Checoeslovaquia durante la década anterior a la II Guerra Mundial (Wikimedia)
He compuesto mi primera (y última) sinfonía. Ha sido tarea nada difícil, puesto que su construcción no fue otra cosa que un plagio.* (Cuatro plagios, para ser exactos). Cada movimiento de esta más que holgazana «composición» fue aportado por un compositor distinto, pero la unidad del conjunto radica en que cada uno de ellos era checo. (Admito que ando en onda«hanseática«, puesto que no dejo de pensar en el amigo desaparecido, Hans Neumann, checo, desde que supiera delvideo promocionaldel libro de su hija, Ariana, sobre su existencia checo-germana antes de venir a vivir en Caracas en 1949).
En orden cronológico, es más antiguo el tercer movimiento (Polka), compuesto originalmente entre 1863 y 1866 por Bedrich Smetana para su exitosa ópera, La novia vendida. El segundo trozo más antiguo es el primer movimiento, que es verdaderamente el primero, Allegro con brio, de la bella Sinfonía #8 en Sol mayor, el opus 88 de Antonín Dvořák, completado en 1888. Luego viene el cuarto movimiento de «mi» sinfonía, contemporáneo del anterior y que es—¡oh casualidad!—el cuarto y explosivo movimiento final (Stürmisch Bewegt, Movimientos tormentosos) de la Sinfonía #1 en Re mayor (Titán) de Gustav Mahler, compuesta entre 1887 y 1888. Finalmente, el segundo movimiento, Adagio, corresponde a la Serenata para cuerdasen Mi bemol mayor (1892) de Josef Suk, discípulo y yerno de Dvořák. (Es más apropiado hablar de desordencronológico).
¿De dónde surge el cognomento de Sinfonía transecular, si cada sección fue compuesta en el acontecido siglo XIX? Bueno, porque Smetana murió en 1884, pero Dvořák (1904), Mahler (1911) y Suk (1935) lograron existir en el siglo XX, y si hubiera llamado a la obra que me pone orgulloso Sinfonía checa quienes se enteraran habrían sospechado de inmediato. (En el álbum de Columbia Records que reunía todas las sinfonías de Mahler interpretadas por la Orquesta Filarmónica de Nueva York, conducida por Leonard Bernstein, podía leerse un breve ensayo de este gran director de orquesta acerca de la figura de Mahler. Allí asentaba que Mahler era un espíritu escindido varias veces: por su doble nacionalidad bohemia e imperial, por su raíz judía y su catolicismo asumido—para no pasar tanto trabajo en el católico Imperio Austro-Húngaro—, por su nacimiento en el siglo XIX y su fallecimiento en el XX, «con una pierna en un siglo y la otra en el siguiente», escribió Bernstein; él fue, junto con Dvořák y Suk, verdaderamente transecular).
He aquí «mi» sinfonía. Los movimientos están ejecutados por distintos artistas, como conviene a un plagiario para sembrar la confusión. El primero está a cargo de George Szell y la Orquesta de Cleveland—que vino a Venezuela (con Lorin Maazel como director) en 1975**, traída por la Fundación Neumann en proyecto que manejara fundamentalmente María Cristina Anzola de Neumann, escasamente auxiliada por mi parte. (La Fundación Creole, a cargo de Alfredo Anzola Montauban, tío de Ma. Cristina, ayudó en el financiamiento de la feliz visita). Bohdan Warchal dirige la Orquesta de Cámara Eslovaca en el segundo movimiento de Sinfonía transecular, mientras que Leopold Hager dirige en la Polka la Orchestre Symphonique de Radio-Télé-Luxembourg. Finalmente, lo que es en verdad de Mahler (y no mío) ha sido confiado acá a nuestro Gustavo Dudamel, en inolvidable conducción de la Orquesta Filarmónica de Los Ángeles como su director titular.
* Para reforzar este asunto del plagio, pongo acá la presentación (en inglés) de una obra del músico humorista Peter Schickele, «descubridor» de un presunto hijo perdido de Johann Sebastian Bach: P. D. Q. Bach. (PDQ significa, según el Cambridge English Dictionary, pretty damn quick, o malditamente rápido). La pieza de Schickele, que no suena acá por espantosa, lleva por título Unbegun Symphony (Sinfonía incomenzada),en sí algo plagiario al meramente invertir el nombre de la Sinfonía Inconclusa (Unfinished Symphony) de Franz Schubert.
Presentación de Schickele
**La Orquesta de Cleveland nos ofreció dos conciertos: la noche del sábado 19 y la mañana del domingo 20 de abril de 1975. Con la facilidad que me permitía ser uno de los organizadores, había comprado boletos para toda una fila del patio del Teatro Municipal—no existía la Sala Ríos Reyna—e invitado a unos cuantos amigos que la llenarían; pero el miércoles 16 cerca del mediodía me accidenté mientras manejaba una motocicleta en la urbanización Los Ruices, con el resultado de una triple fractura de la cabeza del húmero izquierdo, lo que fue tratado con un chaleco de yeso de 11 kilos de peso que mantenía mi brazo elevado, apoyado en un trozo de palo de escoba tendido entre el antebrazo y el tórax. No me iba a perder los conciertos, por supuesto, e incluso me presenté, nuevamente premunido de mi condición de organizador, en el ensayo general el sábado a las 10 de la mañana. Lorin Maazel llegó al proscenio a trabajar y, viendo al patio, divisó con algo de detenida curiosidad a quien vestía un aparatoso chaleco de yeso. A la noche volvería a ver al mismo asistente, esta vez encorbatado, sentado en el asiento de su fila que daba al pasillo central para estorbar lo menos posible con el alzado brazo inmóvil, y lo mismo contempló a la mañana del día siguiente. Al concluir el último concierto con la Quinta Sinfonía de Tchaikovsky, salí apresuradamente a la casa de Hans y María Cristina en Los Chorros, donde éstos habían invitado a almorzar a Maazel y a todos los músicos de la orquesta. Los sorprendidos ojos del director vieron, al entrar a la casa, al accidentado melómano recibirle al lado de los anfitriones, y él me invitó a sentarme a su lado en la mesa en la que almorzaríamos para conversar. Allí le confié que yo había comprado su primera grabación (al frente de la Filarmónica de Berlín): un álbum Deutsche Grammophon con Romeo y Julieta de Tchaikovsky y extractos del ballet de Prokofiev y la sinfonía dramática de Berlioz con el mismo nombre. Otras cosas que dije después lo convencieron de que hablaba con un amante de la música sinfónica, y en un arranque entusiasta me dijo que, si alguna vez iba yo a Cleveland, él me prestaría su batuta para que yo dirigiera la orquesta durante diez minutos. Nunca fui, así que pelé ese boche.
Con este video se inaugura el canal de Dr. Político en YouTube por el que pronto transmitiré semanalmente, como lo hice desde Radio Caracas Radio entre el 12 de julio de 2012 y el 18 de mayo de este año. LEA
Son muy distintos John Barry y Marc Anthony, pero cada uno en su carácter es músico especialísimo, con una artesanía cuidada, responsable, que rinde piezas extraordinariamente satisfactorias al oído. Bueno, Barry ya no lo es, puesto que falleció en 2011, aunque su música permanece para nuestro deleite. Hijo de un operador y dueño de salas de cine irlandés y de una pianista clásica inglesa, nacido en York, fue la perfecta fusión de ambas raíces: Barry nos legó, precisamente, un buen número de musicalizaciones para películas, todas con su elegante y noble sello, reconocido con cinco premios Oscar; cuatro por la mejor partitura original: Born Free (1966), El León en Invierno (1968), África Mía (1985), Danza con Lobos (1990) y el quinto por mejor canción original, igualmente por Born Free. A esto habría que sumar dos reconocimientos de BAFTA y un Globo de Oro.
Oigamos tres de sus particularísimos temas: el de Born Free, luego el de El León en Invierno (con un coro que canta en latín*) y el especialmente bello de Somewhere in Time, unapelícula de 1980con Jane Seymour, actriz de intrigante belleza—homónima de la tercera esposa del rey Henrique VIII de Inglaterra—que es pretendida, mediante el retroceso en el tiempo, por el personaje que encarna Christopher Reeve.
Born Free
The Lion in Winter
Somewhere in Time
Y ahora escuchemos tres de las numerosas producciones del más refinado genio de la salsa, Marc Anthony. (Esto es unnom de guerre escogido por quien fuera bautizado por sus padres, Felipe Muñiz y Guillermina Rivera, con el mismo nombre del magnífico cantante mexicanoMarco Antonio Muñiz. La escritura inglesa fue la forma escogida artísticamente para evitar la confusión de los homónimos). Primeramente, Valió la pena (Premio Grammy 2005); a continuación Tu amor me hace bien, del mismo álbum que la anterior; finalmente, la estupenda pieza No me ames, en video proporcionado por YouTube que vale la pena ver a pantalla completa y en el que el compositor neoyorquino de origen portorriqueño canta con quien fuera su esposa, la impar Jennifer López.
Valió la pena
Tu amor me hace bien
Debemos estar agradecidos de ambos músicos, creo yo. LEA
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* Regis regum rectissimi prope est dies Domini, dies iræ et vindictæ, tenebrarum et nebulæ, diesque mirabilium tonitruorum fortium, dies quoque angustiæ, mæroris ac tristitæ.
Es poco probable que el nombre de Hugo Alfvén, compositor nacido en Estocolmo, sea familiar incluso para melómanos avezados, pero apuesto a que muchos hemos oído su Rapsodia sueca #1, apodada Midsommarvaka, (Vigilia en medio del verano). Cotejemos nuestra memoria musical con esta versión de la Orquesta de Filadelfia, conducida por quien la puliera hasta la perfección, el húngaro Eugene Ormandy:
Rapsodia sueca #1
Asimismo, apuesto alto a que el nombre de Julius Fučík, músico nacido en Praga, es bastante desconocido entre nosotros, aunque todos recordemos instantáneamente su Entrada de los gladiadores, probablemente escuchada por primera vez en una función de circo (Elgar Howarth dirige el Ensemble de Philip Jones):
Entrada de los gladiadores
Más de una vez vi la carátula de discos con piezas de Ernst von Dohnányi, un compositor húngaro no tan innombrado, en el salón de música de mi compinche y maestro sinfónico, Rafael Sylva, y creo recordar lo mismo en casa de un gran amigo de juventud, Johann Ossott Franklin. El recuerdo es sólo visual; no fue sino hasta hace muy poco cuando oyera su primera sinfonía, cuyo movimiento inicial pongo acá abajo (Leon Botstein dirige la Orquesta Filarmónica de Londres):
Sinfonía #1 en Re menor – 1. Allegro
¿Había oído algo del sueco Johan Svendsen? Nada de nada. He aquí una hermosa pieza suya, con Miklos Szenthelyi en el violín y Gyorgy Gyorivånyi-Råth al frente de la Orquesta Estatal Húngara:
Romance en Sol mayor
Tal vez haya escuchado cuando niño, en casa de mi madrina de bautizo, el aria de Stanislao Gastaldon que continúa este grupo de piezas, pues ella tenía unos cuantos discos de 78 r. p. m. con grabaciones de Enrico Caruso, quien acá la canta. Entiendo que fue o era una canción popular:
Musica prohibita
De quien sí había aprendido algo era de Josef Suk, e incluso que fue discípulo y yerno de Antonín Dvořák, pero no hace mucho que descargué su refrescante Serenata para cuerdas, a cargo de Bohdan Warchal ante la Orquesta de Cámara Eslovaca:
Serenata para cuerdas en Mi bemol mayor – 1. Andante con moto
Deliberadamente, dejé de última la pieza que prefiero en este grupo de obras: el primer movimiento del Concierto para piano y orquesta en Sol mayor de Artur Lemba, la primera obra de esa clase compuesta en Estonia. (Lemba también compuso la primera sinfonía estoniana). Mihkel Poll al piano y Paul Mägi, quien dirige la Orquesta Sinfónica de la Academia Estoniana de Música y Danza, se encargan de cerrar esta ofrenda de música inusual, pero muy satisfactoria.
Ferde Grofé se inclina sobre George Gershwin mientras éste toca el piano
A J. R.
El blues (cuyo significado es melancolía o tristeza) es un género musical vocal e instrumental, basado en la utilización de notas de blues y de un patrón repetitivo, que suele seguir una estructura de doce compases. Originario de las comunidades afroamericanas del sur de los Estados Unidos a principios del siglo XX, en los años sesenta este género se convirtió en una de las influencias más importantes para el desarrollo de la música popular estadounidense y occidental. Se lo lee en géneros musicales como el ragtime, jazz, bluegrass, rhythm and blues, rock and roll, funk, heavy metal, hip-hop, música country y pop.
En la enumeración de Wikipedia faltó la música sinfónica; para incluir la asociación de blues y academia, George Gershwin se ocupó de componer Rhapsody in blue en 1924. Originalmente para piano y banda de jazz, con orquestación de Ferde Grofé (el compositor de la Suite del Gran Cañón), se vistió de orquesta sinfónica en 1942 cuando Grofé se encargó de nuevo de la partitura orquestal. Es la obra más famosa de Gershwin, con razón.
En 2011, la Orquesta Filarmónica de Los Ángeles se propuso rendir un tributo a Gershwin e invitó a Herbie Hancock, el gran pianista de jazz, a interpretar la Rapsodia con el acompañamiento sinfónico que dirigiría Gustavo Dudamel. En su Conductor of the People, Arthur Lubow escribió para el Magazine de The New York Times (28 de octubre de 2007) un extenso artículo sobre el venezolano y el Sistema de Orquestas Juveniles e Infantiles de Venezuela, creación imperecedera de José Antonio Abreu; allí reproduce este testimonio:
Los músicos procuran asir palabras para expresar lo que hace tan excitante tocar para él. “Cuando está dirigiendo la pieza, uno siente como si estuviera siendo compuesta en ese momento; es como si la estuviese creando él mismo”, dice la primera clarinetista de la Filarmónica de Los Ángeles, Michele Zukofsky. “Lanza hacia atrás el pasado. Uno no se queda atascado en lo que está supuesto a ser. Es como jazz, en cierta forma”. (Director del Pueblo, 6 de noviembre de 2007).
Es justamente ella, Zukofsky, quien inicia la Rapsodia con el solo de su clarinete en este video de la feliz colaboración de Hancock con Dudamel y los músicos de Los Ángeles:
Mariss Jansons, un superdotado de la dirección musical
A Oscar Álvarez Sylva, mi compinche insustituible
Hoy me ha hecho una falta enorme Rafael Sylva, al descubrir una grabación de la Segunda Sinfonía en Do menor (Resurrección) de Gustav Mahler, el compositor que supe apreciar gracias a sus lecciones, por la que fuera su orquesta favorita: la Real Orquesta del Concertgebouw de Ámsterdam. Por la época en la que oía música y recibía sus enseñanzas en su casa, sólo llegamos a comparar la versión de Georg Solti frente a la Orquesta Sinfónica de Chicago y la de Leonard Bernstein con la Orquesta Filarmónica de Nueva York; era ésta la que prefería,* esencialmente por un fugaz pasaje tormentoso que emerge en el primer movimiento de la obra (a los 12′ 09″ del audio colocado abajo). Fueron muchas las veces en que puso, en su estupendo equipo de sonido, ese movimiento de la pieza para adoctrinarme. No llegamos a degustar juntos, sin embargo, la rica versión de la orquesta holandesa (que desde hace décadas la revista inglesa Gramophone ubica de primera en su autorizada lista de las mejores orquestas del mundo). El grado de detalle artesanal que logran sus ejecutantes es evidente en esta grabación de ese movimiento del que Rafael conocía hasta la última nota:
Allegro maestoso
Quien marca la pauta es Mariss Jansons, el Director Principal de esa orquesta filigrana desde septiembre de 2004 hasta marzo de 2015, un músico tan increíble como los que guiaba con su batuta y sus gestos. De ellos dijo: «De pie en el podio delante de los músicos, siempre aprecié cuán especiales eran. Su aproximación a la hechura de la música va mucho más allá de cuestiones de sonido; es tan profunda, tan honda, tan noble… crean una atmósfera única, haciéndote sentir que has entrado en un mundo muy especial».
Jansons está doblemente vivo de milagro. Casi murió de un infarto del miocardio en Oslo en 1996, a punto de concluir su dirección de La bohème, de Giacomo Puccini. (Su padre, Arvīds Jansons, igualmente director de orquesta, falleció por lo mismo doce años antes mientras dirigía la Orquesta Hallé, de Manchester). Hoy en día, Mariss Jansons porta en su pecho un desfibrilador encargado de reactivar su corazón en caso de falla. Pero su existencia misma es casi milagrosa: su madre, Iraida, era judía, y debió parirlo escondida, prácticamente contrabandeada fuera del Gueto de Riga (Letonia), donde su padre y su hermano fueron asesinados por los nazis.
Este asombroso director de orquesta es todavía (desde 2003) el Director Principal de la finísima Orquesta Sinfónica de la Radio de Baviera—sexta en la lista de Gramophone—, de la que ha dicho que conducirla es como manejar un Rolls Royce: «He aquí una orquesta que no sólo es muy brillante, sino que no tiene ninguna debilidad, compuesta de ejecutantes enormemente espontáneos y emocionales, que tocan cada concierto como si pudiera ser el último». Antes se desempeñó un año (1979-1980) como Director Musical de la Filarmónica de Oslo, y es esta orquesta la que dirige acá en los poderosos y nobles compases de cierre del primer movimiento de la Sinfonía Manfredo de P. I. Tchaikovsky.
Manfredo – Final del 1er. mov.
Un paseo
He traído acá este fragmento no sólo porque es uno de mis pasajes musicales favoritos, sino porque sigo esperando resultados de la gestión noruega a favor de la apertura de una salida negociada a nuestra enmarañada situación política. De Riga a Oslo, para los nórdicos, es un paso, pero como de Oslo a Caracas el viaje es mucho más largo, los noruegos se habían mudado a Barbados. (Ver De Oslo a Bridgetown).
El diálogo y la música son más fuertes que el odio. «Ohne Musik wäre das Leben ein Irrtum» (Sin la música, la vida sería una equivocación), dijo Federico Nietzsche, y la política es evidentemente parte de la vida. LEA
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*Ésta es la concepción de Bernstein para la erupción musical contra la que Rafael Sylva medía toda otra interpretación de la Segunda Sinfonía de Mahler:
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