no convencionales.
A este fin debe evitarse, intencionalmente, la bajadita de los simplismos superficiales y automáticos. Hay clichés estratégicos—como aquel de que ”hay que calentar la calle”—que se aceptan de un sólo envión sin mayor análisis. Por ejemplo el siguiente teorema, aparentemente impepinable: “No hay democracia sin partidos; por tanto, si queremos tenerla, es preciso fortalecerlos”. Si por partidos se entiende organizaciones políticas, entonces está bien, porque ya no sólo la democracia, sino cualquier forma de política se hace sólo a través de la organización. (Incluso puede decirse que la organización es más agudamente necesaria cuando no hay democracia, como demostrara tan contundentemente la Solidaridad de Lech Walesa en Polonia o el Congreso Nacional Africano de Nelson Mandela o el Nacional Indio de Mohandas Karamchand Gandhi). Pero deducir de aquella premisa que se trata de fortalecer estos partidos, los existentes y actuantes, siendo lo que son y estando como están, ya no es procedimiento lógica o políticamente válido. El asunto exige ser acometido seria y responsablemente en la más desapasionada y honesta de las discusiones.
El foco actual, en verdad, debe ponerse de una vez en las elecciones de Asamblea Nacional, aunque también haya que atender la cotidianidad y esforzarse en una frecuente contención de los amagos y designios de Hugo Chávez. En notas compuestas el 5 de noviembre, el suscrito se atrevía a decir: “Si se hace las cosas bien, será posible presentar al país una nueva y competente camada de políticos, muy diferente a la actual, y lograr una mayoría en la Asamblea Nacional. A partir de ese momento, ya no más leyes habilitantes, ya no más autorizaciones a viajes presidenciales al exterior de duración superior a cinco días, ya no más aprobación automática de opacos presupuestos. En cambio, la potestad real de verdadera fiscalización y control del Ejecutivo Nacional, lo que ha estado ausente desde la época del Plan Bolívar 2000”.
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En una carpeta aparte, sin embargo, deberá prepararse lo relativo a una eventualidad cuya probabilidad, aunque no muy grande, es mayor que cero y produciría un gran impacto político. Los resultados del 23 de noviembre de 2008, superpuestos a los del 2 de diciembre de 2007, han perforado la armadura del chavismo; si a esto se añade la grave coyuntura económica mundial, a cuyos efectos Venezuela no podrá escapar, pudiera darse un proceso de deterioro y deslegitimación de Chávez, y en tal caso la renuncia de éste a su comando surgiría como opción, que es la que Chávez adopta cuando se halla contra la pared. (El 4 de febrero de 1992, el 11 de abril de 2002. Observación reiterada de Luis Alberto Machado).
Una dinámica de esa clase, por tanto, pudiera conducir a la falta absoluta del Presidente de la República, y si ella se produjere antes de enero de 2011 el país tendría, según la Constitución (Artículo 233), que elegir un nuevo presidente en el lapso de un mes.
Convendría entonces que los electores ya hubieran conocido suficientemente, para ese momento, unas cuantas caras políticas frescas, entre las que pudiera estar la del sucesor de Chávez en esas circunstancias. Quienes todavía pueden asignar recursos financieros y comunicacionales a los emprendimientos políticos personalizados, debieran considerar la facilitación de esos surgimientos.
Incluso si llegare a ocurrir que un nuevo referéndum revocatorio pareciera tanto viable como probablemente exitoso, sería más que aconsejable la identificación y exposición de posibles sucesores. Aquí se recordó el pasado 30 de octubre: “Cuando ya una mayoría nacional rechazaba a Carlos Andrés Pérez en 1991, se detectaba igualmente la negativa a su sustitución porque se ignoraba quién podía sucederlo”.
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por Luis Enrique Alcalá | Nov 20, 2008 | Cartas, Política |

Aunque las candidaturas auspiciadas por Hugo Chávez triunfen en todas las alcaldías del país, aunque veintitrés gobernadores electos sean los que él quiso, aunque absolutamente todo cargo electivo a determinar el próximo domingo 23 de noviembre quedase en manos de algún partidario suyo, de estos hechos no se desprende que él queda libre para promulgar que se reelegirá indefinidamente. Primero, porque ya esa posibilidad fue negada el pasado 2 de diciembre, cuando una mayoría expresa del Poder Constituyente Originario negó tal pretensión; segundo, porque eso no es lo que se estará preguntando el próximo domingo. Ni de una totalidad de triunfos en los estados y municipios puede sacarse conclusiones sobre asuntos de exclusivo dominio nacional.
Y es que si a ver vamos, tampoco tendrá que ver él con las elecciones presidenciales de 2012, pues el Artículo 230 de la Constitución no deja lugar a dudas: “El período presidencial es de seis años. El Presidente o Presidenta de la República puede ser reelegido, de inmediato y por una sola vez, para un período adicional”. A Chávez le quedan, en el caso más favorable para él, las dos terceras partes de su último período a cargo del Poder Ejecutivo Nacional.
Así que una cosa es que el Presidente haya sostenido que los inminentes comicios lo elegirían a él en cada circunscripción y otra muy distinta que la mayoría del país haya aceptado esa tesis. Sólo 30% de la población del país le apoya. No todo el resto lo ataca, pero 70% del país no ha sido convencido por su abrumadora y abusiva prédica.
En este último sentido, la revolución de Chávez es un fracaso. Después de casi diez años de dominación avasallante y los recursos que ha manejado, con dominio de todas las instituciones del poder nacional, sin oposición competente, que no haya podido convencer a más del 30% de las conciencias ciudadanas es un fracaso, y es lo que en el fondo no permitirá que el proyecto de Chávez alcance la plenitud.
Los resultados límite dibujados al comienzo son hipotéticos, obviamente. Algunas alcaldías y algunas gobernaciones no irán a los candidatos de Chávez. Una alcaldía más es un progreso, una gobernación más es un progreso. Aun la preservación de lo que ahora no está bajo el control de Chávez en manos opositoras no es peor que la situación vivida en los estados y municipios desde 2004, cuando el 30 de octubre de ese año quedó determinada la existente distribución de poder regional y local.
Esta publicación lamenta no poder predecir los resultados del domingo, ni siquiera en términos gruesos; la incertidumbre es grande: diferentes encuestadoras están midiendo cosas distintas, aunque la tendencia promedio es la de recomendar sobriedad al abigarrado frente opositor. A su juicio, no parece prudente esperar resultados extraordinariamente exitosos para las candidaturas opositoras. De hecho, hemos escuchado lecturas muy pesimistas en el habitualmente acertado Grupo La Colina, uno de cuyos miembros dijo esta semana que quizás la oposición pudiera alzarse sólo con la gobernación de Nueva Esparta. (En particular, expuso que en Carabobo, Sucre y Zulia parece haber surtido efecto la estrategia de agresiva polarización nacional seguida por Miraflores, y que las candidaturas del PSUV en esos estados no estarían claramente derrotadas, como muchos piensan). Si esta sombría interpretación llegare a materializarse, no sería nada positivo que se desempolvara la excusa del fraude como explicación de una buena cantidad de fracasos, sobre todo después de que al comenzar esta semana las auditorías del sistema de votación resultaran ser aceptables para los partidos de oposición que concurren a estas elecciones. (Reporta El Universal: “Satisfechos quedaron… los técnicos de 30 partidos políticos que acudieron a la auditoría de predespacho de las máquinas de votación que serán usadas en los comicios del próximo 23 de noviembre… Sobre las auditorías practicadas, el representante de Acción Democrática, Félix Arroyo, declaró: ‘Después de haber hecho varias auditorías, de la revisión de los códigos fuente de todos los programas, de máquinas de votación, de las captahuellas y que todo ha sido revisado, podemos decir que estamos satisfechos’. Añadió que el electorado puede estar tranquilo de que todo está funcionando como debe ser y ‘que estas elecciones van a ser bien transparentes’.”)
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El caso del estado Zulia es de antología. Siendo, como es, el principal bastión opositor en términos de poder concreto, su pérdida ejercería efectos deprimentes. Puesto a escoger entre mantener bajo su control la veintena de gobernaciones actuales—Sucre salió del redil, como Guárico—o tener quince con tal de que una de ellas fuera la del Zulia, probablemente Chávez preferiría la segunda posibilidad. De allí que contra Manuel Rosales hayan ido sus andanadas más feroces. Pablo Pérez, a pesar de ser el candidato a gobernador opuesto a Giancarlo DiMartino (el candidato de Chávez), viene a ser una figura secundaria, entendido como hombre de Rosales, cuyo desprestigio le afectaría. (Pablo Pérez es a Manuel Rosales como Emilio Graterón es a Leopoldo López).
Fue precisamente ayer cuando el diputado Mario Isea llevó a la Asamblea Nacional lo que dijo eran pruebas de presunto enriquecimiento ilícito de Manuel Rosales. Afirmó que el actual gobernador del Zulia y candidato a la Alcaldía de Maracaibo (cargo que ya ejerció entre 1996 y 2000) era el dueño de dos casas en Miami (con títulos de propiedad a nombre de su secretaria privada, Maritza Bastidas), y socio de Tobías Carrero y Luis Miquilena en empresas de seguros, y del primero (nuevamente por la persona interpuesta de Bastidas) en compañías constituidas en los Estados Unidos (RT International Group y Agropecuaria La Milagrosa). Isea se dio el lujo de aconsejar, con aires de magnánimo desinterés y en referencia a Rosales, a la dirigencia opositora: “Este señor no es un político sino un pillo. Ésta es una red de delincuencia internacional. Por eso le hago un llamado a Henry Ramos Allup, a Julio Borges y a toda la oposición para que no pongan en manos de un hombre de esta calaña sus ideas políticas y sus partidos”.
Resulta naturalmente sospechosa la oportunidad de estas acusaciones, cuatro días antes de las elecciones, cuando Rosales, que no ha atendido convocatoria de la Asamblea Nacional para su interpelación, ya no tiene tiempo para defenderse adecuadamente. (En Estados Unidos se denomina “sorpresa de octubre” a los escándalos destapados a última hora, días antes de sus elecciones, que ocurren a comienzos de noviembre. Es técnica conocida de guerra sucia, como pretendió que le rindiera resultados John McCain en su afán de vencer a Barack Obama). El propio Chávez se refirió ayer, una vez más, a Rosales, de quien dijo conocer que hacía planes para ausentarse del país. La trama no puede estar más estudiada y coordinada.
Pero el asunto, independientemente de su veracidad, hace algún daño a corto plazo a la candidatura de Rosales y, por extensión, a la de Pérez. Si los temores del Grupo La Colina respecto del Zulia son fundados, un ataque final como el desatado ayer pudiera ser mortal.
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De modo que la cosa no es fácil el domingo para las opciones de oposición. Las elecciones de ámbito regional y local no son de las que conciten gran participación electoral. La abstención esperada es considerable (entre 40% y 50%), y la maquinaria de movilización del PSUV es poderosa y bien dotada de recursos. (Se estima en un millón de bolívares fuertes su gasto promedio de movilización por cada estado para el día de las elecciones). De aquí que las organizaciones de oposición deberán hacer esfuerzos heroicos para llevar sus votantes a las urnas.
A pesar de expectativas tan limitadas, es posible suponer que otros factores permitirían un mejor desempeño de la oposición. La semana pasada se escribió acá: “Al final de la jornada, por supuesto, no será lo importante la interpretación que ofrezcan de los resultados los líderes políticos de cada tienda, ni siquiera la que adelanten competentes comentaristas o encuestadoras. Será la interpretación que por su cuenta elabore el enjambre ciudadano lo que será decisivo. Por los vientos que soplan, es razonablemente probable que la conclusión a la que llegará el 70% de la población que no es chavista será que el gobierno habrá visto reducirse su dominación el 23 de noviembre de 2008. Esto será suficiente, por ahora”.
Es el mismo enjambre que produjo los resultados del 2 de diciembre pasado. Por supuesto, el proyecto Chávez ha aprendido la lección, y sabe que en 2007 fue derrotado, principalmente, por la abstención de sus propios partidarios habituales. Para más de uno de los opositores a Chávez, ese enjambre no sería digno, y lo piensa como mal educado o mal informado. Pero es ese mismo pueblo quien rumiara el año pasado sus impresiones acerca de lo que estaba en juego, y fue a votar en número suficiente para derrotar la pretensión de alterar radicalmente la Constitución, en la que el oficialismo había puesto tanta esperanza y apostado tantos recursos como ahora. Si algo demostró el 2 de diciembre de 2007, más allá del exitoso esfuerzo de sus más notorios protagonistas—los estudiantes, el general Baduel, la mayoría de los partidos de oposición, etcétera—es que el pueblo venezolano es más inteligente de lo que muchos de sus dirigentes presumen.
Así, pues, con que tan sólo cuatro gobernaciones queden fuera del control del gobierno, y cerca de un centenar o un poco más de las 326 alcaldías en juego también se le escapen, podrá sostenerse “que el gobierno habrá visto reducirse su dominación el 23 de noviembre de 2008”. (De hecho, luce probable que en términos porcentuales el avance opositor sea mayor en el ámbito municipal que en el estadal).
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Como Hugo Chávez escogió plebiscitarse el domingo 23 de noviembre, al postular que el candidato oficialista en Carabobo no es tanto Mario Silva como él mismo, que en el Municipio Sucre no es Jesse Chacón sino él mismo, y como no hubo, en apreciación de más de un analista, una contrafigura que se le opusiera frontalmente, sino una tropa de candidatos locales a los 603 cargos en disputa, el próximo domingo dictaminará si esa estrategia fue políticamente correcta. Si el oficialismo puede presentar a posteriori un caso convincente de haber triunfado, podrá colegirse que verdaderamente hizo falta la contrafigura.
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por Luis Enrique Alcalá | Nov 13, 2008 | Cartas, Política |

Anteayer se obtuvo permiso de Eduardo Fernández, Presidente del Instituto Internacional de Formación Arístides Calvani, para reseñar acá lo esencial de lo que, en ese momento, todavía transcurría en su Salón Ávila. Había expuesto Saúl Cabrera, por Consultores 21, en una reunión privada convocada por el instituto, lo que considerando a sus clientes podía decirnos del próximo 23 de noviembre, dentro de diez días. Ayer, sin embargo, el diario El Universal publicó una nota bastante completa sobre el evento, de modo que lo que aquí se contará ya no es, técnicamente, una infidencia.
Consultores 21 es una evolución de la antigua Conciencia 21, una organización analítica de la periferia de COPEI que por muchos años condujera Alfredo Keller, quien se separó del grupo para fundar su propia encuestadora. Cabrera explicó que la firma de la que es socio y director había optado por comparar las condiciones de hoy con las pre-electorales de 2004, la última vez que hubo unas elecciones como las que ocurrirán el venidero 23 de noviembre. El cotejo reveló movimientos interesantes.
Por ejemplo: poco antes de las elecciones del 30 de octubre de 2004, 59% de los encuestados reportaba que su situación personal era buena, y 71% creía que su situación mejoraría. A estas alturas de 2008, un 55% tiene su situación por buena y 62% piensa que su situación será mejor.
En 2004, 55% pensaba que era buena la situación del país; 63% creía que ésta mejoraría. Ahora, sólo un poco menos de la mitad del país (48%) opina que la situación del país es buena y 55% que mejorará.
Para 2004, los dos problemas percibidos como más importantes, cada uno con 25%, eran la situación política general y la situación económica general; seguían el desempleo con 21%, la inseguridad con 17%, la corrupción con 1%. A fines de 2008, la inseguridad es el problema más importante para el 44% de los entrevistados; el 20% reporta la situación política, 13% la situación económica y 9% el desempleo. Ya la corrupción es señalada como el problema principal en el 6% de las entrevistas. (Si una de las teorías favoritas del gobierno—que la delincuencia es producto directo de la pobreza—fuera exacta, ese salto en la percepción de inseguridad de 17% a 44% tendría que significar que este gobierno ha dejado que la pobreza aumente).
La gestión del presidente Chávez era considerada buena o muy buena por el 49% de la muestra en 2004; a estas fechas esa opinión ha descendido a 38,5%. Hace cuatro años 60% de los encuestados creía que el Presidente era capaz de resolver los problemas; sólo 47% sustenta ahora esa impresión. En 2004 decía tenerle confianza el 53%; en 2008 esa confianza ha disminuido a 42%. Ha bajado el porcentaje (40%) que en 2004 opinaba que el liderazgo de Chávez era suficiente; ahora piensa así solamente un 29%. De 58% que creía en 2004 que se requería un nuevo liderazgo, se ha llegado a 68% que quisiera ver nuevos líderes.
No hay cambio apreciable en la disposición a votar de los electores consultados; hoy, y hace cuatro años, un poco menos de 60% dice que irá a votar.
Cabrera estima como probables gobernaciones que irían a candidatos no oficialistas las de Zulia, Nueva Esparta, Carabobo, Miranda, Táchira, Yaracuy y Sucre. Despegados del gobierno—”renegados˝—triunfarían en Guárico, Barinas, Portuguesa y Trujillo. El caso de Lara, sin estar en este último grupo, pude tenerse como en gran medida independiente de los designios del presidente Chávez.
Como otros analistas, Saúl Cabrera prevé que una cuenta nacional de los votos a favor de los candidatos no oficialistas será muy fuerte y sustanciosa.
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La presentación descrita fue precedida, no obstante, por unas palabras de apertura de Eduardo Fernández, el anfitrión. Son los rasgos resaltantes de esta campaña, dijo, el descarado y atropellante ventajismo electoral del gobierno nacional, las amenazas de guerra proferidas por el Presidente y las candidaturas inhabilitadas, y señaló que respecto de esto último faltó respuesta de la oposición.
Más allá de esta descripción, y antes, se refirió a la significación de las elecciones del 23 de noviembre. En orden inverso, al estilo parlamentario: destacó lo que esas elecciones representan para la calidad de vida de la gente que, a fin de cuentas, quiere toda el vivir bien aristotélico. Resaltó asimismo cómo son esas elecciones una más de las batallas entre la descentralización y el centralismo. Y resaltó mucho que estas elecciones pudieran ser una ratificación de los resultados del pasado 2 de diciembre, cuando una mayoría rechazó el despótico proyecto de reforma constitucional propuesto por el Presidente y la Asamblea Nacional.
Si uno se atiene a la consideración de esos tres significados, tiene sobreabundancia de razones para ir a votar. Esa triple y profunda significación constituye la razón para hacerse presente en la votación.
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Pero llegó a manos de doctorpolítico, por los caminos verdes de la correspondencia electrónica, un espectacular ejercicio de Datanálisis, un tour de force resumido en 63 láminas, que llevan por título “Escenarios Políticos 2009-2010”. (Datanálisis ha completado también un estudio compañero: “Escenarios Económicos: 2009-2010”).
Por acá pensamos que ese análisis valía la pena, y que contenía mucho valor agregado para la interpretación de la coyuntura y sus principales cauces de desagüe, cada uno con su propia dinámica. En consecuencia, se llamó a Datanálisis para obtener su autorización para referirse a ese su estudio, lo que se logró por amable gracia de sus autoridades. (Naturalmente, esta publicación prometió no abusar; que no pretendería siquiera mostrar un tráiler de la película. Tan sólo pescar una que otra de sus perlas; ya sabe doctorpolítico que se puede adquirir el estudio todo, que incluye un texto más completo y detallado, el que explica y enhebra la escueta información mostrada en las láminas, llamando a la empresa para pedir la ayuda de Rosario Gayol).
Tres son los escenarios considerados por Datanálisis para los resultados posibles del 23 de noviembre. En el escenario “Vienen por mí”, el oficialismo obtiene el 47,3% de los votos en suma nacional; los candidatos no oficialistas el 52, 7%, desdoblado en 44,1% para candidatos de partidos de oposición y 8,6% para candidatos disidentes del chavismo. Esta posibilidad rendiría ocho gobernaciones a la oposición: Carabobo, Cojedes, Miranda, Nueva Esparta, Sucre, Táchira, Yaracuy y Zulia. Otras tres gobernaciones no podrían ser controladas por el gobierno: Barinas, Guárico y Portuguesa, que quedarían en manos de candidatos disidentes. Es tal escenario, al educado criterio de Datanálisis, lo mejor que puede pasarle a quienes no apoyan a Chávez.
En escenario moderado, “Sin prisa y sin pausa”, se mantiene las tres gobernaciones disidentes pero las candidaturas de oposición no logran triunfar en Miranda y Yaracuy. En esta posibilidad, los no oficialistas suman nacionalmente una votación de 40,5%. (Oposición, 31,9%; disidencia, 8,6%). Los candidatos oficialistas alcanzarían casi 60% de los votos emitidos en todo el país. (59,6%).
Finalmente, una votación total de 69,6% para los candidatos gobiernistas dejaría un total de 30,4% para los no oficialistas (24,6% de oposición, 5,8% de disidentes), y conduciría al escenario de “Profundización de la revolución”. El gobierno tendría una base-pretexto suficiente para acelerar el tránsito de la ruta que se ha marcado. En este caso, sólo habría dos gobernadores disidentes (Barinas, Portuguesa) y una mezcla de sólo cinco gobernaciones en cabezas opositoras: Carabobo, Cojedes, Miranda, Nueva Esparta y Sucre. El escenario, de forma explicada en el informe completo, incluye el triunfo del gobierno en Zulia y, paradójicamente, la resurrección de la oposición (respecto del escenario intermedio) en Miranda.
Naturalmente, el ingreso del río del proceso en alguno de estos cauces disponibles depende de muchos factores. En conversación telefónica, el Dr. José Antonio Gil Yepes, Presidente de Datanálisis, explicó que si la oposición quiere lograr el escenario “más abierto” (Vienen por mí) deberá trabajar con denuedo en llevar los electores a votar, vigilar la cuenta de los votos y defenderlos. Una vez hecho eso, debe presentar la factura del triunfo; esto es, debe comunicarlo eficazmente, pues aquí el presidente Chávez ofrecería una vez más la interpretación de victoria pírrica o consistente en materia fecal. Por último, lo que a la larga importa más, administrar en beneficio de la gente, en los territorios estadales y locales ganados, las autoridades obtenidas.
Más allá de estas elecciones, un dato importante y reiterado determina la tarea política a mediano plazo. (Gil Yepes lo considera el dato fundamental, por el que las cuentas no le cuadran bien al gobierno). Sobre una base de 1.299 entrevistas, Datanálisis encuentra que 30,3% de esa muestra se define como pro gobierno, chavista u oficialista, y 19,2% como de la oposición o antichavista. La otra mitad de la torta está compuesta por 7,6% de quienes dicen no saber o prefieren no contestar la pregunta de ubicación política ¡y 42,9% de gente que está en el medio o no es de ninguno de los dos bandos! (Es muy interesante la presencia de este gran grupo en los varios rangos socioeconómicos. Es menor en la clase A/B, donde sólo 24,1% se aleja de los polos. En ese estrato, 55,2 % es antichavista y 17, 2% es chavista. Al otro extremo, en el estrato E, 38,2% apoya al gobierno y 13,1% lo rechaza; una grande porción de 40,2% no se identifica con ninguno de los bandos o se estima equidistante. Pero en las clases C y D crece este último grupo: es de 46,8% en la C y de 47,7% en la D).
Una y otra vez, se manifiesta un enorme segmento del mercado, casi una mitad que supera por trece puntos al que le sigue (el gobiernista) y permanece a la espera de un mensaje político fresco, que venga de actores con la misma cualidad.
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En un sistema político menos enfermo que el nuestro, las elecciones del 23 de noviembre se dirimirían localmente. Es el Presidente de la República quien ha empacado el asunto con envoltorio nacional, ante la alcahuetería del Consejo Nacional Electoral (su mayoría), que no logra encontrar nada censurable en su sectaria y ventajista intervención. Hay un sentido, pues, en el que la línea opositora debiera ser contraria, como en la práctica lo ha sido: se trata de asuntos estadales y locales. Cada ciudadano debiera preocuparse, tan sólo, de su municipio y su estado (en Caracas, también de la estructura metropolitana).
Vista la cosa de ese modo, quien escribe no tiene derecho a entrometerse en el proceso electoral del Municipio Salias, puesto que habita en el Municipio Sucre, y tampoco, dado que es residente del estado Miranda, en la discusión por la gobernación de Anzoátegui. (Por más tentador que sea atender el más gustoso de los chismes recientes: que Tarek William Saab, gobernador de la entidad, habría recibido en una de sus cuentas bancarias, según un ex canciller de Chávez, Luis Alfonso Dávila, un depósito por Bs. F 350.000, proveniente de una empresa contratista del estado).
Y si uno tuviera que aconsejar el voto de cualquier ciudadano con responsabilidad, debiera decirle que el criterio principal para decidir su voto no es otro que el de la buena vida aristotélica recordada por Eduardo Fernández, a la que tiene derecho. Tendría que dilucidar quiénes, entre los candidatos por los que puede votar, garantizarían mejor un buen gobierno para su propia comunidad. (No tendría autoridad moral nadie, ni del gobierno ni de la oposición, para venderle algún candidato que probablemente sea un pésimo gobernante).
Pero también debiera decírsele que, en igualdad de condiciones, si cree que los candidatos de ambos bandos pueden conducir los asuntos estadales o municipales con idoneidad, entonces debiera votar a favor del no oficialista, porque un concejal más para el gobierno refuerza sus posibilidades de extender su dominación, a todas luces abusiva y perniciosa en saldo neto. Entre otras cosas porque, como apuntara Fernández, un gobernador, un alcalde, o unos concejales que no respondieran a directrices del gobierno, serían mejor defensa de la descentralización del poder, cosa necesaria.
Sobre todo, habría que decirle que no deje de emitir su voto, que no se abstenga.
Al final de la jornada, por supuesto, no será lo importante la interpretación que ofrezcan de los resultados los líderes políticos de cada tienda, ni siquiera la que adelanten competentes comentaristas o encuestadoras. Será la interpretación que por su cuenta elabore el enjambre ciudadano lo que será decisivo. Por los vientos que soplan, es razonablemente probable que la conclusión a la que llegará el 70% de la población que no es chavista será que el gobierno habrá visto reducirse su dominación el 23 de noviembre de 2008. Esto será suficiente, por ahora.
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por Luis Enrique Alcalá | Nov 6, 2008 | Cartas, Política |

Mientras todavía las colas de votantes no habían cesado en los Estados Unidos, discutí, atónito y amargamente decepcionado, con un venerado historiador venezolano, antaño izquierdista, que postuló como rasgo definitorio de la época el peligro de “la amenaza islámica” y consagró, como obra maestra de sabiduría política, la ocupación estadounidense de los territorios iraquíes. Argumentó que las torturas en Abu Ghraib y Guantánamo, las mentiras del gobierno de Washington, las decenas de miles de muertos, los millones de desplazados, eran sólo detalles, minucias que la historia futura olvidaría para retener lo que a su juicio era lo esencial: que los Estados Unidos habían sabido crear en Irak un foco para el control del mundo árabe.
Pero ayer un ingente proceso pacífico, civil y civilizado, fue mucho más histórico que la horrorosa guerra que George W. Bush y Dick Cheney desataron para saciar sus prejuicios y conveniencias. La elección de Barack Obama como Presidente de los Estados Unidos es ya, a un día escaso de haberse producido, históricamente mucho más trascendente que aquel desatino.
Los documentos históricos de los Estados Unidos conceden pedestal privilegiado a algunos entre sus discursos: el Farewell Address de George Washington; el de Abraham Lincoln en Gettysburg—that government of the people, by the people, for the people, shall not perish from the earth—; el inaugural de John F. Kennedy—Ask not what your country can do for you; ask what you can do for your country—y su discurso berlinés cuando un vergonzoso muro aún dividía la capital de los alemanes: Ich bin ein Berliner. El discurso que Barack Obama pronunciara antenoche, en el parque que Chicago dedicara a Ulises Grant, será igualmente canonizado.
Algunos concursantes tropicales por el papel de héroes pudieran medirse por la nobleza de su contenido, para desterrar de sus alocuciones la mezquindad y el resentimiento. Obama asumió el compromiso de gobernar también para aquellos cuyo voto, según sus palabras, debía “todavía merecer”, pues si no tuvo su apoyo escucha sus voces, y recordó dos veces al primer presidente republicano, el gran Lincoln, que como él salió del estado de Illinois, en mención genuinamente admirada de su partido, opuesto al suyo propio, y antes con la cita de su imperecedera definición de democracia.
Ante este portento de elocuencia, esta carta hace metamorfosis y hoy se transforma en ficha: reproduce su versión castellana del memorable discurso de Obama en la noche del 4 de noviembre. Hoy, persuadida de la perennidad de esa oración, la pluma de doctorpolítico descansa.
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Hola, Chicago.
Si queda alguien que todavía dude de que los Estados Unidos son un lugar donde todas las cosas son posibles, que todavía se pregunte si el sueño de nuestros fundadores vive en nuestro tiempo, que aún cuestione la fuerza de nuestra democracia, esta noche es su respuesta.
Es la repuesta ofrecida por las colas que se estiraban alrededor de las escuelas y las iglesias, en cantidades nunca vistas en esta nación, con gente que esperó tres y cuatro horas, muchos por la primera vez en sus vidas, porque creyeron que esta vez debía ser diferente, que sus voces podían ser esa diferencia.
Es la respuesta buscada por jóvenes y viejos, ricos y pobres, demócratas y republicanos, negros, blancos, hispánicos, asiáticos, nativos, homosexuales, heterosexuales, impedidos y no impedidos. Estadounidenses que enviaron al mundo el mensaje de que nunca hemos sido una mera colección de individuos, o una colección de estados rojos y estados azules.
Somos, y siempre seremos, los Estados Unidos de Norteamérica.
Es la respuesta que guió a todos aquellos a los que se dijo por mucho tiempo que debían ser cínicos, temerosos y dubitativos sobre lo que podemos lograr, para poner sus manos en el arco de la historia y tensarlo una vez más hacia la esperanza de un mejor día.
Tardó un largo tiempo en llegar, pero esta noche, por lo que hicimos en esta fecha, en esta elección, en este momento de definición, el cambio ha llegado a los Estados Unidos.
Esta noche, un poco más temprano, recibí una llamada extraordinariamente amable del senador McCain.
El senador McCain peleó larga y duramente en esta campaña. Y él ha peleado aun más larga y duramente por el país que ama. Ha soportado sacrificios por los Estados Unidos que la mayoría de nosotros no atina a imaginar. Estamos mejor por el servicio prestado por este valiente y desprendido líder.
Le felicito; felicito a la gobernadora Sarah Palin por todo lo que ellos han logrado. Espero trabajar con ellos para renovar la promesa de esta nación en los meses por venir.
Quiero agradecer a mi compañero en este viaje, un hombre que hizo campaña desde su corazón, y habló por los hombres y mujeres con los que creció en las calles de Scranton y viajó a casa en tren hasta Delaware, el Vicepresidente Electo de los Estados Unidos, Joe Biden.
Y no estaría parado aquí esta noche sin el tenaz apoyo de mi mejor amiga en los últimos dieciséis años, la roca de nuestra familia, el amor de mi vida, la próxima Primera Dama de la nación, Michelle Obama.
Sasha y Malia, las amo a las dos más de lo que pueden imaginar. Y ustedes se han ganado el nuevo cachorro que se mudará con nosotros a la nueva Casa Blanca.
Y aunque ya no está cono nosotros, sé que mi abuela nos está viendo, junto con la familia que me hizo lo que soy. La extraño esta noche. Sé que mi deuda con ella está más allá de toda medida.
A mi hermana Maya, a mi hermana Alma, a todos mis otros hermanos y hermanas, muchas gracias por el apoyo que me han dado. Les estoy agradecido.
Y a mi jefe de campaña, David Plouffe, el héroe no cantado de esta campaña, que construyó la mejor… la mejor campaña política, creo, en la historia de los Estados Unidos.
A mi estratega jefe, David Axelrod, que ha sido mi compañero en todo paso del camino. Al mejor equipo de campaña alguna vez ensamblado en la historia de la política; ustedes hicieron que esto sucediera y estaré por siempre agradecido por lo que han sacrificado para lograrlo.
Pero, sobre todo, nunca olvidaré que esta victoria les pertenece verdaderamente a ustedes. Les pertenece.
Nunca fui el candidato más probable para este cargo.
No comenzamos con mucho dinero o muchos avales.
Nuestra campaña no fue empollada en los salones de Washington. Comenzó en patios de Des Moines, las salas de Concord y los pórticos de Charleston.
Fue construida por trabajadores, hombres y mujeres, que excavaron en los pocos ahorros que tuvieran para dar cinco, y diez y veinte a la causa.
Adquirió fuerza de los jóvenes que rechazaron el mito de la apatía de su generación, que dejaron sus hogares y sus familias por empleos que ofrecían poca paga y menos sueño todavía.
Adquirió fuerza de los que no son tan jóvenes que aguantaron el amargo frío y el ardiente calor para tocar a las puertas de perfectos extraños, y de los millones de estadounidenses que se ofrecieron voluntariamente y demostraron que, después de más de dos siglos, un gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo no había perecido en la tierra.
Ésta es vuestra victoria.
Ustedes saben que no hicieron esto sólo para ganar una elección. Yo sé que no lo hicieron por mí.
Ustedes lo hicieron porque entienden la enormidad de la tarea que aguarda por delante. Porque incluso mientras celebramos esta noche, sabemos los desafíos que el mañana traerá: dos guerras, un planeta en peligro, la peor crisis financiera en un siglo.
Incluso estando aquí esta noche, sabemos que hay estadounidenses valientes que despiertan en los desiertos de Irak y las montañas de Afganistán para arriesgar sus vidas por nosotros.
Hay madres y padres que permanecen despiertos después de que sus niños se duermen y se preguntan cómo pagarán sus hipotecas y las facturas del médico, y cómo ahorrarán lo suficiente para la educación superior de sus hijos.
Hay nueva energía que aprovechar, nuevos empleos que crear, nuevas escuelas que construir, y amenazas que enfrentar y alianzas que reparar.
El camino que nos aguarda será largo. Nuestro ascenso empinado. Puede que no lleguemos allá en un año o incluso en un período. Pero, Estados Unidos, nunca he tenido más esperanza que esta noche en que llegaremos.
Se los prometo: nosotros como pueblo llegaremos.
Habrá retrocesos y comienzos en falso. Habrá muchos que no estarán de acuerdo con toda decisión o política que haga como presidente, y sabemos que el gobierno no puede resolver todo problema.
Pero siempre seré honesto con ustedes en cuanto a los retos que enfrentemos. Les escucharé, especialmente cuando estemos en desacuerdo. Y, sobre todo, les pediré sumarse a la labor de rehacer esta nación, de la única forma como se ha hecho en los Estados Unidos durante 221 años: cuadra a cuadra, ladrillo por ladrillo, mano encallecida tras mano encallecida.
Esta sola victoria no es el cambio que buscamos. Es sólo la oportunidad para que hagamos ese cambio. Y eso no puede ocurrir si regresamos a como eran las cosas.
No puede suceder sin ustedes, sin un nuevo espíritu de servicio, un nuevo espíritu de sacrificio.
Así, convoquemos un nuevo espíritu de patriotismo, de responsabilidad, con el que cada uno de nosotros se sume y trabaje más duro y cuide no sólo de sí mismo sino de cada uno de nosotros.
Recordemos que, si hay algo que esta crisis financiera nos ha enseñado, es que no podemos tener una próspera Wall Street mientras Main Street sufre.
En este país, surgimos o caemos como una sola nación, como un solo pueblo. Resistamos la tentación de retroceder al mismo sectarismo y pequeñez, a la misma inmadurez que ha envenenado nuestra política por tanto tiempo.
Recordemos que fue un hombre de este estado quien primero portara el estandarte del Partido Republicano a la Casa Blanca, un partido fundado sobre los valores de la confianza en uno mismo, la libertad individual y la unidad nacional.
Ésos son valores que todos compartimos. Y aunque el Partido Demócrata ha ganado esta noche una gran victoria, lo hacemos con una medida de humildad y la determinación de sanar las divisiones que han frenado nuestro progreso.
Como dijera Lincoln a una nación mucho más dividida que la nuestra, no somos enemigos sino amigos. Aun cuando la pasión puede habernos lesionado, no debe romper nuestros lazos de afecto.
A aquellos compatriotas cuyo apoyo debo todavía merecer, puede que esta noche no haya ganado sus votos, pero escucho sus voces. Necesito su ayuda, y también seré su presidente.
Y a aquellos que esta noche nos observan más allá de nuestras costas, desde parlamentos y palacios hasta aquellos que se agolpan alrededor de los radios en las esquinas olvidadas del mundo, nuestras historias son singulares pero nuestro destino es compartido, y una nueva aurora de liderazgo estadounidense está disponible.
A aquellos… a aquellos que romperían el mundo: los derrotaremos. A aquellos que buscan la paz y la seguridad: los apoyaremos. Y a aquellos que se han preguntado si el faro de los Estados Unidos aún resplandece: esta noche hemos demostrado una vez más que la verdadera fuerza de nuestra nación no viene del poder de nuestras armas o la magnitud de nuestra riqueza, sino de la potencia duradera de nuestros ideales: democracia, libertad, oportunidad y esperanza que no cede.
Es ése el verdadero genio de los Estados Unidos: que los Estados Unidos pueden cambiar. Lo que ya hemos logrado nos da esperanza en lo que podemos y debemos lograr mañana.
Esta elección sentó muchos precedentes, y tiene muchas historias que serán contadas por las generaciones. Pero una que tengo esta noche en mente es la de una mujer que depositó su voto en Atlanta. Ella se parece mucho a otros millones que hicieron sentir su voz en esta elección, excepto por una cosa: Ann Nixon Cooper tiene 106 años.
Nació sólo una generación después de la esclavitud: en un tiempo cuando no había automóviles en la carretera ni aeroplanos en el cielo, cuando alguien como ella estaba impedido de votar por dos razones: porque era mujer y por el color de su piel.
Esta noche pienso en todo lo que ella ha visto pasar durante un siglo en los Estados Unidos: el corazón dolorido y la esperanza, la lucha y el progreso, las veces que se dijo que no podíamos, y la gente que insistía en el credo estadounidense: sí podemos.
En un tiempo cuando las voces de las mujeres eran silenciadas y sus esperanzas despreciadas, ella vivió para verlas erguirse, y hablar y conseguir el derecho a votar. Sí podemos.
Cuando había desesperación en el polvo de las tazas y depresión en el país, ella vio a una nación vencer el miedo mismo con un Nuevo Trato, nuevos empleos, un nuevo sentido de propósito común. Sí podemos.
Cuando las bombas cayeron en nuestro puerto y la tiranía amenazaba al mundo, estuvo allí para ver una generación empinarse a la grandeza y salvar la democracia. Sí podemos.
Estuvo allí para los autobuses en Montgomery, las mangueras en Birmingham, un puente en Selma y un predicador de Atlanta que dijo a la gente: “Lo superaremos”. Sí podemos.
Un hombre descendió en la luna, un muro cayó en Berlín, un mundo fue conectado por nuestra propia ciencia y nuestra imaginación.
Y este año, en esta elección, tocó una pantalla con su dedo y depositó su voto, porque después de 106 años en los Estados Unidos, a través de los mejores tiempos y las horas más oscuras, ella sabe que los Estados Unidos pueden cambiar.
Sí podemos.
Estados Unidos: hemos llegado tan lejos. Hemos visto tanto. Pero queda mucho más por hacer. Así, preguntémonos esta noche: si nuestros hijos viviesen para ver el próximo siglo, si mis hijas tuvieran la suerte de vivir tanto como Ann Nixon Cooper, ¿qué cambio verían? ¿Qué progreso habríamos hecho?
Ésta es nuestra oportunidad de responder a ese llamado. Éste es nuestro momento.
Éste es nuestro tiempo, para poner de nuevo nuestra gente a trabajar y abrir puertas de oportunidad a nuestros hijos, para restaurar la prosperidad y promover la causa de la paz, para reclamar el sueño estadounidense y reafirmar la verdad fundamental: que a partir de muchos somos uno, que mientras respiremos tendremos esperanza. Y que cuando se nos confronte con cinismo y dudas, aquellos que nos dicen que no podemos, responderemos con el credo intemporal que resume el espíritu de un pueblo: sí podemos.
Gracias. Que Dios los bendiga. Y que Dios bendiga a los Estados Unidos de Norteamérica.
Barack Obama, Presidente Electo de los Estados Unidos
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