CS #309 – Retrato hablado

Cartas

El 24 de junio de 1998, cuando faltaba un poco más de cinco meses para la elección presidencial de ese año, un importante encuestador venezolano recomendó, a una reunión que concluyese ya por ese entonces que Henrique Salas Römer no podría ganarle a Hugo Chávez Frías, lo siguiente: “Debe darse espacio, recursos y promoción a una contrafigura de Chávez, aunque esa contrafigura no vaya a ser candidato”. Esto es, el experto proponía deslindar el trabajo de un posible presidente y el de alguien que pudiera darle un revolcón argumental a Chávez.

De ese consejo ha transcurrido, a estas alturas, más de una década, y el problema principal de la política venezolana continúa siendo estructuralmente el mismo. Un angloparlante diría: You can’t fight somebody with nobody. (No puedes combatir a Alguno con Ninguno). Quienes se han enfrentado a Chávez como cabeza de su oposición—Salas Römer, Arias Cárdenas, Carmona Estanga, Rosales Guerrero—no han podido con él; no sólo no pudieron parar a Chávez, sino que ni siquiera pudieron parársele.

Además de estos nombres, por supuesto, ha habido muchos otros que han pretendido ser, si no candidatos presidenciales (más de uno lo ha querido), al menos la contrafigura necesaria. Alfredo Peña, Guaicaipuro Lameda, Herman Escarrá, Miguel Henrique Otero, Alejandro Armas, todos antiguos colaboradores de Chávez, han ocupado importante espacio comunicacional en estos últimos años, pero ninguno ha tocado la fibra nacional para hacerla resonar a su favor en forma suficiente. De otros, que siempre han estado en la oposición, puede decirse exactamente lo mismo. Prácticamente cada uno de ellos comanda algún partido o, al menos, algún grupo de simpatizantes de sus teóricas candidaturas futuras.

Naturalmente, 2008 no es un año en el que se elija Presidente de la República; nuestro calendario político marca ahora, para el 23 de noviembre, la elección de gobernadores de estado y alcaldes. Pero más de un avezado analista percibe que no hay refutación de Chávez—más allá de la acusación ritual—mientras los numerosos candidatos se concentran, como es lógico, en la problemática local de las circunscripciones en las que aspiran a cargos electivos. Así, por ejemplo, el Grupo La Colina preparó en septiembre pasado una presentación en la que destacaba: “…la disminución de la resistencia que le hacen sus contendores en el ruedo del día a día, habida cuenta de la focalización de Partidos y Candidatos en lograr la nominación Unitaria”. Y también: “…la Oposición estuvo ausente del escenario político-social los pasados 6 meses. La discusión interna y la dificultad de la unidad tomaron tiempo y dejaron a Chávez con muy bajo costo político por los males que se desprendieron de su gestión y por la radicalización de acciones y discursos que él desarrolló. En pocas palabras, Chávez tuvo pocos contendores en los pasados meses”. A partir de este análisis, el Grupo La Colina recomienda: “Desarrollar y mantener una campaña comunicacional diferenciada del discurso de candidatos y con foco en Chávez. (Paraguas)”.

Esto es, que como no pertenece a la temática municipal de Brión en Miranda la visita de la flota rusa o la ayuda a Cristina Kirchner, entonces alguien que no sea candidato a estas elecciones debe asumir la vocería nacional contra el Presidente de la República y su discurso. (En sentido estricto, los colineros no abogan por un vocero único, aunque sí resaltan que la contrafigura de Chávez se llama Ninguno). También, como más de un candidato opositor fuera de los Estados Vaticanos de Chacao y Baruta debe apelar al “chavismo light” para tener posibilidades de triunfo, no debe pedírsele que emprenda un ataque antipresidencial.

La necesidad a la que se refieren estos análisis y varios otros—los de John Magdaleno, por ejemplo, que hace focus groups—recrece porque Chávez, que incurre en abuso de poder e ilegalidad al tomar parte muy directa en las campañas individuales de candidatos que le son afectos, introduce un envoltorio nacional para elecciones que de suyo son locales. Y si queda poco por hacer a este respecto antes del 23 de noviembre, esa necesidad recrudecerá más para cuando sobrevengan las elecciones de Asamblea Nacional, cuyos miembros, aunque son elegidos por estados, conforman el componente legislativo del Poder Público Nacional. De aquí a diciembre de 2010, la necesidad de la contrafigura de Chávez será más aguda.

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Siendo así las cosas ¿cuáles serían los rasgos imprescindibles en tal contrafigura?

El primero de ellos, paradójicamente, es que no sea una contrafigura de Chávez. Es decir, que su razón de ser no sea oponerse al actual Presidente de la República. El discurso de una contrafigura exitosa, si bien tendrá que incluir una refutación eficaz del chavismo, deberá alojar asimismo planteamientos nacionales que debiera sostener aun si Chávez no existiese. El problema político venezolano es más grande que Chávez. Días antes de la reunión de mediados de 1998 referida al comienzo, alguien argumentaba que se requería un proceso constituyente en Venezuela, dado que el “sistema operativo” del Estado venezolano no funcionaba bien, y había que instalar uno nuevo. (No se pasa de Windows XP o Vista a Windows 7 poniendo remiendos al sistema más antiguo, sino dominándolo con la superposición del nuevo). El “constituyente ordinario” (el Congreso de la República) quedaría excedido en sus facultades, puesto que él mismo era creación de la constitución que había que sustituir enteramente con nuevos conceptos constitucionales. Ante esta declaración, uno de sus interlocutores encontró virtud en el planteamiento, al suponer que “le arrancaría una bandera a Chávez”. El proponente admitió ese efecto colateral beneficioso, pero recalcó que la constituyente debía operar aunque Chávez no existiera. De más está decir que si se hubiese seguido ese camino, la constituyente habría sido muy distinta de la que Chávez terminó convocando. En diciembre de ese año fue posible escribir: “Pero que [se] haya dejado transcurrir [el] período sin que ninguna transformación constitucional se haya producido no ha hecho otra cosa que posponer esa atractriz ineludible. Con el retraso, a lo sumo, lo que se ha logrado es aumentar la probabilidad de que el cambio sea radical y pueda serlo en exceso. Este es el destino inexorable del conservatismo: obtener, con su empecinada resistencia, una situación contraria a la que busca, muchas veces con una intensidad recrecida”.

Luego, y en estrecha relación con lo anterior, la refutación del discurso presidencial debe venir por superposición. El discurso requerido debe apagar el incendio por asfixia, cubriendo las llamas con una cobija. Su eficacia dependerá de que ocurra a un nivel superior, desde el que sea posible una lectura clínica, desapasionada de las ejecutorias de Chávez, capaz incluso de encontrar en ellas una que otra cosa buena y adquirir de ese modo autoridad moral. Lo que no funcionará es “negarle a Chávez hasta el agua”, como se recomienda en muchos predios. Dicho de otra manera, desde un metalenguaje político es posible referirse al chavismo clínicamente, sin necesidad de asumir una animosidad y una violencia de signo contrario, lo que en todo caso no hace otra cosa que contaminarse de lo peor de sus más radicales exponentes. Es preciso, por tanto, realizar una tarea de educación política del Pueblo, una labor de desmontaje argumental del discurso del gobierno, no para regresar a la crisis de insuficiencia política que trajo la anticrisis de ese gobierno, sino para superar a ambos mediante el salto a un paradigma político de mayor evolución.

Quien sea capaz de un discurso así, por supuesto, deberá haber abrevado de las más modernas y actuales fuentes de conocimiento, y haber arribado a un paradigma de lo político que deje atrás tanto la desactualizada y simplista dicotomía de derechas e izquierdas—capitalismo o liberalismo versus socialismo—como el modelo de política de poder (Realpolitik). El discurso de Chávez es, obviamente, decimonónico, pero no podrá superársele con Hayek o Juan XXIII.

Quien pretenda el trabajo de contrafigura de Chávez deberá, en la misma línea, ser enciclopédicamente capaz. Esto es así, más que porque lo requiera la tarea política normal, porque la narrativa de Chávez, fuertemente ideológica, contiene una explicación y una respuesta para prácticamente casi todo. Hay una manera “bolivariana” de lavarse los dientes, de entender la historia de Venezuela y del mundo, de suponer el futuro, de estimar cómo deben ser los seres humanos, de prescribir la forma de la economía y los contenidos de la educación, de cambiar los nombres de todas las cosas, etcétera. La contrafigura tendrá que moverse con comodidad en más de un territorio conceptual, tendrá que ser tan “todo terreno” como Chávez. No bastará que sea “buen gerente”, o que haya hecho méritos como operador político convencional.

Después, la contrafigura viable no podrá tener ni rabo de paja ni techo de cristal. En particular, no debe ser asimilable a una vuelta al pasado pre-chavista, a lo que inexactamente se entiende por “Cuarta República”. Menos todavía debiera ser posible tildarla de elitista. Quien quiera asumir la misión no deberá entenderse como parte de una “gente decente y preparada” que desprecie la venezolanidad, como más de uno que denuesta frecuentemente del gentilicio y se presume “material humano” superior al de la mayoría de sus compatriotas. Aparte de su injusticia e incorrección intrínsecas, el tufo de una orientación aristocratizante se distingue a cien kilómetros de distancia y no es apreciado.

Además de todo lo anterior, el candidato al empleo de contrafigura de Chávez deberá ser tan buen comunicador como él, capaz de sintonía y afinidad. No basta disponer de dotes intelectuales y morales. El acto político es esencialmente un acto de comunicación. Por supuesto, el contenido de la comunicación, el mensaje mismo, tendrá que ser sólido, serio, responsable, pero tendrá que ser comunicado con idoneidad. Los públicos no deberán oler en el líder buscado la mentira, ni detectar lenguajes corporales que contradigan su prédica.

Finalmente, y no menos importante, la persona en cuestión deberá estar dispuesta a arriesgarse grandemente. Una tarea como la descrita pondrá en peligro, indudablemente, su seguridad personal. Chávez no es José Gregorio Hernández, y aun si quisiere respetar a ese contendiente, tan distinto de los que ha confrontado hasta ahora, su círculo inmediato incluye gente violenta con lógica revolucionaria que autoriza, en nombre de valores pretendidamente superiores, prácticamente cualquier cosa. Lo de Chávez y sus principales aliados es un protocolo de poder sine die, eterno. El outsider del que se viene hablando deberá ser capaz de resistir los ataques que sobrevendrían, en una gama que puede ir desde el enlodamiento de su reputación hasta la eliminación física. El riesgo aumentará a medida que la opción que represente comience a significar una posibilidad clara de éxito.

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A lo mejor es muy difícil hallar candidatos que reúnan las condiciones enumeradas, pero la necesidad aconseja la contratación de head hunters que puedan encontrarlos tanto como la publicación de ofertas de empleo en los periódicos.

Por otra parte, es posible afirmar que ante una contrafigura de esa clase el juego cambiaría radicalmente. Es en gran medida porque los electores no perciben la encarnación de esos rasgos en alguien concreto, que la popularidad de Chávez sigue midiéndose alta. Como se ha reportado acá, hasta en círculos chavistas se echa ahora en falta la figura de un outsider idóneo, convincente, pues ya saben que la continuación de Chávez en el poder es inconveniente para el país.

Cuando ya una mayoría nacional rechazaba a Carlos Andrés Pérez en 1991, se detectaba igualmente la negativa a su sustitución porque se ignoraba quién podía sucederlo. LEA

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CS #308 – Mundo nuevo y bueno

Cartas

Arturo Schopenhauer (1788-1860), no cabe duda, fue un importante filósofo alemán. Fue también un destacado machista, práctico y teórico. En Parerga y Paralipómena, por ejemplo, escribió: “Las mujeres están directamente capacitadas para actuar como las enfermeras y maestras de nuestra niñez temprana por el hecho de que ellas mismas son infantiles, frívolas y de cortas miras; en una palabra, son niños grandes toda su vida, una suerte de etapa intermedia entre el niño y el hombre maduro, que es el hombre en el estricto sentido de la palabra”. Más conocida, naturalmente, es su lapidaria y superficial sentencia: “La mujer es un animal de cabellos largos e ideas cortas”.

Esta postura machista, que desarrollaría extensamente en ensayos— uno de sus “Estudios sobre el pesimismo”, en los que trata temas tan aleccionadores como la vanidad de la existencia humana y el suicidio, se llama simplemente “Sobre las mujeres”—iba de la mano con otros prejuicios, algunos de los cuales llevan resonancia racista, o al menos una fuerte carga antiétnica. Así, por caso, escribió la siguiente lindeza: “En otros continentes hay monos; en Europa hay franceses; eso nos compensa”. Debe uno decir en su descargo, no obstante, que tan insultante evaluación no era etnocéntrica; pocas líneas más adelante dice cosas peores del pueblo alemán y reniega de su propio gentilicio.

El amargado caballero que era Schopenhauer fue, por supuesto, un personaje del siglo XIX, pero su cinismo o su racismo no son cosas que hayan desaparecido. Tan pronto como Colin Powell expresó su apoyo a la candidatura de Barack Obama surgieron “análisis” que explicaban su posición como el apoyo de un hombre negro a otro de su misma raza. Pero esa opinión, pobre intento de algunas almas WASP (White Anglo-Saxon Protestant) por moderar el considerable impacto del aval de Powell, no es en absoluto la prevaleciente. Alexandra Marks, blanca, anglosajona y protestante, periodista del equipo editorial en The Christian Science Monitor, escribió ayer desde Oxford, Mississippi (Surging Obama campaign suggests US racism on the wane): “El tema racial ha estado entreverado en la historia de los Estados Unidos desde sus inicios. Ha sacado a la luz lo mejor y lo peor de la nación, desde el coraje de los militantes de los derechos civiles hasta el terrorismo asesino del Ku Klux Klan… A medida que se acerca el día de las elecciones, el senador Obama amplía su ventaja sobre su rival, el senador John McCain, a dos dígitos. Encuestas recientes también muestran que el 91% de los estadounidenses dice sentirse cómodo con la idea de tener un presidente afroamericano”. Marks cita a William Winter, ex gobernador de Mississippi blanco, anglosajón y protestante, y que para colmo sirvió en la Segunda Guerra Mundial como soldado en Filipinas: “La elección de Barack Obama como Presidente de los Estados Unidos sería la más grande cosa para la reconciliación y la comprensión raciales que pudiera ocurrir en este país, y creo que significaría mucho para nosotros tenerlo como un líder en el mundo y ser capaces de señalarlo como Presidente de los Estados Unidos”.

Y lo que el negro Powell dijo del mulato Obama fue: “Creo que necesitamos una figura transformadora. Creo que necesitamos un presidente que sea un cambio generacional, y es por eso que estoy apoyando a Barack Obama”.

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Hace unos días, la cadena CNN presentaba un interesante capítulo de su serie “Destinos”, dedicado a mostrar al Paraguay como atractivo país para la visita turística. Al tiempo que mostraba hermosos parajes y significativos elementos de cultura, el programa entrevistaba a varios visitantes, la mayoría de otros países sudamericanos, aunque también de uno que otro europeo. Una pareja muy joven, procedente de Colombia, fue igualmente requerida por los periodistas, y sus respuestas sobresalieron nítidamente respecto de las de los restantes entrevistados, por más que ninguna de estas últimas dejó de ser atinada y positiva. El contenido concreto de las respuestas juveniles no tuvo nada fuera de lo común; la diferencia estuvo en el tono natural de sus observaciones. Cosas como la hermandad primordial de pueblos distintos, la importancia de la cultura autóctona, la igualdad de hombres y mujeres, no eran dichas como declaración solemne o programas políticos, sino con la misma naturalidad con que uno hablaría de la lluvia o una sopa cotidiana. No hacían el menor esfuerzo por convencer a nadie, puesto que daban su discurso por sentado, comme il faut, as a matter of fact. Ni siquiera estaban conscientes de su propia frescura: se trataba, simplemente, de la visión inmediata de la juventud. Cambio generacional, como el que Powell ha pedido.

El mundo va a ser mejor porque llegarán los jóvenes con esa perspectiva. Cuando vengan a ocuparse de la cosa pública no tendrán que ser convencidos de la importancia de preservar el planeta, porque serán ecólogos natos; no pasarán trabajo con la diversidad cultural del mundo, pues habrán nacido en la globalidad; no conocerán el prejuicio étnico, ya que las vallas publicitarias multirraciales de los colores unidos de Benetton serán historia remota, convertida por el tiempo en el modo estándar de la percepción. No serán locales.

Esto no es poesía, o deseo ingenuo. De un observador tan intenso y agudo como Kevin Kelly escuchamos esto (That We Will Embrace the Reality of Progress):

Soy optimista acerca de lo único que, por definición, podemos ser optimistas: el futuro. Cuando anoto lo positivo y lo negativo que hoy trabajan en el mundo, veo progreso. El mañana luce como que será mejor que hoy. No sólo en progreso para mí, sino para todo el mundo en el planeta tanto en conjunto como en promedio… Como dijera una vez el rabino Zalman Schacter-Shalomi: ‘Hay más bien que mal en el mundo, pero no por mucho’. Inesperadamente, ‘no mucho’ es todo lo que necesitamos cuando tenemos el poder del interés compuesto en operación. El mundo sólo necesita ser 1% mejor (o incluso una décima de por ciento mejor) cada día para acumular civilización. En tanto creemos 1% más de lo que destruimos cada año, tendremos progreso. Este incremento neto es tan pequeño que es casi imperceptible, especialmente ante el 49% de muerte y destrucción que nos afronta. Sin embargo, este minúsculo, delgado y tímido diferencial genera progreso”.

No se trata, por tanto, de negar el mal social en el mundo. Allí está, pero está allí para superarlo, y en más de un caso es posible progresar en proporciones mayores que la medida por Kelly.

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No se trata de negar que los venezolanos, en particular, confrontamos dificultades grandes. Pero a pesar de la fuerza del mal, de la patología de una voluntad de poder totalitario, una voluntad más grande va logrando progresos. Los resultados del 2 de diciembre de 2007 eran impensables cuando comenzaba ese año, como parecía improbabilísimo el grado de cohesión candidatural que las opciones no oficialistas han logrado para las inminentes elecciones estadales y municipales. Hay casos casi incomprensibles, como la conducta en Chacao de Leopoldo López, que quisiera controlar el poder de ese municipio por persona interpuesta, o la de Manuel Rosales, que aún pretende ser el líder nacional opositor mientras busca pegarse de un presupuesto municipal una vez que ya no puede seguir disponiendo del zuliano. Pero son los menos.

Es un progreso enorme que la oposición radical, la de los atajos insurreccionales, haya sido reducida a una mínima expresión. Y es una bendición que la inteligencia general de los venezolanos continúe, a pesar de la obscena y prolongada propaganda del gobierno, rechazando muy mayoritariamente el modelo político castrista y apoyando decididamente el régimen de propiedad privada. Es saludable que un político tan significativo como Teodoro Petkoff haya acogido la fórmula de “tanto mercado como sea posible, tanto gobierno como sea necesario”.

Como el año pasado, el pueblo rumia su próxima actuación electoral, mientras sube el tono y frecuencia de la protesta social. Por más que el Presidente de la República abandona sus obligaciones juradas, para dedicarse cada día a campañas electorales que no son suyas, crece el desengaño en sus propias filas. Hace poco se escribió acá: “El suscrito conoce de cerca partidarios suyos que ya lo desahucian, tan evidente es su agresiva enfermedad. Incapaces de admitir la restauración de antiguos usufructuarios del poder, se quejan de no distinguir en el paisaje la figura de un outsider, empleando el mismo término que introdujera a comienzos de los ochenta, cuando ya era obvio el desarreglo político del país, el oráculo que fuera Gonzalo Barrios”.

Todavía falta mucho trabajo, pero hay aprendizaje. Falta ir más allá del neurótico ritual cotidiano de Miguel Ángel Rodríguez y Leopoldo Castillo, que todos los días acusan valientemente, pero no refutan. Aún no se ha logrado establecer otro plano, superior, de discurso, desde el que sea posible decir que fue prudente la movilización de depósitos públicos venezolanos de bancos estadounidenses hacia bancos suizos y al mismo tiempo arropar y apagar el fuego destructor del verbo y la intención presidenciales.

Pero es que nuestras elecciones de noviembre no son sino una etapa más, y vendrán luego las de la Asamblea Nacional, para las que quedarán dos años enteros de preparación. No será fácil, pero no es imposible saldar el aprendizaje y los logros de este año para alcanzar una participación legislativa nacional que haga imposibles nuevas leyes habilitantes o viajecitos presidenciales de más de cinco días. Es posible una nueva mayoría en la Asamblea Nacional.

La necesidad de progreso nos convoca. Venezuela será mejor porque hemos venido aprendiendo. Aunque se logre menos de lo que se aspira—todavía puede trabajarse mejor la cosa—, el 24 de noviembre el país estrenará nuevo traje político, y éste será el de una reducción de la hegemonía regional oficialista. Si además se cuenta, como propone Ángel Oropeza, ya no sólo el número de gobernaciones o alcaldías arrancadas al chavismo, sino el total nacional de los votos que no le favorezcan, podrá presentarse un resultado positivo sólido, mucho mayor que el paciente 1% de progreso que Kevin Kelly estima suficiente para la humanidad entera.

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Y ajenas elecciones de noviembre nos convendrán. El triunfo de Barack Obama luce indetenible, y así como en Venezuela andan de capa caída los golpistas y los magnicidas, no hay en estos momentos en los Estados Unidos una cábala tan capaz como la que asesinó a dos Kennedy y a Martin Luther King en cinco años apenas. Es más, un intento de eliminar criminalmente a Obama, en circunstancias tan críticas como las que viven los Estados Unidos, bien pudiera llevar a esta nación a una catástrofe mayor. En la pieza que Alexandra Marks escribió para The Christian Science Monitor, la periodista reporta la opinión de una voz aislada que cree que los Estados Unidos no están preparados para un presidente afroamericano. Y dice: “Pero cuando las encuestas continúan dando a Obama una sólida ventaja, otros están fuertemente en desacuerdo. Y están preocupados con lo que pudiera pasar si Obama no triunfa el 4 de noviembre. ‘Creo que habría un caos’, dice Jimmy Gray, un pastor vendedor de frutas en Georgia, que es negro. ‘Hay demasiada gente lista para un nuevo país y una nueva visión, y usted vería al 50 por ciento del pueblo, que apoya a Obama, rebelándose contra cualquier otro gobierno que se pusiera allí’.”

Desde este puesto de observación se anticipa que el triunfo de Barack Obama será contundente. Los vientos de cambio se han desatado en los Estados Unidos, como lo demuestra la cantidad de nuevos votantes que se han inscrito en número inusitado, como lo manifiesta la afluencia numerosa de votantes adelantados en los estados donde se permite la votación temprana. Associated Press reportaba ayer: “Números sin precedentes de votantes tempranos en Florida y otros estados del sur han obligado a los funcionarios electorales a añadir equipo, extender los horarios y distribuir agua y asientos para acomodar a la gente mientras espera durante horas en los sitios de votación”. Las encuestas, aun con una tendencia favorable a Obama que crece por horas, subestiman lo que ocurrirá en menos de dos semanas.

Un negro en la Casa Blanca. No es tiempo de Lo que el viento se llevó; es tiempo de lo que el viento trajo. Ahora le toca, por fin, a un negro. A un estadista que Carolina Keneddy cree que pudiera ser un presidente como su padre: un presidente de los Estados Unidos que dejará a Hugo Chávez sin su coartada favorita. Ya le veremos acomodando el discurso para decir que ahora la cosa es distinta.

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El 17 de abril de este año moría en su patria, Martinica, un grande poeta negro: Aimé Césaire, que alguna vez habló “sobre las grietas de nuestros labios de Orinoco desesperado”. Esto prometió en vida:

“Yo reencontraré el secreto del gran diálogo, el secreto de las grandes combustiones. Diré tormenta, río, diré tornado. Diré hoja. Diré árbol. Me mojarán todas las lluvias, brillaré humedecido por todos los rocíos. Igual que la sangre arrebatada en la corriente lenta del ojo de las palabras, como caballos furiosos, como niños muy pequeños, como coágulos, cubrefuegos, como ruinas de templo, como joyas, correré lejos, lo suficientemente lejos como para desalentar a los mineros. El que no me entienda, tampoco entenderá el rugido del tigre. Soy el que canta con la voz aherrojada en el jadeo de los elementos. Es dulce ser nada más que un pedazo de madera, un corcho, una gotita de agua en las aguas torrenciales del comienzo y del fin. Es dulce abandonarse en el corazón destrozado de las cosas. La poesía nace con el exceso, la desmesura, con la búsqueda acuciada por lo vedado”.

Como los estadounidenses dentro de pocos días, hagamos diecinueve después poesía.

LEA

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CS #307 – Negro en la Casa Blanca

Cartas

Mientras debatían en Long Island los principales aspirantes a la Presidencia de los Estados Unidos, los agentes bursátiles de Asia hacía tiempo que se habían levantado a vender lo que pudieran. Habiendo cogido seña del índice Dow Jones—baja de 733 puntos ayer, la segunda más grande en su historia—, todas las bolsas asiáticas se despertaron—“Ya es mediodía en China”, diría Luis Chataing—en un empinado tobogán. Australianos y neozelandeses arrancaron a la baja y, como efecto dominó, cada bolsa del Extremo Oriente cayó por una pendiente. Al receso del almuerzo, la bolsa japonesa había perdido 9,55% (descenso de casi 912 puntos en el índice Nikkei), las de Hong Kong y Singapur 6% cada una, la de China 4%, la de Indonesia 4,7%, la de Filipinas 5% y la de Corea del Sur 7%. Atención Chocolates El Rey: el primer ministro Aso pidió cacao desde Japón: dijo que los Estados Unidos deben aumentar su plan de salvamento, que considera insuficiente.

No muy lejos de Wall Street, cruzando el East River, Barack Obama y John McCain se midieron en debate por tercera y última vez en la campaña electoral estadounidense de 2008. A la confrontación había llegado en ventaja el primero de los nombrados. Desde que explotó la crisis bursátil—el lunes 29 de septiembre—, los sondeos de opinión política registraron un desplome equivalente de la popularidad de George W. Bush y un masivo traslado de intención de voto a favor de Obama, al punto de darle ventaja de dos dígitos, por primera vez en la campaña, sobre McCain.

El desplazamiento tiene cierta lógica. Por una parte, es el tema de la crisis financiera y la recesión que, ahora se sabe, la precedía, el nuevo punto focal de las elecciones en los Estados Unidos. Y como una marcada mayoría de dos a uno entre los electores supone que Obama puede capear el temporal mejor que McCain, es natural que el primero haya tomado más distancia del segundo. Luego, la selección de Sarah Palin, Gobernadora de Alaska, como compañera de fórmula, le ha representado a McCain más costo que beneficio; no llega a 30% la proporción de votantes que creen que Palin está preparada para encargarse de la presidencia, y McCain, después de todo, tiene 73 años de edad. Finalmente, en los últimos días la campaña del republicano aumentó los ataques personales contra Obama—Palin lo acusó de encompincharse con terroristas—y este giro ha caído mal a la mayoría de los electores estadounidenses.

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¿Por qué ocuparse de una campaña en el norte cuando sólo treinta y ocho días nos separan de un importante certamen electoral en Venezuela? La respuesta es obvia: quiéralo o no el gobierno venezolano, la economía nacional está estrechamente acoplada a la de los Estados Unidos, que son nuestro principal socio comercial, y desde que Hugo Chávez gobierna la relación política con ese país ha sido su constante obsesión y su más útil coartada. Ayer reconoció que el desarrollo de la crisis podía significar que continuara cayendo el precio del petróleo; en esto no se llama a engaño.

Pero es que, además, el destino de los Estados Unidos, tanto económico como político, es de suprema importancia para todo el mundo, y durante la presidencia de George W. Bush la reputación de los Estados Unidos ha sufrido grande erosión. Prácticamente en cada rubro de interacción con el exterior, los Estados Unidos se han conducido poco solidariamente con el resto de los países. Para 2007, por ejemplo, la oficina del Secretario General de las Naciones Unidas conjuntamente con la agencia española DARA, dedicada a la evaluación de la ayuda internacional en el mundo, publicó una lista de veintitrés naciones ordenada según su “índice de respuesta humanitaria”; los Estados Unidos ocuparon el puesto dieciséis, detrás de Suecia, el líder, y de Noruega, Dinamarca, Holanda, la Comisión Europea, Irlanda, Canadá, Nueva Zelanda, el Reino Unido, Suiza, Finlandia, Luxemburgo, Alemania, Australia y Bélgica. En materia de solidaridad internacional, los Estados Unidos sólo superaron a España, que le siguió muy de cerca, y a Japón, Francia, Austria, Portugal, Italia y Grecia. Esto, sin contar su conducta autoproteccionista en las rondas de la Organización Mundial de Comercio o sus reticentes posturas respecto del Protocolo de Kyoto.

Por supuesto, la guerra en Irak ha contribuido grandemente al descrédito de los Estados Unidos. Antes de los ataques del 11 de septiembre de 2001, e incluso antes de tomar posesión por primera vez de la presidencia de su país, ya George Bush tenía a Irak entre ceja y ceja, como documentara abundante y detalladamente Bob Woodward en Plan of Attack: “Comenzando enero de 2001, antes de que George W. Bush tomase posesión, el vicepresidente electo Dick Cheney envió un mensaje al secretario de defensa saliente, William S. Cohen, un republicano moderado que prestó sus servicios en la administración demócrata de Clinton. ‘Realmente necesitamos informar al presidente electo sobre algunas cosas’, dijo Cheney, añadiendo que quería una ‘discusión seria acerca de Irak y las diferentes opciones’. El presidente electo no debiera recibir el rutinario y enlatado paseo por el mundo que normalmente se ofrece a los presidentes entrantes. El Tema A debía ser Irak”. (En la Ficha Semanal #6 de doctorpolítico, 3 de agosto de 2004).

La guerra contra Irak fue predicada sobre dos argumentos: que el régimen iraquí auspiciaba a los terroristas de Al Quaeda y que almacenaba peligrosísimas armas de destrucción masiva. Ninguna de las acusaciones resultó ser cierta, y la presencia militar estadounidense en el país de Las Mil y Una Noches protegió la lucrativa intervención de Halliburton, empresa en la que el vicepresidente Cheney—y la petrolera familia Bush—tenía obvio interés.

A continuación, el gobierno de Bush permitió la tortura de prisioneros de esa guerra, y protegió la práctica con aberrantes doctrinas que suspendían los derechos humanos de sus rehenes, alegando que no eran merecedores de trato humanitario. No contento con eso, el gobierno norteamericano buscó, bilateralmente, la inmunidad de sus funcionarios ante eventuales juicios contra agentes suyos por crímenes de guerra que pudieran perpetrar: “Pero en lo que sí se comportan los Estados Unidos como descarados hegemones es en su decisión de suspender su ayuda militar—incluyendo el adiestramiento—a 35 países que apoyan a la Corte Penal Internacional pero no han ‘exceptuado’ a los Estados Unidos de eventuales causas en su contra por genocidio y crímenes de guerra. Según la agencia Fox News, los Estados Unidos, que son signatarios del pacto que creó la corte el año pasado, ‘temen que [el tribunal] pueda procesar causas políticamente motivadas en contra de sus líderes militares y civiles’. La administración de Bush está muy dispuesta, naturalmente, a levantar las sanciones—que incluyen a Colombia y a seis países de Europa oriental—cuando los países en cuestión consientan en conceder bilateralmente inmunidad para los funcionarios estadounidenses”. (Carta Semanal #43 de doctorpolítico, 3 de julio de 2003).

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Tan sólo la semana pasada se exponía acá: “Si Barack Obama llegare a ser electo Presidente de los Estados Unidos, si no traiciona los criterios que hasta ahora ha expuesto y si no lo matan, si los Estados Unidos ponen fin a sus invasiones y a la pretensión de inmunidad por crímenes de guerra, si dejan de creerse el jefe del mundo, si son más cuidadosos y responsables con sus actividades financieras, si dejan de negarse a los deberes ecológicos, si abren su comunicación respetuosa con todas las naciones y dejan de regañarlas, entonces eso será la mejor de las noticias políticas posibles y el mundo abrirá sus admirados brazos a la que es, sin duda y a pesar de sus errores, la más admirable de las naciones y la tendrá por primus inter pares”. Parece que la primera de esas numerosas condiciones se hará realidad en poco más de dos semanas. Antes se había apuntado: “Por lo que atañe a la política de los Estados Unidos, nada más auspicioso que lo que parece será un deslave—landslide—de votos populares y colegios electorales a favor de Barack Obama, porque éste es el único de los candidatos presidenciales que parece percatarse de la erosión del prestigio internacional de su patria. McCain, con todos los méritos que pueda encontrarse en él, es un candidato que piensa imperialmente; Obama es más conciliador, no es belicista, sabe que el gobierno de su país ha abusado de su poder”.

Ayer predecía CNN, agencia que transmitió cada uno de los debates entre Obama y McCain, que el candidato demócrata obtendría, si las votaciones fuesen ahora, un total de 277 votos electorales (contra 174 para el republicano), siete más de los necesarios para resultar electo. (Suma de estados “seguros” e inclinados a favor de cada candidato, mientras 85 votos electorales pudieran todavía definirse por alguno de los dos. Aunque todos éstos lo hicieran por McCain, el candidato republicano no alcanzaría los votos necesarios). Tal valoración se desprendía de estudio del equipo de analistas políticos de la televisora de Atlanta, que tomó en cuenta varios factores incluyendo, por supuesto, los datos de los últimos sondeos de opinión. Éstos muestran cómo ciertos estados clave, que votaron por Bush en la última elección, se han pasado al campo de Obama. (Colorado, ventaja de 4% para Obama; en Florida, ventaja de 5 puntos; en Virginia, ventaja de 10%). En términos de historia, de las trece colonias originales de los Estados Unidos en 1776, sólo dos—Carolina del Sur y Georgia, los estados más sureños—todavía favorecen a McCain. De hecho, es una nueva guerra de secesión el reparto actual, pues son los confederados los que apoyan a McCain, y los azules del norte, los estados de mayor desarrollo cultural, los que favorecen a Obama.

Estas cifras fueron tomadas antes del tercer y último debate de los dos candidatos. La misma CNN, en una muestra nacional de televidentes que vieron la discusión—de la que 40% dijo simpatizar con los demócratas y 30% con los republicanos—, encontró que 58% opina que ganó Obama el cotejo. (Versus 31% por McCain, para una diferencia de 27% a favor de su contendor). También midió que antes del debate 63% tenía opinión favorable sobre Obama (51% sobre McCain) y que después del evento 66% opinaba favorablemente de él (y McCain bajaba a 49%, para ventaja de Obama de 17%). Con estos resultados, Obama ha sido pronunciado triunfador en todas las tres confrontaciones que sostuvo con McCain.

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Al tiempo de concluir esta redacción—3:30 p. m. del 16 de octubre en Tokyo—el índice Nikkei ha caído 1.089 puntos. Las bolsas asiáticas reaccionan a una estadística y una opinión: que las ventas al detal en los Estados Unidos han resultado menores que las predichas y que Standard & Poor pudiera rebajar la calificación crediticia de los bancos de Corea del Sur, a siete de los cuales ha colocado en lista de observación. Aunque la septicemia financiera pareciera estar bajo relativo control, luego de la acción unánime de los más grandes bancos centrales, es ahora la debilidad general del paciente planetario el motivo de preocupación, y la incertidumbre sobre la duración de su convalecencia. El atleta que hasta hace poco corría está aún aquejado de una grave infección, y no puede esperarse que recupere su antigua forma en pocos días.

No puede ser más crucial que la de ahora otra elección anterior de un nuevo Presidente de los Estados Unidos. Esta nación, que todavía es la más grande fuerza de civilización en el mundo, debe rehabilitarse para bien del planeta entero. Barack Obama ha mostrado reiteradamente que es sensible a un bajón pronunciado, ahora agudo, de la reputación de su país. Aunque sólo fuera por eso, está mejor dispuesto que John McCain para la muy difícil tarea de repararla.

Desde aquí, desde Venezuela, la grave crisis mundial debe verse con preocupación solidaria, no acompañarse con fáciles y groseros chistes socialistas, muy de mal gusto. Durante bastante tiempo se advirtió, incluso por alguna que otra voz sensata en el seno de la OPEP, que los elevados precios del petróleo podían incitar una recesión de la economía global. Si bien no tenemos parte en el desbarajuste del crédito internacional, sí atizamos el fuego recesivo. Y en un sistema tan complejo como la economía de 7.000 millones de personas, de suyo “sensitivo a “las condiciones iniciales”, un factor de tamaño tan moderado como el petróleo venezolano puede tener efectos de magnitud desproporcionada, por aquello del “efecto de ala de mariposa”. Sólo un gusto patológico por lo cataclísmico puede celebrar lo que hoy ocurre en la economía del mundo y las tribulaciones que aquejan a su líder.

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CS #306 – Big brother

Cartas

Puesto que el ciudadano Presidente de la República ha venido dedicando una buena parte de sus comentarios y atención a la política y economía estadounidenses, puede uno considerar comme il faut empatarse en lo mismo. A fin de cuentas, se trata de la mayor polis y la mayor economía del planeta, y a pesar de que la primera apreciación de Miraflores sugería que el brollo financiero de Nueva York no nos afectaría para nada, puesto que nuestro previsivo líder nos había desenganchado por completo—ya no exportamos ni un barril de petróleo a los Estados Unidos ni le compramos absolutamente nada—, ahora proclama el desplome del capitalismo y la simultánea aurora del socialismo, no sin reconocer que como que sí nos va a molestar algo el gravísimo desarreglo del sistema financiero mundial. (Dos de sus más recientes aliados, Rusia y China, se han puesto nerviosos: el segundo bajando sus tasas de interés para sintonizar con lo que, en coordinación internacional sin precedentes, los más grandes bancos del mundo hacen; el primero cerrando su bolsa de valores a cada rato).

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Por lo que toca a la descomunal crisis financiera, y a la recesión generalizada que ya la acompaña, estamos apenas entrando en ella. Ni la ley de emergencia aprobada por el Congreso de los Estados Unidos sobre plan del Secretario del Tesoro, ni las extraordinarias medidas de su Reserva Federal—duplicación de la liquidez y recorte de la tasa de interés—ni las decisiones europeas parecen ser eficaces para restañar la hemorragia. Los terapéuticos anuncios logran causar mejorías momentáneas de media hora en las cotizaciones bursátiles, pero ya no son las preocupaciones por los activos tóxicos o la desvalorización inmobiliaria o el derrumbe de bancos la base del pánico; ahora es la certeza de que la economía estadounidense y mundial han entrado en recesión, y es precisamente tal vasoconstricción inmensa lo que detendrá la sangría. No hay Prozac eficaz contra esta depresión planetaria. ¿O sí?

¿Qué tiene de malo que cada cierto tiempo haya una contracción de la economía? La terre entière agradecería que se le exigiera bastante menos por un rato. La Tierra diría que ya el calentamiento global que la quebranta pudiera hacerse repentinamente fiebre, y entonces las pérdidas económicas del mundo harían que las de estos días lucieran pálidas. Nadie imagina la fuerza devastadora de un deslave a escala de cordilleras enteras, un invierno nuclear de mediano tamaño llevado por huracanes más grandes y frecuentes desde el Mar Rojo hasta la masa norteamericana, tsunamis anchos en el Océano Índico o terremotos de 9 grados Richter en media Faja del Orinoco, carcomida la dermis llanera por una succión de petróleo que cava la mayor caverna de la Tierra. Lo que puedan terminar perdiendo las economías del mundo por los actuales deslaves financieros es juego de niños ante una pérdida geofísica de proporciones mundiales, así que pudiéramos aprovechar la contracción económica para pensar la economía. Es tiempo de frugalidad, tiempo de ensimismamiento.

Hay que pensar, por ejemplo, que pésele a quien le pese, existe una economía mundial, global. La globalización está acá hace rato, y la mejor demostración de que somos, en verdad, una sola economía es esta crisis de 2008. ¿Cuáles deben ser las estructuras públicas de esa economía? ¿Cómo se escoge a quienes las operen? ¿Hasta dónde van sus facultades? ¿Tiene sentido una moneda planetaria, suerte de dólar o libra de la Organización de las Naciones Unidas? ¿Debiera haber una sola bolsa de valores del mundo?

El mes pasado pasamos a ser 7.020 millones de humanos—Homo—en el planeta. ¿En qué no estamos siendo económicamente sapiens? ¿No debiéramos, durante la pausa que fuerza la Segunda Gran Recesión, examinar la posibilidad de que hubiese un solo sistema mundial de seguridad social, que asegure la dignidad económica de todos los habitantes terrestres?

Todas estas cosas, y muchas otras, son cuestiones que pudieran y debieran ser puestas a la cavilación. Entre las erogaciones de las guerras que libran los Estados Unidos, aun si decidieran terminarlas, y las de tratamientos del cataclismo de sus mercados financieros, tan sólo, sin contar el costo financiero planetario ni las pérdidas de valor de compañías o sus accionistas, estamos hablando de no menos de 3 billones (castellanos) de dólares. Esa sola cantidad habría permitido, a comienzos del nuevo milenio, más que duplicar el ingreso diario (no más de dos dólares) de los pobres de todo el mundo (2.700 millones de personas).

Es preciso que la humanidad encuentre una forma de aumentar, al menos en 50%, el  ingreso de esa población desfavorecida, porque también son concebibles caracazos a escalas continental o planetaria y, de nuevo, las pérdidas de estos días y la talla de esta recesión terrestre empalidecerían ante la magnitud de tamaños estropicios.

Es de estos tamaños que debemos preocuparnos.

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Por lo que atañe a la política de los Estados Unidos, nada más auspicioso que lo que parece será un deslave—landslide—de votos populares y colegios electorales a favor de Barack Obama, porque éste es el único de los candidatos presidenciales que parece percatarse de la erosión del prestigio internacional de su patria. McCain, con todos los méritos que pueda encontrarse en él, es un candidato que piensa imperialmente; Obama es más conciliador, no es belicista, sabe que el gobierno de su país ha abusado de su poder.

Hoy ha aumentado su ventaja sobre McCain en todas las encuestas, sin tomar en cuenta el efecto del segundo debate (CNN/Opinion Research midió 54-30 a favor de Obama en opinión general sobre quién lo había ganado, e Ipsos/McClatchy 61-39 en la de votantes indecisos). Pero hay un indicador importantísimo que asegura a Obama la más clara de las victorias: se está batiendo récords en la inscripción de votantes jóvenes en los Estados Unidos para su elección presidencial, y 61% de los votantes menores de 30 años prefiere a Obama, contra 32% que favorece a McCain (encuesta de USA Today/MTV/Gallup). Es todo un pueblo, la gran democracia estadounidense, que se apresta a dar un golpe de timón y cambiar la preocupante trayectoria (política) reciente de su país. Ojalá Obama esté a la altura del compromiso que va a asumir; al menos parece saber que los cambios que hay que hacer en los Estados Unidos nunca habían sido tan difíciles.

El 15 de septiembre próximo pasado llevaba Bloomberg una nota (El “Nuevo Orden Mundial” de Bush da paso a la Era “Post-Americana”, por James Neuger) que afirma que sea quien sea el próximo presidente de los Estados Unidos “heredará lo que el científico político Francis Fukuyama llama un mundo ‘post-americano’, que reemplaza el ‘nuevo orden mundial’ que proclamó el presidente George H. W. Bush después del colapso de la Unión Soviética. Ya no más la «hiperpotencia» de los noventa, los Estados Unidos están resbalándose hacia un status de primero entre iguales, estrechando las opciones de política exterior de quien sea se mude a la Casa Blanca en enero. Durante 20 años, los líderes de los Estados Unidos ‘han supuesto la dominación americana; han supuesto que trabajaban en un mundo unipolar’, dice Fukuyama, quien obtuvo fama en 1992 al declarar que el colapso del comunismo soviético anunciaba el triunfo inevitable de la democracia liberal al ‘fin de la historia’. Ahora, dice: ‘ha habido esta gran redistribución del poder’.”

Con antelación de un año se escribió acá (#252, El sueño americano”, 30 de agosto de 2007):

¿Son estas cosas signos inequívocos de una decadencia norteamericana, tantas veces anticipada? Lo cierto es que ya no es el optimismo acerca de los Estados Unidos el sentimiento dominante. A la caída de la Unión Soviética muchos se apresuraron a pronosticar una ineludible supremacía norteamericana, y Francis Fukuyama fue tan lejos como para anunciar ‘el fin de la historia’, pues ya nada podría evitar la generalización planetaria de la democracia y los mercados. Los hechos más recientes han hecho que el académico más famoso de los noventa, antaño neo-conservador partidario del gobierno de George W. Bush, se haya distanciado de éste y sugerido algunos ajustes a su simplista visión de la época. El tocayo del presidente norteamericano, el financista y activista de la democracia George Soros, ha escrito un ensayo que titula The Bubble of American Supremacy (La burbuja de la supremacía americana), en obvia analogía con las ‘burbujas’ de expansión financiera efímera. Soros argumenta que el gobierno de Bush hijo ha dejado a los Estados Unidos en situación muy comprometida, que niega la posibilidad de continuación de la supremacía estadounidense. Si evaluaciones como ésta son atinadas, lo esperable a la salida de la actual administración en Washington—que tiene cada vez menor apoyo electoral y se ha visto forzada a quedarse sin las estrellas de su estado mayor—es una contracción de la actividad y presencia norteamericana en el mundo. Ya a estas alturas, Vladimir Putin aprovecha la evidente debilidad para reafirmar su poder y restaurar la fortaleza de Rusia como potencia, Mahmoud Ahmadinejad para proseguir impertérrito en su carrera armamentista y Hugo Chávez para retar todos los días a la superpotencia norteña y culparla de todo lo malo que pueda suceder en Venezuela. Es una suerte para el mundo que pueda distinguirse en China la postura de un socio de buena fe, que no está apostando a la desestabilización, ni financiera ni política, de los Estados Unidos. Pudiera ser que, en un sentido, el sueño americano estuviese tocando a su fin. En todo caso, las nuevas realidades que ahora confrontan los Estados Unidos pudieran acelerar la conformación de una polis planetaria verdaderamente multipolar, en la que la patria de Washington pudiera aspirar, si acaso, al sitial de primus inter pares, a la usanza de una baronía medieval que elegía al monarca de su seno.

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El nuevo presidente estadounidense también tendrá que cambiar significativamente, para mejorar, la orientación de las relaciones de su gobierno con los restantes estados del hemisferio occidental. El 3 de los corrientes escribía Stuart Grudgings desde Río de Janeiro para Reuters: “La crisis empujará a Latinoamérica aun más lejos de la influencia de los Estados Unidos”, y citaba a varias voces. La de Lula, por ejemplo, que decía: “Quienes pasaron las últimas tres décadas diciéndonos lo que tenían que hacer no lo hicieron ellos mismos”. O la de Peter Hakim, Presidente de Diálogo Interamericano, que afirma que la hecatombe financiera fortalece la credibilidad y resonancia de la retórica y el lenguaje de Hugo Chávez, Evo Morales y Rafael Correa.

El ejemplo más honesto tal vez lo provea el presidente hondureño Manuel Zelaya, que sumó su país al bloque del ALBA y pospuso por una semana la acreditación del embajador de los Estados Unidos, para solidarizarse con Bolivia cuando el gobierno de este país adujera que el principal diplomático estadounidense aupó las recientes y sangrientas protestas opositoras. Zelaya admitió con la mayor ingenuidad, ante una reunión con líderes empresariales, que cuando, hace seis meses, los elevados precios de los alimentos golpearon a Honduras, buscó la ayuda del sector de negocios de su país, de los Estados Unidos y del Banco Mundial, pero que sus peticiones cayeron en oídos sordos. Entonces, Zelaya buscó apoyo en Hugo Chávez y éste le ofreció 300 millones de dólares de inmediato. “Los aliados, los amigos, no me ayudaron cuando pedí ayuda”, explicó después en nota de prensa.

Si Barack Obama llegare a ser electo Presidente de los Estados Unidos, si no traiciona los criterios que hasta ahora ha expuesto y si no lo matan, si los Estados Unidos ponen fin a sus invasiones y a la pretensión de inmunidad por crímenes de guerra, si dejan de creerse el jefe del mundo, si son más cuidadosos y responsables con sus actividades financieras, si dejan de negarse a los deberes ecológicos, si abren su comunicación respetuosa con todas las naciones y dejan de regañarlas, entonces eso será la mejor de las noticias políticas posibles y el mundo abrirá sus admirados brazos a la que es, sin duda y a pesar de sus errores, la más admirable de las naciones y la tendrá por primus inter pares.

El 4 de este mes me escribía un apreciado y joven amigo desde los Estados Unidos: “La gente está deprimida (a veces un poco agresiva) con una visión a futuro de rendición”. Sería estupendo que esa vergüenza pudiera trocarse en nuevo e inmenso orgullo del grande y nuevo pueblo de los Estados Unidos, que ahora tiene la oportunidad de hacer un cambio difícil pero factible, un cambio políticamente hermoso, éticamente valioso, mundialmente beneficioso.

Al desplome de la Unión Soviética, los poderosos Estados Unidos han debido procurar la conciliación mundial y ofrecerse como hermano mayor, no como figura paterna. Todavía están a tiempo.

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CS #305 – El precio de lo complejo

Cartas

…es tiempo de que tomemos conciencia de que estamos, no ya cerrando un siglo, no ya cerrando un milenio y abriendo otro, sino en el mismo comienzo de una nueva edad de la historia, la que me atreveré… a bautizar con un nombre: la Edad Compleja.

Coloquio El comunicador necesario, Maracaibo, 19 de mayo de 1994

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El siglo XX se inicia, en términos del conocimiento humano, con la ruptura de uno de sus marcos conceptuales en el propio año de 1900, cuando Max Planck introduce el concepto de discontinuidad de la energía calórica. Esto es, que la energía calórica no es continua, como se pensaba hasta entonces; no puede ser entregada en paquetes de tamaño infinitamente pequeño, pues hay un tamaño mínimo (quantum, cuanto) de los paquetes energéticos, específico para cada frecuencia de radiación. A partir de allí, Einstein generaliza en 1905 la noción de cuantos a todas las manifestaciones de la energía—no solamente la calórica, sino toda radiación electromagnética, muy especialmente la luz—e introduce el modelo de la relatividad, que en 1916 incluye ya una teoría de lo gravitatorio que sustituye, sin destruirlo para fines prácticos, al esquema newtoniano. En 1921 Ludwig Wittgenstein busca establecer los límites del pensamiento mismo; en 1927 Werner Heisenberg postula su Principio de indeterminación, que admite el azar en los fundamentos de la física; en 1931 Kurt Gödel anuncia a los matemáticos que más allá de cierto punto de riqueza semántica un sistema matemático será forzosamente inconsistente. Energía limitada, velocidad limitada (la de la luz es máxima), pensamiento limitado, certidumbre limitada, matemática limitada. El logro general del siglo XX es el descubrimiento de los límites. Y cuando se creía, a su término, que al fin había un modelo coherente de la materia—el Modelo Estándar—se descubre que sus leyes sólo describen el 4% de la materia presente en el universo. A empezar y pensar de nuevo.

Esta revolución en la física, en la matemática y la lógica continúa desarrollándose, como siguen en despliegue asombroso los nuevos ríos epistémicos de la biología: la genética como ingeniería o programación de autómatas y la inmensidad de la ecología. Lo mismo ocurre en las ciencias de la acción humana, como la economía y la política, y más allá de cada una de estas disciplinas la ciencia de lo complejo, de lo caótico, produce verdaderas rupturas y reacomodos de la episteme: el espacio que puede contener todo lo pensable por esta época.

Si algo es verdaderamente revolucionario en la ciencia más reciente es su atrevimiento de sumirse en el reino de la complejidad, en el estudio de los sistemas complejos. Innumerables universidades, departamentos e institutos se han creado para describirlos, comprenderlos, aprovecharlos. (El más famoso de estos centros, y la Meca de la nueva disciplina, es el Instituto de Santa Fe, en Nuevo México, cuyo más vistoso líder ha sido Murray Gell-Mann, Premio Nobel de Física de 1969).

Estamos rodeados por sistemas complejos; el más inmenso de todos el universo mismo: el clima, los fluidos turbulentos, el sistema cardiovascular y el sistema nervioso, la economía, la red ecológica de las especies vivientes, las sociedades nacionales y la sociedad planetaria, los enjambres, cardúmenes, rebaños y bandadas, la Internet. Lo sorprendente es que a sistemas de sustrato tan disímil subyacen las mismas leyes y su expresión matemática, y por esto un hallazgo sobre la distribución de los terremotos ilumina la comprensión de las burbujas económicas o los infartos del miocardio.

Si algo, entonces, es importante para configurar la competencia profesional de los políticos modernos es una familiaridad, aunque sea somera, con las nuevas nociones y paradigmas de la complejidad. (Una buena introducción es el libro Caos: la creación de una ciencia, de James Gleick, publicado por Seix-Barral en versión castellana. La contraportada de la edición explica: “La nueva ciencia… ofrece un método para ver orden y pauta donde antes sólo se observaba el azar, la irregularidad, lo impredecible y, en suma, lo caótico. En palabras de Douglas Hofstadter: Acontece que una misteriosa clase de caos acecha detrás de una fachada de orden, y que sin embargo, en lo hondo del caos acecha un género de orden aún más misterioso”). Nuestros políticos típicos se aproximan a la delicada tarea de entrometerse en el curso de nuestras sociedades con una dotación conceptual que, en el mejor de los casos, proviene de la segunda mitad del siglo XIX, cuando los modelos de comprensión de lo social se construyeron sobre metáforas de la mecánica más simple. Difícilmente, por tanto, pueden concebir las estructuras y tratamientos requeridos para gestionar una complejidad social que crece por minutos, sin las herramientas nuevas de la ciencia de, precisamente, la complejidad.

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Entre los muchos sistemas complejos del planeta se encuentran, notoriamente, las diversas economías que en él funcionan. El pensamiento ideológico, inevitablemente simplista, desprecia la diversidad de las mismas para hablar de dos sistemas contrapuestos: el capitalismo y el socialismo. Pero decir capitalismo o socialismo es realizar una gigantesca abstracción. Ni siquiera es lo suficientemente preciso hablar de mercados y, en cualquier caso, los existentes no se formaron por decisión central o por una conspiración que se propusiera establecer “el” capitalismo. Los mercados son emergencias naturales, desarrollo natural de la actividad económica del hombre, que implica intercambio de bienes. No hay sociedad de suficiente complejidad que no haya desarrollado sus mercados.

Es sobre esta naturalidad de los mercados, y no sobre grandilocuentes enunciados libertarios, que hay que fundar su defensa. Los mercados existen por la misma razón que existen el aparato circulatorio de los vertebrados o las montañas: porque en las reglas que gobiernan la realidad está implícita su aparición.

Por supuesto, quienes logran ventajas y acumulación de bienes en el intercambio económico obtienen asimismo influencia política, y a través de ella la capacidad para determinar regulaciones y leyes que les favorecen. Pero en esto no hay misterio; también en el “mercado político” se produce la misma cosa, y asimismo en el mero intercambio social, incluso en especies animales inferiores. Siempre hay algún león o algún gallo en la posición alfa, dominante, de la manada o el gallinero. La cosa está implícita en los genes y en la dinámica de una especie en relación con su hábitat, con los recursos que necesita.

Ahora bien, la humanidad lleva ya un poco más de doscientos mil años de presencia en la tierra, una vez que la evolución de los homínidos desembocara en la aparición de Homo Sapiens. Para el Pleistoceno Tardío—hace unos 126.000 años—no había en el planeta entero más de 10.000 parejas de esta especie capaces de reproducción; hoy habitamos el planeta unos 6.700 millones de seres humanos. La complejidad asociada a este crecimiento, potenciada por el asombroso desarrollo de las técnicas de comunicación, es prácticamente inconmensurable.

En particular, las economías humanas han alcanzado gran complejidad, con el crecimiento poblacional y el incesante desarrollo de nuevos productos. Cuando eran pocos—ganado, los primeros cereales, la sal, la cestería y la cerámica primitivas, etc.—bastaba el trueque directo entre unos y otros. Cuando fueron más, y la frecuencia de los intercambios se acrecentó a partir de cierto punto, el comercio no pudo ya sostenerse a base de permuta. El dinero y los mercados fueron la evolución requerida para permitir una nueva economía.

Al multiplicarse las clases de productos y servicios diferentes, por otra parte, se diversificó igualmente la dotación profesional de las sociedades. Para la Edad Media bastaba una clasificación tripartita de los roles (estamentos) sociales—oratores (el clero), bellatores (quienes hacían la guerra), laboratores (artesanos y siervos de la gleba)—y se distinguía sólo tres profesiones: Teología, Medicina, Derecho. ¿Cuántas profesiones y roles diferentes hay hoy en el mundo? Una estimación gruesa, obtenida de listados en varios países, indica que es posible distinguir hoy en día no menos de un millón de oficios diferentes.

Esta complejidad gesta, de suyo, instituciones y sistemas complejos. No es posible controlar esa diversidad desde un centro único de poder, ni siquiera mediante el empleo de los más poderosos computadores. (Ingenuamente, teóricos de un nuevo socialismo, como el baduelista ex chavista Heinz Dieterich, creen que el aumento de la capacidad computacional en el mundo permitiría que funcionaran ahora estructuras socialistas—de planificación centralizada—que fracasaron en la época soviética). Su modelación o simulación puede hacerse, sí, en computadores; el registro de las operaciones cotidianas debe hacerse en muchísimos computadores; su control y, sobre todo, las decisiones escapan a las capacidades de una autoridad central. Si bien su manejo descentralizado conduce, cada cierto tiempo, a situaciones harto indeseables—como la burbuja inmobiliaria en los Estados Unidos—la posibilidad de error está siempre presente en el intento de manejo centralizado y, por su propia estructura, un error centralizado es siempre más catastrófico.

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En la Ficha Semanal #214 (anteayer) de doctorpolítico decían Per Bak y Kan Chen, acerca del modelo de avalanchas en una pila de arena: “Un observador que estudie un área específica de una pila puede fácilmente identificar los mecanismos que hacen que la arena caiga, y podría incluso predecir si ocurrirán avalanchas en el futuro próximo. Sin embargo, para un observador local las avalanchas grandes serían en gran medida impredecibles, puesto que son consecuencia de la historia total de la pila entera”. En estricto sentido puede decirse, pues, que si a Julio César no se le hubiera matado de veintitrés puñaladas el 15 de marzo del año 44 antes de Cristo, el desplome de 777 puntos de la Bolsa de Valores de Nueva York del lunes de esta semana no habría ocurrido, o por lo menos no idénticamente. La historia de la pila humana está innumerablemente imbricada, y es de alguna manera un ejercicio poco constructivo privilegiar un “dato expiatorio”.

El debate, entonces, sobre las culpas del desplome bursátil del lunes 29 de septiembre, no sirve de mucho. A pesar de que, ex post facto, es posible trazar la trayectoria de los mercados financieros—en realidad una miríada de trayectorias entrecruzadas—que llevó a la gigantesca pérdida, lo más constructivo es percatarse de que los grandes agregados, los sistemas complejos, tendrán una historia que incluirá episodios catastróficos, y por ende debe aprenderse de la experiencia para mejorar los sistemas e instalar protecciones para el manejo de las emergencias que seguramente ocurrirán de nuevo. Es esa “robustez”—la persistencia—de los crashes económicos a la que se refiere el trabajo citado en el número anterior de esta carta: The Robustness of Bubbles and Crashes in Experimental Stock Markets, publicado hace ya quince años. (Artículos más recientes sobre el mismo fenómeno, como The Social Life of Financial Bubbles o el más técnico The Effect of Short Selling on Bubbles and Crashes in Experimental Spot Asset Markets, ambos de 2006, pueden obtenerse gratuitamente en Internet). No es otra cosa que un costoso aprendizaje social lo que ha motorizado el rechazo popular y parlamentario a la primera proposición, simplista y arbitraria, del gobierno de los Estados Unidos para el tratamiento de la crisis, y la prescripción terapéutica, por la misma razón, ha ido refinándose con el paso de los días.

Por supuesto, al nivel emotivo provoca linchar a cierta gente que supuestamente es sofisticada y no entiende asunto tan evidente. La semana pasada, el “Estratega Político Jefe”—ése es su pomposo título—de un grupo financiero de mediana importancia, dedicado al wealth management, opinaba que las discrepancias sobre el paquete que el Secretario del Tesoro de los Estados Unidos llevó al Congreso de su país no eran de republicanos contra demócratas, sino de un nuevo “populismo” contra el establishment, es decir, contra los que sí saben del asunto. Es penoso leer tan horrible descripción cuando fue precisamente el establishment del mercado de valores, que supuestamente sabía lo que hacía, el protagonista de la película de horror. No contento con esa altanera evaluación, todavía descargó el analista una observación acerca de lo que sería realmente preocupante: que el latigazo populista conduciría a una era de regulaciones más estrictas y a ¡una limitación en las remuneraciones de los ejecutivos financieros! (Stanley O’Neal, de Merrill Lynch, una de las firmas desaparecidas, percibió remuneraciones de 172 millones de dólares entre 2003 y 2007. En la misma empresa, John Thain obtuvo 86 millones de dólares al cabo de sólo un mes de trabajo el año pasado. Los ejecutivos tope de Goldman Sachs, Morgan Stanley, Merrill Lynch, Lehman Brothers Holdings Inc. y Bear Stearns, recibieron un total de 3.100 millones de dólares de remuneración en los últimos cuatro años. Esta cifra es tres veces mayor que lo que debió erogar J. P. Morgan para adquirir Bear Stearns). ¡Qué desalmada esa lectura del tal Estratega Político Jefe en momentos cuando centenares de miles de personas, en los Estados Unidos y en muchos otros países, ven esfumarse el valor de sus propiedades por causa de la crisis!

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Los recientes acontecimientos catastróficos en los mercados financieros estadounidenses, y los de países estrechamente conectados con ellos, han sido saludados con arrogancia socialista que proclama el fin del capitalismo. Se trata de una soberbia, de una hibris, equivalentes a las de Francis Fukuyama cuando decretaba “el fin de la historia” a la caída de la Unión Soviética. La hecatombe financiera del mes que acaba de concluir es ciertamente terrible, pero lo es más la catástrofe crónica del pueblo cubano o la que duró setenta años en Rusia bajo la égida comunista. Vale la pena, entonces, recordar palabras de John Haldane, prestigioso genetista inglés que dirigiera el Daily Worker, el periódico del Partido Comunista de Inglaterra: “Y así como hay un tamaño óptimo para cada animal, así también es cierto eso para cada institución humana… Para el biólogo el problema del socialismo consiste mayormente en un problema de tamaño. Los socialistas extremos desean manejar cada país como si se tratase de una empresa única. No creo que Henry Ford encontrase mucha dificultad en administrar Andorra o Luxemburgo sobre bases socialistas. Se puede pensar que un sindicato de Fords, si pudiésemos encontrarlos, haría que Bélgica Ltd. o Dinamarca Inc. fuesen rentables. Pero mientras la nacionalización de ciertas industrias es una obvia posibilidad en los más grandes entre los estados, no me es más fácil imaginar un Imperio Británico o unos Estados Unidos completamente socializados, que un elefante que diera saltos mortales o un hipopótamo que saltara sobre una cerca”. (On Being the Rigt Size, 1928). LEA

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CS #304 – Pompa y circunstancia

Cartas

Trilladísimo lugar común: que la peor de las maldiciones en China te desea que vivas una época interesante. La inestabilidad de muchos cambios se encargará de que afrontes innumerables y graves problemas. No es necesaria una maldición más específica.

En tales términos, los venezolanos ciertamente vivimos una época interesantísima, repleta de sobresaltos, y el Presidente de la República, responsable muy principal por la gran mayoría de ellos, ha ido a hablar de nuevo, precisamente, con los chinos. Hace nada regresó de Sudáfrica y todo hace pensar que empavó a Thabo Mbeki, a quien su propio partido le exigió ignominiosamente, quince días después de la visita “histórica” de Chávez, que renunciara a la Presidencia de su país, cosa que ya tuvo que hacer. A lo mejor resulta ser Chávez la contra: una maldición para los chinos. Realmente lo necesita; la época se le ha puesto harto interesante y él responde consistentemente: haciéndose el interesante.

También viven una época muy interesante los grandes países desarrollados, especialmente los Estados Unidos. La crisis sistémica de su aparato financiero ha alcanzado proporciones y agudeza inusitadas. Los más variados análisis del fenómeno han emergido con gran profusión, pero todos concuerdan en una noción central, expresada del modo más escueto por Dominique Strauss-Kahn, Director General del FMI: “…los sistemas financieros, … se han desarrollado en exceso en relación con la economía real”.

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Era el año de 1974. Poco antes de que concluyera su primera mitad, tenían lugar en Caracas las acostumbradas reuniones anuales de Corimón y sus empresas subsidiarias, en las que se examinaba el desempeño del año anterior, se consideraba los pronósticos para el año siguiente y se discutía los distintos planes de inversión. En general, las compañías de Corimón—conocidas también como el Grupo Montana o Grupo Neumann—tenían desempeños tan destacados, y sus planes eran tan profesionalmente elaborados, que se aprobaba casi todas las inversiones propuestas.

Pero esto no fue así en 1974. A fines de 1973 vivió el mundo el shock del embargo petrolero árabe, que no sólo sextuplicó los precios del petróleo en pocos meses—inundando con dólares la Tesorería Nacional de Venezuela, entre otros países—sino que encareció brutalmente los precios de las materias primas de origen petroquímico y suscitó una marcada escasez de las mismas. Siendo las más entre las empresas de Corimón industrias consumidoras de esas materias primas, ninguna de ellas pudo mostrar un resultado financiero que se aproximara a lo que habían sido sus pronósticos, y ya para mayo de 1974 comenzaba un ciclo de financiamiento internacional barato: el reciclaje de los petrodólares que las economías de los países de la OPEP no podían absorber en su totalidad y ofrecían al préstamo. (Paradójicamente, Venezuela, una de las naciones beneficiarias de esa burbuja de origen geopolítico, tomó prestadas importantes cantidades de esos dólares, que los grandes banqueros venían a ofrecer insistentemente en las mejores condiciones, tal como las entidades hipotecarias norteamericanas, y las británicas, españolas, rumanas e irlandesas, empujaron a los bolsillos de personas que ahora no pueden pagar sus hipotecas).

En una sesión de las reuniones de 1974, Lotar Neumann, el mayor de los hermanos checos que escaparon de su patria—habían sufrido al interesantísimo Adolfo Hitler y luego al muy interesante Josef Stalin—para fundar en Venezuela, en 1949 (cuando nadie creía que el país podía ser industrial), una fábrica de pinturas, tomó la palabra para denunciar a los bancos, las aseguradoras y las emisoras de tarjetas de crédito, como “actividades parasitarias de la economía”. Sujetando el grueso borde de la mesa directiva, afirmaba con iracundia: “¡La economía de verdad es la que se hace con las manos!” (Manu factura).

Irónicamente, sería su propio yerno, veinte años más tarde, quien presidiría el abandono por Corimón de tan fuerte y claro ethos industrial (expresado en una carta de política básica que la definía como grupo industrial y a las compañías de servicios que estableciera como meros auxiliares de su función fundamental). Con los “ajustes” macroeconómicos del segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez, se liberó las tasas de interés hasta niveles que hacían carísimo el financiamiento de las industrias y en cambio muy atractiva la especulación financiera. Corimón se dedicó en ese período—hipertrofiando la importancia y autoridad de su vicepresidencia de finanzas, a la que hizo prevalecer sobre las funciones clásicas de producción y mercadeo—a emitir y jugar con papeles—GDRs, principalmente—en la bolsa de Nueva York. Poco después, al enredarse en actividades para las que no estaba vocacionalmente destinada, vino el derrumbe, y el emporio que pacientemente habían construido los hermanos Neumann durante casi cincuenta años, se vio presa de los acreedores. Cuando la propiedad de Corimón pasó a otras manos, la participación total de la fraternal pareja, que originalmente poseía el 96 por ciento del capital, llegó a representar tan sólo 6 por ciento. El emblemático Hans Neumann, que ya no era el responsable ejecutivo—había sido apartado inmisericordemente antes de la alocada hipertrofia financiera como jarrón chino—, en medio de la indignación y la vergüenza superpuestas a otros dolores personales, fue presa de un accidente cerebrovascular que le mantuvo hemipléjico en silla de ruedas hasta su sepelio, el mismo día del ataque hiperterrorista a las torres gemelas de Nueva York.

Veinte años después de aquellas reuniones anuales de Corimón, en medio de la crisis bancaria que aquejó el inicio del segundo gobierno de Rafael Caldera, y teniendo en mente el peligroso rumbo que había tomado la empresa, el suscrito escribió en publicación que producía por aquel tiempo:

El sector financiero venezolano ha sido el niño consentido del país. Mientras el sector industrial y el agro venezolanos han sufrido los embates de los astronómicos costos financieros, los bancos del país obtuvieron carta blanca para mantener desmedidos diferenciales entre sus tasas activas y pasivas. Ahora, después de evidenciarse que una cantidad significativa de instituciones financieras se hallaba, a pesar de todas las ventajas, en precaria situación, el Estado ha tenido que salir al rescate con un auxilio en dinero que equivale a la tercera parte del presupuesto nacional… Ningún otro sector de la economía creció tanto y tan rápidamente como el sector financiero en los últimos años: en el volumen de ingresos, en el despliegue de instrumentos de captación, en la profusión de gasto publicitario… Las mismas empresas no financieras, no obstante, han tenido participación en el proceso de exacerbación de lo financiero en la Venezuela de los años recientes. Unas, porque decidieron entrar como inversionistas en actividades financieras; otras, simplemente, porque permitieron una mayor preeminencia de sus vicepresidencias de finanzas y dedicaron un tiempo importante a una mayor manipulación del efectivo. Este último aspecto tiene explicación razonable, por supuesto. En una economía inflacionaria, de constante devaluación del signo monetario, de altas tasas de interés, la función financiera dentro de las empresas tiende naturalmente a ocupar un mayor espacio dentro del proceso gerencial y estratégico… Tomando esto en cuenta, no obstante, es posible afirmar que uno de los problemas básicos de la economía venezolana es, hoy por hoy, el crecimiento desproporcionado de la actividad financiera nacional, el que ha incluido una buena parte de actividad puramente especulativa. Y esto mismo constituye un importante aporte de combustible al mecanismo de la inflación. Para sustentar esta última afirmación será necesario refrescar las definiciones elementales de inflación… Los economistas acostumbran distinguir dos ciclos complementarios y ‘opuestos’ de producción. El primero de ellos, constituido por la suma de los productos y servicios generados dentro de un determinado territorio, es el sistema del producto ‘real’. En oposición a él, el volumen monetario presente en el mismo período dentro del mismo espacio es denominado el sistema simbólico o ‘virtual’. Está compuesto por el dinero en todas sus formas: efectivo, efectos de pago tales como el llamado ‘dinero plástico’, cuasi-dinero… En teoría, se tiene inflación cuando el sistema virtual de la economía crece más aceleradamente que el sistema real. Esto es, justamente, lo que ha venido ocurriendo en Venezuela. No sólo proviene la inflación, pues, del crecimiento del gasto público y de la devaluación constante de nuestra moneda. También del desarrollo de la actividad bancaria y financiera en general el que, como hemos dicho, ha sido muy superior al experimentado por los sectores aportantes de producto real. Basta constatar la exigua variedad de títulos que se negocian en la muy activa y expandida Bolsa de Valores de Caracas. Casi que se trata de una bolsa para el manejo de las acciones de una sola empresa: La Electricidad de Caracas, que en la mayor parte de las jornadas constituye por sí misma las dos terceras o las tres cuartas partes—a veces más—del volumen negociado diariamente. A pesar de esta precariedad, se concede, desde hace unos pocos años, una atención recrecida a la actividad bursátil local, y todo noticiero que se precie dedica un segmento apreciable de su tiempo al reporte de las transacciones sobre apenas una decena de títulos… Visto desde esta perspectiva, la débâcle de un número apreciable de bancos y la subsiguiente compactación del sector, así como el objetivo gubernamental de reducir las tasas de interés, pueden ser vistos como procesos—traumáticos, por cierto—que pudieran corregir el desequilibrado crecimiento del sector financiero venezolano. Un sector que ha experimentado una modernización considerable, pues ese logro debe anotársele sin mezquindad; un sector que contiene más de un ejemplo de administración sobria y recta; un sector, no obstante, que creció más de lo debido, ante la inconsciencia de un sector público que debió darse cuenta, a tiempo, de la crisis que se estaba gestando. (referéndum, Vol. I, Nº 3, 4 de mayo de 1994).

Es decir, en maqueta, los venezolanos vivimos a nuestras modestas escalas lo mismo que sufre ahora el sistema financiero estadounidense. Nos adelantamos a los gringos. Somos unos machetes.

………

Lo que está ocurriendo ahora en los mercados financieros de los Estados Unidos es de suma gravedad, al punto que se ha comparado la crisis con el crash de 1929, que abrió las puertas a la Gran Depresión de las economías del mundo. Entre ambos procesos hay más de una diferencia; una importante es que entre los primeros signos de que algo andaba mal y el desplome bursátil del 24 de octubre de 1929 transcurrió poco más de un mes. En el caso actual, ya hubo importantes temblores financieros—que alcanzaron a Europa y Asia—hace al menos trece meses y, en general, la depresión del sector inmobiliario en los Estados Unidos, detonante de la explosión de su burbuja, ya era detectable hace más de dos años. Es decir, el asunto ha sido la crónica garciamarquista de una muerte anunciada. Las autoridades financieras de los Estados Unidos dejaron correr por mucho tiempo el veneno de los activos hipotecarios inflamados que ahora llaman, apropiadamente, tóxicos.

El impacto es de dimensiones tan enormes que The Guardian Weekly, el semanario inglés, preguntó a Vince Cable (Shadow Minister of the Treasury del partido Liberal-Demócrata) hace sólo nueve días: “¿Es esto el principio del fin del capitalismo como lo conocemos?” (Guardian Podcast #78). Cable rechazó esa interpretación, pero el mero hecho de que la pregunta haya sido concebida revela la extensión de la crisis de confianza, casi universal, que afecta ahora a los muy sofisticados sistemas financieros de los países más desarrollados del mundo. Los productos de una altanera ingeniería financiera se tambalean como un viaducto que estuvo bien hecho, pero fue colocado sobre terreno movedizo.

La cosa ocurre, por otra parte, en la recta final—mes y medio—de la campaña por la Presidencia y la Vicepresidencia de los Estados Unidos, e innegablemente ha tenido ya su efecto político inicial, al comienzo de un huracán electoral que está por crecer de su estado actual de tormenta tropical. Según una encuesta de Bloomberg/Los Angeles Times, reportada ayer, 55% de los estadounidenses (contra 31%) opina que no es asunto del gobierno federal lanzar un salvavidas a las instituciones financieras privadas ahora en peligro, a costa del dinero de los contribuyentes. (Como se sabe, el gobierno de Bush, representado por Henry Paulson, Secretario del Tesoro, y apoyado por Ben Bernanke, el Presidente de la Reserva Federal, busca aprobación del Congreso para un plan de emergencia, que gastaría 700 mil millones de dólares para adquirir los “activos tóxicos” y retirarlos del sistema financiero). De acuerdo con el mismo sondeo, 45% de los consultados (contra 33%) piensa que Barack Obama manejaría la crisis mejor que John McCain, y casi 80% cree que los Estados Unidos van por mal camino.

Pero el gobierno de Bush tiene pocas opciones. La toxicidad de préstamos hipotecarios atapuzados por instituciones financieras alegremente irresponsables, cuyos ejecutivos ganan inmensas remuneraciones, a ciudadanos sin medios para servirlos, pudiera ya haber contaminado irremediablemente al dólar mismo, y éste es todavía la moneda del mundo. Cunde la sospecha de que el salvamento programado por el Departamento del Tesoro no será suficiente para detener la septicemia financiera. (En la crisis de 1929, los bancos líderes del momento invirtieron enormes sumas de dinero, al día siguiente del crash, para comprar acciones en barrena con la esperanza de detener el colapso. Cuatro días más tarde, el Martes Negro superaba el desastre del Jueves Negro y la crisis se extendía. Entre nosotros hubo, en 1983, quienes creyeron que la fuerte devaluación del bolívar de nuestro propio Viernes Negro sería suficiente para enderezar la maltrecha economía venezolana).

Ni ha cesado, pues, ni cesaría tal vez con ni siquiera una gigantesca intervención del gobierno de los Estados Unidos—en contra de la ortodoxia liberal—la diseminación de la enfermedad por el planeta. Esta peste no ha terminado de matar fortunas.

En la base del asunto está una deformación sistémica. Ha explotado una pompa especulativa de proporciones titánicas, pero es que la formación de burbujas parece ser consustancial al funcionamiento de los mercados de capital. Incluso en “mercados experimentales”—juegos de simulación con participantes de alguna sofisticación—en los que se elimine la especulación y esté ausente el exceso de confianza, emergen espontáneamente las burbujas, definidas como discrepancias injustificables entre el valor de mercado y el valor intrínseco de las cosas. (Ver King,  Smith, Williams, Arlington y van Boening: The Robustness of Bubbles and Crashes in Experimental Stock Markets, en Nonlinear Dynamics and Evolutionary Economics, Oxford University Press, 1993). Se trata de sistemas complejos, que ni pueden ser regulados por control central ni parecen poder escapar a crisis caóticas cada cierto tiempo.

En el fondo de todo, por supuesto, está la ambición humana, que lleva a la búsqueda de desmedidas recompensas inmediatas. En la “gestión de la riqueza” (wealth management), una pequeñísima proporción de la humanidad se involucra en el remunerador trabajo de hacer que los ricos sean más ricos. En el proceso, sin embargo, producen descomunales agujeros negros en la economía, que devoran más rápidamente a los más débiles. Encima quieren que se les ofrezca sueldos fabulosos, y se pague sus platos rotos, mientras se lavan las manos.

LEA

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