CS #230 – Debe ser que puede ser

Cartas

Es absolutamente obvio que la actual dominación política de Venezuela se conduce con arreglo a la más primitiva de las formas: la voluntad omnímoda de un hombre que no tolera disensiones. No habrá otra manera de superar esta situación que no sea la oferta de una política distinta, intelectualmente honesta.

En estudio—Monitor Socio-Político—de Hinterlaces, recientemente concluido, la cosa es descrita del siguiente modo: “El desafío pareciera estar en la construcción de una nueva hegemonía con base en un discurso que garantice una efectiva sintonía con las exigencias mayoritarias de unidad, equidad, eficiencia, orden y ética, cuyos ingredientes principales sean los valores democráticos y humanos para lograr colocarse por encima del antagonismo político y de la polarización. Para ello, es crucial el surgimiento de un nuevo liderazgo”. (Destacado de esta carta).

Un liderazgo que siga, moderadamente como los partidos clásicos de la democracia venezolana o exacerbadamente como el actual régimen, un paradigma político de poder puro (Realpolitik), será incapaz de producir los resultados descritos en la cita del estudio de Hinterlaces. ¿Qué pudiera sustituir este paradigma? En repetidas ocasiones se ha argumentado acá que un paradigma de política clínica (o medicina política) puede ofrecer el sustituto que convenza. A fin de cuentas, tanto el chavismo como las corrientes políticas que se le oponen organizadamente, son minorías. El mismo estudio reporta la siguiente distribución (que no ha variado prácticamente nada desde una medición de la misma encuestadora publicada en junio del año pasado): chavistas o simpatizantes, 34%; de oposición, 13%; ni-ni o independientes, 43%; no saben o no responden, 10%. (Con mayor detalle, éstas son los afiliaciones reportadas: MVR, 20%; Primero Justicia, 2,8%; Un Nuevo Tiempo, 2,3%; Podemos 2%; AD, 1,1%; COPEI, 0,7%; otros, 1,1%; no simpatizan con ningún partido, 67,1%). Es evidente que ninguna agrupación política, ni siquiera la del propio Presidente de la República—que quiere un solo partido de la revolución socialista—convence a un número suficiente de ciudadanos. (Dicho sea de paso, el estudio mide una opinión favorable al liderazgo de Manuel Rosales de 25%, contra 59% de opinión desfavorable y 16% de indecisos).

¿Cómo procede o actúa un paradigma de política clínica? Un ejemplo nos muestra cómo se decidirían, dentro de él, las políticas públicas.

Si el Ministerio de Sanidad—hoy, por manía terminológica, Ministerio del Poder Popular para la Salud, antes Ministerio de la Salud y el Desarrollo Social—se encontrase ante la necesidad de construir un nuevo hospital público, seguramente no convocaría a una masiva reunión de arquitectos, médicos, pacientes, enfermeros, administradores de salud, a celebrarse en un gran espacio como el Parque del Este para que, “participativamente”, se pusieran de acuerdo sobre el diseño del hospital. (Hay decisiones públicas—la mayoría—que no se avienen bien a la deliberación ciudadana).

En cambio, determinaría como primera cosa, técnicamente, los criterios de diseño: debe ser un hospital para 1.500 camas, debe cubrir las especialidades tales y cuales, no debe pasar de un costo de tanto, etcétera.

Una vez con tales criterios en mano, procedería a llamar a licitación a unas cuantas oficinas de arquitectura demostradamente capaces. Las oficinas de arquitectos que participaran en la licitación desarrollarían, cada una por su lado, un proyecto completo y coherente. No serían admitidas, por ejemplo, proposiciones que sólo diseñaran la sala de partos o la admisión de emergencias. Cada oficina tendría que presentar un proyecto completo. Sólo así podrían competir, la una contra la otra, en una licitación que contrastaría una proposición coherente y de conjunto contra otras equivalentes.

Este es el mismo método que debe emplearse para la emergencia de políticas públicas complejas. Lo que el espacio político nacional debe alojar es una licitación política con claras reglas para la contrastación de proposiciones de conjunto.

¿Cuáles son estas reglas? Si a la discusión se propone una formulación que parece resolver un cierto número de problemas o contestar un cierto número de preguntas, la decisión de no adoptar tal formulación debiera darse si y sólo si se da alguna o varias de las siguientes condiciones:

a. cuando la formulación no resuelve o no contesta, más allá de cierto umbral de satisfacción que debiera en principio hacerse explícito, los problemas o preguntas planteados.

b. cuando la formulación genera más problemas o preguntas que las que puede resolver o contestar.

c. cuando existe otra formulación—que alguien debiera plantear coherentemente, orgánicamente—que resuelva todos los problemas o conteste todas las preguntas que la formulación original contesta o resuelve, pero que además contesta o resuelve puntos adicionales que ésta no explica o soluciona.

d. cuando existe otra formulación propuesta explícita y sistemáticamente que resuelve o contesta sólo lo que la otra explica o soluciona, pero lo hace de un modo más sencillo. (En otros términos, da la misma solución pero a un menor costo).

Esto es el método verdaderamente racional para una licitación política. No se trata de eliminar el “combate político”, sino de forzar al sistema para que transcurra por el cauce de un combate programático como el descrito. Valorizar menos la descalificación del adversario en términos de maldad política y más la descalificación por insuficiencia de los tratamientos que proponga.

Este desiderátum, expresado recurrentemente como necesidad, es concebido con frecuencia como imposible. Se argumenta que la realidad de las pasiones humanas no permite tan “romántico” ideal. Es bueno percatarse a este respecto que del Renacimiento a esta parte la comunidad científica despliega un intenso y constante debate, del que jamás han estado ausentes las pasiones humanas, aun las más bajas y egoístas. (El relato que hace James Watson –ganador del Premio Nóbel por la determinación de la estructura de la molécula de ADN junto con Francis Crick– en su libro La Doble Hélice (1968) es una descarnada exposición a este respecto. Equipos de investigación competidores, seguros de que tras el descubrimiento sobrevendría el Nóbel, se obstaculizaban mutuamente, ocultando información o preparando zancadillas). A pesar de que el instinto de emulación no ha perdido la agresividad en el campo científico, este combate es canalizado según reglas que producen conocimiento nuevo y útil.

Pero si se requiere pensar en un modelo menos noble que el del debate científico, el boxeo, deporte de la lucha física violenta, fue objeto de una reglamentación transformadora con la introducción de las reglas del Marqués de Queensberry. Antes de esta intervención, una pelea de box se daba en alguna taberna en la que se abría espacio a los pugilistas apartando sillas y mesas. Se peleaba a mano limpia, y un asalto concluía cuando un contendor caía al suelo, y el combate mismo cuando un peleador ya no pudiera levantarse. (Hubo peleas que superaron el centenar de rounds). Queensberry introdujo la prescripción de los guantes, marcó las zonas corporales prohibidas a los golpes, e introdujo el ensogado, así como el tiempo de tres minutos por asalto y claras funciones para el árbitro. Así se transformó el boxeo de un deporte “salvaje” en uno más “civilizado”, en el que no toda clase de ataque está permitida. Lo mismo puede forzarse con la política.

En cualquier caso, probablemente sea la comunidad de electores la que termine exigiendo una nueva conducta de los “luchadores” políticos, cuando se percate de que el estilo tradicional de combate público tiene un elevado costo social.

Las consideraciones anteriores llevan a la cuestión de la forma más democrática de conducir las licitaciones políticas. Por lo expuesto, se entiende que la producción de una política pública requiere el concurso profesional de pequeñas unidades, de un número reducido de cerebros pensando en el tema como problema complejo, interconectado. En los Estados Unidos se emplea el término think tanks para referirse a esas unidades compactas. Tal vez una buena traducción sea la de “centros de política aplicada”. ¿No hay acá un riesgo de aristocratización del proceso político?

En 1991 fue publicado el libro The Idea Brokers: Think Tanks and the Rise of the New Policy Elite, escrito por James Allen Smith. Allí se encuentra una evaluación según la cual los think tanks norteamericanos se han alejado del público y, según él, de los propósitos de los patrocinantes originales, que esperaban que esas organizaciones de política aplicada sirviesen para educar al público y para proveer bases libres de valores desde las cuales se pudiera juzgar la eficacia de las políticas públicas. Los think tanks se limitan, por regla general, a comunicarse con los miembros de las élites, mientras el público permanece ausente de los debates.

Contra este “gobierno de expertos” alertaba Woodrow Wilson: “¿Qué nos espera si va a ocuparse científicamente de nosotros un reducido número de caballeros que serían los únicos en comprender las cosas?”  O como lo pone John H. Fund: “Las políticas públicas son demasiado importantes para dejarlas en manos de los expertos”.

La invención política, naturalmente, no puede ser coto exclusivo de centros de política aplicada, pero es obvio, según el análisis del punto anterior que tampoco puede esperarse que surja coherentemente de una deliberación colectiva. La salida al problema estriba en que los “brujos” se entiendan a sí mismos como responsables ante la “tribu” y no únicamente ante los “caciques”. Es decir, que el producto de sus análisis tenga carácter público.

La comunicación entre “brujos” y “caciques” es no sólo necesaria, sino el cauce habitual para tramitar y ejecutar la invención política. Toda organización, incluyendo acá las organizaciones biológicas, exhibe una estructura de “cogollo”, como han debido comprobarlo ya las organizaciones políticas de reciente cuño, que han surgido con el pretexto de suplantar las viejas organizaciones, entre otras cosas, por “cogolléricas”. Todas han generado sus propios cogollos; nada ha cambiado a este respecto.

De modo que el problema no reside en negar el hecho incontestable de que cualquier organización requiere un órgano de dirección y que éste debe estar compuesto por un número reducido de personas. El punto está en si ésta es una aristocracia cerrada o una aristocracia abierta al “demos”: una aristodemocracia.

En una concepción clínica de la política, esto es, en una política entendida como actividad de carácter médico, el político no es el “jefe” del pueblo. Es un experto que de todos modos debe someter al paciente la consideración del tratamiento. El que debe decidir en última instancia si se toma la pastilla es el pueblo. El político debe limitarse a ser el ductor del aparato del Estado. Elegimos un jefe de Estado, no un jefe de los venezolanos.

Defender ideas de esta clase requiere una gran fe en la inteligencia colectiva, exige abandonar la idea de que el pueblo es bruto y no responde sino a sobornos o convocatorias emotivas. En los focus groups de Hinterlaces sale el tema. Algunos participantes que se confiesan chavistas dijeron: “Es que antes no existíamos”. “Lo más importante que se ha conseguido es el respeto”. “Ahora tenemos esperanza, tenemos una oportunidad, tenemos por qué luchar“. “Me gusta la participación que hay, porque antes no nos tomaban en cuenta para nada”. Pero habitantes de los barrios que se describen como ni-ni o independientes también señalaron: “La oposición piensa que somos ignorantes y marginales”. “Ellos creen que en los barrios no hay gente inteligente, que uno no tiene derecho a tener un buen par de zapatos de marca o a tener un buen celular… Nos siguen despreciando”.

El pueblo está listo para oír a quienes le digan la verdad, responsablemente.

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CS #229 – Vidas paralelas

Cartas

La semana pasada se registraba acá la siguiente opinión: “Son los mismos medios de comunicación de los Estados Unidos los que presentan el próximo viaje de George Bush, a varios países latinoamericanos, como un intento por contrarrestar la influencia de Chávez en la región. No hay un solo artículo sobre el proyectado periplo que no mencione a Hugo Chávez, y si el Presidente de los Estados Unidos debe, en esta última y agónica etapa de su equivocado gobierno, enrumbarse hacia un continente al que ha descuidado por completo durante siete años, porque estaría en los intereses de su país entorpecer la agenda del gobierno de Venezuela, tan sólo eso ya le da a Chávez un cartel de matador que el novillero Rosales no puede reivindicar”.

Ya antes, para fines de 2005, la generosa hospitalidad editorial de Don Fausto Masó permitió al suscrito cohabitar con otros autores, principalmente con el inteligente periodista Pedro Pablo Peñaloza, el espacio textual de un libro editado por su sello, Libros Marcados. Este libro se llamó “Chávez es derrotable”. Al comienzo de mis planteamientos en esa oportunidad, y luego de un conciso inventario de la cantidad de poder real acumulada por Hugo Chávez ya para ese entonces, comenté que éste había “adquirido una estatura mundial que, independientemente de su corrección, es superior a la de cualquier candidato emergido o emergente y a la de cualquier otro presidente venezolano de la historia, en verdad segunda sólo tras la de Bolívar”.

Ahora que han concluido la gira de Bush y la contragira de Chávez, es bueno formarse una idea de los resultados de ambas odiseas. Sintéticamente puede afirmarse que el viaje de Bush, con el que buscó enmendar siete años de indiferencia hacia América Latina, fue un fracaso desde el punto de vista de sus objetivos, pero que tal cosa no se debe en absoluto al marcaje que Chávez le impuso a distancia al seguirlo por todo el continente como piquetero trashumante. Bush no necesitó de la ayuda de Chávez para fracasar; pudo hacerlo muy bien él solo.

Esto es así, esencialmente, porque ya la imagen de Bush está muy claramente formada, en América Latina como en el resto del mundo. Bush tiene cada vez menos aliados. A estas alturas quizás sólo cuente con la admiración de Tony Blair, de salida como el norteamericano, quien escribe en el número más reciente de Foreign Affairs que ahora hay en el mundo una lucha de valores, y que los valores “correctos” se verán comprometidos en una larga contienda contra los valores “incorrectos”—léase, principalmente, los del Islam—bajo la guía y dirección de los Estados Unidos. Explícitamente, pues, es Blair el único jefe de Estado que propugna esa subordinación; ni siquiera Uribe Vélez, receptor de la más grande ayuda internacional de los Estados Unidos tras la que éstos envían al Oriente Próximo, afirmaría una cosa así.

De modo que, ya antes de emprender su moroso viaje hacia el sur, Bush era percibido como uno de los más funestos presidentes de la historia de su país, y esta evaluación, en la que coincide la mayoría de la opinión estadounidense, no podía aspirar a ser cambiada fundamentalmente con un vuelo rasante por un número de países latinoamericanos cuidadosamente escogidos por el Departamento de Estado.

Una muestra de la prensa mundial confirma esta lectura. Por ejemplo, El País de Madrid anota: “La gira de George W. Bush por cinco países latinoamericanos, finalizada ayer en México, ha discurrido sin pena ni gloria. No porque sus intenciones fueran censurables o equivocadas o porque los destinos hayan sido mal elegidos. El problema del largo viaje de Bush hacia el sur es que llega demasiado tarde, cuando su presidencia se desvanece, y con muy poco que ofrecer, salvo buenas palabras, a un subcontinente que en los últimos años ha visto cómo se acrecienta su distancia con Washington y que gira electoralmente a la izquierda. No hay nuevas políticas y no hay nuevos amigos”. Y añade: “La devaluada credibilidad de EE UU en Latinoamérica necesita a estas alturas mucho más que prédicas sobre justicia social y libre comercio. El problema para Bush, que ha tenido el buen sentido de no responder a la contragira histriónica de Hugo Chávez, no es sólo que carece de una agenda consistente para responder a los grandes desafíos sociales de la región, su auténtica piedra de toque. Es que tampoco está en condiciones, al final de su presidencia y con un Congreso hostil, de satisfacer algunas de las mayores expectativas de sus amigos”.

El Mercurio de Chile resume la generalizada impresión: “La gira de seis días por América Latina del Presidente George Bush logró algunos aciertos diplomáticos, aunque no sirvió para mejorar la imagen de la superpotencia ni contrarrestar la percepción de que la región no ha recibido el trato que merecía de la Casa Blanca, de acuerdo a varios medios de la prensa continental, como el diario estadounidense The New York Times, el argentino La Nación o el brasileño O Globo”. (También en Brasil, O Folha de Sao Paulo calificó las ofertas de Bush como “paquete irrisorio).

En Montevideo, capital de uno de los países visitados por Bush, y donde estuvo más cerca de Chávez, separado de él por el estuario del Río de la Plata, el diario La República publica: “La visita del presidente Bush no tuvo repercusiones relevantes… En el séptimo año de gobierno, decide viajar a una región totalmente olvidada en sus discursos y en sus decisiones centrales. La prioridad de su política internacional es el combate al terrorismo que lo llevó a injustificadas invasiones a Afganistán e Irak que terminaron aislándolo, tanto en el plano internacional como en el ámbito nacional. Su obsesión por el combate al terrorismo le hizo perder interés en los problemas básicos del subdesarrollo, como el hambre, la pobreza, el desempleo y la marginación. De aquí el olvido sobre los problemas de nuestra región. Esta visita trata de atender este déficit, de acordarse con la pobreza, pero con propuestas inadecuadas como el libre comercio, concepción que no aplica al mantener los subsidios agrícolas, las cuotas, prohibiciones y otras formas de protección que reflejan la inexistencia del libre juego del mercado”.

¿La hipocresía denunciada por Chávez? Es en los mismos Estados Unidos donde el Chicago Tribune expone que la fanfarria de Bush acerca de una “OPEP del etanol” no llega a convertirse en sinfonía. El periódico destaca que, después de todo el cacareo, Bush indicó que no estaba sobre la mesa el punto de la eliminación del arancel de 54 centavos de dólar por galón de etanol brasileño, que impide prácticamente su penetración del mercado estadounidense. Esta barrera arancelaria, que no tiene nada de libre comercio, ha sido establecido para proteger el etanol, a partir de maíz, que se produce en el Medio Oeste de los Estados Unidos. Por si fuera poco, los productores norteamericanos—apunta el Chicago Tribune—se benefician adicionalmente de un crédito fiscal de 51 centavos de dólar por galón.

Y es que hasta el mismísimo New Herald publica un artículo de opinión en el que se lee: “La repetida aseveración del presidente Bush durante su gira a América Latina de que los Estados Unidos sienten ‘compasión’ hacia la región fue una expresión poco feliz en un momento equivocado: en varios países se la vio como un término peyorativo, que además no estaba respaldado por un compromiso financiero significativo. Según mis cuentas, Bush dijo al menos 15 veces en sus conferencias de prensa durante el viaje que los Estados Unidos son un país ‘compasivo’. Eso sonó algo extraño para muchos en la región, no sólo porque Bush se ha olvidado virtualmente de América Latina después de los ataques terroristas del 2001 y apoyó la construcción de un muro en la frontera con México, sino también porque al mismo tiempo el presidente petropopulista de Venezuela, Hugo Chávez, estaba haciendo promesas a diestra y siniestra de donar mucho más dinero que el presidente norteamericano”.

Además, como destaca el mismo articulista, los Estados Unidos son el país desarrollado que destina menos recursos a la ayuda internacional en términos proporcionales. El grupo de los 22 países más ricos del mundo, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), reporta que mientras Noruega dedica 0,9% de su producto interno bruto a ayuda exterior, Francia 0,42% y España 0,26%, los Estados Unidos aportan a esta clase de ayuda únicamente el 0,16% de su PIB. La compasión gringa es algo chucuta.

………

No se necesitaba, pues, que Hugo Chávez paseara por el continente como agitador común para que George Bush se fuera de él con las manos vacías. En su propio periplo, una instancia más de su actividad preferida, no sólo comprometió nuevas ayudas de varios miles de millones de dólares—tan sólo mil para Haití—sino que incurrió en los gastos directos de su costosa movilización y los relativos a la organización de las concentraciones ante las que habló. Son reales que le van a hacer falta a la República para afrontar las expectativas que ha suscitado, para pagar los ingentes volúmenes de una deuda pública interna que ha aumentado en mil por ciento en los últimos ocho años.

Esta desconexión entre el fracaso de la gira de Bush y la gira de agit prop de Chávez se hace patente, también, en los mismos observadores que criticaron sin miramientos el viaje del primero. En la nota ya citada en La República de Montevideo, cuyo autor es Alberto Couriel, se consigue la siguiente distinción: “No descartamos que entre sus objetivos [los de Bush] buscara formas de contrarrestar el accionar del presidente de Venezuela, Hugo Chávez. La elección de visitar Colombia, Brasil y México puede inscribirse, también, dentro de este objetivo. Su actitud de no nombrar a Chávez en las conferencias de prensa realizadas en Brasil y Uruguay, frente a preguntas concretas, marcan su preocupación. Mi impresión es que, en esta materia, no tuvo resultados positivos. Esto no significa que estemos de acuerdo con la actitud del presidente venezolano de participar en un acto masivo en el estadio de Ferro en el mismo momento en que Bush visitaba Uruguay. En múltiples oportunidades destacamos los aportes positivos del gobierno de Venezuela hacia el Uruguay y su actitud favorable frente a la integración latinoamericana. Pero no concordamos con su presencia en ese momento en Buenos Aires ni con el apoyo implícito del gobierno de Kirchner a la realización de ese acto”.

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CS #228 – El pensamiento de Rosales

Cartas

Uno de estos días, la semana pasada, se encontraba Teodoro Petkoff en el programa insignia de la televisión política opositora: “Aló ciudadano”, conducido por el periodista marabino Leopoldo Castillo, otrora de Venevisión. La primera parte de la entrevista se concentró en el tema de la multa impuesta al vespertino Tal Cual, dirigido por Petkoff, y al abogado-humorista Laureano Márquez, quien en el día de ayer recibió el apoyo de la moribunda—diría Chávez—RCTV, en remitido de solidaridad publicado en prensa nacional.

El tema escogido, que ha ocupado varias ediciones del periódico, no era sino el abreboca. Una vez dicho lo que tenía que decirse al respecto—incluida la noticia de que Tal Cual recibió en contribuciones del público recursos superiores a la multa exigida—comenzó una muy fuerte y coherente crítica de Petkoff al gobierno de Hugo Chávez. Los argumentos empleados por el avezado político tenían mucho peso, y fueron avanzados con una claridad pedagógica que el más lerdo de los ciudadanos sería capaz de entender. Cualquier observador del programa, y el suscrito era uno en ese momento, ha debido sentir la verdad y la contundencia del análisis de Petkoff. De hecho, a este observador le pareció que el editor de Tal Cual descollaba, una vez más, como la figura más redonda e inteligente de la oposición venezolana. Tenía la sensación, por ejemplo, de que Manuel Rosales no sería capaz de ese discurso. Si alguien, dentro del actual aparato opositor, tenía algún chance de convertirse en verdadera contrafigura de Hugo Chávez, ése era, pensaba, Teodoro Petkoff.

El gobierno ha debido sentir lo mismo porque, cuando faltaban aún unos veinte minutos de programa, forzó una cadena de radio y televisión que cubrió los próximos catorce de esos minutos, destrozando así el eficaz discurso de Petkoff, a quien de ese modo le arrebataba micrófono y cámara. No le convenía que éste continuara en el uso de la palabra.

Al regreso de la forzada interrupción, Petkoff, visiblemente molesto, denunció la cadena como un abuso más de un gobierno que tiene muy suficientes espacios y tiempos para la comunicación de su propaganda. Tal vez habría sido mejor una sonrisa y un sencillo comentario—”Parece que al gobierno no le interesa que yo hable”—precisamente porque el abuso era evidente, y la oportunidad demasiado específica como para que el corte fuera una simple coincidencia. Es más, el suscrito apostaría que la cadena estuvo programada de antemano. El gobierno de Chávez tiene ojos y oídos por todas partes, y seguramente sabía con suficiente antelación de la comparecencia de Petkoff ante Castillo. El segmento de propaganda gubernamental estaba cronometrado, y fue introducido en el momento justo para concederle todavía al entrevistado unos cinco minutos para su cierre, ya perdido el ritmo, el momentum de su prédica.

No es la primera vez, tampoco; ya otra aparición anterior de Petkoff en “Aló ciudadano” fue interrumpida de manera similar. Y esto pone de manifiesto, de nuevo, cómo es que el gobierno de Hugo Chávez emplea el poder; de qué manera es sofisticado a la hora de crearle impedimentos al adversario.

………

Una alternativa eficaz al avasallante proyecto de Hugo Chávez debe dilucidar varias cuestiones. Una sola entre ellas es la de encontrar una contrafigura apropiada. Como se dice en la política estadounidense, you can’t fight somebody with nobody.

Esta publicación no ha ocultado su opinión acerca de la insuficiencia de Manuel Rosales a este respecto. Las dimensiones del liderazgo de Hugo Chávez sobrepujan en mucho el conjunto de cualidades del líder zuliano. Son los mismos medios de comunicación de los Estados Unidos los que presentan el próximo viaje de George Bush, a varios países latinoamericanos, como un intento por contrarrestar la influencia de Chávez en la región. No hay un solo artículo sobre el proyectado periplo que no mencione a Hugo Chávez, y si el Presidente de los Estados Unidos debe, en esta última y agónica etapa de su equivocado gobierno, enrumbarse hacia un continente al que ha descuidado por completo durante siete años, porque estaría en los intereses de su país entorpecer la agenda del gobierno de Venezuela, tan sólo eso ya le da a Chávez un cartel de matador que el novillero Rosales no puede reivindicar. Algún arrastrado adulador de cuyo nombre se prescindirá ha sugerido que al país le conviene estudiar ¡el pensamiento (?) de Hugo Chávez! Pues bien, si tamaño dislate tendría que intentar la síntesis imposible de lo profusamente contradictorio que es “el pensamiento de Chávez”, en el caso del pensamiento de Rosales el intento confrontaría la escasez.

Rosales es, sencillamente, un operador político clásico, capaz, sin duda, dentro de un concepto clásico de la política, pero no calza los zapatos de estadista. No puede dar mucho más que lo que ofreció Enrique Mendoza durante su vigencia, cuando fue primero un diligente alcalde del extinto Distrito Sucre, luego un abnegado y valiente gobernador del estado Miranda y, más tarde, un eficaz organizador de las acciones de calle de la también extinta Coordinadora Democrática; un buen táctico, jamás un estratega de las dimensiones requeridas, como se demostró fehacientemente durante la campaña que culminó en el fallido referendo revocatorio de 2004.

Más de un analista opositor bien intencionado admite, en análisis a puertas cerradas, que tal cosa es así. Su razonamiento va como sigue: Manuel Rosales es el hombre del momento, es lo que tenemos, es lo que hay. Probablemente no será el líder del futuro, pero puede cumplir el papel de líder transicional.

La iglesia católica sabe de candidatos de transición. Así se pensó, por ejemplo, que el cardenal Angelo Giuseppe Roncalli, por su avanzada edad, sería un pontífice de breve papado, que daría tiempo al colegio cardenalicio para elevar otro papa de mayor profundidad temporal. (Un favorito, el arzobispo Montini, no era aún cardenal. Luego sería el papa Paulo VI). La sorpresa fue mayúscula con Juan XXIII, quien disparó las ejemplares encíclicas Mater et Magistra y Pacem in Terris y convocó al segundo Concilio Ecuménico Vaticano. El Papa Bueno revolucionó la iglesia durante su breve pontificado. Claro, para hacer una cosa así hay que tener con qué.

Es por esto que si fuera correcta la tesis de que lo que necesita la polis venezolana es un líder transicional que pueda contrapesar a Chávez, tal papel le viene mejor a Teodoro Petkoff que a Manuel Rosales.

………

Ambos dirigentes tienen ocupaciones que restan tiempo a la función necesaria. Rosales gobierna en el estado Zulia, donde debe responder a los ciudadanos que lo eligieron y, en general, a todos los zulianos. Petkoff es quien dirige a Tal Cual, al frente del cual debe responder a quienes sostienen al periódico.

Es evidente que Tal Cual es sostenido financieramente de modo artificial. El vespertino no ha llevado inserta jamás una publicidad suficiente para sufragar sus costos. Un fideicomiso, y aportes posteriores, permiten que el costoso papel de periódico, la impresión y la compacta nómina de la redacción y la administración sean cubiertos. Y esto es así porque Tal Cual es, desde sus inicios, un proyecto político, no un proyecto periodístico. Ni sus lectores lo compran buscando en él periodismo; nadie adquiere Tal Cual para mantenerse informado del acontecer mundial o nacional.

Claro que, no teniendo partido luego de que dejara al MAS que había fundado—Petkoff y Pompeyo Márquez advirtieron a tiempo a sus antiguos copartidarios, con claridad meridiana, del enorme error que sería apoyar electoralmente a Chávez en 1998—una tribuna periodística era un modo inteligente de prolongar una vigencia en la conciencia pública.

Tal cosa la logró tempranamente Petkoff con la dirección de otro vespertino: El Mundo, de la Cadena Capriles. En poco tiempo dinamizó al diario que antes atraía lectores sólo por los amarillistas y muy dudosos titulares de primera página, y le dio peso y profundidad.

Pero como ahora con las cadenas que interrumpen sus ocasionales apariciones en televisión—sin contar su propio programa—también en aquella ocasión el gobierno intervino para silenciarlo. Aplicando presión tributaria sobre la sucesión de Miguel Ángel Capriles, el gobierno de Chávez logró que Petkoff fuera sacrificado cuando estaba por concluir el año de 1999, el primero de Chávez en el poder. Petkoff no cumplió ni un año al timón de El Mundo.

Antes de tal incidente el público lector podía creer que Petkoff seguía una vocación periodística. Pero la rueda de prensa que convocó a su salida no dejó dudas de que se dedicaría a combatir el régimen. A la emergencia de Tal Cual en 2000, poco antes de las elecciones en las que Chávez derrotaría a Arias Cárdenas, estaba claro que se trataba de un vehículo político, no de un periódico.

A estas alturas Petkoff no necesita a Tal Cual para mantener presencia política. Si de lo que se trata es de colocar un mensaje suyo de lunes a jueves en un periódico de magra circulación—Tal Cual no se publica en fines de semana, y los viernes la página editorial es llenada por el multado Laureano Márquez—no se necesita ocupar el tiempo del único líder visible que es capaz de enfrentar a Chávez con peso, cultura y coherencia. Otros pueden continuar la tarea “periodística” en la misma línea opositora, liberando así a la persona política que es Petkoff, quien puede escribir un editorial diario en quince minutos, para la labor más crucial de liderar la oposición.

Ya no estamos en campaña electoral. Ya no se trata de que Datos mida baja aceptación electoral de Petkoff, relativamente, ante Rosales. Ahora se trata—en verdad siempre se trató—de contar con un líder de peso y, por más que sea lamentable, éste no es Manuel Rosales. Que éste se encuentre dirigiendo la gestación de Un Nuevo Tiempo a medio tiempo es ciertamente encomiable. Se necesita, no puede dudarse, una maquinaria, y Omar Barboza, otro operador político al estilo de Rosales o Mendoza, ha sido encargado del empeño. (Con los curiosos refuerzos de Leopoldo López y Gerardo Blyde. Un breve contacto con el Arúspice de Los Palos Grandes permitió comprobar que andaba de vena casquillera. En algún sueño profético entrevió que Leopoldo López protagonizaría la primera división de Un Nuevo Tiempo, cuando se enterase de que no sería el candidato presidencial de la organización en 2012. Entonces intentaría convencernos de que comanda Un Nuevo Tiempo Popular).

Petkoff, que ya no pretenderá más la Presidencia de la República, puede conducir la organización necesaria, y la opinión nacional para el tránsito a un Estado distinto al que ahora invade, en descarada desmesura, absolutamente toda la vida nacional. (Y no poca de la internacional). Precisamente porque Petkoff no conserva pretensiones de candidato presidencial, está mandado a hacer para el liderazgo imparcial del esfuerzo.

Y aunque puede observarse que Petkoff nació en El Batey, estado Zulia, su figura es más propiamente nacional, al haberse hecho, desde hace mucho tiempo, caraqueño. La solución no está ahora en la hegemonía zuliana, como por mucho tiempo el país creyó que la supremacía andina resolvería sus problemas. Hugo Chávez no es Ignacio Andrade.
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CS #227 – Caracas-Shanghai

Cartas

Hace dos días se cumplieron dieciocho años—mayoría de edad—de los acontecimientos que en Venezuela son referidos como los del “27F”. Una gigantesca explosión social, sin precedentes en el país, tomó por sorpresa a prácticamente todo el mundo, a los quince días de la segunda ascensión al poder de Carlos Andrés Pérez. Su gabinete de la época no podía estar conformado por más prestigiosos profesionales de la economía y las finanzas, y Pérez mismo era un avezado político.

En efecto, entre 1989 y 1992, muy connotados profesores así como gerentes reconocidamente idóneos del sector privado ejercieron importantes funciones públicas. No fueron capaces, sin embargo, de imaginar la reacción popular a las primeras medidas del segundo gobierno de Pérez, del “paquete” o catecismo prácticamente impuesto por el Consenso de Washington, del que el brazo ejecutor era el Fondo Monetario internacional. (Institución que, dicho sea de paso, anda últimamente de capa caída. Desde una cima de 81 mil millones de dólares en préstamos para 2004, ha caído al nivel de 17 mil millones—de los que sólo Turquía ha asumido el 75%—y ahora considera vender parte de sus tenencias en oro para enjugar significativas pérdidas operativas. El “doctor del dinero”, que hace no mucho pretendía enderezar la vida económica de las naciones con “mercados emergentes”, está él mismo enfermo).

Por estas razones resulta interesante contrastar nuestro caso local de miopía técnica con el juicio que mereció a Tocqueville la ceguera de los funcionarios del gobierno de Luis XVI, cuando la Revolución Francesa estaba a punto de estallar: “…es decididamente sorprendente que aquellos que llevaban el timón de los asuntos públicos—hombres de Estado, Intendentes, los magistrados—hayan exhibido muy poca más previsión. No hay duda de que muchos de estos hombres habían comprobado ser altamente competentes en el ejercicio de sus funciones y poseían un buen dominio de todos los detalles de la administración pública; sin embargo, en lo concerniente al verdadero arte del Estado—o sea una clara percepción de la forma como la sociedad evoluciona, una conciencia de las tendencias de la opinión de las masas y una capacidad para predecir el futuro—estaban tan perdidos como cualquier ciudadano ordinario”. (Alexis de Tocqueville: El Antiguo Régimen y la Revolución).

Pero no todos los estrategas estaban perdidos o confundidos. Para el caso venezolano tiene especial relevancia la intuición analítica de Yehezkel Dror, puesto que se trata de un investigador que vino constantemente al país entre 1972 y 1992, cuando era atendido y escuchado por los miembros más representativos de sus élites. Dror no sólo describió adecuadamente la inestabilidad intrínseca del régimen de Reza Palevi, el Shah de Irán, bastante antes de su sorpresivo desplome, sino que caracterizó el problema general de la “endemia” de las sorpresas en un brillante artículo de 1975. (How to Spring Surprises on History: “Eventos considerados como de baja probabilidad ocurren con frecuencia variable y la sorpresa llega a ser endémica”).

Si bien, pues, era evidente que la mayoría de los analistas no sabían qué decir respecto del futuro en ciertas áreas especialmente volátiles, unos pocos mostraban que era posible manejar satisfactoriamente el problema cambiando el punto de vista y la comprensión de la dinámica propia de los acontecimientos sociales.

Es sólo muy recientemente que la “teoría de la complejidad”, que incluye la llamada “teoría del caos”, ha podido proporcionar un paradigma adecuado. Los primeros ejercicios analíticos de predicción eran fundamentalmente proyecciones en línea recta. (La estadística había proporcionado la herramienta de la “regresión lineal”, mientras el “determinismo histórico” de las doctrinas marxistas contribuía a esa opinión de que el futuro era único e inevitable). Obviamente, sólo pocos fenómenos pueden ser adecuadamente descritos como una línea recta.

El reconocimiento de la multiplicidad del futuro llevó, más tarde, al desarrollo de la técnica de “escenarios” (principalmente por la Corporación RAND, en la década de los sesenta), en los que se exponía intencionalmente un conjunto de descripciones diferentes del futuro en cuestión. Sin embargo, aún la técnica de escenarios tiende a estar asociada con una percepción del problema en forma de “abanico” de futuros, según la cual se presume una continuidad de la transición entre los distintos futuros, al desplazarse por el área continua del abanico. Este modo de ver las cosas supone, por tanto, una enorme cantidad de incertidumbre, pues los futuros serían, en el fondo, infinitos.

El formalismo matemático (fractales) sobre el que se asienta la teoría de la complejidad, en cambio, permite describir el futuro como una estructura arborificada o ramificada, como una arquitectura discontinua en la que unos pocos futuros posibles actúan como cauces o “atractrices” por los que puede discurrir la evolución del presente. (Benoit Mandelbrot, investigador del Thomas Watson Research Center de la compañía IBM, presentó en 1982, en su libro The Fractal Geometry of Nature, la noción de “fractal”—en términos generales una línea que exhibe “autosimilaridad”, que se parece a sí misma. La matemática fractal reproduce, con ecuaciones de extrema simplicidad, estructuras ramificadas complejas, sean éstas el perímetro de un helecho o la forma del aparato circulatorio humano. Cuando los investigadores de fenómenos caóticos—el clima, la turbulencia de los líquidos, los ataques cardíacos, etcétera—buscaban una herramienta analítica que les permitiera describir estos procesos, encontraron que la matemática fractal era justamente lo que necesitaban. Las “atractrices”, o cauces del orden subyacente a los fenómenos caóticos, son líneas de tipo fractal).

Un modelo sencillo de un sistema de atractrices lo constituye un péndulo que oscila a poca distancia de una base hexagonal, en cuyos vértices se han colocado imanes de aproximadamente igual intensidad magnética. Tomando el péndulo entre los dedos se le dota de un impulso inicial que, al soltarlo, lo hace describir una trayectoria que bajo la acción de los imanes es típicamente errática. Al agotarse el impulso inicial el péndulo se detiene sobre uno de los vértices (una de las atractrices). Incluso en un sistema tan sencillo como éste, no es posible predecir cuál será la atractriz que predominará al final.

Incertidumbres de este tipo han llevado a la desesperante noción de que la predicción social es imposible. El hecho de que por lo atrayente del nombre, se haya popularizado más la teoría del caos que la teoría de la complejidad que la engloba, ha contribuido aún más a la desesperanza.

Pero esto es un conocimiento y una aplicación superficiales de tales teorías. Por una parte, aun los fenómenos caóticos transcurren por cauces que siguen un orden subyacente estricto. Por la otra, ya a niveles prácticos se ha tenido éxito en introducir estímulos que “sincronizan” procesos caóticos para hacerlos seguir trayectorias estables. En otras palabras, es posible dominar el caos. (Ver William L. Ditto y Louis M. Pecora, Mastering Chaos, Scientific American, agosto de 1993 y antes Elizabeth Corcoran, Ordering Chaos, Scientific American, agosto de 1991). Más aún, la proporción de caos dentro de los sistemas complejos es usualmente pequeña, y predomina en éstos un proceso opuesto y más poderoso de autorganización, especialmente en sistemas que, como el social, son capaces de intercambiar información. (Ver Stuart A. Kauffman, Antichaos and Adaptation, Scientific American, agosto de 1991).

Naturalmente, ciertos episodios caóticos pueden tener consecuencias lamentables en magnitudes enormes. Los acontecimientos del 27 y el 28 de febrero de 1989, por ejemplo, son más fácilmente comprensibles si se les interpreta como un caso de proceso caótico, antes que como resultado de una acción subversiva intencional. En muchos sistemas físicos la transición de una fase ordenada a una fase caótica se produce al aumentar la magnitud de algún parámetro, la velocidad, por ejemplo. En el caso del crash del mercado de valores de Nueva York en octubre de 1987, ese parámetro ha podido ser la mayor velocidad de transmisión de datos que se había logrado luego de la completa computarización de las transacciones. El 27 de febrero de 1989 pudo observarse la propagación de la avalancha desde Guarenas, exacerbándose por la transmisión del evento a través de los medios de comunicación social, pero también a través de una cadena informal de transmisión de información: los mensajeros motorizados, que exhiben desde hace mucho una rápida solidaridad de conducta y que fueron propagando el descontento desde Guarenas a Petare, de allí a Chacaíto, a la estación del Metro en Bellas Artes, y así sucesivamente.

En contraposición a estas posibilidades caóticas, los sistemas sociales aprenden y se autorganizan. A pesar de la larga acumulación de tensiones sociales en el país, el apagón masivo del sistema eléctrico venezolano del 29 de octubre de 1993 no condujo a disturbios dignos de ser mencionados. Era viernes, día de pago, y la extensa falla eléctrica que llegó del Guri hasta San Cristóbal significaba que los bancos no tenían “línea” ni los telecajeros operaban; no había servicio de Metro en Caracas, y los trabajadores que vivían en Catia y laboraban en Petare (y a la inversa), caminaron la ciudad para regresar a sus moradas, sin dinero, y ni una sola vidriera fue rota, a sólo cuatro años del “caracazo”. La ciudadanía intuyó tal vez que los disturbios, de producirse, proporcionarían un pretexto para la toma del poder político por autoridades militares que se habían mostrado como inusualmente agresivas en sus declaraciones públicas. (Se conspiraba contra el precario gobierno presidido por Ramón J. Velásquez, y la interrupción del servicio eléctrico formaba parte del plan). La comunicación telefónica sirvió esta vez para generalizar la impresión de que se estaba frente a la preparación de un golpe de Estado: la conciencia política lograda en esos años de tanto sufrimiento social evadió la posible trampa.

………

Anteayer, 27 de febrero de 2007, el mundo financiero fue sacudido por el “chinazo”. Un marcado descenso, cercano al 9%, de los índices bursátiles de Shanghai, se propagó como incendio forestal californiano en una cadena que encendió primero las restantes bolsas asiáticas, luego cruzó Europa y finalmente causó a la Bolsa de Valores de Nueva York su pérdida más grande en un solo día desde los ataques hiperterroristas del 11 de septiembre de 2001. En los dos últimos días más de un billón (castellano) de dólares se esfumó del valor de las acciones en el mundo entero. La cifra es casi inimaginable; una idea de su magnitud se forma en nuestra mente al constatar que equivale a más de veintidós veces el monto actual de las reservas venezolanas en dólares.

Parece saberse ahora que el chispazo fue producido intencionalmente. El gobierno chino, profundamente preocupado por una sobreinversión desmedida en papeles negociados en y desde Shanghai, había activado una “fuerza de tareas” especial, un equipo ejecutivo que buscaría podar una mata recrecida de especulación bursátil, no justificada racionalmente. La activación de este grupo de acción tuvo lugar el lunes 26 de febrero, y su influencia no se hizo esperar. El purgante actuó rápidamente en Shanghai, sin que se midiera sus consecuencias en el resto del planeta.

Tanto Europa como los Estados Unidos tenían, por supuesto, sus fuentes autónomas de volatilidad. En este último país, por ejemplo, los informes oficiales revelaron que las tasas de crecimiento del producto bruto en el último trimestre de 2006 habían sido sobrestimadas grandemente. (En lugar de 3,5% se corrigió a 2,3%, y Alan Greenspan, de prestigio mucho mayor que el poseído por su sucesor, se aventuró a advertir que la economía norteamericana podía entrar en recesión en 2007).

Pero lo que ha puesto de manifiesto el nuevo crash, con su amplísima extensión y la rapidez con la que se propagó la onda expansiva, es el grado aun mayor de interdependencia de una economía globalizada, y el peso que ahora tiene en el sistema económico mundial la economía china.

La “corrección” al alza experimentada ayer en casi todas las bolsas, que ha producido un momentáneo alivio, no ha enjugado completamente todos los factores de riesgo. De las 1.400 acciones diferentes que se cotizan en Shanghai, 800 fueron suspendidas el 27 de febrero. Su caída no ha terminado todavía, y el gobierno chino continúa pensando que su mercado de valores está gravemente sobrevaluado. Es de esperar que actuará de nuevo, para podarlo aun más, hasta que esté más a su gusto.

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CS #226 – Mein Kampf

Cartas

Hace unos pocos días que compartí conversación con un estupendo e inteligente amigo. La charla tomó el rumbo de un examen de mi persona política, más que de mis lecturas del hecho político mismo. Debo decir, con no poco orgullo, que mi amigo—por algo lo es—me declaró suficiente, no sin declarar que quedaba un asunto residual por explicar. Para esto se valió de la referencia a otras opiniones o, mejor, otras incertidumbres. Así me dijo que había escuchado, en boca de otras personas y con alguna frecuencia, la siguiente pregunta: “Pero ¿cuál es la línea de Luis Enrique?”

Formulada de esa manera, la cuestión se reduce a determinar cuál es mi postura ideológica y, en particular y dado que mi amigo ha debido estar citando a gente de su círculo—el de personas que hacen inversiones en dólares—cuál es mi posición respecto de “la empresa privada”. Un rebote memorioso me retrotrajo a veintidós años atrás, cuando una muy influyente matrona caraqueña me aconsejaba sobre la búsqueda de apoyo financiero a una antigua publicación mía: “Basta que digas que tu revista es para la defensa de la empresa privada”. Bueno, mi publicación no era precisamente para eso, aunque ciertamente tampoco era para atacarla. El plano de atención de mis textos era el societal, el de la sociedad venezolana en su conjunto, y desde esa perspectiva la institución de la libre empresa es un componente más de lo societal, y por tanto no podía ejercer prelación sobre el resto, no debía ser la cúpula o el punto de partida. En aquel momento, impedido conceptual y principistamente de proporcionar la definición que me era requerida, no obtuve el apoyo que mucho me habría convenido.

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Un total de once años trabajé en un importante grupo industrial venezolano (para no mencionar empleos más breves en empresas y otras instituciones privadas), y tuve la fortuna de disfrutarlo como una verdadera universidad. Mi buena suerte me colocó en el seno de un conglomerado regido por claros principios éticos y, aunque tuve acceso continuo y profundo a sus decisiones del más alto nivel, nunca fui testigo de una acción ilegal o moralmente indebida. De hecho, en una sesión de junta directiva presencié una discusión acerca de si una de las empresas subsidiarias estaba ganando dinero excesivamente, a pesar de que se ajustaba a precios internacionales—de hecho, exportaba con éxito—y tenía como socio al Instituto Venezolano de Petroquímica, una empresa del Estado que no ponía la más mínima objeción a los niveles de precios y ganancias. La inquietud por el lucro excesivo era autónoma, completamente espontánea. Tengo, por tanto, una experiencia concreta acerca de cómo es posible ser rico sin ser malo.

La distribución de cualidades morales en un grupo humano lo suficientemente grande tiende a adoptar una curva normal. Al igual que con las inteligencias o las estaturas—5% de las personas mide más de 1,80 mts., 5% mide menos de 1,60 y el 90% restante tiene una estatura intermedia—las cualidades morales excepcionalmente buenas o marcadamente malas no son demasiado frecuentes. La proporción de santos o héroes en una población cualquiera es exigua—hay una Madre Teresa de Calcuta por planeta—y asimismo, y afortunadamente, la proporción de malandrines a tiempo completo es más bien escasa. El producto moral cotidiano del ciudadano promedio no es ni un acto heroico ni un crimen. Esa persona estará en capacidad de comportarse como héroe, sin embargo, en situaciones excepcionales; digamos cada seis años y dos meses y once días, y será capaz de sostener su elevado tono de entonces por unas treinta y dos horas, a lo sumo. Pero también será capaz de echarle una buena broma al compadre—ponerle cuernos, por ejemplo, o birlarle unos reales—cada cuatro años, diez meses y veintidós días. De resto, su vida transcurre en un equilibrio moral de deberes cumplidos pero no muy moralmente exigentes, y alguna que otra transgresión venial, como comerse un semáforo o descontar del impuesto algún gasto moderado pero ficticio. Así somos los humanos, ésa es la condition humaine. Es la condición que llevamos con nosotros a todo papel que desempeñemos, a cualquiera sea nuestra vocación o nuestro oficio. No es éste el que nos impone un carácter malévolo o benéfico; no se es ni mejor ni peor por ser deportista, o bombero, o político o empresario. Si a ver vamos, no hay relación causal inmediata entre la pobreza y la bondad, como no la hay entre la riqueza y la maldad. A pesar de esto hay mucha gente que afirma que la política es intrínsecamente cochina, o que ser rico es malo. Almas simples y superficiales, de las que las más peligrosas son las que se creen con autoridad para erigirse como jueces morales de sus prójimos o de ésta o aquélla ocupación o condición social.

Ocurre, por supuesto, que las cosas que son malas tienden a ser más llamativas, y esta calidad tiene, incluso, fundamento biológico. Nuestros aparatos sensoriales transmiten con mucha más urgencia un dolor agudo—el causado por una puñalada, por ejemplo—que el suculento sabor de la guanábana. Debemos dar gracias a Dios por este rasgo de nuestra fisiología sensorial, puesto que en la percepción del dolor puede irnos la vida, mientras que en la experiencia gustativa sólo está implicado el placer momentáneo.

Pero es esa asimetría lo que nos induce, equivocadamente, a juicios horizontales y anchos absolutamente inválidos. Nos interrumpe el tránsito algún abusador que pasa la bocacalle con la luz roja, y nos confirmamos en la hipótesis de que “el venezolano” es de carácter abusivo. Así pontificamos, como si cada uno fuese un antropólogo que hubiera hecho estudio científico de la cosa, y a pesar de que por cada conductor que se pasa de vivo haya doscientos que no lo hacen. Por cada político corrupto hay muchos más que no lo son; por cada empresario desalmado y usurero hay muchos más que son gente absolutamente promedio, y hay más de uno que es ejemplo de civismo y desprendimiento.

Así, pues, tiendo a ver las cosas: a partir de una postura clínica, no ideológica. Creo que la libre iniciativa económica es parte de la fisiología de una sociedad normal, y en esto no hay postura ideológica. Si me opongo a quienes sostienen que la economía debe ser intervenida a cada instante o, peor aún, controlada totalmente por el Estado es por razones médicas: porque creo saber que la libertad empresarial es un rasgo de normalidad y salud en las sociedades, no porque sea un catecúmeno de la religión de von Mises.

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Paso, pues, algún trabajo con quienes quieren saber—con la mayor naturalidad y el mayor derecho, dicho sea de paso—si soy un defensor a ultranza de la libre empresa (en más de un caso no lo soy) o si debe ubicárseme a la izquierda o la derecha, ideológicamente hablando. Realmente no se puede, pues no trabajo—y esta publicación es muestra clara de eso—a partir de un plano ideológico. Para quien suscribe, no hay otra cosa en política que problemas de carácter público y tratamientos disponibles para resolverlos, unos más y otros menos eficaces, unos con menor costo que otros, algunos de costo verdaderamente horrible y peligroso. (Que son a los que más me opongo, en más de un caso con pasión nada clínica).

Desde este punto de vista, no supongo que todo lo que provenga de algún actor político al que habitualmente me oponga debe ser condenado y rechazado. Por ejemplo, me encuentro en una posición metodológica—no ideológica—que me permite ver bondades en algunas de las iniciativas de Hugo Chávez, por más que él me parezca, en tanto político y como lo he dicho más de una vez, una entidad oncológicamente maligna para nuestra sociedad.

Ejemplos. Puedo coincidir con Chávez en su preferencia por un mundo “multipolar”, en lugar de uno en el que se manifieste la hegemonía de una nación cualquiera, Estados Unidos o cualquier otra. Puedo estar a favor de una democracia más participativa, en lo que coincido, antes que con Chávez—quien no tiene, en todo caso, la cosa muy clara—con gente como John Naisbitt, caballero perfectamente liberal o, entre nosotros, con el profesor Humberto Njaim, decididamente insospechable de marxismo.

Puedo darme cuenta de que no es mala la campaña gubernamental de sustitución de bombillos incandescentes por lámparas fluorescentes, y de que exactamente en eso se encuentra hoy muy empeñado el gobierno australiano. (Tim Johnston reportaba anteayer desde Sidney, para el International Herald Tribune, que Australia quiere que la iluminación incandescente haya desaparecido en su territorio para dentro de tres años, como parte de su empeño por reducir la emisión de gases de invernadero).

O puedo concurrir en que vale la pena emitir una nueva moneda, un nuevo bolívar, que equivalga, como se propone ahora, a mil bolívares de los actuales. De hecho, esto era recomendación del suscrito hace ya casi trece años. El 19 de octubre de 1994 expuse la proposición—entonces sólo se requería reducir dos ceros a nuestra moneda, dada nuestra situación económica de entonces, relativamente mejor—en una publicación que por la época mantenía y que había bautizado con el nombre de referéndum. (En tiempo cuando los venezolanos no habíamos sido llamados todavía a consultas de ese tipo, lo que puede indicar mi precoz preferencia por la democracia participativa). Copio a continuación el breve texto del número 8 de su primer volumen, rogando al lector que suprima su risa—¿su añoranza?—ante las cifras de la época:

“El deterioro del poder adquisitivo del bolívar ha sido objeto hasta de un análisis ‘semántico-humorístico’ de las efigies del Libertador empleadas en las sucesivas denominaciones. (Del Bolívar vigoroso del billete de Bs. 100 a la imagen enferma que ostentan los billetes de Bs. 1.000). Humor negro, no cabe duda.

Tal deterioro ha llegado a expresarse en la necesidad, ya anunciada, de imprimir billetes con denominaciones de hasta cinco mil bolívares. Esta medida tendría por objeto facilitar las transacciones y aligerar los volúmenes de billetes de banco que hoy en día es preciso acarrear para los pagos más cotidianos.

En otras latitudes, en otros países se ha optado, en cambio, por reformular la definición del valor unitario de las monedas. Esto ha sido hecho algunas veces con éxito. Otras veces el cambio de la moneda no ha servido como un factor contribuyente al tratamiento de la inflación. El ejemplo antonomásico de un caso exitoso es el del franco nuevo, con el que la república francesa sustituyó a cien de los francos viejos. Ese cambio de valor se ha demostrado como estable.

Más recientemente, en varios países de América del Sur se ha procedido también a la emisión de nuevos signos monetarios sustitutivos de los anteriores, con mayor éxito que en otras ocasiones, cuando tales manipulaciones llegaron a verse anuladas dentro de los procesos hiperinflacionarios de Brasil y de varios países del Cono sur del continente.

Tiene sentido preguntarse, entonces, si una medida de naturaleza similar tiene cabida en Venezuela, y si la misma sería de algún modo eficaz en el tratamiento de la dolencia inflacionaria. Una escala de conversión adecuada para un nuevo bolívar sería la misma que la empleada por los franceses. Así, un nuevo bolívar debiera valer 100 bolívares de los actuales.

Probablemente sería más estable una medida de ese tipo dentro de una economía de mayores proporciones que la nuestra pero, aunque sólo fuese por su efecto facilitador de las transacciones en efectivo, aunque sólo fuese por su efecto psicológico sobre la población, vale la pena considerar la emisión de un nuevo bolívar más fuerte. La comodidad en el uso de una nueva moneda más poderosa puede llegar a ser un factor de cierta importancia, así como la psicología no es un factor a despreciar dentro del juego económico de sociedades, y convendría a la psiquis nacional ver de nuevo respetado en el símbolo monetario, hoy en día vergonzantemente disminuido, la persona del Padre de la Patria.

Es por esto que proponemos a la consideración de nuestros suscritores, para que se pronuncien en referéndum, la siguiente proposición: que se produzcan los pasos técnicos y legales necesarios para que el Banco Central de Venezuela proceda a emitir un nuevo bolívar que pueda cambiarse a una tasa de un bolívar nuevo por cada cien de los bolívares actuales”.

¿Define una “línea”, una postura ideológica el argumento inmediatamente precedente? En absoluto no. Coincidencias como ésa no me hacen chavista—menos si pensaba así hace más de una docena de años—como tampoco mi crítica de la actual oposición venezolana. Precisamente por considerar lo más sano para nuestra nación que cese lo antes posible el experimento de Chávez, es que literalmente desespero constatando la ineficacia y la ceguera del liderazgo opositor de los últimos ocho años.

Hoy seguimos constatando la misma invidencia y la misma ineficacia, mientras crece una cierta abulia, una anomia más o menos resignada, que sólo encuentra refugio en el estiramiento de las vacaciones decembrinas o el asueto de Carnaval (Caracas sigue agradablemente vacía y sin tráfico); mientras crece la extensión invasiva del gobierno. El enjambre ciudadano, sin embargo, rumia su situación. He allí el aprendizaje, que permitirá la emergencia de liderazgos nuevos. Quiero repetir acá el comienzo del principal artículo de la primera entrega en 2007 de esta carta: “El año 2007 puede ser mirabilis u horribilis para Venezuela, dependiendo, primero que nada, de la conducta del enjambre ciudadano. A la larga, es el trabajo de sus mujeres y hombres lo que determinará el progreso del país, y esto es así a pesar de los políticos. Claro que lo político será, como siempre, determinante, pero el conjunto de las acciones individuales de los pobladores de la nación hace la mayor masa, la mayor contribución”. LEA

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CS #225 – La economía, estúpido

Cartas

El gobierno se ha mostrado extraordinariamente diligente en el aumento de su control sobre la economía nacional. En materia de días, las transnacionales AES Corporation, Verizon y CMS Energy Corporation han firmado acuerdos en los que se pacta la venta de sus acciones en La Electricidad de Caracas, CANTV y Seneca, la empresa suplidora de electricidad a Nueva Esparta. Los representantes de cada una de estas firmas se han declarado razonablemente satisfechos con los precios pactados y las condiciones de los traspasos, así como han señalado que las negociaciones se condujeron con profesionalismo. (Verizon recibirá 572 millones de dólares por el 28,5% de las acciones de CANTV; AES obtendrá 739 millones por su 82% de La Electricidad de Caracas. El precio pactado por CANTV es inferior al que ofreciera en su momento el empresario mexicano Carlos Slim, pero la diferencia estaría más que justificada porque en este caso el gobierno asumirá los pasivos laborales de la empresa).

Por otra parte, preocupado por la tasa de inflación experimentada en enero (2%, que anualizada pudiera alcanzar 27% para todo 2007) el gobierno, principal responsable del fenómeno, busca poner en práctica medidas diversas. En efecto, ha sido el marcadísimo incremento de la liquidez (44% en 2006), a causa de un recrecido gasto público en año electoral (56% recrecido en los primeros 10 meses de 2006), el combustible fundamental de la inflación observada. El conjunto de su política económica—control de cambios a tasa fija, controles de precios, gasto exacerbado—junto con todo género de desestímulos a la inversión privada, no ha sido eficaz para reducir la inflación.

Así, se habla de un nuevo pacto antinflacionario, y de estimular al sector bancario para que aumente las tasas de interés sobre depósitos, con la esperanza de fortalecer la propensión al ahorro y retirar de la circulación una proporción significativa de la liquidez excesiva, que se restaría de este modo del gasto de los consumidores. Las estatizaciones, en sí mismas, contribuirían a este esfuerzo, al representar inversión pública en lugar de gasto. También el gasto en el exterior: ahora ha anunciado el gobierno que adquirirá 2.000 millones de dólares adicionales de la deuda argentina.

Al propio tiempo, el Ejecutivo modifica el régimen de manejo de divisas con la intención de regular la liquidez. La industria petrolera ya no ofrecerá los dólares que se originan de la venta de hidrocarburos al Banco Central de Venezuela, sino a la Tesorería Nacional, y luego la Tesorería cambiará los dólares en el BCV para atender el gasto de los ministerios y demás organismos oficiales. La Tesorería recibirá directamente de PDVSA las regalías, el impuesto sobre la renta y los dividendos causados.

Pero concurrentemente con la inflación de comienzos de año (4% en el sector de alimentos) se ha manifestado la escasez de ciertos rubros básicos: azúcar (ya desde hace un tiempo), leche y carne. El argumento empresarial de estos sectores es sencillo: no pueden vender a pérdida. La reacción gubernamental es en cambio doble. Una de sus caras favorece a productores y comerciantes, pues ha accedido a un aumento en los precios regulados respecto de su nivel anterior (38% para la carne de res, 45,3% para pollo y huevos, 5,6% para la leche). También ha procedido a eliminar el impuesto al valor agregado de esos productos. A partir de hoy los consumidores no tendrán que pagar el impuesto al valor agregado cuando compren carne de ganado bovino y porcino, mayonesa, aceite vegetal y avena. Tampoco pagarán IVA el maíz y el sorgo, que se usa para procesar los alimentos balanceados que consumen los animales. También quedará exonerado de este tributo el transporte terrestre de todos los alimentos de primera necesidad. La decisión supone un sacrificio de 3,5 billones de bolívares para el fisco, lo que representa 5,1% de la meta de recaudación del año 2007 prevista en el presupuesto. Quedará al SENIAT la tarea de rellenar el agujero con el cobro de otros impuestos, que le permitan entregar al fisco 58,5 billones de bolívares pronosticados para 2007.

La otra cara es amenazante; el gobierno intervendrá las empresas comercializadoras de alimentos que a su juicio incurran en acaparamiento o especulación: “Denme la primera excusa para nacionalizar el primer frigorífico, el primer gran abasto, la primera red o distribuidora de alimentos, o lo que fuere, y ponerlo a la orden del pueblo», dijo Chávez en el Círculo Militar, en un acto con pensionados del Seguro Social. La Ministra de Industrias Ligeras y Comercio, María Cristina Iglesias, ya entregó al Presidente un proyecto de “Ley Especial de Defensa Popular contra el Acaparamiento, la Especulación y la Usura sobre Alimentos bajo Régimen de Control”. La administración de las empresas intervenidas pasaría a manos de los consejos comunales.

¿Cómo reacciona el sector privado a estos anuncios? El Presidente de Fedecámaras, José Luis Betancourt, considera el anuncio de este último decreto una verdadera amenaza, y declara que “así no se puede trabajar”. Pero los empresarios más directamente involucrados cantan en otra tónica; por ejemplo, el director ejecutivo de la Asociación Nacional de Supermercados y Autoservicios (ANSA), Luis Rodríguez, anunció que el sector está cumpliendo con las regulaciones de precios anunciadas por el Ejecutivo: «Desde ayer arrancamos con los precios regulados de la Gaceta y obviamente el día de hoy con nuevos precios porque hay productos que están saliendo con IVA. Hemos estado en ese proceso». Además añadió que lo ofrecido por Chávez no debe ser visto como una amenaza, sino como ¡“un voto de confianza»! Esto declaró: «Mucha gente lo ve como una advertencia o como una amenaza. Nosotros estamos cumpliendo con la regulación, que es lo que está en Gaceta, y creo que no debería haber ningún tipo de represalias al respecto». Curándose en salud, precisó que la asociación que dirige sólo agrupa al 17% de los establecimientos del sector, y expresó el deseo de que sus afiliadas no paguen los platos rotos del 83%, que pudiera salirse de las regulaciones establecidas. Y Pablo Baraybar, que preside la Cámara Venezolana de la Industria de Alimentos (Cavidea) dijo no estar preocupado por el anuncio de nacionalización hecho por el presidente Hugo Chávez, «pues nunca hemos dejado de vender ningún producto al mercado. Ese tipo de acciones no las aplica la industria de alimentos».

En síntesis, los empresarios procuran alinearse con las regulaciones, dejándose meter en cintura. Nada de amenazar con paros para tumbar al gobierno. Debilitados al extremo luego de la huelga de 2002-2003, y frente a un gobierno muchísimo más poderoso que el de esa época, han optado por acatar. La ruta de escape es otra. En las últimas semanas las solicitudes de visa norteamericana han pasado de 400 diarias a 800 al día, y funcionarios de la embajada de Inglaterra indican que las solicitudes de visa para ese país vienen ahora expresadas en un tono de desesperación. Un sitio web destinado a pretendientes a la emigración—www.mequieroir.com—ha visto aumentar sus visitas diarias de 20.000 a 60.000 desde el pasado 3 de diciembre.

Ya Chávez ha hecho una nueva advertencia: los Estados Unidos están, según su lectura de las más recientes declaraciones de funcionarios estadounidenses—Rice, Burns—inmersos en un plan para crear problemas económicos a Venezuela.

………

En este mismo mes de febrero se cumplirán tres años de la visita a Venezuela de Robert Mugabe, el dictador de Zimbabwe que ya ha igualado nuestro record local—veintisiete años—de permanencia en el poder, implantado por Juan Vicente Gómez. Aquí fue saludado y ensalzado por Hugo Chávez, quien le llamó un “verdadero luchador por las libertades”. Mugabe estaba dormido—pobre, con el jet lag no pudo resistirse a las virtudes dormitivas del discurso—cuando Chávez le elogiaba, y no repuesto del todo dejó caer después al piso la réplica de la espada del Libertador, que le fue ofrecida en reconocimiento a sus méritos de gobernante permanente.

Durante los últimos siete años Zimbabwe ha experimentado una constante declinación en su actividad económica y su nivel de vida, y más recientemente el ritmo de este deterioro se ha acelerado. La autoridad eléctrica nacional de ese país ha emitido advertencias acerca de un colapso del servicio de electricidad. Una interrupción del sistema de tratamiento de aguas ha detonado una epidemia de cólera en Harare, la capital. En Marondera, una ciudad de 50.000 habitantes al oriente del país, todos los servicios públicos fueron cortados, luego de que la ciudad agotara los recursos a emplear en la reparación de equipos dañados. Al sur de Harare, el pueblo de Chitungwiza recibe electricidad sólo cuatro días por semana.

Hace unas tres semanas los funcionarios públicos de Zimbabwe recibieron un aumento de 300% en sus salarios, pero este insólito aumento que cuadruplica sus ingresos no es más que una fracción de la tasa de inflación. Por esto 110.000 maestros han entrado en una “operación morrocoy” para presionar por más dinero. Sus nuevos salarios no alcanzan a los 60 dólares al mes, si se les estima según el valor de su divisa en el mercado negro. Se acerca ya a mes y medio una huelga de médicos y enfermeros, que están exigiendo un aumento de casi 9.000% en su paga, y el jefe de la policía teme por disturbios suscitados por sus subalternos, en caso de no recibir aumentos de paga muy sustanciales.

La crisis de Zimbabwe, bajo la férula del “campeón de libertades” Mugabe, está signada por la hiperinflación: medida desde abril del año pasado, representa una tasa anual de cerca de 1.000%, y por estos días ha superado, acelerándose, el nivel de 1.281%. Tan sólo en la última semana, los precios de la carne, el aceite vegetal y los vestidos aumentaron en 223%. La enfermedad ha dejado a ocho de cada diez zimbawinos en la miseria, diezmado a sus pocas empresas y granjas y expuesto al gobierno a la bancarrota. La mortal dinámica hiperinflacionaria ha hecho imposible que el gobierno central y los gobiernos locales cumplan sus presupuestos y que los empresarios puedan adquirir materias primas. Entretanto, el intento de subsidiar los productos básicos ha vaciado las arcas gubernamentales y promovido la corrupción.

El gobierno de Mugabe está tan claro como el de Chávez. Por esto culpa a un “complot occidental” de los problemas de su país y se niega a devaluar la moneda, que no logra alcanzar en el mercado negro más de diez por ciento de su valor oficial. La explicación suple la consabida culpación de la naturaleza, pues recientemente las lluvias han sido benignas. A pesar de esta bendición, la última cosecha de maíz es inferior a la del año anterior y ya se cuenta entre las peores de su historia. El combustible subsidiado que el gobierno suple a los agricultores a 330 dólares zimbabwinos es cambiado de inmediato en el mercado negro, donde se obtiene fácilmente diez veces ese valor.

Para ayudar patriótica y revolucionariamente a la solución de la crisis, el banco central de Zimbabwe ha decretado que la inflación es ilegal. Cualquier persona que aumente los precios que cobra o los salarios que paga entre el 1o. de marzo y el 30 de junio, será apresado y “castigado”. El gobernador del banco central, Gideon Gono, patria o muerte con Mugabe, dijo que sólo un “firme contrato social” para terminar la corrupción y reestructurar la economía podrá poner fin a la crisis. Su discurso fue transmitido a todo el país en cadena nacional. En la zona más pobre de Harare no pudo escucharse la segunda mitad: un apagón de la electricidad impidió la recepción.

Las fuerzas de seguridad también han contribuido abnegadamente con el control de la situación: líderes sindicales fueron golpeados seriamente por la policía, incendiarios han quemado la casa de un líder que aboga por más democracia, autoridades eclesiásticas fueron arrestadas cuando se reunían para discutir sobre el estado de la economía. Y para cuidar que la libertad de expresión pueda reflejar el doloroso proceso con fidelidad, el acoso a los periodistas del país ha arreciado, mientras los periodistas extranjeros tienen vedado ingresar a Zimbabwe bajo amenaza de encarcelamiento.

¿Cómo afectan políticamente al régimen las condiciones descritas? Bueno, los militares no están conformes con su aumento del 300%; quieren 1.000%. El creciente número de huelgas y protestas envalentona al Congreso de Sindicatos de Comercio, que comienza a planear un paro general. Más sintomáticamente, el Frente Patriótico de la Unión Nacional Africana de Zimbabwe, el propio partido de Mugabe, se negó en diciembre a apoyar una enmienda constitucional que habría extendido el presente período de gobierno hasta 2010, sólo dos años más. Hasta ahora, el partido de gobierno había complacido todo capricho de Mugabe. Pocos analistas dudan que se producirá en Zimbawe una aguda crisis de poder a corto plazo. Lamentablemente, no hay esperanzas en una transición democrática. El partido de oposición, el Movimiento para el Cambio Democrático, está dividido al interior, no cuenta con un líder eficaz y es continuamente reprimido por el gobierno. Aun así, parecen estar contados los días del Dr. Robert Mugabe, el “luchador de libertades” tan apreciado por Chávez.

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“Es la economía, estúpido”. Ésta fue la frase más repetida por William Clinton y su comando electoral durante la campaña de 1992, que lo llevó a la presidencia de los Estados Unidos al derrotar a George H. W. Bush, el padre del actual presidente norteamericano. El Dr. Rafael López-Pedraza registra en un trabajo suyo sobre el tema de la identidad latinoamericana, lo siguiente: “El Oxford Dictionary define al estúpido como alguien incapaz de pensar con claridad que carece de inteligencia y sentido común. Cabe agregar que quien está imbuido de una ideología piensa con los esquemas limitados que ésta le provee y por ello, desde luego, no puede tener una visión individuada de la realidad que confronta. Se sabe que el diagnóstico que se hizo de Hitler fue el de una personalidad histérica… No voy a extenderme comentando este tipo de personalidad, pero me gustaría mencionar otro[s] rasgo[s] suyo[s] importante[s], como es la necesidad paranoica de buscarse un enemigo en quien proyectar la sombra que no acepta de sí mismo”. (“Condoleezza la tiene cogida conmigo, y esto demuestra que ahora hay un plan económico contra Venezuela”).

Antes de la referencia a Oxford el notable psiquiatra junguiano había descrito, certeramente: “La energía de estos héroes modernos se funda en el mismo mito del héroe: en los estados de posesión que éste conlleva y en la relación que hemos mencionado con los espíritus de los héroes muertos y Hécate. Sin embargo, la herramienta de su oficio hoy día es una rudimentaria jerga, tomada miméticamente de lo que queda de las ideologías del socialismo europeo del siglo XIX y del nazismo del siglo XX. Al igual que la ideología que movió a los héroes de las guerras independentistas, y como toda ideología, la de los héroes actuales es de una gran estrechez mental y, en cualquier caso, es empleada desde la confusión adolescente que históricamente somos. Evidentemente, la retórica ideológica de los héroes latinoamericanos pasados y presentes es sólo un vehículo instrumental del poder. Su uso al referirse a los estratos marginales, convertidos en fuentes poder, se reduce a la vieja tradición cristiana de la pobreza: el niño Jesús pobre, de importancia central en la Contrarreforma, por oposición al niño Jesús rico de la Reforma. Para el héroe de hoy la pobreza es esencial para poder funcionar. Sin ella no existiría y por tanto uno llega a pensar que necesita crear más y más pobreza para perpetuarse en el poder. La oposición pobreza-riqueza reaparece como un mimetismo rudimentario de la lucha de clases del siglo XIX marxista y reduce un conflicto, que por sus complejidades es de proporciones insalvables, a la fórmula: nosotros los pobres somos buenos y los ricos son malos”. (Rafael López-Pedraza, Sobre héroes y poetas, Festina lente, 2002).

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