FS #221 – Ver, juzgar, actuar

Fichero

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Es evidente que la llamada Doctrina Social de la Iglesia ha llenado buena parte de la política en Occidente durante el siglo XX. En ella se han inspirado los partidos socialcristianos o demócrata-cristianos para conformar sus plataformas ideológicas.

Una serie particular entre las encíclicas sociales que expresan aquella doctrina ocurre en el mes de mayo, para conmemorar la primera de todas, Rerum Novarum, de León XIII, que fue dada a conocer el 15 de mayo de 1891. Como su nombre lo indica, Quadragesimo Anno emanó de Pío XI cuarenta años después de la primera (15 de mayo de 1931), a la que conmemora y toma como punto de partida para un desarrollo ulterior de la doctrina. Igualmente puntual fue Juan XXIII, quien el 15 de mayo de 1961 volvió a marcar la fecha raíz con Mater et magistra. Menos paciente, Juan Pablo II promulgó Centesimus annus el 1Ëš de mayo de 1991, adelantándose en dos semanas al siglo exacto de conmemoración de las enseñanzas sociales de León XIII.

Entre todas las nombradas, Mater et magistra tuvo significación especial, pues se producía en un papado que dos años antes anunciara la intención de convocar un concilio ecuménico, y siete meses después (el día de Navidad de 1961) lo convocaba efectivamente mediante la constitución apostólica Humanae salutis. Era el tiempo del aggiornamento (puesta al día) de la Iglesia Católica en el Concilio Vaticano II, según expresión del propio Juan XXIII. El mundo de la década de los años sesenta vería importantes cambios culturales y políticos; su tres primeros años, sin embargo, estuvieron ocupados por las figuras señeras de John F. Kennedy y Juan XXIII, “el papa bueno”.

En esta Ficha Semanal #221 de doctorpolítico se reproduce cuatro secciones de Mater et magistra, comenzando por la que ofrece famosa descripción de un método simple y sensato para decidir: ver, juzgar y actuar. Al exponerlo, Juan XXIII no sólo prescribía un protocolo serio y responsable para la acción social (específicamente la acción católica), sino que exigía que los principios no quedaran relegados al reino de la pura cavilación.

Un aspecto notable de la carta es una disposición al diálogo respetuoso con quienes no sostengan idénticos criterios y valores. En estimación de Juan XXIII, siempre sería posible “colaborar lealmente en la realización de aquellas obras que sean por su naturaleza buenas o, al menos, puedan conducir al bien”, incluso con quienes “tienen de la vida una concepción distinta”.

Pero la Iglesia no es sólo Mater, y la encíclica social de Juan XXIII enfatiza su carácter de magistra. Por esto no vacila en exigir respeto y obediencia a sus enseñanzas. La eminente bondad de Juan XXIII no le impedía asentar con firmeza la autoridad de la iglesia que presidía.

LEA

Ver, juzgar, actuar

Necesidad de la acción social católica

236. Ahora bien, los principios generales de una doctrina social se llevan a la práctica comúnmente mediante tres fases: primera, examen completo del verdadero estado de la situación; segunda, valoración exacta de esta situación a la luz de los principios, y tercera, determinación de lo posible o de lo obligatorio para aplicar los principios de acuerdo con las circunstancias de tiempo y lugar. Son tres fases de un mismo proceso que suelen expresarse con estos tres verbos: ver, juzgar y obrar.

237. De aquí se sigue la suma conveniencia de que los jóvenes no sólo reflexionen sobre este orden de actividades, sino que, además, en lo posible, lo practiquen en la realidad. Así evitarán creer que los conocimientos aprendidos deben ser objeto exclusivo de contemplación, sin desarrollo simultáneo en la práctica.

238. Puede, sin embargo, ocurrir a veces que, cuando se trata de aplicar los principios, surjan divergencias aun entre católicos de sincera intención. Cuando esto suceda, procuren todos observar y testimoniar la mutua estima y el respeto recíproco, y al mismo tiempo examinen los puntos de coincidencia a que pueden llegar todos, a fin de realizar oportunamente lo que las necesidades pidan. Deben tener, además, sumo cuidado en no derrochar sus energías en discusiones interminables, y, so pretexto de lo mejor, no se descuiden de realizar el bien que les es posible y, por tanto, obligatorio.

239. Pero los católicos, en el ejercicio de sus actividades económicas o sociales, entablan a veces relaciones con hombres que tienen de la vida una concepción distinta. En tales ocasiones, procuren los católicos ante todo ser siempre consecuentes consigo mismos y no aceptar compromisos que puedan dañar a la integridad de la religión o de la moral. Deben, sin embargo, al mismo tiempo, mostrarse animados de espíritu de comprensión para las opiniones ajenas, plenamente desinteresados y dispuestos a colaborar lealmente en la realización de aquellas obras que sean por su naturaleza buenas o, al menos, puedan conducir al bien. Mas si en alguna ocasión la jerarquía eclesiástica dispone o decreta algo en esta materia, es evidente que los católicos tienen la obligación de obedecer inmediatamente estas órdenes. A la Iglesia corresponde, en efecto, el derecho y el deber de tutelar la integridad de los principios de orden ético y religioso y, además, el dar a conocer, en virtud de su autoridad, públicamente su criterio, cuando se trata de aplicar en la práctica estos principios.

Responsabilidad de los seglares en el campo de la acción social

240. Las normas que hemos dado sobre la educación hay que observarlas necesariamente en la vida diaria. Es ésta una misión que corresponde principalmente a nuestros hijos del laicado, por ocuparse generalmente en el ejercicio de las actividades temporales y en la creación de instituciones de idéntica finalidad.

241. Al ejercitar tan noble función, es imprescindible que los seglares no sólo sean competentes en su profesión respectiva y trabajen en armonía con las leyes aptas para la consecución de sus propósitos, sino que ajusten su actividad a los principios y normas sociales de la Iglesia, en cuya sabiduría deben confiar sinceramente y a cuyos mandatos han de obedecer con filial sumisión.

Consideren atentamente los seglares que si no observan con diligencia los principios y las normas sociales dictadas por la Iglesia y confirmadas por Nos, faltan a sus inexcusables deberes, lesionan con frecuencia los derechos de los demás y pueden llegar a veces incluso a desacreditar la misma doctrina, como si fuese en verdad la mejor, pero sin fuerza eficazmente orientadora para la vida práctica.

Un grave peligro: el olvido del hombre

242. Como ya hemos recordado, los hombres de nuestra época han profundizado y extendido la investigación de las leyes de la naturaleza; han creado instrumentos nuevos para someter a su dominio las energías naturales; han producido y siguen produciendo obras gigantescas y espectaculares.

Sin embargo, mientras se empeñan en dominar y transformar el mundo exterior, corren el peligro de incurrir por negligencia en el olvido de sí mismos y de debilitar las energías de su espíritu y de su cuerpo.

Nuestro predecesor, de feliz memoria, Pío XI ya advirtió con amarga tristeza este hecho, y se quejaba de él en su encíclica Quadragesimo anno con estas palabras: «Y así el trabajo corporal, que la divina Providencia había establecido a fin de que se ejerciese, incluso después del pecado original, para bien del cuerpo y del alma humana, se convierte por doquiera en instrumento de perversión; es decir, que de las fábricas sale ennoblecida la inerte materia, pero los hombres se corrompen y envilecen».

243. Con razón afirma también nuestro predecesor Pío XII que la época actual se distingue por un claro contraste entre el inmenso progreso realizado por las ciencias y la técnica y el asombroso retroceso que ha experimentado el sentido de la dignidad humana. «La obra maestra y monstruosa, al mismo tiempo, de esta época, ha sido la de transformar al hombre en un gigante del mundo físico a costa de su espíritu, reducido a pigmeo en el mundo sobrenatural y eterno» (Radiomensaje navideño del 24 de diciembre de 1943; cf. Acta Apostolicae Sedis 36 (1944) p. 10).

244. Una vez más se verifica hoy en proporciones amplísimas lo que afirmaba el Salmista de los idólatras: que los hombres se olvidan muchas veces de sí mismos en su conducta práctica, mientras admiran sus propias obras hasta adorarlas como dioses: «Sus ídolos son plata y oro, obra de la mano de los hombres» (Sal 114 (115), 4).

Reconocimiento y respeto de la jerarquía de los valores

245. Por este motivo, nuestra preocupación de Pastor universal de todas las almas nos obliga a exhortar insistentemente a nuestros hijos para que en el ejercicio de sus actividades y en el logro de sus fines no permitan que se paralice en ellos el sentido de la responsabilidad u olviden el orden de los bienes supremos.

246. Es bien sabido que la Iglesia ha enseñado siempre, y sigue enseñando, que los progresos científicos y técnicos y el consiguiente bienestar material que de ellos se sigue son bienes reales y deben considerase como prueba evidente del progreso de la civilización humana.

Pero la Iglesia enseña igualmente que hay que valorar ese progreso de acuerdo con su genuina naturaleza, esto es, como bienes instrumentales puestos al servicio del hombre, para que éste alcance con mayor facilidad su fin supremo, el cual no es otro que facilitar su perfeccionamiento personal, así en el orden natural como en el sobrenatural.

247. Deseamos, por ello, ardientemente que resuene como perenne advertencia en los oídos de nuestros hijos el aviso del divino Maestro: «¿Qué aprovecha al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma? ¿O qué podrá dar el hombre a cambio de su alma?» (Mt 16,26).

Angelo Giuseppe Roncalli, Juan XXIII

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FS #220 – Honrar honra

Fichero

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Por estos días, unos cuantos irredentos regatean la significación de la elección de Barack Obama como cuadragésimo cuarto Presidente de los Estados Unidos de Norteamérica. Impedidos de negarla por completo, en vista de la oleada aprobatoria en todo confín del mundo, entresacan con pinzas los artículos más críticos para distribuirlos electrónicamente. Su líder máximo, por lo contrario, se ha sumado gallardamente al reconocimiento universal.

El presidente George W. Bush dirigió a su país, alrededor de las diez de la mañana del día 5 de noviembre, una breve y noble alocución que lo enaltece. Es la traducción de ese discurso el escueto contenido de esta Ficha Semanal #220 de doctorpolítico.

Además de llamarla victoria impresionante e histórica, Bush empleó algunas de las imágenes usadas por Obama en su discurso de la víspera en el Parque Grant de Chicago. Por ejemplo, que la nación se mueve como una sola, en dirección de una unión más perfecta, que se trata ahora de un período de cambio en Washington. Más aún, para acallar a quienes estiman peligrosa una presidencia de Obama, dijo Bush: “El gobierno de los Estados Unidos permanecerá vigilante para cumplir con su más importante responsabilidad: la protección del pueblo estadounidense. El mundo puede estar seguro de que este compromiso continuará firme bajo nuestro próximo Comandante en Jefe”.

Honrar honra, por supuesto. Así como fue elegante John McCain en la oportunidad de reconocer su derrota, la alocución de George W. Bush fue una lección universal de respeto democrático. Las posturas de Obama y Bush, evidentemente, son muy opuestas en muchos de los grandes temas del momento. Pero el presidente Bush se elevó por encima de las diferencias para dar, sin mezquindad, la bienvenida al cambio, aunque éste llegue para revertir, incluso tempranamente, muchas de sus decisiones más vistosas. Y el senador Obama dijo en la noche del 4 de noviembre: “Recordemos que fue un hombre de este estado quien primero portara el estandarte del Partido Republicano a la Casa Blanca, un partido fundado sobre los valores de la confianza en uno mismo, la libertad individual y la unidad nacional. Ésos son valores que todos compartimos. Y aunque el Partido Demócrata ha ganado esta noche una gran victoria, lo hacemos con una medida de humildad y la determinación de sanar las divisiones que han frenado nuestro progreso”.

¡Cómo hace falta esa clase en la Presidencia de la República de Venezuela, donde su titular es singularmente divisionista, mezquino, procaz y amenazante!

Ayer mismo la pareja Obama fue recibida en la Casa Blanca por la familia Bush. Antes de viajar a Washington, el Presidente Electo dejó personalmente a sus hijas en su colegio de Chicago. Las fotografías de la ocasión muestran a Obama de chaqueta casual y gorra de los Medias Blancas, la divisa de Oswaldo Guillén y Alfonso Chico Carrasquel.

LEA

Honrar honra

Buenos días.

Anoche sostuve una cálida conversación con el Presidente Electo, Barack Obama. Le felicité y al senador Biden por su impresionante victoria. Dije al Presidente Electo que puede contar con la completa cooperación de mi administración en su transición a la Casa Blanca.

También hablé con el senador John McCain. Lo felicité por la campaña llena de determinación que él y la gobernadora Palin emprendieron. El pueblo estadounidense siempre estará agradecido por la vida de servicios que John McCain ha dedicado a su nación. Sé que continuará haciendo tremendas contribuciones a nuestro país.

Sin importar cómo votaron, todos los estadounidenses pueden estar orgullosos de la historia que ayer fue hecha. Por todo el país, los ciudadanos votaron en grandes números. Mostraron a un mundo vigilante la vitalidad de la democracia estadounidense, y las zancadas que hemos dado hacia una unión más perfecta. Escogieron a un Presidente cuya jornada representa un triunfo de la historia estadounidense: un testimonio de trabajo duro, optimismo y fe en la duradera promesa de nuestra nación.

Muchos de nuestros ciudadanos pensaron que no vivirían para ver ese día. Este momento es especialmente edificante para una generación de estadounidenses que fueron testigos de la lucha por los derechos civiles con sus propios ojos, y cuatro décadas después ven realizarse un sueño.

Ahora ha concluido una larga campaña, y nos movemos hacia adelante como una sola nación. Estamos embarcándonos en un período de cambio en Washington; sin embargo, hay algunas cosas que no cambiarán. El gobierno de los Estados Unidos permanecerá vigilante para cumplir con su más importante responsabilidad: la protección del pueblo estadounidense. El mundo puede estar seguro de que este compromiso continuará firme bajo nuestro próximo Comandante en Jefe.

Queda trabajo importante por hacer en los próximos meses, y continuaré conduciendo los asuntos del pueblo mientras este cargo permanezca bajo mi responsabilidad. Durante este tiempo de transición, mantendré al Presidente Electo plenamente informado de las decisiones importantes. Y cuando el 20 de enero llegue el tiempo, Laura y yo regresaremos a nuestro hogar en Texas con atesorados recuerdos de nuestro tiempo acá, y con profunda gratitud por el honor de servir a este sorprendente país.

Será una visión estimulante ver al presidente Obama, su esposa Michelle y sus hermosas hijas atravesar las puertas de la Casa Blanca. Sé que millones de estadounidenses estarán sobrecogidos de orgullo por ese inspirador momento que muchos han esperado por largo tiempo. Sé que la querida madre y los abuelos del senador Obama habrían estado encantados ver al hijo que criaron ascender las escalinatas del Capitolio y jurar que respetará la Constitución de la más grande nación de la faz de la tierra.

Anoche extendí una invitación al Presidente Electo y a la Sra. Obama para que vengan a la Casa Blanca. Laura y yo esperamos darles la bienvenida tan pronto como sea posible.

Muchas gracias.

George W. Bush

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FS #219 – La escogencia

Fichero

LEA, por favor

The New Yorker es, sin duda y merecidamente, una de las más prestigiosas publicaciones en el mundo, y un repetido festín textual y visual. (Sus caricaturas a página completa son legendarias). Vio la luz primera el 17 de febrero de 1925, con la edición del día 21, en la costumbre estadounidense de fechar anticipadamente sus revistas. Con inmancable toque de humor, TNY ha sido depositario de serísimos análisis críticos, tanto políticos como literarios, y la revista misma publica narraciones y poesía. Con frecuencia sus piezas son largas; en la edición del 31 de agosto de 1946, un solo trabajo—Hiroshima, de John Hershey—ocupó la revista entera.

La portada de la edición del 21 de julio de este año causó explicable escándalo. En ella, una caricatura del matrimonio Obama mostraba al marido, de turbante y sandalias, en saludo de puño cerrado a su cónyuge, ataviada ésta con ropa de camuflaje, peinado afro y rifle de asalto colgado al hombro. Al fondo, se distinguía una bandera de barras y estrellas ardiendo en una chimenea y, sobre la boca de ella, una efigie de Osama bin Laden. La campaña de Barack Obama consideró que la caricatura era de mal gusto y potencialmente inflamatoria, aunque el candidato mismo declaró que no le molestaba, no sin decir que le parecía insultante para los musulmanes de los Estados Unidos: “Hay musulmanes estadounidenses maravillosos que hacen por todo el país cosas maravillosas”. La publicación adujo que, lejos de ser contraria a Obama, la polémica portada buscaba satirizar las acusaciones absurdas contra el candidato.

A estas alturas, ya no hay confusión respecto de las intenciones editoriales de TNY. La edición del 13 de octubre de 2008 contiene un inequívoco apoyo de la revista—The Choice—a la candidatura de Obama, en términos razonados con gran elocuencia. Característicamente, la pieza es marcadamente extensa. La Ficha Semanal #219 de doctorpolítico presenta la traducción completa del largo editorial.

Sólo una vez antes TNY hizo una cosa así. En 2004, rompiendo una vieja tradición de neutralidad, quebró lanzas a favor del candidato demócrata John Kerry. A pesar de su preferencia liberal—progresista, en el uso norteamericano del vocablo—es sintomático que en ambas ocasiones la figura de George W. Bush provocara la militancia de la elegante publicación. Implacablemente, TNY descalifica, con datos y citas, la candidatura de John McCain y el gobierno de George W. Bush, al que tiene por el peor de los Estados Unidos desde la Reconstrucción emprendida tras la Guerra Civil. (Otros son aun más duros. En una encuesta de este año, patrocinada por History News Network, 109 historiadores fueron consultados sobre el actual gobierno estadounidense, y 61% opinó que era el peor de toda la historia; 98% de los historiadores lo diagnosticó como un fracaso). Entre las varias cifras mencionadas por TNY, destaca la de soldados estadounidenses muertos en Irak, en exceso de 4.000. La guerra de Bush ha matado ya más de sus compatriotas que los 2.974 fallecidos en los ataques del 11 de septiembre de 2001, que fueron el pretexto principal de la invasión.

La lectura del aval de The New Yorker a Barack Obama basta para entender por qué hoy, 4 de noviembre de 2008, el pueblo de los Estados Unidos le elegirá, por significativa mayoría, como su cuadragésimo cuarto presidente. Porque, a diferencia de su competidor, rezuma grandeza.

LEA

La escogencia

Nunca que recordemos ha sido una elección más crítica que la que se acerca rápidamente—ese es el cliché cuadrienal, tan esperado como los globos y la ampulosidad. Y sin embargo, ¿cuándo antes lo sentimos tan urgentemente verdadero? ¿Cuándo habían tenido tantos estadounidenses una percepción tan clara de que una presidencia—al nivel de la competencia, la visión y la integridad—ha socavado al país y sus ideales?

La administración titular se ha distinguido a sí misma para la historia. La presidencia de George W. Bush es la peor que ha habido desde la Reconstrucción, así que no es un misterio que el Partido Republicano—que ha ejercido el dominio de la rama ejecutiva del gobierno federal durante los últimos ocho años, y el de la rama legislativa por la mayor parte de ese período—tenga pocas ganas de defender sus ejecutorias, domésticas o internacionales. El único orador en la convención de St. Paul que pronunciara una o dos frases en apoyo del Presidente fue su esposa, Laura. Entretanto, el nominado, John McCain, jugó el papel de un ilusionista de vodevil, al pedir ser visto como un apóstol del cambio después de años de abrazar lo esencial de la agenda de Bush con ardor siempre creciente.

El desastre republicano comienza en casa. Aun sin tomar en cuenta cualquiera que sea el fantásticamente costoso plan que termine de emerger, para ayudar al rescate del sistema financiero de los largamente practicados esquemas piramidales de Wall Street, el panorama económico y fiscal es desolador. Durante la administración Bush, la deuda nacional, que ahora se acerca a 10 billones de dólares, casi se ha duplicado. El presupuesto federal del año que viene se proyecta con un déficit de 500 mil millones de dólares, en precipitada caída desde el superávit proyectado de 700 mil millones cuando Bill Clinton dejó el cargo. La creación de empleos en el sector privado ha sido un sexto de lo que fue bajo el presidente Clinton. Cinco millones de personas han caído en la pobreza. El número de estadounidenses sin seguro médico ha aumentado en siete millones, mientras que la prima promedio es casi el doble. Entretanto, el principal logro doméstico de la administración Bush ha sido desplazar la carga relativa de los gravámenes de los ricos al resto. Para el 1% más rico entre nosotros, los recortes impositivos de Bush valen, en promedio, cerca de mil dólares por semana; para el quintil inferior, alrededor de un dólar y medio. La injusticia sólo puede crecer si el doloroso—y sin embargo necesario—rescate de los mercados de crédito termina impidiendo el rescate de nuestro sistema de salud pública, nuestro ambiente y nuestra infraestructura física, educativa e industrial.

Al mismo tiempo, 150.000 tropas estadounidenses están en Irak y 33.000 en Afganistán. Todavía hay desacuerdo sobre la sabiduría de deponer a Saddam Hussein y su horrible régimen, pero ya no más la duda de que la administración Bush manipuló, intimidó y mintió al público estadounidense en esta guerra y luego manejó incompetentemente su seguimiento en casi todos sus aspectos. Los costos directos, además de un gasto de 600 mil millones de dólares, han incluido la pérdida de más de 4.000 estadounidenses y 30.000 heridos, la muerte de decenas de miles de iraquíes y el desplazamiento de cuatro millones y medio de hombres, mujeres y niños. Sólo ahora, después de que las fuerzas estadounidenses han peleado ya más tiempo del que pelearon en la Segunda Guerra Mundial, hay un destello de esperanza de que el conflicto en Irak haya entrado en una etapa de frágil estabilidad.

Los costos indirectos, tanto de la guerra en particular como de la aproximación unilateralista de la administración a la política exterior en general, también han sido inmensos. La tortura de prisioneros, autorizada al más alto nivel, ha sido una catástrofe ética y de diplomacia pública. En momentos cuando el ambiente global, la economía global y la estabilidad global demandan por igual una transición hacia nuevas formas de energía, los Estados Unidos han sido un retrógrado global, derrochador en su consumo y temerario en su política. Estratégica y moralmente, la administración Bush ha dilapidado la capacidad estadounidense de contrarrestar el ejemplo y arrogancia de sus rivales. China, Rusia, Irán, Arabia Saudita y otros estados no liberales han llegado a la conclusión, cada uno a su manera, de que los principios democráticos y los derechos humanos no son componentes requeridos para un futuro estable y próspero. En recientes reuniones de las Naciones Unidas, déspotas envalentonados como Mahmoud Ahmadinejad han venido a mofarse de nuestras dificultades y saludar el “fin de la era estadounidense”.

La elección de 2008 es la primera en más de medio siglo en la que un presidente o vicepresidente en ejercicio no esté en las boletas de votación. Hay, sin embargo, un partido en ejercicio, y ese partido ha tenido la suerte de encontrarse, aparentemente contra los deseos de su base, con un candidato al que evidentemente no gustaba George W. Bush antes de que se pusiera de moda hacerlo. En Carolina del Sur, en 2000, Bush aplastó a John McCain con una clandestina campaña primaria tan cruel que McCain, memorablemente, reviró contra los aliados de Bush de la Derecha Cristiana. Tan profunda era la ira de McCain que en 2004 flirteó con la posibilidad de unirse al ticket demócrata bajo John Kerry. Bush, que asumió el cargo como un “conservador compasivo”, gobernó inmediatamente como ideólogo derechista. Durante ese primer período, McCain reforzó su reputación, algunas veces merecida, de “heterodoxo” dispuesto a trabajar con los demócratas en problemas como la normalización de relaciones con Vietnam, la reforma del financiamiento de campañas y la de las normas inmigratorias. Promovió, conjuntamente con John Edwards y Edward Kennedy, un estatuto de derechos de los pacientes. En 2001 y 2003 votó contra los recortes presupuestarios de Bush. Con John Kerry, patrocinó una ley que elevara los estándares de la eficiencia de combustible automotriz y, con Joseph Lieberman, un régimen para un tope a las emisiones de carbón. Fue uno dentro de una minoría de republicanos que se oponían a la perforación ilimitada en busca de petróleo y gas costa afuera de los Estados Unidos.

Desde la elección de 2004, no obstante, McCain se ha movido sin remordimientos hacia la derecha en procura de la nominación republicana. Ha rendido pleitesía a Jerry Falwell y predicadores de su calaña. Abandonó la reforma de las leyes de inmigración, terminando por oponerse a su propio proyecto de ley. De modo más chocante, McCain, que había denunciado repetidamente la tortura bajo cualquier circunstancia, votó en febrero contra una prohibición de las mismas técnicas de “interrogación enriquecida” que él mismo soportara una vez en Vietnam, cuando los torturadores fuesen civiles empleados por la CIA.

Respecto de casi cualquier tema, McCain y el candidato del Partido Demócrata, Barack Obama, hablan un lenguaje general de reforma, pero sólo Obama ha presentado una visión convincente, racional y plenamente desarrollada. McCain ha abandonado su oposición a los recortes impositivos de la era de Bush y ha asumido la vocación demagógica—en medio de la recesión y la calamidad de Wall Street, con las amenazas de crisis en seguridad social, Medicare y Medicaid—en pro de adicionales recortes impositivos. Los de Bush expiran en 2011. Si McCain, como ha propuesto, recortara los impuestos a las corporaciones y los estados, una vez más los beneficios irían desproporcionadamente a los ricos.

En Washington, ha concluido la locura por un puro triunfalismo del mercado. El Secretario del Tesoro, Henry Paulson, llegó a la capital (vía Goldman Sachs) como republicano, pero parece que se irá como un demócrata. En otras palabras, ha llegado a comprender que los abusos que condujeron a la actual crisis financiera—no siendo el menor de ellos la especulación excesiva sobre capitales prestados—sólo pueden ser arreglados mediante regulación y supervisión gubernamental. McCain, que nunca ha evidenciado mucho interés, o conocimiento, en cuestiones económicas, ha tenido poco de substancia que decir acerca de la crisis. Su gesto más notable de preocupación—una melodramática suspensión de su campaña y la posposición del primer debate presidencial hasta que el plan de salvamento del gobierno estuviese listo—se reveló rápidamente como vacía táctica de distracción.

En contraste, Obama ha hecho un estudio serio de la mecánica y la historia de este desastre económico y de las posibilidades de estimular una recuperación. En marzo pasado, en Nueva York, en un discurso notable por su profundidad, equilibrio y anticipación, dijo: “Un completo desdén por una presupuestación de como vaya viniendo vamos viendo, ha permitido que demasiados hayan puesto su ganancia a corto plazo por delante de sus consecuencias a largo plazo”. Obama está comprometido con reformas que valoran no sólo la restauración de la estabilidad sino la protección de la vasta mayoría de la población, que no tomó parte en los frutos de los años de embriaguez. Ha propuesto mayor regulación programática del sistema financiero, la creación de un Banco de Reinversión en la Infraestructura Nacional, que ayudará a revertir el deterioro de nuestras carreteras, puentes y sistemas de tránsito masivo y a crear millones de empleos, y una inversión importante en el sector de energía ecológica.

Sobre la energía y el calentamiento global, Obama ofrece un conjunto de poderosas propuestas. Apoya un programa de limitaciones para reducir las emisiones de carbono de los Estados Unidos en 80% para 2050, una meta enormemente ambiciosa, pero que muchos climatólogos dicen que debe alcanzarse si es que se quiere mantener el dióxido de carbono atmosférico bajo niveles desastrosos. Los más grandes emisores comprarían cuotas de carbono y aquellos que emiten menos dióxido de carbono que lo que se les permite venderían los créditos resultantes a los que emiten más; con el tiempo, las cuotas disponibles declinarían. Significativamente, Obama quiere licitar las cuotas; esto proveería 15 mil millones de dólares por año para desarrollar fuentes alternas de energía y la creación de programas de adiestramiento para empleos en tecnologías ecológicas. También quiere elevar los estándares federales de ahorro de energía y requerir que el 10% de la electricidad de los Estados Unidos sea generada a partir de fuentes renovables en 2012. Tomadas en conjunto, sus propuestas representan la estrategia más coherente y de visión más penetrante que haya sido ofrecida por un candidato presidencial para reducir la dependencia de la nación de combustibles fósiles.

En algún momento hubo razones para esperar de McCain y Obama un debate sensato acerca de la política energética y climatológica. McCain fue uno de los primeros republicanos en el Senado en apoyar límites federales al dióxido de carbono, y ha blasonado su propio apoyo a un programa de control menos ambicioso como evidencia de su autonomía respecto de la Casa Blanca. Pero a medida que las encuestas mostraron que los estadounidenses se ponían nerviosos con los precios de la gasolina, McCain aparentemente encontró conveniente cambiar de rumbo también en este campo. Acogió una idea de dudoso valor—levantar la veda federal a la perforación petrolera costa afuera—para ponerla en el centro de su campaña. La apertura de las aguas costeras de los Estados Unidos a la perforación no tendría impacto sobre los precios de la gasolina a corto plazo, e incluso a largo plazo su efecto, según un análisis reciente del Departamento de Energía, sería insignificante. Tan incómodos hechos, sin embargo, son desestimados alegremente por una campaña que finalmente encontró su voz en el eslogan “¡Perfora, bebé, perfora!”

El contraste entre los candidatos es aun más agudo en lo tocante a la tercera rama del gobierno. Actualmente, prevalece una tensa equiparación entre los jueces de la Corte Suprema, donde cuatro conservadores de línea dura confrontan cuatro liberales moderados. Anthony M. Kennedy es el voto decisivo, que determina el resultado de caso tras caso.

McCain alude al Presidente de la Corte, John Roberts, y al magistrado Samuel Alito, dos conservadores confiables, como modelos para los nombramientos que posiblemente haría. Si cree en lo que dice, y reemplaza aunque sea un solo moderado en la actual Corte Suprema, entonces la decisión de Roe vs. Wade será revertida y de nuevo podrán los estados imponer prohibiciones absolutas al aborto. Los puntos de vista de McCain en esta materia se han endurecido. En 1999 decía estar opuesto a la anulación de la decisión; para 2006 ya decía que su deceso no le molestaría en absoluto; para 2008 ya no apoyaba que se añadieran la violación y el incesto como excepciones a la plataforma opuesta al aborto de su partido.

Pero descartar esa decisión—lo que a fin de cuentas dejaría a los estados en libertad tanto de permitir el aborto como de criminalizarlo—sería sólo el comienzo. Dada la agenda ideológica que el bloque conservador existente ha seguido, es posible predecir que las acciones afirmativas de cualquier clase probablemente serían abolidas por una corte de McCain. Los esfuerzos por expandir el poder ejecutivo, a los que en años recientes algunos jueces han tratado de resistir noblemente, probablemente aumentarían. Caerían las barreras entre la iglesia y el Estado, las ejecuciones crecerían, las limitaciones legales al poder corporativo se extinguirían; todo eso con sólo un nuevo nombramiento conservador en la corte. Y es probable que el nuevo Presidente haga tres nombramientos.

Obama, que fue profesor de derecho constitucional en la Universidad de Chicago, votó contra la confirmación no sólo de Roberts y Alito, sino contra candidatos no calificados a tribunales de menor rango. Como senador por el estado de Illinois, obtuvo el apoyo de fiscales y organizaciones policiales para protección de inocentes contra su convicción en casos capitales. Mientras McCain votó para continuar negando los derechos de habeas corpus a detenidos, en perpetuación del régimen de la administración de Bush por el que el Estado patrocina la detención extralegal, Obama tomó el lado opuesto, presionando para que se restaurara el derecho a defenderse de todo prisionero retenido por los Estados Unidos. El futuro judicial estaría seguro a su cuidado.

Para la taquigrafía del comentario político, la guerra de Irak pareciera emparejar a McCain y Obama en términos gruesos. Pero al oponérsele antes de la invasión, Obama tuvo la presciencia de advertir sobre una ocupación costosa e indefinida y el surgimiento de un radicalismo anti-estadounidense alrededor del mundo; al apoyarla, McCain no previó nada de esto. Más recientemente, a comienzos de 2007, McCain arriesgó sus posibilidades presidenciales a la proposición de que cinco brigadas de combate adicionales podrían salvar una guerra que por entonces lucía sin esperanzas. Obama, junto con la mayoría del país, había decidido que era tiempo de detener las pérdidas estadounidenses. Ningún cálculo candidatural acerca de Irak ha sido tan políticamente rastrero como la repetida aseveración de McCain de que Obama valora su carrera por encima de su país; ambos hombres basaron sus posiciones, correctas o incorrectas, sobre razonamientos y principios.

El sucesor del presidente Bush heredará dos guerras y las realidades de recursos limitados, decaimiento de la voluntad popular y disminución de posibilidades de lo que puede ser logrado con el poder estadounidense. Los puntos de vista de McCain sobre estos asuntos van del simplismo al desconocimiento. En Irak busca “victoria”, una palabra que el general Petraeus se rehusa a emplear, y fundamentalmente representa mal la naturaleza desordenada e irresoluta del conflicto. En cuanto a Afganistán, en las raras ocasiones cuando McCain lo menciona implica que el aumento de tropas puede ser directamente transferido desde Irak, lo que sugiere que su comprensión de la contrainsurgencia no es tan firme como él insistió que era durante el primer debate presidencial. McCain siempre exhibe más fe en la fuerza que interés en sus consecuencias estratégicas. A diferencia de Obama, McCain no tiene estrategia política para ninguna de las dos guerras, sólo la dudosa esperanza de que una mayor seguridad permitiría que las cosas se arreglen. Obama ha advertido desde hace tiempo del deterioro a lo largo de la frontera entre Afganistán y Pakistán, y tiene una comprensión considerada de su vital importancia. Su estrategia, tanto para Afganistán como para Irak, muestra una comprensión del papel que la política interna, la economía, la corrupción y la diplomacia regional juegan en guerras en las que no hay victoria en el campo de batalla.

Una experiencia personal inimaginablemente dolorosa enseñó a McCain que la guerra es ante todo una prueba de honor: mantén la voluntad de seguir luchando, prepárate a arriesgarlo todo y entonces prevalecerás. Preguntado en el debate sobre las “lecciones de Irak”, McCain dijo: “Creo que las lecciones de Irak son muy claras: que uno no puede tener una estrategia fracasada que luego haga que uno casi pierda un conflicto”. Es la respuesta de un soldado; pero un estadista debe tener una visión más amplia de la guerra y de la paz. Los años por venir exigirán no sólo determinación, sino también flexibilidad, paciencia, buen juicio e inmersión intelectual. No son estas cosas el fuerte de McCain más que en el actual Presidente. Obama, por su parte, parece saber que se necesita más que voluntad y fuerza para extraer alguna ventaja del naufragio de los años de Bush.

Obama está también más capacitado para la tarea de renovar los cimientos de la influencia estadounidense. La restauración estadounidense en asuntos exteriores requerirá un compromiso no sólo con la cooperación internacional, sino también con instituciones internacionales que puedan tratar el calentamiento global, las dislocaciones de lo que probablemente sea una crisis económica global que se profundiza, las enfermedades epidémicas, la proliferación nuclear, el terrorismo y otros desafíos más tradicionales a la seguridad. Muchos de los vehículos de la era de la Guerra Fría para el contacto y la negociación—las Naciones Unidas, el Banco Mundial, el régimen del Tratado de No Proliferación Nuclear, la Organización del Tratado del Atlántico Norte—están moribundos, deteriorados u obsoletos. Obama tiene la mirada generacional que será requerida para revivir o reinventar estos pactos. Él sería el primer presidente estadounidense de la posguerra que no estuviera impedido ni por Munich ni por Vietnam.

El próximo Presidente debe asimismo restaurar la credibilidad moral estadounidense. El cierre de Guantánamo, la prohibición de toda tortura y la finalización de la guerra de Irak tan responsablemente como sea posible proveerá un punto de partida, pero sólo eso. La presidencia moderna es un vehículo de comunicación tanto como de toma de decisiones, y las audiencias relevantes son globales. Obama ha inspirado a muchos estadounidenses en parte porque alza un espejo de su propio idealismo. Su elección no haría menos, y probablemente haría más, hacia el exterior.

Lo que más distingue a los candidatos, no obstante, es el carácter, y aquí, contrariamente a la opinión convencional, Obama es claramente el más fuerte de los dos. No hace mucho, Rick Davis, el jefe de campaña de McCain, dijo: “Esta elección no es acerca de los temas. Está elección tiene que ver con una visión compuesta de lo que la gente obtiene de estos candidatos”. La idea de que esta elección es entre personalidades deja de lado las políticas, la complejidad y la responsabilidad. Aun así, hay algo de verdad en lo que dijo Davis, pero difícilmente apunta a la conclusión que deseaba.

Como eco de Obama, McCain ha convertido el “cambio” en uno de sus mantras de campaña. Pero el cambio que ha entregado es el de sí mismo, y no únicamente en la alteración de sus posiciones. Una disposición a alcahuetear e incluso a mentir ha llegado a definir su campaña presidencial y su publicidad televisada. Una doblez despreciativa, una mezquindad han penetrado sus discursos mitinescos; tanto, que parece obvio que, en la carrera por la victoria, está dispuesto a reproducir unos cuantos de los métodos sucios que lo derrotaron hace ocho años en Carolina del Sur.

Tal vez nada haya revelado tanto el cinismo de McCain como su elección de Sarah Palin, antigua alcaldesa de Wasilia, Alaska, que había sido gobernadora de ese estado por 21 meses, como nominada republicana para Vicepresidente. En las entrevistas que ha concedido desde su nominación, ha tenido dificultad para articular respuestas coherentes no estudiadas acerca de los temas más elementales del día. Estamos observando a una candidata a la Vicepresidencia atiborrarse a última hora para un examen inminente sobre política doméstica y exterior elementales. Esto es gracioso como rutina de Tina Fey en Saturday Night Live, pero como visión del futuro político es profundamente inquietante. Palin no es competente para ser el respaldo de ningún Presidente de ninguna edad, mucho menos de uno de 72 años con salud imperfecta. Al escogerla, McCain cometió un acto de temeridad e irresponsabilidad que quita el aliento. La elección de Obama, Joe Biden, tiene sus propias imperfecciones. Su lengua corre a veces por delante de su mente, y provee su propia munición a los comediantes nocturnos, pero no se le puede comparar con Palin. Su profunda experiencia en asuntos extranjeros, lo judicial y la política social lo hacen un socio confiable y complementario para Obama.

A medida que la campaña se ha desarrollado, peor han ido reflejándose en McCain los aspectos de su personalidad y su carácter. A menos que las apariencias sean muy engañosas, él es impulsivo, impaciente, autodramatizador, errático y compulsivo tomador de riesgos. Puede que estas cualidades hayan contribuido a su utilidad como senador no convencional, pero en un Presidente serían una amenaza.

En contraste, el mensaje de transformación de Obama está acompañado por una pragmática calma. Un tropismo hacia la unidad es una parte esencial de su carácter y su campaña. Es parte de lo que le permitió sobreponerse a una oponente demócrata que entró en la carrera con tremendas ventajas. Es lo que le ayudó a forjar una carrera política que se basa tanto en los liberales de Hyde Park como en los políticos profesionales del centro de Chicago. Sus preferencias políticas son claramente liberales, pero está determinado a dirigirse a un amplio espectro de estadounidenses que no necesariamente comparten cada uno de sus valores u opiniones. Para algunos que lo oponen, su ecuanimidad en presencia incluso de los más feos ataques parece altivez; para algunos que lo apoyan, su renuencia a contraatacar en vena similar parece un desprendimiento autodestructivo.

Y sin embargo es el temperamento de Obama—y no el de McCain—el que luce apropiado para el cargo que ambos hombres buscan y para la volátil y peligrosa era que vivimos. Aquellos que descartan su ser centrado como egocentrismo o su compostura como indiferencia están tan equivocados como aquellos que malinterpretaron la tranquilidad de Eisenhower como estupidez o el humor de Lincoln como falta de seriedad.

Hoy en día, casi todo político que piense en lanzarse para Presidente procura convertirse en autor. Los libros de Obama son diferentes: él los escribió. La Audacia de la Esperanza (2006) es un conjunto de disquisiciones políticas, laxamente estructuradas alrededor de un recuento de su primer año en el Senado de los Estados Unidos. Aunque en cierto modo es un manifiesto de campaña, es superior al mosaico usual del género hecho con discursos escritos por terceros.

Pero es el primer libro de Obama—Sueños de mi Padre: Una historia de Raza y Herencia (1995)—el que ofrece un atisbo insólito de la mente y el corazón de un potencial Presidente. Obama comenzó a escribirlo en sus tempranos años treinta, antes de que fuese candidato para nada. Desde Theodore Roosevelt, ningún político estadounidense tan cercano al pináculo del poder había producido una obra tal, convincente, grandemente personal y con mérito literario, antes de ser arrancado por las mareas de la ambición política.

Una elección presidencial no es la concesión de un premio Pulitzer: elegimos un político, ojalá un estadista, no un autor. Pero el primer libro de Obama es valioso en la forma como revela sus actitudes fundamentales de mente y espíritu. Sueños de mi Padre es una iluminadora memoria, no sólo de la substancia en la propia historia peculiarmente estadounidense de Obama, sino también de las cualidades que trae a la narración: una formidable inteligencia, una empatía emocional, una autorreflexión, un equilibrio y una notable capacidad para ver la vida y el mundo a través de los ojos de gente muy distinta a él. Como casi todos los otros senadores y gobernadores de su generación, Obama no cuenta con un servicio militar como parte de su biografía. Pero su vida ha estado llena de pruebas—personales, espirituales, raciales, políticas—que gravitan sobre su preparación para una gran responsabilidad.

Es perfectamente legítimo llamar la atención, como McCain lo ha hecho, a la carencia en Obama de una experiencia convencional en la factura de políticas nacionales o internacionales. También nosotros desearíamos que tuviera más. Pero el ejercicio de cargos no es la única clase de experiencia relevante a la tarea de conducir una nación de extravagante variedad. La inmersión de Obama en ambientes humanos diversos (el arco iris racial de Hawai, el caldero racial de Chicago, el Nueva York contracultural, la clase media de Kansas, la Indonesia predominantemente musulmana), los años de organización entre los pobres, su cata del derecho corporativo y su molienda en el interés público y el derecho constitucional, estas cosas, también, son experiencias. Y su libro demuestra que ha extraído de ellas cada gota de percepción y amplitud de perspectiva que contenían.

La agotadora, a veces irritante y larga campaña de 2008 (y 2007) ha tenido al menos una virtud: ha demostrado que la inteligencia y el sereno temperamento de Obama no son meras ficciones del arte de escritor. Ha cometido errores, sin duda. (Su rechazo a la imaginativa proposición de McCain de una serie apariciones conjuntas sin mediación es uno de ellos). Pero, en conjunto, su campaña ha estado marcada por la paciencia, la planificación, la disciplina, la organización, la competencia tecnológica y la astucia estratégica. A menudo, Obama ha visto dos o tres movidas adelante, relativamente impertérrito ante la histeria permanente del ciclo horario de las noticias y los gritones de los noticieros por cable. Y cuando la crisis ha golpeado, como lo hizo cuando las rabietas divisionistas de su antiguo pastor amenazaron con derribar su campaña, se puso a la altura de las circunstancias, rescatándose a sí mismo con un discurso que no sólo extrajo el veneno sino que demostró un profundo respeto por el electorado.

Aunque sus oponentes han tratado de atacarlo como hombre de “meras” palabras, Obama ha restablecido la elocuencia a su sitial esencial en la política estadounidense. La opción entre elocuencia y experiencia es falsa, algo que demostrara Lincoln, sin cargo luego de un único período en el Congreso, en su propia campaña de renovación política y nacional. Los “meros” discursos de Obama sobre todo tema, desde la economía y los asuntos exteriores hasta la raza, han estado en el centro de su campaña y su éxito; si triunfa, su elocuencia será central a su capacidad de gobernar.

No podemos esperar que un hombre sane toda herida, o resuelva cada crisis política importante. Se dice que la presidencia es en gran medida una cosa de despertar en la mañana y tratar de beber de un hidrante contra incendios. En la quietud de la Oficina Oval, el ruido de las exigencias perentorias puede ser ensordecedor. Y sin embargo, Obama tiene el temperamento para acallar el ruido cuando sea necesario y concentrarse en lo esencial.

La elección de Obama—un hombre de mezcla étnica, a la vez cómodo en el mundo y supremamente representativo de los Estados Unidos del siglo 21—revertiría, de un golpe, la imagen de nuestro país en el exterior y refrescaría su espíritu en casa. Su ascensión a la presidencia sería una culminación simbólica de las acciones civiles y del sufragio de los años sesenta, y de las luchas centenarias por la igualdad que las precedieron. No puede pasar sin decir algo estimulante, incluso excitante, acerca del país, acerca de su dedicación a la tolerancia y la inclusión, acerca de su fidelidad, después de todo, a los valores que proclama en sus libros de texto. En momentos de calamidad económica, perplejidad internacional, fracaso político y moral golpeada, los Estados Unidos necesitan tanto elevación como realismo, tanto cambio como firmeza. Necesitan un líder temperamental, intelectual y emocionalmente en sintonía con las complejidades de nuestro atribulado planeta. El nombre de ese líder es Barack Obama.

The New Yorker

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FS #218 – Tolón, tolón

Fichero

LEA, por favor

La llegada de la recesión económica mundial, efecto acumulativo de diversos factores—entre los que puede anotarse no sólo la villana crisis hipotecaria, sino asimismo la burbuja de los precios del petróleo—ha suscitado drásticos cambios en la percepción humana, incluida en ella la de los líderes del mundo. Entre éstos destaca Nicolás Sarkozy quien, cuatro días antes del desplome bursátil del pasado 29 de septiembre, pero ya después de las caídas de Lehman Brothers, Merryll Lynch, AIG, etcétera, pronunció un memorable discurso en Tolón. (Agradezco a Gonzalo Pérez Petersen haber llamado mi atención a la pieza). De ese discurso se transcribe en esta Ficha Semanal #218 de doctorpolítico su primera mitad.

En opinión de Sarkozy, la crisis es la campana de muerte de un sistema económico propio del siglo XX pero inadecuado para el siglo XXI. Como apuntan igualmente otros estadistas y analistas, se hace evidente la necesidad de construir uno nuevo, el que tendrá que poner en su sitio a lo que él llama “capitalismo financiero”. De hecho, Sarkozy certifica: “En el fondo, con el final del capitalismo financiero—que había impuesto su lógica a toda la economía y que había fomentado su perversión—muere una determinada idea de la globalización”. El mismo día que Sarkozy pronunciara su ya famoso discurso, se recordaba en la Carta Semanal #304 de doctorpolítico un dictamen publicado por el suscrito catorce años antes, referido a la crisis bancaria venezolana de 1994: “…es posible afirmar que uno de los problemas básicos de la economía venezolana es, hoy por hoy, el crecimiento desproporcionado de la actividad financiera nacional, el que ha incluido una buena parte de actividad puramente especulativa… la débâcle de un número apreciable de bancos y la subsiguiente compactación del sector, así como el objetivo gubernamental de reducir las tasas de interés, pueden ser vistos como procesos—traumáticos, por cierto—que pudieran corregir el desequilibrado crecimiento del sector financiero venezolano. Un sector que ha experimentado una modernización considerable, pues ese logro debe anotársele sin mezquindad; un sector que contiene más de un ejemplo de administración sobria y recta; un sector, no obstante, que creció más de lo debido, ante la inconsciencia de un sector público que debió darse cuenta, a tiempo, de la crisis que se estaba gestando”. (4 de mayo de 1994).

Del mismo modo puede entenderse a la crisis de estos días como una gigantesca oportunidad: la de echar las bases organizativas de una polis planetaria, cuyo menester surge de la realidad de la globalización.

Pero esas bases no tienen nada que ver con el socialismo. A pesar de haber destacado el papel regulador y protector que el sector público debe cumplir ante los sistemas financieros, Sarkozy advirtió: “La crisis financiera que vivimos hoy… no es la crisis del capitalismo. Es la crisis de un sistema que se ha alejado de los valores más fundamentales del capitalismo, que ha traicionado al espíritu del capitalismo. Quiero decirlo a los franceses: el anticapitalismo no ofrece ninguna solución a la crisis actual. Reanudar el colectivismo que tantos desastres provocó en el pasado sería un error histórico”.

LEA

Tolón, tolón

Señoras y Señores Ministros,

Señoras y Señores Parlamentarios

Si he querido dirigirme esta tarde a los franceses es porque la situación de nuestro país lo exige.

Soy consciente de mi responsabilidad en estas circunstancias excepcionales.

Una crisis de confianza sin precedente desestabiliza la economía mundial. Las grandes instituciones financieras están amenazadas, millones de pequeños ahorristas en el mundo que depositaron sus ahorros en la bolsa ven cómo su patrimonio se descompone día tras día, millones de jubilados que han cotizado en fondos de pensiones temen por su jubilación, millones de hogares modestos viven momentos difíciles por el alza de los precios.

Como en todo el mundo, los franceses temen por sus ahorros, por su empleo y por su poder adquisitivo.

El miedo es sufrimiento.

El miedo impide emprender, el miedo impide implicarse.

Cuando se tiene miedo, no se tiene sueños; cuando se tiene miedo, uno no piensa en el futuro.

Hoy, el miedo es la principal amenaza para la economía.

Hay que vencer ese miedo. Es la labor más urgente. No se vencerá, no se restablecerá la confianza con mentiras, sino diciendo la verdad.

Los franceses quieren la verdad y estoy convencido de que están dispuestos a escucharla.

Si sienten que se les esconde algo, la duda crecerá.

Si están convencidos de que no se les oculta nada, hallarán en ellos mismos la fuerza para superar la crisis.

Decir la verdad a los franceses es decirles que la crisis no ha terminado, que sus consecuencias serán duraderas, que Francia está demasiado implicada en la economía mundial como para pensar siquiera un instante que pueda estar protegida contra los acontecimientos que, ni más ni menos, desequilibran el mundo.

Decir la verdad a los franceses es decirles que la crisis actual tendrá consecuencias en el crecimiento, en el desempleo, en el poder adquisitivo durante los próximos meses.

Decir la verdad a los franceses es decir, en primer lugar, la verdad sobre la crisis financiera.

Porque esta crisis, sin igual desde los años 30, marca el final de un mundo construido tras la caída del Muro de Berlín y el final de la Guerra Fría.

Ese mundo fue impulsado por un gran sueño de libertad y de prosperidad.

La generación que venció al comunismo había soñado con un mundo donde la democracia y el mercado resolverían todos los problemas de la humanidad. Había soñado con una globalización feliz que acabaría con la pobreza y la guerra.

Este sueño ha empezado a hacerse realidad: las fronteras se han abierto, millones de hombres han escapado a la miseria, pero el sueño se ha quebrado con el resurgimiento de los fundamentalismos religiosos, los nacionalismos, las reivindicaciones identitarias, el terrorismo, los dumpings, las deslocalizaciones, las derivas de las finanzas globales, los riesgos ecológicos, el agotamiento anunciado de los recursos naturales, las revueltas del hambre.

En el fondo, con el final del capitalismo financiero—que había impuesto su lógica a toda la economía y que había fomentado su perversión—muere una determinada idea de la globalización.

La idea de la omnipotencia del mercado que no debía ser alterado por ninguna regla, por ninguna intervención pública; esa idea de la omnipotencia del mercado era descabellada.

La idea de que los mercados siempre tienen razón es descabellada.

Durante varios decenios, se ha creado las condiciones que sometían la industria a la lógica de la rentabilidad financiera a corto plazo.

Se ha ocultado los riesgos crecientes que había que correr para obtener rendimientos cada vez más exorbitantes.

Se ha desarrollado sistemas de remuneración que incitaban a los operadores a correr cada vez más riesgos inconsiderados.

Se ha fingido creer que los riesgos desaparecían uniéndolos.

Se ha permitido que los bancos especulen en los mercados en vez de hacer su trabajo, que consiste en invertir el ahorro en desarrollo económico y analizar el riesgo del crédito.

Se ha financiado al especulador y no al emprendedor.

No se ha controlado las agencias de calificación y los fondos especulativos.

Se ha obligado a las empresas, a los bancos, a las aseguradoras a inscribir sus activos en las cuentas a precios del mercado que aumentan y se reducen en función de la especulación.

Se ha sometido a los bancos a reglas contables que no garantizan la gestión correcta de los riesgos y que, en caso de crisis, agravan la situación en vez de amortiguar el choque.

¡Es una locura y hoy pagamos por ello!

Este sistema donde el responsable de un desastre puede partir con un paracaídas dorado, donde un corredor de bolsa puede hacer perder 5.000 millones de euros a su banco sin que nadie se dé cuenta, donde se exige a las empresas rendimientos tres o cuatro veces más elevados que el crecimiento real de la economía, este sistema ha creado profundas desigualdades, ha desmoralizado a las clases medias y ha fomentado la especulación en los mercados inmobiliarios, de materias primeras y de productos agrícolas.

Pero este sistema—hay que decirlo porque es la verdad—no es la economía de mercado, no es el capitalismo.

La economía de mercado es el mercado regulado, el mercado al servicio del desarrollo, al servicio de la sociedad, al servicio de todos. No es la ley de la jungla, no son beneficios exorbitantes para unos y sacrificios para todos los demás. La economía de mercado es la competencia que reduce los precios, que elimina las rentas y que beneficia a todos los consumidores.

El capitalismo no es el corto plazo, es el largo plazo, la acumulación de capital, el crecimiento a largo plazo.

El capitalismo no es la primacía del especulador. Es la primacía del emprendedor, la recompensa del trabajo, del esfuerzo, de la iniciativa.

El capitalismo no es la disolución de la propiedad, la irresponsabilidad generalizada.

El capitalismo es la propiedad privada, la responsabilidad individual, el compromiso personal, es una ética, una moral, instituciones.

De hecho, el capitalismo ha posibilitado el extraordinario auge de la civilización occidental desde hace siete siglos.

La crisis financiera que vivimos hoy, mis queridos compatriotas, no es la crisis del capitalismo. Es la crisis de un sistema que se ha alejado de los valores más fundamentales del capitalismo, que ha traicionado al espíritu del capitalismo.

Quiero decirlo a los franceses: el anticapitalismo no ofrece ninguna solución a la crisis actual.

Reanudar el colectivismo que tantos desastres provocó en el pasado sería un error histórico.

Pero no hacer nada, no cambiar nada, conformarse con cargar al contribuyente todas las pérdidas y fingir que no ha pasado nada también sería un error histórico.

Mis queridos compatriotas, podemos salir reforzados de esta crisis. Podemos salir y podemos salir reforzados, si aceptamos cambiar nuestro modo de pensamiento y nuestros comportamientos.

Si hacemos el esfuerzo necesario para adaptarnos a las nuevas realidades que se imponen a nosotros. Si actuamos, en vez de padecer.

La crisis actual debe incitarnos a refundar el capitalismo en una ética del esfuerzo y del trabajo, a encontrar de nuevo un equilibrio entre la libertad necesaria y la regla, entre la responsabilidad colectiva y la responsabilidad individual.

Tenemos que alcanzar un nuevo equilibrio entre el Estado y el mercado, cuando en todo el mundo los poderes públicos se ven obligados a intervenir para salvar el sistema bancario del derrumbe.

Debe instaurarse una nueva relación entre la economía y la política mediante el desarrollo de nuevas reglamentaciones.

La autorregulación para resolver todos los problemas, se ha acabado.

El laissez-faire, se ha acabado.

El mercado que siempre tiene razón, se ha acabado.

Hay que aprender de la crisis para que no se reproduzca. Hemos estado al borde de la catástrofe, el mundo ha estado al borde de la catástrofe, no podemos correr el riesgo de empezar de nuevo.

Si queremos construir un sistema financiero viable, la moralización del capitalismo financiero es una prioridad.

No dudo en decir que los modos de remuneración de los dirigentes y de los operadores deben estar enmarcados. Ha habido demasiados abusos, demasiados escándalos.

O los profesionales se ponen de acuerdo sobre las prácticas aceptables o el Gobierno de la República resolverá el problema mediante la ley antes de fin del año.

Los dirigentes no deben tener el estatuto de mandatario social y beneficiar a la vez de las garantías de un contrato de trabajo.

No deben recibir acciones gratuitas.

Su remuneración debe fundarse en los resultados económicos reales de la empresas.

No deben poder optar por un paracaídas dorado cuando han cometido faltas o han puesto a su empresa en dificultad. Y si los dirigentes están interesados por el resultado—es algo positivo—los demás asalariados de la empresa, en particular los más modestos, también deben estarlo, puesto que ellos también participan en la riqueza de la empresa. Si los dirigentes tienen stock options, los demás asalariados también deben tenerlas o beneficiarse de un sistema de incentivos.

He aquí algunos principios sencillos basados en el sentido común y en la moral elemental en los que no cederé.

Los dirigentes perciben remuneraciones elevadas porque tienen grandes responsabilidades.

Pero no se puede querer un buen salario y no asumir las responsabilidades. Ambas cosas van unidas.

Es aún más cierto en el campo de las finanzas.

¿Cómo admitir que tantos operadores financieros salgan ganando, cuando durante años se han enriquecido conduciendo a todo el sistema financiero a la situación actual? Se ha de buscar responsabilidades y los responsables de este naufragio deben, al menos, ser sancionados financieramente.

La impunidad sería inmoral.

No podemos conformarnos con hacer pagar a los accionistas, a los clientes, a los asalariados, a los contribuyentes y exonerar a los principales responsables.

¿Quién podría aceptar algo que sería, ni más ni menos, una gran injusticia?

Además, hay que reglamentar los bancos para regular el sistema, ya que los bancos son el núcleo del sistema.

Hay que dejar de imponer a los bancos reglas de prudencia que incitan primero a la creatividad contable y no a gestionar con rigor los riesgos. En el futuro, habrá que controlar mucho mejor la forma en la que desempeñan su oficio, el modo de evaluación y de gestión de los riesgos, la eficacia de los controles internos, etcétera.

¡Habrá que imponer a los bancos financiar el desarrollo económico y no la especulación!

La crisis que vivimos debe conducirnos a una reestructuración de gran amplitud de todo el sector bancario mundial. Teniendo en cuenta lo que acaba de ocurrir y la importancia de las implicaciones para el futuro de nuestra economía, es evidente que, en Francia, el Estado estará atento y desempeñará un papel activo.

Habrá que enfrentarse al problema de la complejidad de los productos de ahorro y de la opacidad de las transacciones para que cada uno pueda evaluar realmente los riesgos que corre.

Pero también habrá que plantearse preguntas polémicas como la de los paraísos fiscales, las condiciones en las que se realizan las ventas al descubierto que permiten especular vendiendo títulos que no se poseen o la cotización continua que permite comprar y vender en todo momento activos y que influye—como sabemos—en las aceleraciones del mercado y en la creación de burbujas especulativas.

Habrá que interrogarse sobre la obligación de contabilizar los activos al precio del mercado que tanto desestabilizan en caso de crisis.

Habrá que controlar a las agencias de calificación que—insisto en ello—han presentado fallas.

De ahora en adelante, ninguna institución financiera, ningún fondo deben poder escapar al control de una autoridad de regulación.

Pero la reorganización del sistema financiero no sería completa, si a la par no se previera acabar con el desorden monetario.

La moneda está en el centro de la crisis financiera y de las distorsiones que afectan a los intercambios mundiales.

Si no somos cuidadosos, el dumping monetario acabará por engendrar guerras comerciales extremadamente violentas y dará vía libre al peor proteccionismo.

Ya que el productor francés puede obtener todos los beneficios de productividad que quiera o que pueda, puede incluso competir con los salarios reducidos de los obreros chinos, pero no puede compensar la infravaloración de la moneda china.

Nuestra industria aeronáutica puede ser muy eficaz, pero no puede luchar contra la ventaja competitiva que la infravaloración crónica del dólar da a los constructores estadounidenses.

Por tanto, reitero hasta qué punto me parece necesario que los Jefes de Estado y de Gobierno de los principales países concernidos se reúnan antes a fin de año para extraer las lecciones de la crisis financiera y coordinar sus esfuerzos para restablecer la confianza. He realizado esta propuesta de pleno acuerdo con la Canciller alemana, la Sra. Merkel, con quien me he entrevistado y con quien comparto las mismas preocupaciones a propósito de la crisis financiera y sobre las lecciones que vamos a tener que extraer.

Estoy convencido de que el mal es profundo y de que hay que renovar todo el sistema financiero y monetario mundial, como en Bretton Woods después de la II Guerra Mundial.

Así, podremos crear herramientas para una regulación mundial que la globalización y la globalización de los intercambios hacen necesarias.

No se puede seguir gestionando la economía del siglo XXI con los instrumentos económicos del siglo XX.

Tampoco se puede concebir el mundo del mañana con las ideas de ayer.

Cuando los bancos centrales hacen todos los días la tesorería de los bancos y cuando el contribuyente estadounidense va a gastar un billón de dólares para evitar una quiebra generalizada, ¡me parece que la cuestión de la legitimidad de los poderes públicos para intervenir en el funcionamiento del sistema financiero ya no se plantea!

A veces, la autorregulación es insuficiente.

A veces, el mercado se equivoca.

A veces, la competencia es ineficaz o desleal.

Entonces, el Estado tiene que intervenir, imponer reglas, invertir, tomar participaciones, a condición de que sepa retirarse cuando su intervención ya no sea necesaria.

No habría nada peor que un Estado preso de los dogmas, preso de una doctrina rígida como una religión.

Imaginemos cómo estaría el mundo, si el Gobierno estadounidense no hubiese hecho nada frente a la crisis financiera, con el pretexto de respetar una supuesta ortodoxia en materia de competencia, de presupuesto o de moneda.

En estas circunstancias excepcionales en las que la necesidad de actuar se impone a todos, llamo a Europa a reflexionar sobre su capacidad para hacer frente a la urgencia, a concebir de nuevo sus reglas, sus principios, extrayendo lecciones de lo que ocurre en el mundo.

Europa debe dotarse de los medios necesarios para actuar cuando la situación lo exige y no condenarse a padecer.

Si Europa quiere preservar sus intereses, si quiere poder intervenir en la reorganización de la economía mundial, debe iniciar una reflexión colectiva sobre su doctrina de la competencia—a mi juicio, la competencia es sólo un medio y no un fin en sí—, sobre su capacidad para movilizar recursos para preparar el futuro, sobre los instrumentos de su política económica, sobre los objetivos asignados a la política monetaria.

Sé que es difícil porque Europa incluye 27 países, pero cuando el mundo cambia, Europa también debe cambiar. Debe ser capaz de transformar sus propios dogmas.

No puede estar condenada a la variable de ajuste de las demás políticas, por no disponer de medios para actuar. Y quiero hacer una pregunta seria: si lo ocurrido en Estados Unidos hubiese ocurrido en Europa, ¿con qué rapidez, con qué fuerza, con qué determinación se habría enfrentado Europa, con las instituciones y los principios actuales, a la crisis?

Para todos los europeos, es evidente que la mejor respuesta a la crisis debería ser europea.

En mi condición de Presidente de la Unión, propondré iniciativas en este sentido en el próximo Consejo Europeo del 15 de octubre.

Nicolás Sarkozy

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FS #217 – Mercado político

Fichero

LEA, por favor

Es evidentísimo que la instauración del régimen chavista en Venezuela, desde 1999, constituye un proceso que en términos oncológicos es canceroso: agresivo, invasivo, maligno. Y puede tenérsele por tal porque su aparición en el teatro político venezolano no se debe a la inoculación de un virus dañino por la vía de un vector externo: un anofeles o un zancudo patas blancas. El chavismo estaba, en estado latente, dentro del cuerpo nacional.

Pero el muy preocupante cuadro clínico que el chavismo representa no es la única enfermedad del sistema político venezolano; antes de 1992, cuando se observara el signo precoz del chavoma por primera vez, ya el aparato político estaba aquejado por el grave síndrome de una insuficiencia política generalizada. Esta expresión cabe perfectamente; el médico habla de insuficiencia renal cuando el aparato urinario no filtra la sangre como debe, o de insuficiencia cardiaca cuando el corazón no bombea la sangre con la presión requerida. La función del aparato político es la de resolver problemas de carácter público; no otra cosa lo justifica. En consecuencia, cuando no lo hace es justo diagnosticarlo como insuficiente.

¿Desde cuándo estuvo presente en Venezuela este cuadro de insuficiencia política? Por lo que atañe a la intuición popular, los estudios de opinión comenzaron a detectar un desapego de los electores en relación con los partidos a comienzos de los ochenta (encuesta Gaither de agosto de 1984). Ya la campaña electoral de 1983 había sido muestra de la fatiga de los ciudadanos ante las ofertas tradicionales de los candidatos. (“El venezolano que asistió a cualquiera de las innumerables reuniones que poblaron, como a cualquier otra, la batalla electoral de 1983, estaba más preocupado por el país en su conjunto, clara y evidentemente enfermo, que por el interés sectorial de su inmediata incumbencia. De allí el éxito de la vaga promesa del ‘Pacto Social’ por Jaime Lusinchi, pues si abstracta e imprecisa, al menos tenía la virtud de ser formalmente una panacea”. Krisis, Memorias Prematuras, 1986).

Para febrero de 1985, mientras Lusinchi no había aún cumplido la mitad de su período, fue posible elaborar un documento que dibujaba lo que pudieran ser los rasgos de una organización política con un código genético distinto del de un partido tradicional. Una sección del mismo, reproducida en esta Ficha Semanal #217 de doctorpolítico, inventariaba la oferta del “mercado político” venezolano. La evaluación allí contenida acerca de las ofertas—el VII Plan de la Nación cuyo diseño fuera liderado por Luis Raúl Matos Azócar y Ana Julia Jatar, las proposiciones del Grupo Roraima, etcétera—continúa siendo en gran medida válida para describir las ofertas actuales. (Las no chavistas; el chavismo es caso aparte y mucho más grave).

Falta asistir a una verdadera transformación en el paradigma político prevaleciente, que sigue siendo el mismo de la política de poder: uno en el que la legitimación política tiene que ver menos con nuestra propia positividad que con la negatividad del contrario.

LEA

Mercado político

Lo que se está ofreciendo al país en momentos de obvia crisis es insuficiente. El gobierno, por ejemplo, el que, dicho sea de paso, ha cumplido un primer año de casi máxima eficiencia dentro de los viejos marcos en los que opera, no ha hecho otra proposición substancial que la oferta del llamado “pacto social” y la adopción de un estilo de gobierno que ofrece un contraste favorable respecto de otros anteriores. Pero el “pacto social” no es otra cosa que un instrumento, una herramienta. Es una herramienta, para comenzar, que no tiene nada de nueva. Es el viejo instrumento del diálogo o del consenso, de la concertación o del acuerdo, con el viejo nombre que vuelve a estar de moda de “pacto social”. Y es una herramienta, por lo demás, que para algunos importantes analistas requiere un substrato de relativa prosperidad para ser manejada. Pero no hay en esa proposición instrumental del “pacto social” una visión del país, una concepción del Estado, mucho menos un programa.

Tampoco se puede llamar programa del gobierno a los lineamientos para un VII Plan “de la Nación” puesto que aún el gobierno no lo reconoce como su proposición, y sobre todo cuando hemos sido testigos de la forma como se separó de su cargo el campeón de ese documento. Sin embargo, la proposición está allí; ¿qué encontramos en ella?

Los primeros componentes de lo que habría sido el VII Plan “de la Nación” revelaron un intento por mejorar la metodología con la que se había venido arribando a los planes “de la Nación”, los que debieran ser el atado de las políticas más importantes y más a largo plazo de la gestión de gobierno. Nuevamente, pues, una preocupación por la herramienta que en este caso representó un intento más o menos serio por mejorar.

Luego puede encontrarse en los lineamientos del VII Plan un conjunto meramente enumerativo de los que se considera “los” problemas nacionales. No hay a su lado una enumeración de oportunidades que nos salve de otra de esas listas abrumantes y castradoras de nuestro lado calamitoso. No hay allí una verdadera trabazón diagnóstica de los problemas enumerados. Ni siquiera puede considerarse a esa lista, más aún, una taxonomía completa, pues más de un profundo problema ha quedado sin incluir. Como tal enumeración problemática, contribuye a la depresión de la psicología nacional sin postular al menos una verdadera explicación de esa problemática.

En cuanto a las soluciones se las ofrece de tres clases: primera, una lista de estados deseables (más democratización, mejor distribución de la riqueza, etcétera), lo que obviamente no es la solución sino el estado que se alcanzaría después de aplicar las soluciones que no se proponen; segunda, una fórmula procedimental de obtener las soluciones—otra vez—por consenso de “sectores representativos”; y, tercera, la “solución” del “sector económico de cooperación”. Se nos dice que por esto último debe entenderse la implantación—tampoco detallada en su aplicabilidad—de nuevas variantes de la propiedad de medios de producción. (En el mundo se están dando, con éxito, nuevas formas de asociación productiva de modo espontáneo, pero es difícil entender cómo podría manejarse un proceso así desde un centro gubernamental). Los lineamientos del VII Plan no son, en consecuencia, una solución suficiente o pertinente.

Otros actores—los partidos—proponen, básicamente, o un apoyo al gobierno o una oposición. Ambos se rigen por una regla de silencio y control por parte de pequeños círculos o “cogollos”, lo que hace aún menos probable en ellos la emergencia de proposiciones de refrescamiento. El “principal partido de la oposición” ha propuesto un programa compuesto del “objetivo” de oponerse “vigorosamente” al gobierno actual y el de recuperar el control del poder público en la próxima oportunidad electoral. Para más tarde se propone realizar un evento bajo la guisa de un “congreso ideológico”, pues vagamente barrunta que debe haber algo fundamentalmente malo en su forma de comprender lo político. Será un evento que difícilmente puede ofrecerle, a posteriori, una justificación para haberse opuesto que no sea la del mero deseo de recuperar el poder, que es la que hasta ahora han ofrecido. Recientemente, luego de volver a leer en la opinión pública un rechazo cada vez más generalizado a la gestión de los actores políticos tradicionales, ese partido ha desempolvado para proponer al gobierno una suerte de agenda de concertación, en la que efectivamente sólo puede hallarse otra enumeración incompleta de áreas en las que “deberían” ponerse de acuerdo, sin que, por supuesto, tal agenda haya sido acompañada de un conjunto equivalente de proposiciones concretas sobre el manejo de cada área. Ocasionalmente, es cierto, algún “equipo” de ese partido emite consideraciones y algunas proposiciones en torno a ciertas coyunturas particulares, en las que las diferencias que logra establecer respecto de las líneas gubernamentales son usualmente diferencias de grado.

De otros lados ha surgido, en aprovechamiento de una “moda de la derecha” y ante la evidencia del preocupante desempeño económico, dos proposiciones cuya asociación no es todavía definitiva. Un grupo de jóvenes empresarios ha patrocinado la realización de un estudio acerca del reciente proceso económico nacional, estudio en el que se incluyen proposiciones de cambio en la política económica general hasta ahora seguida por los gobiernos venezolanos. El estudio es demasiado limitado y puntual como para que pueda considerársele una proposición global, pues no considera sino aspectos económicos e incurre en algunas apreciaciones inexactas, como cuando hace residir el mayor peso de la explicación de la problemática en el modelo de desarrollo aplicado por países que experimentaron un auge petrolero. Tiene sin embargo este estudio el inestimable valor de haber apuntado en la dirección correcta cuando sugiere que lo que es necesario cambiar son los “axiomas” en los que se ha sustentado la política económica.

Hasta cierto punto asociado a esa proposición ha resurgido un discurso liberal que propone una generación de relevo opuesta al Estado, el que es visto como la explicación última de casi todos los males. Acompañan a esta reedición del liberalismo seudoexplicaciones de nuestro “subdesarrollo” tan manidas como la de este tenor: “…una naturaleza sobreprotectora, que nos ha dotado a la vez de un clima benigno y de riquezas naturales, que no exigen otro sacrificio que la extracción, ha ido estimulando en nosotros… la certidumbre de que nos basta extender la mano para que el pan llueva sobre ella, y por esa vía, ha fomentado en nosotros la irresponsabilidad, la pereza y la sensación de que siempre algún milagro nos rescatará de la miseria, sin necesidad de que ofrezcamos nuestro esfuerzo a cambio”.  Son explicaciones que forman familia con las de una supuesta “huella perenne” o mala calidad del “material humano” nacional, en las que el pronombre “nosotros” de alguna manera deja de aplicarse al explicador de turno. (Los explicadores de esta clase no suelen concebirse como formando parte de ese “material humano”).

No es suficiente, sin embargo, destacar las obvias negatividades del “Estado” ni ofrecer la perogrullada de que debe venir un “relevo”, menos aún cuando lo que pareciera sugerirse es que el relevo simplemente debe darse de ciertos políticos por ciertos empresarios, o cuando se fundamentan los diagnósticos en semiverdades que no hacen otra cosa que denostar del grupo humano nacional. Además, el relevo que no obstante es necesario, no es un relevo de generación sino un relevo de competencia.

Otras voces menos poderosas han propuesto otras direcciones, y durante la campaña electoral pasada hubo algunos planteamientos más profundos respecto del problema de Estado y el problema de Gobierno. Unos, lamentablemente, han estado excesivamente asociados a una actitud de escándalo moralizante o no se han emancipado todavía de fundamentaciones invigentes. Otros fueron ofrecidos a comandos de campaña de actores políticos tradicionales, quienes los rechazaron al encontrar que iban en dirección distinta a la que le permite concebir su estructura de prejuicios y, muy principalmente, porque habrían requerido la descomposición de su red de aversiones y enemistades.

Esta es, a grandes rasgos, la oferta política nacional. Su caracterización más sencilla consiste en darse cuenta de que se trata de una oferta política cualitativamente insuficiente.

Esto se traduce, a la hora de evaluar los actores políticos, en una calificación de los actores políticos tradicionales como incompetentes.

LEA

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FS #216 – Despréndete arriba

Fichero

LEA, por favor

Una de las cosas más aconsejables en tiempos de vorágine es recordar lo que han dicho los profetas. A fin de cuentas, es su función empinarse sobre los muros de la percepción convencional para divisar movimientos de cosas exteriores que habitualmente no se ven. Lo que para la multitud es una sorpresa es una certeza para el buen profeta, aun si como dice de nuestro tiempo uno particularmente profundo y atinado, Yehezkel Dror, la sorpresa se ha hecho endémica.

Kevin Kelly puede tenerse por uno los más interesantes profetas, más bien heraldos, de nuestra era. Fundador y editor eterno de la revista Wired—acreedora por su excelencia al Premio Nacional de Revistas de los Estados Unidos en 1994—Kelly tiene una pasión enciclopédica que lo ha llevado desde las tareas de edición de Whole Earth Review y Whole Earth Catalogue a la más reciente operación (la Empresa Linneo) de colocar en la Internet un inventario completo de todas las especies vivientes en el lapso de una generación.

Experto de la cibercultura, publicó en 1994 el notable libro Out of Control: The New Biology of Machines, Social Systems, and the Economic World. (El texto íntegro de esta obra única puede obtenerse gratuitamente del sitio web de Kelly. Es lectura altamente recomendable para ser una “persona XXI”: alguien que entienda la actualidad y la navegue sin angustia). Allí encuentra para nosotros los sentidos de nuestra época vertiginosa, principalmente el hallazgo y las implicaciones del hecho de que la inteligencia, sea ésta la de una organización, la de un computador o la de un solo cerebro, no está centralizada sino distribuida. Es tiempo de enjambres, y quien pretenda ser el único tomador de decisiones, quien suponga que una ideología tiene todas las respuestas, está fundamentalmente desalineado en términos de futuro.

Cuando Hugo Chávez comenzaba a gobernar en Venezuela, y traía a su trabajo la extraña mezcla de su anacronismo ideológico con su modernidad tecnológica (comunicacional y de control social), Kelly volvía a publicar. Esta vez (Penguin, 1999) se trataba de New Rules for the New Economy: 10 Radical Strategies for a Connected World, libro que puede igualmente “bajarse” íntegramente del sitio www.kk.org, aunque el autor hace notar que es más barato comprar la edición rústica que imprimir su archivo digital. El capítulo sexto, del que se ofrece una sinopsis traducida en esta Ficha Semanal #216 de doctorpolítico, puede leerse online en http://www.kk.org/newrules/newrules-6.html, pero todo el libro es remunerador. En particular, Kelly nos hace entender en él que, al menos por un buen tiempo, la vida será cada vez más turbulenta y cambiante. Lo hemos notado en la década que media entre su escritura y este instante.

A medida que se hace más política, este arte se hace más difícil. Los espíritus simples debieran alejarse de su práctica.

LEA

Despréndete arriba

La naturaleza estrechamente eslabonada de cualquier economía, pero especialmente la constitución ultraconectada de la Economía de Red hace que ésta se comporte ecológicamente. El destino de las organizaciones individuales no depende enteramente de sus propios méritos, sino también del destino de sus vecinos, sus aliados, sus competidores y, por supuesto, el del ambiente inmediato.

Algunos biomas en la naturaleza escasamente tienen oportunidades de vida. En el Ártico hay sólo un par de estilos de vida, y le convendrá a una especie ser buena en alguno de los dos. Otros biomas están repletos de oportunidades, y esas posibilidades están en flujo constante, aparecen y desaparecen en el tiempo biológico mientras las especies luchen a como dé lugar hacia la adaptabilidad máxima.

La rica forma, interactiva, altamente plástica de la Economía de Red se parece a un bioma que bulle de acción. Nuevos nichos aparecen constantemente y se van igualmente rápidos. Los competidores germinan bajo nuestros pies y luego engullen nuestro sitio. Un día es uno rey de la montaña, al día siguiente no hay ninguna montaña.

Los biólogos describen la lucha de un organismo por adaptarse dentro de su bioma como una larga escalada colina arriba, donde más arriba es mayor adaptación. En esta visualización, un organismo que está máximamente adaptado a sus tiempos está situado en una cumbre. Es fácil imaginar una organización comercial en lugar de un organismo. Una compañía gasta un esfuerzo enorme en mover su mole hacia arriba, o a desarrollar su producto para asentarlo en el tope, donde estará máximamente adaptado al ambiente de los consumidores.

Todas las organizaciones (con o sin fines de lucro) confrontan dos problemas en el intento de encontrar su pico de adaptación óptima. Ambos se amplifican en una Economía de Red en la que la turbulencia es la norma.

Primero, a diferencia del ambiente relativamente simple del arco voltaico, cuando estaba bastante claro cómo lucía un producto óptimo y donde una compañía podía situarse en un horizonte de lento desplazamiento, es cada vez más difícil discernir cuáles colinas son más altas y cuáles cumbres son falsas.

Tanto las grandes como las pequeñas compañías pueden verse en este problema. No está claro si uno debe luchar por ser el mejor fabricante de discos duros del mundo cuando la montaña bajo ese pico particular pudiera no estar allí en unos pocos años. Una organización puede perfectamente aplaudirse a sí misma en la ruta de convertirse en el experto mundial en una tecnología que ha entrado en una calle ciega. En léxico de la biología, uno se atasca en una cumbre local.

Las duras noticias es que atascarse es una certidumbre en la nueva economía. Más pronto que tarde, cualquier producto será eclipsado en su apogeo. Mientras está un producto en la cima, otro moverá la montaña cambiando las reglas.

Hay sólo una salida. El organismo debe devolverse. Con el fin de ir de una altura elevada a otra, debe ir primero en bajada y cruzar un valle antes de escalar de nuevo. Debe retroceder y hacerse menos adaptado, menos adecuado, menos óptimo.

Esto nos lleva al segundo problema. Las organizaciones, como los seres vivientes, están cableados para optimizar lo que conocen y no botar el éxito. A las compañías les parece que devolverse es a) impensable y b) imposible. Simplemente, no hay espacio en la empresa para el concepto de soltar—menos todavía la destreza en soltar—algo que está funcionando, y bajar a paso lento hacia el caos.

Será caótico y peligroso allá abajo. Una adaptabilidad baja significa que se está más cerca de la extinción. Conseguir el nuevo es pico es súbitamente la siguiente tarea de vida o muerte. Pero no hay alternativa (que sepamos) a dejar productos perfectamente buenos, tecnologías costosamente desarrolladas y marcas maravillosas y zambullirse en problemas con la esperanza de ascender de nuevo. En el futuro, esta marcha forzada se hará rutina.

La naturaleza biológica de esta era significa que la desintegración repentina de dominios establecidos es tan segura como la súbita aparición de los nuevos. Por consiguiente, no puede haber pericia en innovación que no se acompañe de pericia en demoler lo asentado.

En la Economía de Red, la capacidad de renunciar a un producto, o una ocupación o una industria en su apogeo no tendrá precio. Soltar en la cima.

Kevin Kelly

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