por Luis Enrique Alcalá | Oct 7, 2008 | Fichas, Política |

LEA, por favor
Tres amables suscritores de la Carta Semanal de doctorpolítico, uno de ellos marabino, coincidieron en curiosidad: preguntaron de dónde provenía el epígrafe del número 305, del jueves de la semana pasada. (“…es tiempo de que tomemos conciencia de que estamos, no ya cerrando un siglo, no ya cerrando un milenio y abriendo otro, sino en el mismo comienzo de una nueva edad de la historia, la que me atreveré… a bautizar con un nombre: la Edad Compleja”). Informados de la procedencia, reincidieron; esta vez concurrieron en sugerir que se publicara el texto fuente como Ficha Semanal, lo que se hace en la #215 de hoy.
La referencia fue extraída de exposición del suscrito, el primer día de un coloquio a la memoria de Sergio Antillano, formador de generaciones de buenos periodistas en la Universidad del Zulia. La reunión, en dos jornadas (19 y 20 de mayo de 1994), se inscribía en los actos conmemorativos del trigésimo quinto aniversario de su Facultad de Humanidades y Educación, y su tema era El comunicador necesario. A quien escribe se le encargó disertar sobre la formación del comunicador, y opinar si ésta debía ser la de un especialista o la de un generalista. Recuerdo, además, con gran placer el magnífico concierto de la Orquesta Sinfónica de Maracaibo, escenificado la noche del 19 en los soberbios espacios del Museo Lía Bermúdez. A una impecable ejecución de las difíciles Metamorfosis sinfónicas de Paul Hindemith, siguió la cálida y vivificante interpretación de la Suite zuliana, del maestro Freddy León.
El texto reproducido en la ficha de hoy contiene, por razones explicables, referencias de mi relación con Maracaibo, ciudad que acogió a mi familia y a mí entre 1989 y 1990 con calor humano equivalente al de su clima, y en la que formamos amistades muy valiosas que aún perduran. Había ido a Maracaibo a dirigir el relanzamiento del diario La Columna, de la arquidiócesis de la ciudad, que había cerrado operaciones en junio del año anterior. La Columna reapareció, en edición tabloide de 32 páginas, el 8 de septiembre de 1989, el día aceptado como el de la fundación de Maracaibo.
Más de uno de los mejores alumnos de Sergio Antillano trabajó en el periódico, y la más clara demostración de su excelencia pedagógica se dio en un hecho insólito: en un patio tradicionalmente dominado por el poder de Panorama—contra el que no habían podido ni antes el propio La Columna, ni el Diario de Occidente, ni Crítica, ni El Zuliano ni el experimento de El Nacional de Occidente—le tomó sólo seis meses al nuevo tabloide superar a Panorama en circulación pagada en la ciudad de Maracaibo. (Para furia de Esteban Pineda Belloso, editor de Panorama aquejado de dolencias vertebrales, sus compañeros de dominó en el aristocrático Club Náutico le tomaban el pelo diciéndole que últimamente, según entendían, le estaba molestando mucho “la columna”). Dos meses después, La Columna llegaba a su punto de equilibrio entre costos operativos e ingreso publicitario, y dos meses más tarde, antes de cumplirse un año de su reaparición, ganaba el Premio Nacional de Periodismo, en competencia con dos candidatos de gran peso: El Nacional y La Religión, tenido por el “decano” de la prensa nacional, que cumplía en 1990 un siglo de existencia.
El éxito de La Columna fue un triunfo de Maracaibo, y muy principalmente de la Escuela de Comunicación Social de la Universidad del Zulia. Intereses especiales forzaron la salida de su Editor Ejecutivo, y de inmediato el Banco Latino adquirió control de la operación, por la persona interpuesta del obispo auxiliar del momento, Antonio López Castillo. La circulación del periódico fue bajada artificialmente—de más de 49.000 ejemplares en febrero a 30.000 ya para julio—, en acuerdo con Panorama que permitió la penetración del Banco Latino en el capital del Banco de Maracaibo. Las nuevas autoridades presidieron el inmisericorde desmantelamiento de la plantilla de periodistas. En 1994, ambos bancos se desplomaron durante la crisis financiera de ese año y, herida de muerte, La Columna se arrastró hasta su desaparición definitiva a fines de 1999.
LEA
………
Pasión de generalidad
A María Ignacia, pluma y carácter
Desde que escuché en la voz noble de Ana Irene Méndez la idea de este coloquio que celebra los 35 años de la Facultad de Humanidades y Educación, pensé que el tema y el concepto del mismo eran la expresión de una decisión producto de cerebros inteligentes. Aquellos indican que esta Facultad, que sin la comunicación no sería una institución universitaria, quiere repensar qué comunicación necesitamos y cuál es, en consecuencia, el comunicador necesario. Que me hayan invitado, además, a disertar de primero sobre un tema que me es tan placentero, la dialéctica de lo general y lo especial, sugiere una mágica conexión: con esta tierra, con esta gente. Es un grandísimo honor para mí, un motivo de íntimo orgullo, abrir este interesantísimo coloquio de la Facultad de Humanidades y Educación. Y como eran Ana Irene y Nerio quienes me invitaban, la excitación del ego se moderaba con la suave sensación de la amistad. Fue un gesto valeroso y conmovedor de Ana Irene, que jamás olvidaré, el que fuese a buscarme a mi casa, pocos días después de que yo cesase en mis responsabilidades de Editor Ejecutivo en el Diario Metropolitano La Columna (por discrepancias con algunos eclesiásticos y un banquero), para invitarme a que hablase a sus alumnos de la Escuela de Comunicación Social, cosa que hice semanas después durante un rato cuya longitud sorprendió a los alumnos, a Ana Irene y a mí.
Es, pues, el caso de una relación amorosa entre esta Universidad y yo, a la que he venido a conversar, con ésta, seis veces al menos en los últimos cinco años. Yo debiera programar ya mi peregrinación anual a esta Meca lacustre, aunque pensándolo bien, sería estupendo para mí que la frecuencia fuese mucho mayor. La vez anterior ha sido una precursora directa de este coloquio, pues se dio en ocasión de que el Vicerrectorado Académico de la Universidad del Zulia quisiera discutir sobre la reforma de pénsum en esta casa de luz.
Yo he estado, entonces, involucrado en esta tierra en cosas de la comunicación, y he participado en ella en cosas de la educación. Es una fortuna poder estar metido en ambas, en este coloquio, al mismo tiempo.
Las dicotomías son generalmente sospechosas, pues generalmente nada que exista es ejemplo de uno solo de los polos de una dicotomía. Centralización y descentralización, como explicaba Stafford Beer—en Platform for Change—, coexisten en todo organismo biológico viable. El bien y el mal usualmente cohabitan el alma de la gente, y es difícil encontrar los tipos puros o ideales. A pesar de eso, las dicotomías son útiles modos de discutir sobre la realidad y, en el caso de una orientación generalista o especializante en los procesos formativos y profesionales, esta distinción corresponde a una verdadera disyuntiva.
Desde que García Márquez comenzara una historia por su desenlace en Crónica de una muerte anunciada, nos hemos acostumbrado a este orden inverso de las presentaciones argumentales. Comenzaré, pues, por declarar muy temprano mi preferencia personal por uno de los dos términos de la dialéctica generalista-especialista. Permítanme hacerlo a través de la relación de un cierto hallazgo pedagógico.
………
Era el año de 1975 cuando un pequeño grupo de investigadores operaba un experimento educativo, auspiciado por la Fundación Neumann, cuyo propósito ostensible era el de encontrar modos de convertir un mal aprendedor en un buen aprendedor, siguiendo la distinción de Postman y Weintgartner en La enseñanza como una actividad subversiva.
Una de las varias hipótesis del proyecto de investigación, portador del nombre código de Proyecto Lambda, era el de que el orden y método general de aproximación a la enseñanza de las distintas disciplinas tenía mucho que ver con el deplorable rendimiento promedio de los alumnos en casi cualquier universidad venezolana. Es así como uno de los miembros del equipo, profesor de Química en dos universidades caraqueñas, acometió la conducción de un curso en Termodinámica guiado por un esquema secuencial distinto del habitual que, como sabemos, consiste en empezar el primer día por el primer tema de un programa para tratarlo durante varias semanas, para pasar luego al segundo tema por varias semanas más, y así sucesivamente.
En cambio, el Dr. Juan Forster optó por exponer a sus alumnos, en menos de una semana, una visión general del campo de la Termodinámica. Esta disciplina, como toda ciencia, consiste en verdad en una media docena de conceptos clave: energía, calor, entropía, etc. Cada uno de estos conceptos genera un amplio capítulo que se despliega luego con el detalle de los especialistas. Lo que hizo el Dr. Forster, como lo había hecho yo un año antes con alumnos de la Escuela de Educación de la Universidad Central de Venezuela, fue mostrar a sus alumnos una temprana visión desde la cima, lo que permitió a éstos percibir la arquitectura del campo y entender las relaciones generales entre los conceptos fundamentales del territorio termodinámico. A continuación, readoptó el método convencional de la explicación detallada secuencial.
El hallazgo fue el siguiente: los alumnos sujetos a esta experiencia no sólo mostraron un rendimiento superior en sus calificaciones académicas en comparación con los alumnos de un curso tradicional de Termodinámica, sino que aventajaron considerablemente a estos últimos en materia de tiempo. Cuando el curso llegaba al mes de abril de 1976, sus alumnos del curso piloto llevaban una ventaja de casi dos meses sobre los alumnos del curso regular, y al mes siguiente habían concluido el programa, lo que les dio tiempo suficiente para repasar con holgura lo ya visto.
Es decir, la percepción global del campo estudiado desde el mismo inicio de la experiencia, aumentó considerablemente la eficiencia pedagógica.
Esta experiencia, junto con sesgos personales que admito, me hacen un decidido partidario de los generalistas, sin que por eso desconozca que los especialistas son necesarios y tienen un grande e indudable valor. Si yo hubiera completado la carrera de Medicina que llevé hasta la mitad, habría escogido ser un médico internista general, y seguramente opté al final por la Sociología en razón de la generalidad de este campo. Así que admito un marcado sesgo personal a favor de una formación de orientación general. Que este enfoque no es sostenible para muchos casos de carreras y profesiones, es definitivamente obvio. Pero que para el caso de la enseñanza de la Comunicación Social la estrategia adecuada es la que enfatiza la formación general, es la tesis que intentaré sustentar en lo que sigue.
………
Preguntarse hoy por el comunicador necesario, en este Coloquio de la Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad del Zulia, no debe ser un ejercicio insensible a la historia, intemporal, sin referencia o intención respecto de la época actual y de la que ya se avizora en el futuro con bastante claridad. Pienso, en cambio, que queremos inquirir por el comunicador necesario en esta bisagra de edades que viene siendo el fin de milenio que nos aloja. Por eso tiene pertinencia que establezcamos los rasgos sobresalientes de esta transición histórica, a fin de pensar acertadamente sobre la formación del comunicador necesario.
En el espacio del que dispongo destacaré solamente dos de los múltiples rasgos de la época actual, de este cierre y esta apertura de siglo y de milenio, que en particular me parecen pertinentes al dilema que se me ha encomendado comentar.
El primero de estos rasgos tiene una relación muy directa y esencial con los objetivos de una escuela de Comunicación Social, y es que estamos asistiendo a una brusca expansión del tejido nervioso societal, que no es otro que el tejido comunicacional: satélites, computadoras, módems y telefacsímiles, sensores remotos, fibras ópticas, telefonía celular, medios de almacenamiento compactos y compresión de la información.
Así como la embriología comparada muestra cómo es que el desarrollo de un sistema nervioso progresivamente cefalizado es el signo del crecimiento y humanización de la conciencia, así el desarrollo de la esfera comunicacional, a escalas inéditas de planetización, introduce toda una mutación histórica cualitativa y cuantitativamente insólita, por lo que no sé qué mosca ha llevado a Fukuyama a declarar el «fin de la historia». Ahora es cuando la historia verdaderamente comienza.
Por un lado, pues, este desarrollo de las redes de comunicación a escalas imprevistas—salvo para algunos observadores privilegiados como Pierre Teilhard de Chardin—determina una situación radicalmente nueva y exige la presencia de un comunicador que se entienda a sí mismo como miembro de una función planetaria.
Permítanme confiar a Uds. lo que creo fue la variable crucial en el éxito del Diario Metropolitano La Columna entre septiembre de 1989 y abril de 1990, lapso que especifico y acoto porque entiendo que muchas cosas cambiaron en ese periódico a partir de esa última fecha.
De todos los posibles aciertos que el equipo de proyecto tuvo, seguramente fueron las hipótesis acerca del lector de Maracaibo lo que determinó el logro alcanzado. Eran dos las hipótesis: la primera establecía que el lector de Maracaibo es un lector inteligente, que prefiere que se le eleve y no que se le chabacanice. Pero la segunda era aún más importante: y esta fue la hipótesis que nos guió a dirigirnos a ese lector en tanto ciudadano del mundo. Ya no pensar en el lector maracaibero como el eterno sojuzgado del centralismo caraqueño, sino como ciudadano del mundo, parte integral de la conciencia del mundo, responsable por el planeta entero.
En cuanto el lector de Maracaibo entrevió esa verdad, en cuanto supo que su casa era el planeta, desbordó su lealtad en favor de un periódico que lo entendía de ese modo. Eso ya es historia: entre septiembre de 1989 y febrero de 1990, La Columna pasó de una circulación de cero a una de 49.700 ejemplares diarios de circulación pagada y cuatro meses más tarde se hacía acreedor al Premio Nacional de Periodismo.
El ámbito planetario, pues, hoy en día una realidad tan pronta e inmediata como el localismo más extremo, exige un comunicador de visión y vocación universales.
…………………………..
Pero junto con este rasgo crucial de la época, observamos otro igualmente marcador. La época que nos toca habitar es singularmente difícil porque en ella se produce la crisis de tantos paradigmas que es propio hablar de toda una metamorfosis de la episteme general. Obviamente, empleamos el término paradigma en el sentido que le dio Thomas Kuhn en La estructura de las revoluciones científicas, y el concepto de episteme según la noción desarrollada por Michel Foucault en Las palabras y las cosas.
El siglo XX se inicia, en términos epistémicos, con una ruptura paradigmática en el propio año de 1900, cuando Max Planck introduce el concepto de discontinuidad de la energía calórica. A partir de allí, Einstein generaliza en 1905 la noción de quanta a todas las manifestaciones de la energía e introduce el modelo de la Relatividad, que en 1916 incluye ya una teoría de lo gravitatorio que sustituye sin destruirlo al esquema newtoniano; en 1921 Ludwig Wittgenstein busca establecer los límites del pensamiento mismo; en 1927 Werner Heisenberg postula su Principio de Indeterminación; en 1931 Kurt Gödel anuncia a los matemáticos que más allá de cierto punto de riqueza semántica un sistema matemático será forzosamente inconsistente.
Esta revolución en la Física continúa vigente, como siguen en despliegue asombroso los nuevos ríos epistémicos de la Biología: la Genética como ingeniería, la Ecología.
Y lo mismo ocurre en las ciencias de la acción humana, como la Política, y más allá de cada una de estas disciplinas la ciencia de lo complejo, de lo caótico, produce verdaderas rupturas y reacomodos de la episteme: el contenido total de lo pensable por esta época.
Es así como estamos asistiendo, Sr. Fukuyama, a una nueva época, a una nueva edad de la historia. Cuando aprendíamos historia universal en la escuela primaria nos enseñaban a dividirla en dos eras, la prehistórica y la histórica, y a dividir a la vez a ésta en cuatro edades: Antigua, Media, Moderna, Contemporánea. Pues bien, es tiempo de que tomemos conciencia de que estamos, no ya cerrando un siglo, no ya cerrando un milenio y abriendo otro, sino en el mismo comienzo de una nueva edad de la historia, la que me atreveré, en este auditorio de la Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad del Zulia, a bautizar con un nombre: la Edad Compleja.
Ante esta vastísima e intrincada metamorfosis no hay mejor o más inteligente estrategia que la búsqueda de una formación general más rica y avanzada, más modernamente orientada, que la que obtiene el venezolano que cursa los estudios de bachillerato. Intentar dominar esa transformación desde una profesionalización excesivamente temprana, a partir de la base clásica que determinan los actuales programas de educación secundaria en Venezuela, es una tarea imposible.
Nuestro bachiller, nuestro mejor bachiller, es una cabeza clásica, formada en la física de Newton, detenida en el tiempo histórico del siglo XIX. El énfasis es puesto en lo canónico, en lo clásico, en el pensamiento antiguo. Se privilegia a Platón, a Hobbes, a Dalton, a Darwin, mientras se regatea la noticia sobre Einstein, Gell-Mann, Mandelbrot o Prigogine.
Es preciso impartir instrucción sobre el trabajo de los más recientes pensadores, y si en algún caso esto es más necesario es en el caso de la formación del comunicador social. Naturalmente, el adiestramiento en las más modernas herramientas de la comunicación es tarea imprescindible. No es correcto graduar comunicadores de la prehistoria informática. Pero tal vez sea más esencial, junto con la enseñanza del análisis textual y la redacción y la edición, junto con la información sobre los medios—que ahora se confunden y solapan en el concepto de multimedia—programar una educación intensa y general del estudiante en el borde mismo de la episteme actual.
Esta es una misión que debiera cumplir el sistema de educación superior, no una escuela de Comunicación Social. Pero nuestras universidades están estructuradas de forma tal que lo que enseñan—en la mayoría de los casos—es una profesión que ha dejado atrás, a la responsabilidad de la educación media, esa formación general.
Tal vez, entonces, una escuela como la Escuela de Comunicación Social de la Universidad del Zulia pueda acometer un reacomodo de su pénsum de estudios que sirva de modelo al resto de la Universidad, tomando sobre sí una responsabilidad que, en principio, no corresponde a una escuela de profesionalización. En ese caso, las estrategias de compresión y aceleración de la formación general serían muy útiles. Un diseño mínimo comprendería una cátedra de estudios generales a lo largo de la carrera, junto con un programa de formación de profesores de la Escuela con una óptica generalista, que en todo caso siempre sería necesario. Mi recomendación precisa se restringiría, entonces, a la incepción de este programa de actualización o formación de profesores. Con unos profesores actualizados en la episteme de este fin de siglo sería más productivo un debate interno acerca de la reforma del pénsum de Comunicación Social, así como fluiría más naturalmente, insertado en cada instancia particular, en cada materia y actividad de la carrera, el “bachillerato superior” que nos está haciendo falta.
Que esto es posible dentro de la Escuela de Comunicación Social, dentro de esta Facultad de Humanidades y Educación que ha arribado a su trigésimo quinto aniversario, es acto de fe que ofrezco junto con mi entera disposición a contribuir a su conversión en realidad.
Luis Enrique Alcalá
___________________________________________________________
por Luis Enrique Alcalá | Sep 30, 2008 | Fichas, Política |

LEA, por favor
El jueves de la semana pasada, el #304 de la Carta Semanal de doctorpolítico hizo referencia a un trabajo de 1993—The Robustness of Bubbles and Crashes in Experimental Stock Markets—en un párrafo que decía: “Ha explotado una pompa especulativa de proporciones titánicas, pero es que la formación de burbujas parece ser consustancial al funcionamiento de los mercados de capital. Incluso en ‘mercados experimentales’—juegos de simulación con participantes de alguna sofisticación—en los que se elimine la especulación y esté ausente el exceso de confianza, emergen espontáneamente las burbujas, definidas como discrepancias injustificables entre el valor de mercado y el valor intrínseco de las cosas. Se trata de sistemas complejos, que ni pueden ser regulados por control central ni parecen poder escapar a crisis caóticas cada cierto tiempo”.
En otras ocasiones se ha recordado acá un artículo de Per Bak (un científico danés fallecido en 2002) y Kan Chen (uno de sus estudiantes de postgrado) en el número de enero de 1991 de la estupenda revista Scientific American: Self-Organized Criticality. Por ejemplo, en la Carta Semanal #245 (12 de julio de 2007), se lo comentaba así: “Los grupos humanos, como los ríos y las montañas, como la población de huracanes y la de terremotos, también son asiento de episodios caóticos de pequeña, mediana y gran magnitud. Y también pueden ser expuestos a tensiones que agraven la intensidad de esos episodios… Es posible un desastre, ciertamente, pero pareciera que el Creador se ha compadecido de la vida, y preformado el mundo de modo que las calamidades más grandes sean escasas. Si no fuesen las cosas de ese modo las empresas de seguros no podrían existir. Hay tragedias, sin duda, unas cuantas muy graves, pero a su terrible efecto termina superponiéndose la robustez de la autorganización de los sistemas complejos, como el de la especie humana. Por tanto, la apuesta más razonable es a un futuro de mayor racionalidad o sabiduría política”.
En el sumario del artículo de Bak y Chen, la revista pone: “Los sistemas interactivos de gran tamaño se organizan perpetuamente a sí mismos hasta un estado crítico, en el que un evento menor comienza una reacción en cadena que puede conducir a una catástrofe… Sistemas tan grandes y complicados como la corteza terrestre, el mercado de valores y el ecosistema pueden colapsar no sólo por la fuerza de un golpe poderoso, sino también a la caída de un alfiler”.
Naturalmente, estas nociones son útiles a la hora de comprender lo acaecido ayer en la Bolsa de Valores de Nueva York. Por eso, esta Ficha Semana #214 de doctorpolítico consiste de los más pedagógicos fragmentos, traducidos al español, del artículo de Bak y Chen. El tema será retomado, con más amplitud, en la Carta Semanal #305 de pasado mañana, en un intento por arribar a conclusiones serenas. LEA
…
Teoría de avalanchas
Criticalidad autorganizada: muchos sistemas compuestos evolucionan hasta un estado crítico en el que un evento menor comienza una reacción en cadena que puede afectar a un número indeterminado de elementos en el sistema.
Aunque los sistemas compuestos producen más eventos menores que catástrofes, las reacciones en cadena de todos los tamaños son una parte integral de su dinámica. De acuerdo con la teoría, el mecanismo que conduce a los eventos menores es el mismo que conduce a los eventos mayores. Más aún, los sistemas compuestos nunca alcanzan el equilibrio, sino que evolucionan de un estado metaestable* al próximo.
La criticalidad autorganizada es una teoría holística: los aspectos globales, tales como las proporciones relativas de eventos grandes y pequeños, no dependen de los mecanismos microscópicos. En consecuencia, los rasgos globales del sistema no pueden ser entendidos mediante el análisis de sus partes por separado.
………
Un sistema engañosamente simple sirve de paradigma a la criticalidad autorganizada: una pila de arena. Algunos investigadores han simulado la dinámica de las pilas de arena mediante programas de computador; otros, tales como Glenn A. Held y sus colegas en el Centro de Investigaciones Thomas J. Watson de IBM, han realizado experimentos. Tanto los modelos como los experimentos revelan los mismos aspectos.
Held y sus colaboradores diseñaron un aparato que vierte arena suave y uniformemente, un grano a la vez, sobre una superficie plana circular. Al comienzo, los granos permanecen cerca de la posición donde cayeron. Pronto descansan los unos sobre los otros, creando una pila de pendiente suave. De vez en cuando, cuando la pendiente se hace demasiado empinada en alguna zona de la pila, los granos resbalan hacia abajo, causando una pequeña avalancha. A medida que se añade más arena y se empina más la pendiente de la pila, aumenta el tamaño de la avalancha promedio. Algunos granos comienzan a caer fuera del borde de la superficie circular. La pila deja de crecer cuando la cantidad de arena añadida es compensada, en promedio, por la cantidad de arena que rebasa el borde. En ese punto, el sistema ha alcanzado el estado crítico.
Cuando se añade un grano de arena a una pila en estado crítico, puede iniciar una avalancha de cualquier tamaño, incluyendo un evento “catastrófico”. Pero la mayor parte del tiempo, el grano caerá sin que ocurra una avalancha. Hemos encontrado que aun las más grandes avalanchas involucran sólo a una pequeña proporción de granos de la pila y, por consiguiente, incluso los eventos catastróficos no pueden causar que la pendiente de la pila se desvíe significativamente de la pendiente crítica.
Un avalancha es un tipo de reacción en cadena, o proceso de ramificación. Al comienzo de una avalancha, un solo grano de arena resbala por la pendiente a causa de cierta inestabilidad en la superficie de la pila. El grano se detendrá sólo si cae en una posición estable; de lo contrario, continuará cayendo. Si golpea granos casi inestables, hará que ellos caigan. A medida que el proceso continúa, cada grano en movimiento puede detenerse o seguir cayendo, y puede hacer que otros granos caigan. El proceso cesará cuando todas las partículas activas se hayan detenido o se hayan movido fuera de la pila.
La pila mantiene una altura y pendiente constantes porque la probabilidad de que la actividad muera está compensada en promedio por la probabilidad de que la actividad se ramifique. Así, la reacción en cadena mantiene un estado crítico.
Si la forma de la pila es tal que la pendiente sea menor que el valor crítico—el estado subcrítico—entonces las avalanchas serán menores que las que produce el estado crítico. Una pila subcrítica crece hasta que alcanza el estado crítico. Si la pendiente es mayor que el valor crítico—el estado supercrítico—entonces las avalanchas serán mucho más grandes que las generadas por el estado crítico. Una pila supercrítica colapsará hasta que alcance el estado crítico. Tanto la pila subcrítica como la supercrítica son naturalmente atraídas hacia el estado crítico.
La pila de arena tiene dos rasgos aparentemente incongruentes: el sistema es inestable en muchos sitios diferentes; sin embargo, el estado crítico es absolutamente robusto. Por un lado, algunos rasgos específicos, como las configuraciones locales de arena, cambian a cada momento a causa de las avalanchas. Por el otro, las propiedades estadísticas, tales como la distribución del tamaño de las avalanchas, permanecen esencialmente las mismas.
Un observador que estudie un área específica de una pila puede fácilmente identificar los mecanismos que hacen que la arena caiga, y podría incluso predecir si ocurrirán avalanchas en el futuro próximo. Sin embargo, para un observador local las avalanchas grandes serían en gran medida impredecibles**, puesto que son consecuencia de la historia total de la pila entera. Sin importar cuál sea la dinámica local, las avalanchas persistirían inmisericordes con una frecuencia relativa que no puede ser alterada. La criticalidad es una propiedad global de la pila.
………
En 1956, los geólogos Beno Gutenberg y Charles F. Richter, cuya escala de Richter es famosa, descubrieron que la cantidad de terremotos de gran tamaño está relacionada con la cantidad de terremotos pequeños (la ley de Gutenberg-Richter). El número de terremotos que cada año liberan una cierta cantidad de energía E es proporcional a uno dividido por E a la potencia de b, donde el exponente b es alrededor de 1,5. El exponente b es universal en el sentido de que no depende del área geográfica particular. Por esto, los terremotos grandes son mucho más raros que los pequeños. Por ejemplo, si un área es afectada cada año por, digamos, un terremoto de energía 100 (en ciertas unidades), experimentará aproximadamente 1.000 terremotos de energía 1 cada año.
Dado que el número de terremotos pequeños está sistemáticamente relacionado con la cantidad de terremotos grandes, puede sospecharse que los eventos pequeños y grandes provienen del mismo proceso mecánico.
………
La teoría de la criticalidad autorganizada ha tenido éxito no sólo en la explicación de la evolución de los terremotos, sino también en la descripción de la distribución de los epicentros de los terremotos. Por más de una década, los estudiosos han sabido que leyes de tipo potencial pueden describir la distribución de objetos tales como montañas, nubes, galaxias y vórtices en fluidos turbulentos. El número de objetos dentro de, por caso, una esfera de radio r es proporcional a r elevada a la potencia de una constante D. Una distribución tal de objetos es llamada generalmente un fractal. Y encontramos que los fractales describen la distribución de los epicentros de los terremotos.
Aun cuando los fractales aparecen en la naturaleza, los investigadores han comenzado sólo recientemente a entender las dinámicas que crean fractales. Nosotros y nuestros colegas sugerimos que los fractales pueden ser entendidos como instantáneas de procesos críticos autorganizados.
La predicción de terremotos sigue siendo una tarea difícil. La estabilidad de la corteza terrestre parece ser bastante sensitiva a las condiciones iniciales del sistema. Algunas veces, condiciones muy lejanas del epicentro pueden afectar la evolución del terremoto.
Para evaluar la exactitud de predicciones para un sistema dinámico, uno debe conocer las condiciones iniciales con alguna precisión, así como también las reglas de la dinámica. En sistemas no caóticos, tales como la órbita de la Tierra alrededor del Sol, la incertidumbre permanece constante en el tiempo: uno puede determinar la posición de la tierra dentro de un millón de años casi con la misma precisión que puede uno saber su posición hoy.
En sistemas caóticos, una pequeña incertidumbre inicial crece exponencialmente con el tiempo. Más aún, a medida que uno intenta hacer predicciones más lejanas en el futuro, la cantidad de información que uno necesita reunir acerca de las condiciones iniciales aumenta exponencialmente con el tiempo. Básicamente, este crecimiento exponencial impide la predicción a largo plazo.
Para verificar la exactitud de las predicciones en nuestro modelo de terremotos, condujimos dos simulaciones del estado crítico. Las simulaciones difieren por una pequeña fuerza determinada al azar para cada bloque, lo que representa una pequeña incertidumbre respecto de las condiciones iniciales. Cuando corremos las dos simulaciones, la incertidumbre crece con el tiempo, pero mucho más lentamente que lo que lo hace para sistemas caóticos. La incertidumbre aumenta según una ley de tipo potencial, en vez de según una de tipo exponencial. El sistema evoluciona en el borde del caos. Este comportamiento, llamado caos débil, es un resultado de la criticalidad autorganizada.
El caos débil difiere significativamente de un comportamiento plenamente caótico. Los sistemas plenamente caóticos están caracterizados por una escala temporal más allá de la cual es imposible hacer predicciones. Los sistemas débilmente caóticos carecen de una escala temporal de esa clase y por tanto permiten predicciones a largo plazo.
En razón de encontrar que todos los sistemas críticos autorganizados son débilmente caóticos, esperamos que el caos débil sea muy común en la naturaleza. Sería verdaderamente interesante saber si la inexactitud de las predicciones de terremotos, los pronósticos económicos y los del tiempo climático, generalmente aumenta con el tiempo según una ley potencial o una ley exponencial.
………
Uno puede pensar en más exóticos ejemplos de criticalidad autorganizada. A través de la historia, las guerras y las interacciones pacíficas pueden haber dejado al mundo en un estado crítico en el que los conflictos y los disturbios sociales se diseminan como avalanchas. La criticalidad autorganizada pudiera incluso explicar cómo se propaga la información a través de las redes neurales del cerebro. No es sorprendente que las tormentas de cerebros pueden ser detonadas por eventos pequeños.
Per Bak & Kan Chen
………
* metaestable De meta- y estable. 1. adj. Fís. y Quím. Dicho de un sistema: Que se encuentra en equilibrio aparente, pero que puede cambiar a un estado más estable. (Diccionario de la Lengua Española).
** Como fue impredecible el Caracazo, por ejemplo. (Ver Los rasgos del próximo paradigma político, 1º de febrero de 1994). Ni un consejo de historiadores, formado por los más competentes de un país, conoce su historia entera.
_______________________________________________________
por Luis Enrique Alcalá | Sep 23, 2008 | Fichas, Política |

LEA, por favor
Ésta es la segunda vez que viene a la Ficha Semanal de doctorpolítico un texto de Joseph E. Stiglitz, Premio Nóbel de Economía en 2001. En esta ocasión se reproduce una sección del libro que escribiera con Andrew Charlton, académico de la Escuela de Economía de Londres. El libro (Fair Trade for All. How Trade Can Promote Development), ha sido traducido por Natalia Rodríguez Martín para la edición española de Taurus: Comercio justo para todos, 2007, de la edición de Oxford University Press en 2005.
Hace diez semanas—Ficha Semanal #203 del 15 de julio de 2008—pudimos leerle a Stiglitz: “La reacción contra la globalización obtiene su fuerza no sólo de los perjuicios ocasionados a los países en desarrollo por las políticas guiadas por la ideología, sino también por las desigualdades del sistema comercial mundial. En la actualidad—aparte de aquellos con intereses espurios que se benefician con el cierre de las puertas ante los bienes producidos por los países pobres—son pocos los que defienden la hipocresía de pretender ayudar a los países subdesarrollados obligándolos a abrir sus mercados a los bienes de los países industrializados más adelantados y al mismo tiempo protegiendo los mercados de éstos: esto hace a los ricos cada vez más ricos y a los pobres cada vez más pobres… y cada vez más enfadados”.
La sección escogida para hoy examina las causas de la llamada “década perdida” de América Latina, y forma parte del segundo capítulo de Comercio justo para todos, bajo el título “El comercio puede ser bueno para el desarrollo”. Es ilustrativo de cómo pueden ser cambiantes las opiniones de los economistas, no sólo entre ellos mismos, sino de una década a otra. Lo que en un momento es la receta estándar, es objeto de crítica y rechazo post mortem pocos años después.
Ocurrió así con la estrategia latinoamericana de sustitución de importaciones, iniciada en nuestro caso bajo el gobierno de Rómulo Betancourt y dirigida desde el Ministerio de Fomento que capitaneaba Lorenzo Fernández. Era la época del “Compre venezolano”. A comienzos de la década perdida, hacia 1982, ya se decía en Venezuela que su modelo de desarrollo estaba agotado.
El libro de Stiglitz y Charlton pone claramente de manifiesto cómo es que los países más grandes y desarrollados han intentado obtener ventajas, en desmedro de los países más débiles, de la Organización Mundial del Comercio desde la llamada Ronda de Doha, en 2001. El optimismo de esa reunión ha dado paso a la acritud. En el prólogo, los autores reportan de la subsiguiente reunión de Cancún: “También había amenazas, especialmente por parte de Estados Unidos, de abandonar este enfoque multilateral para sustituirlo por negociaciones bilaterales… Los países en desarrollo más pequeños reconocían, por su parte, que en este tipo de discusiones bilaterales su posición negociadora resultaría todavía más débil de lo que ya era en un escenario multilateral. Muchos de los acuerdos comerciales bilaterales firmados desde Cancún han demostrado que estos temores estaban justificados”.
La lectura del libro de Stiglitz y Charlton está también justificada: no sólo se trata de una argumentación convincente por un comercio con justicia, sino que fundamenta sus recomendaciones sobre una nutrida información técnica, producto del análisis riguroso de estos dos capaces profesionales.
LEA
…
Se busca década
En los años siguientes a la II Guerra Mundial, América Latina probó una estrategia económica bastante diferente a la de los países del Este asiático. Como muchos países del Tercer Mundo, varios gobiernos latinoamericanos se sintieron reconfortados por las experiencias recientes de los países más ricos. Muchos de los países que habían luchado en la II Guerra Mundial lograron, con una planificación centralizada, un crecimiento en la industria pesada al producir en masa municiones, barcos, aeronaves, maquinaria y productos químicos para la actividad bélica. Los países en desarrollo también habían presenciado el big bang de la industrialización estalinista de la Unión Soviética durante la década de 1930. La URSS experimentó una rápida acumulación de capital y tasas de crecimiento económico de dos dígitos, mientras las más liberales economías capitalistas occidentales luchaban por mantenerse a flote en la Gran Depresión. Los aparentes éxitos industriales de la planificación durante el período bélico y de la planificación económica soviética se confabularon para convencer a muchos países en desarrollo de la importancia del papel del gobierno en la gestión del proceso de industrialización.
Estas observaciones fueron respaldadas por economistas del desarrollo que creían que los problemas de los países en desarrollo eran estructurales y exigían una radical intervención del gobierno para ser superados. Arthur Lewis (1955) planteó que el desarrollo requería coordinación porque “los distintos sectores deben crecer en adecuada relación entre ellos o no crecerán en absoluto”. Propugnaba un modo de industralización que debía gestionarse de manera que ésta se produjera de forma simultánea a lo largo de muchos sectores, para lograr así un “crecimiento equilibrado”. Otros economistas combinaron esta idea con las economías de escala y llegaron a la conclusión de que sólo se podría poner fin al problema del subdesarrollo mediante un “gran impulso” (big push) de nuevas inversiones distribuidas por muchos sectores que se reforzarían mutuamente. Paul Rosenstein-Rodan (1961) sugirió que los intentos de desarrollo económico que estaban centrados demasiado estrictamente en un pequeño número de sectores se encontrarían con el problema de una demanda inadecuada, lo que en última instancia limitaría el crecimiento.
La opinión económica predominante era, por tanto, que el desarrollo económico exigía una industrialización y el avance de vigorosas industrias manufactureras y que la industrialización no ocurriría por sí sola. En esa época, la producción de los países en desarrollo consistía principalmente en productos agropecuarios. Ya que la mayoría de los productos manufacturados consumidos en estos países eran importados, llegaron a la conclusión de que el camino al éxito pasaba por fomentar que las compañías del propio país produjeran los bienes de consumo que anteriormente habían sido adquiridos en el extranjero. Como consecuencia muchos países en desarrollo se embarcaron en políticas de “sustitución de importaciones”. Se argumentó que sólo se deberían importar bienes de producción “esenciales”. De este modo no sólo se dirigirían las escasas divisas hacia donde tendrían una más alta rentabilidad social, sino que la consecuente demanda de bienes producidos localmente (porque otras importaciones estarían restringidas) promovería la industrialización. Además, solamente gracias a la protección podrían competir sus industrias con las bien establecidas firmas de Europa y Estados Unidos.
En Brasil el gobierno de Getulio Vargas estableció en 1951 un sistema de licencias de importación para dar prioridad a las importaciones de combustible y bienes de equipo. A continuación se amplió con un sistema de tipos de cambio múltiples a través del cual se introducían importaciones prioritarias en el país a un tipo favorable, mientras las importaciones de bienes que se consideraba que podrían ser producidos internamente eran castigadas con tipos de cambio más altos. Más tarde, la política comerial fue añadida al grupo cuando la Ley de Aranceles de 1957 aumentó la protección para los bienes producidos en el país. En las décadas de 1950, 1960 y 1970 países de todo el mundo, como Chile, India, Ghana, Perú, Brasil, México, Argentina, Ecuador, Pakistán, Indonesia, Nigeria, Etiopía y Zambia, entre otros, siguieron políticas parecidas de sustitución de importaciones.
Por supuesto, la idea de que estos países en vías de desarrollo deberían intentar usar políticas comerciales para promover activamente industrias en las que no son competitivos es anatema para la simple lógica de la ventaja comparativa que David Ricardo había esclarecido más de un siglo antes. La razón de que tantos países rechazaran la ventaja comparativa en el contexto de sus estrategias de desarrollo económico descansaba en la creencia imperante de que el concepto de ventaja comparativa era insuficiente porque era demasiado estático. Los países en desarrollo no querían depender de las exportaciones de productos básicos que eran compatibles con sus capacidades actuales porque consideraban que tenían limitadas perspectivas de crecimiento a largo plazo y una tendencia negativa respecto a la relación de intercambio. En su lugar, creyeron que con el tiempo se podría desarrollar la ventaja comparativa en industrias más “deseables” con ayuda de activas políticas comerciales e industriales.
Los países de América Latina crecieron rápidamente en las décadas de la sustitución de importaciones. pero luego, a comienzos de los ochenta, un país tras otro comenzó a verse en dificultades, incumplieron el pago de sus deudas y el continente entró en “la década perdida”, durante la que el crecimiento se detuvo y los ingresos por persona en la región incluso cayeron. Las tasas de crecimiento económico, que de media se habían situado en el 6 por ciento en la década de 1970, cayeron hasta casi cero en la de 1980.
El contraste entre el estancamiento económico de América Latina en los ochenta y el notable crecimiento del Sureste asiático condujo a muchos comentaristas a extraer conclusiones sobre la efectividad relativa de su políticas comerciales. No parecía que este marcado contraste entre regiones pudiera atribuirse a la dotación de recursos o a factores globales y por lo tanto parecía que las diferencias debían residir en las políticas que siguió cada región. A este respecto, muchos economistas creían que las diferencias más importantes entre los dos grupos de países residían en las políticas de integración, apertura y comercio, esto es, la sustitución de importaciones en América Latina versus la promoción de la exportación en Asia. La visión neoliberal era que el problema de América Latina se centraba en una excesiva intervención estatal en el desarrollo de las industrias nacionales, lo que provocaba que éstas fueran ineficientes y no competitivas y requiriesen demasiado gasto público, lo que en última instancia causaba una inflación galopante. El FMI y el Banco Mundial en particular se erigieron en defensores de la postura de que la sustitución de importaciones era una de las principales causas del estancamiento de los países latinoamericanos.
La sustitución de importaciones se apoyaba en la controvertida creencia de que el apoyo gubernamental a una industria de manera temporal podría fomentar el desarrollo a largo plazo, lo que a menudo se conoce como el argumento de la “industria incipiente”. Este análisis sostiene que hay un elemento dinámico en el desarrollo industrial que, al combinarse con un fallo del mercado, puede justificar una intervención temporal del gobierno. Una variante de este argumento sugiere que las empresas pueden necesitar atravesar un período inicial de aprendizaje antes de ser capaces de competir con éxito con compañías extranjeras más establecidas. Sin embargo, los críticos objetaban que si una empresa con el tiempo llega a ser rentable, entonces debería ser capaz de financiar su fase aprendizaje gracias a los mercados de capital privado (asumiendo que existan mercados de capital efectivos), y si los beneficios de este aprendizaje se quedan por completo en la compañía, entonces no existen motivos para la intervención del gobierno. Solamente alguna imperfección en el mercado de capital justifica la acción estatal e, incluso entonces, la mejor política (si está al alcance de los países en desarrollo) sería intentar mejorar dicho mercado en lugar de imponer distorsiones comerciales.
Otra vertiente de la teoría de la industria incipiente sostiene que las firmas pioneras llevan beneficios a la economía, ya que pueden invertir en proporcionar a los trabajadores nuevos conocimientos y habilidades de los que pueden aprovecharse otras compañías cuando éstos cambian de trabajo o crean sus propias empresas. O, de manera alternativa, las compañías pioneras pueden generar nuevos conocimientos que se conviertan en bienes públicos a disposición de las siguientes empresas. Sin embargo, el argumento de la industria incipiente fue criticado por Robert Baldwin (1969), quien sostenía que, incluso cuando existen imperfecciones del mercado, la protección temporal a la industria podría ser inútil. Podría no generar un incentivo para que las empresas adquirieran más conocimientos de los que adquirirían en caso contrario. Además, al subvencionar la producción nacional, la protección a la industria incipiente podría animar a las empresas que entren posteriormente en el mercado a adelantar sus inversiones, lo que en realidad podría dejar en aún peor situación a la empresa pionera. Baldwin mostró cómo algunos de los simplistas argumentos contra el libre comercio eran defectuosos teóricamente, pero, como el posterior debate pone en evidencia, hay argumentos convincentes que han permanecido.
Sin embargo, una alternativa a la visión neoliberal sostiene que el fracaso de América Latina tuvo menos que ver con la sustitución de importaciones que con factores exógenos independientes de las políticas nacionales. Los efectos combinados de una recesión global y la respuesta política de los países desarrollados tuvieron un efecto nocivo en la región. Según el South Centre (1966) los países latinoamericanos experimentaron simultáneamente cuatro tipos de shock: “un shock de la demanda de las exportaciones en los países en desarrollo; la subsiguiente caída en los precios de los productos básicos y shock en la relación de intercambio; un shock en el tipo de interés y un shock en la oferta de capital”.
Esta visión alternativa culpa por la década perdida no tanto a la estrategia de sustitución de importaciones como a las políticas respecto a la deuda de los países de América Latina combinadas con unas desafortunadas circunstancias globales. Estos países pidieron fuertes préstamos durante la década de 1970, lo que les permitió evitar la recesión global que siguió al shock de los precios del petróleo. Pero hacia el final de la década la deuda externa de la región se había disparado y los pagos del servicio de la deuda alcanzaron los 33.000 millones de dólares por año—casi un tercio de las ganancias por exportaciones de la región—. Los países de América Latina no tuvieron más remedio que asumir el riesgo de la fluctuación de los tipos de interés; cuando la Reserva Federal de Estados Unidos los subió hasta niveles sin precedentes, muchos países se vieron empujados al abismo. Entre las evidencias que apoyan esta interpretación está el hecho de que todos estos países, tanto aquellos en los que había problemas relativamente grandes con el programa de sustitución de importaciones como en los que éstos no existían, acabaron en bancarrota, y prácticamente al mismo tiempo, poco después del aumento de los tipos de interés en Estados Unidos. Si el problema subyacente hubiera sido la estrategia de sustitución de importaciones, entonces presumiblemente la evolución de esa estrategia habría tenido lugar de manera diferente en los diferentes países. Y sin embargo, ni un solo país latinoamericano experimentó mucho crecimiento durante la década de 1980, independientemente de las diferencias de sus políticas.
Esta visión alternativa sugiere que fueron los abiertos mercados de capitales de América Latina, más que su relativamente cerrada política comercial, los que condujeron a la década perdida. En la década de 1970 los países latinoamericanos disponían de los mercados de capital más abiertos del mundo desarrollado, lo que se evidencia por su alta proporción de flujos globales de inversión extranjera directa. En términos de liberalización financiera, América Latina era mucho más abierta que el Sureste asiático, donde los controles sobre el flujo de capital extranjero eran estrictos. La dependencia de América Latina de los flujos de capital extranjero e inversión extranjera directa es lo que la hizo particularmente vulnerable a los shocks de la economía global.
De este modo, así como existen interpretaciones alternativas sobre el papel de las políticas comerciales e industriales en el éxito del Este asiático, también hay opiniones alternativas sobre el papel de las políticas comerciales e industriales en el fracaso de América Latina. Es cierto que las políticas de sustitución de importaciones estaban lejos de ser perfectas y hubo algunas malas inversiones y cierta corrupción. Pero lo que América Latina y el Esta asiático mostraron es que el proceso de una liberalización exitosa es considerablemente más complejo de lo que podría sugerir el neoliberal Consenso de Washington. Los países asiáticos siguieron complejas políticas de desarrollo económico que combinaron la intervención gubernamental con la promoción de las exportaciones y el control de la calidad y volumen de las entradas de capital. Es más, dispusieron la secuencia en la que se producía la liberalización y prestaron atención a la política social, incluyendo educación y equidad, además de invertir fuertemente en infraestructura y tecnología.
Joseph E. Stiglitz – Andrew Charlton
por Luis Enrique Alcalá | Sep 16, 2008 | Fichas, Política |

LEA, por favor
En una entrevista que le hiciera para Todo en Domingo, Laura Helena Castillo le dijo: “Es evidente que tiene usted una muy buena relación con la palabra escrita”. Alberto Barrera Tyszka, además, mejora esa relación con el tiempo. Hace dos días su palabra escrita dijo, en el fondo, una sola cosa simple y poderosa: que la muerte no es cosa de juego. Es su artículo del pasado domingo, en Siete Días del diario El Nacional, y por su gentileza al permitirlo, la Ficha Semanal #212 de doctorpolítico.
Barrera se lee, naturalmente, como novelista—en La enfermedad (Premio Herralde 2006), o También el corazón es un descuido—, como poeta—en Tal vez el frío, por ejemplo—, como biógrafo político—en Chávez sin uniforme, acompañado de Cristina Marcano—y más frecuentemente como articulista o cronista en las páginas de El Nacional. De las piezas que escribe cada semana la superficialidad está ausente, y siempre, en cambio, está presente en ellas la originalidad y frescura del enfoque.
El fenómeno es extraño, porque lo original de sus textos es, una vez leídos, absolutamente obvio y natural. Sus artículos, que no siendo convencionales tampoco rebuscan en pose de elegancia palabras de uso infrecuente, tienen la belleza simple de una partida de Capablanca, para más de un entendido el más grande de los ajedrecistas. Uno cree haber pensado antes lo que acaba de leerle, o por lo menos que pudiera haberlo hecho; uno cree que pudiera haber escrito uno mismo algún artículo suyo. Bueno, sí; como Pierre Menard, después de haberlo leído de la pluma de Barrera. Es decir, Barrera escribe por nosotros.
Lo que leímos anteayer, de título monosilábico—¡Pun!—cercano a uno de Knut Hamsun, tiene esa verdad que es universal porque todos, o casi todos, la guardamos dentro: que la guerra no tiene nada de divertida, salvo para gente muy, muy enferma, y Barrera sabe de enfermedad.
Él recuerda al Presidente de la República festejando juguetes de muerte. La memoria puede ir más atrás: hace ya dieciséis años de que ese individuo irrumpiera en el proscenio de nuestra política con balas y cadáveres. Desde entonces, no ha cesado nunca de vendernos la guerra. El role model que nos impone es el de matador. Acaba de declarar pomposamente que él daría su vida por Bolivia, y desde este país le han dicho que no la necesitan. Otros, bajo su mando, la dieron por él en una madrugada de febrero; él no la dio siquiera por Venezuela. ¿Con qué valor la ofrece ahora, entrometido que resiente la más mínima opinión extranjera sobre su gobierno, sabiendo perfectamente que jamás la pondrá en riesgo? Lo más cerca que Hugo Chávez estará de pelear en tierra boliviana será ponerse una franela del Che Guevara, que murió en ella. No existe la menor posibilidad logística de que un solo batallón venezolano llegue a Santa Cruz, y por eso la teatral oferta no pasa de ser una baladronada. Aunque la hubiera, habría que ver quiénes entre nuestros soldados obedecerían la alocada orden de ir a disparar en Pando.
Pero, sin arriesgarse, protegido por chalecos antibalas y círculo tras círculo de guardaespaldas, siembra el país con mortal semilla. Barrera, por todos nosotros, le ha dicho que esto no tiene la menor gracia.
LEA
…
Barrera de paso
Cuando el Presidente de mi país bromea diciendo que, al ir a Cuba en un avión Sukhoi, pasará “rozando Miami”, se me cuela adentro una melancolía enorme, espesa. No me hace ninguna gracia el comentario.
No me dan risa las maniobras militares rusas. Como tampoco me parecen jocosos los movimientos de la Armada estadounidense en las aguas del Caribe. Cuando el presidente Chávez hace algún chiste con misiles, cuando pretende convocar risotadas a cuenta de hundir submarinos y atacar portaaviones, yo sólo siento un vacío, sólo tengo ganas de salir corriendo a abrazar a mis hijas. ¿Cómo a alguien le puede parecer divertida una guerra? En ese testimonio narrativo colosal llamado Vida y destino, Vasili Grossman ofrece uno de los retratos más brutales que se han escrito sobre la guerra: esa noria avasallante, voraz, desbordada, sin otra lógica que la destrucción. En las múltiples historias que van tejiendo la novela, respira siempre una misma reiteración: la gente no necesita la guerra.
No la busca. No la desea. Los Estados, sí. Ahí se organizan las masas, las batallas. Desde ahí se distribuye esa locura que convierte en víctimas incluso a sus propios militantes. Se trata –según afirma Grossman– de un “éxtasis ante su propia superioridad. El Estado genial, sin defectos, que menosprecia a todos los que no se le parecen”.
¿Hace cuánto ya que nos acostumbramos a vivir así? La amenaza bélica, entre nosotros, es tan común como los reinados de belleza. La guerra se apropió primero del lenguaje y, desde entonces, habita entre nosotros. Salta en nuestras lenguas, da vueltas en nuestros oídos, ocupa todos los lugares. Suena. El lenguaje también es una estadística. Desde hace tiempo, matar y morir son verbos mucho más frecuentes entre nosotros. La épica que no existe en la historia ya está instalada en las palabras. Poco a poco, el nuevo Estado nos ha impuesto su lenguaje militar.
Todo parece formar parte de un dispositivo perverso que lentamente ha involucrado a la sociedad. No hay manera de escapar. Vivimos entre minas.
Todo el tiempo alerta. Nada es confiable. Nada es totalmente realidad o fantasía. ¿Trataron o no trataron de matar a Chávez alguna vez? ¿Lo están intentando todavía? ¿Qué pasó con nuestra relación con las FARC? ¿Los gringos, en realidad, están planeando una invasión? ¿Qué ocurrió en verdad el 11 de abril de 2002? ¿Cuántos cubanos hay en Venezuela? ¿La milicia es un ejército particular o una pandilla de inútiles mofletudos? ¿Cuántas armas hay ahora en el país? ¿Quién mató a Danilo Anderson?… No creas en nada. No confíes en nadie. Nada es verdad. Ni siquiera los muertos.
Tanta incertidumbre, sin duda, tiene mucho de clima bélico. Así estamos. Aun en esta nueva bonanza petrolera, en este revival bolivariano de la Venezuela saudita del primer Carlos Andrés Pérez.
No importa. Aun en medio de esta fiesta, los mensajes sociales que se proponen legitiman cada vez más la violencia. La derecha radical busca, a tientas, una gesta infame, cree todavía que con un solo golpe se cosen los agujeros de la historia.
El presidente Chávez, por su lado, insiste en la promoción de un sentido militar que se imponga sobre la vida civil, incluso política. “Pulverícenlo”, le ordenó a su hermano, en un acto esta semana, aludiendo a un candidato de la oposición en el estado Barinas.
Quien pondere toda esta situación y se asome a las cifras del gasto armamentista del Gobierno en los últimos años, tal vez concluya que, paradójicamente, a medida que avanza el siglo XXI, cada vez estamos más lejos del socialismo del siglo XXI. Es probable, además, que cada vez también estemos más lejos de los programas sociales, de la utopía de mejorar nuestra calidad de vida.
El Estado militar ocupa el horizonte.
Yo todavía recuerdo la imagen del Presidente de mi país con un fusil al hombro, bromeando, celebrando la compra de 100.000 fusiles rusos. Era un domingo, estaba feliz en su programa semanal. “Gringo que se meta por una quebradita –dijo Chávez, sin soltar el arma, parodiando a un francotirador–: ¡Pun!”, agregó sonriendo, acompañando con el gesto y la expresión el sonido de un balazo invisible dirigido hacia cualquier parte del paisaje. Tampoco entonces me pareció gracioso ese ¡pun! Tampoco ahora, cuando el Estado pretende participar de manera militar en los conflictos internacionales. La experiencia bélica cada vez es más acción, cada vez está más cerca. Ese ¡pun! no va al paisaje. Está dirigido a nosotros, a todos los venezolanos ¿A quién carajo le parece divertida una guerra?
Alberto Barrera Tyszka
por Luis Enrique Alcalá | Sep 9, 2008 | Fichas, Política |

LEA, por favor
El XXXV Congreso Federal del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), con el tema “El impulso necesario” y celebrado en Madrid en julio de 2000, marcó el ascenso de José Luis Rodríguez Zapatero, actual Presidente de España, al liderazgo máximo del partido de Felipe González. Fue este último, por supuesto, quien causara un viraje de los socialistas hacia una posición centrista. Elegido Secretario General del PSOE en el exilio (XXVI Congreso), González es reconfirmado en el cargo por el siguiente congreso, el primero que celebrara el partido en territorio patrio (Madrid, diciembre de 1976) desde el término de la Guerra Civil Española. El lema de este congreso ya prefiguraba el cambio de posición, pues se apresuraba a proclamar: “Socialismo es libertad”. Tres años después (mayo de 1979) el XXVIII Congreso rechazaba una proposición de Felipe González: que el partido abandonara su definición marxista. González dimitió, pero por poco tiempo. A los cuatro meses un congreso extraordinario del PSOE abandonaba el marxismo como ideología oficial, aunque declaraba preservarlo como herramienta analítica, y González era reinstalado en la Secretaría General.
Exactamente eso había hecho ya Acción Democrática en Venezuela, a la caída del régimen perezjimenista. En los documentos oficiales de la Secretaría de Doctrina de AD, comandada por Domingo Alberto Rangel, se leía por entonces la siguiente definición: “Acción Democrática es un partido marxista”. Pocas líneas más abajo, no obstante, se encontraba la misma aclaratoria de los españoles: que lo de marxista se refería sólo al empleo del método de Marx para el análisis del devenir histórico. Las dictaduras feroces tienden a producir el exorcismo de los demonios marxistas, y los partidos socialistas, antaño radicales, regresan a la política bastante atemperados. Además de los casos de España tras la muerte de Francisco Franco y de Venezuela una vez exiliado Pérez Jiménez, en Chile ocurrió eso luego de Pinochet, como pueden atestiguar las presidencias de Ricardo Lagos y Michelle Bachelet y la nueva formación política Chile Primero, presidida por Fernando Flores, antiguo ministro de Salvador Allende, cuyo manifiesto fundacional pudiera ser tenido por “social-liberal”. (Puede descargarse el manifiesto de la siguiente dirección: http://www.chileprimero.cl/content/view/33796).
En esta Ficha Semanal #211 de doctorpolítico se reproduce el “Manifiesto de Nueva Vía”, el documento base del XXXV Congreso del PSOE. Se había puesto de moda—de nuevo, puesto que así se definió tempranamente el socialcristianismo—la noción de una “tercera vía” entre el socialismo y el liberalismo con el empleo que de ella hacía Tony Blair en Inglaterra, y hasta Hugo Chávez decía estar inscrito en esa orientación, antes de regresar a sus querencias socialistas.
La retórica del manifiesto es típica: llena de vaguedades, deja la mayor parte de sus formulaciones como mera enunciación de tareas por hacer, y marca con profusión de adjetivos los pocos sustantivos que significan lo que cualquiera decida leer en ellos. Adelantándose a la “revolución bolivariana”, llega a referirse a las políticas de cambio como motores, de modo que la originalidad de la retórica chavista es escasa.
En general, los partidos socialistas en el planeta, con excepciones como la venezolana, han ido dejando de lado lo ideológico para hacerse más pragmáticos. No tardará mucho tiempo para que este regreso a la sensatez se produzca en Venezuela.
LEA
…
Nueva vía
El XXXV Congreso del PSOE constituye un hecho de gran trascendencia para la izquierda de nuestro país y, en general, para la sociedad española. Por ello, no debe ser uno más. De él tiene que salir una nueva política que impulse la recuperación social y electoral de nuestro partido, representada por una nueva dirección orgánica y un cambio en los métodos de trabajo. El Congreso será un éxito si ponemos las ideas y el proyecto político en el centro de nuestras discusiones y así lo percibe la Sociedad española.
Los socialistas hemos defendido siempre opciones de libertad y progreso. Desde su fundación, el PSOE ha sido una referencia social básica en España. Muchas de las mejores páginas de nuestra historia contemporánea llevan la impronta de propuestas socialistas y quienes las protagonizaron, con apoyo de los ciudadanos, representaban al PSOE. Pero, sin duda, hemos cometido también errores que nos han hecho perder apoyo electoral.
Todo ello hace que nuestro Partido sea un patrimonio colectivo que no pertenece sólo a sus militantes. Por eso los socialistas debemos asumir en este Congreso nuestra responsabilidad ante los ciudadanos.
Desde nuestra fundación, la pasión por la libertad, la igualdad, la solidaridad y el avance social, han sido nuestras señas de identidad. Nuestros mejores momentos coinciden con aquellos en los cuales el debate sobre las ideas apasionó a los militantes permitiendo, con coraje político, marcar nuevos objetivos de futuro, interpretando con claridad las aspiraciones sociales mayoritarias.
Tras el resultado del 12 de marzo pasado el PSOE debe comenzar una nueva etapa a través de una vía que defina el proyecto para un nuevo socialismo, proyecto que nos permita recibir, otra vez, el apoyo mayoritario de los ciudadanos y las ciudadanas.
A comienzos del siglo XXI, las razones que unen a los ciudadanos en sociedad, el propio concepto de ésta en un mundo globalizado, los conflictos a los que nos hemos de enfrentar y, a menudo, nos dividen, son distintos a los de hace unas décadas o, cuanto menos, se perciben de manera diferente. Por ello, nuestro proyecto exige una nueva formulación para liderar los cambios sociales, con capacidad y fuerza suficiente para que el momento histórico que se avecina, marcado por la revolución tecnológica, no deje a España, como tantas veces ha ocurrido en nuestra historia, en una posición de retraso que nos costará mucho superar. Pero, además, esa nueva sociedad que se abre camino de manera vertiginosa, debe estar al servicio de un nuevo proceso de igualdad y de una nueva dimensión del concepto de ciudadanía, que implique la ampliación de los derechos fundamentales y sociales y de las libertades públicas.
Ofrecer a la sociedad un proyecto de futuro para España, a partir de la integración de un nuevo bloque social dinámico, debe ser el compromiso del XXXV Congreso Federal.
Este nuevo proyecto exige, para ser creíble, además de un acertado análisis de la realidad social, una gran valentía intelectual y moral. Hoy, más que nunca, es preciso que lo que pensamos y decimos se parezca a nosotros mismos, a nuestra forma de ver la vida, a nuestro talante y estilo de ser y de actuar en política.
El PSOE tiene que comprometerse con un nuevo estilo de hacer política, que cuente más con la gente y estimule su participación, que busque formas de integración imaginativas, que refuerce la cohesión, antes que la indiferencia o el enfrentamiento, que abra posibilidades efectivas de realización personal. Ampliar las fronteras de la democracia, facilitando la participación de los afectados en la resolución de sus problemas y llevando los principios de la igualdad y la responsabilidad a la vida cotidiana, es nuestro objetivo.
El PSOE está en condiciones de ofrecer a los españoles y españolas un proyecto fundado en una serie de ejes básicos que identifiquen la nueva vía.
La libertad es, sin duda, el valor distintivo más relevante de nuestra tradición histórica y la aspiración más ampliamente sentida por la sociedad y los progresistas. Crear condiciones para la libertad de todos y cada uno de los ciudadanos exige cambios en los ámbitos económico, social, cultural y en las instituciones políticas.
La idea moderna de libertad es, afortunadamente, un concepto mucho más rico y utópico que las concepciones clásicas, que con más o menos convicción, han abrazado distintas corrientes políticas.
Ayer decíamos socialismo es libertad. Hoy podemos decir que el nuevo socialismo es la libertad en su sentido más amplio y profundo. Porque es evidente que la libertad exige condiciones desde la igualdad, a través del compromiso colectivo e individual. Un compromiso que puede desarrollarse desde la iniciativa pública o desde la iniciativa social, los emprendedores sociales, y que ha de tener a la formación y capacitación de cada persona como eje determinante de las propuestas políticas. Educación que no será suficiente si atiende sólo a los criterios tradiciones de extensión y acumulación de conocimientos; es preciso formar para emprender, educar para desplegar la capacidad de iniciativa de todos los ciudadanos y ciudadanas.
El objetivo de una política progresista hoy es hacer posible que los ciudadanos sean capaces de llevar a cabo su proyecto personal de vida en una sociedad democrática, solidaria y respetuosa con la diversidad. Eso significa lograr que cada cuál pueda aportar según sus capacidades y que todos tengan aseguradas unas necesidades básicas sin las cuales no hay verdadera libertad de opción.
Para lograr que la nueva sociedad permita poner en valor el potencial de todos los individuos en la perspectiva de la libertad y la igualdad, es preciso abordar nuevas iniciativas.
Hay ciudadanos que con sus propios medios van a poder aprovechar las oportunidades que ofrece el mundo que vivimos, y asegurarse en lo posible de los riesgos e incertidumbres que conlleva. Pero sólo unos pocos. Si queremos que nadie se quede atrás ni en el desarrollo de sus capacidades, ni en la atención a sus necesidades, hace falta una acción pública conscientemente dirigida a ese fin.
Nuestro País necesita un intenso y sostenido proceso de reformas políticas que sitúen al conjunto de instituciones y poderes del Estado al servicio de una sociedad intensamente dinámica y que reclama con insistencia una corresponsabilidad en la toma de decisiones. La sociedad española avanza a un ritmo más acelerado de creatividad que sus Instituciones y fuerzas políticas. Reinventar el Gobierno y el modelo de Administración vigente para responder a ese desafío, es un objetivo básico para los socialistas.
Por ello hay que mejorar la calidad en la prestación de los servicios públicos y articular las intervenciones del Sector Público a partir de los siguientes tres principios: el Estado tiene la obligación de ayudar a los ciudadanos, pero debe hacerlo estimulando la responsabilidad individual de quien recibe dicha ayuda. Tiene la responsabilidad de mejorar la eficiencia productiva y el funcionamiento de los mercados en un marco competitivo que beneficie a los usuarios y consumidores. Y tiene, también, la obligación de asegurar la cobertura de las necesidades sociales básicas de manera equitativa para todos, con independencia de sus niveles de renta.
Ayudar al que puede a desarrollar y utilizar sus capacidades, exigiéndole que sepa aprovechar dicha ayuda, es una característica fundamental del nuevo estilo de hacer política que proponemos. Todos aquellos que tienen una idea, un proyecto social o capacidad de trabajo deben ser aprovechados por la sociedad sin que la falta de recursos, medios o atención, pueda significar un freno a su iniciativa.
Es responsabilidad pública apoyar aquellos proyectos con posibilidad de aportar a la comunidad más de lo que cuesta dicha inversión, convirtiendo las políticas de apoyo en motores activos de cambio individual y social. Y es responsabilidad de quienes reciben dicha ayuda hacer un uso adecuado y provechoso de la misma.
Este planteamiento de responsabilidades compartidas requiere una administración capaz de individualizar sus políticas.
España necesita un amplio proceso de modernización económica. No es posible retrasar por más tiempo la aplicación de normas y garantías que fomenten una competencia real y eviten la concentración de poder económico y mediático que tanto perjudica al bienestar de los ciudadanos y a la propia calidad de nuestra democracia.
Los procesos de liberalización recientes no han beneficiado a los consumidores de manera suficiente. A menudo, y especialmente en los últimos cuatro años, los grupos económicos que controlan los sectores productivos, se han apropiado de parte de estos beneficios mediante una concentración de poder oligárquico que es urgente desmontar. Tenemos el convencimiento de que todo monopolio, público o privado, desprotege a los usuarios, perjudica la libertad de elección del consumidor, la calidad del servicio y su precio.
De otro lado, el desarrollo de las nuevas tecnologías, su extensión territorial y social, garantizada por los poderes públicos, constituyen un requisito imprescindible para ganar el futuro, evitando que su implantación genere desigualdades.
La sociedad española necesita también políticas de modernización en el ámbito de las infraestructuras del transporte y del medio ambiente. Modernizar nuestras infraestructuras es condición necesaria, aunque no suficiente, para que todos los territorios gocen de las mismas oportunidades para el desarrollo de sus actividades económicas. Es preocupante observar cómo el desarrollo económico y social no llega de forma uniforme a toda España y extensas zonas del territorio nacional vienen perdiendo población, actividad económica y renta, tendencia que sólo una acción decidida de los poderes públicos puede corregir.
Con respecto al medio ambiente, la exigencia de una mejor calidad de vida, junto a la preocupación por modelos de desarrollo económicos como los actuales, sitúan en el centro de nuestra preocupación los aspectos medioambientales: es urgente revisar la lógica económica de beneficio inmediato que sobreexplota recursos naturales limitados, mientras desperdicia capacidad de trabajo en forma de paro masivo y por otro lado se debe prestar más atención, normativa e inversora, de forma inmediata, a la creación de una estrategia para prevenir el cambio climático, al tratamiento de residuos, la calidad de las aguas, la contaminación, los procesos de desertificación o el uso responsable del transporte para reducir sus emisiones contaminantes.
Reformas y modernización son caminos indisolublemente unidos. La lentitud y la burocratización actual en la toma de decisiones no merece más que un amplio suspenso social si lo comparamos con las exigencias que las empresas y los trabajadores tienen para desarrollar sus objetivos.
La igualdad es el otro gran pilar de un proyecto de cambio social. El grado de desarrollo de nuestro País no se corresponde con la situación vital de muchos ciudadanos y ciudadanas. La altura moral de una sociedad se mide por la atención que presta a los más desfavorecidos. Garantizar socialmente la cobertura de las necesidades básicas al conjunto de la población es algo justo y posible en sociedades avanzadas como la nuestra. Aún más, desde un punto de vista socialdemócrata, es condición necesaria para que exista una verdadera libertad individual de elección. Esa vinculación entre el ejercicio de la libertad democrática y la cobertura, mediante políticas redistributivas, de unos mínimos vitales para todos los individuos, explica el sentido último del Estado de Bienestar puesto en pie por la socialdemocracia en toda Europa y en España a partir de los años ochenta.
Desde esta perspectiva, hay políticas clásicas de la socialdemocracia que exigen una intensificación y ampliación, mejorando la calidad en la prestación de los servicios públicos. Haciendo esto, no podemos caer en el error de confundir los instrumentos con los fines, ya que no siempre la acción directa del Estado es la vía suficiente y más eficaz para el logro de una sociedad de bienestar.
Los socialistas ofrecemos un proyecto nacional para España y los españoles. Revalidar la España constitucional supone situar al mismo nivel la exigencia de un proyecto de Estado y del decidido apoyo al despliegue de las identidades territoriales y colectivas de una España plural. En un mundo sin barreras, y en la sociedad de la comunicación, la identidad de cada pueblo es un patrimonio esencial. Reforzar la identidad de España y a la vez la identidad de todas y cada una de nuestras nacionalidades y regiones es un potencial extraordinariamente rico para el progreso colectivo.
En esta nueva etapa, el PSOE y sus referentes institucionales, que deben representar la cohesión territorial del Partido Socialista en su proyecto para España, necesitan un radical impulso de modernización y democratización, tanto en los métodos de trabajo y planificación de objetivos, como en el nivel de exigencia a todos y cada uno de nuestros representantes.
La necesidad de adaptar una oferta política progresista como la nuestra proviene del hecho de que la propia realidad cambia y también evoluciona la percepción social sobre la misma. Aparecen problemas nuevos y nuevas demandas por parte de los ciudadanos en la búsqueda de soluciones distintas. Para ello, es evidente que se necesita una dirección federal con capacidad de liderazgo y solidez suficiente como para asumir con coraje un proyecto global y coherente.
Deseamos, pues, un Congreso de ideas, de proyectos y debate político apasionado, que se produzca a través de cauces que faciliten la máxima participación de los afiliados y afiliadas y que esté atento, muy atento, a las aportaciones sociales que se van a producir.
Partido Socialista Obrero Español
por Luis Enrique Alcalá | Sep 2, 2008 | Fichas, Política |

LEA, por favor
En el mes de abril de este año, dos fichas semanales consecutivas de doctorpolítico, la #191 y la #192, llevaron textos del filósofo político francés Benjamín Constant (1767-1830). Sobre todo fue apreciada la primera, que estipulaba con claridad las limitaciones que debía imponerse a la soberanía popular, so pena de ahogo de la libertad.
En esta ocasión, se reproduce acá el capítulo “Poder municipal y federalismo” de su obra magna, “Principios de Política”, escrita entre 1806 y 1810. Se trata de un texto apropiado al momento venezolano, con inminencia de elecciones estadales y municipales. La constitución a la que se refiere en ese texto es la llamada Constitución del Año III (de la Revolución Francesa), promulgada el 22 de agosto de 1795. Ella establecía un Directorio como órgano supremo del poder ejecutivo nacional, y dio paso a la emergencia de Napoleón Bonaparte como dictador.
Como en otros textos suyos, Constant es aquí consistente en la prevención de abusos del poder central. Ésta es la más clara de sus admoniciones: “La autoridad nacional, la autoridad del distrito, la autoridad comunal, deben permanecer cada una en su esfera, y esto nos conduce a establecer una verdad que consideramos como fundamental. Hasta hoy se ha considerado el poder local como una rama dependiente del poder ejecutivo; por el contrario, jamás debe estorbarle, pero por ningún motivo depender de él”.
Constant fue constante, pues, en su defensa de la libertad, aunque no fuese un libertario extremista. Más bien hacía la denuncia del despotismo. En el año de 1819 fue elegido a la Cámara de Diputados de Francia, y en febrero de 1819 dictó una conferencia en el Ateneo de París—Sobre la libertad de los antiguos comparada con la de los modernos—que se convirtió en uno de los textos más iluminadores de su pensamiento. En ella dijo, por ejemplo:
“El abate Mably, como Rousseau y como muchos otros, confundió siguiendo a los antiguos la libertad con la autoridad del cuerpo social, y todos los medios le parecían buenos para extender la acción de esta autoridad sobre la parte recalcitrante de la existencia humana, cuya independencia lamentaba. En sus obras expresa continuamente su disgusto porque la ley no pueda alcanzar más que a los actos. Hubiera querido que alcanzara también a los pensamientos, a las impresiones más fugaces, que persiguiera al hombre sin descanso y sin dejarle refugio donde pudiera escapar a su poder. En cuanto veía en un pueblo cualquiera una medida represiva, pensaba que había hecho un descubrimiento y la proponía como modelo. Detestaba la libertad individual como se detesta a un enemigo personal, y en cuanto encontraba en la historia una nación que hubiera carecido completamente de ella, aunque tampoco disfrutase de libertad política, no podía evitar admirarla”.
¿No es esa descripción de gran actualidad y gran pertinencia para nosotros, los venezolanos de esta hora, cuyo presidente admira a Castro y a Mugabe?
LEA
…
El poder local
La constitución no enuncia nada sobre el poder municipal, o sobre la composición de las autoridades locales, en los diversos parajes de Francia.
Los representantes de la nación tendrán que ocuparse de ello, tan pronto la paz nos haya devuelto la calma necesaria para mejorar nuestra organización interior; y, después de la defensa nacional, es el objetivo más importante a que puedan consagrar sus meditaciones. Por lo tanto, no está de más tratarlo aquí.
La dirección de los asuntos de todos pertenece a todos, es decir, a los representantes y delegados de todos. Lo que sólo interesa a una fracción debe ser decidido por esta fracción; lo que no tiene relación más que con el individuo sólo debe ser sometido al individuo. Nunca será suficiente el repetir que la voluntad general no es más respetable que la voluntad particular, puesto que ella sale de su esfera.
Suponed una nación de un millón de individuos, repartidos en un número cualquiera de comunas. En cada comuna, cada individuo tendrá intereses que no interesarán más que a él, y que, por consecuencia, no deberían estar sometidos a la jurisdicción de la comuna. Habrá otros que interesarán a los demás habitantes de la comuna, y esos intereses serán de la competencia comunal. Esas comunas a su vez tendrán intereses que no considerarán más que su interior, y otras que se extenderán a un distrito.
Los primeros serán de la competencia puramente comunal, los segundos de la competencia del distrito y así sucesivamente, hasta los intereses generales, comunes a cada uno de los individuos formando el millón que compone el pueblo. Es evidente que sólo sobre los intereses de este último tipo es que el pueblo entero o sus representantes tienen una legítima jurisdicción; y que si ellos se inmiscuyen en los intereses del distrito, de la comuna, o del individuo, exceden su competencia. El mismo caso sería del distrito que se inmiscuyera en los intereses particulares de una comuna, o de la comuna que atentara contra el interés puramente individual de uno de sus miembros.
La autoridad nacional, la autoridad del distrito, la autoridad comunal, deben permanecer cada una en su esfera, y esto nos conduce a establecer una verdad que consideramos como fundamental. Hasta hoy se ha considerado el poder local como una rama dependiente del poder ejecutivo; por el contrario, jamás debe estorbarle, pero por ningún motivo depender de él.
Si se confía a las mismas manos los intereses de las fracciones y las del Estado, o si se hacen depositarios de esos primeros intereses a los agentes depositarios de los segundos, resultarán inconvenientes de varios géneros e incluso los inconvenientes que parecerían excluirse, coexistirán. A menudo, la ejecución de las leyes será obstaculizada, porque los ejecutores de esas leyes, siendo al mismo tiempo los depositarios de los intereses de sus administrados, querrán favorecer los intereses que estarán encargados de defender, a costa de las leyes que estarán encargados de hacer cumplir. A menudo también los intereses de los administrados serán maquillados porque los administradores querrán agradar a una autoridad superior; y comúnmente, esos dos males tendrán lugar simultáneamente. Las leyes generales serán mal ejecutadas, y los intereses parciales mal cuidados. Cualquiera que ha reflexionado sobre la organización del poder municipal en las diversas constituciones que hemos tenido, ha debido convencerse que ha sido siempre preciso un esfuerzo de parte del poder ejecutivo para hacer cumplir las leyes, y que siempre ha existido una sorda oposición o al menos una resistencia de inercia en el poder municipal. Esta constante presión de parte del primero de esos poderes, esta sorda oposición de parte del segundo eran siempre causas inminentes de disolución. Aún se recuerdan las quejas del poder ejecutivo, bajo la constitución de 1791, sobre la hostilidad permanente del poder municipal contra él, y sobre el estado de estancamiento y pasividad de la administración local durante la Constitución del año III. Es que en la primera de estas constituciones no existían realmente agentes en las administraciones locales, verdaderamente sometidos al poder ejecutivo y, en la segunda, esas administraciones eran tan dependientes que el resultado era apatía y desaliento. Tanto tiempo como hagáis de los miembros del poder municipal agentes subordinados al poder ejecutivo, será preciso dar a este último el derecho de destitución, de modo que vuestro poder municipal no será sino un vano fantasma. Si los hacéis nombrar por el pueblo, esta nominación no servirá sino para prestarle la apariencia de una misión popular, que lo enfrentará con la autoridad superior y le impondrá deberes que no tendrá posibilidad de satisfacer.
El pueblo no habrá nombrado sus administradores más que para ver anular sus alternativas y para ser herido constantemente por el ejercicio de una fuerza extranjera, la cual, bajo el pretexto del interés general, se mezclará con los intereses particulares que deberían ser lo más independientes de ella. La obligación de motivar las destituciones es para el poder ejecutivo sólo una formalidad irrisoria. No siendo ninguno juez de sus motivos, esta obligación sólo conduce a desacreditar a aquellos que éste destituye.
El poder municipal debe ocupar en la administración el lugar de los jueces de paz en el orden judicial. No es poder sino en lo que concierne a los administrados, o más bien es su apoderado de poder para los asuntos que sólo interesan a ellos. Que si se objeta que los administrados no querrán obedecer al poder municipal, porque estará rodeado de poca fuerza, yo respondería que ellos le obedecerán, porque será de su interés. Hombres próximos los unos de los otros, tienen interés en no perjudicarle, en no enajenar sus afectos recíprocos, y por consecuencia en observar las reglas domésticas, y, por así decir, de familia, que ellos se han impuesto. Finalmente, si la desobediencia de los ciudadanos importa un perjuicio a objetivos de orden público, el poder ejecutivo intervendría como vigilante del mantenimiento del orden; pero intervendría con agentes directos y distintos de los administradores municipales.
Por lo demás, se supone demasiado gratuitamente que los hombres tienen inclinación a la resistencia. Su disposición natural es la de obedecer, cuando no se les veja ni se les irrita. Al principio de la revolución de América, desde el mes de septiembre de 1774 hasta el mes de mayo 1775, el congreso no era más que una diputación de los legisladores de las distintas provincias y no había otra autoridad que la que se le acordaba voluntaria- mente. No decretaba ni promulgaba ley alguna. Se contentaba con emitir recomendaciones a las asambleas provinciales, que eran libres de no conformarse con ello. De su parte nada era coercitivo. No obstante fue más cordialmente obedecido que ningún gobierno de Europa. No cito este hecho como modelo, sino como ejemplo. No dudo en decirlo: hay que introducir en nuestra administración interior mucho federalismo, pero un federalismo diferente del que se conoce hasta aquí.
Se ha llamado federalismo a una asociación de gobiernos que habrían conservado su independencia mutua y no se mantenían unidos más que por lazos políticos exteriores. Esa institución es singularmente viciosa. Los Estados federales reclaman por un lado de los individuos o las porciones de su territorio una jurisdicción que no deberían en absoluto tener, y del otro pretenden conservar con respecto del poder central una independencia que no debe existir. Así, el federalismo es compatible tan pronto con el despotismo en el interior y tan pronto con la anarquía en el exterior. La constitución interior de un Estado y sus relaciones exteriores están íntimamente ligadas. Es absurdo querer separarles, y someter las segundas a la supremacía del lazo federal, dejando a la primera una independencia total. Un individuo dispuesto a asociarse con otros individuos tiene el derecho, el interés y el deber de informarse sobre sus vidas privadas, porque de tales vidas privadas depende la ejecución de sus compromisos hacia él. Del mismo modo una sociedad que quiere unirse con otra sociedad, tiene el derecho, el deber y el interés de informarse de su constitución interior. Debe incluso establecerse entre ellas una influencia recíproca sobre esta constitución interior, porque de los principios de su constitución puede depender la ejecución de sus respectivos compromisos, la seguridad del país, por ejemplo, en caso de invasión; cada sociedad parcial, cada fracción debe en consecuencia estar en una dependencia más o menos grande, incluso por sus acuerdos interiores, de la asociación general. Pero, al mismo tiempo, es preciso que los acuerdos interiores de las fracciones particulares, del momento que no tienen ninguna influencia sobre la asociación general, permanezcan en una dependencia perfecta, y como en la existencia individual, la parte que no amenaza en nada el interés social, debe permanecer libre, así como todo lo que no perjudica al conjunto en la existencia de las fracciones debe disfrutar de la misma libertad. Tal es el federalismo que me parece útil y posible establecer entre nosotros. Si no lo logramos, no tendremos jamás un patriotismo pacífico y duradero. El patriotismo que nace de las localidades es hoy, sobre todo, el único verdadero. Los beneficios de la vida social se encuentran en todas partes, pero las costumbres y los recuerdos no. Por tanto hay que vincular a los hombres a los lugares donde están sus propios recuerdos y hábitos, y para alcanzar esa finalidad hay que concederles, en sus domicilios, en el seno de sus comunas, en sus distritos, tanta importancia política como se pueda, sin dañar el bien general.
La naturaleza favorecería a los gobiernos de esta tendencia si no se resistieran a ello. El patriotismo local renace como de sus cenizas, desde que la mano del poder aligera un instante su acción. Los magistrados de las más pequeñas comunas se complacen en enaltecerles. Cuidan con celo los monumentos antiguos. Casi en cada pueblo hay un erudito, que gusta de narrar sus rústicos anales y se le escucha con respeto. Los habitantes gustan de todo lo que les da apariencia, aun engañosa, de que constituyen un cuerpo nacional, unidos por lazos particulares. Se siente que, si no estuvieran obstruidos en el desarrollo de esta inclinación inocente y beneficiosa, se formaría muy pronto en ellos una especie de honor comunal, por así decir, honor de ciudad, honor de provincia que sería a la vez un goce y una virtud.
El apego a las costumbres locales cabe en todos los sentimientos desinteresados, nobles y piadosos. Es una política deplorable aquella que resulta de la rebelión. ¿Qué sucede entonces? Que en los Estados donde se destruye toda vida local, se forma un pequeño Estado en el centro; en la capital se aglomeran todos los intereses; allí van a agitarse todas las ambiciones. El resto está inmóvil. Los individuos perdidos en un aislamiento antinatural, extranjeros al lugar de su nacimiento, sin contacto con el pasado, no viviendo sino en un rápido presente y lanzados como átomos sobre una llanura inmensa y nivelada, se separan de una patria que no perciben en ningún sitio, y cuyo conjunto les es indiferente, porque su afecto no puede reposar sobre ninguna de sus partes.
Benjamín Constant
intercambios