por Luis Enrique Alcalá | Jun 1, 2006 | Cartas, Política |

¿Ha significado el gobierno de Hugo Chávez un progreso real para los venezolanos menos dotados de recursos y oportunidades?
A juzgar por las muy confiables y serias mediciones de Datos (Encuesta Pulso Nacional), hay progreso evidente. En reciente presentación a VenAmCham—cuyo actual Presidente es Edmond Saade, también Presidente de Datos—se reporta la mejoría apuntada: más de la mitad de los venezolanos está satisfecha de su «situación actual de bienestar». Para el año 2000, sólo 21% de los venezolanos manifestaba que su situación personal había mejorado o era igual de buena con respecto al previo ejercicio. A las alturas de 2005 este indicador había subido a 45%, nivel en el que se ha mantenido durante el primer trimestre de 2006.
Estas son cifras generales; si se indaga por esta dinámica en los sectores D y E, se mide un progreso del ingreso real por hogar. Entre 2003 y 2006 este incremento es de 137% para el Nivel E. (En bolívares corrientes ha pasado de Bs. 286.022 a Bs. 680.419 mensuales). La clase D experimentó en el mismo lapso una mejoría de sólo 17%, mientras que la clase C menos (clase media baja) progresó en 31%. Conclusión oficial de Datos: «Hay una clara mejoría en el nivel de ingreso por hogar de los venezolanos, especialmente en quienes representan la mayoría del país». (Datos reporta la siguiente composición poblacional: Nivel socioeconómico ABC+, 4%; Nivel C-, 15%; Nivel D, 23%; Nivel E, 58%).
Naturalmente, también señala la encuestadora déficits en varios renglones: el progreso ocurre en «alimentación y cierta ampliación en los servicios de salud y educación». Rubros como vivienda, seguridad y empleo—a pesar de una mejora en la composición de éste: entre 2003 y 2004 el empleo formal, según cifras que Datos toma del Instituto Nacional de Estadísticas, habría pasado de 47% a 53%—no satisfacen las expectativas de la mayoría. Pero en términos generales la gente ubicada en los niveles más bajos está económicamente mejor que antes. Si sumamos a esto que también hay una mejora en el reconocimiento social de clases antes muy diferidas o poco tomadas en cuenta ¿qué razones puede ofrecerse al 81% de los electores (niveles D y E) para cambiar de gobierno?
Un simple cálculo nos permite estimar a qué se enfrenta quien quiera arrebatarle a Hugo Chávez la Presidencia de la República. Supongamos que la mejora del ingreso mensual en la clase E (prácticamente cuatrocientos mil bolívares: Bs. 394.397) comenzara a producirse ahora. Entonces por el próximo año los hogares de 58% de la población recibirían un total de unos catorce billones de bolívares, o un poco más de seis mil millones de dólares. (El presupuesto nominal de 2006, por comparar, es de 85 billones). Esto es una descomunal transferencia a favor de los más necesitados, que ni siquiera toma en cuenta los componentes de ahorro (principalmente Mercal) y los no monetarios de las misiones, las gigantescas transferencias del Ministerio de Educación y las restantes avenidas que llevan recursos públicos a la población. Una avalancha real, efectiva, existente de tal magnitud, no puede ser emulada por la promesa de «un fondo autónomo con una parte del ingreso petrolero para la distribución del ‘cesta ticket petrolero’, mediante el cual se ayudará a las familias a superar su condición de pobreza y a sufragar parte de los gastos en educación, salud, alimentación y arreglo de vivienda». (Proposición estelar de la oferta programática de Teodoro Petkoff).
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Hasta los momentos se conoce varios esbozos programáticos de parte de unos pocos entre los pre-candidatos presidenciales. (No hay todavía, por supuesto, ningún candidato inscrito ante el Consejo Nacional Electoral, ni siquiera el propio Chávez). Son las proposiciones de Roberto Smith, Julio Borges, Cecilia Sosa y Teodoro Petkoff. La que parece ser la más articulada y pensada de las fórmulas es la de Petkoff. (Puede leérsela completa en www.conteo2006.com).
Smith tiene indudables aciertos de percepción. Por ejemplo, su rechazo a la fórmula de las elecciones primarias pretendidas por Súmate se debe a que las percibe, correctamente, como un evento para obtener un candidato único «de oposición», y Smith no quiere entenderse como tal, sino como un candidato «de proposición». A partir de su «proposición», comoquiera que es distinta y en consecuencia opuesta a los designios de Chávez, lo de oposición le vendría por añadidura, pero no porque en el origen haya justificado su presencia política como mera oposición.
El problema con Smith es que luego no puede plenar con contenido suficiente el habitáculo que él mismo diseña. A partir de tan excelente distinción, su oferta se desgrana en eslóganes repetitivos—full empleo/delincuencia cero—y la venta de una marca—Venezuela de Primera—con resonancia clasista: una Venezuela que viaja en primera clase, que pertenezca al «Primer Mundo». Seguramente será capaz de mostrar un vistoso manojo de megaproyectos sugestivos, que sugieran que un presidente con cualidades de ejecutivo disciplinado y exitoso, como él, es justamente lo que se necesita. También, aun cuando declare no ser candidato de oposición actúa como uno, a juzgar por sus críticas duras y constantes, que van desde el derrumbe del Viaducto #1 hasta su calificación del Consejo Nacional Electoral, al que ha dirigido ataques que están muy cerca de los formulados por los abstencionistas más radicales. Es una lástima, pues, que un análisis formalmente correcto no pueda ser llenado con sustancia.
Pero Julio Borges pudiera muy bien salirse con la suya, pues una mutación terminológica le permite postular el siguiente eslogan, mucho más enfocado: Venezuela es primero. («Borges… anunció la realización de una extensa gira nacional, que llevaría el nombre ‘Primero Venezuela’—evocadora de Proyecto Venezuela— el que pareciera competir por una ‘marca’ con Venezuela de Primera de Roberto Smith…» Carta Semanal #171 de doctorpolítico, 5 de enero de 2006). En términos de contraste alude, naturalmente, al dispendio del gobierno de Chávez en sus objetivos de política exterior. (En el orden de 18 mil millones de dólares, o tres veces la transferencia a la clase E por incremento en el ingreso de los hogares. Si Chávez empleara el criterio adelantado por Borges, y usara los recursos con los que procura cuadrar alianzas—como la reciente con Bolivia, de $1.500 millones—en el alivio de los venezolanos menos favorecidos, el aumento del ingreso doméstico mensual sería de 1 millón 600 mil bolívares, en lugar de 400 mil bolívares).
De resto, la oferta conocida de Borges tiende a expresarse igualmente en eslóganes: justicia para todos, empleo para todos, oportunidades para todos, sin dejar de remachar la noción de que una nueva generación es la respuesta a los problemas venezolanos. A pesar de esto, la rectitud de ciertas posiciones de Borges, su constancia y su organización, parecieran posicionarle mejor para lo que pudiera ser el verdadero objetivo estratégico de una participación electoral no chavista: el establecimiento de una alternativa al gobierno, aunque no gane. Y si acá se previó que pudiera tener impacto una dupla de Petkoff como Presidente y Borges como Vicepresidente, lo recíproco tiene también sentido, pues entonces la experiencia de Petkoff apuntalaría a Borges como Rangel, mayor en edad que Chávez, le complementa y refuerza.
Ahora bien, una lectura de la oferta programática de Petkoff—esto es, del boceto contenido en la dirección de Internet antes mencionada—revela en éste una mayor articulación y un mayor pensamiento. En términos escuetos: Petkoff tiene el mejor programa al compararlo con los de Borges y Smith. Veamos qué contiene. (Esta carta prescindirá del análisis de la propuesta de Cecilia Sosa).
El documento en cuestión—»Teodoro, un candidato con propuestas»—está compuesto de cuatro partes, enfocadas por un lema de campaña: «Venezuela sin miedo», que inicia y cierra la exposición en tipografía destacada. La primera parte consiste en la enumeración de ocho «propuestas», a saber: 1. recuperar la convivencia entre los venezolanos, 2. hacer reformas avanzadas apegadas a la ley, 3. desterrar el miedo, 4. crear un clima de tolerancia política y cultural, 5. reducir la polarización, 6. buscar un gran acuerdo nacional para lograr justicia social, igualdad y mayor participación democrática, 7. arrancar de raíz las causas de la pobreza, que tienen su principal fuente en lo económico y, en particular, en el desempleo, 8. adelantar un plan de acciones contundentes para enfrentar los problemas de seguridad personal.
Resulta obvio que las propuestas 1, 3, 4, 5 y 8 tienen todas que ver con el lema contra el miedo. En este sentido son consistentes, pero también algo repetitivas. En todo caso, cinco de ocho proposiciones son formuladas en torno a lo que parece ser el tema central de la campaña y, como se trata tan sólo de un esbozo programático, necesitan desarrollo o explicación ulterior: ¿cómo, por ejemplo, se «destierra» el miedo? (¿Tal como se «reactiva la economía» o se «acaba con la corrupción», para mencionar dos formulaciones típicas del discurso político vacío?) Si lo del miedo se refiere al temor por la seguridad personal, amenazada por una delincuencia recrecida, el foco puede ser de anclaje universal. Si, en cambio, alude al miedo político ante la pugnacidad de Chávez y el resentimiento social expresado en la tensión entre clases sociales, esa promesa contra el miedo se vendería en las clases media y alta, que en cifras de Datos suman nada más que 19% de los pobladores.
Las otras tres propuestas son más problemáticas. Para comenzar, nadie puede responsablemente prometer que «arrancará de raíz» las causas de la pobreza, que «tienen que ver» con lo económico y el empleo. (¿No es el empleo algo económico?) Además, tal cosa se haría en seis años. Petkoff ha aclarado que de resultar electo no pretendería reelegirse para un segundo período.
Luego, lo del «gran acuerdo nacional» huele a «consenso-país», al «Pacto Social» de Lusinchi, al acuerdo nacional que han propugnado, en su oportunidad, Antonio Ledezma, Juan Liscano, Luis Raúl Matos Azócar (por mencionar tres nombres de una lista casi infinita), a los «encuentros de la sociedad civil» organizados por la Universidad Católica Andrés Bello en la primera mitad de los noventa… en fin, al que proponía José Tadeo Monagas. Es decir, una vez más se propone ir a la búsqueda de un mítico y nada original acuerdo, de contenido impreciso, indeterminado, y que por tanto no puede ser en sí mismo nada que se prometa, puesto que aún no existe. (Algo así como el «socialismo del siglo XXI» de Chávez, que hasta ahora no ha podido ser «inventado»).
Y es también típica la construcción de la restante «propuesta»: «hacer reformas avanzadas apegadas a la ley». («¿Con qué se come eso?», preguntaría Luis Miquilena). Se trata, más bien, de una seudoproposición: por su forma parece ser una proposición, pero no lo es. La manera de determinar esta condición es simple: basta construir la proposición contraria, lo que tendríamos que defender en caso de que quisiéramos oponernos. Así tendríamos que promover: «hacer reformas atrasadas desapegadas de la ley» ¿Es que habría quien quisiera proponer tal desatino? Aquella proposición, por tanto, en ausencia de mayor desarrollo, no pasa de ser un titular sin noticia, una formulación semánticamente vacía.
La segunda parte del esquema programático de Petkoff contiene su desahucio de Chávez, amén del eslogan secundario, repetido, por técnica de remache publicitario, en muchas de las emisiones del candidato. Ese otro lema es: «Esto no puede seguir así». (Conceptualmente, de la misma familia que el «¿Dónde están los reales?» de la campaña de Luis Herrera Campíns en 1978). El caso del fiscal Petkoff contra el reo Chávez comprende las siguientes imputaciones (todas compartidas por esta publicación, aunque las considera incompletas): el actual gobierno irrespeta permanentemente a los venezolanos, se burla de la Constitución y las leyes, no busca soluciones concertadas a los problemas, toma medidas ilegítimas e inestables, ha creado una gran conflictividad política. Todas valen, pero son causales de deslegitimación del actual gobernante, no de legitimación de ninguno de sus contrarios.
La tercera y cuarta parte arrancan con una formulación análoga, asemejadas adrede para efectos pedagógicos. Se trata de la «deuda social» y—el término más novedoso—la «deuda democrática» que tendría «el país» con «la mayoría de los venezolanos». (Aparentemente, «el país» tiene una deuda con «la mayoría» del país. Esta desatenta construcción recuerda aquella fórmula del—¿abortado?—»Movimiento 4 de diciembre» auspiciado por Marcel Granier, Oscar García Mendoza, Oswaldo Álvarez Paz, Antonio Sánchez García, etcétera: «Un mandato del país a la Nación». Es decir, el país mandándose a sí mismo).
Para saldar la deuda social Petkoff «se compromete» a:
1. adelantar una clara y estable política económica que estimule la inversión nacional y extranjera, que genere empleos. (Pruébese a defender esta fórmula alterna: adelantar una opaca e inestable política económica que desestimule la inversión nacional y extranjera, que reduzca el empleo).
2. expansión y diversificación de la industria petrolera aguas abajo para la producción de una gran diversidad de productos diferentes a la gasolina. (La muy trillada—no por eso incorrecta—aspiración o vocación petroquímica nacional. De la época del primer gobierno del antiguo jefe de Petkoff, Rafael Caldera, data el gran «Plan Petroquímico Nacional», en una decena de tomos, que jamás fue llevado a la práctica, tal vez por una combinación de enjundiosidad con rigidez).
3. estimular la reactivación de gran cantidad de industrias paralizadas, con especial énfasis en la industria metalmecánica y manufacturera. (Concepto de «Segunda Ola» con foco industrial. Mención cero de actividades de «Tercera Ola» en nuevas tecnologías).
4. desarrollo intenso del turismo aprovechando los recursos naturales del país. (De nuevo, la evocación del Dorado turístico que reiteramos desde la Conahotu de Pérez Jiménez. «Pertenece a la esencia de una proposición que sea capaz de comunicarnos un nuevo sentido». Ludwig Wittgenstein, Tractatus Logico-Philosophicus, Proposición 4.027).
5. reactivar la agricultura con reformas en el marco de la Ley. (La agricultura está desactivada, así que la voy a reactivar. Dice el médico a quien le consulta porque se siente mal y quiere curarse: «Usted está enfermo: la solución es que sane». Y legalmente).
6. desarrollo inmediato de un gran plan de obras públicas para mejorar la vialidad, escuelas, servicios de salud y viviendas. (Muy bien).
7. crear un fondo autónomo con una parte del ingreso petrolero para la distribución del «cesta ticket petrolero», mediante el cual se ayudará a las familias a superar su condición de pobreza y a sufragar parte de los gastos en educación, salud, alimentación y arreglo de vivienda. (Es decir, un nombre nuevo—no «misiones», claro—para un tratamiento de subsidios, mas sin radicalidad. Lo claro, lo profundo sería intentar un ejercicio de devolution. Heredamos del derecho español colonial el principio de que las riquezas del subsuelo pertenecen a la Corona, por las que debe percibir «regalías», que se llaman así precisamente porque se pagan al rey. Pero desde la Revolución Francesa las repúblicas reconocen que la Corona ha sido suplantada por el Pueblo. Es al Pueblo, por tanto, a quien se debe pagar las regalías petroleras, no al Estado, pues sólo Luis XIV—L’État c’est moi—confundiría Estado y Corona. Esta es noción de la que no reivindico paternidad alguna, pues nunca la entreví antes de aprenderla de Julio Juvenal Camero).
En cuanto a la «deuda democrática», son ocho los compromisos asumidos por Petkoff:
1. acabar con el autoritarismo, la autocracia, el militarismo y la corrupción. (Tal vez pueda prometer las tres primeras cosas. La experiencia venezolana—y la rusa, la ucraniana, la japonesa, la europea en general, la norteamericana, etc.—es que la corrupción es de dificilísima, más bien imposible, erradicación. Seguramente puede atenuársele, pero nadie debiera prometer deliberadamente que la llevará a cero).
2. separar los poderes públicos y asegurar su eficacia e independencia. (Muy bien. Pero un presidente sólo puede prometer eficacia por el Ejecutivo. Si lo hace por los demás poderes éstos ya no serían tan independientes).
3. relanzar la descentralización administrativa. (Decía Stafford Beer—Platform for Change, Wiley, 1975—que la oposición de centralización y descentralización es en gran medida un falso dilema, pues la observación de cualquier organismo biológico viable revela en él la feliz coexistencia de procesos enteramente descentralizados y procesos altamente centralizados. La promesa genérica de descentralización es una proposición difusa, borrosa).
4. estimular la creación de nuevas formas de organización popular autónomas. (Muy bien. Serán entonces los «círculos venezolanos» en lugar de los «círculos bolivarianos», o algo así. La generalización de las asambleas de ciudadanos. Muy bien).
5. asegurar que la Fuerza Armada sea una institución del Estado sin parcialidad política o personal. (Magnífico).
6. promover el restablecimiento (corrección del original, que dice «promover el restableciendo») de la representación en los órganos colectivos (¿?) y el financiamiento público de los partidos políticos. (En esto último contaría con el apoyo del PPT, que anda buscando esos churupos).
7. facilitar la existencia de un CNE confiable, neutral e idóneo. (Muy encomiable).
8. consultar a los venezolanos para cambiar el actual régimen presidencialista, por un régimen parlamentarista, que minimice los riesgos de crisis políticas. (Interesante proposición. Requiere una reforma constitucional, que Petkoff sometería, como está previsto constitucionalmente, a referendo. Es obvio que el asunto es discutible, pues al igual de cualquier otro tratamiento público, en este caso de carácter estructural y funcional, se puede enumerar tanto pros como contras).
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Ése es el mejor de los programas expuestos hasta ahora. No en balde algunos hablan de un «ambiente de frustración» en las filas opositoras. Si a esta inanidad se suma lo registrado por las encuestas—IVAD mide 62% de reciente intención de voto por Chávez—tal desazón es explicable, como lo sería un recrudecimiento del abstencionismo, una repopularización del récipe de una «crisis de gobernabilidad» y del golpismo y la invasión.
Pero los programas pueden ser, todavía a estas alturas, sustituidos. Es posible hacer mucho mejor las cosas. Entretanto declara Francisco Layrisse—Jefe del Comando de Campaña—a Tal Cual (el periódico que dirige Petkoff lo escribe «Layrisi») que se continuará el amorochamiento con Borges (estupendo) y con Rosales (horror; con el cohonestador más destacado del «carmonazo»): «¿Cree que el G-3 seguirá unido? —Hay toda la intención. Petkoff, Rosales y Borges han trabajado por un proyecto de unidad, para un gran acuerdo de gobernabilidad». De hecho, se le pregunta cuál debiera ser el candidato para 2012 y no vacila en responder: «Sería Rosales o Borges». No está mal haber acertado en un cincuenta por ciento.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Abr 28, 2006 | Fichas, Política |

LEA, por favor
Los venezolanos tuvimos nuestro primer congreso en 1811. En ese mismo año John C. Calhoun resultaba electo a la cámara baja del congreso norteamericano, que ya llevaba treinta y cinco años de existencia.
Calhoun llegaría al Senado de los Estados Unidos en ocasión posterior, cuando ya había renunciado a la Vicepresidencia de su país como gesto de oposición a la política arancelaria del gobierno, que afectaba los intereses de los estados sureños. Su carrera política le llevó a ocupar casi todo cargo de importancia entre 1807 y 1850 (el año de su muerte): legislador estatal, congresista, Secretario de Guerra, Vicepresidente, Senador, candidato presidencial y Secretario de Estado.
Nacido en Carolina del Sur (1782), era un año mayor que nuestro Libertador. De profesión abogado, era un decidido nacionalista en sus años tempranos, aunque luego fue haciéndose cada vez más un defensor formidable de los estados del sur, incluyendo a la institución de la esclavitud. Preocupado por el abuso de las mayorías que luego interesarían al gran John Stuart Mill—que acuñó la frase «tiranía de la mayoría» en su ensayo Sobre la libertad—Calhoun trató el tema y su posible remedio en el opúsculo La mayoría concurrente, cuya sección intermedia se traduce acá para formar la Ficha Semanal #91 de doctorpolítico. Naturalmente, veía con inquietud la imposición a los sureños de políticas decididas por las mayorías del norte y el oeste en los Estados Unidos.
Calhoun escribe con el engorroso estilo de principios del siglo XIX, elemental y reiterativo en extremo. Remacha una y otra vez, prácticamente con las mismas palabras, las nociones que quiere establecer. Pero su simplicidad no deja de poner el dedo en la llaga de un problema tan viejo como la democracia, y para esto razona y argumenta con la sencillez de un maestro de escuela primaria. Al comienzo de su ensayo, antes del trozo escogido para esta ficha, propone una distinción a la vez sencilla y poderosa: «…aunque la sociedad y el gobierno están así íntimamente conectados y son dependientes el uno del otro—entre ambos la sociedad es la más grande. Es la primera en el orden de las cosas y en la dignidad de su objeto: siendo primario el de la sociedad, preservar y perfeccionar nuestra raza; y el del gobierno secundario y subordinado, preservar y perfeccionar a la sociedad».
No es raro encontrar en la historia gobiernos que se consideran, equivocadamente, superiores a la sociedad sobre la que actúan.
LEA
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Veto minoritario
Por sí mismo el derecho al sufragio no puede hacer otra cosa que dar un completo control de los que eligen sobre aquellos que han elegido. Al hacer esto logra todo lo que puede posiblemente lograr. Tal es su objetivo, y cuando lo logra su finalidad se ha completado. No puede hacer más, independientemente de cuán ilustrado sea el pueblo, o cuán ampliamente extendido o protegido pueda estar ese derecho. La suma total, entonces, de sus efectos, cuando es más exitoso, es hacer a los elegidos los verdaderos y fieles representantes de aquellos que los eligieron—en lugar de gobernantes irresponsables—como lo serían sin él; y así, al convertirse en una agencia, y a los gobernantes en agentes, para despojar al gobierno de toda reivindicación de soberanía y retenerla sin daño para toda la comunidad. Pero es manifiesto que el derecho al sufragio, al hacer estos cambios transfiere, en realidad, el control real sobre el gobierno de aquellos que hacen y ejecutan las leyes al cuerpo de la comunidad y así coloca los poderes del gobierno plenamente en la masa de la comunidad como si en verdad ella se hubiera reunido, y hubiera hecho y ejecutado las leyes por sí misma sin la intervención de representantes y agentes. Mientras haga esto con más perfección, más perfectamente logra sus fines; pero al hacerlo sólo cambia el asiento de la autoridad, sin contrarrestar, en lo más mínimo, la tendencia del gobierno a la opresión y el abuso de sus poderes.
Si la comunidad toda tuviera los mismos intereses, de forma que los intereses de todas y cada una de sus partes fueran afectados de tal modo por la acción del gobierno que las leyes que oprimiesen o empobreciesen a una parte necesariamente oprimieran o empobrecieran a todos los demás—o a la inversa—entonces el derecho al sufragio sería en sí mismo más que suficiente para contrarrestar la tendencia del gobierno a la opresión y el abuso de sus poderes y, por supuesto, formaría en sí mismo un perfecto gobierno constitucional. Siendo el mismo el interés de todos, hipotéticamente, en cuanto a la acción del gobierno, todos tendrían intereses parecidos respecto de cuáles leyes debieran ser dictadas y cómo debieran ser ejecutadas. Toda lucha y combate cesarían acerca de quiénes debieran ser electos para promulgarlas y ejecutarlas. La única pregunta sería quién es más idóneo; quién el más sabio y más capaz de entender el interés común del conjunto. Decidido esto, la elección ocurriría quietamente y sin discordia partidista, puesto que ninguna parte podría promover su propio interés peculiar sin considerar el resto al elegir un candidato favorito.
Pero ése no es el caso. Por lo contrario, nada es más difícil que ecualizar la acción del gobierno en referencia a los varios y diversificados intereses de la comunidad; y nada más fácil que pervertir sus poderes en instrumentos para engrandecer y enriquecer uno o más intereses al oprimir y empobrecer a los otros; y esto también bajo leyes escritas en términos generales—y que, en apariencia, lucen justas y equitativas. Ni es éste el caso de sólo algunas comunidades particulares. Es así con todos; los pequeños y los grandes, los pobres y los ricos, independientemente de emprendimientos, producciones o grados de civilización—con esta diferencia, sin embargo: que mientras más extenso y populoso es el país, más diversa la condición y los emprendimientos de su población; y mientras más rico, más lujoso y disimilar el pueblo, más difícil es ecualizar la acción del gobierno y más fácil para una porción de la comunidad pervertir sus poderes para oprimir y hundir a las otras.
Siendo tal el caso, necesariamente resulta que el derecho al sufragio, colocando el control del gobierno en la comunidad debe, por la constitución misma de nuestra naturaleza que hace al gobierno necesario para preservar la sociedad, conducir al conflicto entre sus diferentes intereses—cada uno en lucha para obtener posesión de sus poderes, como los medios de protegerse los unos contra los otros, o de promover sus respectivos intereses, independientemente de los intereses de los otros. Por esta lucha, ocurrirá una lucha entre los distintos intereses para obtener una mayoría con el fin de controlar el gobierno. Si ningún interés es suficientemente fuerte para obtenerla, se formará una combinación entre aquellos de intereses más parecidos—cada uno concediendo algo a los otros, hasta que se logre un número suficiente para constituir una mayoría. Puede que el proceso sea lento, y que se requiera mucho tiempo para pueda formarse así una mayoría compacta y organizada; pero con el tiempo llegará a formarse, aun sin concierto o plan previos, mediante el seguro funcionamiento del principio o constitución de nuestra naturaleza de la que el gobierno mismo se origina. Una vez formada, la comunidad se dividirá en dos grandes partidos—uno mayor y otro menor—entre los que habrá luchas incesantes para retener de un lado y obtener del otro la mayoría—y de esta manera el control del gobierno y las ventajas que confiere.
Como, entonces, el derecho al sufragio, sin otra provisión, no puede contrarrestar esta tendencia del gobierno, la siguiente pregunta a considerar es:¿cuál sería esa otra provisión? Esto exige la más seria consideración, puesto que, de todas las otras cuestiones involucradas en la ciencia del gobierno, implica un principio que es el más importante y el menos comprendido, y que, cuando es entendido, es el más difícil de aplicar en la práctica. Es, de hecho, enfáticamente, el principio que hace a la constitución, en su sentido estricto y limitado.
De lo que ha sido dicho es manifiesto que esta provisión deberá ser de un carácter calculado para impedir que algún interés, o combinación de intereses, emplee los poderes del gobierno para engrandecerse a expensas de los otros. Aquí yace el mal; y justamente en la proporción que impida, o deje de impedir, en el mismo grado obtendrá, o dejará de obtener, el fin que se intenta lograr. No hay sino un modo cierto con el que este resultado puede asegurarse, y es mediante la adopción de alguna restricción o limitación que deberá prevenir eficazmente que un interés, o combinación de intereses, pueda obtener el control exclusivo del gobierno que deje sin esperanza cualquier intento dirigido a tal fin. De nuevo, sólo hay un modo con el que tal cosa puede lograrse, y es el de tomar separadamente el sentido de cada interés o porción de la comunidad, que puede haber sido desigual e injuriosamente afectado por la acción del gobierno, a través de su propia mayoría, o en alguna otra forma como pueda su voz expresarse justamente; y requerir el consenso de cada interés bien sea para poner o mantener el gobierno en acción. Esto, igualmente, sólo puede lograrse de una manera—y esto es por tal organismo del gobierno—y si es necesario para el propósito de la comunidad también—para, dividiendo y distribuyendo los poderes del gobierno, dar a cada división o interés, a través de su órgano apropiado, o una voz concurrente en la promulgación y ejecución de leyes o un veto sobre su ejecución. Es sólo mediante un órgano tal que el asentimiento de cada uno puede ser hecho necesario para poner al gobierno en movimiento; o para ser eficaz para detenerlo cuando se haya puesto en movimiento—y es sólo a través del uno o el otro que los diferentes intereses, órdenes, clases o porciones en los que la comunidad pueda dividirse pueden ser protegidas, y todo conflicto y lucha entre ellas prevenida—haciendo imposible colocarlo o ponerlo en movimiento sin el consentimiento concurrente de todos.
Un organismo como éste, combinado con el derecho al sufragio, constituyen, de hecho, los elementos del gobierno constitucional. El uno, haciendo a aquellos que hacen y ejecutan las leyes responsables a aquellos sobre los que operan, impide a los gobernantes oprimir a los gobernados; y el otro, haciendo imposible para cualquier interés o combinación de intereses o clase, u orden, o porción de la comunidad el obtener control exclusivo, impide que cualquiera de ellas oprima a la otra. Es claro que la opresión y el abuso vendrán, en cualquier caso, de uno o el otro lado. No puede ser de otra manera. Se sigue que ambos, el sufragio y el organismo adecuado combinados, son suficientes para contrarrestar la tendencia del gobierno a la opresión y el abuso del poder y restringirlo al logro de los altos fines para los cuales es establecido…
John C. Calhoun
por Luis Enrique Alcalá | Abr 27, 2006 | LEA, Política |

El gobernador del Zulia, Manuel Rosales, ha estado en primer plano los últimos días, luego de que ese sitial estuviera copado por el lanzamiento de Teodoro Petkoff. Primero fue el lanzamiento de su candidatura. («El zuliano está en la pelea», tituló un diario caraqueño).
Luego sirvió de anfitrión en Maracaibo para una reunión tripartita de él mismo con Petkoff y Julio Borges, quien también refrescó su candidatura con la presentación de «su programa» por las mismas fechas. María Corina Machado, que estuvo invitada, no asistió. Adujo inconvenientes atmosféricos que habrían impedido el viaje en avión a tierra zuliana. Los tres acordaron apoyar a quien, entre ellos, resalte como el candidato de más fuerza, sin especificar el método para determinar esto último y sin desestimar las elecciones primarias en principio.
Recuperan así los candidatos la iniciativa que Súmate asumió para convocar—»proponer»—primarias en julio y sugerir que sólo esas primarias, llevadas a la práctica por la organización, legitimarían a un candidato unitario, que debería, por encima de todo, luchar por condiciones electorales confiables. Esto sería el centro, la médula del problema político nacional.
Pero el gobierno tampoco perdió tiempo en resaltar aún más la figura de Rosales. El Fiscal de la boca que desconoce el derecho al respeto, anunció la tramitación de antejuicio de mérito en contra del gobernador ante el Tribunal Supremo de Justicia, por el pecado democrático de haber firmado un decreto que destituía las autoridades judiciales y legislativas.
Rosales esgrime en su defensa la tesis del vacío de poder que la famosa declaración del general Rincón habría creado en las pequeñas horas del 12 de abril de 2002. Esto, sin embargo, tal vez habría justificado la asunción del poder ejecutivo, dada la emergencia nacional, pero jamás podrá legitimar la clausura de los restantes poderes. Rosales va a tener que procurarse una mejor excusa.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Abr 27, 2006 | Cartas, Política |

Ocurrió en una estación de tren en Moscú de la época de Stalin. Dos amigos, Ilya y Mikhail, se encuentran en un andén a la espera de un tren que partirá hacia el sur. Luego de los saludos acostumbrados uno pregunta: «Dime, Ilyia, ¿adónde vas?» E Ilyia contestó: «Pues, Mikhail, voy a Kiev». Entonces Mikhail se quedó pensando: «Ilyia me dice que va a Kiev para que yo piense que va a Vladivostok. Entonces debe ir a Kiev».
Ese chiste, leído alguna vez en un viejo ejemplar de Selecciones del Reader’s Digest, merececería el rango de fábula, en razón de su esencia pedagógica. Lo que le falta para ser fábula es tan sólo una moraleja: «Después de todo, la mejor cura contra la suspicacia es creer lo que nos dicen». Vamos a tomar al pie de la letra, sobre todo porque el lenguaje gestual confirmaba la sinceridad de la aserción, dos frases reales del pasado reciente, hace nada; esto es, dos afirmaciones proferidas realmente por dos destacadas personas de nuestra realidad política. Una, la que trataré de segunda, dice así: «Pues eso es exactamente lo que estamos buscando». La primera, que comentaré a continuación, sostiene lo siguiente: «El pueblo lo que quiere que un candidato le diga es qué va a hacer con el país».
No es la primera vez que se emplea una expresión como la última. En un viejo modelo político los caciques mandan, los héroes matan dragones, pero no tienen que pensar en la solución a los problemas públicos. De eso deben ocuparse, subordinados siempre a quienes mandan, los sabios que encuentran los significados y los brujos que producen menjurjes y encantamientos. Profesionales que encuentren soluciones. El modelo, el arquetipo, el paradigma en el viejo sentido de ejemplo, prescribe a quien detente o quiera detentar el mando el papel y el carácter de un combatiente. No en vano las imágenes con las que los actores políticos convencionales hacen autoreferencia tienden a ser las de «combatiente» o «luchador» político o social, y se refieren a la «arena» y a la «lucha» políticas y a los procesos de «vencer» y «derrotar».
Y piensan ellos, así como la mayoría de nosotros, que su papel consiste en «mandar». No en mandar a secas, lo que pudiese ser moderado si se restringiera al mando sobre los órganos ejecutivos del Estado, sino que se entiende como mandando sobre la Nación. Un candidato que en la campaña de 1998 declaró con la mayor frescura desconocer cuál era el modelo político que necesitaba Venezuela se refirió, en un conocido programa de televisión, a quienes pretendan «gobernar sobre un país». (Como él pretendía). Y esta idea de que se gobierna sobre un país es, con seguridad, algo que debe ser cambiado, justamente, en un nuevo modelo político para Venezuela y, si a ver vamos, para cualquier país. No se gobierna sobre un país, se gobierna para un país.
O se dice que necesitamos alguien que sepa manejar el país, o hacer algo con el país. Un presidente no debe hacer nada con el país. Los países tienen la mala costumbre de hacerse a sí mismos, muchas veces a pesar de sus gobiernos e incluso contra ellos. Los candidatos a presidente, a lo sumo, pueden tratar de explicar qué harían desde la jefatura del Poder Ejecutivo Nacional, que es lo que les sale. Debieran explicar cómo pondrían el aparato ejecutivo del Estado al mejor servicio de la ciudadanía, jamás a mandarla. Punto.
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En cambio, la segunda frase requiere se la muestre en la secuencia que precedió a su elocución. Fue empleada por persona conferencista, ante auditorio al que quería convencer de la bondad de unas elecciones primarias para escoger un candidato único de oposición.
La conferencia se inició asentando como premisa—según se dijo suprema—de todo el asunto, la absoluta seguridad en que el actual titular del cargo presidencial no cree en la alternabilidad democrática y, por tanto…
No se dijo más nada. La premisa no fue más comentada ni expandida durante toda la exposición, aunque proyectó su sombra sobre todo el resto de lo argumentado.
Luego se describió a grandes rasgos el mecanismo de primarias y se rebatió, de forma persuasiva, los inconvenientes que usualmente se oponen a la idea de las mismas. Lo que más se enfatizó, sin embargo, fue la exigencia de que el candidato más votado tendría que convertirse en el sumo adalid de la lucha por condiciones electorales confiables, y retirarse de las elecciones, no con 5% en las encuestas, sino con 40% gracias a las primarias, lo que es preferible y sí «tendría impacto», en caso de «ser necesario».
Fue luego de todo eso que se suscitó una ronda de intervenciones de algunos asistentes. Uno de ellos argumentó que el gobierno no es demócrata y por tanto jamás sería derrotable por vía electoral, razón por la cual «lo que había que hacer» era crear, mediante el retiro de la candidatura, una «crisis de gobernabilidad» que pudiera ser aprovechada por otros factores de poder que acabaran con el régimen. Entonces quien ofreciera la conferencia se dirigió al ponente de la receta descrita para decirle: «Pues mira, eso es exactamente lo que estamos buscando».
Al suscrito no le convence el argumento de que unas elecciones primarias destruirían la ansiada unidad, pues generarían heridas que sería difícil sanar a tiempo. No son necesarias unas primarias para la práctica de un tal canibalismo, y hasta pudieran ellas regular o moderar una urbanidad de combate. Claro que—Mikhail hablando a Ilya o al revés—agresiones extraprimarias pudieran ser sembradas por quienes las propugnan, precisamente para reforzar esta réplica con ejemplos reales y concretos.
Las primarias, definitivamente, permitirían que los electores participaran en la decisión de escogencia del candidato. Serían, es obvio, más democráticas. Pero si se las quiere emplear, en diabólica, insincera y arrogante manipulación, para entusiasmar a muchos electores en una candidatura cuya misión, sin que los ciudadanos lo sepan, es retirarse para generar problemas de gobernabilidad al gobierno y ejecutar después alzamientos o intervenciones extranjeras, entonces debemos rechazarlas con el mayor denuedo. Ya se nos llevó una vez, como corderos, al riesgo de la muerte el 11 de abril de 2002, mientras una necia conspiración se aseguraba de capitalizar para una autocracia que jamás fue escogida en primarias, el beneficio del sacrificio.
No olvidemos que un articulista—¿un seudónimo?—escribió, mientras denostaba de un candidato—justo lo contrario de lo que se dice querer evitar—que lo que procede es crear: «una gigantesca crisis de gobernabilidad que empuje definitivamente a Chávez a su propio abismo. De Miraflores al infierno… dadas las condiciones internacionales y el endurecimiento de las posturas del Pentágono hacia Caracas, una profunda crisis interna con el aislamiento internacional y la dureza de los Estados Unidos, el futuro para Chávez, para Castro y sendas ‘revoluciones’ sería de pronóstico reservado». Hay quienes celebran, en nuestro seno, que los militares norteamericanos se endurezcan.
LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Abr 25, 2006 | Fichas, Política |

LEA, por favor
En un libro publicado en 1981 en Caracas—El desarrollo financiero de América Latina y el Caribe—y compilado por Bernardo Paúl, en su carácter de Presidente del Instituto Interamericano de Mercados de Capital, se recogió una buena veintena de notables trabajos presentados en una Primera Conferencia Internacional sobre el tema, reunida en Caraballeda en 1979 bajo los auspicios del instituto, que había sido creado dos años antes en co-patrocinio de la Organización de Estados Americanos y el gobierno de la República de Venezuela. El evento reunió «a los más destacados investigadores del mundo en materia de teoría financiera, a la que en nuestra América no se le ha prestado suficiente importancia, y cuyo análisis sistemático es de reciente data». (De la introducción al volumen por Bernardo Paúl). Entre los nombres de los participantes se puede mencionar los de Lord Nicholas Kaldor, Claudio González-Vega, Ronald I. McKinnon, Jeffrey Knight, Sho-Chieh Tsiang, Felipe Pazos, Donald Lessard, Francisco Gil Díaz y Robert A. Mundell. Este último se hizo acreedor de agradecimiento especial, pues no sólo se contó entre los ponentes ordinarios, sino que tuvo a su cargo los comentarios finales de la reunión.
Es de la trascripción de estos comentarios de cierre de donde se extrae el contenido de la Ficha Semanal #95 de doctorpolítico. Desde un evidente gran sentido del humor y un dominio del campo, el profesor Mundell expresa su preferencia por un régimen monetario ordenado y confiable, echando en falta el patrón oro que confería solidez al intercambio internacional de divisas. La sección escogida para esta ficha corresponde a su análisis sobre la conveniencia de una moneda común para América Latina, la que creía tanto necesaria como factible.
Naturalmente, Mundell hace alusión a los incipientes esfuerzos de unificación monetaria europea que dos décadas después culminarían en la creación del euro. Mundell reconoce las dificultades de este esfuerzo, y por tal razón viene al caso recordar palabras de Milton Friedman, Premio Nóbel de Economía y líder de la «escuela monetarista» de Chicago, en ocasión de serios problemas a este respecto en la Europa de 1993. En entrevista concedida a la revista italiana «L’Espresso» el 26 de septiembre de 1993, dijo Friedman con radical claridad: «Si los europeos quieren de veras avanzar en el camino de la integración, deberían comprender que la unidad política debe preceder a la monetaria. El continuar persiguiendo algo que se acerca a una moneda común, mientras cada país mantiene su autonomía política, es una receta segura para el fracaso».
Es una advertencia perfectamente válida a la hora de considerar los esfuerzos integracionistas en América del Sur. A ella puede sumarse la recomendación operativa de Bernardo Paúl, expresada en su intervención inaugural de la conferencia aludida: «El sistema financiero debe… facilitar la inversión real de los ingresos excedentes de una colectividad, en términos de maximizar su productividad social. (…) Es preciso, en tal sentido, que aquellos sectores de actividad que presentan perspectivas de mayor dinamismo y crecimiento puedan contar con facilidades de financiamiento adecuado, en cuanto a volumen y condiciones. De esa manera, el patrón de desarrollo económico reflejaría verdaderamente los intereses reales de la colectividad y sus necesidades futuras».
Exactamente veinte años después de la conferencia Robert Mundell se hacía acreedor al Premio Nóbel de Economía. (1999). Era un desenlace ineludible como reconocimiento a una carrera profesional de importante contribución teórica y penetrante visión. (En el extracto acá publicado ya anticipaba la fuerza económica de China). A Mundell se le atribuye la paternidad del euro aunque, con característica modestia, él mismo sólo acepta la condición de padrino. Asistiría aún a dos conferencias sucesivas (1981 y 1985) organizadas por el Instituto Interamericano de Mercados de Capital, en las que nuevamente fue una de sus más brillantes estrellas.
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Moneda unificada
Si estuviéramos viviendo en un mundo perfectamente competitivo sería probablemente acertado seguir una política de «laissez faire», controlando los monopolios. Pero no estamos viviendo en ese tipo de mundo (y en realidad nunca existió). Tampoco tenemos el «standard oro», tenemos, eso sí, grandes monopolios internacionales y eso causa dificultades. Debemos, sin embargo, tratar de hacer las cosas lo mejor posible con lo que tengamos disponible en esta coyuntura histórica; y un dólar basado en el oro podría ser de nuevo una unidad de cuenta atractiva, hasta que podamos llegar a lograr un apropiado sistema monetario mundial. En el futuro vamos a tener una serie de áreas monetarias; la mayor va a ser el dólar, pero vamos a tener áreas del marco, un mercado de Euro-divisas centrado en el marco y el franco y probablemente habrá un área del wan chino en algún momento en el futuro. Si nos acercamos más a casa; ¿podremos tener un área monetaria latinoamericana? Francamente no sé si los latinoamericanos desean la integración de la región, como fue el sueño bolivariano. Pero si hablamos de mercados de capital en «América Latina», como si representara una adecuada unidad de coordinación, tenemos que pensar en términos de una moneda común para propósitos de denominación y si ésta no va a ser el dólar, tendría que haber una moneda latinoamericana paralela relacionada con el dólar. ¿Por qué no se podrían desarrollar nuevos mercados de capital? Para centralizar hay que resolver el problema de la localización y el problema de la moneda, que repito es un problema de denominación.
El problema con la localización es que nadie quiere que sea en el país de otros. Se puede tratar de solucionar situando el centro financiero a bordo de un barco en el medio del Atlántico. Si se pudiera encontrar la Atlántida, en el medio del Atlántico, equipar un barco con la tecnología moderna o quizás reflotar y restaurar el Graf Spee, se podría obtener una localización neutral para el mercado de capital.
Se puede tener también una moneda paralela para América Latina, como la que los europeos (o los países del Golfo) están tratando de crear. Pero los europeos tienen grandes dificultades para hacer funcionar su moneda. Y por más que parezca sorprendente, sería más fácil crear una moneda paralela en América Latina, que en Europa; debido a que las represiones históricas son más cortas y los egos de los europeos son probablemente más fuertes. Los movimientos integracionistas progresan de la debilidad y el fracaso, nunca del éxito.
Las grandes nuevas monedas son huérfanas. Sin embargo, algún objetivo común, alguna meta común puede ser desarrollada en el sentido de cierto marco para la centralización. Tendría que haber también una centralización de la información de la información y una regionalización de muchas actividades que antes se llevaban a cabo en otra parte. Una posibilidad sería preguntarse si no sería más conveniente tener oficinas regionales del Fondo Monetario Internacional en América Latina. Quizás podría llevarse el Departamento del Hemisferio Occidental del Fondo a América Latina. Esta sería una solución muy poco popular en Washington, porque debilitaría al Fondo como institución (porque descentralizaría las decisiones. Podría también reducir el interés que Estados Unidos tiene en el Fondo…)
Cabe preguntarse qué país tendría la ventaja de una base de información como esa. Dudo que los latinoamericanos puedan crear una Nueva Centralización en esta etapa de su historia, siempre que no ocurra algo que los obligue, como un colapso en el mundo del dólar o en Estados unidos como el super poder. Tendría que decir que el interés de los Estados Unidos en el Fondo Monetario disminuyó por un par de años durante 1974-1976. Tenemos que mantener el Fondo funcionando, los DEG funcionando, todas estas cosas funcionando, porque en ciertos momentos el mundo puede volver a fijar las condiciones, en las cuales el Fondo va a volver a ser útil de nuevo; y es caro eliminar una institución tan difícil de crear como el Fondo o el Banco Mundial. Aquí debemos volver a las políticas monetarias, y fiscal y cambiaria. En la ausencia de una iniciativa para establecer un centro latinoamericano—y supongo que esta omisión es inevitable durante los próximos años—sólo podemos acometer una política de descentralización. El dólar no es muy bueno, pero es lo mejor, con el mejor mercado monetario, que tenemos. Y si ligamos nuestras tasas de cambio al dólar (o a un tipo de cambio fijo respecto al dólar) y seguimos una política monetaria que nos permita mantenerla, lograremos un mundo más cercano al mundo de Bretton Woods, siguiendo a los Estados Unidos, hasta que logremos encontrar un líder monetario en el Mundo Occidental capaz de sustituirlo. Esta es para mí la mejor política que los países pueden seguir. Si volvemos a algún tipo de sistema de paridad de nuevo con políticas monetarias determinadas a defender las tasas fijas, las tasas de interés volverán de nuevo a converger y el proceso de integración monetaria y por lo tanto de integración financiera, va a recibir un gran impulso.
Se volvería entonces a una situación de segundo óptimo en la cual el mundo de las tasas fijas de cambio haría disminuir las tasas de interés, de tal manera que no sean muy diferentes con las prevalecientes en Nueva York (en el caso que por consentimiento unánime existan tasas fijas de depreciación diferentes a cero) o tengan una diferencia fija con respecto a las tasas de Nueva York.
El hacer de las tasas de cambio un instrumento de ajuste es para mí, en el mundo de la política en el cual los gobiernos cambian por lo general cada cuatro años, a veces más frecuentemente, una invitación para obtener un montón de enredos. Convertiría en una burla todos los intentos de formar las bases para emitir capital a largo plazo, que son necesarias, si vamos a tratar de movernos en dirección a la creación de mercados de capital.
Una estrategia para el desarrollo industrial debe tomar en consideración la meta básica de la mayoría de las economías, que es el mantenimiento o el logro del pleno empleo, que es el pan y la mantequilla del pueblo. Debe complementarse este objetivo básico, con el libre ingreso de otras industrias y servicios para romper los monopolios locales, disminuir a un mínimo los sistemas de patronazgo y de protección local, con un régimen de ingreso de importaciones de productos básicos y bajas tarifas.
Robert A. Mundell
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