Un reconocimiento mezquino

Eduardo Fernández en acto en homenaje a Rafael Caldera (25 de mayo)

Eduardo Fernández en acto en homenaje a Rafael Caldera (25 de mayo)

 

…esta persona misma es político flexible, y por esto es recibido siempre bien en los mejores círculos; no causa roncha. Despuntando el año de 1994, me admitió que Aristóbulo Istúriz tuvo razón en decirle: “Tú eres el único político venezolano que es al mismo tiempo de los Leones del Caracas y los Navegantes del Magallanes”.

Hallado lobo estepario en el trópico

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Eduardo Fernández acaba de enviarme un artículo suyo, al que tituló Rafael Caldera – Caldera fue un venezolano excepcional. Cuatro meses y medio tardó*—se celebra el centenario del nacimiento de Caldera desde el 24 de enero, su fecha natal—para producir lo que pasa por ser un reconocimiento pero es en verdad un resuello por la herida.

Por supuesto que el texto de Fernández incluye elogios a quien fuera su mentor; no faltaba más, regatearlos habría sido demasiado notorio. Pero la mezquindad se revela en su reiteración de una idea dominante:

De Caldera podría decirse lo que dijo el gran escritor uruguayo José Enrique Rodó de Simón Bolívar: “Grande en el pensamiento, grande en la acción, grande en el infortunio, grande para magnificar la parte impura que cabe en el alma de los grandes…” (…) La reacción de Caldera frente a la contundente mayoría que respaldó mi candidatura en el Congreso Presidencial Social Cristiano que se celebró en el Poliedro de Caracas en noviembre de 1987 me parece que habría que anotarlo en aquello de “la parte impura que cabe en el alma de los grandes”. Su empeño en volver a ser Presidente de Venezuela lo llevó a tener que gobernar en circunstancias muy difíciles y a tener que terminar el brillante ciclo de su notable carrera política, entregando los símbolos del poder a un Teniente Coronel golpista que representaba el retroceso a lo peor de la historia política venezolana. Caldera, como dijo Rodó de Bolívar fue: “grande en el pensamiento, grande en la acción, grande en el infortunio y grande para magnificar la parte impura que cabe en el alma de los grandes…”

La triple cita de Rodó delata muy claramente su intención: destacar lo que entiende por «la parte impura» de Caldera. Por lo que respecta a su propio empeño por ser Presidente de Venezuela, Fernández (con todo derecho, por supuesto) lo ha manifestado incesantemente desde al menos 1984; treinta y dos años en total.

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En el primer capítulo de Las élites culposas, asiento mi evaluación de la campaña de Fernández en 1988:

[Fernández] había protagonizado una hazaña considerable: la de vencer a su mentor, Rafael Caldera, el líder indiscutible de COPEI desde su fundación en 1946, en el Congreso Presidencial celebrado en noviembre de 1987 en el Poliedro de Caracas.

La preparación de la candidatura de Fernández fue bastante anticipada. A poco de la derrota de Caldera por Jaime Lusinchi en las elecciones de 1983, Fernández organizó en una de las salas de Parque Central el acto de lanzamiento del Congreso Ideológico de COPEI, que a la postre se celebraría en octubre de 1986 en salones del Hotel Ávila de Caracas. En Estudio copeyano (19 de octubre de 1994), recordé la ocasión:

En 1984 se hizo un acto controlado por Eduardo Fernández, al que fue invitado Rafael Caldera, para declarar abierto el proceso preparatorio de un “congreso ideológico de COPEI”. (…)

Caldera asistió al evento acompañado de su esposa. Su entrada fue muy aplaudida, pero fue anterior y significativamente menos aplaudida que la triunfal entrada de Eduardo Fernández, igualmente acompañado por su esposa. Eduardo Fernández tomó la palabra y asestó con ella, ante el alborozo de la audiencia, el florentino golpe de puñal: recordó a Rafael Caldera, y a los asistentes, las palabras que éste había pronunciado al admitir su derrota ante Jaime Lusinchi: ”El pueblo nunca se equivoca”.

Fernández enfatizaba así, sobre la descuidada frase de Caldera, que los electores venezolanos estuvieron acertados al no elegir a su maestro como Presidente de la República en 1983. En 1986, lanzaría su propia candidatura con un insólito despliegue publicitario, pretendidamente felino.

El Congreso Ideológico Nacional de COPEI estuvo precedido del Congreso Ideológico Distrital en Caracas, que Eduardo Fernández clausuró con un discurso de cierre el 20 de septiembre de 1986. El lema de este evento preparatorio recogía un cíclico complejo de culpa copeyana: “Al rescate de la diferencia”. Lo que esto quería decir era que COPEI era culpable de haberse pragmatizado: “Nos hemos adequizado. Tenemos que rescatar la diferencia que nos distingue de Acción Democrática”.

Increíblemente, Fernández contradiría frontalmente tal propósito cuando sólo ocho días habían transcurrido. El 28 de septiembre de 1986, dos días antes de la apertura del Congreso Ideológico Nacional que él mismo inauguraría, anunció su candidatura presidencial, con más de dos años de anticipación a la fecha electoral, y la justificó ¡porque Acción Democrática había puesto la candidatura de Octavio Lepage en la calle!

Sobre estos hechos comenté en Estudio copeyano:

Obviamente, Lepage no era el candidato presidencial de su partido en ese momento ni lo fue nunca, era sólo un precandidato. Bastaba que Fernández dijera que presentaría a los copeyanos su candidatura a la candidatura presidencial copeyana, si es que contaba con profundas razones para creer que tal declaración se hacía necesaria por el hecho de que Lepage hubiese mostrado sus intenciones. Nada de eso era necesario, como tampoco el dispendio de la campaña desatada horas después de esa declaración, en afiches en color colocados en varias partes de la geografía venezolana; en cuñas televisadas actuadas; en la insistencia en identificarse con la imagen, concepto y asociaciones mentales de un tigre. Este solo hecho de su identificación tigresca como proposición primera, horas antes de inaugurarse un congreso ideológico nacional, tenía que inducir a Rafael Caldera a graves sospechas sobre la forma de priorizar de Eduardo Fernández, si es que por ese entonces Rafael Caldera no tenía motivos explicables para negar a Eduardo Fernández el derecho a postularse.

La flexibilidad de los invertebrados

La flexibilidad de los invertebrados

Discutí este último punto con Caldera al año siguiente, en el mes de septiembre, cuando faltaban escasos dos meses para la derrota más humillante en la carrera política del fundador de COPEI. En la biblioteca de su casa de Los Chorros, Tinajero, le dije que el país le hacía en realidad dos preguntas. La primera, opiné, ya la había contestado. ¿Por qué Caldera? Porque era un estadista experimentado, con dotes y trayectoria útiles al próximo Presidente de la República, quien tendría que lidiar con el desastre que Lusinchi dejaba. La segunda pregunta, le dije, no la había contestado todavía: ¿por qué no Eduardo Fernández? Había sólo una forma, continué, de contestar eficazmente esa inquietud. Había que subrayar que Fernández, en cada uno de sus artículos de los jueves en El Nacional, en cada discurso que pronunciaba, en cada entrevista que concedía, postulaba que todo lo que Caldera decía era santa palabra, la verdad política absoluta. No existía, si esto era así, la menor necesidad de la candidatura de Fernández. Caldera me preguntó si querría escribir un artículo que dijera exactamente eso y me negué; la pregunta no me la hacían a mí, sino a él. Él era quien estaba en campaña contra Fernández, y la perdió en el Poliedro de Caracas por paliza.

Pero, sobre la emergencia de la candidatura de Fernández un año antes, publiqué el 30 de septiembre de 1986 un remitido de prensa que criticaba duramente su irresponsable extemporaneidad:

Usted ofrece la excusa de que en el campo adeco la campaña ha comenzado ya. Pero ¿en qué quedamos? Hace no muchos días Ud. hablaba de “rescatar la diferencia”. Usted, Doctor Fernández, y otros dirigentes de su partido hablaron mucho de esa “diferencia”, de esa distinción que colocaría a COPEI en un sitio diferente al que ocupa Acción Democrática. Se mostraba Ud. molesto ante las insinuaciones de algunos venezolanos. entre los que me encuentro, en el sentido de que, para propósitos prácticos, no existen ya diferencias de fondo entre AD y COPEI.** Permítame recordárselo, porque parece que su memoria, Doctor Fernández, no alcanza a conservar lo que pasó hace menos de diez días. El 20 de setiembre Ud. debía clausurar un “congreso ideológico regional” de COPEI en el Distrito Federal. ¿Cuál, preguntará Ud., Doctor Fernández, al no recordarlo, era el lema y el trabajo central de ese evento? Según el reportaje que nos da la prensa, Doctor Fernández, el lema era justamente “rescatar la diferencia”, y según los documentos allí presentados y las declaraciones de los dirigentes, “rescatar la diferencia” significa precisamente “desadequizar a COPEI”. Y explicaban el presidente y el secretario general de COPEI en Caracas: “Digámoslo crudamente: nos hemos adequizado. Los adecos nos han arrastrado poco a poco hacia su pragmatismo, hacia su oportunismo y hacia su estilo político que subordina la ética a la idea de alcanzar, a como dé lugar, los objetivos”. Y continuaban: “Los adecos han convencido a muchos de nosotros de que debemos imitar su pretendida viveza. De que debemos usar las mismas armas que ellos para poder derrotarlos. Paradójicamente, ser como los adecos para poder ganarles”. Eso ocurrió, Doctor Fernández, hace escasamente diez días, y Ud. viene a argumentar el 28 de setiembre, una semana después, que COPEI debe determinar su candidato y adelantar la campaña ¡porque los adecos lo están haciendo! ¿Dónde ha quedado, Doctor Fernández, la diferencia?

No importaba al Secretario General de COPEI que su Congreso Ideológico, supuestamente el más fundamental evento del partido, quedara contaminado por el injustificable anticipo de su propia campaña electoral, que las sesudas deliberaciones principistas se ahogaran en el remolino electorero que Fernández causaba con su prisa. Con algo más de distancia, volví sobre este lanzamiento extemporáneo en Estudio copeyano:

Afiche desleído

Afiche desleído

Eduardo Fernández eligió un inadecuado creativo de campaña en Luis Alberto Machado, el que, si no fue el inventor del símbolo del tigre, por lo menos su predicador más afirmativo. Todo a pesar de que Conciencia 21, organización de asesoría política del ámbito copeyano, realizó sesiones de grupo—focus groups—sobre las asociaciones animales que Eduardo Fernández producía en los asistentes, en las que los felinos brillaban por su ausencia y en cambio más de una vez se mencionaba a conejos y morrocoyes.

¿Qué podía pensar el país de un político que considerase que en 1986, cuando ya el poder adquisitivo del bolívar se había reducido al 58% del valor de 1984, lo más importante y lo primero que debía hacer un protocandidato presidencial era gastar mucho dinero en el intento de convencernos de su parecido con un tigre?

El timing, por lo demás, evocaba la secuencia de Pearl Harbor, cuando el gobierno japonés instruyó a su embajador para que enterase al gobierno norteamericano de su declaración de guerra media hora antes del ataque a miles de kilómetros de distancia. Acá Eduardo Fernández proponía su candidatura veinticuatro horas antes de la avalancha de su exhibición publicitaria, la que obviamente había sido preparada con bastante anticipación. Para el animista asesor de Fernández, el ex ministro de la “inteligencia” de (…) Luis Herrera Campíns (y antes Secretario de la Presidencia de Rafael Caldera), el tigre comería por lo ligero. Ése fue, sin duda, un punto muy bajo en la política copeyana determinada por el Secretario Nacional de COPEI de 1986.

No fue, por tanto, Rafael Caldera el principal responsable de la ulterior declinación de COPEI pues, a fin de cuentas, Eduardo Fernández lo sustituyó con muy decisiva ventaja como líder máximo del partido. Fue en sus manos donde la organización comenzó su imparable decadencia. El resto de su campaña de 1988 se le fue en proponer, en tono de mediana altisonancia, “una democracia nueva”. Ah sí; durmió una noche con su esposa en un rancho caraqueño. Una cuña para televisión, que lo registraba en el jardín de su casa junto a su esposa e hijos, versó sobre tema educativo. Es inexplicable que se transmitiera; hubo un instante en ella cuando su hijo mayor, de pie junto a su padre a la izquierda de la pantalla, al escuchar una frase del breve discurso, dejó escapar un gesto de incredulidad.

De manera que Carlos Andrés Pérez no tuvo dificultad para imponerse ante Fernández con 53% de los votos el 4 de diciembre de 1988. Le bastó el recuerdo de la ilusión de prosperidad de su primer período presidencial y la ineptitud de su contendiente, que luego del desastroso gobierno adeco de Jaime Lusinchi, y en virtud de representar una nueva generación política, debió ganar. Sólo la vaciedad, meramente mercadotécnica, de la campaña del “Tigre” puede explicar su derrota. No es verdad que Caldera supo impedir la emergencia de otros candidatos de su partido; Fernández fue candidato, y antes Luis Herrera Campíns, por supuesto, sin su beneplácito. Y es cierto que Caldera negó su apoyo a su antiguo “delfín”—dijo el viejo líder: “Paso a la reserva”—, pero Fernández había mostrado antes alguna mezquindad cuando, a la inauguración del gobierno de Herrera, ofreció la “solidaridad inteligente” del partido, en obvios distanciamiento y condicionamiento. A la postre, visto el desempeño de Herrera y Fernández, parece que Caldera tuvo razón.

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Es imposible aplicar la cita de Rodó a Eduardo Fernández, porque ella se refiere a las virtudes y la «parte impura que cabe en el alma de los grandes»; él no es uno. LEA

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* El mezquino, el artero artículo de Fernández, posiblemente haya sido suscitado por su asistencia a un acto en homenaje a Rafael Caldera en la Universidad Monteávila, el 25 de mayo pasado. En esa misma fecha, él y su hijo Pedro Pablo me invitaron a exponer lo que había dicho dos días antes en la longeva Peña de los Lunes, cuyo anfitrión es Luis Ugueto Arismendi. Mi exposición tuvo lugar el martes 31 de mayo en los predios de IFEDEC, colindante con la universidad. A la hora de comentarios de los asistentes, Fernández padre inició un discurso acerca de la moral pública que a mi vez comenté con el recuerdo de una secuencia registrada en Las élites culposas:

Lo que hizo [Eduardo Fernández] al comenzar 1992, días antes del alzamiento de Chávez, fue nombrar a Douglas Dáger como presidente de los actos del aniversario de COPEI—13 de enero—y, justamente después de la intentona, visitar a Ramón Escovar Salom, entonces Fiscal General de la República, y declarar a la salida de la reunión que a su partido le bastarían indicios, ya no pruebas, de la posible corrupción de alguno de sus miembros para suspenderlo de toda militancia. El video en el que el abogado Braulio Jatar, asesor de Dáger, ofrecía engavetar investigaciones y procedimientos que la Comisión de Contraloría de la Cámara de Diputados seguía en contra del empresario de cerámicas [Camilo Lamaletto], si éste accedía a pagar por el salvoconducto, no pareció configurar, un mes antes, un indicio. Una vez más, la corta memoria de Fernández le jugaba una mala pasada y determinaba su conducta política.

** En Krisis – Memorias prematuras, hay constancia del asunto de las diferencias entre AD y COPEI, al relatar una reunión celebrada en San Antonio de Los Altos en casa de Henrique Machado Zuloaga y Corina Parisca de Machado (27 de abril de 1984, por la época de la puñalada florentina). Era yo el conductor de la reunión, a la que propuse luego de la exposición principal trabajar en tres ejercicios:

Quedaba el tercer ejercicio. Fue concebido sobre la marcha del “taller”, pues los resultados de los ejercicios previos ya mostraban la contradicción antes señalada. Al comienzo de la reunión yo había advertido que el taller no debería ser visto como un ejercicio copeyano y mucho menos como uno “eduardista”, en vista de las afirmaciones que haría. En efecto, yo proponía que tanto la concepción socialcristiana como la socialdemócrata eran formas alternas del viejo paradigma en crisis. Por tanto, podría estar diciendo lo mismo ante otro juego de interlocutores. Se me ocurrió pedir a los participantes que retomasen el papel y el lápiz para anotar seis diferencias de fondo entre Acción Democrática y COPEI. Fue interesante ver cómo pasaban trabajo el Secretario General de COPEI y sus compañeros. Eduardo Fernández escribía, borraba, volvía a escribir, tornaba a borrar, como un escolar que no estuviera muy seguro de las respuestas a un examen escrito. La discusión de las pocas diferencias que se pudo anotar sobre una hoja de rotafolio reveló que tales diferencias no eran verdaderamente de fondo. Ya estaba dicho prácticamente todo.

Mis Memorias prematuras, por cierto, también hacen constar el momento—16 de agosto de 1985—cuando por vez primera quise en verdad pretender la Presidencia de la República. El pasaje no identificó a cierto personaje, el mismo innominado en el epígrafe; helo aquí:

Reposando el almuerzo, me encontraba viendo el noticiero de televisión por el canal cuatro, cuando escuché una entrevista que se le hacía a un connotadísimo líder político, de quien uno podría esperar, por su relativa juventud, una postura más moderna respecto de los problemas nacionales. Las respuestas del entrevistado fueron deplorables, y, en gran medida, irresponsables. Sentí un profundo malestar. Recuerdo que casi me indigesto de la furia ante la inanidad de las frases del entrevistado, ante su ceguera y falta de comprensión de lo que verdaderamente hervía en Venezuela. No sería la primera vez que lo sentía, no sería la primera vez que pensaba en el asunto, pero ese mediodía sentí como si fuese mi deber intentar una carrera hacia la Presidencia, así luciese imposible desde cualquier punto de vista.

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Sobre lo que la OEA recomienda

Jazz en sala de conciertos

Jazz en sala de conciertos

Luego de comentar la anunciada candidatura de Ma. Corina Machado y los rasgos apetecibles en un sucesor de Nicolás Maduro, el programa #199 de Dr. Político en RCR acometió la noticia de la semana: la exhortación de la Organización de Estados Americanos al diálogo entre gobierno y oposición en Venezuela. Se trajo a recuerdo un borrador de posible acuerdo entre la Asamblea y el Ejecutivo nacionales, propuesto en este blog hace cuarenta días. Oímos de Georg Friedrich Händel el inicio de su Concierto para arpa y orquesta, y de George Gershwin la sección final de su Concierto en Fa. Como es de costumbre, se pone acá el audio de la emisión de hoy:

LEA

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No hay modelos de país

A punto de cumplir 100 años

Horacio Salgán, a punto de cumplir 100 años

La emisión #198 de Dr. Político en RCR desmontó la idea de modelos o proyectos de país, al argumentar que los países se hacen a sí mismos. También cupo ofrecer la lectura relativamente optimista de que no vivimos en un infierno sino en un purgatorio, que debo a ocurrencia de Mauricio Báez Cabrera. Al inicio, se criticó el desvarío de Luis Reyes Reyes, Vicepresidente del PSUV, acerca de militantes de ese partido que se prepararía como «milicianos» para defender «la Patria»; luego se citó a José Ignacio Hernández para desmentir que la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia hubiera autorizado el ejercicio de la Presidencia de la República a quien tuviese más de una nacionalidad. En onda argentina, escuchamos El día que me quieras, de Carlos Gardel, y A fuego lento, el más famoso de los tangos de Horacio Salgán. Acá abajo, el archivo de audio de esta transmisión:

LEA

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Política metrosexual

El arquetipo metrosexual

El arquetipo metrosexual

 

El término metrosexual describe a un hombre de la sociedad post-industrial urbana, que se caracteriza por un desarrollado interés por el cuidado personal, la apariencia y el estilo de vida sofisticado, marcado fuertemente por la cultura del consumo y el mercadeo dirigido. El término es acuñado en 1994 por el periodista Mark Simpson para describir una creciente tendencia de la cultura física y la vanidad en hombres heterosexuales que apropiaban aspectos estereotípicamente asociados desde tiempo atrás con la cultura homosexual, aunque esta definición haya perdido vigencia, según el autor del término, debido a la separación de la tendencia metrosexual de la orientación sexual de la persona, convirtiéndose en un término de mayor extensión que no distingue orientación sexual.

Wikipedia en Español

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Se ha desatado últimamente en Venezuela un estilo de atavío político que privilegia el uso por los líderes de tocados y chaquetas de los más diversos tipos. Va ahora más allá de aditamentos utilitarios: el habano de Winston Churchill o la pipa de Rómulo Betancourt, que las caricaturas de estos personajes empleaban para su inmediata y sucinta identificación. (Mi fallecido amigo Eduardo el «Cabezón» Arévalo, recién llegado de estudios semióticos en la Universidad de París, creyó ver cualidades mágicas en el bastón de Diego Arria Salicetti a mediados de los setenta, y escribió un breve ensayo en el que proponía la potenciación de ese símbolo para que los electores lo asociáramos inconscientemente con la pipa betancuriana, que según él era entre nosotros un símbolo de poder. Luis XIV, por supuesto, gustaba de ser retratado empuñando un bastón). La cosa ha recrudecido en el período chavista-madurista, que ha pasado del primigenio uso de la cachucha de Enrique Mendoza a las sofisticadas y carísimas corbatas Louis Vuitton del «revolucionario» Pedro Carreño.

El catcher mirandino

El catcher mirandino

Fue, pues, Enrique Mendoza D’Ascoli quien iniciara el nuevo ciclo, siempre en teatro mirandino. En 1979 fue electo concejal en el Distrito Sucre del estado Miranda, y poco después presidió, antes de que se creara en el país la figura de Alcalde, su Concejo Municipal. Elegido dos veces a este último cargo cuando ya el distrito se había convertido en municipio (1989), de allí saltó a la Gobernación de Miranda, que alcanzaría en tres ocasiones consecutivas (1995, 1999 y el año 2000 con la «relegitimación de los poderes» tras la Constituyente). En 2004 perdió el coroto contra Diosdado Cabello, luego del fracaso del referendo revocatorio de ese año, que él comandaba desde la quinta Unidad—a pocos metros de la quinta La Esmeralda—en la popular y populosa barriada de Campo Alegre, que servía de sede a la Coordinadora Democrática, la madre de la Mesa de la Unidad Democrática. Fue, creo, en el tránsito del ámbito municipal al estadal cuando asumió la gorra beisbolera, que se ponía al uso de los receptores, con la visera hacia atrás. En su caso, no era adorno metrosexual; todo lo contrario, quería marcarlo como líder popular, pues la cachucha es el sombrero Stetson de los más pobres.

Pronto asumiría el mismo atuendo quien sería (es) también Gobernador del estado Miranda, Henrique Capriles Radonski. (Otro Enrique pero con hache; en 1979, un buen amigo me explicó que los que escribían su nombre con hache eran los que «tenían real»: Pérez Dupuy, Otero Vizcarrondo, Machado Zuloaga, Salas Römer…) Aparentemente convencido de la potencia electoral del tocado, Capriles la lució inicialmente en la misma posición invertida, a la usanza de Mendoza; convenía entonces ese estilo de catcher a la captación del electorado mirandino, ya amaestrado por su antecesor. Después se dejó de eso, y complementaría su toilette con su colección de chaquetas, a imitación de Hugo Chávez, al que también remeda cuando blande el «librito azul» de la Constitución de la República «Bolivariana» de Venezuela.

 

Tocados, chaquetas, Constitución y loro

Tocados, chaquetas, Constitución y loro

 

La misma moda es aparente en Jorge Rodríguez, Alcalde del Municipio Libertador y factótum del PSUV, psiquiatra y fetichista. Los socialistas gustan mucho de emplear atuendos significativos; disfraces, pues. Sin embargo, Rodríguez no alcanza las cotas de elegancia sartorial evidentes en el diputado Pedro Carreño.

 

En atuendo completo

En atuendo beisbolero completo

De atildado cerebro

De atildado cerebro

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Pero nadie logra opacar el ajuar del Presidente de la República, del que se exhibe acá solamente una exigua muestra:

Algunas perchas presidenciales

Tan profusa disfrazadera de la clase política venezolana del siglo XXI no podía dejar de ser tomada en cuenta en otras latitudes. La moda política de Venezuela ha alcanzado ya al más poderoso país del planeta, a juzgar por esta reciente y decidora imagen:

 

El candidato de los republicanos

El candidato de los republicanos

 

Sicut erat in principio

He escuchado rumores de que, tras la exitosa exhibición de la casa Chanel en La Habana, pronto desfilarán en Cuba modelos exclusivos de la moda dirigencial de nuestro país. Tal vez desfile Diego Arria, quien fuera socio de Donald Trump, ya no usa bastón y se ha arreglado la cara con toxina botulínica. ¡Qué orgullo! LEA

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Preámbulo y sección primera

...por curar la estatosis de Venezuela

…por curar la estatosis de Venezuela

 

Es trabajo inconcluso uno comenzado en el mes de abril para argumentar acerca de caminos políticos prácticos y novedosos en Venezuela, del que se pone acá el comienzo que sigue:

 

El 25 de febrero de 2002, el suscrito propuso en Televén (programa Triángulo, dirigido por Carlos Fernandes), un procedimiento de abolición del gobierno de Hugo Chávez que se afirmaba en dos premisas: 1. que existe un derecho de rebelión—más concretamente, un derecho de abolición—, cuya formulación más clara y primera en la historia del Derecho reside en la Declaración de Derechos de Virginia (12 de junio de 1776): “…cuando cualquier gobierno resultare inadecuado o contrario a estos propósitos—el beneficio común y la protección y la seguridad del pueblo, la nación o la comunidad—una mayoría de la comunidad tendrá un derecho indudable, inalienable e irrevocable de reformarlo, alterarlo o abolirlo, del modo como sea considerado más conducente a la prosperidad pública”. (Sección Tercera)[1]; 2. Que el Pueblo, en su condición de Poder Constituyente Originario, es un poder supraconstitucional, según doctrina establecida en sentencia de la Sala Política Administrativa de la antigua Corte Suprema de Justicia el 19 de enero de 1999. Es decir, que ese poder no está limitado por la Constitución, que sólo limita a los poderes constituidos. El Poder Constituyente Originario de Venezuela está únicamente limitado por los derechos humanos—ni siquiera un referendo unánime de la totalidad de los electores puede autorizar que se me caiga a palos—y por los convenios con soberanías equivalentes en los que la República haya entrado válidamente.

Fue esa sentencia la que autorizara la consulta referendaria del 25 de abril de 1999, en la que los venezolanos contestamos mayoritariamente que sí queríamos elegir una asamblea constituyente “para reformar el Estado, crear un nuevo ordenamiento jurídico y redactar una nueva constitución”, aunque la figura de constituyente no estuviera contemplada en la Constitución de 1961. Del mismo modo, aunque en la Constitución aprobada en 1999—vigente para los momentos del programa en Televén (y ahora mismo)—no se incluyó la figura de abolición, la voluntad mayoritaria del Poder Constituyente Originario podía decretarla.

Sede del programa Triángulo

Sede del programa Triángulo

Fueron los demás participantes en la discusión del 25 de febrero de 2002 en Televén las siguientes personas: Oswaldo Álvarez Paz, excandidato presidencial y exMiembro de la Comisión Presidencial Constituyente establecida por Hugo Chávez (ya Presidente electo pero sin tomar posesión); Omar Mezza Ramírez, exDiputado de la Constituyente de 1999, Diputado de la Asamblea Nacional y Director de Política de Alianzas del Movimiento V República; Néstor León Heredia, Vicepresidente de la Comisión de Defensa de la Asamblea Nacional y Diputado por el Movimiento V República. Ninguno de ellos, y tampoco el moderador Fernandes, supo oponer argumento alguno a mi planteamiento: que si una mayoría de electores venezolanos suscribía un documento que aboliera el gobierno de Hugo Chávez, ese gobierno quedaría abolido de pleno derecho.

Tampoco pudieron oponer argumento en contrario Julio Borges, Gerardo Blyde y Liliana Hernández, a quienes expliqué personalmente la iniciativa por considerar que yo no tendría forma material de organizarla; pero tampoco la acogieron: en aquel momento, Primero Justicia promovía una enmienda constitucional para recortar el período constitucional de Hugo Chávez y, más tarde, sustituiría esa idea por la de un referendo “no vinculante pero sí fulminante” que preguntaría a los ciudadanos si querían que Chávez no siguiera gobernando.

El abogado Herman Escarrá se enteró del procedimiento de abolición y me hizo saber por medio de Marta Colomina de su interés en conversar conmigo sobre el asunto. Lo hicimos el 8 de marzo de ese año de 2002, ocasión en la que me dijo: “Lo que Ud. propone es, como decimos en Filosofía del Derecho, ontológicamente correcto”. Dos días después lo despreciaría, en conversación con Asdrúbal Aguiar en CMT Canal 51, porque tal cosa se le habría ocurrido a “un sociólogo”, etiqueta que repitió en el tono que habría empleado para decir “servicio de adentro”.

A pesar de estas primeras experiencias, este sirviente procedió a redactar un Acta de Abolición. Ella rezaba:

Nosotros, la mayoría del Pueblo de Venezuela, Soberano, en nuestro carácter de Poder Constituyente Originario, considerando

Que es derecho, deber y poder del Pueblo abolir un gobierno contrario a los fines de la prosperidad y la paz de la Nación cuando este gobierno se ha manifestado renuente a la rectificación de manera contumaz,

Que el gobierno presidido por el ciudadano Hugo Rafael Chávez Frías se ha mostrado evidentemente contrario a tales fines, al enemistar entre sí a los venezolanos, incitar a la reducción violenta de la disidencia, destruir la economía, desnaturalizar la función militar, establecer asociaciones inconvenientes a la República, emplear recursos públicos para sus propios fines, amedrentar y amenazar a ciudadanos e instituciones, desconocer la autonomía de los poderes públicos e instigar a su desacato, promover persistentemente la violación de los derechos humanos, así como violar de otras maneras y de modo reiterado la Constitución de la República e imponer su voluntad individual de modo absoluto,

Por este Acto declaramos plenamente abolido el gobierno presidido por el susodicho ciudadano, ordenamos a la Fuerza Armada Nacional que desconozca su mando y que garantice el abandono por el mismo de toda función o privilegio atribuido a la Presidencia de la República…

A continuación, se decretaba un “Estatuto de Transición” que regulaba el modo de sustituir el gobierno abolido por uno que lo sucediera para sanar la República; siendo un acto directo del Poder Constituyente Orginario, estipulaba válidamente un procedimiento ad hoc, distinto del ordinario previsto en la Constitución, para cubrir la falta absoluta del Presidente de la República. (El Acta de Abolición que lo precedía, por lo demás, era el único procedimiento, de los propuestos hasta entonces para terminar el gobierno de Chávez, que emitía una orden expresa e inapelable a la Fuerza Armada Nacional). Éstas eran sus disposiciones (en una segunda versión de mayo de 2003):

ESTATUTO DE TRANSICIÓN

Cláusula Primera. A la cesación del mandato del ciudadano Hugo Rafael Chávez Frías la Asamblea Nacional se reunirá en sesión plenaria para elegir, en un plazo no mayor de cuarenta y ocho horas, una Junta de Transición de cinco (5) miembros, la que ejercerá colegiadamente las funciones atribuidas por la Constitución a la Presidencia de la República hasta que la celebración de elecciones presidenciales, en un lapso que no será menor de seis meses ni mayor de un año, determine quién deberá completar el período constitucional como Presidente de la República.

Cláusula Segunda. Los miembros de la Junta de Transición deberán llenar los requisitos exigidos por la Constitución para el cargo de Presidente de la República.

Cláusula Tercera. Ningún miembro de la Junta de Transición podrá postularse en las elecciones presidenciales previstas en la Cláusula Primera.

Cláusula Cuarta. En las elecciones presidenciales que se celebrarán para elegir a quien complete el período constitucional participarán como candidatos quienes hayan presentado un programa de gobierno a los Electores de Venezuela y no se les permitirá propaganda electoral hasta que lo hayan hecho.

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Quien continuó fue Chávez

Como quedó dicho, ninguno de los actores organizados de la oposición profesional apoyó la proposición, aunque ninguno atinó a rebatirla. Por unos pocos días de enero de 2003, pareció que la Gente del Petróleo sería el vehículo suficiente; sus principales directivos acogieron la idea con entusiasmo y aseguraron ser capaces de recoger las firmas requeridas, salvo Juan Fernández, quien argumentó que el gobierno estaba a punto de caer y no sería necesario abolirlo. Él fue el matador del tratamiento; un mes después, colapsaba el desatinado y suicida paro petrolero. (Horacio Medina, entusiasta del procedimiento de abolición, acató la voluntad de Fernández y trataría de explicar luego el desenlace: “Chávez iba a fregarnos en dos años; con el paro ¡logramos que se quitara la careta y nos fregara en dos meses!”).

………

 

  1. El cuadro clínico nacional

La secuencia referida en lo precedente es ilustrativa de la patología política patente en Venezuela. En Las élites culposas resumí así la cosa:

Y ésa es la tragedia política de Venezuela: que sufre la más perniciosa dominación de nuestra historia—invasiva, retrógrada, ideologizada, intolerante, abusiva, ventajista—mientras los opositores profesionales se muestran incapaces de refutarla en su discurso y superarla, pues en el fondo emplean, seguramente con mayor urbanidad, el mismo protocolo de política de poder afirmada en la excusa de una ideología cualquiera que, como todas, es medicina obsoleta, pretenciosa, errada e ineficaz. Su producto es mediocre.

Para nadie es un secreto que la administración de Nicolás Maduro persiste en “enemistar entre sí a los venezolanos, incitar a la reducción violenta de la disidencia, destruir la economía, desnaturalizar la función militar, establecer asociaciones inconvenientes a la República, emplear recursos públicos para sus propios fines, amedrentar y amenazar a ciudadanos e instituciones, desconocer la autonomía de los poderes públicos e instigar a su desacato, promover persistentemente la violación de los derechos humanos, así como violar de otras maneras y de modo reiterado la Constitución de la República e imponer su voluntad individual de modo absoluto”.

Se trata, indudablemente, de un proceso que puede en propiedad ser tenido por canceroso; de modo metafórico pero intencional, lo llamé chavoma en febrero de 2003. Detallé esta designación, una de varias veces, el 19 de agosto de 2015 en ¿Qué se debe hacer? (II):

El chavoma

El chavoma

El término oncológico es apropiado para referirse a la dominación política instaurada en Venezuela a partir del 2 de febrero de 1999, puesto que no se trata de enfermedad inoculada por algún vector externo—un anofeles o chipo—sino de un proceso que residía en las entrañas del pueblo venezolano desde mucho tiempo antes de que hiciera eclosión. Como anota Toro en su blog, Briceño Guerrero interpreta “…la cultura latinoamericana como una mezcla de tres ‘discursos’ separados, mutuamente incompatibles: el discurso Racional-Occidental, el discurso Mantuano y el discurso Salvaje”. El libro de Briceño Guerrero fue escrito entre 1977 y 1982, y por tanto no podía ser una referencia específica a Chávez. Es Toro quien establece—como otros lectores del apureño lo han hecho—una relación significante entre la descripción del discurso salvaje y el chavista: “…explica no sólo por qué existe el chavismo, sino también por qué tiene éxito. La atracción política de Chávez está basada en el lazo emocional que su retórica crea con una audiencia que resiente profundamente su marginalización histórica. Funciona al hacerse eco de la profunda resaca de furia de los excluidos, una furia que Briceño Guerrero explica poderosamente. La retórica de Chávez está basada en una comprensión intuitiva profunda del discurso no occidental/antirracional en nuestra cultura, un discurso que ha sido alternadamente atacado, descontado y negado por generaciones de gobernantes de mentalidad europea. Chávez valida el discurso salvaje, lo refleja y lo afirma. Lo encarna. En último término, transmite a su audiencia un profundo sentido de que el discurso salvaje puede y debe ser algo que nunca ha sido antes: un discurso de poder”. (Discurso salvaje).

Es por tal razón que son insatisfactorias las caracterizaciones del chavismo (del chavoma) como la mera llegada al poder de una nueva y delincuente oligarquía. Seguramente ha habido y hay entre jerarcas mayores y menores del régimen chavista-madurista gente corrupta y malhechora, verdaderamente forajida; tal vez en proporción mayor que la que hubiera en regímenes anteriores a 1999, acá y en toda otra nación del planeta. A fin de cuentas, los más radicales izquierdistas venezolanos nunca superaron electoralmente el “seis por ciento histórico” hasta el año del advenimiento de Chávez como Presidente de la República, y como en ellos había hambre longeva de poder y de prebendas, la corrupción actual supera la de quienes los precedieron. Pero es un juicio más ajustado a la realidad explicar el chavismo como el producto de la acusada decadencia de la política que lo anticipara, y su sustitución por una nueva hegemonía fundada en la creencia de que Marx tenía razón. La mayoría de los socialistas venezolanos cree seriamente que la explicación de todo mal social debe encontrarse en el afán de lucro de “la burguesía”; es decir, está profunda pero honestamente equivocada.

Luego, el sistema chavista es claramente pernicioso, puesto que invade terreno propio de la sociedad y sus ciudadanos, como un cáncer que se extiende ocupando y destruyendo tejido de órganos imprescindibles del cuerpo que aqueja. La conjunción de su origen y su naturaleza autoriza que lo entendamos como proceso canceroso.

………

Del otro lado, las fuerzas políticas no agrupadas en torno al PSUV (antes al Movimiento V República) no han acertado en la forma de tratar ese gravísimo problema venezolano. A la llegada de Chávez al poder, entraron en estado casi catatónico, y no atinaron a ejercer la oposición correcta. Así, permitieron sin mayor protesta el abuso de la “Preeliminación del Senado” por acto excesivo de la Asamblea Constituyente de 1999—Capriles Radonski, entonces Presidente de la Cámara de Diputados del decapitado Congreso de la República, no elevó su protesta; la cosa no era con él sino con la cámara contigua—, ni tampoco opusieron a la pretensión chavista de que la Constituyente era “originaria”, esto es, con poderes absolutos, la correcta noción de que lo que es originario es el Pueblo, el verdadero Poder Constituyente Originario. (La catatonia se evidenció en un signo elocuente: Henry Ramos Allup se postuló a la Constituyente ¡por el estado Apure y por iniciativa propia! Intentaba disimular que era adeco). En una primera fase de la oposición a Chávez, esta retirada de los partidos provocó la participación muy activa de los medios de comunicación y organizaciones no gubernamentales, en explicable horror al vacío político.

El protocolo opositor estándar se estableció en modo meramente acusatorio; todos los días, Leopoldo Castillo añadía unas cuantas páginas al prontuario de Chávez desde su espacio televisivo Aló Ciudadano, cuando lo que siempre fue necesario no era acusarlo sino refutarlo.

La opinión contraria

La opinión contraria

En el fondo, es la “falla de origen” de la Mesa de la Unidad Democrática concebirse como una estructura de oposición, alienada en función de la existencia del enemigo. En marzo de 2011 dijo Henry Ramos Allup: “La política suele hacer extraños compañeros de cama. Hoy compartimos propósitos, no ideales ni visiones”, y el propósito era salir de Chávez. Desde 1998, el protocolo de actuación opositora fue acusar a Chávez y ahora lo es acusar a Maduro, varias veces al día. Pero lo que había que hacer era no tanto acusarlos sino refutar su discurso, y proponer una lectura clínica desde un plano discursivo superior; en otras palabras, más que oponerse a Chávez y su heredero, superponérseles. (En ¿Jesús Gorbachov?, 1º de octubre de 2014.

Mucho antes, en abril de 1999, planteé a la Peña de Luis Ugueto Arismendi, y luego hasta la saciedad en otros sitios y escritos, que la oposición por negación de Chávez no funcionaría, que uno no negaba un fenómeno telúrico que tuviera ante los ojos, que no se negaba la existencia del Caroní, que la oposición eficaz debía proceder, en un nivel inmediato, por contención—“El problema de Chávez (…) es también, y muy importantemente, uno de contenerle. Urge encontrar el modo de tomarle la zurda muñeca que empuñará la llave inglesa y dificultarle el opresivo giro con el que querrá expandir su totalitaria y quirúrgica manera de gobernar”. (Bofetada terapéutica, 19 de agosto de 2004)—, pero más profundamente por superposición.

…la refutación del discurso presidencial debe venir por superposición. El discurso requerido debe apagar el incendio por asfixia, cubriendo las llamas con una cobija. (…) Dicho de otra manera, desde un metalenguaje político es posible referirse al chavismo clínicamente, sin necesidad de asumir una animosidad y una violencia de signo contrario, lo que en todo caso no hace otra cosa que contaminarse de lo peor de sus más radicales exponentes. Es preciso, por tanto, realizar una tarea de educación política del pueblo, una labor de desmontaje argumental del discurso del gobierno, no para regresar a la crisis de insuficiencia política que trajo la anticrisis de ese gobierno, sino para superar a ambos mediante el salto a un paradigma político de mayor evolución. (Retrato hablado, 30 de octubre de 2008).

El chavoma, pues, se montó sobre un cuadro patológico previo de insuficiencia política que permitió su emergencia. (Un año antes de su primera elección, la intención de voto a favor de Chávez se situaba entre 6 y 8%). De nuevo, el término metafórico tiene un exacto sentido; se dice que hay insuficiencia cardiaca, pulmonar o renal cuando el corazón, el aparato respiratorio o los riñones no ejercen su función debidamente, y es apropiado hablar de insuficiencia política cuando el aparato político de una nación no ejerce la suya, que no es otra que la de resolver los problemas públicos de esa nación.

La condición de insuficiencia política en Venezuela puede fecharse con exactitud, gracias a los estudios de opinión de la encuesta Gaither, hoy ausente del país. En agosto de 1984, su estudio trimestral registró un súbito y marcadísimo desplazamiento negativo de la opinión que evaluaba la actuación de los partidos políticos de la época (AD, COPEI, MAS y otros). Poco después, la reacción de los políticos profesionales era quejarse de la ciudadanía; Pedro Pablo Aguilar declaraba a El Nacional el 7 de junio de 1986: “Mi planteamiento es que los intelectuales, los sectores profesionales y empresariales, los líderes de la sociedad civil no pueden seguir de espaldas a la realidad de los partidos, y sobre todo, a la realidad de los partidos que protagonizan la lucha por el poder.” Es decir, Aguilar había descubierto que no es que los partidos (el “país político”) se encontraran de espaldas a la realidad nacional, sino que ¡el “país nacional” se encontraba de espaldas a la rea­lidad de los partidos!

Lo importante acá es, sin embargo, la etiología, la causa de la insuficiencia. La explicación convencional es que la política es en sí misma sucia, que los políticos son todos corruptos, únicamente interesados en adquirir poder y preservarlo. Si bien se define habitualmente la actividad política, precisamente, como lucha por el poder que se justifica desde una particular ideología, la hipótesis de la maldad intrínseca de los políticos no se sostiene.

Moralidad de Gauss

Moralidad de Gauss

…este desempeño insuficiente no obedece a mala voluntad, a malicia intencionada, a una especial maldad que sería intrínseca a la política. “La política es muy sucia”, hemos escuchado muchas veces, pero la verdad es que los políticos concretos somos seres humanos normales, con cuarenta y seis cromosomas, idénticos a quienes se dedican al deporte, a la ciencia, a la empresa, a la religión o las artes. No hay una mayor proporción de gente mala entre los militares que la que se encuentra entre los economistas o los mineros, los abogados o los carteros. La condition humaine es gaussiana; sigue una distribución normal que se expresa en todo oficio o profesión. Si medimos en una población lo suficientemente grande las estaturas de sus miembros, encontraremos que unos pocos, tal vez 5%, miden más de un metro con ochenta centímetros y que un porcentaje similar alcanzará menos de un metro sesenta. La gran mayoría tiene una altura intermedia entre esas dos marcas. Lo mismo observamos en la distribución de facultades tales como la inteligencia: la mayoría obtiene un cociente de inteligencia que está entre noventa y ciento diez unidades de Stanford-Binet; muy pocos rebasan los ciento cuarenta puntos del genio y, por fortuna, también muy pocos quedan por debajo del nivel limítrofe de la idiocia. Un moralímetro que desarrollaran Hewlett-Packard o LG registraría también una distribución de Gauss en la medición de cualidades morales. En una población cualquiera, la proporción de héroes o santos es exigua—hay una Teresa de Calcuta por planeta—y, gracias a Dios, también es muy pequeña la de malandrines a tiempo completo. La muy mayor parte de los grupos humanos está compuesta por individuos de producto moral promedio, que son capaces de un acto heroico cada doce años y cuatro meses y de sostenerlo por seis días seguidos, así como de echar una buena broma a sus compadres cada nueve años y siete meses. De resto, sus acciones se colocan, cotidianamente, tan lejos de la heroicidad como de la felonía. (En Interpretación y profecía, epílogo de Las élites culposas).

Esta aproximación absolutoria era ya explícita a las alturas de febrero de 1985:

Intervenir la sociedad con la intención de moldearla in­volucra una responsabilidad bastante grande, una responsa­bilidad muy grave. Por tal razón, ¿qué justificaría la constitución de una nueva asociación política en Venezuela? ¿Qué la justificaría en cualquier parte?

Una insuficiencia de los actores políticos tradicionales sería parte de la justificación si esos actores estuvieran incapacitados para cambiar lo que es necesario cambiar. Y que ésta es la situación de los actores políticos tradicio­nales es justamente la afirmación que hacemos.

Y no es que descalifiquemos a los actores políticos tra­dicionales porque supongamos que en ellos se encuentre una mayor cantidad de malicia que lo que sería dado esperar en agrupaciones humanas normales.

Los descalificamos porque nos hemos convencido de su in­capacidad de comprender los procesos políticos de un modo que no sea a través de conceptos y significados altamente inexactos.

(…)

Las ofertas provenientes de los actores políticos tradicionales son insuficientes porque se producen dentro de una obsoleta conceptualización de lo político. En el fondo de la incompetencia de los actores políticos tradicionales está su manera de entender el negocio político. Son puntos de vista que subyacen, paradójicamente, a las distintas opciones doctrinarias en pugna. Es la sustitución de esas concepciones por otras más acordes con la realidad de las cosas lo primero que es necesario, pues las políticas que se desprenden del uso de tales marcos conceptuales son políticas destinadas a aplicarse sobre un objeto que ya no está allí, sobre una sociedad que ya no existe. (Proyecto – La Sociedad Política de Venezuela).

La revolución necesaria es mental

La revolución necesaria es mental

La raíz de la insuficiencia política es de orden paradigmático; no es verdad que cada lunes se reuniera el Comité Nacional de COPEI para considerar un orden del día cuyo primer punto fuese cómo jorobar a los venezolanos. Sus miembros, como los dirigentes de los demás partidos nacionales, procuraban hacer las cosas según su mejor criterio, pero es justamente ese criterio el que ha sido rebasado por una sociedad del siglo XXI que supera la complejidad de sociedades del siglo XIX para cuyos problemas se formulara las ideologías aún actuantes. En el prospecto para un Taller de Política Clínica (mayo 2015) describí el problema:

Los humanos pensamos dentro de marcos mentales (Daniel Kahneman & Amos Tversky) o paradigmas (Thomas Kuhn) que vienen proporcionados por las ciencias y crecen con elementos perceptuales simples o memes (Richard Dawkins) que se diseminan al modo genético. El marco mental más englobante es lo que los alemanes llaman Weltanschauung (concepción del mundo), y en él se insertan los más específicos. (La noción es más o menos equivalente a la noción de episteme de Michel Foucault—Les mots et les choses—: lo que puede ser pensado en una época particular). Muchos de los marcos mentales empleados en política son préstamos de la física newtoniana (espacios políticos, fuerzas políticas, etc.) o de concepciones estáticas, tales como la de “sectores”. (…) A partir de 1959 emerge en el campo de las ciencias un conjunto de disciplinas que pudieran llamarse ciencias de la complejidad: teoría del caos, teoría de los sistemas complejos, teoría de avalanchas, teoría de enjambres. Estas nuevas nociones—por caso, la idea de propiedades emergentes en un sistema complejo, o su sensibilidad a las condiciones iniciales—son más poderosas y pertinentes al discurso político que las ideas clásicas. Es de la mayor importancia que el político del siglo XXI comprenda esos conceptos.

Pero además escribí en Política natural (19 de marzo de 2009):

Una cierta forma de hacer política—reptiliana: agresiva, territorial, ritual, jerárquica—está muriendo ante nuestros ojos. (¿Cómo puede ser uno territorial en Internet? ¿Quién es su jefe?) El anacrónico experimento de Chávez representa los últimos estertores de una política vieja que agoniza. Es la política del poder, que él lleva a su exacerbación; es la autodefinición política sobre un eje izquierda-derecha que ya no existe, a pesar del último pataleo de Bernard Henri-Lévy. (Left in Dark Times, 2008).

Pero es la muerte de gigantes, sin los que nunca hubiéramos divisado la tierra prometida. Como tales ¿por qué tendrían que sentirse mal por haber sido enormes e indispensables? Ellos construyeron las posibilidades que hoy tenemos.

No se justifica entonces que entorpezcan el progreso, pretendiendo que lo que hacen, cada vez de eficacia menor, es lo único posible. Nos deben la libertad de crear, como ellos mismos en su momento lo hicieron, una cosa distinta.

Si los políticos convencionales ya no pueden ofrecernos soluciones a los problemas de las sociedades contemporáneas—la crisis de la política es hoy en día planetaria—de todas formas debemos estarles agradecidos.

Venezuela es sólo un caso—con nuestros rasgos propios—de la crisis de la profesión política a escala mundial. El 15 de mayo de 2012 moría el literato e intelectual mexicano Carlos Fuentes; Madrid y Ciudad de México publicaron ese mismo día su último artículo: Viva el socialismo. Pero… En él preguntaba: “¿Cómo responderá François Hollande a este nuevo desafío, el de una sociedad que al cabo no se reconoce en ninguna de las tribus políticas tradicionales: izquierda, centro o derecha?”

Vienen tiempos postideológicos, transideológicos. LEA

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[1] Un importante antecedente de la Declaración de Derechos de Virginia, plantilla de la Declaración de Independencia de los EEUU que la seguiría a las tres semanas, es el Acta de Abjuración de los Estados Generales holandeses (26 de julio de 1581) contra la Corona de España. Éste es su preámbulo: “Como es aparente a todos, un príncipe es constituido por Dios para ser el gobernante de un pueblo, defenderlo de la opresión y la violencia como un pastor a sus ovejas; y Dios no ha creado al pueblo como esclavo de su príncipe, para obedecer a su mandato sea éste justo o injusto, sino antes al príncipe para sus súbditos (sin los que no podría ser príncipe), para gobernarlos de acuerdo con la equidad, amarlos y sostenerlos como un padre a sus hijos o un pastor a su rebaño, incluso a riesgo de su vida para defenderlos y preservarlos. Y cuando él no se conduce de ese modo, sino que, por lo contrario, les oprime, buscando oportunidades para infringir sus antiguas costumbres y privilegios, exigiéndoles aquiescencia esclava, entonces ya no es más un príncipe, sino un tirano, y los súbditos no tienen por qué considerarlo de otro modo. Y particularmente cuando eso lo hace deliberadamente, sin autorización de los estados, ellos pueden no sólo inhabilitar su autoridad, sino proceder legalmente al escogimiento de otro príncipe para su defensa. Éste es el único método que queda a los súbditos cuyas humildes peticiones y protestas nunca pudieron ablandar a su príncipe o disuadirlo de sus tiránicos procedimientos: y es esto lo que la ley natural dicta para la defensa de la libertad, que debemos transmitir para la posteridad, aun a riesgo de nuestras vidas”.

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